12 enero 2025

El rostro y la voz

El Papa en el Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo!

La fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, nos hace pensar en muchas cosas, también en nuestro bautismo. Jesús se une a su pueblo, que va a recibir el bautismo para el perdón de los pecados. Me gusta recordar las palabras de un himno de la liturgia de hoy: Jesús va para que Juan le bautice “con el alma desnuda y los pies desnudos”.

Y cuando Jesús recibe el bautismo se manifiesta el Espíritu y tiene lugar la Epifanía de Dios, que revela su rostro en el Hijo y hace escuchar su voz que dice: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección» (v. 22). El rostro y la voz.

En primer lugar el rostro. En el revelarse Padre a través del Hijo, Dios establece un lugar privilegiado para entrar en diálogo y en comunión con la humanidad. Es el rostro del Hijo amado.

En segundo lugar la voz: «Tú eres mi Hijo muy querido» (v. 22). Este es otro signo que acompaña la revelación de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de hoy nos hace contemplar el rostro y la voz de Dios, que se manifiestan en la humanidad de Jesús. Y entonces preguntémonos ¿nos sentimos amados? ¿Yo me siento amado y acompañado por Dios o pienso que Dios está distante de mí? ¿Somos capaces de reconocer su rostro en Jesús y en los hermanos? ¿Y estamos acostumbrados a escuchar su voz?

Os hago una pregunta: ¿cada uno de nosotros recuerda la fecha de su bautizo? ¡Esto es muy importante! Piensa: ¿en qué día fui bautizado o bautizada? Y si no lo recordamos, al llegar a casa, preguntamos a los padres, a los padrinos la fecha del bautizo. Y celebramos en esa fecha como un nuevo cumpleaños: la del nacimiento en el Espíritu de Dios. ¡No lo olvidéis! Este es un trabajo para hacer en casa: la fecha de mi bautizo.

Encomendémonos a la Virgen María, invocando de Ella la ayuda. ¡Y no olvidéis la fecha del bautizo!

________________________

Después del Ángelus

Estoy cerca de los habitantes del Condado de Los Ángeles, California, donde en los días pasados se han producido incendios devastadores. Rezo por todos vosotros.

Esta mañana he tenido la alegría de bautizar algunos recién nacidos, hijos de trabajadores de la Santa Sede y de la Guardia Suiza. Rezamos por ellos, por sus familias. Y quisiera pedir al Señor, por todas las parejas jóvenes, que tengan la alegría de acoger el don de los hijos y de llevarles al bautismo.

En la Basílica de San Juan de Letrán, esta mañana ha sido beatificado don Giovanni Merlini, sacerdote de los Misioneros de la Preciosísima Sangre. Dedicado a las misiones con el pueblo, fue consejero prudente de muchas almas y mensajero de paz. Invocamos también su intercesión mientras rezamos por la paz en Ucrania, en Oriente Medio y en todo el mundo. ¡Un aplauso al nuevo beato!

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos, en particular a los estudiantes de Olivenza, en España, y a los miembros de la Familia de los Discípulos con los laicos que trabajan en las casas de la Obra de Padre Semeria y Padre Minozzi.

Y no dejemos de rezar por la paz. No olvidemos que la guerra es siempre una derrota. A todos os deseo un feliz domingo. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!.

Fuente: vatican.va

11 enero 2025

Bautismo del Señor

Fiesta del Bautismo del Señor

(Lucas 3, 15-16.21-22)

En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”.

Comentario al Evangelio

En la vida de Jesús, vemos muchos momentos en que realiza acciones que, aparentemente, no tienen una lógica humana ¿Por qué quiso Jesús encarnarse? ¿Por qué estuvo sujeto a María y José toda su vida? ¿Por qué oraba Jesús si Él mismo era Dios? Y en el caso que nos atañe en el Evangelio de hoy ¿Por qué se bautiza Jesús? Hasta Juan Bautista trató de disuadirlo “Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mt 3, 13) Indudablemente Jesús no necesitaba hacer ninguna de estas acciones. Entonces ¿Por qué? El Papa Francisco responde: “Porque quiere estar con los pecadores: por eso se pone en la fila con ellos y cumple su mismo gesto”. Jesús ha querido darnos ejemplo “conviene cumplir con lo justo” (Mt 3, 13), quiere enseñarnos qué es lo mejor para nosotros.

Es una maravillosa realidad considerar que Jesús nos ha enseñado el camino que nosotros debemos seguir. No lo hizo porque Él lo necesitara, lo hizo porque nosotros lo necesitamos. Jesús ha querido venir a la tierra para que fuéramos salvados y pudiésemos ser hijos de Dios. Su Bautismo está estrechamente ligado con nuestro Bautismo. Jesús se hace cargo de aquello que necesitamos. Y nosotros somos mendigos del amor de Dios, de nuestro Padre Dios. Esto es lo que celebramos en el día de hoy.

Tú y yo, añade el Papa Francisco, también podemos imitar a Jesús, bajar y hacernos cargo de las necesidades de los demás, “es también la forma en la que nosotros podemos levantar a los otros: no juzgando, no insinuando qué hacer, sino haciéndonos cercanos, compadeciendo, compartiendo el amor de Dios”. Estamos llamados a imitar a Cristo, y un modo muy concreto es fijarnos en las necesidades de los demás y no tanto en las nuestras. Salir de nosotros mismos, mirar al necesitado, al que requiere nuestra atención, nuestro tiempo, nuestra sonrisa, etc. Imitemos a Cristo levantando la mirada al prójimo. Este es el camino de la verdadera felicidad porque hay más felicidad en dar que en recibir.

Otra de las gozosas enseñanzas del Evangelio está en que todos los bautizados somos hijos de Dios. San Josemaría escribía “El Señor, al querernos como hijos, ha hecho que vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad y confianza con Él que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!” (Es Cristo que pasa, 64)

Meditar sobre nuestra condición de hijos de Dios es una gozosa realidad. ¡Yo soy hijo de Dios! Y esto nos enseña a mirar el mundo de otra manera. Cuando somos conscientes de esta realidad, vemos en los demás a una persona que vale mucho. No vemos si tiene una u otra cualidad, si tiene un color en la piel, si tiene una determinada idea política, etc. Cuando nuestra identidad la configura el hecho de que somos hijos de Dios, vemos que no hay “más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros” (Es Cristo que pasa, 106).

Hoy es un gran día para meditar sobre el don recibido en el Bautismo. Lo más importante en mi vida, lo que más me configura como persona es que soy hijo de Dios. Pidamos a nuestra Madre Santa María que nos haga ser conscientes de la maravilla de ser hijos de Dios.

Fuente: opusdei.org

Mindfulness y fe: ¿una contradicción o un complemento?

Javier García Herrería

Al investigar si la Iglesia recomienda o desaconseja el mindfulness para los católicos, se advierte que la mayoría de referencias que hay en los pocos documentos magisteriales en los que se habla de ella, se mueven entre la desaprobación total, o una encarecida llamada a la prudencia a la hora de aplicarlo. Lo mismo ocurre si uno busca opiniones sobre el tema en páginas web de información religiosa fieles al Magisterio de la Iglesia, pues evidentemente se nutren en primer lugar de las opiniones emanadas de los pastores.

Problemas graves

Es cierto que hay muy buenas razones para que muchos obispos, sacerdotes y personas con criterio desaconsejen el mindfulness. Motivos para la preocupación no faltan: por ejemplo, en algunas instituciones de la Iglesia se han sustituido los ejercicios espirituales tradicionales (basados en el silencio exterior, la recepción de los sacramentos y la predicación) por retiros de yoga, meditación zen o mindfulness.

Por otro lado, hay colegios y universidades católicas que ofrecen actividades sobre estas materias como si fueran el reemplazo natural o “moderno” del modo de rezar cristiano. Sólo por estos dos hechos, hay que reconocer que la confusión generada ha sido muy notable e, incluso, especialmente grave en algunos contextos, por lo que es natural que muchas personas hayan hecho saltar todas las alarmas.

La admiración por las prácticas orientales ha ido de la mano del aumento de muchas creencias pseudoreligiosas, esotéricas, mágicas o fantasiosas. Por supuesto, no han afectado únicamente a los cristianos sino a todos los ciudadanos, hasta el punto de que uno puede encontrar clínicas que presentan como terapias de similar eficacia sesiones de fisioterapia o de reiki (una práctica japonesa de curación basada en la idea de que una energía vital fluye por el cuerpo y se puede canalizar por las manos del terapeuta; sus presupuestos son incompatibles con la fe cristiana).

El crecimiento de la celebración de la fiesta de Halloween (la segunda que más gasto genera después de las navidades) o la normalización de muchas supuestas prácticas “espirituales” (horóscopos, tarot, ouija, santería y un largo etcétera) son otras muestras de este fenómeno de diversidad de creencias poco científicas o irracionales

Hasta tal punto se ha minimizado la relevancia que tiene el acercamiento a este tipo de asuntos que ni siquiera los temas relacionados directamente con el diablo se toman con un mínimo de credibilidad. Por eso, no es de extrañar que una de las mayores cadenas comerciales de España pusiera a la venta hace dos meses un juego, para mayores de 14 años, llamado “Invoquemos demonios”. Las protestas que generó en las redes sociales llevaron a su retirada de las estanterías, pero muestra bien hasta qué punto se frivoliza con estos asuntos.

A pesar de este contexto tan preocupante, vale la pena plantearse con profundidad si el mindfulness puede considerarse una práctica terapéutica diferente de las anteriores. La fe cristiana no debe tener miedo a aprovechar todo lo que haya de verdadero y bueno en todas las cosas. Si a esto sumamos que el mindfulness es cada vez más recomendado por muchos psicólogos y psiquiatras para abordar el estrés o la ansiedad, sería bastante contraproducente que la Iglesia se opusiera a ella sin razones muy bien fundadas.

La fe cristiana sostiene la compatibilidad entre la fe y la razón, por lo que el creyente no debe tener miedo a analizar las cosas con tranquilidad y profundidad.

La occidentalización del yoga

El mindfulness, conocido en español como “atención plena”, es una práctica que tiene sus raíces en la filosofía budista, siendo una parte fundamental de la rueda del Dharma, en la que se resumen las enseñanzas fundamentales del budismo. Concretamente, la “atención plena” forma parte del “Noble óctuple sendero”, uno de los pasos del yoga para tratar de eliminar el sufrimiento.

Indudablemente esta perspectiva budista es incompatible con la fe cristiana, pues pretende alcanzar un estado de felicidad plena que no requiere de la ayuda divina. Su herencia gnóstica es evidente, pues el conocimiento y la ascesis personal son las principales causas del desarrollo personal.

Hace 50 años las sociedades occidentales eran mucho menos crédulas y sincretistas que en la actualidad, por eso, no era fácil que el yoga y todas las ideas religiosas y culturales en las que se sostiene, calaran en la opinión pública. Sin embargo, un grupo de médicos pensó que algunas de sus prácticas.

podían ser beneficiosas para la salud mental, con independencia de que se aceptaran sus presupuestos. Uno de ellos fue el doctor Jon Kabat-Zinn, doctorado en el MIT, que en los años 70 desarrolló en Estados Unidos un programa de reducción del estrés basado en mindfulness. Para conseguir su aceptación, eliminó el componente religioso de la práctica oriental, lo que facilitó su aceptación en contextos de salud y bienestar.

En qué consiste el mindfulness

El mindfulness es una práctica que puede realizarse de muchas formas. Para comenzar basta con estar correctamente sentado en una silla, cerrar los ojos y tratar de prestar toda la atención de la mente a la respiración. Otra posibilidad es tratar de advertir otras percepciones de los diferentes sentidos de las que habitualmente no somos conscientes.

Mientras uno trata de concentrarse durante varios minutos en las sensaciones corporales, es fácil que se distraiga hacia otros pensamientos que, seguramente, han ocupado también su atención en otros momentos del día: una compra o una llamada que se debe realizar, un asunto laboral, un problema familiar, etc. Muchos de esos pensamientos pueden ser negativos o resultar estresantes, especialmente si uno los acumula y les da vueltas constantemente.

El mindfulness invita a las personas a dejar marchar los pensamientos, sobre todo si son estresantes o negativos, pero cuando esto no es posible, trata de que el sujeto que lo practica advierta los aspectos positivos de un mal pensamiento. ¿Es realmente tan grave? ¿Sirve de algo que me estrese o me deprima? ¿Puedo ser feliz a pesar de esa mala noticia?

Una vez que el sujeto que practica mindfulness ha relativizado la importancia de sus pensamientos y emociones, intentará volver a prestar atención a las sensaciones corporales. Hacer esto una vez sirve de poco, pero si uno lo repite a diario y adquiere cierto hábito, logrará aumentar su capacidad de atender al momento presente y dejará de distraerse continuamente con otros pensamientos hipotéticos que producen estrés. Como es lógico suponer, uno de los efectos de la práctica del mindfulness es un aumento de la capacidad de concentración.

Actitudes que se desarrollan

Como hemos visto, el mindfulness tiene como objetivo prestar la mayor atención posible al momento presente, al facilitar que los pensamientos negativos no colonicen la mente y la acaben agotando. La práctica regular de esta terapia trata de fomentar una serie de actitudes en las personas, especialmente:

-Aceptación: aceptar el momento presente aunque sea malo o, en la medida de lo posible, poniendo el acento en lo positivo.

-No juzgar: muchas veces uno no puede cambiar sus circunstancias, pero lo que sí puede hacer es decidir qué actitud tomar ante ellas, intentando no realizar juicios duros o negativos que no solucionan nada y sólo producen insatisfacción.

-No obsesionarse: si uno no consigue algo no tiene porqué alimentar inútilmente la ansiedad por no lograrlo. Es más positivo tratar de disfrutar el camino que uno recorre hasta que logra un objetivo.

-Paciencia: no buscar siempre lo que nos agrada, no tratar de hacer las cosas perfectamente. Lo importante es mejorar poco a poco.

-Confianza: creer que uno es capaz de conseguir lo que se proponga, por lo que es importante no rendirse.

Valoración

De manera análoga a cuando uno va al gimnasio regularmente, si uno practica 15 o 30 minutos de mindfulness a diario puede desarrollar una buena “musculatura mental” para afrontar el día a día. Ahora bien, al igual que en el deporte uno puede lesionarse si hace

esfuerzos desproporcionados, con el mindfulness también hay que encontrar un equilibrio entre la aceptación de las propias limitaciones y una actitud proactiva para tratar de cambiar lo que se puede cambiar. Viene bien aquí traer a colación aquello de Aristóteles: la virtud se encuentra en el punto medio entre los extremos viciosos. 

Este artículo no pretende establecer un juicio médico sobre el mindfulness, valorando hasta qué punto es eficaz, para qué problemas es más útil recomendarlo, etc. Los profesionales de la salud son los que deben valorar ese asunto.

Lo que sí es interesante es advertir cómo esta terapia es recomendada cada vez por más terapeutas (también algunos que son buenos católicos) y mucha gente admite que tiene efectos positivos en su vida.

Así pues, viendo en qué puede consistir exactamente la práctica del mindfulness y cómo es perfectamente desligable de las raíces religiosas y sincretistas del yoga, cabe preguntarse si tiene algo que atente directamente contra el dogma o la moral católica.

Mindfulness y cristianismo

Si se ha entendido correctamente lo expuesto anteriormente, no parece que haya algo intrínsecamente malo en la práctica del mindfulness. Otra cosa es que uno acuda a cursos, libros o terapias que mezclen el mindfulness con otras cuestiones esotéricas. Ahora bien, en ese caso conviene saber que esas propuestas serían desviaciones respecto a lo que la mayoría de terapéutas entienden que es el mindfulness.

Otro riesgo que puede plantearse para una persona creyente, es que la práctica del mindfulness despierte en él cierta curiosidad o atracción por los métodos orientales de meditación (yoga, zen, etc.) o métodos naturales alternativos (como el reiki). Si una persona tiene poco conocimiento y práctica de la fe y tendencia a la credulidad, puede sentir fascinación ante lo desconocido y pensar que en otras culturas hay tanta sabiduría como en el cristianismo; que la falta de pruebas en otras tradiciones religiosas es comparable a la falta de evidencias que tiene para un cristiano aceptar el relato del Génesis, etc. Ahora bien este tipo de problemáticas deberían animar a los líderes católicos a impulsar la formación en este tipo de cuestiones. No es buena actitud no hacer el esfuerzo por discriminar qué aspectos pueden ser positivos y cuáles no. 

El mindfulness no es oración

La primera razón por la que el mindfulness se confunde con la oración cristiana es porque muchas veces se utiliza la misma palabra para describir ambas prácticas: “meditación”. Por ejemplo, por un lado se habla de la “meditación” en un contexto cristiano como un modo de rezar personal, diferente de las oraciones vocales formales (como el rosario o el breviario). Por otro lado, cuando uno practica mindfulness también dice que va a dedicar tiempo a la “meditación”. Se usa el mismo concepto, pero su significado es muy diferente.

Pero no acaban aquí los paralelismos entre las dos prácticas, puesto que desde fuera las dos pueden resultar indistinguibles. Una persona no puede saber si otra está rezando tranquilamente tratando de hablar con Dios o está tratando de concentrarse en sus sentidos y pensamientos. Ahora bien, estas dos actividades son en realidad muy diferentes. La oración es un diálogo del hombre con Dios, mientras que el mindfulness es una introspección psicológica con uno mismo. En la oración uno trata de buscar la voluntad de Dios e identificarse con Él, mientras que el mindfulness busca encontrar un bienestar físico y psicológico.

Entender estas diferencias es esencial para entender la diferencia entre una sana práctica de meditación para mejorar la salud y la meditación cristiana. La primera puede desarrollar actitudes positivas para el bienestar personal, mientras que la segunda se abre a una relación personal con Dios a través del diálogo. Las recomendaciones de los pastores de la Iglesia siempre han subrayado este aspecto en sus comentarios de las dos últimas décadas.

Posturas problemáticas

Sin pretender dar nombres concretos, es bueno saber que algunos sacerdotes con gran influencia mediática han fomentado determinadas prácticas de meditación en las que no se distingue con claridad a dónde llevan sus metodologías. Algunas de esas posturas resultan preocupantes porque no dejan claro si la introspección personal es un fin en sí mismo o, más bien, son sólo un medio para mejorar la concentración y alejarse del ruido del ajetreo diario, que luego busca desarrollar una relación personal con Dios.

Otras propuestas, todavía más desviadas, sostienen que hay que trascender las limitaciones de los dogmas y sacramentos cristianos para entrar en una relación directa con Dios. Como es natural, este tipo de ideas, sostenidas por sacerdotes u otras personas relevantes en la Iglesia, han despertado la preocupación de la jerarquía y provocado sus pronunciamientos.

Por supuesto es bueno que estas llamadas de atención hayan ocurrido, aunque en ocasiones puede que se hayan realizado juicios excesivamente taxativos contra el mindfulness. En este sentido, puede resultar todavía mejor investigar un poco más si la meditación que propugnan muchos profesionales de la psicoterapia resulta siempre problemática para un creyente o puede ser aceptada como un medio para mejorar la salud y bienestar emocional (sabiendo que son siempre limitadas).

Fuente: omnesmag.com

10 enero 2025

Etsurō Sotoo, el escultor japonés que cinceló su conversión en la Sagrada Familia

María Rabell García

Rondaba el año 1978, cuando un joven japonés de veinticinco años, Etsuro Sotoo, cruzaba el umbral del pórtico del Rosario en la Sagrada Familia de Barcelona, un lugar que había estado olvidado durante décadas. La atmósfera era gélida, como si el tiempo se hubiera detenido allí durante medio siglo, recuerda Etsurō Sotoo, quien experimentó la cruda frialdad de aquel espacio olvidado.

En una esquina, un anciano lloraba al contemplar la obra inconclusa de Antoni Gaudí. Isidre Puig i Boada, uno de los últimos discípulos del arquitecto catalán, observaba con tristeza el daño que la Guerra Civil y el abandono habían infligido. Sotoo, a su lado, reflexionaba sobre lo que esa puerta había sido. «La mujer no tenía rostro, el niño carecía de cabeza, brazos y pies. Todo estaba destrozado, como si hubiera sido atacado. Podía imaginar su antigua belleza», compartió en una entrevista en la Universidad de Navarra.

Cuarenta años después, la mirada perdida de Puig i Boada sigue grabada en su memoria. «Para un escultor, eso es lo más desolador que existe». Fue en ese momento que el anciano levantó la vista y preguntó: «¿Puedes restaurarla?». Sin saber mucho sobre la obra o los materiales, Etsuro, empujado por la desesperación del anciano, respondió: «Lo intentaré». Así comenzó su viaje en un lugar donde la escultura se entrelazaría con su abrazo a la fe católica.

«El artista es quien persigue la verdad»

Sotoo había llegado a Europa buscando la piedra de la que estaba hecha la historia. Tras un breve paso por París, llegó a Barcelona, donde descubrió la cantidad de piedra que la Sagrada Familia tenía: allí podría esculpir sin límites. Aunque el proceso para poder trabajar allí no fue fácil, logró hacerse un nombre trabajando con sus manos, picando piedra en una de las basílicas más emblemáticas de España. Años después, su conexión con Gaudí lo llevó a convertirse en el escultor jefe del templo.

Al principio, Etsurō Sotoo dedicaba su tiempo a estudiar las palabras y maquetas del catalán, pero pronto se dio cuenta de que debía abordar un proyecto que ni siquiera el maestro había imaginado. Para comprender la perspectiva del arquitecto español, decidió mirar hacia donde él lo hacía. Así, se adentró en el mundo de la fe, entendiendo que ese era el camino para realizar su labor.

El descubrimiento de la fe católica, inspirado por el pensamiento del Siervo de Dios, transformó radicalmente su vida. A partir de ese momento, Sotoo sintió que había llegado a entender más profundamente las enseñanzas de Antonio Gaudí, aunque no siempre de manera perfecta.

Su conversión también le permitió captar la profundidad espiritual que el arquitecto atribuía a la vocación artística. Reflexionó sobre la idea de que el arte es una manifestación de la verdad, y comprendió que, más allá de ser un simple escultor, su búsqueda estaba alineada con el arte como expresión de esa luz de la verdad. Para él, no existe un verdadero oficio de artista; más bien, quienes persiguen el arte con ese enfoque son los que realmente se acercan a la esencia de la creación.

Hay que descubrir la Sagrada Famillia

Etsurō Sotoo, convencido de que la Sagrada Familia ya está presente en su esencia, trabaja con la idea de descubrirla en lugar de crearla desde cero. Sotoo ha introducido color en la Sagrada Familia, esculpiendo pináculos coronados con frutas vibrantes para simbolizar que el alma debe dar fruto, y ha decorado las puertas de la fachada del Nacimiento con colores y grandes insectos, buscando evocar la inocencia de la infancia.

Además, ha propuesto nuevas representaciones simbólicas para las gárgolas, que ahora aluden a los cuatro evangelistas, y ha incorporado elementos alegóricos, como una escultura en la nave central que representa la eucaristía a través de un campo de trigo adornado con amapolas rojas. También está trabajando en campanas tubulares para el campanario, convencido de que todas estas adiciones están íntimamente ligadas a la obra original de Gaudí.

Sin embargo, no todos los artistas que han continuado el legado de Gaudí comparten esta filosofía. Josep Maria Subirachs, conocido por su trabajo en la fachada de la Pasión, adopta una perspectiva más cercana a la concepción medieval del arte, donde diferentes estilos pueden coexistir dentro de una misma obra. Subirachs se comprometió a esculpir la fachada con la condición de no seguir estrictamente las directrices de Gaudí, argumentando que imitarlo sería perjudicial para la obra. Su enfoque busca mantener la integridad de la creación original mientras permite la evolución del diseño.

Esculpir es un trabajo espiritual

La relación de Sotoo con su fe se intensificó después de su conversión al catolicismo en 1991. Para él, esculpir no era solo un trabajo: era una búsqueda espiritual. Creía que cada escultura era una forma de revelar una verdad que ya existía, una idea que resonaba con la filosofía platónica de que la belleza y la verdad están esperando a ser descubiertas.

A diferencia de otros escultores que trabajaron en la Sagrada Familia, Sotoo creía que la unidad del conjunto debía preservarse. Su visión era que la obra de Gaudí debía completarse de la manera en que él lo habría hecho. Lo importante era el mensaje y se esforzó para que el templo sirviera como un espacio sagrado, no solo como un atractivo turístico.

A lo largo de los años, Sotoo se convirtió en un puente entre el pasado y el presente, el hombre y lo divino. Cada golpe de su cincel ha sido un acto de cercanía con ese Dios que encontró esculpiendo, una búsqueda de la verdad que, para él, nunca ha terminado.

Fuente: eldebate.com

El matrimonio como privilegio

Francisco J. Contreras

La superioridad funcional de la familia estable —medida desde los beneficios para los hijos— es tan evidente que no necesitaría demostración: dos es más que uno; en una pareja casada, el marido y la mujer suman sus ingresos, energía emocional, tiempo y habilidades respectivas en la crianza de sus hijos

En el año 1975 nacieron en España 670.000 niños; en 2023, aunque la población había pasado de 35 a 47 millones, vinieron al mundo 322.000, menos de la mitad. Pero hoy no vamos a hablar del hundimiento de la natalidad, sino de si beneficia o no a los (últimos) niños que sus padres estén casados. En la numerosa cohorte del 75, solo un 2 % de los nuevos españolitos nacieron fuera del matrimonio; en la escuálida de 2023, el porcentaje fue del 51 %. Esta explosión de lo que antes se llamaba 'ilegitimidad' no suscita el menor debate: si acaso, se la celebra más o menos explícitamente como un síntoma de modernidad.

En Estados Unidos, el porcentaje de nacimientos fuera del matrimonio subió desde un 5 % en 1960 a un 47 % en 2019, evolución parecida a la de España y casi todo Occidente. Pero allí sí hay científicos sociales que consideran esto un grave problema. El libro de Melissa S. Kearney The Two-Parent Privilege (que tiene un subtítulo militante: How Americans Stopped Getting Married and Started Falling Behind) comienza reivindicando la legitimidad de un debate sobre la cuestión. Pues también en Estados Unidos —aunque no tanto como en España— se van instalando falacias como que ponderar las ventajas (en lo que se refiere a los resultados para los hijos) de determinadas formas de familia implicaría «juzgar las decisiones de la gente sobre sus propias vidas», o que demostrar los beneficios que gozan los niños que se crían con padres casados equivale a «culpar a la víctima» (las madres solteras, por ejemplo).

La originalidad del libro de Kearney —profesora de Economía en la Universidad de Maryland— estriba en que enfoca la cuestión desde una óptica «izquierdista» de preocupación por la desigualdad social. En Estados Unidos se habla mucho de «dualización social», de «América de dos velocidades», pero casi todos omiten el factor que más contribuye a la creciente disparidad de oportunidades. Ese factor es, precisamente, el aumento de los nacimientos fuera del matrimonio. Pues los hijos de parejas casadas van a gozar desde el principio de ventajas decisivas (el «privilegio de tener padre y madre»), que a su vez transmitirán a sus descendientes (los hijos de madres solas o parejas efímeras tenderán estadísticamente a repetir esa pauta en su propia conducta familiar cuando sean adultos).

La superioridad funcional de la familia estable —medida desde los beneficios para los hijos— es tan evidente que no necesitaría demostración: dos es más que uno; en una pareja casada, el marido y la mujer suman sus ingresos, energía emocional, tiempo y habilidades respectivas en la crianza de sus hijos. La ventaja que ello supone es estadísticamente mensurable: los hijos de madres solteras y de parejas efímeras o recompuestas tendrán una probabilidad claramente inferior de completar estudios superiores, conseguir un empleo, tener buenos ingresos y formar a su vez una familia estable cuando sean adultos. Y el riesgo de incurrir en delincuencia juvenil, embarazos adolescentes, drogadicción, trastornos emocionales, etc., será superior. En el libro encontrarán los números y las referencias a estudios que confirman esto.

Si la ventaja comparativa de la familia estable estriba en «dos mejor que uno», ¿no resultará indiferente el dato de que padre y madre estén o no casados? No, no es indiferente, y Kearney tiene el valor de afirmarlo. La pareja de hecho es mucho más volátil que el matrimonio: la probabilidad de que el niño goce de la presencia de su padre y su madre hasta la mayoría de edad es menor si estos no están casados. El matrimonio implica un compromiso explícito —jurídica y, a veces, religiosamente consagrado— que se traduce estadísticamente en una mayor implicación parental. Por ejemplo, el American Time Use Survey de 2019 mostraba que un padre casado pasa un promedio de 30 horas semanales con sus hijos, de las cuales 8 se dedican a actividades explícitamente formativas (jugar, leer, llevarlos a actividades, hacer deberes con ellos); en un padre no casado, los promedios son respectivamente de 23’8 y 5’9 horas.

En lo que se refiere a las familias «reconstituidas» (uno de los progenitores —habitualmente la madre— unido con un nuevo compañero sentimental), los resultados educativos son también peores que los de las formadas por los dos progenitores biológicos. «Las madrastras [stepmothers] generalmente no invierten tanto [esfuerzo y dinero] en la salud de sus hijastros como las madres biológicas, incluso después de ajustar por renta familiar y otras características relevantes», afirma Kearney basándose en el estudio de Anne Case y Christina Paxson «Mothers and Others: Who Invests in Children’s Health», publicado en el Journal of Health Economics. Por otra parte, el divorcio daña emocional y psicológicamente a los niños, como demuestra el estudio de Marcia J. Carlson «Family Structure, Father Involvement, and Adolescent Behavioral Outcomes», publicado en el Journal of Marriage and Family.

Ahora bien, la volatilidad familiar —y sus consecuencias negativas para los niños— no afecta por igual a todas las clases sociales. Kearney analiza bien la evolución reciente de la nupcialidad: hubo una primera fase en los 60 y 70, vinculada a la revolución sexual y a la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, que afectó en medida similar a todas las clases. Desde 1980, sin embargo, las tasas de nupcialidad del estrato con educación universitaria e ingresos altos se mantienen relativamente estables, mientras que siguen desplomándose entre los trabajadores manuales. El porcentaje de personas con estudios universitarios (four-year college) de entre 30 y 50 años de edad que estaban casadas en 1960 era del 87 %; en 1984 había caído al 75 %, y en 2020 se mantenía en un saludable 72 %: o sea, los pudientes siguen casándose y el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio es muy bajo entre ellos. Entre los que solo tienen el bachillerato, en cambio, el porcentaje de casados era del 88 % en 1960, del 76 % en 1984 y del 56 % en 2020; entre los que no completaron siquiera el high school, 82 %, 67 % y 54 % respectivamente. Como resultado de esas tendencias, mientras que el 84 % de los niños de clase acomodada (llamando así a los que tienen padres con título universitario) se estaba criando en 2020 con sus padres casados, en la media-baja (solo high school) el porcentaje había caído al 60 %, y en la baja (sin high school) al 57 %.

Hay, pues, un creciente sesgo de clase en la desestructuración familiar: a la ventaja que supone criarse en un hogar con más ingresos, los niños de clase alta añaden la de gozar de un entorno parental más estable. Existe también, por cierto, un sesgo racial: el porcentaje de niños que se crían con padres casados es de un 88 % entre los asiáticos, de un 77 % entre los blancos no hispanos, de un 63 % entre los hispanos y de un 38 % entre los negros. La verdadera causa del «problema negro» no es el racismo, sino la desestructuración familiar.

¿Por qué los pobres se casan menos que los ricos? Hay una contradicción en la obra de Kearney: persigue durante muchas páginas la pista socioeconómica, para terminar reconociendo que no son factores económicos los que pueden explicar la volatilidad familiar.

En efecto, la clase obrera estadounidense ha sufrido desde 1980 el doble impacto de la economía del conocimiento (que reduce el valor de mercado del trabajo manual), de la robotización y de la globalización. La brecha salarial entre titulados universitarios y no titulados ha ido ampliándose: el promedio de ingresos reales (descontada inflación) de los primeros pasó de los 60.000 dólares anuales en 1980 a los 84.000 en 2019, mientras el de los que solo terminaron high school permanecía estancado en unos 48.000 y el de los que no tienen ni el bachillerato se congelaba en unos 33.000. China ingresó en 2000 en la Organización Mundial de Comercio; desde entonces, Estados Unidos comenzó a importar muchos productos que antes eran fabricados en el propio país, pues en Asia se podían conseguir a un precio muy inferior. En 2019, los economistas Autor, Dorn y Hanson publicaron el estudio «When Work Disappears: Manufacturing Decline and the Falling Marriage-Market Value of Men», que constataba un descenso de la nupcialidad y la natalidad en las zonas más castigadas por la desindustrialización.

William Julius Wilson acuñó en 1987 el concepto de «marriageable men pool index», el número de hombres —en una determinada área geográfica y generación— elegibles para el matrimonio. La explicación socioeconómica del hundimiento de la nupcialidad es que el estancamiento de los ingresos de los trabajadores manuales y la deslocalización a Asia de mucho trabajo manufacturero ha deprimido ese índice en muchas zonas (el Rust Belt desindustrializado o el mundo rural dislocado de la Hillbilly Elegy de J.D. Vance). Se da la circunstancia, además, de que los ingresos femeninos no han sufrido —tampoco entre trabajadoras manuales— el estancamiento de los masculinos: la «brecha salarial» entre sexos se reduce. Kearney cita encuestas que mostrarían que muchas madres solteras no se han casado, no porque no crean en el matrimonio, sino porque el padre de sus hijos no les parecía fiable como esposo. Un hombre desempleado o con salarios bajos —sostiene la teoría— no es un marido apetecible.

Creo que la teoría socioeconómica sobre la nupcialidad —que la gente no se casa porque los salarios son bajos— no es verosímil. Los ingresos reales (o sea, medidos por poder de compra) de los obreros pueden llevar medio siglo estancados; pero, ¿acaso fueron más altos en 1960, 1920 o 1880, cuando casi todo el mundo se casaba? «Contigo pan y cebolla»: durante milenios la gente se casó y tuvo hijos con independencia de que hubiera escasez, hambrunas o guerras (o sea, circunstancias mucho peores que el relativo estancamiento actual). La causa principal del eclipse del matrimonio ha de ser moral-cultural, no económica.

La propia Kearney termina reconociendo esto. Si la adversidad económica fuese la causa de la desnupcialización, una mejora rápida del contexto económico debería traer una explosión de bodas. De hecho, eso ocurrió en alguna ocasión: durante el «boom del carbón» de los 1970s en la zona minera de los Apalaches se observó, en efecto, un incremento de la nupcialidad, seguido de una nueva caída al agotarse el boom. Ahora bien, en los años 2000 se derramó un nuevo maná sobre otras zonas de Estados Unidos: el boom del fracking. De nuevo se multiplicaron las oportunidades de empleo y subieron los salarios de los trabajadores. Pero esta vez la bonanza económica no se tradujo en más anillos de boda, ni descendió el índice de nacimientos fuera del matrimonio o el de ruptura familiar. ¿Por qué no? «Es posible que las normas sociales sobre paternidad y matrimonio hubieran cambiado, de tal forma que los hombres y mujeres no sentían ya la necesidad o el deseo de casarse, aunque el hombre tuviera un empleo bien pagado y la pareja hubiese engendrado un hijo» (p. 93).

En generaciones anteriores —incluso todavía en la del «coal boom» de los 70/80 —aún existía el ideal (la «forma social», diría Joseph Raz) del matrimonio: casarse era lo esperable, lo correcto, lo deseable, aunque la decisión se pudiera postergar por circunstancias diversas, incluidas las económicas; en la actual, el ideal se ha desvanecido: el matrimonio parece una formalidad caduca. La consolidación de este cambio cultural es una malísima noticia para los niños, por las razones que se explican en el resto del libro. Y una sociedad en la que hombres y mujeres son ya incapaces de comprometerse para toda la vida quizás no merece sobrevivir

Fuente: eldebate.com


09 enero 2025

Un mundo de ciegos. Carta 'Dilexi nos'

Juan Luis Selma

Todo tiene remedio, lo que pasa es que no lo vemos, como en algunos jeroglíficos complicados.

Hace unos días me comentaba un buen amigo que le habían diagnosticado una pérdida de vista del cincuenta por cien y le animaban a operarse de cataratas. Con un cristalino nuevo se quedaría como nuevo. También conozco a varias personas que, a pesar de haber perdido la visión, tienen una percepción de la vida impresionante. Poseen un algo que les ayuda a ver en profundidad.

Da pena perderse un precioso atardecer, la sonrisa de un niño, el colorido de unas flores…, pero es mucho más triste no percibir el amor, ignorar la enorme riqueza del que está junto a mí. Me desconcertó el siguiente titular hace unos días: “Jaén y Córdoba registran más suicidios que muertes naturales”. ¡Qué en estas tierras de Dios, donde también vivimos, no encontremos razones para seguir viviendo es muy triste!

Podemos estar ciegos sin saberlo, ¡cuántas veces nos volvemos locos buscando algo que está frente a nuestras narices! Lo de menos es no encontrar unas llaves que están sobre la mesilla de noche, lo triste es estar ciegos para el amor. Dice Ortega y Gasset: “El amor, a quien pintan ciego, es vidente y perspicaz porque el amante ve cosas que el indiferente no ve y por eso ama”. Si no somos capaces de amar hay que hacer algo, pararse. Cambiar los cristalinos, dejar de mirar con la razón: encasillando, condenando, juzgando, echando en falta, prejuzgando, y mirar con el corazón.

El Papa, en su cuarta Carta Encíclica Dilexi nos -Él nos ha amado (Rm 8, 37)- afirma que la actual devaluación del corazón proviene del “racionalismo griego y precristiano, del idealismo post-cristiano y del materialismo”, que han resaltado tanto conceptos como los de “razón, voluntad o libertad”, que nos hemos quedado sin “corazón”. En cambio, para el Pontífice, hay que reconocer que “yo soy mi corazón, porque es lo que me distingue, me configura en mi identidad espiritual y me pone en comunión con los demás”.

Dice el Evangelio: “Llegan a Jericó. Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y, al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: - ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!... Jesús le preguntó: - ¿Qué quieres que te haga? - Rabboni, que vea - le respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: - Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino”.

El ciego recupera la vista, ve al Maestro y lo sigue. También nosotros, en los momentos de oscuridad, cuando nada parece tener sentido, podemos pedir luces a Dios: ¡Señor que vea! Dios está mucho más cerca de lo que pensamos. Todo tiene remedio, lo que pasa es que no lo vemos, como en algunos jeroglíficos complicados. Hay solución, hay una puerta de salida. En el caso del amor conyugal, también. Lo que se amó tanto, que comprometió una vida, se puede volver a amar. Hay que mirar de otra manera, dejando las razones, que por ciertas que sean, son sinrazones.

Comprender es el modo de mirar al otro. Dice el Diccionario que comprender es “abrazar, ceñir o rodear por todas partes algo”. La mirada comprensiva no se queda en una parte, en lo llamativo. Busca el por qué, se pone en la piel del otro, le mira en profundidad, sabe interpretar, diagnosticar. Disculpa, entiende, perdona. Abre horizontes. Es como mira Dios.

Francisco nos invita a encontrar el Amor para poder amar. Nos lleva a la fuente del amor: ¡Si conocieras el don de Dios!, le dice Jesús a la Samaritana. En Dilexi nos destaca el poder del amor de Cristo para transformar los corazones y renovar las estructuras sociales. El Corazón de Jesús, lleno de misericordia, es capaz de cambiar no solo la vida de las personas, sino también las realidades que parecen estar atrapadas en el pecado y la injusticia. Un mundo que ha olvidado el amor, una sociedad egoísta y pragmática, desnortada, tiene un faro potentísimo que la puede orientar: "El amor de Cristo está fuera de ese engranaje perverso y solo él puede liberarnos".

El Papa nos habla de la mirada de Cristo: “Cuenta el Evangelio que un rico se acercó a él, lleno de ideales, pero sin fuerzas para cambiar de vida. Entonces Jesús lo miró con amor (Mc 10, 21). ¿Puedes imaginarte ese instante, ese encuentro entre los ojos de este hombre y la mirada de Jesús? Si te llama, si te convoca a una misión, primero te mira, penetra lo más íntimo de tu ser, percibe y conoce todo lo que hay en ti, deposita en ti su mirada: "Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos […]. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos" (Mt 4, 18.21) … Precisamente porque está atento a nosotros, él es capaz de reconocer cada buena intención que tengas, cada pequeño acto bueno que realices”.

Podemos recuperar la vista, contemplar, con el auxilio de Dios.

Fuente: eldiadecordoba.es

08 enero 2025

Los hijos son un don de Dios

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:

Deseo dedicar las dos primeras catequesis de este año a reflexionar sobre los niños. La Sagrada Escritura nos dice que los hijos son un don de Dios, pero también describe situaciones en que los niños no han sido amados ni respetados, llegando incluso a ser perseguidos y martirizados. Esta es una triste realidad que se sigue repitiendo hasta el día de hoy. Pensemos cuántos niños mueren a causa del hambre, de las catástrofes, de las enfermedades y de las guerras.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, los cristianos no deberíamos permitir nunca que los niños sean maltratados, heridos o abandonados. Debemos prevenir y condenar con firmeza cualquier abuso que puedan sufrir. Quisiera destacar especialmente el flagelo del trabajo infantil, que borra las sonrisas y los sueños de los niños, e impide que desarrollen sus talentos. Los niños ocupan un lugar privilegiado en el corazón de Dios y, quien les haga daño, tendrá que rendirle cuentas a Él.

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Jesús por todos los niños y las niñas del mundo, para que, recibiendo y dando amor, puedan crecer en edad, en sabiduría y en gracia. Que Dios los bendiga y la Virgen Santa los cuide.

Fuente: vatican.va


Diagnóstico y soluciones para afrontar la crisis de la Iglesia

Javier García Herrería


El profesor Juan Luis Lorda ofrece en su canal de youtube un análisis divulgativo sobre la crisis actual que enfrenta la Iglesia y propone una serie de sugerencias para afrontarla. Sorprende que para su exposición reconozca haber recurrido a herramientas de inteligencia artificial, como chat GPT y Bing, aunque evidentemente el núcleo de la exposición se base en sus reflexiones personales.

Un diagnóstico de la crisis

Lorda identifica tres grandes factores que han llevado a la pérdida de fe en muchos creyentes:

  1. Dudas históricas: Las incertidumbres sobre Jesucristo y la fiabilidad de los textos bíblicos generan confusión y desconfianza en algunos.
  2. Influencia de la secularización: Un entorno cultural y social adverso a la fe, alimentado por procesos de descristianización en Occidente. Lorda destaca el papel de la televisión en el siglo XX (que sustituyó el rol formativo de la familia) y la crisis de la educación religiosa, que alteraron los modelos tradicionales de transmisión de la fe.
  3. Experiencias negativas con la religión: Tanto personales como globales, como el escándalo de la pederastia, han afectado profundamente la percepción de la Iglesia.

En este contexto, Lorda subraya que la Iglesia, al intentar renovarse tras el Concilio Vaticano II, afrontó tensiones internas que derivaron en una crisis que afectó a muchos aspectos. 

Volver a la tradición con equilibrio

Lorda advierte sobre una postura común entre algunos grupos: la idea de cortar con todo lo sucedido tras la muerte de Pío XII en 1958 para «recuperar la tradición». Aunque esta intención parte de un deseo de fidelidad, olvida que la verdadera tradición incluye la comunión con el Papa y la unidad de la Iglesia. Según Lorda, un diagnóstico incorrecto impide abordar correctamente los problemas actuales, cuya solución pasa por recordar que la Iglesia es obra del Espíritu Santo.

¿Qué debemos hacer? Tres pasos fundamentales

Tras el diagnóstico, Lorda plantea tres acciones esenciales para afrontar la crisis de la Iglesia:

  1. Celebrar bien la Eucaristía. La celebración de la Eucaristía, fuente de vida para la Iglesia, debe hacerse con devoción y en comunión con la Iglesia universal. La Iglesia nace de la Eucaristía y esto es casi tan difícil de creer como decir que lo que hace a la Iglesia es la cruz, pero al final es lo mismo. Lo más eficaz para cambiar el mundo no depende de la prensa o las redes sociales, sino de priorizar lo que Jesucristo dispuso: “Haced esto en memoria mía”.
  2. Evangelizar con un espíritu más carismático. Inspirándose en el mandato de Jesús de «hacer discípulos de todos los pueblos», Lorda subraya la importancia de conocer primero al Señor para poder darlo a conocer a otros. Recomienda que la Iglesia en Europa adopte un enfoque más carismático, similar al de las comunidades de América, para revitalizar su impulso evangelizador.
  3. Vivir el mandamiento del amor. Amar a los demás como Cristo amó es el testimonio más poderoso de la existencia de Dios. Según Lorda, este amor no solo refuerza la unidad de la Iglesia, sino que también es el signo distintivo de los discípulos de Cristo.

Con estas propuestas, Lorda invita a los cristianos a asumir su misión con esperanza, recordando que la eficacia de la Iglesia proviene del Espíritu Santo y no solo de sus propios esfuerzos. «Estamos en una empresa sobrenatural», concluye, poniendo el foco en la fe, la comunión y el amor como pilares fundamentales para superar los desafíos actuales.

Fuente: omnesmag.com