25 marzo 2016

En el Calvario: dos hombres ante la Cruz


Entre la multitud de hombres y de mujeres que contemplaron a Cristo en el Calvario, dos hombres siguen con la mirada todos sus movimientos
Uno está muy cerca del Crucificado; respira al unísono con Él; llega casi a sentir el palpitar de su corazón; y abre los ojos en el anhelo de no perder ni un detalle de los últimos minutos del hombre que está muriendo ante él. Se pregunta:¿Quién acompañará a quién en el último suspiro; él a mí; o yo a él? Es el buen ladrón.
Algo lejos del lugar donde están alzadas las tres cruces, otro hombre no aparta los ojos de la Cruz central. En silencio, espera que suceda algo extraordinario. Que el Crucificado baje de la Cruz y se deshaga de sus enemigos a golpes de fuerza. Es Judas.
El Calvario comienza a llenarse de oscuridad. Se desvanecen los últimos gritos y los clamores, los llantos y los lamentos de la multitud. Cada uno, caminando sin rumbo, desorientado, regresa a su casa.
El buen ladrón increpa y manda callar a su compañero, que con sus gritos le impide seguir con atención los últimos minutos del Señor. La oscuridad se convierte, dentro de su corazón, en luz  esplendorosa. Y en el rostro abatido por el cansancio, el dolor de la corona de espinas, el hambre y la fatiga, Dimas, nombre que la tradición le ha asignado, descubre la sonrisa de Cristo.
En el silencio, la oscuridad se va convirtiendo en tinieblas, en tinieblas abismales, en el corazón del hombre que, en la lejanía, mantiene fija su mirada en el hombre clavado en la Cruz, sin moverse, sin descender de ella.
Judas, “uno de los doce” consuma su traición. Su corazón comienza a ahogarse, embotado en el odio. Cristo se obstina en no desprenderse de la Cruz; ya quedará confundido hasta el fin del mundo entre dos ladrones. Encerrado en su rabia, Judas cierra su corazón, cierra su boca, para siempre.
Dimas, fija su mirada en Quien está a punto de exhalar el último suspiro, y eleva su espíritu a las alturas de Dios, a las alturas de la Cruz.
− Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.
− Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Jamás en la tierra se había oído, ni se oirá un diálogo tan breve, y tan penetrado de sentido y de inmensidad. El encuentro de Dios en la cruz con el hombre pecador, que clama su misericordia.
Judas, sin atreverse ya a alzar la voz, musita entre dientes su protesta, su rebelión, su miseria:
− Si eres el hijo de Dios, desciende de la cruz, y todos creerán en Ti.
Sus palabras se pierden entre el rumor de las últimas voces de mando. La cohorte ha de estar preparada para el momento de la muerte de los crucificados: quebrar las piernas es el certificado de defunción.
El Señor entrega su espíritu al Padre. La sonrisa redentora de su rostro cierra las palabras finales:
− Todo está consumado.
La luz del Cielo se abre en los ojos del buen ladrón. Los ángeles abren las puertas del Paraíso, y lo presentan a Dios.
La oscuridad petrifica el corazón solitario y aislado de Judas. Sus ojos se transforman en tinieblas, ante la dura mirada del diablo. ¿Quitará alguien jamás la piedra que cierra la entrada a su tumba?
La Cruz se desploma, vencida, en el sepulcro. El alba espera ya, en silencio anhelante, la Resurrección.

El Señor se excede en su misericordia: el del encuentro y el de su perdón

El Papa en la homilía del Jueves Santo

Después de la lectura del pasaje de Isaías, al escuchar en labios de Jesús las palabras: «Hoy mismo se ha cumplido esto que acaban de oír», bien podría haber estallado un aplauso en la sinagoga de Nazaret. Y luego podrían haber llorado mansamente, con íntima alegría, como lloraba el pueblo cuando Nehemías y el sacerdote Esdras le leían el libro de la Ley que habían encontrado reconstruyendo el muro. Pero los evangelios nos dicen que hubo sentimientos encontrados en los paisanos de Jesús: le pusieron distancia y le cerraron el corazón. Primero, «todos hablaban bien de él, se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22); pero después, una pregunta insidiosa fue ganando espacio: «¿No es este el hijo de José, el carpintero?». Y al final: «Se llenaron de ira» (Lc 4,28). Lo querían despeñar… Se cumplía así lo que el anciano Simeón le había profetizado a nuestra Señora: «Será bandera discutida» (Lc 2,34). Jesús, con sus palabras y sus gestos, hace que se muestre lo que cada hombre y mujer tiene en su corazón.
Y allí donde el Señor anuncia el evangelio de la misericordia incondicional del Padre para con los más pobres, los más alejados y oprimidos, allí precisamente somos interpelados a optar, a «combatir el buen combate de la Fe» (1 Tm 6,12). La lucha del Señor no es contra los hombres sino contra el demonio (cf. Ef 6,12), enemigo de la humanidad. Pero el Señor «pasa en medio» de los que buscan detenerlo «y sigue su camino» (Lc 4,30). Jesús no confronta para consolidar un espacio de poder. Si rompe cercos y cuestiona seguridades es para abrir una brecha al torrente de la misericordia que, con el Padre y el Espíritu, desea derramar sobre la tierra. Una misericordia que procede de bien en mejor: anuncia y trae algo nuevo: cura, libera y proclama el año de gracia del Señor.
La misericordia de nuestro Dios es infinita e inefable y expresamos el dinamismo de este misterio como una misericordia «siempre más grande», una misericordia en camino, una misericordia que cada día busca el modo de dar un paso adelante, un pasito más allá, avanzando sobre las tierras de nadie, en las que reinaba la indiferencia y la violencia.
Y así fue la dinámica del buen Samaritano que «practicó la misericordia» (Lc 10,37): se conmovió, se acercó al herido, vendó sus heridas, lo llevó a la posada, se quedó esa noche y prometió volver a pagar lo que se gastara de más. Esta es la dinámica de la misericordia, que enlaza un pequeño gesto con otro, y sin maltratar ninguna fragilidad, se extiende un poquito más en la ayuda y el amor. Cada uno de nosotros, mirando su propia vida con la mirada buena de Dios, puede hacer un ejercicio con la memoria y descubrir cómo ha practicado el Señor su misericordia para con nosotros, cómo ha sido mucho más misericordioso de lo que creíamos y, así, animarnos a desear y a pedirle que dé un pasito más, que se muestre mucho más misericordioso en el futuro. «Muéstranos Señor tu misericordia» (Sal 85,8). Esta manera paradójica de rezar a un Dios siempre más misericordioso ayuda a romper esos moldes estrechos en los que tantas veces encasillamos la sobreabundancia de su Corazón. Nos hace bien salir de nuestros encierros, porque lo propio del Corazón de Dios es desbordarse de misericordia, desparramarse, derrochando su ternura, de manera tal que siempre sobre, ya que el Señor prefiere que se pierda algo antes de que falte una gota, que muchas semillas se la coman los pájaros antes de que se deje de sembrar una sola, ya que todas son capaces de portar fruto abundante, el 30, el 60 y hasta el ciento por uno.
Como sacerdotes, somos testigos y ministros de la misericordia siempre más grande de nuestro Padre; tenemos la dulce y confortadora tarea de encarnarla, como hizo Jesús, que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38), de mil maneras, para que llegue a todos. Nosotros podemos contribuir a inculturarla, a fin de que cada persona la reciba en su propia experiencia de vida y así la pueda entender y practicar —creativamente— en el modo de ser propio de su pueblo y de su familia.
Hoy, en este Jueves Santo del Año Jubilar de la misericordia, quisiera hablar de dos ámbitos en los que el Señor se excede en su misericordia. Dado que es él quien nos da ejemplo, no tenemos que tener miedo a excedernos nosotros también: un ámbito es el del encuentro; el otro, el de su perdón que nos avergüenza y dignifica.
El primer ámbito en el que vemos que Dios se excede en una misericordia siempre más grande, es en el encuentro. Él se da todo y de manera tal que, en todo encuentro, directamente pasa a celebrar una fiesta. En la parábola del Padre Misericordioso quedamos pasmados ante ese hombre que corre, conmovido, a echarse al cuello de su hijo; cómo lo abraza y lo besa y se preocupa de ponerle el anillo que lo hace sentir como igual, y las sandalias del que es hijo y no empleado; y luego, cómo pone a todos en movimiento y manda organizar una fiesta. Al contemplar siempre maravillados este derroche de alegría del Padre, a quien el regreso de su hijo le permite expresar su amor libremente, sin resistencias ni distancias, nosotros no debemos tener miedo a exagerar en nuestro agradecimiento. La actitud podemos tomarla de aquel pobre leproso, que al sentirse curado, deja a sus nueve compañeros que van a cumplir lo que les mandó Jesús y vuelve a arrodillarse a los pies del Señor, glorificando y dando gracias a Dios a grandes voces.
La misericordia restaura todo y devuelve a las personas a su dignidad original. Por eso, el agradecimiento efusivo es la respuesta adecuada: hay que entrar rápido en la fiesta, ponerse el vestido, sacarse los enojos del hijo mayor, alegrarse y festejar… Porque sólo así, participando plenamente en ese ámbito de celebración, uno puede después pensar bien, uno puede pedir perdón y ver más claramente cómo podrá reparar el mal que hizo.
Puede hacernos bien preguntarnos: Después de confesarme, ¿festejo? O paso rápido a otra cosa, como cuando después de ir al médico, uno ve que los análisis no dieron tan mal y los mete en el sobre y pasa a otra cosa. Y cuando doy una limosna, ¿le doy tiempo al otro a que me exprese su agradecimiento y festejo su sonrisa y esas bendiciones que nos dan los pobres, o sigo apurado con mis cosas después de «dejar caer la moneda»?
El otro ámbito en el que vemos que Dios se excede en una misericordia siempre más grande, es el perdón mismo. No sólo perdona deudas incalculables, como al siervo que le suplica y que luego se mostrará mezquino con su compañero, sino que nos hace pasar directamente de Ia vergüenza más vergonzante a la dignidad más alta sin pasos intermedios. El Señor deja que la pecadora perdonada le lave familiarmente los pies con sus lágrimas. Apenas Simón Pedro le confiesa su pecado y le pide que se aleje, Él lo eleva a la dignidad de pescador de hombres. Nosotros, en cambio, tendemos a separar ambas actitudes: cuando nos avergonzamos del pecado, nos escondemos y andamos con la cabeza gacha, como Adán y Eva, y cuando somos elevados a alguna dignidad tratamos de tapar los pecados y nos gusta hacernos ver, casi pavonearnos.
Nuestra respuesta al perdón excesivo del Señor debería consistir en mantenernos siempre en esa tensión sana entre una digna vergüenza y una avergonzada dignidad: actitud de quien por sí mismo busca humillarse y abajarse, pero es capaz de aceptar que el Señor lo ensalce en bien de la misión, sin creérselo. El modelo que el Evangelio consagra, y que puede servirnos cuando nos confesamos, es el de Pedro, que se deja interrogar prolijamente sobre su amor y, al mismo tiempo, renueva su aceptación del ministerio de pastorear las ovejas que el Señor le confía.
Para entrar más hondo en esta avergonzada dignidad, que nos salva de creernos, más o menos, de lo que somos por gracia, nos puede ayudar ver cómo en el pasaje de Isaías que el Señor lee hoy en su Sinagoga de Nazaret, el Profeta continúa diciendo: «Ustedes serán llamados sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios» (Is 61,6). Es el pueblo pobre, hambreado, prisionero de guerra, sin futuro, sobrante y descartado, a quien el Señor convierte en pueblo sacerdotal.
Como sacerdotes, nos identificamos con ese pueblo descartado, al que el Señor salva y recordamos que hay multitudes incontables de personas pobres, ignorantes, prisioneras, que se encuentran en esa situación porque otros los oprimen. Pero también recordamos que cada uno de nosotros conoce en qué medida, tantas veces estamos ciegos de la luz linda de la fe, no por no tener a mano el evangelio sino por exceso de teologías complicadas. Sentimos que nuestra alma anda sedienta de espiritualidad, pero no por falta de Agua Viva —que bebemos sólo en sorbos—, sino por exceso de espiritualidades «gaseosas», de espiritualidades light. También nos sentimos prisioneros, pero no rodeados como tantos pueblos, por infranqueables muros de piedra o de alambrados de acero, sino por una mundanidad virtual que se abre o cierra con un simple click. Estamos oprimidos pero no por amenazas ni empujones, como tanta pobre gente, sino por la fascinación de mil propuestas de consumo que no nos podemos quitar de encima para caminar, libres, por los senderos que nos llevan al amor de nuestros hermanos, a los rebaños del Señor, a Ias ovejitas que esperan la voz de sus pastores.
Y Jesús viene a rescatarnos, a hacernos salir, para convertirnos de pobres y ciegos, de cautivos y oprimidos. en ministros de misericordia y consolación. Y nos dice, con las palabras del profeta Ezequiel al pueblo que se prostituyó y traicionó tanto a su Señor: «Yo me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras joven… Y tú te acordarás de tu conducta y te avergonzarás de ella, cuando recibas a tus hermanas, las mayores y las menores, y yo te las daré como hijas, si bien no en virtud de tu alianza. Yo mismo restableceré mi alianza contigo, y sabrás que yo soy el Señor. Así, cuando te haya perdonado todo lo que has hecho, te acordarás y te avergonzarás, y la vergüenza ya no te dejará volver a abrir la boca —oráculo del Señor—» (Ez 16,60-63).
En este Año Santo Jubilar, celebramos con todo el agradecimiento de que sea capaz nuestro corazón, a nuestro Padre, y le rogamos que “se acuerde siempre de su Misericordia”; recibimos con avergonzada dignidad Ia Misericordia en Ia carne herida de nuestro Señor Jesucristo y le pedimos que nos lave de todo pecado y nos libre de todo mal; y con la gracia del Espíritu Santo nos comprometemos a comunicar la Misericordia de Dios a todos los hombres, practicando las obras que el Espíritu suscita en cada uno para el bien común de todo el pueblo fiel.

24 marzo 2016

Semana Santa: Nos amó hasta el fin

Felix María Arocena


La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención
La Iglesia nos lleva de la mano, con su sabiduría y su creatividad, del Domingo de Ramos a la Cruz y a la Resurrección.
En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerto y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra «desde donde sale el sol hasta el ocaso». Todo el año litúrgico, compendio de la historia de Dios con los hombres, surge de la memoria que la Iglesia conserva de la horade Jesús: cuando, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».
La Iglesia despliega en estos días su sabiduría maternal para meternos en los momentos decisivos de nuestra redención: a poco que no ofrezcamos resistencia, nos vemos arrastrados por el recogimiento con que la liturgia de la Semana Santa nos introduce en la Pasión; la unción con la que nos mueve a velar junto al Señor; el estallido de gozo que mana de la Vigilia de la Resurrección. Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.
El Domingo de Ramos
El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual: «este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo −verdaderamente inefable− a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra».
Cuando los primeros fieles escuchaban la proclamación litúrgica de los relatos evangélicos de la Pasión y la homilía que pronunciaba el obispo, se sabían en una situación bien distinta de la de quien asiste a una mera representación: «para sus corazones piadosos, no había diferencia entre escuchar lo que se había proclamado y ver lo que había sucedido». En los relatos de la Pasión, la entrada de Jesús en Jerusalén es como la presentación oficial que el Señor hace de sí mismo como el Mesías deseado y esperado, fuera del cual no hay salvación. Su gesto es el del Rey salvador que viene a su casa. De entre los suyos, unos no lo recibieron, pero otros sí, aclamándole como el Bendito que viene en nombre del Señor.
El Señor, siempre presente y operante en la Iglesia, actualiza en la liturgia, año tras año, esta solemne entrada en el «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor», como lo llama el Misal. Su mismo nombre insinúa una duplicidad de elementos: triunfales unos, dolorosos otros. «En este día −se lee en la rúbrica− la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual». Su llegada está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige realmente Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz. Nosotros, sin embargo, en el tiempo de la Iglesia, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: Él entra en Jerusalén «para consumar su misterio pascual». Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse, sin solución de continuidad, con la vertiente dolorosa de los padecimientos del Señor.
Es ilustrativo el modo en que la liturgia nos traduce este juego de tinieblas y de luz en el designio divino: el Domingo de Ramos no reúne dos celebraciones cerradas, yuxtapuestas. El rito de entrada de la Misa no es otro que la procesión misma, y esta desemboca directamente en la colecta de la Misa. «Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste −nos dirigimos al Padre− que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz»: aquí todo habla ya de lo que va a suceder en los días siguientes.
El Jueves Santo
El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor. El Jueves Santo se encuentra entre la Cuaresma que termina y el Triduo que comienza. El hilo conductor de toda la celebración de este día, la luz que lo envuelve todo, es el Misterio pascual de Cristo, el corazón mismo del acontecimiento que se actualiza en los signos sacramentales.
La acción sagrada se centra en aquella Cena en que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna.
«Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz». La liturgia nos introduce de un modo vivo y actual en ese misterio de la entrega de Jesús por nuestra salvación. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente». El fiat del Señor que da origen a nuestra salvación se hace presente en la celebración de la Iglesia; por eso la Colecta no vacila en incluirnos, en presente, en la Última Cena: «Sacratissimam, Deus, frequentantibus Cenam…», dice el latín, con su habitual capacidad de síntesis; «nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena».
Este es «el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros». Las palabras de Jesús, «me voy, y vuelvo a vosotros y os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros» nos introducen en el misterioso vaivén entre ausencia y presencia del Señor que preside todo el Triduo pascual y, desde él, toda la vida de la Iglesia. Por eso, ni el Jueves Santo, ni los días que lo siguen, son sin más jornadas de tristeza o de luto: ver así el Triduo sacro equivaldría a retroceder a la situación de los discípulos, anterior a la Resurrección. «La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas». Para perpetuar en el mundo este cariño infinito que se concentra en su Pascua, en su tránsito de este mundo al Padre, Jesús se nos entrega del todo, con su Cuerpo y su Sangre, en un nuevo memorial: el pan y el vino, que se convierten en «pan de vida» y «bebida de salvación». El Señor ordena que, en adelante, se haga lo mismo que acaba de hacer, en conmemoración suya, y nace así la Pascua de la Iglesia, la Eucaristía.
Hay dos momentos de la celebración que resultan muy elocuentes, si los vemos en su mutua relación: el lavatorio de los pies y la reserva del Santísimo Sacramento. El lavatorio de los pies a los Doce anuncia, pocas horas antes de la crucifixión, el amor más grande: «el de dar uno la vida por sus amigos». La liturgia revive este gesto, que desarmó a los apóstoles, en la proclamación del Evangelio y en la posibilidad de realizar la ablución de los pies de algunos fieles. Al concluir la Misa, la procesión para la reserva del Santísimo Sacramento y la adoración de los fieles revela la respuesta amorosa de la Iglesia a aquel inclinarse humilde del Señor sobre los pies de los Apóstoles. Ese tiempo de oración silenciosa, que se adentra en la noche, invita a rememorar la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo.
El Viernes Santo
La liturgia del Viernes Santo comienza con la postración de los sacerdotes, en lugar del acostumbrado beso inicial. Es un gesto de especial veneración al altar, que se halla desnudo, exento de todo, evocando al Crucificado en la hora de la Pasión. Rompe el silencio una tierna oración en que el celebrante apela a las misericordias de Dios −«Reminiscere miserationum tuarum, Domine»− y pide al Padre la protección eterna que el Hijo nos ha ganado con su sangre, es decir, dando su vida por nosotros.
Una antigua tradición reserva para este día la proclamación de la Pasión según san Juan como momento culminante de la liturgia de la Palabra. En este relato evangélico se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor». El Señor responde con valentía a los que vienen a prenderle: «cuando les dijo “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra». Más adelante le oímos responder a Pilato: «mi reino no es de este mundo», y por eso su guardia no lucha para liberarle. «Consummatum est»: el Señor apura hasta el final la fidelidad a su Padre, y así vence al mundo.
Tras la proclamación de la Pasión y la oración universal, la liturgia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz: el glorioso instrumento de la redención humana. La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús sobre el demonio, el pecado y la muerte. Con Él, vencemos nosotros los cristianos, porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe».
La Iglesia envuelve a la Cruz de honor y reverencia: el obispo se acerca a besarla sin casulla y sin anillo; tras él, sigue la adoración de los fieles, mientras los cantos celebran su carácter victorioso: «adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo» Es una misteriosa conjunción de muerte y de vida en la que Dios quiere que nos sumerjamos: «unas veces renovamos el gozoso impulso que llevó al Señor a Jerusalén. Otras, el dolor de la agonía que concluyó en el Calvario... O la gloria de su triunfo sobre la muerte y el pecado. Pero, ¡siempre!, el amor −gozoso, doloroso, glorioso− del Corazón de Jesucristo».
El Sábado santo y la Vigilia pascual
Un texto anónimo de la antigüedad cristiana recoge, como condensado, el misterio que la Iglesia conmemora el Sábado Santo: el descenso de Cristo a los infiernos. «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo». Como vemos descansar a Dios en el Génesis al final de su obra creadora, el Señor descansa ahora de su fatiga redentora Y es que la Pascua, que está por despuntar definitivamente en el mundo, es «la fiesta de la nueva creación»: al Señor le ha costado la vida devolvernos a la Vida.
«Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver»: así decía el Señor a los Apóstoles en la víspera de su Pasión. Mientras esperamos su regreso, meditamos en su descenso a las tinieblas de la muerte, en las que estaban todavía sumergidos aquellos justos de la antigua Alianza Cristo, portando en su mano el signo liberador de la Cruz, pone fin a su sueño y los introduce en la luz del nuevo Reino: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo». Desde las abadías carolingias del siglo VIII, se propagará por Europa la conmemoración de este gran Sábado: el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados; ahora, más que nunca, Ella es la stella matutina, la estrella de la mañana que anuncia la llegada del Señor: el Lucifer matutinus, el sol que viene de lo alto, oriens ex alto.
En la noche de este gran Sábado, la Iglesia se reúne en la más solemne de sus vigilias para celebrar la Resurrección del Esposo, incluso hasta las primeras horas del alba. Esta celebración es el núcleo fundamental de la liturgia cristiana a lo largo de todo el año. Una gran variedad de elementos simbólicos expresan el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo; el fuego es el Espíritu Santo, encendido por Cristo en los corazones de los fieles; el agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida; el alleluia pascual es el himno de los peregrinos en camino hacia la Jerusalén del cielo; el pan y del vino de la Eucaristía son prenda del banquete escatológico con el Resucitado. Mientras participamos en la Vigilia pascual, reconocemos con la mirada de la fe que la asamblea santa es la comunidad del Resucitado; que el tiempo es un tiempo nuevo, abierto al hoy definitivo de Cristo glorioso: «haec est dies, quam fecit Dominus», este es el día nuevo que ha inaugurado el Señor, el día «que no conoce ocaso».

El Papa y el sacramento de la Reconciliación

El misterio de la Misericordia

“[La misericordia] es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado” (Bula Misericordiae vultus, 2).

La conversión: redescubrir el rostro misericordioso de Dios Padre 

“Si hay necesidad de volver es porque nos hemos alejado. Es el misterio del pecado: nos hemos alejado de Dios, de los demás, de nosotros mismos. No es difícil darse cuenta de ello: todos sabemos cuánto nos cuesta tener verdadera confianza en Dios, confiar en Él como Padre, sin miedo; cuán difícil es amar a los demás, sin llegar a pensar mal de ellos; cómo nos cuesta realizar nuestro bien verdadero, mientras que nos atraen y seducen muchas realidades materiales, que desaparecen y al final nos empobrecen” (Homilía Miércoles de Ceniza, 10.II.2016).
“Es la llamada a cambiar de vida. Convertirse no es cuestión de un momento o de un período del año, es un compromiso que dura toda la vida. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Nadie. Todos lo somos. Escribe el apóstol Juan: «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia» (1 Jn 1, 8-9) (Homilía 28.III.2014).

¿Qué es el sacramento de la Reconciliación?

“El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26). El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23).
Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado.
En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él” (Audiencia general, 19.II.2014).

¿Por qué hay que decir los pecados a un sacerdote?

“A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública −porque al inicio se hacía públicamente− a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia.
En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote” (Audiencia general, 19.II.2014).
“Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo (...) Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura” (El nombre de Dios es misericordia).

Pero... ¿por qué cuesta tanto confesarse?

“Puede haber algunos obstáculos que cierran las puertas del corazón. Está la tentación de blindar las puertas, o sea de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándose siempre, pensando que no somos peores que los demás. Así, sin embargo, se bloquean las cerraduras del alma y quedamos encerrados dentro, prisioneros del mal. Otro obstáculo es la vergüenza de abrir la puerta  secreta del corazón. La vergüenza, en realidad, es un buen síntoma, porque indica que queremos tomar distancia del mal; pero nunca debe transformarse en temor o en miedo.
Y hay una tercera insidia: la de alejarnos de la puerta. Esto sucede cuando nos escondemos en nuestras miserias, cuando hurgamos continuamente, relacionando entre sí las cosas negativas, hasta llegar a sumergirnos en los sótanos más oscuros del alma. De este modo llegamos a convertirnos incluso en familiares de la tristeza que no queremos, nos desanimamos y somos más débiles ante las tentaciones. Esto sucede porque permanecemos solos con nosotros mismos, encerrándonos y escapando de la luz. Y sólo la gracia del Señor nos libera. Dejémonos, entonces, reconciliar, escuchemos a Jesús que dice a quién está cansado y oprimido «venid a mí» (Mt 11, 28). No permanecer en uno mismo, sino ir a Él. Allí hay descanso y paz” (Homilía Miércoles de Ceniza, 10.II.2016).
“«Pero padre, yo me avergüenzo...». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión!” (Audiencia general, 19.II.2014).

La confesión es una nueva oportunidad

“Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre” (Audiencia general, 19.II.2014).
“No puedo bautizarme más de una vez, pero puedo confesarme y renovar así la gracia del Bautismo. Es como si hiciera un segundo Bautismo. El Señor Jesús es muy bueno y jamás se cansa de perdonarnos. Incluso cuando la puerta que nos abrió el Bautismo para entrar en la Iglesia se cierra un poco, a causa de nuestras debilidades y nuestros pecados, la Confesión la vuelve abrir, precisamente porque es como un segundo Bautismo que nos perdona todo y nos ilumina para seguir adelante con la luz del Señor. Sigamos adelante así, gozosos, porque la vida se debe vivir con la alegría de Jesucristo; y esto es una gracia del Señor” (Audiencia general, 13.XI.2013).

El dolor de los pecados

“La contrición es el pórtico del arrepentimiento, es esa senda privilegiada que lleva al corazón de Dios, que nos acoge y nos ofrece otra oportunidad, siempre que nos abramos a la verdad de la penitencia y nos dejemos transformar por su misericordia. De ella nos habla la Escritura Santa cuando refiere la actitud del Buen Pastor, que deja a las noventa y nueve ovejas que no requieren de sus cuidados y sale a buscar a la que anda errante y perdida (cf. Jn 10,1-15; Lc 15,4-7), o la del Padre bueno, que recibe a su hijo menor sin recriminaciones y con el perdón (cf. Lc 15, 11-32).
También es significativo el episodio de la mujer adúltera, a la que Jesús le dice: “Vete y en adelante no peques más” (Jn 8,11b). Aludiendo, asimismo, al Padre común, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos (cf. Mt 5,45), Jesús invita a sus discípulos a ser misericordiosos, a hacer el bien a quien les hace mal, a rezar por los enemigos, a poner la otra mejilla, a no guardar rencor…” (Carta 30.V.2014)

Propósito de la enmienda: revestirse del hombre nuevo

“El hombre nuevo, «creado a imagen de Dios» (Ef 4, 24), nace en el Bautismo, donde se recibe la vida misma de Dios, que nos hace sus hijos y nos incorpora a Cristo y a su Iglesia. Esta vida nueva permite mirar la realidad con ojos distintos, sin dejarse distraer por las cosas que no cuentan y que no pueden durar mucho, por las cosas que se acaban con el tiempo. Por eso estamos llamados a abandonar los comportamientos del pecado y fijar la mirada en lo esencial.
«El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35). He aquí la diferencia entre la vida deformada por el pecado y la vida iluminada de la gracia. Del corazón del hombre renovado según Dios proceden los comportamientos buenos: hablar siempre con verdad y evitar toda mentira; no robar, sino más bien compartir lo que se posee con los demás, especialmente con quien pasa necesidad; no ceder a la ira, al rencor y a la venganza, sino ser dóciles, magnánimos y dispuestos al perdón; no caer en la murmuración que arruina la buena fama de las personas, sino mirar en mayor medida el lado positivo de cada uno. Se trata de revestirnos del hombre nuevo, con estas actitudes nuevas” (Homilía 28.III.2014)

Confesar los pecados

“La confesión es la actitud de quien reconoce y lamenta su culpa (...) Un modelo bíblico de confesión es el buen ladrón, al que Jesús promete el paraíso porque fue capaz de reconocer su falta: «Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; éste en cambio no ha cometido ningún crimen” (Lc 23, 41)». (Carta 30.V.2014)
“Hay muchos lenguajes en la vida: el lenguaje de la palabra, pero también el lenguaje de los gestos. Si una persona se acerca a mí, al confesonario, es porque siente algo que le pesa, que quiere quitarse. Quizás no sabe cómo decirlo, pero el gesto es este. Si esta persona se acerca es porque quiere cambiar, y lo dice con el gesto de acercarse” (Homilía9.II.2016).
“Vayamos al hermano, al hermano sacerdote, y hagamos esta confesión interior nuestra: la misma que hace Pablo: Yo quiero el bien, desearía ser mejor, pero usted sabe, a veces tengo esta lucha, a veces tengo esto, esto y esto... Y así como es tan concreta la salvación que nos lleva a Jesús, tan concreto es nuestro pecado” (Homilía en Santa Marta, 25.X.2013)
“Confesar nuestros pecados no es ir a una sesión psiquiátrica ni tampoco ir a una sala de tortura. Es decir al Señor: Señor, soy pecador. Pero decirlo a través del hermano, para que este decir sea también concreto; y soy pecador por esto, por esto y por esto...” (Homilía en Santa Marta, 25.X.2013).
“Los pequeños tienen una cierta sabiduría. Cuando un niño viene a confesarse, jamás dice algo general: Padre, he hecho esto, he hecho esto a mi tía, he hecho esto a la otra, al otro le he dicho esta palabra y dicen la palabra. Son concretos, tienen la sencillez de la verdad. Y nosotros tenemos siempre la tendencia a esconder la realidad de nuestras miserias. En cambio, si hay algo bello es cuando nosotros confesamos nuestros pecados como están en la presencia de Dios” (Homilía en Santa Marta, 25.X.2013).

Apostolado de la confesión

“A quienes encontraréis, podréis comunicar la alegría de recibir el perdón del Padre y de reencontrar la amistad plena con Él. Y les diréis que nuestro Padre nos espera, nuestro Padre nos perdona, es más, hace fiesta. Si tú vas a Él con toda tu vida, incluso con muchos pecados, en lugar de recriminarte hace fiesta: este es nuestro Padre. Esto debéis decirlo vosotros, decirlo a mucha gente, hoy. Quien experimenta la misericordia divina, se siente impulsado a ser artífice de misericordia entre los últimos y los pobres. En estos «hermanos más pequeños» Jesús nos espera (cf. Mt 25, 40); recibamos misericordia y demos misericordia. Vayamos a su encuentro y celebremos la Pascua en la alegría de Dios” (Homilía 28.III.2014)

No retrasar el encuentro con Jesús en este sacramento

 “Quisiera preguntaros −pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón−: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello... ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.
Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga” (Audiencia general, 19.II.2014)

Recuerdo de una confesión que cambió su vida

“Hay un día muy importante para mí: el 21 de septiembre del ‘53. Tenía casi 17 años. Era el «Día del estudiante», para nosotros el día de primavera −para vosotros aquí es el día de otoño. Antes de acudir a la fiesta, pasé por la parroquia a la que iba, encontré a un sacerdote a quien no conocía, y sentí la necesidad de confesarme. Ésta fue para mí una experiencia de encuentro: encontré a alguien que me esperaba. Pero no sé qué pasó, no lo recuerdo, no sé por qué estaba aquel sacerdote allí, a quien no conocía, por qué había sentido ese deseo de confesarme, pero la verdad es que alguien me esperaba.
Me estaba esperando desde hacía tiempo. Después de la confesión sentí que algo había cambiado. Yo no era el mismo. Había oído justamente como una voz, una llamada: estaba convencido de que tenía que ser sacerdote. Esta experiencia en la fe es importante. Nosotros decimos que debemos buscar a Dios, ir a Él a pedir perdón, pero cuando vamos Él nos espera, ¡Él está primero! Nosotros, en español, tenemos una palabra que expresa bien esto: «El Señor siempre nos primerea», está primero, ¡nos está esperando!
Y ésta es precisamente una gracia grande: encontrar a alguien que te está esperando. Tú vas pecador, pero Él te está esperando para perdonarte. Ésta es la experiencia que los profetas de Israel describían diciendo que el Señor es como la flor del almendro, la primera flor de primavera (cf. Jer 1, 11-12). Antes de que salgan las demás flores, está él: él que espera. El Señor nos espera. Y cuando le buscamos, hallamos esta realidad: que es Él quien nos espera para acogernos, para darnos su amor. Y esto te lleva al corazón un estupor tal que no lo crees, y así va creciendo la fe. Con el encuentro con una persona, con el encuentro con el Señor” (Palabras en la Vigilia de Pentecostés, 18.V.2013).

(Selección de textos a cargo de Juan José Silvestre).
Fuente: collationes.org.

23 marzo 2016

La Semana Santa muestra que el amor de Dios no tiene límites


El Papa en la Audiencia General

«¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Nuestra reflexión sobre la misericordia de Dios nos introduce hoy al Triduo Pascual. Viviremos el jueves, viernes y sábado santo como momentos fuertes que nos permiten de entrar cada vez más en los grandes misterios de nuestra fe: la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Todo nos habla en estos tres días de misericordia, porque nos vuelve visible hasta donde llega de lejos el amor de Dios. Escucharemos la narración sobre los últimos días de vida de Jesús.
El evangelista Juan nos ofrece la llave para entender el sentido profundo: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amo hasta el final”. El amor de Dios no tiene límites. Como repetía con frecuencia veces san Agustín, es una mor que va hasta el final y sin fin.
Dios se ofrece realmente todo por cada uno de nosotros. Sin poner ningún límite. El misterio que vivimos en esta Semana Santa es una gran historia de amor que no conoce obstáculos. La pasión de Jesús dura hasta el final del mundo, porque es una historia que comparte los sufrimientos de toda la humanidad. Y una permanente presencia en las situaciones de la vida personal de cada uno de nosotros. En resumen, el Triduo Pascual es el memorial de un drama de amor que nos da la certeza que no seremos nunca abandonados en las pruebas de la vida.
El Jueves Santo, Jesús instituye la eucaristía, anticipando en el banquete pascual su sacrificio en el Gólgota, y para hacer entender a los discípulos el amor que le anima, le lava los pies a ellos, ofreciendo a ellos el ejemplo en primera persona de como ellos mismos deberán actuar.
La eucaristía es el amor que se vuelve servicio, es la presencia sublime de Cristo que desea saciar el hambre de cada hombre, especialmente de los más débiles, para volverlos capaces de un camino como testimonios ante las dificultades del mundo. Y no solamente, al darse a nosotros como alimento, Jesús certifica que tenemos que aprender a partir con los otros el pan, este alimento, para que se vuelva una verdadera comunión de vida con quienes se encuentran en necesidad. Él se dona a nosotros y nos pide permanecer en él para hacer lo mismo.
El Viernes Santo es el momento culminante del amor. La muerte de Jesús que en la cruz se abandona al Padre para ofrecer su salvación al mundo entero expresa el amor donado hasta el final, hasta el final, sin fin. Un amor que quiere abrazar a todos, ninguno excluido, un amor que se extiende a todas las épocas y lugares, un manantial inagotable de salvación al cual cada uno de nosotros pecadores puede ir.
Dios nos ha demostrado su amor supremo con la muerte de Jesús, y entonces también nosotros regenerados por el Espíritu Santo podemos y tenemos que amarnos los unos a los otros.
Y por último el Sábado Santo es el día del silencio de Dios. Tiene que ser un día de silencio y nosotros tenemos que hacer de todo para que sea para nosotros, justamente, una jornada de silencio, como fue en aquel tiempo: el día del silencio de Dios. Jesús depuesto en el sepulcro comparte con toda la humanidad el drama de la muerte. Es un silencio que habla y expresa el amor como solidaridad hacia los abandonados desde siempre, que el Hijo de Dios alcanza colmando el vacío que solo la misericordia infinita del Padre Dios puede llenar.
Dios calla pero por amor. En este día el amor -aquel amor silencioso- se transforma en espera de la vida, en la Resurrección. Pensemos en el Sábado Santo: nos hará bien pensar en el silencio de la Virgen, ‘la Creyente’, que en silencio estaba esperando la Resurrección. La Virgen debería ser el símbolo para nosotros, de aquel Sábado Santo. Pensar así, como la Virgen ha vivido aquel Sábado Santo, en la espera. Es el amor que no duda, pero que espera en la palabra del Señor, para que el día de Pascua se vuelva manifiesto y resplandeciente.
Es todo un gran misterio de amor y de misericordia. Nuestras palabras son pobres e insuficientes para expresarlo en plenitud. Nos puede servir como ayuda la experiencia de una muchacha, no muy conocida, que ha escrito páginas sublimes sobre el amor de Cristo. Se llamaba Juliana de Norwich; era analfabeta; esta joven tuvo visiones de la pasión de Jesús, y después cuando entro en la clausura describió, con lenguaje simple, pero profundo e intenso, el sentido del amor misericordioso.
Decía así: “Entonces nuestro buen Señor me preguntó: ‘¿Estás contenta que yo haya sufrido por ti?’
Yo le dije: “Sí, buen Señor, y te agradezco mucho; sí buen Señor, que tú seas bendecido”. Entonces Jesús, nuestro buen Señor, dijo: “Si tu estás contenta también yo lo estoy. El haber sufrido la pasión por ti es una alegría, una felicidad, un gozo eterno; y si pudiera sufrir aún más lo haría”.
Este es nuestro Jesus, que a cada uno de nosotros dice: “Si pudiera sufrir más por ti, lo haría”.
¡Como son hermosas estas palabras! Nos permiten entender realmente el amor inmenso y sin límites que el Señor tiene hacia cada uno de nosotros. Dejémonos envolver por esta misericordia que viene hacia nosotros; y en estos días, mientras tenemos fija la mirada sobre la pasión y muerte del Señor, acojamos en nuestro corazón la grandeza de su amor y como la Virgen el Sábado, en silencio, a la espera de la Resurrección».

Palabras al final de la audiencia

«Con el corazón dolorido he seguido las tristes noticias de los atentados terroristas de ayer en Bélgica, que han causado numerosas víctimas y heridos. Les aseguro mis oraciones y mi cercanía a la querida población belga, a todos los familiares de las víctimas y a todos los heridos.
Hago un nuevo llamado a todas las personas de buena voluntad para que se unan y al unísono condenen esto cruel abominación que está causando solamente muerte, terror y horror. A todos pido perseverar en la oración y pedirle a Señor, en esta Semana Santa, que conforte los corazones afligidos y convierta los corazones de estas personas enceguecidas por el fundamentalismo cruel. Por intercesión de la Virgen María, hagamos una oración: “Ave María…” Ahora en silencio recemos por los muertos y por los heridos, y por los familiares así como por todo el pueblo belga».

22 marzo 2016

La emergencia cívica de los católicos


Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares
Joaquín Mª López de Andújar y Cánovas del Castillo, Obispo de Getafe 
José Rico Pavés, Obispo Titular de Mentesa y Auxiliar de Getafe


Reflexiones pastorales sobre la «Ley de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación de la Comunidad Autónoma de Madrid»


Con profundo dolor hemos conocido los obispos de Alcalá de Henares y Getafe la aprobación, el pasado día 17 de marzo, en la Asamblea de la Comunidad Autónoma de Madrid, de la «Ley de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación». La Ley ha sido publicada, en el día de hoy, en el Boletín Oficial de la Asamblea de Madrid. Ante este hecho, que calificamos de muy grave e injusto, queremos, con todo el respeto hacia los que han promovido esta ley y sus posibles destinatarios, manifestar públicamente las siguientes consideraciones dirigidas a los fieles católicos de nuestras respectivas diócesis, sin menoscabo de otras profundizaciones posteriores.
Aunque nuestras reflexiones quieren brotar de las enseñanzas de los últimos papas y de otros documentos eclesiales, entendemos que tienen su fundamento en lo que Cicerón llamó “la recta razón, una ley verdadera, conforme a la naturaleza, extendida a todos” (De republica, 3, 22, 33). Esta ley natural, en efecto, presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y deberes fundamentales. Si consideramos injusta la ley que comentamos a continuación es precisamente porque niega lo que la recta razón conoce sobre el ser humano y olvida que «el hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza» (Benedicto XVI, Discurso al Deutscher Bundestag, Berlín, 22 septiembre 2011). Difícilmente se podrá defender el derecho de personas que se consideran discriminadas cuando esa defensa se funda en una comprensión equivocada del ser humano.
1. La identidad de género
En el Artículo 4 de la mencionada ley, titulado Reconocimiento del derecho a la identidad de género libremente manifestada, leemos lo siguiente: «Toda persona tiene derecho a construir para sí una autodefinición con respecto a su cuerpo, sexo, género y su orientación sexual. La orientación, sexualidad e identidad de género que cada persona defina para sí es esencial para su personalidad y constituye uno de los aspectos fundamentales de su dignidad y libertad».
Este “supuesto derecho” es una expresión ideológica del legislador que choca frontalmente con la antropología cristiana que ha dado sustento y soporte a lo que se ha venido en llamar civilización cristiana u occidental. Como bien nos recordaba Benedicto XVI en su Carta Encíclica Charitas in veritate, «hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica» (n. 75).
Según la antropología cristiana, la persona es creada en la unidad cuerpo-espíritu. El cuerpo no es un simple dato que pueda “ser construido”, no es una prótesis del yo, sino que es la visibilización de la persona. Es como un sacramento de la persona. Tratar el cuerpo como pura materia que pueda “ser construida” por la libertad no responde a la experiencia humana. Esta postura supone un dualismo antropológico que separa ideológicamente el cuerpo del espíritu o cae en un monismo de carácter materialista que no hace justicia a la especificidad del ser humano. 2

2. La diferencia sexual
Por otra parte, la diferencia sexual varón-mujer es otro principio de la antropología adecuada que, derivando de la teología de la creación, está profundamente enraizado también en la experiencia humana. El varón y la mujer son iguales en su dignidad de personas. Por eso, la diferencia sexual no se puede traducir como desigualdad. Todo lo contrario. La diferencia sexual es riqueza de humanidad y responde a la vocación al amor, a la reciprocidad mutua. La diferencia sexual es llamada a la unión amorosa, a la complementariedad y a la procreación como fruto de la colaboración con Dios en el acto conyugal propio del matrimonio.
La herida del pecado original (Cf. Charitas in veritate, 34) y de los propios pecados, de la que deriva la concupiscencia, se manifiesta en la relación distorsionada de los dinamismos físicos, psíquicos y espirituales de la propia persona. Por eso otro de los principios de la antropología cristiana es la necesidad de la redención del cuerpo o del corazón. Este dato, desconocido por la cultura dominante secularizada, provoca la no comprensión plena de la persona. La Iglesia Católica sabe por la Revelación y la propia experiencia acumulada en la Tradición que, además de afirmar la unidad en el ser (unión substancial cuerpo-espíritu), es necesario alcanzar la unidad en el obrar (la integración en el acto libre de los dinamismos físicos-psíquicos-espirituales del obrar humano).
3. Ecología humana
En este mismo sentido, el Papa Francisco, refiriéndose a la auténtica ecología integral, dice: «La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda “cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma”». (Encíclica Laudato Si’, n. 155).
4. El concepto de libertad
El concepto de libertad que maneja el legislador cuando se refiere a la “identidad de género libremente manifestada” (Art. 4) es también un concepto ideológico que tampoco responde a la experiencia humana. Se trata de un concepto individualista de la libertad desvinculado del ser de la persona y de su naturaleza específica: la persona es un ser creado por la infinita sabiduría de Dios y la libertad está enraizada en el propio ser “dado”. Nadie se crea a sí mismo, sino que recibe el ser. La libertad no crea el ser, sino que es el camino para su perfección. Esto es lo que llamamos el bien de la persona según la propia naturaleza.
El concepto de libertad presente en esta ley aboca a un pensamiento totalitario: la absolutización de la voluntad que pretende ser la única creadora de la propia persona y la absolutización de la técnica transformada también en un poder prometeico e ideológico. Como nos recordaba Benedicto XVI, «sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por nuestro ser, con sus propias limitaciones. 3

Ninguno da forma a la propia conciencia de manera arbitraria (…) El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma» (Charitas in vetitate, 68).
5. Ciencia y técnica con conciencia
Del mismo modo nos advertía Benedicto XVI de la pretensión prometeica de la técnica cuando no va unida a las normas fundamentales de la ley natural que Dios ha inscrito en nuestro corazón: «Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. (…) La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser. (…) La técnica atrae fuertemente al hombre, porque lo rescata de las limitaciones físicas y le amplía el horizonte. Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una formación para un uso ético y responsable de la técnica. Conscientes de esta atracción de la técnica sobre el ser humano, se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del ser, comenzando por nuestro propio ser» (Charitas in vetitate, 70).
Cuando las premisas son falsas, la lógica lleva irremediablemente al absurdo. La ley que ha permitido la redefinición del matrimonio abrió la puerta a que cualquier combinación afectiva pueda terminar, con el tiempo, siendo reconocida como matrimonio. Lo mismo va a suceder con estas leyes: con el tiempo se podrá exigir el presunto derecho a cualquier modificación corporal “a la carta”, por arbitraria que sea.
6. La ideología de género y sus derivados
En los presupuestos que justifican esta ley, el legislador se muestra heredero de la ideología de género que, con pretensiones científicas, supone un rechazo total de la teología de la creación y de la redención. En la base de esta ideología está la diferencia pretendida entre sexo y género, de tal manera que el primero es considerado pura biología y el otro, un “constructo cultural y social”. Inspirada en la filosofía constructivista, la ideología de género pretende la “deconstrucción” del género asignado por la cultura y la sociedad. El resto, la biología del cuerpo humano, es confiada a la libertad individual creadora y a la técnica. Por eso, la ley habla del «derecho a construir para sí una autodefinición con respecto a su cuerpo, sexo, género y su orientación sexual» (Art. 4).
Nunca en la historia de la civilización humana se había puesto de manifiesto esta pretensión. De ahí la gravedad de lo que se nos propone de manera ideológica. Para comprender bien esta pretensión es necesario remontarnos a los llamados maestros de la sospecha (Nietzsche, Marx y Freud), comprender la llamada revolución sexual en sus diferentes entradas y lo que ha supuesto la dictadura del relativismo. En el fondo, se trata de un proceso de deconstrucción de la civilización cristiana y de la entronización del relativismo cultural. Lo nuevo que ya despunta en esta ley es un cóctel o mezcla del marxismo freudiano y del liberalismo individualista que nos quiere conducir, en definitiva, a lo que recientemente se ha venido en llamar tecno-nihilismo. Se trata de la sumisión de las personas por un poder totalitario que, en nombre de la libertad, pretende abolir cualquier norma moral que impida el imperio de la libertad absoluta de la técnica. 4

7. Nihilismo posthumano
Todo es permitido a la libertad individual y todo se hace posible por la técnica, también aplicada al cuerpo humano. Esto que parece una profecía de la tierra prometida, o la tierra de la libertad, no es más que el sometimiento voluntario a un poder que se pretende omnímodo. Es el imperio de la técnica promovido por quienes detentan el poder global mediante el Gran Dinero. El precio a pagar es renunciar a toda verdad sobre el ser humano. Ya no se trata sólo del relativismo, es la entronización del nihilismo. Con estos presupuestos, uno puede definir su orientación sexual, prescindiendo del lenguaje del cuerpo. Es más, puede construir y definir su cuerpo con la ayuda de la técnica. El horizonte final es el posthumanismo o transhumanismo. Con ello llegamos a la tentación primordial, a la tentación del paraíso: «Seréis como Dios» (Gn 3, 5).
8. Todo está relacionado
A tenor de lo que venimos diciendo, sería un error metodológico considerar el contenido de esta ley como algo separado del proyecto de ingeniería social que se viene propiciando en España y globalmente. Este apartado de la así llamada transexualidad ha de ser contemplado en el contexto más amplio de un proyecto global planificado, científica y sistemáticamente, contra el orden de la creación y de la redención. Como afirma el Papa Benedicto XVI, «el libro de la naturaleza es uno e indivisible»; el Papa Francisco desarrolla el mismo concepto en Laudato Si’ con la expresión «ecología integral»; lo mismo hizo el Papa San Juan Pablo II al hablar de la “ecología humana” en Centesimus annus (nn. 37-39). Sin embargo, todos tendemos a mirar la realidad atomizadamente -y así se procura que suceda desde el poder-, como si unas cosas no tuvieran relación con otras, como si todo fuera casual, como si el mal no estuviese organizado. Para ello conviene contemplar en su conjunto las distintas piezas del puzle: Injusticia social (con la síntesis del marxismo y el liberalismo), ecología idolátrica y fragmentada, anticoncepción, esterilización, aborto, “amor romántico”, divorcio, “amor libre”, técnicas de reproducción asistida, ‘pornificación’ de las relaciones personales y de la cultura, sexualidad sin verdad, usurpación deliberada de la filiación natural de los niños, manipulación hormonal/amputación y extirpación de órganos sanos/reasignación de la identidad personal, eutanasia y suicidio asistido, manipulación de embriones, “poliamor”, realidad virtual sustitutiva, etc., son sólo una parte de los escalones, programados, científica y sistemáticamente, en orden a la deconstrucción de la “identidad-misión”, querida por Dios para el ser humano: en su unidad sustancial cuerpo-espíritu, en la diferencia varón-mujer, en la llamada a la comunión con el prójimo y en la vocación a adorar y amar, sobre todas las cosas, a la Santísima Trinidad.
9. Derivación en el campo educativo y sanitario
No es éste el momento para analizar los aspectos concretos referidos a la así llamada transexualidad o la llamada «disforia de género». Lo dejamos para poder profundizarlo en otro momento. Nuestra pretensión ahora es simplemente destacar el carácter ideológico de esta ley y llamar la atención sobre su gravedad y carácter injusto.
Como era de suponer, este pensamiento ideológico y totalitario se introduce en el campo educativo y sanitario. Como ya indicamos en otro momento, el vehículo en el campo de la educación son los Estándares de Educación Sexual para Europa promovidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que afecta a los niños desde la escuela infantil hasta el bachillerato. Es el modo institucional de introducir la ideología de género en las escuelas e 5

institutos más allá de la voluntad de los padres. Con esta ley, además, se concede a los niños la capacidad legal de definir su orientación sexual y las consecuencias que se deriven más allá, insistimos, de la voluntad de los padres.
Lo mismo cabe decir en el campo de la sanidad, en el que se prevén varias iniciativas referidas a los niños, adolescentes, jóvenes y adultos. También concierne al personal sanitario, que deberá ser preparado de modo específico para resolver los deseos de quienes soliciten la intervención médica. A este respecto recordamos el siguiente texto del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios: «No se puede violar la integridad física de una persona para el tratamiento de un mal de origen psíquico o espiritual. En estas circunstancias no se presentan órganos enfermos o funcionando mal; así que su manipulación medicoquirúrgica es una alteración arbitraria de la integridad física de la persona. No es lícito sacrificar al todo, mutilándolo, modificándolo o extirpándole una parte que no se relaciona patológicamente con el todo. Es por esto que no se puede correctamente asumir el principio de totalidad como criterio de legitimación de la esterilización antiprocreativa, del aborto terapéutico y la medicina y cirugía transexual». (Carta de los Agentes Sanitarios, en español n. 66 y nota 148).
10. Derecho de los niños y de los padres
Dejamos otros aspectos referidos a la vida social, laboral, ocio, deporte, etc. Sabiendo, además, que la primera obligación es el respeto exquisito a todas las personas, cabe destacar que desde el punto de vista objetivo esta ley trastoca los derechos del niño, retuerce el concepto de naturaleza humana y deja a criterio del legislador la autoridad de los padres y su responsabilidad en la tutela de los hijos. Nunca las leyes se habían introducido de esta manera, invadiendo el derecho original y esencial de los padres a educar a sus hijos. El derecho primario a educar corresponde a los padres por haber dado la vida a sus hijos. No aplicar aquí el principio de subsidiariedad es caminar hacia un poder totalitario del Estado y de la administración que no hace justicia a la realidad de las cosas y, en este caso, al carácter soberano de la familia (Cf. Gratissimam sane – Carta a las Familias de San Juan Pablo II, 17).
11. Libertad religiosa
Un último aspecto a considerar respecto a esta ley es su intromisión en lo que afecta a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, bien entendidas a la luz de la Palabra de Dios. Con las sanciones de carácter administrativo y económico presentes en esta ley se da otra vuelta de tuerca para amordazar a los que piensen diferente y a los que quieran libremente expresar sus convicciones nacidas de una conciencia moral rectamente formada y de la necesidad de dar testimonio de las verdades que nacen de la fe y de la religión. El paso que se da en esta ley no es un paso en la buena dirección para la libertad religiosa, y presagia otros horizontes más oscuros. Simplemente conviene aquí recordar que una sociedad crece de manera sana cuando se respeta la libertad religiosa. Ésta es como un termómetro que verifica la salud social y el cuidado de la justicia y el bien común. La ««Ley de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación de la Comunidad de Madrid» es una ley sustancialmente inicua que regula graves atentados contra el quinto mandamiento de la Ley de Dios, y, en su caso, los facilita respecto al sexto y noveno mandamientos. Se trata, en su esencia, de una ley injusta y, por tanto, a nadie obliga en conciencia. 6

12. Emergencia cívica de los católicos
En este contexto en el que nos movemos actualmente en España, y con lo que supone esta ley en la Comunidad Autónoma de Madrid, sentimos la urgencia de apelar a una «emergencia cívica de los católicos». Mirar hacia otro lado o juzgar de manera indiferente el proyecto de ingeniería social que estamos sufriendo en el ámbito personal, familiar, social y político, sería pecar de omisión. A los católicos nos avala la experiencia de que, unida a los propios errores, la fe cristiana ha dado los mejores frutos de civilización y ha contribuido a crear los ámbitos apropiados para el desarrollo del conocimiento y para la creación de los mejores espacios de justicia y de libertad.
Como en otras ocasiones, los católicos, además de nuestro testimonio, hemos de emerger y hacernos presentes en todos los ámbitos de la vida social. Para ello os animamos a profundizar en la formación humana y cristiana y, de manera especial, os urgimos al conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia. En nuestra preocupación pastoral está el cuidado de todas las familias, el afán de contribuir al bien común favoreciendo el liderazgo de los católicos también en el ámbito político. Con todo ello queremos seguir las huellas de Jesucristo en el amor a todas las personas, particularmente a los empobrecidos y necesitados. En nuestro carné de identidad también va incluido el amor y respeto a los que nos odian o pretenden considerarnos enemigos. Así nos lo ha enseñado el Señor y así queremos continuar sembrando nuestra tierra con las semillas del Evangelio.
Conclusión
A los afectados por esta ley, y a cuantos necesitan de la maternidad de la Iglesia, les ofrecemos el calor de nuestras parroquias, comunidades y el ejercicio de la caridad a través de Cáritas y de las distintas instituciones educativas y caritativas de nuestras diócesis. En particular os animamos, ante cualquier duda, problema o situación creada en lo que corresponde a la problemática en torno a la llamada transexualidad, o a otros aspectos que surjan en la vida familiar, a acudir a los Centros de Orientación Familiar de nuestras diócesis. Ellos son en nuestras Iglesias particulares como hospitales de campaña, según la expresión del Papa Francisco, o como auténticos espacios de solidaridad y acompañamiento.
Embarcados en la Semana Santa en la que contemplaremos el significado auténtico del amor en la Pasión de Cristo, os invitamos a vivir estos días con gran recogimiento y religiosidad. Unidos a toda la Iglesia volveremos a celebrar en la Vigilia Pascual el triunfo de la vida sobre la muerte. Con el canto del ¡Aleluya! testimoniaremos ante el mundo la victoria del Resucitado.
Unidos a la Virgen María, os deseamos a todos una ¡Feliz Pascua de Resurrección!