22 febrero 2013


Lo que el Papa ha regalado al mundo

Selección de discursos y homilías de estos 5 años.
(0pus Dei.es)


1. INICIO PONTIFICADO: VOCACIÓN
Ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza.


¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada --absolutamente nada-- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo.


2. JORNADA MUNDIAL JUVENTUD EN ALEMANIA: EUCARISTÍA

No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de ella emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida.


Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo puede funcionar del mismo modo sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no.

Podéis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días benditos de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera.

 
3. JORNADA DE LAS FAMILIAS VALENCIA: LA FAMILIA

La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad, y nada la puede suplir totalmente. Ella misma se apoya sobre todo en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y comprensión mutua. Para ello recibe la abundante ayuda de Dios en el sacramento del matrimonio, que comporta verdadera vocación a la santidad. Ojalá que los hijos contemplen más los momentos de armonía y afecto de los padres, que no los de discordia o distanciamiento, pues el amor entre el padre y la madre ofrece a los hijos una gran seguridad y les enseña la belleza del amor fiel y duradero.

Junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante algún tiempo son tutores. Si éstos ven que sus padres -y en general los adultos que les rodean- viven la vida con alegría y entusiasmo, incluso a pesar de las dificultades, crecerá en ellos más fácilmente ese gozo profundo de vivir que les ayudará a superar con acierto los posibles obstáculos y contrariedades que conlleva la vida humana.


4. DISCURSO EN LA UNIVERSIDAD DELLA SAPIENZA: RAZÓN Y FE

Hoy, el peligro del mundo occidental —por hablar sólo de éste— es que el hombre, precisamente teniendo en cuenta la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad. Y eso significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad, y se ve forzada a reconocerla como criterio último (...). Si la razón, celosa de su presunta pureza, se hace sorda al gran mensaje que le viene de la fe cristiana y de su sabiduría, se seca como un árbol cuyas raíces no reciben ya las aguas que le dan vida. Pierde la valentía por la verdad y así no se hace más grande, sino más pequeña. Eso, aplicado a nuestra cultura europea, significa: si quiere sólo construirse a sí misma sobre la base del círculo de sus propias argumentaciones y de lo que en el momento la convence, y, preocupada por su laicidad, se aleja de las raíces de las que vive, entonces ya no se hace más razonable y más pura, sino que se descompone y se fragmenta.

¿Qué tiene que hacer o qué tiene que decir el Papa en la universidad? Seguramente no debe tratar de imponer a otros de modo autoritario la fe, que sólo puede ser donada en libertad. Más allá de su ministerio de Pastor en la Iglesia, y de acuerdo con la naturaleza intrínseca de este ministerio pastoral, tiene la misión de mantener despierta la sensibilidad por la verdad; invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad, a buscar el bien, a buscar a Dios; y, en este camino, estimularla a descubrir las útiles luces que han surgido a lo largo de la historia de la fe cristiana y a percibir así a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y ayuda a encontrar el camino hacia el futuro.


5. SACRAMENTUM CARITATIS

La belleza de la liturgia es (...) expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos (cf. Mc9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.


6. ENCICLICA DEUS CARITAS EST

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. (...) En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso, en mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás. 

La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría.


7. ENCICLICA SPES SALVI

Elemento distintivo de los cristianos [es] el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo « informativo », sino « performativo ». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.

 
8. ENCICLICA CARITAS IN VERITATE
Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad.


9. VERONA: CULTURA Y EDUCACIÓN

Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad. 

De esta solicitud por la persona humana y su formación brotan nuestros "no" a formas débiles y desviadas de amor y a las falsificaciones de la libertad, así como a la reducción de la razón sólo a lo que se puede calcular y manipular. En realidad, estos "no" son más bien "sí" al amor auténtico, a la realidad del hombre tal como ha sido creado por Dios. 


10. EEUU: CONVERSIÓN

San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de una especie de oración que brota de las profundidades de nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para expresarlos con palabras, con “gemidos” (Rm 8,26) inspirados por el Espíritu. Ésta es una oración que anhela, en medio de la tribulación, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una plegaria de esperanza inagotable, pero también de paciente perseverancia y, a veces, acompañada por el sufrimiento por la verdad. A través de esta plegaria participamos en el misterio de la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en América, con esta oración, emprenda cada vez más el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los católicos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones de la alegría y la fuerza infundidos por el Espíritu.


11. AFRICA: EL DOLOR
Ante la presencia de sufrimientos atroces, nos sentimos desarmados y no encontramos las palabras adecuadas. Ante un hermano o hermana sumido en el misterio de la Cruz, el silencio respetuoso y compasivo, nuestra presencia apoyada por la oración, una mirada, una sonrisa, pueden valer más que tantos razonamientos. Un pequeño grupo de hombres y mujeres vivió esta experiencia, entre ellos la Virgen María y el Apóstol Juan, que siguieron a Jesús hasta el culmen de su sufrimiento en su pasión y muerte en la cruz. Entre ellos, nos dice el Evangelio, había un africano, Simón de Cirene.

¿Acaso no puede decirse que todo africano es de algún modo miembro de la familia de Simón de Cirene? Cada africano y cada uno que sufre, ayudan a Cristo a llevar su Cruz y ascienden con Él al Gólgota para resucitar un día con Él. Al ver la infamia que se le hace a Jesús, contemplando su rostro en la Cruz y reconociendo la atrocidad de su dolor, podemos vislumbrar, por la fe, el rostro radiante del Resucitado que nos dice que el sufrimiento y la enfermedad no tendrán la última palabra en nuestra vida humana.


12. FRANCIA: LLAMADA AL SACERDOCIO

Permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los jóvenes que se plantean la cuestión de la vocación religiosa o sacerdotal: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en el corazón de la Iglesia. Nada suplirá una Misa por la salvación del mundo. Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis, no dejéis sin respuesta la llamada de Cristo.


13. LOURDES: LA VIRGEN

María sale a nuestro encuentro como la Madre, siempre disponible a las necesidades de sus hijos. Mediante la luz que brota de su rostro, se trasparenta la misericordia de Dios. Dejemos que su mirada nos acaricie y nos diga que Dios nos ama y nunca nos abandona. María nos recuerda aquí que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante debe tener un puesto central en nuestra vida cristiana. La oración es indispensable para acoger la fuerza de Cristo. “Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción” (Deus caritas est, n. 36). Dejarse absorber por las actividades entraña el riesgo de quitar de la plegaria su especificad cristiana y su verdadera eficacia. En el Rosario, tan querido para Bernadette y los peregrinos en Lourdes, se concentra la profundidad del mensaje evangélico. Nos introduce en la contemplación del rostro de Cristo. De esta oración de los humildes podemos sacar copiosas gracias.


14. AÑO SACERDOTAL
“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars[2]. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

En un mundo en el que la mentira es potente, la verdad se paga con el sufrimiento. Quien quiere esquivar el sufrimiento, tenerlo alejado de sí, tiene alejada la vida misma y su grandeza; no puede ser servidor de la verdad y así servidor de la de. No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia de sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Allí donde no hay nada que valga que por ello se sufra, también la misma vida pierde su valor. La eucaristía -el centro de nuestro ser cristianos- se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, ha nacido del sufrimiento del amor que en la Cruz encontró su culmen. Nosotros vivimos de este amor que dona. Eso nos da la valentía y la fuerza de sufrir con Cristo y por él, de este modo, sabiendo que justamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera.

16. AUSTRALIA: CONVERSIÓN
El amor de Dios puede derramar su fuerza sólo cuando le permitimos cambiarnos por dentro. Debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo. Sólo entonces podemos permitirle encender nuestra imaginación y modelar nuestros deseos más profundos. Por esto es tan importante la oración: la plegaria cotidiana, la privada en la quietud de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento, y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia.

21 febrero 2013


Los ocho años de Benedicto XVI

Jose Antonio Varela Vidal 


En pocos días termina el pontificado del santo padre Benedicto XVI. El dato exacto es que desde las veinte horas del jueves 28 de febrero será declarada la Sede Vacante, a fin de disponer todo para la elección del sucesor número 266 de san Pedro.
Los tiempos no escapan a todo tipo de especulaciones acerca de cifras, de “bloques” entre cardenales, así como del perfil más conveniente del nuevo papa ante los tiempos actuales. Cavilaciones les llaman otros…
El legado de Benedicto XVI
Sin embargo, no debe olvidarse que hay un papa que se va después de dar lo mejor de sí y que supo pedir disculpas por sus defectos. Ahora es justo centrarse en lo principal de su obra, porque como dicen “es de bien nacidos ser agradecidos”.
En un breve recorrido por la obra y actividades del santo padre, ZENIT ofrecerá a sus lectores un Dossier por entregas sobre este pontificado que ha alcanzado casi los ocho años. Una atenta lectura nos permitirá refrescar lo que fue parte del magisterio del “papa teólogo”.
En esta primera entrega, publicamos un resumen de las tres encíclicas del santo padre Benedicto XVI, esto es, la Deus Caritas Est, Spe Salvi y Caritas in Veritate.
Deus Caritas Est: Dios es amor
Rompiendo tradiciones, Benedicto XVI presentó él mismo su encíclica Deus Caritas Est a los lectores de una revista italiana de gran difusión. Si bien el papa firmó la encíclica el 25 de diciembre de 2005, escribió las líneas siguientes en la edición del 5 de febrero de 2006.
* * *
Al inicio, de hecho, el texto puede parecer un poco difícil y teórico. Sin embargo, cuando uno se pone a leerlo, resulta evidente que solamente he querido responder a un par de preguntas muy concretas para la vida cristiana.
La primera pregunta es la siguiente: ¿es posible amar a Dios?; más aún: ¿puede el amor ser algo obligado? ¿No es un sentimiento que se tiene o no se tiene? La respuesta a la primera pregunta es: sí, podemos amar a Dios, dado que Él no se ha quedado a una distancia inalcanzable sino que ha entrado y entra en nuestra vida. Nos sale al paso de cada uno de nosotros: en los sacramentos a través de los cuales actúa en nuestra existencia; con la fe de la Iglesia, a través de la cual se dirige a nosotros; haciéndonos encontrar hombres, tocados por Él, que nos trasmiten su luz; con las disposiciones a través de las cuales interviene en nuestra vida; también con los signos de la creación que nos ha regalado.
No sólo nos ha ofrecido el amor, ante todo lo ha vivido primero y toca a la puerta de nuestro corazón en muchos modos para suscitar nuestra respuesta de amor. El amor no es solamente un sentimiento, pertenecen a él también la voluntad y la inteligencia. Con su palabra, Dios se dirige a nuestra inteligencia, a nuestra voluntad y a nuestros sentimientos, de modo que podamos aprender a amarlo «con todo el corazón y con toda el alma». El amor, de hecho, no nos lo encontramos ya listo de repente, sino que madura; por así decirlo, nosotros podemos aprender lentamente a amar de modo que el amor comprometa todas nuestras fuerzas y nos abra el camino de una vida recta.
La segunda pregunta es la siguiente: ¿podemos de verdad amar al «prójimo», cuando nos resulta extraño o incluso antipático? Sí, podemos, si somos amigos de Dios. Si somos amigos de Cristo. Si somos amigos de Cristo queda cada vez más claro que Él nos ha amado y nos ama, aunque con frecuencia alejemos de Él nuestra mirada y vivamos según otros criterios. Si, en cambio, la amistad con Dios se convierte para nosotros en algo cada vez más importante y decisivo, entonces comenzaremos a amar a aquellos a quienes Dios ama y que tienen necesidad de nosotros. Dios quiere que seamos amigos de sus amigos y nosotros podemos serlo, si estamos interiormente cerca de ellos.
Por último, se plantea también está pregunta: con sus mandamientos y sus prohibiciones, ¿no nos amarga la Iglesia la alegría del eros, de sentirnos amados, que nos empuja hacia el otro y que busca transformarse en unión? En la encíclica he intentado demostrar que la promesa más profunda del «eros» puede madurar solamente cuando no sólo buscamos la felicidad transitoria y repentina. Al contrario, encontramos juntos la paciencia de descubrir cada vez más al otro en la profundidad de su persona, en la totalidad del cuerpo y del alma, de modo que, finalmente, la felicidad del otro llegue a ser más importante que la mía. Entonces, ya no sólo se quiere recibir algo, sino entregarse, y en esta liberación del propio "yo" el hombre se encuentra a sí mismo y se llena de alegría.
En la encíclica hablo de un camino de purificación y de maduración necesaria para que la verdadera promesa del «eros» pueda cumplirse. El lenguaje de la tradición de la iglesia ha llamado a este proceso «educación en la castidad», que, en definitiva, no significa otra cosa que aprender la totalidad del amor en la paciencia del crecimiento y de la maduración.
En la segunda parte se habla de la caridad, el servicio del amor comunitario de la Iglesia hacia todos los que sufren en el cuerpo o en el alma y tienen necesidad del don del amor. Aquí surgen ante todo dos preguntas: ¿puede la Iglesia dejar este servicio a las demás organizaciones filantrópicas? La respuesta es no. La Iglesia no lo puede hacer. La Iglesia debe practicar el amor hacia el prójimo incluso como comunidad, pues de lo contrario anunciaría de modo incompleto e insuficiente al Dios del amor.
La segunda pregunta: ¿no sería mejor promover un orden de justicia en le que no hubiera necesitados y la caridad se convirtiera en algo superfluo? La respuesta es la siguiente: indudablemente la finalidad de la política es crear un orden justo en la sociedad, donde a cada uno le sea reconocido lo propio y donde nadie sufra a causa de la miseria. En este caso, la justicia es la verdadera finalidad de la política, así como la paz no puede existir sin la justicia. Por su propia naturaleza, la Iglesia no hace política en primera persona, más bien respeta la autonomía del Estado y de sus instituciones.
La búsqueda de este orden de justicia corresponde a la razón común, así como la política es algo que afecta a todos los ciudadanos. Con frecuencia, sin embargo, la razón queda cegada por intereses y por la voluntad de poder. La fe sirve para purificar la razón, para que pueda ver y decidir correctamente. Por tanto, es tarea de la Iglesia curar la razón y reforzar la voluntad por hacer el bien. En ese sentido, sin hacer política, la iglesia participa apasionadamente en la batalla por la justicia. A los cristianos comprometidos en el servicio público, corresponde, en la acción política, abrir siempre nuevos caminos para la justicia.
Sin embargo, sólo he respondido a la primera mitad de nuestra pregunta. La segunda mitad, que en la encíclica me interesa subrayar, dice así: La justicia no hace nunca superfluo el amor. Más allá de la justicia, el hombre tendrá siempre necesidad de amor, que es el único capaz de dar un alma a la justicia. En un mundo tan profundamente herido, como el que conocemos en nuestros días, esta afirmación no tiene necesidad de demostraciones. El mundo espera el testimonio del amor cristiano que se inspira en la fe. En nuestro mundo, con frecuencia tan oscuro, con este amor brilla la luz del Dios.
Spe Salvi: Salvados en la esperanza
El texto, firmado el 30 de noviembre de 2007, consta de una introducción y ocho capítulos y se abre con el pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos: Spe salvi facti sumus (en esperanza fuimos salvados).
"Según la fe cristiana --explica el papa en la Introducción-, la redención, la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino". Por lo tanto, "elemento distintivo de los cristianos" es "el hecho de que ellos tienen un futuro, (...) saben (...) que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. (..) El Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva".
"Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza", explica el Santo Padre. Es algo que entendieron muy bien los Efesios, que antes del encuentro con Dios tenían muchos dioses pero "estaban sin esperanza, (...) sin Dios". El problema para los que vivimos siempre con el concepto cristiano de Dios, subraya el Santo Padre, es el estar acostumbrados al Evangelio: "el tener esperanza, que proviene del encuentro real con (...) Dios, resulta ya casi imperceptible".
El Papa recuerda que Jesús no traía "un mensaje socio-revolucionario" como el de Espartaco y "no era un combatiente por una liberación política como Barrabás o Bar-Kokebá". Lo que Jesús había traído "era algo totalmente diverso: (...) el encuentro con el Dios vivo, (...) el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transforma desde dentro la vida y el mundo", "aunque las estructuras externas permanecieran igual". Cristo nos hace libres verdaderamente: "No somos esclavos del universo" y "de las leyes y de la casualidad de la materia". (...) Somos libres porque "el cielo no está vacío", porque el Señor del universo es Dios, que "en Jesús se ha revelado como Amor".
Cristo es el "verdadero filósofo" que nos dice "quien es en realidad el hombre y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre". "Èl indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida". Y nos ofrece una esperanza que es al mismo tiempo espera y presencia: porque "el hecho de que este futuro exista cambia el presente". El Papa observa que "tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. (...) "La crisis actual de la fe -prosigue- es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana".
"El restablecimiento del "paraíso" perdido, ya no se espera de la fe" sino de los progresos técnicos y científicos, de los que surgirá "el reino del hombre". La esperanza se transforma de ese modo en "fe en el progreso" asentada sobre dos columnas: la razón y la libertad, que parecen garantizar de por sí, en virtud de su bondad intrínseca, una nueva comunidad humana perfecta".
"Hay dos etapas esenciales de la concreción política de esta esperanza" - prosigue Benedicto XVI-: la Revolución francesa y la marxista. Ante la evolución de la Revolución francesa "la Europa de la Ilustración (...) ha tenido que reflexionar (...) de manera nueva sobre la razón y la libertad". Por otra parte, la revolución proletaria "ha dejado tras de sí una destrucción desoladora".
El error fundamental de Marx ha sido éste: "Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. (...) Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo". "Digámoslo ahora de manera muy sencilla -escribe el Papa- el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza". "El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior. (...) El hombre es redimido por el amor". Un amor incondicional, absoluto: "La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo". El Papa indica cuatro lugares para aprender y ejercitar la esperanza. El primero es la oración: "Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. (...) Si ya no hay nadie que pueda ayudarme (...) Èl puede ayudarme". Después de la oración esta el actuar. "La esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos (...) para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano .
Y solamente si sé que "mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiados por el poder indestructible del amor", "puedo esperar ". También el sufrimiento es un lugar de aprendizaje de la esperanza. "Conviene ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento", sin embargo "lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento (...) sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito. (...) Es también fundamental, saber sufrir con los demás y por los demás. "Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren (...) es una sociedad cruel e inhumana". Finalmente, otro lugar para aprender la esperanza es el Juicio de Dios. (...) Existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Existe la "revocación" del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho".
El Papa se muestra "convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial, o en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna". Es imposible que "la injusticia de la historia sea la última palabra. (...) Pero en su justicia está también la gracia". "La gracia no excluye la justicia... Al final, los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada".
Caritas in Veritate: La caridad en la verdad
La Encíclica, fechada el 29 de junio de 2009, solemnidad de San Pedro y San Pablo, consta de una introducción, seis capítulos y una conclusión.
“En la Introducción, el papa recuerda que la caridad es “la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia”. Por otra parte, dado el “riesgo de ser mal entendida o excluida de la ética vivida” advierte de que “un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales”.
“El desarrollo (…) necesita esta verdad”, escribe Benedicto XVI y analiza “dos criterios orien­tadores de la acción moral: la justicia y el bien común. (…) Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Ésta es la vía institucional del vivir social”.
El primer capítulo está dedicado al “Mensaje de la “Populorum progressio” de Pablo VI que “reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según libertad y justicia”. “La fe cristiana -escribe Benedicto XVI- se ocupa del desarrollo no apoyándose en privilegios o posiciones de poder (…) sino solo en Cristo”. El pontífice evidencia que “las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material”. Están ante todo en la voluntad, el pensamiento y todavía más “en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos”.
“El desarrollo humano en nuestro tiempo” es el tema del segundo capítulo. “El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último -reitera el Papa- corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza” Y enumera algunas distorsiones del desarrollo: una actividad financiera “en buena parte especulativa”, los flujos migratorios “frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra”. Frente a esos problemas ligados entre sí, el Papa invoca “una nueva síntesis humanista”, constatando después que “el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos: (…) crece la riqueza mundial en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades (…) y nacen nuevas pobrezas”.
“En el plano cultural -prosigue- (…) las posibilidades de interacción” han dado lugar a “nuevas perspectivas de diálogo”, (…) pero hay un doble riesgo”. En primer lugar “un eclecticismo cultural” donde las culturas se consideran “sustancialmente equivalentes”. El peligro opuesto es el de “rebajar la cultura y homologar los (…) estilos de vida”. Benedicto XVI recuerda “el escándalo del hambre” y auspicia “una ecuánime reforma agraria en los países en desarrollo”.
Asimismo, el pontífice evidencia que el respeto por la vida “en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos” y afirma que “cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida acaba por no encontrar la motivación y la energía necesarias para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre”.
Otro aspecto ligado al desarrollo es el “derecho a la libertad religiosa. La violencia –escribe el Papa--, frena el desarrollo auténtico” y esto “ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración fundamentalista”.
“Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil” es el tema del tercer capítulo, que se abre con un elogio de la experiencia del don, no reconocida a menudo, “debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. (…) El desarrollo, (…) si quiere ser auténticamente humano, necesita en cambio dar espacio al principio de gratuidad”, y por cuanto se refiere al mercado la lógica mercantil, ésta debe estar “ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política”.
Retomando la encíclica Centesimus Annus, indica “la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil” y espera en “una civilización de la economía”. Hacen falta “formas de economía solidaria” y “tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco”.
El capítulo se cierra con una nueva valoración del fenómeno de la globalización, que no se debe entender solo como “un proceso socio-económico”. (…) La globalización necesita “una orientación cultural personalista y comunitaria abierta a la trascendencia (…) y capaz de corregir sus disfunciones”.
En el cuarto capítulo, la Encíclica trata el tema del “Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente”. “Gobierno y organismos internacionales -se lee- no pueden olvidar “la objetividad y la indisponibilidad” de los derechos. A este respecto, se detiene en las “problemáticas relacionadas con el crecimiento demográfico”.
Reafirma que la sexualidad no se puede “reducir a un mero hecho hedonístico y lúdico”. Los Estados, escribe, “están llamados a realizar políticas que promuevan la centralidad de la familia”.
“La economía -afirma una vez más- tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona”. La misma centralidad de la persona, escribe, debe ser el principio guía “en las intervenciones para el desarrollo” de la cooperación internacional. (…) Los organismos internacionales -exhorta el Papa- deberían interrogarse sobre la real eficacia de sus aparatos burocráticos”, “con frecuencia muy costosos”.

El Santo Padre se refiere más adelante a las problemáticas energéticas. “El acaparamiento de los recursos” por parte de Estados y grupos de poder, denuncia, constituyen “un grave impedimento para el desarrollo de los países pobres”. (…) “Las sociedades tecnológicamente avanzadas -añade- pueden y deben disminuir la propia necesidad energética”, mientras debe “avanzar la investigación sobre energías alternativas”.
“La colaboración de la familia humana” es el corazón del quinto capítulo, en el que Benedicto XVI pone de relieve que “el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia”. De ahí que, se lee, la religión cristiana puede contribuir al desarrollo “solo si Dios encuentra un puesto también en la esfera pública”.
El Papa hace referencia al principio de subsidiaridad, que ofrece una ayuda a la persona “a través de la autonomía de los cuerpos intermedios”. La subsidiariedad, explica, “es el antídoto más eficaz contra toda forma de asistencialismo paternalista” y es más adecuada para humanizar la globalización”.
Asimismo, Benedicto XVI exhorta a los Estados ricos a “destinar mayores cuotas” del Producto Interno Bruto para el desarrollo, respetando los compromisos adquiridos. Y augura un mayor acceso a la educación y, aún más, a la “formación completa de la persona” afirmando que, cediendo al relativismo, se convierte en más pobre. Un ejemplo, escribe, es el del fenómeno perverso del turismo sexual. “Es doloroso constatar -observa- que se desarrolla con frecuencia con el aval de los gobiernos locales”.
El Papa afronta a continuación al fenómeno “histórico” de las migraciones. “Todo emigrante, afirma, “es una persona humana” que “posee derechos que deben ser respetados por todos y en toda situación”.
El último párrafo del capítulo lo dedica el Pontífice “a la urgencia de la reforma” de la ONU y “de la arquitectura económica y financiera internacional”. Urge “la presencia de una verdadera Autoridad política mundial” (…) que goce de “poder efectivo”.
El sexto y último capítulo está centrado en el tema del “Desarrollo de los pueblos y la técnica”. El Papa pone en guardia ante la “pretensión prometeica” según la cual “la humanidad cree poderse recrear valiéndose de los ‘prodigios’ de la tecnología”. La técnica, subraya, no puede tener una “libertad absoluta”.
El campo primario “de la lucha cultural entre el absolutismo de la tecnicidad y la responsabilidad moral del hombre es hoy el de la bioética”, explica el Papa, y añade: “La razón sin la fe está destinada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia”. La cuestión social se convierte en “cuestión antropológica”. La investigación con embriones, la clonación, lamenta el Pontífice, “son promovidas por la cultura actual”, que “cree haber desvelado todo misterio”. El Papa teme “una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos”.
En la Conclusión de la Encíclica, el Papa subraya que el desarrollo “tiene necesidad de cristianos con los brazos elevados hacia Dios en gesto de oración”, de “amor y de perdón, de renuncia a sí mismos, de acogida al prójimo, de justicia y de paz”.
En ocho días termina el pontificado del santo padre Benedicto XVI. Él lo sabe y esta semana se ha retirado de toda actividad para vivir unos ejercicios espirituales dentro del Vaticano y de él mismo.
Por ello, en un breve recorrido por la obra y actividades del santo padre, ZENIT viene ofreciendo a sus lectores un Dossier por entregas sobre este pontificado que ha alcanzado casi los ocho años.
Parte de este tiempo, el pastor universal lo ha dedicado a viajar y visitar a su grey alrededor del mundo. En efecto, su recorrido alcanza treinta viajes por Italia –sin contar las muchas parroquias romanas visitadas en su condición de Obispo de Roma--, y la friolera de veinticuatro viajes a veinticinco países, incluyendo la Palestina.
No sería justo privarle entonces del título de “Papa viajero”, ¿a que no?…
Colonia, Alemania: Un joven entre los jóvenes
Al primer viaje le encontramos una similitud con lo que será la agenda del sucesor de Benedicto XVI, pues ambos comenzarán su pontificado con un baño de multitud, en este caso juvenil.
Por cierto, cuando el actual papa revisó sus compromisos iniciales, vio que del 18 al 21 de agosto de 2005 sería la XX Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, nada menos que en su país natal y la confirmó de inmediato. Y el sucesor se encontrará con la JMJ de Río en julio próximo…
Fueron días de “prueba”, según algunos, porque todas las miradas se centraron en el carisma que el papa “tendría” que demostrar ante los miles de jóvenes que llegaron a escucharlo. Y así se rompió un nuevo mito, donde el papa encandiló, emocionó, se hizo escuchar…
Famosa fue aquella navegación en barco por el río Rin con los jóvenes, en una clara representación de la barca de Pedro con su nuevo timonel. También fue apoteósica la fiesta de acogida de los jóvenes en el muelle del Poller Rheinwiesen, y de la multitud que llegó para participar de la Misa en la explanada de Marienfeld.
En Colonia dio un mensaje al mundo al incluir, desde el inicio de sus viajes apostólicos, una audiencia a los representantes de las comunidades musulmanas, quienes acudieron prestos a la cita prevista en el arzobispado de Colonia.
Polonia: Continúa la proteccción
No está claro si fue una visita programada por Juan Pablo II, dado su estado de salud y un reciente viaje a su país natal, pero Benedicto XVI dio una clara muestra de gratitud por la figura de su antecesor, al visitar Polonia del 25 al 28 de mayo de 2006.
El símbolo de la visita fue su llegada al santuario de la Virgen de Jasna Góra en Częstochowa, donde veneró y sin duda, pidió las mismas luces y protección que la Virgen negra prodigara al amado papa polaco.
Entre las acostumbradas visitas y encuentros con los gobernantes, políticos y obispos, el papa tuvo a bien encontrarse con los religiosos, religiosas, seminaristas y representantes de los movimientos y de la vida consagrada en el mismo santuario de Jasna Góra, continuando así la costumbre de su antecesor durante sus viajes.
Otro momento a resaltar fue el esperado encuentro con el arzobispo Jeremías, jefe de la Iglesia Ortodoxa autocéfala y jefe del Consejo Ecuménico Polaco.
Valencia: Fe en la familia
Otro evento ya programado, pero confirmado sin duda por el nuevo pontífice, fue el V Encuentro Mundial de las Familias en la ciudad española de Valencia, en el que estuvo presente del 8 al 9 de julio de 2006.
Si bien allí cumplió con la visita de cortesía a los Reyes de España en el Palacio de laGeneralitat de Valencia, convocó al entonces presidente de Gobierno de España al Palacio Arzobispal de Valencia, en un momento político particular, porque los socialistas venían cerrando cada vez más el cerco a la acción de la Iglesia en España.
En dicha visita fue inolvidable el Encuentro festivo y testimonial con las familias, donde habló y escuchó, para luego presidir la multitudinaria Eucaristía de clausura del V Encuentro Mundial, en la moderna Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia.
Munich, Altötting y Ratisbona: Hablar en casa
Está claro que apenas pudo programar un nuevo viaje, lo hizo nuevamente del 9 al 14 de septiembre de 2006 al país que lo vio nacer, y volvió sus pasos por los lugares de su infancia, de su vida como consagrado y como catedrático.
Un encuentro significativo, unido a los que tuvo con los gobernantes del país, fue con el ministro presidente de su Baviera natal, en la Residencia Real de la plaza Max-Joseph.
Luego,en la Catedral de Munich, celebraría las Vísperas, iniciando así una práctica recurrente en sus viajes y actividades vaticanas –algunas ecuménicas--, dando realce a la riqueza del Oficio Divino.
Durante la visita a Alemania, volvió a su antiguo centro de enseñanza, esto es, a la Universidad de Ratisbona, para el famoso encuentro con los representantes de la ciencia, donde dijo lo que dijo sobre Mahoma.
Otro que lo esperaba, esta vez con la mesa servida y calor de hogar en Pentling, fue su hermano, el canónigo Georg Ratzinger, con quien tuvo un momento de intimidad y reposo. El encuentro se vio coronado con la visita de ambos al cementerio de Ziegetzdorf para orar ante la tumba de sus padres.
Turquía: Oriente y Occidente cristianos
Eran muchos elementos juntos los que se presentaban en la histórica visita del papa a una tierra de mayoría musulmana, realizada del 28 de noviembre al 1 de diciembre de 2006.
Cruzaba así los límites continentales para dar también una señal de acercamiento al cristianismo de Oriente y recorrer los pasos de Pablo por Éfeso donde celebraría una misa.
Pero a la vez tendría al mundo a la expectativa sobre una posición de la Santa Sede acerca del ingreso de Turquía en la Unión Europea. Aunque el primer ministro turco aseguró a los medios que el papa asintió con la cabeza a su pedido, los voceros oficiales vaticanos nunca lo confirmaron.
Esta tierra, rica de tradición apostólica, fue el escenario para que el papa tuviera un encuentro privado con el patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, que sería el inicio de una fecunda relación sostenida durante todo su pontificado.
También visitó y oró en la catedral armenia apostólica y tuvo un encuentro con su beatitud el patriarca armenio Mesrob II. Otros encuentros memorables fueron con el metropolita siro-ortodoxo y con el gran rabino de Turquía.
Muchos recuerdan su simbólica visita al Mausoleo de Ataturk, padre de la Turquía moderna, donde Benedicto XVI depositó una corona de flores ante la tumba y escribió en inglés una frase que sintetizaba lo que sería su pensamiento y obra en los siguientes años: "En esta tierra, cruce de caminos de las diferentes culturas y religiones y puente entre Asia y Europa, hago mías las palabras del fundador de la República turca, Ataturk, para expresar mi deseo: «Paz en la patria, paz en el mundo»".
Brasil: Continente de la esperanza y de la Caridad
Con motivo de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida, Brasil, el santo padre realizó su primer viaje transoceánico del 9 al 14 de mayo de 2007, donde permaneció principalmente en São Paulo.
Tuvo allí la ocasión para elevar a los altares definitivamente al beato franciscano Antonio de Santa Ana, durante una concurrida misa en el Campo de Marte de São Paulo.
Se recuerda de manera especial la emoción que sintió el papa al escuchar los testimonios de extoxicómanos, que hoy son rescatados por la comunidad de la Hacienda de la Esperanza, en Guaratinguetá, hasta donde llegó. También quedó impresa la imagen del abrazo con los niños que corrieron hacia él, escena que se ha convertido en foto-símbolo de portadas, libros y sitios on line del mundo entero.
La actividad de fondo, y a la que el papa se había preparado con atención, fue la Santa Misa y Sesión inaugural de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, en la explanada situada frente al Santuario de Nuestra Señora de Aparecida. Allí tuvo la oportunidad de hacerle sentir al continente latinoamericano lo cerca que estaba de su corazón, y donde lo rebautizó como el “Continente de la Esperanza y de la Caridad”.
Austria: Tierra de nueva evangelización
El motivo principal de la visita del santo padre a Austria del 7 al 9 de septiembre de 2007, fue la celebración del 850 aniversario de la fundación del Santuario de Mariazell, lugar donde celebró una misa con amplia asistencia de fieles y peregrinos. Fue el escenario para que Benedicto XVI empezara a delinear sus ideas de avanzada sobre lo que podría ser la Nueva Evangelización en los países de antiguo cristianismo.
Un encuentro simbólico fue el que tuvo con los monjes de la Abadía de Heiligenkreuz, que viene a ser el más antiguo monasterio cisterciense del mundo que ha seguido activo sin ninguna interrupción.
Al final de su visita se dirigió a los colaboradores voluntarios de los organismos de ayuda, cuyo número es muy alto, y quienes lo esperaban en el Wiener Konzerthaus. Allí los organizadores lo sorprendieron ofreciéndole interpretaciones impecables de su autor preferido, Wolfgang Amadeus Mozart, también austríaco, y de los Niños cantores de Viena, gestos que el papa reconoció y agradeció.
Estados Unidos de América y Organización de las Naciones Unidas: Sí a la Vida
Fue así que del 15 al 21 de abril de 2008 el papa Benedicto XVI volvió a cruzar el océano para llegar hasta tierras norteamericanas, donde tenía previsto también intervenir ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.
A su llegada al país, fue recibido por el mismo presidente de los Estados Unidos de América y la Primera Dama en el aeropuerto militar Andrews de las Fuerzas aéreas, gesto que fue destacado por la prensa especializada y por la Casa Blanca, como un hecho de excepción en el protocolo del jefe de estado.
Mientras estuvo en la capital, el santo padre tuvo importantes encuentros, entre los que sobresalió aquel con los educadores católicos en la Catholic University of America, a quienes alentó en la difícil tarea por venir en defensa de la vida.
Ya en Nueva York, dirigió un importante discurso en la sede de la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde hizo un llamado a “proteger a la humanidad” y pudo despedirse de los presentes con un mensaje de paz en varios idiomas, lo que fue acogido con admiración y respeto.
No abandonó el país sin visitar el Ground Zero de Nueva York, donde se arrodilló a orar por las víctimas y victimarios del ataque a las Torres Gemelas del World Trade Center, ocurrido el 11 de septiembre de 2001.


Palabra y Creador: cómo se manifiesta Dios al hombre

Salvatore Cernuzio


El Dios de la gracia, el Dios de la palabra, el Dios creador. Las extraordinarias imágenes utilizadas por el cardenal Ravasi en sus catequesis antes de los Ejercicios Espirituales dibujan un recorrido que, marcado por la poesía de los Salmos, fluye de las "sagradas corrientes del Jordán" para llegar hasta los "altísimos impresionantes espacios siderales", horizontes epifánicos en los que Dios se muestra al hombre.
Las reflexiones del presidente del dicasterio para la Cultura, ante el papa y la Curia Romana son una invitación a descubrir de nuevo el rostro de Dios a partir precisamente de las páginas de los Salmos. En particular, en la segunda meditación pronunciada el lunes por la mañana, el purpurado utilizó los salmos 119 y 23 para describir el vibrante amor presente en la Palabra de Dios, definida antes gran teofanía "que brilla en la oscuridad de la existencia".
Es la Palabra, de hecho, el "primer rostro con el que Dios se presenta" ha dicho el cardenal. "La gracia de Dios se confía a la Palabra" y es significativo señalar "que las palabras iniciales del Antiguo y del Nuevo Testamento están marcadas por la Palabra".
"Al inicio era el Verbo...", "Dios dijo...", todas expresiones que identifican esta Palabra reveladora y al mismo tiempo creadora. Porque la misma creación "es un evento sonoro", afirmó el cardenal, "es una Palabra, la realidad paradójicamente más humana, la extremadamente frágil --porque una vez dicha se apaga- pero al mismo tiempo tiene una eficacia particular, porque sin la Palabra no existiría la comunicación".
Haciéndonos eco de los versos del salmo 119: "Lámpara para mis pies es tu palabra", la palabra es "guía dentro de la niebla", es luz que abre una luz tenue en el horizonte "gris", "fluido", "incierto" de la cultura moderna, donde, según el purpurado, "se celebra la amoralidad", y reina la absoluta indiferencia, tanto que "ya no hay distinción entre dulce y amargo, entre día y noche".
Pero la Palabra es también criterio que indica "la verdadera escala de los valores", demasiado a menudo "calibrada sobre las cosas, el dinero, el poder". Y es también "profesión de amor" que lleva a "un nivel superior" de comunicación: la oración, diálogo íntimo con el Padre Eterno. "Corriente de luz, de guía, de dulzura, corriente de amor, de iluminación ética", el Logos es todo esto, pero sobre todo, para el purpurado, es "principio de confianza". Una confianza que en los cantos litúrgicos se ejemplifica en los versos del Salmo 23, el llamado "canto del pastor".
En este Salmo, explicó el presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, Dios se revela como "pastor que guía el rebaño y que es, al mismo tiempo, compañero de viaje", remarcando así "el valor de la gracia: verdad de un lado y amor por el otro".
Hay, en estos versos, "el compartir del camino", subrayó el cardenal. Un camino que no es el "del mundo vagante sin una meta", sino que indica una llegada: la mesa repleta en el Templo para el sacrificio de comunión, símbolo de la liturgia que es también Epifanía de Dios.
Por esto el 23 "es el salmo de la confianza", concluyó Ravasi, porque esto demuestra que "no estamos solos en el camino de la vida", y que "la meta a alcanzar por la oración, por la fe, es la celebración de la liturgia, cuando juntos comeremos en la misma mesa".
Si la Palabra es la primera Epifanía del Señor, la segunda es la creación: "una palabra diferente de Dios" que "contiene una música teológica silenciosa", como afirmaba el comentarista del Salterio Gunkel.
Profundizando este tema en la tercera meditación, del lunes por la mañana, el cardenal Ravasi habló de los espacios astrales como "testimonios entusiastas de la obra creadora de Dios", y de hombres incapaces de contemplar la creación a ellos confiada, tanto como para "humillarla", "devastarla" y "usarla solo instrumentalmente".
"La ausencia del estupor en el hombre contemporáneo es signo de superficialidad" denunció el purpurado. Este, añadió, “se inclina sólo ante la obra de sus manos, incapaz de alzar la vista hacia el cielo, de admirar en profundidad los dos extremos, el del universo y el del microcosmos. Ya no tiene sentido de la tierra como hermana".
Por eso es necesario "encontrar de nuevo los poiemata [el poemario], las armonías de Dios en la creación", crear "una espiritualidad que --paradójicamente- tenga su carnalidad".
De lo contrario, como presagiaba Chersterton: "El mundo no se perderá por falta de maravillas sino por falta de maravilla".
El presidente del dicasterio para la Cultura se detuvo en el tema tan querido por el teólogo Benedicto XVI y aún antes por Juan Pablo II: la relación entre fe y ciencia. "Dos magisterios no superpuestos”, dijo el cardenal, recordando las palabras del científico Gould, "distintas pero no totalmente separadas". "La fe está interesada en el fundamento, la ciencia en el escenario". Una responde a los "por qués" y la otra a los "cómo". Por tanto, "se necesitan la una a la otra para completarse en la mente del hombre que piensa seriamente". "Es decir --dijo Ravasi- nos lleva a la fide set ratio, dos alas para viajar por el mundo del misterio pero también por la realidad misma", de la que Ratzinger ha sido riguroso testimonio.
Hay algunos excesos que evitar, como indica Pascal: "excluir la razón, no admitir más que la razón". Pero al mismo tiempo hay un camino, que el mismo filósofo ilustra: "Las cosas humanas es necesario entenderlas para poder amarlas; las cosas divinas es necesario amarlas para poder entenderlas".
Añadió el purpurado: "Debes lanzarte primero al mar de la fe y después comenzar a navegar". Emblema de estas dos vías que proceden "en contrapunto y no en oposición", es el doble sol del Salmo 19. "Así el sol luce en el cielo y nos habla de la revelación cósmica --concluyó el cardenal de la Cultura--. Pero está también la Palabra de Dios que es el otro sol, que nos ilumina en plenitud. Esto es, palabra reveladora y palabra creadora".

20 febrero 2013


Ejemplar renuncia del papa

Felipe Arizmendi Esquivel  (Obispo de San Cristóbal de las Casas)

SITUACIONES
A todos nos causó sorpresa el anuncio de Benedicto XVI de renunciar a su ministerio como Sucesor de Pedro. Las reacciones han sido variadas. En vez de admirar y valorar su profunda madurez humana y cristiana, su clarividencia evangélica para decidir el momento oportuno, su generosidad espiritual al no estar aferrado a un puesto, su gran libertad para tomar decisiones tan trascendentes, y sobre todo su arraigado y sacrificado amor a la Iglesia, de inmediato se suscitan elucubraciones sobre quién podría ser elegido nuevo Papa, o sobre si hay otras razones para su renuncia. Unos que se consideran especialistas en asuntos religiosos, de inmediato expresan opiniones que nos confirman lo que ya había dicho Jesús, que quien tiene los ojos manchados, todo lo ve sucio… Unos fieles se sienten un poco desconcertados.
ILUMINACION
Lo más indicado es analizar el texto de su renuncia: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.
Os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mí respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”.
Esta decisión no es una total sorpresa, pues hace poco más de dos años, cuando el periodista alemán Peter Seewald le preguntó al respecto, dijo: “Si el papa llega a reconocer con claridad que física, psíquica y mentalmente no puede ya con el encargo de su servicio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar” (Libro Luz del Mundo, pág. 43).
Y el Código de Derecho Canónico, que norma la vida de la Iglesia, con toda claridad indica: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie” (canon 332,2).
COMPROMISOS
Sirva este signo profético del Papa como una invitación a no aferrarnos al ejercicio de una autoridad. Un padre de familia, a tiempo distribuya las herencias y no retenga su poder sobre los bienes que pueda dejar a los hijos. Un catequista, un servidor de la Iglesia, presente su renuncia periódicamente, para que la comunidad crezca. Un líder sindical, un gobernante, no se empecine en su cargo como si nadie más fuera capaz de ejercerlo. Los obispos presentamos al Papa nuestra renuncia, al cumplir 75 años, o cuando la salud u otras causas nos impiden presidir la diócesis. Esto es lo más sano para la Iglesia, a la que el Espíritu Santo no deja de asistir. La fe asegura que Jesús es el Supremo Pastor. Oremos por que se elija un buen sucesor y no nos impresionemos por opiniones sin fundamento real.