27 enero 2011

JUANA DE ARCO Y EL “DULCE NOMBRE” DE JESÚS


El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quisiera hablaros de Juan de Arco, una joven santa de finales de la Edad Media, muerta a los 19 años, en 1431. Esta santa francesa, citada muchas veces en el Catecismo de la Iglesia Católica, es particularmente cercana a santa Catalina de Siena, patrona de Italia y de Europa, de la que hablé en una reciente catequesis. Son de hecho dos jóvenes mujeres del pueblo, laicas y consagradas en la virginidad, dos místicas comprometidas, no en el claustro, sino en medio de las realidades más dramáticas de la Iglesia y del mundo de su tiempo. Son quizás las figuras más características de esas “mujeres fuertes” que, a finales de la Edad Media, llevaron sin miedo la gran luz del Evangelio en las complejas vicisitudes de la historia. Podríamos colocarla junto a las santas mujeres que permanecieron en el Calvario, cerca de Jesús crucificado y de María, su Madre, mientras que los Apóstoles habían huído y el propio Pedro había renegado tres veces de él. La Iglesia, en ese periodo, vivía la profunda crisis del gran cisma de Occidente, que duró casi 40 años. Cuando Catalina de Siena murió, en 1380, hay un Papa y un Antipapa; cuando Juana nace, en 1412, hay un Papa y dos Antipapas. Junto a esta laceración dentro de la Iglesia, había continuas guerras fratricidas entre los pueblos cristianos de Europa, la más dramática de las cuales fue la interminable “Guerra de los cien años” entre Francia e Inglaterra.
Juana de Arco no sabía ni leer ni escribir, pero puede ser conocida en lo más profundo de su alma gracias a dos fuentes de excepcional valor histórico: los dos Procesos que se le hicieron. El primero, el Proceso de Condena (PCon), contiene la transcripción de los largos y numerosos interrogatorios de Juana durante los últimos meses de su vida (febrero-mayo de 1431), y recoge las propias palabras de la Santa. El segundo, el Proceso de Nulidad de la Condena, o de "rehabilitación" (PNul), contiene los testimonios de cerca de 120 testigos oculares de todos los periodos de su vida (cfr Procès de Condamnation de Jeanne d'Arc, 3 vol. y Procès en Nullité de la Condamnation de Jeanne d'Arc, 5 vol., ed. Klincksieck, París l960-1989).
Juana nació en Domremy, un pequeño pueblo situado en la frontera entre Francia y Lorena. Sus padres eran campesinos acomodados, conocidos por todos como muy buenos cristianos. De ellos recibió una buena educación religiosa, con una notable influencia de la espiritualidad del Nombre de Jesús, enseñada por san Bernardino de Siena y difundida en Europa por los franciscanos. Al Nombre de Jesús se une siempre el Nombre de María y así, en el marco de la religiosidad popular, la espiritualidad de Juana es profundamente cristocéntrica y mariana. Desde la infancia, ella demuestra una gran caridad y compasión hacia los más pobres, los enfermos y todos los que sufren, en el contexto dramático de la guerra.
De sus propias palabras, sabemos que la vida religiosa de Juana madura como experiencia a partir de la edad de 13 años (PCon, I, p. 47-48). A través de la “voz” del arcángel san Miguel, Juana se siente llamada por el Señor a intensificar su vida cristiana y también a comprometerse en primera persona por la liberación de su pueblo. Su inmediata respuesta, su “sí”, es el voto de virginidad, con un nuevo empeño en la vida sacramental y en la oración: participación diaria en la Misa, Confesión y Comunión frecuentes, largos momentos de oración silenciosa ante el Crucificado o ante la imagen de la Virgen. La compasión y el compromiso de la joven campesina francesa ante el sufrimiento de su pueblo se hicieron más intensos por su relación mística con Dios. Uno de los aspectos más originales de la santidad de esta joven es precisamente este vínculo entre experiencia mística y misión política. Tras los años de vida oculta y de maduración interior sigue el bienio breve, pero intenso, de su vida pública: un año de acción y un año de pasión.
Al inicio del año 1429, Juana comienza su obra de liberación. Los numerosos testimonios nos muestran a esta joven mujer con sólo 17 años como una persona muy fuerte y decidida, capaz de convencer a hombres inseguros y desanimados. Superando todos los obstáculos, encuentra al Delfín de Francia, el futuro Rey Carlos VII, que en Poitiers la somete a un examen por parte de algunos teólogos de la Universidad. Su juicio es positivo: no ven en ella nada de malo, sólo una buena cristiana.
El 22 de marzo de 1429, Juana dicta una importante carta al Rey de Inglaterra y a sus hombres que asedian la ciudad de Orléans (Ibid., p. 221-222). La suya es una propuesta de verdadera paz en la justicia entre los dos pueblos cristianos, a la luz de los nombres de Jesús y de María, pero es rechazada esta propuesta, y Juana debe empeñarse en la lucha por la liberación de la ciudad, que tiene lugar el 8 de mayo. El otro momento culminante de su acción política es la coronación del Rey Carlos VII en Reims, el 17 de julio de 1429. Durante un año entero, Juana vive con los soldados, realizando entre ellos una verdadera misión de evangelización. Son numerosos sus testimonios sobre su bondad, su valor y su extraordinaria pureza. Es llamada por todos y ella misma se define “la doncella”, es decir, la virgen.
La pasión de Juana comienza el 23 de mayo de 1430, cuando cae prisionera en las manos de sus enemigos. El 23 de diciembre es conducida a la ciudad de Ruán. Allí se lleva a cabo el largo y dramático Proceso de Condena, que comienza en febrero de 1431 y acaba el 30 de mayo con la hoguera. Es un proceso grande y solemne, presidido por dos jueces eclesiásticos, el obispo Pierre Cauchon y el inquisidor Jean le Maistre, pero en realidad enteramente conducido por un nutrido grupo de teólogos de la célebre Universidad de París, que participan en el proceso como asesores. Son eclesiásticos franceses, que habiendo tomado la decisión política opuesta a la de Juana, tienen a priori un juicio negativo sobre su persona y sobre su misión. Este proceso es una página conmovedora de la historia de la santidad y también una página iluminadora sobre el misterio de la Iglesia, que, según las palabras del Concilio Vaticano II, es “al mismo tiempo santa y siempre necesitada de purificación” (LG, 8). Es el encuentro dramático entre esta Santa y sus jueces, que son eclesiásticos. Juana es acusada y juzgada por estos, hasta ser condenada como hereje y mandada a la muerte terrible de la hoguera. A diferencia de los santos teólogos que habían iluminado la Universidad de París, como san Buenaventura, santo Tomás de Aquino y el beato Duns Scoto, de quienes he hablado en algunas catequesis, estos jueces son teólogos a los que faltan la caridad y la humildad de ver en esta joven la acción de Dios. Vienen a la mente las palabras de Jesús según las cuales los misterios de Dios se revelan a quien tiene el corazón de los pequeños, mientras que permanecen escondidos a los doctos y sabios que no tienen humildad (cfr Lc 10,21).  Así, los jueces de Juana son radicalmente incapaces de comprenderla, de ver la belleza de su alma: no sabían que condenaban a una Santa. 
La apelación de Juana a la decisión del Papa, el 24 de mayo, fue rechazada por el tribunal. La mañana del 30 de mayo recibe por última vez la santa comunión en la cárcel, y justo después fue llevada al suplicio en la plaza del mercado viejo. Pidió a uno de los sacerdotes que le pusiera delante de la hoguera una cruz de la procesión. Así muere mirando a Jesús Crucificado y pronunciando muchas veces y en voz alta el Nombre de Jesús (PNul, I, p. 457; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 435). Casi 25 años más tarde, el Processo di Nullità, abierto bajo la autoridad del Papa Calixto III, concluye con una solemne sentencia que declara nula la condena (7 de julio de 1456; PNul, II, p 604-610). Este largo proceso, que recoge la declaración de testigos y juicios de muchos teólogos, todos favorables a Juana, pone de relieve su inocencia y su perfecta fidelidad a la Iglesia. Juana de Arco fue canonizada en 1920 por Benedicto XV.
Queridos hermanos y hermanas, el Nombre de Jesús, invocado por nuestra santa hasta los últimos instantes de su vida terrena, fue como la respiración de su alma, como el latido de su corazón, el centro de toda su vida. El “Misterio de la caridad de Juana de Arco”, que tanto fascinó al poeta Charles Péguy, es este total amor a Jesús, y al prójimo en Jesús y por Jesús. Esta santa comprendió que el Amor abraza toda la realidad de Dios y del hombre, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo. Jesús siempre estuvo en primer lugar durante toda su vida, según su bella afirmación: “Nuestro Señor es servido el primero”(PCon, I, p. 288; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 223).
Amarlo significa obedecer siempre a su voluntad. Ella afirmó con total confianza y abandono: “Me confío a mi Dios Creador, lo amo con todo mi corazón” (ibid., p. 337). Con el voto de virginidad, Juana consagra de forma exclusiva toda su persona al único Amor de Jesús: es “su promesa hecha a nuestro Señor de custodiar bien su virginidad de cuerpo y de alma” (ibid., p. 149-150). La virginidad del alma es el estado de gracia, valor supremo, para ella más precioso que la vida: es un don de Dios que ha recibido y custodiado con humildad y confianza. Uno de los textos más conocidos del primer Proceso tiene que ver con esto: “Interrogada sobre si creía estar en la gracia de Dios, responde: Si no lo estoy, quiera Dios ponerme; si estoy, quiera Dios mantenerme en ella” (ibid., p. 62; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 2005).
Nuestra santa vivió la oración como una forma de diálogo continuo con el Señor, que ilumina también su diálogo con los jueces y dándole paz y seguridad. Ella pidió con fe: “Dulcísimo Dios, en honor a vuestra santa Pasión, os pido, si me amáis, de de revelarme como debo responder a estos hombres de la Iglesia”(ibid., p. 252). Juana ve a Jesús como el “Rey del Cielo y de la Tierra”. De esta manera, en su estandarte Juana hizo pintar la imagen de “Nuestro Señor que sostiene el mundo” (ibid., p. 172), icono de su misión política. La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana, que Juana cumple en la caridad, por amor a Jesús. El suyo es un bello ejemplo de santidad para los laicos que trabajan en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles. La fe es la luz que guía ante cada elección, como testificará un siglo más tarde, otro gran santo, el inglés Tomás Moro. En Jesús, Juana contempla también la realidad de la Iglesia, la “Iglesia triunfante” del Cielo, y la “Iglesia militante” de la tierra. Según sus palabras “es un todo Nuestro Señor y la Iglesia” (ibid., p. 166). Esta afirmación citada en elCatecismo de la Iglesia Católica (n. 795), tiene un carácter verdaderamente heroico en el contexto del Proceso de Condena, frente a sus jueces, hombres de la Iglesia, que la persiguieron y la condenaron. En el amor de Jesús, Juana encontró la fuerza para amar a la Iglesia hasta el fin, incluso en el momento de la condena.
Me complace recordar como santa Juana de Arco tuvo una profunda influencia sobre una joven santa de la época moderna: Teresa del Niño Jesús. En una vida completamente distinta, transcurrida en la clausura, la carmelitana de Lisieux se sintió muy cercana a Juana, viviendo en el corazón de la Iglesia y participando en los sufrimientos de Jesús para la salvación del mundo. La Iglesia las ha reunido como Patronas de Francia, después de la Virgen María. Santa Teresa expresó su deseo de morir como Juana, pronunciando el Nombre de Jesús (Manoscritto B, 3r), la animaba el mismo amor hacia Jesús y hacia el prójimo, vivido en la virginidad consagrada.
Queridos hermanos y hermanas, con su testimonio luminoso, santa Juana de Arco nos invita a un alto nivel de la vida cristiana: hacer de la oración el hilo conductor de nuestros días; tener plena confianza en el cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que esta sea; vivir en la caridad sin favoritismos, sin límites y teniendo, como ella, en el Amor de Jesús, un profundo amor a la Iglesia. Gracias.

PRESENTACIÓN DEL MENSAJE PARA LA JORNADA DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES


Por monseñor Claudio Maria Celli


1. Este mensaje está en la línea de profundización de los Mensajes de los últimos años
-2007- Los niños y los medios de comunicación: un reto para la educación.
-2008- Los medios de comunicación social, dilema entre protagonismo y servicio. Buscar la Verdad para compartirla.
-2009- Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo, de amistad.
En el 2010, en sintonía con los trabajos del Sínodo de los Obispos, el mensaje (El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra) está estrechamente vinculado con el anuncio de la Palabra y la consiguiente reflexión sobre la exigencia de una verdadera pastoral en el mundo digital.
2. El mensaje de este año comienza con la constatación de un hecho cada vez más evidente: esta sucediendo una verdadera y amplia transformación cultural porque las nuevas tecnologías no sólo están cambiando el modo de comunicarse sino que están transformando la comunicación en sí misma.
Está naciendo “un nuevo modo de aprender y pensar, con oportunidades inéditas de establecer relaciones y de construir comunión”.
3. Viene destacada nuevamente la positividad de cuanto está sucediendo en el ámbito de la comunicación.
El Papa habla de “estupor” frente a la “extraordinaria potencialidad” de la red Internet subrayando que usándola sabiamente puede “contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de una unidad en la que permanece la aspiración más profunda del ser humano”.
4. Analizando el problema surgido de las redes sociales se recuerda que favorecen el nacimiento de nuevas relaciones interpersonales: situaciones que destacan la cuestión de la corrección en la propia actuación además de la autenticidad del propio ser.
5. Las nuevas tecnologías ofrecen a los hombres grandes posibilidades de encuentro, superando los límites del espacio y de la cultura de pertenencia, y crean la posibilidad de dar lugar a nuevas amistades no obstante los riesgos inevitables.
6. Las nuevas posibilidades de relaciones ofrecidas por las tecnologías modernas resaltan como es posible hoy, no sólo un intercambio de información ,sino que permiten la puesta en común de la visión del mundo, de las esperanzas y de los ideales.
Por este motivo incluso el Papa habla de “un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital”, estilo que conduce concretamente a “una forma de comunicación honesta y abierta, responsable y respetuosa con el otro”.
Por tanto el Mensaje subraya con claridad, que en este contexto, comunicar el Evangelio no es sólo insertar documentos declaradamente religiosos en las distintas plataformas, también es“testimoniar con coherencia en el propio perfil digital y en el modo de comunicar, elecciones, preferencias, juicios que sean profundamente coherentes con el Evangelio, aún cuando no se habla explícitamente de ello”.
También en el mundo digital “no se puede anunciar un mensaje sin un testimonio coherente de parte de quien anuncia”.
7. “La verdad que buscamos compartir no basa su valor en su 'popularidad' o en las cantidad de atenciones que recibe”. De hecho “la Verdad del Evangelio no es cualquier cosa que pueda ser objeto de consumo, o de uso superficial, sino que es un don que pide una respuesta libre”.
8. El Papa invita a los cristianos “a unirse con confianza y con una creatividad consciente y responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible” porque “esta red es parte integrante de la vida humana”. De hecho “la web está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de conocimiento compartido”.
9. En este contexto “la proclamación del Evangelio requiere una forma respetuosa y discreta de comunicación, que estimula el corazón y mueve las conciencias; una forma que recuerda al estilo de Jesús resucitado cuando acompaña a los discípulos de Emmaus por el camino”.
10. “La verdad que es Cristo es la respuesta plena y auténtica a aquel deseo humano de relación, de comunión y de sentido que emerge también en la participación masiva a las diversas redes sociales”. Por este motivo los creyentes, con su testimonio pueden ofrecer una contribución preciosa “de manera que la web no se convierta en un instrumento que reduce a las personas a categorías” fácilmente manipulables.
De este modo, los creyentes “animan a todos a mantener vivas las eternas preguntas del hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia de formas de vida auténticas, dignas de ser vividas”.
11. En el mensaje hay “una renovada valorización de la comunicación, considerada antes que nada como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas”
Esta visión que siembra esperanzas y señala el camino a seguir es muy importante.
12. El papa vincula tres aspectos humanos importantes en la vida actual: la comunicación digital, la propia imagen y la coherencia de vida. Las dinámicas comunicativas en el mundo digital suscitan nuevos modos de construir la propia identidad, y es aquí donde aparece la llamada del Papa a la coherencia, a la autenticidad. El invita a superar “la parcialidad de la interacción, el riesgo a caer en una especie de construcción de la propia imagen que pueda inducir a la autocomplacencia”.
13. El Papa destaca nuestra profunda responsabilidad personal, sea en la construcción de nuestro “yo”, sea respecto a los demás:
“La creciente participación en el espacio público digital, conduce a establecer nuevas formas de relaciones interpersonales, influye en la percepción de uno mismo, y suscita inevitablemente la cuestión no sólo de la corrección en la propia actuación sino también de la autenticidad del propio ser”.
14. “Una persona está siempre involucrada en lo que comunica. Cuando las personas se intercambian información, se comparten a sí mismas, sus visiones del mundo, sus esperanzas y sus ideales. De lo que se deduce que existe también un modo cristiano de presencia en el mundo digital: lo que se concreta en una forma de comunicación honesta y abierta, responsable y respetuosa con el otro”.
15. En el mensaje se habla de un “estilo cristiano” de presencia, es lo que da sentido al mismo título del mensaje, en el sentido en que el testimonio de los católicos no puede terminar en el simple tratamiento de temas religiosos, sino que está llamada a manifestarse en el plano del testimonio concreto y personal. La coherencia de vida con el Evangelio es en sí misma una forma de anuncio; una comunicación explícita que lo vuelve creíble . Más que nunca, la exigencia de hacer conocer el Evangelio íntegramente debe manifestarse como un “signo” distintivo de la era digital.

26 enero 2011

El testimonio común de los cristianos


Ramiro Pellitero

Entre las intenciones de Benedicto XVI en relación con la unidad de los cristianos, está el testimonio común de los cristianos acerca de la paternidad divina (cf. Intenciones para el apostolado de la oración, mes de Enero 2011). Es decir, que todos juntos manifestemos, sobre todo con nuestra conducta, que Dios es nuestro padre.

1La Semana de oración por la Unidad de los Cristianos brinda la oportunidad de plantearse algunas cuestiones particularmente actuales: ¿Qué es el ecumenismo? ¿Por qué es importante el “testimonio común” de los cristianos? ¿Qué posibilidades existen en la “colaboración ecuménica”?

1. El “ecumenismo” (la tarea a favor de la unidad de los cristianos), se lleva a cabo de diversas formas:teológico o doctrinal (“diálogo ecuménico”), entre especialistas; institucional, entre las autoridades de la Iglesia Católica y de las distintas confesiones cristianas; espiritual, a partir de la oración de los cristianos; pastoral o práctico, con la colaboración de los cristianos entre sí en los ámbitos de la caridad, el bien común, la ayuda social y cultural, etc.
Los dos últimos niveles corresponden a todos los cristianos. Y es importante que cada uno se proponga colaborar, aunque piense que su aportación es solo un granito de arena. Esto pide de cada cristiano una continua y efectiva renovación espiritual, enraizada en la oración y manifestada en la conducta. Requiere subrayar los valores éticos y ejercitar las virtudes: la comprensión, la paciencia y sobre todo la caridad con los demás cristianos, en los juicios, palabras y comportamientos; junto con la humildad para reconocer las faltas propias contra la unidad y la disposición al perdón recíproco. Todo ello debe estar presidido por la verdad.
Por otra parte, cada año se propone un tema que centra la oración y la colaboración ecuménica. El de este año –sobre la base de la propuesta de un grupo ecuménico de Jerusalén– es: “Unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración” (cf. Hch 2, 42).
Recordando estas características de la primitiva Iglesia de Jerusalén, hoy día los cristianos de esa ciudad luchan, en medio de las dificultades, por alcanzar la unidad más allá de las palabras, primero entre ellos y después con otros (en Jerusalén, entre palestinos e israelíes; en otras comunidades, la justicia y la reconciliación en diversos contextos).

2. Entre las intenciones de Benedicto XVI en relación con la unidad de los cristianos, está el testimonio común de los cristianos acerca de la paternidad divina (cf. Intenciones para el apostolado de la oración, mes de Enero 2011).  Es decir, que todos juntos manifestemos, sobre todo con nuestra conducta, que Dios es nuestro padre. La paternidad amorosa de Dios es la gran novedad que Jesucristo trajo a los hombres y transmitirlo a los que nos rodean, el don más grande que podemos hacerles. Por ello es muy importante que nos esforcemos con obras en darlo. Y el más creíble testimonio de la paternidad es el esfuerzo por vivir la fraternidad, primero entre los cristianos, y después entre todas las personas.
En la práctica, esto pide: evitar las críticas y polémicas internas dentro de la propia confesión (¡en el caso de los católicos, entre nosotros mismos!); rechazar las polarizaciones ideológicas y las recriminaciones respecto de otras comunidades cristianas o eclesiales; omitir las expresiones y los gestos que puedan herir los sentimientos de otros cristianos; fomentar la comunicación, las informaciones y el contacto con ellos; cultivar las buenas relaciones en las familias, vecindarios y ambientes de trabajo, entre los cristianos y entre todos.
Los jóvenes pueden encontrarse con otros cristianos para profundizar en su fe, trabajar por la reconciliación –sobre todo en algunas regiones más proclives a los conflictos entre cristianos–, comprometerse en actividades de oración, estudio y colaboración sobre temas sociales y culturales.

3. En cuanto a la “colaboración ecuménica”, un cristiano no puede quedarse indiferente ante las necesidades materiales o espirituales de los demás. Hoy su  contribución a la salvación puede ser más eficaz si la hace junto con otros cristianos, porque esa unidad es un testimonio de fe. Con otras palabras: las separaciones actuales entre los cristianos son, ciertamente, un límite y un obstáculo a la evangelización; pero la colaboración conjunta a favor de otros puede ser, también para los cristianos mismos, un don que les ayude a redescubrir lo que les une y vencer los obstáculos a la unidad, en orden a la misión que todos los cristianos han recibido de Dios.
Los ámbitos posibles de la colaboración ecuménica son muchos y variados. Los católicos contamos con las orientaciones de la Iglesia para el ejercicio del ecumenismo (cf. Directorio para el ecumenismo, 25-III-1993).
a) En el ámbito bíblico y litúrgico, mediante la oración y la celebración conjunta de la fe, en los modos convenientes, pues “cuando los cristianos rezan juntos, con una sola voz, su testimonio común alcanza los cielos, pero también se escucha en la tierra” (Directorio, n. 187).
b) En el ámbito catequético y formativo, subrayando la verdad que nos une y explicando las diferencias de las confesiones cristianas (y, más allá, con otras religiones), pero no con espíritu agresivo sectario, sino con amor y respeto.
c) En el ámbito misionero e interreligioso, mostrando que somos capaces de superar las divisiones humanas, también en materias tan delicadas como las religiones. Como consecuencia, aumenta la credibilidad del Evangelio. Junto con los judíos, los cristianos hemos de luchar contra el antisemitismo, el fanatismo religioso y el sectarismo (cf. Directorio, n. 210).
d) En el ámbito social, cultural y ético, mediante la promoción de los valores cristianos y humanos fundamentales (la dignidad de la persona humana y la cultura de la vida, la libertad religiosa y los demás derechos humanos, la paz y la justicia); luchando contra el hambre, la ignorancia o la pobreza, y con la atención particular a los más débiles (como los inmigrantes y los refugiados) sin dejarse llevar por intereses puramente ideológicos o políticos; fomentando el cuidado de la tierra; promoviendo la educación para el uso crítico de los medios de comunicación.
e) Por último cabe la colaboración y la coordinación ecuménica en algunas situaciones especiales, como los hospitales, las prisiones y el ejército, las universidades, los grandes complejos industriales y el ámbito, ya citado, de las comunicaciones sociales.
Todo ello puede llevarse a cabo mientras se proporciona una formación ecuménica adecuada a las diversas circunstancias de las personas, y de acuerdo con las autoridades religiosas correspondientes.
Por lo que afecta a los educadores cristianos, “como evangelizadores –señaló Pablo VI– debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por litigios nada edificantes, sino la de personas maduras en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente unida al testimonio de unidad dado por la Iglesia. Es ésta una fuente de responsabilidad, pero también de consuelo”(Evangelii nuntiandi, n. 77).

Celebración conclusiva de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

HOMILÍA DEL PAPA AYER EN SAN PABLO DE EXTRAMUROS



Queridos hermanos y hermanas:
Siguiendo el ejemplo de Jesús, que en la vigilia de su pasión oró al Padre por sus discípulos “para que todos sean una sola cosa” (Jn 17,21), los cristianos siguen invocando incesantemente de Dios el don de la unidad. Esta petición se hace más intensa durante la Semana de Oración que hoy concluye, cuando las Iglesias y comunidades eclesiales meditan y rezan juntos por la unidad de todos los cristianos.
Este año el tema ofrecido a nuestra meditación ha sido propuesto por las comunidades cristianas de Jerusalén, a las que quisiera expresar mi vivo agradecimiento, acompañado por la seguridad del afecto y de la oración tanto por mi parte como de la de toda la Iglesia. Los cristianos de la Ciudad Santa nos invitan a renovar y reforzar nuestro compromiso por el restablecimiento de la unidad plena meditando sobre el modelo de vida de los primeros discípulos de Cristo reunidos en Jerusalén: éstos – leemos en los Hechos de los Apóstoles (y lo hemos escuchado ahora) “se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Éste es el retrato de la primera comunidad, nacida en Jerusalén el mismo día de Pentecostés, suscitada por la predicación que el Apóstol Pedro, lleno del Espíritu Santo, dirige a todos aquellos que habían llegado a la Ciudad Santa para la fiesta. Una comunidad no cerrada en sí misma, sino, desde su nacimiento, católica, universal, capaz de abrazar lenguas y culturas distintas, como el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos atestigua. Una comunidad no fundada sobre un pacto entre sus miembros, ni de la simple participación en un proyecto o un ideal, sino de la comunión profunda con Dios, que se ha revelado en su Hijo, por el encuentro con el Cristo muerto y resucitado.
En un breve sumario, que concluye el capítulo iniciado con la narración del descendimiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, el evangelista Lucas presenta de modo sintético la vida de esta primera comunidad: cuantos habían acogido la palabra predicada por Pedro y habían sido bautizados, escuchaban la Palabra de Dios, transmitida por los Apóstoles; estaban juntos de buen grado, haciéndose cargo de los servicios necesarios y compartiendo libre y generosamente los bienes materiales; celebraban el sacrificio de Cristo sobre la Cruz, su misterio de muerte y resurrección, en la Eucaristía, repitiendo el gesto del partir el pan; alababan y daban gracias continuamente al Señor, invocando su ayuda en las dificultades. Esta descripción, sin embargo, no es simplemente un recuerdo del pasado ni tampoco la presentación de un ejemplo a imitar o de una meta ideal que alcanzar. Esta es en más bien la afirmación de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Es una comprobación, llena de confianza, de que el Espíritu Santo, uniendo a todos en Cristo, es el principio de la unidad de la Iglesia y hace de los fieles creyentes una sola cosa.
La enseñanza de los Apóstoles, la comunión fraterna, el partir el pan y la oración son las formas concretas de vida de la primera comunidad cristiana de Jerusalén reunida por la acción del Espíritu Santo, pero al mismo tiempo constituyen los rasgos esenciales de todas las comunidades cristianas, de todo tiempo y de todo lugar. En otras palabras, podríamos decir que representan también las dimensiones fundamentales de la unidad del Cuerpo visible de la Iglesia.
Debemos reconocer que, en el curso de las últimas décadas, el movimiento ecuménico, “surgido por el impulso de la gracia del Espíritu Santo” (Unitatis redintegratio, 1), ha dado significativos pasos adelante, que han hecho posible alcanzar convergencias alentadoras y consensos sobre diversos puntos, desarrollando entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales relaciones de estima y respeto recíprocos, como también de colaboración concreta frente a los desafíos del mundo contemporáneo. Sabemos bien, con todo, que estamos aún lejos de esa unidad por la que Cristo rezó, y que encontramos reflejada en el retrato de la primera comunidad de Jerusalén. La unidad a la que Cristo, mediante su Espíritu, llama a la Iglesia, no se lleva a cabo sólo en el plano de las estructuras organizativas, sino que se configura, en un nivel mucho más profundo, como unidad expresada “en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios” (ibid., 2). La búsqueda del restablecimiento de la unidad entre los cristianos divididos no puede reducirse por tanto a un reconocimiento de las diferencias recíprocas y a la consecución de una convivencia pacífica: lo que anhelamos es esa unidad por la que Cristo mismo rezó y que por su naturaleza de manifiesta en la comunión de la fe, de los sacramentos, del ministerio. El camino hacia esta unidad debe ser advertido como imperativo moral, respuesta a una llamada precisa del Señor. Por esto es necesario vencer la tentación de la resignación y del pesimismo, que es falta de confianza en el poder del Espíritu Santo. Nuestro deber es proseguir con pasión el camino hacia esta meta con un diálogo serio y riguroso para profundizar en el común patrimonio teológico, litúrgico y espiritual; con el conocimiento recíproco; con la formación ecuménica de las nuevas generaciones y, sobre todo, con la conversión del corazón y con la oración. De hecho, declaró el Concilio Vaticano II, el “santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de una sola y única Iglesia de Cristo, supera las fuerzas y las capacidades humanas” y, por ello, nuestra esperanza debe ponerse en primer lugar “en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre por nosotros y en el poder del Espíritu Santo” (ibid., 24).
En este camino de búsqueda de la unidad plena visible entre todos los cristianos nos acompaña y nos sostiene el Apóstol Pablo, de quien hoy celebramos solemnemente la Fiesta de la Conversión. Él, antes de que se le apareciese el Resucitado en el camino de Damasco diciéndole: “¡Yo soy Jesús, a quien tú persigues!” (Hch 9,5), era uno de los más encarnizados adversarios de las primeras comunidades cristianas. El evangelista Lucas describe a Saulo entre aquellos que aprobaron la muerte de Esteban, en los días en que estalló una violenta persecución contra los cristianos de Jerusalén (cfr Hch 8,1). De la Ciudad Santa Saulo partió para extender la persecución de los cristianos hasta Siria y, después de su conversión, volvió allí para ser presentado ante los Apóstoles por Bernabé, el cual se hizo garante de la autenticidad de su encuentro con el Señor. Desde entonces Pablo fue admitido, no solo como miembro de la Iglesia, sino también como predicador del Evangelio junto con los demás Apóstoles, habiendo recibido, como ellos, la manifestación del Señor Resucitado y la llamada especial a ser “instrumento elegido” para llevar su nombre ante los pueblos (cfr Hch 9,15). En sus largos viajes misioneros Pablo, peregrinando por ciudades y regiones diversas, no olvidó nunca el vínculo de comunión con la Iglesia de Jerusalén. La colecta en favor de los cristianos de esa comunidad, los cuales, muy pronto, tuvieron necesidad de ser socorridos (cfr 1Cor 16,1), ocupó pronto un lugar importante en las preocupaciones de Pablo, que la consideraba no sólo una obra de caridad, sino el signo y la garantía de la unidad y de la comunión entre las Iglesias fundadas por él y la primitiva comunidad de la Ciudad Santa, como signo de la única Iglesia de Cristo..
En este clima de intensa oración, deseo dirigir mi cordial saludo a todos los presentes: al cardenal Francesco Monterisi, arcipreste de esta Basílica, al cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y a los demás cardenales, a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, al Abad y a los monjes benedictinos de esta antigua comunidad, a los religiosos, a las religiosas, a los laicos que representan a toda la comunidad diocesana de Roma. De modo especial quisiera saludar a los hermanos y las hermanas de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales aquí representadas esta tarde. Entre ellos me es particularmente grato dirigir mi saludo a los miembros de la Comisión Mixta Internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Antiguas Iglesias Orientales, cuya reunión tendrá lugar aquí en Roma en los próximos días. Confiamos al Señor el buen desarrollo de vuestro encuentro, para que pueda representar un paso adelante hacia la tan deseada unidad.

25 enero 2011

Para el “Domund” del 23 de octubre


MENSAJE DEL PAPA PARA LA JORNADA MUNDIAL MISIONERA 2011




“Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros” (Jn 20,21)
Con ocasión del Jubileo del 2000, el Venerable Juan Pablo II, al inicio de un nuevo milenio de la era cristiana, reafirmó con fuerza la necesidad de renovar el empeño de llevar a todos el anuncio del Evangelio con “el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos” (Carta ap. Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio más precioso que la Iglesia puede hacer a la humanidad y a cada persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud su propia existencia. Por ello, esta misma invitación resuena cada año en la celebración de la Jornada Misionera Mundial. El incesante anuncio del Evangelio, de hecho, vivifica también a la Iglesia, su fervor, su espíritu apostólico, renueva sus métodos pastorales para que sean cada vez más apropiados a las nuevas situaciones – también las que requieren una nueva evangelización – y animados por el empuje misionero: “, la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal” (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 2).
Id y anunciad
Este objetivo es continuamente reavivado por la celebración de la liturgia, especialmente de la Eucaristía, que se concluye siempre recordando el mandato de Jesús resucitado a los Apóstoles: "Id…" (Mt 28,19). La liturgia es siempre una llamada ‘desde el mundo’ y un nuevo envío ‘al mundo’ para dar testimonio de lo que se ha experimentado: el poder salvífico de la Palabra de Dios, el poder salvífico del Misterio Pascual de Cristo. Todos aquellos que se han encontrado con el Señor resucitado han sentido la necesidad de anunciarlo a otros, como hicieron los dos discípulos de Emaús. Ellos, tras haber reconocido al Señor al partir el pan, “En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once” y refirieron lo que había sucedido durante el camino (Lc 24,33-34). El Papa Juan Pablo II exhortaba a estar “vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor!” (Carta ap. Novo millennio ineunte, 59).
A todos
Destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos. La Iglesia “es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 2). Esta es “la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14). En consecuencia, no puede nunca cerrarse en sí misma. Se arraiga en determinados lugares para ir más allá. Su acción, en adhesión a la palabra de Cristo y bajo la influencia de su gracia y de su caridad, se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y a todos los pueblos para conducirlos a la fe en Cristo (cfr Ad gentes, 5).
Esta tarea no ha perdido su urgencia. Al contrario, “la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse... una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 1). No podemos quedarnos tranquilos ante el pensamiento de que, después de dos mil años, aún hay pueblos que no conocen a Cristo y no han escuchado aún su Mensaje de salvación.
No solo; se alarga la multitud de aquellos que, aún habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, no reconociéndose ya en la Iglesia; y muchos ambientes, también en sociedades tradicionalmente cristianas, son hoy refractarias a abrirse a la palabra de la fe. Está en marcha un cambio cultural, alimentado también por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del Mensaje evangélico, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales.
Corresponsabilidad de todos
La misión universal implica a todos, todo y siempre. El Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, sino que es un don que compartir, una buena noticia que comunicar. Y este don-compromiso está confiado no sólo a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son “raza elegida … una nación santa, un pueblo adquirido por Dios" (1Pe 2,9), para que proclame sus obras maravillosas.
En ello están implicadas también todas las actividades. La atención y la cooperación en la obra evangelizadora de la Iglesia en el mundo no pueden limitarse a algunos momentos y ocasiones particulares, y tampoco pueden ser consideradas como una te las muchas actividades pastorales: la dimensión misionera de la Iglesia es esencial, y por tanto debe tenerse siempre presente. Es importante que tanto cada bautizado como las comunidades eclesiales estén interesados no sólo de modo esporádico e irregular en la misión, sino de modo constante, como forma de la vida cristiana. La misma Jornada Misionera no es un momento aislado en el curso del año, sino que es una preciosa ocasión para pararse a reflexionar si y cómo respondemos a la vocación misionera; una respuesta esencial para la vida de la Iglesia.
Evangelización global
La evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos. Entre estos, una atención peculiar por parte de la animación misionera, se ha dado siempre a la solidaridad. Este es también uno de los objetivos de la Jornada Misionera Mundial, que a través de las Obras Misioneras Pontificias, solicita ayuda para el desarrollo de las tareas de evangelización en los territorios de misión. Se trata de apoyar a instituciones necesarias para establecer y consolidar a la Iglesia mediante los catequistas, los seminarios, los sacerdotes; y también de dar la propia contribución a la mejora de las condiciones de vida de las personas en países en los cuales son más graves los fenómenos de pobreza, malnutrición sobre todo infantil, enfermedades, carencia de servicios sanitarios y para la educación. También esto cae dentro de la misión de la Iglesia. Anunciando el Evangelio, esta se toma en serio la vida humana en sentido pleno. No es aceptable, reafirmaba el Siervo de Dios Pablo VI, que en la evangelización se descuiden los temas que se refieren a la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente en el respeto de la autonomía de la esfera política. Desinteresarse de los problemas temporales de la humanidad significaría “ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad” (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 31.34); no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el cual “recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias" (Mt 9,35).
Así, a través de la participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el cristiano se convierte en constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado, y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad. Los retos que esta encuentra, llaman a los cristianos a caminar junto con los demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos. En ella llevamos, aunque en vasijas de barro, nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia.
Que la Jornada Misionera reavive en cada uno el deseo y la alegría de “ir” al encuentro de la humanidad llevando a todos a Cristo. En su nombre os imparto de corazón la Bendición Apostólica, en particular a cuantos más se fatigan y sufren por el Evangelio.
En el Vaticano, 6 de enero de 2011, Solemnidad de la Epifanía del Señorpúblico hoy por la Santa Sede.
BENEDICTUS PP. XVI

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos


DISCURSO DEL PAPA A UNA DELEGACIÓN LUTERANA ALEMANA



Obispo regional Friedrich, queridos amigos de Alemania:
Os ofrezco una cordial bienvenida a todos vosotros, representantes de los dirigentes de la Iglesia Unida Evangélica Luterana alemana, aquí en el Palacio Apostólico y me alegro por el hecho de que vosotros, como delegación, hayáis venido a Roma tras conclusión de la semana de oración por la unidad de los cristianos. Mostráis, de esta manera, también que todo nuestro anhelo de unidad pueda cosechar frutos sólo enraizándose en la oración común. En particular querría agradecerle a usted, querido obispo regional, por sus palabras que, con gran sinceridad expresan los esfuerzos comunes por una unidad más profunda entre todos los cristianos.
Mientras tanto, el diálogo oficial entre luteranos y católicos, así está escrito aquí, puede mirar atrás a más de cincuenta años de actividad intensa. Usted ha hablado de treinta años. Creo que hace treinta años, después de la visita del Papa, comenzamos oficialmente pero de hecho, hacía ya mucho tiempo que dialogábamos. Yo mismo he sido miembro del Jaeger-Stählin-Kreis,nacido justo después de la guerra. Se puede por tanto hablar tanto de cincuenta como de de treinta años. A pesar de las diferencias teológicas que continúan existiendo sobre cuestiones en parte fundamentales, ha crecido un “juntos” entre nosotros que se convierte cada vez más en la base de una comunión vivida en la fe y en la espiritualidad entre luteranos y católicos. Todo lo ya conseguido refuerza nuestra fe en proseguir el diálogo, porque sólo así podemos permanecer juntos a lo largo de este camino que en definitiva es Jesucristo mismo.
Por tanto, el empeño de la Iglesia Católica en el ecumenismo, como ya afirmó mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II en su encíclica “Ut unum sint”, no es una mera estrategia de comunicación en un mundo que cambia, sino que es un esfuerzo fundamental de la Iglesia a partir de la propia misión (cfr. Nm 28-32).
A algunos contemporáneos, la meta común de la unidad plena y visible de los cristianos hoy les parece estar de nuevo más lejos. Los interlocutores ecuménicos aportan al diálogo ideas completamente distintas sobre la unidad de la Iglesia. Comparto la preocupación de muchos cristianos por el hecho de que los frutos de la obra ecuménica, sobre todo en relación con la idea de Iglesia y de ministerio, no son suficientemente aceptados por los interlocutores ecuménicos. Con todo, aunque surgen siempre nuevas dificultades, miramos con esperanza al futuro. Aunque las divisiones entre los cristianos son un obstáculo en el modelar plenamente la catolicidad en la realidad de la vida de la Iglesia, como ha sido prometido en Cristo y a través de Cristo (cfr. Unitatis redintegratio,  n. 4), confiamos en que, bajo la guía del Espíritu Santo, el diálogo ecuménico, como instrumento importante en la vida de la Iglesia, sirva para superar este conflicto.
Ésto sucederá, en primer lugar, a través del diálogo teológico, que debe contribuir a un entendimiento en las cuestiones planteadas, que son un obstáculo a lo largo del camino que lleva a la unidad visible y la celebración común de la Eucaristía como sacramento de la unidad entre los cristianos.
Me complace decir que, junto al diálogo luterano-católico internacional sobre el tema “Bautismo y la creciente comunión eclesial”, también en Alemania, desde 2009, una comisión bilateral de diálogo de la Conferencia Episcopal y de la Iglesia Evangélica luterana alemana, ha retomado su actividad sobre el tema “Dios y la dignidad del hombre”. Este ámbito temático comprende en particular los problemas surgidos recientemente en relación a la tutela y la dignidad de la vida humana, así como las cuestiones urgentes de la familia, el matrimonio, la sexualidad, que no pueden ser excluidas o marginadas para no poner en peligro el consenso ecuménico conseguido hasta ahora.
Esperemos que en estos importantes temas relativos a la vida no surjan nuevas diferencias confesionales sino que, juntos, podamos ofrecer un testimonio al mundo y a los hombres de lo que el Señor nos ha mostrado y nos muestra.
Hoy el diálogo ecuménico no puede estar separado de la realidad y de la vida en la fe en nuestras iglesias sin reportarles un daño. Por tanto dirijamos juntos nuestra mirada al año 2017, que nos recuerda la publicación de las tesis de Martín Lutero sobre las indulgencias de hace 500 años. En esa ocasión católicos y luteranos tendrán la oportunidad de celebrar en todo el mundo una conmemoración ecuménica común, de luchar a nivel mundial por las cuestiones fundamentales – como usted ha dicho – no bajo una forma de celebración triunfalista, sino como una profesión común de nuestra fe en el Dios uno y trino, en la obediencia común a Nuestro Señor y a su Palabra.
Debemos darle un lugar importante a la oración en común y a la oración interior dirigidas ambas a nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los errores recíprocos y por la culpa relativa a las divisiones. De esta purificación de la conciencia forma parte el intercambio recíproco de la valoración de los 1500 años previos a la Reforma y que por tanto son comunes a nosotros.
Por esto, deseamos implorar, juntos, de un modo constante, la ayuda de Dios y la asistencia del Espíritu Santo, con el fin de dar más pasos hacia la ansiada unidad y no quedarnos parados en los resultados ya obtenidos.
A lo largo de este camino nos anima también la semana de oración por la unidad de los cristianos de este año. Nos recuerda el capítulo de los Hechos de los Apóstoles: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). En estos cuatro hechos y comportamientos, los primeros cristianos eran constantes y por tanto la comunidad crecía con Cristo, de esto nació este “juntos” de los hombres en Cristo. Este testimonio extraordinario y visible para el mundo, de la unidad de la Iglesia primitiva podría ser también para nosotros, impulso y norma para nuestro camino ecuménico común en el futuro.
Con la esperanza de que vuestra visita refuerce posteriormente la válida colaboración entre luteranos y católicos en Alemania, imploro para todos vosotros la gracia de Dios y sus bendiciones abundantes.

24 enero 2011

MEDITACIÓN PARA EL OCTAVO DÍA DE LA SEMANA POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


Llamados al servicio de la reconciliación


Lecturas
Génesis 33, 1-4
Esaú corrió al encuentro de Jacob y lo abrazó, y lloraron
Salmo 96, 1-13
Decid a las naciones: “el Señor es rey”
2 Corintios 5, 17-21
Dios hizo la paz con el mundo por medio de Cristo y a nosotros nos ha confiado este mensaje de paz
Mateo 5, 21-26
Deja tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano…


Comentario
Las oraciones de esta semana nos han llevado a hacer un planteamiento común. Guiados por las Escrituras, somos llamados a volver a nuestros orígenes cristianos, los de la Iglesia apostólica de Jerusalén. Vimos su asiduidad en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y las oraciones. Al término de nuestras reflexiones sobre la comunidad cristiana ideal presentada en los Hechos 2,42, volvemos de nuevo a los contextos que son nuestros: realidades de divisiones, de insatisfacciones, de decepciones y de injusticias. Y allí, la Iglesia de Jerusalén nos plantea la siguiente cuestión: ¿a qué somos llamados, aquí y ahora, cuando terminamos esta Semana de oración por la unidad de los cristianos?
Los cristianos de Jerusalén de hoy nos sugieren una respuesta: somos llamados sobre todo al servicio de la reconciliación. Tal llamada se refiere a la reconciliación sobre los planes, y en toda una complejidad de divisiones. Oramos por la unidad de los cristianos para que la Iglesia sea signo e instrumento de curación de las divisiones e injusticias políticas y estructurales; para una coexistencia justa y pacífica entre judíos, cristianos y musulmanes; para que crezca la comprensión entre las personas de todas las creencias e increencias. En nuestras vidas personales y familiares, la llamada a la reconciliación debe también encontrar una respuesta.
Jacob y Esaú, en el texto del Génesis, son hermanos y sin embargo extranjeros uno del otro. Su reconciliación se produce mientras se podía esperar un conflicto. La violencia y las prácticas de ira se dejan de lado mientras que los hermanos se encuentran y lloran juntos.
El reconocimiento ante Dios de nuestra unidad como cristianos, y también como seres humanos, nos conduce al gran canto de alabanza del salmo hacia el Señor que gobierna el mundo con justicia y amor. En Cristo, Dios busca reconciliarse con todos los pueblos. San Pablo, que lo describe en nuestra segunda lectura, celebra esta vida de reconciliación como “una nueva creación”. La llamada a reconciliarse es una llamada a dejar actuar en nosotros la fuerza de Dios para hacer nuevas todas las cosas.
Una vez más, sabemos que esta “buena noticia” nos invita a modificar nuestra manera de vivir. Como san Mateo lo relata, Jesús nos exhorta con determinación: no podemos seguir presentando nuestras ofrendas en el altar sabiendo que somos responsables de las divisiones y de las injusticias. La llamada a la oración por la unidad de los cristianos es una llamada a la reconciliación. La llamada a la reconciliación es una llamada a actuar, incluso si fuere para interrumpir nuestras actividades eclesiales.
Oración
Dios de la paz, te damos gracias por enviarnos a Jesús para reconciliarnos en Él contigo. Danos la gracia de ser verdaderos servidores de reconciliación en nuestras Iglesias. Ayúdanos así a ponernos al servicio de la reconciliación de todos los pueblos, en particular en tu Tierra Santa, el lugar donde quieres abatir el muro de separación entre los pueblos, y reunir a cada uno en el Cuerpo de Cristo, ofrecido en sacrificio en el Calvario. Llénanos de amor a unos y a otros, para que nuestra unidad sirva a la reconciliación que deseas para toda la creación. Te lo pedimos en la fuerza del Espíritu. Amén.

Internet debe estar al servicio de la persona


MENSAJE DEL PAPA PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES




Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, deseo compartir algunas reflexiones, motivadas por un fenómeno característico de nuestro tiempo: la propagación de la comunicación a través de internet. Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión.
Se presentan a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables, que asombran por las posibilidades de los nuevos medios, y que a la vez exigen con creciente urgencia una seria reflexión sobre el sentido de la comunicación en la era digital. Esto se ve más claramente aún cuando nos confrontamos con las extraordinarias potencialidades de internet y la complejidad de sus aplicaciones. Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano.
Transmitir información en el mundo digital significa cada vez más introducirla en una red social, en la que el conocimiento se comparte en el ámbito de intercambios personales. Se relativiza la distinción entre el productor y el consumidor de información, y la comunicación ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir. Esta dinámica ha contribuido a una renovada valoración del acto de comunicar, considerado sobre todo como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas. Por otro lado, todo ello tropieza con algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia.
De modo especial, los jóvenes están viviendo este cambio en la comunicación con todas las aspiraciones, las contradicciones y la creatividad propias de quienes se abren con entusiasmo y curiosidad a las nuevas experiencias de la vida. Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen nuevas formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser. La presencia en estos espacios virtuales puede ser expresión de una búsqueda sincera de un encuentro personal con el otro, si se evitan ciertos riesgos, como buscar refugio en una especie de mundo paralelo, o una excesiva exposición al mundo virtual. El anhelo de compartir, de establecer "amistades", implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio "perfil" público.
Las nuevas tecnologías permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y de las propias culturas, inaugurando así un mundo nuevo de amistades potenciales. Ésta es una gran oportunidad, pero supone también prestar una mayor atención y una toma de conciencia sobre los posibles riesgos. ¿Quién es mi "prójimo" en este nuevo mundo? ¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo "diferente" al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas? Es importante recordar siempre que el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, en todos los aspectos de nuestra vida.
También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza (cf. 1 P 3,15).
El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la "popularidad" o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.
La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo ni de disfrute superficial, sino un don que pide una respuesta libre. Esa verdad, incluso cuando se proclama en el espacio virtual de la red, está llamada siempre a encarnarse en el mundo real y en relación con los rostros concretos de los hermanos y hermanas con quienes compartimos la vida cotidiana. Por eso, siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas en la transmisión de la fe.
Con todo, deseo invitar a los cristianos a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque esta red es parte integrante de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud (cf. Ef 1, 10). La proclamación del Evangelio supone una forma de comunicación respetuosa y discreta, que incita el corazón y mueve la conciencia; una forma que evoca el estilo de Jesús resucitado cuando se hizo compañero de camino de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), a quienes mediante su cercanía condujo gradualmente a la comprensión del misterio, dialogando con ellos, tratando con delicadeza que manifestaran lo que tenían en el corazón.
La Verdad, que es Cristo, es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales. Los creyentes, dando testimonio de sus más profundas convicciones, ofrecen una valiosa aportación, para que la red no sea un instrumento que reduce las personas a categorías, que intenta manipularlas emotivamente o que permite a los poderosos monopolizar las opiniones de los demás. Por el contrario, los creyentes animan a todos a mantener vivas las cuestiones eternas sobre el hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia por formas de vida auténticas, dignas de ser vividas. Esta tensión espiritual típicamente humana es precisamente la que fundamenta nuestra sed de verdad y de comunión, que nos empuja a comunicarnos con integridad y honradez.
Invito sobre todo a los jóvenes a hacer buen uso de su presencia en el espacio digital. Les reitero nuestra cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, cuya preparación debe mucho a las ventajas de las nuevas tecnologías. Para quienes trabajan en la comunicación, pido a Dios, por intercesión de su Patrón, san Francisco de Sales, la capacidad de ejercer su labor conscientemente y con escrupulosa profesionalidad, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 24 de enero 2011, fiesta de san Francisco de Sales.