26 noviembre 2015

El papa Francisco y la audacia del evangelizador

Mons. Carlos Osoro




El Papa Francisco ha iniciado un viaje apostólico a África para llevar la Buena Noticia, la que engendra encuentro y no división, paz y no guerra, amor y no odio. Va como el Buen Pastor de la parábola del Evangelio: a buscar a quienes olvidaron que se construye dando vida o que hay muchos hermanos en aquel continente que sufren. El Papa nos hace vivir con la mirada puesta en los últimos y sabiendo que podemos hacer mucho por ellos. Estos días, durante el viaje del Santo Padre, estemos con él acompañándolo en la oración y en la responsabilidad de hacerles llegar nuestra ayuda, para que todos vivan con la dignidad que Dios mismo les dio y que se manifestó plenamente en Jesucristo. Devolvámosles lo que les pertenece; no consintamos que se robe la dignidad de ningún ser humano.
Francisco visitará tres países: Kenia, Uganda y la República Centroafricana. Quiere llevar a estas tierras, que padecen el maltrato de la pobreza y de la guerra, el mensaje del Evangelio; y mostrará que, lo que el Señor pidió a los primeros discípulos, «id y anunciad el Evangelio», lo sigue haciendo hoy Pedro en su persona. Va a dar rostro a Nuestro Señor Jesucristo, llevando y acercando la alegría del Evangelio, que es transformadora de los corazones de los hombres porque les devuelve la esperanza y los fortalece con la fuerza del amor mismo de Dios. Con este viaje, el Papa desea decirles que no están solos. Y, al mismo tiempo, invita a toda la humanidad a viajar con él África desde el corazón y, a aquellos que pueden, a que hagan todo lo que esté de su parte «para que haya paz y prosperidad en esos países», como pedía el domingo pasado en el rezo del Ángelus.
La audacia evangelizadora del Papa le lleva a decir que el mensaje de Jesús es este: la misericordia. Mensaje que va a proclamar en aquel «paisaje humano», pero que nos da a contemplar a todos. Va a estas tierras, por una parte, para que quienes allí viven sientan la cercanía de Cristo a través del Sucesor de Pedro, a quien encomendó el cuidado de la Iglesia y de todos los hombres. Por otra parte, va para hacernos caer en la cuenta de que hemos de ayudar a quienes más padecen. Por eso, encomendémonos a la misericordia de Dios. No es fácil porque es un abismo incomprensible. Pero hay que hacerlo, a Él le gusta que le contemos lo que nos pasa. ¿Por qué no le abrimos el corazón mientras acompañamos con la oración al Papa Francisco? Es bueno que le digamos lo que dejamos de hacer o hacemos mal, que, entre otras cosas, es lo que provoca la pobreza, la guerra, la miseria o el hambre. Y no tengamos miedo. Reconociendo que hemos tenido cerrada la vida a nuestros propios intereses, dejemos que Jesucristo nos bese, nos abrace y nos diga: «tampoco yo te condeno, anda y en adelante no peques más», es decir, no te olvides de tu hermano, de los que más sufren. Él nunca se cansa de darnos su perdón y rehabilitarnos para hacer el bien; lo que ocurre es que, como nos recuerda Francisco, muy a menudo, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.
Con su ejemplo, el Santo Padre nos regala la actitud de Jesús, que conmueve: sus palabras son de amor, de misericordia, e invitan a la conversión; nos muestra el rostro de un Dios que siempre tiene paciencia. No tengamos miedo a acoger la ternura de Dios, a ser custodios de la misma. Esta ternura nos lleva a ocuparnos los unos de los otros, a preocuparnos por todos, especialmente por los más frágiles. Así nos lo pidió y nos lo enseñó el Señor: nos confió la custodia del hombre. Estoy convencido de que, en este viaje, el mensaje más fuerte para todos los hombres va a ser precisamente que custodiemos con la ternura de Dios a los que encontramos por el camino de la historia y de la vida, especialmente a los más rotos y tirados, a los desahuciados y descartados. Nos dirá que no nos quedemos solo en ver, sino que también actuemos con la fuerza, la gracia y el amor de Jesús y que este amor llegue a quienes viven en Kenia, Uganda y República Centroafricana.
¡Qué propuesta más audaz la que nos hace el Papa con este viaje! Los cristianos tenemos que hacer una movilización general y proponer la fe con entusiasmo, con hechos y con palabras. Nos está pidiendo, a quienes formamos parte de la Iglesia, que dediquemos nuestras energías a proponer el mensaje del Evangelio, haciéndolo creíble con obras a todos los hombres. Hablar de Dios no es imponer obligaciones a las personas; es compartir una alegría que nos desafía a actuar con la misma bondad con la que actuó Jesús. No se conforma con que denunciemos las situaciones con más y más declaraciones, el Papa busca cambiar las cosas. Esto es lo que nos dice en La alegría del Evangelio cuando pide que la economía esté al servicio de las personas y no al revés, que no convirtamos la sociedad en una dictadura de la economía que al final no tiene rostro ni fin. La persona en el centro de todo, donde la puso Dios mismo cuando nos creó. A todas las personas hay que hacerles llegar la noticia que nos dio Jesús: que el amor es algo concreto. Los cristianos hemos conocido que el amor tiene rostro, es Jesucristo, no es una idea. Y ese Amor que nos ha sido dado como el regalo más grande debe entrar en otros rostros. Porque se ama a las personas. Un mensaje que enciende corazones apagados, da sentido a la vida y nos hace a los hombres más humanos.
Estemos atentos a lo que el Papa Francisco nos dice. En un mundo al que no conseguimos interesar con nuestras palabras, interesémosle con la presencia de un Dios que nos ama y nos salva. Él es un testigo de esta presencia pues, como Jesús, posa la mirada sobre la gente para no ver lo que queremos ver, sino realmente lo que hay, e impregnar a los hombres de lo que nos ha dado Jesucristo: salvación, consolación y amor.
Con gran afecto, os bendice,
+ Carlos, arzobispo de Madrid

El Papa pide oponerse a las prácticas que degradan a las mujeres

Rocío Lancho García



El papa Francisco ha hecho un llamado especial a los jóvenes de la nación. Así, ha pedido que “los grandes valores de la tradición africana, la sabiduría y la verdad de la Palabra de Dios, y el generoso idealismo de su juventud, los guíen en su esfuerzo por construir una sociedad que sea cada vez más justa, inclusiva y respetuosa de la dignidad humana”. Del mismo modo les ha pedido que se preocupen de las necesidades de los pobres y rechacen todo prejuicio y discriminación. Lo ha hecho durante la homilía de la misa celebrada en su segundo día en Kenia.
Igualmente ha recordado que “las familias cristianas tienen esta misión especial: irradiar el amor de Dios y difundir las aguas vivificantes de su Espíritu. Esto tiene hoy una importancia especial, cuando vemos el avance de nuevos desiertos creados por la cultura del materialismo y de la indiferencia hacia los demás”.
Después del encuentro ecuménico e interreligioso, el Santo Padre se ha dirigido esta mañana a la Universidad de Nairobi para celebrar la misa. Cantos y danzas tradicionales han precedido la llegada del Papa a esta celebración eucarística por la evangelización de los pueblos. La lluvia no ha impedido que miles de personas acudieran a compartir este momento con el Pontífice.
Durante su homilía, el Papa ha asegurado que la sociedad keniata “ha sido abundantemente bendecida con una sólida vida familiar, con un profundo respeto por la sabiduría de los ancianos y con un gran amor por los niños”. La salud de cualquier sociedad depende de la salud de sus familias, ha precisado. De este modo, ha afirmado que nuestra fe en la Palabra de Dios “nos llama a sostener a las familias en su misión en la sociedad, a recibir a los niños como una bendición para nuestro mundo, y a defender la dignidad de cada hombre y mujer, porque todos somos hermanos y hermanas en la única familia humana”.
También estamos llamados --ha precisado-- a oponernos a las prácticas que fomentan la arrogancia de los hombres, que hieren o degradan a las mujeres, y ponen en peligro la vida de los inocentes aún no nacidos. “Estamos llamados a respetarnos y apoyarnos mutuamente, y a estar cerca de todos los que pasan necesidad”, ha subrayado el Santo Padre.
Haciendo alusión a los dones de gracia que recibimos en elos sacramento, ha recordado que “nos hacen más fieles discípulos del divino Maestro, vasos de misericordia y de amorosa ternura en un mundo lacerado por el egoísmo, el pecado y la división”. Estos son los dones que Dios en su providencia --ha añadido-- les concede para que contribuyan, como hombres y mujeres de fe, en la construcción de su país, con la concordia civil y la solidaridad fraterna.
A propósito de la lectura del Evangelio, cuando Jesús resucitado afirma «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» , ha recordado que “nos está asegurando que Él, el Hijo de Dios, es la roca”.  Él quiere --ha indicado-- que todos nosotros construyamos nuestra vida sobre el cimiento firme de su palabra.
Asimismo, ha recordado el encargo que el Señor nos da a cada uno: “nos pide que seamos discípulos misioneros, hombres y mujeres que irradien la verdad, la belleza y el poder del Evangelio, que transforma la vida”
Hombres y mujeres --ha observado-- que sean canales de la gracia de Dios, que permitan que la misericordia, la bondad y la verdad divinas sean los elementos para construir una casa sólida. “Una casa que sea hogar, en la que los hermanos y hermanas puedan, por fin, vivir en armonía y respeto mutuo, en obediencia a la voluntad del verdadero Dios, que nos ha mostrado en Jesús el camino hacia la libertad y la paz que todo corazón ansía”, ha concluido el Santo Padre.
Para finalizar la homilía el papa Francisco ha exclamado ¡Mungu awabariki! (Que Dios los bendiga) y ¡Mungu abariki Kenya! (Que Dios bendiga a Kenia).

'El terrorismo que se alimenta del miedo nace de la pobreza y la frustración'

Rocío Lancho García




“La experiencia demuestra que la violencia, los conflictos y el terrorismo que se alimenta del miedo, la desconfianza y la desesperación, nacen de la pobreza y la frustración. En última instancia, la lucha contra estos enemigos de la paz y la prosperidad debe ser llevada a cabo por hombres y mujeres que creen en ella sin temor, y den testimonio creíble de los grandes valores espirituales y políticos que inspiraron el nacimiento de la nación”.
Con estas palabras el papa Francisco se ha dirigido a las autoridades y el cuerpo diplomático de Kenia, en su primer discurso de su gira en África, que ha comenzado hoy y concluye el 30 de noviembre.
El Pontífice ha llegado a Nairobi este miércoles por la tarde, primera etapa de una gira que le llevará también a otros dos países africanos, Uganda y República Centroafricana.
Desde el aeropuerto, se ha dirigido directamente a la State House, para reunirse con el presidente, Uhuru Kenyatta, y con las autoridades y los miembros del cuerpo diplomático del país.
En el discurso que les ha dirigido, el Santo Padre ha asegurado que “Kenia es una nación joven y vibrante, una sociedad de gran diversidad, que desempeña un papel significativo en la región”. En muchos aspectos --ha precisado-- su experiencia de dar forma a una democracia es compartida por muchas otras naciones africanas que al igual que Kenia, también están trabajando para construir, sobre las bases sólidas del respeto mutuo, el diálogo y la cooperación, una sociedad multiétnica que sea verdaderamente armoniosa, justa e inclusiva.
El Papa ha dedicado también unas palabras a los jóvenes de este país, a quienes espera poder alentar “sus esperanzas y aspiraciones para el futuro”. Señalando que los jóvenes son la riqueza más valiosa de una nación, ha asegurado que “protegerlos, invertir en ellos y tenderles una mano es la mejor manera que tenemos para garantizarles un futuro digno de la sabiduría y de los valores espirituales apreciados por sus mayores, valores que son el corazón y el alma de un pueblo”.
Por otro lado, ha subrayado que Kenia ha sido bendecida sino también con la abundancia de recursos naturales. “Los keniatas tienen gran aprecio por estos dones recibidos de Dios, y son conocidos por su cultura de la conservación, lo cual les honra”, ha indicado. Pero, también ha recordado que “la grave crisis ambiental que afronta nuestro mundo exige cada vez más una mayor sensibilidad por la relación entre los seres humanos y la naturaleza”.
El Pontífice ha asegurado que “renemos la responsabilidad de transmitir a las generaciones futuras la belleza de la naturaleza en su integridad, y la obligación de administrar adecuadamente los dones que hemos recibido”. Estos valores --ha precisado-- están profundamente arraigados en el alma africana.
A propósito, el Santo Padre ha explicado que en la medida en que nuestras sociedades experimentan divisiones, ya sea étnicas, religiosas o económicas,” todos los hombres y mujeres de buena voluntad están llamados a trabajar por la reconciliación y la paz, el perdón y la sanación”. El Santo Padre ha indicado que “la tarea de construir un orden democrático sólido, de fortalecer la cohesión y la integración, la tolerancia y el respeto por los demás, está orientada primordialmente a la búsqueda del bien común”.
Por todo ello, el Pontífice ha recordado a los presentes que la promoción y preservación de estos grandes valores se les confía a ellos de un modo especial.
Asimismo, les ha animado a trabajar con integridad y transparencia por el bien común, y fomentar un espíritu de solidaridad en todos los ámbitos de la sociedad. Y de forma particular, les ha exhortado a “preocuparse verdaderamente por las necesidades de los pobres, las aspiraciones de los jóvenes y una justa distribución de los recursos naturales y humanos con que el Creador ha bendecido a su país”. Al mismo tiempo, les ha asegurado el compromiso constante de la comunidad católica, a través de sus obras educativas y caritativas.
Para finalizar su discurso, el Santo Padre ha contado haber escuchado que en Kenia es una tradición que los escolares jóvenes planten árboles para la posteridad. Por eso, ha pedido que este signo elocuente de esperanza en el futuro y la confianza en que Dios acompaña su crecimiento, los sostenga en sus esfuerzos por cultivar una sociedad solidaria, justa y pacífica, en este país y en todo el gran continente africano.
El papa Francisco ha concluido diciendo “Mungu abariki Kenya” que quiere decir “Que Dios bendiga Kenia”.

25 noviembre 2015

La santificación del sacerdote está estrechamente ligada a la de su pueblo


Señores Cardenales, queridos hermanos Obispos y sacerdotes, hermanos y hermanas, dirijo a cada uno un cordial saludo y expreso un sincero agradecimiento a Usted, Cardenal Stella, y a la Congregación para el Clero, que me han invitado a participar en este Congreso, a 50 años de la promulgación de los Decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis.
Os pido perdón por haber cambiado los planes, que era que yo fuese a veros, pero habéis visto que no había tiempo, ¡e incluso aquí he llegado tarde!
No se trata de una “evocación histórica”. Estos dos Decretos son una semilla, que el Concilio echó en el campo de la vida de la Iglesia; en el curso de estos cinco decenios han crecido, se han vuelto una planta frondosa, ciertamente con alguna hija seca, pero sobre todo con tantas flores y frutos que embellecen a la Iglesia de hoy. Recorriendo el camino realizado, este Congreso ha mostrado dichos frutos y ha constituido una oportuna reflexión eclesial sobre el trabajo que queda por hacer en este ámbito tan vital para la Iglesia. ¡Aún queda trabajo por hacer!
Optatam totius y Presbyterorum ordinis han sido recordados juntos, como las dos mitades de una realidad única: la formación de los sacerdotes, que distinguimos en inicial y permanente, pero que constituye para ellos una única experiencia de discipulado. No es casualidad que el Papa Benedicto, en enero de 2013 (Motu proprio Ministrorum institutio) diera una forma concreta, jurídica, a esta realidad, atribuyendo a la Congregación para el Clero también la competencia sobre los seminarios. De este modo, el mismo Dicasterio puede empezar a ocuparse de la vida y del ministerio de los presbíteros desde el momento del ingreso en el seminario, trabajando para que las vocaciones sean promovidas y cuidadas, y puedan florecer en la vida de santos sacerdotes. ¡El camino de la santidad de un sacerdote empieza en el seminario!
Desde el momento en que la vocación al sacerdocio es un don que Dios hace a algunos para el bien de todos, quisiera compartir con vosotros algunos pensamientos, precisamente a partir de la relación entre los sacerdotes y las demás personas, siguiendo el n. 3 de Presbyterorum ordinis, en el que se encuentra como un pequeño compendio de teología del sacerdocio, sacado de la Carta a los Hebreos: «Los presbíteros han sido tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los hombres para las cosas que se refieren a Dios, para ofrecer dones y sacrificios en remisión de los pecados; viven pues en medio de los demás hombres como hermanos en medio de los hermanos».
Consideremos estos tres momentos: “tomados entre los hombres”, “constituidos en favor de los hombres”, presentes “en medio de los demás hombres”.
El sacerdote es un hombre que nace en determinado contexto humano; ahí aprende los primeros valores, absorbe la espiritualidad del pueblo, se acostumbra a las relaciones. También los sacerdotes tienen una historia, no son “hongos” que surgen de improviso en la Catedral el día de su ordenación. Es importante que los formadores y los mismos sacerdotes recuerden esto y sepan tener en cuenta dicha historia personal a lo largo del camino de la formación. En el día de la ordenación siempre digo a los sacerdotes, a los neo sacerdotes: acordaos de donde habéis sido tomados, del rebaño, ¡no os olvidéis de vuestra madre y de vuestra abuela! Esto lo decía Pablo a Timoteo, y yo también lo digo. Esto quiere decir que no se puede ser cura creyendo que uno ha sido formado en un laboratorio, no; comienza en la familia con la “tradición” de la fe y con toda la experiencia de la familia. Y hace falta que sea personalizada, porque es la persona concreta la que es llamada al discipulado y al sacerdocio, teniendo en cuenta en cada caso que es solo Cristo el Maestro a seguir y a quien configurarse.
Me gusta, en este sentido, recordar aquel fundamental “centro de pastoral vocacional” que es la familia, Iglesia doméstica y primer y fundamental lugar de formación humana, donde puede germinar en los jóvenes el deseo de una vida concebida como camino vocacional, para recorrer con empeño y generosidad.
En familia y en todos los demás otros contextos comunitarios −escuela, parroquia, asociaciones, grupos de amigos− aprendemos a estar en relación con personas concretas, nos hacemos modelar por el trato con ellos, y nos convertimos en lo que somos también gracias a ellos.
Un buen sacerdote, pues, es ante todo un hombre con su propia humanidad, que conoce su historia, con sus riquezas y sus heridas, y que ha aprendido a estar en paz con ella, alcanzando la serenidad de fondo, propia de un discípulo del Señor. La formación humana es pues una necesidad para los sacerdotes, para que aprendan a no dejarse dominar por sus limitaciones, sino más bien a sacar fruto de sus talentos.
Un sacerdote que sea un hombre pacífico sabrá difundir serenidad en torno a sí, incluso en los momentos difíciles, trasmitiendo la belleza del trato con el Señor. No es normal, en cambio, que un sacerdote esté con frecuencia triste, nervioso o duro de carácter; no está bien y no hace bien, ni al sacerdote, ni a su pueblo. Pero si tú tienes una enfermedad, estás neurótico, ¡ve al médico! Al médico espiritual y al médico clínico: te darán pastillas que te harán bien, ¡ambos! Pero, por favor, ¡que los fieles no paguen la neurosis de los curas! No peguéis a los fieles; cercanía de corazón con ellos.
Nosotros sacerdotes somos apóstoles de la alegría, anunciamos el Evangelio, es decir, la “buena noticia” por excelencia; claro que no somos nosotros los que damos la fuerza al Evangelio −algunos lo creen−, pero podemos favorecer u obstaculizar el encuentro entre el Evangelio y las personas. Nuestra humanidad es el “vaso de barro” donde guardamos el tesoro de Dios, un vaso que debemos cuidar, para trasmitir bien su precioso contenido.
Un sacerdote no puede perder sus raíces, siempre será un hombre del pueblo y de la cultura que lo generaron; nuestras raíces nos ayudan a recordar quiénes somos y dónde Cristo nos llamó. Nosotros sacerdotes no caemos de lo alto, sino que somos llamados, llamados por Dios, que nos toma “de entre los hombres”, para constituirnos “en favor de los hombres”. Me permito una anécdota. En una diócesis, hace años... No en una diócesis, no, en la Compañía había un buen sacerdote, joven, que llevaba dos años de sacerdote. Entró en confusión, habló con el padre espiritual, con sus superiores, con los médicos y dijo: “Me voy, no puedo más, me voy”. Y pensando en estas cosas −yo conocía a su madre, gente humilde− le dije: “¿Por qué no vas a tu madre y le hablas de esto?”. Y fue, se pasó todo el día con su madre, y volvió cambiado. Su madre le dio dos “bofetadas” espirituales, le dijo tres o cuatro verdades, lo puso en su sitio, y siguió adelante. ¿Por qué? Porque fue a la raíz. Por eso es importante no quitar la raíz de la que venimos. En el seminario debes hacer la oración mental… Sí, claro, eso hay que hacerlo, aprender… Pero ante todo reza como te enseñó tu madre, y luego sigue adelante. Pero siempre la raíz está ahí, la raíz de la familia, como aprendiste a rezar de niño, incluso con las misma palabras, comienza a rezar así. Luego ya avanzarás en la oración.
Ahora el segundo pasaje: “en favor de los hombres”. Aquí hay un punto fundamental de la vida y del ministerio de los presbíteros. Respondiendo a la vocación de Dios, se es sacerdote para servir a los hermanos y hermanas. Las imágenes de Cristo que tomamos como referencia para el ministerio de los sacerdotes son claras: Él es el “Sumo Sacerdote”, del mismo modo cercano a Dios y cercano a los hombres; es el “Siervo”, que lava los pies y se hace próximo a los más débiles; es el “Buen Pastor”, que siempre tiene como fin el cuidado del rebaño.
Son las tres imágenes que debemos mirar, pensando en el ministerio de los sacerdotes, enviados a servir a los hombres, a hacerles alcanzar la misericordia de Dios, a anunciar su Palabra de vida. No somos sacerdotes para nosotros mismos y nuestra santificación está estrechamente vinculada a la de nuestro pueblo, nuestra unción a su unción: tú estás ungido para tu pueblo. Saber y recordar que estamos “constituidos para el pueblo” −pueblo santo, pueblo de Dios−, ayuda a los curas a no pensar en sí, a tener autoridad sin ser autoritarios, firmes pero no duros, alegres pero no superficiales, en definitiva, pastores, no funcionarios. Hoy, en ambas Lecturas de la Misa se ve claramente la capacidad de gozar que tiene el pueblo, cuando viene devuelto y purificado el templo (1Mac 4,36-37.52-59), y en cambio la incapacidad de alegría que tienen los jefes de los sacerdotes y los escribas ante la expulsión de los mercaderes del templo por parte de Jesús (Lc 19,45-48). Un sacerdote debe aprender a gozar, nunca debe perder −mejor así− la capacidad de alegría: si la pierde es que hay algo que no va. Y os digo sinceramente, yo tengo miedo de endurecerme, me da miedo. De los curas rígidos… ¡Lejos! ¡Te muerden! Y me viene a la mente aquella expresión de san Ambrosio, del siglo IV: “Donde está la misericordia está el espíritu del Señor, donde hay rigidez solo están sus ministros”. El ministro sin el Señor se vuelve rígido, y esto es un peligro para el pueblo de Dios. Pastores, no funcionarios.
El pueblo de Dios y la humanidad entera son destinatarios de la misión de los sacerdotes, a los que tiende toda la obra de la formación. La formación humana, la intelectual y la espiritual confluyen naturalmente en la pastoral, a la cual proporcionan instrumentos, virtudes y disposiciones personales. Cuando todo esto se armoniza y se amalgama con un genuino celo misionero, a lo largo del camino de una vida entera, el sacerdote puede cumplir la misión confiada por Cristo a su Iglesia.
Finalmente, los que del pueblo nació, con el pueblo debe permanecer; el sacerdote está siempre “en medio de los demás hombres”, no es un profesional de la pastoral o de la evangelización, que llega y hace lo que debe −quizá bien, pero como si fuese un oficio− y luego se va a vivir una vida separada. Se es sacerdote para estar en medio de la gente: la cercanía. Y me permito, hermanos obispos, también nuestra cercanía de obispos con nuestros curas. ¡Esto vale también para nosotros! Cuántas veces oímos las quejas de los curas: “He llamado al obispo porque tengo un problema… El secretario, la secretaria, me ha dicho que está muy ocupado, que está fuera, que no puede recibirme antes de tres meses…”. Dos cosas. La primera. Un obispo siempre está ocupado, gracias a Dios, pero si tú obispo recibes una llamada de un sacerdote y no puedes recibirlo porque tienes mucho trabajo, al menos coge el teléfono y llámalo para decirle: “¿Es urgente? ¿No es urgente? Ven tal día…”, así se siente cercano. Hay obispos que parecen alejarse de los sacerdotes… Cercanía, ¡al menos una llamada telefónica! Y eso es amor de padre, fraternidad. Y la otra cosa. “No, tengo una conferencia en tal ciudad y luego tengo que hacer un viaje a América, y luego…”. Pero, mira, ¡el decreto de residencia de Trento aún está vigente! Y si tú no eres capaz de quedarte en la diócesis, dimite, y da la vuelta al mundo haciendo otro apostolado muy bueno. Pero si tú eres obispo de aquella diócesis, residencia. Estas dos cosas, cercanía residencia. ¡Esto es para nosotros los obispos! Uno se hace sacerdote para estar en medio de la gente.
El bien que los sacerdotes pueden hacer nace sobre todo de su cercanía y de un tierno amor por las personas. No son filántropos o funcionarios, los curas son padres y hermanos. La paternidad de un sacerdote hace mucho bien.
Cercanía, entrañas de misericordia, mirada amable: hacer experimentar la belleza de una vida vivida según el Evangelio y el amor de Dios que se hace concreto también a través de sus ministros. Dios que no rechaza nunca. Y aquí pienso en el confesionario. Siempre se pueden encontrar caminos para dar la absolución. Acoger bien. Pero algunas veces no se puede absolver. Hay sacerdotes que dicen: “No, de esto no te puedo absolver, vete”. Ese no es el camino. Si tú no puedes dar la absolución, explícalo y dile: “Dios te ama mucho, Dios te quiere. Para llegar a Dios hay muchos caminos. Yo no te puedo dar la absolución, te doy la bendición. Pero vuelve, vuelve siempre aquí, que cada vez que vuelvas te daré la bendición como señal de que Dios te ama”. Y aquel hombre o aquella mujer se van llenos de alegría porque han encontrado la imagen del Padre, que no rechaza nunca; de una manera o de otra los ha abrazado.
Un buen examen de conciencia para un sacerdote es también este: si el Señor volviese hoy, ¿dónde me encontraría? «Donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21). ¿Y mi corazón dónde está? ¿En medio de la gente, rezando con y por la gente, implicado en sus alegrías y sufrimientos, o más bien en medio de las cosas del mundo, en los negocios terrenos, en mis “espacios” privados? Un sacerdote no puede tener un espacio privado, porque está siempre o con el Señor o con el pueblo. Yo pienso en esos curas que conocí en mi ciudad, cuando no había secretaría telefónica, sino que dormían con el teléfono en la mesita de noche, y a cualquier hora llamase la gente, se levantaban a dar la unción: ¡no se moría nadie sin los sacramentos! Ni en el descanso tenían un espacio privado. Eso es celo apostólico. La respuesta a esta pregunta: ¿dónde está mi corazón?, puede ayudar a cada sacerdote a orientar su vida y su ministerio al Señor.
El Concilio dejó a la Iglesia “perlas preciosas”. Como el mercader del Evangelio de Mateo (13,45), hoy vamos a la búsqueda de ellas, para sacar nuevo impulso y nuevos instrumentos para la misión que el Señor nos confía.
Una cosa que quisiera añadir al texto −¡perdonadme!− es el discernimiento vocacional, la admisión al seminario. Buscar la salud de aquel chico, salud espiritual, salud material, física, psíquica. Una vez, apenas nombrado maestro de novicios, en el año 72, fui a llevar a la psicóloga los resultados del test de personalidad, un test sencillo que se hacía como uno de los elementos del discernimiento. Era una buena mujer, y también un buen médico. Me decía: “este tiene este problema pero puede seguir si va así…”. También era una buena cristiana, pero en algunos casos era inflexible: “Este no puede”. “Pero doctora, es tan bueno este chico”. “Ahora es bueno, pero sepa que hay jóvenes que saben inconscientemente, no son conscientes, pero sienten inconscientemente que están  psíquicamente enfermos y buscan para su vida estructuras fuertes que les defiendan, para poder salir adelante. Y van bien, hasta el momento en que se sienten bien establecidos y ahí comienzan los problemas”. “Me parece un poco extraño…”. Y la respuesta no la olvidaré nunca, la misma del Señor a Ezequiel: “Padre, ¿usted no ha pensado nunca porqué hay tantos policías torturadores? Entran jóvenes, parecen sanos, pero cuando se sienten seguros, la enfermedad comienza a salir. Esas son las instituciones fuertes que buscan esos enfermos inconscientes: la policía, el ejército, el clero… Y luego tantas enfermedades que todos conocemos que salen fuera”. Es curioso. Cuando me doy cuenta de que un joven es demasiado rígido, es muy fundamentalista, no me da confianza; detrás hay algo que ni él mismo sabe. Pero cuando se siente seguro… Ezequiel 16, no recuerdo el versículo, pero es cuando el Señor dice a su pueblo todo lo que ha hecho por él: lo encontró recién nacido, y luego lo vistió, lo desposó… “Y luego, cuando tú te sentiste segura, te prostituiste”. Es una regla, una regla de vida. Ojos abiertos a la misión en los seminarios. Ojos abiertos.
Confío que el fruto de los trabajos de este Congreso −con tantos relatores de autoridad, provenientes de regiones y culturas diversas− pueda ser ofrecido a la Iglesia como útil actualización de las enseñanzas del Concilio, aportando una contribución a la formación de los sacerdotes, los que son y los que el Señor quiera enviarnos, para que, configurados cada vez más a Él, sean buenos sacerdotes  según el corazón del Señor, no funcionarios. Y gracias por vuestra paciencia.

Viaje apostólico del Papa a Kenia, Uganda y República Centroafricana

Agenda


Miércoles 25 de noviembre de 2015
07:45 - Salida del aeropuerto de Roma/Fiumicino hacia Nairobi, Kenia
17:00 - Llegada al aeropuerto internacional “Jomo Keniatta” de Nairobi
Ceremonia de bienvenida en la State House
18:00 - Visita de cortesía al Presidente de la República en la State House de Nairobi
18:30 - Encuentro con las Autoridades de Kenia y con el Cuerpo Diplomático
Jueves 26 de noviembre de 2015
08:15 - Encuentro interreligioso y ecuménico en el Salón de la Nunciatura Apostólica de Nairobi
10:00 - Santa Misa en el Campus de la Universidad de Nairobi
15:45 - Encuentro con el clero, religiosos, religiosas y seminaristas en el campo de deportes de la St Mary’s School
17:30 - Visita a la Oficina de las Naciones Unidas en Nairobi
Viernes 27 de noviembre de 2015
08:30 - Visita al barrio marginal de Kangemi, en Nairobi
10:00 - Encuentro con los jóvenes en el Estadio Kasarani
11:15 - Encuentro con los obispos de Kenia en la sala VIP del Estadio
15:10 - Ceremonia de despedida en el aeropuerto internacional “Jomo Keniatta” de Nairobi
15:30 - Salida en avión de Nairobi hacia Entebbe
16:50 - Llegada al aeropuerto internacional de Entebbe, en Uganda
Ceremonia de bienvenida
17:30 - Visita de cortesía al Presidente en la State House de Entebbe
18:00 - Encuentro con Autoridades y Cuerpo Diplomático en el Salón de Conferencias de la State House
19:15 - Visita a Munyonyo y saludo a los catequistas y profesores
Sábado 28 de noviembre de 2015
08:30 - Visita al Santuario anglicano de los mártires de Namugongo
09:00 - Visita al Santuario católico de los mártires de Namugongo
09:30 - Santa Misa por los Mártires de Uganda en la zona del Santuario católico
15:15 - Encuentro con los jóvenes en Kololo Air Strip de Kampala
17:00 - Visita a la Casa de Caridad de Nalukolongo
18:00 - Encuentro con los obispos de Uganda en el Arzobispado
19:00 - Encuentro con sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas en la catedral
Domingo 29 de noviembre de 2015
09:00 - Ceremonia de despedida en el aeropuerto de Entebbe
09:15 - Salida en avión de Entebbe hacia Bangui en la República Centroafricana
10:00 - Llegada al aeropuerto internacional “M’Poko” de Bangui
Ceremonia de bienvenida
11:00 - Visita de cortesía al Presidente del Estado de Transición en el Palacio Presidencial “de la Renaissance”
11:30 - Encuentro con la clase dirigente y con el Cuerpo Diplomático
12:15 - Visita a un campo de refugiados
13:00 - Encuentro con los obispos de la República Centroafricana
16:00 - Encuentro con las Comunidades evangélicas en la sede de la FATEB (Facultada de teología evangélica de Bangui)
17:00 - Santa Misa con sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas y jóvenes en la Catedral de Bangui
19:00 - Confesión de algunos jóvenes y comienzo de la Vigilia de oración en la explanada de la Catedral
Lunes 30 de noviembre de 2015
08:15 - Encuentro con la Comunidad musulmana en la mezquita central de Koudoukou, en Bangui
09:30 - Santa Misa en el Estadio del Complejo deportivo Barthélémy Boganda
12:15 - Ceremonia de despedida en el aeropuerto internacional “M’Poko” de Bangui
12:30 - Salida en avión hacia Roma
18:45 - Llegada al aeropuerto de Roma/Ciampino

Huso horario:
Roma: +1h UTC
Nairobi: +3h UTC
Entebbe: +3h UTC
Bangui: +1h UTC

24 noviembre 2015

Comentario a la liturgia del Domingo 1º de Adviento

 P. Antonio Rivero L.C.



Ciclo C - Textos:
 Jer 33, 14-16; 1 Tes 3, 12-4,2; Lc 21, 25-28.34-36



INTRODUCCIÓN - EVANGELIO DE LUCAS
Daré algunas pinceladas para entender mejor a san Lucas, evangelista que nos acompañará durante todo este ciclo C.
Cada evangelista tiene su propio estilo y finalidad teológica. Lucas, aunque se ha servido de fuentes anteriores, sobre todo de Marcos, lo hace a su modo, con originalidad, y nos transmite bastantes páginas exclusivas, como los relatos de la infancia de Jesús, las parábolas del buen samaritano y del hijo pródigo, los discípulos de Emaús.
Los rasgos característicos de Lucas los podríamos resumir así:
  • Lucas ve la historia de la salvación en tres tiempos: primero, el Antiguo Testamento, hasta la llegada del Bautista; segundo, el tiempo de Jesús; y el tercero, el tiempo de la Iglesia, que continúa la misión de Jesús hasta el final de los tiempos (Hechos de los Apóstoles).
  • En esta historia de la salvación, el protagonista invisible es el Espíritu Santo.
  • Lucas es el evangelista más universalista: la salvación es para todos, también para romanos y samaritanos.
  • Lucas también es el evangelista de la misericordia: Dios perdona y se alegra de la vuelta del pecador.
  • La vida cristiana para Lucas consiste en seguir a Cristo.
  • Lucas, finalmente, es el evangelista que más nos habla de la Virgen María.

Ahora resumamos el primer domingo de adviento.
Idea principal: Avivar el deseo de salir con confianza al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras y una vida santa (oración colecta y 2ª lectura).
Síntesis del mensaje: Comenzamos el Adviento, tiempo de espera para rememorar el evento más grande ocurrido en la historia: la venida de Dios al mundo mediante la Encarnación. La primera venida en Belén fue en la sencillez y humildad. La segunda y última se verá precedida por signos y señales. Por eso nos urge prepararnos con buenas obras buenas y como conviene (2ª lectura) para recibir ambas venidas: a Cristo recostado en el pesebre y a Cristo al final de los tiempos. Es verdad, vivimos en tensión entre la venida del pasado y la del futuro, no por huir del hoy, sino porque es de sabios tener en cuenta de dónde venimos y adónde vamos.

Puntos de la idea principal:
En primer lugar, mucho me temo que no nos tocará presenciar sentados en el suelo el grandioso espectáculo de este evangelio de Lucas que nos habla del futuro del mundo. Falta mucho para la función. Antes tienen que ocurrir tres cosas, que llevan ya muchos siglos sin cumplirse: primera, la predicación del Evangelio en todo el mundo (cf. Mt 24, 14); segunda, la apostasía de las naciones evangelizadas (cf. 2 Tes 2, 3) y tercera, la conversión de los judíos al Evangelio (Eccli 48, 1-11; Rm 11, 1-12; 9, 4-5). A continuación, el fin del mundo. ¿Se han cumplido esas tres cosas? No. Tantas naciones que no conocen todavía el evangelio. Es verdad, hay apostasías aquí o allá de individuos, pero no de todas las naciones enteras. Por supuesto, algunos judíos, gracias a Dios, se han convertido, pero no todos. Por tanto, aquellos profetas de desgracias que predican el fin inmediato del mundo no tienen fundamento. Falta, falta. Dios es rico en misericordia y nos da tiempo para prepararnos a fondo para esta su última venida gloriosa con obras buenas y rectas. La intención de Jesús, por tanto, no es catastrófica, sino al contrario, de esperanza: su venida debe producir alegría y confianza, pues se acerca nuestra total liberación.
En segundo lugar, será Jeremías en la segunda lectura quien, siglos antes de Cristo, y en medio de circunstancias trágicas para su pueblo, también anunció palabras de esperanza: “Dios nos enviará un Salvador”. El profeta anuncia la salvación y la paz para todos, que se realizó en Cristo Jesús. ¡Fuera por tanto el miedo! Nos hace bien mirar hacia delante con valentía y seguir caminando con esta esperanza que es Cristo Jesús. Despiertos y en pie (evangelio), porque encontraremos ladrones en el camino que nos querrán asaltar. Despiertos, para que no se nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero. El Adviento es un excelente despertador, porque tendemos a dormirnos, a caer en la pereza, bloqueados por mil preocupaciones de esta vida, y no tenemos enchufado el “wifi” hacia los valores del espíritu para poder crecer en este Adviento en virtudes y obras buenas de caridad, justicia, solidaridad, buscando a nuestro hermano necesitado, descartado, arrinconado, discriminado, herido…y transmitirle la ternura de Dios traída e infundida por Cristo a nuestros corazones desde el día del bautismo.
Finalmente, comencemos el Adviento de la mano de María Santísima, madre de la esperanza. Ella también tuvo su Adviento. Ella guardó durante nueve meses ver con sus propios ojos a Aquel en quien creía y de quien lo esperaba todo. ¡Cuántas obras buenas no hizo María durante ese primer Adviento, sintetizadas en los tres meses en que sirvió a su prima Isabel, que estaba en cinta y necesitada de unas manos disponibles, de unos ojos abiertos, de unos labios piadosos! Por eso, la Iglesia y cada uno de nosotros, debemos mirar a María y unirnos a Ella para aprender a esperar. María es la Madre de la esperanza. No sólo nos ha de disponer convenientemente para aguardar al Niño, sino que también nos ha de preparar adecuadamente de modo que estemos prevenidos para su segunda venida, con el corazón custodiado por esta Madre. Aguardemos todos de la mano de esta Madre la consumación de los siglos y la segunda venida del Señor. Así Cristo nos reconocerá que somos de los suyos porque tenemos la marca de la Madre María, que es su Madre y nuestra Madre.
Para reflexionar: ¿Qué cosas debilitan mi esperanza? ¿Qué hago para superarlas? ¿Qué es lo que habitualmente afirma mi esperanza cristiana? ¿Recurro a ella en mis momentos de dificultad? ¿Cómo puedo prepararme mejor en este Adviento? ¿Qué obras buenas, concretas estoy dispuesto a hacer en este tiempo de gracia?
Para rezar: María, camina cerquita mío en este Adviento. Acompáñame, madre buena, fortalece mi esperanza para que sea el motor de mi entrega, el pozo donde beber para seguir adelante, el refugio donde descansar y retomar fuerzas. Anuda mi esperanza al proyecto del Padre. Dame firmeza y hasta tozudez para seguir adelante. Llena mi corazón de la esperanza que libera para vivir el amor solidario. Lo que se espera se consigue con esfuerzo, con trabajo y con la vida. Me confío en tus manos, Madre del Adviento, para que me hagas fuerte en la fe, comprometido en la solidaridad y firme, muy firme, en la esperanza del Reino. Amén.

23 noviembre 2015

'La Iglesia es fiel si su tesoro es Jesús'

El Papa en Santa Marta



En la homilía de este lunes, el Santo Padre reflexiona sobre la figura de la viuda en el Evangelio que representa a la Iglesia que espera el regreso de su Esposo

La Iglesia es fiel si su único tesoro y su único interés es Jesús, pero es tibia y mediocre si busca su seguridad en las cosas del mundo. Esta ha sido la advertencia del papa Francisco en la homilía de la misa celebrada este mañana en Santa Marta.
El Evangelio del día habla de la pobre viuda que deja en el tesoro del templo dos monedas de cobre mientras los ricos muestran sus grandes ofrendas. Por eso, Jesús afirma que “esta viuda tan pobre ha dado más que todos”, porque los otros han donado lo superfluo, mientras que ella, en su miseria, ha entregado todo lo que tenía para vivir”. El papa Francisco ha explicado que en la Biblia “la viuda es la mujer sola, que no tiene marido que la cuide; la mujer que debe salir adelante como pueda, que vive de la caridad pública”. Y la viuda de este pasaje del Evangelio era “una viuda que tenía su esperanza solamente en el Señor”. Al respecto, el Santo Padre ha confesado que le gusta ver en las viudas del Evangelio “la imagen de la ‘viudez’ de la Iglesia que espera la vuelta de Jesús”.
De este modo, ha explicado que “la Iglesia es esposa de Jesús, pero su Señor se ha ido y su único tesoro es su Señor. Y la Iglesia, cuando es fiel, lo deja todo esperando a su Señor. Sin embargo, cuando la Iglesia no es fiel o no es tan fiel, o no tiene tanta fe en el amor de su Señor, trata de salir adelante también con otras cosas, con otras seguridades, más del mundo que de Dios”.
Al respecto, el Papa ha asegurado que “las viudas del Evangelio nos dan un bonito mensaje de Jesús sobre la Iglesia”.
Y lo ha explicado recordando como la viuda "que salía de Naín, con el ataúd de su hijo: lloraba, sola. ¡Sí, la gente, muy buena la acompañaba, pero su corazón estaba solo! La Iglesia viuda llora cuando sus hijos mueren de la vida de Jesús. Hay alguna otra que, para defender a sus hijos, va al juez injusto: le hace la vida imposible, llamándole a la puerta todos los días diciendo ‘¡hazme justicia!’ Al final hace justicia. Es la Iglesia viuda que reza, intercede por sus hijos. Pero el corazón de la Iglesia está siempre con su Esposo, con Jesús. Está ahí arriba. También nuestra alma --según los padres del desierto-- se parece mucho a la Iglesia. Y cuando nuestra alma, nuestra vida, está más cerca de Jesús, se aleja de muchas cosas mundanas, cosa que no sirven, que no ayudan y que alejan de Jesús”.
La “viudez” de la Iglesia se refiere al hecho de que la Iglesia está esperando a Jesús. Puede ser --ha explicado-- una Iglesia fiel a esta espera, esperando con confianza la vuelta del marido o una Iglesia no fiel a esta ‘viudez’, buscando seguridad en otras cosas… la Iglesia tibia, la Iglesia mediocre, la Iglesia mundana”.
Para finalizar ha preguntado: “¿Nuestras almas buscan seguridad solamente en el Señor o buscan otras seguridades que no le gustan al Señor?”
En estos últimos días del Año Litúrgico --ha precisado Francisco-- nos hará bien preguntarnos sobre nuestra alma: si es como la de esta Iglesia que quiere a Jesús; si nuestra alma se dirige a su esposo y dice: "¡ven señor Jesús. Ven!"
Y nos hará bien "dejar de lado todas estas cosas que no sirven y no ayudan a la fidelidad”.


22 noviembre 2015

El camino hacia el 'día del Señor'

'Palabra y Vida' del Card. Lluís Martínez Sistach


Acabamos el año litúrgico con la celebración de Jesucristo como rey de todo el mundo. Quisiera recoger unas reflexiones que hizo el papa Francisco en unos ejercicios espirituales que dirigió siendo arzobispo de Buenos Aires. Propongo algunas de las reflexiones de la meditación final, que podéis encontrar en el libro que se ha publicado con el título de Mente abierta, corazón creyente (Barcelona, 2013). Siguiendo la espiritualidad de san Ignacio de Loyola, el arzobispo Bergoglio invitaba a encontrar a Jesucristo en todos los acontecimientos de la vida.
 
La historia de la salvación continúa desarrollándose en medio de los hombres. La Iglesia, virgen y madre, santa y pecadora, hace camino hacia las bodas definitivas con Dios que nos describe el libro del Apocalipsis. En esta historia el Señor se manifiesta a cada hombre o mujer y a su Iglesia en medio de las vicisitudes de la vida, constituidas siempre de gracia y de pecado. La espiga fértil, cargada de trigo, ha crecido junto a la débil. Y la duda sobre la manifestación del Señor, sobre su tiempo o sobre su autenticidad no se le ahorra a nadie. Esta perplejidad siempre conlleva una llamada de Dios a seguir adelante, a dejarse tocar por la gracia, a descubrir la manifestación del Señor en los signos de los tiempos.
El día de la segunda manifestación del Señor, día grande y decisivo, será el fin del camino. Allí ya no habrá lugar para la perplejidad, la duda ni la noche oscura. La lucha por la fe, que los hombres y mujeres pecadores pero de buena voluntad viven cada día, es un refuerzo para ese día, el día del Señor.
 
El día de la parusía será el día de la manifestación definitiva de Cristo. Él aparecerá en la plenitud de su poder. Será su Epifanía definitiva, la manifestación de la gloria de Cristo y de los hijos de Dios, como dice san Pablo en la Carta a los romanos. Será el día de la revelación final de esta gloria que hemos ido contemplando escondida en Cristo a lo largo del año litúrgico que hoy termina: en Caná de Galilea, en la Transfiguración de Jesús en el Tabor y sobre todo en la mañana de Pascua.
 
Cuando vivimos momentos de perplejidad, de duda, cuando estamos en la noche de la fe debemos fortalecernos pensando en el día del Señor. Quizás el momento evangélico que más nos puede ayudar es el narrado en el capítulo 21 del Evangelio de san Juan. Allí se da la segunda llamada del Señor. Una vez confirmados en la fe, somos invitados a seguir caminando. A orillas del lago de Tiberíades -evocación de la primera llamada-, los discípulos, quizás aún un poco perplejos y dudosos, reconocen al Señor y se disponen a continuar en un seguimiento que irá más allá del tiempo, más allá de las perplejidades y las dudas, y se hará súplica humilde y confiada en la petición de la Iglesia de los primeros tiempos y de siempre: "Ven, Señor Jesús".
 
+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal arzobispo emérito de Barcelona