22 febrero 2010

Respeto a la persona, también en los aeropuertos


Audiencia del Papa a los miembros de la Aviación Civil italiana el 20



Queridos hermanos y hermanas,
estoy contento de acogeros y de dirigiros mi bienvenida cordial a todos vosotros, que representáis al variado mundo de la aviación civil italiana. Saludo con deferencia a las autoridades civiles y militares, con un pensamiento especial para el señor Ministro de Infraestructuras y Transportes, el senador Altero Matteoli, y al profesor Vito Riggio, presidente del ENAC (Ente Nazionale per l’Aviazione Civile), a quien agradezco por las corteses palabras que me ha dirigido. Saludo al doctor Gianni Letta, Subsecretario de la Presidencia del Consejo de Ministros, que ha querido presenciar este importante encuentro. Dirijo finalmente mi pensamiento a los dirigentes y a todos los operadores del ENAC, del ENAV (Società Nazionale per l’Assistenza al Volo) y de las demás realidades que componen el sistema de la aviación civil.
Durante el último siglo, las fronteras de la movilidad se han ampliado enormemente con el uso cada vez más frecuente del avión. Los cielos representan hoy de manera creciente las que podríamos llamar las “autopistas” de la viabilidad moderna y, en consecuencia, los aeropuertos se han convertido en encrucijadas privilegiadas de la aldea global; en ellos, cada día, como se ha recordado, transitan millones de personas. A vosotros y a la realidad que representáis se confía la gestión y la organización, cada vez más compleja, de este punto de encuentro de la vida contemporánea y de la comunicación entre personas y pueblos. Se trata de un trabajo a menudo discreto y poco conocido, que no siempre viene observado por los usuarios, pero que no escapa a los ojos de Dios, que ve el trabajo del hombre, aunque esté escondido (cfr Mt 6,6).
¡Las tareas a vosotros confiadas son verdaderamente notables! Estáis llamados a regular y controlar el tráfico aéreo y a proveer a la eficiencia del sistema nacional de transportes, en el respeto de los compromisos internacionales del país; a garantizar a los usuarios y a las empresas la seguridad de los vuelos, la tutela de los derechos, la calidad de los servicios en las escalas y la misma competitividad en el respeto del medio ambiente. En tantas múltiples tareas, es importante recordar que, en cada proyecto y actividad, el primer capital que hay que salvaguardar y valorar es la persona, en su integridad (cfr C. enc. Caritas in veritate, n. 25). Ésta, de hecho, debe constituir el fin y no el medio, al que tender incesantemente. San Ambrosio nos recuerda que “el hombre es el culmen y casi el compendio del universo, y la suprema belleza de la creación” (Exameron IX, 75). El respeto de estos principios puede parecer particularmente complejo y difícil en el contexto actual, con motivo de la crisis económica, que provoca efectos problemáticos en el sector de la aviación civil, y por la amenaza del terrorismo internacional, que tiene en el punto de mira también a los aeropuertos y los aviones para llevar a cabo sus propias tramas subversivas. También en esta situación, es oportuno no perder nunca de vista que el respeto de la primacía de la persona y la atención a sus necesidades no solo no hacen menos eficaz el servicio y no penalizan la gestión económica, sino que al contrario, representan importantes garantías de verdadera eficiencia y de auténtica calidad.
El aeropuerto de hoy parece cada vez más un espejo del mundo y un “lugar” de humanidad, donde se encuentran personas de diversas nacionalidades, culturas y religiones. Por las aeroestaciones pasan cada año millones de pasajeros para dirigirse a sus lugares de vacaciones o de trabajo, para ver a sus familiares con los que compartir momentos difíciles y dolorosos. Muchos utilizan el avión para realizar una peregrinación en búsqueda de momentos de espiritualidad y de encuentro con Dios. En estos años, el aeropuerto se ha convertido en un lugar donde emigrantes y prófugos viven situaciones de espera, de esperanza y de temores por su futuro. Además, se revela cada vez más consistente la presencia de niños y ancianos, minusválidos y enfermos, necesitados de cuidados y atenciones especiales. En las últimas décadas, también para el Sucesor de Pedro, el avión se ha convertido en un instrumento insustituible de evangelización. ¿Cómo no recordar aquí el espacio que han tenido los aeropuertos y los aviones en los Viajes apostólicos realizados por mí y por mis venerados Predecesores? ¡No puedo sino agradeceros a todos por este precioso servicio!
La Iglesia, además, reserva para el mundo de la Aviación civil un particular cuidado pastoral. De hecho, como recordaba el Venerable papa Juan Pablo II pensando precisamente en vuestro ambiente tan variado y complejo: “cuánto se desea ... encontrar un rostro amigo, escuchar una palabra serena, recibir un gesto de cortesía y de comprensión concreta" (Homilía en el Aeropuerto de Fiumicinio, 10 de diciembre de 1991). A tales exigencias la Comunidad cristiana responde con el servicio de las Capillas y de los Capellanes de los Aeropuertos, dirigido principalmente al personal de vuelo y de tierra, al de policía, aduanas y seguridad, y al personal médico y paramédico, pero también a todos aquellos que pasan por os aeropuertos. Esta presencia recuerda que cada persona tiene una dimensión trascendente, espiritual, y ayuda a reconocerse como una sola familia, compuesta por sujetos que no están sencillamente uno junto a otro, sino que, poniéndose en relación con los demás y con Dios, llevan a cabo una solidaridad fraterna fundada en la justicia y en la paz (cfr C. enc. Caritas in veritate, nn. 53-54).
Queridos amigos, el 24 de marzo de 1920 mi predecesor Benedicto XV, de venerada memoria, coronando el deseo de algunos pioneros de la aviación, proclamaba a la Beata Virgen de Loreto Patrona de todos los aeronautas, con referencia al arcángel Gabriel, que bajó del cielo para llevar a María el “alegre anuncio” de la “Divina Maternidad” (Lc 1,26-38) y a la devota tradición ligada a la Santa Casa. A la Virgen Lauretana confío vuestro trabajo y cada una de vuestras iniciativas. Que ella os ayude a buscar siempre en cada cosa “el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33). Que os acompañe la Bendición Apostólica, que imparto de corazón a cada uno de vosotros y a vuestros seres queridos.

21 febrero 2010

La Cuaresma, tiempo de “competición” espiritual

Comentario del Papa al Evangelio del primer domingo de este tiempo litúrgico

¡Queridos hermanos y hermanas!

El miércoles pasado, con el rito penitencial de las cenizas, hemos comenzado la Cuaresma, tiempo de renovación espiritual que prepara para la celebración anual de la Pascua. Pero, ¿qué significa entrar en el camino cuaresmal? Nos lo ilustra el Evangelio de este primer domingo, con la narración de las tentaciones de Jesús en el desierto. El evangelista san Lucas cuenta que Jesús, tras haber recibido el bautismo de Juan, "lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días" (Lucas 4,1-2). Es evidente la insistencia en que las tentaciones no fueron un accidente de camino, sino la consecuencia de la opción de Jesús de seguir la misión confiada por el Padre de vivir plenamente su realidad de Hijo amado, que confía plenamente en Él. Jesús vino al mundo para liberarnos del pecado y de la fascinación ambigua de programar nuestra vida prescindiendo de Dios. Él no lo hizo con proclamaciones altisonantes, sino luchando en primera persona contra el Tentador, hasta la Cruz. Este ejemplo es válido para todos: podemos mejorar el mundo comenzando por nosotros mismos, cambiando, con la gracia de Dios, lo que no está bien en nuestra vida.

De las tres tentaciones de Satanás a Jesús, la primera tiene su origen en el hambre, es decir, en la necesidad material: "Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan". Pero Jesús responde con la Sagrada Escritura: "El hombre no vive solamente de pan" (Lucas 4,3-4; cfr Deuteronomio 8,3). Después, el diablo muestra a Jesús todos los reinos de la tierra y dice: todo será tuyo si, postrándote me adoras. Es el engaño del poder, y Jesús desenmascara esta tentación y la rechaza: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto" (Cf. Lucas 4,5-8; Deuteronomio 6,13). No adorar al poder, sino sólo a Dios, a la verdad, al amor. Por último, el Tentador propone a Jesús hacer un milagro espectacular: tirarse desde los altos muros del Templo y dejar que le salven los ángeles para que todos creyeran en Él. Pero Jesús responde que no hay que poner a Dios a prueba (Cf. Deuteronomio 6,16). No podemos "hacer experimentos" con la respuesta y la manifestación de Dios: ¡tenemos que creer en Él! ¡No tenemos que hacer de Dios "materia" de "nuestro experimento"! Haciendo referencia nuevamente a la Sagrada Escritura, Jesús antepone a los criterios humanos el único criterio auténtico: la obediencia, la conformidad con la voluntad de Dios, que es el fundamento de nuestro ser. También se trata de una enseñanza fundamental para nosotros: si llevamos en la mente y en el corazón la Palabra de Dios, si entra en nuestra vida, si tenemos confianza en Dios, podemos rechazar todo tipo de engaños del Tentador. Además, de toda la narración surge claramente la imagen de Cristo como nuevo Adán, Hijo de Dios, humilde y obediente al Padre, a diferencia de Adán y Eva, que en el jardín del Edén cedieron a las seducciones del espíritu del mal para ser inmortales, sin Dios.

La Cuaresma es como un largo "retiro" durante el que debemos volver a entrar en nosotros mismos y escuchar la voz de Dios para vencer las tentaciones del Maligno y encontrar la verdad de nuestro ser. Podríamos decir que es un tiempo de "competición" espiritual que hay que vivir con Jesús, sin orgullo ni autosuficencia, más bien utilizando las armas de la fe, es decir, la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la penitencia. De este modo podremos celebrar verdaderamente la Pascua, dispuestos a renovar las promesas de nuestro Bautismo. Que nos ayude la Virgen María para que, guiados por el Espíritu Santo, vivamos con alegría y con fecundidad este tiempo de gracia. Que interceda en particular por mí y por mis colaboradores de la Curia Romana, que en esta noche comenzaremos los ejercicios espirituales.

20 febrero 2010

Homilía de Mons. Javier Echevarría

En la Catedral de Valencia, el día 5


Queridos hermanos y hermanas.
Tengo muy grabado en la memoria el cariño que San Josemaría profesaba a esta ciudad de Valencia. Lo expresó públicamente en el año 1972, durante su última estancia entre vosotros, cuando decía que miraba a Valencia «con una predilección que no es ofensa para ninguna otra ciudad de España o fuera de España» Ese cariño tenía raíces lejanas. Ya en 1936, San Josemaría había planeado comenzar la labor de la Obra aquí y en París; pero los desastres que todos conocemos, le obligaron a posponer esos planes. Sólo en 1939, una vez finalizada la contienda española, pudo realizar el primero de esos sueños. De este modo Valencia fue la primera población —después de Madrid— que acogió el mensaje espiritual de San Josemaría. Por eso —concluía— «parece que Dios Nuestro Señor quiere que yo ame de una manera particular a Valencia».
Con estos precedentes, podéis comprender qué grande es mi gozo al celebrar el Santo Sacrificio en esta Catedral. Se lo agradezco de todo corazón a vuestro Arzobispo, mi querido hermano don Carlos Osoro, que me ha invitado.
Celebramos, como votiva, la Misa de San Josemaría. Los textos de las lecturas fueron propuestos a la Santa Sede por mi predecesor, el Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo. Los eligió porque en esos pasajes de la Sagrada Escritura, se contienen algunos de los puntos fundamentales del espíritu que, movido por Dios, San Josemaría se lanzó a predicar desde el 2 de octubre de 1928. Estos textos iluminaron la mente de este santo sacerdote, que los llevó repetidamente a su oración para desentrañar el sentido divino que contienen.
2. La primera de las lecturas está tomada del Génesis. Se nos relata cómo nuestros primeros padres creados por Dios con amor y amados cada uno por sí mismo fueron puestos en el paraíso ut operarentur (cfr. Gn 2, 15), para que colaboraran en el desarrollo de la obra creadora.
Escribe el autor sagrado que Yahveh se paseaba por el jardín a la hora de la brisa (Gn 3, 8). Con estas palabras, el Génesis quiere expresar la familiaridad con que Dios seguía los pasos de Adán y Eva, cómo se complacía en ellos y en su trabajo. Antes del pecado original, en efecto, nuestros primeros padres alababan al Señor cumpliendo fielmente el mandato de dominar la tierra (cfr. Gn 1, 26): el trabajo no suponía para ellos cansancio o fatiga, sino sumo gozo, porque «en los planes del Señor —anota San Josemaría—, el hombre habría de trabajar siempre, cooperando así en la inmensa tarea de la creación».
Desgraciadamente, «fue el pecado de Adán el que rompió la divina armonía de lo creado, pero Dios Padre ha enviado a su Hijo unigénito para que restableciera esa paz. Para que nosotros, hechos hijos de adopción, pudiéramos liberar a la creación del desorden, reconciliar todas las cosas con Dios». No lo olvidemos: por eso hemos de saber amar rectamente el mundo, el trabajo, las realidades humanas. Así daremos gloria a Dios y seremos felices. Como predicaba el Fundador del Opus Dei, encontraremos al Señor en la vida de cada día, si le buscamos; si no, no le encontraremos nunca.
San Josemaría enseñó que los cristianos no han de realizar su trabajo con mentalidad de asalariados, sino con espíritu filial, plenamente convencidos de que es un divino encargo recibido de su Padre Dios. Es la enseñanza que subyace en la segunda lectura de la Misa, tomada de la Carta a los Romanos, canto de gozoso agradecimiento por el don de nuestra filiación divina. Los que son guiados por el Espíritu de Dios —exclama el Apóstol—, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de adopción, en el que clamamos: "Abbá, Padre!" (Rm 8, 15).
Esta lectura va precedida por el Salmo 2, el salmo de la realeza de Cristo, en el que Dios Padre proclama el dominio universal de su Hijo encarnado —y de nosotros con Él— sobre la creación entera: pídeme y te daré en herencia las naciones, los confines de la tierra en propiedad (Sal 2, 8).
Nuestro Señor desea que los cristianos, con la gracia del Espíritu Santo, acabemos bien las tareas, con ahínco, para colocar a Cristo en la cima de todas las actividades humanas honradas. Así contribuiremos a restaurar su designio eterno sobre la sociedad, que tantas personas se empeñan hoy día en negar. Pero no hemos de acobardarnos: Jesucristo nos alienta para que nos movamos con una confianza absoluta en su poder y en su gracia, a pesar de los planes vacíos que trazan muchos en la tierra, luchando vanamente contra el Señor y contra su Ungido (Sal 2, 1-2), porque contra El no pueden nada. Recemos llenos de confianza este salmo, como lo recitaban los primeros cristianos; llevémoslo a nuestra oración personal, para llenarnos en todo momento del optimismo sobrenatural que proviene de Dios. Porque Dios —como le gustaba repetir a San Josemaría— no pierde batallas.
3. La Iglesia espera de sus hijos, en la hora actual, un testimonio vibrante y esperanzado de su fe. Pero no imaginemos grandes hazañas, ni pensemos que esa tarea —poner a Cristo en la cumbre de todo lo humano— concierne a un pequeño grupo de personas. ¡Todos hemos de sentirnos comprometidos en la nueva evangelización, en esta misión estupenda de ayudar a descubrir a muchas personas las raíces cristianas de la sociedad en la que vivimos! El Papa Benedicto XVI lo ha puesto de relieve en muchos momentos. «Es indispensable —afirmaba en una ocasión— dar al testimonio cristiano contenidos concretos y practicables, examinando cómo puede llevarse a cabo y desarrollarse en cada uno de los grandes ámbitos en los que se articula la experiencia humana. Esto os ayudará a no perder de vista (...) la relación entre la fe y la vida diaria, entre la propuesta del Evangelio y las preocupaciones y aspiraciones más íntimas de la gente».
San Josemaría llamaba unidad de vida a esa fuerte coherencia entre la fe y las obras, entre la doctrina y el comportamiento concreto de cada jornada, porque es exigencia fundamental de la existencia de la hija y del hijo de Dios. No pensemos, sin embargo, que esta actitud va a cercenar las legítimas aspiraciones de los católicos en cuanto ciudadanos y miembros de la sociedad civil. Como señala el Santo Padre, «los discípulos de Cristo reconocen y acogen de buen grado los auténticos valores de la cultura de nuestro tiempo, como el conocimiento científico y el desarrollo tecnológico, los derechos del hombre, la libertad religiosa y la democracia. Sin embargo, no ignoran y no subestiman la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que es una amenaza para el camino del hombre en todo contexto histórico. En particular —insiste el Romano Pontífice—, no descuidan las tensiones y contradicciones de nuestra época. Por eso, la obra de evangelización nunca consiste sólo en adaptarse a las culturas, sino que siempre es también una purificación, un corte valiente, que se transforma en maduración y saneamiento, una apertura que permite nacer a la "nueva criatura" (2 Cor 5, 17; Gal 6, 15) que es el fruto del Espíritu Santo».
4. Querría decir unas palabras a propósito de la pesca milagrosa. Es uno de los textos evangélicos más comentados por San Josemaría, que veía ahí la urgencia con la que Jesús nos invita al apostolado. Duc in altum!, guiad mar adentro —nos dice ahora Jesús, como antaño a Pedro y a sus compañeros—, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5, 4). Todos hemos de sentir la responsabilidad de tomar parte en la misión evangelizadora de la Iglesia: laicos y sacerdotes, trabajadores manuales e intelectuales, estudiantes, hombres y mujeres, casados y solteros: cada uno en el lugar donde Dios le ha colocado. En la Barca de Pedro, todos tenemos una misión que cumplir. Unos a los remos, otros a las redes, o calafateando el fondo de la embarcación; pero la tarea es común. Cristo es el Patrón de esta nave que está surcando los mares de la historia desde hace veinte siglos y que no se puede hundir, porque navega a impulsos del Espíritu Santo. Quizá sea el momento de preguntarnos, cada uno en la intimidad de su conversación con Dios, si ocupamos responsablemente nuestro puesto en el seno de la Iglesia; si de verdad estamos haciendo todo lo que está a nuestro alcance para colaborar en su rumbo hacia la eternidad.
Antes de concluir, os sugiero un punto de examen que el Papa sometía a la consideración de pastores y fieles de la Diócesis de Roma, hace algún tiempo, y que es perfectamente aplicable a cada lugar y a cada situación. Benedicto XVI recalcaba que se trata de un punto «sumamente importante para la misión de la Iglesia y exige nuestro compromiso y ante todo nuestra oración. Me refiero —continuaba— a las vocaciones a seguir más de cerca al Señor Jesús».
Es un tema de gran actualidad dentro del Año sacerdotal. Todos hemos de rezar al Dueño de la mies que envíe muchos trabajadores a su campo (cfr. Mt 9, 38); pero no sólo sacerdotes —que es importantísimo—, también hombres y mujeres que le sigan con plena disponibilidad para el apostolado, según las circunstancias concretas de cada uno. Y concluía el Santo Padre: «De manera siempre delicada y respetuosa, pero también clara y valiente, debemos dirigir una peculiar invitación al seguimiento de Jesús a los chicos y a las chicas que parecen más atraídos y fascinados por la amistad con Él».
No pensemos que ahora las cosas son más difíciles que en el pasado. Inter medium montium pertransibunt aquae (Sal 103 [104] 10); las aguas de la gracia pasarán por encima de todos los obstáculos si nosotros rezamos, si llevamos una auténtica conducta cristiana, si exponemos la doctrina de la Iglesia sin respetos humanos, si realizamos nuestro trabajo con perfección humana y se lo ofrecemos al Señor.
Et fui tecum in omnibus, ubi cum que ambulasti (2 Sam 7, 9). Son palabras de la Sagrada Escritura que San Josemaría oyó resonar una vez en el fondo de su alma. El Señor le decía que no le abandonaría nunca, que estaría siempre a su lado. Lo mismo nos confía ahora a nosotros. Quiere que nos movamos con esta confianza absoluta, que amemos su Voluntad, que observemos sus mandamientos, que no son un peso —aunque a veces puedan costar—, sino ayuda para vencer nuestras tendencias desordenadas, alas para subir al Cielo.
Quiere igualmente el Señor que descubramos su Providencia en la tribulación, en el sacrificio menudo o grande de cada jornada, porque ese sacrificio es la piedra de toque del verdadero amor.
Quiere, en fin, Nuestro Señor que nos demos cuenta de que la vida ordinaria, lo aparentemente corriente, esconde un “algo divino” —como aseguraba San Josemaría— que hemos de descubrir y aprovechar para nuestra propia santificación y la de los demás.
Quiere que amemos los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía, y que hablemos de estos dones a quienes tratamos.
Y rezad con afecto y perseverancia por la persona e intenciones del Arzobispo de Valencia: que pueda contar a diario con vuestra ayuda. Queredle muy de veras.
Acudamos a la intercesión de Nuestra Señora, Mare de Déu dels Desamparats, para que presente a su Hijo nuestras súplicas. San Josemaría afirmaba que la Virgen, como las madres buenas de la tierra, quieren más a los hijos que más las necesitan. Por eso, no nos preocupe si alguna vez nos sentimos especialmente menesterosos. Entonces nuestra Madre se volcará con cada uno de nosotros. Así sea.

19 febrero 2010

“Más colaboración entre las diócesis de origen y de acogida”


Congreso Mundial de Pastoral para Emigrantes y Refugiados



RECOMENDACIONES
Para promover la pastoral de migrantes y refugiados en la Iglesia Católica
Que se refuercen y desarrollen las estructuras eclesiales mediante una mayor colaboración e interconexión entre los obispos de los países de acogida, de tránsito y de origen, por ejemplo a través de la organización de encuentros inter-diocesanos centrados en la migración. Es importante valorar la significativa contribución y la experiencia que ofrecen los institutos de vida consagrada, las sociedades de vida apostólica, los movimientos eclesiales, los grupos vinculados a la Iglesia, las asociaciones y organismos que operan en este campo, y sacar el máximo de su compromiso.
Que en la formación de sacerdotes, religiosos y religiosas y de los miembros de movimientos eclesiales y asociaciones y grupos laicales se incluyan cursos específicos que ofrezcan un mejor conocimiento y comprensión del macrofenómeno de la migración y de sus implicaciones pastorales. Estos cursos deberían incluir el estudio de la Instrucción Erga migrantes caritas Christi y de la Doctrina Social de la Iglesia. Debe desarrollarse una mejor articulación de la teología de la migración, que ponga de relieve la universalidad de la Iglesia y su condición de peregrina y migrante. También es importante ofrecer una formación específica a los sacerdotes y agentes pastorales que atienden a las necesidades de los migrantes en determinadas circunstancias.
Que se ofrezca una formación adecuada a los agentes de pastoral y a los mediadores culturales, y que se revitalicen las capellanías, de modo que se ofrezca un mejor apoyo a las comunidades de migrantes y se les ayude a preservar su cultura y sus valores religiosos en vista a su integración.
Que se preste especial atención a los migrantes y refugiados pertenecientes a las Iglesias católicas orientales que, teniendo en cuenta los derechos y deberes de la diócesis de llegada, desean y tienen derecho a mantener sus vínculos con la Iglesia de su rito.
Que constantemente se desarrollen estrategias a largo plazo, que vayan más allá de las respuestas inmediatas de acogida y solidaridad, a fin de inserir el valioso potencial de la catolicidad en modelos concretos.
Que se creen las Comisiones Episcopales nacionales para la pastoral de migrantes y refugiados o, al menos, se designe un Obispo Promotor.
B. En relación con los jóvenes migrantes
Que la Iglesia abra sus brazos a todos los migrantes, cualquiera que sea su edad, credo o convicción. Convirtiendo la Iglesia en un punto de encuentro, especialmente para los jóvenes inmigrantes, se puede contrarrestar el efecto negativo de la secularización, contribuyendo así a transformar la migración en una oportunidad para la evangelización, en el pleno respeto de las opciones personales. Esto exige una visión clara, directrices pastorales específicas, dedicación y amor fraternal para llegar a los jóvenes migrantes.
Que la Iglesia cree nuevas estructuras que respondan a las necesidades específicas y tomen en consideración los intereses de los jóvenes migrantes y refugiados, y en particular de los menores no acompañados, quienes merecen una atención especial. Esto se puede hacer, por ejemplo, promoviendo y desarrollando movimientos sociales de inspiración cristiana dedicados a la integración de jóvenes migrantes y favoreciendo acciones pastorales y sociales que incluyan iniciativas educativas.
Se anima a las Iglesias particulares a incorporar en sus programas pastorales la fe y la formación en valores de los niños que tienen al menos uno de sus progenitores extranjero, mientras que se anima a las Iglesias de origen a elaborar programas que respondan a las necesidades de las familias de los migrantes o a los niños que han permanecido en su patria.
C. En relación con la vida comunitaria y con las diversas formas de colaboración
Que las diócesis traten de emprender acciones concretas para reducir la creciente desconfianza mutua entre los migrantes y los refugiados y las comunidades de acogida. De hecho, la Iglesia puede alentar a todos a vivir juntos en paz y desarrollar en el mundo una cultura de la reciprocidad. En este contexto, las asociaciones católicas de migrantes y refugiados no deben centrarse únicamente en lo referente a su identidad y a sus niveles de protección, sino que además deben ser promotoras de la participación activa de los migrantes y refugiados en la vida de la sociedad, junto con los miembros de las comunidades locales.
Que las Iglesias locales promuevan la colaboración entre asociaciones católicas de migrantes y refugiados y los diferentes actores de la sociedad local, tanto religiosos como civiles, para facilitar la integración mediante la creación de espacios de encuentro, campañas de erradicación de la discriminación, de la xenofobia y del racismo, y servicios concretos de integración sociocultural. Las congregaciones religiosas, los movimientos eclesiales y las asociaciones y grupos laicales son excelentes recursos que deben tenerse en cuenta para este propósito.
Se debe desarrollar la colaboración entre la pastoral específica para los migrantes y la atención pastoral de quienes, entre ellos, están privados de libertad (en prisión o en campos de detención). Con este fin no deben descuidarse los contactos, cuando sea oportuno, con las embajadas de los países de origen de los detenidos. Los capellanes de prisión y de campos de detención mantendrán contactos con quienes se dedican a la defensa legal y con los misioneros que han regresado, con el fin de tener una mayor posibilidad de responder a las necesidades espirituales y jurídicas de los detenidos, así como a las peticiones de contacto con la familia. Los capellanes podrían también hacer de puente con las familias que han quedado en su país, a través de los servicios de la Comisión Episcopal para los Emigrantes y Refugiados del país de origen.
D. En relación con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales
Los migrantes católicos y cristianos en general son una fuerza misionera importante para la Iglesia. Por ello, se les insta a permanecer firmes en su fe y a mantenerse vinculados a la Iglesia local, donde quiera que estén, para poder desarrollar eficazmente su rol misionero en los países de acogida. De hecho, la fe cristiana fue "sembrada" en el mundo, y en todos los tiempos, en gran parte a través de migrantes.
Que se promueva una red ecuménica en el ámbito de la migración, lo que puede ser una importante contribución a la paz y a la reconciliación, cuando la diversidad no se considera un motivo de exclusión, sino una oportunidad para el enriquecimiento y el crecimiento. A largo plazo, el ecumenismo puede ser un marco adecuado para la cooperación entre católicos y representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales en los esfuerzos por la defensa de los derechos, que debe mantenerse y fomentarse en todos los países y comunidades.
E. En relación con los gobiernos, la sociedad civil y las autoridades locales
Que la Iglesia desarrolle y aumente su cooperación con los gobiernos, la sociedad civil y las autoridades locales para satisfacer las necesidades de los migrantes y defender su dignidad y sus derechos. La Iglesia local debería trabajar más estrechamente con quienes en los gobiernos locales y nacionales son responsables de las políticas referidas a los migrantes y refugiados, aun sean de diferentes tradiciones cristianas o de otras religiones. Sin embargo, la Iglesia necesita mantener su autonomía en su labor pastoral y ningún acuerdo con las instituciones civiles debe menoscabar las obligaciones que emergen de su misma naturaleza como Iglesia.
Que, al acompañar a migrantes, refugiados, migrantes forzados y desplazados internos, la Iglesia asuma un papel de mediación y de defensa legal entre ellos y las autoridades locales, proporcionándoles también el acceso a los recursos legales, médicos y otros tipos de apoyo, luchando contra la trata y la explotación, protegiendo a los más vulnerables, insistiendo en un enfoque basado en derechos y promoviendo activamente la reunificación familiar. Los obispos también deberían intensificar su compromiso denunciando las violaciones de los derechos humanos de los migrantes y abogando por una actitud positiva hacia los migrantes y refugiados en sus diócesis, así como alentando que edificios en desuso sean puestos a disposición para satisfacer sus necesidades temporales de alojamiento. Gracias a su estructura extremadamente capilar, la Iglesia podría establecer redes de comunicación dirigidas a recopilar información, a encarar el deber de protección y realizar actividades que pueden ser de gran beneficio para las comunidades local y migrante.
Que los esfuerzos de la Iglesia también incluyan un diálogo internacional con el fin de examinar y revisar las políticas de mayor control fronterizo, la detención arbitraria y la ciudadanía. Además, se deben determinar las estrategias y contribuir a una reforma internacional y global de la inmigración, que debería ser aplicada equitativamente. Asimismo debería promover y defender el concepto de un estatus específico del migrante, que implique derechos y obligaciones, ya sean de carácter temporal o destinados a una integración a largo plazo. Por ello, debería hacer mejor uso de sus estructuras internacionales y comisiones que ya interactúan con los órganos intergubernamentales.
Que dirija su atención a una migración de retorno seguro y voluntario, y a que los repatriados se reintegren en sus países de origen, prestando atención a sus competencias adquiridas para que sean reconocidas y no desaprovechadas, para ser fructuosas en los procesos de desarrollo local.
También se ha recordado que en el año 2010 se celebrará el 20 aniversario de la Convención de las Naciones Unidas sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migrantes y de los miembros de sus familias. Podría ser un buen momento para que las Conferencias Episcopales alienten su ratificación por parte de los países que aún no lo han hecho. La situación de los solicitantes de asilo también debe ser una preocupación constante de la Iglesia y de sus organismos.
Que, a nivel mundial, la Iglesia siga promoviendo el concepto de una "autoridad política mundial" que se ocupe de las cuestiones de migración y que, por tanto, contribuya eficazmente a los procesos que en este sentido se están realizando (cf. Caritas in veritate, 67).
F. Para promover la acción de la Iglesia en el campo de la migración
Que se incremente la visibilidad de la acción de la Iglesia relacionada con la migración:
- haciendo un mejor uso de los mass media y de los modernos medios de comunicación;
- contrarrestando la cobertura mediática negativa a través de programas educativos destinados a destacar la contribución positiva de los migrantes a la sociedad, incluyendo la generación de riqueza que producen en cuanto mano de obra cualificada, tanto en el país de acogida como en el país de origen, a su regreso;
- promoviendo la Jornada católica Mundial del Emigrante y Refugiado, como alienta el Santo Padre, haciendo de ella una celebración y un evento global único, manifestando así la preocupación de la Iglesia en favor de los migrantes, los refugiados y los desplazados internos;
- aplicando la Instrucción Erga migrantes caritas Christi a través de:
• la promoción de campañas públicas internacionales para luchar contra la discriminación, la xenofobia y el racismo,
• la realización de encuentros y proyectos interculturales que contrarrestan los temores raciales y culturales, así como las sospechas y las desconfianzas,
• haciendo que los migrantes sean los defensores de su propia identidad cultural y de sus derechos, así como que den muestras concretas de respeto a las leyes, la cultura y la tradición del país de acogida.
“Las relaciones Iglesia-Estado respecto a la JMJ funcionan perfectamente”

El cardenal Rouco presenta Madrid 2011 a la prensa internacional



El cardenal Antonio María Rouco Varela ofreció un desayuno informativo a corresponsales de la prensa internacional para explicar las últimas novedades de la Jornada Mundial de la Juventud y su dimensión mundial.
El purpurado agradeció el clima de colaboración con las administraciones públicas. Además de facilitar espacios ciudadanos e instalaciones públicas, han concedido a la JMJ el carácter de acontecimiento de extraordinario interés público, que concede beneficios fiscales a las empresas que patrocinen la JMJ.
La colaboración del Gobierno español se extiende a la facilitación de los visados: se está trabajando en fórmulas fáciles y responsables para acoger a personas que provengan de países que necesiten este trámite.
Pasos de toda España
Entre los distintos actos previstos para el evento que se celebrará en agosto de 2011 en Madrid, destacó un multitudinario Via Crucis que tendrá lugar en el paseo de la Castellana, el eje de la capital española.
“Será una gran manifestación cultural de la Semana Santa española”, y reunirá pasos de gran valor artístico y religioso procedentes de todo el país, avanzó.
La JMJ empezará con la acogida del Papa y una Misa en la plaza de Cibeles, en el centro de la ciudad, el 16 de agosto.
La vigilia y la Eucaristía conclusiva de la Jornada tendrán lugar el 19 y el 20 de agosto en la base aérea de Cuatro Vientos, lugar donde se celebró un encuentro similar, el 11 de abril de 2003, con Juan Pablo II.
Acogida
El arzobispo de Madrid reiteró que el principal reto será logístico: “Tenemos que estar preparados para acoger a dos millones de jóvenes, darles de comer y proporcionarles un lugar para dormir”, dijo.
Además, se prevé que más de mil obispos y de la mitad de los cardenales de toda la Iglesia asistan al encuentro de jóvenes.
Aún así, el purpurado se mostró confiado en solventar este reto, ya que “en Madrid tenemos una capacidad de respuesta muy grande” y experiencia en otras grandes citas con el Papa.
Numerosas familias madrileñas acogerán en sus hogares a jóvenes y también se habilitarán grandes espacios para hospedar a otros muchos participantes de las JMJ.
“Madrid será una gran fiesta internacional”, declaró el cardenal Rouco, “con una mayoría de europeos pero también con numerosos jóvenes de África, América Latina y Asia”.
La mayor parte de los jóvenes que asisten a una JMJ son católicos pero el evento está abierto a personas de cualquier confesión religiosa y agnósticos.
“A todos ellos se les acogerá con respeto, afecto y fraternidad”, aseguró el cardenal. “La verdad se propone, no se impone”, subrayó el cardenal parafraseando a Juan Pablo II, que pronunció estas palabras ante los jóvenes en Cuatro Vientos durante su última visita a España en 2003.
Huella en los jóvenes
A varias preguntas de los periodistas sobre la situación religiosa de la juventud europea, el cardenal Rouco Varela reconoció que existen problemas.
Sin embargo, afirmó: “Soy muy optimista respecto a la juventud europea, no se puede generalizar con que los jóvenes hayan roto con sus raíces cristianas, y en España y en otros muchos países se observa un renacer de la fe en muchos de ellos”.
También advirtió que las JMJ, iniciadas hace 25 años, marcan un cambio de tendencia en muchos lugares, y dejan huella en la vida de los jóvenes.
En este sentido, declaró: “Es un hecho casi automático que tras cada JMJ aumentan las vocaciones de vida consagrada o sacerdotales”.
“Cuaresma” de Jesús en el desierto


Homilía del Papa en la Misa de la Ceniza



"Tu amas a todas las criaturas, Señor,
y no desprecias nada de cuanto has hecho;
tu olvidas los pecados de cuantos se convierten y los perdonas,
porque tu eres el Señor Dios nuestro” (Antífona de entrada).
Venerados hermanos en el Episcopado, queridos hermanos y hermanas:
Con esta conmovedora invocación, tomada del Libro de la Sabiduría (cfr 11,23-26), la liturgia introduce la celebración eucarística del Miércoles de Ceniza. Son palabras que, de algún modo, abren todo el itinerario cuaresmal, poniendo en su fundamento la omnipotencia del amor de Dios, su absoluto señorío sobre toda criatura, que se traduce en indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida. En efecto, perdonar a alguien equivale a decirle: no quiero que mueras, son que vivas; quiero siempre y solo tu bien.
Esta absoluta certeza sostuvo a Jesús durante los cuarenta días transcurridos en el desierto de Judea, tras el bautismo recibido de Juan en el Jordán. Ese largo tiempo de silencio y de ayuno fue para Él un abandonarse completamente al Padre y a su designio de amor; fue un “bautismo”, es decir, una “inmersión” en su voluntad, y en este sentido, un anticipo de la Pasión y de la Cruz. Adentrarse en el desierto y permanecer mucho tiempo, solo, significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, el tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia entró la muerte en el mundo (cfr Sb 2,24); significaba entablar con él una batalla a campo abierto, desafiarlo sin otras armas que la confianza sin límites en el amor omnipotente del Padre. Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad (cfr Jn 4,34): esta convicción habitaba la mente y el corazón de Jesús durante esa “cuaresma” suya. No fue un acto de orgullo, una empresa titánica, sino una decisión de humildad, coherente con la Encarnación y el bautismo en el Jordán, en la misma línea de obediencia al amor misericordioso del Padre, que "tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito" (Jn 3,16).
Todo esto el Señor Jesús lo hizo por nosotros. Lo hizo para salvarnos, y al mismo tiempo para mostrarnos el camino para seguirle. La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi consentimiento, una acogida demostrada en los hechos, es decir, en la voluntad de vivir como Jesñus, de caminar tras Él. Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es por tanto condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.
En esta perspectiva se comprende también el signo penitencial de las Cenizas, que son impuestas sobre la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: me reconozco por lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero también hecha a imagen de Dios y destinada a Él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. Esto es el pecado, enfermedad mortal entrada bien pronto a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su propia inocencia y ahora puede volver a ser justo solo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que – como escribe san Pablo - “se manifestó por medio de la fe en Cristo” (Rm 3,22). De estas palabras del Apóstol tomé la inspiración para mi Mensaje, dirigido a todos los fieles con ocasión de esta Cuaresma: una reflexión sobre el tema de la justicia a la luz de las Sagradas Escrituras y de su cumplimiento en Cristo.
También en las lecturas bíblicas del Miércoles de Ceniza está bien presente el tema de la justicia. Ante todo, la página del profeta Joel y el Salmo responsorial – el Miserere – forman un díptico penitencial, que pone de manifiesto cómo en el origen de toda injusticia material y social está la que la Biblia llama “iniquidad”, es decir, el pecado, que consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, es decir, una falta de amor. "Pues mi delito yo lo reconozco, / mi pecado sin cesar está ante mí; / contra ti, contra ti solo he pecado, / lo malo a tus ojos cometí” (Sal 50/51,5-6). El primer acto de justicia es por tanto reconocer la propia iniquidad, es reconocer que está arraigada en el “corazón”, en el centro mismo de la persona humana. Los “ayunos”, los “llantos”, los “lamentos” (cfr Jl 2,12) y toda expresión penitencial tienen valor a los ojos de Dios sólo si son el signo de corazones verdaderamente arrepentidos. También el Evangelio, tomado del “sermón de la montaña”, insiste en la exigencia de practicar la propia “justicia” - limosna, oración, ayuno – no ante los hombres sino solo a los ojos de Dios, que “ve en lo secreto” (cfr Mt 6,1-6.16-18). La verdadera "recompensa" no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que deriva de ella, una gracia que da fuerza para cumplir el bien, para amar también a quien no lo merece, de perdonar a quien nos ha ofendido.
La segunda lectura, el llamamiento de Pablo a dejarnos reconciliar con Dios (cfr 2 Cor 5,20), contiene una de las célebres paradojas paulinas, que reconduce toda la reflexión sobre la justicia al misterio de Cristo. Escribe san Pablo: "A quien no conoció pecado – es decir, a su Hijo hecho hombre – le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). En el corazón de Cristo, es decir, en el centro de su Persona divino-humana, se jugó en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó a las consecuencias extremas su propio designio de salvación, permaneciendo fiel a su amor aun a costa de entregar a su Hijo unigénito a la muerte, y a la muerte de cruz. Como he escrito en el Mensaje cuaresmal, "aquí se revela la justicia divina, profundamente diversa de la humana… Gracias a la acción de Cristo, podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cfr Rm 13,8-10)".
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma alarga nuestro horizonte, nos orienta hacia la vida eterna. En esta tierra estamos en peregrinación, “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro”, dice la Carta a los Hebreos (Hb 13,14). La Cuaresma da a entender la relatividad de los bienes de esta tierra y así nos hace capaces de las renuncias necesarias, libres para hacer el bien. Abramos la tierra a la luz del cielo, a la presencia de Dios en medio de nosotros. Amén.

18 febrero 2010

“Sólo descubriéndose hijo, el sacerdote puede ser padre”


Massimo Camisasca


Los datos estadísticos referidos a los últimos treinta años hablan de un aumento del 5% de los sacerdotes diocesanos en el mundo, en comparación con un aumento del 48% de los bautizados.
Ya este breve pista podría explicar el interrogante que aparece en el título de este libro mío y que subyace en todo el texto.
Pero todavía más que el número de sacerdotes, a la Iglesia le importa la verdad de su experiencia.
Por motivos ligados a mi trabajo como superior de una fraternidad de misioneros, viajo por el mundo y tengo contacto con las realidades más diversas.
Y, encontrándome con sacerdotes de distintas latitudes, noto que muchos de ellos hoy viven dificultades no tanto de tipo ideológico sino más bien de orden afectivo.
¿Por que hoy un tipo de vida como la sacerdotal, que ha hecho felices a miles de hombres y ha contribuido enormemente al crecimiento espiritual de la humanidad, atraviesa una crisis cualitativa tan profunda?
Mi libro “Padre” (Editorial San Paolo) nace de esta pregunta. El mío es un intento de replantear la vida del sacerdote desde sus raíces.
La regeneración de la vida sacerdotal es una de las condiciones para que reflorezca el cristianismo en Europa y más en general en nuestro occidente cansado (discurso aparte merecen Asia y África).
He intentado trazar el camino para un renacimiento volviendo a los fundamentos del sacerdocio. Encuentro uno de esos fundamentos en la oración.
Hoy muchísimos sacerdotes se pierden en la acción, en el infinito número de actividades y preocupaciones que los atrapan.
Para que la acción de cada uno de nosotros sea siempre fuente de alimento, ésta tiene que reconducirse continuamente a nuestra relación con Cristo.
Y el lugar de nuestra relación con Cristo es la oración, inseparable del silencio.
El silencio, la oración, la reflexión, el estudio son la respuesta a uno de los males que afligen a la figura del sacerdote: el activismo, que se queda en la superficie de las cosas y toma el tiempo de nuestras energías y nuestros sentimientos.
La acción que se deriva de la caridad nos introduce en cambio en la obra de Dios, que nos precede y nos supera.
Otro pilar de la renovación de la vida sacerdotal es la liturgia. Digo esto siguiendo la enseñanza del Papa, no me rijo por el deseo de acomodarme a una corriente, sino por un profundo convencimiento mío, que nace de la experiencia.
Si el sacerdote no reencuentra el sentido verdadero de la liturgia en su vida, no puede reencontrarse a sí mismo.
Superando el proceso de banalización al que hemos asistido en los últimos treinta años, es necesario volver a aquella fons et origo que el Concilio Vaticano II identifica en la liturgia.
Cuando es fiel a la intención de quien la ha instituido, cuando es vivida en toda su rigurosa totalidad, y está atenta a la tradición de la Iglesia, la liturgia es el lugar de la educación a la comunión.
El protagonista de la liturgia es Cristo. Viviendo la liturgia, podemos entrar en la vida de Dios y sólo así, nosotros los sacerdotes podemos ser compañía eficaz de los hombres.
En tercer lugar, en la vida del sacerdote es central la cuestión afectiva. La soledad es el otro gran mal que aflige hoy a miles de sacerdotes.
Sólo descubriéndose hijo, el sacerdote puede ser padre. El libro habla de la amistad como experiencia positiva en la vida afectiva de la persona.
En la Iglesia todavía hay mucho miedo a la amistad. No se encauzan las patologías, si no se ayuda al desarrollo de una vida sana.
Las amistades morbosas y negativas, que por eso no son propiamente amistades, no deben cerrarnos al valor esencial de esos vínculos de preferencia que abren al amor a los demás y nos ayudan a entender quién es Dios.

17 febrero 2010

Cuaresma, tomarse en serio la conversión

El Papa hoy en la audiencia general

Queridos hermanos y hermanas:

iniciamos hoy, Miércoles de Ceniza, el camino cuaresmal: un camino que se extiende durante cuarenta días y que nos lleva a la alegría de la Pascua del Señor. En este itinerario espiritual no estamos solos, porque la Iglesia nos acompaña y nos sostiene desde el principio con la Palabra de Dios, que encierra un programa de ida espiritual y de compromiso penitencial, y con la gracia de los Sacramentos.

Son las palabras del apóstol Pablo las que nos ofrecen una consigna precisa: “os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: 'En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé'. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación” (2Cor 6,1-2). En verdad, en la visión cristiana de la vida cada momento debe decirse favorable y cada día debe llamarse día de salvación, pero la liturgia de la Iglesia refiere estas palabras de modo muy particular al tiempo de la Cuaresma. Y que los cuarenta días de preparación de la Pascua sean un tiempo favorable y de gracia lo podemos entender precisamente en la llamada que el austero rito de la imposición de las cenizas nos dirige y que se expresa, en la liturgia, con dos fórmulas: “Convertíos y creed en el Evangelio”, y “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”.

La primera llamada es a la conversión, palabra que hay que tomar en su extraordinaria seriedad, descubriendo la sorprendente novedad que encierra. La llamada a la conversión, de hecho, pone al desnudo y denuncia la fácil superficialidad que caracteriza muy a menudo nuestro modo de vivir. Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida: pero no para un pequeño ajuste, sino con una verdadera y total inversión de la marcha. Conversión es ir contracorriente, donde la “corriente” es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio, que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal o en todo caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, se apunta a la medida alta de la vida cristiana, se nos confía al Evangelio vivo y personal, que es Cristo Jesús. Su persona es la meta final y el sentido profundo de la conversión, él es el camino sobre el que estamos llamados a caminar en la vida, dejándonos iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De esta forma la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectificar nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el "sí" total de quien entrega su propia existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que primero se ofreció al hombre como camino, verdad y vida, como aquel que lo libera y lo salva. Precisamente este es el sentido de las primeras palabras con las que, según el evangelista Marcos, Jesús abre la predicación del “Evangelio de Dios”: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15).

El "convertíos y creed en el Evangelio" no está solo en el inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, permanece renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable de gracia, porque cada día nos invita a entregarnos a Jesús, a tener confianza en Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor verdadero, a seguirle en el cumplimiento cotidiano de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, aún cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, aún cuando estamos tentados de abandonar el camino de seguimiento de Cristo y de cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. En el reciente Mensaje para la Cuaresma he querido recordar que “se necesita humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo 'mío', para darme gratuitamente lo 'suyo'. Esto sucede particularmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, podemos entrar en la justicia 'más grande', que es la del amor (cfr Rm 13,8-10), la justicia de quien se siente en todo momento más deudor que acreedor, porque ha recibido más de cuanto podía esperar" (L'Oss. Rom. 5 de febrero de 2010, p. 8).

El momento favorable y de gracia de la Cuaresma nos muestra el propio significado espiritual también a través de la antigua fórmula: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, que el sacerdote pronuncia cuando impone sobre nuestra cabeza un poco de ceniza. Somos así remitidos a los inicios de la historia humana, cuando el Señor dijo a Adán tras la culpa de los orígenes: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás" (Gen 3,19). Aquí, la palabra de Dios nos recuerda nuestra fragilidad, incluso nuestra muerte, que es su forma extrema. Frente al innato miedo del fin, y aún más en el contexto de una cultura que de tantas formas tiende a censurar la realidad y la experiencia humana del morir, la liturgia cuaresmal, por un lado, nos recuerda la muerte invitándonos al realismo y a la sabiduría, pero, por otro lado, nos empuja sobre todo a coger y a vivir la novedad inesperada de que la fe cristiana libera de la realidad de la misma muerte.

El hombre es polvo y al polvo volverá, pero es polvo precioso a los ojos de Dios, porque Dios ha creado al hombre destinándolo a la inmortalidad. Así la fórmula litúrgica “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” encuentra la plenitud de su significado en referencia al nuevo Adán, Cristo. También el Señor Jesús quiso libremente compartir con cada hombre la suerte de a fragilidad, en particular a través de su muerte en cruz; pero precisamente esta muerte, llena de su amor por el Padre y por la humanidad, ha sido el camino para la resurrección gloriosa, a través de la cual Cristo se ha convertido en fuente de una gracia dada a cuantos creen en Él y son hechos partícipes de la misma vida divina. Esta vida que no tendrá fin está ya presente en la fase terrena de nuestra existencia, pero será llevada a cumplimiento tras la “resurrección de la carne” El pequeño gesto de la imposición de las cenizas nos revela la singular riqueza de su significado: es una invitación a recorrer el tiempo de Cuaresma como una inmersión más consciente y más intensa en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y su resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad, que de la Eucaristía nace y en la que encuentra su cumplimiento. Con la imposición de las cenizas renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, ara hacer morir nuestro “hombre viejo” ligado al pecado y hacer nacer al “hombre nuevo” transformado por la gracia de Dios.

¡Queridos amigos! Mientras nos apresuramos a emprender el austero camino cuaresmal, queremos invocar con particular confianza la protección y el auxilio de la Virgen María. Que sea Ella, la primera creyente en Cristo, quien nos acompañe en estos cuarenta días de intensa oración y de sincera penitencia, para llegar a celebrar, purificados y completamente renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo.

¡Buena Cuaresma a todos!