22 enero 2026

Los justos

Enrique García-Máiquez

Hace unos días estaba estupefacto. Una persona conocida (y muy apreciada) había testificado en un juicio. Aunque había prometido decir la verdad, toda la verdad, y era un tema delicado, había mentido descaradamente. Cuando me lo contaron, sentí frío. Estoy seguro de que esa persona despotrica de Pedro Sánchez porque miente y no cumple su palabra. Yo no justifico al presidente, pero desespero de que la cosa tenga arreglo cuando hasta la gente más formada funciona con una doble vara de medir tan evidente. Ni por gesticular en las tertulias de amigos ni tan siquiera por votar con fuerza en cada elección vamos a regenerar el país si no empezamos por nosotros mismos.

Ahora lo escribo devastado con la tragedia ferroviaria. Pero pienso igual que hace esos días. Claramente hay políticos que no han hecho su trabajo y no han estado en lo que hay que estar. Un ex ministro de Transportes y un consejero de RENFE están en la cárcel por haberse dedicado a otras cosas. Tal vez empresarios hayan estado más preocupados por cerrar los negocios que por afinar sus trabajos. Todo eso lo tendrán que investigar muy bien peritos y tribunales. Mientras tanto, nosotros, además de protestar y exigir responsabilidades y votar con seriedad y opinar con coherencia, y aplaudir sobre todo a la buena gente que se ha dejado la piel ayudando sobre el terreno, tenemos que hacer nuestro trabajo, el que sea, muy bien. 

Jorge Luis Borges recuerda la leyenda judía según la cual en cada generación nacen entre los judíos treinta seis hombres justos elegidos por Dios para cargar con los sufrimientos del mundo. El mundo se apoya en ellos, que con frecuencia ni se conocen ni se reconocen. Borges seculariza la idea, y nos la ofrece a todos en el poema «Los justos», que, entre otros ejemplos, habla de «un hombre que cultiva su jardín» y de «el que descubre con placer una etimología» y, sobre todo, de «un ceramista que premedita un color y una forma» y de «un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada». Remata proclamando: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo». El poema es un bellísimo aviso de la responsabilidad que en nuestros trabajos menores tenemos, aunque no seamos conscientes casi nunca. Y como nunca podremos ser justos integrales, necesitamos ser muchos más para sumar lo mismo.

Ahora que me asalta la impotencia ante el estado ruinoso de nuestras instituciones y servicios públicos, me digo que todavía puedo hacer lo mío: cuidar la sintaxis y la honestidad de este artículo, dar mejor mis clases, conversar con mis hijos, amar a mi mujer, cuidar de mi jardín. El filósofo Higinio Marín ha hablado de la mayor riqueza que él percibe en los países en los que los autobuseros llegan a la hora. Hay un índice de riqueza que depende de la puntualidad de los autobuses públicos. A la manera borgiana, un conductor que llega justo a su hora está sosteniendo —aunque lo ignora— el PIB nacional y la moral pública.

Solzhenitsyn era un hombre minúsculo frente al mastodonte soviético, una mota de conciencia en medio del mecanismo implacable de la mentira institucionalizada. Se sabía insignificante: ni ejército ni partido ni poder alguno. Pero se le iluminó una idea —tan sencilla que parecía infantil—: si el mundo se sostenía en el engaño, bastaba con que uno solo dejara de mentir para que empezara el derrumbe. Y decidió no mentir nunca. Ese voto íntimo, casi ascético, acabó obrando milagros civiles: lo llevó a escribir su vida y la de los otros en los campos, a transformar el sufrimiento en literatura y, por último, a recibir un Nobel que reconocía lo que en realidad había hecho mucho antes: devolver a la verdad su peso específico. Lo que empezó siendo un compromiso individual y silencioso fue, al cabo, una rebelión con mayúsculas.

No abogo por dejar la denuncia y la protesta, la queja y la rabia, que también son nuestro deber, pero creo que toda esta energía moral que nos subleva por dentro tenemos que aprovecharla para contribuir a mejorar nuestro país en lo que tenemos al alcance. Que no se nos vaya la fuerza por la boca y ya está, sino que arraigue en el alma y florezca en las manos.

Fuente: https://gaceta.es/author/egarcia/

3 focos del Papa: humanidad de Cristo, corderos para palios y compasión

 Redacción Omnes

La revelación de Dios a través de la humanidad de Jesucristo, los corderos con motivo de santa Inés, para los palios de los nuevos arzobispos, y la imagen del buen samaritano compasivo con los enfermos, son tres focos del corazón del Papa León.  

El Papa ha presentado entre ayer y hoy tres focos de atención especial. Dios se revela a través de la humanidad de Jesús, no solo como un “canal de transmisión de verdades intelectuales”. Hoy, en la fiesta de santa Inés, se presentaron al Papa dos corderos para ser bendecidos, y su lana se utilizará para los palios de los nuevos arzobispos. Y la compasión con los que sufren, los enfermos.

Conocer a Dios en Cristo

1.- León XIV continuó el 21 de enero su catequesis sobre el Concilio Vaticano II en la Audiencia general semanal. Su catequesis se refirió a Constitución dogmática “Dei Verbum”, la enseñanza de la Iglesia sobre la revelación divina.

Al conocer a Jesús, el Papa afirmó que podemos entablar una relación con Dios como sus hijos adoptivos, la cual se reveló a través de la humanidad de Jesús.

Para conocer a Dios en Cristo, debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente cuando le resta algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino –dijo–. Es la humanidad integral de Jesús la que nos revela la verdad del Padre.

Continuó diciendo que, al hacerse hombre, Jesús “nace, sana, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros. Por lo tanto, para honrar la grandeza de la encarnación, no basta considerar a Jesús como el canal de transmisión de las verdades intelectuales”.

Jesús es la Palabra de Dios encarnada

Dios se comunica con nosotros, dijo el Papa, y al mismo tiempo, Jesús es la Palabra de Dios encarnada. A través de esta forma corporal, se revela la verdad de Dios.

“Jesucristo es el lugar donde reconocemos la verdad de Dios Padre, al tiempo que nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena”, afirmó.

Carga con la oveja perdida

2.- Lana de los corderos para los palios de los arzobispos. Hoy, memoria litúrgica de santa Inés (Agnes), se presentaron al Papa dos corderos, para ser bendecidos en la fiesta.

La lana de estos corderos se utilizará para confeccionar los palios de los nuevos arzobispos metropolitanos. Evocan a Jesús que carga la oveja perdida, simbolizando el cuidado y la guía del arzobispo hacia su rebaño.

El rito de bendición de los Palios y su entrega a los arzobispados es realizado por el Santo Padre el 29 de junio, solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

La compasión del samaritano

3.- 34 Jornada Mundial del Enfermo. Se celebrará solemnemente en Chiclayo, Perú, el 11 de febrero de 2026, indica el Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo. El lema general es ‘La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro’.

El Santo Padre ha querido proponer de nuevo “la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, para poner la atención en los necesitados y los que sufren, como son los enfermos”.

El mensaje del Papa se divide en tres partes.

a) El regalo del encuentro: la alegría de dar cercanía y presencia

“Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor”, ha dicho el Papa.

La parábola narra que el samaritano al ver al herido no “pasó de largo”, sino que “tuvo para él una mirada abierta y atenta, la mirada de Jesús, que lo llevó a una cercanía humana y solidaria. El samaritano ‘se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo […] le dio su tiempo”. 

“El amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar”, ha subrayado el Santo Padre. Por eso, “el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida”. 

b) La misión compartida en el cuidado de los enfermos

“Yo mismo he constatado, en mi experiencia como misionero y obispo en Perú, cómo muchas personas comparten la misericordia y la compasión al estilo del samaritano y el posadero. Los familiares, los vecinos, los operadores sanitarios, los agentes de pastoral sanitaria y tantos otros que se detienen, se acercan, curan, cargan, acompañan y ofrecen de lo suyo, dan a la compasión una dimensión social”.

“Esta experiencia, que se realiza en un entramado de relaciones, supera el mero compromiso individual. De este modo, en la Exhortación apostólica Dilexi te no sólo me he referido al cuidado de los enfermos como una “parte importante” de la misión de la Iglesia, sino como una auténtica “acción eclesial (n. 49)”.

c) Movidos siempre por el amor a Dios, para encontrarnos con nosotros mismos y con el hermano

“Deseo vivamente que no falte nunca en nuestro estilo de vida cristiana esta dimensión fraterna, “samaritana”, incluyente, valiente, comprometida y solidaria que tiene su raíz más íntima en nuestra unión con Dios, en la fe en Jesucristo. Encendidos por ese amor divino, podremos realmente entregarnos en favor de todos los que sufren, especialmente por nuestros hermanos enfermos, ancianos y afligidos”.

Elevemos nuestra oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos, invita el Papa. “Pidamos su ayuda por todos los que sufren, los necesitados de compasión, escucha y consuelo, y supliquemos su intercesión con esta antigua oración, que se rezaba en familia por quienes viven en la enfermedad y en el dolor”:

Oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos

Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes.
Ven conmigo a todas partes
y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
Haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.

Vaticano, 13 de enero de 2026

LEÓN PP. XIV

Fuente: omnesmag.com

21 enero 2026

Jesucristo es la revelación viva del Padre

El Papa en la Audiencia General

Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II. I. Constitución dogmática Dei Verbum 2. Jesucristo, revelador del Padre. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, sobre la divina Revelación. Hemos visto que Dios se revela en un diálogo de alianza, en el que se dirige a nosotros como a amigos. Se trata, entonces, de un conocimiento relacional, que no solo comunica ideas, sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad. El cumplimiento de esta revelación se realiza en un encuentro histórico y personal en el cual Dios mismo se entrega a nosotros, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más profunda.  Es lo que sucedió en Jesucristo. Dice el Documento: «La verdad íntima acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación» (DV, 2).

Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él. En el Hijo enviado por Dios Padre, «los hombres […] tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina» (ibid.). Llegamos, pues, al pleno conocimiento de Dios entrando en la relación del Hijo con su Padre, en virtud de la acción del Espíritu. Así lo atestigua, por ejemplo, el evangelista Lucas cuando nos cuenta la oración de júbilo del Señor: «En aquel momento, Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo e de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,21-22).

Gracias a Jesús conocemos a Dios del mismo modo en que somos conocidos por Él (cf. Gal 4,9; 1Cor 13,13). En efecto, en Cristo, Dios se nos ha comunicado y, al mismo tiempo, nos ha manifestado nuestra verdadera identidad de hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los hombres» (DV, 4) revelando su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que «el Padre conoce bien nuestras necesidades (cf. Mt 6,32). Jesucristo es el lugar en el cual reconocemos la verdad de Dios Padre, mientras nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. San Pablo escribe: «Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, [...] para hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: “¡Abba!, es decir, ¡Padre!”» (Gal 4,4-6).

Por último, Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad.

Precisamente porque es el Verbo encarnado que habita entre los seres humanos, Jesús nos revela a Dios con su verdadera e íntegra humanidad. Dice el Concilio: «Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación» (DV, 4). Para conocer a Dios en Cristo debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente cuando se le quita algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es la humanidad integral de Jesús la que nos revela la verdad del Padre (cf. Jn 1,18).

Lo que nos salva y nos convoca no son solo la muerte y la resurrección de Jesús, sino su persona misma: el Señor que se encarna, nace, sana, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros. Por eso, para honrar la grandeza de la Encarnación, no basta con considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su manera propia de percibir y sentir la realidad, con su manera de habitar el mundo y de atravesarlo. El mismo Jesús nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: «Miren los pájaros del cielo – dice -: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?» (Mt 6,26).

Hermanos y hermanas, siguiendo hasta el final el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros – escribe san Pablo –, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, […] ¿no nos concederá con Él toda clase de favores?» (Rm 8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se abandona a Él con confianza.

Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para seguir conociendo a Jesús, revelador del Padre, por medio de la lectura orante del Evangelio. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos reflexionando sobre la Constitución dogmática Dei Verbum. Hemos visto que Dios se revela y se comunica con nosotros, invitándonos al diálogo y a la comunión con Él. El mediador y la plenitud de la revelación es su Hijo Jesucristo, el Verbo encarnado. Es decir, Dios no nos ha transmitido sólo ideas, sino que Él mismo se ha hecho hombre, compartiendo nuestra historia.

En Cristo descubrimos nuestra verdad más profunda, nuestra identidad como hijos de Dios. Por eso, entrando en relación con Él, podemos conocer al Padre, en virtud de la acción del Espíritu Santo. Para conocer a Dios en Cristo hemos de tener en cuenta su humanidad, el modo en el que vivió entre nosotros, sus obras y sus palabras. Así, conociéndolo a Él en profundidad, podremos ir descubriendo su manera de percibir y de habitar la realidad, y tener sus mismos sentimientos, abandonándonos con confianza en su amor infinito.

Fuente: vatican.va

20 enero 2026

Alfonso Aguiló nos ayuda a educar en cristiano hoy

Benigno Blanco

Para tener criterio sobre cómo educar hoy es muy bueno escuchar a quienes lo están haciendo bien.

Educar hoy es posible, como siempre; y tan fácil o difícil -según se vea- como siempre. Pero, como siempre, exige que padres y educadores se esfuercen por entender nuestro mundo sin atarse a las formas de educación válidas en el pasado, por reciente que éste sea.

En un momento histórico de cambios continuos, familias y escuelas deben plantearse cómo educar a las nuevas generaciones en la mejor sabiduría humanista que hemos aprendido de nuestros mayores y sigue siendo válida porque la naturaleza humana no cambia por mucho que varíen las circunstancias en que se realiza. Este reto se vive hoy con una singular intensidad en el seno de las familias cristianas y de la escuela católica, en las que padres y profesores quieren transmitir a sus hijos y alumnos las claves antropológicas de autocomprensión como persona hijo de Dios y llamado a la vida eterna, en medio de la vorágine actual de nuevas tecnologías, crisis relativista de la verdad y el bien, desesperanza colectiva, populismos demagógicos y expansión del consumismo y la mercantilización de todo lo humano -especialmente el cuerpo y la sexualidad-.

Para tener criterio sobre cómo educar hoy es muy bueno escuchar a quienes lo están haciendo bien, tienen mucha experiencia y han reflexionado con profundidad sobre esta tarea en el mundo actual. Alfonso Aguiló es una de estas personas a las que merece la pena escuchar -leer- pues sabe de lo que habla y lo está haciendo bastante bien como promotor de una iniciativa educativa -la Fundación Arenales- que está acogiendo a miles de alumnos en España y fuera de ella. Como abuelo de nietos que se educan en un colegio de Arenales soy testigo de que sabe de lo que habla y de que lo que dice es muy razonable y eficaz.

En su reciente libro Cuestión de identidad. Una propuesta cristiana para educar en la familia y en la escuela (Ed. Rialp, 2025, 267 páginas) Aguiló vuelca su experiencia en la materia y lo que ha aprendido en décadas de servicio a las familias colaborando con razonable éxito a la educación de sus hijos desde los colegios que ha liderado como director o promotor. Aunque formalmente el libro de Aguiló es una reflexión propositiva sobre la escuela cristiana, la sabiduría que destila es de gran utilidad para todo educador, sean los padres de cualquier familia -cristiana o no- o de cualquier colegio -cristiano o no-. Como al final se trata de educar buenas personas, lo que vale para las familias y colegios cristianos, vale también para las familias y colegios que no tienen este sello de identidad. La sabiduría sobre el ser humano no tiene apellidos, aunque éstos puedan ayudar a precisar y acertar con tino.

Resulta imposible resumir, ni siquiera indiciariamente, el contenido de la obra de Aguiló, pues es de una inmensa riqueza práctica que se desgrana página a página con reflexiones e indicaciones concretas sobre las mil y un cuestiones que todos los educadores -padres o profesores- nos planteamos a diario. El libro se estructura en cinco capítulos cuyos títulos pueden darnos una idea de los temas tratados, aunque éstos son de tal riqueza y variedad que solo la lectura tranquila permitirá una asimilación reflexiva: “protagonistas de la propia identidad” (págs. 15 y ss.), “educar no es adoctrinar” (págs. 41 y ss.), “humanismo cristiano y educación” (págs. 85 y ss.), “valores cristianos y educación del carácter” (págs. 161 y ss.) y “dimensión espiritual” (págs. 211 in finem).

Si tuviese que resaltar algunas de las ideas que Aguiló sustenta, me atrevería a señalar las siguientes: educar es intentar que el joven ejercite su libertad para hacer suyos los valores que se quiere transmitir (solo se puede educar en libertad, adoctrinar no es educar); la escuela cristiana no puede aislarse de la realidad de nuestro mundo, sino que debe preparar al alumno para tener criterio para vivir en un mundo donde muchos no aceptan ni entienden la visión cristiana de las cosas; aislarse del mundo real y su diversidad no ayuda a una buena educación, sino que la lastra; educar no es solo transmitir ideas y teorías sino formar el carácter y la afectividad junto a la inteligencia; el profesor y su vida y ejemplo -como en el caso de los padres- es tan importante como sus palabras en la educación; la escuela cristiana debe ser fiel a su identidad si quiere aportar algo serio a la educación de los alumnos, diluirse en las modas cambiantes destruye su misión y valor; la fe cristiana tiene muchísimo que aportar hoy como siempre a las personas y a la sociedad; la escuela cristiana no debe limitarse hoy a perpetuar modelos que fueron eficaces en el pasado sino que debe adaptarse a las necesidades de la sociedad actual y los jóvenes de hoy; las escuelas cristianas deben actuar en red y abrirse a los distintos carismas de la Iglesia sin convertirse en cotos cerrados de cada grupo o espiritualidad (propone “una escuela multi-carisma”).

Las reflexiones de Aguiló sobre la escuela cristiana y la educación hoy son trasladables sin necesidad de traducción a la educación cristiana en familia; y por tanto su libro no solo será útil para los profesionales de la educación, sino también para los padres y madres que desean asentar criterios seguros para la formación de sus hijos. Sus propuestas también pueden ser muy útiles para no cristianos pues la sabiduría sobre el hombre que inspira las ideas de Aguiló sobre educación es la del sentido común que comparte el cristianismo con Sócrates y Aristóteles.

Fuente: religionenlibertad.com


19 enero 2026

Dejar surco en la vida

Juan Luis Selma

El labrador avanza con paso lento pero constante. Delante, un par de bueyes tiran del yugo con paciencia antigua. Abren un surco fértil, dan vida al campo. Luego, de sus frutos gozarán muchos. ¡Qué bella imagen de fecundidad, de trabajo bien hecho, de perennidad!

El sol cae sobre los tres -hombre, animales y arado- como si los bendijera. Y detrás de ellos, la tierra abierta queda esperando la semilla, agradecida por ese surco que anuncia futuro. Imagen antigua pero cierta; metáfora de una vida fecunda. ¿Qué surco dejo yo en el campo de la vida?

“Son muchos los cristianos persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas -no saben quiénes- que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos…: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega. Así pensabas tú, hasta que vinieron a despertarte”, glosa el primer punto de Surco.

Contaba un sacerdote que, al preguntar a un grupo de niños qué significaba la palabra egoísta, nadie respondía por no entender del todo su significado. Al final, levantó la mano decidida un niño y dijo: “Egoísta es el que no piensa en mí”. ¡Qué fácil es censurar a la Iglesia, sacarle los colores a los demás, decir lo que tienen que hacer! ¡Qué cómodo es decir que todo va mal, que todos son unos corruptos!

Las lecturas de este domingo nos invitan a ser luz, a trabajar en la viña del Señor para que dé fruto abundante. “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”, dice Isaías. San Pablo afirma de sí mismo: “Llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”. Y, en el Evangelio, vemos a Juan el Bautista reconduciendo a sus discípulos hacia el Señor: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Todos los bautizados participamos de la misión profética de Cristo. No estamos en la Iglesia: somos Iglesia. Cada uno, en su ambiente familiar, profesional y social, tiene la responsabilidad, la misión y la tarea de impregnar todo con la luz de Cristo, con su aroma, con su presencia.

Dejar surco es vivir de tal manera que algo bueno quede detrás de nosotros. Es marcar el terreno humano que pisamos con gestos, decisiones y presencias que otros puedan aprovechar. Es abrir camino, no para lucirnos, sino para que otros puedan sembrar, crecer o caminar mejor. Esto vale en lo humano y también en lo divino.

Muchos hemos heredado de nuestros mayores campos fecundos: amor al trabajo, honradez, sinceridad, amistad, familia, sentido de la vida, espíritu de lucha y superación, vida cristiana, buena formación. ¿Qué vamos a dejar nosotros si estamos tan pendientes de nuestros planes, caprichos y comodidades? ¿Una triste tierra quemada?

La gente necesita a Dios, un amor incondicional, un camino seguro y claro, familia, esperanza y motivos para vivir. Los cristianos lo tenemos: no lo ocultemos, no hagamos el ridículo. No defraudemos a los nuestros.

Los niños necesitan un padre y una madre, vínculos familiares estables y seguros: una familia. Necesitan a alguien que, con su vida y sus palabras, les muestre al Dios del amor, a Jesús. Estas Navidades pude estar en el parque temático Puy du Fou. Al terminar uno de los preciosos espectáculos, un padre preguntó a su hijo qué le había gustado más, El Rey León o aquello. El niño respondió: “Esto, papá; esto mucho más”.

Una forma de transmitir las virtudes, los valores y la fe es vivir la unidad de vida: que lo que creemos y valoramos intentemos vivirlo, siendo personas coherentes. Amar la verdad: llamar a las cosas por su nombre; si hacemos algo mal, no justificarnos, sino reconocerlo y rectificar. Apreciar la belleza, valorar lo bonito, la naturaleza, la armonía, la alegría. Así dejaremos un surco profundo, una buena herencia a los nuestros. Haremos atractivo el seguimiento de Jesús, la vida lograda.

Fuente: eldiadecordoba.es

18 enero 2026

Mensaje del Prelado del Opus Dei (18 enero 2026)

Mons. Fernando Ocáriz

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hace unos días concluyó el Jubileo de la esperanza. Gracias a Dios, han sido muchas las personas que, a lo largo del último año, han cruzado la Puerta Santa y han acogido la invitación del Señor a mirar la realidad con una esperanza que no defrauda. Como recordaba el Papa León XIV, el Jubileo nos ha ayudado a redescubrir «que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros» (Homilía, 6-I-2026). Cristo nunca se cansa de nuestro continuo comenzar y recomenzar: acerquémonos a él también cuando nos sintamos débiles o conscientes de haberle fallado, con la confianza de que siempre nos recibe con los brazos abiertos.

En una ocasión, san Josemaría, al comenzar el año, propuso a sus hijos el siguiente lema: Año nuevo, lucha nueva. La santidad –recordaba nuestro fundador– está «en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos», pero sin olvidar que «nos moriremos con defectos» (Forja, n. 312). Renovemos el deseo de luchar, no con la pretensión de cambiar de vida en un solo instante, sino perseverando «en el esfuerzo de subir un poco, día a día» (Es Cristo que pasa, n. 75). La esperanza que, de alguna manera, hemos redescubierto en el Jubileo, y que deseamos que marque nuestra vida, es un don llamado a comunicarse. El mundo necesita testigos del amor fiel e incondicional de Dios. En la vida ordinaria, con sencillez y cercanía, podemos transmitir a los demás la alegría que nace de sabernos acompañados por el Señor en todo momento.

Antes de terminar, os pido que recéis especialmente por dos reuniones de trabajo y formación que tendremos en Roma –en enero con directores, y en febrero, con directoras, de todas las regiones–, para impulsar las prioridades apostólicas de los próximos años, camino al Centenario de la Obra. Además, no dejemos de rezar por los países que siguen atravesando guerras y conflictos.

Con todo cariño os bendice, vuestro Padre

Roma, 18 de enero de 2026

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Jn 1,29-34) nos habla de Juan el Bautista, que reconoce en Jesús al Cordero de Dios, el Mesías, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29). Y añade: «He venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel» (v. 31).

Juan reconoce en Jesús al Salvador, proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta, una vez cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).

El Bautista es un hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las autoridades de Jerusalén (cf. Jn 1,19). Le habría sido fácil aprovecharse de esta fama; en cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad. Frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar «el camino del Señor» (Mc 1,3; cf. Is 40,3), y cuando el Señor viene, reconoce su presencia con alegría y humildad y se retira de la escena.

¡Qué importante es para nosotros hoy su testimonio! De hecho, a menudo se le da una importancia excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas, causando sufrimiento y divisiones, y produciendo estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes y oprimentes. En realidad, no necesitamos estos “sucedáneos de la felicidad”. Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos.

El amor del que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas, revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos.

Queridos hermanos, no nos dejemos distraer ante su paso. No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón, conformándonos con lo necesario y encontrando cada día, en cuanto sea posible, un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el Señor y estar con Él.

Que nos ayude en esto la Virgen María, modelo de sencillez, sabiduría y humildad.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comienza la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Los orígenes de esta iniciativa se remontan a dos siglos, y el papa León XIII fue quien tanto la alentó. Hace precisamente cien años se publicaron por primera vez las “Sugerencias para la Octava de oración por la unidad de los cristianos”. El tema de este año está tomado de la Carta a los Efesios: “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados” (cf Ef 4,4). Las oraciones y reflexiones han sido preparadas por un grupo ecuménico coordinado por el Departamento de Relaciones Interreligiosas de la Iglesia Apostólica Armenia. Invito, por lo tanto, a todas las comunidades católicas a reforzar, en estos días, la oración por la plena unidad visible de todos los cristianos.

Nuestro compromiso con la unidad debe ir acompañado de manera coherente con el compromiso por la paz y la justicia en el mundo. Hoy deseo recordar en particular las grandes dificultades que sufre la población del este de la República Democrática del Congo, obligada a huir de su país a causa de la violencia, generalmente hacia Burundi, enfrentando así una grave crisis humanitaria. Recemos para que entre las partes en conflicto prevalezca siempre el diálogo por la reconciliación y la paz.

Deseo además asegurar mis oraciones por las víctimas de las inundaciones que, en los últimos días, han azotado el sur de África.

¡Dirijo mi cordial saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos!

Me complace saludar al grupo de la Piggot School de Wargrave, en Inglaterra, así como al grupo “Fratres” de la comunidad parroquial de Compitese. Saludo a los fieles de los distintos países, a las familias y a las asociaciones. ¡Gracias por su presencia y oraciones!

A todos les deseo un buen domingo.

Fuente: vatican.va

16 enero 2026

El Cordero de Dios

2º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Jn 1,29-34)

Al día siguiente vio a Jesús venir hacia él y dijo:

—Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo dije: "Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo". Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.

Y Juan dio testimonio diciendo:

—He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: "Sobre el que veas que desciende el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautiza en el Espíritu Santo". Y yo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Comentario

A orillas del Jordán, Juan Bautista predicaba a personas de toda condición un bautismo de penitencia para preparar la llegada del Mesías. Y cuenta el evangelio según san Juan que, cuando el Bautista vio llegar por fin a Jesús ante él para bautizarse, lo anunció en voz alta otorgándole un título misterioso y solemne que sigue pronunciando la liturgia romana en Misa antes de comulgar: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

La imagen del cordero, con su aspecto manso y revestido de lana blanca, resultaría muy familiar para cualquier judío contemporáneo de Jesús. Muchos se habrían criado en zonas de campo donde abundaban las piezas de ganado como ésta. También guardarían en su memoria el pasaje del profeta Isaías que presentaba al siervo del Señor como un cordero que se deja sacrificar sin quejarse para librarnos de todos los males (Is 53,7).

Todos los años, los judíos piadosos peregrinaban a Jerusalén por la fiesta de la Pascua y se acercaban al Templo para escoger al menos un cordero por familia, para inmolarlo y comer la pascua por la noche. El cordero debía ser macho, de un año y sin defecto, y no se le debía quebrar ningún hueso; todo como estipulaba la Ley de Moisés (cfr. Éxodo 12,1ss). También debía ser sacrificado entre dos luces, es decir, a medio día; y tenía que comerse de pie, ceñidas las cinturas, con panes ácimos, y untando con su sangre las jambas de las puertas, para conmemorar el paso del Señor, en Egipto, cuando la última plaga mató a todos los primogénitos que no habían sido protegidos con la sangre de los corderos inmolados.

Anunciando al Mesías como Cordero de Dios, el Bautista revelaba aspectos esenciales de su misión redentora. Como explica Benedicto XVI, “la expresión ‘cordero de Dios’ interpreta, si podemos decirlo así, la teología de la cruz que hay en el bautismo de Jesús, de su descenso a las profundidades de la muerte”. El cordero pascual que conmemoraba la liberación de Egipto, empezaba en el Jordán a revelarse como la prefiguración del verdadero cordero, inocente y manso, que sería inmolado a medio día en la cruz por todos los hombres, para liberarlos del pecado con su sangre derramada. Esta misión era asumida por Jesús con su bautismo en el Jordán.

Sobre esta expresión del Bautista para referirse a Jesús, “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el Papa Francisco comentaba en una ocasión que “el verbo que se traduce con ‘quita’ significa literalmente ‘aliviar’, ‘tomar sobre sí’. Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué modo? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado si no es con el amor que impulsa al don de la propia vida por los demás”.

Y “¿qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? —se preguntaba también el Papa Francisco—. “Significa poner en el lugar de la malicia, la inocencia, en el lugar de la fuerza, el amor, en el lugar de la soberbia, la humildad, en el lugar del prestigio el servicio”.

Fuente: opusdei.org