24 febrero 2014

'Fidelis dispensator et prudens'

Motu Proprio del Papa para la gestión de los bienes económicos de la Santa Sede.


“Del mismo modo que el administrador fiel y prudente tiene la tarea de cuidar atentamente lo que le ha sido confiado, así la Iglesia es consciente de la responsabilidad de proteger y gestionar con atención sus bienes, a la luz de su misión de evangelización y con una atención especial a los más necesitados.
En particular, la gestión de los sectores económicos y financieros de la Santa Sede está estrechamente ligada a su misión específica, no sólo al servicio del ministerio universal del Santo Padre , sino también en relación con el bien común, en la perspectiva del desarrollo integral de la persona humana.Después de considerar atentamente los resultados del trabajo de la Comisión referente de estudio y guía sobre organización de la estructura económica - administrativa de la Santa Sede (cf. Quirógrafo de 18 de julio de 2013), previa consulta con el Consejo de Cardenales para la reforma de la Constitución Apostólica “Pastor Bonus” y con el Consejo de Cardenales para el estudio de los problemas organizativos y económicos de la Santa Sede, con esta Carta Apostólica en forma de Motu Proprio establezco lo siguiente:CONSEJO PARA LA ECONOMÍA
1. Se establece el Consejo de Economía , con la tarea de proporcionar orientación sobre la gestión económica y de supervisar las estructuras y las actividades administrativas y financieras de los dicasterios de la Curia Romana, de las instituciones relacionadas con la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano.
2. El Consejo de Economía se compone de quince miembros, ocho de los cuales son elegidos de entre los cardenales y obispos para reflejar la universalidad de la Iglesia y siete laicos expertos de varias nacionalidades con competencia financiera y profesionalidad reconocidas.
3. El Consejo de Economía está presidida por un cardenal coordinador.SECRETARIA DE ECONOMÍA
4. Se establece la Secretaría de Economía , como dicasterio de la Curia Romana de acuerdo con la Constitución Apostólica Pastor Bonus .
5. Teniendo en cuenta lo establecido por el Consejo de Economía , la Secretaría responde directamente al Santo Padre y lleva a cabo el control económico y la supervisión de los entes, contemplados en el apartado 1, así como las políticas y procedimientos relativos a la adquisición y la asignación adecuada de los recursos humanos , en el respeto de las competencias propias de cada ente . La competencia de la Secretaría , por tanto, se extiende a todo lo que de alguna manera entra en el ámbito en cuestión.
6. La Secretaría de Economía está presidida por un Cardenal Prefecto, el cual colabora con el Secretario de Estado . Un Prelado Secretario General tiene la tarea de ayudar al Cardenal Prefecto .AUDITOR GENERAL
7. El Auditor General es nombrado por el Santo Padre y tiene la tarea de llevar a cabo la revisión contable (auditoría ) de los entes mencionados en el apartado 1 .LOS ESTATUTOS
8. El Cardenal Prefecto es responsable de la redacción de los Estatutos definitivos del Consejo de Economía ,de la Secretaría de Economía y de la Oficina del Auditor General.
Los Estatutos se presentarán quam primum a la aprobación del Santo Padre .Dispongo que cuanto establecido tenga un valor inmediato , pleno y duradero , incluso mediante la abrogación de todas las disposiciones incompatibles y que la presente Carta Apostólica en forma de Motu Proprio se publique en " L' Osservatore Romano" del 24 de febrero de 2014, y en los Acta Apostolicae Sedis .

'Es absurdo seguir a Cristo al margen de la Iglesia'

El Papa en la homilía de este lunes


Seguir a Jesús no es “una idea" sino un "continuo permanecer en casa", la Iglesia, donde Cristo siempre trae consigo a cualquiera, también a quien se ha alejado. Estas son las palabras del papa Francisco durante la homilía de la misa de este lunes en la capilla de la Casa Santa Marta.
Un niño convulsionando, que rueda por el suelo echando espuma, en medio de una multitud conmocionada e indefensa. Y su padre, que casi se aferra a Jesús, rogándole que libere a su hijo de la posesión diabólica. Es el drama que presenta el Evangelio de hoy, y que el Santo Padre considera punto por punto: el parloteo de los espectadores, que discuten sin sentido, Jesús que llega y se informa, "el ruido que disminuye", el angustiado padre que surge de la multitud y decide contra toda esperanza esperar en Jesús. Y Jesús, que movido por la fe cristalina del padre cristalina tiene compasión, expulsa al espíritu y luego se inclina con dulzura sobre el joven, que parece muerto, ayudándole a ponerse de pie:
"Todo ese desorden, esa discusión termina en un gesto: Jesús que se inclina, toma al niño. Estos gestos de Jesús nos hacen pensar. Jesús cuando cura, cuando va entre la gente y cura a una persona, nunca la deja sola. No es un mago, un brujo, un curandero que va y cura y sigue: a cada uno lo hace volver a su lugar, no lo deja en la calle. Y son gestos hermosísimos del Señor".
Aquí está la enseñanza, explica el Pontífice: "Jesús - dice - siempre nos hace volver a casa, nunca nos deja solos en el camino". El Evangelio, recuerda, está diseminado de estos gestos. La resurrección de Lázaro, la vida entregada a la hija de Jairo, y al niño de una madre viuda. Pero también la oveja perdida conducida al redil o la moneda perdida y encontrada por la mujer:
"Porque Jesús no ha venido del cielo solo, es Hijo de un pueblo. Jesús es la promesa hecha a un pueblo, y su identidad también es la pertenencia a ese pueblo, que desde Abraham camina hacia la promesa. Y estos gestos de Jesús nos enseñan que cada curación, que cada perdón siempre nos hacen volver a nuestro pueblo, que es la Iglesia".
Jesús perdona siempre y sus gestos - continúa el papa Francesco - también se convierten en "revolucionarios" o "inexplicables", cuando su perdón llega a aquellos que se han alejado "demasiado", como el publicano Mateo o su colega Zaqueo. Además, insiste el Santo Padre, Jesús siempre, "cuando perdona, hace regresar a casa. Y por eso no puede entender a Jesús" sin el pueblo de Dios. Es "absurdo amar a Cristo sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, seguir a Cristo al margen de la Iglesia”, reafirma el Pontífice citando y parafraseando una vez más a Pablo VI . "Cristo y la Iglesia están unidos",  y "cada vez que Cristo llama a una persona, la lleva a la Iglesia". Para eso, añade, "es bueno" que un niño "vaya a bautizarse en la Iglesia",  la "Iglesia madre":
"Y estos gestos de tanta ternura de Jesús nos hacen comprender lo siguiente: que nuestra doctrina, por así decirlo, o nuestro seguimiento a Cristo, no es una idea, es un continuo permanecer en casa. Y si cada uno de nosotros tiene la posibilidad y la realidad de abandonar el hogar por un pecado, un error - Dios lo sabe - la salvación es volver a casa con Jesús en la Iglesia . Son gestos de ternura . Uno por uno, el Señor nos llama así, a su pueblo, dentro de su familia, nuestra madre, la Santa Iglesia. Pensamos en estos gestos de Jesús".

23 febrero 2014

«Y Jesús iba delante de ellos...»

Discurso del Papa a los nuevos Cardenales


«Y Jesús iba delante de ellos...» (Mc 10,32)
También en este momento Jesús camina delante de nosotros. Él siempre está por delante de nosotros. Él nos precede y nos abre el camino... Y esta es nuestra confianza y nuestra alegría: ser discípulos suyos, estar con él, caminar tras él, seguirlo...
Cuando con los Cardenales hemos concelebrado juntos la primera Misa en la Capilla Sixtina, «caminar» ha sido la primera palabra que el Señor nos ha propuesto: caminar, y después construir y confesar.
Hoy vuelve esta palabra, pero como un acto, como una acción de Jesús que continúa: «Jesús caminaba...». Nos llama la atención esto en los evangelios: Jesús camina mucho e instruye a los suyos a lo largo del camino. Esto es importante. Jesús no ha venido a enseñar una filosofía, una ideología..., sino una «vía», una senda para recorrerla con él, y la senda se aprende haciéndola, caminando. Sí, queridos hermanos, esta es nuestra alegría: caminar con Jesús.
Y esto no es fácil, no es cómodo, porque la vía escogida por Jesús es la vía de la cruz. Mientras van de camino, él habla a sus discípulos de lo que le sucederá en Jerusalén: anuncia su pasión, muerte y resurrección. Y ellos se quedan «sorprendidos» y «asustados». Sorprendidos, cierto, porque para ellos subir a Jerusalén significaba participar en el triunfo del Mesías, en su victoria, como se ve luego en la petición de Santiago y Juan; y asustados por lo que Jesús habría tenido que sufrir, y que también ellos corrían el riesgo de padecer.
A diferencia de los discípulos de entonces, nosotros sabemos que Jesús ha vencido, y no deberíamos tener miedo de la cruz, sino que, más bien, en la Cruz tenemos nuestra esperanza. No obstante, también nosotros somos humanos, pecadores, y estamos expuestos a la tentación de pensar según el modo de los hombres y no de Dios.
Y cuando se piensa de modo mundano, ¿cuál es la consecuencia? Dice el Evangelio: «Los otros diez se indignaron contra Santiago y Juan» (v. 41). Ellos se indignaron. Si prevalece la mentalidad del mundo, surgen las rivalidades, las envidias, los bandos...
Así, pues, esta palabra que hoy nos dirige el Señor es muy saludable. Nos purifica interiormente, proyecta luz en nuestra conciencia y nos ayuda a ponernos en plena sintonía con Jesús, y a hacerlo juntos, en el momento en que el Colegio de Cardenales se incrementa con el ingreso de nuevos miembros.
«Llamándolos Jesús a sí...» (Mc 10,42). He aquí el otro gesto del Señor. Durante el camino, se da cuenta de que necesita hablar a los Doce, se para y los llama a sí. Hermanos, dejemos que el Señor Jesús nos llame a sí. Dejémonos con-vocar por él. Y escuchémosle con la alegría de acoger juntos su palabra, de dejarnos enseñar por ella y por el Espíritu Santo, para ser cada vez más un solo corazón y una sola alma en torno a él.
Y mientras estamos así, convocados, «llamados a sí» por nuestro único Maestro, os digo lo que la Iglesia necesita: tiene necesidad de vosotros, de vuestra colaboración y, antes de nada, de vuestra comunión, conmigo y entre vosotros. La Iglesia necesita vuestro valor para anunciar el evangelio en toda ocasión, oportuna e inoportunamente, y para dar testimonio de la verdad. La Iglesia necesita vuestras oraciones, para apacentar bien la grey de Cristo, la oración ─no lo  olvidemos─ que, con el anuncio de la Palabra, es el primer deber del Obispo. La Iglesia necesita vuestra compasión sobre todo en estos momentos de dolor y sufrimiento en tantos países del mundo. Expresemos juntos nuestra cercanía espiritual a las comunidades eclesiales, a todos los cristianos que sufren discriminación y persecución. ¡Debemos luchar contra cualquier discriminación! La Iglesia necesita que recemos por ellos, para que sean fuertes en la fe y sepan responder el mal con bien. Y que esta oración se haga extensiva a todos los hombres y mujeres que padecen injusticia a causa de sus convicciones religiosas.
La Iglesia también necesita de nosotros para que seamos hombres de paz y construyamos la paz con nuestras obras, nuestros deseos, nuestras oraciones. ¡Construir la paz! ¡Artesanos de la paz! Por ello imploramos la paz y la reconciliación para los pueblos que en estos tiempos sufren la prueba de la violencia, de la exclusión y de la guerra.
Gracias, queridos hermanos. Gracias. Caminemos juntos tras el Señor, y dejémonos convocar cada vez más por él, en medio del Pueblo fiel, del santo Pueblo fiel de Dios, de la Santa Madre Iglesia. Gracias.

Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo

Homilí­a del Papa en la Eucaristí­a concelebrada con los nuevos cardenales


«Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu». Esta oración del principio de la Misa indica una actitud fundamental: la escucha del Espíritu Santo, que vivifica la Iglesia y el alma. Con su fuerza creadora y renovadora, el Espíritu sostiene siempre la esperanza del Pueblo de Dios en camino a lo largo de la historia, y sostiene siempre, como Paráclito, el testimonio de los cristianos. En este momento, junto con los nuevos cardenales, queremos escuchar la voz del Espíritu, que habla a través de las Escrituras que han sido proclamadas.


En la Primera Lectura ha resonado el llamamiento del Señor a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo». Y Jesús, en el Evangelio, replica: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». Estas palabras nos interpelan a todos nosotros, discípulos del Señor; y hoy se dirigen especialmente a mí y a vosotros, queridos hermanos cardenales, sobre todo a los que ayer habéis entrado a formar parte del Colegio Cardenalicio. Imitar la santidad y la perfección de Dios puede parecer una meta inalcanzable. Sin embargo, la Primera Lectura y el Evangelio sugieren ejemplos concretos de cómo el comportamiento de Dios puede convertirse en la regla de nuestras acciones. Pero recordemos, todos nosotros, que, sin el Espíritu Santo, nuestro esfuerzo sería vano. La santidad cristiana no es en primer término un logro nuestro, sino fruto de la docilidad ―querida y cultivada― al Espíritu del Dios tres veces Santo.
El Levítico dice: «No odiarás de corazón a tu hermano... No te vengarás, ni guardarás rencor... sino que amarás a tu prójimo...». Estas actitudes nacen de la santidad de Dios. Nosotros, sin embargo, a veces somos tan diferentes, tan egoístas y orgullosos...; pero la bondad y la belleza de Dios nos atraen, y el Espíritu Santo nos puede purificar, nos puede transformar, nos puede modelar día a día. Hacer este trabajo de conversión, conversión del corazón, conversión a la que todos nosotros, vosotros cardenales y yo, debemos hacer, esta conversión.
También Jesús nos habla en el Evangelio de la santidad, y nos explica la nueva ley, la suya. Lo hace mediante algunas antítesis entre la justicia imperfecta de los escribas y los fariseos y la más alta justicia del Reino de Dios. La primera antítesis del pasaje de hoy se refiere a la venganza. «Habéis oído que se os dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: ...si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra». No sólo no se ha devolver al otro el mal que nos ha hecho, sino que debemos de esforzarnos por hacer el bien con largueza.
La segunda antítesis se refiere a los enemigos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”. A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades, en el mundo. Hermanos cardenales, Jesús no ha venido para enseñarnos los buenos modales, las formas de cortesía. Para esto no era necesario que bajara del cielo y muriera en la cruz. Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado, y este camino de santidad, es la misericordia. La que Él nos ha dado y cada día tiene con nosotros. Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo. Y esto es lo que el Señor nos pide a nosotros.
Queridos hermanos cardenales, el Señor Jesús y la Madre Iglesia nos piden testimoniar con mayor celo y ardor estas actitudes de santidad. Precisamente en este suplemento de entrega gratuita consiste la santidad de un cardenal. Por tanto, amemos a quienes nos contrarían; bendigamos a quien habla mal de nosotros; saludemos con una sonrisa al que tal vez no lo merece; no pretendamos hacernos valer, contrapongamos más bien la mansedumbre a la prepotencia; olvidemos las humillaciones recibidas. Dejémonos guiar siempre por el Espíritu de Cristo, que se sacrificó a sí mismo en la cruz, para que podamos ser «cauces» por los que fluye su caridad. Esta es la la actitud, este debe ser el comportamiento de un cardenal. El cardenal entra en la Iglesia de Roma, hermanos, no en una corte. Evitemos todos y ayudémonos unos a otros a evitar hábitos y comportamientos cortesanos: intrigas, habladurías, camarillas, favoritismos, preferencias. Que nuestro lenguaje sea el del Evangelio: «Sí, sí; no, no»; que nuestras actitudes sean las de las Bienaventuranzas, y nuestra senda la de la santidad.
Rezemos nuevamente, tu ayuda Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu. El Espíritu Santo nos habla hoy por las palabras de san Pablo: «Sois templo de Dios...; santo es el templo de Dios, que sois vosotros». En este templo, que somos nosotros, se celebra una liturgia existencial: la de la bondad, del perdón, del servicio; en una palabra, la liturgia del amor. Este templo nuestro resulta como profanado si descuidamos los deberes para con el prójimo. Cuando en nuestro corazón hay cabida para el más pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios quien encuentra puesto. Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo. Un corazón vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y destinada a otra cosa.
Queridos hermanos cardenales, permanezcamos unidos en Cristo y entre nosotros. Os pido vuestra cercanía con la oración, el consejo, la colaboración. Y todos vosotros, obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos, uníos en la invocación al Espíritu Santo, para que el Colegio de Cardenales tenga cada vez más ardor pastoral, esté más lleno de santidad, para servir al evangelio y ayudar a la Iglesia a irradiar el amor de Cristo en el mundo.

"La unidad es más importante que los conflictos"

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el segunda Lectura de este domingo, san Pablo afirma: "Ninguno ponga su orgullo en los hombres, porque todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefa (es decir Pedro), el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro: ¡todo es vuestro! Pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios". ¿Por qué dice esto el apóstol? El problema que el Apóstol se encuentra de frente es el de las divisiones en la comunidad de Corinto, donde se habían formado grupos que se referían a varios predicadores considerándoles sus jefes; decían: "Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefa...". San Pablo explica que este modo de pensar es equivocado, porque la comunidad no pertenece a los apóstoles, pero son ellos, los apóstoles, los que pertenecen a la comunidad; ¡pero la comunidad, toda entera, pertenece a Cristo!
De esta pertenencia deriva que en las comunidades cristianas - diócesis, parroquias, asociaciones, movimientos - las diferencias no pueden contradecir el hecho que todos, por el bautismo, tenemos la misma dignidad: todos, en Jesucristo, somos hijos de Dios. Y esta es nuestra dignidad. En Cristo somos hijos de Dios.
Aquellos que han recibido un ministerio de guía, de predicación, de administrar los Sacramentos, no deben considerarse propietarios de poderes especiales, sino ponerse al servicio de la comunidad, ayudándola a recorrer con alegría el camino de la santidad.
La Iglesia hoy confía el testimonio de este estilo de vida pastoral a los nuevos cardenales, con los cuales he celebrado esta mañana la santa Misa. ¿Podemos saludar todos a los nuevos cardenales con un aplauso? ¡Saludamos a todos! El Consistorio ayer y la celebración eucarística hoy, nos han ofrecido una ocasión preciosa para experimentar la catolicidad, la universalidad de la Iglesia, bien representada por la variada procedencia de los miembros del colegio cardenalicio, recogidos en estrecha comunión entorno al sucesor de Pedro. Y que el Señor nos dé la gracia de trabajar para la unidad de la Iglesia. De construir esta unidad, porque la unidad es más importante que los conflictos. La unidad de la Iglesia es en Cristo. Los conflictos son problemas que no siempre son de Cristo.
Los momentos litúrgicos y de fiesta, que hemos tenido la oportunidad de vivir en el curso de las últimas jornadas, refuercen en todos nosotros la fe, el amor por Cristo y ¡por su Iglesia! Os invito a sostener estos pastores y asistirles con la oración, para que guíen siempre con celo el pueblo que se les ha confiado, mostrando a todos la ternura y el amor del Señor. Pero, ¿cuánto necesitan de oraciones un obispo, un cardenal, un Papa para que pueda ayudar a llevar adelante el pueblo de Dios? Digo ayudar, es decir, servir al pueblo de Dios. Porque la vocación de la Iglesia o de los cardenales o del Papa es precisamente esta. Ser servidores, servir en nombre de Cristo. Rezad por nosotros, para que todos seamos buenos servidores. Buenos servidores, no buenos propietarios.
Todos juntos, obispos, presbíteros, personas consagradas y fieles laicos debemos ofrecer el testimonio de una Iglesia fiel a Cristo, animada por el deseo de servir a los hermanos y lista para ir al encuentro con valor profético a la espera y a las exigencias espirituales de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo. La Virgen nos acompaña y nos proteja en este camino.
A continuación, el Papa ha rezado el ángelus.
Para concluir ha saludado a los presentes con estas palabras:
Saludo a todos los peregrinos presentes, en particular a los venidos con ocasión del Consistorio para acompañar a los nuevos cardenales; y agradezco mucho a los países que han querido estar presentes en este evento con delegaciones oficiales.
Saludos a los estudiantes de Tolosa y la comunidad de los venezolanos residentes en Italia.
Saludo a los fieles de Caltanissetta, Reggio Calabria, Sortino, Altamura, Ruvo y Lido degli Estensi; los jóvenes de Reggio Emilia y los de la diócesis de Lodi; la Asociación ciclista de Agrigento y los voluntarios de la Protección Civil de la Bassa Padovana.
A todos os deseo un feliz domingo y buena comida. ¡Hasta pronto!

21 febrero 2014

Muerte dulce con Dios

Pablo Cabellos Llorente


Esta es la muerte con Dios que yo querría, pero tendré la que Él quiera, que será la mejor para mí
Finales de los años sesenta. Luis María era tornero en un taller de automóviles. Había conocido en su ciudad −Pamplona− la Peña Egulbati, que realizaba numerosas y variadas actividades para gente joven y para algunos menos jóvenes: desde deporte −sobre todo, futbol con la participación en el campeonato Los Boscos, muy popular entonces entre las peñas de la capital foral−, hasta otras acciones lúdicas y formativas, como cursos de formación cristiana, de temas de actualidad, retiros espirituales, atención de personas necesitadas, etc. Por allí pasaron personajes tan diversos como el futbolista Zoco o el Marqués de la Real Defensa.
Egulbati organizaba también excursiones al Pirineo o tertulias musicales, en especial para  celebrar santos, cumpleaños o días festivos. Nunca faltaban las jotas navarras que surgían de la voz potente de El Chato, hermano menor de Luis Mari. Los dos, y otros cuantos hermanos más, hijos de una familia numerosa encantadora, amable, ejemplar. ¡Qué bien se pasaba en su casa!, sencilla y humilde, pero alegre, luminosa como sus sonrisas. El Chato −en realidad, se llama José Miguel− no era el único que aportaba en las tertulias musicales: Pepe, que también cantaba jotas de la Rioja, Javier, que componía canciones…, Juan Ignacio, algún otro que contaba chistes de vascos; improvisados poetas, muralistas y también Luis Mari, que tocaba el acordeón.
Al joven tornero le tocó su turno de mili −como a todos los españoles de la época− y tuvo Jaca como destino, en una compañía de alta montaña. Después de unas maniobras, se sintió insólitamente cansado para su habitual fortaleza y acudió al médico. Enseguida se le descubrió una tuberculosis galopante, sin cura posible, sin traslado viable a Pamplona para acercarlo a casa. No obstante, y con turnos adecuados, siempre estuvo acompañado. En ese tiempo, no dejó de hacer sus normas de piedad con el apoyo de quienes le cuidaban, no perdió el buen humor y ayudó a cuantos compañeros de la mili le fue posible. Al final, tendríamos oportunidad de ver la eficacia cristiana de esa cercanía y cariño a los amigos logrados en ese nuevo ambiente.
Cuando nos dimos cuenta de que el fin era cercano, muchos nos marchamos a Jaca, sabiendo que era el último viaje para aquella envidiable y dura tarea. Allí estaban su madre, doña Nati, que nunca se separó de su  hijo (el padre había fallecido antes), sus hermanas, hermanos y cuñados. Ocupaba una cama de las muchas que había en una enorme sala de aquellos hospitales militares con grandes estancias. Luis Mari era el único enfermo en la pieza. La persona que le acompañaba utilizaba otra de las camas. Muchos otros amigos fueron desfilando: una lista casi interminable. Entrábamos y salíamos según el estado del enfermo. Tuve ocasión de hablar muchas veces con él. En los momentos finales, estaba también el sacerdote que le atendió espiritualmente y le administró los sacramentos: Confesión, Comunión Eucarística y Unción de los Enfermos.
Había un médico en las prácticas de la milicia universitaria, que se portó de un  modo  admirable. Nos advirtió que los enfermos de tuberculosis (¡qué rara se nos hacía la muerte por una enfermedad que creíamos desaparecida!) mueren con plena conciencia. Los que le rodeábamos también éramos conscientes del final ya cercano. Por el cariño que le profesábamos, familiares y amigos fuimos sitiando la cama durante los que se intuían sus últimos momentos. Parecía un poco espectáculo. Sin embargo, el círculo que le cercaba surgió de modo normal, espontáneo. Queríamos tal vez darle el último aliento con una jaculatoria, una sonrisa, quizá una mirada de la que empezaban a escapar lágrimas furtivas, o lo considerábamos como un privilegio. Luis Mari nos miraba agradecido, con una expresión todavía muy entera, cuando se cumplió el vaticinio del médico: no sólo moriría conscientemente, sino que sería el primero en captar su final. Tan real fue, que mirándonos a todos, bromeó: «ahora sí que la hinco», afirmó. Y así fue efectivamente.
Sin contradicción alguna, porque la fe siendo de Dios es muy humana, mi cabeza y mi corazón bailaban entre la aceptación rendida de la voluntad divina y aquellos preciosos versos de Miguel Hernández a la muerte de su amigo Ramón Sitjé:
Yo quiero ser llorando el hortelano
De la tierra que ocupas y estercolas,
Compañero del alma, tan temprano.
He reflexionado mil veces sobre las últimas palabras de Luis Mari, una auténtica oración, su último acto de entrega, pronunciado entre el humor y la fortaleza navarros, revitalizados por la energía de la fe. Seguramente no quería morirse, pero aceptó, más aún, amó lo que Dios había previsto para él. «Ahora sí que la hinco», hermosa jaculatoria imprevista, fuera de toda usanza. Con ella, Luis María volvió, una vez más, a romper el molde de lo previsto, como cuando aceptó con una sonrisa la enfermedad y el hecho del imposible traslado a Pamplona. Hizo extraordinariamente bien lo ordinario, hasta su muerte sencilla tuvo un no sé qué de distinto que, después de tantos años transcurridos, permanece indeleble en mi alma. Esta es la muerte con Dios que yo querría, pero tendré la que Él quiera, que será la mejor para mí.

20 febrero 2014

El Papa dió inicio al Consistorio para reflexionar sobre la familia hoy

 H. Sergio Mora


Comenzó esta mañana en el Vaticano, en el aula del sínodo, el Consistorio extraordinario en el cual el papa Francisco se reune dos días con el Colegio de Cardenales, durante los cuales la familia estárá en el centro de la reflexión.
Participan del Consistorio, también aquellos obispos que serán creados cardenales en el Conscistorio Ordinario publico del sábado próximo. La cumbre durará hoy y mañana y las sesiones van de las 9.30 a las 12.30 e y de las 16.30 a las 19 horas. El cardenal decano, Angelo Sodano, ha confirmado la asistencia de unos 185 purpurados. 
Esta mañana después de la recitación de la hora tercia, en la cual participó también el coro de la Capilla Sixtina, el cardenal Sodano dirigió unas palabras en las que recordó que es "la primera vez que el Colegio de Cardenales se reune con el Santo Padre".  Indicó que los purpurados "a través de mi persona le agradecen la convocación de este Consistorio, con el gozo de examinar junto a usted un tema tan importante como lo es el Evangelio de la Familia".  Y tras recordar que "no le faltará el apoyo de los padres cardenales" concluyó: "Venerado sucesor de Pedro", nos oriente con su palabra en la búsqueda de lo que el Señor quiere de nosotros en la ora presente".
Antes de la relación realizada por el cardenal Walter Kasper, el Santo Padre dirigió a los cardenales palabras que reportamos a continuación.
Queridos hermanos.
Les saludo cordialmente y doy gracias Señor, junto a ustedes, porque nos concede estos días para encontrarnos y trabajar juntos. Damos la bienvenida especialmente a los hermanos que este sábado serán creados cardenales, y los acompañamos con la oración y el afecto fraterno.

En estos días reflexionaremos de modo particular sobre la familia, que es la célula básica de la sociedad humana. El Creador ha bendecido desde el principio al hombre y a la mujer para que fueran fecundos y se multiplicaran sobre la tierra; así, la familia representa en el mundo como un reflejo de Dios, uno y trino.
Nuestra reflexión tendrá siempre presente la belleza de la familia y del matrimonio, la grandeza de esta realidad humana, tan sencilla y a la vez tan rica, llena de alegrías y esperanzas, de fatigas y sufrimientos, como toda la vida. Trataremos de profundizar en la teología de la familia, y en la pastoral que debemos emprender en las condiciones actuales. Hagámoslo con profundidad y sin caer en la casuística, porque esto haría reducir inevitablemente el nivel de nuestro trabajo.
Hoy, la familia es despreciada, es maltratada, y lo que se nos pide es reconocer lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia, ser familia hoy; lo indispensable que es esto para la vida del mundo, para el futuro de la humanidad. Se nos pide que realcemos el plan luminoso de Dios sobre la familia, y ayudemos a los cónyuges a vivirlo con alegría en su vida, acompañándoles en sus muchas dificultades. Y también una pastoral inteligente, valiente y llena de amor.
Damos las gracias al cardenal Walter Kasper por la valiosa contribución que nos ofrece con su introducción.
Gracias a todos, y que tengan buen día.  

Para conocer a Jesús no basta estudiarle, hay que seguirle

El Papa en la homilía de este jueves 


Ha explicado que cada día Cristo nos pregunta "quién" es Él para nosotros, pero la respuesta es posible darla viviendo como sus discípulos.
Más que una vida de estudioso, es una vida de discípulo la que permite al cristiano conocer realmente quién es Jesús para él. Un camino sobre las huellas del Maestro, donde pueden entrelazarse testimonios claros y también traiciones, caídas y nuevos impulsos, pero no solo una actitud de tipo intelectual. Para explicarlo, el papa Francisco toma como modelo a Pedro, que el Evangelio del día retrata contemporáneamente en la forma de testigo "valiente" - el que a la pregunta de Jesús a los apóstoles: "¿quién decís vosotros que soy yo?", afirma: "Tú eres el Cristo" - e inmediatamente después considera que debe de reprochar a Jesús que acaba de anunciar que tiene que sufrir y morir, para después resucitar. El Papa ha señalado que muchas veces "Jesús se dirige a nosotros y nos pregunta: 'Pero para ti ¿quién soy yo?'" obteniendo "la misma respuesta de Pedro, la que hemos aprendido en el catecismo". Pero  no es suficiente. Francisco ha indicado que "parece que para responder a esa pregunta que todos nosotros sentimos en el corazón - '¿quién es Jesús para nosotros?' - no es suficiente lo que nosotros hemos aprendido, estudiado en el catecismo, que es importante estudiarlo y conocerlo, pero no es suficiente. Para conocer a Jesús es necesario hacer el camino que ha hecho Pedro: después de esta humillación, Pedro ha ido con Jesús adelante, ha visto los milagros que Jesús hacía, ha visto su poder, después ha pagado los impuestos, como le había dicho Jesús, ha pescado un pez, quitado una moneda, ha visto muchos milagros como esos. Pero, a un cierto punto, Pedro ha renegado de Jesús, ha traicionado a Jesús, y ha aprendido esa ciencia tan difícil - más que ciencia, sabiduría - de las lágrimas, del llanto".
El Santo Padre ha continuado explicando que Pedro pide perdón a Jesús a pesar de todo, después de la Resurrección, se siente interrogado tres veces por Él en el Tiberiades, y probablemente en el reafirmar el amor total por su maestro llora y se avergüenza en el recordar sus tres negaciones.
Así Francisco ha recordado que "esta primera pregunta - '¿quién soy yo para vosotros, para ti? - a Pedro, solamente se entiende a lo largo de una camino, después de un largo camino, un camino de gracia y de pecado, un camino de discípulo. Jesús, a Pedro y a sus apósteles, no ha dicho '¡Conóceme!' ha dicho '¡sígueme!' Y este seguir a Jesús nos hace conocer a Jesús. Seguir a Jesús con nuestras virtudes, también con nuestros pecados, pero seguir siempre a Jesús. No es un estudio de cosas que es necesario, sino una vida de discípulo".
El Papa ha insistido que es necesario "un encuentro cotidiano con el Señor, todos los días, con nuestras victorias y nuestras debilidades". Pero, ha añadido, es también "un camino que nosotros no podemos hacer solos". Y para ello es necesaria la intervención del Espíritu Santo. Francisco ha afirmado que "conocer a Jesús es un don del Padre, es Él que nos hace conocer a Jesús; es un trabajo del Espíritu Santo, que es un gran trabajador. No es un sindicalista, es un gran trabajador y trabaja en nosotros siempre. Hace este trabajo de explicar el misterio de Jesús y de darnos este sentido de Cristo. Miramos a Jesús, a Pedro, a los apóstoles y sentimos en nuestro corazón esta pregunta: '¿quién soy yo para ti?' Y como discípulos pedimos al Padre que nos dé el conocimiento de Cristo en el Espíritu Santo, que nos explique este misterio".