27 junio 2011

LA EUCARISTÍA HACE PRESENTE EL AMOR EN LA GLOBALIZACIÓN



Padre Federico Lombardi


La Eucaristía, como presencia del amor de Dios y canal de difusión del amor para los cristianos, humaniza la globalización ayudando a edificar una sociedad “solidaria, justa y fraterna”, considera el portavoz vaticano.
El padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, ha presentado esta reflexión al comentar las palabras que Benedicto XV dirigió el jueves del Corpus Christi, antes de presidir la procesión de Jesús Eucaristía por las calles de Roma.
De la Eucaristía, según el papa, procede “ese dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humanas e históricas”, ha recordado el portavoz vaticano en el editorial del último número de “Octava Dies”, semanario del Centro Televisivo Vaticano.
“Un dinamismo de amor que tiene origen en la vida trinitaria de Dios, que llega a nosotros a través del corazón de Cristo. Y es tan fuerte, que puede superar las divisiones, que nos atrae a la unión de la vida de Dios, que abre y libera nuestra individualidad de su egocentrismo”, añade el padre Lombardi sintetizando el pensamiento del Santo Padre.
“La Eucaristía es el camino concreto mediante la cual este amor se difunde en la Iglesia y en el mundo; la fuente continua que alimenta la presencia social de la Iglesia; el compromiso responsable de los cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna, en particular, en el tiempo de la globalización”, indica.
Y es que, según Lombardi, “es necesario hacer presente el verdadero amor en el tiempo de la creciente globalización de la humanidad, para que ésta no se pierda en la confusión, en el individualismo, y en el atropello de todos contra todos”.
El pontífice dijo: “Sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por las calles del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, vislumbrando el mundo nuevo, en el que reinan la paz y la justicia, que es nuestra verdadera patria”.
El padre Lombardi concluye explicando que “verdaderamente, en la fe, la dimensión humana, histórica y cósmica se entrelazan y se funden. La comunión eucarística es para el bien de todos, para el bien del mundo, y para que todo encuentre, al final, su sentido y su salvación”.

26 junio 2011

DÍA DEL PAPA


Monseñor José Guadalupe Martín Rábago

Cuando recitamos el Credo decimos: “Creo en la Iglesia que es UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA”.  Son las notas que la distinguen y le dan identidad. Hoy quiero fijarme sólo en una de ellas: nuestra Iglesia es CATÓLICA, que significa universal.
Desde los primeros siglos cristianos se tuvo conciencia de que las diferentes iglesias locales o diócesis, esparcidas por el mundo, estaban unidas entre sí y que la Iglesia entera y universal las abarcaba a todas. La unidad es, ante todo, fruto de la acción del Espíritu Santo que a todos nos congrega para formar un solo Cuerpo que es el Cuerpo de Cristo; pero la unidad tiene también vínculos visibles que permiten construir y constatar la integración de la multitud en la unidad de la Iglesia.
Entre los vínculos visibles que nos identifican como católicos está nuestra relación de fe, respeto y obediencia al Papa, sucesor del apóstol Pedro. “El Papa, Obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (L. G. 23).
A lo largo de los siglos ha habido una serie ininterrumpida de Papas, muchos de ellos santos ya canonizados; especialmente en los primeros siglos casi todos los Sucesores del Apóstol Pedro murieron mártires en las persecuciones de la Roma imperial, confesando con valentía a Cristo.
También ha habido momentos oscuros en la historia de la Iglesia en que el pecado se ha infiltrado corrompiendo a quienes fueron elegidos para ser signo y presencia de Cristo; sin embargo el Señor, por su espíritu, ha mantenido el rumbo de la Iglesia que no ha sucumbido a pesar de las debilidades humanas.
En estos últimos siglos Dios nos ha regalado muchos Papas de una excelente calidad humana y espiritual. Baste recordar a San Pío X, a los que han sido declarados Beatos y a los que son ya Siervos de Dios y están en proceso de beatificación. Como afirma un erudito en historia de la Iglesia: “el siglo XX sólo podría compararse con los primeros siglos cristianos en cuanto a la calidad de los Pontífices que han regido a la Iglesia universal”.
En estos años hemos visto con asombro e indignación la campaña desatada por algunos medios de comunicación para desprestigiar la figura de los últimos Papas, colocándolos bajo la sombra de la sospecha y hasta de acusaciones calumniosas y ofensivas. Estas maniobras forman parte de la consigna bien orquestada para desprestigiar a la Iglesia católica, intentando debilitar su credibilidad, tanto en las verdades de fe que enseña, como en la calidad moral de sus máximos líderes: los Romanos Pontífices.
A nosotros nos corresponde imitar el ejemplo de nuestros hermanos, los primeros cristianos, que cuando el Apóstol Pedro fue apresado todos permanecían en oración por él: “Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba incesantemente por él a Dios”  (Hechos 12, 5).
Si bien todos los días oramos por el Papa, se nos pide que con motivo de la celebración litúrgica de los apóstoles Pedro y Pablo, el día 29 de junio, intensifiquemos la oración para que el Señor mantenga la fortaleza de nuestro Papa, que sea siempre para el Pueblo Santo principio y fundamento visible de unidad en la de y de la comunión en el amor. Este día es llamado “DÍA DEL PAPA”.
Además de la oración se nos pide nuestra aportación económica para que todos colaboremos en las iniciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia universal. Esta donación se conoce como “Óbolo de San Pedro” y su importancia  no es sólo de carácter económico, sino también tiene un gran valor simbólico, como signo de comunión con el Papa y de su solicitud por las necesidades de los hermanos.
Que nuestra confesión de fe en la catolicidad de la Iglesia se traduzca en signos concretos de aprecio y colaboración con el Papa que el Señor nos ha regalado.

ADORACIÓN EUCARÍSTICA Y SAGRADA ESCRITURA


Monseñor José Ignacio Munilla

Contexto e Introducción
 Es conocido cómo nuestro querido Papa, Benedicto XVI, introdujo la adoración al Santísimo Sacramento en la dinámica de las Jornadas Mundiales de la Juventud. ¡Difícilmente olvidaremos aquella imagen de la explanada de Marienfeld en Colonia, en la que se realizó este gran “signo” ante los ojos del mundo entero! En aquella estampa se veía cumplida la Palabra de Dios, tal y como es expresada en la Carta de San Pablo a los Filipenses: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).
Tres años más tarde, en el hipódromo de Randwick, en Sydney, se volvió a repetir el mismo acto de adoración; y, Dios mediante, en Madrid, en el aeródromo de Cuatro Vientos, jóvenes de todo el mundo se postrarán, nuevamente, ante Cristo nuestro Señor.
¿Quién dijo que los jóvenes son insensibles al lenguaje litúrgico? ¿Acaso la oración de adoración está reservada exclusivamente a las vocaciones contemplativas? ¿Dónde quedan tantos tópicos, que han llegado a reducir la Pastoral Juvenil a una serie de “dinámicas de grupo” carentes de contenido y de dudoso valor pedagógico?
No son tiempos para ofertas difusas e inconsistentes… Como afirma Benedicto XVI: «Los jóvenes no buscan una Iglesia juvenil, sino joven de espíritu; una Iglesia en la que se transparenta Cristo, el Hombre nuevo». En estos momentos está brotando un estilo de pastoral juvenil “fuerte”, que fue puesto en marcha por el Beato Juan Pablo II, y consolidado por su sucesor en la Cátedra de Pedro.
¿Es verdad eso de que hay que ser joven para llegar al corazón de los jóvenes? Por una parte, parece una afirmación cierta, pero se ve contradicha por tantos ejemplos concretos de los Santos Pastores ancianos… Probablemente haya que reconocer que determinados ancianos, al estilo de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, no han sido nunca viejos, sino que simplemente han tenido muchas “juventudes acumuladas”.
Pues bien, a pocos días del inicio de la JMJ de Madrid, se celebra esta Primera Conferencia Internacional sobre la Adoración Eucarística, y yo quisiera que mi disertación sobre las fundamentos bíblicos de la Adoración, sirviese también de ayuda para profundizar más en una Pastoral Juvenil Eucarística.
Una vez hecha esta introducción, me dispongo a desarrollar el tema de la conferencia, aunque sin la pretensión de ser exhaustivo.
La adoración eucarística: confesión de la divinidad de Jesucristo
 A lo largo de la Tradición de la Iglesia se ha formulado el siguiente axioma teológico: “Lex orandi, lex credendi”. Esta expresión tiene su origen en una colección de diez propuestas sobre la gracia, expuestas con motivo de la controversia pelagiana. Actualmente suele ser citado a propósito del valor dogmático de la liturgia, que nos ayuda a entender con mayor precisión la fe de la Iglesia. La oración con la que el pueblo de Dios ha rezado en la liturgia, va por delante de su formulación dogmática; hasta el punto de que en la liturgia encontramos un importantísimo elemento de discernimiento para definir los contenidos de la fe.
 Pues bien, sin pretender aplicar de forma unívoca este axioma al estudio de la adoración en el Nuevo Testamento, sí que podemos hacerlo análogamente. En los Evangelios descubrimos diversos pasajes en los que Jesús es adorado, de lo cual se desprende una profesión de fe en su divinidad. Si Jesús es adorado, es señal inequívoca de que es confesado como verdadero Dios. No en vano, en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel había sido educado para adorar solamente a Yahvé: «No adorarás a otro dios» (Ex 23, 24), «No adorarás a dioses extranjeros»(Ex 34, 14), «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4, 10). Quiero exponer a continuación algunos pasajes del Nuevo Testamento, en los que Jesús es adorado:
 + Nacimiento de Jesús: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo (proskyneo)» (Mt 2, 2); «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 11). 
 + Curación del ciego de nacimiento: «Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y le adoró (proskyneo) (y se postró ante él)» (Jn 9, 35-38).
 + Jesús camina sobre las aguas: «Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subió a la barca le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él) diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”» (Mt 14, 31-33).
 + Aparición de Jesús resucitado: «De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él)» (Mt 28, 9).
 + Ascensión al Cielo: «Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado al cielo. Ellos le adoraron (proskyneo) y se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24, 50-52).
 + Misión de los discípulos: «Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él), pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28, 16-20).
 + Adoración expresada en las cartas paulinas: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).
+ La adoración a Jesús contrasta en el Nuevo Testamento, con el rechazo de la adoración a los apóstoles, a los emperadores romanos, e incluso a los ángeles. Obviamente, esto da una autoridad, mayor si cabe, a los pasajes evangélicos que hemos aducido, en los que Jesús es adorado. Veamos algunos textos:
a) Rechazo de la adoración a los apóstoles: «Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó diciéndole: “Levántate, que soy un hombre como tú”» (Hch 10, 25-26).
b) Rechazo de la adoración a los emperadores romanos (figurados por la bestia del Apocalipsis):«El que adore a la bestia y a su imagen y reciba su marca en la frente o en la mano, ése beberá del vino del furor de Dios, escanciado sin mezcla en la copa de su ira, y será atormentado con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y del Cordero» (Ap 14, 9-10).
c) Rechazo de la adoración a los mismos ángeles: «Caí a los pies (del ángel) para adorarlo, pero él me dijo: “No lo hagas, yo soy como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús; a Dios has de adorar”. El testimonio de Jesús es el testimonio del profeta» (Ap 19, 10).
 Tras examinar estos textos, en los que la postración ante Jesucristo es  plenamente equiparable a la adoración a Yahvé, podemos y debemos hacer una aplicación a nuestros días y a nuestra situación eclesial. Actualmente, se han difundido en los ambientes secularizados diversas presentaciones del rostro de Jesús, en las que su divinidad brilla por su ausencia. La tendencia arriana ha sido constante a lo largo de la historia de la Iglesia, pero actualmente alcanza una fuerza especial. Más que negar expresamente la divinidad de Jesucristo, la estrategia parece consistir en no afirmarla explícitamente; en diluir el misterio de su Encarnación en la teoría del pluralismo religioso; en considerarle uno más entre los profetas…
 En la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, se publicó la Instrucción Pastoral “Teología y secularización en España”, en la que se describen detalladamente dichas desviaciones cristológicas:
 «Este modo de proceder lleva a consecuencias difícilmente compatibles con la fe, como son: 1) vaciar de contenido ontológico la filiación divina de Jesús; 2) negar que en los Evangelios se afirme la preexistencia del Hijo; y, 3)  considerar que Jesús no vivió su pasión y su muerte como entrega redentora, sino como fracaso. Estos errores son fuente de grave confusión, llevando a no pocos cristianos a concluir equivocadamente que las enseñanzas de la Iglesia sobre Jesucristo no se apoyan en la Sagrada Escritura o deben ser radicalmente reinterpretadas» (Teología y secularización en España, nº 30).
 No es casualidad, ni puede serlo, que el oscurecimiento de la afirmación de la divinidad de Jesucristo en estos ambientes teológicos españoles y occidentales, haya coincidido milimétricamente con la puesta en cuestión o con el abandono de la adoración eucarística. Apoyándonos en el mencionado axioma “Lex orandi, lex credendi”, confiamos en que la expansión en España de la adoración eucarística, concretada especialmente en la “Adoración Perpetua”, será el germen del que brotará una sana cristología, conforme a la Tradición de la Iglesia y a la Sagrada Escritura.
Adoradores en espíritu y verdad
El texto bíblico cumbre sobre la adoración es sin duda el que el Evangelio de San Juan nos ofrece con motivo del diálogo con la Samaritana. Tal es así que me dispongo ahora a hacer un comentario exegético detallado de los versículos fundamentales de  este pasaje (Jn 4, 19-26), de forma que extraigamos de él algunas enseñanzas, que puedan servirnos de ayuda en nuestra vocación adoradora.
v. 19 «La mujer le dice: “Señor, veo que eres un profeta”»: La Samaritana abre su corazón a Jesús, al comprobar que es un profeta. Este hombre ha tenido la capacidad de conocer su vida por dentro, y eso es señal de que es un hombre de Dios. Pues bien, ante los hombres de Dios, se suele abrir el corazón, planteando las dudas y cuestiones determinantes de la existencia.
v. 20 «Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén»: La Samaritana le propone al “profeta” la vieja controversia entre samaritanos y judíos acerca del verdadero lugar de adoración a Dios. Desde la fuente de Jacob se contempla el monte Garizim, por lo que la pregunta estaba servida: ¿Era en Garizim o en Jerusalén donde se había de dar culto a Dios?
v. 21 «Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”»: Jesús responde a la Samaritana con unas palabras de revelación que remiten al futuro: “Se acerca la hora” en que ambos santuarios perderán su significado. Este giro de San Juan (“se acerca la hora”), lo podemos encontrar también en otros pasajes de su Evangelio (Jn 5, 25.28), y tiene un matiz escatológico: la luz alborea con la persona misma de Jesús; en Él se anuncia la nueva forma de adoración a Dios, para la cual es irrelevante el lugar del culto. 
Llegado ese momento, también los samaritanos adorarán al Padre. He aquí una velada promesa de que todos –judíos, samaritanos, paganos- están llamados al conocimiento y a la adoración del Dios verdadero. En la cumbre de la revelación, no será la pertenencia a un pueblo determinado el factor que distinga a los verdaderos adoradores de los falsos, sino la disposición personal a acoger la luz de la revelación que se dirige a todos los pueblos.
v. 22 «Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos»: Ahora bien, Jesús hace constar que la salvación ha tenido un camino histórico establecido por Dios, a través del pueblo judío. El culto de los samaritanos tuvo su origen en ambiciones y enfrentamientos políticos. Por ello, el Mesías esperado viene de los judíos.
El papel de Israel ha sido importantísimo en la Historia de la Salvación, pero ha llegado ya a su final (v. 17 «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo»). Llegado ahora Cristo, los samaritanos y todos los demás pueblos estarán en igualdad de condiciones para acoger la plenitud de la revelación.
v. 23 «Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le adoren así»: Con una concisión y densidad insuperables, Jesús formula la siguiente expresión: “Los verdaderos adoradores del Padre, le adorarán en espíritu y en verdad”. Algunos han interpretado esta doble adoración de forma equivocada o insuficiente:
+ Por la “adoración en espíritu” se entendería la actitud moral interior, en contraste con el mero culto exterior ritualista del Antiguo Testamento que era reprochado por los profetas.
+ Y la “adoración en verdad” se interpretaría en referencia a la novedad de Cristo, en contraste con las “sombras” del Antiguo Testamento. Por ejemplo, los sacrificios de animales eran sombra del sacrificio de Cristo, la circuncisión era sombra del bautismo (cfr. Col 2, 11-12), etc.
Pero no parecen aceptables dichas interpretaciones… El término “pneuma” (espíritu) no puede entenderse en el sentido moral o antropológico; sino más bien en el sentido de “espíritu divino”, como por norma general es utilizado en San Juan. Además, en esta ocasión no hay duda alguna, puesto que en el versículo siguiente (v. 24) especificará: “Dios es pneuma”.
Por lo tanto, en el caso presente Jesucristo no estaba contraponiendo el culto meramente ritualista al culto espiritual, sino que va mucho más allá: “espíritu” y “verdad” se refieren al “Espíritu Santo” y al “Verbo”. Es decir, los auténticos adoradores adorarán al Padre, en el Espíritu Santo y en Jesucristo. La segunda y la tercera persona de la Santísima Trinidad, nos introducen en su escuela de adoración… Adoramos por Ellos, con Ellos y en Ellos.
En el diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 3-8), queda claro que el hombre necesita nacer de nuevo, nacer del Espíritu (Jn 3, 3-8)  para acoger el don de Dios. El hombre terreno no tiene por sí mismo acceso a Dios, sino que esa intimidad con Dios le es regalada gratuitamente. Dios capacita al hombre para poder relacionarse con Él. El encuentro del hombre con Dios es un regalo de este último, que le eleva gratuitamente a la condición de “hijo”. Somos “hijos” en el Hijo, por el Espíritu Santo. La adoración en “espíritu” tiene lugar en el único templo agradable al Padre, el Cuerpo de Cristo resucitado (Jn 2, 19-22). 
v. 24 «Dios es espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»: Jesús da como razón profunda de esta adoración, precisamente el ser o la naturaleza de Dios: “Dios es espíritu”, lo cual trae a la memoria que Dios es inaccesible para los que somos seres carnales y materiales. Para encontrarse con Dios se requiere una elevación del hombre, a la condición de “hombre espiritual”. Por ello, lo decisivo no es el lugar donde se realice la adoración externa (en Jerusalén o en Garizim), sino nuestro acceso a la divinización, en Cristo, por el Espíritu Santo.
Este episodio de la samaritana deja claras las distancias entre la soteriología cristiana y la soteriología gnóstica: frente a la concepción de que el ser divino no es accesible más que para los sabios o los puros (cfr. Escritos de Nag-Hammadi), el Evangelio de San Juan se centra en la clave de la Revelación misericordiosa de Dios a todas las naciones, manifestada en el mediador entre Dios y los hombres –el Salvador del mundo- que es Jesucristo.
v. 25 «La mujer le dice: “Sé que ha de venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”»: La Samaritana no entiende las palabras de Cristo, y mira al futuro esperando al Mesías, que lo anunciará todo. Jesús le quiere hacer entender que el futuro ha llegado: ¡es el presente!
v. 26 «Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”»: Jesús se da a conocer a la mujer como el Mesías esperado, mediante la fórmula de revelación “Ego Eimí”. Resuena aquí, de forma evidente, la expresión joánea que refiere a Cristo el “Yo Soy” (Yahvé) del Antiguo Testamento.
Se alcanza aquí el punto culminante del diálogo entre Jesús y la Samaritana: Él es el dador del agua viva, así como el “lugar” del nuevo culto a Dios. Los samaritanos, imagen de cada uno de nosotros, llegan por fin a la fe en Jesucristo, el Salvador del mundo.
La conclusión de este pasaje evangélico de San Juan, auténtica cumbre de la pedagogía con la que la Sagrada Escritura nos introduce en la escuela de la adoración, es la siguiente: La adoración no es otra cosa que la expresión de la espiritualidad bautismal; la consecuencia lógica de haber sido introducidos en el seno de la Trinidad. Somos hijos en el Hijo, y en Él, por el Espíritu Santo, somos adoradores del Padre.
Ésta es -en la vida presente- y será -por toda la eternidad- nuestra vocación: ser adoradores del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Llegados a este punto, ¿cómo no traer a colación aquellas palabras de mi querido paisano y santo patrón, Ignacio de Loyola: «El hombre ha sido creado para dar Gloria a Dios». San Pablo lo refleja en un bello himno de la Carta a los Efesios:«Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya» (Ef 1, 3-6).
“Proskynesis” y “ad-oratio”
Vuelvo de nuevo al encuentro de la JMJ de Colonia, ya que en él encontramos un riquísimo filón de reflexiones. Pues bien, en la celebración eucarística dominical de clausura, Benedicto XVI aprovechó para hacer una inolvidable catequesis sobre la adoración. (¡He aquí un ejemplo emblemático de la Pastoral Juvenil “fuerte”, a la que me he referido al inicio de esta charla!). Partiendo del hecho de que la Eucaristía es la actualización del Sacrificio de Cristo, el Papa afirma: 
«Esta primera transformación fundamental, de la violencia en amor, de la muerte en vida, lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo: sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, como
hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la Última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra "adoración" en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión; el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que “libertad” no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos; verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aún cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la Última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio; contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque Aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser».
Vamos a servirnos en este momento de la conferencia, de la reflexión etimológica que el Papa Benedicto XVI realiza sobre el término adoración, según sus acepciones griega y latina.
A) Proskynesis: En la adoración, la santidad y la grandeza de Dios tienen algo de abrumador para la criatura, que se ve sumergida en su nada. Frente a la inmensidad de Dios y frente a su santidad, nos admiramos y maravillamos en su presencia, y reconocemos nuestra pequeñez e indignidad…
B) Ad-oratio: Pero, por otro lado, tiene lugar también una segunda experiencia complementaria, inseparable de la anterior: Nos conmovemos por el hecho de que un Dios infinitamente superior a nosotros se haya fijado en nuestra pequeñez, y nos ame con ternura… La adoración es la expresión de la reacción del hombre sobrecogido por la proximidad de Dios, por su belleza, por su bondad y por su verdad.
Ejemplos de la actitud de adoración, bajo la perspectiva de la proskynesis, los podemos observar en textos bíblicos como el del profeta Ezequiel impactado por la gloria de Yaveh (Ez 1, 27-28), o el de Saulo ante la aparición de Cristo resucitado. Leamos este último:
«Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo,  cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él respondió: ¿Quién eres, Señor?  Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.  Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer. Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie.  Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco.  Pasó tres días sin ver, sin beber y sin comer» (Hch 9, 3-9).
Por otra parte, un ejemplo de la actitud de adoración bajo la segunda perspectiva, la ad-oratio,lo encontramos en el texto bíblico de la adoración de los Magos de Oriente al Niño Dios: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de
rodillas lo adoraron…» (Mt 2,11). La trascendencia infinita de Dios está “contenida” y “escondida” en la débil humanidad de aquel niño de Belén. Dios Padre envía su “beso” de amor a la humanidad en la ternura de ese niño. La única respuesta adecuada por nuestra parte es devolver ese beso a Dios, en el acto de la adoración. El gesto que tradicionalmente  realizamos en Navidad al besar la imagen del Niño Dios, es una de las expresiones más significativas de esa ad-oratio a la que se refiere el Papa. La adoración no es sólo sumisión, sino que también se traduce en un misterio de “comunión” y de “unión”.
Comentando el pasaje bíblico del “Evangelio de la Infancia” de San Mateo, el Papa Benedicto XVI hizo el siguiente comentario durante la adoración eucarística de la JMJ de Colonia:«Queridos amigos, ésta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, Él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros “se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo” (cf. Jn 12,24). Él está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación del espíritu, y pidámosle a Él que nos guíe».
Pero tengamos en cuenta que estas dos facetas o perspectivas de la adoración, la proskynesis y la ad-oratio, no se dan por separado, sino que se integran en el mismo acto de adoración. Dicho de otro modo, la adoración es algo sencillo y complejo, al mismo tiempo: cuanto más nos acercamos a Dios, la adoración es más simple, hasta el punto de que la proskynesis y la ad-oratio se confunden y se identifican. En la adoración se integran plenamente el “santo temor de Dios” y el “amor a Dios”, como una sola y misma realidad.
Por el contrario, en la medida en que nuestro pecado nos mantiene lejos de Dios, esos dos aspectos - proskynesis y ad-oratio - pueden llegar a experimentarse de una forma discordante, e incluso contradictoria. Por ello, es importante que recurramos a la Sagrada Escritura, como escuela de adoración. En ella aprendemos que la adoración es la expresión del hombre impresionado por la proximidad de Dios. En efecto, la adoración es conciencia viva de nuestro pecado, confusión silenciosa (Job 42, 1-6), veneración palpitante (Sal 5,8), homenaje jubiloso (Sal 95,1-6)…
Gestos de adoración
Tal y como la adoración es descrita en la Sagrada Escritura, implica todo nuestro ser. En consecuencia, es lógico que la expresemos a través de gestos exteriores, en los que se traduce la soberanía divina, así como nuestra respuesta conmovida. Por otra parte, y dado que existe en nosotros una cierta tendencia a resistirnos a la voluntad de Dios y a reducir nuestra oración a meros ritos exteriores, es importante subrayar que la adoración sincera que agrada a Dios es la que brota del corazón.
Los dos gestos fundamentales en los que se expresa la adoración son la “postración” y el “ósculo”; en los que convergen el temor reverente y la atracción fascinante, de la criatura respecto a Dios:
A) La postración, fuera de su sentido religioso, expresa una actitud impuesta a la fuerza por un adversario más poderoso. Así, por ejemplo, Babilonia lo impone a los israelitas cautivos (Is 51,23). En este sentido, es frecuente encontrar en los bajorrelieves asirios a los vasallos del rey arrodillados, con la cabeza posternada hasta el suelo. Pero en la Sagrada Escritura pronto se nos invita a realizar el signo de postración, como el signo de sometimiento libre, consciente y gozoso a la majestad de Dios. De esta forma, imitamos a Moisés, postrado en el Sinaí en el momento en que recibe las Tablas de la Ley (cf. Ex 34, 8); aprendemos del profeta Daniel, quien tres veces al día, con las manos extendidas, se arrodillaba ante Yahvé (cf. Dn  6, 11); acogemos humildemente la invitación del salmo 95 –«Entrad, adoremos, postrémonos, ¡de rodillas ante Yavhé que nos ha hecho!» (cf Ps 95, 6)-; evocamos a aquel leproso que, de rodillas ante Jesús, suplicó ser limpiado (cfr. Mc 1, 40); seguimos los pasos de aquel pescador de Galilea, el primero de los papas de la Iglesia, quien se postró de rodillas y oró fervientemente, para pedir a Dios la resurrección de Tabita, en Jope (cf. Hch 9, 40).
B) El ósculo añade al respeto y a la sumisión, el signo de la adhesión íntima y amorosa… Los paganos besaban sus ídolos, pero ese gesto, en el fiel israelita, está reservado para Yahvé:«Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron» (1 R 19, 18). 
Sólo Yahvé tiene derecho a la adoración. Si bien el Antiguo Testamento  conoce la postración delante de los hombres (Gen 23, 7.12; 2 Sa 24,20; 2 Re 2,15; 4,37), prohíbe rigurosamente todo gesto de adoración susceptible de ser interpretado como una rivalidad hacia Yahvé: bien sea a ídolos, astros (Dt 4, 19) o dioses extranjeros (Ex 34,14; Num 25,2). No cabe duda de que la erradicación de todo signo idolátrico fue educando al pueblo de Israel hacia una adoración auténtica. Así se entiende la valentía de Mardoqueo: «Todos los servidores del rey, adscritos a la Puerta Real, doblaban la rodilla y se postraban ante Amán, porque así lo había ordenado el rey; pero Mardoqueo ni doblaba la rodilla ni se postraba. Vio Amán que Mardoqueo no doblaba la rodilla ni se postraba ente él, y se llenó de ira» (Est 3, 2.5). Observamos la misma coherencia en otros pasajes, tales como el de los tres niños judíos ante la estatua de Nabucodonosor: «Sidrak, Mesak y Abdénago tomaron la palabra y dijeron al rey Nabucodonosor: “No necesitamos darte una respuesta sobre este particular. Nuestro Dios, a quien servimos, es capaz de librarnos del horno de fuego ardiente y de tu mano, oh rey. Y si no lo hace, has de saber, oh rey, que nosotros no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has erigido”». (Dan 3,16-18).
En este contexto bíblico, entendemos la respuesta que Jesús da al tentador cuando le pide que se arrodille ante él: «…al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4,10).
 Con respecto a los gestos exteriores de la adoración (postración y ósculo), me permito llamar la atención sobre el proceso de secularización que con frecuencia se constata en no pocas celebraciones litúrgicas.
 + Algunos sacerdotes y seglares suprimen o cambian los términos con los que la liturgia se refiere a la trascendencia de Dios. Así, por ejemplo, en vez de rezar: “Dios todopoderoso”, corrigen diciendo “Dios cercano”, etc. 
 + En muchas iglesias se ha suprimido mayoritariamente el gesto de arrodillarse en el momento de la Consagración. Lo mismo podemos decir con respecto a la genuflexión ante el sagrario.
 + El beso con el que tradicionalmente se adora al Niño Dios en Navidad, o la cruz de Cristo el Viernes Santo, también son frecuentemente suprimidos o sustituidos por meras inclinaciones, aduciendo motivos de higiene o brevedad.
 Todo ello, además de comportar una falta de obediencia a nuestra Madre la Iglesia, supone también el haber asumido, sin el debido juicio crítico, los postulados de la secularización.
Adoración: combate de purificación
 La auténtica adoración a Dios implica una purificación plena, tanto de las concepciones religiosas, como de nuestros criterios, juicios y afectos… Para iluminar este aspecto, bien podríamos recurrir al gesto de la purificación que Jesús hizo en el Templo de Jerusalén, tal y como lo narra el Evangelio de San Juan (Jn 2, 13-25). En efecto, la expulsión de los mercaderes del Templo es una imagen de la purificación de cada uno de nosotros, así como de las propias estructuras eclesiales, de forma que sólo habite en nosotros la gloria de Dios. Al ver el gesto profético del Maestro, los discípulos recordaron las palabras del Antiguo Testamento: «El celo de tu casa me devora» (Jn 2, 17); es decir, allí donde el amor de Dios lo llena todo, no caben idolatrías.
 Pero en el caso presente vamos a apoyarnos en el texto del Génesis, en el que se narra el misterioso episodio de Jacob luchando contra Dios (Gn 32, 23-33), ya que tiene un carácter paradigmático. La reciente catequesis que sobre este texto predicó el Santo Padre, en la Audiencia General del 25 de mayo, ha dado una especial actualidad a este relato. Merece la pena que lo escuchemos:
«Como afirma también el Catecismo de la Iglesia Católica, “la tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia” (n. 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha por conocer su nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad, fruto de conversión y de perdón.
La noche de Jacob en el vado de Yaboc se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios, que en la oración encuentra su máxima expresión. La oración requiere confianza, cercanía, casi en un cuerpo a cuerpo simbólico, no con un Dios enemigo, adversario, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso; que parece inalcanzable. Por esto, el autor sagrado utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad para alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor; entonces la lucha no puede menos de culminar en la entrega de sí mismo a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence precisamente cuando se abandona en las manos misericordiosas de Dios».
En la oración en general, y especialmente en la oración de adoración, se libra una gran batalla contra el propio yo. La adoración supone un giro copernicano en la concepción vital de nuestra existencia. Se trata del paso de una cosmovisión “egocéntrica” a otra “cristocéntrica”. Ahora bien, como es obvio, esa tarea de centrar nuestra vida en Cristo, no se reduce a una convicción racional, sino que supone toda una tarea de desapego de cuanto nos “descentra” del verdadero “centro”.
La primera batalla que ha de tener lugar en la oración de adoración, es la firme decisión de realizarla. Decía Karl Rahner que, «quien sólo hace oración cuando tiene ganas, quiere decir que se ha resignado a tener cada vez menos ganas de hacer oración». No adorar con perseverancia es ya perder una batalla; porque la oración es el primer deber de un cristiano, el primero de sus apostolados. El conocido refrán español: “primero es la obligación, y luego la devoción”, olvida que la oración es nuestra primera obligación.
En un ambiente donde reina el pragmatismo y la búsqueda de los éxitos fáciles y rápidos, se cae frecuentemente en el peligro de ver la oración como una actividad postergable, o simplemente, prescindible. Recordamos a propósito, aquellas otras palabras de Jesús: «Esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración» (Mc 9, 29). Sin la fidelidad a la oración, que supere nuestras apetencias, la vida espiritual llegará muy pronto a un punto en el que tocará techo.
En la rica tradición de los Padres del Desierto, con mucha frecuencia se ha descrito la oración en términos de “batalla” y “combate”; lo cual es muy sanador de la concepción ligada  a la “Nueva Era”, en la que se confunde la oración con una técnica de relajación y de búsqueda de bienestar interior. Baste citar el siguiente texto:
«Unos hermanos preguntaron al abad Agatón: “Padre, ¿cuál es la virtud que exige más esfuerzo en la vida religiosa?”. El les respondió: “Perdonadme, pero estimo que nada exige tanto trabajo como el orar a Dios. Si el hombre quiere orar a su Dios, los demonios, sus enemigos, se apresurarán a interrumpir su oración, pues saben muy bien que nada les hace tanto daño como la oración que sube hacia Dios. En cualquier otro trabajo que emprenda el hombre en la vida religiosa, por mucho esfuerzo y paciencia que dicho trabajo exija, tendrá y logrará algún descanso. La oración exige un penoso y duro combate hasta el último suspiro”».
Santa Tesa de Jesús, en la cumbre de la mística española, da testimonio de la lucha interior que se produce en la batalla por la perseverancia en la oración, y lo hace con su habitual gracejo y simpatía: «Con frecuencia me ocurría que me ocupaba en esperar que transcurriese rápido el tiempo de la oración, deseando que pasase rápida la hora, hasta el punto que escuchaba cómo sonaban las horas del reloj. Muchas veces hubiese abrazado cualquier penitencia, con tal de no recogerme a hacer oración» (Vida.8, 6).
Superada la tentación contra la perseverancia, frente a la que siempre habremos de estar atentos, la segunda batalla que se libra en la oración de adoración es la purificación de nuestros miedos, incertidumbres, afectos, formas de pensar y de juzgar la existencia, etc. Como decía Jean Lafrance, conocido autor de diversas obras sobre la oración: «La verdadera oración tiene más que ver con la espeleología que con el alpinismo. Trepar hasta arriba por la escalera de la oración es ante todo descender al abismo de la humildad. (…) Si te hace experimentar la miseria de tu impotencia para orar, te dará al mismo tiempo la fuerza para soportarlo y te indicará el medio de clamar a él. Cuando más toques el fondo de tu pobreza, más te elevarás a Dios en la súplica. Cuanto mayor es la fuerza con que una pelota es lanzada al suelo, más rebota hacia arriba».
Que nadie piense que estas reflexiones sobre la “noche oscura” se refieren exclusivamente a los místicos que están en los últimos grados de la vida espiritual. En realidad, la purificación del alma comienza en el mismo momento en que nos tomamos en serio la oración de adoración. Lo que tiene lugar en el alma de cada adorador, es muy similar a lo que describe San Juan de la Cruz, en su ejemplo del “tronco arrojado al fuego”:
«Una vez en medio de las llamas, comienza un lento proceso hasta conseguir que toda la humedad salga fuera y para ello, las llamas “hacen llorar” al tronco, expulsando el agua que tiene dentro. El tronco se afea en un primer momento, con mal olor y totalmente ennegrecido, y de esta forma va sacando fuera todo lo que lleva en su interior contrario al fuego. Finalmente, “purificado de sus pasiones”, se convierte en hermosa brasa, que se confunde con el fuego, y da calor de vida a toda la habitación». (Cf. Noche, libro segundo, 10).
En resumen: La adoración es purificación; la purificación es santificación; y la santificación es glorificación de Dios.
En la escuela de la JMJ: Hacia una espiritualidad de la adoración
Las diversas reflexiones que el Papa Benedicto XVI nos brindó en torno a la adoración eucarística realizada en la JMJ de Colonia, son una buena referencia para extraer conclusiones y hacer aplicaciones en la espiritualidad del adorador.
Aprovechando el lema de aquella JMJ en Alemania –«Hemos venido a adorarlo»-, fijémonos en unas palabras del Papa, pronunciadas en vísperas de su viaje a Alemania, después del ángelus del domingo 7 de agosto:
«Miles de jóvenes están a punto de partir, o ya están en camino, hacia Colonia con motivo de la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, que tiene como lema “Hemos venido a adorarlo” (Mateo 2, 2). Se puede decir que toda la Iglesia se está movilizando espiritualmente para vivir este evento extraordinario, contemplando a los magos como singulares modelos en la búsqueda de Cristo, ante el cual arrodillarse en adoración. Pero, ¿qué significa adorar? ¿Se trata quizá de una actitud de otros tiempos, carente de sentido para el hombre contemporáneo? ¡No! Una conocida oración, que muchos rezan por la mañana y por la tarde, inicia precisamente con estas palabras: “Te adoro, Dios mío, te amo con todo el corazón...”. En la aurora y en el atardecer, el creyente renueva cada día su “adoración”, es decir su reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que parte desde lo más hondo del corazón y envuelve todo el ser, porque sólo adorando y amando a Dios sobre todas las cosas el hombre puede realizarse plenamente. 
Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma San Pablo, “habita corporalmente
toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). (…) Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores del Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. Con el próximo encuentro de Colonia, la Iglesia quiere proponer a todos los jóvenes del tercer milenio esta santidad, que es la cumbre del amor. 
¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo. Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega».
Ciertamente, esta cita que hemos leído, descubre un corazón enamorado de Dios; el corazón de Benedicto XVI, quien pasará a la historia por su invitación perseverante a la adoración. El Papa nos habla de los santos como los verdaderos adoradores del Dios vivo: Entre ellos los Magos de Oriente, que lo dejaron todo para salir al encuentro del Dios hecho hombre; pero sobre todo, nos propone el modelo de María, quien habiendo engendrado a su Hijo en la carne, le adoró en “espíritu y verdad”. 
Si la santidad es la vocación a la que todos los cristianos estamos llamados; y si, como Benedicto XVI había subrayado, la santidad es la condición indispensable para que seamos verdaderos adoradores de Dios; entonces, la conclusión que se deriva es contundente: «La adoración no es un lujo, sino una prioridad» (cf. Benedicto XVI, ángelus del 28-8-2005, Castelgandolfo).
Es decir, Benedicto XVI había incluido la adoración eucarística en la JMJ, para coronar la invitación que su predecesor, el Beato Juan Pablo II, nos dirigió a todos: “No tengáis miedo a ser santos”. Santidad y adoración son conceptos íntimamente unidos. La santidad posibilita la auténtica adoración; al mismo tiempo que la adoración es fuente de santidad.
Actitud de adoración, como estilo de vida cristiana
 A veces se afirma equivocadamente que la adoración eucarística subraya unilateralmente la dimensión vertical de la espiritualidad católica, en detrimento de la dimensión horizontal, social o caritativa. ¡Nada más lejos de la realidad! Bastaría citar tantas experiencias de sanación de los “pobres de Yahvé”, que están teniendo lugar en torno a las capillas de Adoración Perpetua.
 El reconocimiento de que Dios se hace uno de nosotros, poniéndose en nuestras manos, dándose como alimento para la vida del mundo; fundamenta el modelo cristiano de la solidaridad y de la caridad. En la noche de la institución de la Eucaristía, Jesús se ciñó la toalla a la cintura y se arrodilló ante nosotros, realizando el gesto del lavatorio de los pies. La adoración eucarística alimenta en nosotros los mismos sentimientos del Corazón de Cristo; «el cual no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, pasando por uno de tantos» (Flp 2, 6-7).
 Para que el prójimo, y de forma especial los pobres, ocupen el lugar central que deben ocupar en nuestra vida, es indispensable que nuestro “yo” sea destronado. Y para que nuestro “yo” sea destronado, es necesario que la adoración ponga a Cristo en el centro de nuestra existencia. Cuando Cristo ocupa el lugar debido, el resto de las preocupaciones y ocupaciones (muy especialmente nuestra relación con el prójimo), como consecuencia se ven ordenadas.
 Imaginemos una chaqueta caída en el suelo… Si alguien recogiese esa prenda de vestir sujetándola desde el extremo de una de sus mangas, o desde uno de sus bolsillos, el resultado sería un notable desbarajuste. Hay que coger la chaqueta desde los hombros, para colgarla adecuadamente en su percha.
            Con la adoración ocurre algo similar: adorar es coger la vida “por los hombros”, y no “por la manga”. Quien pone a Dios en la cumbre de los valores de su existencia, observa que “todo lo demás” pasa a ocupar el lugar que le corresponde. Adorando a Dios se aprende a relativizar todas las cosas que, aún siendo importantes, no deben ocupar el lugar central, que no les corresponde. La educación en la adoración es totalmente necesaria para el vencimiento de las tentaciones de idolatría, en todas sus versiones y facetas: «Al Señor tu Dios adorarás y solo a Él darás culto» (Mt 4, 10).            
En la escuela de Jesús -el verdadero adorador del Padre-, aprendemos que la adoración no se reduce a un momento puntual realizado en la capilla, sino que es una dimensión esencial de la vida del creyente. Se trata de una actitud de vida, la actitud de adoración, tal y como lo expresa San Pablo: «Así que, hermanos, os ruego por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Éste es vuestro culto espiritual(“latreia”, del verbo latreo –adorar-)» (Rm 12, 1).
 En resumen, la Sagrada Escritura no sólo nos invita a “hacer” oración de adoración, sino a “ser” adoradores en espíritu y en verdad; viviendo nuestra existencia como una ocasión providencial  de testimoniar la gloria de Dios. He aquí una buena definición del adorador: “el testigo de la gloria de Dios”.
En la Bula del Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II pronunciaba estas hermosas palabras: «Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos». Concluyamos invocando a la Santísima Virgen María, como aquella que nos entregó y nos sigue entregando el Cuerpo y la Sangre de su Hijo para la adoración. 
¡¡De la mano de María, adoremos a Jesucristo!!

HOMILÍA DEL PAPA EN LA PROCESIÓN DEL CORPUS CHRISTI



¡Queridos hermanos y hermanas!
La fiesta del Corpus Domini es inseparable a la del Jueves Santo, de la Misa de Caena Domini, en la que celebramos solemnemente la institución de la Eucaristía. Mientras que en la noche del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se ofrece a nosotros en el pan partido o en el vino derramado, hoy, en la celebración del Corpus Domini, este misterio se ofrece a la adoración y a la meditación del Pueblo de Dios, y el Santísimo Sacramento es llevado en procesión por las calles de las ciudades y de los pueblos, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el Reino de los Cielos.
Lo que Jesús nos ha dado en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no está reservado a algunos pocos, sino que está destinado a todos. En la Misa en Caena Domini del pasado Jueves Santo destaqué que en la Eucaristía sucede la transformación de los dones de esta tierra -el pan y el vino- con el fin de transformar nuestra vida e inaugurar así la transformación del mundo. Esta tarde quisiera retomar este perspectiva.
Todo parte, se podría decir, del corazón de Cristo, que en la Última Cena, en la vigilia de su pasión, agradeció y alabó a Dios y, de esta manera, con la potencia de su amor, transformó el sentido de la muerte a la que iba a enfrentarse. El hecho de que el Sacramento del altar haya asumido el nombre de “Eucaristía” -“acción de gracias”- expresa exactamente esto: que la transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es fruto del don que Cristo ha hecho de sí mismo, don de un Amor más fuerte que la muerte, Amor Divino que lo ha hecho resucitar de entre los muertos. Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de la vida. Del corazón de Cristo, desde su “oración eucarística” hasta la vigilia de la pasión, viene este dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humanas e históricas. Todo procede de Dios, de la omnipotencia de su Amor Uno y Trino, encarnado en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esto sabe agradecer y alabar a Dios incluso frente a la traición y a la violencia, y en este modo cambia las cosas, las personas y el mundo.
Esta transformación es posible gracias a una comunión más fuerte que la división, la comunión de Dios mismo. La palabra “comunión”, que nosotros usamos para designar la Eucaristía, reasume en sí mismo la dimensión vertical y la horizontal del don de Cristo. Es muy bella y elocuente la expresión “recibir la comunión” referida al hecho de comer el Pan eucarístico. En efecto, cuando realizamos este acto, entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se da a nosotros y por nosotros. Desde Dios, a través de Jesús, hasta llegar a nosotros: una única comunión se transmite en la Santa Eucaristía. Lo hemos escuchado hace poco, en la Segunda Lectura, de las palabras del apóstol Pablo dirigidas a los cristianos de Corinto: “ La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.(1 Cor 10,16-17).
San Agustín nos ayuda a comprender la dinámica de la comunión eucarística cuando hace referencia a una especie de visión que tuvo, en la que Jesús le dice: “Yo soy el alimento de los fuertes. Crece y me tendrás. Tú no me transformarás en ti, como el alimento del cuerpo, sino que será tú el transformado en mí” (Conf. VII, 10, 18). Mientras que el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía se trata de un Pan diferente: no somos nosotros los que lo asimilamos, sino que nos asimila a sí, así nos convertimos conforme a Jesucristo, miembros de su cuerpo, una sola cosa con Él. Esta fase es decisiva. De hecho, exactamente porque es Cristo el que, en la comunión eucarística, nos transforma a sí, nuestra individualidad , en este encuentro, se abre, liberada de su egocentrismo y inscrita en la Persona de Jesús, que a su vez está inmerso en la comunión trinitaria. Así la eucaristía, mientras que nos une a Cristo, nos abre a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somo una sola cosa en Él. La comunión eucarística me une a la persona que tengo al lado, y con la que, quizás, ni siquiera tengo una buena relación, y también nos une a los hermanos que están lejos, en todas las partes del mundo. De aquí, de la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como testifican los grandes Santos sociales, que fueron siempre grandes almas eucarísticas. Quien reconoce a Jesús en la Hostia Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a todas las personas, se compromete, de modo concreto, por todos los que tienen necesidad. Del don del amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna. Especialmente en nuestra época, en la que la globalización nos hace, cada vez más, dependientes los unos de los otros, el Cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, es decir, si en el Verdadero Amor, lo que daría lugar a la confusión, al individualismo, y la opresión de todos contra todos. El Evangelio mira desde siempre a la unidad de la familia humana, una unidad no impuesta por las alturas, ni por intereses ideológico o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad de los unos hacia los otros, porque nos reconocemos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo, porque hemos aprendido y aprendemos constantemente por el Sacramento del Altar que la comunión, el amor es la vía de la verdadera justicia.
Volvemos ahora al acto de Jesús en la Última Cena. ¿Qué sucedió en ese momento? Cuando Él dijo: Este es mi cuerpo que he dado por vosotros, esta es mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres, ¿Qué sucede? Jesús en este gesto anticipa el suceso del Calvario. Él acepta por amor toda la pasión, con su sufrimiento y su violencia, hasta la muerte de cruz; aceptándola de este modo, la transforma en una acto de donación. Esta es la transformación que el mundo necesita, porque lo redime desde el interior, lo abre a las dimensiones del Reino de los cielos.. Pero esta renovación del mundo, Dios quiere realizarla siempre a través de la misma vía seguida por Cristo, este camino, que es Él mismo. No hay nada de mágico en el Cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente de la semilla de grano que se parte para dar la vida, la lógica de la fe que mueve las montañas con el suave poder de Dios. Por esto quiere continuar renovando la humanidad, la historia y el cosmos, a través de esta cadena de transformaciones, de la que la Eucaristía es el sacramento. Mediante el pan y el vino consagrados, en los que están realmente presentes su Cuerpo y su Sangre, Cristo nos transforma, asimilándonos a Él: nos implica en su obra de redención, haciéndonos capaces, por la gracia del Espíritu Santo, de vivir según su misma lógica de donación, como semillas de grano unidos a Él y en Él. Así se siembran y van madurando en los surcos de la historia, la unidad y la paz, que son el fin al que tendemos, según el diseño de Dios.
Sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por los caminos del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples semillas de grano, custodiamos la firme certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres, cielos nuevos y tierra nueva, en la que reinan la paz y la justicia, y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra verdadera patria. También esta tarde, mientras se pone el sol sobre nuestra amada ciudad de Roma, nosotros nos ponemos en camino: con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que dijo “yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¡Gracias, Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque se hace de noche. “Buen Pastor, verdadero Pan, ¡Oh Jesús! ¡Piedad de nosotros; aliméntanos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos, en la tierra de los vivos! Amén.

23 junio 2011


La catequesis,


transmisión de vida cristiana




La enseñanza de la Religión en la escuela es un derecho fundamental de las familias, que debe reconocer toda sociedad madura y libre


Transmitir la vida cristiana de la fe es una responsabilidad de todos y cada uno de los cristianos: «De por sí, la fe no se conserva en el mundo, no se transmite automáticamente al corazón del hombre, sino que debe ser siempre anunciada», ha dicho Benedicto XVI ante la asamblea eclesial de Roma (13-VI-2011).

Catequesis y Enseñanza Escolar de la Religión

      En esta tarea, hoy se distinguen dos modalidades complementarias: la enseñanza escolar de la Religión y la catequesis. La enseñanza de la Religión en la escuela —pública o privada— es un derecho fundamental de las familias, que debe reconocer toda sociedad madura y libre. Esta enseñanza subraya los aspectos intelectuales del cristianismo, y se sitúa en diálogo con la formación científica y cultural. Junto a ella, la catequesis es transmisión de “vida cristiana” en el seno de las familias, con la ayuda de la parroquia y otros grupos, movimientos e instituciones eclesiales.
      «La peculiaridad de la catequesis, distinta del anuncio primero del Evangelio que ha suscitado la conversión, persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo» (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 19).

La catequesis hoy

      ¿Cómo plantear hoy la catequesis? Ante todo se precisa redescubrir la vida cristiana uno mismo, el propio educador: procurar vivirla —con la ayuda de otros en el seno de la familia de Dios que es la Iglesia— en sus diversos aspectos: personales y familiares, profesionales y sociales. Además el Papa actual suele señalar la importancia de aprovechar la catequesis de niños y jóvenes para llegar a sus familias. Con estos presupuestos, se puede hablar de una metodología que atienda a tres dimensiones integrales y complementarias de la vida cristiana, que se pueden llamar, un poco esquemáticamente: la razón, la experiencia y la tradición.

Razón y fe

      a) La razón es lo propio de las personas. Por eso hay que transmitir los valores humanos (por ejemplo, a través de historias y películas que muestran a personas que hacen el bien). Al mismo tiempo se requiere el anuncio de la fe que perfecciona lo humano, y que se basa en la manifestación del amor de Dios en Jesucristo. Las “razones” de la fe no son menos razones sino mejores y más perfectas, incluso desde el punto de vista humano. Por ejemplo, los sacramentos se acomodan a la “realidad humana”: el agua que lava en el Bautismo, el pan y vino que alimentan en la Eucaristía; en la Biblia Dios “explica” su amor por la humanidad hablando del amor humano (sobre todo en el Cantar de los Cantares).
      Benedicto XVI les decía a los obispos de Brasil que los «catequistas no son simples comunicadores de experiencias de fe, sino que deben ser auténticos transmisores, bajo la guía de su Pastor, de las verdades reveladas» (11-V-2007). Habría que preguntarse si como educadores cristianos, conocemos y consultamos con frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio.

La experiencia cristiana

      b) La experiencia cristiana se apoya en la experiencia humana, la asume, purifica y perfecciona. Para ello es preciso que la fe se haga vida, se haga carne de nuestra carne, algo así como la vida de Dios se hizo carne en Jesús de Nazaret. Ser cristiano es “encarnar” la fe en la vida personal y en la cultura que nos rodea, y que nosotros mismos contribuimos a configurar.
      Y esto comienza con la experiencia de Dios: es decir, el conocimiento y el trato personal con Jesucristo, centrado en la oración y los sacramentos. Concretamente «la catequesis eucarística y sacramental debe realmente llegar a lo profundo de nuestra existencia, ser precisamente educación para abrirme a la voz de Dios»; a la vez, «me lleva al otro porque el otro recibe al mismo Cristo, como yo. Por tanto si en él y en mí está el mismo Cristo, también nosotros dejamos de ser individuos separados. Aquí nace la doctrina del Cuerpo de Cristo, porque hemos sido todos incorporados, si recibimos bien la Eucaristía en el mismo Cristo» (Encuentro con los párrocos de Roma, 26-II-2009). También es importante la catequesis sobre el Sacramento de la Penitencia y el sentido del pecado. Como lo es una catequesis sobre la Doctrina Social de la Iglesia (cf.Discurso inaugural de la V Asamblea del CELAM, 13-V-2007).

Vida cristiana y tradición eclesial

      c) La vida cristiana se desarrolla en una tradición. Se acompaña de una historia que la transmite y una Escritura que la recoge, de un lenguaje comunicable y una existencia gozosamente compartida en la familia de Dios, que es germen de solidaridad para formar libremente, de todas las gentes, la familia universal de Dios en el mundo. Como consecuencia, es una vida de servicio a los demás, a sus necesidades materiales y espirituales, comenzando por los más cercanos y por los más débiles. Esto lo debe promover todo catequista o educador, junto con el amor a la Iglesia y la fidelidad a su Tradición.
      De este modo la catequesis puede ser “escuela” de servicio a la sociedad y de vida cristiana auténtica; escuela de«sabiduría, es decir, un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta» (Benedicto XVI, Homilía 5-IX-10). Además en la catequesis, la fidelidad a la fe de la Iglesia debe conjugarse «con una "creatividad catequística" que tenga en cuenta el contexto, la cultura y la edad de los destinatarios» y que sepa mostrar la vida de fe como un «camino de belleza» (Discurso ante la asamblea eclesial de Roma, 13-VI-2011).

Lo que no es la catequesis

      Y así se entiende lo que “no” es la catequesis. No consiste en enseñar una pura teoría como conjunto de verdades abstractas o normas de un código voluntarista o moralista. No es la promoción de sentimientos “baratos” (una ingenua solidaridad a nivel meramente humano) o falsamente “piadosos” (pseudorreligiosidad sentimentalista), o de un intimismo o espiritualismo que llevase a evadirse del mundo. Tampoco se trata de impulsar una revolución fundamentalista o fanática en nombre de Dios o de la justicia. La Iglesia tampoco es un grupo de personas que piensan sólo en el “más allá” —cuyos modelos serían los clérigos o los “religiosos”— ni un grupo de presión para conseguir posiciones o influencias humanas.

Una escuela de sabiduría y amor

      «Todos —proponía el Papa al principio de su pontificado— debemos comprometernos seriamente, como siempre, en una renovación de la catequesis en la que sea fundamental la valentía de dar testimonio de la propia fe y de encontrar los modos adecuados para hacer que sea comprendida y acogida, pues la ignorancia religiosa ha alcanzado un nivel espantoso»(Encuentro con los obispos de Suiza, 7-XI-2006).
      Digámoslo de nuevo. La catequesis es la educación de la vida cristiana como sabiduría y amor efectivo. Es transmitir un mensaje que une la fe y la vida, la verdad y el amor. Por eso sabe conjugar los elementos esenciales de la vida cristiana con los “modos” opcionales, diversos y legítimos, de expresar la fe, celebrarla y vivirla.
      En todo caso, sobre la base del testimonio y del compromiso personal (ejemplo y palabra) del educador, y con el conveniente conocimiento de las personas y las familias, la catequesis es un don de Dios y una altísima tarea.