23 enero 2012


LA ORACIÓN POR LA UNIDAD, CENTRAL EN EL ECUMENISMO DE LA IGLESIA 


El Papa ayer en el rezo del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!
Este domingo se sitúa en medio de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra del 18 al 25 de enero. Invito cordialmente a todos a unirse a la oración de Jesús al Padre en la víspera de su pasión: "Que ellos también sean uno, para que el mundo crea" (Jn 17,21). Este año en particular, nuestra meditación durante la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se refiere a un pasaje de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, con el lema: Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor (cf. 1 Cor 15,51-58). Estamos llamados a contemplar la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, es decir su resurrección, que es un acontecimiento que transforma radicalmente a los que creen en Él y les abre el camino a una vida incorruptible e inmortal. Reconocer y aceptar el poder transformador de la fe en Jesucristo, sostiene a los cristianos también en la búsqueda de la plena unidad entre sí.
Este año los materialespara la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos fueron preparados por un grupo polaco. De hecho, Polonia ha tenido una larga historia de luchas valientes contra las adversidades y ha dado repetidas muestras de una gran determinación, animada por la fe. Por eso que las palabras que conforman el tema mencionado anteriormente, tienen una resonancia y una fuerza particular en Polonia. A través de los siglos, los cristianos polacos han intuido de forma espontánea una dimensión espiritual en su deseo de libertad, y han comprendido que la verdadera victoria sólo puede alcanzarse si se acompaña de una profunda transformación interna. Ellos nos recuerdan que nuestra búsqueda puede ser conducida de manera realista si el cambio se da principalmente en nosotros mismos, si dejamos que Dios actúe, si nos dejamos transformar a imagen de Cristo, si nos adentramos en la vida nueva que es Cristo, la verdadera victoria. La unidad visible de todos los cristianos es siempre una obra que viene de lo alto, de Dios, obra que exige la humildad de reconocer nuestra debilidad y de acoger el don. Pero, usando una frase a menudo repetida por el beato Papa Juan Pablo II, cada regalo se convierte también en un compromiso. La unidad que viene de Dios requiere, por lo tanto, nuestro compromiso diario de abrirnos los unos a los otros en la caridad.
Durante muchas décadas, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos es un elemento central en la actividad ecuménica de la Iglesia. El tiempo que dedicaremos a la oración por la plena comunión de los discípulos de Cristo, nos permitirá comprender más profundamente la forma en que seremos transformados por su victoria, por el poder de su resurrección. El próximo miércoles, como es costumbre, vamos a concluir la semana de oración con la celebración solemne de las vísperas de la solemnidad de la Conversión de San Pablo en la basílica de San Pablo Extramuros, en la cual participarán también los representantes de las otras Iglesias y comunidades cristianas. Espero que muchos estén presentes en este encuentro litúrgico para renovar juntos nuestra oración al Señor, fuente de unidad. Encomendémosla desde ahora, con confianza filial, a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia.

el papa al Tribunal de la Rota Romana en la inauguración del año judicial


¡Estimados miembros del Tribunal de la Rota Romana!
Es para mí un gran gozo recibirles hoy en este encuentro anual, con ocasión de la inauguración del año judicial. Dirijo mi saludo al Colegio de los prelados auditores, comenzando por el decano, monseñor Antoni Stankiewicz, a quien le agradezco sus palabras. Un saludo cordial también a los oficiales, abogados, a los demás colaboradores y a todos los presentes. En esta ocasión renuevo mi aprecio por el valioso ministerio que realizan en la Iglesia y que requiere un compromiso renovado con los efectos que este tiene para la salus animarum del Pueblo de Dios
En nuestra cita de este año, me gustaría partir de uno de los importantes eventos eclesiales que viviremos en unos pocos meses; me estoy refiriendo al Año de la Fe, que, siguiendo las huellas de mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, he querido convocar en el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Aquel gran pontífice --como escribí en la carta apostólica de convocatoria--, estableció por primera vez un período de reflexión “consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación”1.
En referencia a una similar exigencia, que pasa por el ámbito que interesa directamente a su servicio en la Iglesia, hoy quisiera detenerme en un aspecto principal del ministerio judicial, que es la interpretación del derecho canónico en lo que respecta a su applicación.2 El nexo con el tema apenas mencionado --la recta interpretación de la fe--, no se reduce por cierto a una mera similitud semántica, ya que el derecho canónico halla en la verdad de la fe su fundamento y su propio sentido, y que la lex agendi no puede más que reflejar la lex credendi. La cuestión de la interpretación de la ley canónica, sin embargo, es un tema muy amplio y complejo, ante el cual me limitaré a dar algunas observaciones.
En primer lugar, la hermenéutica del derecho canónico está estrechamente vinculada al concepto mismo de la ley de la Iglesia.
En el caso de que se tendiera a identificar el derecho canónico con el sistema de las leyes canónicas, el conocimiento de lo que es jurídico en la Iglesia consistiría esencialmente en comprender aquello que establecen los textos legales. A primera vista, este enfoque parecería valorizar plenamente la ley humana. Pero está claro el empobrecimiento que este concepto tendría: el olvido práctico del derecho natural y del derecho divino positivo, así como de la relación vital de cada derecho con la comunión y la misión de la Iglesia; el trabajo del intérprete se ve privado del contacto vital con la realidad de la Iglesia.
En los últimos tiempos, algunas corrientes de pensamiento han advertido contra el excesivo apego a las leyes de la Iglesia, comenzando por los Códigos, juzgándolos, precisamente, como una manifestación de legalismo. Por lo tanto, se han propuesto formas hermenéuticas que permitan un enfoque/ una aproximación más adecuada/o con las bases teológicas y los intentos también pastorales de la norma canónica, llevando a una creatividad jurídica en la cual la sola situación se convertiría en factor decisivo para determinar el significado auténtico del precepto legal en el caso concreto. La misericordia, la equidad, la oikonomia, tan estimada por la tradición oriental, son algunos de los conceptos a los que se recurre en tales procedimientos interpretativos. Conviene señalar enseguida que este enfoque no supera el positivismo que denuncia, limitándose a sustituirlo por otro, en el que el trabajo interpretativo humano se eleva como protagonista en la determinación de lo que es legal. No tiene sentido buscar un derecho objetivo, ya que queda a merced de consideraciones que pretenden ser teológicas o pastorales, pero al final están expuestas al riesgo de la arbitrariedad. De esta manera, se vacía la hermenéutica jurídica: básicamente no interesa comprender la disposición de la ley, desde el momento en que esta puede ser adaptada dinámicamente a cualquier solución, incluso opuesta a la letra. Ciertamente hay en este caso, una referencia a los fenómenos vitales, de los cuales sin embargo no se capta la dimensión jurídica intrínseca.
Hay otra vía, en la que la comprensión adecuada de la ley canónica abre el camino para un trabajo interpretativo que se inserta en la búsqueda de la verdad sobre el derecho y la justicia en la Iglesia. Como he querido señalar al Parlamento Federal de mi país, en el Reichstag de Berlín3, el verdadero derecho es inseparable de la justicia. Es obvio que el principio se aplica también a la ley canónica, en el sentido de que no puede ser acallada en un ordenamiento jurídico meramente humano, sino que debe ser conectada a un orden justo de la Iglesia, en la que rige una ley superior. En esta perspectiva, la ley positiva humana pierde el primado que se le quiere atribuir, ya que el derecho no se identifica muy facilmente con ella; pero sin embargo, la ley humana es valorada en cuanto expresión de la justicia, sobre todo por cuanto esta declara como derecho divino, pero también por aquello que introduce como legítima determinación del derecho humano.
Por lo tanto, es posible una hermenéutica legal que sea auténticamente jurídica, en el sentido de que, entrando en sintonía con el significado propio de la ley, se puede hacer la pregunta crucial sobre aquello que es justo en cada caso. Cabe recordar a este respecto, que para entender el significado correcto de la ley, se debe siempre mirar a la realidad que ha de ser disciplinada, y esto no solo cuando la ley sea principalmente declarativa del derecho divino, sino también cuando introduzca constitutivamente reglas humanas. Estos son, por cierto, interpretados también a la luz de la realidad regulada, que siempre contiene un núcleo de la ley natural y divina positiva, con la cual toda norma debe estar en armonía para ser racional y verdaderamente jurídica.
En esta perspectiva realista, el esfuerzo de interpretación, a veces difícil, adquiere un sentido y un propósito. El uso de los medios de interpretación previstos en el canon 17 del Código de Derecho Canónico, comenzando con el "verdadero significado de las palabras consideradas en el texto y en el contexto", ya no es un simple ejercicio de lógica. Esta es una tarea que está animada por un auténtico contacto con la realidad de toda la Iglesia, que permite penetrar en el verdadero sentido de la letra de la ley. Entonces sucede algo similar a lo que dije sobre el proceso interior de San Agustín en la hermenéutica bíblica: "el trascender la letra ha hecho creíble la letra misma"4. Esto confirma así que también en la hermenéutica de la ley, el auténtico horizonte es aquél de la verdad jurídica a amar, buscar y servir.
De ello se desprende que la interpretación de la ley canónica debe tener lugar en la Iglesia. No se trata de una mera circunstancia externa, ambiental: es una llamada al humus mismo de la ley canónica y de las realidades reguladas por ella. El sentir cum Ecclesia también tiene sentido en la disciplina, a causa de los fundamentos doctrinales que están siempre presentes y activos en las normas legales de la Iglesia. De esta manera, va aplicada también a la ley canónica aquella hermeneútica de la renovación en la continuidad de la que hablé en referencia al Concilio Vaticano II5, tan estrechamente vinculada a la legislación canónica actual. La madurez cristiana lleva a amar más y a querer comprenderla y aplicarla con fidelidad.
Estas actitudes de fondo son aplicables a todas las categorías de interpretación: de la investigación científica en el derecho canónico, al trabajo de los trabajadores judiciales en los procedimientos judiciales o administrativos, hasta la búsqueda diaria de soluciones justas en la vida de los creyentes y de la comunidad. Se necesita un espíritu de docilidad para acoger las leyes, tratando de estudiar con honestidad y dedicación la tradición jurídica de la Iglesia con el fin de identificarse con ella y también con las disposiciones legales promulgadas por los pastores, especialmente las leyes pontificias y el magisterio sobre cuestiones de derecho canónico, el cual es de por sí vinculante en aquella que enseña sobre el derecho.6 Sólo de esta manera se pueden discernir los casos en que las circunstancias concretas exigen una solución equitativa para alcanzar la justicia, que la norma en general humana no ha podido prever, y será capaz de manifiestar en espíritu de comunión aquello que podrá servir para mejorar el marco jurídico.
Estas reflexiones adquieren una especial relevancia en el ambito de las leyes relativas al acto constitutivo del matrimonio y su consumación, y a la recepción del Orden sagrado, y de aquellas atinentes a los respectivos procesos. Aquí la sintonía con el verdadero sentido de la ley de la Iglesia se convierte en una cuestión de amplia y profunda incidencia práctica en la vida de las personas y de las comunidades, lo que requiere una atención especial. En particular, hay que aplicar todos los medios jurídicamente vinculantes que tiendan a asegurar la unidad en la interpretación y aplicación de las leyes que requiere la justicia: el magisterio pontificio específicamente concerniente a este campo, contenido sobre todo en los discursos a la Rota Romana; la jurisprudencia de la Rota Romana, sobre cuya relevancia ya he tenido ocasión de hablarles7 ; así como las normas y declaraciones emitidas por otros departamentos de la Curia Romana. Esta unidad hermenéutica, en aquello que es esencial, no mortifica de ningún modo las funciones de los tribunales locales, llamados a afrontar primero las complejas situaciones reales que se dan en cada contexto cultural. Cada uno de ellos, de hecho, está obligado a proceder con un verdadero sentido de reverencia hacia la verdad del derecho, tratando de practicar ejemplarmente --en el uso de las instituciones judiciales y administrativas--, la comunión en la disciplina, como un aspecto esencial de la unidad de la Iglesia.
Llegando a la conclusión de este momento de encuentro y de reflexión, quisiera recordar la reciente innovación --a la que se refiere monseñor Stankiewicz--, por la cual fueron trasladadas a una oficina en este mismo Tribunal Apostólico, las competencias sobre los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de las sagradas órdenes.8 Estoy seguro de que habrá una respuesta generosa a este nuevo compromiso eclesial.
Al alentarles en su valiosa labor, que requiere un fiel y comprometido trabajo diario, les encomiendo a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Speculum iustitiae, y les imparto complacido la Bendición Apostólica.
Traducido del italiano por José Antonio Varela
Notas
1 Motu pr. Porta fidei, 11 ottobre 2011, 5: L’Osservatore Romano, 17-18 ottobre 2011, p. 4.
2 Cfr can. 16, § 3 CIC; can. 1498, § 3 CCEO.
3 Cfr Discorso al Parlamento Federale della Repubblica Federale di Germania, 22 settembre 2011: L’Osservatore Romano, 24 settembre 2011, pp. 6-7.
4 Cfr Esort. ap. postsininodale Verbum Domini, 30 settembre 2010, 38: AAS 102 (2010), p. 718, n. 38.
5 Cfr Discorso alla Curia Romana, 22 dicembre 2005: AAS 98 (2006), pp. 40-53.
6 Cfr GIOVANNI PAOLO II, Allocuzione alla Rota Romana,29 gennaio 2005, 6: AAS 97 (2005), pp. 165-166.
7 Cfr Allocuzione alla Rota Romana, 26 gennaio 2008: AAS 100 (2008), pp. 84-88.
8 Cfr Motu pr. Quaerit semper, 30 agosto 2011: L’Osservatore Romano, 28 settembre 2011, p. 7.

21 enero 2012



La victoria de servir


La fe cristiana no es una mera creencia o un conjunto de ideas o de sentimientos, o un ideal… (…) es el encuentro con Cristo que transforma a cada persona y la lleva a colaborar en el bien común y para la vida plena de los demás

      Dice San Juan en su primera carta que «la victoria que vence al mundo es nuestra fe». La Oración por la Unidad de los Cristianos subraya este año la victoria de Cristo como causa de nuestra resurrección, y, por tanto, de la belleza de la vida cristiana. Conviene preguntarse de qué tipo es esa “victoria”.
      Benedicto XVI ha explicado en alguna ocasión que la victoria de Cristo debe entenderse en el sentido del amor y del servicio. Estas son sus palabras: «La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás» (Benedicto XVI, Mensaje para la convocatoria de la JMJ de Madrid 2011, 6-VIII-2010, n. 5).

Lo que es y no es la fe cristiana

      En efecto, de un lado la fe cristiana no es una mera creencia o un conjunto de ideas o de sentimientos, o un ideal que se podría alcanzar por cualquier medio, independientemente de las consecuencias que eso tuviera para la dignidad de las personas o la justicia con la realidad. La fe cristiana es el encuentro con Cristo que transforma a cada persona y la lleva a colaborar en el bien común y para la vida plena de los demás.
      También conviene aclarar que el mundo no es, para el cristiano, un enemigo; el mundo creado de por sí es bueno. Lo que hay que combatir es el pecado y el mal que hay en el mundo.
      Además, la fe cristiana no busca dejar vencedores ni vencidos, a no ser el pecado y quien está radicalmente en su origen, el demonio. También queda vencida la muerte, porque ya no tiene la última palabra (tras de ella viene la Vida verdadera). Y porque la cruz de Cristo le cambia el sentido, convirtiéndola en un medio de salvación (en el caso del Señor) o de posible cooperación a la salvación propia y ajena (en nuestro caso).

El lema de este año: "Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo"

      Al menos por estos motivos, es iluminador el lema que se propone para la oración por la unidad de los cristianos (2012), inspirado en el pensamiento paulino sobre la resurrección de los cuerpos como consecuencia del triunfo de Cristo sobre la muerte: «Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo» (cf 1 Co 15, 51-58). La fe en esta victoria deben considerarla los cristianos como un fuerte apoyo para su firmeza, constancia y progreso en las buenas obras.
      Según Benedicto XVI, el equipo redactor del texto «ha querido subrayar qué fuerte es el apoyo de la fe en medio de las pruebas y los estremecimientos como los que han caracterizado la historia de Polonia», tantas veces en defensa de una libertad que afectaba en gran medida a la fe cristiana (Audiencia general, 17-I-2012).
      En ese documento se alude al contraste entre una “victoria” entendida en términos triunfalistas, y el camino que propone Cristo, cuando dice que «si alguien quiere ser el primero, sea el último de todos y el siervo de todos» (Mc 9, 35).

La victoria de la fe es la del amor, y comienza por la conversión

      En términos del Papa, «Cristo habla de una victoria a través del amor que sufre, a través del servicio recíproco, la ayuda, la nueva esperanza y el consuelo concreto a los últimos, a los olvidados, a los rechazados». Así vemos la victoria de Cristo:«Para todos los cristianos, la más alta expresión de ese humilde servicio es Jesucristo mismo, el don total que hace de Sí mismo, la victoria de su amor que vence a la muerte, en la cruz, que resplandece en la luz de la mañana de Pascua». Y la consecuencia para nosotros: «Nosotros podemos participar en esta “victoria” transformadora si nos dejamos transformar por Dios, sólo si llegamos a una conversión de nuestra vida y la transformación se realiza en forma de conversión».
      Insiste Benedicto XVI en que se trata de una conversión interior, personal y comunitaria: «No se trata simplemente de cordialidad o de cooperación, sino que es necesario sobre todo reforzar nuestra fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, que nos ha hablado y se ha hecho uno de nosotros; se requiere entrar en la nueva vida de Cristo, que es nuestra verdadera y definitiva victoria; se necesita que nos abramos unos a otros, asumiendo todos los elementos de unidad que Dios ha conservado para nosotros y nos da siempre de nuevo: es necesario sentir la urgencia de testimoniar al hombre de nuestro tiempo el Dios vivo que se ha dado a conocer en Cristo».
      El Concilio Vaticano II situó al ecumenismo en el centro de la vida y de la misión de la Iglesia, Juan Pablo II lo indicó como tarea esencial. Por tanto, dice Benedicto XVI, la oración por la unidad de los cristianos no debe ser sólo tarea de una semana, sino de todo tiempo y lugar.
La Unidad de los cristianos, responsabilidad de todos
      Nos acercamos a la celebración de un Año de la Fe. Por eso viene a propósito esta pregunta que se hace el Papa acerca de nuestro testimonio de la fe: «¿Cómo podemos dar un testimonio convincente si estamos divididos? Ciertamente, por lo que respecta a las verdades fundamentales de la fe, nos une mucho más de lo que nos divide. Pero las divisiones permanecen, y afectan también a varias cuestiones éticas y prácticas, suscitando confusión y desconfianza, debilitando nuestra capacidad de transmitir la Palabra de Cristo». Y concluye que la falta de unidad es un gran desafío ante la nueva evangelización.
      La unidad de los cristianos no es una cosa más. Pertenece al corazón de la Iglesia y ha de estar por tanto en el corazón del cristiano. Es cuestión de fe, de amor y de esperanza. Pide ante todo un cambio de vida personal, que lleva al testimonio, también personal, de la fe, y a la apertura y colaboración cordial con los demás cristianos. Vivimos hoy en un mundo en que la convivencia con cristianos no católicos es cada día más usual. Es importante que crezca en la vida del católico esa conversión del corazón para apreciar los elementos de santificación y verdad que tienen los cristianos no católicos, y establecer con ellos una relación efectivamente cordial y cercana.

Oración por la unidad y formación ecuménica

      El empeño por contribuir a la unidad de los cristianos afecta también a las comunidades cristianas y a las instituciones eclesiales como tales. Por eso todos hemos de esforzarnos en la oración por la unidad y en la formación ecuménica. Esta formación (en sus diversos aspectos: doctrinal y espiritual, pastoral y ético) ha de llegar a la familia, la parroquia, la escuela y los diferentes movimientos, grupos y asociaciones. Así podremos avanzar hacia el testimonio común de los cristianos, tan necesario para la transmisión de la fe en nuestro tiempo.

20 enero 2012


CONVERTIRSE Y ACOGER LA BUENA NOTICIA QUE CRISTO NOS VIENE A TRAER 


Pedro Mendoza (TIEMPO ORDINARIO 3º, CICLO B)

"Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa". 1Cor 7,29-31

Comentario
El pasaje de este domingo continúa presentándonos la respuesta que san Pablo ofrece a los miembros de la comunidad de Corinto con relación a ciertas dudas y problemas de carácter moral que habían surgido en ella.
Ante todo vemos cómo el apóstol va más allá de la pregunta inmediata de los corintios sobre el modo de comportarse en las relaciones conyugales y ante otras situaciones u ocupaciones. Él dirige su mirada hacia los valores más universales. Y, en la primera de las frases de este parágrafo, introduce su respuesta señalando el principio o motivo principal que sostiene toda la argumentación de su respuesta, de donde deriva todo lo demás. Por eso la expresión es solemne y fuerte: "El tiempo es corto". A ella, como en un eco añadirá la última frase: "Porque la apariencia de este mundo pasa", que sirve, por tanto, a continuar y precisar el principio colocado al inicio.
¿Cómo comprender y evaluar, entonces esa expresión de san Pablo sobre la "brevedad" del tiempo? ¿Ese dicho del apóstol continúa siendo válido, si el fin del mundo se espera desde hace dos mil años? Ante todo conviene precisar que esas palabras del apóstol no se refieren sólo a la inminencia del fin del mundo, algo que en aquellos tiempos se percibía con mayor fuerza, pues la venida de Cristo y la realización de su obra redentora había suscitado la creencia y el ánimo de que el tiempo de intervalo para su segunda venida sería "muy breve". De ahí la urgencia de estar preparados cuanto antes para salir a su encuentro en su venida. Pero la duración del intervalo entre una venida y otra de Cristo permanece siempre desconocida y, como la historia bimilenaria muestra, todavía queda la incógnita del momento exacto en que Cristo volverá. Lo cual no significa una demora indefinida, pues llegará de modo sorpresivo, en el momento en que Dios así lo tiene determinado.
Es preciso, pues, distinguir lo que el apóstol pudo haber pensado, o retenido por cierto, sobre la cuestión del tiempo del juicio universal y cuanto, independientemente de tal opinión, pero por medio de ella debía permanecer escrito como admonición para toda la Iglesia. Las palabras de san Pablo, pronunciadas en un determinado contexto y enraizadas dentro de una situación bien precisa, conservan sin embargo su valor también para otros tiempos y otras circunstancias. Permanece una realidad absolutamente válida el hecho de que, después de la primera venida del Hijo del hombre, el mundo se encuentra bajo signos distintos de los precedentes. Entre la primera venida del Señor y su regreso, el mundo viene a encontrarse, por así decir, en una "tenaza". Por eso el apóstol coloca todas las situaciones humanas en medio de esta "tenaza", bajo la cual cobra toda su fuerza la realidad de la brevedad del tiempo y la contingencia de las cosas temporales.
Juzgando, bajo esta luz, las realidades humanas, san Pablo llega a afirmar: "los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen". No significa esto que los esposos deban renunciar a la unión conyugal, o ser indiferentes ante la propia pareja. Más bien quiere decir que los casados deben evitar convertirse en esclavos de las relaciones conyugales hasta tal punto de no poder vivir sin ellas. Es necesario que exista siempre entre ellos ese espacio de libertad del cual el apóstol ha hablado tantas otras veces. En esta línea se coloca, por ejemplo, el consejo dado poco antes de renunciar por un cierto tiempo y en común acuerdo a la intimidad física para dedicarse a la oración.
Partiendo de este ámbito de los temas conyugales, san Pablo ha llegado a hablar en primer lugar de esta actitud, que para él es de la máxima importancia. Pero le parece bien continuar ilustrando la propia afirmación aplicando la conclusión a otras situaciones. Aquí entra la categoría de "los que lloran", es decir, de todos aquellos que, por un motivo u otro, experimentan el dolor de la existencia humana. A ellos no se les prohíbe derramar lágrimas, sino hacerlo desconsoladamente olvidando que esas situaciones son una etapa entre otras de la vida. Del mismo modo, se refiere a "los que están alegres", es decir, a cuantos se encuentran en estado de gozo y de felicidad. A ellos el apóstol no les veta la felicidad, pues tanto esos momentos como los momentos de dolor forman parte de la vida humana.
A continuación, menciona otras categorías que tienen que ver con las realidades terrenas. Así a "los que compran", una tarea tan propia de miembros de una comunidad comercial como la de Corinto, les pone en guardia contra la tendencia de engolfarse en esas ocupaciones y caer en los riesgos impuestos de quien busca sólo la ganancia en ese oficio. También en estas situaciones es preciso alcanzar esa libertad de espíritu, propia del cristiano. Por último se refiere al correcto "uso del mundo", es decir, a todo aquello que forma parte de la vida de un ciudadano, con las variadas relaciones que establece en todos los campos. En toda situación es preciso vivir con la conciencia del "único necesario", sin olvidar que todas las cosas tienen una importancia relativa, dentro del breve giro de tiempo en el que vivimos en este mundo.
Por tanto, en la respuesta de san Pablo, vemos que los principios que señala sirven para orientar a los cristianos a estar cuanto más desapegados del mundo, en el modo en que entonces era necesario. Todo ello no debe conducirnos al otro extremo en la relación con las cosas del mundo, esto es a una actitud de desprecio o negligencia ante las realidades y tareas intramundanas. Más bien nos debe ayudar a sentir como deber nuestro hacia el reino de Dios el contribuir con todas nuestras fuerzas y constantemente al progreso terreno entendido en su "justo valor". Por lo mismo tampoco hay que llevar al otro extremo esta actitud última de valoración de las situaciones y realidades terrenas, "porque la apariencia de este mundo pasa".
Aplicación
Convertirse y acoger la Buena Noticia que Cristo nos viene a traer.
Con el Tiempo ordinario del año litúrgico hemos dado los primeros pasos en el seguimiento de Cristo en su vida pública. Ahora lo encontramos, después de la elección de los primeros discípulos, en el momento en que proclama el anuncio fundamental de su buena nueva: la llamada a la conversión para abrazar el evangelio, que es Él mismo.
La primera lectura, tomada del libro del profeta Jonás (3,1-5.10), ilustra muy bien el tema de la conversión a la que Cristo nos llama. El profeta que, en nombre del Señor, invita a los ninivitas a la conversión, amenazándolos de otro modo con el anuncio de un castigo inminente, obtiene la conversión de todos. El anuncio de los castigos inminentes por parte de Dios tiene la intención no de hundir los ánimos, sino de sacudir las conciencias, espoleando a las personas a actuar de modo tal que eviten esos castigos y se reconcilien con Dios. Así también nosotros debemos estar siempre a la escucha de las llamadas y de las correcciones de Dios, para rechazar de nuestra vida todo aquello que nos aleja de Él y, por el contrario, dar lugar a todo aquello que acrecienta nuestra comunión de vida con Él.
En el evangelio de este domingo (Mc 1,14-20) vemos que, así como Jonás en su tiempo, Cristo inicia también su predicación anunciando que el tiempo se ha cumplido y que la intervención de Dios es inevitable y que, por tanto, es preciso dar paso en la propia vida a la conversión. Pero al mismo tiempo, se anuncia también la Buena noticia: Dios está a punto de intervenir para nuestra salvación, Él quiere derramar su amor sobre nosotros, y nos pide por tanto eliminar los obstáculos.  En estos momentos en que Cristo está comenzando su vida pública, cada uno de nosotros está llamado a vivir esa conversión profunda del corazón a Dios. Ésta es una condición indispensable para poder acompañar de cerca a Cristo y alcanzar las promesas de salvación que Él nos ofrece.
Como hemos comentado en la lectura del apóstol (1Cor 7,29-31), san Pablo refleja en cierta forma el anuncio a la conversión proclamado por Cristo. Jesús dice: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca". San Pablo replica: "El tiempo es corto". Esto significa: Dios quiere realizar su proyecto de amor; por ello es necesario pensar sólo en eso. Porque el tiempo se ha hecho breve, es necesario convertirse. Demos, pues, a toda nuestra vida esa orientación fundamental hacia Dios, viviendo en este mundo como peregrinos hacia la patria celeste, en donde Dios nos aguarda con amor de Padre para acogernos en un abrazo eterno de amor.

No hay contraposición entre lo jurídico y lo pastoral


Acaba de presentarse en Roma, Italia, una nueva edición en italiano de comentarios jurídico pastorales al Código de Derecho Canónico, por un equipo de docentes y canonistas. El acto de presentación tuvo lugar en el Ateneo del Laterano.
La pastoral de la Iglesia, guiada por el papa y los obispos, es la dimensión precisa de la justicia, en un período histórico de fuerte relativismo. La dimensión jurídica y la pastoral están inseparablemente unidas en la Iglesia. Entre el aspecto jurídico y el pastoral no hay contraposición, sino más bien complementariedad.
Estos fueron algunos de los conceptos expuestos en la presentación de la tercera edición de los comentarios jurídicos pastorales, publicados con el título Il Codice di diritto canonico, presentado el 17 de enero en el Ateneo del Laterano de esta ciudad.
La nueva edición de los comentarios jurídicos y pastorales del Códico de Derecho Canónico es un instrumento importante para evitar procedimientos relativistas o meramente subjetivos de las normas canónicas.
La obra tuvo dos ediciones en 1986 y 1996, firmadas por su fallecido autor, monseñor Luigi Chiappetta. Ahora, se presenta actualizada por un equipo de docentes y conocedores del Derecho Canónico: los profesores: Francesco Catozzella, Arianna Catta, Claudia Izzi y Luigi Sabbarese.
Después de los saludos del rector de la Universidad Pontificia Lateranense Enrico dal Covolo, presentaron la obra el presidente emérito de la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede, cardenal Velasio de Paolis, y uno de los redactores, Luigi Sabbarese, profesor de la facultad de derecho canónico de la Universidad Pontificia Urbaniana. Moderó el encuentro el claretiano español Manuel Arroba Conde, presidente del InstitutoPontificio Utriusque Iuris.
“En la Iglesia –afirmó el rector de la Lateranense--, no hay espacio para mentalidades y procedimientos relativistas, con la consecuencia inevitable de una visión distorsionada del derecho y una interpretación meramente subjetiva de las normas canónicas. En un contexto cultural marcado por el relativismo y positivismo jurídico, la pastoral de la Iglesia guiada por el papa y los obispos es la dimensión justa para reconducir a la persona humana hacia el derecho y la justicia”.
Del Covolo insistió además sobre el riesgo de identificar el derecho de la Iglesia solamente con la actividad judicial. “Entre los dos aspectos, el jurídico y el pastoral --explicó el prelado- no hay contraposición, sino más bien complementariedad.
Derecho y pastoral por lo tanto constituyen un “binomio imprescindible” para el bien de la Iglesia y para la salus animarum, como Benedicto XVI afirmó hace casi un año atrás, en el último discurso al Tribunal de la Rota Romana.
El rector de la Lateranense citó además una alocución de 1990, del beato Juan Pablo II: “No es verdad que para ser más pastoral el derecho deba ser menos jurídico (…). La dimensión jurídica y la pastoral están inseparablemente unidas en la Iglesia, peregrina en esta tierra. Antes de todo existe una armonía entre ellas que deriva de la finalidad común: la salvación de las almas”.
Monseñor Dal Covolo manifestó su convicción de que “este comentario al Código, que conserva la firma de monseñor Chiappetta, constituya realmente una fuente de información indispensable para estudiantes, docentes y quienes aplican el Derecho”.
La nueva edición de tres volúmenes, sigue manteniendo el triple perfil de las anteriores, que recogen todos los cánones del Codex Iuris Canonici, la legislación universal, el derecho particular y complementario y la normativa relativa a pactos.
La actualización ha repasado el nuevo panorama normativo, tomando en cuenta los cambios legislativos aportados a algunos cánones del Código.

19 enero 2012


ESPERAMOS EL DÍA GLORIOSO EN QUE PODAMOS CELEBRAR JUNTOS LOS SACRAMENTOS


El papa ayer en la audiencia general

¡Queridos hermanos y hermanas!
Empieza hoy la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que, desde hace más de un siglo, se celebra cada año por cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, para invocar aquél don extraordinario por el que el mismo Señor Jesús oró durante la Última Cena, antes de su pasión: “Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros, de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado”. La práctica de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos fue introducida en 1908 por el padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana que luego entró en la Iglesia católica. La iniciativa recibió la bendición del papa san Pío X y fue luego promovida por el papa Benedicto XV, que animó su celebración en toda la Iglesia católica con el breve Romanorum Pontificum, del 25 de febrero de 1916.
El octavario de oración fue desarrollado y perfeccionado en los años treinta del siglo pasado por el padre Paul Couturier de Lyon, que apoyó la oración “por la unidad de la Iglesia como quiere Cristo y conforme a los instrumentos que El quiere”. En sus últimos escritos, el padre Couturier ve tal Semana como un medio que permite a la oración universal de Cristo "entrar y penetrar dentro del Cuerpo cristiano"; debe crecer hasta convertirse en "un inmenso, unánime grito de todo el Pueblo de Dios", que pide a Dios este gran don. Y precisamente en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, el impulso del Concilio Vaticano II a la búsqueda de la plena comunión entre todos los discípulos de Cristo encuentra cada año una de sus más eficaces expresiones. Esta cita espiritual, que une a cristianos de todas las tradiciones, acrecienta nuestra conciencia del hecho que la unidad hacia la que tendemos no podrá ser sólo el resultado de nuestros esfuerzos, sino que mas bien será un don recibido de lo alto, que hay que pedir siempre.
Cada año, los materiales para la Semana de Oración los prepara un grupo ecuménico de una diferente parte del mundo. Querría detenerme en este punto. Este año, los textos han sido propuestos por un grupo mixto compuesto por representantes de la Iglesia católica y del Consejo Ecuménico Polaco, que comprende a varias Iglesias y comunidades eclesiales del país. La documentación ha sido luego revisada por una comisión integrada por miembros del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias. También este trabajo conjunto en dos etapas es un signo del deseo de unidad que anima a los cristianos y de la conciencia de que la oración es la vía primaria para lograr la plena comunión, para que unidos hacia el Señor andemos hacia la unidad. El tema de la Semana de este año –como hemos oído- está tomado de la I Carta a los Corintios: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo” (cfr 1 Cor 15,51-58), su victoria nos transformará. Y este tema fue sugerido por el amplio grupo ecuménico polaco que he citado, el cual, reflexionando sobre su propia experiencia como país, quiso subrayar lo fuerte que el es apoyo de la fe cristiana en medio de las pruebas y trastornos, como los que caracterizan la historia de Polonia. Tras un amplio debate, fue elegido un tema centrado en el poder transformador de la fe en Cristo, en especial a la luz de la importancia que esta reviste para nuestra oración en favor de la unidad visible de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Inspiran esta reflexión las palabras de san Pablo que, dirigiéndose a la Iglesia de Corinto, habla de la naturaleza temporal de todo lo que pertenece a nuestra vida presente, marcada también por la experiencia de “derrota” del pecado y de la muerte, frente a lo que nos trae la “victoria” de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte en su Misterio pascual.
La historia particular de la nación polaca, que conoció períodos de convivencia democrática y de libertad religiosa, como en el siglo XVI, ha estado marcada, en los últimos siglos, por invasiones y derrotas, pero también por la constante lucha contra la opresión y la sed de libertad. Todo esto ha inducido al grupo ecuménico a reflexionar de manera más profunda sobre el verdadero significado de “victoria” --qué es la victoria- y de “derrota”. Respecto a la “victoria” entendida en términos triunfalistas, Cristo nos sugiere un camino bien diverso, que no pasa a través del poder y la potencia. De hecho, afirma: "Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el siervo de todos" (Mc 9,35). Cristo habla de una victoria a través del amor que sufre, a través del servicio recíproco, la ayuda, la nueva esperanza y el concreto consuelo dado a los últimos, a los olvidados, a los rechazados. Para todos los cristianos, la más alta expresión de tan humilde servicio es Jesucristo mismo, el don total que hace de Sí mismo, la victoria de su amor sobre la muerte, en la cruz, que resplandece en la luz de la mañana de Pascua. Nosotros podemos tomar parte en esta "victoria" transformadora si nos dejamos transformar por Dios, sólo si realizamos una conversión de nuestra vida y la transformación se realiza en forma de conversión. He aquí el motivo por el que el grupo ecuménico polaco ha considerado especialmente adecuadas para el tema de la propia meditación las palabras de san Pablo: "Todos seremos transformados" por la victoria de Cristo, nuestro Señor" (cfr 1 Cor 15,51-58).
La plena y visible unidad de los cristianos, que anhelamos, exige que nos dejemos transformar y conformar, de manera cada vez más perfecta, a la imagen de Cristo. La unidad por la que oramos exige una conversión interior, tanto común como personal. No se trata simplemente de cordialidad o de cooperación, es necesario reforzar nuestra fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, que nos ha hablado y se ha hecho uno de nosotros; hay que entrar en la nueva vida en Cristo, que es nuestra verdadera y definitiva victoria; hay que abrirse los unos a los otros, tomando todos los elementos de unidad que Dios ha guardado para nosotros y que siempre nuevamente nos da; hay que sentir la urgencia de dar testimonio al hombre de nuestro tiempo del Dios vivo, que se ha dado a conocer en Cristo.
El Concilio Vaticano II puso la búsqueda ecuménica en el centro de la vida y de la actuación de la Iglesia: "Este santo Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica" (Unitatis Redintegratio, 4). El beato Juan Pablo II subrayó la naturaleza esencial de tal empeño, diciendo: "Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la comunidad". (Enc. Ut Unum Sint, 9). La tarea ecuménica es por tanto una responsabilidad de toda la Iglesia y de todos los bautizados, que deben hacer crecer la comunión parcial ya existente entre los cristianos hasta la plena comunión en la verdad y en la caridad. Por tanto, la oración por la unidad no está circunscrita a esta Semana de Oración, sino que debe convertirse en parte integrante de nuestra oración, de la vida orante de todos los cristianos, en todo lugar y en todo tiempo, sobre todo cuando personas de tradiciones diversas se encuentran y trabajan juntas por la victoria, en Cristo, sobre todo lo que es pecado, mal, injusticia, violación de la dignidad del hombre.
Desde que nació el movimiento ecuménico moderno, hace más de un siglo, siempre hubo una clara conciencia de que la falta de unidad entre los cristianos impide un anuncio más eficaz del Evangelio, porque pone en peligro nuestra credibilidad. ¿Cómo podemos dar testimonio convincente si estamos divididos? Ciertamente, por lo que se refiere a las verdades fundamentales de la fe, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Pero las divisiones permanecen, y se refieren también a diversas cuestiones prácticas y éticas, suscitando confusión y desconfianza, debilitando nuestra capacidad de transmitir la Palabra salvífica de Cristo. En este sentido, debemos recordar las palabras del beato Juan Pablo II, que en su encíclica Ut Unum Sint habla del daño causado al testimonio cristiano y al anuncio del Evangelio por la falta de unidad (cfr nn. 98, 99). Es este un gran reto para la nueva evangelización, que puede ser más fructífera si todos los cristianos anuncian juntos la verdad del Evangelio de Jesucristo y dan una respuesta común a la sed espiritual de nuestro tiempo.
El camino de la Iglesia, como el de los pueblos, está en las manos de Cristo resucitado, victorioso sobre la muerte y sobre la injusticia que Él ha soportado y sufrido en nombre de todos. Él nos hace partícipes de su victoria. Sólo Él es capaz de transformarnos y convertirnos, de débiles y titubeantes, en fuertes y valientes para hacer el bien. Sólo Él puede salvarnos de las consecuencias negativas de nuestras divisiones. Queridos hermanos y hermanas, invito a todos a unirse en oración de modo más intenso durante esta Semana por la Unidad, para que crezca el testimonio común, la solidaridad y la colaboración entre los cristianos, esperando el día glorioso en el que podamos profesar juntos la fe transmitida por los apóstoles y celebrar juntos los sacramentos de nuestra transformación en Cristo. Gracias”.

18 enero 2012


La hora de un santo

Un santo que supo percibir la trascendencia que el bueno uso del tiempo reviste para quienes buscan la perfección humana y cristiana a través de sus actividades cotidianas
      En el verano de 1951 leí por primera vez Camino. Comencé su lectura con sentido crítico: quizá era una injustificada reacción a los elogios del amigo que me había aconsejado el libro. Sin embargo, conforme pasaba sus páginas, poco a poco descubrí la sabiduría humana y sobrenatural que contenía. Entre otras cosas, entendí que lo temporal y lo eterno no estaban tan alejados: se abría ante mis ojos un nuevo sentido del tiempo. ¿Por qué? En las siguientes líneas intento responder a esta pregunta, haciendo ver cómo el valor del tiempo depende de su relación con aquello que no cambia, por la “presencia de la eternidad” en él. Para esta tarea me serviré de las enseñanzas de San Josemaría: un santo que supo percibir la trascendencia que el bueno uso del tiempo reviste para quienes buscan la perfección humana y cristiana a través de sus actividades cotidianas.
1. Sentido del tiempo
    1.1. Nace el tiempo
      Dicen que lo pintó en un día. Miguel Ángel Buonarroti arropa al Creador con túnica roja y, en genial escorzo, figura a Dios que separa la luz y la oscuridad. En la Capilla Sixtina queda esa imagen del primer día de la creación. «Dijo Dios: “Hágase la luz”. Y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de la tiniebla. Dios llamó a la luz día y a la tiniebla llamó noche. Hubo tarde y hubo mañana: día primero» (Gn 1, 3-5). Nace el tiempo.
      ¿Qué es tiempo? El santo obispo de Hipona decía que ignoraba la respuesta, pero en el silencio del diálogo con Dios tenía bien experimentado el ayer, hoy y mañana. Dieciséis siglos después, Juan Pablo II vuelve a preguntar «¿qué es tiempo?» y responde: «tanto la fe como la razón, por encima de los datos verificables y mensurables, remiten a la perspectiva del misterio». El tiempo tiene un componente de misterio desvelado en los tres grandes “momentos” de la historia de la salvación: «al inicio, la creación; en el centro, la encarnación-redención; y al final, la “parusía”».
      La noción habitual de tiempo hace referencia a la duración de las cosas sujetas a cambio. A la permanencia en un ente que no experimenta cambio llamamos eternidad; a la permanencia en un ente sujeto al cambio decimos tiempo. Tiempo es la duración propia de un ser que cambia; eternidad es permanencia inmutable, no una suma de tiempos. Con otras palabras: Dios eterna y continuamente crea el tiempo, da el reloj y es el relojero.
      ¿Es posible conciliar eternidad y tiempo? «Es posible precisamente a la luz de la revelación de Cristo, que unió en sí a Dios y al hombre, la eternidad y el tiempo, el espíritu y la materia». Con la Redención, el tiempo es cauce para descubrir la eternidad. Ese descubrir trae a la memoria unas palabras de San Josemaría. Recordando que Dios nos espera en el trabajo de cada día, decía a los profesores y alumnos de la Universidad de Navarra: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». El misterio del tiempo se comienza a desvelar cuando en la vida personal hay afán por descubrir ese algo que rodea de eternidad al tiempo, y permite comprender que «no existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos para servir a Dios», sin excluir los tiempos ‘duros’.
      Cuando se ‘endiosa’ el tiempo los calendarios son juguetes, el tiempo da la mano a lo intemporal, los años avanzan y retroceden, el hombre puede ser niño y adulto a la vez. San Josemaría recibió la gracia de endiosar el tiempo. A los veintiséis años pedía a Dios con toda su alma «ochenta años de gravedad (…) para saber utilizar el tiempo, para aprender a aprovechar cada minuto, en su servicio». A los setenta años seguía pidiendo ser niño delante de su Padre Dios. «Resulta duro porque el alma pone en ejercicio las potencias que Dios nos ha dado para seguir el camino. Y llegan momentos en los que es necesario prescindir de la memoria, rendir el entendimiento, doblegar la voluntad. Resulta duro, repito, porque esa actividad del alma es lógica, como el reloj que tiene cuerda, y da necesariamente el tic-tac».
      No se ha inventado la máquina que haga retroceder y avanzar en el tiempo, entre otras razones porque el ingenio tendría que ser intemporal. El alma que vive la lógica de lo eterno en medio de la lógica del tiempo, hace ofrenda de inteligencia, memoria y voluntad, deposita libremente en Dios su libertad. Esto suele suceder en el silencio, como el que sigue al Fiat de la Virgen María, cuando «¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas».
    1.2. Tiene dueño
      Tiempo es de las pocas cosas al alcance de todos los humanos, y lo gastamos haciendo uso de nuestra libertad. Es el gasto más radical: mientras se gasta hay vida, cuando falta esa posibilidad termina la vida en la tierra. Del tiempo sólo hablan los vivos, los muertos quedan en el recuerdo.
      Como Dios «hace salir el sol sobre buenos y malos» (Mt 5, 45), es difícil decir «que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque todos los tiempos han sido buenos y malos». El gasto se transforma en inversión si la vista está puesta en la eternidad, en el Creador, no en uno mismo; por esto, la mejor rentabilidad sigue al desprendimiento total del tiempo cuando Dios lo pide.
      Cabría preguntarse, ¿es posible gastar tiempo sin ser su dueño? Una respuesta precipitada podría atribuir a cada persona la propiedad de su tiempo. Lo erróneo de esa respuesta queda patente ante la realidad de la vida y la realidad de la muerte. Nacer y morir tienen marcado su tiempo desde la eternidad.
      ¿Quién es el dueño del tiempo?
      Un amigo, excelente joyero y sagaz comerciante, adquirió hace años un lote de relojes de arena que cubrían media hora de tiempo. Antes de ponerlos a la venta, alguien sugirió incorporarles una leyenda: Dominum tempus habet qui non es tu, el tiempo tiene un dueño que no eres tú. En pocos días vendió los relojes a buen precio, quizá por el latín, o porque eran bonitos, o por las dos cosas. Sí, el tiempo tiene un dueño: «no me pertenece porque es del Padre Nuestro que está en los Cielos»[.
      ¿Con qué título una persona gasta tiempo? Podría decirse que a título de usufructuario por plazo incierto. Por tanto, carece de sentido reivindicarlo a su Dueño diciendo: «¡eh!, que mis años son para mí, no para Ti». El usufructuario de tiempo contrae la obligación de cuidarlo conforme a la concesión del propietario, y adquiere el derecho a disfrutar los años de vida aunque ignora cuántos serán.
      De las enseñanzas de San Josemaría se pueden señalar cuatro características del disfrute de tiempo: es breve, instantáneo, sereno, valioso.
    a) Breve
      Jesucristo «vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa», el misterio pascual. Todo lo demás pasa, es breve, «ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer», ésta es la realidad. Por mucho que alguien se empeñe en derribar el reloj, el tiempo continúa pasando, como lo proclama desde hace siglos el texto del reloj de sol en un rincón de Royal Tunbridge Wells: «Tú me podrás desechar, pero no detener».
      La Biblia advierte muchas veces y de formas diversas sobre la brevedad del tiempo de vida, e incluso lo cuantifica: «los años de nuestra vida son unos setenta, u ochenta para los más fuertes; (…) pasan rápidos y emprendemos el vuelo» (Sal 90, 10). Job es más escueto: «mi vida es como un soplo» (Jb 7, 6). A los cristianos de la ciudad del doble puerto, San Pablo se lo dice en cuatro palabras: «Hermanos os digo esto: el tiempo es corto» (1 Co 7, 29).
      Breve, corto, pasa rápido, además es… pequeño. Que el tiempo es pequeño servía a la Santa de Siena —San Josemaría le tenía singular devoción— para hacer ver que las fatigas son pequeñas porque el tiempo es muy pequeño, «è quanto una punta d’ago e non più», como la punta de una aguja y no más. Y concluye, «pasado el tiempo, ha pasado la fatiga». Quizá el ser pequeño ayuda a su función de ‘tamiz’ de acontecimientos que pasan por el cedazo de los años y adquieren el verdadero relieve. Porque es suma de tiempos pequeños, la hora se escapa en minutos y estos parecen volar en segundos. San Josemaría nota a lo largo de su vida la «falta de tiempo», aunque esta carencia de tiempo tiene trasfondo: «cuando hay amor, los días vuelan».
    b) Instantáneo
      Comunicar en “tiempo real” —real time— supone aproximar al máximo el tiempo de difusión de un mensaje y el de su recepción. El instante, mínima porción de tiempo, mide la eficiencia de productos en la industria de la comunicación, es valor positivo que frecuentemente se identifica con el tiempo real.
      Se podría decir que Dios siempre habla en tiempo real, porque lo hace desde lo más intangiblemente real: la eternidad. Por esto el Fundador del Opus Dei aconseja «docilidad a las llamadas divinas de cada instante, porque Dios nos espera precisamente ahí». Aplazar ese diálogo diciendo ‘mañana’ o ‘después’ puede suponer «resistencia a la gracia», ante el ahora abierto a la«felicidad eterna».
      San Josemaría con frecuencia une dos adverbios —«hoy, ahora»— para destacar que «el tiempo urge», y «el Señor es cada día más exigente». Consecuencia de vivir el sentido instantáneo del tiempo es saber corregir en el momento oportuno, transmitir a tiempo el consejo adecuado.
      Sin embargo, el ‘instante’ de Dios no necesariamente coincide con el ‘instante’ humano. Puede servir de muestra la historia de una higuera que cuenta el Evangelio. Los higos suelen llegar con el comienzo del otoño, mas el Señor del Tiempo pide a la higuera su fruto fuera de época. «No era tiempo de higos; pero Nuestro Señor se acerca a tomarlos, sabiendo muy bien que en esa estación no los encontraría. Sin embargo, al comprobar la esterilidad del árbol con aquella apariencia de fecundidad, con aquella abundancia de hojas, ordena: nunca jamás coma ya nadie fruto de ti». Cuando Dios lo pide, siempre hay posibilidad de dar buen fruto, no sólo hojas bailando frívolamente al son de la brisa. Si la frivolidad tuviera escudo, podría incluir aquella higuera.
      Por el contrario, los santos saben dar fruto en el ahora que Dios les señala. A propósito, san Juan de la Cruz hace una pregunta comprometedora: «Pues en la hora de la cuenta te ha de pesar de no haber empleado este tiempo en servicio de Dios, ¿por qué no le ordenas y empleas ahora como lo querrías haber hecho cuando te estés muriendo?».
    c) Sereno
      Just in time —en tiempo justo— es un sistema de administración empresarial, utilizado para detectar y suprimir los ‘desperdicios’ de tiempo. El principal objetivo es reducir tiempos en la gestión y en los inventarios innecesarios. El sistema ha conseguido resultados sorprendentes, sin embargo corre el riesgo de relegar el tiempo de trabajo de las personas para subordinarlo al tiempo de producción material. Pues no se debe de olvidar que el protagonista insustituible del tiempo y el trabajo es la persona. Tiempo es suma de tiempos que piden ser gastados de modo sereno, sosegado, sin aceleraciones que pretendan conseguir horas de sesenta y cinco minutos. De aquí se deduce una verdad a veces olvidada: el tiempo de descanso no es desperdicio de tiempo.
      El escudo familiar de San Josemaría Escrivá de Balaguer tiene dos palabras como lema que llaman a la serenidad del tiempo: «alma, calma». La calma en el alma lleva a ver que «las obras de Dios, Dios las hace. En cambio, los monumentos humanos los hace y deshace el tiempo». Es calma diligente, no perezosa, que permite contener la impaciencia y decidir en el justo tiempo, porque la vida enseña que lo ‘urgente’ no siempre coincide con lo ‘importante’.
      La serenidad pide equilibrio al hacer gasto de tiempo. Refiriéndose al tiempo en la relación con Dios, dejó escrito San Josemaría: «cuando vayas a orar, que sea éste un firme propósito: ni más tiempo por consolación, ni menos por aridez». La visión serena y positiva del tiempo tiene su raíz en un hecho: con la venida del Hijo de Dios a este mundo «se inició la era favorable, el día de la salvación» (cfr. 2 Co 6, 2). Vivimos en el mejor de los tiempos: si hubiera otro mejor, Dios nos lo habría dado. Los cristianos podemos decir lo que con frecuencia comenta un amigo mío: quien esté mejor que nosotros, ¡qué bien tiene que estar!
    d) Valioso
      ¿Cuánto vale el tiempo? Dependerá de quién lo valora y para qué lo usa. En el mercado de la comunicación el tiempo es moneda de uso corriente y los precios suelen ser elevados. Por ejemplo, el precio de un segundo en spots de televisión emitidos durante el Super Bowl norteamericano del año 2010, osciló entre 83.000 y 93.000 dólares. Estas cifras fueron inferiores a las del 2009 cuando el precio de un spot publicitario de treinta segundos alcanzó 3 millones de dólares. Hay quien considera el tiempo como «una dimensión del nuevo capitalismo», pero el valor real del tiempo —que supera al puro ‘valor de mercado’— no cabe en una cifra por muchos dígitos que tenga; conocer el tiempo es sabiduría, don del Espíritu.
      El tiempo no es un ‘valor añadido’ a nuestra existencia. Para San Josemaría, el tiempo más bien «es nuestro tesoro, el “dinero” para comprar la eternidad». En una homilía que luego se publicaría con el título El tesoro del tiempo, trazó las líneas maestras de lo que me parece es ‘carta magna’ de la santificación del tiempo, y urdimbre de estas páginas.
    1.3. Tiempo e inteligencia como realidades intangibles
      Intangible es lo que no se puede tocar por carecer de entidad física. La inteligencia humana, bien intangible por excelencia, genera conocimientos que tienen proyección económica en el llamado ‘capital intelectual’, parte contable del inmovilizado inmaterial.
      Tiempo y conocimiento se entrelazan como dos realidades intangibles complementarias, cuyo valor económico se puede reflejar en los derechos conferidos al titular de una patente, en el nombre comercial, la marca, etc. En su consideración intangible el tiempo es más una idea que un objeto, por eso tiene fuerza para ordenar la vida de las personas.
      En los comienzos del siglo XXI el trabajo de conocimiento con frecuencia supone mayor gasto de tiempo que el trabajo con inmediatos resultados materiales, como puede ser la producción industrial. Sin embargo, a pesar de las innovaciones en medición de tiempos, todavía no se ha logrado encontrar un sistema de medición objetivo y fiable del tiempo destinado al trabajo de la inteligencia; por esto, la mayoría de las veces se acude al siempre limitado ‘valor de mercado’.
      Desde la perspectiva del trabajo humano el tiempo intangible se muestra con evidencia en algunas etapas del proceso laboral; por ejemplo, la búsqueda de información, los intercambios de ideas o conceptos, tareas cuyo contenido es de naturaleza inmaterial.
      Juan Pablo II decía: «¡Las grandes dimensiones del tiempo! Aunque el tiempo sea siempre un alejarse del principio, pensándolo bien es simultáneamente una vuelta al principio. Y esto tiene una importancia fundamental». Ciertamente es importante reconocer que el tiempo viene de Dios y vuelve a Dios. En la convergencia del tiempo intangible y el tiempo tangible queda enmarcada la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), el tiempo establecido (Rm 5, 6) al que corresponde «una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo». San Josemaría Escrivá toma ese abrazo de tiempos y lo introduce en el corazón de los hombres: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15) (…) Cuando te acerques al Señor, piensa que está muy cerca de ti, en ti: regnum Dei intra vos est (Lc 17, 21). Lo encontrarás en tu corazón».
      Uno de los peligros en la gestión de negocios es olvidar la importancia del largo plazo, del tiempo largo, y querer obtener grandes beneficios a corto plazo, en tiempo inferior a un año. Este olvido acorta horizontes al trabajo, achica el campo de la esperanza, hace miope el corazón. Es necesario tener paciencia para esperar el fruto que llega a su tiempo, con la sabiduría de descubrir la grandeza encerrada en lo pequeño del comienzo. En cierta ocasión, a quienes estaban promoviendo una Universidad les dijo San Josemaría: «comenzad haciéndola pequeña, para que salga un aguilucho y no un pajarito frito». El aguilucho nace para ser águila, el pajarito…
      La visión a largo plazo facilita el equilibrio de situar cada cosa a su tiempo, sin anclarse en el pasado, sin complejos del presente, con la seguridad de que todos los tiempos y ambientes pueden ser ajustados «a la santidad de la doctrina moral de Jesucristo». El largo plazo facilita otear la eternidad, no moverse por la prisa, ser pacientes y comprensivos, «persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo».
      La unión de tiempo e inteligencia viene de muy atrás. Un testimonio lo encontramos en la antigua Grecia. La Esfinge, apostada en el camino de Tebas, daba muerte a quien no sabía responder a la pregunta: ¿qué ser vivo camina a cuatro patas al alba, con dos a medio día y con tres al atardecer? Sólo Edipo respondió ‘el hombre’: gatea de niño con manos y rodillas, camina con dos pies de adulto, y a la vejez se ayuda de un bastón. Sagaz respuesta, aunque cabe decir que el tiempo no sólo cambia el modo de andar: en el tiempo el hombre cambia la historia, aunque esto le pueda llevar siglos.
      Vale la pena recordar que el tiempo avanza inexorable y no podemos dejar que pase «como el agua sobre los cantos rodados, sin dejar rastro», entre otras razones porque esa agua tiene fuerza intangible que «salta hasta la vida eterna». Pero el agua puede ser el mayor enemigo incluso de la roca más firme: «es esa agua menuda que se mete gota a gota, entre las rendijas de la peña, hasta arruinar su estructura»; y concluye la comparación, «el peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios».
      En esa pelea el cristiano usa de su libertad y —también ‘gota a gota’— construye, teje la historia. Aquí entra en juego una certeza de San Josemaría: «certeza en la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar». Así lo corrobora la realidad de que «la vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven –sin saberlo quizá– por ideales nacidos del cristianismo». El sentido de responsabilidad con el tiempo que hace la historia, le lleva a exclamar: «¡Si tú y yo hubiéramos conocido el día del Señor! ¡Si los hombres hubiéramos querido dar otro curso al amor de Dios!».
      Las personas podemos cambiar la historia si usufructuamos correctamente el tiempo, si procuramos que dé fruto, sin desplazar el tiempo y hacerlo objeto o cosa ajena a la vida personal. ¿Por qué digo esto?
      El proverbio chino sentencia: «hay un tiempo para ir de pesca, y un tiempo para secar las redes». Bien, pero ¿dónde queda el tiempo de los peces? Si se desconoce el tiempo de los peces se puede ir a pescar sin saber dónde están: en tal caso de poco sirve que las redes estén secas. El gasto de tiempo está en manos humanas, no se admite ceder esa prioridad. Un pasaje muy citado del Eclesiastés afirma: «hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el sol»; lo concreta en catorce verbos contrapuestos a otros tantos. De manera tan bella como breve señala: tiempo para nacer y tiempo para morir; plantar, cosechar; matar, sanar; destruir, construir; llorar, reír; lamentar, bailar; lanzar piedras, recogerlas; abrazar, despedir; intentar, desistir; guardar, desechar; rasgar, coser; callar, hablar; amar, odiar; guerrear, pacificar (Cfr. Qo 3, 1-8). Sólo el hombre conjuga en el tiempo los veintiocho verbos.
      El paso del tiempo puede cambiar las cosas, los hechos y circunstancias que rodean la vida de las personas, de aquí la necesidad de rectificar cuando el cambio lo exija, o mantener la decisión con «un temple de honradez ante situaciones que pueden comprometer la propia seguridad». Aunque también cabe considerarlo desde el otro punto de vista: el hombre, ejerciendo las virtudes, puede cambiar el tiempo en el que vive, y simultáneamente, perfeccionarse a sí mismo.
      La liturgia de la Iglesia, don del Espíritu Santo, da nombre propio y hace tangibles épocas de la vida del Hijo de Dios en la tierra. Año tras año -siglo tras siglo- hace memoria de la Historia de la Salvación. San Josemaría vivió y enseñó a vivir la liturgia con profunda inteligencia y amor a la Iglesia. Así, el Adviento es etapa para implorar la misericordia divina, «tiempo de esperanza» que renueva las «ansias sinceras por la venida de Cristo». La Cuaresma es tiempo «de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años». En ese tiempo hay sitio para la alegría que alcanza especial significación en el tiempo de Pascua, sin que se limite a esa época del año litúrgico, «sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano».
      El cristiano contrae la obligación de administrar el tiempo para obtener el mayor beneficio. El beneficio puede ser inmaterial, material, o de ambas formas y al mismo tiempo. Porque es un bien escaso para la mayoría de las personas que trabajan, aumenta su valor sobre todo para quienes ‘no tienen tiempo’. «¿Que no tiene tiempo?...» —se pregunta el autor de Surco— y responde: «Mejor. Precisamente a Cristo le interesan los que no tienen tiempo». En la economía de los sin tiempo los minutos valen horas y los segundos valen minutos.
      Pudiera suceder que las anteriores consideraciones despertaran la sonrisa escéptica de quien considera el tiempo como una cosa subjetiva, psicológica, intrascendente, con valor relativo. Ante esa posibilidad viene al recuerdo —aunque quizá no sea del todo adecuado— el consejo de Paul Valéry a los que ignoran el sentido y significado del tiempo: «Esperad a tener hambre. Privaos de comer y veréis lo que es el tiempo».
2. En el tiempo
    2.1. Siempre
      Examinemos ahora, en relación al tiempo, el adverbio siempre. Éste contribuye a expresar contrastes en la vida de las personas: verdades, falsedades; promesas, engaños; alegrías, llantos; esperanzas, fracasos; fidelidades, infidelidades. Significa ‘en todo o en cualquier tiempo’: más que suma de tiempos, es un estado para hacer de forma continuada acciones buenas o acciones malas, porque no hay un ‘siempre’ que sea indiferente.
      En la historia de la humanidad las innovaciones nacen en tiempos concretos que procuran alargarse en un siempre con pretensiones de permanente originalidad. Si la inteligencia, memoria y voluntad procuran hacer en cada momento «lo que es agradable al Señor», el ‘siempre’ tiene un algo de eternidad, supera el tiempo: «siempre está a punto». Los santos son promotores de ese ‘siempre’ cuando el mundo los necesita, es decir, cuando Dios los envía. Los recuerdos de santidad suelen ir acompañados con un coloquial ‘siempre’: siempre estaba alegre, siempre era generoso, siempre ayudaba con lo que podía, siempre estaba rezando, sin que todas estas alabanzas sean consecuencia de su poderío humano. Por esto, refiriéndose a los primeros apóstoles que acompañaron a Jesucristo, señala San Josemaría que «no contaban nada en su tiempo».
      Para entender el ‘siempre’ que descansa en Dios, no basta pensar en el inevitable paso del tiempo, es necesario tener en cuenta cómo se gasta el tiempo. Hay un verbo que acompaña al ‘siempre’ y explica el estiramiento de una virtud en el tiempo cronológico: servir. A San Josemaría le gustaba repetir «serviam!, serviré»; aquí está la clave del verdadero ‘siempre’.
      El afán de servir lleva a dejarlo todo por Dios, sin excesiva preocupación por el mañana —es suficiente con los trabajos de cada día (cfr. Mt 6, 34)—, incluso sin espantarse ante la muerte pues «vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga». Es sentirse «instrumentos en las manos de Dios, con los que El cuenta diariamente y, por eso, diariamente nos esforzamos en servirle».
      El día a día alcanza proyección universal porque en ese siempre se «edifica el Reino de Dios», tarea confiada a todos y de la que «ninguno puede sentirse eximido»; exige aprovechar el tiempo porque no podemos tirar «ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno».
      La meta del ‘siempre’ supera el tiempo, se transforma en el “para siempre” de la eternidad. Para llegar a esa meta son necesarias dosis de paciencia, fortaleza y esperanza.
    a) Paciencia
      «Dios crea cada margarita separadamente, pero nunca se cansa de crearlas». A Chesterton le maravilla que Dios crea una a una las margaritas, y su admiración aumenta ante la eterna perseverancia de la acción creadora. Dios es paciente y constante; por eso todas las primaveras nos regala margaritas sin cansarse de regalarlas. El ‘siempre’ es perseverante en el deseo de servir a los demás, como aquel dueño de la viña que fue a contratar trabajadores a las 9, 12, 13 y 15 horas del día (cfr. Mt 20, 5-13).
      Saber esperar el tiempo oportuno es un modo de ser paciente. San Josemaría pone un ejemplo único en la historia: «De sobra sabía el Señor que la humanidad padecía una apremiante necesidad de Él. Tenía por eso hambre de venir a la tierra para salvar a todas las almas: y no precipita el tiempo. Vino a su hora como llegan al mundo los demás hombres».
      La paciencia se pone a prueba cuando da la «impresión de que Jesús duerme, de que no nos oye». Es el momento de«confiar plenamente en el Maestro, hay que abandonarse en sus manos sin cicaterías». Ese abandono puede costar e incluso pedir heroísmo, pero a cambio proporciona paz, equilibrio en el alma. El paciente vive la leyenda que adorna un reloj de los Museos Vaticanos: Oneratem aequilibro; pone equilibrio en lo pesado y oneroso. Las dificultades quedan envueltas en mesura, sensatez, ecuanimidad.
    b) Fortaleza
      El ‘siempre’ pide fortaleza porque es totalizador: busca al Señor «en todo tiempo y en todas las cosas». Servir a Dios no tiene tamaño, lo abarca todo, hasta el pensamiento que dura un segundo porque «un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, sólo Dios es digno de él».
      La fortaleza del siempre se mide por la libertad, no sólo por el reloj. Servir en el tiempo no es ser esclavo del reloj, sino dominarlo. Es necesaria fortaleza para que el reloj no acelere ni ralentice el tiempo.
    c) Esperanza
      Si el ‘siempre’ mira a la eternidad, está lleno de la esperanza que contiene todos los valores humanos, la «esperanza de Cristo». Desde esta posición esperanzada «el corazón del sabio sabe el tiempo y el modo, ya que cada cosa tiene su tiempo y su modo» (Qo 8, 5-6). La esperanza del para siempre «ha hecho grande a Teresa de Jesús. Cuando ella –niña– salía por la puerta del Adaja, atravesando las murallas de su ciudad acompañada de su hermano Rodrigo, para ir a tierra de moros a que les descabezaran por Cristo, susurraba al hermano que se cansaba: para siempre, para siempre, para siempre».
       Una pregunta que hace San Josemaría traza la senda por la que discurre la aventura del siempre: «¿Qué buscamos siempre, aun sin especial atención, en todo lo que hacemos?» Y responde: «cuando nos mueve el amor de Dios y trabajamos con rectitud de intención, buscamos lo bueno, lo limpio, lo que trae paz a la conciencia y felicidad al alma». Cuando encontramos lo bueno y limpio es para darlo a los demás, lo cual pide tiempo y estar lleno de lo que se da; con palabras del poeta, «demos tiempo al tiempo: para que el vaso rebose hay que llenarlo primero». Llenar de bien el tiempo es estar en cada momento en lo que se debe hacer, sin pensar en soluciones egoístas ni dejar el futuro en manos de una prolongada desidia. El tiempo se llena con trabajo y también con el descanso.
      A finales de la década de los años cincuenta del pasado siglo, sobre la fotografía de un asno joven, mirada serena y orejas levantadas, San Josemaría escribió: Semper ut iumentum, siempre como un borrico. Le gustaba ponderar la humildad del borrico trabajador, fiel y dócil a las indicaciones de su amo. El borrico es mencionado —entre otros lugares— en un texto del 16 de febrero de 1932, que cita el dicho popular escuchado en su alma: «obras son amores y no buenas razones», con el significado de llamada a ser «ampliamente generoso». El contexto de esas palabras está enmarcado en muchas horas de oración, de trabajo pastoral, con preocupaciones económicas, e incomprensiones.
      El ‘siempre’ es exigente porque Dios pide más. Se comprende que en la homilía La conversión de los hijos de Dios recuerde las palabras de San Agustín: «Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre».
    2.2. Disfrutar
      A diferencia de los demás usufructos, el del tiempo que ahora observamos no disminuye el pleno dominio del Dueño del Tiempo, pues puede pedir en cualquier momento la definitiva rendición de cuentas. Es una inseguridad que el usufructuario inteligente interpreta como estímulo para gozar adecuadamente de los frutos del tiempo de vida, para apreciar el regalo de vivir, trabajar el tiempo y compartirlo con quienes le rodean. Son tres modos de disfrute que suscitan algunas consideraciones.
    a) Vivir el tiempo
      Por mirar muchas veces el reloj no se disfruta de la vida, aunque se pueda decir qué hora es minuto a minuto. Al contrario, esa tensión puede conducir a la angustia de tiempo, o a una sutil forma de matarlo por precipitación sin dar tiempo al tiempo para llenarlo al compás de la vida. Disfruta una hora quien saborea cada uno de los sesenta minutos que la componen.Ya Séneca distinguió entre vivir el tiempo y existir en el tiempo. Vive el tiempo quien lo llena con obras y lo disfruta pensando en los demás por Dios. San Josemaría aconseja: «emplea para tu vida, esta receta: “no me acuerdo de que existo. No pienso en mis cosas, pues no me queda tiempo” ¡Trabajo y servicio!».
      Vivir el tiempo es tener la posibilidad de multiplicarlo, como Josué al conseguir que «un sólo día fuera tan largo como dos»(Qo 46, 5; Jos 10, 12-14). Dios alarga los días a quien vive con alegría el tiempo y, siendo fiel, logra un contento que «cada día será mayor». La alegría al vivir el tiempo es un modo de ejercer el derecho a ‘mejorar’ el bien usufructuado, convirtiendo la vida en «una continua oración, en un buen humor, en una paz». El gozo no desaparece porque no se vea el sol, pues para marcar la hora el sol se sirve de la sombra. Así, «toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche».
      El juego del día con la noche me recuerda el zoológico de Chester, en el Reino Unido, con su casa de los murciélagos. En una profunda oscuridad los murciélagos pasan a pocos centímetros del visitante en vuelo veloz. Para esos mamíferos voladores es de noche, aunque afuera brille el sol. Al final de su jornada de trabajo, se encienden las luces y comienzan a descansar. Los murciélagos vivían el tiempo conforme lo marcaba el interruptor de la luz eléctrica. El hombre tiene su propia llave para marcar el día y la noche y, cuando lo hace cara a Dios, vive el tiempo en cualquier tiempo.
      Poco antes de concluir el siglo XVI escribió Francis Bacon: «elegir tiempo es ahorrar tiempo». El disfrute de la vida consiste en acertar la elección de tiempo para cada actividad, comenzando por la relación con Dios, y «si Dios es para nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos haya de estar entretejida de oración». Por esto, vivir el tiempo es ocasión de redimirlo y hacerlo partícipe de la corredención. Un texto paulino aconseja caminar en sabiduría tempus redimentes, redimiendo el tiempo.
      Redimir el tiempo es idea usada en ámbitos universitarios para relacionar tiempo y sabiduría: al estudio debe seguir la sabiduría, el esfuerzo por conseguirla suscita ‘redimir’ el tiempo perdido.
      La acción redentora alcanza al tiempo de las personas y de las generaciones. «Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo», entre otras motivaciones por la necesidad de participar en el «ajetreado avanzar de la historia humana». El tiempo corredentor mete la eternidad en el calendario humano, y lleva al momento sublime de petición, sacrificio, adoración, agradecimiento: la Misa. Recién cumplidos treinta años, —fue en 1932— San Josemaría escribe:«Al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes». El sacerdote ofrenda la eternidad en el tiempo.
    b) Trabajar el tiempo
      «“Santificar el trabajo. Santificarse en el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo”. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos». Las palabras citadas por Mons. Javier Echevarría tienen traslado al tiempo de trabajo, al trabajo que hace fecundo el tiempo. El trabajo da sentido a la vida, pues la vida es llenar tiempo con trabajo, físico, intelectual, y con descanso. Para el cristiano trabajo, descanso y tiempo quedan enriquecidos porque tienen a Dios como primer destinatario.
      El Creador hace libre al hombre y no le cercena el tiempo, puede ordenarlo y gastarlo del modo que libremente elija. En Cristo encontramos un paradigma de tiempo dedicado al trabajo pues «se gana el pan, durante largos años, con su propio trabajo».
      Trabajar el tiempo es hacer rendir los días «que Dios pone a nuestra disposición». El buen trabajador aprovecha el tiempo además de por el resultado tangible de su esfuerzo, por el beneficio intangible que personalmente obtiene: «no sólo es oro, ¡es gloria de Dios!»; «representa un anticipo de la gloria que se nos concederá después».
      En la sociedad que nos corresponde vivir, donde el tiempo es un bien escaso, con frecuencia escuchamos quejas por ‘falta de tiempo’. La economía del tiempo mira con especial atención el paso de las agujas del reloj. Desde el realismo, San Josemaría eleva el tiempo a la consideración trascendente para afirmar con seguridad, digna del mejor empresario: «No nos debe sobrar el tiempo, ni un segundo, y no exagero. Trabajo hay». No es exageración porque un segundo puede tener valor infinito, de eternidad.
      Son muchos los textos en los que aconseja aprovechar el tiempo en diversas circunstancias de la vida, por ejemplo: en el trabajo del hogar, en el estudio; o tomando como referencia pasajes del evangelio: la higuera maldecida, las vírgenes necias.
      Todos los minutos tienen sesenta segundos, todas las horas consumen sesenta minutos. Pero la voluntad de trabajar intensamente hace que algunos segundos valgan por minutos, y que el resultado de una hora de trabajo supere los sesenta minutos. Tiempo y trabajo se enlazan en rendimiento cuando hay intensidad en el esfuerzo que hace indispensable el descanso para recuperar fuerzas. Ante este planteamiento se comprende que «no hay horas libres», pero con la actitud serena de aprovechar «las épocas de bienestar físico, los tiempos buenos», para recibir con «alegría sobrenatural los sucesos que la gente equivocadamente califica de malos». En las enseñanza de San Josemaría sobre el trabajo del tiempo hay un constante entrelazarse de sentido trascendente de la vida y sentido común, propio de los ciudadanos que viven en las situaciones normales de la vida ciudadana.
    c) Compartir el tiempo
      El tiempo es una plataforma de relaciones. No hay relación de tiempo sin ‘otro’, no hay ‘otro’ sin tiempo para relacionarse. Los sujetos de esa relación son las personas, en un contacto directo o a través de los medios de comunicación. El reloj puede medir la duración de las relaciones en tiempos concretos, pero no es la relación ni el medio de establecerla.
      El objeto de la relación tiempo es la relación misma, el relacionarse, estar relacionado en tiempos determinados, no en ninguna hora pues, en tal caso, no hay relación. Desde la creación del tiempo —por voluntad de su Creador y Dueño— la mejor relación es compartir tiempo con Él y, desde esa relación primera, con las personas que nos relacionamos en la vida. No cabe compartir tiempo con uno mismo y pretender que todas las horas sean ‘yo’. Ante la tentación de «querer reservarse un poco de tiempo para sí mismo», es necesario «poner remedio a tanta pequeñez, rectificando enseguida».
      La visión solidaria lleva a ser generoso en el gasto de tiempo para que otros lo disfruten cuando lo requieran «los intereses buenos y justos de los demás», y ayudar a quienes lo pidan.
      Compartir tiempo pide saber adaptarse al paso del tiempo, en ocasiones con aparente «monotonía de días aparentemente siempre iguales». Otras veces el tiempo es portador de sequedad o contrariedades que obligan a «“marchar a contrapelo”, sin ningún consuelo espiritual ni humano».
    2.3. Restituir
      Es obligación del usufructuario restituir el bien que le ha sido entregado para su uso y disfrute. El propietario tiene derecho a exigir la restitución. En este caso, ¿qué significa restituir tiempo?
      La restitución tiene en cuenta, en primer lugar, el gasto de tiempo libremente realizado y la alteración —positiva o negativa— del tiempo recibido en usufructo. La pretensión de restituir la misma cantidad de tiempo recibido, supone ignorar quién es el Dueño, qué es el tiempo y la condición de usufructuario. Una vez más viene al recuerdo la parábola de los talentos y el deber de hacer rendir lo recibido. No se debe malgastar el tiempo, ni olvidar su destino: «¿Tu tiempo para ti? ¡Tu tiempo para Dios!».
      El reloj ayuda a controlar el gasto de tiempo y, de alguna forma, contribuye a medir su rentabilidad, pero marcar las horas no indica si están llenas o vacías, si miran al Cielo o a uno mismo[129]. En el noble oficio de la relojería se llama reloj maestro a aquel cuya marcha sirve de norma a la de otros. Cuando del tiempo de vida se trata, el reloj maestro no solo marca las horas o los siglos, marca el sin tiempo o eternidad.
      ¿Qué caracteriza la obligación de restituir tiempo? Entre otras, señalo tres notas: es continua, insustituible, arriesgada.
    a) Continua
      El reloj maestro que gobierna la restitución de tiempo marca con idéntica precisión la eternidad y los segundos, por esto la obligación de restituir es permanente y continua, no limitada al tiempo de abandono de la vida terrena. El tiempo se restituye en la medida que se gasta, segundo a segundo, con acciones u omisiones. San Josemaría usa con frecuencia la palabra instante -porción breve de tiempo- para reflejar el continuo gasto de tiempo: «El Señor tiene derecho –y cada uno de nosotros obligación– a que “en todo instante” le glorifiquemos. Luego, si desperdiciamos el tiempo, robamos gloria a Dios».
      ¿Cómo medir los instantes? La respuesta va más allá del reloj y del tiempo, de las tácticas y sistemas de medición: está en el amor «que es la ‘táctica’ de Dios». Esa perspectiva lleva a exclamar: «¡Qué grande es el hombre, cuando se reconoce criatura predilecta de Dios y acude a El, tota die, en cada instante de su peregrinación terrena!».
      La restitución continua de tiempo tiene inmediata respuesta. Refiriéndose al trabajo, escribe San Josemaría: «Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta»[133].
    b) Insustituible
      Prácticamente todos los productos que circulan por los mercados de bienes de rápido consumo tienen posibilidad de ser sustituidos por otros, iguales o semejantes. Esta realidad es uno de los pilares de la competencia en el libre mercado. En el caso del tiempo no es posible la sustitución: es personal e intransferible. Se puede contratar tiempo de trabajo, pero las horas siguen siendo de uno, aunque las destine a tareas de otro.
      El tiempo configura la vida; de ambos —tiempo y vida— ignoramos cuánto nos queda[. Si no se pueden sustituir, ¿se pueden recuperar? La vida no; el tiempo, sí.
      Los relojes humanos —desde el de sol hasta el atómico— ni recuperan tiempo pasado ni llenan tiempo futuro: marcan el presente. Pero el eterno reloj maestro, con el amor de Dios como tic-tac, acoge tiempo para rectificar el pasado. La gracia de Dios, especialmente manifestada en el sacramento de la Penitencia, permite volver a empezar, y recuperar las horas perdidas; también, por ejemplo, mediante una mayor entrega e intensidad en el trabajo.
      Podemos perder tiempo o nos lo pueden robar. Ya en el siglo XV a.C. al reloj de agua se le llamó Clepsidra, en griego ‘roba agua’, ladrón de agua. Las personas robamos tiempo a Dios y a los demás cuando lo perdemos[139]. Hay ladrones de tiempo especializados para cada persona, sin embargo uno de los más comunes se llama imaginación[140]. La imaginación suelta y descontrolada consume minutos, horas, días. Es una situación que a veces propician los nuevos soportes de la comunicación digital, que podrían disparar la imaginación, llevándola a que consuma incluso jornadas.
    c) Arriesgada
      El momento de la rendición de cuentas es delicado y comprometido. Si de la vida se trata, es un acto único para presentar el balance final del tiempo vivido y someterlo al juicio del Señor del Tiempo. Cuando se ha sabido rendir cuenta de cada ‘instante’, previsiblemente no habrá muchas sorpresas; en caso contrario, puede haber una sorpresa que no tienen remedio: se ha perdido la eterna felicidad.
      Uno de los mayores factores de riesgo es no darse cuenta de los tiempos muertos que uno ha matado por egoísmo. A San Josemaría le producía pesar lo que coloquialmente se expresa con matar el tiempo. «Qué pena matar el tiempo, que es un tesoro de Dios». El riesgo es grande, se puede decir que infinito porque «cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo». Con una imagen que no deja hueco a la duda, escribió: «si matas el tiempo abres las puertas de tu alma al demonio».
3. Desde el tiempo
      La preposición ‘desde’ significa punto de partida hacia un final. El tiempo es siempre un comienzo hacia el futuro, terminal del pasado que pasa en el presente y busca una meta. Desde el tiempo equivale a señalar un horizonte sin tiempo, y esto a pesar de la pertinacia humana que anhela medir el tiempo con precisión y por plazo cada vez más largo. San Josemaría enseña que todos los estratos de la humanidad pueden «elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio». Nace así «una esperanza nueva que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano». Es una esperanza que demanda poner medios sobrenaturales y humanos. Desde el tiempo se comprende el momento del Apocalipsis cuando el ángel proclama «que no habrá más tiempo» (Ap 10, 7), siempre será de día «pues noche allí no habrá» (Ap 21, 25).
    3.1. A imagen de la eternidad
      Dice el libro de la Sabiduría «Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad y lo hizo a imagen de su propia eternidad. Mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2, 23-24). Dios crea al hombre en y para la eternidad. El misterio del pecado y el misterio de la Redención inciden en nuestra comprensión de la eternidad, y por la rutina humana se puede olvidar su profundo significado. Lo señala el Fundador del Opus Dei: «¡Qué capacidad tan extraña tiene el hombre para olvidarse de las cosas más maravillosas, para acostumbrarse al misterio!».
      A veces, la palabra ‘siempre’ se utiliza para atenuar el misterio: siempre ha sido así, siempre fue cuestión no resuelta, etc., sin reconocer que ese adverbio tiene equivalencia de eternidad. «Desde siempre y para siempre, Tú eres Dios» (Sal 90, 2), que en algunas versiones es: ‘desde la eternidad a la eternidad, Tú eres Dios’. Esta realidad cobra fuerza en el punto 999 deForja: «Sólo es verdad, con una verdad total, el “para siempre” de la eternidad».
      Que el hombre haya sido creado a imagen de la eternidad lleva a plantear su paso por la tierra como peregrinaje para el que ha sido elegido, y que su inteligencia apunta al infinito eterno.
    a) Tiempo de peregrinación
      El verbo ‘peregrinar’ significa «entender la vida como un camino que hay que recorrer»[149]. Así lo entendió San Josemaría:«tiempo de peregrinación, de viaje», que revela el valor de eternidad de cosas aparentemente sin importancia, donde las ocupaciones corrientes y ordinarias «tienen un sentido divino de eternidad»[152], de esperanza.
      En ese peregrinar desde el tiempo la mirada llega al cielo «cuando se ven las cosas con ojos de eternidad», con la permanente referencia al paso de Jesús por la tierra, procurando meterse en los Evangelio «como un personaje más». Así, de modo inefable, el hombre disfruta del gozo anunciado por el Señor: «Dichosos los ojos que ven lo que veis» (Lc 10, 23). En consecuencia, el trabajo, las alegrías y las contrariedades de la vida producen frutos que son «semilla de eternidad».
    b) Elegidos desde la eternidad
      «No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es Cristo quien habla, quien elige. Es el lenguaje de la Escritura: elegit nos in ipso ante mundi constitutionem –dice San Pablo– ut essemus sancti (Ef 1, 4). Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos. No debemos atribuirnos mérito alguno en esa elección pues sólo somos “instrumentos del Creador del mundo”»[157].
      La elección se hace efectiva en la vida y en un tiempo determinado. Es personal, Dios no elige en bloques, sino uno a uno:«¡El Señor os tiene contados desde la eternidad!». La llamada es universal, «nuestro Señor se dirige a todos los hombres para que vengan a su encuentro, para que sean santos, la realiza en las circunstancias de tiempo y condiciones más favorables,«en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad». Es momento que la persona ignora hasta que se presenta, como sucedió con la Virgen María que, antes del anuncio por Gabriel Arcángel, ignoraba su elección desde toda la eternidad.
      La elección respeta la libertad personal, pero una vez aceptada introduce en la vida el deseo de «vivir cada instante con vibración de eternidad», con la seguridad de la continua ayuda de Dios.
    c) Ansia de Infinito
      Para jugar con el tiempo es necesario conocer las reglas de ese juego. La primera es saber que tiene Creador y está marcado con un comienzo y final. La segunda, admitir que existe el sin tiempo llamado eternidad. Esto implica tener conciencia de que «la actual condición humana no es la definitiva». Para el cristiano la situación definitiva es consecuencia de una conquista espiritual con «ansia de Infinito, de eternidad», conquista desde la libertad, con etapas inevitables para el peregrino.
      Cuando algo es inevitable el sentido común aconseja procurar la “amistad” de ese ‘algo’ que Dios envía o permite, y hacerlo con la serenidad de quien lo ve como decisión que de la eternidad viene y a la eternidad va. Inevitable es que un día se detenga el reloj fisiológico que todos llevamos dentro, llamado corazón. Cuando cesa su tic-tac natural, el ‘algo’ recibe un nombre: muerte. Si hemos cultivado su amistad, la sorpresa será menor. Con imagen poética hace muchos años escribió el autor de Camino: «¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen las almas en la eternidad: un día la hoja caída serás tú.
      El Señor del Tiempo se reserva el día y la hora de ese trance inevitable, de ahí la importancia del «vigilad» evangélico (Mt25, 13). Para ‘vigilar’ la muerte es preciso estar vigilante en la vida, sabiendo que aquélla es etapa para otro inevitable: rendir cuentas. En esa rendición de cuentas la aportación personal deberá ser alta, porque lo recibido es el rescate por redención divina, precio y tesoro «de la eternidad de cada uno».
      Al dirigirse a los sacerdotes, San Josemaría les recordaba que «la gran necesidad a la que queremos poner remedio, es el pecado, el alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas se pierdan para toda la eternidad. Llevar a los hombres a la gloria eterna en el amor de Dios: ésa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Santa Misa». La verdadera dimensión de la ofensa a Dios adquiere especial relieve al compararla con el sacrificio redentor de la Cruz: «por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar!».
      La espera de alcanzar la eterna bienaventuranza no es cómoda ni admite ignorar que el tiempo pasa. Pero el ejercicio de la esperanza trae tranquilidad al alma. En la homilía La esperanza del cristiano, San Josemaría desborda su pensamiento con seguro gozo. «Estoy feliz con la certeza del Cielo que alcanzaremos, si permanecemos fieles hasta el final». Esta convicción le incita a comprender que «sólo lo que está marcado con la huella de Dios revela la señal indeleble de la eternidad, y su valor imperecedero».
      Dios da a todos un tiempo de vida y a todos ofrece la eternidad («nadie se encuentra excluido de la salvación») es conquista difícil pero asequible en cualquier instante, aunque pueda parecer imposible. Basta recordar la canonización otorgada por Jesucristo a un pecador —«hoy estarás conmigo en el paraíso»—, como respuesta al ruego humilde de quien le acompañaba desde otra cruz.
      La gloria eterna tiene como moneda de compra el tiempo gastado en Dios. Allí se recibe «el eterno abrazo de Amor de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo y de Santa María». Allí alcanza pleno significado la palabra ‘felicidad’ sin que admita comparación alguna (cfr. Rm 8, 18).
    3.2. La Cantiga 103
      Hablar de la eterna bienaventuranza sin pensar en Santa María, es como decir amanecer y olvidarse del sol. Ella es Puerta y Reina del Cielo, Madre de la Eternidad. Si no hubiera existido el Cielo y la Eternidad, Dios los habría creado para Ella: es «la obra maestra de la misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos».
      San Josemaría señala el camino que la Trinidad, «en la misteriosa economía divina», dispone para la Madre del Salvador:«Nuestra Señora, hecha partícipe de modo pleno de la obra de nuestra salvación, tenía que seguir de cerca los pasos de su Hijo: la pobreza de Belén, la vida oculta de trabajo ordinario en Nazaret, la manifestación de la divinidad en Caná de Galilea, las afrentas de la Pasión y el Sacrificio divino de la Cruz, la bienaventuranza eterna del Paraíso».
      Son muchos los textos del Fundador del Opus Dei que alaban las glorias de María. Entre los más antiguos está el Santo Rosario, libro escrito en 1931, cuando el autor contaba 29 años. Esas páginas hacen vida el consejo que daba a los lectores para llegar a un trato con Jesús: el «confiado amor hacia María Santísima». En una de las páginas contempla la alegría de los Ángeles al ver a María «llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos», donde «la Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios».
      Los siglos han dejado señales de la devoción de los cristianos a su Madre, escritos, pinturas, esculturas, cantos, etc. San Josemaría recuerda uno de esos testimonios. «Viene a mi memoria una encantadora poesía gallega, una de esas Cantigas de Alfonso X el Sabio. La leyenda de un monje que, en su simplicidad, suplicó a Santa María poder contemplar el cielo, aunque fuera un instante. La Virgen acogió su deseo, y el buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando regresó, no reconocía a ninguno de los moradores del monasterio: su oración, que a él le había parecido brevísima, había durado tres siglos».
      La Cantiga hace el número 103 de las Cantigas de Santa María. El estribillo de la poesía, que se repite catorce veces, recuerda al cristiano que quien sirve bien a la Virgen, irá al Paraíso: Quen Virgen ben servirá / a Parayso irá.