22 agosto 2012


LA VERDAD SOBRE PÍO XII


Edward Pentin

El general Ion Mihai Pacepa no es fácil de localizar. Permanece escondido por su propia protección, raramente concede entrevistas y sólo puede ser contactado por correo electrónico a través de un intermediario.
Como exjefe de la inteligencia rumana que desertó hacia Estados Unidos en 1978, el exespía de 84 años guarda secretos que incluso hoy podrían hacer sentirse incómodas a figuras del establishment, sobre todo en Rusia. Pero por lo que es más conocido es por su sensacional denuncia de un complot soviético para desprestigiar a Pío XII, al afirmar que él estuvo implicado en tal operación en los años 60 y 70 del siglo XX.
En un artículo de 2007 para National Review Online, Pacepa afirmaba que fue parte de la “Operation Seat 12” --una campaña de desinformación centrada en la obra de 1968 de Rolf Hochhuth “EL Vicario”--. La obra sirvió para desacreditar al pontífice durante la guerra como un simpatizante nazi, diez años después de su muerte y por tanto incapaz de defenderse a sí mismo.
Pero los historiadores y diplomáticos de la era de la Guerra Fría albergan dudas sobre la historia. Los críticos de Pío como era previsible ignoraron la denuncia del complot como “muy improbable” o la obra de alguien que quería dotarse de un “aura misteriosa” en sus últimos años. Algunos defensores del papa Pacelli también expresaron excepticismo, incluyendo a Ronald Rychlak, un profesor de derecho estadounidense, asesor vaticano, y especialista en la controversia sobre Pío XII.
Sin embargo, en lugar de ignorar las alegaciones sin cuestionarlas, Rychlak decidió investigar el mismo, empleando los siguientes dos años en examinar las pretensiones de Pacepa. Entonces llegó a estar tan convencido de su veracidad que ahora ha escrito un libro pronto a publicarse con el exjefe de la inteligencia rumana, llamado Disinformation.
“Poco a poco, todas las piezas encajaron en su lugar –afirma a ZENIT Rychlak--. El nuevo cuadro respondía a muchas cuestiones y daba sentido a muchas cosas que antes eran inexplicables”.
Añadió: “Tras una correspondencia con Pacepa de tres años, y tras haber leído sus libros y muchos de sus artículos (y artículos sobre él), se que nunca me indujo al error. Mi reacción en 2007 era el comentario natural, prudente de alguien ante una propuesta nueva y desconocida. Tras dos años de investigación cuidadosa, he cambiado de opinión […] Estoy orgulloso de haberme asociado a él”.
Ahora la historia de Pacepa está obteniendo amplio apoyo, los defensores de Pío XII creen que el nuevo libro, que incluye una introducción del exdirector de la CIA James Woolsey, promete ser una aportación crucial para limpiar el nombre de Pío XII”.
El mes pasado, con ayuda de la fundación Pave the Way, pude contactar con el exjefe de espías, principalmente para saber su reacción a la reciente decisión del Museo del Holocausto Yad Vashem de cambiar la placa dedicada a Pío XII.
El 1 de julio, el museo anunció que cambiaría el texto de la placa para incluir algunos argumentos defendiendo el historial sobre vidas de judíos salvadas por Pío XII. Pero la nueva versión no alude al complot soviético para desprestigiar su nombre. Cuando pregunté al jefe de investigación del museo, profesor Dan Michman, por qué omitió estas revelaciones, dijo que “realmente no creía” la historia, ni deseaba investigarla.
Pacepa respondió diciendo que “no hay evidencias consistentes de primera mano” que apoyen el rechazo de Michman pero hay “cantidad de evidencias consistentes que prueban que el retrato de Pío XII como el papa de Hitler nació en Moscú”. Subrayó que en orden a encontrar y reconocer esta evidencia “habría que estar familiarizado con la muy secreta 'ciencia' del Kremlin de cambiar el pasado para que concuerde con prioridades actuales”.
“En la jerga del KGB, cambiar el pasado fue denominado framing (montaje) –explicó Pacepa--, y era una especialidad de desinformación altamente clasificada” en la que había “como mosaicos hechos de cientos o incluso miles de piezas diminutas unidas”.
“Sólo un puñado de expertos diseñadores sabían cómo quedaría la imagen final –dijo--. Yo estuve de modo periférico implicado en cambiar el pasado de Pío XII pero entonces incluso yo no conocía cómo quedaría la imagen final”.
Dio ejemplos de cómo tales operaciones de montaje funcionaban, como los métodos despiadados de Stalin para falsificar los hechos históricos para que coincidieran con sus planes en los años 30, y las propias operaciones de desinformación de Pacepa como jefe de la inteligencia rumana en los años 70.
Recordó cómo manipuló con éxito para engañar a jefes de estado occidentales, funcionarios de inteligencia y otros para que creyeran que el dictador de Rumanía, Nicolae Ceausescu, era un admirable líder prooccidental cuando, de hecho “era un drácula de tres al cuarto”. Tan efectiva fue esta operación de desinformación que el presidente de Estados Unidos Jimmy Carter describió a Ceausescu como un “gran líder nacional e internacional”, y la reina Isabel II le recibió en visita de estado en el Reino Unido en 1978. Pacepa desertó poco después, revelando las mentiras a Carter y la reina. Ceausescu fue ejecutado por su propio pueblo en 1989, pero afirma que pocos en Occidente “se preocuparon por investigar cómo habían estado tan equivocados”.
El exespía rumano dijo que el libro a punto de salir “contiene evidencias sólidas, de primera mano, que documentan cómo la inmensa maquinaria de desinformación de la KGB fue capaz de dar la vuelta a la imagen de Pío XII del blanco al negro, lo mismo que hizo con la imagen de Ceaucescu al contrario”.
También explicó cómo el montaje de la imagen de un papa fervientemente anticomunista empezó en 1945. Preocupado sólo por su propia imagen, y con la victoria reciente tras la II Guerra Mundial, Stalin tenía un enemigo más que quería derrotar: la Iglesia católica de Ucrania, el último enclave vaticano en la Unión Soviética. Tras perseguir a la Iglesia allí, intentó retratar a Pío XII como un colaborador del nazismo, proclamando en Radio Moscú en 1945 que Pío XII había sido el "papa de Hitler".
Pero la campaña cayó en el vacío porque se hizo el día después de que Pío XII condenara el "satánico espectro del nazismo" en Radio Vaticano. Además, Pío estaba siendo alabado por sus esfuerzos durante la guerra para proteger a las minorías religiosas por, entre otros, el presidente Roosevelt, Winston Churchill (que le describió como "el hombre más grande de nuestro tiempo"), y Albert Einstein.  
Los esfuerzos de desinformación de Stalin fueron rechazados por la generación contemporánea "que había vivido la historia real y conocía quién era realmente el papa Pío XII --dijo Pacepa--. El Kremlin lo intentó de nuevo en los años 60, con la siguiente generación, que no había vivido esta historia y no sabía más. En esa época funcionó".
En este segundo esfuerzo de montaje, la "Operation Seat 12", fue la obra de teatro anti-Pío, "El Vicario". Pacepa explicó que, en su nuevo libro, ofrecerá evidencias de cómo el autor alemán de la obra, Rolf Hochhuth, pretendía desacreditar a anticomunistas en cada una de sus obras, y que contiene "irrefutables evidencias de que la mano del KGB está detrás de toda la obra de Hochhuth”.
Además, reveló que uno de los mejores amigos de Hochhuth, que también investigó para él en dos de sus obras, es David Irving, el reconocido antisemita historiador que niega el Holocausto. Los defensores de Pío XII señalan la trágica ironía de que tantos líderes judíos siguen creyendo en la imagen de Pío como el papa de Hitler, basada en una obra escrita por alguien tan estrechamente ligado a Irving.
En respuesta a los comentarios del general Pacepa, el profesor Michman dijo que esta investigación sobre Pío XII no se limita a las revelaciones de Hochhuth sino que es más amplia, cubriendo "muchos países y muchos temas".
"Los materiales para estos temas están desperdigados en muchos archivos, tanto a lo largo de Europa como más allá de sus fronteras, dijo a ZENIT el 16 de agosto. "Es virtualmente imposible que los soviéticos hubieran podido falsificar y hacer montajes de todos estos documentos y los estudiosos que llevaron a cabo la investigación provienen de una amplia variedad de círculos y antecedentes. Por lo tanto, la teoría de la conspiración 'toda ella debida a los Soviets/KGB/Stalin' no parece suficiente para explicar el conjunto de la investigación y la controversia".
Pero Gary Krupp, el fundador judío de la fundación Pave the Way, desestimó la respuesta de Michman quien afirma que "la denuncia de blanqueo de tantos documentos de tantos países no tiene sentido". Señaló que el profesor no puede ofrecer ninguna documentación legitimada que apoye su postura. "Lo que ellos ofrecen son documentos de otros funcionarios, y dan por hecho que 'por supuesto Pío XII tuvo que aprobarlos'. Pero esta lógica es sencillamente ignorancia de la realidad de las políticas vaticanas".
Krupp añadió que "nadie nunca ha sugerido" que los soviéticos cambiaran la historia. "Lo que ellos hicieron fue iniciar lo que llamamos la Leyenda Negra de que Pío XII fue el papa de Hitler --dijo--. Los revisionistas hicieron el resto, a través de sus malas traducciones, investigación en fuentes secundarias y su personal agenda oculta".

21 agosto 2012


Creyentes y creíbles


«La gente de hoy es reacia a proselitismos de todo tipo que van desde "comerles el coco" a "quedarse con ellos". Dicen que el pelmazo es alguien que te quita soledad y no te da compañía. En cambio, el apostolado conserva todo su valor, proponiendo sin imponer, practicando más que haciendo, y siendo en todo lo que es»

      Como creo que segundas partes pueden ser también buenas me dispongo a completar lo dicho en Creyentes, no practicantes, con el propósito de ayudarles a corregir esa dañina incongruencia. Hoy extiendo mi atención a los sedicentes cristianos cumplidores, de misa, sacramentos y buenas costumbres, pero que no les echan cuentas a los que no son así, o incluso defendiéndose de ello.
      En España y en Europa durante este ya largo período de entresiglos ha ido ganando terreno, a ritmo alarmante, una apostasía silenciosa de muchos cristianos anónimos, sin defensas de formación ante el pensamiento laicista, la paganía de las costumbres y el deterioro de la familia. Nuestros abuelos fueron educados por sus padres en la fe y la vida cristiana, y ellos hicieron lo propio con sus hijos; pero éstos ya no lo hicieron con los suyos, que tendrán hoy unos veinte años. Si multiplicamos ese proceso por miles de familias, nos encontramos hoy con una sociedad de “incultura posmodernista” en la que Dios no encuentra sitio y sus adoradores son considerados como una minoría retrógrada en vías de extinción. El futuro, les dicen, no será vuestro.
      Pero, ¿es eso toda la verdad? No, por supuesto. Se equivocan de medio a medio los que tal piensan o dicen, ignorando u olvidando el historial de modas ideológicas, culturales o sociales, bajo el “Todo pasa” de Heráclito, y quisieron eternizar su presencia y mensaje, pero apenas sí tuvieron tiempo de asomarse a la historia. Así el existencialismo, el mayo francés, el marxismo universitario de los 70, el movimiento hippie y los posteriores escepticismo y nihilismo. Hicieron mella algunos en las masas iletradas, sumisas al halago y soñadoras de un igualitarismo cuesta abajo. Pero que igual cambiaban de postura cuando se les abrían los ojos.
      Aunque, lo que más nos afecta, es el preocupante fenómeno de la mayoría silenciosa, que mantiene sus valores y creencias, pero atenaza el disimulo y el respeto humano, y tiene ideas confusas sobre las luchas de religión y la libertad religiosa.
      Ese es nuestro desafío. Se impone averiguar con humildad el interior de la propia Iglesia —Ecclesia ad intra, del Concilio— y cada uno el de sí mismo, si estamos en forma para anunciar con fuerza y hacernos escuchar la buena Noticia de Cristo Salvador al mundo descristianizado, que acabo de describir. El reto no es mío sino de la Iglesia católica como tal, por boca de su Pastor supremo, Benedicto XVI, con palabras firmes y decisiones de primera magnitud que acreditan a ojos vista que la cosa va en serio.
      Acaba de convocar la XIII Asamblea general del Sínodo de Obispos sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, que tendrá lugar del 8 al 28 de octubre próximo; así como también la institución del Año de la Fe, por la Carta apostólica Porta fidei, conmemorativa del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, que durará hasta noviembre de 2013.
      Como anticipo de estos eventos y para su eficacia posterior, el Papa ha creado en el último año, como instrumentos jurídicos para esos quehaceres, el Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, que ya está operativo a cargo del dinámico Arzobispo Rino Fisichella; al par que el Consejo Pontificio para la Cultura, que preside el intrépido cardenal Gianfranco Ravasi, ha puesto en marcha una nueva sección denominada el Atrio de los Gentiles, recordatorio del Templo de Jerusalén, que fomenta y realiza unos encuentros internacionales independientes de diálogo, entre intelectuales independientes de renombre y personalidades de la Iglesia. La experiencia de media docena de encuentros en ciudades punteras de Europa y América auspicia grandes progresos en el porvenir.
      El binomio Fe-Evangelización es como dos cabos de la misma cuerda y dos pilares del mismo puente, con un antes y un después como el del huevo y la gallina. El evangelizador es un creyente y el creyente un evangelizador, mas si lo primero se da por descontado, lo segundo se considera por muchos como hipotético y voluntarista.
      Todo nace del paupérrimo concepto tradicional de la fe como creer en lo que no se ve, sin considerarla don de Dios, encuentro personal con  Cristo, vivencia profunda de nuestro Credo e injerto por el bautismo en la fe de la Iglesia. Es por naturaleza expansiva, y se multiplica dándola, la fe nos lleva instintivamente a las buenas obras y éstas nos conducen a la fe. No olvidemos nunca que la fe es una virtud teologal por lo que el creyente auténtico está siempre inmerso en la presencia divina y en la inhabitación del Espíritu. En la preciosa Carta apostólica Porta fidei de Benedicto XVI sobre el Año de la Fe —teológica, didáctica y espiritual— sale más de diez veces la palabra alegría al descubrir la experiencia de la fe.
      Confrontando las luces y las sombras de la comunidad católica en la Europa y España actuales, el Papa Ratzinger, muy conocedor de ambas, puesta su confianza en Dios y en los efectivos actuales de la Iglesia, afronta a pecho descubierto el Sínodo de la Nueva Evangelización y el Año de la Fe, con sus aditamentos, magna empresa pontificia a la que ningún católico consciente puede substraerse; es también la réplica de la Iglesia a la tremenda crisis moral, social y antropológica que aqueja a nuestro mundo.
      ¿Quiénes serán los evangelizadores y quiénes los evangelizados?, los pastores, los hombres y mujeres consagrados, las instituciones católicas de la educación, la cultura y la acción caritativa y social, nada tienen que inventar sino ser auténticamente lo que son. Nos asedian el cansancio de los mayores, la escasez de vocaciones y la indiferencia o la hostilidad del ambiente. El Papa con su palabra y ejemplo nos estimula y empuja, la atonía, personal o colectiva, no convierte a nadie. Las crisis históricas sacuden nuestra conciencia.
      Pero, abiertos a la esperanza, hay que contar en España, entre los diez a quince millones de fieles cumplidores con la Iglesia, que en vez de dejarse arrastrar por sus conciudadanos descuidados o conformistas, creyentes no practicantes, se afiancen en la ejemplaridad personal, familiar, profesional, social y religiosa de hombres y mujeres con entrega generosa a propios y extraños. Creyentes, practicantes y creíbles.
      La gente de hoy es reacia a proselitismos de todo tipo que van desde comerles el coco a quedarse con ellos. Dicen que el pelmazo es alguien que te quita soledad y no te da compañía. En cambio, el apostolado conserva todo su valor, proponiendo sin imponer, practicando más que haciendo, y siendo en todo lo que es. Dice el cuarto Evangelio, que hubo un hombre enviado de Dios llamado Juan, «venido al mundo para que todos creyeran por él», no por lo que decía ni siquiera por lo que hacía sino por lo que era en sí mismo. Dice San Pablo a los Corintios: que «Dios nos alienta en nuestras luchas, hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios». Y añadimos el testimonio de Santa Teresa en el Libro de su vida: «Si algunos han habido ruines, más resplandecerán los buenos, plega al Señor los tenga de su mano y los ayude para que nos ayuden». Para Él cuentan todos, los que anuncian y los que reciben su Palabra, con la puerta abierta a los restantes.

20 agosto 2012


DIOS ESTÁ DE MODA


Monseñor Francisco Gil Hellín


Alguien podía pensar que la historia de los grandes conversos es agua pasada. La realidad es muy distinta. Las letras francesas, por ejemplo, siguen las huellas de Paul Claudel, Péguy o Mauriac y cada vez son más frecuentes las novelas y ensayos que tienen como protagonista la fe cristiana. Siguiendo el sendero de escritores de tanta talla como Tournier o Decoin, está surgiendo una nueva generación de autores creyentes, cuyas obras literarias y filosóficas buscan la concordancia con el mensaje evangélico.
Más aún, autores como Sylvie Germain, están viendo que sus obras comienzan a seducir en la laica Francia y más allá de las fronteras galas, según recogía recientemente el diario italiano Avvenire. En las páginas de Le Figaro, Francois Tallandier, otro talentoso escritor de la nueva literatura francesa, ha explicado las razones de su silenciosa conversión al catolicismo, tras largos años de profundo escepticismo. «Quizás por el esplendor de Bourges, que daba alas a Stendhal para ser cristiano. Quizás por la modesta dulzura de la iglesia románica de Ennezat. Quizás porque un día, oyendo pronunciar la palabra ‘católico’ con el desprecio de quien no necesita más razones, me he cansado y he dicho abiertamente: ‘Soy católico’».
El itinerario creativo de F. Hadjadj es también una referencia en la cultura francesa. Este escritor e intelectual judío, se ha convertido al catolicismo después de una larga fase de ‘nihilismo’. En un ensayo analiza con ironía y pasión su indiferencia hacia la muerte de las sociedades de Occidente, mientras llama a la alegría fundada en las razones que aporta la fe. El mismo Dactec, intelectual excéntrico y controvertido, se ha atrevido a gritar en público que «no hay futuro para la humanidad fuera de Cristo».
Son algunos ejemplos de ese cada vez más numeroso grupo de conversos que están llegando al catolicismo y -lo que quizás llama aún más la atención- que no tienen ningún complejo para declararlo. Ellos me traen a la mente personajes históricos de tanto relieve como Tertuliano, el más brillante abogado de Cartago; san Cipriano, igualmente brillante abogado convertido en plena madurez; y el sin igual san Agustín. Más próximos a nosotros, la italiana Alexandra Borghese y la española María Nájera.
Sin que sea una conversión en sentido estricto, no deja de llamar la atención el caso de Akiko Tamura. Tiene treinta y siete años y una brillante carrera a sus espaldas como cirujana torácica en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra. Tras hacer sus primeras prácticas en la Universidad de Harvard y ampliar su especialidad en el Hospital de Massachussets, aterrizó en Pamplona y alcanzó un gran prestigio profesional. El último Jueves Santo –lo ha contado ella misma en una entrevista al diario ABC- «iba en mi coche tan tranquila y de repente, en medio de mi corazón noté claramente que Dios me pedía ser carmelita descalza. Ni oí voces ni visiones, sólo sentí una paz y un amor de Dios bestial». Nunca se me hubiera ocurrido «meterme monja en un convento», añade, pero «es el plan de Dios». Efectivamente, acaba de ingresar como carmelita descalza en el convento de Zarautz.
Sin salir de nuestra diócesis, las religiosas de Iesu Communio podrían contarnos muchos casos parecidos. No pocas han dejado su profesión de ingenieras, arquitectas o médicos y locas de contento vistiendo un tosco y sencillo hábito. Sin entrar en los muros de un convento, cuántos profesionales de prestigio, estudiantes de primero de carrera, amas de casa o chicos y chicas han descubierto en medio de la calle –donde siguen- la verdad de lo que decía con convicción santa Teresa de Jesús: «Sólo Dios basta». En el fondo, ésta es la razón por la que vienen a la fe tantos profetas y apóstoles del nihilismo o el escepticismo, o salen del letargo religioso tantos creyentes tibios, convirtiéndose en verdaderos creyentes y apóstoles.

19 agosto 2012


'JESÚS NO ERA UN MESÍAS QUE ASPIRASE A UN TRONO TERRENAL'


Palabras del Papa en el Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!
El evangelio de este domingo (cf. Jn 6,51-58) es la parte final y culminante del discurso pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, después de que el día anterior había dado de comer a miles de personas con solo cinco panes y dos peces. Jesús revela el significado de ese milagro, es decir, que el tiempo de las promesas se ha cumplido: Dios Padre, que con el maná había alimentado a los israelitas en el desierto, ahora lo envió a Él, el Hijo, como verdadero Pan de vida, y este pan es su carne, su vida, ofrecida en sacrificio por nosotros. Se trata, por lo tanto, de acogerlo con fe, no escandalizándose de su humanidad; y de lo que se trata es de "comer su carne y beber su sangre" (cf. Jn. 6,54), para tener en sí mismo la plenitud de la vida.
Está claro que este discurso no tuvo la intención de atraer consensos. Jesús lo sabe y lo pronuncia intencionalmente; y de hecho aquel fue un momento crítico, un punto de inflexión en su misión pública. Las personas, y los propios discípulos, estaban entusiasmados con él cuando realizaba señales milagrosas; e incluso la multiplicación de los panes y de los peces fue una clara revelación que Él era el Mesías, tanto así que después la multitud habría querido aclamar triunfalmente a Jesús y proclamarlo rey de Israel. Pero esta no era la voluntad de Jesús, quien justamente, con ese largo discurso reduce los entusiasmos y causa muchos desacuerdos. Él, de hecho, explicando la imagen del pan, afirma de haber sido enviado a ofrecer su propia vida, y que los que quieran seguirlo, deben unirse a Él en forma personal y profunda, participando en su sacrificio de amor.
Por eso Jesús instituirá en la Última Cena el sacramento de la Eucaristía: para que sus discípulos puedan tener en sí mismos su caridad, --esto es decisivo--, y, como un único cuerpo unido a Él, extender en el mundo su misterio de salvación. Al escuchar este discurso la multitud comprendió que Jesús no era un Mesías como querían, que aspirase a un trono terrenal. No buscaba consensos para conquistar Jerusalén; más bien, quería ir a la Ciudad santa para compartir la suerte de los profetas: dar la vida por Dios y por el pueblo. Aquellos panes, partidos para miles de personas, no querían provocar una marcha triunfal, sino pre-anunciar el sacrificio de la Cruz, en la que Jesús se vuelve Pan, cuerpo y sangre ofrecidos en expiación. Así es que Jesús dio ese discurso para desengañar a las multitudes y, sobre todo, para provocar una decisión en sus discípulos. De hecho, muchos de ellos, desde allí, no lo siguieron más.
Queridos amigos, dejémonos también nosotros sorprender nuevamente por las palabras de Cristo: Él, grano de trigo arrojado en los surcos de la historia, es la primicia de la nueva humanidad, liberada de la corrupción del pecado y de la muerte. Y redescubramos la belleza del sacramento de la Eucaristía, que expresa toda la humildad y la santidad de Dios: el hacerse pequeño, Dios se hace pequeño, fragmento del universo para reconciliar a todos en su amor. La Virgen María, que dio al mundo el Pan de la vida, nos enseñe a vivir siempre en profunda unión con Él.

16 agosto 2012


COMPRENDER CUÁL ES LA VOLUNTAD DE SEÑOR

Pedro Mendoza (TIEMPO ORDINARIO 20º, CICLO B)


"Así pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad de Señor. No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo". Ef 5,15-20
Comentario
En este pasaje, continuación de la parte parenética de la carta, san Pablo exhorta a los Efesios a buscar en la sabiduría la voluntad de Dios (vv.15-17).
En el v.15 el Apóstol hace referencia a la experiencia de iluminación que trae consigo el bautismo y reclama a vivir esta vida nueva en una nueva luz, con conciencia y responsabilidad. Por lo mismo su primer pensamiento apunta a una recta comprensión de lo que concretamente es la voluntad del Señor. De aquí su apremiante exhortación: "mirad atentamente". Pero san Pablo es consciente de que la cosa no es tan simple. Hay fuerzas de dentro (2,3) y fuerzas de fuera, que están operando para oscurecer la luz, turbar la mirada e impedir o dificultar la recta opción. Por eso les amonesta a que ya no vivan como "imprudentes", puesto que han dejado de serlo por medio de la gracia de Dios recibida como suma de toda sabiduría e inteligencia a través de la revelación del misterio de la voluntad de Dios (1,8s). Por el contrario, les exhorta a vivir como "prudentes", estando atentos a esta vida, ya que en ella está la verdadera sabiduría.
¿En qué consiste este vivir prudente del cristiano? San Pablo responde en el v.16. La verdadera sabiduría no consiste en vivir en una descuidada e irreflexiva improvisación al día, sino "aprovechando bien el tiempo presente", esto es sacando ventaja de las posibilidades que el tiempo ofrece con vistas al fin último. Y el motivo de la urgencia de vivir con esta sabiduría es "porque los días son malos". Con esta expresión que califica los días como "malos" el Apóstol reclama la tradición judía y después del Evangelio según la cual en los últimos tiempos, que traen consigo dolores, necesidades y angustias de toda clase, el maligno con la última proclama de su ya decadente soberanía hace que estos días sean "malos". Este mal, que tan amargas consecuencias puede traer, significa para el hombre impugnación, tentación y peligro.
Pero esta visión que permite discernir entre lo que lleva a la aniquilación y el camino que conduce a la vida, no puede realizarse sin la ayuda de la sabiduría. De aquí que, en el v.17, san Pablo exhorta instantemente: "no seáis insensatos". ¡Sólo la voluntad de Dios! Conocerla es lo contrario de la insensatez. La voluntad de Dios es decisiva para todo lo que hay que hacer, permitir o padecer.
La pregunta que surge de lo anterior es: ¿A dónde debe acudir el cristiano para alcanzar este conocimiento de la voluntad de Dios y la disponibilidad para cumplirla, y cómo podrá afianzarse en ella? La respuesta nos la ofrece san Pablo en los vv.18-20 en los que nos invita a dejarnos llenar por el Espíritu.
El v.18 inicia con una exhortación a no embriagarse con vino. Cabría esperar que a la embriaguez se le opusiera la templanza; pero lo que se considera como su anverso es la "embriaguez en el Espíritu". Esta contraposición tiene sentido si consideramos el contexto de la comunidad reunida para celebrar el culto. Aquí el Apóstol está pensando en esa renovación en el Espíritu por la que el cristiano alcanza aquella inteligencia de la voluntad de Dios, que lo capacita para interpretar "los días malos" de una manera sabia.
A continuación, en el v.19, añade el Apóstol otra exhortación que es a su vez consecuencia de la acción del Espíritu en el creyente: "recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados". Pero san Pablo no se olvida de añadir: lo que a esta alabanza divina proporciona su verdadero valor no es ni la voz ni la recitación, ni la perfección de la forma. Es el "cantar con el corazón", que presupone la expresión exterior y la acompaña, el cantar interior, que apunta sólo al Señor: "cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor". Y como si se tratara de comenzar el himno y el cántico, el mismo Apóstol da el tono y el tema : "dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo" (v.20). Con el verbo "dar gracias" san Pablo indica la postura que debe caracterizar la vida del cristiano: la acción de gracias y alabanza siempre y en todas partes, y por todo. La especificación añadida a la acción de gracias, "por todo", es expresión de algo profundamente cristiano: la fe en que detrás de todo está el Padre (nuestra acción de gracias va hacia "Dios Padre"), y en que "para aquellos que aman a Dios, todo redunda en lo mejor" (Rm 8,28).
Aplicación
Comprender cuál es la voluntad de Señor.
La liturgia de la Palabra de este 20º domingo del Tiempo ordinario continúa invitándonos a profundizar en el gran don de la Eucaristía. Un don total de sí mismo que Cristo nos ha dejado en la Última Cena como expresión y prefiguración de su infinito amor por nosotros que lo conduce a su inmolación sangrienta en la cruz por nosotros. El Evangelio de san Juan nos presenta el discurso de Jesús sobre el pan de vida. En la primera lectura del libro de los Proverbios, la Sabiduría, personificada, nos comunica una invitación a participar en este banquete que ha preparado para nosotros. San Pablo, en la lectura de la carta a los Efesios, les desea que sean colmados del don del Espíritu que les permitirá comprender la voluntad del Señor y vivir en ella, gozando de sus dones, entre los cuales destaca el don de la Eucaristía.
En la primera lectura, tomada del libro de los Proverbios (9,1-6), vemos cómo la Sabiduría hace todo lo posible por atraer hacia sí a quienes no la conocen. Ella con mucha delicadeza e interés prepara un suculento banquete y manda a sus siervas a proclamar en voz alta su invitación a todos los que aún no la conocen, a los inexpertos y privados de sensatez: "Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado" (v.5). Se trata del vino de la Sabiduría, que indica el camino justo para vivir en unión con Dios y para triunfar plenamente en la vida.
En el Evangelio de este domingo, que recoge el discurso de Jesús, después de la multiplicación de los panes (Jn 6,51-58), Él se presenta como el pan de vida bajado del cielo, y afirma: "Si uno come de este pan, vivirá para siempre" (v.51a). Él es el pan vivo y vivificante, que nos comunica la vida misma de Dios. Remarca la clara diferencia entre el pan que Él quiere darnos y el pan material. Este último es con el que poco antes han sido alimentados los destinatarios de su milagro obrado, y da sólo lo necesario a la vida física. Pero el pan vivo, que es Él mismo, es un pan que da la vida eterna. Ante un don tan extraordiario que requiere de la fe, los judíos se resisten a aceptar la veracidad de sus palabras y se ponen a discutirlas y a pedir explicaciones. Pero Jesús, en vez de consentir a su falta de fe, ratifica su afirmación: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros" (v.53). De este modo quiere que tomemos conciencia de que no hay otro camino para alcanzar la vida eterna que el de la comunión con Él, que requiere de la fe. Cuando comemos su carne y bebemos su sangre, tenemos ya la vida eterna. Con el bautismo hemos sido convertidos en hijos de Dios, y con la Eucaristía recibimos desde ahora la vida eterna. 
En la segunda lectura de la carta a los Efesios (5,15-20), el Apóstol nos presenta un aspecto muy hermoso de la vida eterna vivida ya desde ahora: "llenáos más bien del Espíritu" (v.18b). Con la presencia del Espíritu Santo en nosotros entramos en la posesión de la vida eterna. Una presencia que se convierte en guía y fortaleza para acoger y vivir la voluntad del Señor y gozar así de todos sus dones, como el don de Sí mismo en la Eucaristía.

14 agosto 2012


Vitalizar la fe por la oración


«Sin una vida de oración personal, la participación en los sacramentos corre el peligro de quedarse en algo superficial y no dar los frutos para los que han sido instituidos»

      El Padre Jacques Philippe (1947), de la Comunidad de las Bienaventuranzas, es un autor reconocido de libros de espiritualidad. También predica retiros, tanto en Francia como en otros países. En la preparación del Año de la fe, en esta entrevista en exclusiva, habla de la oración y afirma que la cuestión de fondo es la de encontrar una nueva vitalidad de la fe, a través de un encuentro personal con Cristo y que la renovación de la Iglesia no puede proceder más que de una renovación de la oración.
      El Santo Padre, en su Discurso a la Curia del pasado 22 de diciembre, señaló algunos motivos de preocupación en la Iglesia, como el hecho de que los que van regularmente a la Iglesia son cada vez más ancianos y su número disminuye, el estancamiento de las vocaciones al sacerdocio, el crecimiento del escepticismo y la incredulidad. Y para dar respuesta a estos problemas propone, especialmente en Europa, que la fe adquiera una nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo.

¿Cómo le parece a usted que tiene que ser este encuentro con Jesucristo?

Es cierto que la Iglesia, por lo menos en Occidente, atraviesa una profunda crisis espiritual. Esta crisis es dolorosa y no se resolverá fácil ni rápidamente, pero creo que es un tiempo de purificación de la Iglesia, y que después de este tiempo de crisis habrá una gran renovación de la fe y de la vida de la Iglesia. Debemos por tanto seguir esperanzados. Dicho esto, pienso efectivamente que la cuestión de fondo es la de encontrar una nueva vitalidad de la fe, a través de un encuentro personal con Cristo. Con este fin, toda la comunidad cristiana, como ya dijo Juan Pablo II en la Novo Millenio Ineunte (n. 33), debe ser ante todo una escuela de oración.
La renovación de la Iglesia no puede proceder más que de una renovación de la oración que hace posible una experiencia personal con Dios. No puede existir un encuentro profundo con Cristo sin una vida de oración fiel y perseverante. Pero el encuentro con Jesucristo no es solamente una experiencia subjetiva, sino que tiene también una dimensión objetiva, eclesial. De ahí la necesidad de que, además de la oración personal, exista un enraizamiento en la Iglesia para un acompañamiento, para compartir y verificar la fe. No se puede ser creyente aislándose de los demás, tenemos necesidad de formar parte de una familia espiritual (parroquia, movimiento, comunidad...). Hace falta al mismo tiempo educar a las personas en la oración personal y suscitar comunidades vivas y fraternales.

Un problema de las personas que se plantean la vida de oración es tener un diálogo con Dios, de tú a tú. ¿Cuáles serían los signos de que este diálogo se produce?

El árbol se conoce por sus frutos. El diálogo con Dios es una realidad misteriosa. Al no ser Dios un interlocutor como una persona humana, el diálogo con él se vive dentro de una oscuridad de fe. La señal de que haya un verdadero diálogo con Dios no deriva necesariamente del hecho de percibir sensaciones particulares (aunque esto pueda suceder) o de tener algún tipo de revelaciones. El verdadero signo es que la fe se haga más fuerte, la esperanza más confiada y que estemos más decididos a amar a Dios y al prójimo. El crecimiento de las virtudes teologales es el signo de la verdad del diálogo con Dios. Con estas consecuencias: estamos más serenos, nos distanciamos de los problemas, estamos más desprendidos, percibimos de forma más clara en qué sentido Dios desea orientar nuestras decisiones, etc.

Hay gente que empieza el trato con Dios pero que después no continúa. ¿Qué les diría?

Es una lástima... la perseverancia en la oración es sin duda el combate más difícil de nuestra vida, por tanto vale la pena llevarlo a cabo, porque solamente la perseverancia y la fidelidad permiten a la oración dar sus frutos, llegar a una experiencia personal de Dios y a cambios interiores. Hay que intentar comprender por qué razones no perseveramos (un sentimiento de inutilidad, una experiencia de la propia miseria, dejarse llevar por otras prioridades...) e intentar poner remedio. La razón más frecuente por la cual no perseveramos es la falta de esperanza, el desánimo... Hay que convencerse de que no tenemos nada que perder y mucho que ganar perseverando en la oración y poniendo toda la confianza en Dios. Una vez adquirida la fidelidad, las cosas resultan más fáciles.

Usted escribe sobre la oración y otros temas relacionados en varios libros. ¿Cuál ha sido el orden de composición? ¿En qué orden conviene que sean leídos? Por otra parte: ¿Para qué públicos están pensados?

Sólo he escrito un libro sobre la oración (Tiempo para Dios). Fue mi segundo libro después de La paz interior. Quizás sea bueno empezar por éste último, pues es una invitación a fundamentar la relación con Dios sobre la confianza, el abandono, la aceptación serena de las debilidades... lo que resulta una base necesaria para la vida de oración. Estos libros han sido escritos a partir de mi experiencia en la predicación de retiros a un público variado, constituidos muchas veces por "cristianos normales" que tiene el deseo de ir más a fondo en su vida de fe. Los testimonios que he podido recibir muestran que estos libros pueden dirigirse a todos los públicos.

“La paz interior” es uno de sus libros que más se ha difundido, especialmente en Francia. ¿Por qué es tan importante tener esta paz?

Todos tenemos sed de paz interior. Quizás sea esto lo que explica el éxito del libro. Tiene como fin ayudarnos a encontrar en Dios esta paz, pues solamente Él puede dárnosla. Pero yo recuerdo también en este libro una ley espiritual importante y a veces desconocida: esforzarse por permanecer serenos en toda circunstancia (en tanto que esto dependa de nosotros) es un medio fundamental para dejar actuar más a Dios en nuestra vida. Cuanto más vivimos en un clima de paz, confianza, de abandono, más permeables somos a la tarea del Espíritu Santo y podemos dar frutos. Mientras que el miedo, la inquietud, la agitación nos cierran a la acción de Dios. «Adquiere paz interior y una multitud encontrará la salvación junto a ti», dice San Serafín de Sarov, un gran santo ruso de principios del siglo XIX.

La oración interior u oración mental completa la vida sacramental y está íntimamente unida a ella. ¿De qué modo le parece que se complementan la oración y los sacramentos?

Lo específico de la oración cristiana es que está enraizada en la gracia sacramental. Podríamos dar muchos ejemplos. Hacer oración nos ayuda a desplegar nuestra identidad de hijos de Dios, don que tiene su origen en la gracia bautismal. Es también mantener y profundizar en la relación con Dios en Cristo, comunión que se nutre particularmente de la eucaristía. El sacramento de la reconciliación purifica el corazón para que pueda "ver a Dios", encontrarlo en la oración. Los sacramentos son medios privilegiado por los cuales Cristo se nos presenta y nos permite encontrarle como fuente de vida; suscitan y fortalecen la vida de oración. Pero, en sentido inverso, sin una vida de oración personal, la participación en los sacramentos corre el peligro de quedarse en lago superficial y no dar los frutos para los que han sido instituidos. La oración personal es indispensable para que la participación en los sacramentos sea vivificante y fecunda.

En esta civilización en la que estamos cuesta mucho el silencio interior: la gente está pendiente del teléfono móvil, de lo más inmediato y le cuesta meditar. ¿Cómo conseguir este silencio?

Es cierto que frecuentemente estamos atraídos por los diversos medios de comunicación y que este hecho hace a veces difícil encontrar el clima de silencio y de recogimiento que permite la oración y escuchar a Dios. Hay que intentar tanto como sea posible, crear en nuestra vida un cierto ritmo de "cortes" respecto a estas llamadas exteriores. Ritmo diario de encuentro personal con Jesús, de meditación de las Sagradas Escrituras; estamos hablando de un cuarto de hora. Hacer de vez en cuando unos días de retiro espiritual. Todo esto pide un esfuerzo que vale la pena... Si no, corremos el riesgo de vivir siempre de una manera superficial.
¿Por qué hay que hacer la oración siempre y no sólo cuando uno tenga ganas?
Como cualquier relación auténtica con otra persona, nuestra vida de oración, que es la expresión concreta de nuestro amor de Dios, no se puede basar únicamente en el hecho de tener o no tener ganas... sino que debe derivar de algo más profundo, de una verdadera elección de vida que compromete toda nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Es la condición necesaria de una profundización y de una purificación que hace que las dimensiones afectivas y emocionales estén al servicio de algo más profundo y no sean solamente el motor de nuestra elección.

En sus obras aparecen diversos maestros de la vida espiritual. ¿Qué autores podría recomendar para aquellas personas que llevan una vida corriente y que intentan mejorar su vida cristiana?

A cada uno le toca descubrir entre sus maestros espirituales, los que más le hablan y le ayudan a avanzar en función de las afinidades y en función también de las etapas de nuestra vida. Si tenemos un verdadero deseo de progresar y una auténtica búsqueda, el Señor pondrá en nuestro camino hermanos y hermanas del Cielo que estarán en condiciones de ayudarnos. Dicho esto, me parece que hoy en día uno de los referentes más preciados de nuestra vida espiritual es Santa Teresa de Lisieux. Su mensaje es universal, y nos conduce con mucha fuerza y verdad al corazón del Evangelio: el descubrimiento de la misericordia infinita de Padre y la invitación a ir hacia él con sencillez, la confianza, sin inquietarnos jamás por nuestras limitaciones y miserias.

El P. Rainiero Cantalamessa ha señalado que la nueva evangelización correrá a cargo sobre todo de los laicos, entre otras cosas porque los ministros de la Iglesia son sólo decenas de miles mientras que los laicos son centenares de millones. ¿Cómo conseguir que los laicos sean los nuevos evangelizadores?

La idea es correcta, y nuestra época es la del apostolado de los laicos. El Concilio Vaticano II ha querido animar a todos los laicos a responder a su llamada a la santidad y a jugar así un papel privilegiado en la difusión del evangelio. Dicho esto, ser evangelizador no sale porque sí. Supone tener una experiencia de Cristo suficientemente profunda y bella para que se tenga el deseo de comunicarla a los otros. Ello supone también una cierta formación espiritual y teológica para responder adecuadamente a los desafíos del mundo de hoy.
Finalmente uno solo no puede ser evangelizador, sin estar vinculado a una comunidad eclesial de quien recibe una misión. Si se quiere que los laicos jueguen el papel al que son llamados en la difusión del evangelio, hay que hacer lo que ya he dicho más arriba: conducirlos a una experiencia personal con Cristo a través de una vida de oración y una vida espiritual auténtica, y suscitar comunidades vivas, bien enraizadas en la Iglesia que sean un sustento y una guía para el apostolado de los laicos dándoles los medios de formación de los que tienen necesidad, etc.

En torno a la Fe y la Razón

Lluís Clavell


La fe y la teología son una fuerza purificadora para la razón misma, que la ayuda a ser más ella misma. El hombre es sanado y confortado por la fe, pero además el contenido de la Revelación amplía sus horizontes

      En el décimo aniversario de un documento del queridísimo Juan Pablo II especialmente importante para todas las universidades: la Encíclica “Fides et ratio”, fechada el 14 de septiembre de 1998.

      No se trata de repetir ahora las enseñanzas de la Encíclica. Quisiera más bien desarrollar brevemente tres puntos que, como fruto de ese documento, me han acompañado en los últimos años.

      El primero se refiere a la prosecución por parte de Benedicto XVI de los temas de la Encíclica. El segundo versa sobre el posible modo de obtener una mayor colaboración entre la Fe y la racionalidad en los saberes y en las profesiones. El tercero abordará el papel de la filosofía y de la teología.

1. Benedicto XVI, continuador de “Fides et ratio”

      El pasado 17 de enero de 2008, un profesor de la Universidad “La Sapienza”, la más antigua de Roma, fundada por Bonifacio VIII como Studium Urbis, dirigía un seminario para los docentes de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

      Con un comprensible sentimiento agridulce, el prof. Daniele Guastini comenzó relatando que por la mañana había explicado a sus alumnos que con muchos meses de anticipación había sido invitado para esa tarde a dirigir una sesión de seminario para los profesores de filosofía en una universidad pontificia, precisamente el mismo día en que Benedicto XVI debía haber visitado la Universidad La Sapienza, si no lo hubiese impedido la oposición de un grupo de docentes.

      El discurso preparado por el actual Romano Pontífice, que es un profesor universitario emérito, fue leído por un miembro de la comunidad académica. En ese texto Benedicto XVI reflexiona sobre la misión de las cuatro facultades de la universidad medieval: medicina, derecho, filosofía y teología. Sus consideraciones acerca de la relación entre teoría y praxis, y entre fe y racionalidad, se mueven entre el pasado y la actualidad y revelan una característica muy acusada ya en el profesor Joseph Ratzinger: su pensar siempre al hilo de la historia. La armonía entre la reflexión racional y la fe no es algo alcanzable de una vez por todas. Es más bien una tarea a realizar en cada generación para responder a las nuevas circunstancias y a las posibles rupturas que van surgiendo.

      Recuerdo sólo algunos de los momentos de una historia tan dilatada en los siglos, que menciona en sus escritos Benedicto XVI. En el Antiguo Testamento, varios escritos proféticos razonan sobre la verdad de que el Dios del pueblo elegido es el único Dios y, por tanto, el Dios de todos los hombres, el Creador del mundo entero. El Espíritu Santo inspira a los profetas y al pueblo para ahondar en la universalidad de su Dios y surge así una reflexión racional y religiosa que se dirige a toda la humanidad. También los libros sapienciales y la traducción de la Biblia hebrea a la lengua griega a cargo de los Setenta sabios en Alejandría contienen una fecunda colaboración de la fe judía con la racionalidad helénica.

      En el Nuevo Testamento, escrito todo él en la forma común (koiné) de la lengua griega, esa armonía prosigue su camino. Es sabido que la Galilea del tiempo de Jesús estaba fuertemente helenizada, sobre todo en sus núcleos urbanos, e incluso es posible que Cristo hablase en griego en algunas ocasiones, por ejemplo con Pilatos en el proceso civil de su conden. Sin embargo le correspondió especialmente a San Pablo, hombre de tres culturas —judía, helénica y romana—, la tarea de realizar en concreto, en el ambiente de los gentiles y especialmente en Europa, la universalidad ínsita en la misma persona de Jesucristo.

      Luego ante las filosofías neoplatónicas, en las que religión y filosofía estaban unidas de modo inseparable, los Padres presentan “la fe cristiana como la verdadera filosofía, subrayando también que esta fe corresponde a las exigencias de la razón que busca la verdad; que la fe es el "sí" a la verdad, con respecto a las religiones míticas, que se habían convertido en mera costumbre”.

      Siglos después llegan los escritos filosóficos de Aristóteles en su integridad a las nacientes universidades medievales. Estaban presentes también las especulaciones judías y árabes continuadoras de la filosofía griega. El cristianismo establece entonces un nuevo diálogo con la razón de los demás, y lucha una vez más por su propia racionalidad.

      “Históricamente, es mérito de santo Tomás de Aquino —ante la diferente respuesta de los Padres a causa de su contexto histórico— el haber puesto de manifiesto la autonomía de la filosofía y, con ello, el derecho y la responsabilidad propios de la razón que se interroga basándose en sus propias fuerzas”.

      En su lúcido y valiente discurso académico en la Universidad de Ratisbona, del 12 de septiembre de 2006, Benedicto XVI analiza otra fase del diálogo entre razón y fe: el programa de deshelenización del cristianismo en la Reforma del siglo XVI, en la teología liberal de los siglos XIX y XX (Adolf von Harnack) y en su fase actual.

      En su razonada conclusión reafirma la importancia decisiva del encuentro entre la fe cristiana y el helenismo. Algunos sostienen hoy que “la síntesis con el helenismo en la Iglesia antigua fue una primera inculturación, que no debería ser vinculante para las demás culturas. Éstas deberían tener derecho a volver atrás, hasta el momento previo a dicha inculturación, para descubrir el mensaje puro del Nuevo Testamento e inculturarlo de nuevo en sus ambientes respectivos. Esta tesis no es del todo falsa, pero sí rudimentaria e imprecisa (...) Ciertamente, en el proceso de formación de la Iglesia antigua hay elementos que no deben integrarse en todas las culturas. Sin embargo, las opciones fundamentales que atañen precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón humana forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde con su propia naturaleza”.

      El debate sobre la helenización del cristianismo es sólo uno de los puntos de contraste entre la fe cristiana y la razón moderna. Pero existen otros aspectos, entre los que destacan el proceso a Galileo, el encerramiento de la religión dentro de los límites de la razón pura a cargo de Kant, el enfrentamiento de la fe de la Iglesia con el liberalismo radical. Así lo expone el Santo Padre en otro importante discurso dedicado en gran parte a las relaciones entre razón y Fe, que tuvo lugar en el tradicional encuentro con la Curia Romana con ocasión de las fiestas de Navidad, el 22 de diciembre de 2005.

      También en esta reflexión de Benedicto XVI las oposiciones entre razón y Fe aparecen en la fluidez del dinamismo histórico. En concreto, después de un periodo de conflicto más fuerte, acontece un acercamiento mutuo, ya avanzada la edad moderna. Por parte de la racionalidad moderna, los cambios son: en el plano político surge otro modelo de Estado moderno fruto de la revolución de Estados Unidos, y en el campo científico, las ciencias naturales reflexionan sobre sus propios límites. Por parte de los creyentes, se desarrolla una doctrina social católica y algunos políticos católicos muestran con los hechos la posibilidad de un Estado moderno laico, pero no laicista.

      El Concilio Vaticano II opera una reconciliación de la Fe con las ciencias naturales y con el método histórico-crítico, y define de modo nuevo la relación entre Iglesia y Estado moderno, entre la libertad y la tolerancia en relación con otras religiones y sobre todo con la fe de Israel. De este modo los documentos conciliares determinan la dirección esencial para una nueva relación positiva entre razón y fe. “El paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de un modo muy impreciso se ha presentado como "apertura al mundo", pertenece en último término al problema perenne de la relación entre la fe y la razón, que se vuelve a presentar de formas siempre nuevas”.

      Desde esta perspectiva se alcanza a ver cómo la Encíclica “Fides et ratio” se enfrenta a una grave amenaza para el Occidente: la aversión hacia los interrogantes fundamentales de la existencia humana y de la realidad entera, la renuncia a alcanzar la verdad, el cansancio ante el razonamiento. “En el diálogo de las culturas —dice Benedicto XVI en la universidad de Ratisbona— invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente por nosotros mismos es la gran tarea de la universidad”.

      Concluyendo este primer punto, se puede afirmar que Benedicto XVI ha proseguido la reflexión de “Fides et ratio” tanto en sus aspectos históricos como en algunos puntos de gran actualidad, poniendo de relieve los elementos racionales contenidos en la fe e invitando a todos a examinarlos. A la vez en muchas ocasiones anima a las universidades a afrontar valientemente estas cuestiones fundamentales.

2. La colaboración entre la Fe y la racionalidad en los saberes y en las profesiones.

      Poco después de la publicación de “Fides et ratio”, en el ejercicio de mi labor universitaria, informada por la luz fundacional del Opus Dei de difundir la llamada universal a la santidad mediante la santificación del trabajo profesional ordinario, un grupo de profesionales —médicos, abogados, ingenieros, profesores, entrenadores deportivos, etc.— me pidió unas sesiones de comentario sobre la encíclica. Esa invitación me llevó a preguntarme de modo expreso: ¿Qué dice “Fides et ratio” a los profesionales y a los que cultivan las diversas ciencias?

      Esta pregunta me ha acompañado en mi trabajo a lo largo de estos diez años. Se trataba de releer el texto de Juan Pablo II para encontrar las claves fundamentales referentes a las ciencias particulares. Como es lógico, la encíclica trata con más extensión y detalle las relaciones entre fe y racionalidad en el plano de los saberes más universales: la filosofía y la teología. Sin embargo contiene además algunas indicaciones profundas sobre otros saberes, porque la fe no está en contacto sólo con la racionalidad filosófica, sino también con las ciencias particulares teóricas y prácticas.

      Juan Pablo II, con su rico bagaje intelectual universitario, mira a la sabiduría filosófica en su conexión con las ciencias y expone la necesidad de que “la filosofía encuentre de nuevo su dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último y global de la vida” (FR 81). De este modo ejercitará la función crítica de ayudar a las diversas ramas del saber científico a conocer su fundamento y su límite. Además podrá ser la “última instancia de unificación del saber y del obrar humano, impulsándolos a avanzar hacia un objetivo y un sentido definitivos” (FR 81).

      Esta dimensión sapiencial es hoy indispensable, “en la medida en que el crecimiento inmenso del poder técnico de la humanidad requiere una conciencia renovada y aguda de los valores últimos” (FR 81). Estas tareas requieren “una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental” (FR 83).

      A Juan Pablo II le preocupa la fragmentación del saber y de modo especial sus consecuencias de ruptura de la unidad interior del hombre. Está convencido de que “el hombre es capaz de llegar a una visión unitaria y orgánica del saber” (FR 85) y de que éste es uno de los cometidos que el pensamiento cristiano deberá afrontar a lo largo del tercer milenio (Cfr FR 85). La mención del milenio actual indica una conciencia de que se trata de un proceso intelectual y cultural largo y difícil.

      Hacia el final de la encíclica Juan Pablo II anima a los científicos y a los filósofos. A los investigadores científicos, a los que tanto debe la humanidad por el desarrollo actual, les exhorta a “continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte sapiencial en el cual los logros científicos y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos y éticos, que son una manifestación característica e imprescindible de la persona humana” (FR 106).

      También alienta a los creyentes dedicados a la filosofía: en este caso, para que “iluminen los diversos ámbitos de la actividad humana con el ejercicio de una razón que es más segura y perspicaz por la ayuda que recibe de la fe” (FR 106).

      Estos son algunos de los estímulos de la importante encíclica, que plantean cuestiones de peso para una mejor cooperación entre Fe y razón. Uno de ellos se refiere a la dispersión de los conocimientos Pero ¿qué significa fragmentación y unidad del saber? Ciertamente, la especialización es necesaria para el progreso humano. Eso lleva consigo la multiplicación de las ciencias, con sus propios métodos y lenguajes. Cuando hablamos de fragmentación añadimos algo más. Indicamos un modo de vivir la especialización y la sectorialidad, en el que faltan instrumentos para no alejarse de la unidad variada de la realidad entera y no perder de vista un punto tan central como es la persona humana. Si se cae en el aislamiento y no se cultiva la colaboración con los saberes vecinos y con aquellos que son más universales —la filosofía y la teología—, ¿no se corre el riesgo de considerar la propia parte como si fuese el todo y de absolutizar el propio método, imaginándolo como el único o el mejor?

      Un modo importante de superar la fragmentación es tener siempre como referencia fundamental a la persona —el “derecho humano subsistente”, en la célebre fórmula de Antonio Rosmini—, a cada ser humano, mujer u hombre, niño o anciano, de cualquier raza, cultura, condición económica, sano, enfermo, discapacitado.

      Eso explica la atención concedida a la dimensión ética de las profesiones y del obrar científico y técnico. En algunos casos asistimos al nacimiento de nuevas disciplinas: además de la bioética, surgen la tecnoética, la roboética, la neuroética, etc. En muchos países se reflexiona sobre los códigos deontológicos de los diversos colegios profesionales. Junto a ellos nacen nuevas disciplinas, como el bioderecho y luego la biopolítica, que a veces quiere suplantar la ética y el derecho.

      Junto a los efectos positivos de esta reflexión ética, se plantean algunas preguntas: ¿es suficiente el planteamiento ético, jurídico y político? ¿no convendría reflexionar más sobre la naturaleza misma de cada uno de los saberes y de las profesiones, en su estatuto antropológico y epistemológico? ¿la ética de una profesión o de un saber no se deriva de lo que esa profesión es en sí misma?

      En algunos países muchos profesionales manifiestan una inquietud por la debilitación de su conciencia personal de la dignidad de su trabajo. Como ustedes, he advertido esa desazón en conversaciones con médicos, juristas, políticos, ingenieros, farmacéuticos, militares, etc. No se trata sólo de una cuestión ética en algunos casos límite, sino también de la conciencia y del reconocimiento social de la identidad de la profesión.

      A mi modo de ver, la ética presupone e incluye una reflexión sobre la naturaleza misma del propio saber y profesión. Teniendo la mirada fija en la persona, la carrera universitaria de derecho comprende en muchas facultades desde hace siglos una filosofía del derecho. En bastantes lugares también los estudios universitarios de medicina incluyen una filosofía de la medicina, hoy día a veces como parte de las llamadas “humanidades biomédicas”. En estas materias se tratan aspectos epistemológicos: ¿qué tipo de saber es el derecho? ¿es teórico y práctico a la vez? ¿qué significa “lo justo”? Pero también dimensiones antropológicas: la función de la justicia en la sociedad humana, las repercusiones educativas de la ley humana, etc. O en el caso de la medicina: ¿qué es la salud y qué es la enfermedad en el conjunto de la persona humana entera? ¿cuál es la función del médico?

      Estas preguntas llevan a delimitar bien los niveles de conocimiento. Elaborar una filosofía de la medicina, de la técnica o de la ingeniería, de la comunicación, de la formación, etc. como saber y como profesión permite encarar explícitamente cuestiones de algún modo presupuestas por la ética y puede facilitar el debate público para que no se centre exclusivamente en las posiciones éticas, cuando estas son consideradas erróneamente como elecciones subjetivas.

      En este sentido, es muy necesario defender el derecho a la objeción de conciencia, pero es también muy importante la elaboración de argumentaciones rigurosas y concretas sobre los problemas, sin limitarse a una genérica apelación a una visión humanista cristiana. Recientemente la profesora Natalia López Moratalla ha dicho con acierto que en muchos casos en realidad no es una objeción de conciencia, en nombre de una convicción individual, sino una “objeción de ciencia”, porque se basa en conocimientos científicos. Por ejemplo, la presencia de un nuevo ser humano se basa en la aparición de un nuevo DNA[9].

      Una filosofía del propio saber puede ser un modo de concretar las indicaciones de Juan Pablo II sobre la función crítica de la filosofía para ayudar a las diversas ramas del saber científico a conocer su fundamento y su límite —aspecto epistemológico— y la función de unificación del saber y del obrar humano, impulsándolos a avanzar hacia un objetivo y un sentido definitivos —aspecto antropológico más amplio.

      Conocer bien la especificidad del propio método científico de investigación lleva a ver sus ventajas, su campo de aplicación y sus límites, es decir aquello para lo que no está pensado ni capacitado. Reflexionar explícitamente sobre la peculiar conjunción de ciencia y de arte práctica en las diversas profesiones es también una contribución al progreso humano.

3. El papel de la filosofía y de la teología

      Entramos en el tercero y último punto, más breve. En realidad en el punto anterior he hablado casi sólo de filosofía y lo he hecho con un estilo más bien aristotélico, por cierto apreciado por pensadores como R. Carnap, J.-F. Lyotard o J. Habermas. Es decir, partiendo de las ciencias particulares ir hacia un examen responsable de los presupuestos.

      Es bien sabido que una respuesta a la fragmentación han sido los programas de investigación interdisciplinares. La rígida separación plurisecular entre las facultades universitarias ha  sido bien criticada hace pocos años por A. MacIntyre. Desde hace algunos años tiende lentamente a ser superada, pero en algunas ocasiones con escasa participación de la filosofía —especialmente en su dimensión metafísica— y muchas veces con la ausencia de la teología.

      En el ya citado discurso a la Universidad La Sapienza, Benedicto XVI recuerda que en las universidades medievales a las Facultades de filosofía y de teología “se encomendaba la búsqueda sobre el ser hombre en su totalidad y, con ello, la tarea de mantener despierta la sensibilidad por la verdad. Se podría decir incluso que este es el sentido permanente y verdadero de ambas Facultades: ser guardianes de la sensibilidad por la verdad, no permitir que el hombre se aparte de la búsqueda de la verdad”.

      No es fácil expresar esa misión de la sabiduría de manera más bella. Sin embargo, a renglón seguido el Santo Padre se pregunta: “¿cómo pueden dichas Facultades cumplir esa tarea? Esta pregunta exige un esfuerzo permanente y nunca se plantea ni se resuelve de manera definitiva. En este punto, pues, tampoco yo puedo dar propiamente una respuesta. Sólo puedo hacer una invitación a mantenerse en camino con esta pregunta, en camino con los grandes que a lo largo de toda la historia han luchado y buscado, con sus respuestas y con su inquietud por la verdad, que remite continuamente más allá de cualquier respuesta particular”.

      Sobre la filosofía he intentado decir algo de lo que puede significar ese “mantenerse en camino con esta pregunta, en camino con los grandes”. Pero ¿y la teología? ¿cómo puede hacerlo?

      Porque el filosofar sigue un camino ascendente, o si se quiere hacia abajo examinando los fundamentos, pero siempre partiendo de la experiencia ordinaria y de las ciencias particulares. Por eso he propuesto “pensar junto a los científicos”, como deseaba Karl Jaspers. Luego se puede volver al punto de partida con una nueva luz. En Sant’Ivo alla Sapienza, la Iglesia de la primera universidad de Roma, hay una bellísima y singular cúpula de Borromini, que asciende en movimiento espiral hasta el punto más alto, en el que está la Cruz que corona toda iglesia. Una representación magnífica de la sabiduría: volar como las águilas en un camino circular siempre hacia arriba y luego descender. Ese recorrido se puede subir y bajar. Lo específico de la filosofía es la ascensión ardua.

      En cambio la teología cristiana, como participación de la misma ciencia divina, considera la realidad creada desde Dios. Sigue por tanto de suyo un orden descendente e ilumina desde lo alto. Sin embargo esa participación de la Sabiduría, a causa de la limitación de la inteligencia humana, necesita del ejercicio de la racionalidad, especialmente de los argumentos de razón a nivel filosófico.

      La gran novedad de la teología se concentra en Cristo, Hijo Unigénito del Padre que ha asumido la naturaleza humana para salvarnos sobre todo con el máximo “exceso” del amor divino, que es la Cruz, seguida de la Resurrección a la Vida gloriosa. Especialmente con la Cruz y la Eucaristía se nos hace manifiesta la realidad sublime de la Filiación divina. Cristo crucificado y glorificado y presente en la historia revela plenamente qué es la persona humana y la verdad profunda de todo lo creado. Con palabras de la liturgia: lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce! «¡claridad en la Cruz, descanso en la Cruz, alegría en la Cruz!». La Cruz ilumina toda la realidad. Todos los saberes en su conjunto necesitan esta luz.

      Pero Dios no destruye el orden natural de la realidad que Él ha creado con amorosa sabiduría. La teología proyecta su luz en todo con la mediación de la filosofía. Como decía antes, no se trata de un defecto de la Revelación, sino de que la gracia no destruye la naturaleza sino que la sana y eleva a un estado más alto.

      Pero la sabiduría natural debe tener conciencia de los propios límites. Sabiduría es también apertura al misterio. “La filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante trascenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la “locura” de la Cruz la auténtica crítica de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema. La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio en el cual ambas pueden encontrarse” (FR 23).

      Benedicto XVI lo ha expresado con una fórmula feliz y profunda: “Yo diría que la idea de santo Tomás sobre la relación entre la filosofía y la teología podría expresarse en la fórmula que encontró el concilio de Calcedonia para la cristología: la filosofía y la teología deben relacionarse entre sí "sin confusión y sin separación"” .

      "Sin confusión" significa que ambas deben conservar su identidad propia. "Sin separación" implica que la filosofía no es fruto del sujeto pensante aislado, sino que se desarrolla en el gran diálogo de la sabiduría histórica, sin “cerrarse ante lo que las religiones, y en particular la fe cristiana, han recibido y dado a la humanidad como indicación del camino”.

      La fe y la teología son una fuerza purificadora para la razón misma, que la ayuda a ser más ella misma. El hombre es sanado y confortado por la fe, en cuanto sujeto que nace con la vocación a la verdad. Pero además el contenido de la Revelación amplía sus horizontes con la filiación divina y la identificación con Cristo, y le aclara también un panorama no inaccesible para la razón humana, pero difícil: el que se refiere a las realidades espirituales y personales, como quiso formularlo Romano Guardini.

      He mencionado la necesidad de la mediación filosófica para una eficaz iluminación de la teología en todos los campos científicos. Termino con el auspicio de que crezca en los nos dedicamos a la teología y a la filosofía la modestia y la apertura para escuchar a los que cultivan las ciencias particulares. También así se puede facilitar a los científicos que no se cierren a los niveles no empíricos de la realidad sino que vivan esa ampliación de la racionalidad que Benedicto XVI propone a todos, pero especialmente a las universidades como una gran aventura.

13 agosto 2012


9 preguntas sobre el Año de la Fe


El próximo 11 de octubre iniciará el Año de la Fe, convocado por Benedicto XVI. Pero, ¿de qué se trata? ¿qué desea el Santo Padre? ¿qué se puede hacer?

      Respuestas a las preguntas que surgen a dos meses del inicio.
1. ¿Qué es el Año de la Fe?
      El Año de la Fe «es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo» (Porta Fidei, 6).

2. ¿Cuándo inicia y termina?

      Inicia el 11 de octubre de 2012 y terminará el 24 de noviembre de 2013.

3. ¿Por qué esas fechas?

      El 11 de octubre coinciden dos aniversarios: el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el 20 aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. La clausura, el 24 de noviembre, será la solemnidad de Cristo Rey.

4. ¿Por qué el Papa ha convocado este año?

      «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas». Por eso, el Papa invita a una «auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo». El objetivo principal de este año es que cada cristiano «pueda redescubrir el camino de la fe para poner a la luz siempre con mayor claridad la alegría y el renovado entusiasmo del encuentro con Cristo».
5. ¿Qué medios ha señalado el Santo Padre?
      Como expuso en el Motu Proprio Porta Fidei: Intensificar la celebración de la fe en la liturgia, especialmente en la Eucaristía; dar testimonio de la propia fe; y redescubrir los contenidos de la propia fe, expuestos principalmente en el Catecismo.

6. ¿Dónde tendrá lugar?

      Como dijo Benedicto XVI, el alcance será universal. «Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo».

7. ¿Dónde encontrar indicaciones más precisas?

      En una nota publicada por la Congregación para la doctrina de la fe. Ahí se propone, por ejemplo:
− Alentar las peregrinaciones de los fieles a la Sede de Pedro;
− Organizar peregrinaciones, celebraciones y reuniones en los principales Santuarios.
− Realizar simposios, congresos y reuniones que favorezcan el conocimiento de los contenidos de la doctrina de la Iglesia Católica, y mantengan abierto el diálogo entre fe y razón.
− Leer o releer los principales documentos del Concilio Vaticano II.
− Acoger con mayor atención las homilías, catequesis, discursos y otras intervenciones del Santo Padre.
− Promover trasmisiones televisivas o radiofónicas, películas y publicaciones, incluso a nivel popular, accesibles a un público amplio, sobre el tema de la fe.
− Dar a conocer los santos de cada territorio, auténticos testigos de fe.
− Fomentar el aprecio por el patrimonio artístico religioso.
− Preparar y divulgar material de carácter apologético para ayudar a los fieles a resolver sus dudas.
− Eventos catequéticos para jóvenes que transmitan la belleza de la fe.
− Acercarse con mayor fe y frecuencia al sacramento de la Penitencia.
− Usar en los colegios el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.
− Organizar grupos de lectura del Catecismo y promover su difusión y venta.

8. ¿Qué documentos puedo leer por ahora?

      El motu proprio de Benedicto XVI Porta Fidei; 

9. ¿Dónde puedo obtener más información?
      El sitio web AnnusFidei.va