25 abril 2012


La Iglesia de la fe


«Sé que existe la luz de Dios, que Él ha resucitado, que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad, que la bondad de Dios es más fuerte que cualquier mal de este mundo. Y esto me ayuda a seguir adelante con seguridad» (Benedicto XVI)
      El 85 cumpleaños de Benedicto XVI es buena ocasión para evocar un texto de Joseph Ratzinger de 1968 (reeditado en el libro Fe y futuro, Desclée, 2007). En el título del texto se preguntaba el teólogo alemán: «¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?» Hoy tenemos la ocasión de comprobar hasta qué punto iba acertado en sus pronósticos.
La historia, maestra para el futuro
      Vaya por delante que el texto apelaba a la prudencia con los pronósticos. Y, sobre todo, apelaba, «precisamente en tiempos de violentas convulsiones históricas», a reflexionar sobre la historia. Pero —se preguntaba— ¿no se trata de mirar al futuro? Y respondía: «Pienso que la reflexión sobre la historia, si es bien entendida, comprende ambas cosas: una mirada retrospectiva a lo anterior y, desde ahí, la reflexión sobre las posibilidades y las tareas de lo venidero, que sólo se pueden esclarecer si se abarca con la mirada un tramo mayor de camino y uno no se cierra ingenuamente en el hoy». Mirar hacia atrás, seguía explicando, permite evitar el espejismo de pensar que lo que vivimos hoy es algo único. Y nos enseña el camino recorrido, de modo que aprendemos a distinguir lo que permanece y lo que cambia. Y, así, podemos orientarnos o corregirnos en la tarea que tenemos por delante.
      Ratzinger se remontaba a la Ilustración y la Revolución Francesa, con su rechazo de la historia y de la tradición, y sus ecos progresistas en ámbito católico, en Francia y Alemania. En este país destaca la figura de Johann Michael Sailer (1751-1832), teólogo y, en los últimos años de su vida, obispo de Ratisbona. Para explicar cómo era Sailer, Ratzinger cita a Antoine de Saint-Exupéry: «Sólo se ve bien con el corazón».
Poner el corazón en la fe y en la vida
      Sailer, dice Ratzinger, era un hombre abierto a las cuestiones de su tiempo, conocía bien la tradición teológica y mística medieval, y sabía que el hombre sólo se adentra en sí mismo si se abre a la profunda enseñanza de su historia. «Y, sobre todo, Sailer no sólo pensaba, sino que vivía. (…) Sailer veía en profundidad porque tenía corazón. De él podría surgir algo nuevo, portador de futuro, porque vivía de lo permanente y porque ponía a disposición de este fin su vida y su propio ser». Y añade, como llegando a la cima de un itinerario: «Y con esto hemos llegado al punto decisivo: sólo quien se da a si mismo crea futuro». Cabe pensar, ahora por nuestra cuenta: ¿no es esto lo que ha hecho Joseph Ratzinger y sigue haciendo como Benedicto XVI?
      Así escribía sobre el futuro: «El futuro de la Iglesia puede venir, y vendrá también hoy, sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo. Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos».
      Hoy, añadía el teólogo en 1968, apenas podemos percibir aún a Dios. Y esto «se debe a que nos resulta muy fácil evitarnos a nosotros mismos y huir de la profundidad de nuestra existencia, anestesiados por cualquier comodidad».
      Así como surgió de las ruinas de finales del siglo XVIII, también mañana, preveía Ratzinger, surgirá una Iglesia que «se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable». Perderá adeptos y privilegios de que ha gozado socialmente. Dependerá mucho más de la iniciativa de cada uno de sus miembros. En medio de esos y otros cambios, encontrará de nuevo lo esencial. El proceso será costoso, largo y laborioso (como fue la salida del progresismo hasta la renovación del siglo XIX). Pero de él «surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza».
Permanecerá la Iglesia de la fe
      Estas predicciones, que prolongaban las que había hecho, unas décadas antes, Romano Guardini, no se detenían en su dramatismo: «A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. (…) Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: (…) la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte».
      El día de su 85 cumpleaños ha dicho Benedicto XVI: «Me encuentro ante el último tramo del recorrido de mi vida, y no sé qué me espera. Sé, sin embargo, que existe la luz de Dios, que Él ha resucitado, que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad, que la bondad de Dios es más fuerte que cualquier mal de este mundo. Y esto me ayuda a seguir adelante con seguridad»(Homilía, 16 de abril de 2012).
      Detrás queda un camino largo e intenso. Delante, y hasta el final, “la Iglesia de la fe”, de la vida y de la esperanza. A corto plazo, debemos preparar el año de la fe, con esta seguridad de que estamos en buenas manos.

24 abril 2012


PROSIGUIENDO EL PROGRAMA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Cardenal Antonio María Rouco Varela en la apertura de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española.

Queridos Hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos, Señor Nuncio, colaboradores de esta Casa, señoras y señores:
Reciente todavía la fiesta de la Pascua, comenzamos la nonagésimo novena Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal con el ánimo agradecido al Señor resucitado, que nos permite a los obispos de la Iglesia que peregrina en España encontrarnos de nuevo para su servicio y el de nuestras Iglesias diocesanas. ¡Bienvenidos todos los Hermanos!
Damos de modo especial la bienvenida al nuevo obispo de Orense, Mons. D. José Leonardo Lemos Montanet, consagrado el pasado 11 de febrero, y que nos honra con su presencia por primera vez en esta Asamblea.
Encomendamos a la misericordia de Dios a nuestros hermanos el obispo emérito de Tenerife, Mons. D. Felipe Fernández García, fallecido el pasado Viernes Santo, 6 de abril, el obispo emérito de Tuy-Vigo, Mons. D. José Cerviño Cerviño, fallecido el pasado miércoles, 18 de abril y el obispo emérito de Calahorra y La Calzada-Logroño, Mons. D. Ramón Búa Otero, fallecido el sábado día 21. ¡Descansen en paz!
I. El plan pastoral, la nueva evangelización y la crisis actual
1. El octavo plan pastoral de la Conferencia Episcopal
Traemos a esta Plenaria un plan pastoral para los años 2011 a 2015.  Cuando termine este período de tiempo, en 2016, nuestra Conferencia Episcopal llegará, Dios mediante, a sus cincuenta años de existencia, coincidiendo más o menos con los cincuenta años de la clausura del Concilio Vaticano II, una de cuyas decisiones fue la creación de las conferencias episcopales. Sin embargo, durante los primeros casi veinte años de su vida la Conferencia Episcopal no se dio a sí misma ningún plan pastoral, en el sentido en el que ahora entendemos normalmente esta expresión. No fue hasta 1983, cuando, con ocasión de la primera visita del beato Juan Pablo II a España, se elaboró y publicó el primero de esos planes, bajo el título de La Visita del Papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo. Desde entonces hemos contado con siete planes pastorales y ahora nos proponemos darnos el octavo [1].
No perdemos, pues, de vista que la Conferencia ha funcionado y podría funcionar sin estos instrumentos de trabajo. Tampoco olvidamos que los planes pastorales de la Conferencia no son algo así como un gran plan de acción para toda la Iglesia en España, ni tampoco un esbozo de plan para cada una de las diócesis. Su pretensión -como era obligado y bueno- ha sido siempre más modesta, aunque su eficacia concreta en el cumplimiento de sus objetivos propios nos haya movido una y otra vez a decidir valernos de estas útiles ayudas para el trabajo. Son ayudas, ante todo y sobre todo, para el trabajo de esta Casa, es decir, de la propia Conferencia Episcopal en sus diversos organismos. Naturalmente, lo que se hace en la Conferencia viene determinado y orientado por la Asamblea Plenaria, en la que nos juntamos todos los obispos de las Iglesias particulares de España con la finalidad de ayudarnos en el gobierno coordinado y en el mayor impulso de la acción pastoral de nuestras diócesis. Por eso, los planes pastorales han contribuido también de algún modo a que nuestras comunidades diocesanas hayan podido caminar mejor en comunión entre ellas y hayan podido tratar de responder de manera más adecuada a los diversos desafíos que los tiempos nos han ido planteando.
Teniendo bien presente el aludido sentido de los planes pastorales de la Conferencia, venimos estudiando un nuevo plan para el quinquenio 2011-2015 que desearíamos centrar en La Nueva Evangelización desde la Palabra de Dios: Por tu palabra, echaré las redes (Lc 5, 5).
En realidad, todos nuestros planes pastorales han estado orientados de uno u otro modo por el programa de la nueva evangelización, como se echa de ver ya en los mismos títulos que llevan: Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras, Impulsar una nueva evangelización, Para que el mundo crea, Proclamar el año de gracia del Señor, Una Iglesia esperanzada: ¡Mar adentro! o Yo soy el Pan de Vida: Vivir de la Eucaristía. Pero, en cada caso, se ha procurado poner un acento especial que venía determinado por algunas circunstancias más inmediatas de la vida de la Iglesia o de nuestra sociedad. Algo semejante sucede también ahora con el nuevo plan que estudiamos. ¿Por qué, pues, la nueva evangelización? Y, ¿con qué acento especial para estos años?
2. Prosiguiendo el programa de la nueva evangelización
Parece obvio que sigamos centrados en el programa de la nueva evangelización. Los motivos de su lanzamiento por el beato Juan Pablo II siguen vivos y, además, Benedicto XVI acaba de ponerlo de relieve con mucha fuerza, tanto al crear un nuevo dicasterio, al que ha confiado de modo especial la nueva evangelización, como al convocar para el próximo mes de octubre el Sínodo de los Obispos con el propósito de ahondar en el significado y en los caminos de la nueva evangelización en orden a la transmisión de la fe.
En efecto, fue el papa beato Juan Pablo II, de venerada memoria, quien lanzó de modo explícito y reiterado el programa de la nueva evangelización. Sin embargo, los precedentes del desafío que la hacían y la hacen necesaria se encontraban ya allí donde comenzaba a fraguarse lo que el siervo de Dios Pablo VI calificaría como «el drama de nuestro tiempo», es decir, «la ruptura entre el Evangelio y la cultura [2] del mundo contemporáneo. Se trata de la descristianización de amplios y, a veces, decisivos sectores de la sociedad que había tenido lugar de un modo más acelerado desde comienzos del siglo XX. A ese preocupante fenómeno respondían ya las iniciativas pontificias significadas en conocidos lemas, como el de «instaurare omnia in Christo» de San Pío X, el del «Reinado de Cristo» de Pío XI, o el de «por un mundo mejor» del siervo de Dios Pío XII.
Pero fue, sin duda ninguna, en el Concilio Vaticano II donde la Iglesia de nuestro tiempo afrontó de un modo global la renovación teológica y pastoral de todos los aspectos de su vida y de su misión, precisamente con el objetivo fundamental de capacitarse a sí misma para la evangelización de las culturas que, por desgracia, se apartaban del Evangelio. Era el conocido aggiornamento o puesta al día que inspiró la convocatoria del Concilio por el beato Juan XXIII: «un orden nuevo se está gestando -escribía el papa en el documento de convocación- y la Iglesia tiene ante sí una tarea inmensa, como en las épocas más trágicas de la historia. Hoy se exige a la Iglesia que inyecte la fuerza perenne, vital y divina del Evangelio en las venas de la comunidad humana actual, que se gloría de los descubrimientos recientemente realizados en los campos técnico y científico, pero que sufre también los daños de un ordenamiento social que algunos han intentado restablecer prescindiendo de Dios»[3].
En los documentos conciliares no aparece la expresión «nueva evangelización», pero bien podemos decir que el Concilio fue el instrumento que la Providencia divina dispuso para que la Iglesia articulara una gran propuesta doctrinal, apostólica y espiritual en orden a que la Noticia de Jesucristo, perennemente nueva, pudiera ser ofrecida plena, íntegra y actualizadamente a una familia humana tan sedienta de verdad, de bien, de paz, de amor, ¡de vida eterna!, en el momento histórico en el que el siglo XX declinaba y se abría a la perspectiva del año 2000 y de un nuevo milenio de historia cristiana.
A los diez años de haber concluido el Concilio y, habiendo sufrido ya los embates de una recepción del mismo condicionada por grandes dificultades, el papa Pablo VI trazaba en la aludida exhortación pastoral postsinodal,Evangelii nuntiandi, una magistral descripción de la misión evangelizadora de la Iglesia poniendo a la luz de la enseñanza conciliar los nuevos problemas de la llamada liberación cultural, política, económica e incluso sexual, así como el gran problema de fondo del secularismo ateo. Afirmaba el papa que «evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa»[4].
La expresión «nueva evangelización», como incisivo nombre de la tarea propia de la Iglesia en nuestros días, se hizo popular desde el famoso discurso pronunciado por el beato Juan Pablo II en 1983 ante la XIX Asamblea de los Episcopados de Latinoamérica (CELAM): «La conmemoración del medio milenio de la evangelización (de América) tendrá su significación plena -les decía el papa- si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso no de re-evangelización, pero sí de nueva evangelización»[5].
No habían pasado siete años desde aquella intervención del papa, cuando nuestra Conferencia Episcopal publicaba su tercer plan pastoral, que llevaba ya en el título la nueva divisa: Impulsar una nueva evangelización(1990-1993)[6].
Benedicto XVI ha retomado el programa de la nueva evangelización con un vigor especial; hasta el punto de que en 2010 crea un nuevo Pontificio Consejo al que ha dado el encargo específico de promoverla. En la carta apostólica por la que instituye el nuevo dicasterio, después de aludir a la historia que acabamos de recordar, afirma: «Haciéndonos cargo, por tanto, de la preocupación de nuestros venerados antecesores, estimamos oportuno ofrecer respuestas adecuadas para que la Iglesia entera, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente ante el mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de fomentar una nueva evangelización. Esta se dirige sobre todo a las Iglesias de antigua fundación (...). No resulta difícil vislumbrar que lo que necesitan todas la Iglesias que viven en regiones tradicionalmente cristianas es un renovado impulso misionero, expresión de una nueva apertura generosa al don de la gracia. Y es que no podemos olvidar que el primer deber será siempre el de hacernos dóciles a la labor gratuita del Espíritu del Resucitado, que acompaña a cuantos son pregoneros del Evangelio y abre el corazón a quienes escuchan. Para proclamar de manera fecunda la Palabra del Evangelio se requiere, ante todo, una experiencia profunda de Dios»[7].
3. Acentos de ahora: ocasiones eclesiales y situación social
Nuestros planes pastorales han echado siempre una mirada a la situación de la sociedad española para acertar con el destinatario de la acción evangelizadora necesaria. Pero tampoco han dejado de revisar y examinar la situación de la propia Iglesia que peregrina en España en orden a reconocer mejor cómo actuar para obtener el renovado impulso misionero, imprescindible para la nueva evangelización. Debemos continuar en esta doble tarea. Sin olvidar, con todo, que «el primer deber», del que nos habla el Papa con toda razón, es el de la buena forma apostólica de la propia comunidad eclesial; o, como esta misma Asamblea reconocía en su momento, sin olvidar que «la cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no solo de fuera»[8].
En este sentido, el plan pastoral que estamos estudiando prosigue con el programa de la nueva evangelización sin perder de vista la situación por la que atraviesa nuestra sociedad, pero, ante todo, poniendo el acento en algunas oportunidades que se nos presentan en estos años como providenciales en orden a la renovación del alma de la Iglesia y, por tanto, de su vigor misionero. Son las siguientes: los frecuentes viajes del Papa que, en poco tiempo, ha estado en España tres veces; la próxima celebración del quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús; la reciente publicación de la versión oficial de la Sagrada Escritura y la renovación de los libros litúrgicos según la nueva traducción bíblica, así como del Misal Romano, según su tercera edición típica; y la cercana proclamación de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia. El quinquenio se abre con la conmemoración del quincuagésimo aniversario del comienzo del Concilio y se cerrará cuando se celebren los cincuenta años de la clausura del mismo. En torno a estos acontecimientos, cada uno de ellos ciertamente de diversa significación, podemos programar algunas acciones prioritarias con la finalidad aludida de revitalizar las fuentes de la vida cristiana en orden a la nueva evangelización. El último plan se centraba en la Eucaristía; en esta ocasión, después del Sínodo sobre la Palabra de Dios y de nuestra Instrucción pastoral La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia, publicada con ocasión de la aparición de la versión oficial de la Biblia, será la Palabra de Dios la que focalice el conjunto del nuevo plan.
En cuanto a la situación general de la sociedad española, a nadie se le oculta que la crisis que nos azota desde hace ya varios años es el factor más preocupante y al que hay que prestar la más cercana atención. No es nuestra misión entrar en el análisis ni en las soluciones propiamente económicas y políticas. El Plan pastoral no lo hará. Pero sí es nuestro deber de pastores de la Iglesia ayudar al análisis cultural y moral necesario para llegar al fondo de las causas de la situación dificilísima que vivimos. Por eso se prevé continuar la reflexión sobre la crisis y sus causas. Sin olvidar que la revitalización de la vida cristiana a la que se encamina toda nuestra actividad pastoral es la que, en realidad, permitirá comprender vitalmente que «la fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda... que la fe y la caridad se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino», como recordaba el Papa al convocar el Año de la fe[9].
Si no se sigue el camino que hace posible la caridad no será posible una buena solución de la crisis. Sin la caridad, es decir, sin la generosidad sincera, movida en último término por el amor de Dios y del prójimo, será imposible introducir los cambios necesarios en el estilo de vida y en las costumbres sociales y políticas que han conducido a la crisis y que seguirán amenazantes aun cuando hayan sido solucionados los problemas más graves, Dios quiera que pronto. Porque es necesario apartarse de la codicia, que da alas a la ilusoria identificación de la felicidad con la mera acumulación de bienes, a la búsqueda irresponsable del enriquecimiento rápido, así como a la cultura del endeudamiento exagerado que amenaza el presente y lastra a las generaciones jóvenes. Y este cambio, junto con otros incluso de más relieve moral, como es la conversión al respeto y al cuidado de cada vida humana y de su ecología familiar básica, no será realmente posible más que por el camino de la sincera generosidad, el de la caridad posibilitada por la fe. Como tampoco será posible crear un verdadero espíritu de cooperación y de concordia entre los actores políticos y sociales, condición, sin duda, indispensable para afrontar con altura de miras, valentía y espíritu de sacrificio las reformas necesarias, salvaguardando la justicia y la protección de los más débiles. Fuera del camino de la fe y de la caridad, será igualmente imposible confiar en las personas y en la sociedad, estimulando la participación y la actividad de todos mediante la aplicación decidida del principio de subsidiariedad.
Nunca exhortaremos lo suficiente a ayudar a los que sufren más duramente las consecuencias de la crisis mediante el voluntariado o la aportación económica en Cáritas y otras instituciones de asistencia y prevención. Deseo hacerlo una vez más en esta ocasión: es imprescindible la cooperación con Cáritas y damos gracias a Dios porque son cada vez más los católicos que lo comprenden así. Pero igualmente necesaria para el duradero buen orden de la vida personal y social es ante todo la nueva evangelización en toda su hondura de conversión a Dios. Porque sin fe no puede haber verdadera caridad, capaz de despejar los obstáculos para esa imprescindible libertad espiritual que da frutos abundantes de justicia, solidaridad y paz.
II. El Concilio Vaticano II y el Año de la fe
1. Para la fructífera recepción del Concilio
La coincidencia del quinquenio del nuevo plan pastoral con los cincuenta años del comienzo y de la clausura del Concilio proporciona una buena ocasión para redoblar el empeño que venimos sosteniendo en la recepción cada vez más viva y fiel de sus enseñanzas. Nuestra Asamblea Plenaria, al darle gracias a Dios por los beneficios recibidos en el siglo XX, consideraba al Concilio como una «muestra extraordinaria de la cercanía de Dios para con los hombres de nuestro tiempo, el gran instrumento de renovación de la Iglesia universal, que hunde sus raíces en la intensa vida cristiana de las décadas precedentes, el llamado despertar de la Iglesia en las almas(...) que culmina en la luminosa enseñanza del Concilio, en particular en las cuatro grandes Constituciones sobre la Liturgia, la Iglesia, la Revelación y la Misión de la Iglesia en el mundo»[10].
Más tarde, cuando se cumplieron los cuarenta años de la clausura del Concilio, en el año 2006, también tuvimos ocasión de revisar algunos aspectos problemáticos de determinadas formas doctrinales de recepción de la enseñanza conciliar que «amparándose en un Concilio que no existió, ni en la letra ni en el espíritu, han sembrado la agitación y la zozobra en el corazón de muchos fieles»[11]. Aquella Instrucción pastoral, de hace seis años, no ha perdido ninguna vigencia; por el contrario, sigue constituyendo un servicio de discernimiento doctrinal muy valioso para una recepción fructífera del Concilio.
A dificultades semejantes en la recepción del Vaticano II ha salido al paso desde el comienzo de su pontificado el papa Benedicto XVI, también con ocasión de los cuarenta años de la conclusión del Concilio. Hablando a la Curia romana en las primeras Navidades tras su elección, después de referirse a la descripción que hace san Basilio de la dramática situación sufrida por la Iglesia tras el Concilio de Nicea, el Papa dice que algo parecido ha sucedido de nuevo después del último Concilio. «¿Por qué -se pregunta- ha sido tan difícil hasta ahora en grandes partes de la Iglesia la recepción del Concilio? Todo depende  -responde- de que sea interpretado correctamente, o como diríamos hoy, todo depende de que se haga una hermenéutica correcta del mismo. (...) Los problemas de esta recepción han nacido del hecho de que ha habido dos hermenéuticas contrarias que se han enfrentado y han batallado entre ellas. Una ha causado confusión; la otra ha dado y da buenos frutos, silenciosamente, pero cada vez más. De una parte está la interpretación que yo denominaría hermenéutica de la discontinuidad o de la ruptura; es la que con frecuencia ha gozado de la simpatía de los mass-media, y también de una parte de la teología moderna. De la otra parte está la hermenéutica de la reforma, de la renovación en la continuidad del único sujeto que crece y se desarrolla en el tiempo, pero permaneciendo siempre el mismo, el único sujeto que es el Pueblo de Dios en camino».
«La hermenéutica de la discontinuidad -prosigue el Papa en una descripción que no tiene desperdicio- tiene el peligro de acabar estableciendo una ruptura entre la Iglesia preconciliar y la Iglesia postconciliar. Afirma que los textos del Concilio en cuanto tales no serían todavía la expresión verdadera del espíritu del Concilio. Serían más bien el resultado de compromisos que, en aras de la unanimidad, han obligado a dar un paso atrás volviendo a confirmar muchas cosas viejas que hoy son en realidad inútiles. En cambio, el verdadero espíritu del Concilio se hallaría allí donde, más allá de los compromisos, se han dado pasos hacia lo nuevo, pasos que quedan como por debajo de los textos: solo ellos representarían el verdadero espíritu del Concilio y sería necesario seguir hacia adelante partiendo de ellos y en conformidad con ellos (...). Sería necesario ir más allá de los textos con valentía. En una palabra: sería necesario seguir no los textos, sino el espíritu del Concilio. De este modo, obviamente, queda un vasto margen para la cuestión de cómo se defina propiamente ese espíritu y, en consecuencia, se concede espacio para todo tipo de imaginación extravagante. Con lo cual queda radicalmente malinterpretada la naturaleza misma de un concilio, ya que, de esa forma, es considerado como una especie de asamblea constituyente, que elimina una constitución antigua y crea otra nueva».
«El Concilio Vaticano II -continúa Benedicto XVI más adelante- con su nueva definición de la relación entre la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, ha reenfocado e incluso corregido algunas decisiones históricas, pero en medio de esa aparente discontinuidad ha mantenido e incluso profundizado la naturaleza íntima y la verdadera identidad de tales decisiones. La Iglesia es siempre la misma, tanto antes como después del Concilio: la una, santa, católica y apostólica, en camino a través del tiempo»[12].
2. Un Año de la fe, como impulso conciliar
Al convocar recientemente el Año de la fe para el próximo 11 de octubre, día del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el Papa vuelve a decir que la ocasión ha de ser aprovechada pastoralmente para «comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, “no pierden su valor ni su esplendor”. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia»[13].
Ahora bien, en orden a la consecución de este objetivo tan querido para él y para su santo predecesor, Benedicto XVI no duda en presentar una vez más a toda la Iglesia un «subsidio precioso e indispensable»: el Catecismo de la Iglesia Católica, de cuya publicación se cumplen veinte años en la misma fecha del comienzo del Año de la fe. El Papa presenta el Catecismo como «uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano», que, a su vez, resulta tan decisivo para la recepción adecuada del Concilio al posibilitar su lectura en el contexto de la gran Tradición de la Iglesia, es decir, según una hermenéutica de la continuidad o de la reforma. «En efecto, en él (en el Catecismo), se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido a sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los maestros de la teología a los santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece la memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe»[14].
Justamente es eso lo que Benedicto XVI se propone y nos propone a todos para el Año de la fe: consolidar la certeza de la fe en el Pueblo de Dios. Ojalá que acertemos a dar un decidido paso adelante en este sentido durante ese Año y en todos nuestros planes apostólicos. Porque no debemos olvidar que «el núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de la fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real, gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces»[15].
La falsa recepción del Concilio tiene también que ver con la crisis de la fe: con la fe el Dios vivo, revelado en Jesucristo y con el misterio de la Iglesia. La vana pretensión de constituir una «nueva» Iglesia, distinta de la «preconciliar», denota una grave crisis de fe en la Iglesia. Como recuerda Benedicto XVI, ya el siervo de Dios Pablo VI era consciente de esta grave coyuntura cuando, a los dos años de clausurado el Concilio, con motivo de la conmemoración de los mil novecientos años del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo, convocó un Año de la fe que concluyó con la profesión de fe del Pueblo de Dios[16].
Por todo ello, Benedicto XVI propone dos objetivos principales para el Año de la fe: la confesión de la fe en la plenitud de la verdad de sus contenidos, por un lado, y la profesión de la fe públicamente, dentro y fuera de la Iglesia, por otro lado.
Las referencias a los «contenidos de la fe» son constantes en la carta Porta fidei[17]. Porque «el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia»[18]. La confusión doctrinal, la desmemoria y, en definitiva, el «analfabetismo religioso»[19] tan extendido en el seno del Pueblo de Dios y, en particular, en las generaciones más jóvenes, es un serio obstáculo para la fe. Es verdad que el mero conocimiento doctrinal no es suficiente para la vida de la fe. Pero no es menos cierto que la adhesión de fe es imposible si carece de un objeto verdadero. No extraña, por eso, la urgencia de que el Papa nos pida que «el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica»[20].
Compartiendo la preocupación del Papa por la recta confesión de la fe y, en particular, por que la iniciación cristiana sea íntegra y fructífera, la Conferencia Episcopal Española espera poder ofrecer al Pueblo de Dios durante el Año de la fe un nuevo catecismo para la iniciación de los niños y adolescentes. Llevará previsiblemente por título Testigos del Señor, y se concibe como continuación del catecismo Jesús es el Señor, que tan buenos resultados está dando cuando es utilizado como referencia básica y segura de la formación doctrinal en la catequesis de los niños que se preparan para recibir la primera comunión.
Junto a la confesión de la fe, la profesión pública de la misma. «El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado... La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree... de anunciar a todos sin temor la propia fe»[21]. La expresión pública de la fe y, en particular, de su dimensión comunitaria en el seno de la Iglesia, sujeto primordial del creer, se realiza en la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. Pero también se ha de dar esa expresión de la fe en el apostolado y en la misión, teniendo siempre en cuenta que quienes no creen, pero buscan con sinceridad «el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo», se hallan ya en los preámbulos de la misma fe[22].
Quiera Dios que, con la modesta pero eficaz ayuda del nuevo plan pastoral y con el impulso del Año de la fe, que celebraremos con todo empeño en nuestras diócesis, se consolide la certeza de la fe en nuestro Pueblo y crezca en todos la alegría que ella produce. Lo necesita la Iglesia, lo reclama el servicio a la sociedad y, en especial, a los más necesitados de apoyo espiritual y material.
Deseo a todos los Hermanos unos días de encuentro y de trabajo serenos y fructíferos, bajo la mirada maternal de María, Madre de la Iglesia.
Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela
Cardenal Arzobispo de Madrid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española
NOTAS
[1] Los cinco primeros planes fueron La visita del Papa y el servicio de la fe de nuestro pueblo (1983-1986), Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras (1987-1990), Impulsar una nueva evangelización (1990-1993),Para que el mundo crea (1994-1997) y Proclamar el año de gracia del Señor (1997-2000). Esos cinco planes constituyen un ciclo de unos diecisiete años que se cierra con el Gran Jubileo del Año 2000, al que sigue un año de revisión del camino recorrido hasta ese momento. Los otros dos, Una Iglesia esperanzada, ¡Mar adentro! (2002-2005) y Yo soy el Pan de Vida, Vivir de la Eucaristía (2006-2010) cubrieron el primer decenio del nuevo siglo, coincidiendo el último prácticamente con los primeros años del pontificado de Benedicto XVI.
[2] Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 20. Con referencia explícita más adelante, en 55, al conocido título de H. de Lubac, El drama del humanismo ateo (1945).
[3] Beato Juan XXIII, Constitución Apostólica por la que se convoca el Concilio Vaticano II (25.XII.1961), en: Concilio Ecuménico Vaticano II, Constituciones-Decretos-Declaraciones, edición bilingüe patrocinada por la Conferencia Episcopal Española, BAC, Madrid 1993, 1068.
[4] Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 14.
[5] Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General del CELAM (Puerto Príncipe, 9.III.1983). Cf. Ecclesia 2119 (26.III.1983)  13-15, 15.
[6] En el segundo plan pastoral, Anunciar a Jesucristo con obras y palabras (1987-1990), la expresión «nueva evangelización» aparecía solo de pasada (nº 18), aunque, como queda dicho más arriba, su enfoque y su temática respondían ya a lo que la palabra indica; cf. Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 14 (1987) 67-82. El término exacto habría sido empleado por primera vez en el documento de la Comisión Episcopal del Clero tituladoSacerdotes para evangelizar. Reflexiones sobre la vida apostólica de los presbíteros (2 de febrero de 1987): «hay que impulsar una nueva evangelización» (nº 4).
[7] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio@” Ubicumque et semper (21.IX.2010), cf. Ecclesia 3542 (30.X.2010) 31-33, 32s.
[8] LXXVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Una Iglesia esperanzada: «¡Mar adentro!» (Lc 5, 4). Plan Pastoral 2002-2005, nº 10. Cf. Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 16 (2002) 16.
[9] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” Porta fidei (11.11.2011) 14. Cf. Ecclesia 3595 (5.XI.2011) 24-29.
[10] LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (26.XI.1999), n1 5. Cf. Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 16 (1999) 100-106.
[11] LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Teología y secularización en España, a los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II (30.III.2006), n1 2. Cf. Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 20 (2006) 31-51.
[12] Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana, del 22 de diciembre de 2005. Cf. Ecclesia 3290 (31.XII.2005) 30-36, 33 y 35.
[13] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” Porta fidei (11.X.2011), nº 5. La cita de Juan Pablo II es de la carta apostólica Novo millennio ineunte (6.01.2001).
[14] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” Porta fidei (11.X.2011), nº 10.
[15] Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana, el 22 de diciembre de 2011.
[16] Cf. Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” Porta fidei (11.X.2011), nº 4.
[17] Cf. números 2, 4, 9, 10 (cuatro veces) y 11.
[18] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” Porta fidei (11.X.2011), nº 10.
[19] Benedicto XVI, Homilía en la Misa crismal (5.IV.2012), cf. Ecclesia 3618-19 (14/21.IV.2012), 38.
[20] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” Porta fidei (11.X.2011), nº 11.
[21] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” Porta fidei (11.X.2011), nº 10.
[22] Cf. ibíd.

23 abril 2012


EL SALVADOR NOS ASEGURA SU PRESENCIA REAL ENTRE NOSOTROS


El papa ayer al introducir el 'Regina Coeli'

¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy, tercer domingo de Pascua, encontramos en el evangelio de Lucas a Jesús resucitado que se presenta en medio de los discípulos (cf. Lc. 24,36), los cuales, incrédulos y atemorizados, pensaban que veían un espíritu (cf. Lc. 24,37). Romano Guardini escribe: "El Señor ha cambiado. No vive ya como antes. Su existencia ... no es comprensible. Sin embargo, es corpórea, incluye... todo lo que vivió; el destino atravesado, su pasión y su muerte. Todo es real. Aunque sea cambiada, pero siempre una tangible realidad" (Il Signore. Meditazioni sulla persona e la vita di N.S. Gesù Cristo, Milano 1949, 433). Dado que la resurrección no borra los signos de la crucifixión, Jesús muestra sus manos y sus pies a los apóstoles. Y para convencerlos, les pide algo de comer. Así que los discípulos "le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomó y comió delante de ellos" (Lc. 24,42-43). San Gregorio Magno comenta que "el pescado asado al fuego no significa otra cosa que la pasión de Jesús, Mediador entre Dios y los hombres. De hecho, él se dignó esconderse en las aguas de la raza humana, aceptó ser atrapado por el lazo de nuestra muerte y fue como colocado en el fuego dado los dolores sufridos en el momento de la pasión" (Hom. in Evang XXIV, 5:. CCL 141 , Turnhout, 1999, 201).
Gracias a estos signos muy reales, los discípulos superaron la duda inicial y se abrieron al don de la fe; y es esta fe lo que les permite entender las cosas escritas sobre Cristo "en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos" (Lc. 24,44). Leemos, por cierto, que Jesús «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras y les dijo: 'Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados ... Ustedes son testigos'» (Lc. 24, 45-48). El Salvador nos asegura su presencia real entre nosotros a través de la Palabra y la Eucaristía. Tal como los discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el pan (cf. Lc. 24,35), así también nosotros encontramos al Señor en la celebración eucarística. Explica, en este sentido, santo Tomás de Aquino que "es necesario reconocer de acuerdo a la fe católica, que Cristo todo está presente en este sacramento... por qué jamás la divinidad ha abandonado el cuerpo que ha asumido" (S. Th. III q. 76, a.1).
Queridos amigos, en el tiempo pascual, generalmente la Iglesia suele administrar la primera comunión a los niños. Por lo tanto, insto a los párrocos, a los padres y catequistas, a preparar bien esta fiesta de la fe, con gran fervor, pero también con sobriedad. "Este día queda grabado en la memoria, con razón, como el primer momento en que... se percibe la importancia del encuentro personal con Jesús" (Exhort. ap. postsin. Sacramentum Caritatis, 19). Que la Madre de Dios nos ayude a participar dignamente en la mesa del sacrificio eucarístico, para convertirnos en testigos de la nueva humanidad.

22 abril 2012



La inculturación de la fe como

 

problema teológico




Consideraciones a la luz de la encíclica 'Fides et ratio'


«El tema de la relación (de la fe) con las culturas merece una reflexión específica (...) debido a sus implicaciones en el campo filosófico y teológico». Con estas palabras introduce la Fides et ratio sus consideraciones en torno al problema de la inculturación. Los párrafos que a continuación le dedica están situados en el capítulo sexto titulado «Interacción entre filosofía y teología», y, dentro de ese capítulo, en un apartado destinado a hablar de «la ciencia de la fe y las exigencias de la razón filosófica», es decir, del papel imprescindible que la profundización filosófico-metafísica desempeña en el proceso que permite al creyente captar y expresar con hondura el contenido de la fe. No estamos ante una localización meramente ocasional, sino positivamente buscada: ésa es, de hecho, la perspectiva que domina —y sobre ello volveremos— los párrafos dedicados a la inculturación.
      La problemática en torno a la inculturación alcanzó carta de naturaleza en teología en los primeros decenios del siglo XX, aunque con raíces en años anteriores. Su aparición y difusión estuvo relacionada con dos planteamientos muy diversos e incluso, en parte, antagónicos, pero que contribuyeron a suscitar con fuerza la cuestión.
      El primero de esos planteamientos, nacido en el mundo cultural protestante, constituye en realidad una radicalización de las afirmaciones luteranas acerca de la desviación respecto a la pureza del cristianismo primitivo en la que habría incidido la Iglesia con el transcurso de los siglos. En el texto del propio Lutero esas afirmaciones no aspiran a tener una dimensión formalmente cultural, sino que se orientan, ante todo, a subrayar la trascendencia de la gracia y a denunciar todo lo que, a su juicio, pudiera obscurecer su gratuidad. El pensamiento protestante posterior, y especialmente el del siglo XIX, asumió, además, otras perspectivas, hasta desembocar, presuponiendo una neta contraposición entre pensamiento griego y pensamiento semita, en una crítica al esfuerzo patrístico y medieval —e incoadamente apostólico— por alcanzar una síntesis entre mensaje bíblico y tradición filosófica grecorromana. La helenización —la inculturación de la fe en el contexto grecorromano en que se difundió durante los primeros siglos, en última instancia, toda inculturación— se presenta así como un fenómeno negativo o, al menos, que debe ser mirado con prevención.
      El segundo de los planteamientos recién aludidos tiene unas raíces muy distintas. Se relaciona, en efecto, con el amplio movimiento de ideas, informaciones y experiencias que llevó a los países europeos, y a la civilización occidental en su conjunto, a percibir de forma cada vez más clara los valores presentes en culturas diferentes de la suya. De ahí la crisis del imperialismo cultural que, en más de un momento, había afectado a la obra expansiva y colonizadora que Europa había desarrollado desde los comienzos de la Edad Moderna, y que, lógicamente, había tenido también consecuencias en el plano de la evangelización. Todo ello condujo, de una parte, al reconocimiento, no sólo teóricamente afirmado —a este nivel nunca había faltado— sino vitalmente sentido, de la distinción entre cristianismo y cultura occidental. Y, de otra, llegamos así a la inculturación, a la proclamación de la necesidad, no sólo práctico-utilitaria, sino constitutiva —es decir, reclamada por la misma realidad de lo cristiano—, de que la fe se exprese con los modos y las formas propias de cada civilización y de cada pueblo. La inculturación es, desde esta perspectiva —a diferencia de lo que ocurría con la anterior—, una realidad de realización tal vez difícil, pero en todo caso positiva y necesaria; más aún, no un mero hecho, sino un objetivo y un proyecto.
      Esta perspectiva es la que, muy claramente, adopta la Fides et ratio en los párrafos a los que antes nos referíamos. Pero para analizar esos textos y captar su alcance resultará útil esbozar previamente algunas consideraciones generales sobre las relaciones entre la fe y la cultura, y, más concretamente, sobre el modo con que Juan Pablo II las aborda y enfoca.

La interrelación fe-cultura

      La palabra «cultura» es susceptible de varias significaciones y usos entre los que sobresalen dos:
      a) antropológico, para designar el cultivo, por parte de cada hombre, de su propio espíritu, no ya por la vía del simple aumento o acumulación de conocimientos —eso no pasaría de mera erudición—, sino, más profundamente, por la vía de la adquisición de una síntesis vital de conocimientos y valores, más aún, de un desarrollo de la propia personalidad, de la apertura a los grandes ideales, a la verdad y al bien, en suma, por la vía del realizarse verdadera y auténticamente como hombre;
      b) histórico y etnográfico, para aludir al conjunto de tradiciones, creencias, usos, valores, actitudes y modelos de comportamientos propios de un pueblo, de una comunidad o de una civilización a los que configuran, constituyendo el acerbo histórico que reciben y trasmiten las sucesivas generaciones, ofreciendo el punto de partida y el ámbito que posibilita la formación y el desarrollo de cada persona singular.
      En uno y en otro sentido la cultura dice relación a realidades básicas y connota la comprensión que el individuo singular o la colectividad tienen respecto al ser humano y a su destino. La fe, que da a conocer la verdad de Dios y de su amor, dotando así de sentido pleno a la vida, incide, obviamente, en esa realidad. De ahí que exista entre una y otra, entre cultura y fe, una interacción profunda, como Juan Pablo II ha puesto reiteradamente de relieve.
      Tal vez el texto en el que el actual Romano Pontífice ha expuesto de forma más neta las líneas centrales de su enseñanza sobre las relaciones entre fe y cultura, sea el discurso pronunciado en la sede de la UNESCO en junio de 1980, al que ha remitido después en diversas ocasiones, entre las que cabe destacar uno de los discursos que pronunció durante su viaje a España en 1982, concretamente su intervención en el solemne acto académico celebrado en la Universidad Complutense. En este último discurso, y en otros paralelos, Juan Pablo II desarrolla sus consideraciones haciendo referencia, como es lógico en alocuciones pronunciadas con ocasión de viajes y encuentros similares, a situaciones y problemas concretos, pero alude siempre a consideraciones de fondo, es decir, no meramente históricas y circunstanciales, sino entitativas.
      En todo momento pone de relieve, en efecto, que la cultura presupone y reclama una «visión del hombre integral», captado y comprendido en la variedad de sus virtualidades morales y espirituales, en la riqueza de sus aspiraciones y de su vocación. De ahí que pueda hablarse de un nexo vital, de una «relación orgánica y constitutiva» entre cultura humana y fe cristiana, ya que la fe ofrece y aporta esa profunda visión del hombre que toda cultura reclama. Ciertamente el hombre puede conocerse a sí mismo y advertir su dignidad al margen de la fe cristiana, a partir de la pura experiencia humana o de «otras fuentes de inspiración religiosa, humanista y ética»; pero ello no excluye «la vinculación fundamental del Evangelio, es decir, del mensaje de Cristo y de la Iglesia, con el hombre, en su humanidad misma», y una vinculación de esa naturaleza «es creadora de cultura en su fundamento mismo». En la fe cristiana, la cultura puede hallar aliento e inspiración; más aún, sólo en la fe cristiana puede encontrar fundamentación radical y última, pues sólo la fe aporta de modo pleno esa comprensión acabada del hombre a la que toda cultura aspira.
      Pero la conexión entre fe y cultura opera en ambas direcciones. La fe no es una realidad etérea y ahistórica que, en un acto de pura liberalidad, ofrece su luz a la cultura permaneciendo ella misma indiferente a esa iluminación. La fe se vive siempre en una situación histórica concreta, en la que toma cuerpo y a través de la que se expresa. «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida». La fe compromete al hombre en la totalidad de su ser y de sus aspiraciones. Una fe que se situara al margen de lo humano, y por tanto de la cultura, sería una fe infiel a la plenitud de lo que la Palabra de Dios manifiesta y revela, una fe capitidisminuida, e incluso en proceso de autodisolución. La fe, aunque trascienda a la cultura, mejor, por el hecho mismo de trascenderla y revelar el destino divino y eterno del hombre, crea cultura, engendra cultura, y ello en virtud de su propia dinámica.
      Un intento de enumeración o al menos de esbozo de las manifestaciones de esa interacción reclamaría considerar los diversos sectores que implica la vida cultural: pensamiento, arte, usos y costumbres, etc. La variedad de realidades a las que habría que hacer referencia, pone de manifiesto la complejidad de todo proyecto de ese estilo, expuesto a desembocar, si no se recorre adecuadamente, a una casi absoluta dispersión. En todo caso, nos alejaría de la enseñanza contenida en la Fides et ratio. Resultará en cambio oportuno hacer referencia a dos problemáticas, relacionadas ambas con el uso del término «cultura» tomado en sentido histórico y etnográfico, y más concretamente con la diversidad de culturas, entendida esa diversidad tanto en sentido geográfico o sincrónico como cronológico, diacrónico o evolutivo.

Difusión de la fe cristiana y diversidad cultural

      La realidad a la que el lenguaje contemporáneo se refiere de manera preferente al hablar de «inculturación de la fe» es precisamente la que hemos aludido al emplear la expresión «diversidad geográfica», es decir, la interacción de la fe con las culturas existentes en los diversos ámbitos de nuestro planeta. La fe, que trasciende las diversas culturas, no está vinculada a ninguna, tampoco a aquélla o aquéllas en las ya se ha hecho presente, encarnándose en ellas y asumiéndolas, en uno u otro grado, para expresar el mensaje trascendente del que es portadora. De ahí que, al extenderse a otras culturas, pueda abrirse a las características, al lenguaje y a los valores que esas otras culturas implican, para proceder a un nuevo proceso de encarnación.
      Los números 70 y siguientes de encíclica Fides et ratio, a los que al principio nos referíamos, tratan precisamente de esta vertiente del problema. Expongamos su enseñanza, entresacando los párrafos más significativos e introduciéndolos de modo que se evidencie el itinerario intelectual que suponen:
      — La encíclica aborda la cuestión desde una perspectiva fáctica, dejando constancia de la realidad del encuentro entre la fe cristiana y las culturas: «El proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio» (n. 70); «A lo largo de los siglos se sigue produciendo el acontecimiento de que fueron testigos los peregrinos presentes en Jerusalén el día de Pentecostés», es decir, la expresión de la fe en una diversidad de lenguas (n. 71).
      — Esa realidad histórica, la interacción primero entre la fe cristiana y la cultura semita y la grecorromana y, posteriormente, otras culturas, no es un simple dato, sino una realidad profunda, que enraíza en la catolicidad propia del mensaje cristiano, más aún, que ha contribuido a que los cristianos tomaran conciencia cada vez más clara de esa catolicidad: «El mandato de Cristo a los discípulos de ir a todas partes “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8) para trasmitir la verdad por Él revelada, permitió a la comunidad cristiana verificar bien pronto la universalidad del anuncio y los obstáculos derivados de la diversidad de las culturas» (n. 70).
      — Es claro, de otra parte, que los sucesivos encuentros que han jalonado la historia se han producido y se producen como consecuencia de la apertura de toda cultura a la trascendencia y, por tanto, al mensaje sobre Dios que el cristianismo implica: «Las culturas, cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura típica del hombre a lo universal y a la trascendencia». (...) «Toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensión hacia la plenitud. Se puede decir, pues, que la cultura tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina» (nn. 70-71).
      — El carácter trascendente del anuncio cristiano, que fundamenta su capacidad de diálogo con las diversas culturas, trae consigo que, cuando el diálogo acontece, pueda y deba producirse con pleno respeto de los valores que posee la cultura de la que en cada caso se trate: «El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión a la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia. Ella no crea división alguna, porque el pueblo de los bautizados se distingue por una universalidad que sabe acoger cada cultura, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hasta su plena explicitación en la verdad» (n. 71).
      — En su diálogo con las culturas la fe no las destruye, sino que, eventualmente, las purifica y en todo caso las perfecciona: «El anuncio que el creyente lleva al mundo y a las culturas es una forma real de liberación de los desórdenes introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a la verdad plena. En ese encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario, son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos» (n. 71).
      En síntesis, puede decirse que Juan Pablo II, en la Fides et ratio, recalca los siguientes puntos:
      a) la verdad suprema de la revelación cristiana, que no está subordinada a ninguna expresión cultural y por tanto se dirige a las diversas culturas, pudiendo hacerse presente en todas ellas;
      b) el hecho de que la fe se hace presente en las diversas culturas —al igual que en cada hombre— de forma intrínseca y vital, entrando en sintonía con ellas, abriéndose a las experiencias y valores que suponen y aportando su fuerza iluminadora y vivificadora: no se somete a las culturas ni se yuxtapone a ellas, sino que dialoga con ellas, entra en conexión con ellas;
      c) el fruto de ese proceso es, por ello, a la vez e inseparablemente, una profundización por parte de la comunidad cristiana en las virtualidades de la propia fe y un enriquecimiento de las culturas, así como, en la medida en que las culturas son variadas, una manifestación de la universidad de la fe que, permaneciendo una en sí misma y en su contenido (la verdad de Dios revelada en Cristo), asume y vivifica experiencias humanas diversas entre sí.
Vivencia de la fe y mutabilidad histórico-cultural
      Pero las culturas no son realidades inanimadas, sino vivas y, por tanto, conocedoras de desarrollos y de evolución. «Las culturas —afirma la Fides et ratio—, estando en estrecha relación con los hombres y con su historia, comparten el dinamismo propio del tiempo humano» (n. 73). El proceso de información de una cultura por la fe cristiana y de asunción por parte de la fe de los valores que esa cultura implica, es, en ese sentido, un proceso nunca acabado o, para ser más exactos, en constante renovación. Si bien, obviamente, una vez que se ha producido una síntesis más o menos lograda —la perfección y la plenitud no se alcanzan nunca en la historia— entre la fe y una determinada cultura, la presencia y acción de los cristianos, y con ellos y a través de ellos de la fe, a lo largo de los sucesivos periodos históricos implica un proceso que no puede, propiamente hablando, calificarse de inculturación (de hecho no suele acudirse a ese término), sino más bien de actualización progresiva de las virtualidades de la fe en un contexto que ya ha sido informado por ella, o también —según una expresión usual en Juan Pablo II— de constante reentronque con las raíces históricas y cristianas de la cultura en la que se vive y con la que se evoluciona.
      Es patente, por lo demás, que en los avatares por los que pueden atravesar, y atraviesan, las culturas, hay momentos de desigual importancia, e incluso de trascendencia tal que resulta legítimo hablar de crisis y de cambios epocales, es decir, de tránsito hacia situaciones radical o, al menos, profundamente diversas de las precedentes. Coyunturas históricas, en suma, en las que la constelación cultural hasta entonces vigente se resquebraja y desarticula dando paso a realidades que pueden ser descritas como una nueva fase histórica e incluso, y hablando con propiedad, como una nueva cultura.
      Así ha acontecido repetidas veces a lo largo de la historia, también en contextos en los que estaba presente la fe cristiana. El ejemplo más característico es, sin duda, el hundimiento del Imperio Romano de Occidente, con los cambios políticos y sociales que lo prepararon y siguieron, y la posterior aparición de la civilización medieval en la que la herencia grecorromana se entremezcló con tradiciones germánicas y celtas, y posteriormente eslavas, a través de un proceso en el que la fe cristiana estuvo presente no sólo como uno de los factores integrados en el conjunto, sino, en más de un aspecto, como verdadero agente aglutinador.
      Desde la perspectiva de las mutaciones históricas, y especialmente desde la perspectiva de la inculturación de la fe, la coyuntura contemporánea reviste una significación especial. De una parte, porque los grandes desarrollos científicos y tecnológicos, unidos a la globalización de las relaciones que esos desarrollos han hecho posible, han provocado cambios histórico-sociales de singular importancia y permiten augurar otros de no menor envergadura. De otra, porque esos cambios han acontecido, y continúan aconteciendo, en un contexto intelectual marcado por procesos teoréticos y espirituales en los que fermentos de origen cristiano se entremezclan con gérmenes de secularización y de ateísmo. De ahí una situación que Juan Pablo II ha descrito hablando de «existencia de contradicciones», puesto que esos factores de signo diversos e incluso contrapuesto no sólo coexisten, sino que se entrecruzan. De ahí la necesidad, claramente advertida por el propio Juan Pablo II, de un discernimiento extremadamente delicado y su apelación a dos proyectos pastorales diversos, e incluso a primera vista divergentes, aunque en realidad complementarios: la invitación dirigida a Europa a volver a sus raíces cristianas y la propuesta, también con relación a Europa, y a la cultura occidental en su conjunto, de una nueva evangelización.
      La Fides et ratio, en los números 70 y siguientes, no se ocupa de las perspectivas que acabamos de evocar: trata, en efecto, de la inculturación sólo en el sentido geográfico, y no en el histórico-evolutivo. Tampoco intenta —a diferencia de lo que ocurre en otros documentos del actual Romano Pontífice— un diagnóstico global sobre la situación cultural contemporánea. No es sorprendente, ni constituye una laguna, ya que la cuestión que ocupa en esa encíclica a Juan Pablo II no es tanto la cultura, cuanto la relación entre fe y razón y, en consecuencia, la filosofía. De ahí que sus análisis históricos, muy amplios por cierto, se centren ese punto para, partiendo de la consideración del carácter sapiencial de toda cultura —es decir, de su apertura a los grandes problemas en torno al ser y al sentido—, esbozar una panorámica de los encuentros entre fe cristiana y filosofía, con sus momentos positivos y sus crisis, más concretamente con «el drama» —es la expresión a la que acude— que ha implicado, e implica, la ruptura, acaecida en los inicios de la edad moderna europea, entre razón y fe.
      La cultura es una realidad mucho más amplia y compleja que la filosofía, si bien, ciertamente, ese fruto del pensar reflejo que son la filosofía y, a su nivel, la teología juegan un papel importante en su constitución y, sobre todo, en su desarrollo. Así lo piensa Juan Pablo II, que deja constancia de ello en la Fides et ratio. Sería por eso ilegítimo extrapolar sus afirmaciones sobre el drama cultural contemporáneo hasta desembocar en un juicio radicalmente negativo sobre el conjunto de la cultura occidental. El pensamiento y la actitud de Juan Pablo II están muy lejos de planteamientos de ese estilo, también a nivel de la valoración de la historia de la filosofía posterior a la mencionada ruptura entre fe y razón. Aun subrayando la crisis que, a partir de ese momento, lastra a diversos filones del pensar contemporáneo, no sólo reitera —es una de las constantes de la encíclica— el valor de la razón en cuanto tal, sino que tiene preocupación por señalar expresa y claramente que, como fruto de los desarrollos de la razón moderna, «la herencia del saber y de la sabiduría se ha enriquecido en diversos campos».
      Su valoración de la cultura occidental contemporánea sigue pudiendo ser sintetizada, después de la Fides et ratio, mediante la expresión «existencia de contradicciones» presente en documentos anteriores. En todo momento, también respecto al problema de la evolución de la cultura —incluida la cultura occidental—, el modo de entender la relación entre cultura y fe que presupone esta encíclica, es el que encontrábamos en el apartado anterior: la cultura, toda cultura, por muy dramática que pueda ser la situación por la que atraviese y por muy potentes que puedan ser los factores de crisis, connota, aunque sea en estado latente, un impulso hacia la trascendencia. La fe, en consecuencia, no se sitúa nunca ante la cultura, sean cuales sean sus características, en actitud de exterioridad, sino de diálogo, ofreciendo una luz y un impulso que pueden, ciertamente, transformarla, pero desde el interior y potenciando sus virtualidades y su positividad.

La información de la cultura como empeño y tarea

      Durante los dos primeros tercios del siglo XX diversos autores, al reflexionar sobre las cuestiones relacionadas con la inculturación, intentaron desbrozar el camino distinguiendo entre «lo mudable» y «lo inmutable». El desarrollo de debate puso de manifiesto que un planteamiento de ese tipo, sobre todo si se desarrolla de forma genérica o abstracta, no resulta adecuado, ya que los problemas de inculturación son problemas vitales y deben, por tanto, considerarse y analizarse en lo concreto. Completemos por eso nuestra consideración no en una dirección meramente analítica, sino en otra que podemos calificar como antropológico-existencial. Ni la fe ni la cultura son entidades subsistentes en sí y por sí: ambas se hacen presentes en el hombre. Hablar de información por la fe de las diversas culturas o de vivencia desde la fe de los cambios culturales es, por tanto, algo que remite al cristiano, en el que fe y cultura se unen. ¿Qué reclaman esos procesos de ese cristiano concreto, hombre o mujer, al que acabamos de referirnos? Es ésta la pregunta a la que intentaremos, aunque sea someramente, responder.
      En primer lugar, como es obvio, no sólo presencia, sino participación viva en la propia sociedad, sintonizando con sus tradiciones, sus desarrollos y sus problemas. Pero esa realidad, siendo imprescindible, no pasa de ser, a fin de cuentas, sino un presupuesto. Dicho con otras palabras: proceso de vivificación cristiana de la cultura acontece desde la fe, que es en consecuencia el factor decisivo. Y esto a su vez implica dos exigencias, que podemos formular acudiendo al ya citado discurso que pronunció Juan Pablo en la sede de la UNESCO el 2 de junio de 1980, más concretamente a la invitación allí formulada a una fe no sólo «fielmente vivida», sino también «totalmente pensada»:
      a) Ante todo, una vivencia real de la fe. Precisamente porque las relaciones entre fe y cultura no son relaciones de exterioridad, de imposición, de dominio, sino de comunicación vital, el requisito imprescindible para que esas relaciones puedan darse es, primaria y básicamente, una fe «fielmente vivida», hecha carne de la propia persona, capaz por tanto de informar, sin violentarlas, todas las dimensiones del existir.
      b) Pero si esa condición es necesaria, no es suficiente: la fe ha de ser no sólo fiel y auténticamente vivida, sino además «totalmente pensada », captada racional y reflejamente en la plenitud de sus riquezas e implicaciones. En suma, una fe que engendre un pensar cristiano y, por tanto, que desemboque en teología y filosofía y se nutra de esos saberes. Sin un pensar cristiano, resulta imposible una información cristiana de las realidades temporales y, en consecuencia, de las culturas ya que de ese pensar derivan sea la toma de conciencia acerca de las implicaciones de la propia fe, la posibilidad de expresar plena y exactamente lo que se cree, sea el discernimiento crítico y la aptitud para analizar cuestiones, en suma, esa capacidad para entrar en diálogo con tradiciones, problemas y ciencias que es condición indispensable para todo verdadero intercambio intelectual.
      Pablo VI, en un discurso destinado a hablar de las relaciones entre teología y magisterio, señaló la importancia del papel de la teología en el proceso de evangelización, entendida esa evangelización en sentido pleno, es decir, anuncio del Evangelio que llega a sus últimas consecuencias, ya que —fueron sus palabras— es tarea propia de la teología proceder, «mediante una diligente interpretación de la cultura contemporánea o de la experiencia humana», a «analizar y resolver con la luz que dimanan de la historia de la salvación las cuestiones que esa cultura y esa experiencia plantean», ofreciendo así al magisterio y a la Iglesia en su conjunto, una ayuda imprescindible.
      Juan Pablo II, en un contexto más amplio y desde una perspectiva no ya eclesiológica sino antropológica y epistemológica, recalca esa misma realidad en la Fides et ratio, cuando recuerda a todo creyente la necesidad de no separar, sino al contrario de unir fe y razón. Y la prolonga poco después, cuando, dirigiéndose en concreto a filósofos y teológicos, les insiste, a los primeros, en la necesidad de proceder siempre abiertos a la fe y a cuanto la fe enseña, y, a los segundos, en la necesidad de no limitarse a la mera descripción de lo creído o al mero comentario de los textos sagrados y, en consecuencia, a dar vida a una teología que vaya a la raíz de lo creído y, por tanto, que explicite su contenido metafísico, mostrando así todas sus implicaciones.
      Precisamente ahí reside la aportación que la Fides et ratio hace a la problemática sobre la inculturación: en la proclamación de que, sin excluir otras dimensiones —lingüísticas, gestuales, narrativas, litúrgicas, etc.—, mejor, presuponiéndolas, la inculturación reclama, como condición indispensable para su efectiva realización histórica, un decidido esfuerzo de profundización teológico-metafísica. El proceso de inculturación implica que el hombre y el creyente no sólo se encuentren, sino que se interpenetren. Y eso puede realizarse únicamente si uno y otro van, tanto en lo vital como en lo intelectual, al fondo de ellos mismos. El hombre, tomando conciencia del hecho de que las culturas en y a través de las que se ha desarrollado y se desarrolla la humanidad, están surcadas por las preguntas metafísicas fundamentales, y actuando en coherencia con ese dato esencial. Y el creyente, reconociendo con absoluta convicción y sin reticencias el valor de verdad que implican la fe y los textos en los que la fe se basa, y procediendo en consecuencia a la explicitación de su contenido y de la luz que ese contenido arroja sobre el conjunto del existir.
      El desarrollo del momento filosófico y del teológico, con la capacidad de pensar que presuponen y promueven y, más amplia y radicalmente —porque la información cristiana de la cultura no es tarea de especialistas sino fruto del vivir del conjunto de la comunidad de los creyentes—, la unidad de vida intelectual son, en suma, presupuesta la hondura humana y cristiana del sujeto, condición necesaria y adecuada para la efectiva información por la fe de los desarrollos culturales. Y, en consecuencia —tal es, a nuestro juicio, en última instancia, el mensaje de la Fides et ratio—, para todo proyecto de inculturación.