08 noviembre 2023

Las ovejas no perdidas

Enrique García-Máiquez

Si mientras se busca la oveja perdida, se extravían las otras, esto sería un sinvivir de ovejas desperdigadas

A menudo repetimos encantados el diagnóstico de Chesterton de que el mundo moderno está lleno de ideas cristianas que se han vuelto locas, pero señalamos las ideas ex cristianas enajenadas de los otros. No las nuestras. Una idea de Cristo que quizá estemos exagerando un poco es la de la oveja perdida, del mismo modo que la ideología woke exagera la idea de la libertad que Jesús trajo al individuo o el marxismo la idea de la pobreza evangélica o el liberalismo el protagonismo cristiano de la libertad.

Recordemos la parábola. El pastor deja a las noventa y nueve ovejas en el redil y se va a buscar a la oveja perdida, y se alegra por ella más incluso que por las que ya tenía. Esta bellísima imagen y el espíritu de fondo, que tan bien nos ha venido a menudo en nuestra vida bovina, digamos, lleva aparejado un peligro de exageración.

¿Cuál? Pues perder a las otras noventa y nueve por irse a buscar a la una. La parábola conlleva la condición implícita de que no se pierda tampoco ni una más, además de la provisionalmente extraviada. Si por encontrar una ─que a lo peor ni se encuentra─ se desparraman las demás, el resultado no es nada evangélico, sino al revés. En consecuencia, el buen pastor, antes de salir por la oveja díscola, ha de cerrar bien el aprisco de las otras y ha de dejarlas seguras y confortables, no vayan a querer o a tener que marcharse.

¿Qué tiene que ver esto tan pastoril con el mundo moderno? Veo que predomina el afán por buscar la oveja perdida hasta el extremo de descuidar a las ovejas fieles, y eso está en consonancia con la parábola siempre y cuando no se estén perdiendo las otras noventa y nueve. Porque eso, además, también perjudicaría gravemente a la misma oveja reencontrada, que no tendría adónde volver. Sin tener rebaño de vuelta, ¿realmente se la puede llamar reencontrada? Pasa quizá un poco en la Iglesia, pero este artículo no es confesional, sino generalista. La idea ha calado en la sociedad. Por rescatar a un alumno del fracaso escolar (loable e imprescindible objetivo) se bajan los niveles hasta el punto de que se condena a todos a un fracaso generalizado. O por ganar un puñado de votos perdidos, un partido pierde sus principios originarios. O por hacer una literatura asequible, dejas de hacer literatura.

Se descuida demasiado la formación y la moral (en los dos sentidos) de los nuestros para concentrarnos en atraer a otros. Bien, pero ¿adónde?

Fuente: diariodecadiz.es


El otoño de esta vida

 Llucia Pou Sabate

Ese “carpe diem” cristiano quita todo egoísmo que nos impide el camino expedito hacia Dios, y lleva a procurar aprovechar los talentos recibidos mientras haya vida, hasta que nos llame el Señor.

Al comienzo del otoño, pensamos en que el ciclo de la naturaleza presenta colores más grises, las hojas caen, y parece que los árboles van muriendo hasta que renazcan en primavera. Situamos también la celebración de los difuntos al comenzar el mes de noviembre, en recuerdo de los que nos han dejado… un día seremos nosotros que demos ese viaje. Aunque hay personas que se creen inmortales, porque confunden esta vida con la inmortalidad del alma. Otros procuran dejar descendencia, o un libro, o dejar un árbol más en el mundo para que mejore…

Jorge Manrique decía aquel «nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir». Cuando oigo a algunas personas hablar mucho de la muerte, pienso que en realidad, no hay que aprender a morir, sino a vivir, a vivir a gusto, y así se morirá uno a gusto. Sin ese miedo que se ve en La montaña mágica, novela de Thomas Mann, en un sanatorio de tuberculosos que cuando alguien muere lo sacan por la puerta de atrás, para que nadie lo sepa, pues la muerte es tabú en nuestra cultura.

Los primeros años de nuestra vida, vemos que pasan lentamente, demasiado para nuestro gusto. Luego va tomando rapidez porque se llena de rutinas, y cada vez se acelera más, de modo que nos gustaría retener ese tiempo que pasa inexorable. Nos gustaría aprovechar mejor el tiempo, y disfrutarlo más. En la película The guitar (2008) una mujer piensa que morirá en unos meses, y se dedica a vivir sus sueños. También recuerdo la película Antes de partir (The Bucket List, Ahora o nunca en España, 2007) con los actores Jack Nicholson y Morgan Freeman, que procuran cumplir con los deseos en el plazo que les da una enfermedad.

Los griegos tenían dos palabras para el tiempo: el dios Cronos que se come a sus hijos; es el “cronómetro” que corre y se come todo: juventud, esperanzas mundanas, dinero, comida… y eso lleva a la desesperación. Hay personas que hablan siempre con asco de su oficio, son víctimas de la vida y se quejan mucho, cumplen con sus obligaciones por la ganancia que les reporta, incluso mantienen la pareja mientras les aporte algo, su afán es el de obtener. Pero si las cosas que hacemos no nos satisfacen nada, será porque nuestro espíritu está lejos de ellas, que no ponemos el espíritu allí, en la vida de cada día. Cuando el espíritu está en lo que hacemos, no hay faena ni relación que no se vuelva noble y santa.

Por eso la visión cristiana supera la concepción de mero hacer, “vanidad de vanidades”, y se fija en otro sentido del tiempo, expresado en la otra palabra griega “kairós”: es el tiempo oportuno, el momento presente, mágico que vivimos en cada instante cuando hacemos las cosas por amor. Cuando nos entregamos con el corazón, hay perfección y armonía, y una pequeña chispa de ese fuego personal, nuestro estilo íntimo. Y cualquier cosa que hagamos se vuelve arte, poesía, encanto, invención, cuando damos la vida en nuestro ideal, y lo vemos en el menester cotidiano. Allí se une la obligación con la libertad, la rutina y la inspiración siempre renovada.

Ese “carpe diem” cristiano quita todo egoísmo que nos impide el camino expedito hacia Dios, y lleva a procurar aprovechar los talentos recibidos mientras haya vida, hasta que nos llame el Señor.

La carta a los Hebreos (13,14) nos recuerda que no tenemos aquí ciudad permanente, vamos en busca de la que está por venir, pues para los cristianos, la muerte es vida, el principio de la Vida, un paso a ella, una pascua. La fe hace cantar a Joan Maragall: «Sia’m la mort una major naixença» («sea la muerte para mí un nacimiento más alto»). Me gusta como un mantra para los momentos de preocupación, recitar lo que nos dejó Teresa de Ávila: “nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. La paciencia todo lo alcanza. Dios no se muda. Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta”.

No es que saciemos aquí nuestra satisfacción total, pues solo en la esperanza podemos tenerla, podemos estar contentos, pero nunca completamente satisfechos (satis-fecho significa que ya tenemos “bastante”). Siempre queremos más, pues, como dice san Juan de la Cruz, hay una sed de infinito que no se calma por mucha hermosura, sino por “un no sé qué que se tiene por ventura”, todo momento de felicidad en nuestra vida es algo finito, no es eso lo que hay que buscar, ya que al fin cansa el apetito y empalaga el paladar.

El río de la vida es camino de eternidad, y podemos decir que ansiamos volver a nuestra fuente: “Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia el mar, como las ondas iguales y distintas (siempre) de la corriente de mi vida: sangres y sueños. / Pero yo, río en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi fuente» (Juan Ramón Jiménez). Esta querencia la expresa muy bien el salmista: “Todo mi ser tiene sed de ese Dios que me es vida”, y añade: “como la cierva desea el agua viva, así mi alma busca mi Dios”. Pues tenemos sed de eternidades.

Este mes que comienza con panellets, castañas y boniatos en la fiesta de todos los santos y la memoria de los difuntos, hay algo que invita a pensar en estas preguntas esenciales, y así como los piñones y almendra picada, azúcar y limón (y algo de harina) son ingredientes de la pasta de panellets, el gran ingrediente de nuestra historia es un “sentido de la vida” que es el amor: “al atardecer, seremos juzgados en el amor” (san Juan de la Cruz).

Me contaba una persona que sentía la presencia de sus abuelos, cuando murieron. Pienso que hay una comunicación entre los de aquí y los que han cruzado el río de la vida, y podemos ayudarles con nuestros esfuerzos y sacrificios (el sentido profundo de los sufragios por los difuntos) y ellos nos animan como espectadores que están viendo nuestro partido, pues estamos corriendo en el campo y ellos desde la grada: “¡venga, ánimo… mete este gol!” Y aquella sonrisa o detalle de servicio será un ingrediente para este manjar que se amasa con amor.

Fuente: forumlibertas.com


06 noviembre 2023

Yo no he de morir, viviré

Juan Luis Selma

La fe ayuda a la razón a entender el ansia de vida perdurable que tenemos

Hace unos días, ha marchado a la casa del Padre mi amigo Antonio, médico y catedrático de Microbiología de la UCO. Escribía hace un tiempo a sus amigos: “Hace varias semanas me hice un examen con el TAC y se descubrió un tumor en la pared del estómago que invadía el páncreas, y ganglios perigástricos… Esta situación no ha alterado mi estado de ánimo, ni el de mi familia. Tengo 86 años y ya es previsible un final no lejano, sea el que sea. Confío en la misericordia de Dios para que, a partir de mi muerte, yo inicie una Vida eternamente gloriosa. Agradezco a mis padres, que me transmitieron la fe en Cristo. Igualmente, a tantas otras personas e incluso a un libro, que tanta influencia ha tenido en mi vida: Camino, de Josemaría Escrivá”.

Hay personas que se enfrentan a la muerte con gran entereza, convencidas de que no han de morir, de que inician una nueva etapa de su vida, la Vida plena. Saben que el alma no muere, no puede dejar de existir, ya que es espiritual. Somos alma y cuerpo, este, por su condición material, es mutable, corruptible, pasará; es el que dejamos en la sepultura. En cambio, el alma vive para siempre. La fe cristiana nos lo recuerda de un modo muy gráfico: deposita los cuerpos en el cementerio, del latín coemeterium que se deriva del griego antiguo y significa “lugar para dormir”. Allí reposa y espera la resurrección.

Estamos tan acostumbrados a lo pasajero, a lo volátil y transitorio, que hemos olvidado lo consistente, lo duradero y perdurable: la eternidad. El materialismo nos lleva a entender mal el carpe diem –aprovecha el tiempo– y, en vez de sacar rendimiento al ahora, de dar a todas las circunstancias de nuestra vida sabor de eternidad, conscientes de que todas las decisiones y acciones van configurando nuestra vida y futuro, nuestras relaciones, volvemos al viejo y actual “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.

Vivimos tan al día, que nos asemejamos a los irracionales, que no tienen más opción que satisfacer sus necesidades básicas de modo instintivo. No nos detenemos en ver las consecuencias de las elecciones, en ver si realmente son para nuestro bien; nos conformamos en saciar los instintos. Hay un gran culto al cuerpo, pero al ponerlo en primer plano, al olvidar que no es lo único de nuestro ser, lo degradamos; puede haber mucha belleza corporal, pero sin alma, vacía.

Comentaban de un conocido que, al fracasar su matrimonio por la focalización laboral, decidió que lo primero era la empresa, ganar y ganar; había hecho la opción de vivir para el trabajo y el cuidado de su cuerpo: gimnasio y sexo, salud y placer. Esto pasará rápidamente dejando un gran vacío. Cuando llegue la enfermedad, la vejez; cuando aflore en fracaso, ¿a qué se agarrará?

Debemos vivir la vida, el día a día, dándole eternidad, sabiendo que en la tierra preparamos la eternidad. Como no morimos del todo, solo nos separamos del cuerpo, nos desprendemos de él temporalmente, vamos a resucitar, cuando el alma se vea libre de los impedimentos corporales, será capaz de encontrarse con la verdad plena. Este encuentro con la Verdad es el juicio; no hará falta que nadie nos diga qué hemos hecho bien o mal, lo veremos claramente. En ese momento sabremos si estamos capacitados para el encuentro con el Amor; si, a pesar de nuestras debilidades y pecados, hemos apostado por el amor, si hemos luchado para lograr el bien de los nuestros, el propio.

Así lo explica el Catecismo de la Iglesia católica: “La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo”. “Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre”. En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada persona señalando que “al atardecer de la vida, te examinarán en el amor”.

La fe ayuda a la razón a entender el ansia de vida perdurable que tenemos, nos dice que estamos hechos para la vida, que la muerte es un accidente temporal. Que nuestros deseos de vivir para siempre, de felicidad completa, serán realidad. Que volveremos a encontrarnos con nuestros seres queridos, no nos decimos adiós, sino hasta luego.

La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a la renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Esta esperanza nos lleva a vivir de un modo distinto, a comprometernos con la verdad y el amor, a vivir con sentido, a saber, que podemos ser muy felices en la tierra.

Fuente: eldiadecordoba.es

05 noviembre 2023

La distancia entre el decir y el hacer

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la Liturgia de hoy escuchamos algunas palabras de Jesús que se refieren a los escribas y a los fariseos, es decir a los líderes religiosos del pueblo. Respecto a estas autoridades, Jesús usa palabras muy severas, «porque dicen y no hacen» (Mt 23,3) y «todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres» (v. 5). Esto es lo que dice Jesús: dicen y no hacen y todo lo que hacen lo hacen para aparentar.

Detengámonos entonces en estos dos aspectos: la distancia entre el decir y el hacer y el primado del exterior sobre el interior.

La distancia entre el decir y el hacer. A estos maestros de Israel, que pretenden enseñar a los otros la Palabra de Dios y ser respetados en cuanto autoridad del Templo, Jesús cuestiona la duplicidad de su vida: predican una cosa, pero después viven otra. Estas palabras de Jesús recuerdan a las de los profetas, en particular Isaías: «Ese pueblo se me ha allegado con su boca, y me han honrado con sus labios, mientras que su corazón está lejos de mí» (Is 29,13). Este es el peligro sobre el que vigilar: la duplicidad del corazón. También nosotros tenemos este peligro: esta duplicidad del corazón que pone en riesgo la autenticidad de nuestro testimonio y también nuestra credibilidad como personas y como cristianos.

Todos nosotros experimentamos, por nuestra fragilidad, una cierta distancia entre el decir y el hacer; pero otra cosa, sin embargo, es tener el corazón doble, vivir con “un pie en dos zapatos” sin hacerse un problema. Especialmente cuando estamos llamados – en la vida, en la sociedad o en la Iglesia – a desempeñar un rol de responsabilidad, recordemos esto: ¡no a la duplicidad! Para un sacerdote, un trabajador pastoral, un político, un profesor o un padre, vale siempre esta regla: esto que dices, esto que predicas a los otros, comprométete tú a vivirlo primero. Para ser maestros con autoridad es necesario ser primero testigos creíbles.

El segundo aspecto viene como consecuencia: el primado del exterior sobre el interior. De hecho, viviendo en la duplicidad, los escribas y los fariseos están preocupados por tener que esconder su incoherencia para salvar su reputación exterior. De hecho, si la gente supiera qué hay realmente en su corazón, se avergonzarían, perdiendo toda su credibilidad. Y entonces realizan obras para aparentar ser justos, para “salvar las apariencias”, como se dice. El maquillaje es muy común: maquillan la cara, maquillan la vida, maquillan el corazón. Esta gente “maquillada” no sabe vivir la verdad. Y muchas veces también nosotros tenemos esta tentación de la duplicidad.

Hermanos y hermanas, acogiendo esta advertencia de Jesús preguntémonos también nosotros: ¿tratamos de practicar lo que predicamos, o vivimos en la duplicidad? ¿Decimos una cosa y hacemos otra? ¿Estamos preocupados solo por mostrarnos impecables fuera, maquillados, o cuidamos de nuestra vida interior en la sinceridad del corazón?

Dirijámonos a la Virgen Santa: Ella que ha vivido con integridad y humildad del corazón según la voluntad de Dios, nos ayude a volvernos testigos creíbles del Evangelio.

_____________________________________

¡Queridos hermanos y hermanas!

Sigo pensando en la grave situación en Palestina y en Israel, donde muchísimas personas han perdido la vida. Os pido que os detengáis, en nombre de Dios: ¡cesad el fuego! Espero que se sigan todas las vías para evitar absolutamente una prolongación del conflicto, que se pueda socorrer a los heridos y que las ayudas lleguen a la población de Gaza, donde la situación humanitaria es gravísima. Que liberen inmediatamente a los rehenes. Entre ellos hay también muchos niños, ¡que vuelvan con sus familias! Sí, pensemos en los niños, en todos los niños involucrados en esta guerra, como también en la de Ucrania y en otros conflictos: así se está matando su futuro. Rezamos para que se tenga la fuerza de decir “basta”.

Estoy cerca de la población de Nepal que sufre a causa del terremoto; como también de los refugiados afganos que han encontrado refugio en Pakistán pero ahora ya no saben dónde ir. Y rezo también por las víctimas de las tormentas y de las inundaciones, en Italia y en otros países

Os saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países. En particular saludo a los fieles de Viena y de Valencia, al grupo parroquial de Cagliari, la Banda y el Coro de Longomoso, en Alto Adige. Saludo a los jóvenes de Rodengo Saiano, Ome y Padergnone; los catequistas de Cassina de’ Pecchi y los de la parroquia San Juan Bosco en Trieste; y saludo al Comité “Detener la guerra”.

Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!.

Fuente: vatican.va


04 noviembre 2023

Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor

31.º domingo Tiempo Ordinario (Ciclo A).

Evangelio (Mt 23, 1-13)

Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos diciendo:

—En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas. Hacen todas sus obras para que los vean los hombres; ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que los saluden en las plazas, y que la gente les llame Rabbí. Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar Rabbí, porque sólo uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro Doctor es uno sólo: Cristo. Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.

Comentario

El evangelio de este domingo recoge una colección de dichos de Jesús que forman parte de una amplia instrucción para sus discípulos. El Maestro va señalando con claridad las actitudes que ha de tener un buen cristiano y los comportamientos que debe evitar. Sobre todo, el Señor pone en guardia contra el vicio de la severidad y contra la búsqueda del aplauso y el reconocimiento ajenos.

Por las críticas que hace Jesús a quienes ocupaban cargos de autoridad, se deduce lo arraigada que estaría en muchos la severidad, mezclada con el afán de adulación. Y quizá no tenían a nadie entonces con el valor suficiente para denunciarlo. A este respecto, señalaba el Papa Francisco que “la autoridad nace del buen ejemplo, para ayudar a los otros a practicar lo que es justo y necesario, sosteniéndoles en las pruebas que se encuentran en el camino del bien. La autoridad es una ayuda, pero si está mal ejercida, se convierte en opresiva, no deja crecer a las personas y crea un clima de desconfianza y de hostilidad, y lleva también a la corrupción”.

Suele suceder a los malos gobernantes o docentes, o a los malos padres de familia, que emanen excesivas normas, reglas o decretos para sentirse obedecidos, mientras ellos se consideran exentos de vivirlos. Comentando este pasaje, un Padre de la Iglesia concluía: “en toda tu vida no dejes de ser austero contigo, y benigno respecto de los demás; que los hombres te oigan exigiendo poco y que te vean haciendo mucho”.

De estas primeras advertencias del Señor se desprende, por contraste, uno de los rasgos más evangelizadores que existen: el de la coherencia de vida, el buen ejemplo, la fiel correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace. “El buen ejemplo y el esmerado cumplimiento de las obligaciones profesionales, familiares y sociales —escribía a este propósito el Prelado del Opus Dei—, son imprescindibles para ayudar a otras personas a seguir al Señor”. Y cuando se trata de instruir a los demás, es hermoso el esfuerzo por “hacer amable la verdad”, como sintetizaba el Beato Álvaro del Portillo. Se trata de ponernos en el lugar de la otra persona, viviendo sobre todo la comprensión. En este sentido, san Josemaría escribió: “cuando te hablo del "buen ejemplo", quiero indicarte también que has de comprender y disculpar, que has de llenar el mundo de paz y de amor” (Forja, 560).

Jesús también se refiere a la imprescindible virtud de la humildad, sin la cual no es posible progresar en la vida interior y menos aún dar fruto apostólico. Quien, de cualquier forma, se siente en algo superior a los demás, ya está ahogando los canales de la gracia. En cambio, quien se sabe muy agraciado por Dios sin mérito propio, sabrá transmitir con sencillez y alegría lo que ha recibido. Por eso, el Papa Francisco concluía: “Todos somos hermanos y no debemos de ninguna manera dominar a los otros y mirarlos desde arriba. No. Todos somos hermanos. Si hemos recibido cualidades del Padre celeste, debemos ponerlas al servicio de los hermanos, y no aprovecharnos para nuestra satisfacción e interés personal. No debemos considerarnos superiores a los otros; la modestia es esencial para una existencia que quiere ser conforme a la enseñanza de Jesús, que es manso y humilde de corazón y ha venido no para ser servido sino para servir. Que la Virgen María, «humilde y alta más que otra criatura» (Dante, Paraíso, XXXIII, 2), nos ayude, con su materna intercesión, a rehuir del orgullo y de la vanidad, y a ser mansos y dóciles al amor que viene de Dios, para el servicio de nuestros hermanos y para su alegría, que será también la nuestra”.

Fuente: opusdei.org


03 noviembre 2023

“La sinodalidad es un proceso”

Cardenal Felipe Arizmendi

Obispo emérito San Cristóbal de Las Casas

MIRAR

Ha concluido en Roma la primera sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, con participación de muchos otros miembros del Pueblo de Dios. Se ha publicado el Informe de Síntesis, que recoge los aportes recibidos en el aula sinodal, más todas las aportaciones que se hicieron en toda la Iglesia durante dos años anteriores. El Sínodo no empieza ni termina aquí, sino que es un proceso de la vida de la Iglesia, antes y después del Concilio Vaticano II (1962-65).

Si sinodalidad significa que todos los bautizados sean miembros vivos y operantes de la Iglesia, esto ya sucedía tanto en lo que nos describe Hechos de los Apóstoles 15, como en lo que ya se hacía antes del Concilio. Por ejemplo, en mi pequeña población, no había sacerdote y mi papá, junto con otros laicos, asumía el servicio de estar al frente de la comunidad. Iba a la ciudad cercana a recibir su formación por parte de la Acción Católica; luego daba la catequesis diferenciada a jóvenes y adultos, presidía la celebración dominical, que llamaban Misa de los campesinos, sin sacerdote, y promovía lo que hoy llamamos pastoral social: que hubiera carretera, luz eléctrica, escuela, salud y desarrollo.

Después del Concilio Vaticano II, sobre todo en lugares donde no hay suficientes sacerdotes, los catequistas, mujeres y varones, religiosas y diáconos, previa formación recibida por parte de su párroco, son los animadores integrales de la comunidad, tanto en la evangelización y la catequesis, como en las celebraciones y en el desarrollo integral. Esto lo hemos vivido en muchos lugares y no es moda actual. Lo que pide el Sínodo es que todos los bautizados asuman su lugar y su misión en la tarea de continuar la obra de Jesús, para el bien de la humanidad.

DISCERNIR

En cuanto a la importancia del apostolado de los laicos, ya dijo el Concilio en su Decreto Ad gentes: “La Iglesia no está verdaderamente formada, no vive plenamente, no es señal perfecta de Cristo entre los hombres, en tanto no exista y trabaje con la jerarquía un laicado propiamente dicho” .

El Papa decía en su homilía de clausura de esta sesión sinodal: “La Iglesia que estamos llamados a soñar: una Iglesia servidora de todos, servidora de los últimos. Una Iglesia que no exige nunca un expediente de ´buena conducta´, sino que acoge, sirve, ama, perdona. Una Iglesia con las puertas abiertas que sea puerto de misericordia... Se concluye la Asamblea sinodal. En esta ´conversación del Espíritu´ hemos podido experimentar la tierna presencia del Señor y descubrir la belleza de la fraternidad. Nos hemos escuchado mutuamente y, sobre todo, en la rica variedad de nuestras historias y nuestras sensibilidades, nos hemos puesto a la escucha del Espíritu Santo. Hoy no vemos el fruto completo de este proceso, pero con amplitud de miras podemos contemplar el horizonte que se abre ante nosotros. El Señor nos guiará y nos ayudará a ser una Iglesia más sinodal y más misionera, que adora a Dios y sirve a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo, saliendo a llevar la reconfortante alegría del Evangelio a todos”.

Pero esto es un proceso de vida, que no se queda en un evento. Como dice el Informe de Síntesis: “La Asamblea no es un acontecimiento aislado, sino una parte integrante y una etapa necesaria del proceso sinodal. En la multiplicidad de intervenciones y la pluralidad de posiciones resonó la experiencia de una Iglesia que está aprendiendo el estilo de la sinodalidad y buscando las formas más adecuadas para realizarla. Esta fase durará hasta octubre de 2024, cuando la Segunda Sesión de la Asamblea concluirá sus trabajos, ofreciéndolos al Santo Padre.

De hecho, el camino sinodal pone en práctica lo que el Concilio enseñó sobre la Iglesia como Misterio y Pueblo de Dios, llamada a la santidad. Valora la contribución de todos los bautizados, en la variedad de sus vocaciones, a una mejor comprensión y práctica del Evangelio. En este sentido, constituye un verdadero acto de recepción ulterior del Concilio, prolongando su inspiración y relanzando su fuerza profética para el mundo de hoy.

El sentido del camino sinodal convocado por el Santo Padre es implicar a todos los bautizados... No es fácil escuchar ideas diferentes, sin ceder inmediatamente a la tentación de replicar; ofrecer la propia contribución como un don para los demás y no como una certeza absoluta. Sin embargo, la gracia del Señor nos ha llevado a hacerlo, a pesar de nuestras limitaciones, y ésta ha sido para nosotros una verdadera experiencia de sinodalidad. Practicándola, la hemos comprendido mejor y hemos captado su valor.

El estilo de la sinodalidad aparece como un modo de actuar y operar en la fe que brota de la contemplación de la Trinidad y valora la unidad y la variedad como riqueza eclesial... La sinodalidad se presenta principalmente como un camino conjunto del Pueblo de Dios y como un diálogo fecundo de carismas y ministerios al servicio de la venida del Reino... La sinodalidad aparece principalmente como un conjunto de procesos y una red de organismos que permiten el intercambio entre las Iglesias y el diálogo con el mundo”.

ACTUAR

El Papa Francisco ha criticado frecuente y duramente el clericalismo, que es como acaparar la misión de la Iglesia y como un abuso de poder por parte de los clérigos. Si nosotros fallamos en esto, pidamos al Espíritu Santo la gracia de convertirnos. Y las religiosas y demás laicos ayúdenos a entrar en este proceso de sinodalidad, como estilo de vida eclesial, en que todos participamos. La autoridad, según Jesús, es servicio.

Fuente: exaudi.org

02 noviembre 2023

La Vida más allá de la vida

José Antonio García-Prieto Segura


De la muerte como tal y de lo que en sí misma conlleve quien la padece, solo podemos hablar desde una experiencia externa y ajena

No hay que esperar al mes de noviembre para recordar a los difuntos, porque la muerte está hoy más viva que nunca. No es un gracioso juego de palabras sino tristísima realidad, al ver cómo un día sí y otro también, junto a la muerte natural, las guerras se cobran incontables vidas, fruto de combates fratricidas. Ofreceré algunas consideraciones sobre la muerte, desde una visión trascendente de la vida. He comenzado por adjetivar como “fratricidas” las contiendas armadas, porque esos somos todos: hermanos, al margen de la raza, religión, pensamiento político o cualquier otra identidad que cada uno tenga. He dicho desde una visión trascendente de la muerte y, más aún, desde una visión cristiana de la vida.

En torno ala conmemoración de los difuntos el 2 de noviembre, no faltan celebraciones más o menos folclóricas que recuerdan la realidad de la muerte. Así, por ejemplo, la fiesta de “Halloween”, el 31 de octubre, en la que se mezclan raíces paganas y cristianas. Junto a creencias paganas celtas y romanas que celebraban el fin de la cosecha y el recuerdo de los familiares difuntos, la misma palabra inglesa “Halloween” tiene sabor cristiano porque es contracción de “AllHallow Eve”, que significa “Víspera de todos los Santos”.

Además, desde hace años se han puesto de moda los llamados “Death café”, que son encuentros reducidos de personas para hablar de la muerte, en los que cada participante expone sus puntos de vista. He leído sobre sus contenidos, orígenes y extensión por varios países europeos. Sin haber participado en ninguno de esos encuentros, pienso que estas líneas podrían ser como una presencia “on line”, exponiendo mi visión, abierta a tres consideraciones esenciales: al hecho mismo de la muerte; a la vida, con minúscula, que la precede; y a la Vida, esta vez con mayúscula, que la sigue y trasciende.

De la muerte como tal y de lo que en sí misma conlleve quien la padece, solo podemos hablar desde una experiencia externa y ajena. Esto no quita que el hecho mismo de ver morir deje de impactarnos fuertemente y, tanto más, cuanto más cercana a nuestra vida es la persona que muere. Ofreceré un testimonio referido ya en otra ocasión, que puede servir a muchos, especialmente a un eventual lector que pensara que, con la muerte, todo se acabó para siempre. Es un testimonio de muy particular valor para mí, porque he leído la vida y escritos de su protagonista, y he rezado ante su tumba, en Nagasaki.

Se trata de Takashi Nagai, médico japonés que imbuido en sus primeros años de carrera de una fuerte convicción materialista, un día recibe un telegrama de su padre, con palabras perentorias: “Ven a casa enseguida”. La madre había sufrido una hemorragia cerebral, quedando consciente, pero sin habla. Años más tarde, en “Las campanas de Nagasaki” rememora así aquellos momentos:

“Cuando llegué a la cabecera de su cama, no le quedaba más que un soplo de vida. Expiró mirándome con insistencia. Esa última mirada de sus ojos maternales desbarató completamente mi filosofía materialista. Los ojos de esa madre que me había criado, educado y amado hasta el fin, me decían claramente que, incluso después de su muerte, estaría cerca de su querido Takashi. Yo miraba en esos ojos, yo que había negado la existencia del alma e instintivamente sentí que el alma de mi madre existía: se separaba de su cuerpo, pero no perecería jamás”. Son palabras que, de algún modo recuerdan las de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón ignora”.

Merecerían muchos comentarios esos pensamientos, pero termino aquí esta primera consideración que a millones de personas nos dicen -no solo afectiva sino también racionalmente-, que la muerte misma no es el final, sino un instante entre un antes y un después. En términos cristianos cabe decir que es como un black-out, un apagón, un parpadeo entre dos luces: una temporal, la de esta vida, y otra eterna, la de la Vida.

La segunda consideración mira a la vida que se haya llevado hasta el momento de la muerte. He advertido, y quizá es una experiencia muy compartida, que el recuerdo de esa vida se hace muy presente en la persona próxima ya a morir. Lo que, en su conjunto, ha sido la existencia global del moribundo gravita con fuerza en sus últimos días; aunque algunos lo olviden, muerte y vida son inseparables. Lo que cada uno haya hecho y cómo haya gastado su existencia, pesa decisivamente en su conciencia y también tiene que ver con el después de la muerte. Por eso, es de sabios enriquecer la vida con obras cuyo recuerdo serene los momentos finales, y hayan ido “fichando” positivamente en la cuenta de la otra Vida.

A ese enriquecimiento nos anima el Señor en aquella parábola del hombre insensato que, lleno de bienes temporales, solo le preocupaba su bienestar egoísta; su programa se reducía a eso, diciéndose a sí mismo: “Alma, ya tienes muchos bienes para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien” (Lc 12, 19). Y el Señor, después de decir que aquella misma noche le reclamarían su alma, y lo insensato de hacer planes sin contar con los de Dios, concluye con una enseñanza para todos: “Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12, 21).

Una reflexión serena de esa enseñanza lleva a dos conclusiones claves: tomarnos en serio la importancia y brevedad de la vida porque, sean muchos o pocos los años que vivamos, al final haremos nuestra la verdad expresada por Gustavo A. Bécquer en sus famosos versos: “Al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos… ¡tan corto es el vivir!”. Y la segunda conclusión: Dios nos espera después; por eso, también estaríamos de acuerdo con el final de esa Rima:“La Gloria y el Amor tras que corremos / sombras de un sueño son que perseguimos; / ¡despertar es morir!” (Rima LXIX).Pero este sueño pide aclaración y matices; y con ello, accedemos a la tercera y última consideración.

En efecto: la visión cristiana de la muerte nos dice también que “morir es despertar”; pero lo que en esta vida, fueron para el poeta sombras de un sueño de Gloria y Amor, al despertar no se reducirán a imágenes soñadas de las que solo queda un recuerdo perdido y evanescente. No; la fe cristiana desvela que esas sombras del poeta tienen un origen divino, porque son trasunto fiel de dos realidades maravillosas: las de la Vida eterna más allá de esta vida, y las del Amor infinito y gozoso en el que viven las tres Personas divinas. Para decirlo con palabras de san Pablo, que desprenden aroma becqueriano pero completan el sentir del poeta, siglos antes escribió: “Ahora (en esta vida) vemos como en un espejo, borrosamente; entonces (en la Vida) veremos cara a cara” (1Co 13, 12). Es la contemplación directa de la Belleza divina y el éxtasis gozoso que su Amor suscitará en todo nuestro ser.

Las precedentes consideraciones quedarían en el aire sino se acepta la verdad nuclear de la fe cristiana: la resurrección de Cristo, como recuerda san Pablo:“Si Cristo no ha resucitado (…), vana es también nuestra fe” (I Cor15, 14)Por eso, la suya fue una muerte gloriosa que él mismo ha querido que conmemoremos con amor y gozo, “reviviéndola” en la Eucaristía.

No sé qué pensarían quienes frecuenten los “Death café” si leyeran estas consideraciones. Brotarían sin duda numerosas e interesantes preguntas, que habrá que dejar para otra ocasión. Concluyo recordando la petición que los cristianos tantísimas veces hacemos a nuestra Madre María: “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Rezado con fe, es un seguro de alcanzar la Vida con mayúscula.  

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com


01 noviembre 2023

Los santos no son héroes inalcanzables”, alienta Francisco

El Papa en el Ángelus


En la tradicional fiesta anual del 1 noviembre, Todos los Santos, el Papa Francisco ha manifestado en el Ángelus en San Pedro que “los santos no son héroes inalcanzables o lejanos, sino personas como nosotros”, y que “si lo pensamos bien, seguro que hemos conocido a algunos de ellos, a algunos santos “de la puerta de al lado”: personas generosas que, con la ayuda de Dios, han correspondido al don recibido y se han dejado transformar día a día por la acción del Espíritu Santo”.

Hoy, día en el que se celebra a los muchos santos desconocidos que no han sido declarados formalmente santos ni beatos por la Iglesia, el Santo Padre ha querido fijar su mirada “unos minutos en la santidad, en particular en dos de sus características: ella es don y, al mismo tiempo, es camino”.

“En primer lugar, es un don”, ha subrayado el Papa. “La santidad es un don de Dios que hemos recibido en el Bautismo: si lo dejamos crecer, puede cambiar completamente nuestra vida (cf. Exhortación apostólica Gaudete et exultate, 15), iluminándola con la alegría del Evangelio”.

“La santidad es un don que se ofrece a todos para tener una vida feliz. Y, al fin y al cabo, cuando recibimos un don, ¿cuál es nuestra primera reacción?”,  se ha preguntado Francisco. “Precisamente que nos ponemos felices, porque significa que alguien nos ama; felices, “dichosos”, como repite tantas veces Jesús hoy en el Evangelio de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,1-12)”. Aunque “todo don, sin embargo, debe ser acogido, y conlleva la responsabilidad de dar una respuesta, y la invitación a esforzarse para que no sea desperdiciado”. 

El Concilio Vaticano II lo recuerda cuando afirma que todos los bautizados han recibido la misma llamada a “mantener y perfeccionar con su vida la santidad que han recibido” (Lumen gentium, 40), ha proseguido el Pontífice.

Los santos, excelentes compañeros en el camino

En cuanto al segundo punto, el Papa ha subrayado que los santos nos ayudan y que son un ejemplo para nosotros. “La santidad es también un camino, un camino que hay que recorrer juntos, ayudándonos unos a otros, unidos a esos excelentes compañeros de ruta que son los santos. Ellos son nuestros hermanos y hermanas mayores, con los que siempre podemos contar: nos sostienen y, cuando en la ruta erramos el camino, con su presencia silenciosa nunca dejan de corregirnos; son amigos sinceros, en los que podemos confiar, porque desean nuestro bien, no nos señalan con el dedo y nunca nos traicionan. En sus vidas encontramos un ejemplo, de sus oraciones recibimos ayuda, y en la comunión con ellos nos une un vínculo de amor fraterno, como dice la liturgia (cf. Misal Romano, Prefacio de los Santos I)”.

Con los santos, ha proseguido el Santo Padre, “formamos una gran familia en camino, la Iglesia, compuesta por hombres y mujeres de toda lengua, condición y proveniencia (cf. Ap 7, 9), unidos por el mismo origen, el amor de Dios, y orientados hacia la misma meta, la plena comunión con Él, el paraíso: ellos ya lo han alcanzado, nosotros estamos en camino”.

Para concluir, el Papa ha formulado, como es habitual, algunas preguntas para el examen: “¿Recuerdo que he recibido el don del Espíritu Santo, que me llama a la santidad y me ayuda a llegar a ella? ¿Le doy las gracias por ello? ¿Siento a los santos cerca de mí, me dirijo a ellos? ¿Conozco la historia de algunos de ellos? Nos hace bien conocer la vida de los santos y motivarnos con sus ejemplos. Y nos hace muy bien dirigirnos a ellos en la oración”.

“Que María, Reina de todos los Santos, nos haga sentir la alegría del don recibido y aumente en nosotros el deseo de la meta eterna”, ha señalado Francisco antes de dar la bendición apostólica.

Oración por Ucrania, Tierra Santa, y difuntos 

Tras el rezo de la oración mariana del Ángelus, el Papa ha saludado a peregrinos de diversos países, Alemania, México (Monterrey), Dinamarca o Italia, entre ellos a los del maratón de los Santos de la Asociación de Don Bosco.

El Santo Padre ha anunciado asimismo que mañana por la tarde celebrará la santa Misa en el cementerio  de la Commonwealth, conmemorando a los caídos en la II Guerra Mundial. Y ha añadido: “Continuemos rezando por las poblaciones que sufren a causa de las guerras de hoy. No olvidemos a la martirizada Ucrania, tampoco a Palestina, Israel y tantas otras regiones del mundo en las que la guerra está presente”.

Por otra parte, el viernes día 3 a las 11,00 horas tendrá lugar en la Basílica de San Pedro una Misa en sufragio por el difunto Sumo Pontífice Benedicto XVI y los cardenales y obispos fallecidos durante el año, según ha anunciado la Sala de Prensa vaticana.

Fuente: omnesmag.org