22 enero 2026

Los justos

Enrique García-Máiquez

Hace unos días estaba estupefacto. Una persona conocida (y muy apreciada) había testificado en un juicio. Aunque había prometido decir la verdad, toda la verdad, y era un tema delicado, había mentido descaradamente. Cuando me lo contaron, sentí frío. Estoy seguro de que esa persona despotrica de Pedro Sánchez porque miente y no cumple su palabra. Yo no justifico al presidente, pero desespero de que la cosa tenga arreglo cuando hasta la gente más formada funciona con una doble vara de medir tan evidente. Ni por gesticular en las tertulias de amigos ni tan siquiera por votar con fuerza en cada elección vamos a regenerar el país si no empezamos por nosotros mismos.

Ahora lo escribo devastado con la tragedia ferroviaria. Pero pienso igual que hace esos días. Claramente hay políticos que no han hecho su trabajo y no han estado en lo que hay que estar. Un ex ministro de Transportes y un consejero de RENFE están en la cárcel por haberse dedicado a otras cosas. Tal vez empresarios hayan estado más preocupados por cerrar los negocios que por afinar sus trabajos. Todo eso lo tendrán que investigar muy bien peritos y tribunales. Mientras tanto, nosotros, además de protestar y exigir responsabilidades y votar con seriedad y opinar con coherencia, y aplaudir sobre todo a la buena gente que se ha dejado la piel ayudando sobre el terreno, tenemos que hacer nuestro trabajo, el que sea, muy bien. 

Jorge Luis Borges recuerda la leyenda judía según la cual en cada generación nacen entre los judíos treinta seis hombres justos elegidos por Dios para cargar con los sufrimientos del mundo. El mundo se apoya en ellos, que con frecuencia ni se conocen ni se reconocen. Borges seculariza la idea, y nos la ofrece a todos en el poema «Los justos», que, entre otros ejemplos, habla de «un hombre que cultiva su jardín» y de «el que descubre con placer una etimología» y, sobre todo, de «un ceramista que premedita un color y una forma» y de «un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada». Remata proclamando: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo». El poema es un bellísimo aviso de la responsabilidad que en nuestros trabajos menores tenemos, aunque no seamos conscientes casi nunca. Y como nunca podremos ser justos integrales, necesitamos ser muchos más para sumar lo mismo.

Ahora que me asalta la impotencia ante el estado ruinoso de nuestras instituciones y servicios públicos, me digo que todavía puedo hacer lo mío: cuidar la sintaxis y la honestidad de este artículo, dar mejor mis clases, conversar con mis hijos, amar a mi mujer, cuidar de mi jardín. El filósofo Higinio Marín ha hablado de la mayor riqueza que él percibe en los países en los que los autobuseros llegan a la hora. Hay un índice de riqueza que depende de la puntualidad de los autobuses públicos. A la manera borgiana, un conductor que llega justo a su hora está sosteniendo —aunque lo ignora— el PIB nacional y la moral pública.

Solzhenitsyn era un hombre minúsculo frente al mastodonte soviético, una mota de conciencia en medio del mecanismo implacable de la mentira institucionalizada. Se sabía insignificante: ni ejército ni partido ni poder alguno. Pero se le iluminó una idea —tan sencilla que parecía infantil—: si el mundo se sostenía en el engaño, bastaba con que uno solo dejara de mentir para que empezara el derrumbe. Y decidió no mentir nunca. Ese voto íntimo, casi ascético, acabó obrando milagros civiles: lo llevó a escribir su vida y la de los otros en los campos, a transformar el sufrimiento en literatura y, por último, a recibir un Nobel que reconocía lo que en realidad había hecho mucho antes: devolver a la verdad su peso específico. Lo que empezó siendo un compromiso individual y silencioso fue, al cabo, una rebelión con mayúsculas.

No abogo por dejar la denuncia y la protesta, la queja y la rabia, que también son nuestro deber, pero creo que toda esta energía moral que nos subleva por dentro tenemos que aprovecharla para contribuir a mejorar nuestro país en lo que tenemos al alcance. Que no se nos vaya la fuerza por la boca y ya está, sino que arraigue en el alma y florezca en las manos.

Fuente: https://gaceta.es/author/egarcia/