15 enero 2024

El arte de saber escuchar

Juan Luis Selma


Cada vez hay más gente inmadura, infantilizada, que vive en su mundo rosa, lejos de la realidad

Hay un suceso que no podré olvidar nunca. Dando un paseo precioso por el campo, una persona muy cercana y querida me abrió su corazón. Mientras hablaba, iba interpretando lo que me decía; le escuchaba con los oídos, pero con la imaginación iba construyendo el relato que más me gustaba. El resultado fue que no me enteré de lo que me estaba contando. Perdí la ocasión de hacerme cargo de qué le pasaba; con mis ganas de ayudar, con mis sueños, le dejé tirado.

No es fácil escuchar. Es todo un arte, es una forma de expresión del ser humano que utiliza diversos recursos estéticos y comunicativos para transmitir ideas, emociones y visiones del mundo. El arte es una habilidad que se perfecciona con el estudio, el trabajo, la dedicación. Cuando falta este ingenio podemos aislarnos fácilmente y perder la conexión con la verdad.

En un mundo lleno de conexiones, podemos vivir muy desconectados de los nuestros, de la realidad. Cada vez hay más gente inmadura, infantilizada, que vive en su mundo rosa, lejos de la realidad. Piensan que saben amar, que son OK; se sienten orgullosos de sí mismos, pero hacen el ridículo. No son conscientes del daño que se están haciendo. Viven desconectados.

Hoy leemos el suceso del joven Samuel en el templo. Oía que le llamaban y pensaba que era el sacerdote Elí; cuando en realidad era Dios. “Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor”, dice la Biblia.

En una catequesis de primera comunión sugerí que hablaran con Jesús y que le escucharan. Un niño me dijo que Dios nunca le había hablado. Le respondí que igual no se había dado cuenta; que Él no habla como lo hacen los hombres. Por ejemplo, nos puede hacer ver que en alguna ocasión hemos actuado mal, que podríamos mejorar en esto y aquello… Inmediatamente, otro niño levantó la mano y dijo: “Pues a mí me habla mucho”.

Dios nos habla. Constantemente. Habla con palabras y también con obras, con la vida. Tiene un lenguaje más rico que el nuestro. Es capaz de tocar nuestro interior, de llegar a los rincones secretos de nuestro yo. Se puede servir de un sinfín de acontecimientos: un recuerdo, una imagen, el arte, la naturaleza, un sueño… Es importante estar atentos; ser conscientes de que responderá a cualquier pregunta que le hagamos. Él escucha siempre y llega a todo.

En una ocasión le preguntaron a san Juan Pablo II si no estaba un poco cansado de tanta enfermedad. Respondió que se planteaba qué quería decirle Dios con esa nueva dolencia. La cuestión es preguntarse qué me está diciendo el Señor con este acontecimiento. ¿Qué espera de mí?

Para escuchar, para saber captar lo que pasa, se necesita silencio, tranquilidad. En medio de un centro comercial, en una hora punta, lleno de gente, con la música a tope, no se puede tener una conversación íntima, no se puede cerrar una transacción. Falta recogimiento, las condiciones de serenidad para valorar lo que se dice, para poder tomar una decisión libre.

El Evangelio nos relata la llamada de los primeros Apóstoles. Jesús, viendo que le seguían Andrés y Juan, les dice: “¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: -Rabbí, que significa: Maestro-, ¿dónde vives? Les respondió: -Venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima”. Antes de seguirle, pasan la tarde con Él, le ven, le escuchan. Así toman la gozosa decisión de ser discípulos suyos.

Para escuchar, para discernir, hay que tomarse un tiempo. Saber esperar, no precipitarse y, cuando la cosa está más o menos clara, tomar la decisión. Tampoco es aconsejable dilatar sine die las decisiones.

Procurando conectar con los demás nos hacemos más cercanos; los tomamos en cuenta, los valoramos. Escuchar es una forma de respetar, de mostrar interés. Lo hacemos no solo con el oído; los gestos, las posturas, la mirada, los silencios, pueden decir más que las palabras. Escuchar no es lo mismo que oír; exige esfuerzo, atención, interés. Esto nos enriquece, ya que conocemos las opiniones y posturas del otro. Escuchando ganamos los dos: yo aumento en sabiduría y el otro se siente querido, valorado.

El Papa desea que 2024 sea: “Un año de la oración para que nuestros templos estén un poco más abiertos, para que cuidemos el silencio orante, antes, en medio y después de cada una de las celebraciones. ¡Un año de la oración vivido en medio de nuestro Año Jubilar del Corazón de Jesús, en el que diciendo ¡Maranatha!; El Señor nos responde y nos dice: Venid a mí. Que cada día de este año 2024 encontremos un momento, un lugar, un tiempo para estar a solas con quien sabemos que nos ama, para tratar de amistad con Él, para experimentar la misericordia de su corazón y para entrelazar el latido de nuestro corazón con los latidos profundos del Corazón de Jesús”.

Fuente: eldiadecordoba.es

14 enero 2024

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio hoy nos presenta el encuentro de Jesús con los primeros discípulos (cf. Jn 1,35-42). Esta escena nos invita a hacer memoria de nuestro primer encuentro con Jesús. Cada uno de nosotros ha tenido un primer encuentro con Jesús; de niño, de adolescente, de joven, de adulto, adulta… ¿Cuándo encontré a Jesús por primera vez? Podemos hacer un poco de memoria y después de este pensamiento, este recuerdo, renovar la alegría de seguirlo y preguntarnos: ¿Qué significa ser discípulos de Jesús? Según el Evangelio de hoy podemos tomar tres palabras: buscar a Jesús, vivir con Jesús, anunciar a Jesús.

En primer lugar, buscar. Dos discípulos, gracias al testimonio del Bautista, comenzaron a seguir a Jesús y Él, «al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”» (v. 38). Son las primeras palabras que Jesús les dirige: ante todo les invita a mirar en su interior, a interrogarse sobre los deseos que llevan en el corazón. “¿Qué estás buscando?”. El Señor no quiere prosélitos, no quiere “seguidores” superficiales, el Señor quiere personas que se interroguen y se dejen interpelar por su Palabra. Por lo tanto, para ser discípulos de Jesús es necesario ante todo buscarlo, tener un corazón abierto, en búsqueda, no un corazón saciado o conforme.

¿Qué buscaban los primeros discípulos? Lo vemos a través del segundo verbo: vivir. Ellos no buscaban noticias o informaciones sobre Dios, o señales o milagros, sino que deseaban encontrar al Mesías, hablar con Él, estar con Él, escucharlo. La primera pregunta que hacen, ¿cuál es?: «¿Dónde vives?» (v. 38). Y Cristo les invita a estar con Él: «Venid y veréis» (v. 39).  Estar con Él, quedarse con Él, esto es lo más importante para el discípulo del Señor. La fe, en suma, no es una teoría, no, es un encuentro, es ir a ver dónde vive el Señor y habitar con Él. Encontrar al Señor y habitar con Él.

Buscar, vivir y, finalmente, anunciar. Los discípulos buscaban a Jesús, después fueron con Él y estuvieron toda la tarde con Él. Y ahora, anunciar. Vuelven y anuncian. Buscar, vivir, anunciar. ¿Yo busco a Jesús? ¿Vivo en Jesús? ¿Tengo el valor de anunciar a Jesús? Ese primer encuentro con Jesús fue una experiencia tan fuerte que los discípulos recordaron para siempre la hora: «era como la hora décima» (v. 39). Esto muestra la fuerza de ese encuentro. Y sus corazones estaban tan llenos de alegría que sintieron inmediatamente la necesidad de comunicar el don recibido. De hecho, uno de los dos, Andrés, se apresura a compartirlo con su hermano, Pedro y lo lleva al Señor. Buscar al Señor, estar con Él.

Hermanos y hermanas, también nosotros hoy hagamos memoria de nuestro primer encuentro con el Señor. Cada uno de nosotros ha tenido un primer encuentro, tanto en familia como fuera… ¿Cuándo encontré al Señor? ¿Cuándo el Señor tocó mi corazón? Y preguntémonos: ¿Somos todavía discípulos enamorados del Señor, buscamos al Señor o nos hemos acomodado en una fe hecha de costumbres? ¿Vivimos con Él en la oración, sabemos estar en silencio con Él? ¿Yo sé vivir en oración con el Señor, estar en silencio con Él? Y después, ¿sentimos el deseo de compartir, de anunciar esta belleza del encuentro con el Señor?

Que María Santísima, la primera discípula de Jesús, nos conceda el deseo de buscarlo, de estar con Él y de anunciarlo.


Después del Ángelus

Dirijo mi saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos procedentes de Italia y de tantas partes del mundo. En particular, saludo a los miembros de la Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de los Remedios, de Villarrasa (España).

No nos olvidemos de rezar por las víctimas del derrumbe que se ha producido en Colombia, que ha provocado numerosas víctimas.

Y no olvidemos a quienes sufren la crueldad de la guerra en tantas partes del mundo, especialmente en Ucrania, en Palestina y en Israel. Al inicio del año intercambiamos los deseos de paz, pero las armas han continuado matando y destruyendo. Recemos para que quienes tienen poder en estos conflictos reflexionen sobre el hecho de que la guerra no es la vía para resolverlos, porque siembra muerte entre los civiles y destruye ciudades e infraestructuras. En otras palabras, hoy la guerra es en sí misma un crimen contra la humanidad. No olvidemos esto: la guerra es en sí misma un crimen contra la humanidad. ¡Los pueblos necesitan paz! ¡El mundo necesita paz! He escuchado, hace unos minutos, en el programa “A Sua Immagine”, al padre Faltas, Vicario de la Custodia de Tierra Santa en Jerusalén: él hablaba de educar para la paz. Debemos educar para la paz. Se ve que todavía no estamos – toda la humanidad – educados para detener todas las guerras. Recemos siempre por esta gracia: educar para la paz.

Os deseo a todos vosotros un feliz domingo. por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

Fuente: vatican.va

13 enero 2024

«Éste es el Cordero de Dios»

Domingo de la 2° semana del tiempo ordinario (Ciclo B)


Evangelio (Jn 1, 35-42)

Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo:

— Éste es el Cordero de Dios.

Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó:

— ¿Qué buscáis?

Ellos le dijeron:

— Rabbí — que significa: «Maestro» — , ¿dónde vives?

Les respondió:

— Venid y veréis.

Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.

Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo:

— Hemos encontrado al Mesías — que significa: «Cristo».

Y lo llevó a Jesús. Jesús le miró y le dijo:

— Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas — que significa: «Piedra».


Comentario

El Evangelio de este segundo domingo del Tiempo ordinario relata la llamada de los primeros discípulos del Señor. Juan el Bautista invitaba al arrepentimiento, despertaba una buena disposición interior, animaba a la práctica de la virtud, anunciaba la cercanía del Reino de Dios. El misterio de Cristo ya le había sido revelado cuando designó a Jesús como al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Sus discípulos habrán recordado que la sangre del cordero pascual salvó a los israelitas de la muerte en Egipto. El sacrificio de Cristo estaba ya anunciado por Isaías al comparar los sufrimientos del Siervo doliente con el sacrificio de un cordero (cf. Is 53,7).

Al escuchar al Bautista designar a Cristo como “el cordero de Dios”, Andrés, y otro identificado como Juan, siguen a Jesucristo. El Maestro quizá se da la vuelta para preguntarles: “¿Qué buscáis?”. Ellos contestan con otra pregunta: “¿dónde vives?”. Curiosamente, Jesús les invita entonces a ir con él: “Venid y veréis”. Y lo hicieron.

“Era más o menos la hora décima.” La mención de la hora, las cuatro de la tarde, recuerda quizá el entusiasmo que envolvió las primeras amistades del Señor. La atracción de Cristo debió de ser tan fuerte como respetuosa de la libertad. Juan y Andrés estaban bien preparados por el Bautista: no dudaron en abandonar al último de los profetas, la “voz”, para escuchar al “Verbo” mismo.

La Liturgia de la Palabra propone la elección de Samuel como primera lectura: centra así nuestra atención en que Dios es quien llama primero; se dirige tres veces a Samuel, un signo de plenitud (cf. Sam 3,3-10). A su vez, la llamada a Juan y Andrés abrazará toda su vida. Nada saben de lo que les espera, pero no dudan: Jesús ha tocado sus corazones. Ejercen una verdadera libertad: la de decidir, sin “razones” quizá, pero con razón.

De modo paradójico, san Josemaría expresaba esa entrega que Dios espera: “Libremente, porque te dio la gana –que es la razón más sobrenatural–, respondiste que sí a Dios”. El “yo” profundo toma la justa decisión: el don de sí. Porque se trata de un don libre y responsable, no se vive como un sacrificio. Así ocurrió en la vocación de san José, tal como la percibe el papa Francisco: “La felicidad de José no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza”. Quien se da por amor no tiene mentalidad de víctima: es alegre. Esa alegría, Andrés no se la guarda para si mismo: busca a su hermano Simón y lo lleva a Jesús.

En el primer capítulo del Evangelio de san Juan, las sucesivas llamadas de Jesús a seguirle van acompañadas de su progresiva revelación: el “Cordero de Dios” es el Hijo de Dios. Ser el Hijo significa para Jesús convertirse en el cordero que da su vida por nuestra salvación. Y es así como, en la Misa, antes de la comunión, el celebrante presenta a Jesucristo, sustancialmente presente en la hostia santa: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Son las bodas del Cordero con la humanidad, la plena instauración del Reino anunciado por el Bautista (cf. Ap 19,9).

La celebración de la Eucaristía hace presente ese misterio. Hoy, la oración sobre las ofrendas, dirigida a Dios Padre, lo proclama: “cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención”. Darse y convertirse en hijos de Dios: a eso estamos llamados, por obra del Espíritu Santo. Somos templos del Espíritu, dice san Pablo en la segunda lectura de hoy: ya no nos pertenecemos (cf. 1 Co 6,19). Dios vive en nosotros y nosotros en Él.

Fuente: opusdei.org

12 enero 2024

Voluntad de poder y «derechos-deseo»

 Aniceto Masferrer

Decía Nietzsche que mientras se mantenga la gramática habrá Dios, pues las palabras remiten siempre a la realidad

Friedrich Nietzsche erigió la voluntad de poder en el principal motor del ser humano. Y ésta se traducía, entre otras manifestaciones, en la ambición y la capacidad de satisfacer los propios deseos. El deseo es una parte importante de la vida humana. Una persona sin deseos carecería de una dimensión clave de la vida. Sin embargo, la cultura posmoderna propone la hegemonía del deseo individual como criterio orientativo fundamental de la vida humana, y muchas personas conciben la satisfacción de los propios deseos como el criterio moral básico de su existencia. Los avances tecnológicos han hecho que el hombre llegue a pensar que lo puede todo, que él es la medida de todas las cosas y que es preferible transformar la naturaleza y la realidad que conocerla. «Querer es poder». Robert Oppenheimer, por ejemplo, describe el invento de la bomba atómica como la «seducción tecnológica», y para Rudolf Hess los campos de concentración fueron una «proeza técnica» que permitió el funcionamiento ininterrumpido de los crematorios y las cámaras de gas. «Querer es poder». La técnica y el arte reflejan la idea de que el límite tan sólo proviene de la capacidad del artífice o del artista. De hecho, las expresiones alemanas 'kunst' y 'techne' están estrechamente relacionadas con el verbo 'können' ('poder'). Según esta concepción, son los propios límites del poder y de la capacidad los que determinan el límite del querer. En consecuencia, la voluntad no debería de tener otra limitación que la imposibilidad, y, por tanto, si la técnica permite algo (que en el pasado resultaba imposible), nada ni nadie debería de impedírmelo si ese fuera mi deseo. «Mi deseo es ley», según reza el título de la versión española del último libro de Grégor Puppinck. Mi deseo no sólo impide al Estado cualquier injerencia que pudiera frustrar la realización de mi deseo, sino que además le exige una prestación activa encaminada a la satisfacción de ese deseo.

Esta mentalidad o concepción de la vida lleva consigo el desprecio de la realidad y, más en concreto, de la condición humana y su dignidad. Y me gustaría referirme aquí a tres presupuestos culturales que permiten explicar ese olvido o desprecio de la realidad, todos ellos relacionados con el individualismo o con una concepción individualista del liberalismo.

El primero es la hipertrofia de la propia subjetividad, que distorsiona la percepción de la realidad, la cual deviene incognoscible si no es mediante el tamiz de los propios intereses, ambiciones o deseos. Esta exacerbada subjetividad desemboca en una concepción narcisista de la propia vida, y a ver al otro como a un contrario, un rival o un competidor, porque podría llegar a obstaculizar o impedir mi realización. Como el yo y el tú ya no tienen nada en común, se requiere de la 'tolerancia' como exigencia indispensable para la coexistencia. Si se vislumbrara una base o dignidad comunes, el otro ya no se vería como amenaza o enemigo, y esto permitiría reemplazar la tolerancia por la cooperación, pero para ello habría que reconocer la existencia de una realidad que trasciende mi yo y me interpela, dando sentido, orientando y poniendo coto a mis deseos, ambiciones y caprichos. Como la ambición humana es insaciable, pero se reconoce que algunos límites son necesarios, se opta por aquéllos que, pudiendo cambiar por completo de acuerdo con las circunstancias del momento, no gozan de otro asidero que el de un supuesto consenso, plasmado en una ley que es, supuestamente, expresión de la voluntad general. El consenso y la ley se erigen en límites más formales que materiales, más procedimentales que sustantivos, porque, en realidad, todo puede cambiar, nada es permanente; y si la realidad no contiene nada permanente, es preferible pasar de la realidad, ignorarla, manipularla, despreciarla o rechazarla. Esa actitud displicente con la realidad permite, en principio, vivir sin límites, salvo los que uno quiera imponerse en cada momento, en cuyo caso se trataría de «límites auto-referenciales».

El segundo presupuesto es la exaltación del yo, consecuencia de la hipertrofia del subjetivismo, y conectada con el constructivismo. Según esta corriente filosófica, el hombre se hace a sí mismo, tanto en la vertiente física como en la espiritual o personal (incluyendo la afectiva, profesional, social, etc.). De ahí los millares de páginas web que un buscador cualquiera detecta cuando se hace una búsqueda con la expresión «Reinvent yourself», así como la tendencia a exigir o reivindicar como derecho la satisfacción de los propios deseos: a tener –o dejar de tener– un hijo, a cambiar de sexo, a someterse a cirugías estéticas o manipulaciones corporales del tipo que sean como una exigencia del libre desarrollo de la personalidad, a dejar de vivir, etc.

El tercero es el utilitarismo y la búsqueda de una felicidad basada en el placer y el interés individual. Al negarse la existencia de parámetros comunes a todos los seres humanos para alcanzar una vida feliz, ésta debe buscarse de un modo individual, evitando que los demás nos lo impidan o interfieran en nuestras elecciones. Esa felicidad 'auto-referencial' tiene consecuencias en el lenguaje: las palabras dejan de referirse a ideas o conceptos que se encuentran en la realidad. La conexión entre palabra-idea-realidad se desvanece; las palabras se emplean para referirse a conceptos que carecen de conexión con la realidad, o que contradicen la misma realidad. Se ha dicho que la degradación del lenguaje es lo más pernicioso de la modernidad. Decía Nietzsche que mientras se mantenga la gramática habrá Dios, pues las palabras remiten siempre a la realidad. En efecto, hay expresiones que no casan con la realidad: «Interrupción del embarazo» (aborto / pre-embrión); «Eutanasia» (como «buena muerte»); «Píldora del día después», «género» (en vez de sexo, para reducir éste a un fenómeno meramente cultural), «matrimonio igualitario» (para referirse a una relación afectiva a la unión entre dos personas del mismo sexo). Y es lógico que no casen con la realidad, pues esa realidad ha sido reemplazada por una libertad entendida como autonomía de la voluntad que, centrada en sí misma, ha encumbrado los deseos, elevándolos a la categoría de derechos, poniendo el derecho al servicio de esta nueva forma de entender la dignidad humana, cuyos pilares son: una libertad entendida como autonomía casi ilimitada (rompiendo con cualquier vínculo), y la búsqueda del placer o satisfacción de los propios deseos.

La búsqueda del placer o satisfacción de los propios deseos explica por qué muchos de los «derechos-deseo» surgidos en la sociedad posmoderna giran alrededor de la libertad sexual: si la realización personal pasa por la satisfacción de los propios deseos, ¡qué menos que reivindicar un derecho a satisfacer las pulsiones de los propios deseos sexuales! Se comprende que una dignidad humana basada en una casi ilimitada autonomía de la voluntad y en la gratificación de los propios deseos, pretenda garantizar la satisfacción de esos deseos, elevándolos a la categoría de derechos, impidiendo así que los demás puedan interferir en ese ámbito privativo de la propia intimidad ('privacy'), también cuando sus consecuencias afectan a los derechos de otros seres humanos, generalmente de los más vulnerables y sin capacidad de hacerse oír.

Fuente: abc.es

11 enero 2024

Odiosos belenes

Juan Manuel de Prada

Leo que la italiana Meloni pretende proteger mediante ley los belenes navideños, multando a las autoridades educativas que pretendan prohibir que los niños monten belenes en las escuelas. Sobrecoge pensar que sociedades que antaño fueron católicas como la italiana o la española, la apostasía haya alcanzado un grado de perversidad tal como para que en las escuelas se prohíba montar belenes; pues estas prohibiciones no las promueven fieles de otras religiones, sino apóstatas de la religión católica que han desarrollado contra ella una inquina enfermiza y azufrosa (la inquina de quienes «creen y tiemblan»). Pero sólo las sociedades emponzoñadas con el veneno de la auto-destrucción pueden renegar de una expresión devota y artística tan conmovedora como los belenes navideños, ante la que ninguna persona de buena voluntad puede sino conmoverse. Pues en el belén se representa un misterio radiantemente divino, pero también un misterio trágicamente humano, que es el misterio de la pobreza y el desvalimiento, el misterio de la fragilidad y la inocencia que nos interpelan y reclaman nuestra ayuda. Mirando a ese Niño nacido en un pesebre, aunque ni siquiera creamos en el misterio divino que encarna, algo se remueve dentro de nosotros, porque en ese Niño están todos los niños del mundo que penan y gimen, todos los niños que reclaman nuestra ternura y nuestro abrigo.

El belén navideño nos invita a reconocer en los niños un hálito divino que merece ser protegido desveladamente; y nos invita también a hacernos como niños, para disfrutar de la belleza menestral y sencilla que se cobija en sus figuras. Sólo quienes «creen y tiemblan» pueden rechazar un belén; y todas las justificaciones que se pergeñan para justificar ese rechazo no son más que expresiones reviradas de un odio que necesita expresarse indirectamente, avergonzado –o tal vez demasiado orgulloso– demostrar su verdadera naturaleza. Ernest Hello señalaba que jamás se había tropezado con un ateo militante que detestase por igual todas las religiones; y se sorprendía al descubrir que la mayoría de quienes se confesaban ateos militantes profesaban indiferencia, y hasta condescendiente simpatía, por los más variopintos cultos, concentrando su aversión de forma exclusiva en la religión católica. A veces, como Hello, me he preguntado: «Si todo esto que se representa en el belén navideño fuese una falacia pueril y trasnochada, ¿por qué provoca tanto rechazo entre algunos?».

Nunca he hallado una respuesta lógica; ni ha sabido nunca nadie brindármela. Así que he tenido que aceptar humildemente que la animadversión que algunos profesan al belén navideño se explica porque representa una verdad universal y eterna; mientras que la complaciente hospitalidad que se brinda a cualquier otro símbolo irreligioso se explica porque todos ellos representan multiformes, efímera se intercambiables mentiras. Aunque parezca increíble, también hay hechos tenebrosos muy iluminadores.

     Fuente: abc.es


10 enero 2024

Vicios y virtudes

 El Papa en la Audiencia General


Catequesis 3. La gula

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis meditamos sobre la gula, la locura del vientre como la llamaban los Padres antiguos. Jesús nos ha enseñado a ser capaces de amar la sana alegría de las bodas de Caná; a sentar a nuestra mesa a los pobres y a los pecadores, en signo de comunión; a no sujetarnos supersticiosamente a reglas de impureza, sino considerar todo como un don de Dios, confiado a nuestra custodia. 

Sin embargo, cada vez más nuestra sociedad da muestras de haber perdido el sentido auténtico de la relación con los bienes de la tierra. Muchos trastornos alimenticios expresan el sufrimiento de tantas personas ante esta realidad. Hemos pasado de ser administradores de los bienes divinos, a ser consumidores, detentores de una voracidad insaciable que está destruyendo el planeta. 

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor recuperar el sentido eucarístico del comer, en lo que tiene de acción de gracias a Dios por lo que nos da y de comunión con el hermano, con el compartinos la alegría de la fraternidad. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente:vatican.va

09 enero 2024

La nobleza y esplendor del celibato cristiano

Rafael Domingo Oslé

El celibato cristiano, sea de los laicos, sacerdotes o religiosos, es un don divino por el cual el corazón humano se incrusta en el Corazón de Cristo. Al ritmo del palpitar de su Amado, el corazón célibe se va ensanchando progresivamente hasta lograr incorporar dentro de él a toda la humanidad sin distinción de razas, culturas, edades o lenguas, anunciando así al mundo el amor radiante del reino de Dios.

El celibato espiritual no es propiamente un acto de elección humana, sino la libérrima aceptación de una invitación divina. La persona humana no elige entre casarse y ser célibe, como sí elige, en cambio, entre casarse y permanecer soltero.

Lo que realmente hace el célibe es aceptar, con un sí incondicional, fruto de un discernimiento amoroso y libre, una propuesta divina de amor esponsal eterno.

El celibato se acepta al modo como el Hijo de Dios aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre, o la Virgen María, el designio divino de ser la Madre del Redentor. El sí fue imprescindible para el desarrollo de un plan amorosamente diseñado por el Padre desde toda la eternidad.

El celibato contribuye a la santificación del mundo y de todo lo creado de una forma diferente a como lo hace el matrimonio. Son dos modos esponsales complementarios: uno sacramental, el otro donacional.

El matrimonio forma una familia; el celibato cuida de la humanidad como familia. El matrimonio diviniza el amor humano. El celibato humaniza el amor divino. El matrimonio engendra hijos carnales; el celibato, hijos espirituales. El matrimonio propaga y educa la especie humana, el celibato la ofrenda.

La persona célibe debe valorar en mucho el matrimonio, pero también debe aprender a trascenderlo. Por eso, el celibato encumbra el matrimonio. Sin institución matrimonial, no hay celibato, sino pura soltería; y sin celibato, el matrimonio fácilmente se degrada y banaliza.

La persona célibe ama a todos los seres humanos comenzando por las personas a quienes más debe: sus padres, familiares y amigos. Pero en el corazón célibe no cabe un amor en exclusiva distinto de Dios mismo.

En este sentido, el celibato es una suerte de enamoramiento a lo divino. La persona célibe dirige todo su eros, es decir, su deseo de amor posesivo, hacia Dios, y desde Dios, a los demás, esta vez ya en forma de agape. La persona casada ama a Dios en su cónyuge; la célibe, en cambio, a todos en Dios.

El celibato como don

Es cierto que el celibato no es solo un don sino también una tarea que exige una continencia total. Pero este gozoso deber no implica la represión del impulso sexual sino más bien su liberación mediante la educación de los afectos y la redención del propio ego con la gracia que brota del don recibido.

Un celibato no discernido convenientemente o no alimentado con el amor de Dios día a día, como una hoguera encendida, corre el riesgo de convertirse en una caricatura de celibato, con nefastas consecuencias para la comunidad eclesial y humana. A los hechos me remito.

Celibato y matrimonio

La persona que ha recibido el precioso don del celibato admira y ama la institución del matrimonio, por más que advierta en lo más profundo de su alma que ella es solo y en exclusiva para Dios.

La persona casada sacramentalmente, por su parte, admira y ama el don del celibato en el mundo, también para sus hijos, como una señal y un anticipo del reino de los Cielos. Eso sí, que cada caminante siga su camino, como dijo el poeta, pues tanto monta, monta tanto.

La persona célibe debe tener en mucho la capacidad de esfuerzo y sacrificio de la persona casada por su cónyuge e hijos; la persona casada, por su parte, debe admirar la capacidad contemplativa de la célibe, su desprendimiento total, incluso viviendo en medio del mundo, y su deseo de entregarse a cada ser humano, a cada hijo de Dios, sin distinción de raza, color o religión.

Matrimonio y celibato constituyen, así, dos modos de vivir santamente la misma y única vocación cristiana: el primero enfatiza la unión de Cristo con su Iglesia, el segundo, la presencia cierta y actual del reino de Cristo entre nosotros.

Fuente: omnesmag.com

08 enero 2024

Este podría ser el año de la cercanía

Juan Luis Selma

Parece ser que en el calendario chino el 2024 será el Año del Dragón, específicamente el Dragón de Madera, uno de los símbolos más poderosos de la astrología china, el cual representa energía, fuerza y poder. Yo he pensado que para nosotros podría ser el año de la cercanía. Puede parecer un adjetivo poco comercial, con poca fuerza pero, si lo planteamos bien, nos ayudará mucho. No nos imaginamos la energía que emana de una persona cercana.

El primer día del año celebran los Manueles, es la fiesta del Emanuel, del Dios con nosotros, cercano, también de la Virgen su Madre. Esta ha sido la esencia de la Navidad. El Niño tan celebrado, cantado, representado es el Hijo de Dios que busca estar con nosotros, que se hace pequeño, débil y tierno para no asustar, para que le abramos el corazón, las puertas de nuestros hogares.

Hay personas que les gusta ir de guais, hacerse los interesantes, empoderarse -palabra tan fea que parece una palabrota-. Son las que miran de arriba abajo, van perdonando vidas, marcando distancias. Ponen cara de interesantes; no te dirigen la mirada. Para ellos tú casi ni existes. Les importan un pimiento tus sentimientos, lo que te pase. No se imaginan que puedas ser valioso, que tengas ideas interesantes; que, en algún momento, te puedan necesitar. Algunos creen que son lo únicos con derecho a existir, no se plantean que los demás tengan sentimientos, derechos también, que sean de su especie.

Otras son cercanas, sencillas, se saben parte de la familia humana y se sienten hermanos de los demás. Miran a la cara, escuchan, empatizan con quien tienen a su lado. No conciben su existencia en solitario; para ellos los demás tienen nombre, historia, necesidades y sentimientos. Los consideran valiosos; saben que tienen algo que aportar. Sufren y disfrutan con lo que le sucede al que tienen a su lado; incluso con aquellos que no conocen, pero que saben que existen.

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. En el Evangelio escucharemos estas palabras: “Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Es la voz del Padre Eterno que mira complacido a su Hijo. Cuando nos bautizan nos incorporamos a Cristo, nos hacemos hijos en el Hijo. Así, la voz del Padre se dirige también a nosotros: somos cercanos, queridos por Dios. Todo lo nuestro Le interesa, está pendiente de lo que nos sucede. Incluso podemos decir que se alegra con nuestras alegrías y sufre con nuestros dolores.

Isaías nos recuerda: “Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”. El que le somos muy cercanos a Dios es clarísimo. Basta ver que se ha hecho uno de nosotros para saber cómo es la ternura de una madre, para conmoverse por la muerte de un amigo, para sentir lo que es tener sed y saciarla en un pozo. Nos coge de la mano. Está a la espera para ayudarnos. Quiere que le contemos nuestras cuitas.

Intentemos que este sea el año de la cercanía. Ya la hemos considerado con Dios; busquemos la afinidad en casa, en el hogar. En primer lugar, con el esposo/a. Hay que volver a los tiempos del deslumbramiento, del primer amor. Es posible, ya que la persona es la misma. Pueden haber cambiado las circunstancias: edad, salud, manías…Igual el acostumbramiento, la monotonía nos alejan. También las heridas, los roces de la vida nos pueden doler. Es el momento de perdonar, de comprender, de disculpar.

Ser cercanos implica crear lazos emocionales sólidos con los demás, ser una roca sólida y un apoyo incondicional en todas las facetas de la vida. Es comprender, situarme en el interior del otro. Descubrir qué me está diciendo en esa actitud que me molesta. Es posible que, tras esa mala cara, esa queja, se esconda un grito de petición de ayuda, una declaración de amor.

Es poder ofrecer un hombro en el que puedan agarrarse y estar dispuesto a estar presente en momentos de alegría, tristeza y todo lo demás. Significa crear lazos de confianza y empatía, brindar apoyo emocional y estar dispuesto a escuchar.

A los hijos hay que escucharlos, dedicarles atención. Mirarlos a los ojos. Aprender a formarlos con un poco de psicología, con paciencia. Estar a su lado cuando nos necesitan. Esperar el momento oportuno para preguntar, para hacerles ver que eso que no entienden es por su bien. Que los queremos incondicionalmente.

Empáticos con todo el mundo. Tendiendo puentes. Sin excluir a nadie, aunque piense de modo distinto. Siempre podemos aprender algo de ellos. Procuremos el bienestar de los demás. Tengamos un pequeño detalle: una sonrisa, una mirada, un detalle de educación. Así cambiaremos el mundo.

Fuente: eldiadecordoba.es