24 diciembre 2012


''ISABEL, ACOGIENDO A MARÍA, RECONOCE QUE SE ESTÁ CUMPLIENDO LA PROMESA DE DIOS A LA HUMANIDAD''


El Papa ayer en el Ángelus



¡Queridos hermanos y hermanas!
En este cuarto domingo de Adviento, que se anticipa por poco a la Natividad del Señor, el evangelio narra la visita de María a su pariente Isabel. Este episodio no es un simple gesto de cortesía, sino que muestra de modo muy simple el encuentro entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las dos mujeres, ambas embarazadas, encarnan la esperanza y al Esperado. La anciana Isabel simboliza a Israel en espera del Mesías, mientras que la joven María trae en sí misma el cumplimiento de esta espera, en beneficio de toda la humanidad. En las dos mujeres se encuentran y se reconocen ante todo, los frutos de sus vientres, Juan y Cristo.
Comenta así el poeta cristiano Prudencio: "El bebé que está en el vientre anciano saluda, a través de la boca de su madre, al Señor, hijo de la Virgen" (Apotheosis, 590: PL 59, 970). La exultancia de Juan en el vientre de Isabel, es el signo del cumplimiento de la espera: Dios está por visitar a su pueblo.
En la Anunciación, el arcángel Gabriel le habló a María del embarazo de Isabel (cf. Lc. 1,36), como prueba del poder de Dios: la infertilidad, a pesar de su avanzada edad, había sido trasformada en fecundidad. Isabel, acogiendo a María, reconoce que se está cumpliendo la promesa de Dios a la humanidad y exclama: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? " (Lc. 1,42-43).
La expresión "bendita tu entre las mujeres" es dicha en el Antiguo Testamento a Yael (Jueces 5,24) y a Judit (Jdt. 13,18), dos mujeres guerreras comprometidas en salvar a Israel. Esta vez, está dirigido a María, jovencita pacífica que está por generar al Salvador del mundo. Así también el salto de alegría de Juan (cf. Lc. 1,44) se refiere a la danza que el rey David hizo cuando acompañó la entrada del Arca de la Alianza en Jerusalén (cf. 1 Cro. 15,29). El arca, que contenía las tablas de la Ley, el maná y la vara de Aarón (cf. Hb. 9,4), era el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El niño por nacer, Juan, exulta de alegría ante María, Arca de la Nueva Alianza, que lleva en el vientre a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.
La escena de la Visitación también expresa la belleza de la acogida: donde hay acogida recíproca, escucha, un hacer sitio al otro, allí está Dios y la alegría que viene de Él.
Imitemos a María en el tiempo de Navidad, visitando a quienes pasan por dificultades, especialmente a los enfermos, a los encarcelados, a los ancianos y a los niños. También imitemos a Isabel, que recibe a sus huéspedes como si fuera Dios mismo: sin desearlo no conoceremos nunca al Señor; sin esperarlo no lo veremos, sin buscarlo no lo encontraremos.
Con la misma alegría de María, que va rápido donde Isabel (cf. Lc. 1,39), también nosotros vayamos al encuentro del Señor que viene. Oremos para que todos los hombres busquen a Dios, descubriendo que es Dios mismo el primero en visitarnos. A María, Arca de la Nueva y Eterna Alianza, confiamos nuestro corazón, para que lo haga digno de recibir la visita de Dios en el misterio de su Nacimiento.

A QUIENES LO ACOGEN LOS HACE HIJOS DE DIOS


Padre Jesús Álvarez ( Evangelio Natividad del Señor/C )

“Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.  Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.  En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera  que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1,1-18)
La Navidad es la fiesta entrañable del misterio de la salvación puesto a nuestro alcance, gracias al amor infinito y a la fidelidad inquebrantable de Dios para con nosotros, pues Cristo resucitado comparte día a día nuestra vida para eternizarla en la felicidad sin fin del Paraíso.
El nacimiento del Hijo de Dios en carne mortal cobra su pleno sentido en la perspectiva de la Resurrección, la cual fue el “nacimiento” definitivo de Cristo para la vida eterna. Nacimiento-resurrección que Él anhela compartir con nosotros, pues para eso se encarnó, vivió y murió, movido por su amor infinito por mí, por ti, por todos los humanos. “Me amó y se entregó por mí” (San Pablo).
La Navidad es la fiesta para celebrar y agradecer el inmenso beneficio que Dios nos hace al darnos a su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo” para hacernos hijos suyos y herederos con él de la vida eterna. Es la fiesta en la que tomamos mayor conciencia de que Dios comparte nuestra historia personal y humana. Él “puso su tienda entre nosotros” y se compromete a vivir con nosotros todos los días, como la Luz verdadera que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo”, y como amor infinito.
Pero gran parte de los humanos, engañados por las fuerzas del mal, se hacen cómplices de ellas, y siembran las tinieblas de la injusticia, del hambre, del odio, de la guerra, de la pobreza, del orgullo, del atropello de contra los inocentes, de la impiedad…
Sin embargo, el Salvador se compromete a llevar a la vida eterna a todos los que lo acogen, para compartir con ellos la inmensa felicidad sin fin en la Familia Trinitaria.
La Navidad hoy se revive sobre todo en el acto sencillo y a la vez sublime de la Eucaristía y de la comunión, que son presencia real y privilegiada de Jesús, donde se realiza de forma especial lo dicho por el evangelista Juan: “A quienes lo acogieron, les dio la capacidad de ser hijos de Dios”. Así nos preparamos a la Navidad eterna que Jesús quiere compartir con nosotros mediante la resurrección.
Pero quienes se cierran a la presencia real y actual del Redentor resucitado, Dios-con-nosotros, hacen inútil la Navidad:“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. La alegría bullanguera de lo externo, vacía de sentido la fiesta. Tal vez tienen una imagen de yeso del niño Dios, y dejan fuera de la fiesta y del corazón al que la imagen representa. Eso es idolatría.
Pero “dichosos ustedes porque han oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios”, nos dice san Ambrosio. Somos cuna y templo del Salvador, y en nosotros lo adoran los ángeles como en Belén y en el cielo. Dichosa realidad para vivir con amorosa y eterna gratitud.

22 diciembre 2012


''LES ANUNCIO UNA GRAN ALEGRÍA''



P. Raniero Cantalamessa 3ª predicación de Adviento 


Después de reflexionar sobre la gracia del Año de la Fe y sobre el aniversario del Vaticano II, dedicamos esta última meditación de Adviento al tercer gran tema del año, la evangelización. El papa ha invitado a la Iglesia a hacer de este año una oportunidad para redescubrir "la alegría del encuentro con Cristo", la alegría de ser cristianos. Haciéndome eco de esta exhortación, voy a hablar de cómo evangelizar a través de la alegría. Lo hago permaneciendo lo más posible, en relación al tiempo litúrgico que vivimos, de modo que sirva también como preparación para la Navidad.
1. La alegría escatológica
En los "evangelios de la infancia", Lucas, "inspirado por el Espíritu Santo", ha conseguido no solo presentarnos los hechos y los personajes, sino también recrear la atmósfera y el estado de ánimo en que se vivieron esos acontecimientos. Uno de los elementos más evidentes de este mundo espiritual es la alegría. La piedad cristiana no se equivocó cuando llamó a los hechos de la infancia de Jesús, los «misterios gozosos», misterios de la alegría.
En Zacarías, el ángel promete que habrá "alegría y gozo" por el nacimiento de su hijo y que muchos "se alegrarán" por él (cf. Lc. 1, 14). Hay una palabra griega que, a partir de este momento, volverá a aparecer en la boca de varios personajes, como una especie de tono continuo y es el término agallìasis, que significa "la alegría escatológica por la irrupción del tiempo mesiánico." Ante el saludo de María, la criatura "exultó de alegría" en el vientre de Isabel (Lc. 1, 44), preanunciando, por lo tanto, la alegría del "amigo del esposo" por la presencia del novio (Jn. 3, 29s) . La nota alcanza un primer alto en el grito de María: "¡Mi espíritu se alegra (egallìasen) en Dios!" (Lc. 1, 47); se extiende a través de la alegría calma de los amigos y de los parientes en torno a la cuna del Precursor (cf. Lc. 1, 58), para finalmente explotar con toda su fuerza, en el nacimiento de Cristo, en el grito de los ángeles a los pastores: "Les anuncio una gran alegría" (Lc. 2, 10).
No se trata solo de algunas referencias dispersas de alegría, sino de un ímpetu de alegría calma y profunda que atraviesa los "evangelios de la infancia" de principio a fin, y se expresa de muchas y diferentes maneras: en el impulso con el que María se levanta para ir donde Isabel y de los pastores para ir a ver al Niño, en los gestos humildes y típicos de la alegría, que son las visitas, los augurios, los saludos, las felicitaciones, los regalos. Pero, sobre todo, se expresa en el estupor y en la gratitud conmovida de estos protagonistas: "¡Dios ha visitado a su pueblo! [...] ¡Se ha acordado de su santa alianza. Lo que todos los fieles habían pedido --que Dios recuerde sus promesas--, ¡ya sucedió! Los personajes de los "evangelios de la infancia" parecen moverse y hablar en la atmósfera del sueño cantado en el Salmo 126, el salmo de la vuelta del exilio:
"Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.
Hasta los mismos paganos decían:
«¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!».
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría! "
María hace suya la última expresión de este salmo, cuando exclama, "Ha hecho en mi favor cosas grandes, el Todopoderoso". Estamos ante el ejemplo más puro de la "sobria embriaguez" del Espíritu. La suya es una verdadera "embriaguez" espiritual, pero es "sobria". No se exaltan, no se preocupan en tener un puesto más o menos importante en el incipiente Reino de Dios. No se preocupan siquiera en ver el final; Simeón, de hecho, dice que el Señor ahora puede dejarlo incluso ir en paz, que desaparezca. Lo que importa es que la obra de Dios avance, no importa si con ellos o sin ellos.
2. De la liturgia a la vida
Pasemos ahora de la Biblia y de la liturgia a la vida, a la cual se dirige siempre la palabra de Dios. La intención del evangelista Lucas no es solo de narrar, sino también de involucrar a la audiencia y atraerla, como a los pastores, a una alegre procesión a Belén. "Quien lee estas líneas --dice un exegeta moderno--, está llamado a compartir la alegría; solo la comunidad concelebrante de los creyentes en Cristo, y de sus fieles, puede estar a la altura de estos textosi."
Esto explica por qué los evangelios de la infancia tienen tan poco que decir a quien busca en ellos sólo la historia y tienen en cambio tanto que decir a quien busca en ellos también el significado de la historia, como hace el santo padre en su último volumen sobre Jesús. Hay muchos hechos que acaecieron pero no son “históricos” en el sentido mas alto del término, porque no han dejado traza en la historia, no han creado nada. Los hechos relativos al nacimiento de Jesús son hechos históricos en el sentido más fuerte, porque no sólo acaecieron, sino que incidieron, y en modo determinante, en la historia del mundo.
Regresamos al tema de la alegría. ¿De dónde nace la alegría? La fuente última de la alegría es Dios, la Trinidad. Pero nosotros estamos en el tiempo y Dios está en la eternidad; ¿cómo puede fluir la alegría entre estos dos planos así distantes? De hecho, si escudriñamos mejor la Biblia, descubrimos que la fuente inmediata de la alegría está en el tiempo: es el actuar de Dios en la historia. ¡Dios que actúa! En el punto donde "cae" una acción divina, se produce como una vibración y una ola de alegría que se extiende, después, por generaciones, incluso --en el caso de las acciones dadas por la revelación--, para siempre.
La acción de Dios es, cada vez, un milagro que llena de maravilla el cielo y la tierra: "¡Alégrate cielo; Yahvé lo ha hecho! --dice el profeta--, ¡clamen , profundidades de la tierra!" (Is. 44, 23; 49, 13). La alegría que viene del corazón de María y de los otros testigos de los inicios de la salvación, se basa toda ella en este motivo: ¡Dios ha auxiliado a Israel! ¡Dios ha actuado! ¡Ha hecho cosas grandes!
¿Cómo puede, esta alegría por la acción de Dios, alcanzar a la Iglesia de hoy y contagiarla? Lo hace, en primer lugar, a través de la memoria, en el sentido de que la Iglesia "recuerda" las maravillas de Dios en su favor. La Iglesia está invitada a hacer suyas las palabras de la Virgen, "Ha hecho en mi favor cosas grandes, el Todopoderoso". El Magnificat es el cántico que María cantó primero, como corifea, y ha dejado a la Iglesia que la prolongue por los siglos. ¡Grandes cosas ha hecho, en realidad, el Señor por la Iglesia, en estos veinte siglos!
Tenemos, en cierto sentido, más razones objetivas para regocijarnos, de las que tenían Zacarías, Simeón, los pastores y, en general, toda la Iglesia primitiva. Esta comenzó "esparciendo la semillapara la siembra", como lo dice el Salmo 126 mencionado anteriormente; había recibido las promesas: "¡Yo estoy con ustedes!" y los encargos: "¡Vayan por todo el mundo!". Nosotros hemos visto el cumplimiento. La semilla creció, el árbol del Reino se ha hecho inmenso. La Iglesia de hoy es como el sembrador que "vuelve con alegría, trayendo sus gavillas".
¡Cuántas gracias, cuántos santos, cuánta sabiduría de doctrina y riqueza de instituciones, cuánta salvación obrada en ella y por ella! ¿Cuál palabra de Cristo no ha encontrado su perfecto cumplimiento? Ha encontrado cierto cumplimiento la palabra:"En el mundo tendrán tribulación" (Jn. 16, 33), pero también la ha encontrado las palabras: "Las puertas del infierno no prevalecerán" (Mt. 16, 18).
¿Con derecho puede la Iglesia hacer suyo, ante las filas sinnúmero de sus hijos, la maravilla de la antigua Sión y decir: “¿Quién me ha dado a luz a estos? Yo no tenía hijos y era estéril; ¿y a estos quién los crió?" (Is. 49, 21). ¿Quién, mirando hacia atrás con los ojos de la fe, no ve cumplidas perfectamente en la Iglesia las palabras proféticas dirigidas a la nueva Jerusalén, reconstruida después del exilio?: "Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos vienen de lejos [...]. Tus puertas, siempre abiertas, [...] para que entren a ti las riquezas de los pueblos" (Is. 60, 4.11).
¡Cuántas veces la Iglesia ha tenido que ampliar, en estos veinte siglos --aunque si no siempre, sí ha sucedido con prontitud y sin resistencia--, el "espacio de su tienda", es decir, la capacidad de acoger, para dejar entrar la riqueza humana y cultural de los diversos pueblos! Para nosotros, hijos de la Iglesia que nos nutrimos "por la abundancia de su pecho", se nos dirige la invitación del profeta a alegrarnos por la Iglesia, a "llenarnos de alegría por ella", después de haber asistido a su duelo (cf. Is. 66,10).
La alegría por la acción de Dios llega, por lo tanto a nosotros, los creyentes de hoy, a través de la memoria, porque vemos las grandes cosas que Dios ha hecho por nosotros en el pasado. Pero nos llega también de otra manera no menos importante: a través de la presencia, ya que constatamos que incluso ahora, en el presente, Dios está obrando entre nosotros, en la Iglesia.
Si la Iglesia quiere encontrar, en medio de todas las angustias y las tribulaciones que la afligen, la vía del coraje y de la alegría, debe abrir bien los ojos sobre lo que Dios está haciendo hoy en ella. El dedo de Dios, que es el Espíritu Santo, está escribiendo todavía en la Iglesia y en las almas y está escribiendo historias maravillosas de santidad, de tal manera que un día --cuando desaparezca todo lo negativo y el pecado--, harán, tal vez, ver a nuestro tiempo con asombro y santa envidia.
¿Actuando así, cerramos quizá los ojos a los tantos males que afligen a la Iglesia y a las traiciones de tantos de sus ministros? No, pero desde el momento en que el mundo y sus medios de comunicación no destacan, de la Iglesia, sino estas cosas, es bueno por una vez elevar la mirada y ver también su lado luminoso, su santidad.
En cada época --incluso en la nuestra--, el Espíritu dice a la Iglesia, como en la época del Deuteroisaías: "Pues desde ahora te cuento novedades , secretos que no conocías; cosas creadas ahora, no antes, que hasta ahora no habías oído" (Is. 48, 6-7). ¿No es una "cosa nueva y secreta", este poderoso aliento del Espíritu que reanima el pueblo de Dios y despierta en medio de este, carismas de todo tipo, ordinarios y extraordinarios? ¿Este amor por la palabra de Dios? ¿Esta participación activa de los laicos en la vida de la Iglesia y en la evangelización? ¿El compromiso constante del magisterio y de tantas muchas organizaciones en favor de los pobres y de los que sufren, y el deseo de reparar la unidad rota del Cuerpo de Cristo? ¿En qué época pasada, la Iglesia ha tenido una serie de papas doctos y santos como desde hace un siglo y medio a hoy, y tantos mártires de la fe?
3. Una relación diferente entre la alegría y el dolor
Del plano eclesial pasamos al plano existencial y personal. Hace unos años hubo una campaña promovida por el ala del ateísmo militante, cuyo eslogan publicitario, publicado en el transporte público de Londres, decía: "Probablemente Dios no existe. Así que deja de atormentarte y disfruta de la vida": “There’s probably no God. Now stop worrying and enjoy your life”.
El elemento más insidioso de este slogan no es la premisa "Dios no existe" (que debe ser probado), sino la conclusión: "¡Disfruta de la vida!". El mensaje subyacente es que la fe en Dios impide disfrutar de la vida, es enemiga de la alegría. ¡Sin este habría más felicidad en el mundo! Tenemos que dar una respuesta a esta insinuación que mantiene alejados de la fe sobre todo a los jóvenes.
Jesús ha obrado, en el plano de la alegría, una revolución de la que es difícil exagerar el alcance y que puede ser de gran ayuda en la evangelización. Es una idea que creo ya haber dicho en este mismo lugar, pero el tema lo requiere. Hay una experiencia humana universal: en esta vida placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que, cuando al alzarse una ola en el mar, le sigue una disminución y un vacío que succiona al náufrago. "Un no sé qué de amargo --escribió el poeta pagano Lucrecio--, surge del íntimo mismo de cada placer y nos angustia en medio de las delicias"ii. El uso de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida, proporcionan la embriaguez del placer, pero conducen a la disolución moral, y a menudo también física, de la persona.
Cristo ha invertido la relación entre el placer y el dolor. El "por el gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo" (Hb. 12,2). Ya no es un placer que termina en sufrimiento, sino un sufrimiento que lleva a la vida y a la alegría. No se trata solo de una diferente sucesión de las dos cosas; es la alegría, de este modo, la que tiene la última palabra, no el sufrimiento, y una alegría que durará para siempre. "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte no tiene ya señorío sobre él" (Rm. 6,9). La cruz termina con el Viernes Santo, la dicha y la gloria del Domingo de Resurrección se extienden para siempre.
Esta nueva relación entre sufrimiento y placer se refleja incluso en la forma de referirse al tiempo en la Biblia. En el cálculo humano, el día empieza con la mañana y termina de noche; para la Biblia comienza con la noche y termina con el día: "Y fue la tarde y fue la mañana del primer día", dice el relato de la creación (Gn. 1,5). Incluso en la liturgia, la solemnidad comienza con las vísperas de la vigilia. ¿Qué quiere decir esto? Que sin Dios, la vida es un día que termina en la noche; con Dios, es una noche (a veces una "noche oscura"), pero termina en el día, y un día sin ocaso.
Pero hay que evitar una fácil objeción: ¿la alegría es por lo tanto solo después de la muerte? ¿Esta vida no es, para los cristianos, más que un "valle de lágrimas"? Al contrario, ninguno experimenta en esta vida la verdadera alegría como los verdaderos creyentes. Se dice que un día un santo clamó a Dios: "¡Basta con la alegría! Mi corazón no la puede contener más". Los creyentes, exhorta el Apóstol, son "spe gaudentes", gozosos en la esperanza (Rm. 12, 12), que no significa solo que "esperan ser felices" (por supuesto, en el más allá), sino también que "son felices de esperar", felices ya ahora, gracias a la esperanza.
La alegría cristiana es interior; no viene desde fuera, sino desde dentro, como algunos lagos alpinos que se alimentan, no por un río que fluye desde el exterior, sino a partir de una fuente de agua que brota desde su mismo fondo. Nace del actuar misterioso y presente de Dios en el corazón humano en gracia. Puede hacer por lo tanto, que se abunde de alegría incluso en los sufrimientos (cf. 2 Co. 7, 4). Es "fruto del Espíritu" (Ga. 5, 22; Rm. 14, 17) y se expresa en la paz del corazón, plenitud de sentido, capacidad de amar y de ser amado, y por encima de todo, en la esperanza, sin la cual no puede haber alegría.
En 1972, el Consejo de Europa, a propuesta de Herbert von Karajan, adoptó como himno oficial de la Europa unida el Himno a la Alegría que concluye la Novena Sinfonía de Beethoven. Este es sin duda uno de los picos de la música mundial, pero la alegría que allí se canta es una alegría deseada, no realizada; es un grito que se eleva desde el corazón humano, más que una respuesta a la misma.
En el himno de Schiller, que inspiró la letra del mismo, se leen palabras inquietantes: "Aquellos que han tenido la dicha de tener un amigo o una buena esposa, que ha conocido, aunque sea por una hora, qué cosa es el amor, estos se acerquen entonces; pero quien no ha sabido nada de todo esto, mejor que se aleje, llorando, de nuestro círculo". Como se puede ver, la alegría que los hombres "beben de los pechos de la naturaleza" no es para todos, sino solo para algunos privilegiados de la vida.
Estamos lejos del lenguaje de Jesús que dice: "Vengan a mí todos los que estan fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso" (Mt. 11, 28). El verdadero himno cristiano a la alegría es el Magnificat de María. Este habla de una exultanza (agalliasis) del espíritu por lo que Dios ha hecho en ella, y lo hace para todos los humildes y los hambrientos de la tierra.
4. Testimoniar la alegría
Esta es la alegría de la que tenemos que dar testimonio. El mundo busca la alegría. "Al solo escucharla nombrar --escribe san Agustín--, todos se alzan y te miran, por así decirlo, a las manos, para ver si eres capaz de dar algo a su necesidadiii". Todos queremos ser felices. Es lo que es común a todos, buenos y malos. Quien es bueno, es bueno para ser feliz; quién es malo no sería malo sino esperase del poder, para así, ser feliziv. Si todos amamos la alegría es porque, de alguna manera misteriosa, la hemos conocido; si en realidad no la hubiésemos conocido --si no fuésemos hechos por ella--, no la amaríamosv. Este anhelo de la alegría es el lado del corazón humano naturalmente abierto a recibir el "mensaje alegre".
Cuando el mundo llama a la puerta de la Iglesia --incluso cuando lo hace con violencia y con ira--, es porque busca la alegría. Los jóvenes sobretodo buscan la alegría. El mundo a su alrededor es triste. La tristeza, por así decirlo, nos toma de la garganta, en la Navidad más que en el resto del año. No es una tristeza que depende de la falta de bienes materiales, porque es mucho más evidente en los países ricos que en los pobres.
En Isaías leemos estas palabras, dirigidas al pueblo de Dios: "Dicen sus hermanos que los odian, que los rechazan a causa de mi Nombre: que Yahvé muestre su gloria y participemos de su alegría" (Is. 66, 5). El mismo desafío enfrenta silenciosamente al pueblo de Dios, aún hoy. Una Iglesia melancólica y temerosa no estaría, por lo tanto, a la altura de su tarea; no podría responder a las expectativas de la humanidad y especialmente de los jóvenes.
La alegría es el único signo que incluso los no creyentes son capaces de percibir y que puede meterlos seriamente en crisis. No tanto los argumentos y los reproches. El testimonio más hermoso que una esposa puede dar a su marido es un rostro que muestre la alegría, porque eso dice, por sí mismo, que él ha sido capaz de llenar su vida, de hacerla feliz. Este es también el testimonio más hermoso que la Iglesia puede prestar a su Esposo divino.
San Pablo, dirigiéndole a los cristianos de Filipos aquella invitación a la alegría que da el tono a toda la tercera semana de Adviento: "Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres". explica también cómo se puede ser testigo, en la práctica, de esta alegría: "Que su afabilidad –dice--, sea conocida de todos los hombres" (Flp. 4, 4-5). La palabra "afabilidad" traduce aquí un término griego (epieikès), que indica todo un conjunto de actitudes conformado de misericordia, indulgencia, capacidad de saber ceder, de no ser obstinado. (¡Es la misma palabra de la que se deriva la palabra epicheia, usada en el derecho!).
Los cristianos dan testimonio, por lo tanto, de la alegría cuando ponen en práctica estas disposiciones; cuando, evitando cualquier amargura e inútil resentimiento en el diálogo con el mundo y con los demás, saben irradiar confianza, imitando de esta forma, a Dios, que hace llover su agua también sobre los injustos. Quien es feliz, por lo general, no es amargo, no siente la necesidad de puntualizar todo y siempre; sabe relativizar las cosas, porque conoce de algo que es aún más grande. Pablo VI, en su "Exhortación apostólica sobre la alegría", escrita en los últimos años de su pontificado, habla de una "visión positiva sobre las personas y sobre las cosas, fruto de un espíritu humano iluminado y del Espíritu Santo.vi"
Incluso dentro de la Iglesia, no solo hacia los que están fuera, existe una necesidad imperiosa del testimonio de la alegría. San Pablo dijo de sí mismo y de los demás apóstoles: "No es que pretendamos dominar por encima de su fe, sino que contribuimos a su gozo" (2 Co. 1, 24). ¡Qué maravillosa definición de la tarea de los pastores de la Iglesia! Colaboradores de la alegría: aquellos que infunden seguridad a las ovejas del rebaño de Cristo, los capitanes valientes, con su sola mirada tranquila, alientan a los soldados implicados en la lucha.
En medio de las pruebas y los desastres que afligen a la Iglesia, sobre todo en algunas partes del mundo, los pastores pueden repetir, incluso hoy en día, esas palabras que Nehemías, un día, después del exilio, dirigió al pueblo de Israel abatido y en llanto: "No estén tristes ni lloren [...], porque la alegría de Yahvé es su fortaleza" (Ne 8, 9-10).
Que la alegría del Señor, Santo Padre, venerables padres, hermanos y hermanas, sea realmente, nuestra fuerza, la fuerza de la Iglesia. ¡Feliz Navidad!

21 diciembre 2012



Tiempo de compromiso en el mundo 


para los cristianos 



      "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", fue la respuesta de Jesús cuando le preguntaron qué pensaba sobre el pago de los impuestos. Los que lo interrogaban, obviamente, querían tenderle una trampa. Querían obligarle a tomar partido en el encendido debate político sobre la dominación romana en la tierra de Israel. Y sin embargo, había aún más en juego: si Jesús era realmente el Mesías esperado, entonces, de seguro, se opondría a los gobernantes romanos. Por lo tanto, la pregunta estaba calculada para desenmascararle, o como una amenaza para el régimen o como un impostor.

      La respuesta de Jesús lleva hábilmente la cuestión a un nivel superior, poniendo en guardia, sutilmente, sea de la politización de la religión como de la divinización del poder temporal y de la búsqueda incansable de la riqueza. Quienes lo escuchaban tenían que entender que el Mesías no era César, y que César no era Dios. El reino que Jesús venía a instaurar era de una dimensión absolutamente superior. Cómo respondió a Poncio Pilato: "Mi reino no es de este mundo".

      Los relatos de Navidad del Nuevo Testamento tienen el propósito de transmitir un mensaje similar. Jesús nació durante un"censo del mundo entero", deseado por César Augusto, el emperador famoso por llevar la Pax Romana a todas las tierras sujetas al dominio romano. Sin embargo, este niño, nacido en un rincón oscuro y distante del imperio, estaba a punto de ofrecer al mundo una paz mucho mayor, verdaderamente universal en sus objetivos que trascendía todos los límites del espacio y del tiempo.
      Jesús se nos presenta como heredero del rey David, pero la liberación que traía a su propia gente no consistía en mantener a raya a los ejércitos enemigos; consistía, en cambio, en derrotar para siempre al pecado y a la muerte.

      El nacimiento de Cristo nos reta a replantearnos nuestras prioridades, nuestros valores, nuestra forma de vida. Y , al mismo tiempo que la Navidad es, sin duda, un momento de gran alegría, es también una ocasión de reflexión profunda, incluso de examen de conciencia. Al final de un año, que ha significado privaciones económicas para muchos: ¿Qué podemos aprender de la humildad, de la pobreza, de la sencillez del pesebre?

      La Navidad puede ser el momento en que aprendemos a leer el Evangelio, a conocer a Jesús no sólo como el Niño del pesebre, sino como aquel en que reconocemos al Dios hecho hombre.

      En el Evangelio es donde los cristianos encuentran inspiración para la vida cotidiana y para su participación en los asuntos del mundo, sea en el Parlamento que en la Bolsa. Los cristianos no tendrían que huir del mundo, por el contrario, deben comprometerse en él. Pero su participación en la política y en la economía tendría que trascender cualquier forma de ideología.

      Los cristianos luchan contra la pobreza porque reconocen la dignidad suprema de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a la vida eterna. Los cristianos trabajan para una distribución equitativa de los recursos de la tierra, porque están convencidos de que, como administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de cuidar de los más débiles y vulnerables. Los cristianos se oponen a la codicia y la explotación porque están convencidos de que la generosidad y el amor desinteresado, enseñados y vividos por Jesús de Nazaret, son el camino que conduce a la plenitud de la vida. La fe cristiana en el destino trascendente de cada ser humano implica la urgencia de la tarea de promover la paz y la justicia para todos.

      Debido a que estos fines son compartidos por muchos, es posible una colaboración amplia y fructífera entre los cristianos y los otros. Y, sin embargo, los cristianos dan al César solamente lo que es del César, pero no lo que pertenece a Dios. A veces, a lo largo de la historia los cristianos no han podido acceder a las peticiones de César. Desde el culto al emperador de la antigua Roma a los regímenes totalitarios del siglo apenas pasado, César ha intentado tomar el lugar de Dios. Cuando los cristianos se niegan a inclinarse ante los falsos dioses propuestos en nuestros tiempos no es porque tengan una visión anticuada del mundo. Por el contrario, es porque están libres de las ataduras de la ideología y animados por una visión tan noble del destino humano, que no pueden comprometerse con nada que la pueda socavar.

      En Italia, muchos Belenes están adornados con ruinas de antiguos edificios romanos. Esto demuestra que el nacimiento del niño Jesús marca el fin del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las pretensiones de César parecían imposibles de desafiar. Ahora hay un nuevo rey, que no confía en la fuerza de las armas, sino en el poder del amor. Él trae esperanza a todos aquellos que, como él mismo, viven en los márgenes de la sociedad. Trae esperanza a aquellos que son vulnerables en medio de las suertes de un mundo precario. Desde el pesebre, Cristo nos llama a vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que todas las personas de buena voluntad pueden contribuir a construir aquí en la tierra.

20 diciembre 2012


EL ICONO DE LA NAVIDAD


P. Fadi Rahi C.Ss.R.

En la vida cristiana existen varios modos de rezar: el breviario, los salmos, los sacramentos, el rosario, las devociones populares... y también, está la oración con los iconos.
El icono es una imagen --por lo general bidimensional- de Cristo, los santos, los ángeles, las parábolas bíblicas o los eventos importantes en la historia de la Iglesia. A través del icono contemplamos el amor de Dios por el hombre y proclamamos su gloria y sus misterios.
En la Iglesia no existe una teología sobre los iconos. En la Iglesia oriental la principal forma de veneración de los iconos se encuentran en el iconostasio (pared con los iconos) que se encuentra en las iglesias de estilo bizantino. Por lo tanto, en todas las épocas del año litúrgico, los iconos decoran las iglesias y le ayudan a la gente a entrar en el misterio salvífico de Dios.
Junto al icono que representa la Encarnación, Dios que se hizo hombre, podemos orar y reflexionar. Inmediatamente nos llama la atención la figura de María que está en el centro y nos indica al niño Jesús. Y notamos la presencia de la figura de san José, de los Reyes Magos y de los animales que están detrás del Niño Jesús.
Los iconógrafos presentan a María en el centro del icono para subrayar la importancia de su rol en el misterio de la Encarnación y en el proyecto salvífico de Dios hacia toda la humanidad.
Pero también para enfatizar la grandeza de María al obedecer a Dios cuando en la anunciación dijo sí, al ángel Gabriel.
A Dios encarnado en las vísperas de la vigila de Navidad le rezamos: “¿Qué te ofrecemos, Señor Jesús porque hayas venido al mundo por nosotros? Cada criatura del universo que has creado te presenta su gratitud: los ángeles la alabanza, los cielos los planetas, los Reyes Magos los regalos, los pastores la exclamación, la tierra y la naturaleza salvaje el pesebre. En cambio, nosotros te presentamos una madre virgen por eso, oh Dios, ten misericordia de nosotros”.
En cada icono sobre la Natividad y en todos los iconos de María encontramos siempre tres estrellas: una en la frente y dos sobre sus hombros para indicar el estado de virginidad antes, durante y después del nacimiento de Jesucristo.
Vemos que los sentimientos y la mirada de María son un poco tristes y humildes al mismo tiempo, para indicar que ella tenía conocimiento de la pasión de la cruz.
En cambio, el niño que es pequeño tiene una cara adulta, para significar que Él estaba allí desde antes de su nacimiento con su naturaleza divina. Vemos que la cuna tiene la forma de la tumba, y el Niño está envuelto en un sudario en lugar de estarlo en una faja, como un símbolo de su conciencia de que había nacido con un propósito: morir y resucitar para dar la Redención al mundo entero.
En el icono hay dos animales (el buey y el asno) que nos recuerdan la profecía de Isaías: "El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no lo conoce, mi pueblo no tiene discernimiento"(Isaías 1, 3).
San Gregorio Nacianceno relaciona el buey con los judíos que están unidos con la ley, y el asno con las naciones que viven bajo el peso de la idolatría.
Tampoco podemos dejar de ver la figura de José, que en algunos iconos antiguos es representado con un ojo mirando a María, mientas otros iconos le han presentado junto a un viejo jorobado, que es el diablo tratando de tentarlo con malos pensamientos sobre el embarazo de María.
Grupos más o menos numerosos de ángeles cantan mirando hacia el cielo y la tierra: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres que Él ama!” (Lc 1, 14).

Ellos representan la naturaleza angélica que acude para asistir al evento extraordinario. Ellos le avisan a los pastores que ha nacido el Salvador del mundo y a los Reyes Magos les aconsejan que no vuelvan a lo de Herodes.

Separado del grupo (en la parte superior derecha), un ángel intenta hablar con un pastor. El ángel es tranquilizador: "No temáis: he aquí, que os traigo una hermosa noticia llenará de gozo a todo el pueblo: hoy ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, que es Cristo Señor. Esto les servirá como indicación: encontrarán a un niño envuelto en pañales... "(Lc 2, 8-13).
Encontramos incluso a los Reyes Magos con sus vestiduras sacerdotales que le llevan regalos al niño Jesús: Melchor, oro, como símbolo de la realeza de Jesús; Baltasar el incienso que representa la divinidad; y Gaspar la mirra, que anunciaba el sufrimiento redentor del Hijo de Dios.
El icono no tiene solamente la finalidad de presentarnos los detalles de un evento histórico, sino de hablarnos del misterio de la salvación divina. Por lo tanto el icono une dos temas: uno histórico real y otro, la teología de la Iglesia.
El icono está siempre lleno de símbolos y explicaciones sobre un evento, pero al mismo tiempo es un instrumento que durante la oración nos ayuda a conocer y orar junto a la vida de Jesús, María y los santos ... aprendiendo de ellos el camino de la santificación y el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

''MARÍA ES LA CRIATURA QUE DE UNA MANERA ÚNICA HA ABIERTO LA PUERTA A SU CREADOR''


El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:
En el camino del Adviento, la Virgen María tiene un lugar especial, como aquella que de un modo único ha esperado el cumplimiento de las promesas de Dios, acogiendo en la fe y en la carne a Jesús, el Hijo de Dios, en obediencia total a la voluntad divina. Hoy quisiera reflexionar con ustedes brevemente sobre la fe de María a partir del gran misterio de la Anunciación.
“Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou”,“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc. 1,28). Estas son las palabras --relatadas por el evangelista Lucas--, con las que el arcángel Gabriel saluda a María. A primera vista el término chaîre, “alégrate”, parece un saludo normal, usual en la costumbre griega, pero esta palabra, cuando se lee en el contexto de la tradición bíblica, adquiere un significado mucho más profundo. Este mismo término está presente cuatro veces en la versión griega del Antiguo Testamento y siempre como un anuncio de alegría para la venida del Mesías (cf. Sof. 3,14; Joel 2,21; Zac 9,9; Lam 4,21). El saludo del ángel a María es entonces una invitación a la alegría, a una alegría profunda, anuncia el fin de la tristeza que hay en el mundo frente al final de la vida, al sufrimiento, a la muerte, al mal, a la oscuridad del mal que parece oscurecer la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el comienzo del Evangelio, la Buena Nueva.
¿Pero por qué María es invitada a alegrarse de esta manera? La respuesta está en la segunda parte del saludo: “El Señor está contigo”. También aquí, con el fin de comprender bien el significado de la expresión debemos recurrir al Antiguo Testamento. En el libro de Sofonías encontramos esta expresión“: ¡Grita de alegría, hija de Sión!... El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti… ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!” (3,14-17). En estas palabras hay una doble promesa hecha a Israel, a la hija de Sión: Dios vendrá como un salvador y habitará en medio de su pueblo, en el vientre de la hija de Sión. En el diálogo entre el ángel y María se realiza exactamente esta promesa: María se identifica con el pueblo desposado con Dios, es en realidad la hija de Sión en persona; en ella se cumple la espera de la venida definitiva de Dios, en ella habita el Dios vivo.
En el saludo del ángel, María es llamada “llena de gracia”; en griego el término “gracia”, charis, tiene la misma raíz lingüística de la palabra “alegría”. Incluso en esta expresión se aclara aún más la fuente de la alegría de María: la alegría proviene de la gracia, que viene de la comunión con Dios, de tener una relación tan vital con Él, de ser morada del Espíritu Santo, totalmente modelada por la acción de Dios. María es la criatura que de una manera única ha abierto la puerta a su Creador, se ha puesto en sus manos, sin límites. Ella vive totalmente de la y en larelación con el Señor; es una actitud de escucha, atenta a reconocer los signos de Dios en el camino de su pueblo; se inserta en una historia de fe y de esperanza en las promesas de Dios, que constituye el tejido de su existencia. Y se somete libremente a la palabra recibida, a la voluntad divina en la obediencia de la fe.
El evangelista Lucas narra la historia de María a través de un buen paralelismo con la historia de Abraham. Así como el gran patriarca fue el padre de los creyentes, que ha respondido al llamado de Dios a salir de la tierra en la que vivía, de su seguridad, para iniciar el viaje hacia una tierra desconocida y poseída solo por la promesa divina, así María confía plenamente en la palabra que le anuncia el mensajero de Dios y se convierte en un modelo y madre de todos los creyentes.
Me gustaría hacer hincapié en otro aspecto importante: la apertura del alma a Dios y a su acción en la fe, también incluye el elemento de la oscuridad. La relación del ser humano con Dios no anula la distancia entre el Creador y la criatura, no elimina lo que el apóstol Pablo dijo ante la profundidad de la sabiduría de Dios, “¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!” (Rm. 11, 33). Pero así aquel –que como María--, está abierto de modo total a Dios, llega a aceptar la voluntad de Dios, aún si es misteriosa, a pesar de que a menudo no corresponde a la propia voluntad y es una espada que atraviesa el alma, como proféticamente lo dirá el viejo Simeón a María, en el momento en que Jesús es presentado en el Templo (cf. Lc. 2,35). El camino de fe de Abraham incluye el momento de la alegría por el don de su hijo Isaac, pero también un momento de oscuridad, cuando tiene que subir al monte Moria para cumplir con un gesto paradójico: Dios le pidió que sacrificara al hijo que le acababa de dar. En el monte el ángel le dice: “No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu único hijo” (Gen. 22,12); la plena confianza de Abraham en el Dios fiel a su promesa existe incluso cuando su palabra es misteriosa y difícil, casi imposible de aceptar. Lo mismo sucede con María, su fe vive la alegría de la Anunciación, pero también pasa a través de la oscuridad de la crucifixión del Hijo, a fin de llegar hasta la luz de la Resurrección.
No es diferente para el camino de fe de cada uno de nosotros: encontramos momentos de luz, pero también encontramos pasajes en los que Dios parece ausente, su silencio pesa sobre nuestro corazón y su voluntad no se corresponde con la nuestra, con aquello que nos gustaría. Pero cuanto más nos abrimos a Dios, recibimos el don de la fe, ponemos nuestra confianza en Él por completo --como Abraham y como María--, tanto más Él nos hace capaces, con su presencia, de vivir cada situación de la vida en paz y garantía de su lealtad y de su amor. Pero esto significa salir de sí mismos y de los propios proyectos, porque la Palabra de Dios es lámpara que guía nuestros pensamientos y nuestras acciones.
Quiero volver a centrarme en un aspecto que surge en las historias sobre la infancia de Jesús narradas por san Lucas. María y José traen a su hijo a Jerusalén, al Templo, para presentarlo y consagrarlo al Señor como es requerido por la ley de Moisés: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor” (Lc. 2, 22-24). Este gesto de la Sagrada Familia adquiere un sentido más profundo si lo leemos a la luz de la ciencia evangélica del Jesús de doce años que, después de tres días de búsqueda, se le encuentra en el templo discutiendo entre los maestros. A las palabras llenas de preocupación de María y José: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”, corresponde la misteriosa respuesta de Jesús: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc. 2,48-49). Es decir, en la propiedad del Padre, en la casa del Padre, como lo está un hijo. María debe renovar la fe profunda con la que dijo "sí" en la Anunciación; debe aceptar que la precedencia la tiene el verdadero Padre de Jesús; debe ser capaz de dejar libre a ese Hijo que ha concebido para que siga con su misión. Y el "sí" de María a la voluntad de Dios, en la obediencia de la fe, se repite a lo largo de toda su vida, hasta el momento más difícil, el de la Cruz.
Frente a todo esto, podemos preguntarnos: ¿cómo ha podido vivir de esta manera María junto a su Hijo, con una fe tan fuerte, incluso en la oscuridad, sin perder la confianza plena en la acción de Dios? Hay una actitud de fondo que María asume frente a lo que le está sucediendo en su vida. En la Anunciación, ella se siente turbada al oír las palabras del ángel --es el temor que siente el hombre cuando es tocado por la cercanía de Dios--, pero no es la actitud de quien tiene temor ante lo que Dios puede pedir. María reflexiona, se interroga sobre el significado de tal saludo (cf. Lc. 1,29). La palabra griega que se usa en el Evangelio para definir este “reflexionar”, “dielogizeto”, se refiere a la raíz de la palabra “diálogo”. Esto significa que María entra en un diálogo íntimo con la Palabra de Dios que le ha sido anunciada, no la tiene por superficial, sino la profundiza, la deja penetrar en su mente y en su corazón para entender lo que el Señor quiere de ella, el sentido del anuncio. Otra referencia sobre la actitud interior de María frente a la acción de Dios la encontramos, siempre en el evangelio de san Lucas, en el momento del nacimiento de Jesús, después de la adoración de los pastores. Se dice que María “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc, 2,19); el término griego essymballon, podríamos decir que Ella “unía”, “juntaba” en su corazón todos los eventos que le iban sucediendo; ponía cada elemento, cada palabra, cada hecho dentro del todo y lo comparaba, los conservaba, reconociendo que todo proviene de la voluntad de Dios. María no se detiene en una primera comprensión superficial de lo que sucede en su vida, sino que sabe mirar en lo profundo, se deja interrrogar por los acontecimientos, los procesa, los discierne, y adquiere aquella comprensión que solo la fe puede garantizarle. Y la humildad profunda de la fe obediente de María, que acoge dentro de sí misma incluso aquello que no comprende de la acción de Dios, dejando que sea Dios quien abra su mente y su corazón. “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1,45), exclama la pariente Isabel. Es por su fe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.
Queridos amigos, la solemnidad de la Natividad del Señor, que pronto celebraremos, nos invita a vivir esta misma humildad y obediencia de la fe. La gloria de Dios se manifiesta en el triunfo y en el poder de un rey, no brilla en una ciudad famosa, en un palacio suntuoso, sino que vive en el vientre de una virgen, se revela en la pobreza de un niño.
La omnipotencia de Dios, también en nuestras vidas, actúa con la fuerza, a menudo silenciosa, de la verdad y del amor. La fe nos dice, por lo tanto, que el poder inerme de aquel Niño, al final gana al ruido de los poderes del mundo.

19 diciembre 2012


CÓMO EXPLICAR LA NAVIDAD 

A LOS NIÑOS


Rachel Abdalla

A todo niño le gusta aquello que le es propio, o sea ver la realidad en la óptica pura e inocente de los hechos que presencia y de los deseos que siente, principalmente aquellos que están asociados a la alegría. Por eso, debemos presentar Jesús a los niños de modo alegre y con equilibrio, y para su tamaño.
Con base en las enseñanzas que Jesús nos dejó en los evangelios, todo lo que se habla debe tener una connotación verdadera, sin bien es necesario colocarlo de modo lúdico, o sea en el lenguaje que circunda y en el que participa el niño, creando así un vínculo entre aquello que oye y vive.
Al hablar a los pequeños sobre el nacimiento de Jesús, los padres y catequistas pueden hacer una correlación de este día con el nacimiento de ellos, recordando la alegría y la emoción, la preparación y la expectativa de la llegada de un niño al mundo. Aquí, en Navidad, de un pequeño muy especial, porque es el Hijo de Dios.
Cuando el ángel Gabriel le anuncia a María que ella será la madre del Hijo de Dios, inicia con la palabra griega khaire que significa 'alégrate', ¡porque la novedad que trae es motivo de mucha alegría! ¡Va a nacer un niño, un niño viene al mundo! Es pues con esa misma alegría del ángel al anunciar a María la venida de Jesús, es que nosotros debemos también anunciarlo al mundo y especialmente a los niños
¿Pero, dónde está la alegría? ¿Cómo mostrarla a los pequeños?
El motivo de alegría para María era tener al Señor en su vientre y para nosotros es el hecho que Jesús ha nacido entre los hombres.
Con relación a los niños podemos introducirlos en el contexto de la familia, de los amigos, de los parientes, como una relación de amor entre todos.
¡Al final de cuentas ser feliz es tener un encuentro con el amor! Dios es amor y nosotros nos encontramos con este amor en la persona de Jesús. Al mostrar a Jesús como un niño estamos colocándolo en el mismo contexto en que viven los los pequeños.
Es interesante, en este proceso evangelizador, despertar en ellos alguna otro inquietud sobre el Niño Jesús: por ejemplo hablar de cómo Él nació; que lloraba, pero que también sonreía; cómo serían sus facciones a partir de las características de su pueblo; cuándo comenzó a caminar, lo que le gustaba comer, quiénes eran sus amiguitos, cuál era su broma preferida... finalmente, describir situaciones simples que no interfieran en la verdad y puedan ser presentadas conforme a la expectativa del niño y de su edad, puesto que Jesús era un niño, común aún siendo Dios, y creció como todos nosotros dentro de una realidad humana y limitada. Así, ellos crecerán con Jesús, gradualmente, de modo simple y natural.
¡Este tiempo de la Navidad, hablemos sobre Jesús y enseñemos el amor a los niños, con la alegría que ellos tienen! ¡Es un lenguaje que ellos entienden!
¡Feliz Navidad!

18 diciembre 2012


Para comunicar la fe: 


sencillez y coherencia


Nadie podrá decir que comunicar la fe es algo sofisticado, aunque sí comprometido, porque pide el esfuerzo por ser coherente, salir de uno mismo y preocuparse por lo que necesitan los demás…

      ¿Cómo hablar de Dios hoy, en la familia, a nuestros amigos y conocidos? Es lo que ha planteado Benedicto XVI en su audiencia general del 28 de noviembre.

Dios nos ha hablado en Jesús

      1. La primera respuesta es una mirada a la realidad según la vemos desde la fe. «La primera respuesta —señala el Papa—es que podemos hablar de Dios, porque Él habló con nosotros». Dios no es una hipótesis ni una inteligencia matemática lejana, sino que se ha autocomunicado hasta encarnarse en Jesús de Nazaret, compartiendo nuestra historia. «Dios es una realidad de nuestras vidas, es tan grande que aún así tiene tiempo para nosotros, nos cuida». En Jesús de Nazaret, que nos ha liberado del pecado y nos ha hecho hijos de Dios, encontramos la enseñanza sobre el "arte de vivir", el camino de la felicidad.
      «Por lo tanto —continúa Benedicto XVI—, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y con su Evangelio, supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino de acuerdo con el método de Dios mismo».
      ¿Y cuál es su método? El de la sencillez (Belén, Nazaret), la humildad (el grano de mostaza, los pequeños pasos, la levadura) y el amor (la cruz y la resurrección).

San Pablo, comunicador

      2. El segundo paso es ver cómo lo hizo San Pablo. San Pablo, comunicador excepcional, no habla de unas ideas inventadas por él, sino de la realidad de su vida y del Dios vivo: Cristo crucificado y resucitado. Además, no busca pasar a la historia o crear una escuela de seguidores; sino solo dar a conocer a Dios, que es la verdadera vida. Pero eso solo puede hacerseescuchándole en la oración y viviendo los mandamientos. Y no enseña solo con palabras, sino con la propia vida.
      «Para hablar de Dios —deduce el Papa—, tenemos que hacerle espacio, en la esperanza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: dejarle espacio sin miedo, con sencillez y alegría, en la profunda convicción de que cuanto más lo pongamos en el centro a Él, y no a nosotros, tanto más fructífera será nuestra comunicación».
      Y esto, sigue diciendo Benedicto XVI, también para las comunidades cristianas: «Ellas están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazón, egoísmos, indiferencias». Se trata de vivir en las relaciones cotidianas el amor de Dios, «convertirnos en anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos».
Jesús como comunicador
      3. Todavía más importante: ¿Cómo comunicaba Jesús mismo? lo hacía lleno de compasión por las dificultades y los sufrimientos de la gente; con realismo y a la vez con plena confianza en su Padre. Tanto en sus parábolas como en su comportamiento, Jesús muestra lo que vale nuestra vida cotidiana ante Dios. Dicho brevemente: «En Él, anuncio y vida están entrelazados: Jesús actúa y enseña, partiendo siempre de una relación íntima con Dios Padre».
      Pues bien, observa el Papa: «Este estilo se convierte en una indicación fundamental para nosotros los cristianos: nuestro modo en que vivimos la fe y la caridad, se convierte en un hablar de Dios en el presente».
      Y esto ¿por qué es así? Porque al respaldar con nuestra vida las palabras, se pone de relieve la verdadera realidad (diríamos: que Dios nos ama, que le importamos, que lo que dice es coherente porque sirve para vivir con sencillez y alegría, porque lleva a preocuparse por los demás con obras). Y eso es lo que nos hace creíbles.
      En concreto, señala Benedicto XVI, debemos poner cuidado en esto al leer los “signos de los tiempos”. «Es decir, identificar el potencial, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura contemporánea, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la integridad de la creación, y comunicar sin miedo las respuestas que ofrece la fe en Dios». Y el Año de la Fe es una buena oportunidad para hacerlo.

Comunicar la fe en y desde la familia

      4. En la comunicación de la fe la familia tiene un papel importante, pues los padres son los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos, como señala el Concilio Vaticano II (cf. LG 11, AA 11). Por eso deben aprovechar las oportunidades parahablar de la fe con ellos, enseñarles a reflexionar críticamente, salir al encuentro de sus preguntas e inquietudes.
      Y todo ello con la alegría de la fe, mostrando que «la fe no es una carga, sino una fuente de alegría profunda, es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien, que no hace ruido; sino que proporciona una valiosa orientación para vivir bien la propia existencia».
      Finalmente, es importante enseñar, sobre todo en la familia, «la capacidad de escuchar y dialogar (...) para ser un signo, el uno para el otro, de la misericordia de Dios».

Comunicar la fe es comunicar el amor de Dios

      En definitiva, concluye el Papa, hablar de Dios significa mostrar con la palabra y con la vida que «Dios no es un competidor de nuestra existencia, sino que es el verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana». Es comunicar, con las palabras y con la vida, a Dios, que nos ha manifestado su amor en Jesucristo, y «nos ha dado la Iglesia, para caminar juntos y, a través de la Palabra y de los sacramentos, renovar la entera Ciudad de los hombres, con el fin de que pueda convertirse en Ciudad de Dios».
      Así nadie podrá decir que comunicar la fe es algo sofisticado. Es, eso sí, comprometido, porque pide el esfuerzo por ser coherente, salir de uno mismo y preocuparse por lo que necesitan los demás; reconocer lo positivo y verdadero que tienen los otros; abandonar la propia inseguridad, y el miedo a perder la comodidad o el bienestar; seguir adelante, a pesar de las dificultades, personales o colectivas, para superar «individualismos, cerrazón, egoísmos, indiferencias».
      En efecto, solo la oración y la misma fe vivida mantienen la sencillez y la coherencia para comunicar la fe.