23 octubre 2009

Como gritos de parto


Por monseñor Jesús Sanz Montes, obispo de Huesca y de Jaca


Salen de Jericó, una bellísima ciudad, fértil y amable, acaso también tentadora para quedarse allí y ahorrarse así la tragedia que a Jesús le esperaba si continuaba su viaje hacia Jerusalén. Pero aquella belleza ni siquiera constituía una tentación al ciego Bartimeo. Sus ojos cerrados le tenían allí postrado al borde del camino pidiendo limosna. Invidente y mendicante, sin luz y sin hacienda, orillado en el sendero. Debió escuchar más jaleo del usual y preguntando qué pasaba o quién pasaba, le respondieron que era Jesús. Entonces él comenzó a gritar: "Hijo de David, ten compasión de mí". Debió hacerlo con tanta fuerza e insistencia que llegó a molestar a algunos del cortejo de Jesús.
Bartimeo, que no podía andar a causa de su ceguera física y que le tenía allí postrado y limosnero, tenía más luz interior que bastantes de los que acompañaban al Señor. Un ciego que no puede andar y unos viandantes con ceguera en el corazón. No se debe censurar el grito de la vida. Es el grito de quien sabe que ha nacido para ver y para andar, y no acepta una resignación imperativa de tener que contentarse con limosnas inmóviles.
La creación entera grita gemidos de parto, dice la carta a los Romanos, indicando que en la historia de los hombres no todo es bello, ni bueno, ni justo, ni verdadero. Y entonces la misma creación se resiente, se rebela, y de mil modos grita a través de los hambrientos de todas las hambres, a través de los invidentes de tantas cegueras y a través de quienes sufren ataduras en su libertad o en su corazón. Todos estos gritos desafinan, molestan, crean conmoción. La tentación siempre es la de acallarlos, la de censurarlos en algún sentido. ¿Quién tuviera los oídos de Dios para escuchar tantos gritos y responderlos adecuadamente?
En el camino de Jericó, porque pasaba Jesús, Bartimeo no dejó de gritar, y cada vez más fuerte, como quien dice a su modo urgente e intempestivo que lo suyo no debe perpetuarse, que no ha nacido para eso. La vida amordazada, acorralada, mutilada o censurada... no dejará de gritar y de gritarse. "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi", es la oración de todos los pobres y sencillos que han querido alguna vez levantarse de sus cegueras y de sus forzosas prostraciones. Jesús le curó alabando su fe y Bartimeo se levantó y lo siguió como discípulo. Había encontrado la Luz y abandonó su ceguera; había hallado el Tesoro y dejó de pedir limosna; había encontrado el sentido de la vida, y se puso a caminarlo, abrazado a Aquel que es Camino y con nosotros Caminante.
Identidad eclesial


José Ramón Villar


Desde hace años, amplios grupos de ministros y de fieles anglicanos habían manifestado sus dificultades con las decisiones y la praxis de su Comunión Anglicana sobre la ordenación de mujeres, la ordenación de personas con homosexualidad activa, etc. Tras estas cuestiones sufrían un serio problema de identidad eclesial. Esos fieles anglicanos (grupos y comunidades, parroquias, etc.) tomaron la iniciativa de solicitar su plena incorporación a la Iglesia católica.
Por otra parte, la Santa Sede ha querido actuar con gran delicadeza hacia la Comunión Anglicana, como se deduce del largo tiempo que ha llevado el proceso. Es muy significativa la nota conjunta del arzobispo católico de Westminster y del primado de la Iglesia de Inglaterra, el arzobispo de Canterbury, publicada con esta ocasión.
Lógicamente la incorporación a la Iglesia católica es una decisión individual. Lo novedoso de este caso es que no se trataba sólo de peticiones individuales, pocas o muchas. Lo nuevo era el deseo de estos fieles ex anglicanos de incorporarse a la Iglesia católica manteniendo comunitariamente aspectos de la identidad anglicana en la que han recibido y vivido la fe cristiana. Esos aspectos son principalmente de carácter litúrgico (celebraciones) y espiritual (oraciones, etc.).
La Iglesia católica, como se ve, no ha tenido inconveniente en aceptar ese deseo, pues siempre han existido en ella, y existen actualmente, distintas tradiciones litúrgicas (rito bizantino, rito copto, rito latino etc.) y espirituales, o diversidad de disciplina canónica (latina u oriental), etc. Esta diversidad es una riqueza compatible con la unidad en la común fe católica.
Para responder a ese deseo, el Papa, según afirma el cardenal Levada, «ha introducido una estructura canónica que provee a una reunión corporativa a través de la institución de Ordinariatos Personales, que permitirán a los fieles ex anglicanos entrar en la plena comunión con la Iglesia católica, conservando al mismo tiempo elementos del especifico patrimonio espiritual y litúrgico anglicano».
La fórmula institucional de un Ordinariato Personal es parecida, sigue diciendo el cardenal Levada, a los Ordinariatos Militares. Los católicos que son militares, como es sabido, reciben la atención pastoral de la diócesis donde viven, o también de la pastoral castrense, debido a las situaciones profesionales en que a menudo se encuentran.
Análogamente, este Ordinariato Personal permitirá que esos fieles sean «unos más entre los demás católicos» de sus diócesis, si vale la expresión, y a la vez con una estructura pastoral que les permita cultivar unas tradiciones legítimas en el seno de la Iglesia católica.
La liturgia, fuente de vida


Una perspectiva teológica para la praxis litúrgica


Acaba de llegar a las librerías italianas el libro de don Mauro Gagliardi, “Liturgia fonte di vita – Prospettive teologiche (Fede & Cultura).
Se trata de un libro que tiene el mérito de proponer una visión de la liturgia principalmente en una perspectiva teológica, y que intenta responder a las preguntas sobre el fundamento de la liturgia indicando una praxis celebrativa más en consonancia con los sagrados misterios.
En el prólogo al libro, monseñor Mauro Piacenza, Secretario de la Congregación para el Clero, escribe que el autor “ofrece aquello de lo que hoy se advierte más exigencia: una aproximación teológica a la liturgia consistente, y al mismo tiempo accesible”, también porque “El Concilio Vaticano II recuerda que la aproximación a la liturgia es ante todo de tipo teológico”.
El arzobispo secretario de la Congregación para el Clero precisa que “entre los elementos principales que califican el sacerdocio está, sin sombra de duda, el servicio litúrgico y, de forma muy especial, el ministerio del altar”, y por esto “comprender teológica y espiritualmente el sentido de la liturgia significa por tanto comprender verdaderamente el propio sacerdocio”.
“Es nuestra convicción – concluye monseñor Piacenza – que el presente volumen pueda realmente contribuir a este necesario descubrimiento del hecho que el sacerdote es ante todo un hombre elegido por el Señor para estar ante Él y servirle”.
Don Mauro Gagliardi, nacido en 1975, fue ordenado presbítero en 1999 en la archidiócesis de Salerno. Doctor en Teología (Gregoriana, Roma 2002) y en Filosofía (L’Orientale, Nápoles 2008), desde 2007 es profesor de la Facultad de Teología del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma.
Desde 2008 es Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice. Ha publicado varios volúmenes, artículos y contribuciones a misceláneas, tanto en Italia como en el extranjero. Sobre la relación entre teología y liturgia, concedió esta entrevista a ZENIT.
-¿Por qué un profesor de teología como usted ha decidido escribir un libro sobre liturgia?
Gagliardi: Diría que hay varios motivos, algunos de los cuales son circunstancias y otros tocan mayormente el objeto de estudio teológico. En los últimos años, me he dedicado, por una serie de acontecimientos ocasionales, a profundizar el estudio de la liturgia. Al principio, mis estudios estaban dirigidos casi exclusivamente a la teología dogmática, que es mi principal campo de especialización y de enseñanza. Un día, durante mi último año de doctorado en teología, me cayeron en las manos algunos libros que me llenaron de curiosidad: presentaban el tema de la liturgia de un modo distinto al que yo estaba acostumbrado. Me apasionó su lectura y, a continuación, la de otros análogos. Comencé así a formarme una cultura litúrgica.
Por decirlo brevemente, esas obras constituían una aproximación a la liturgia no solo desde el punto de vista histórico – que sin embargo no se descuidaba – sino también desde el teológico. Lo que nunca había conocido bien era una teología de la liturgia, y cuando esta me salió al encuentro, la acogí con alegría, casi de forma connatural. Después leí y releí el excepcional libro del cardenal Ratzinger Introducción al espíritu de la liturgia, y otros ensayos suyos en materia litúrgica. Creo que los he leído todos, y cada uno varias veces. En 2007 publiqué un libro sobre la Eucaristía (Introduzione al Mistero eucaristico. Dottrina – Liturgia – Devozione), en el que desarrollaba tanto el aspecto dogmático como el litúrgico y el espiritual del gran Sacramento del altar.
En efecto, mi aproximación seguía siendo teológico-dogmática, pero ahorra, gracias a los nuevos estudios, podía ver mejor el vínculo fecundo entre doctrina, liturgia y devoción. Por otro lado, el libro salió casi al mismo tiempo que la Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis, que trata sobre la Eucaristía precisamente desarrollando estas tres dimensiones. Fue para mí una confirmación autorizadísima del estudio que había hecho para escribir el libro. En 2008 fue también nombrado consultor de las Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice. También por este motivo, mi estudio en el ámbito litúrgico continúa y profundiza, aunque tiene que dividirse el campo con la investigación en el ámbito dogmático, que obviamente debo continuar.
Exponiendo estas circunstancias, creo haber explicado también porqué un dogmático se haya interesado en la liturgia: acontecimientos concretos me han llevado a ello, pero estos acontecimientos no hacían otra cosa que estimular en mí el interés por aspectos aún no desarrollados, y que están conectados con el propio dogma. En el caso específico de mi último libro, la ocasión se me proporcionó por una invitación a dar un seminario monográfico intensivo, en el ámbito del Curso internacional para los Formadores de Seminarios, una importante iniciativa que desde hace veinte años organiza el Instituto Sacerdos todos los veranos en Leggiuno, provincia de Varese (Italia).
El curso ofrece a rectores, profesores, padres espirituales y formadores de los seminarios de todo el mundo un programa amplio y muy bien estructurado de formación y de actualización, sobre los temas relacionados con la formación de los futuros sacerdotes. En julio de 2008 hablé durante tres días de la liturgia a estos hermanos sacerdotes, procedentes de los cinco continentes, y también a un obispo oriental que también participaba en el curso, y me di cuenta de su gran interés por el corte teológico que daba a mi exposición. Los datos bíblicos, históricos y filológicos ciertamente cuentan y yo intentaba que no faltasen, junto a los análisis de casos concretos, pero el interés lo suscitaba sobre todo la comprensión teológica de la liturgia. Tras esta experiencia positiva, decidí organizar mis apuntes y nació el libro.
-En un mundo que parece cada vez más secularizado, ¿por qué un libro sobre liturgia?
Gagliardi: Diría, al contrario, que precisamente porque a menudo el mundo moderno – al menos el mundo occidental – parece cada vez más alejado de la fe y de la religión, es necesario recordar algunos puntos firmes y, entre estos, ciertamente está el culto divino, o sagrada liturgia.
A veces se ha creído que, ante los desafíos de la “ciudad secular”, también el cristianismo, si quiere ser aceptado, debe secularizarse. No puedo aquí, obviamente, entrar en detalles sobre un tema tan amplio, aunque se agotó en los mismos en que surgió dentro de la teología. Para la liturgia vale un discurso parecido.
Parece que en muchos casos haya existido una tendencia a secularizarla, casi a “desmitificarla”, a hacerla menos divina y más humana, de forma que las personas pudieran reconocerse más en ella, de acuerdo con la mentalidad y la cultura típicas de nuestro tiempo. Está claro que la liturgia se forma y cambia, a través de los siglos, también en base a la influencia de las culturas. Es necesario sin embargo verificar prudentemente cuándo se trata de cambios homogéneos con la tradición, y por tanto positivos hablando en general, y cuándo no.
También en este caso, es imposible entrar aquí en detalles, pero a su pregunta respondo: precisamente en un mundo que parece a menudo alejado de Dios, es necesaria aún más una liturgia verdaderamente divina y sagrada.
No es correcto decir – como se ha hecho a menudo – que hoy los problemas de la Iglesia serían “más bien otros”. El culto que debemos dar públicamente a Dios, y la forma correcta de hacer este culto, son de capital importancia para el hombre de toda época, sean cuales sean los problemas que tenga que afrontar. Es más, pensándolo bien, es difícil encontrar un problema que sea más importante para el hombre que su relación con Dios, del que la liturgia sagrada es el momento cumbre.
-¿Cuáles son los temas relevantes tratados en el libro? ¿Qué quiere comunicar a los lectores? ¿Qué objetivos quiere alcanzar?
Gagliardi: Comienzo por la última pregunta y respondo simplemente que lo que me propongo, cuando estudio, enseño o escribo, es la búsqueda personal de la verdad y su consecuente difusión. Por eso nunca me propongo idear algo nuevo, algo que nadie ha sabido o dicho antes. Intento decir de forma clara, y en lo posible también de forma nueva, lo que la Iglesia siempre ha sabido y continúa incesantemente enseñando y profundizando en el desarrollo de su vida.
Respecto a los temas de mi libro, he tratado, a nivel de temas fundamentales y generales, sobre el concepto de liturgia, del papel del sacerdote ministro y de los fieles en la celebración, del modo en que la liturgia es para nosotros fuente de vida, es decir, manantial de la gracia, de la santificación litúrgica del tiempo y del espacio, de la dinámica teológica de la Eucaristía, de la belleza litúrgica, así como de la relación entre liturgia y ética y liturgia y devoción, concluyendo sobre la formación litúrgica. Además he propuesto un capítulo con una breve historia de la reforma litúrgica desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. En el libro se encuentran también diversos temas específicos y concretos, como: la orientación de la oración litúrgica, la lengua que usar en la celebración, la mejor postura para recibir la Santa Comunión, y otros.
-Hay aún mucha polémica sobre el éxito de la reforma litúrgica post-conciliar. ¿Puede ilustrarnos los términos del debate y cuál es su parecer al respecto?
Gagliardi: Sobre los términos de la cuestión, dicho muy resumido: tras el Vaticano II una comisión dedicada a ello trabajó para llevar a término la reforma general de la liturgia, pedida por el Concilio. Los resultados concretos de esta reforma, según admitieron el entonces cardenal Ratzinger y tantos otros expertos, no corresponden en todos los detalles concretos al texto de la Sacrosanctum Concilium.
Aquí las posturas divergen: unos hablan de traición al Concilio y, aún más, a la Iglesia y a su inmemorial tradición litúrgica y quisieran una anulación completa de la reforma, a la que seguiría una restauración de la liturgia a la situación de 1962, si no antes. Otros, por el contrario, tienden casi a hacer una canonización de la reforma del modo en que se ha llevado a cabo y de los resultados, y se muestran a veces incluso agresivos cuando alguno lanza la hipótesis, ciertamente no de anularla, sino sólo de revisarla y corregirla.
Ambas posturas, en mi opinión, están equivocadas. Y estas perspectivas impiden también valorar de modo correcto algunas importantes decisiones que el Santo Padre ha tomado. Con todo existe una tercera vía, que es la correcta, y que consiste en favorecer el desarrollo homogéneo de la tradición litúrgica de la Iglesia.
-Según un reciente sondeo, dos practicantes sobre tres irían a la Misa tridentina al menos una vez al mes si la tuvieran en la parroquia, pero parece que varios obispos y párrocos no tienen simpatía por este rito. ¿Es verdad? ¿Que piensa sobre ello?
Gagliardi: He leído sobre este sondeo reciente, llevado a cabo por Doxa, una conocida sociedad que trabaja en el sector. Los resultados deberían por tanto, en líneas de máxima, corresponder a la situación real, en cuanto que eso sea posible a un sondeo.
Desde la publicación del Motu proprio Summorum Pontificum, ya hace más de dos años, muchas veces los periódicos, las revistas y los sitios web han sacado noticias de declaraciones y/o decisiones de miembros del clero, que parecen ir en una dirección distinta de la augurada por el documento pontificio.- En este sentido, se puede decir que una parte, que no sabría cuantificar, de obispos y sacerdotes parece no estar entusiasmada con la idea de ver una nueva difusión de la celebración de la Misa según el uso más antiguo. Los motivos de esta postura pueden ser distintos y está claro que aquí no podemos hacer un análisis profundo y puntualizado.
Mi opinión personal es que, si el Santo Padre ha decidido favorecer, a través de su decisión, a quienes desean celebrar o participar en la forma más antigua del rito romano, quienes no aman especialmente esta forma – y por tanto no desean valerse personalmente de la facultad concedida – no deberían poner obstáculos a la realización de una normativa que, habiendo emanado de la Suprema Autoridad, tiene valor para toda la Iglesia. Ciertamente, puede haber casos particulares, en los que los amantes del rito de San Pío V tengan pretensiones excesivas.
Estos casos deben valorarse singularmente por parte de los obispos, que siguen siendo, en sus diócesis, los responsables principales de la vida litúrgica (y hay que recordar que compete a los mismos obispos vigilar no sólo sobre estos casos, sino también sobre la observancia estricta de las normas fijadas en los libros litúrgicos postconciliares). Me parece, con todo, que los casos de excesos por parte de los que aprecian el rito más antiguo, de dos años a esta parte, sean menos frecuentes que las declaraciones y acciones para desanimar a la celebración de ese rito. Brevemente, diría que es esencial que nadie anteponga su autoridad particular o su visión personal a las decisiones del Santo Padre, que es el centro de unidad visible de la Iglesia.
-Muchos fieles lamentan un empobrecimiento de la actual praxis celebrativa. ¿Qué cosas aconseja hacer para renovar y hacer más bella e intensa la liturgia?
Gagliardi: Hay muchas, que expongo en mi libro y por tanto para responder a su pregunta no debería hacer otra cosa que recomendar su lectura. Con todo, puedo decir al menos que en la base de las muchas cosas que hacer o que renovar – tanto a nivel más general como a nivel detallado – creo que hay una verdad teológico-litúrgica en torno a la cual gira todo lo demás: el protagonista de la sagrada liturgia no es el individuo ni la comunidad – que sin embargo tienen un papel relevante – sino el Dios trinitario y su Cristo. Todo está aquí.
Esto es verdaderamente esencial. Cada gesto, cada disposición, cada actitud del cuerpo y del espíritu, cada objeto utilizado en la liturgia debe ser una manifestación de este hecho: no celebramos nosotros mismos o nuestra comunidad. Nuestro culto está dirigido a Dios Padre, a través de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Este culto en espíritu y verdad nos santifica y nos abre a la vida eterna.

22 octubre 2009

“Los cristianos deben testimoniar la salvaguarda de la Creación”


En un Mensaje del Papa al Patriarca Bartolomé I para un Simposio sobre el Mississippi


Los cristianos deben ofrecer al mundo un testimonio creíble de la responsabilidad para la salvaguarda de la Creación. Así lo afirma el mensaje que el Papa Benedicto XVI envió ayer al Patriarca Ecuménico de Constantinopla Bartolomé I, con ocasión del VIII Simposio “Religión, Ciencia y Ambiente” que trata sobre "Restablecer el equilibrio: el gran río Mississippi".
En la primera etapa de este encuentro, inaugurado el 18 de octubre en Memphis (Tennessee), se dieron cita 50 investigadores, expertos, periodistas y representantes religiosos para visitar la isla de Mud, emergida de las aguas del río en 1913, y el Museo dedicado precisamente al Mississippi.
En el centro del acontecimiento está el tercer sistema fluvial del mundo, tras el Amazonas y el Congo, y está constituido por un río de 3.778 kilómetros, que atraviesa 10 estados americanos, y sus afluentes.
“Protagonista” de la historia de los Estados Unidos y pilar de la economía americana por el volumen del tráfico confiado a sus aguas, el Mississippi alimenta una floreciente industria alimentaria a lo largo de sus orillas, sobre las cuales han surgido numerosas ciudades, responsables de los vertidos de detritus domésticos e industriales en su cauce.
Se trata por tanto de otro río sufriente, cuyo delta ha sido alterado por la explotación petrolífera, mientras que el uso agrícola de los fertilizantes y pesticidas sobre todo en la parte alta de su curso ha causado una fuerte contaminación en el Golfo de México.
Sucesivamente se produjo una sesión de estudio en el Museo nacional de los derechos civiles, surgido en el lugar donde el 4 de abril de 1968 el Premio Nobel por la Paz Martin Luther King fue asesinado, y una visita al Museo del algodón.
El auténtico Congreso científico fue inaugurado en cambio el 21 de octubre en Nueva Orleans y reúne en total 150 participantes. Presentes también el cardenal Theodore Mc Carrick, arzobispo emérito de Washington y el nuevo arzobispo metropolitano de Nueva Orleans, monseñor Gregory Michael Aymond.
En el mensaje, leído por el arzobispo de Nueva Orleans, el Papa – según informa Radio Vaticano – recuerda que “los cristianos están llamados a unirse en ofrecer al mundo un testimonio creíble de la responsabilidad para la salvaguarda de la Creación y a colaborar de cualquier modo posible para asegurar que nuestra Tierra pueda conservar intacta lo que Dios le ha dado: grandeza, belleza, generosidad”.
“La solución de las crisis ecológicas de nuestro tiempo” - añadió el Pontífice – requiere necesariamente un cambio profundo “por parte de nuestros contemporáneos”.
Por esto el Pontífice se dijo “plenamente de acuerdo” con el Patriarca Bartolomé sobre el hecho de que “los problemas urgentes que tienen que ver con el cuidado y la protección del ambiente”, tocando importantes cuestiones políticas, económicas, técnicas y científicas, son con todo “esencialmente de naturaleza ética”.
Citando la encíclica Caritas in veritate, el Santo Padre recordó que la naturaleza “es una prioridad para todos” y, como fundamento de nuestra vida, debe usarse “responsablemente” y “con respeto”.
Un conocimiento del progreso “puramente económico y tecnológico” inevitablemente provocaría “consecuencias negativas” para individuos, pueblos y la misma creación.
Un desarrollo humano auténtico – subrayó – llama a una justicia entre generaciones y a la solidaridad con los hombres y las mujeres del futuro, que tienen también ellos el derecho de gozar de los bienes que la creación, como querida por Dios, da en abundancia a todos.
El Papa recordó también cuanto sucedió en Nueva Orleans y en las zonas cercanas el 29 de agosto de 2005 con el devastador paso del huracán Katrina.
A propósito de esto, escribió, “mis pensamientos y mis oraciones están con todos aquellos que, especialmente los pobres, que han experimentado sufrimientos, privaciones y traslados y con cuantos están empeñados en el paciente trabajo de reconstrucción y de renovación”.
En la observación del Pontífice, según el cual “hoy los grandes sistemas fluviales de cada Continente están expuestos a serias amenazas, a menudo como resultado de actividades y decisiones del hombre”, es compartida por el Patriarca Bartolomé I que, en su discurso, ha subrayado “todos nosotros tenemos nuestra parte que jugar nuestra sagrada responsabilidad” por el mañana.
En efecto, advirtió Bartolomé I según cuanto refirió la agencia SIR, “hemos alcanzado un momento crucial de nuestra historia. Hemos ampliado nuestro dominio sobre la naturaleza, hasta el punto en que los límites absolutos para nuestra supervivencia han sido alcanzados”.
“Solo la sabiduría puede hacernos entender que la creación es un todo independiente e indiviso”, concluyó. Por lo que también “la más pequeña intervención humana, incluso el más pequeño cambio en el orden natural causado por la acción humana puede tener efectos devastadores a largo plazo en el planeta”.
El sacerdocio según Benedicto XVI

Jesús de las Heras Muela

En el contexto del Año Sacerdotal, he aquí una selección y distribución de pensamientos del Papa Benedicto XVI sobre el sacerdocio. Antes es preciso recordar la finalidad del Año Sacerdotal y la figura que lo centra y contextualiza. "Deseo de corazón que el Año Sacerdotal –ha afirmado Benedicto XVI- constituya para cada sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en consecuencia, de firme revigorización en el compromiso de su misión".
Su modelo, en el ciento cincuenta aniversario de su muerte, es San Juan María Bautista Vianney, el Santo Cura de Ars. Lo que más resplandece en la existencia de este humilde ministro del altar: "su total identificación con el propio ministerio". Solía decir que "un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina". Y casi sin poder percibir la grandeza del don y de la tarea confiados a una pobre criatura humana, suspiraba: "¡Oh, qué grande es el sacerdote!... Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia".
Rezar, curar, anunciar
Según el Santo Padre, rezar, curar y anunciar son los tres imperativos esenciales de la vida y del ministerio de los presbíteros, quien, de este modo, será fiel a su ordenación y evitará convertirse en un burócrata de lo sagrado.
1.- La oración, que educa en el amor y abre el corazón a la caridad pastoral, es su primer deber, su primera tarea, su primer servicio. Sin una relación personal con el Señor nada de lo demás puede funcionar porque difícilmente podrá el sacerdote llevar a Dios a los demás si el sacerdote no practica y cultiva su propia relación con El.
En este sentido, la oración sacerdotal requiere de tres espacios vitales, diarias y fervientes. El primero de ello es la Eucaristía de cada día como encuentro fundamental donde el Señor habla con el sacerdote y el sacerdote con el Señor, se entrega en sus manos y se hace pan partida para la humanidad. La Liturgia de las Horas y la oración personal -añade Benedicto XVI- son los otros dos ámbitos ordinarios de santificación del sacerdote y de fecundidad apostólica. Sin ellos, el sacerdote se agosta. Con ellos el sacerdote se convierte en lo que debe ser: hombre de Dios, amigo de Jesucristo y fiel servidor de los hombres.
2.- La existencia y el ministerio sacerdotal está llamado también a la sanación, a curar a los enfermos, a los dispersos, a los necesitados. A través de él se visibiliza el amor de Jesucristo y de su Iglesia en favor de la humanidad doliente; a través de él se prolonga el ministerio del Señor que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo.
Esta misión sanadora del ministerio sacerdotal requiere que el sacerdote conozca a sus fieles, como el Buen Pastor conoce a sus ovejas. Que sepa de sus necesidades y dolencias. Que sea el nuevo y permanente buen samaritano. Que unja sus heridas con el aceite y con el vino nuevos de la salvación. Este quehacer sanador del ministerio sacerdotal se traduce en escucha y en diálogo, en compañía y en acompañamiento, en servicio y atención sociocaritativa. Se traduce, muy singularmente, en el ejercicio de su "munus santificandi" a través de los sacramentos, particularmente mediante el sacramento de la Reconciliación, cuya administración es un acto curativo extraordinario que el hombre precisa para estar sano en profundidad.
3.- Por fin, el sacerdote está llamado a anunciar el Reino de Dios, que no es una utopía lejana, sino que se hace ya totalmente próximo en Jesucristo. Por eso, anunciar el Reino de Dios significa hablar de Dios hoy, hacer presente la Palabra de Dios, el Evangelio que es presencia transformadora de Dios, y hacer presente a Dios a través del sacramento de su presencia, que es la Eucaristía. Este anuncio será tanto más creíble, será tanto fecundo, cuanto más y mejor sea vivido en primera persona por el sacerdote, cuanto más esté transido de la oración, de la humildad y de la comunión eclesial.
El sacerdote y las vestiduras sagradas
"Así como en el bautismo se da un intercambio de vestiduras, un intercambio de destino, una nueva comunión existencial con Cristo, también en el sacerdocio tiene lugar un intercambio en la administración de los sacramentos, en los que el sacerdote actúa in persona Christi. En los sagrados misterios el no se representa a sí mismo, ni habla expresándose a sí mismo, sino que habla en lugar de Otro, de Cristo".
Y es precisamente mediante los ornamentos o vestiduras litúrgicas dónde y cómo se puede mostrar esta identidad y misión del sacerdote. Revestirnos de ellos debe ser más que un hecho externo; significa entrar una y otra vez en el, adsum, en el sí de la misión sacerdotal. Los indumentos sacerdotales constituyen una profunda simbólica de lo que el sacerdote significa, ilustran lo qué es revestirse de Cristo, hablar y actuar en su Persona.
En el pasado y aún hoy en las órdenes monásticas, se colocaba ante todo en la cabeza el amito como una especie de capucha que se convertía en símbolo de la disciplina de los sentidos y del pensamiento, necesaria para una celebración digna y correcta de la Eucaristía. El amito es, pues, expresión de que el sacerdote dispone sus sentidos, su corazón y su mente para servir mejor al pueblo que le ha sido confiado transmitiéndole al Señor.
El alba y la estola evocan la vestidura festiva que el padre de la parábola regaló al hijo pródigo, que había regresado a casa harapiento y sucio. Al revestirse del alba el sacerdote debería recordar que Jesucristo padeció por él y por todos y que en sus heridas hemos sido purificados. El alba y la estola son también signo de la vestidura nupcial de otra parábola evangélica. Es la vestidura del amor, de la alianza, de la luz de Jesucristo, que con su claridad llama al sacerdote a transmitirle limpio también él de culpa.
Por último, en la casulla se representa el yugo del Señor. El sacerdote está uncido a este yugo y está llamado a aprender de Jesús, que es manso y humilde de corazón. Aunque tantas veces parezca lo contrario, el yugo del Señor -como dice la Palabra de Dios- es ligero y llevadero porque ya lo llevó Jesús el primero, quien experimentó en sí mismo la obediencia, la debilidad, el dolor y la oscuridad, y con yugo -con su cruz- nos salvó.
Ser sacerdote es, pues, revestirse de Cristo. Es convertirse en personas que aman, que sirven y que experimentan la hermosura de cargar con su yugo, única fuente de salvación para aquellas personas que le han sido confiadas.
Al estilo del Buen Pastor
¿En qué consiste ser hoy día, en medio de una sociedad secularizada y hasta paganizada, sacerdote de Jesucristo? El sacerdote es, ante todo, el representante y la prolongación de Jesucristo el Buen Pastor. He aquí cuatro rasgos y consecuencias que se derivan del estilo del Buen Pastor:
1.- De este modo, el sacerdote es el que señala el camino, el primero en hacer lo que tienen que hacer los demás, el primero en emprender el camino que han de seguir los demás. Esto significa que, para discernir los caminos de luz de las cañadas oscuras, debe vivir de la Palabra de Dios, debe ser hombre de oración, de perdón, hombre que recibe y celebra los sacramentos como actos de oración y de encuentro con el Señor. El sacerdote ha de ser hombre de caridad vivida y celebrada, que transforme toda su actividad y ministerio en actos espirituales en comunión con Cristo para la salvación de los demás.
2.- Al igual que Jesús el Buen Pastor, el sacerdote debe ir también por delante de su grey en la entrega total hasta la cruz. Esta entrega, esta ofrenda de sí mismo es también participación en la cruz de Cristo, fuente de toda alegría y riqueza. Y sólo desde ella, el sacerdote puede escuchar, servir, consolar, ayudar e iluminar de manera creíble y fructífera.
3.- Al ejemplo de Jesús el Buen Pastor, el sacerdote debe llenar su actividad cotidiana de tiempos para los demás y de tiempos para el Señor. El sacerdote ha de nutrirse de espacios diarios y concretos para la celebración de la Eucaristía, la oración personal, el rezo y meditación de la Liturgia de las Horas y el rezo del rosario. Estos ejercicios son diálogos inexcusables con la Palabra de Dios. Y sólo así podrá crearse reservas para responder a las exigencias de la vida pastoral. Para dar el fruto verdadero que el mundo precisa.
4.- El sacerdote no lo es para sí mismo sino para los demás, a través de la Iglesia, de la que es ministro, voz y rostro. Los fieles ven y perciben en el sacerdote a la Iglesia. Y la Iglesia no es una gran superestructura, un cuerpo administrativo o de poder, una organización social. Es un cuerpo espiritual para la salvación del hombre. Por ello, el sacerdote estar con el pueblo, rezar con el pueblo, escuchar al pueblo, amar al pueblo, iluminarlo con la Palabra de Dios -muy singularmente mediante la homilía, nacida y crecida en la oración y en la escucha fiel de la Palabra- y con los Sacramentos, signos eficaces del amor de Jesucristo.
El hombre de Dios para portar a Dios a los hombres
Con una frase del apóstol San Pablo a su discípulo Timoteo, el Papa define al sacerdote como "el hombre de Dios". Y añade: "esta es la misión central del sacerdote: portar a Dios a los hombres.
1.- Y ciertamente sólo puede hacerlo si el mismo viene de Dios, si vive en unidad e intimidad con Dios". A continuación, Benedicto XVI cita el verso del salmo 15 "El Señor es el lote de mi heredad y mi copa: mi suerte está en tus manos". Y es que, en efecto, el verdadero y hasta único sentido de la vida del sacerdote, la base de su existencia, la tierra de su vida y de su promisión, es el Señor. Dios es el fundamento externo e interno de su vida. Dios mismo es la "parte" de su tierra y de su peregrinar.
2.- Y esta verdadera "teocentricidad" de la identidad y existencia sacerdotal es tanto más necesaria cuanto más desdibujada está en nuestro mundo la idea de Dios, en un medio de una sociedad totalmente funcionalística, donde todo está basado en prestaciones calculables, verificables, puestas siempre bajo el barómetro de la rentabilidad.
3.- Por ello, el sacerdote de hoy y de siempre debe conocer y reconocer a Dios desde dentro y así, como el mayor y el mejor de los servicios que necesitan y demandan, quizás sin saberlo, los hombres y mujeres de su tiempo, llevarles y transmitirles a Dios.
"Si en una vida sacerdotal -afirmaba textualmente Benedicto XVI- se pierde esta centralidad de Dios, se vacía también progresivamente el celo de su actividad". Si en el exceso de las cosas y acciones externas falta el centro que da sentido a todo y lo reconduce a la unidad, le falta entonces el verdadero fundamento de la vida, la "tierra" sobre la cual todo esto permanece y prospera.
4.- Desde esta centralidad del Señor en la vida del sacerdote, desde esta "teocrentidad" de la identidad y misión del sacerdote, se entiende y se sublima el celibato ministerial, que no es tanto una supuesta conveniencia práctica y funcional, sino que es expresión de amor en consagración a Dios -la parte de mi heredad- y en ofrenda a los hombres. El celibato no significa permanecer privado de amor. Todo lo contrario: es dejarse prender por la pasión por Dios y aprender, gracias a su intimidad con El, cómo servir más y mejor a los demás.
El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios que se concreta y traduce en una forma de vida que sólo, partir de Dios, tiene sentido para el bien de aquellos a quienes el sacerdote ha sido enviado y quienes esperan de El que les sirva y transmita a Dios. A un Dios con quien el sacerdote ha de vivir esponsal y fecundamente unidos a través de su ordenación sacramental y de su celibato.
"Estar con Cristo y ser sus enviados al encuentro del hombre"
"Estar con Cristo y ser sus enviados para salir al encuentro de las gentes" es la definición que del sacerdocio ofrecía Benedicto XVI: "Estar con Cristo y ser sus enviados". "Nuestra tarea consiste -añadía- en convertirnos en personas a la escucha capaces de percibir su llamada, valiente y fieles para seguirlo y, al final, ser hallados siervos fiables que han sabido aprovechar bien el don que se les ha asignado".
1.- Para Benedicto XVI, el primer rasgo clave de la identidad y misión del sacerdote es vivir en la espiritualidad del siervo prudente, sabio y humilde. "Hago mi parte, hago lo que puedo", sabiendo reconocer con humildad los propios límites y desde la confianza en el Señor, que es quien guía a la Iglesia. Ante la multiplicidad de quehaceres y de retos en la vida actual del sacerdote, esta primera consideración está llena de verdad y de sabiduría.
2.- La esencialidad de la vida interior del sacerdote es la segunda y luminosa reflexión del Papa. Se trata de una vida interior centrada en la Eucaristía y en la liturgia de las horas. "El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente trabajo pastoral". Es orar por y para los demás. Esta vida interior del sacerdote debe además nutrirse también de la espiritualidad de la cruz, desde la asunción de la experiencia del sufrimiento, pues "es hermoso madurar en los sacrificios y así trabajar para la salvación de los demás".
3.- Asimismo, Benedicto XVI, que pide a los sacerdotes que sepan delegar, que busquen colaboradores, que se abran a la comunión y corresponsabilidad eclesial, y que no caigan en la tentación de hacerlo todo ellos solos, llama a la vivir en la esperanza, pues la Iglesia está viva y "también en tiempos difíciles, cuando faltan las vocaciones, la palabra de Dios permanece para siempre". Dios tiene palabras de vida eterna, que no son palabras del pasado, sino que conservan siempre plena actualidad, y que han de suscitar en toda la Iglesia y particularmente en los sacerdotes una esperanza que nunca defrauda, a pesar de todos los pesares.
El siervo, la voz y el eco de Cristo
Con palabras de San Agustín de Hipona, Benedicto XVI definió al sacerdote como el siervo de Cristo. Cada fibra del ser personal del sacerdote debe estar en relación íntima con Jesús, con quien se identifica ontológicamente.
El sacerdote es también la voz de Cristo, voz y eco de quien es la Palabra, precursor y siervo de la Palabra, que no se convierte en el centro, sino el instrumento. El sacerdote es portador de Cristo y de su Palabra, no de sí mismo ni de ningún mensaje propio o adaptado por él.
Ser siervo y voz de Cristo revela la grandeza y la humildad del ministerio ordenado y muestra el camino para vivir en fidelidad y en fecundidad este ministerio, que no es otro que el de la íntima comunión con Jesucristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre. Para ello, el sacerdote necesita de la oración como el cuerpo necesita del oxígeno. El sacerdote, para ser siervo y voz de Cristo, debe vivir en autodonación, en desprendimiento personal, en itinerario pascual, en gratuidad, en alegría, en entrega constante.
Y la eficacia de la vida y de la acción ministerial y pastoral depende, en última instancia, no de las distintas obras y acciones, sino de la oración, pues, de lo contrario, su servicio se convertiría en vano activismo. De ahí, que el tiempo que el sacerdote pasa en contacto directo con Dios no sólo no es tiempo perdido, sino que es su verdadera prioridad y fuente de riqueza y fecundidad, pues la oración ha de ser para el sacerdote la respiración del alma y el motor de su apostolado.
Palabra y sacramento son las dos columnas del sacerdocio
"Considerando el binomio identidad-misión, cada sacerdote –señalaba Benedicto en la audiencia general del pasado 1 de julio -puede advertir mejor la necesidad de la progresiva identificación con Cristo, que le garantiza la fidelidad y la fecundidad del testimonio evangélico. El título mismo del Año sacerdotal —"Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote"— pone de manifiesto que el don de la gracia divina precede a toda posible respuesta humana y realización pastoral, y así, en la vida del sacerdote, el anuncio misionero y el culto no se pueden separar nunca, como tampoco se deben separar la identidad ontológico-sacramental y la misión evangelizadora".
"Por lo demás, podríamos decir que el fin de la misión de todo presbítero es "cultual": para que todos los hombres puedan ofrecerse a Dios como hostia viva, santa, agradable a él (cf. Rm 12, 1), que en la creación misma, en los hombres, se transforma en culto, en alabanza al Creador, recibiendo la caridad que están llamados a dispensarse abundantemente unos a otros. Lo constatamos claramente en los inicios del cristianismo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo decía que el sacramento del altar y el "sacramento del hermano" o, como dice, el "sacramento del pobre" constituyen dos aspectos del mismo misterio. El amor al prójimo, la atención a la justicia y a los pobres, no son solamente temas de una moral social, sino más bien expresión de una concepción sacramental de la moralidad cristiana, porque a través del ministerio de los presbíteros se realiza el sacrificio espiritual de todos los fieles, en unión con el de Cristo, único Mediador: sacrificio que los presbíteros ofrecen de forma incruenta y sacramental en espera de la nueva venida del Señor".
"Esta es la principal dimensión, esencialmente misionera y dinámica, de la identidad y del ministerio sacerdotal: a través del anuncio del Evangelio engendran en la fe a aquellos que aún no creen, para que puedan unir al sacrificio de Cristo su propio sacrificio, que se traduce en amor a Dios y al prójimo".
"Frente a tantas incertidumbres y cansancios también en el ejercicio del ministerio sacerdotal, es urgente recuperar un juicio claro e inequívoco sobre el primado absoluto de la gracia divina, recordando lo que escribe santo Tomás de Aquino: "El más pequeño don de la gracia supera el bien natural de todo el universo" (Summa Theologiae, I-II, q. 113, a. 9, ad 2)".
Por tanto, la misión de cada presbítero dependerá, también y sobre todo, de la conciencia de la realidad sacramental de su "nuevo ser". De la certeza de su propia identidad, no construida artificialmente sino dada y acogida gratuita y divinamente, depende el siempre renovado entusiasmo del sacerdote por su misión. También para los presbíteros vale lo que escribí en la encíclica Deus caritas est: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n. 1).
"Habiendo recibido con su "consagración" un don de gracia tan extraordinario, los presbíteros se convierten en testigos permanentes de su encuentro con Cristo. Partiendo precisamente de esta conciencia interior, pueden realizar plenamente su "misión" mediante el anuncio de la Palabra y la administración de los sacramentos".
"Después del concilio Vaticano II, en muchas partes se tuvo la impresión de que en la misión de los sacerdotes en nuestro tiempo había algo más urgente; algunos creían que en primer lugar se debía construir una sociedad diversa. En cambio, la página evangélica que hemos escuchado al inicio llama la atención sobre los dos elementos esenciales del ministerio sacerdotal. Jesús envía, en aquel tiempo y hoy, a los Apóstoles a anunciar el Evangelio y les da el poder de expulsar a los espíritus malignos. Por tanto, "anuncio" y "poder", es decir, "Palabra" y "sacramento", son las dos columnas fundamentales del servicio sacerdotal, más allá de sus posibles múltiples configuraciones".
"Cuando no se tiene en cuenta el "díptico" consagración-misión, resulta verdaderamente difícil comprender la identidad del presbítero y de su ministerio en la Iglesia. El presbítero no es sino un hombre convertido y renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo, haciendo constantemente suyos los criterios evangélicos. El presbítero no es sino un hombre de unidad y de verdad, consciente de sus propios límites y, al mismo tiempo, de la extraordinaria grandeza de la vocación recibida: ayudar a extender el reino de Dios hasta los últimos confines de la tierra".
"El sacerdote es un hombre todo del Señor, puesto que es Dios mismo quien lo llama y lo constituye en su servicio apostólico. Y precisamente por ser todo del Señor, es todo de los hombres, para los hombres".
La oración es el primer compromiso, el verdadero camino de santificación de los sacerdotes y el alma de la auténtica pastoral vocacional. El escaso número de ordenaciones sacerdotales en algunos países no sólo no debe desanimar, sino que debe impulsar a multiplicar los espacios de silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y el sacramento de la Confesión, para que muchos jóvenes puedan escuchar y seguir con prontitud la voz de Dios, que siempre sigue llamando y confirmando. Quien ora no tiene miedo; quien ora nunca está solo; quien ora se salva. Sin duda, san Juan María Vianney es modelo de una existencia hecha oración". "Que María, la Madre de la Iglesia, ayude a todos los sacerdotes a seguir su ejemplo para ser, como él, testigos de Cristo y apóstoles del Evangelio".

21 octubre 2009

San Bernardo de Claraval, el “dulce poeta” de la Virgen


Hoy el Papa durante la Audiencia General



Queridos hermanos y hermanas,
hoy quisiera hablar sobre san Bernardo de Claraval, llamado el “último de los Padres” de la Iglesia, porque en el siglo XII, una vez más, renovó e hizo presente la gran teología de los padres. No conocemos en detalle los años de su juventud; sabemos con todo que él nació en 1090 en Fontaines, en Francia, en una familia numerosa y discretamente acomodada. De jovencito, se prodigó en el estudio de las llamadas artes liberales – especialmente de la gramática, la retórica y la dialéctica – en la escuela de los Canónicos de la iglesia de Saint-Vorles, en Châtillon-sur-Seine, y maduró lentamente la decisión de entrar en la vida religiosa. En torno a los veinte años entró en Cîteaux (Císter, n.d.t.), una fundación monástica nueva, más ágil respecto de los antiguos y venerables monasterios de entonces y, al mismo tiempo, más rigurosa en la práctica de los consejos evangélicos. Algunos años más tarde, en 1115, Bernardo fue enviado por san Esteban Harding, tercer Abad del Císter, a fundar el monasterio de Claraval (Clairvaux). El joven abad, tenía sólo 25 años, pudo aquí afinar su propia concepción de la vida monástica, y empeñarse en traducirla en la práctica. Mirando la disciplina de otros monasterios, Bernardo reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y mesurada, tanto en la mesa como en la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y el cuidado de los pobres. Entretanto la comunidad de Claraval era cada vez en más numerosa, y multiplicaba sus fundaciones.
En esos mismos años, antes de 1130, Bernardo emprendió una vasta correspondencia con muchas personas, tanto importantes como de modestas condiciones sociales. A las muchas Cartas de este periodo hay que añadir los numerosos Sermones, como también Sentencias y Tratados. Siempre a esta época asciende la gran amistad de Bernardo con Guillermo, abad de Saint-Thierry, y con Guillermo de Champeaux, una de las figuras más importantes del siglo XII. Desde 1130 en adelante empezó a ocuparse de no pocos y graves cuestiones de la Santa Sede y de la Iglesia. Por este motivo tuvo que salir más a menudo de su monasterio, e incluso fuera de Francia. Fundó también algunos monasterios femeninos, y fue protagonista de un vivo epistolario con Pedro el Venerable, abad de Cluny, sobre el que hablé el pasado miércoles. Dirigió sobre todo sus escritos polémicos contra Abelardo, un gran pensador que inició una nueva forma de hacer teología, introduciendo sobre todo el método dialéctico-filosófico en la construcción del pensamiento teológico. Otro frente contra el que Bernardo luchó fue la herejía de los Cátaros, que despreciaban la materia y el cuerpo humano, despreciando, en consecuencia, al Creador. Él, en cambio, se sintió en el deber de defender a los judíos, condenando los cada vez más difundidos rebrotes de antisemitismo. Por este último aspecto de su acción apostólica, algunas decenas de años más tarde, Ephraim, rabino de Bonn, dedicó a Bernardo un vibrante homenaje. En ese mismo periodo el santo abad escribió sus obras más famosas, como los celebérrimos Sermones sobre el Cantar de los Cantares. En los últimos años de su vida – su muerte sobrevino en 1153 – Bernardo tuvo que limitar los viajes, aunque sin interrumpirlos del todo. Aprovechó para revisar definitivamente el conjunto de las Cartas, de los Sermones y de los Tratados. Merece mencionarse un libro bastante particular, que terminó precisamente en este periodo, en 1145, cuando un alumno suyo, Bernardo Pignatelli, fue elegido Papa con el nombre de Eugenio III. En esta circunstancia, Bernardo, en calidad de Padre espiritual, escribió a este hijo espiritual el texto De Consideratione, que contiene enseñanzas para poder ser un buen Papa. En este libro, que sigue siendo una lectura conveniente para los Papas de todos los tiempos, Bernardo no indica sólo como ser un buen Papa, sino que expresa también una profunda visión del misterio de la Iglesia y del misterio de Cristo, que se resuelve, al final, con la contemplación del misterio de Dios trino y uno: “”Debería proseguir aún la búsqueda de este Dios, que aún no ha sido bastante buscado”, escribe el santo abad “pero quizás se puede buscar y encontrar más fácilmente con la oración que con la discusión. Pongamos por tanto aquí término al libro, pero no a la búsqueda” (XIV, 32: PL 182, 808), a estar en camino hacia Dios.
Quisiera detenerme sólo en dos aspectos centrales de la rica doctrina de Bernardo: estos se refieren a Jesucristo y a María Santísima, su Madre. Su solicitud por la íntima y vital participación del cristiano en el amor de Dios en Jesucristo no trae orientaciones nuevas en el estatus científico de la teología. Pero, de forma más decidida que nunca, el abad de Claraval configura al teólogo con el contemplativo y el místico. Sólo Jesús – insiste Bernardo ante los complejos razonamientos dialécticos de su tiempo – solo Jesús es "miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón (mel in ore, in aure melos, in corde iubilum)". De aquí proviene el título, que se le atribuye por tradición, de Doctor mellifluus: su alabanza de Jesucristo “se derrama como la miel”. En las extenuantes batallas entre nominalistas y realistas – dos corrientes filosóficas de la época – el abad de Claraval no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta, el de Jesús Nazareno. "Árido es todo alimento del alma", confiesa, "si no es rociado con este aceite; es insípido, si no se sazona con esta sal. Lo que escribes no tiene sabor para mí, si no leo en ello Jesús”. Y concluye: “Cuando discutes o hablas, nada tiene sabor para mí, si no siento resonar el nombre de Jesús” (Sermones en Cantica Canticorum XV, 6: PL 183,847). Para Bernardo, de hecho, el verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor. Y esto, queridos hermanos y hermanas, vale para todo cristiano: la fe es ante todo encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y sólo así se aprende a conocerle cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más. ¡Que esto pueda sucedernos a cada uno de nosotros!
En otro célebre sermón del domingo dentro de la octava de la Asunción, el santo abad describió en términos apasionados la íntima participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo. “¡Oh santa Madre, - exclama - verdaderamente una espada ha traspasado tu alma!... Hasta tal punto la violencia del dolor ha traspasado tu alma, que con razón te podemos llamar más que mártir, porque en ti la participación en la pasión del Hijo superó con mucho en su intensidad los sufrimientos físicos del martirio” (14: PL 183,437-438). Bernardo no tiene dudas: "per Mariam ad Iesum", a través de María somos conducidos a Jesús. Él confirma con claridad la subordinación de María a Jesús, según los fundamentos de la mariología tradicional. Pero el cuerpo del Sermón documenta también el lugar privilegiado de la Virgen en la economía de la salvación, dada su particularísima participación como Madre (compassio) en el sacrificio del Hijo. No por casualidad, un siglo y medio después de la muerte de Bernardo, Dante Alighieri, en el último canto de la Divina Comedia, pondrá en los labios del Doctor melifluo la sublime oración a María: “Virgen Madre, hija de tu Hijo/ humilde y más alta criatura/ término fijo de eterno consejo,..." (Paraíso 33, vv. 1ss.).
Estas reflexiones, características de un enamorado de Jesús y de María como san Bernardo, provocan aún hoy de forma saludable no sólo a los teólogos, sino a todos los creyentes. A veces se pretende resolver las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, con las únicas fuerzas de la razón. San Bernardo, en cambio, sólidamente fundado en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, nos recuerda que sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad. La teología reenvía a la “ciencia de los santos”, a su intuición de los misterios del Dios vivo, a su sabiduría, don del Espíritu Santo, que son punto de referencia del pensamiento teológico. Junto a Bernardo de Claraval, también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios “con la oración que con la discusión”. Al final, la figura más verdadera del teólogo sigue siendo la del apóstol Juan, que apoyó su cabeza sobre el corazón del Maestro.
Quisiera concluir estas reflexiones sobre san Bernardo con las invocaciones a María, que leemos en su bella homilía: “En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres – dice – piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si tu la sigues, no puedes desviarte; si la rezas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta...” (Hom. II super “Missus est”, 17: PL 183, 70-71).
Nota vaticana sobre los anglicanos que entran en la Iglesia católica


Anuncia al constitución apostólica que creará ordinariatos personales para ellos



Con la preparación de una constitución apostólica, la Iglesia católica está respondiendo a las numerosas peticiones que han sido presentadas a la Santa Sede por parte de grupos de clérigos y fieles anglicanos en distintas partes del mundo que desean entrar en comunión visible plena.
En esta constitución apostólica el Santo Padre ha introducido una estructura canónica que provee para dicha reunión corporativa, a través de la institución de ordinariatos personales que permitirán a los antiguos anglicanos entrar en comunión plena con la Iglesia católica preservando elementos del distintivo patrimonio espiritual y litúrgico anglicano. Según el tenor de la constitución apostólica, la atención y la guía pastoral para estos grupos de fieles antiguos anglicanos será asegurada por un ordinariato personal, cuyo ordinario será habitualmente nombrado por el clero ex anglicano
La constitución apostólica que pronto será publicada ofrece una respuesta razonable y necesaria para un fenómeno mundial, presentando un modelo canónico único para la Iglesia universal, adaptable a las distintas situaciones locales y equitativo para los antiguos anglicanos en su aplicación universal. Razones históricas y ecuménicas excluyen la ordenación de hombres casados como obispos, tanto en la Iglesia católica como en las Iglesia ortodoxa. La constitución, por este motivo, estipula que el ordinario puede ser tanto un sacerdote como un obispo no casado. Los seminaristas del ordinariato deberán formarse junto con otros seminaristas católicos, aunque el ordinariato puede establecer una casa de formación para tratar las necesidades particulares de formación en el patrimonio anglicano. De esta manera, la constitución apostólica busca balancear, por un lado, la preocupación por preservar el valioso patrimonio litúrgico y espiritual anglicano y, por otro lado, la preocupación de que estos grupos y su clero sean integrados en la Iglesia católica.
El cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ha preparado esta provisión, ha explicado: "Hemos tratado de satisfacer las peticiones de comunión plena que nos han llegado de parte de anglicanos en distintas partes del mundo en los últimos años de una manera unitaria y equitativa. Con esta propuesta, la Iglesia quiere responder a las legítimas aspiraciones de estos grupos anglicanos para la unidad plena y visible con el obispo de Roma, sucesor de San Pedro".
Estos ordinariatos personales serán instituidos, según las necesidades, consultando a las conferencias episcopales locales, y su estructura será similar en algunos aspectos a la de los ordinariatos militares que han sido establecidos en la mayoría de los países para atender al cuidado pastoral de los miembros de las fuerzas armadas y sus familias en todo el mundo. "Aquellos anglicanos que se han acercado a la Santa Sede han dejado claro su deseo de unidad plena y visible en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Al mismo tiempo, nos han informado de la importancia de sus tradiciones anglicanas de espiritualidad y culto para su camino de fe", ha aclarado el cardenal Levada.
La provisión de esta nueva estructura está en línea con el compromiso del diálogo ecuménico, que continúa siendo una prioridad para la Iglesia católica, particularmente a través de los esfuerzos del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. "La iniciativa procede de diferentes grupos de anglicanos", continuó Levada. "Han declarado que comparten la fe católica común expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica, y que aceptan el ministerio petrino como algo que Cristo quiso para la Iglesia. Para ellos, ha llegado el tiempo de expresar esta unidad implícita en la forma visible de la comunión plena".
Según el cardenal Levada: "El Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, espera que los clérigos y fieles anglicanos que deseen la unión con la Iglesia católica encuentren en esta estructura canónica la oportunidad de preservar aquellas tradiciones anglicanas que para ellos son preciosas y que están en conformidad con la fe católica. En la medida en que estas tradiciones expresan en un modo distintivo la fe común, son un don para ser compartido en toda la Iglesia. La unidad de la Iglesia no requiere una uniformidad que ignora la diversidad cultural, como queda demostrado por la historia de la cristiandad. Más aún, las muchas tradiciones presentes en la Iglesia católica hoy tienen todas sus raíces en el principio articulado por san Pablo en su Carta a los Efesios: "Un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo" (4, 5). Nuestra comunión es, así, fortalecida por esta legítima diversidad, y por eso estamos felices de que estos hombres y mujeres traigan con ellos sus contribuciones particulares a nuestra común vida de fe".
Información de contexto
Desde el siglo XVI, cuando el rey Enrique VIII declaró la independencia de la Iglesia de Inglaterra de la autoridad del Papa, la Iglesia de Inglaterra creó sus propias confesiones doctrinales, usos litúrgicos y prácticas pastorales, incorporando con frecuencia ideas de la Reforma, acaecida en el continente europeo. La expansión del Reino Británico, unida al apostolado misionero anglicano, llevó al nacimiento de una Comunión Anglicana a nivel mundial.
En el curso de los más de 450 años de su historia, la cuestión de la reunión entre anglicanos y católicos nunca ha sido descartada. En la mitad del siglo XIX, el Movimiento de Oxford (en Inglaterra) mostró un nuevo interés por los aspectos católicos del anglicanismo. Al inicio del siglo XX, el cardenal Mercier, de Bélgica, emprendió coloquios públicos con anglicanos con el objetivo de explorar la posibilidad de una unión con la Iglesia católica bajo la bandera de una anglicanismo "reunido pero no absorbido".
El Concilio Vaticano II alimentó aún más la esperanza de una unión, en particular con el Decreto sobre el ecumenismo (n. 13), que al hacer referencia a las comunidades separadas de la Iglesia católica en el tiempo de la reforma, confirmaba: "Entre éstas [comuniones] en las que siguen subsistiendo en parte las tradiciones y las estructuras católicas, ocupa un lugar especial la Comunión Anglicana".
Desde el Concilio, las relaciones entre anglicanos y católicos romanos han mejorado el clima de comprensión y mutua cooperación. La Comisión Internacional Anglicano Católica (ARCIC) ha redactado una serie de declaraciones doctrinales a lo largo de los años, con la esperanza de crear el fundamento para una unión plena y visible. Para muchos de los que pertenecen a las dos Comuniones, las declaraciones de la ARCIC han puesto a disposición un instrumento en el que la común expresión de la fe pueda ser reconocida. En este contexto debe enmarcarse la nueva disposición.
En los años sucesivos al Concilio, algunos anglicanos han abandonado la tradición de conferir las órdenes sagradas sólo a los hombres, llamando al presbiterado y al episcopado también a mujeres. Más recientemente, algunos segmentos de la Comunión Anglicana se han alejado de la enseñanza común bíblica sobre la sexualidad humana, expresada claramente en el documento de la ARCIC "Vida en Cristo", confiriendo las órdenes sagradas a clérigos abiertamente homosexuales y bendiciendo las uniones entre personas del mismo sexo. Mientras la Comunión Anglicana tiene que afrontar estos desafíos nuevos y difíciles, la Iglesia católica sigue plenamente comprometida en su diálogo ecuménico con la Comunión Anglicana, en particular a través de la actividad del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.
Mientras tanto, muchos anglicanos han entrado individualmente en la comunión plena con la Iglesia católica. En ocasiones, han entrado también grupos de anglicanos, conservando una cierta estructura "corporativa". Esto ha sucedido, por ejemplo, en el caso de la diócesis anglicana de Amritsar en la India y de algunas parroquias en los Estados Unidos que, si bien mantienen una identidad anglicana, han entrado en la Iglesia católica en el marco de una "medida pastoral" adoptada por la Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada por Juan Pablo II en 1982. En estos casos, la Iglesia católica ha dispensado con frecuencia del requisito del celibato, admitiendo que los clérigos anglicanos casados que desean continuar el servicio ministerial como sacerdotes católicos sean ordenados en la Iglesia católica.
En este contexto, los ordinariatos personales instituidos según la susodicha constitución apostólica pueden ser vistos como un paso más hacia la realización de la aspiración por la unión plena y visible en la única Iglesia, que es uno de los objetivos principales del movimiento ecuménico.
Declaración conjunta del arzobispo de Westminster y el arzobispo de Canterbury


Monseñor Vincent Gerard Nichols y el primado de la Comunión Anglicana, Rowan Williams



El anuncio de hoy de una constitución apostólica es una respuesta del Papa Benedicto XVI a numerosas peticiones realizadas en los últimos años a la Santa Sede por grupos de anglicanos que desean ingresar en la comunión plena y visible con la Iglesia católica romana, y están dispuestos a declarar que comparten la fe católica común y aceptan el ministerio petrino como querido por Cristo para su Iglesia.
El Papa Benedicto XVI ha aprobado, con la constitución apostólica, una estructura canónica que garantiza ordinariatos personales para permitir a antiguos anglicanos entrar en comunión plena con la Iglesia católica, preservando elementos del distintivo patrimonio espiritual anglicano.
El anuncio de esta constitución apostólica pone fin a un período de incertidumbre para dichos grupos que han abrigado esperanzas de nuevas formas de abrazar la unidad con la Iglesia católica. Corresponde ahora a quienes han presentado las peticiones a la Santa Sede responder a la constitución apostólica.
La constitución apostólica es un ulterior reconocimiento de las coincidencias en la fe, la doctrina y la espiritualidad entre la Iglesia católica y la tradición anglicana. Sin los diálogos de los últimos cuarenta años, este reconocimiento no hubiera sido posible, ni se habrían abrigado esperanzas de comunión plena y visible. En este sentido, esta constitución apostólica es una consecuencia del diálogo ecuménico entre la Iglesia católica y la Comunión Anglicana.
El diálogo en curso entre la Iglesia católica y la Comunión Anglicana pone las bases para nuestra continua cooperación. Los acuerdos entre la Comisión Internacional Anglicana Católico Romana (ARCIC) y la Comisión Internacional Anglicana Católico Romana para la Unidad y la Misión (IARCCUM) dejan claro el camino que seguiremos juntos.
Con la gracia de Dios y la oración, estamos determinados a que nuestro compromiso mutuo y consultas en estos y otros asuntos sigan fortaleciéndose. Localmente, en el espíritu de la IARCCUM, buscamos construir sobre el modelo de las reuniones compartidas entre la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales y la Cámara de Obispos de la Iglesia de Inglaterra, subrayado nuestra misión común. Los encuentros comunes de reflexión y oración comenzaron en Leeds en 2006, y continuaron en Lambeth en 2008, al tiempo que futuras reuniones están en preparación. Esta cooperación cercana continuará mientras crecemos juntos en la unidad y la misión, en testimonio del Evangelio en nuestro país, y en toda la Iglesia.