21 junio 2012


ES EL MOMENTO DE REPLANTEAR Y RECUPERAR EL CONTROL SOBRE EL FUTURO DE LA FAMILIA HUMANA


Declaración de líderes católicos con motivo de la cumbre de Río+20

Nosotros, representantes de la Iglesia Católica y de la sociedad civil de todos los continentes, trabajando para la erradicación de la pobreza y el desarrollo integral apelamos a los líderes mundiales para que hagan una demostración de su liderazgo político en la Conferencia de Rio +20, y a toda la gente de buena voluntad para que actúen para lograr un mundo justo y sostenible.
No podemos seguir esperando re-imaginar y re-hacer un mundo mas verde y mas justo en el que la gente, mujeres y hombres, reconozcan que son una parte integral de la creación, viviendo en armonía con ella y respetándose mutuamente los unos a los otros. La tarea es inminente puesto que nos hemos permitido construir un mundo en el que existe aún demasiada gente sin suficiente alimento, agua o energía para vivir de forma digna.
Trabajamos a diario con los más necesitados y queremos darles voz. Las comunidades más pobres están luchando
para tener acceso a los recursos necesarios para su propio desarrollo, siendo cada vez más vulnerables a las amenazas medioambientales, mientras que los ecosistemas de los que dependen para ello están agotados y destrozados.
Vemos cómo la necesidad de tierra, agua, comida, recursos minerales y energía está aumentando de forma dramática, causando múltiples y violentos conflictos en el mundo entero. La imperiosa necesidad de recursos naturales será aún más intensa en las generaciones venideras.
El cambio climático está avanzando con mucha rapidez, por lo cual no podremos retroceder salvo si empezamos a actuar ahora. La gente más pobre y vulnerable es la más afectada por este cambio, a pesar de ser la menos responsable por las causas que lo provocan.
Estamos frente a una enorme tarea, por haber permitido que las reglas del mercado quedasen fuera de nuestro control, y que su lógica mercantilista se impusiese en nuestros anhelos y deseos, tratando la diversidad de la creación de Dios como «natural» y como parte del «capital humano». Hemos permitido que nuestros deseos humanos y aspiraciones sean fundamentalmente materialistas en lugar de generosos, impulsados más por el interés personal, que por la solidaridad.
Juntos, somos capaces de crear nuevos caminos de desarrollo hacia un mundo justo y sostenible. Además, este cambio depende también de cada uno de nosotros, con lo cual nuestra tarea primordial es trabajar en una transformación radical, fomentar estilos de vida alternativos, una nueva cultura caracterizada por el respeto a la creación, simplicidad y solidaridad, para un mayor desarrollo humano, verdadero y con calidad de vida. Aunque los pobres sean marginados, en su lucha diaria para sobrevivir demuestran mucha creatividad y han trabajado alternativas que constituyen para nosotros una gran fuente de aprendizaje y de referencia a la hora de adoptar políticas de incidencia. Hacemos un llamamiento para adoptar, durante la Conferencia de Rio +20, cambios
estructurales que permitan a las mujeres y a los hombres alcanzar su pleno potencial en igualdad de condiciones.
¡Es el momento de replantear todo y tomar el control! Ya es hora de regular el mercado para que sirva al bien común.
Los líderes mundiales se fijan en el crecimiento económico como principal medida de éxito. No obstante, ¿qué significa realmente el concepto del «crecimiento económico» si tomamos en cuenta el hecho de que los más pobres no pueden participar en éste, si nuestra calidad de vida no mejora y las desigualdades persistentes se profundizan aún más? ¿Qué significa este mismo concepto si implica la destrucción de nuestros bosques, nuestros océanos y nuestros recursos naturales? Necesitamos medir las cosas que importan, midamos de qué manera la economía está reduciendo
la pobreza, creando modos de vida y trabajos dignos, mejorando la sostenibilidad ecológica y la estabilidad social.
Una economía que nos lleve realmente al desarrollo sostenible tiene que ser justa y equitativa, reconociendo de forma adecuada la contribución valiosa de los enfoques locales que generan ventajas sociales y, sobre todo, respetan la dignidad y los derechos humanos de mujeres y hombres.
El desarrollo sostenible tiene que ser la base de un sistema financiero debidamente diseñado y regulado, que ponga la dignidad humana, el interés común y el cuidado de la creación en el centro de la vida económica. Son elementos fundamentales de un sistema financiero justo, la subsidiariedad y el mantenimiento de la función social de la propiedad privada, además de la redistribución a través de los impuestos. Es necesario dar reconocimiento y apoyo al pequeño e informal sector que constituye una parte importante del sector privado y es fuente de ingresos y
empleo para millones de personas pobres. Las instituciones financieras que forman parte de las grandes corporaciones sólo representan una pequeña parte del sector privado; sin embargo, tienen el mando de la mayoría del poder y los recursos, se les deberá exigir que demuestren cómo están contribuyendo al desarrollo sostenible por medio de su transparencia cada vez mayor y el cambio de sus prácticas insostenibles y explotadoras.
Los gobiernos deberán asegurar que los marcos normativos prioricen las necesidades y los derechos básicos de las comunidades y los países pobres para que éstos tengan suficiente acceso al agua, al alimento y la energía, y asegurarse también de que reciban beneficios por comercializar sus recursos naturales.
Debe darse prioridad a las mujeres, porque son ellas las que constituyen la mayoría de la gente que vive en la pobreza y las que se ven más afectadas por las desigualdades sociales, medioambientales y económicas. Por ello, en el eje de las políticas de los gobiernos, se deberán adoptar fuertes medidas para fomentar la igualdad entre mujeres y hombres a nivel social, económico y medioambiental para el desarrollo justo y sostenible.
El escándalo de que mil millones de personas están pasando hambre quebranta el derecho humano a la alimentación, y no puede continuar. Hay que aportar un mayor apoyo a los millones de campesinas y campesinos que trabajan en armonía con el medioambiente; ellos suponen la fuente más importante en materia de seguridad alimentaria para los más pobres.
En definitiva, hay que realizar esfuerzos para tratar con urgencia el cambio climático de origen antropogénico – esa es la amenaza más acuciante (de los más pobres en particular) a la que ahora nos enfrentamos. Se deben tomar acciones más ambiciosas, basadas en los principios clave de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
Por último, el marco esbozado para desarrollo sostenible deberá capitalizar también los logros obtenidos; dirigiendo responsabilidades y retos de desarrollo en países desarrollados y menos desarrollados; deberá ser medible y comprensible para todo el mundo.
¡Esperamos que la Conferencia de Rio +20 finalice con un mensaje bien fundamentado de esperanza para todas las generaciones venideras! Esperamos que los líderes mundiales asuman su responsabilidad y la obligación moral de sus actos. Hoy hacemos un llamamiento a los líderes mundiales y a todas las personas de bien, a que sean conscientes de que tienen la oportunidad de hacer el camino de forma conjunta, un camino hacia un desarrollo equitativo y basado en los derechos humanos, hacia una vida verdaderamente humana, hacia un mundo en el que aceptemos que somos parte de la creación que nos ha sido dada para salvaguardarla.

20 junio 2012


'EN LA ORACIÓN APRENDEMOS A VER LOS SIGNOS DEL PLAN MISERICORDIOSO DE DIOS'


El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra oración es muy a menudo, una petición de ayuda en momentos de necesidad. Y esto es normal para el hombre porque necesitamos ayuda, necesitamos de los demás, necesitamos de Dios. Así es que para nosotros es normal pedirle algo a Dios, buscar su ayuda; y debemos tener en cuenta que la oración que el Señor nos enseñó: el "Padre nuestro" es una oración de petición, y con esta oración el Señor nos enseña la importancia de nuestra oración, limpia y purifica nuestros deseos, y de este modo limpia y purifica nuestro corazón. Así es que, si de por sí es algo normal que en la oración pidamos alguna cosa, no debería ser siempre así.
Hay también ocasión para dar gracias, y si estamos atentos, veremos que recibimos de Dios tantas cosas buenas: es tan bueno con nosotros que conviene, es necesario darle gracias. Y esta debe ser también una oración de alabanza: si nuestro corazón está abierto, a pesar de todos los problemas, apreciamos también la belleza de su creación, la bondad que nos muestra en su creación. Por lo tanto, no solo debemos pedirle, sino también alabar y dar gracias: solo así nuestra oración es completa. En sus cartas, san Pablo no habla solo de la oración, sino que también presenta oraciones de petición, oraciones de alabanza y de bendición por lo que Dios ha hecho y sigue realizando en la historia de la humanidad.
Y hoy quisiera detenerme en el primer capítulo de la Carta a los Efesios, que comienza justamente con una oración, que es un himno de bendición, una expresión de gratitud, de alegría. San Pablo bendice a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él nos hizo "conocer el misterio de su voluntad" (Ef. 1,9). En realidad hay razón para dar gracias porque Dios nos hace conocer lo que está oculto: su voluntad con nosotros, para nosotros, "el misterio de su voluntad." "Mysterion", "Misterio": un término que se repite con frecuencia en la sagrada escritura y en la liturgia. No quisiera entrar ahora en la filología, pero en el lenguaje común significa lo que no se puede conocer, una realidad que no podemos abarcar con nuestra propia inteligencia. El himno que abre la Carta a los Efesios nos lleva de la mano hacia un significado más profundo de este término y de la realidad que nos muestra. Para los creyentes, el "misterio" no es tanto lo desconocido, sino sobre todo la voluntad misericordiosa de Dios, su diseño de amor que en Jesucristo se ha revelado plenamente y nos da la posibilidad de "comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo" (Ef. 3,18-19).
El "misterio desconocido" de Dios se ha revelado, y es que Dios nos ama, y nos ama desde el principio, desde la eternidad. Detengámonos un poco sobre esta oración solemne y profunda. "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo" (Ef. 1,3). San Pablo utiliza el verbo "euloghein", que normalmente traduce la palabra hebrea "barak": que es alabar, glorificar, dar gracias a Dios Padre como el origen de los bienes de la salvación, como Aquel que "nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo". El Apóstol agradece y alaba, pero también reflexiona sobre las razones que empujan al hombre a esta alabanza, a este agradecimiento presentando los elementos clave del plan divino y sus etapas. En primer lugar tenemos que bendecir a Dios Padre porque --como escribe san Pablo--, Él "nos escogió antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (v. 4). Lo que nos hace santos y sin mancha es la caridad.
Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad. Y esta elección precede incluso a la creación del mundo. Desde siempre hemos estado en su plan, en su mente. Con el profeta Jeremías, podemos decir también nosotros que antes de formarnos en el vientre de nuestra madre, Él ya nos ha conocido (cf. Jr. 1,5); y conociéndonos nos ha amado. La vocación a la santidad, es decir, a la comunión con Dios, pertenece al plan eterno de este Dios, un diseño que se extiende en la historia y abarca a todos los hombres y mujeres del mundo, porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie, su plan es solo de amor. San Juan Crisóstomo dice: "Dios mismo nos ha hecho santos, por lo que estamos llamados a ser santos. Santo es aquel que vive en la fe" (Omelie sulla Lettera agli Efesini, 1,1,4). San Pablo continúa: Dios nos ha predestinado, nos ha elegido para ser "hijos adoptivos por medio de Jesucristo", a ser incorporados en su Hijo unigénito.
El Apóstol pone de relieve la generosidad de este maravilloso plan de Dios para la humanidad. Dios nos escoge no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno. En la antigüedad había una palabra sobre la bondad: bonum est diffusivum sui; el bien se comunica, es parte de la esencia del bien que se comunique, que se extienda. Es así porque Dios es la bondad, es la comunicación de la bondad, Él quiere comunicar; Él crea porque quiere comunicarnos su bondad y hacernos buenos y santos. En el centro de la oración de bendición, el Apóstol muestra la forma en que se lleva a cabo el plan de salvación del Padre en Cristo, en su Hijo amado. Escribe: "En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia" (Ef. 1,7).
El sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible con el que el Padre ha demostrado brillantemente su amor por nosotros, no solo con palabras, sino en términos concretos. Dios es tan real y su amor es tan real que entra en la historia, se hace hombre para sentir qué es, cómo es vivir en este mundo creado, y acepta el camino de sufrimiento de la pasión, sometido también a la muerte. Así de real es el amor de Dios, que participa no solo en nuestro ser, sino en nuestro sufrir y morir. El sacrificio de la cruz significa que llegamos a ser "propiedad de Dios", porque la sangre de Cristo nos ha rescatado del pecado, nos limpia de todo mal, nos saca de la esclavitud del pecado y de la muerte. San Pablo nos invita a considerar qué tan profundo es el amor de Dios que transforma la historia, que ha transformado su vida de perseguidor de los cristianos a un apóstol incansable del Evangelio. Se hacen eco una vez más, las tranquilizadoras palabras de la Carta a los Romanos: "Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?... Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm. 8,31-32.38-39). Esta certeza --Dios está por nosotros, y ninguna criatura podrá separarnos de Él, porque su amor es más fuerte--, tenemos que insertarla en nuestro ser, en nuestra conciencia de cristianos. Por último, la bendición divina se cierra con una referencia al Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones; el Paráclito que hemos recibido como un sello prometido: "Él --dice Pablo--, es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria" (Ef. 1,14).
La redención no es todavía completa --lo escuchamos--, pero encontrará su plena realización cuando aquellos que Dios ha adquirido sean totalmente salvos. Nosotros todavía estamos en el camino de la redención, cuya realidad esencial se ha dado con la muerte y resurrección de Jesús. Estamos en el camino a la redención definitiva, hacia la plena liberación de los hijos de Dios. Y el Espíritu Santo es la certeza de que Dios llevará a cumplimiento su plan de salvación, cuando conduzca "a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef. 1,10). San Juan Crisóstomo comenta sobre este punto: "Dios nos escogió por la fe y ha marcado en nosotros el sello de la herencia de la gloria futura" (Omelie sulla Lettera agli Efesini 2,11-14). Tenemos que aceptar que el camino de nuestra redención es también nuestro camino, porque Dios quiere criaturas libres, que digan libremente que sí; pero es sobre todo y primero, Su camino. Estamos en sus manos y ahora es nuestra libertad el ir en el camino abierto por Él. Vamos por este camino de la redención, junto con Cristo, y sentimos que la redención se realiza. La visión que nos presenta san Pablo en esta gran oración de bendición, nos ha llevado a contemplar la acción de las tres Personas de la Santísima Trinidad: el Padre que nos ha elegido antes de la fundación del mundo, ha pensado en nosotros y nos ha creado; el Hijo que nos ha redimido por su sangre, y la promesa del Espíritu Santo, prenda de nuestra redención y de la gloria futura.
En la oración constante, en la relación diaria con Dios, aprendemos también nosotros, como san Pablo, a distinguir con más claridad los signos de este diseño y de esta acción: de la belleza del Creador, en la belleza que surge de sus criaturas (cf. Ef 3,9 ), como lo canta san Francisco de Asís: "Alabado sea mi Señor, con todas tus criaturas" (FF 263). Es importante estar atento aún ahora, en el periodo de las vacaciones, a la belleza de la creación y ver revelarse en esta belleza el rostro de Dios. En sus vidas, los santos indican de modo brillante qué puede hacer el poder de Dios en la debilidad del hombre. Y puede hacerlo también con nosotros. En toda la historia de la salvación, en la que Dios se ha hecho cercano a nosotros y espera pacientemente nuestros tiempos, incluyendo nuestras infidelidades, alienta nuestros esfuerzos y nos guía. En la oración aprendemos a ver los signos de este plan misericordioso en el camino de la Iglesia. Así, crecemos en el amor de Dios, abriendo la puerta a fin de que la Santísima Trinidad venga a morar en nosotros, ilumine, caliente, guíe nuestra existencia. "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn. 14,23), dice Jesús, prometiendo a sus discípulos el don del Espíritu Santo, que enseñará todo. San Ireneo dijo una vez que en la Encarnación el Espíritu Santo se ha habituado a estar en el hombre. En la oración, nosotros debemos habituarnos a estar con Dios. Esto es muy importante, que aprendamos a estar con Dios, y así veremos lo hermoso que es estar con Él, que es la redención.
Queridos amigos, cuando la oración alimenta nuestra vida espiritual nos volvemos capaces de conservar aquello que san Pablo llama "el misterio de la fe" en una conciencia pura (cf. 1 Tm. 3,9). La oración como una forma de "acostumbrarse" a estar junto a Dios, crea hombres y mujeres animados no por el egoísmo, del deseo de poseer, de la sed de poder, sino de la gratuidad, del deseo de amar, de la sed por servir, es decir, animados por Dios; y solo así se puede llevar luz a la oscuridad del mundo. Quisiera concluir esta catequesis con el epílogo de la Carta a los Romanos. Con san Pablo, también nosotros damos gloria a Dios porque nos ha dicho todo acerca de sí en Jesucristo y nos ha dado al Consolador, el Espíritu de la verdad. San Pablo escribe al final de la Carta a los Romanos: "A Aquel que puede consolidarlos conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe, a Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén" (16, 25-27). Gracias.

19 junio 2012


Cultura del esfuerzo


No eres más libre cuando haces lo que te apetece, sino cuando eliges aquello que te hace más persona
      
La voluntad es la clave para conseguir lo que uno se ha propuesto. El que tiene educada la voluntad verá que sus sueños se irán convirtiendo en realidad. Afectividad, inteligencia y voluntad constituyen un tríptico esencial que nos dirige hacia lo mejor.

      ¿Qué es la voluntad, en qué consiste, cuáles son los principales ingredientes que se hospedan en su interior? La voluntad es la capacidad para ponerse uno objetivos concretos y luchar hasta irlos alcanzando. Está claro que no es algo genético, sino adquirido. La psicología conductista la define así: capacidad para aplazar la recompensa.

      Es decir, para ir trabajando y fortaleciendo la voluntad es muy importante no buscar resultados inmediatos sino mediatos, sacrificar lo cercano por lo lejano. En esa travesía se encierra un principio que me parece muy importante: saber esperar y saber continuar.

      Etimológicamente la palabra voluntad procede del latín voluntas, que significa querer. Hay una distinción muy interesante si nos vamos a los matices. Desear es pretender algo de forma pasajera, momentánea, esporádica, sin continuidad, es algo que asoma en el escenario de los intereses y luego se difumina. Por el contrario, querer es determinación, propósito firme, decisión sólida, es haber tomado la resolución de conseguir algo y entregarse a esa tarea.

      El inmaduro va detrás de los deseos según van apareciendo y luego los va desechando. El que tiene madurez quiere algo con fundamento y precisión, lo califica, lo precisa, delimita su campo y se lanza con todas sus fuerzas en esa dirección evitando la dispersión, poniendo a la voluntad por delante, para que tire en ese sentido. El deseo es más emocional, el querer pertenece al patrimonio de la voluntad.

      Dicho de forma más rotunda: voluntad es determinación. Toda educación empieza y termina por la voluntad.

      Los padres somos los primeros educadores. Un buen padre vale más que cien maestros. Educar es seducir por encantamiento y ejemplaridad; seducir con los valores; entusiasmar con las cosas que no siguen siendo valiosas con el paso del tiempo. Educar es convertir a alguien en persona; ayudarle a desarrollarse de la mejor manera posible, en los diversos aspectos que tiene la naturaleza humana.

      La voluntad es firmeza en los propósitos, solidez en los planes a llevar hacia delante, ánimo ante las dificultades. Todo lo grande es hijo del esfuerzo y la renuncia. Quien tiene educada la voluntad es más libre y puede llevar su vida hacia donde quiera. Cuando la voluntad se ha ido formando a base de ejercicios continuos, está siempre dispuesta a vencerse, a ceder, a dominarse, a buscar lo mejor. No eres más libre cuando haces lo que te apetece, sino cuando eliges aquello que te hace más persona. Aspirar a lo mejor y tener visión de futuro.

      Quiero diseñar un decálogo sobre cómo fomentar la voluntad, una manera de atornillar un tema tan rico, complejo e importante como éste.

      1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual, que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence y lucha y cae y se levanta y vuelve a empezar. Esto tiene un nombre: hábito. Es necesario ir adquiriendo hábitos positivos de voluntad, la frecuencia y regularidad de un comportamiento positivo

      2. Para tener voluntad hay que empezar a negarse y/o vencerse en estímulos e inclinaciones inmediatas. Esto es realmente difícil en los comienzos. Toda educación de la voluntad tiene un trasfondo ascético, esforzado, costoso.

      3. Cualquier avance en la voluntad se hace más fácil si hay motivación. Estar motivado es tener el arco tenso para apuntar al mejor blanco. El ejercicio de tiro con arco en nuestros objetivos se estira más gracias a los contenidos que lo motivan. ¡Lo que estudia una persona que prepara oposiciones para llegar a sacarlas! ¡A lo que es capaz de renunciar en cuanto al placer de comer una persona que está motivada para adelgazar! El que sabe lo que quiere tiene la voluntad preparada para la lucha.

      4. Es fundamental tener objetivos claros, precisos, bien delimitados, medibles y además estables. Cuando esto es así y se pone el esfuerzo por ir hacia delante, los resultados positivos estarán a la vuelta de la esquina. La cabeza no tolera la dispersión  de aquello que pretendemos conseguir. Ni tampoco querer abarcar más de lo que uno realmente puede. Aprender a renunciar es sabiduría y paz interior.

      5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo austero, sobrio y costoso especialmente cuando se está comenzando. Los ríos desbordados y caudalosos de la juventud deben ser conducidos por un cauce que disciplina los impulsos y agavilla su volumen. Ahí tienen su puesto los padres por un lado y los educadores, por otro. Las grandes ambiciones, las mejores aventuras brotan de un pequeño riachuelo que crece poco a poco descendiendo la montaña y que se hace ancho y crecido en el valle.

      6. A medida que uno tiene más voluntad se gobierna mejor y no se deja llevar por el estímulo inmediato. Tener voluntad es patrocinar la alegría. El dominio de uno mismo es uno de los retos más nobles y que nos elevan por encima de las circunstancias. Se consigue así una segunda naturaleza. Uno no hace lo que le apetece, ni lo más fácil, ni escoge el camino más blando, sino que se dirige hacia lo excelente. Es la aristocracia de la conducta.

      7. Una persona con voluntad se da cuenta de lo importante que es el orden. El orden empieza en la cabeza: el que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Orden en nuestra habitación, despacho o lugar donde funcionamos. Orden en los horarios. Orden en no querer ser salsa de muchos guisos, ni estar desparramado en demasiados asuntos. No olvidar esto: ordenar es tirar lo que sobra y no sirve; en la duda, tirar.

      8. Una persona con voluntad alcanza lo que se ha propuesto si es constante. Esto significa tenacidad, insistencia, perseverar, no darse por vencido cuando las cosas empiezan a costar, empeño, tesón férreo. Es la política de los pequeños vencimientos. De ese modo podemos decir que somos enanos a hombros de los gigantes.

      9. Una buena y adecuada educación de la voluntad es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza a la ingeniería de la conducta. Una persona con voluntad llega en la vida más lejos que una persona inteligente. Y al revés, una persona sin voluntad está siempre a merced de sus caprichos, traído y llevado y tiranizado por la filosofía del me apetece.

      10. La educación de la voluntad no se termina nunca. Lo que quiere decir que el ser humano es siempre una sinfonía inacabada. Cuando el tiempo se pose amarillo sobre nuestras fotografías, que podamos decir: confieso que he intentado sacar lo mejor de mí mismo, a pesar de los pesares. Intentar hacer de la vida personal una pequeña obra de arte, cada uno según sus capacidades y exigencias. Trabajo de artesanía psicológica.

      Termino. Nihil difficile volenti, leí en una casa italiana en el frontispicio de su entrada: nada es difícil si hay voluntad. Buena parte del éxito o del fracaso en la vida personal dependen de la educación de la voluntad.

18 junio 2012


'PODEMOS DESCANSAR EN EL SEÑOR PARA UN NUEVO COMIENZO'



Homilía del Cardenal Marc Ouellet en la 'Statio Orbis' del Congreso Eucarístico Internacional

Queridos hermanos y hermanas:
La cincuenta edición del Congreso Eucarístico Internacional está llegando a su fin. Estamos profundamente agradecidos a Dios por la luz de su Palabra y por el don de la Santa Eucaristía, que refuerza nuestra comunión con Cristo y con los otros.
Al final de esta celebración oiremos el mensaje del papa Benedicto XVI. Sus palabras nos recuerdan que este Congreso Eucarístico Internacional da testimonio de la Iglesia católica como la universal comunión de muchas Iglesias particulares. Los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos aquí representan a la Iglesia católica que se encuentra en todo el mundo en miles de comunidades, pero que es una en la fe y el amor de Jesucristo. Saludo a los representantes ecuménicos y les agradezco a todos por participar en este evento lleno de gracia.
Saludo al presidente de Irlanda, y a todas las autoridades civiles, consciente de la noble tradición de esta valiente nación. Agradezco de corazón al arzobispo Martin, al cardenal Brady y a todos los colaboradores de este evento por el don de su cálida hospitalidad y por el ejemplo de su fuerte dedicación a la renovación cristiana de su país.
Para prepararnos a escuchar el mansaje del santo padre, déjenme reflexionar sobre las lecturas de hoy, que nos ofrecen un mensaje de gran esperanza y confianza.
A través del profeta Ezequiel, el Señor dice: "También yo tomaré la copa de un cedro, de sus ramas cimeras tomaré un tallo, y lo plantaré en un monte muy alto; lo plantaré en un monte alto de Israel; y echará ramas y dará frutos, y se hará un cedro magnífico". (Ez. 17:22-23).
En el Evangelio, Jesús usa una imagen similar para hablar del Reino de Dios "[El Reino] es como un grano de mostaza. Cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas. Pero, una vez sembrada, crece, se hace mayor que cualquier hortaliza y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra" (Mc. 4:31-32).
Entendemos la profesía de Ezequiel a la luz de Cristo. Jesucristo es el tallo tomado de la rama más alta, es Dios de Dios, y plantado por Dios mismo en una montaña muy alta, que es el Calvario.
Dios Padre ha plantado en el Calvario la semilla de la Cruz por amor a su creación y por todos los pecadores. La semilla de la Cruz es el Sagrado Corazón de su Hijo unigénito, traspasado hasta morir por nuestros pecados, pero elevado de la muerte por el poder de la divina misericordia. Por lo tanto, Cristo Jesús es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Es el Santo Redentor en el que confiamos y encontramos salvación. La semilla del amor de Cristo, enterrada en la tierra del Calvario, produjo un fruto inimaginable: un árbol, el Árbol de la Vida, un noble cedro que es la Santa Iglesia de Dios, el alba del Reino. Creemos en una única, santa, católica y apostólica Iglesia, porque creemos en Cristo que quiere que la Iglesia sea su Cuerpo, nacida de la entrega de su Cuerpo Eucarístico.
Queridos hermanos y hermanas, regocijémonos llenémonos de confianza. "Estamos llenos de confianza" (2 Cor. 5:6), como san Pablo dice a los corintios. Lo estamos porque el Señor resucitado es nuestra casa y nuestra salvación. Experimentamos limitaciones y fallos en la Iglesia pero el Señor nos sostiene, curando nuestras heridas y reforzando nuestro amor. ¡Regocijémonos en El y estemos alegres!
Podemos descansar en el Señor para un nuevo comienzo. San Pablo nos da la clave para toda renovación personal o eclesial: "Queremos complacerle" (2 Cor. 5:6). Esta clave de renovación en nuestras vidas es una decisión de renovarnos en el amor del Señor y vivir y morir por El, conociendo que su gracia nunca falla. ¡Que el próximo Año de la Fe confirme en nosotros esta decisión!
Jesús es la semilla sembrada por Dios mismo en las profundidades de la tierra, una semilla que cayó a la tierra, murió y fue elevada a la vida eterna. De esta pequeña semilla de salvación viene el Árbol de la Vida, la Iglesia, en la toda la humanidad está llamada a encontrar un hogar y seguridad en la compañía del Señor resucitado.
Por esta verdadera razón, la Iglesia está llamada, y nosotros estamos llamados a dar testimonio del señor compaciéndole, es decir, predicando el Evangelio, viviendo en fraternidad y orando a Dios por el don de la salvación.
Después de esta semana de reflexión eucarística, celebración y adoración, somos ciertamente más conscientes de la llamada de Dios a la comunión con El y con los otros.
Llevemos el testimonio de su gracia llamando a los otros a la fe en esta comunión. Que la campana irlandesa, que resuena desde Lough Derg, desde Knock y Dublín, resuene en el mundo entero. Toquemos la campaña con nuestro personal testimonio de fe renovada en la Santa Eucaristía.
la fe es el don más precioso que hemos recibido con el Bautismo. ¡No lo conservemos en privado y con temor! ¡Dejémoslo crecer con un espléndido árbol a través del compartir en todas partes!
Incluso si a veces somos probados en nuestra fe, no temáis, y recordad que nosotros somos: el cuerpo de Cristo dedicado a amar a Dios sobre todas las cosas, dedicado a vivir en el Espíritu de la nueva y eterna alianza.
No estamos solos; el Espíritu de Pentecostés mora en nosotros. La comunión de los santos, con María en su centro, viene en nuestra ayuda tan pronto como toquemos la campaña de la oración con total confianza. ¡Mantenéos esperanzados y alegres, porque el Reino de Dios está cerca!
Queridos hermanos y hermanas, al final de esta Misa escucharemos el mensaje del santo padre para la conclusión de este Congreso. Oigámosle con gran respeto y gratitud porque es nuestro padre espiritual, un padre que es santo y digno de nuestra confianza y sincera obediencia.
Que nuestra comunión con el Cuerpo de Cristo sea un nuevo vínculo de amor; una pequeña semilla, quizás, pero, por la gracia y misericordia de Dios, llena de fruto.
Juntos oramos con las palabras de san Efrén, diácono y doctor de la Iglesia: "Señor... hemos tenido tu tesoro escondido entre nosotros desde que recibimos la gracia bautismal; crece cada vez más rico en nuestra mesa sacramental. ¡Enséñanos a encontrar nuestra alegría en su favor! Señor, tenemos entre nosotros tu memorial, recibido en tu mesa espiritual; danos poseerlo en su plena realidad cuando sean hechas nuevas todas las cosas" (Sermo 3, De fine et admonitione 2. 4-5). ¡Amen!


VIDEO MENSAJE DEL PAPA
   


Queridos hermanos y hermanas:
      Con gran afecto en el Señor, saludo a todos los que os habéis reunido en Dublín para el 50 Congreso Eucarístico Internacional, en especial al Señor Cardenal Brady, al Señor Arzobispo Martin, al clero, a las personas consagradas, a los fieles de Irlanda y a todos los que habéis venido desde lejos para apoyar a la Iglesia en Irlanda con vuestra presencia y vuestras oraciones.
      El tema del Congreso —«La Eucaristía: Comunión con Cristo y entre nosotros»— nos lleva a reflexionar sobre la Iglesia como misterio de comunión con el Señor y con todos los miembros de su cuerpo. Desde los primeros tiempos, la noción dekoinonia o communio ha sido central en la comprensión que la Iglesia ha tenido de sí misma, de su relación con Cristo, su Fundador, y de los sacramentos que celebra, sobre todo la Eucaristía. Mediante el Bautismo, se nos incorpora a la muerte de Cristo, renaciendo en la gran familia de los hermanos y hermanas de Jesucristo; por la Confirmación recibimos el sello del Espíritu Santo y, por nuestra participación en la Eucaristía, entramos en comunión con Cristo y se hace visible en la tierra la comunión con los demás. Recibimos también la prenda de la vida eterna futura.
      El Congreso tiene lugar en un momento en el que la Iglesia se prepara en todo el mundo para celebrar el Año de la Fe, para conmemorar el quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, un acontecimiento que puso en marcha la más amplia renovación del rito romano que jamás se haya conocido. Basado en un examen profundo de las fuentes de la liturgia, el Concilio promovió la participación plena y activa de los fieles en el sacrificio eucarístico. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, y a la luz de la experiencia de la Iglesia universal en este periodo, es evidente que los deseos de los Padres Conciliares sobre la renovación litúrgica se han logrado en gran parte, pero es igualmente claro que ha habido muchos malentendidos e irregularidades. La renovación de las formas externas querida por los Padres Conciliares se pensó para que fuera más fácil entrar en la profundidad interior del misterio. Su verdadero propósito era llevar a las personas a un encuentro personal con el Señor, presente en la Eucaristía, y por tanto con el Dios vivo, para que a través de este contacto con el amor de Cristo, pudiera crecer también el amor de sus hermanos y hermanas entre sí. Sin embargo, la revisión de las formas litúrgicas se ha quedado con cierta frecuencia en un nivel externo, y la «participación activa» se ha confundido con la mera actividad externa. Por tanto, queda todavía mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica real. En un mundo que ha cambiado, y cada vez más obsesionado con las cosas materiales, debemos aprender a reconocer de nuevo la presencia misteriosa del Señor resucitado, el único que puede dar amplitud y profundidad a nuestra vida.
      La Eucaristía es el culto de toda la Iglesia, pero requiere igualmente el pleno compromiso de cada cristiano en la misión de la Iglesia; implica una llamada a ser pueblo santo de Dios, pero también a la santidad personal; se ha de celebrar con gran alegría y sencillez, pero también tan digna y reverentemente como sea posible; nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados, pero también a perdonar a nuestros hermanos y hermanas; nos une en el Espíritu, pero también nos da el mandato del mismo Espíritu de llevar la Buena Nueva de la salvación a otros.
      Por otra parte, la Eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo en la cruz; su cuerpo y su sangre instauran la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados y la transformación del mundo. Durante siglos, Irlanda ha sido forjada en lo más hondo por la santa Misa y por la fuerza de su gracia, así como por las generaciones de monjes, mártires y misioneros que han vivido heroicamente la fe en el país y difundido la Buena Nueva del amor de Dios y el perdón más allá de sus costas. Sois los herederos de una Iglesia que ha sido una fuerza poderosa para el bien del mundo, y que ha llevado un amor profundo y duradero a Cristo y a su bienaventurada Madre a muchos, a muchos otros. Vuestros antepasados en la Iglesia en Irlanda supieron cómo esforzarse por la santidad y la constancia en su vida personal, cómo proclamar el gozo que proviene del Evangelio, cómo inculcar la importancia de pertenecer a la Iglesia universal, en comunión con la Sede de Pedro, y la forma de transmitir el amor a la fe y la virtud cristiana a otras generaciones. Nuestra fe católica, imbuida de un sentido radical de la presencia de Dios, fascinada por la belleza de su creación que nos rodea y purificada por la penitencia personal y la conciencia del perdón de Dios, es un legado que sin duda se perfecciona y se alimenta cuando se lleva regularmente al altar del Señor en el sacrificio de la Misa. La gratitud y la alegría por una historia tan grande de fe y de amor se han visto recientemente conmocionados de una manera terrible al salir a la luz los pecados cometidos por sacerdotes y personas consagradas contra personas confiadas a sus cuidados. En lugar de mostrarles el camino hacia Cristo, hacia Dios, en lugar de dar testimonio de su bondad, abusaron de ellos, socavando la credibilidad del mensaje de la Iglesia. ¿Cómo se explica el que personas que reciben regularmente el cuerpo del Señor y confiesan sus pecados en el sacramento de la penitencia hayan pecado de esta manera? Sigue siendo un misterio. Pero, evidentemente, su cristianismo no estaba alimentado por el encuentro gozoso con Cristo: se había convertido en una mera cuestión de hábito. El esfuerzo del Concilio estaba orientado a superar esta forma de cristianismo y a redescubrir la fe como una amistad personal profunda con la bondad de Jesucristo. El Congreso Eucarístico tiene un objetivo similar. Aquí queremos encontrarnos con el Señor resucitado. Le pedimos que nos llegue hasta lo más hondo. Que al igual que sopló sobre los Apóstoles en la Pascua infundiéndoles su Espíritu, derrame también sobre nosotros su aliento, la fuerza del Espíritu Santo, y así nos ayude a ser verdaderos testigos de su amor, testigos de la verdad. Su verdad es su amor. El amor de Cristo es la verdad.
      Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Congreso sea para cada uno de vosotros una experiencia espiritualmente fecunda de comunión con Cristo y su Iglesia. Al mismo tiempo, me gustaría invitaros a uniros a mí en la oración, para que Dios bendiga el próximo Congreso Eucarístico Internacional, que tendrá lugar en 2016 en la ciudad de Cebú. Envío un caluroso saludo al pueblo de Filipinas, asegurando mi cercanía en la oración durante el periodo de preparación a este gran encuentro eclesial. Estoy seguro de que aportará una renovación espiritual duradera, no sólo a ellos, sino también a todos los participantes del mundo entero. Ahora, encomiendo a todos los participantes en este Congreso a la protección amorosa de María, Madre de Dios, y a san Patricio, el gran Patrón de Irlanda, a la vez que, como muestra de gozo y paz en el Señor, os imparto de corazón la Bendición Apostólica. 
                                                                                                                            Benedictus PP. XVI

17 junio 2012


LA SEMILLA DE MOSTAZA, IMAGEN

DEL REINO DE DIOS


Palabras del Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia de hoy nos ofrece dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc. 4, 26-34). A través de imágenes del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del Reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.
En la primera parábola, la atención se centra en el dinamismo del sembrado: la semilla que se echa en la tierra, sea que el agricultor duerma o sea que esté despierto, crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la creencia en el poder de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, del trabajo fecundo de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino, el hombre su humilde colaborador, el que contempla y disfruta de la acción creadora divina y espera pacientemente los frutos. La cosecha final nos recuerda la intervención final de Dios al final de los tiempos, cuando Él establecerá a plenitud su Reino. El momento actual es el momento de la siembra, y el crecimiento de la semilla está asegurada por el Señor. Todo cristiano, por tanto, sabe que debe hacer todo lo posible, pero que el resultado final depende de Dios: este conocimiento lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. En este sentido, escribe san Ignacio de Loyola: "Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo muy bien que en realidad todo depende de Dios" (cfr. Pedro de Ribadeneira, Vita di S. Ignazio di Loyola, Milán, 1998).
La segunda parábola utiliza también la imagen de la semilla. Aquí, sin embargo, es una semilla particular, el grano de mostaza, considerado el más pequeño de todas las semillas. A pesar de lo pequeño, sin embargo, está lleno de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el suelo, de salir a la luz solar y de crecer hasta convertirse en "la más grande de todas las plantas del jardín" (cfr. Mc. 4,32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su fuerza. Así es el Reino de Dios: una realidad humana pequeña, compuesta por quien es pobre de corazón, por quien no confía solo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quien no es importante a los ojos del mundo; no obstante, a través de ellos irrumpe el poder de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.
La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa claramente el misterio del Reino de Dios. En las dos parábolas de hoy esto representa un "crecimiento" y un "contraste": el crecimiento que se produce debido al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el Reino de Dios, incluso si requiere nuestra cooperación, es ante todo un don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si entra en aquella de Dios no teme a los obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace que todas las semillas germinen y hace crecer cada semilla de bien diseminada en el suelo. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. La Virgen María, quien ha escuchado como "tierra buena" la semilla de la Palabra de Dios, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

15 junio 2012


BIEN EN NUESTRO CUERPO, BIEN FUERA DE ÉL, AFANÉMONOS POR AGRADAR AL SEÑOR 

Pedro Mendoza LC (TIEMPO ORDINARIO 11, CICLO B)

"Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión... Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle. Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal". 2Cor 5,6-10
Comentario
En el pasaje de la 2ª carta a los Corintios precedente al de este domingo, san Pablo habla del morir cotidiano, testificando al mismo tiempo la certidumbre de la vida imperecedera (4,14.18). Al mismo tema se refiere 5,1-10, en donde el Apóstol expone detalladamente la espera de los últimos tiempos. Pero aunque el tema es idéntico, se trata de muy diversa forma en cada uno de estos pasajes. Mientras en el primero (4,7-18) habla de la vida y la muerte tal como las experimenta íntima y personalmente la fe y la piedad; en el segundo (5,1-10), en cambio, describe las realidades últimas mediante afirmaciones doctrinales y de fe, como una historia futura. Si san Pablo había dicho antes que en el actual morir cotidiano se hace cada vez más íntima y más fuerte la unión con el Señor (4,11.16), ahora dice que la vida del cuerpo significa separación del Señor (5,6-10). Esta y otras afirmaciones de ese género entre ambos pasajes parecerían contradictorias entre sí. Sin embargo, ellas sirven más bien al Apóstol para presentar diversas consideraciones y aspectos doctrinales sobre una misma cosa.
Ante la realidad de la muerte el hombre experimenta, por una parte, miedo y, por otra, la esperanza de vencerla. San Pablo refuerza esta última convicción con la certeza de la fe. Dios ha creado al hombre para ser sobrevestido. La creación divina es siempre razonable y Dios lo que comienza lo lleva hasta su fin. También consumará este deseo. Garantía de ello es la donación, ya realizada, del Espíritu que se designa aquí como fianza de la plenitud de los dones. Esta certeza de fe ilumina y llena de confianza al hombre en su peregrinar por este mundo. El Apóstol, recurriendo a nuevas imágenes, indica que el vivir significa estar lejos del Señor, en el exilio; y el morir, ir a la patria, junto al Señor (v.6). Sobre la tierra el cristiano está en el exilio y espera su partida hacia el Señor.
A continuación, si bien san Pablo reconoce que nuestra condición de cristianos significa, ya en este tiempo, estar en Cristo o con Cristo (2,14; 14,4), afirma que el estar actual con Cristo es sólo un caminar en la fe (v.7). Un pleno "estar en Cristo" sólo será posible cuando contemplemos la realidad. Por ello el Apóstol –y junto con él el cristiano– desea salir del cuerpo para estar junto al Señor, en casa (v.8). San Pablo tiene la profunda convicción de que morir es ir a "vivir junto al Señor". La comunión con el Señor se prolongará también en la muerte y así queda vencido todo temor ante la muerte.
Estas convicciones que brotan de la fe y de la esperanza cristianas no son vanas ilusiones. Informan la vida cristiana, los afanes cristianos de cada día. La vida del cristiano debe estar siempre marcada por el impulso de ser grato al Señor (v.9). Sólo cuando el cristiano consiga ser grato al Señor, puede esperar para sí, un día, la estancia en el cielo junto a Él. Sólo cuando haya conquistado esta complacencia, será para él la salida del cuerpo a la casa del Señor. En caso contrario, como afirma a continuación el Apóstol, será caer bajo el juicio: "todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal" (v.10).
Por lo tanto, conseguir agradar al Señor tiene una importancia decisiva, pues de esto dependerá la sentencia del juicio. El juicio consistirá en comparecer ante el tribunal de Cristo. En el juicio, el hombre recibirá la recompensa o el castigo de acuerdo con lo que haya hecho, bueno o malo. Juntamente con la realidad del juicio que versará sobre nuestras obras, san Pablo sostiene otra afirmación de vital importancia: el hombre nunca puede merecer la justificación con sus obras, sino que ésta es, para él, siempre un don de Dios. "Por gracia suya quedan gratuitamente justificados" (Rom 3,24). El Apóstol reconoce, de este de modo, que la obra de Dios y la del hombre caminan juntas. De ahí que, si bien Dios hace la gran obra de la redención, esto no significa que el hombre pueda permanecer inactivo. El don de Dios es para el hombre tarea y obligación, como el Apóstol dice enérgicamente: "Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación. Pues Dios es el que obra en vosotros" (Fil 2,12s). El hombre no puede olvidar nunca que en la obra de la salvación Dios es su socio. Será abrasado por este socio, si llega a olvidarlo. La proclamación de la gracia no libera, pues, de la obligación de una conducta moral, sino que, por el contrario, exhorta a ello.
Aplicación
Bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, afanémonos por agradar al Señor.
La liturgia de la palabra de este domingo 11 del Tiempo ordinario nos ofrece enseñanzas sobre la confianza y el entusiasmo. Las tres lecturas están orientadas hacia ello. El Evangelio nos infunde esta confianza haciéndonos ver cómo el Reino de Dios es una fuerza irrefrenable que se abre paso a través de toda dificultad y circunstancia que se le presenta en su camino. La lectura tomada del profeta Ezequiel presenta un mensaje parecido a través de la pequeña planta de cedro que alcanza un crecimiento extraordinario. San Pablo, por su parte, lleno de confianza en Dios, se entrega con entusiasmo a Él y a su misión en el compromiso de agradarle plenamente.
La confianza en Dios es algo esencial en la vida de todo creyente. De una manera especial esta necesidad se hace imperiosa en los momentos de prueba, como la que padeció el pueblo de Israel en el exilio, y de la cual nos habla la lectura del profeta Ezequiel (17,22-24). Él fue enviado por Dios para fortalecer la esperanza de sus compatriotas en esos duros momentos. Para ello se sirve de la imagen de una planta muy pequeña, que Dios plata y que se convierte en un cedro magnífico: "Debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves morarán a la sombra de sus ramas" (v.23b). De esta manera el profeta quiere infundir en el corazón de los exiliados una confianza inquebrantable en el amor de Dios para con ellos, el cual es capaz de transformar las situaciones más adversas en favorables, las más negativas en positivas, la muerte en vida.
A través de las parábolas que Jesús nos comunica en el Evangelio resplandece la misma enseñanza (Mc 4,26-34). Así lo vemos, por ejemplo, en la pequeña semilla arrojada en tierra que vence todo tipo de obstáculos que se le presentan, abriéndose paso en el terreno y fuera de él hasta llegar a convertirse en un árbol frondoso, bajo cuyas ramas todos encuentran reparo. Existe, por tanto, un gran contraste entre el inicio modesto y el resultado grandioso que Dios es capaz de obrar. Esta es una de las características del Reino de Dios, de la Iglesia y de toda obra de Dios: ese dinamismo interior que Dios infunde en ellos para llevarlos a plenitud. Ese dinamismo que no es otra cosa que su amor salvífico y potente que está presente y operante en ellos.
San Pablo, en el pasaje de la 2ª carta a los Corintios, nos muestra su gran confianza en el poder de Dios de frente a la realidad trágica de la muerte (5,6-10). Para él la muerte ya no es algo negativo, motivo de desesperación y angustia, sino que la mira con el optimismo de quien descubre en ella un paso necesario para alcanzar la unión plena y definitiva con Cristo. En efecto, "mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor" (v.6). Consciente de ello, el Apóstol es capaz de preferir morir, para habitar junto al Señor; pero al mismo tiempo es consciente de sus tareas apostólicas y por lo mismo se compromete a llevar adelante su misión de la mejor manera posible para que, al presentarse ante el tribunal de Dios, reciba la recompensa merecida por sus buenas obras, sostenidas siempre por la gracia y el amor de Dios. Y por lo mismo nos exhorta a que bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanemos por agradar al Señor.

14 junio 2012


NUEVO PLAN PASTORAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA


El nuevo Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presentado este miércoles por el secretario general de la misma monseñor Juan Antonio Martínez Camino. El portavoz episcopal anunció también una próxima beatificación de casi 300 mártires.

Más de 200 mártires españoles del siglo XX, que pueden llegar a los 300, serán beatificados en una ceremonia conjunta en octubre de 2013, con motivo de la conclusión del Año de la Fe, según anunció ayer monseñor Juan Antonio Martínez Camino.El portavoz episcopal señaló que se están barajando varios lugares para la celebración pero que aún no se ha decidido y que la presencia del papa Benedicto XVI no está prevista porque estas ceremonias de beatificación no las preside el papa. Informó que hay unos 200 mártires que ya tienen el decreto de martirio pero a ellos se les pueden sumar otros cien más, dependiendo de cómo avancen las causas, a través de un “estudio riguroso", desde ahora hasta octubre de 2013. "Es posible que el número no baje de 300", dijo.
En cuanto al Plan Pastoral que lleva por título "La nueva evangelización desde la Palabra de Dios" tendrá vigencia hasta 2015.
Según explicó monseñor Martínez Camino, el contenido del Plan está inspirado por las recientes visitas del papa Benedicto XVI a España. De hecho, los obispos decidieron aplazar su redacción con el fin de incluir las enseñanzas que el santo padre impartió durante la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011. También se han tenido en cuenta a la hora de su elaboración, la publicación de la Sagrada Biblia en la versión oficial de la CEE, la proclamación de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia, que tendrá lugar el próximo 7 de octubre en Roma y la celebración, en 2015, del V Centenario del Nacimiento de santa Teresa de Jesús.
El Plan Pastoral se desarrolla dentro del período en el que se conmemora el 50º aniversario de la apertura y de la clausura del Concilio Vaticano II. Asimismo, el Año de la fe, convocado por Benedicto XVI, será ocasión propicia para volver sobre el Concilio. Por ello, el Plan prevé que en los próximos años se vuelva a impulsar la recepción de la herencia conciliar, mostrando la riqueza de su enseñanza en continuidad con la Tradición viva de la Iglesia. En este sentido, el Plan Pastoral recoge como acción culminante del quinquenio la celebración, en el año 2015, de un Congreso que conmemore el 50 aniversario del Concilio.
El Plan está dividido en cuatro partes y en su introducción recoge el compromiso de los obispos a “acoger fielmente la llamada de Benedicto XVI a retomar con nuevo empeño el compromiso a favor de la Nueva Evangelización”.
Primera parte: La voz del Señor en el sucesor de Pedro
En la primera parte, los obispos recuerdan su “comunión con el Sucesor de Pedro” y las Visitas Apostólicas de Benedicto XVI a Valencia, con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias (2006), a Santiago de Compostela y Barcelona (2010), y a Madrid para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud  (2011). “Con el sucesor de Pedro, -indican- sentimos la urgencia de ayudar  a los jóvenes discípulos de Jesús a permanecer arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe (cf. Col 2, 7)”. La acción pastoral prioritaria es “renovar la pastoral juvenil en continuidad con la JMJ 2011”.
En esta misma línea, y para que la nueva evangelización llegue a las familias, otra acción pastoral, promovida en este caso por la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida, será la difusión de un documento que proponga “la verdad del amor y oriente sobre la ideología de género y legislación familiar”.
Segunda parte: Desafíos y oportunidades en el nuevo contexto de evangelización
En la segunda parte se recogen los desafíos y oportunidades en el nuevo contexto de evangelización y se indica que el “Año de la Fe” será el momento idóneo para trabajar de modo intenso en ello, principalmente con la promoción de una pastoral de la santidad, con ocasión del V Centenario del Nacimiento de santa Teresa de Jesús. Se trabajará también en la elaboración de un documento centrado en la proclamación de la fe en Jesucristo  y en la contribución  de la teología a la nueva evangelización.
Los obispos agradecen el ejercicio de la caridad en la comunicación cristiana de bienes  con los parados y las familias víctimas de la crisis, en particular, a través de Cáritas. Por todo ello, manifiestan que es necesario anunciar el Evangelio en los nuevos escenarios.
De un modo especial también promoverán diferentes iniciativas de la Comisión Episcopal de Pastoral Social debido al nuevo contexto marcado por la crisis social y económica, así como acciones dependientes de la Comisión Episcopal de Migraciones, en el marco general del paso de una “pastoral de acogida a una pastoral de comunión” con los inmigrantes. 
Tercera parte: Prioridad del encuentro con Cristo, Verbum Domini
La tercera parte da prioridad a celebrar el encuentro con Cristo. “La liturgia es el lugar privilegiado donde la Palabra divina resuena con toda su vitalidad”. La acción pastoral prioritaria será potenciar la pastoral bíblica y litúrgica junto con la recepción de la Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
Otras acciones pastorales, que serán desarrolladas por la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, serán la redacción y divulgación del catecismo Testigos del Señor, dedicado a niños y adolescentes, que es continuación del catecismo Jesús es el Señor. Además, al terminar el Año de la fe, se celebrará, en octubre de 2013, la ceremonia  de beatificación conjunta de mártires del siglo XX en España, procedentes de numerosas diócesis.
En el contexto del mencionado Año de la Fe, el Plan Pastoral recuerda, con palabras del papa Benedicto XVI, que “por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores”. La preparación corre a cargo de la Secretaría General, a través de la Oficina para las Causas de los Santos, con las diócesis en la que tenga lugar la celebración.
Cuarta parte: Portadores de esperanza
La cuarta parte titulada “Echaré las redes (Lc 5, 5B). Portadores de esperanza” indica que “la nueva evangelización es tarea de todo el Pueblo de Dios. Es urgente, en consecuencia, la renovación de todos los agentes de pastoral y, especialmente, de los sacerdotes”.
Por tanto, la acción pastoral prioritaria será cuidar a los actores de la nueva evangelización bajo la inspiración y el patrocinio del nuevo doctor de la Iglesia, san Juan de Ávila. En los próximos años se desarrollarán diferentes acciones  pastorales que contribuirán a iluminar la vida cristiana desde el magisterio del Maestro Ávila.
Las Comisiones Episcopales del Clero y de Pastoral, con la colaboración de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, serán las encargadas de coordinar la reflexión entre todos los obispos de la Conferencia Episcopal sobre la distribución del clero y la colaboración apostólica entre las diócesis españolas.
Conclusión
El Plan concluye recordando la única motivación que debe animar nuestras acciones pastorales: “llevar al encuentro con Cristo vivo en la Iglesia”. El camino que conduce a este encuentro – se puede leer en el texto – “pasa ineludiblemente por el mayor aprecio a la Palabra de Dios”.
El texto íntegro del nuevo Plan Pastoral se puede encontrar en www.conferenciaepiscopal.es.

'LA UNIÓN CON DIOS NO ALEJA DEL MUNDO'

El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
El encuentro diario con el Señor y la frecuencia a los sacramentos nos permiten abrir nuestra mente y nuestro corazón a su presencia, a sus palabras, a su acción. La oración no es solamente el aliento del alma, sino, para usar una imagen, es también el oasis de paz en el que podemos sacar el agua que alimenta nuestra vida espiritual y transforma nuestra existencia. Y Dios nos atrae hacia sí, nos hace subir a la montaña de la santidad, para que estemos siempre más cerca de Él, ofreciéndonos a lo largo del camino luz y consuelo. Esta es la experiencia personal a la que san Pablo se refiere en el capítulo 12 de la Segunda Carta a los Corintios, en la que quiero detenerme hoy. En contra de quien impugnaba la legitimidad de su apostolado, él no repasa tanto las comunidades que ha fundado, los kilómetros que ha recorrido; no se limita a recordar las dificultades y las oposiciones que ha enfrentado para anunciar el Evangelio, sino que señala su relación con el Señor, una relación tan intensa, también caracterizada de momentos de éxtasis, de contemplación profunda (cfr. 2 Cor. 12,1); por lo que no se jacta de lo que hizo, de su fuerza, de sus actividades y logros, sino de la acción que ha hecho Dios en él y a través de él.
Con gran moderación, cuenta el momento en que vive la experiencia particular de ser arrebatado hasta el cielo de Dios. Recuerda que catorce años antes del envío de la Carta "fue arrebatado –así dice--, hasta el tercer cielo" (v. 2). Con el lenguaje y los modos con que cuenta lo que no se puede pronunciar, san Pablo habla del hecho incluso en tercera persona; afirma de un hombre raptado al "jardín" de Dios, en el paraíso. La contemplación es tan profunda e intensa, que el Apóstol no recuerda el contenido de la revelación recibida, pero tiene muy presente la fecha y las circunstancias en las que el Señor lo tomó totalmente, lo atrajo hacia sí, como lo había hecho en el camino de Damasco en el momento de su conversión (cf. Flp. 3,12). San Pablo añade que, justamente, para no alzarse en soberbia por la grandeza de las revelaciones recibidas, él lleva sobre sí un "aguijón" (2 Cor. 12,7), un sufrimiento, y suplica al Resucitado de ser liberado del enviado del Diablo, de tal dolorosa espina en la carne. Por tres veces, dice, oró fervientemente al Señor para que le quite esta prueba. Y es en esta situación que, en la profunda contemplación de Dios, durante la cual "oyó palabras inefables que no es permitido a nadie pronunciar" (v. 4), recibió respuesta a su súplica. El Resucitado le dirige una palabra clara y tranquilizadora: "Mi gracia te basta; que mi fuerza se realiza en la flaqueza" (v. 9).
El comentario de Pablo a estas palabras nos puede dejar sorprendidos, pero revela la forma en que él había entendido lo que significa realmente ser un apóstol del Evangelio. Exclama así: "Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones, y las angustias sufridas por Cristo; pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte "(v. 9b-10), es decir, no hace alarde de sus acciones, sino de la actividad de Cristo que actúa justamente en su debilidad.
Detengámonos ahora un momento en este hecho que se produjo durante los años en que san Pablo vivió en silencio y en contemplación, antes de comenzar a viajar al Occidente para anunciar a Cristo, porque esta actitud de profunda humildad y confianza frente a la manifestación de Dios, es fundamental también para nuestra oración y para nuestra vida, para nuestra relación con Dios y en nuestras debilidades. En primer lugar, de cuáles debilidades habla el Apóstol? ¿Qué es este "aguijón" en la carne? No lo sabemos y no nos lo dice, pero su actitud nos hace comprender que todas las dificultades en el seguimiento de Cristo y en el testimonio de su Evangelio, puede ser superado abriéndose con confianza a la acción del Señor.
San Pablo es muy consciente de ser un "siervo inútil" (Lc. 17,10) --no es él quien ha hecho las grandes cosas, es el Señor--, un "vaso de barro" (2 Cor. 4,7), en el cual Dios pone la riqueza y el poder de su gracia. En este momento de intensa oración contemplativa, san Pablo entiende claramente la forma de enfrentar y vivir cada hecho, sobretodo el sufrimiento, la dificultad, la persecución: cuando uno experimenta la propia debilidad, se manifiesta el poder de Dios, que no abandona, no te deja solo, sino que se convierte en apoyo y fuerza. Por supuesto, Pablo hubiera preferido ser liberado de esta "espina", de este sufrimiento; pero Dios dice: "No, eso es para ti. Tendrás la gracia suficiente para resistir y hacer lo que debe hacerse". Esto también se aplica a nosotros. El Señor no nos libera de los males, más bien nos ayuda a madurar en los sufrimientos, en las dificultades, en las persecuciones. La fe, por lo tanto, nos dice que si permanecemos en Dios, "mientras nuestro hombre exterior se va desmoronando --son muchas las dificultades--, el hombre interior se renueva, madura de día en día justamente en la prueba" (cfr. V. 16).
El Apóstol comunica a los cristianos de Corinto y también a nosotros que "el momentáneo, ligero peso de nuestra tribulación nos procura, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna" (v. 17) En realidad, humanamente hablando, no era ligero el peso de las dificultades, era gravísimo; pero en comparación con el amor de Dios, con la grandeza del ser amados por Dios, es ligero, a sabiendas de que la cantidad de la gloria será incalculable. Así, en la medida en que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades lo que realiza el Reino de Dios, sino es Dios que obra maravillas a través de nuestra debilidad, de nuestra insuficiencia a lo encomendado. Debemos, por tanto, tener la humildad para no confiar simplemente en nosotros mismos, sino de trabajar, con la ayuda del Señor, en la viña del Señor, confiándonos en Él como frágiles "vasos de barro".
San Pablo se refiere a dos revelaciones particulares que han cambiado radicalmente su vida. La primera --lo sabemos--, es la pregunta sobrecogedora en el camino de Damasco: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? "(Hch. 9,4), una pregunta que le llevó a descubrir y encontrar a Cristo vivo y presente, y a escuchar su llamado a ser apóstol del Evangelio. La segunda son las palabras que el Señor le ha dirigido durante la experiencia de oración contemplativa sobre la que estábamos reflexionando: "Mi gracia te basta; que mi fuerza se realiza en la flaqueza".
Solo la fe, el confiar en la acción de Dios, en la bondad de Dios que no nos abandona, es la garantía de no trabajar en vano. Así la gracia del Señor ha sido la fuerza que acompañó a san Pablo en el enorme esfuerzo por difundir el Evangelio, y su corazón ha entrado en el corazón de Cristo, haciéndose capaz de dirigir a otros hacia Aquel que murió y resucitó por nosotros.
En la oración abrimos, por lo tanto, nuestro ánimo al Señor para que Él venga a habitar en nuestra debilidad, transformándola en fuerza para el Evangelio. Y es significativo también la palabra griega con que Pablo describe este habitar del Señor en su frágil humanidad; utilizaepiskenoo, que podemos tomar como "poner su propia tienda". El Señor continúa poniendo su tienda en nosotros, en medio de nosotros: es el misterio de la Encarnación. El mismo Verbo divino, que vino a morar en nuestra humanidad, quiere vivir en nosotros, plantar en nosotros su tienda, para iluminar y transformar nuestra vida y el mundo.
La intensa contemplación de Dios experimentada por san Pablo recuerda aquella de los discípulos en el monte Tabor, cuando, viendo a Jesús transfigurarse y resplandecer de luz, Pedro le dijo: "Rabí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías" (Mc. 9,5). "No sabía qué decir, porque estaban atemorizados", añade san Marcos (v. 6). Contemplar al Señor es, al mismo tiempo, fascinante y tremendo: fascinante, porque nos atrae hacia él y rapta nuestro corazón hacia lo alto, llevándolo a su altura donde experimentamos la paz, la belleza de su amor; tremendo porque pone al descubierto nuestra debilidad humana, nuestra deficiencia, el esfuerzo para superar al Maligno que amenaza nuestras vidas, esa espina también clavada en nuestra carne. En la oración, en la contemplación cotidiana del Señor, recibimos la fuerza del amor de Dios y sentimos que son verdaderas las palabras de san Pablo a los cristianos de Roma, donde está escrito: "Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro"(Rm. 8, 38-39).
En un mundo donde hay el riesgo de confiar únicamente en la eficiencia y el poder de los medios humanos, en este mundo estamos llamados a redescubrir y dar testimonio del poder de Dios que se comunica en la oración, con la que crecemos cada día en configurar nuestra vida a la de Cristo, el cual --como él mismo dice--, "fue crucificado en razón de su flaqueza, pero está vivo por la fuerza de Dios. Así también nosotros: somos débiles en él, pero viviremos con él por la fuerza de Dios sobre ustedes" (2 Cor. 13,4).
Queridos amigos, en el siglo pasado, Albert Schweitzer, teólogo protestante y premio Nobel de la Paz, afirmaba que "Pablo es un místico y nada más que un místico", en realidad un hombre verdaderamente enamorado de Cristo y tan unido a Él, hasta poder decir: Cristo vive en mí. La mística de san Pablo no se fundamenta solo sobre la base de los acontecimientos extraordinarios que experimentó, sino también en la cotidiana e intensa relación con el Señor, que siempre lo ha sostenido con su gracia.
La mística no lo ha alejado de la realidad, por el contrario, le dio la fuerza para vivir cada día para Cristo y para construir la Iglesia hasta el fin del mundo en ese momento. La unión con Dios no aleja del mundo, sino que nos da la fuerza para permanecer de tal modo, que se pueda hacer lo que se debe hacer en el mundo. Incluso en nuestra vida de oración podemos, por lo tanto, tener momentos de especial intensidad, en los cuales quizás, sintamos más viva la presencia del Señor, pero es importante la constancia, la fidelidad en la relación con Dios, especialmente en las situaciones de aridez, de dificultad, de sufrimiento, de aparente ausencia de Dios. Solo si estamos aferrados al amor de Cristo, estaremos en grado hacer frente a cualquier adversidad como Pablo, convencidos de que todo lo podemos en Aquel que nos fortalece (cf. Flp. 4,13). Así que, en la medida de que damos espacio a la oración, más veremos que nuestra vida cambiará y será animada por la fuerza concreta del amor de Dios.
Es lo que sucedió, por ejemplo, con la beata Madre Teresa de Calcuta, que en la contemplación de Jesús y, precisamente, también en tiempos de larga aridez encontraba la razón última y la fuerza increíble para reconocerlo en los pobres y en los abandonados, a pesar de su frágil figura. La contemplación de Cristo en nuestras vidas nos es ajena --como lo he dicho--, de la realidad, sino más bien nos vuelve aún más partícipes de la experiencia humana, porque el Señor, atrayéndonos a sí en la oración, nos permite hacernos presentes y cercanos a cada hermano en su amor. Gracias.