21 diciembre 2009

Si estamos “en onda", Jesús nos llama


Audiencia del Papa a una delegación de jóvenes de la Acción Católica italiana



Queridos jóvenes de la ACR,
os saludo con gran afecto. Siempre es bonito para mi encontraros en esta cita pre-Navideña, tan esperada y deseada por todos vosotros. Saludo cordialmente al Presidente Nacioanl de la Acción Católica, Franco Miano, y al Asistente General, monseñor Domenico Sigalini. A través de ellos, agradezco a cuantos trabajan generosamente por vuestra educación religiosa y humana, dedicando tiempo y recursos personales a vuestra benemérita Asociación.
Sé que este año os estáis empeñando particularmente en el tema “Estamos en onda” para poneros en comunicación con Jesús y con los demás, teniendo como referencia la imagen bíblica de Zaqueo, que encontró al Señor y lo acogió con alegría. También vosotros sois pequeños como Zaqueo, que subió a un árbol porque quería ver a Jesús, pero el Señor, alzando la mirada, se dio cuenta en seguida de su presencia, en medio de la multitud. Jesús os ve y os escucha aunque seáis pequeños, aunque a veces los adultos no os consideren como quisiérais. Jesús no sólo os ve, sino que sintoniza vuestra onda, quiere detenerse donde vosotros, quedarse con vosotros, establecer con cada uno de vosotros una fuerte amistad. Esto lo hizo naciendo en Belén y haciéndose cercano a los jóvenes y a los hombres de todos los tiempos, también a cada uno de nosotros.
Queridos amigos, frente a Jesús, imitad siempre el ejemplo de Zaqueo, que bajó en seguida del árbol, lo acogió lleno de alegría en su casa y no dejó de hacerle una fiesta. Acogedlo en vuestra vida de todos los días, entre juegos y tareas, en las oraciones, cuando pide vuestra amistad y vuestra generosidad, cuando sois felices y cuando tenéis miedo. En Navidad, una vez más, el amigo Jesús os sale al encuentro y os llama. Es el Hijo de Dios, es el Señor al que veis cada día en las imágenes presentes en las iglesias, en las calles, en las casas. Él habla siempre del amor 'más grande', capaz de entregarse sin límites, de traer paz y perdón.
Sólo la presencia de Jesús en vuestras vidas os da alegría plena, porque él es capaz de hacer siempre nueva cada cosa. Él no os olvida nunca. Si le decís cada día que “estáis en onda”, esperad seguramente que él os llame para enviaros un mensaje de amistad y afecto. Lo hace cuando participáis en la Santa Misa, cuando os dedicáis al estudio, a vuestras tareas cotidianas, y cuando sabéis realizar gestos de participación, de solidaridad, de generosidad y de amor hacia los otros. Así podréis decir a vuestros amigos, a vuestros padres, a vuestros animadores, a vuestros educadores que habéis conseguido poneros en línea con Je´sus en vuestra oración, al realizar vuestros deberes y cuando sois capaces de estar junto a tantos chicos y chicas que sufren, especialmente a los que vienen de países lejanos y a menudo son abandonados, sin padres y sin amigos.
Queridos jóvenes, con estos sentimientos os auguro una feliz y Santa Navidad. Extiendo mis felicitaciones a vuestras familias y a toda la Acción Católica y, confiándoos a la protección de la Madre de Jesús, os bendigo de corazón a todos.
Navidad, profecía del paz para el hombre


El Papa durante el rezo del Ángelus del día 20

Queridos hermanos y hermanas
Con el IV Domingo de Adviento, la Natividad del Señor está ya ante nosotros. La liturgia, con las palabras del profeta Miqueas, invita a mirar a Belén, la pequeña ciudad de Judea testigo del gran acontecimiento: "Mas tú, Belén de Efratá, / aunque eres la menor entre las familias de Judá / de ti me ha de salir / aquel que ha de dominar en Israel, / y cuyos orígenes son de antigüedad / desde los días de antaño" (Mi 5,1). Mil años antes de Cristo, Belén había sido el lugar natal del gran rey David, al que las Escrituras concuerdan en presentar como antepasado del Mesías. El Evangelio de Lucas narra que Jesús nació en Belén porque José, el esposo de María, siendo de la “casa de David”, debía dirigirse a esta ciudadela para el censo, y precisamente en esos días María dio a luz a Jesús (cfr Lc 2,1-7). En efecto, la propia profecía de Miqueas prosigue aludiendo precisamente a un nacimiento misterioso: "Por eso él los abandonará hasta el tiempo / en que dé a luz la que ha de dar a luz. / Entonces el resto de sus hermanos volverá / a los hijos de Israel" (Mi 5,2). Hay por tanto un designio divino que comprende y explica los tiempos y los lugares de la venida del Hijo de Dios al mundo. Es un designio de paz, como anuncia de nuevo el profeta hablando del Mesías: "Él se alzará y pastoreará con el poder del Señor, / con la majestad del nombre del Señor, su Dios. / Se asentarán bien, porque entonces de hará él grande / hasta los confines de la tierra. / Él será la Paz” (Mi 5,3).
Precisamente este último aspecto de la profecía, el de la paz mesiánica, nos lleva naturalmente a subrayar que Belén es también una ciudad-símbolo de la paz, el Tierra Santa y en el mundo entero. Por desgracia en nuestros días, ésta no representa una paz lograda y estable, sino una paz fatigosamente buscada y esperada. Dios, sin embargo, no se resigna nunca a este estado de cosas, y por ello también este año, en Belén y en el mundo entero, se renovará en la Iglesia el misterio de la Navidad, profecía de paz para cada hombre, que empeña a los cristianos a meterse en las cerrazones, en los dramas, a menudo desconocidos y escondidos, y en los conflictos del contexto en el que vive, con los sentimientos de Jesús, para ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz, para llevar amor adonde hay odio, perdón donde hay ofensa, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error, según las bellas expresiones de una conocida oración franciscana.
Hoy, como en los tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad en búsqueda de la paz verdadera. “¡Él mismo será la paz!” – dice el profeta refiriéndose al Mesías. A nosotros nos toda abrir, desatrancar las puertas para acogerlo. Aprendamos de María y José: pongámonos con fe al servicio del designio de Dios. Aunque no lo comprendamos plenamente, confiémonos a su sabiduría y bondad. Busquemos ante todo el Reino de Dios, y la Providencia nos ayudará. ¡Feliz Navidad a todos!

19 diciembre 2009

María, madre y modelo del sacerdote

Tercera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa

En la carta a todos los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1979, la primera de la serie de su pontificado, Juan Pablo II escribía: "Se da en nuestro sacerdocio ministerial la dimensión espléndida y penetrante de la cercanía a la Madre de Cristo". En esta última meditación de Adviento, queremos reflexionar precisamente sobre esta cercanía entre María y el sacerdote.

De María no se habla muy a menudo en el Nuevo Testamento. Con todo, si nos fijamos, observamos que ella no está ausente en ninguno de los tres momentos constitutivos del misterio cristiano que son: la Encarnación, el Misterio Pascual y Pentecostés. María estuvo presente en la Encarnación, porque ésta sucedió en ella; estuvo presente en el Misterio pascual, porque está escrito que "junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre" (cf Juan 19, 25); estuvo presente en Pentecostés, porque está escrito que los apóstoles eran "asiduos y concordes en la oración con María, la madre de Jesús" (cf Hechos 1, 14).

Cada una de estas tres presencias nos revela algo de la misteriosa cercanía entre María y el sacerdote, pero encontrándonos en la inminencia de la Navidad, quisiera limitarme a la primera de ellas, a lo que María dice del sacerdote y al sacerdote en el misterio de la Encarnación.

1¿Qué relación hay entre María y el sacerdote?

Quisiera ante todo señalar la cuestión del título de sacerdote atribuido a la Virgen en la tradición. Un escritor de finales del siglo V llama a María "Virgen y al mismo tiempo sacerdote y altar que nos ha dado a Cristo, pan del cielo, para la remisión de los pecados" (San Epifanio, Homilía en alabanza a la Virgen, PG 43, 497). Tras él son frecuentes las referencias al tema de María sacerdote que, sin embargo, se convirtió en objeto del desarrollo teológico sólo en el siglo XVII, en la escuela francesa de San Sulpicio. En ella el sacerdocio de María no se puso tanto en relación con el sacerdocio ministerial como con el de Cristo.

Al final del siglo XIX se difundió una auténtica devoción a la Virgen-sacerdote y san Pío X acordó también una indulgencia a su práctica relativa. Pero cuando se entrevió el peligro de confundir el sacerdocio de María con el ministerial, el magisterio de la Iglesia se volvió reticente y dos intervenciones del Santo Oficio pusieron prácticamente fin a esta devoción (Cf. sobre toda la cuestión, R. Laurentin, Maria - ecclesia - sacerdotium, Parigini 1952; art. "Sacerdoti" en Nuovo Dizionario di Mariologia, Ed. Paoline 1985, 1231-1242).

Tras el concilio se vuelve a hablar del sacerdocio de María, pero no se une al sacerdocio ministerial, y tampoco al supremo de Cristo, sino al sacerdocio universal de los fieles: ella poseería a título personal, como imagen y primicia de la Iglesia, ese "sacerdocio real" (1 Pedro 2,9) que todos los bautizados poseen a título colectivo.

¿Qué podemos retener de esta larga tradición que asocia a María con el sacerdote y qué sentido debemos dar a la "cercanía" que se da entre ellos, de la que hablaba Juan Pablo II? Queda, me parece, la analogía o la correspondencia de niveles, dentro del misterio de la salvación. Lo que María ha sido a nivel de la realidad histórica, de una vez por todas, el sacerdote lo es cada vez a nivel de la realidad sacramental.

En este sentido se pueden entender las palabras de Pablo VI: "¿Qué relaciones y qué distinciones hay entre la maternidad de María, hecha universal por la dignidad y por la caridad de la posición que le fue señalada por Dios en el plan de la Redención, y el sacerdocio apostólico, constituido por el Señor para ser instrumento de comunión salvífica entre Dios y los hombres? María da a Cristo a la humanidad; y también el Sacerdocio da a Cristo a la humanidad, pero de modo diverso, claro está; María mediante la Encarnación y mediante la efusión de la gracia, de la que Dios la llenó; el Sacerdocio mediante los poderes del orden sagrado (Pablo VI, Audiencia general, 7 de octubre de 1964).

La analogía entre María y el sacerdote se puede expresar así: María, por obra del Espíritu Santo, concibió a Cristo y, tras haberlo nutrido y llevado en su seno, lo dio a luz en Belén; el sacerdote, ungido y consagrado por el Espíritu Santo en la ordenación, está llamado también a llenarse de Cristo para después darlo a luz y hacerle nacer en las almas mediante el anuncio de la palabra, la administración de los sacramentos.

En este sentido la relación entre María y el sacerdote tiene una larga tradición a sus espaldas, mucho más autorizada que la de María-sacerdote. Retomando un pensamiento de Agustín (Discursos 72 A, 8), el Concilio Vaticano II escribe: "La Iglesia... se convierte ella también en madre, porque con la predicación y el bautismo genera a una vida nueva e inmortal a sus hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios" (Lumen gentium, 64).

El baptisterio, decían los Padres de la Iglesia, es el seno en el que la Iglesia da a luz a sus hijos y la palabra de Dios es la leche pura con la que les nutre: "¡Oh prodigio místico! Uno es el Padre de todos, uno también el Verbo de todos, uno e idéntico por todas partes es también el Espíritu Santo y una sola es la Virgen Madre: así yo quiero llamar a la Iglesia. Pura como una virgen, amable como una madre, llama a reunirse a sus hijos, los nutre con esa leche sagrada que es la palabra destinada a los niños recién nacidos (cf 1 Pedro 2, 2)" (Clemente de Alejandría, Pedagogo, I, 6).

El beato Isaac de Estella, en una página que hemos leído en el oficio de lecturas del pasado sábado, hace una síntesis de esta tradición: "María y la Iglesia --escribe-- son una madre y muchas madres; una virgen y muchas vírgenes. Una y otra madre, una y otra virgen. Una y otra conciben sin concupiscencia del mismo Espíritu; una y otra dan a Dios una prole sin pecado. Una, sin pecado alguno, dio a luz la Cabeza al cuerpo; la otra, en la remisión de todos los pecados, da a luz el cuerpo a la Cabeza" (Beato Isaac de Estella, Discursos 51, PL 194, 1863).

Lo que en estos textos se dice de la Iglesia en su conjunto, como sacramento de salvación, debe aplicarse de modo especial a los sacerdotes, porque ministerialmente son ellos los que, en concreto, engendran a Cristo en las almas mediante la palabra y los sacramentos.

2. María creyó

Esta es la analogía entre María y el sacerdote a nivel, por así decir, objetivo o de la gracia. Sin embargo, una analogía a nivel subjetivo, es decir, entre la contribución personal que la Virgen ha dado a la gracia de la elección y la contribución que el sacerdote está llamado a dar a la gracia de la ordenación. Ninguno de los dos es un mero canal, que deja pasar la gracia sin aportar nada propio.

Tertuliano habla de una versión de docetismo gnóstico, según la cual, Jesús había nacido ciertamente de María, pero no concebido por ella y de ella; el cuerpo de Cristo, venido del cielo, habría pasado a través de la Virgen, pero no habría sido engendrado en ella y por ella; María habría sido para Jesús un camino, no una madre, y Jesús para María un huésped, no un hijo (Tertuliano, De carne Christi, 20-21, CCL 2, 910 ss.). Para no repetir esta forma de docetismo en su vida, el sacerdote no puede limitarse a transmitir a los demás un Cristo aprendido de los libros que antes no se ha convertido en carne de su carne y sangre de su sangre. Como María (la imagen es de san Bernardo) debe ser una cisterna que hace desbordar aquello que se ha llenado, no es un canal que se limita a hacer que pase el agua sin retener nada.

La contribución personal, común a María y al sacerdote, se resume en la fe. María, escribe Agustín, "por fe concibió y por fe dio a luz" --fide concepit, fide peperit-- (san Agustín, Discursos 215, 4, PL 38,1074); también el sacerdote por fe lleva a Cristo en su corazón y mediante la fe lo comunica a los demás. Será el centro de la meditación hoy: qué puede aprender el sacerdote de la fe de María.

Cuando María fue a visitar a Isabel, ésta la acogió con gran alegría y "llena del Espíritu Santo", exclamó: "¡Bienaventurada la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lucas l, 45). No hay duda de que este haber creído se refiere a la respuesta de María al ángel: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38).

A primera vista, parece que el acto de fe de María fue fácil, incluso evidente. ¡Convertirse en madre de un rey que hubiera reinado para siempre sobre la casa de Jacob, madre del Mesías! ¿No era lo que soñaba toda muchacha judía? Pero éste es un modo de razonar sumamente humano, carnal. María se encuentra en solidad total. ¿A quién le puede contar lo que ha sucedido en ella? ¿Quién la creerá cuando dirá que el niño que lleva en su seno es "obra del Espíritu Santo"? Esto no le había sucedido a nadie antes y no le sucederá tampoco a nadie después. María conocía ciertamente lo que estaba escrito en el libro de la ley, es decir, que si la muchacha, en el momento de la boda, no era virgen, debía ser expulsada por la puerta de la casa del padre y lapidada por la gente del pueblo (cf. Deuteronomio 22, 20 s). ¡Nosotros hablamos de buena gana a diario del riesgo de la fe, entendiendo por ello en general el riesgo intelectual, pero en el caso de María se trató de un riesgo real!


Carlo Carretto, en su librito sobre la Virgen, cuenta cómo llegó a descubrir la fe de María. Cuando vivía en el desierto, había sabido por unos amigos tuaregs que una muchacha del campamento había sido dada como prometida a un joven, pero que no había ido a vivir con él, pues era demasiado joven. Relacionó este hecho con lo que dice Lucas sobre María. Por este motivo, al regresar después de dos años por aquel campamento, preguntó por la muchacha. Constató un cierto malestar entre sus interlocutores y, después, uno de ellos, acercándose con gran secretismo, le hizo una señal: se echó la mano a la garganta con el gesto característico de los árabes cuando quieren decir: "Le cortaron la cabeza". Estaba encinta antes del matrimonio y el honor de la familia exigía acabar con ella. Entonces volvió a pensar en María, en las miradas despiadadas de la gente de Nazaret, en los guiños, comprendió la soledad de María, y esa misma noche la escogió como compañera de viaje y como maestra de su fe (C. Carretto, Beata te che hai creduto, Ed. Paoline 1986, pp. 9 ss.).

Dios no arrebata nunca de sus criaturas su consentimiento, escondiéndoles las consecuencias, lo que tendrán que afrontar. Lo vemos en todas las llamadas de Dios. Preanuncia a Jeremías: "Te harán la guerra" (l, 19) y dice a Ananías sobre Saulo: "Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre" (Hechos 9, 16). ¿Podría actuar de otra manera en el caso de María, con una misión como la suya? Con la luz del Espíritu Santo, que acompaña la llamada de Dios, ciertamente vislumbró que su camino tampoco sería diferente al del resto de los llamados. De hecho, Simeón muy pronto expresará este presentimiento, cuando le dirá que una espada atravesaría su alma.

Un escritor moderno, Erri De Luca, ha descrito de manera poética este presentimiento de María en el momento del nacimiento de Jesús. Está sola, en la gruta; José vela afuera (según la ley, ningún hombre puede asistir al parto). Acaba de dar a luz a su hijo, cuando curiosos pensamientos se amontonan en su mente: "Por qué, hijo mío, naces precisamente aquí, en Bet-Lehem, Casa del Pan? Y, ¿por qué tenemos que llamarte Ieshu?... Haz que este estremecimiento de la columna vertebral, este escalofrío del futuro quede lejos de él". La madre presagia que ese hijo le será arrebatado, entonces se dice a sí misma: "Hasta la primera luz Ieshu es sólo mío. Quiero cantar una canción con estas tres palabras y basta. Esta noche, aquí, en Bet Lehem es sólo mío". Y con estas palabras le acerca el pecho para amamantarlo (E. De Luca, In nome della madre, Feltrinelli, Milano 2006, pp. 66 ss.).

Maria es la única que creyó "de manera contemporánea", es decir, mientras sucedía el hecho, antes de toda confirmación y de toda convalidación por parte de los acontecimientos de la historia (Tertuliano, De carne Christi, 20-21, CCL 2, 910 ss.). Jesús le dice a Tomás: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído" (Juan 20, 29): María es la primera de entre quienes creyeron sin haber visto todavía.

San Pablo dice que Dios ama a quien da con alegría (2 Corintios 9, 7) y María pronunció su "sí" a Dios con alegría. El verbo con el que María expresa su consentimiento, y que es traducido como "fiat", o con "hágase", en el original, se encuentra en optativo (génoito), un modo verbal que en griego se utiliza para expresar el deseo e incluso la gozosa impaciencia de que algo tenga lugar. Como si la Virgen dijera: "Yo también deseo, con todo mi ser, lo que Dios desea; que se cumpla pronto lo que él quiere". En verdad, como decía san Agustín, antes que en su cuerpo ella concibió a Cristo en su corazón.

Pero María no dijo "fiat", pues no hablaba latín, y ni "génoito", que es la palabra griega. ¿Qué dijo entonces? ¿Cuál es es la palabra que, en el idioma hablado por María, corresponde mejor a esta expresión? Cuando quería decir a Dios "sí, así sea", un judío decía "amén". Si es lícito tratar de remontarse, con una reflexión de fe, a la mismísima palabra, a la palabra exacta que salió de los labios de María, o al menos a la palabra que existía en la fuente judía usada por Lucas, ésta debe ser precisamente la palabra "amén". ¿Acaso los salmos en la Vulgata latina no terminaban con la expresión: "fiat, fiat? El texto griego de los Setenta, en ese caso, dice "génoito, génoito", y en el original hebreo conocido por María aparece "amén, amén".

Amén es una palabra hebrea, cuya raíz significa solidez, certeza; era utilizada en la liturgia como respuesta de fe a la Palabra de Dios. Con el "amén" se reconoce lo que se nos ha dicho como una palabra firme, estable, válida y vinculante. Su traducción exacta, cuando es una respuesta a la Palabra de Dios, es ésta: "Así es y que así sea". Indica fe y obediencia al mismo tiempo; reconoce que lo que dice Dios es verdad y uno se somete. Es decir "sí" a Dios. En este sentido aparece en los labios mismos de Jesús. "Sí, amén, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito..." (cf Mateo 11, 26). Es más, Él es el Amén personificado: "Así habla el Amén..." (Apocalipsis 3, 14) y, a través de él cualquier otro "amén" de fe pronunciado en la tierra ya se eleva a Dios (cf 2 Corintios l, 20). También María, después del Hijo, es el amén a Dios hecho persona.

La fe de María es por tanto un acto de amor y de docilidad, libre, aunque suscitado por Dios, misterioso como misterioso es cada vez el encuentro entre la gracia y la libertad. Esta es la verdadera grandeza personal de María, su bienaventuranza, confirmada por el mismo Cristo: ""¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te criaron!" (Lucas 11, 27), dice una mujer en el Evangelio. La mujer proclama que María es bienaventurada porque llevó a Jesús; Isabel la proclama beata porque creyó; la mujer proclama como una bienaventuranza llevar a Jesús en el seno, Jesús proclama bienaventurado a quien le lleva en el corazón: "Bienaventurados más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan", responde Jesús. De este modo, ayuda a aquella mujer y a todos nosotros a comprender dónde está la grandeza personal de su Madre. ¿Quién "custodiaba" las palabras de Dios mejor que María, de quien la Escritura dice en dos ocasiones que "guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón"? (cf Lucas 2, 19.51).

No deberíamos terminar nuestra contemplación de la fe de María con la impresión de que María haya creído una vez y nada más en su vida; que sólo se dio un gran acto de fe en la vida de la Virgen. Cuántas veces, después de la Anunciación, María fue martirizada por el aparente contraste de su situación con todo lo que estaba escrito y se conocía sobre la voluntad de Dios, en el Antiguo Testamento, y sobre la misma figura del Mesías! El Concilio Vaticano II nos ofreció un gran regalo al afirmar que también María caminó en la fe, es más, que "avanzó" en la fe, es decir, creció y se perfeccionó en ella (Lumen gentium, 58).

3. ¡Creamos también nosotros!

Pasemos ahora de María al sacerdote. San Agustín escribió: "María creyó y en ella lo que creyó se cumplió. Creamos también nosotros para que lo que se cumplió en ella pueda aprovecharnos también a nosotros" (San Agustín, Discursos, 215,4, PL 38, 1074). ¡Creamos también nosotros! Que la contemplación de la fe de María nos lleve a renovar ante todo nuestro personal acto de fe y de abandono a Dios.

Todos deben y pueden imitar a María en su fe, pero de modo muy especial debe hacerlo el sacerdote. "Mi justo --dice Dios-- vivirá por la fe" (cf. Habacuc 2, 4; Romanos 1, 17): esto se aplica, en especial, al sacerdote. Él es el hombre de la fe. La fe es lo que determina, por así decir, su "peso específico" y la eficacia de su ministerio.

Lo que los fieles captan inmediatamente en un sacerdote, en un pastor, es si "se lo cree", si cree en lo que dice y en lo que celebra. Quien busca en el sacerdote ante todo a Dios, se da cuenta enseguida; quien no busca en él a Dios, puede ser fácilmente engañado e inducir a engaño al mismo sacerdote, haciendo que se sienta importante, brillante, al ritmo de la moda, cuando en realidad es "bronce que suena y címbalo que retiñe".

Incluso quien no cree se acerca al sacerdote con un espíritu de búsqueda, entiende enseguida la diferencia. Lo que le pondrá saludablemente en crisis, no son en general las más cultas discusiones sobre la fe, sino encontrarse ante uno que cree verdaderamente con todo su ser. La fe es contagiosa. Uno no se contagia sólo escuchando hablar de los virus o estudiándolos, sino entrando en contacto con él: así es la fe.

A veces se sufre e incluso se lamenta uno en oración con Dios, porque la gente abandona la Iglesia, no sale del pecado, porque hablamos, hablamos..., y no sucede nada. Un día los apóstoles intentaron expulsar el demonio de un pobre muchacho, pero sin conseguirlo. Después de que Jesús en persona expulsara al demonio del chico, se acercaron a Jesús retirándose aparte y le preguntaron: "¿Por qué nosotros no hemos podido echarle?" Y Jesús respondió: "Por vuestra poca fe" (Marcos 17, 19-20).

San Buenaventura relata cómo un día, mientras estaba en el monte de la Verna, le vino a la mente lo que dicen los santos Padres, es decir, que el alma devota, por la gracia del Espíritu Santo y la potencia del Altísimo, puede espiritualmente concebir por fe al bendito Verbo del Padre, darlo a luz, darle nombre, buscarlo y adorarlo con los Magos y finalmente presentarlo felizmente a Dios Padre en su templo. Escribió entonces un opúsculo titulado "Las cinco fiestas del Niño Jesús", para mostrar cómo el cristiano puede revivir en sí cada uno de estos cinco momentos de la vida de Jesús. Me limito a lo que san Buenaventura dice de las dos primeras fiestas, la concepción y el nacimiento, aplicándolo en particular al sacerdote.

El sacerdote concibe a Jesús cuando, descontento de la vida que lleva, estimulado por santas inspiraciones y encendiéndose de santo ardor, desapegándose resueltamente de sus viejas costumbres y afectos, queda como fecundado espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una vida nueva.

Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en el corazón del sacerdote, cuando, tras haber hecho un sano discernimiento, pedido un consejo oportuno, invocado la ayuda de Dios, pone inmediatamente por obra su santo propósito, comenzando a realizar lo que desde tiempo estaba madurando, pero que había siempre dejado por miedo de no ser capaz.

Este propósito de vida nueva debe, sin embargo, traducirse enseguida, sin dilaciones, en algo concreto, en un cambio, posiblemente también externo y visible, en nuestra vida y en nuestras costumbres. Si el propósito no se realiza, Jesús es concebido, pero no dado a luz. Será uno de tantos abortos espirituales de los que por desgracia está lleno el mundo de las almas.

Hay dos brevísimas palabras que María pronunció en el momento de la Anunciación y que el sacerdote pronuncia en el momento de su ordenación: "¡Aquí estoy!" y "Amén", o "Sí". Recuerdo el momento cuando estaba ante el altar para la ordenación con una decena de compañeros míos. En un determinado momento se pronunció mi nombre, y yo respondí emocionadísimo: "¡Aquí estoy!"

A lo largo del rito, se nos dirigieron algunas preguntas: "¿Quieres ejercer el ministerio sacerdotal para toda la vida?", "¿Quieres realizar digna y fielmente el ministerio de la palabra en la predicación?", "¿Quieres celebrar con devoción y fidelidad los misterios de Cristo?". A cada pregunta respondíamos: "¡Sí, quiero!"

La renovación espiritual del sacerdocio católico, augurada por el Santo Padre, será proporcional al impulso con que cada uno de nosotros, sacerdotes u obispos de la Iglesia, seamos capaces de pronunciar de nuevo un gozoso "¡Aquí estoy!" y "¡Sí, quiero!", haciendo revivir la unción recibida en la ordenación. Jesús entró en el mundo diciendo: "He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hebreos 10, 7). Nosotros lo acogemos, en esta Navidad, con las mismas palabras: "He aquí que vengo, Señor Jesús, para hacer tu voluntad!".

18 diciembre 2009

¿Tentar a Dios?

Monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo electo de Oviedo

Nos vamos acercando al verdadero Acontecimiento que ha marcado la historia de los hombres, ese día en el que Dios dejó de enviarnos más mensajeros para hacerse Él mismo mensaje y mensajero a la vez. Portador y portavoz de un proyecto amoroso por el que volvía a estrenar el ensueño truncado y fallido por el mal uso de la libertad de los hombres. Eso fue la pascua de su Natividad, gozne verdadero entre la pascua de la Creación y la pascua de la Resurrección.

Pero en este cuarto domingo de Adviento, escala última antes de Navidad, se nos presenta a María como contrapunto de obediencia y fidelidad. Hay formas de "respetar" a Dios, que en el fondo son maneras elegantes de tenerle bajo control para que no influya ni modifique nuestra vida real. Era la pretensión del rey Acaz: no quería "tentar" a Dios, ni importunarle, dejándole donde estaba en su nimbo de nubes y en sus divinas labores. Pero el profeta no aplaudirá este respeto que en el fondo desprecia, esta veneración que termina ignorando. También a nosotros se nos ha anunciado esta Buena noticia prometida: Dios sin dejar de ser el Altísimo, será un Dios-con-nosotros, un Dios que ha querido acamparse en nuestro suelo, hablar nuestro lenguaje, sufrir en nuestros dolores y brindar en nuestros gozos.

Si fuera Dios pero no estuviese con nosotros, sería una divinidad lejana, opresora o inútil. Si estuviera con-nosotros pero no fuese Dios, estaríamos ante alguien bondadoso, mas incapaz de acceder a los entresijos de nuestro corazón y de nuestra historia, en donde nuestra felicidad se hace o se deshace. Él es Dios y con-nosotros para que nosotros estemos con Él y con cuantos Él ama, para que podamos estar hasta con nosotros mismos, sin censura acalladora y sin traición reductora de cuanto nos constituye. En este horizonte aparece María, como alguien que se fió de Dios, que le dejó ser Dios (tremendo misterio de nuestra libertad humana y de la condescendencia divina), consintiendo que su Palabra eterna se hiciera biográfica en la entraña de su historia de mujer creyente. María co-protagonizó el primer Adviento y recibió la misión al pie de la cruz de co-protagonizar todos los Advientos desde su intercesión maternal hacia los hermanos de su Hijo.

Debemos descubrir que jamás molestamos a un Dios que ha querido amarnos hasta ser-estar con nosotros. Y pedimos que nos conceda tratarnos entre nosotros como somos tratados por Él: que acogiendo y contemplando al Dios-con-nosotros, podamos a nuestra vez ser también hermanos-entre-hermanos.

Deberes hacia el medio ambiente y hacia la persona

Discurso del Papa al nuevo embajador de Dinamarca

Excelencia:

Le doy con placer la bienvenida al Vaticano y acepto las cartas credenciales por la que se le nombra Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Reino de Dinamarca ante la Santa Sede. Doy las gracias por los amables saludos que traen de Su Majestad la Reina Margarita II, y le pido que transmita a Su Majestad, al Gobierno, y al pueblo de su país, mi agradecimiento por sus buenos deseos y la seguridad de mi oraciones por el bienestar espiritual de la nación.

Las relaciones diplomáticas de la Iglesia forma parte de su misión de servicio a la comunidad internacional. Este compromiso con la sociedad civil está conformada por su convicción de que en un mundo cada vez más globalizado, los esfuerzos para promover el desarrollo humano integral y un orden económico sostenible, deben tener en cuenta la relación fundamental entre Dios, la creación y sus criaturas. Dentro de esta perspectiva, las tendencias hacia la fragmentación social y hacia la ralentización de las iniciativas de desarrollo pueden ser superados por el reconocimiento de la dimensión moral unificadora constitutiva de todo ser humano, y las consecuencias morales que tienen todas las decisiones económicas (cf. Caritas in veritate, 37). De hecho, el escepticismo contemporáneo ante la retórica política, y un creciente malestar con la falta de puntos de referencia éticos que rigen los avances tecnológicos y los mercados comerciales, indican las imperfecciones y limitaciones que existen en los individuos y la sociedad, así como la necesidad de un redescubrimiento de los valores fundamentales y una profunda renovación cultural en armonía con el designio de Dios para el mundo (cf. ibid., 21).

Excelencia, la atención del mundo está actualmente puesta en Dinamarca, al albergar ésta la cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Las deliberaciones políticas y diplomáticas en juego a la hora de abordar las exigencias de una cuestión tan compleja prueban la determinación de las partes de renunciar a las ventajas nacionalistas o a corto plazo en favor de los beneficios a más largo plazo para toda la familia humana internacional. Aunque algunos consensos, sin duda, pueden ser alcanzados a través de la elaboración de las aspiraciones compartidas armonizadas con políticas y objetivos, un cambio fundamental en cualquier forma del comportamiento humano - individual o colectivo - requiere la conversión del corazón. El valor y el sacrificio, frutos de un despertar ético, nos permiten entrever un mundo mejor y nos alientan a acometer con esperanza todo lo que sea necesario para garantizar a las generaciones futuras el legado del conjunto de la creación en unas condiciones tales que también ellos pueden llamarla "su casa". Cuando el "tenor moral de la sociedad" (ibíd., 51) declina, sin embargo, los desafíos que enfrentan los líderes de hoy no puede sino aumentar.

Esta necesidad urgente de hacer hincapié en el deber moral de distinguir entre el bien y el mal en toda acción humana, con el fin de recuperar y fomentar el vínculo de comunión que une a la persona humana y la creación, fue un tema central de mi reciente discurso ante la FAO. En esa ocasión la comunidad internacional debatió sobre la acuciante cuestión de la seguridad alimentaria. Una vez más, afirmé, por importantes que sean, los planes de desarrollo, las inversiones y la legislación no son suficientes. Más bien, los individuos y las comunidades deben cambiar su comportamiento y su percepción de las necesidades. Para los propios Estados, esto comporta una redefinición de los conceptos y principios que han regido hasta ahora las relaciones internacionales, a fin de incluir el principio del altruismo, y la decisión de buscar nuevos parámetros – éticos, jurídicos y económicos – capaces de construir relaciones de mayor justicia y equilibrio entre los países en desarrollo y los países desarrollados (cf. Discurso a la FAO, e16 de noviembre de 2009).

Dentro de este marco puede surgir una comprensión holística de la salud de la sociedad, en la que nuestros deberes hacia el medio ambiente nunca se separen de nuestros deberes para con la persona humana, y en el que una crítica moral de las normas culturales que configuran la convivencia humana, con especial preocupación por los jóvenes , se considere fundamental para el bienestar de la sociedad. Demasiado a menudo los esfuerzos para promover una comprensión integral del medio ambiente han tenido que sentarse junto a una comprensión reduccionista de la persona. Normalmente, este último es la falta de respeto de la dimensión espiritual de los individuos y, a veces, la hostilidad hacia la familia, enfrentando a los cónyuges entre sí a través de una imagen distorsionada de la complementariedad de hombres y mujeres, y enfrentando a la madre y al niño por nacer, a través de una concepción errónea de la "salud reproductiva". La responsabilidad en las relaciones, incluyendo la responsabilidad del cuidado de los hijos (cf. Caritas in veritate, 44, Familiaris Consortio, 35), nunca puede ser realmente cultivado sin un profundo respeto por la unidad de la vida familiar según el designio de amor de nuestro Creador.

La asistencia de Dinamarca a las causas humanitarias es amplia y multifacética. El compromiso del Reino en el apoyo a las operaciones de paz y proyectos de desarrollo, junto con su creciente compromiso con el continente africano son fácilmente reconocidas por la Santa Sede por su generosidad y profesionalidad. Entre los principios que compartimos en materia de desarrollo está la convicción de que cualquier forma de corrupción es siempre una afrenta a la dignidad de la persona humana, y siempre será un grave obstáculo para el progreso justo y equitativo de los pueblos. El registro nacional de Dinamarca en este sentido es digno de elogio, y sus políticas de ayuda financiera extranjera con razón, insisten en la rendición de cuentas y la transparencia por parte de las naciones receptoras.

Señor Embajador, los miembros de la Iglesia Católica en su país seguirán orando y trabajando por el desarrollo espiritual, social y cultural de todo el pueblo danés. En comunión ecuménica con otros cristianos, están atentos a las necesidades de las comunidades de migrantes que se encuentran en su tierra, así como de otros grupos que son vulnerables en diversas formas. Además las escuelas de la Iglesia, a cuyos alumnos doy regularmente la bienvenida a mi audiencia general semanal, sirven a la nación en su intento de dar testimonio del amor y la verdad de Cristo.

Excelencia, durante su mandato como representante de Dinamarca ante la Santa Sede, los distintos departamentos de la Curia Romana harán todo lo posible para ayudarle en el desempeño de sus funciones. Le ofrezco mis mejores deseos por el éxito de sus esfuerzos para fortalecer las cordiales relaciones existentes entre nosotros. Invoco sobre usted, su familia y todos sus conciudadanos las abundantes bendiciones del Dios Todopoderoso.

17 diciembre 2009

La acción política debe estar unida a la verdad objetiva


Audiencia general, miércoles 16




Queridos hermanos y hermanas,
hoy vamos a conocer la figura de Juan de Salisbury, que pertenecía a una de las escuelas filosóficas y teológicas más importantes del medioevo, la de la catedral de Chartres, en Francia. También él, como los teólogos de los que he hablado en las pasadas semanas, nos ayuda a comprender cómo la fe, en armonía con las justas aspiraciones de la razón, empuja al pensamiento hacia la verdad revelada, en la que se encuentra el verdadero bien del hombre.
Juan nació en Inglaterra, en Salisbury, entre el año 1100 y el 1120. Leyendo sus obras, y sobre todo su rico epistolario, podemos conocer los hechos más importantes de su vida. Durante doce años, entre 1136 y 1148, se dedicó a los estudios, frecuentando las escuelas más cualificadas de la época, en las que escuchó las lecciones de maestros famosos. Se dirigió a París y después a Chartres, ambiente que marcó mayormente su formación y del que asimiló su gran apertura cultural, el interés por los problemas especulativos y el aprecio por la literatura. Como sucedía a menudo en aquel tiempo, los estudiantes más brillantes eran requeridos por prelados y soberanos, para ser sus estrechos colaboradores. Esto le sucedió también a Juan de Salisbury, que fue presentado por un gran amigo suyo, Bernardo de Claraval, a Teobaldo, arzobispo de Canterbury - sede primada de Inglaterra –, el cual lo acogió de buen grado en su clero. Durante once años, entre 1150 y 1161, Juan fue secretario y capellán del anciano arzobispo. Con celo infatigable, mientras seguía dedicándose al estudio, llevó a cabo una intensa actividad diplomática, trasladándose en diez ocasiones a Italia, con el objetivo específico de cuidar las relaciones del Reino y de la Iglesia de Inglaterra con el Romano Pontífice. Entre otras cosas, en esos años el Papa era Adriano IV, un inglés que tuvo con Juan de Salisbury una estrecha amistad. En los años consecutivos a la muerte de Adriano IV, sucedida en 1159, en Inglaterra se creó una situación de grave tensión entre la Iglesia y el Reino. El rey Enrique II, de hecho, pretendía afirmar su autoridad sobre la vida interna de la Iglesia, limitando su libertad. Esta toma de postura suscitó las reacciones de Juan de Salisbury, y sobre todo la valiente resistencia del sucesor de Teobaldo en la cátedra episcopal de Canterbury, santo Tomás Becket, que por este motivo fue al exilio, en Francia. Juan de Salisbury lo acompañço y permaneció a su servicio, trabajando siempre por la reconciliación. En 1170, cuando tanto Juan como Tomás Becket habían vuelto ya a Inglaterra, este último fue asaltado y asesinado dentro de su catedral. Murió como mártir y como tal fue en seguida venerado por el pueblo. Juan siguió sirviendo fielmente también al sucesor de Tomás, hasta que fue elegido obispo de Chartres, donde permaneció desde 1176 hasta 1180, año de su muerte.
De las obras de Juan de Salisbury quisiera señalar dos, que son consideradas sus obras maestras, y que están designadas elegantemente con los títulos griegos de Metaloghicón (En defensa de la lógica) y el Polycráticus (El hombre de Gobierno). En la primera obra él – no sin esa fina ironía que caracteriza a muchos hombres cultos – rechaza la postura de aquellos que tenían una concepción reduccionista de la cultura, considerada como vacía elocuencia, palabras inútiles. Juan en cambio elogia la cultura, la auténtica filosofía, es decir, el encuentro entre pensamiento fuerte y comunicación, palabra eficaz. Él escribe: “Como de hecho no sólo es temeraria, sino también ciega la elocuencia no iluminada por la razón, así la sabiduría que no se emplea en el uso de la palabra no sólo es débil, sino en cierto sentido se trunca: de hecho, aunque quizás una sabiduría sin palabra pueda aprovechar de cara a la propia conciencia, raramente y poco aprovecha a la sociedad” (Metaloghicón 1,1, PL 199,327). Una enseñanza muy actual. Hoy, la que Juan definía “elocuencia”, es decir, la posibilidad de comunicar con instrumentos cada vez más elaborados y difundidos, se ha multiplicado enormemente. Con todo, tanto más sigue siendo urgente la necesidad de comunicar mensajes dotados de “sabiduría”, es decir, inspirados en la verdad, en la bondad, en la belleza. Esta es una gran responsabilidad, que interpela en particular a las personas que trabajan en el ámbito multiforme y complejo de la cultura, de la comunicación, de los media. Y este es un ámbito en el que se puede anunciar el Evangelio con vigor misionero.
En el Metaloghicón Juan afronta los problemas de la lógica, en sus tiempos objeto de gran interés, y se plantea una pregunta fundamental: ¿qué puede conocer la razón humana? ¿Hasta qué punto puede corresponder a esa aspiración que hay en cada hombre, es decir, la búsqueda de la verdad? Juan de Salisbury adopta una postura moderada, basada en la enseñanza de algunos tratados de Aristóteles y de Cicerón. Según él, ordinariamente la razón humana alcanza conocimientos que no son indiscutibles, sino probables y opinables. El conocimiento humano – esta es su conclusión – es imperfecto, porque está sujeto a la finitud, al límite del hombre. Sin embargo, éste crece y se perfecciona gracias a la experiencia y a la elaboración de razonamientos correctos y concretos, capaces de establecer relaciones entre los conceptos y la realidad, gracias a la discusión, a la confrontación y al saber que se enriquece de generación en generación. Sólo en Dios hay una ciencia perfecta, que se comunica al hombre, al menos parcialmente, por medio de la Revelación acogida en la fe, por lo que la ciencia de la fe, despliega las potencialidades de la razón y hace avanzar con humildad en el conocimiento de los misterios de Dios.
El creyente y el teólogo, que profundizan en el tesoro de la fe, se abren también a un saber práctico, que guía las acciones cotidianas, es decir, a las leyes morales y al ejercicio de las virtudes. Escribe Juan de Salisbury: “La clemencia de Dios nos ha concedido su ley, que establece qué cosas nos son útiles conocer, y que indica cuánto nos es lícito saber de Dios y cuánto es justo indagar... en esta ley, de hecho, se explicita y se hace manifiesta la voluntad de Dios, para que cada uno de nosotros sepa lo que es para él necesario hacer" (Metaloghicón 4,41, PL 199,944-945). Existe, según Juan de Salisbury, también una verdad objetiva e inmutable, cuyo origen es Dios, accesible a la razón humana y que tiene que ver con la actuación práctica y social. Se trata de un derecho natural, en el que las leyes humanas y las autoridades políticas y religiosas deben inspirarse, para que puedan promover el bien común. Esta ley natural se caracteriza por una propiedad que Juan llama “equidad”, es decir, la atribución a cada persona de sus derechos. De ella descienden preceptos que son legítimos para todos los pueblos, y que no pueden en ningún caso ser abrogados. Esta es la tesis central del Polycráticus, el trataso de filosofía y de teología política, en el que Juan de Salisbury reflexiona sobre las condiciones que hacen posible la acción de los gobernantes justa y consentida.
Mientras otros argumentos afrontados en esta obra están ligados a las circunstancias históricas en las que fue compuesta, el tema de la relación entre ley natural y ordenamiento jurídico-positivo, mediado por la equidad, es aún hoy de gran importancia. En nuestro tiempo, de hecho, sobre todo en algunos países, asistimos a un desapego preocupante entre la razón, que tiene la tarea de descubrir los valores éticos ligados a la dignidad de la persona humana, y la libertad, que tiene la responsabilidad de acogerlos y promoverlos. Quizás Juan de Salisbury nos recordaría hoy que son conformes a la equidad sólo esas leyes que tutelan la sacralidad de la vida vida humana y rechazan la licitación del aborto, de la eutanasia y de las experimentaciones genéticas sin límites, esas leyes que respetan la dignidad del matrimonio entre un hombre y una mujer, que se inspiran en una correcta laicidad del Estado – laicidad que comporta siempre la salvaguarda de la libertad religiosa – y que persiguen la subsidiariedad y la solidaridad a nivel nacional e internacional. De lo contrario, acabaría por instaurarse la que Juan de Salisbury define como “la tiranía del príncipe" o, diríamos nosotros, “la dictadura del relativismo": un relativismo que, como recordaba hace unos años, “no reconoce nada como definitivo y deja como última medida sólo al propio yo y sus antojos" (Missa pro eligendo Romano Pontifice, Homilía, "L’Osservatore Romano", 19 abril 2005).
En mi Encíclica más reciente, Caritas in veritate, dirigiéndome a los hombres de buena voluntad, que se empeñan para que la acción social y política nunca sea desenganchada de la verdad objetiva sobre el hombre y sobre su dignidad, escribí: “La verdad y el amor que ésta comporta no se pueden producirm sólo se pueden acoger. Su fuente última no es, no puede ser, el hombre, sino Dios, o sea, Aquel que es Verdad y Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y para el desarrollo, en cuanto que ni una ni otro pueden ser sólo productos humanos; la misma vocación al desarrollo de las personas y de los pueblos no se funda en una sencilla deliberación humana, sino que está inscrita en un plan que nos precede, y que constituye para todos nosotros un deber que debe ser libremente acogido” (n. 52). Este plan que nos precede, esta verdad del ser debemos buscarla y acogerla, para que nazca la justicia, pero podemos encontrarlo y acogerlo sólo con un corazón, una voluntad, una razón purificados en la luz de Dios.
[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis de hoy quiero presentar la figura de Juan de Salisbury, nacido en Inglaterra a principios del siglo doce. Recibió su formación en las escuelas más importantes de la época, París y Chartres. Completados sus estudios, fue consejero de los distintos Prelados de la Sede de Canterbury, poniendo a su disposición sus amplios conocimientos y sus dotes diplomáticas. Ya anciano, fue elegido Obispo de Chartres, donde ejerció su ministerio hasta su muerte.De entre las obras de Juan de Salisbury destacan dos por su vigente actualidad. La primera, titulada Metaloghicon, se centra en la defensa de la cultura como la conjunción entre la elocuencia y la sabiduría. Hoy, en efecto, los numerosos instrumentos y medios de comunicación necesitan de mensajes dotados de sabiduría e inspirados en la verdad. En la segunda obra, dedicada al hombre de gobierno, y titulada Polycráticus, sobresale el tema de la relación entre ley natural y el ordenamiento jurídico. Poner en el centro de toda acción social la verdad objetiva del hombre continúa siendo una necesidad ineludible.
Saludo a los fieles de lengua española provenientes de España y diversos países de Latinoamérica, en particular a los sacerdotes recientemente ordenados de la Congregación de Legionarios de Cristo, a sus familiares y amigos, así como a los miembros del "Regnum Christi". A los nuevos presbíteros, deseo recordarles que, con ocasión del Año Sacerdotal, aprendan de san Juan María Vianney el amor a Cristo y su generoso servicio a la Iglesia. Que vuestra donación sea siempre total, plena y gozosa, sin olvidar nunca la predilección del Señor por vuestras vidas. Saludo también a los miembros de la Delegación del Estado de México, a quienes agradezco cordialmente su visita y la iniciativa emprendida de regalar el Pesebre y el Árbol, que estarán presentes en esta Aula durante estas Fiestas de Navidad y Año Nuevo. Muchas gracias.

16 diciembre 2009

Motu Proprio “Omnium in Mente”



La Constitución Apostólica Sacrae disciplinae leges, promulgada el 25 de enero de 1983, llamaba a la atención de todos que la Iglesia, en cuanto comunidad al mismo tiempo espiritual y visible, y ordenada jerárquicamente, necesita normas jurídicas “para que el ejercicio de las funciones a ella confiadas por Dios, especialmente la de la sagrada potestad y de la administración de los sacramentos, pueda ser adecuadamente organizado”. En tales normas es necesario que resplandezca siempre, por una parte, la unidad de la doctrina teológica y de la legislación canónica, y por otra, la utilidad pastoral de las prescripciones, mediante las cuales las disposiciones eclesiásticas están ordenadas al bien de las almas.
Con el fin de garantizar más eficazmente tanto esta necesaria unidad doctrinal como la finalidad pastoral , algunas veces la suprema autoridad de la Iglesia, tras haber ponderado las razones, decide los oportunos cambios de las normas canónicas, o bien introduce en ellas alguna integración. Esta es la razón que Nos induce a redactar la presente Carta, que afecta a dos cuestiones.
Ante todo, en los cánones 1008 y 1009 del Código de Derecho Canónico sobre el sacramento del Orden, se confirma la distinción esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial y, al mismo tiempo, se evidencia la diferencia entre episcopado, presbiterado y diaconado. Es por ello que, tras escuchar a los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe, nuestro venerado Predecesor Juan Pablo II estableció que se debiese modificar el texto del número 1581 del Catecismo de la Iglesia Católica, con el fin de recoger más adecuadamente la doctrina sobre los diáconos de la Constitución dogmática Lumen gentium (n. 29) del Concilio Vaticano II, también Nos consideramos que se debe perfeccionar la norma canónica que se refiere a la misma materia. Por tanto, escuchado el parecer del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, establecemos que las palabras de dichos cánones sean modificadas como se indica a continuación.
Además, dado que los sacramentos son los mismos para toda la Iglesia, es competencia únicamente de la suprema autoridad aprobar y definir los requisitos para su validez, y también determinar lo que se refiere al rito que es necesario observar en la celebración de los mismos (cfr. can. 841), cosas todas que ciertamente valen también para la forma que debe observarse en la celebración del matrimonio, si al menos una de las partes haya sido bautizada en la Iglesia católica (cfr. cann. 11 y 1108).
El Código de Derecho Canónico establece aún que los fieles que se hayan separado de la Iglesia con “acto formal” no están obligados por las leyes eclesiásticas relativas a la forma canónica del matrimonio (cf. can. 1117), a la dispensa del impedimento por disparidad de culto (cfr . can. 1086) y a la solicitud de licencia requerida para los matrimonios mixtos (cf. can. 1124). La razón y el fin de esta excepción a la norma general del cánon 11 tenía como fin evitar que los matrimonios contraídos por esos fieles fuesen nulos por defecto de forma, o por impedimento por disparidad de culto.
Con todo, la experiencia de estos años ha demostrado, al contrario, que esta nueva ley ha generado no pocos problemas pastorales. Ante todo se ha vuelto difícil la determinación y la configuración práctica, en los casos individuales, de este acto formal de separación de la Iglesia, sea en cuanto a su sustancia teológica, sea en cuanto a su aspecto canónico. Además han surgido muchas dificultades tanto en la acción pastoral como en la práxis de los tribunales. De hecho se observa que de la nueva ley parecían nacer, al menos indirectamente, una cierta facilidad o por así decirlo, un incentivo a la apostasía en esos lugares donde los fieles son exiguos en número, o también donde están vigentes leyes matrimoniales injustas, que establecen discriminaciones entre los ciudadanos por motivos religiosos; además hacía difícil la vuelta de aquellos bautizados que deseaban vivamente contraer un nuevo matrimonio canónico, tras el fracaso del precedente; finalmente, omitiendo otras cosas, muchísimos de estos matrimonios se convertían de hecho para la Iglesia en matrimonios llamados clandestinos.
Considerado todo esto, y valorados cuidadosamente los pareceres tanto de los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, como también de las Conferencias Episcopales que han sido consultadas sobre la utilidad pastoral de conservar o de abrogar esta excepción a la norma general del canon 11, ha parecido necesario abolir esta regla introducida en el cuerpo de las leyes canónicas actualmente vigente.
Establecemos por tanto que se elimine del mismo Código las palabras: "y no separada de ella con acto formal” del canon 1117, "y no separada de ella con acto formal" del canon 1086 § 1, como también "y no separada de la misma con acto formal" del canon 1124.
Por tanto, habiendo escuchado al respecto a la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos y pedido el parecer también a Nuestros Venerables Hermanos Cardenales de S.R.E. prepuestos en los Dicasterios de la Curia Romana, establecemos cuanto sigue:
Art. 1. El texto del can. 1008 del Código de Derecho Canónico sea modificado de modo que de ahora en adelante resulte así:
"Con el sacramento del orden por divina institución algunos entre los fieles, mediante el carácter indeleble con el que son marcados, son constituidos ministros sagrados; aquellos por tanto que son consagrados y destinados a servir, cada uno en su grado, con nuevo y peculiar título, al pueblo de Dios”.
Art. 2. El can. 1009 del Código de Derecho Canónico de ahora en adelante tendrá tres párrafos, en el primero de los cuales se mantendrá el texto del canon vigente, mientras en el tercero el nuevo texto será redactado de modo que el can. 1009 § 3 resulte así:
"Aquellos que son constituidos en el orden del episcopado o del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza, los diáconos en cambio son capacitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad".
Art. 3. El texto del can. 1086 § 1 del Código de Derecho Canónico viene modificado así:
"Es inválido el matrimonio entre dos personas, de la que una esté bautizada en la Iglesia católica o acogida en ella, y la otra no bautizada".
Art. 4. El texto del can. 1117 del Código de Derecho Canónico viene modificado así:
"La forma aquí arriba establecida debe ser observada si al menos una de las partes contrayentes del matrimonio está bautizada en la Iglesia católica o acogida en ella, salvadas las disposiciones del can. 1127 § 2".
Art. 5. El texto del can. 1124 del Código de Derecho Canónico viene modificado así:
"El matrimonio entre dos personas bautizadas en la Iglesia católica o acogida en ella tras el bautismo, la otra en cambio esté adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial no en plena comunión con la Iglesia católica, no puede ser celebrado sin licencia expresa de la autoridad competente".
Cuanto hemos deliberado con esta Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, ordenamos que tenga firme y estable vigor, a pesar de cualquier cosa contraria aunque digna de mención particular, y que se publique en el comentario oficial del Acta Apostolicae Sedis.
Dado en Roma, en San Pedro, el día 26 del mes de octubre del año 2009, quinto de Nuestro Pontificado.
BENEDICUS PP XVI

15 diciembre 2009

Si quieres la paz, protege la creación


MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XV
para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz


1 enero 2010

SI QUIERES PROMOVER LA PAZ, PROTEGE LA CREACIÓN

1. Con ocasión del comienzo del Año Nuevo, quisiera dirigir mis más fervientes deseos de paz a todas las comunidades cristianas, a los responsables de las Naciones, a los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo. El tema que he elegido para esta XLIII Jornada Mundial de la Paz es: Si quieres promover la paz, protege la creación. El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que «la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios»,[i] y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. En efecto, aunque es cierto que, a causa de la crueldad del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo humano integral – guerras, conflictos internacionales y regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos–, no son menos preocupantes los peligros causados por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado. Por este motivo, es indispensable que la humanidad renueve y refuerce «esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos».[ii]

2.  En la Encíclica Caritas in veritate he subrayado que el desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los pobres y a las generaciones futuras. He señalado, además, que cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad.[iii] En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre. En efecto, podemos proclamar llenos de asombro con el Salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?» (Sal 8,4-5). Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador, ese amor que «mueve el sol y las demás estrellas».[iv]
3.  Hace veinte años, al dedicar el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz al tema Paz con Dios creador, paz con toda la creación, el Papa Juan Pablo II llamó la atención sobre la relación que nosotros, como criaturas de Dios, tenemos con el universo que nos circunda. «En nuestros días aumenta cada vez más la convicción –escribía– de que la paz mundial está amenazada, también [...] por la falta del debido respeto a la naturaleza», añadiendo que la conciencia ecológica «no debe ser obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas».[v] También otros Predecesores míos habían hecho referencia anteriormente a la relación entre el hombre y el medio ambiente. Pablo VI, por ejemplo, con ocasión del octogésimo aniversario de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, en 1971, señaló que «debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación». Y añadió también que, en este caso, «no sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera».[vi]
4.  Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas, la Iglesia, «experta en humanidad», se preocupa de llamar la atención con energía sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación. En 1990, Juan Pablo II habló de «crisis ecológica» y, destacando que ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo notar «la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad».[vii] Este llamamiento se hace hoy todavía más apremiante ante las crecientes manifestaciones de una crisis, que sería irresponsable no tomar en seria consideración. ¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados «prófugos ambientales», personas que deben abandonar el ambiente en que viven –y con frecuencia también sus bienes– a causa de su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.
5.  No obstante, se ha de tener en cuenta que no se puede valorar la crisis ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella, ya que está estrechamente vinculada al concepto mismo de desarrollo y a la visión del hombre y su relación con sus semejantes y la creación. Por tanto, resulta sensato hacer una revisión profunda y con visión de futuro del modelo de desarrollo, reflexionando además sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones. Lo exige el estado de salud ecológica del planeta; lo requiere también, y sobre todo, la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son patentes desde hace tiempo en todas las partes del mundo.[viii] La humanidad necesita una profunda renovación cultural; necesita redescubrir esos valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos. Las situaciones de crisis por las que está actualmente atravesando –ya sean de carácter económico, alimentario, ambiental o social– son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí. Éstas obligan a replantear el camino común de los hombres. Obligan, en particular, a un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, con nuevas reglas y formas de compromiso, apoyándose con confianza y valentía en las experiencias positivas que ya se han realizado y rechazando con decisión las negativas. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en ocasión de discernimiento y de nuevas proyecciones.
6.  ¿Acaso no es cierto que en el origen de lo que, en sentido cósmico, llamamos «naturaleza», hay «un designio de amor y de verdad»? El mundo «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar [...]. Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad».[ix] El Libro del Génesis nos remite en sus primeras páginas al proyecto sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya cima se sitúan el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para «llenar la tierra» y «dominarla» como «administradores» de Dios mismo (cf. Gn 1,28). La armonía entre el Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha distorsionado también el encargo de «dominar» la tierra, de «cultivarla y guardarla», y así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación (cf. Gn 3,17-19). El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios, perfectamente claro en el Libro del Génesis, no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una llamada a la responsabilidad. Por lo demás, la sabiduría de los antiguos reconocía que la naturaleza no está a nuestra disposición como si fuera un «montón de desechos esparcidos al azar»,[x] mientras que la Revelación bíblica nos ha hecho comprender que la naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para «cultivarla y guardarla» (cf. Gn 2,15).[xi] Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que gobernada por él».[xii] Así, pues, el hombre tiene el deber de ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola.[xiii]
7.  Se ha de constatar por desgracia que numerosas personas, en muchos países y regiones del planeta, sufren crecientes dificultades a causa de la negligencia o el rechazo por parte de tantos a ejercer un gobierno responsable respecto al medio ambiente. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha recordado que «Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos».[xiv] Por tanto, la herencia de la creación pertenece a la humanidad entera. En cambio, el ritmo actual de explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no sólo para la presente generación, sino sobre todo para las futuras.[xv] Así, pues, se puede comprobar fácilmente que el deterioro ambiental es frecuentemente el resultado de la falta de proyectos políticos de altas miras o de la búsqueda de intereses económicos miopes, que se transforman lamentablemente en una seria amenaza para la creación. Para contrarrestar este fenómeno, teniendo en cuenta que «toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral»,[xvi] es también necesario que la actividad económica respete más el medio ambiente. Cuando se utilizan los recursos naturales, hay que preocuparse de su salvaguardia, previendo también sus costes –en términos ambientales y sociales–, que han de ser considerados como un capítulo esencial del costo de la misma actividad económica. Compete a la comunidad internacional y a los gobiernos nacionales dar las indicaciones oportunas para contrarrestar de manera eficaz una utilización del medio ambiente que lo perjudique. Para proteger el ambiente, para tutelar los recursos y el clima, es preciso, por un lado, actuar respetando unas normas bien definidas incluso desde el punto de vista jurídico y económico y, por otro, tener en cuenta la solidaridad debida a quienes habitan las regiones más pobres de la tierra y a las futuras generaciones.
8.  En efecto, parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las generaciones futuras: «Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y beneficio para todos, es también un deber. Se trata de una responsabilidad que las generaciones presentes tienen respecto a las futuras, una responsabilidad que incumbe también a cada Estado y a la Comunidad internacional».[xvii] El uso de los recursos naturales debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes;[xviii] que la intervención del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para ahora y para el mañana. Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados: «la comunidad internacional tiene el deber imprescindible de encontrar los modos institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la participación también de los países pobres, y planificar así conjuntamente el futuro».[xix] La crisis ecológica muestra la urgencia de una solidaridad que se proyecte en el espacio y el tiempo. En efecto, entre las causas de la crisis ecológica actual, es importante reconocer la responsabilidad histórica de los países industrializados. No obstante, tampoco los países menos industrializados, particularmente aquellos emergentes, están eximidos de la propia responsabilidad respecto a la creación, porque el deber de adoptar gradualmente medidas y políticas ambientales eficaces incumbe a todos. Esto podría lograrse más fácilmente si no hubiera tantos cálculos interesados en la asistencia y la transferencia de conocimientos y tecnologías más limpias.
9.  Es indudable que uno de los principales problemas que ha de afrontar la comunidad internacional es el de los recursos energéticos, buscando estrategias compartidas y sostenibles para satisfacer las necesidades de energía de esta generación y de las futuras. Para ello, es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso. Al mismo tiempo, se ha de promover la búsqueda y las aplicaciones de energías con menor impacto ambiental, así como la «redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos».[xx] La crisis ecológica, pues, brinda una oportunidad histórica para elaborar una respuesta colectiva orientada a cambiar el modelo de desarrollo global siguiendo una dirección más respetuosa con la creación y de un desarrollo humano integral, inspirado en los valores propios de la caridad en la verdad. Por tanto, desearía que se adoptara un modelo de desarrollo basado en el papel central del ser humano, en la promoción y participación en el bien común, en la responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de hacer hoy, en previsión de lo que puede ocurrir mañana.[xxi]
10.  Para llevar a la humanidad hacia una gestión del medio ambiente y los recursos del planeta que sea sostenible en su conjunto, el hombre está llamado a emplear su inteligencia en el campo de la investigación científica y tecnológica y en la aplicación de los descubrimientos que se derivan de ella. La «nueva solidaridad» propuesta por Juan Pablo II en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990,[xxii] y la «solidaridad global», que he mencionado en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2009,[xxiii] son actitudes esenciales para orientar el compromiso de tutelar la creación, mediante un sistema de gestión de los recursos de la tierra mejor coordinado en el ámbito internacional, sobre todo en un momento en el que va apareciendo cada vez de manera más clara la estrecha interrelación que hay entre la lucha contra el deterioro ambiental y la promoción del desarrollo humano integral. Se trata de una dinámica imprescindible, en cuanto «el desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad».[xxiv] Hoy son muchas las oportunidades científicas y las potenciales vías innovadoras, gracias a las cuales se pueden obtener soluciones satisfactorias y armoniosas para la relación entre el hombre y el medio ambiente. Por ejemplo, es preciso favorecer la investigación orientada a determinar el modo más eficaz para aprovechar la gran potencialidad de la energía solar. También merece atención la cuestión, que se ha hecho planetaria, del agua y el sistema hidrogeológico global, cuyo ciclo tiene una importancia de primer orden para la vida en la tierra, y cuya estabilidad puede verse amenazada gravemente por los cambios climáticos. Se han de explorar, además, estrategias apropiadas de desarrollo rural centradas en los pequeños agricultores y sus familias, así como es preciso preparar políticas idóneas para la gestión de los bosques, para el tratamiento de los desperdicios y para la valorización de las sinergias que se dan entre los intentos de contrarrestar los cambios climáticos y la lucha contra la pobreza. Hacen falta políticas nacionales ambiciosas, completadas por un necesario compromiso internacional que aporte beneficios importantes, sobre todo a medio y largo plazo. En definitiva, es necesario superar la lógica del mero consumo para promover formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos. La cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser sobre todo la búsqueda de una auténtica solidaridad de alcance mundial, inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común. Por otro lado, como ya he tenido ocasión de recordar, «la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y guardar la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios».[xxv]
11.  Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes, con frecuencia insostenibles desde el punto de vista social, ambiental e incluso económico. Ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los cuales, la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones».[xxvi] Se ha de educar cada vez más para construir la paz a partir de opciones de gran calado en el ámbito personal, familiar, comunitario y político. Todos somos responsables de la protección y el cuidado de la creación. Esta responsabilidad no tiene fronteras. Según el principio de subsidiaridad, es importante que todos se comprometan en el ámbito que les corresponda, trabajando para superar el predominio de los intereses particulares. Un papel de sensibilización y formación corresponde particularmente a los diversos sujetos de la sociedad civil y las Organizaciones no gubernativas, que se mueven con generosidad y determinación en favor de una responsabilidad ecológica, que debería estar cada vez más enraizada en el respeto de la «ecología humana». Además, se ha de requerir la responsabilidad de los medios de comunicación social en este campo, con el fin de proponer modelos positivos en los que inspirarse. Por tanto, ocuparse del medio ambiente exige una visión amplia y global del mundo; un esfuerzo común y responsable para pasar de una lógica centrada en el interés nacionalista egoísta a una perspectiva que abarque siempre las necesidades de todos los pueblos. No se puede permanecer indiferentes ante lo que ocurre en nuestro entorno, porque la degradación de cualquier parte del planeta afectaría a todos. Las relaciones entre las personas, los grupos sociales y los Estados, al igual que los lazos entre el hombre y el medio ambiente, están llamadas a asumir el estilo del respeto y de la «caridad en la verdad». En este contexto tan amplio, es deseable más que nunca que los esfuerzos de la comunidad internacional por lograr un desarme progresivo y un mundo sin armas nucleares, que sólo con su mera existencia amenazan la vida del planeta, así como por un proceso de desarrollo integral de la humanidad de hoy y del mañana, sean de verdad eficaces y correspondidos adecuadamente.
12.  La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que «cuando se respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia».[xxvii] No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social.[xxviii] Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica Caritas in veritate, salvaguarde una auténtica «ecología humana» y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza.[xxix] Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.
13.  Tampoco se ha de olvidar el hecho, sumamente elocuente, de que muchos encuentran tranquilidad y paz, se sienten renovados y fortalecidos, al estar en contacto con la belleza y la armonía de la naturaleza. Así, pues, hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma. El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la «dignidad» de todos los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la «gramática» que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar. En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana.[xxx]
14.  Si quieres promover la paz, protege la creación. La búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación. Los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios «todos los seres: los del cielo y los de la tierra» (Col 1,20). Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su Espíritu santificador, que guía el camino de la historia, en espera del día en que, con la vuelta gloriosa del Señor, serán inaugurados «un cielo nuevo y una tierra nueva» (2 P 3,13), en los que habitarán por siempre la justicia y la paz. Por tanto, proteger el entorno natural para construir un mundo de paz es un deber de cada persona. He aquí un desafío urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño; he aquí una oportunidad providencial para legar a las nuevas generaciones la perspectiva de un futuro mejor para todos. Que los responsables de las naciones sean conscientes de ello, así como los que, en todos los ámbitos, se interesan por el destino de la humanidad: la salvaguardia de la creación y la consecución de la paz son realidades íntimamente relacionadas entre sí. Por eso, invito a todos los creyentes a elevar una ferviente oración a Dios, Creador todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres promover la paz, protege la creación.
Vaticano, 8 de diciembre de 2009

BENEDICTUS PP XVI
[i] Catecismo de la Iglesia Católica , 198.
[ii] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 7.
[iii] Cf. n. 48.
[iv] Dante Alighieri, Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 145.
[v] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 1.
[vi] Carta ap. Octogesima adveniens, 21.
[vii] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 10.
[viii] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 32.
[ix] Catecismo de la Iglesia Católica , 295.
[x] Heráclito de Éfeso ( 535 a .C. ca. – 475 a .C. ca.), Fragmento 22B124, en H. Diels-W. Kranz, Die Fragmente der Vorsokratiker, Weidmann, Berlín 19526.
[xi] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 48.
[xii] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 37.
[xiii] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 50.
[xiv] Const. past. Gaudium et spes, 69.
[xv] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 34.
[xvi] Carta enc. Caritas in veritate, 37.
[xvii] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, 467; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 17.
[xviii] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 30-31.43.
[xix] Carta enc. Caritas in veritate, 49.
[xx] Ibíd.
[xxi] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 49, 5.
[xxii] Cf. n. 9.
[xxiii] Cf. n. 8.
[xxiv] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 43.
[xxv] Carta enc. Caritas in veritate, 69.
[xxvi] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 36.
[xxvii] Carta enc. Caritas in veritate, 51.
[xxviii] Cf. ibíd., 15.51.
[xxix] Cf. ibíd., 28.51.61; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 38.39.
[xxx] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 70.