23 abril 2016

La Nueva Ciudad

ENRIQUE DÍAZ DÍAZ

V Domingo de Pascua
Hechos de los Apóstoles 14, 21-27: “Contaban a la comunidad lo que había hecho Dios por medio de ellos”.
Salmo 144: “Bendeciré al Señor eternamente. Aleluya”.
“Apocalipsis 21, 1-5: “Descendía del Cielo, la ciudad santa, la nueva Jerusalén”.
San Juan 13, 31-33. 34-35: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros”.


En este mundo de pesimismo, de violencia y de angustia, resuenan las palabras llenas de fe y de esperanza que Juan anuncia en el Apocalipsis: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. No es la utopía de un iluminado que busca olvidar su oscuridad; no son los sueños de quien quiere escapar de la realidad; no es la alienación para soportar el sufrimiento. Es la respuesta de un pueblo sometido a la más cruel persecución que encuentra en Jesús Resucitado la fuerza para levantarse y soñar que otro mundo es posible, siempre basado en su palabra y en sus promesas.
Si algo caracterizó a Jesús fue la necesidad de trastocar los valores de su mundo, no en el sentido de destruirlo y crear otro distinto, sino en el de renovarlo desde sus raíces y hacerlo desde la pequeñez, desde la oscuridad, desde el anonimato. Jesús fue un soñador, pero un soñador cimentado fuertemente en el amor de Dios su Padre. Desde el amor y a través del sufrimiento, del fracaso, del dolor, pudo construir un mundo nuevo y diferente. Los primeros discípulos de Jesús estaban convencidos firmemente que Él supo convertir su fracaso en fermento de renovación del género humano, y que Dios ratificó esa entrega total de su vida con el triunfo en la Resurrección.
Hoy encontramos en la liturgia tres testimonios que nos llevarán a nosotros, discípulos no muy entusiastas y un poco acartonados, a quedarnos admirados ante el entusiasmo y la valentía con que aquellos hombres sencillos enfrentaban los grandes retos de vivir y proclamar un Evangelio que visto desde lejos parecía destinado al fracaso y que a partir de la Cruz toma nueva luz y se iluminaba en medio de todas las dificultades.
No es humanamente posible entender la entrega sin límites de Pablo que se multiplica no sólo en los lugares de tradición judía sino que se aventura a abrir las puertas del paganismo porque el Evangelio no pueden encerrarse en las fronteras sino que se propaga y extiende por toda la humanidad. El proyecto de Jesús no puede limitarse a un pueblo o una cultura,
El modo de vivir y de extender el Evangelio va desde el interior de la persona como lo proclama Juan en esa especie de despedida en que nos ofrece la herencia y el deseo de Jesús: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”. Usando toda su ternura, llama a sus discípulos “Hijitos”, antes de proponerles el método y forma de vivir su Evangelio. Es lo que dará identidad y cohesión a los nuevos discípulos. Si se aman mutuamente con el amor que Jesús los ha amado, no dejarán de sentir su presencia, de percibir su espíritu y de construir su reino. El amor que han recibido de Jesús seguirá difundiéndose entre los suyos. Es lo que distingue al discípulo de Jesús: el amor. No entendido en el amor erótico tan de moda en nuestros tiempos, ni siquiera entendido en el afecto que se establece entre los amigos o los parientes. Jesús lleva mucho más allá su amor: el amor incondicional, de entrega, de servicio, de donación. Nada tiene que ver con el amor comercial y de intercambio que la sociedad actual proclama; nada con el amor egoísta que ama sólo a quien lo ama; es el amor capaz de superar las barreras y los obstáculos para acercarse al otro con el mismo amor de Jesús que nos invita: “Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso”. Es la señal de sus discípulos, es la señal del cristiano: el amor. Que no quede este mandamiento “nuevo”, sin estrenar, guardado bellamente en un nicho… que lo hagamos gastarse y desgastarse en la entrega generosa de nuestra persona como nuestro Padre nos ha amado. Ya el salmo nos pone el gran modelo: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento en enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas”. Parecerse a nuestro Padre Misericordioso sin venganzas sino siempre dispuestos al perdón.
Algunos pasajes del libro de Hechos de los Apóstoles nos presentan esta comunidad idílica donde el amor a Dios y a los hermanos se convierte en la fuente de la vida de esa pequeña comunidad. Y no es que no hubiera problemas, cada persona tiene sus propios intereses, sus cualidades y defectos, y la vida en comunidad siempre tiene sus dificultades. Pero las primeras comunidades son conscientes de que el amor que nos tiene Jesús es el mayor ejemplo y el mejor motor para construir una nueva comunidad. No se puede pensar en cristianos derrotados por la adversidad, la violencia o la mentira. Cristo con su Resurrección las vence y da nueva vida. Así lo entendió la perseguida comunidad del Apocalipsis, que a pesar de todos los dragones y bestias, símbolos inequívocos de perversión, maldad e injusticia, se atreve a proclamar con todas sus fuerzas su seguridad de alcanzar una nueva ciudad, símbolo de paz y de justicia. “Ésta es la morada de Dios con los hombres: vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo. Dios enjugará todas sus lágrimas y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque todo lo antiguo se terminó”.
Esta es la ciudad ideal construida con los cimientos del amor vivido al estilo de Jesús, de la justicia que da vida, de la paz que se comparte con todos los humanos. Una ciudad que podemos construir si, abandonando nuestros egoísmos, nos entregamos en el servicio y la donación plena: “Éste es mi mandamiento… que se amen los unos a los otros”. Así podremos construir la Nueva Ciudad, la Ciudad de Dios.
Señor Jesús, que nos has amado hasta el extremo, inflama nuestros corazones en tu divino amor, para que superando nuestros egoísmos, podamos construir la Nueva Jerusalén. Amén.

Los obispos piden a la política respuestas superiores a los 140 caracteres de Twitter

Conferencia de prensa tras la asamblea

El secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, José María Gil Tamayo, una vez concluida hoy la 107 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE) ha pedido a los líderes políticos como Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, que se comuniquen con más de los 140 caracteres que permite Twitter porque “detrás de ellos está toda una sociedad que tiene necesidades”.
“Sería deseable que hubiera una comunicación grande” en un “momento difícil en el que es necesario tender puentes, buscar la concordia y el bien común y dejar de lado las exclusiones”, dijo. “No podemos estar indefinidamente en un estado de indefinición y de provisionalidad”, ha señalado el portavoz, y ha pedido que se recuperen los valores éticos, se dialogue y se busque la concordia.
“¿Qué nos está pasando –se interrogó Gil Tamayo– para que en una situación como la nuestra no seamos capaces de hacer lo que sí se logró en otra situación difícil de nuestro pueblo, al inicio de la Transición?” Y precisó: “Construir puentes, buscar el bien común, renunciar a intereses partidistas”.
Sobre la asignatura de religión, el portavoz ha señalado el aumento de preferencias que ha tenido, con 3.666.816 alumnos escolarizados la han elegido el último año lectivo,145.446 más que en el curso anterior. Aunque reconoció no tener datos que relacionen este incremento con el hecho que la materia de Religión cuente para la media. Siempre sobre educación, el obispo español pidió a las formaciones políticas que logren un gran pacto de modo que la enseñanza no sea un “campo de batalla ideológico”.
Durante esta semana la Asamblea Plenaria aprobó también un documento con motivo del 50 aniversario de la constitución de la Conferencia Episcopal Española con el título “Al servicio de la Iglesia y de nuestro pueblo”. En el documento los obispos señalan que “el papel de la CEE en la transición política, de búsqueda de conciliación, de concordia, de instauración de la libertad religiosa es impagable”.
En el documento los obispos también piden perdón por las ocasiones en que “no hemos estado a la altura de las exigencias evangélicas que, como pastores de la Iglesia, se esperaba de nosotros”. Los obispos reivindican además haber “afrontado las relaciones con la comunidad política y con grupos culturales de diferente ideología en actitud sincera de diálogo y de colaboración”. Así la Iglesia ha actuado en la sociedad “desde su propia identidad, lo cual reclamaba una conciencia de sí misma más profunda y una actitud evangelizadora renovada y comprometida”.
A lo largo de la Plenaria, los obispos han profundizado además el tema de la reforma de los procesos de nulidad matrimonial realizada por el papa Francisco, gracias a las ponencias del secretario delPontificio Consejo para los Textos Legislativos, el Mons. Juan Ignacio Arrieta. Gil Tamayo señaló que en el Tribunal de la Rota Española, el 30 por ciento de los procesos son gratuitos y que se tratará de aumentar este porcentaje.
Sobre los refugiados que llegan a Europa, el portavoz de la CEE señalo que la Unión Europea no debe dar una respuesta “edulcorada, con una especie de vestidura legal” para justificar “una injusticia”. Y que es un tema complejo cuyo debate no puede reducirse a dos minutos del telediario. Añadió que la Iglesia ya transmitió al Gobierno su disposición de ayudar a estas personas dando acogida, acompañamiento e integración.
No se ha entrado en el tema de los Papeles de Panamá, dijo el portavoz, aunque sí en la necesidad de “ganar en calidad moral todos, porque eso da la talla de nuestra humanidad”.

22 abril 2016

Jesús intercede por cada uno de nosotros y debemos tener la esperanza de que Jesús volverá

El Papa En Santa Marta
Anuncio, intercesión, esperanza. Estas son las tres palabras centrales que ha indicado el papa Francisco en su homilía de este viernes en la misa de la Casa Santa Marta.
Anuncio:
El Papa ha subrayado que el cristiano “espera que el Señor vuelva”. Y exhortó a tener el coraje de anunciar como los apóstoles que dieron testimonio de la Resurrección de Jesús, incluso con la propia vida.

“Jesús está vivo es el anuncio de los apóstoles a los judíos y a los paganos de su tiempo y de este anuncio dieron testimonio con su vida y su sangre”.
“Cuando Juan y Pedro –prosiguió el Papa– fueron llevados al Sinedrio, después de la curación del cojo, los sacerdotes les prohibieron hablar del nombre de Jesús, de la Resurrección. Ellos con mucho coraje y simplicidad decían: ‘Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y escuchado’, el anuncio.
Y nosotros los cristianos tenemos el Espíritu Santo en nosotros, que nos hace ver y escuchar la verdad sobre Jesús, que murió por nuestros pecados y resucitó. Este es el anuncio de la vida cristiana: Cristo está vivo, Cristo ha resucitado, Cristo está entre nosotros en la comunidad, nos acompaña en el camino”.
Intercesión
Después Francisco entró en la segunda idea: la intercesión. Durante la cena del Jueves Santo, los apóstoles estaban tristes, y Jesús les dice: ‘No se turbe vuestro corazón, tengan fe. En la casa del Padre hay muchas moradas. Voy a prepararles un lugar’. Y el Papa indica que esto significa, que con su oración Jesús intercede por cada uno de nosotros.

Así como a Pedro le ha dicho una vez antes de la Pasión: ‘Pedro yo he rezado por ti’, ahora Jesús es el intercesor entre el Padre y nosotros, dijo el Papa.
Y sobre cómo Jesús reza por nosotros Francisco dijo: “Creo que Jesús haga ver las llagas al Padre –porque las llagas las ha llevado consigo después de la Resurrección– las haga ver al Padre y nos nombre a cada uno de nosotros”.
La tercera dimensión del cristiano que indicó el Santo Padre es la esperanza: “El cristiano es un hombre de esperanza, que espera que el Señor vuelva”. Toda la Iglesia “está en la espera de Jesús, Jesús volverá. Esta es la esperanza cristiana”.
El Pontífice invitó a interrogarnos: ¿Cómo es el anuncio en mi vida? ¿Cómo es mi relación con Jesús que intercede por mi? ¿Cómo es mi esperanza? ¿Creo realmente que el Señor ha resucitado? ¿Creo que reza por mi ante el Padre? ¿Y que cada vez que lo invoco Él está rezando por mi, e intercede? ¿Creo realmente que el Señor volverá, vendrá? Nos hará bien interrogarnos esto sobre nuestra fe: ¿Creo en el anuncio? ¿Creo e la intercesión? ¿Soy un hombre o una mujer de esperanza?

21 abril 2016

“Hagamos memoria de cómo Dios nos ha salvado”

El Papa en Santa Marta


Porque la fe es un camino y a medida que lo transitamos hay que recordarse de lo que sucedió. También de las cosas bellas que Dios ha realizado en nuestro camino, de los obstáculos y los rechazos, porque “Dios camina con nosotros y no se asusta de nuestras maldades”.
Y citando la primera lectura, recuerda que Pablo entra en la sinagoga de Antioquía e inicia a anunciar el Evangelio, a partir del pueblo elegido, pasando por Abraham y Moisés, Egipto y la Tierra Prometida, hasta llegar a Jesús. Es una predicación histórica la que adoptan los discípulos y es fundamental, porque permite recordar momentos importantes que son signos de la presencia de Dios en la vida del hombre.
Por ello el Santo Padre invitó a volver hacia atrás con el corazón y la mente “para ver como Dios nos ha salvado”. Y así como en el jueves y viernes santo, en la Cena Jesús al darnos su cuerpo y sangre nos dice: “hagan esto en memoria de mi”, debemos “hacer memoria de cómo Dios nos ha salvado”.
La Iglesia, explica Francisco, llama “memorial” al sacramento de la eucaristía, y en la Biblia el Deuteronomio se llama “el Libro de la memoria de Israel”. Así también nosotros debemos recordar que “cada uno de nosotros ha hecho un camino, acompañado por Dios, cerca de Dios” o “alejándonos del Señor”.
“Hacer memoria con frecuencia, de las cosas bellas, para hacer nacer un ‘gracias’ de corazón a Jesús, que no deja nunca de caminar en nuestra historia.
“Cuántas veces –señala Francisco– le hemos cerrado la puerta en la cara, cuántas veces hemos hecho como si no lo veíamos, cuántas veces no hemos creído que Él estaba con nosotros; cuántas veces hemos renegado a su salvación… Pero él estaba allí”.
“Y les doy un consejo simple: hagan memoria. ¿Cómo ha sido mi vida, cómo ha sido hoy mi día o este último año? Memoria. ¿Cómo fueron mis relaciones con el Señor? Memoria de las cosas grandes y bellas que el Señor ha hecho en la vida de cada uno de nosotros”.

Quinto domingo de Pascua, ciclo C


Textos: Hech 14, 21b-27; Ap 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a.34-35
Idea principal: La caridad es la contraseña y la novedad del cristiano.
Síntesis del mensaje: En las lecturas de hoy el adjetivo nuevo ha salido cinco veces. Cuatro veces en la segunda lectura, y una vez en el evangelio. Lo antiguo –antónimo de nuevo- ya terminó (2ª lectura). Es la llamada a vivir una vida nueva en la fe. Pero sobre todo, a vivir el mandamiento nuevo de la caridad. Aquí está la novedad y la contraseña del cristiano: “amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, este regalo de la caridad es fruto de la Pascua y procede del corazón de Cristo entregado para nuestra salvación. Sólo Cristo pudo ofrecernos este presente, que trajo directamente del cielo y nos lo encomendó antes de partir de nuevo para el Padre, una vez terminada su misión aquí en la tierra. Para eso, Cristo en el bautismo tuvo que cambiar nuestro corazón de piedra y ponernos un corazón de carne, tuvo que purificar y limpiar nuestras venas y arterias, dilatar nuestro ventrículo y aurícula. En ese día nos puso una válvula divina para que podamos amar como Él nos ama: con un amor universal, misericordioso, delicado, bondadoso. Y gracias a la Eucaristía, otro de los dones del Cristo Pascual, el Espíritu nos comunicará la fuerza del amor de Cristo. Preguntemos a los santos y a los mártires: a san Esteban, a santa Inés, a san Ignacio de Antioquía, a san Maximiliano María Kolbe, a santa María Goretti, al beato Miguel Pro, etc.

En segundo lugar, ¿dónde reside la novedad de este mandamiento? Antes de Cristo, claro que existía el amor. Así se lo recuerda Jesús al letrado que le preguntó por el primer mandamiento de la ley: “Amarás al Señor tu Dios de todo corazón, con toda el alma, con toda tu mente. Este es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39). Ahora bien, si bien existía ese mandamiento, era pura teoría, un ideal abstracto. Era simplemente algo distinto. Ciertamente, hubo hombres que se amaron también antes de Cristo; pero, ¿por qué? Porque eran parientes, porque eran aliados, amigos, pertenecían al mismo clan o al mismo pueblo: o sea por algo que los ligaba entre sí, distinguiéndolos de todos los demás. Ahora hay que ir más allá: amar a quien nos persigue, amar a los enemigos, a los que no nos saludan ni nos aman. Es decir, amar al hermano por sí mismo y no por lo útil que pueda resultarnos. Es la palabra “prójimo” la que cambió el contenido: se dilató hasta comprender no sólo a quien está cerca de nosotros, sino también a cada hombre al que podemos acercarnos. Nuevo es, por tanto, el mandamiento de Cristo porque nuevo es su contenido. Nuevo también, porque Jesús le ha añadido esto: “Amaos, como Yo os he amado”. No podía haber un modelo tan perfecto de amor en el Antiguo Testamento. Y, ¿cómo nos amó Jesús? Con un amor generosísimo, sin límites, un amor universal y misericordioso; amor que sabe transformar el mal en ocasión de amor más grande, como hizo Jesús en su Pasión y Muerte.
Finalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1856 señala la importancia vital de la caridad para la vida cristiana. En esta virtud se encuentran la esencia y el núcleo del cristianismo, es el centro de la predicación de Cristo y es el mandato más importante (cf. Jn 15, 12; 15,17; Jn 13,34). No se puede vivir la moral cristiana haciendo a un lado a la caridad. La caridad es la virtud reina, el mandamiento nuevo que nos dio Cristo, por lo tanto es la base de toda espiritualidad cristiana. Es el distintivo de los auténticos cristianos. La caridad es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es la virtud por excelencia porque su objeto es el mismo Dios y el motivo del amor al prójimo es el mismo: el amor a Dios. Porque su bondad intrínseca, es la que nos une más a Dios, haciéndonos parte de Dios y dándonos su vida (cf. 1 Jn. 4, 8). La caridad le da vida a todas las demás virtudes, pues es necesaria para que éstas se dirijan a Dios. Sin la caridad, las demás virtudes están como muertas. La caridad no termina con nuestra vida terrena, en la vida eterna viviremos continuamente la caridad. San Pablo nos lo menciona en 1 Cor. 13, 13; y 13, 87. Al hablar de la caridad, hay que hablar del amor. El amor “no es un sentimiento bonito” o la carga romántica de la vida. El amor es buscar el bien del otro. La caridad es más que el amor. El amor es natural. La caridad es sobrenatural, algo del mundo divino. La caridad es poseer en nosotros el amor de Dios. Es amar como Dios ama, con su intensidad y con sus características. La caridad es un don de Dios que nos permite amar en medida superior a nuestras posibilidades humanas. La caridad es amar como Dios, no con la perfección que Él lo hace, pero sí con el estilo que Él tiene. A eso nos referimos cuando decimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, a que tenemos la capacidad de amar como Dios.
Para reflexionar: 1 Cor 13, 4-7:“El amor es paciente, es bondadoso. El amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante. No se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido. El amor no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Pero si hay dones de profecía, se acabarán; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, se acabará”. ¿Mi caridad y amor tienen estas características? ¿Tengo clavado este distintivo en mi vida cristiana?
Para rezar: nada mejor que el Himno de san Francisco, donde se resume la esencia del amor.
Hazme un instrumento de tu paz
donde haya odio lleve yo tu amor
donde haya injuria tu perdón señor
donde haya duda fe en ti.

Maestro, ayúdame a nunca buscar
el ser consolado sino consolar
ser entendido sino entender
ser amado sino yo amar.

Hazme un instrumento de tu paz
que lleve tu esperanza por doquier
donde haya oscuridad lleve tu luz
donde haya pena tu gozo, Señor .

Hazme un instrumento de tu paz
es perdonando que nos das perdón
es dando a todos como Tú nos das
muriendo es que volvemos a nacer.

Hazme un instrumento de tu paz.

Los divorciados no están excluidos

Obispo de San Cristóbal de las Casas


VER
El Papa Francisco, después de amplias consultas, nos ha ofrecido un trascendente documento sobre El amor en la familia. Nos introduce en el plan de Dios sobre la familia, exponiendo con sencillez la profundidad de las Sagradas Escrituras. Nos describe, en el capítulo cuarto, la hermosura del amor. Es un capítulo extraordinario, que todos deberíamos meditar y vivir. Lo recomiendo ampliamente. ¡Cuánto cambiaría la vida, si supiéramos amar en verdad!
Sin embargo, la pregunta que todo mundo se hace, después de los dos Sínodos mundiales de Obispos sobre el tema, y tomando en cuenta la apertura misericordiosa del Papa Francisco, es qué actitud se ha de tener hacia las personas que, habiendo sido casadas válidamente por la Iglesia, se separaron y forman una nueva pareja.
En un próximo artículo, abordaré el asunto de si pueden recibir la comunión eucarística; ahora me limito a resaltar la actitud que el Papa recomienda ante estos casos.
PENSAR
“Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión, sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren… Compete a la Iglesia revelarles la divina pedagogía de la gracia en sus vidas y ayudarles a alcanzar la plenitud del designio que Dios tiene para ellos, siempre posible con la fuerza del Espíritu Santo” (297).

“Los divorciados en nueva unión pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas, sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación. También está el caso de los que han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono injusto, o el de los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido. Pero otra cosa es una nueva unión que viene de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que reiteradamente ha fallado a sus compromisos familiares. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia” (298).
“Los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que no sólo sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino que puedan tener una experiencia feliz y fecunda. Son bautizados, son hermanos y hermanas; el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas para el bien de todos. Su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales: es necesario, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional, pueden ser superadas. Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio. Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes” (299).
ACTUAR
El amor y la misericordia son actitudes divinas. No condenemos, sino que seamos misericordiosos con los divorciados vueltos a casar.

Es necesario dejar que el amor de Cristo se derrame en nosotros.

El Papa ayer en la Audiencia General

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy queremos detenernos sobre un aspecto de la misericordia bien representado en el Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho que le sucedió a Jesús cuando era huésped de un fariseo de nombre Simón. Este había invitado a Jesús a su casa porque había oído hablar bien de él, como de un gran profeta.
Mientras estaban sentados comiendo, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como pecadora. Esta sin decir una palabra se pone a los pies de Jesús e inicia a llorar; sus lágrimas mojan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, después los besa y los unge con aceite perfumado que había llevado consigo.
Resalta el contraste existente entre las dos figuras: la de Simón, celoso servidor de la Ley y aquella de la anónima mujer pecadora. Mientras el primero juzga a los otros en base a las apariencias, la segunda con sus gestos expresa con sinceridad su corazón. Simón a pesar de haber invitado a Jesús, no quiere comprometerse ni involucrar su vida con el Maestro; la mujer al contrario, se confía plenamente a Él, con amor y veneración.
El fariseo no concibe que Jesús se deje ‘contaminar’ por los pecadores, así pensaban ellos. Y piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y tenerlos lejos para no ser manchado, como si fueran leprosos. Esta actitud es típica de un cierto modo de entender la religión y está motivado por el hecho de que Dios y el pecado se oponen radicalmente.
Pero la palabra de Dios enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario hacer compromisos, en cambio los pecadores –o sea todos nosotros– somos como los enfermos que necesitan ser curados, y para curarlos es necesario que el médico se les acerque, los visite, los toque. Y naturalmente el enfermo, para ser curado tiene que reconocer que necesita un médico.
Entre el fariseo y la mujer pecadora, Jesús se alinea con ésta última. Libre de los prejuicios que impiden a la misericordia expresarse, el Maestro la deja hacer, Él, el Santo Dios, se deja tocar por ella sin temor de ser contaminado. Jesús está libre porque cerca de Dios que es Padre Misericordioso.
Más aún, entrando en relación con la pecadora, Jesús termina con aquella condición de aislamiento, a la cual el juicio impío del farseo y de sus conciudadanos la insultaba y condenaba: “Tus pecados te son perdonados”. La mujer ahora puede ‘ir en paz’. El Señor ha visto la sinceridad de su fe y de su conversión: por lo tanto delante a todos proclama: “Tu fe te ha salvado”.
De un lado aquella hipocresía de estos doctores de la Ley, de otra la humildad y sinceridad de esta mujer. Todos nosotros somos pecadores, pero tantas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores que los otros y decimos: “Mira tu pecado…”. Todos nosotros en cambio debemos mirar nuestro pecado, nuestras caídas, nuestros errores y mirar al Señor. Esta es la línea de la salvación: la relación entre el ‘yo’ pecador y el Señor. Si yo me siento justo, esta relación de salvación no se da.
A este punto, un estupor aún mayor se apodera de todos los comensales: “¿Quién es este que perdona también los pecados?”. Jesús no da una respuesta explícita, pero la conversión de la pecadora está delante de los ojos de todos y demuestra que en Él resplandece la potencia de la misericordia de Dios, capaz de transformar los corazones.
La mujer pecadora nos enseña la relación entre la fe, el amor y el reconocimiento. Le fueron perdonados “muchos pecados” y por ésto ama mucho. “En cambio a quien se le perdona poco ama poco”. También el mismo Simón tiene que admitir que ama más quién ha sido perdonado más. Dios ha encerrado a todos en el mismo misterio de misericordia y de este amor, que siempre nos precede, todos nosotros aprendemos a amar. Como recuerda san Pablo: “En Cristo, mediante su sangre tenemos la redención, el perdón de las culpas, de acuerdo a la riqueza de su gracia. É la ha derramado abundantemente sobre nosotros”.
En este texto el término “gracia” es prácticamente sinónimo de misericordia, y viene indicada como “abundante”, o sea más allá de nuestras expectativas, porque actúa el proyecto salvífico de Dios para cada uno de nosotros.
Queridos hermanos y hermanas, indiquemos nuestro reconocimiento por el don de la fe, agradezcamos al Señor por su amor tan grande e inmerecido.
Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: a este amor el discípulo llega y sobre éste se funda; de este amor cada uno se puede nutrir y alimentar. Así como en el amor grato que damos a su vez a nuestros hermanos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad se comunica a todos la misericordia del Señor.

20 abril 2016

Resumen de la Amoris laetitia

OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE


Publicamos a continuación un resumen de la exhortación apostólica post sinodal “Amoris laetitia” (La alegría del amor”), sobre el amor en la familia”, firmada por el Santo Padre el pasado 19 de marzo, Solemnidad de San José, que recoge los resultados de dos Sínodos sobre la familia convocados por Papa Francisco en el 2014 y en el 2015, cuyas Relaciones conclusivas son largamente citadas, junto a los documentos y enseñanzas de sus Predecesores y a las numerosas catequesis sobre la familia del mismo Papa Francisco. Todavía, como ya ha sucedido en otros documentos magisteriales, el Papa hace uso también de las contribuciones de diversas Conferencias episcopales del mundo (Kenia, Australia, Argentina…) y de citas de personalidades significativas como Martin Luther King o Erich Fromm. Cabe destacar una cita de la película “La fiesta de Babette”, que el Papa recuerda para explicar el concepto de gratuidad.
La exhortación apostólica está disponible en español en la página web del Vaticano en la siguientedirección:

Premisa
La Exhortación apostólica impresiona por su amplitud y articulación. Esta se subdivide en nueva capítulos y más de 300 párrafos. Se abre con siete párrafos introductivos que ponen en plena luz la conciencia de la complejidad del tema y la profundización que requiere. Se afirma que las intervenciones de los Padres en el Sínodo han compuesto un “precioso poliedro” que debe ser preservado. En este sentido, el Papa escribe que “no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones del magisterio”. Por lo tanto para algunas cuestiones “en cada país o región se deben buscar soluciones más inculturadas, atentas a la tradiciones y a los desafíos locales. De hecho,“las culturas son muy diversas entre sí y todo principio general (…) tiene necesidad de ser inculturado, si quiere ser observado y aplicado”. Este principio de inculturación resulta verdaderamente importante incluso en el modo de plantear y comprender los problemas que, más allá de las cuestiones dogmáticas bien definidas del Magisterio de la Iglesia, no puede ser “globalizado”.
Pero sobre todo el Papa afirma inmediatamente y con claridad que es necesario salir de la estéril contraposición entre la ansiedad de cambio y la aplicación pura y simple de normas abstractas. Escribe: “los debates que se dan en los medios de comunicación, en las publicaciones y aún entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, hasta la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o extrayendo conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas”.

Capítulo primero: “A la luz de la Palabra”
Puestas estas premisas, el Papa articula su reflexión a partir de la Sagrada Escritura en el primer capítulo, que se desarrolla como una meditación sobre el Salmo 128, característico de la liturgia nupcial tanto judía como cristiana. La Biblia “está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares” y a partir de este dato se puede meditar cómo la familia no es un ideal abstracto sino un “trabajo ‘artesanal’” que se expresa con ternura pero que se ha confrontado también con el pecado desde el inicio, cuando la relación de amor se transforma en dominio . Entonces la Palabra de Dios “no se muestra como un secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino” .

Capítulo segundo: “La realidad y los desafíos de la familia”
A partir del terreno bíblico en el segundo capítulo el Papa considera la situación actual de las familias, poniendo “los pies sobre la tierra” , recurriendo ampliamente a las Relaciones conclusivas de los dos Sínodos y afrontando numerosos desafíos, desde el fenómeno migratorio a las negociaciones ideológicas de la diferencia de sexos (“ideología del gender”); desde la cultura de lo provisorio a la mentalidad antinatalista y al impacto de la biotecnología en el campo de la procreación; de la falta de casa y de trabajo a la pornografía y el abuso de menores; de la atención a las personas con discapacidad, al respeto de los ancianos; de la desconstrucción jurídica de la familia, a la violencia contra las mujeres. El Papa insiste sobre lo concreto, que es una propiedad fundamental de la Exhortación. Y son las cosas concretas y el realismo que ponen una substancial diferencia entre teoría de interpretación de la realidad e “ideologías”.
Citando la Familiares consortio Francisco afirma que “es sano prestar atención a la realidad concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia”, a través de los cuales “la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia”. Por lo tanto, sin escuchar la realidad no es posible comprender las exigencias del presente ni los llamados del Espíritu. El Papa nota que el individualismo exagerado hace difícil hoy la entrega a otra persona de manera generosa. Esta es una interesante fotografía de la situación: “se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor de ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales” .
La humildad del realismo ayuda a no presentar “un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificialmente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales”. El idealismo aleja de considerar al matrimonio tal cual es, esto es “un camino dinámico de crecimiento y realización”. Por esto no es necesario tampoco creer que las familias se sostienen “solamente insistiendo sobre cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia”. Invitando a una cierta “autocrítica” de una presentación no adecuada de la realidad matrimonial y familiar, el Papa insiste que es necesario dar espacio a la formación de la conciencia de los fieles: “Estamos llamado a formar las conciencias no a pretender sustituirlas” (AL 37). Jesús proponía un ideal exigente pero “no perdía jamás la cercana compasión con las personas más frágiles como la samaritana o la mujer adúltera” .

Capítulo tercero: “La mirada puesta en Jesús: la vocación de la familia”
El tercer capítulo está dedicado a algunos elementos esenciales de la enseñanza de la Iglesia a cerca del matrimonio y la familia. La presencia de este capítulo es importante porque ilustra de manera sintética en 30 párrafos la vocación de la familia según el Evangelio, así como fue entendida por la Iglesia en el tiempo, sobre todo sobre el tema de la indisolubilidad, de la sacramentalidad del matrimonio, de la transmisión de la vida y de la educación de los hijos. Son ampliamente citadas la Gaudium et spes del Vaticano II, la Humanae vitae de Pablo VI, la Familiares consortio de Juan Pablo II.
La mirada es amplia e incluye también las “situaciones imperfectas”. Leemos de hecho: “El discernimiento de la presencia de las ‘semina Verbi’’ en otras culturas puede ser aplicado también a la realidad matrimonial y familiar. Fuera del verdadero matrimonio natural también hay elementos positivos presentes en las formas matrimoniales de otras tradiciones religiosas’, aunque tampoco falten las sombras” . La reflexión incluye también a las “familias heridas” frente a las cuales el Papa afirma –citando la Relatio finalis del Sínodo 2015- “siempre es necesario recordar un principio general: “Sepan los pastores que, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones”. El grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión. Por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina debe expresarse con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición” .

Capítulo cuarto: “El amor en el matrimonio”
El cuarto capítulo trata del amor en el matrimonio, y lo ilustra a partir del “himno al amor” de san Pablo en 1 Cor 13,4-7. El capítulo es una verdadera y propia exégesis atenta, puntual, inspirada y poética del texto paulino. Podríamos decir que se trata de una colección de fragmentos de un discurso amoroso que está atento a describir el amor humano en términos absolutamente concretos. Uno se queda impresionado por la capacidad de introspección psicológica que sella esta exégesis. La profundización psicológica entra en el mundo de las emociones de los conyugues –positivas y negativas- y en la dimensión erótica del amor. Se trata de una contribución extremamente rica y preciosa para la vida cristiana de los conyugues, que no tiene hasta ahora parangón en precedentes documentos papales.
A su modo este capítulo constituye un tratado dentro del desarrollo más amplio, plenamente consciente de la cotidianidad del amor que es enemiga de todo idealismo: “no hay que arrojar sobre dos personas limitadas –escribe el Pontífice- el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica “un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios”. Pero por otra parte el Papa insiste de manera fuerte y decidida sobre el hecho de que “en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo” , propiamente al interior de esa “combinación de alegrías y de fatigas, de tensiones y de reposo, de sufrimientos y de liberación, de satisfacciones y de búsquedas, de fastidios y de placeres” es, precisamente, el matrimonio.
El capítulo se concluye con una reflexión muy importante sobre la “transformación del amor” porque “la prolongación de la vida hace que se produzca algo que no era común en otros tiempos: la relación íntima y la pertenencia mutua deben conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto se convierte en una necesidad de volver a elegirse una y otra vez” . El aspecto físico cambia y la atracción amorosa no disminuye pero cambia: el deseo sexual con el tiempo se puede transformar en deseo de intimidad y “complicidad”. “No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad”.

Capitulo quinto: “El amor que se vuelve fecundo”
El capítulo quinto esta todo concentrado sobre la fecundidad y la generatividad del amor. Se habla de manera espiritual y psicológicamente profunda del recibir una vida nueva, de la espera propia del embarazo, del amor de madre y de padre. Pero también de la fecundidad ampliada, de la adopción, de la aceptación de la contribución de las familias para promover la “cultura del encuentro”, de la vida de la familia en sentido amplio, con la presencia de los tíos, primos, parientes de parientes, amigos. Amoris laetitia no toma en consideración la familia “mononuclear”, porque es bien consciente de la familia como amplia red de relaciones. La misma mística del sacramento del matrimonio tiene un profundo carácter social. Y al interno de esta dimensión el Papa subraya en particular tanto el rol específico de la relación entre jóvenes y ancianos, como la relación entre hermanos y hermanas como práctica de crecimiento en relación con los otros.

Capítulo sexto: “Algunas perspectivas pastorales”
En el sexto capítulo el Papa afronta algunas vías pastorales que orientan para construir familias sólidas y fecundas según el plan de Dios. En esta parte la Exhortación hace un largo recurso a las Relaciones conclusivas de los dos Sínodos y a las catequesis del Papa Francisco y de Juan Pablo II. Se confirma que las familias son sujeto y no solamente objeto de evangelización. El Papa señala que “a los ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas actuales de las familias” . Si por una parte es necesario mejorar la formación psico-afectiva de los seminaristas e involucrar más a las familias en la formación al ministerio , por otra “puede ser útil (…) también la experiencia de la larga tradición oriental de los sacerdotes casados”.
Después el Papa afronta el tema de guiar a los novios en el camino de la preparación al matrimonio, de acompañar a los esposos en los primeros años de vida matrimonial (incluido el tema de la paternidad responsable), pero también en algunas situaciones complejas y en particular en las crisis, sabiendo que “cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón”. Se analizan algunas causas de crisis, entre las cuales una maduración afectiva retrasada.
Entre otras cosas se habla también del acompañamiento de las personas abandonadas, separadas y divorciadas y se subraya la importancia de la reciente reforma de los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad matrimonial. Se pone de relieve el sufrimiento de los hijos en las situaciones de conflicto y se concluye: “El divorcio es un mal, y es muy preocupante el crecimiento del número de divorcios. Por eso, sin duda, nuestra tarea pastoral más importante con respecto a las familias, es fortalecer el amor y ayudar a sanar las heridas, de manera que podamos prevenir el avance de este drama de nuestra época”.
Se tocan después las situaciones de matrimonios mixtos y de aquellos con disparidad de culto, y las situaciones de las familias que tienen en su interior personas con tendencia homosexual, confirmando el respeto en relación a ellos y el rechazo de toda injusta discriminación y de toda forma de agresión o violencia. Pastoralmente preciosa es la parte final del capítulo; “Cuando la muerte planta su aguijón”, sobre el tema de la perdida de las personas queridas y la viudez.

Capítulo séptimo: “Reforzar la educación de los hijos”
El séptimo capítulo esta todo dedicado a la educación de los hijos: su formación ética, el valor de la sanción como estímulo, el paciente realismo, la educación sexual, la transmisión de la fe, y más en general, la vida familiar como contexto educativo. Es interesante la sabiduría práctica que transparenta en cada párrafo y sobre todo la atención a la gradualidad y a los pequeños pasos “que puedan ser comprendidos, aceptados y valorados”.
Hay un párrafo particularmente significativo y pedagógicamente fundamental en el cual Francisco afirma claramente que “la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo (…) Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía”.
Notable es la sección dedicada a la educación sexual titulada muy expresivamente: “Si a la educación sexual”. Se sostiene su necesidad y se nos pregunta “si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío (…) en una época en que se tiende a banalizar y a empobrecer la sexualidad”. Ella debe realizarse “en el cuadro de una educación al amor, a la recíproca donación”. Se pone en guardia de la expresión “sexo seguro”, porque transmite “una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida”.

Capítulo octavo: “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”
El capítulo octavo constituye una invitación a la misericordia y al discernimiento pastoral frente a situaciones que no responden plenamente a aquello que el Señor propone. El Papa que escribe usa tres verbos muy importantes: “acompañar, discernir e integrar” que son fundamentales para afrontar situaciones de fragilidad, complejas o irregulares. Entonces el Papa presenta la necesaria gradualidad en la pastoral, la importancia del discernimiento, las normas y circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral y en fin, aquella que él define la “lógica de la misericordia pastoral”.
El capítulo octavo es muy delicado. Para leerlo se debe recordar que “a menudo, la tarea de la Iglesia asemeja a la de un hospital de campaña” . Aquí el Pontífice asume lo que ha sido fruto de las reflexiones del Sínodo sobre temáticas controvertidas. Se confirma qué es el matrimonio cristiano y se agrega que “otras formas de unión contradicen radicalmente este ideal, pero algunas lo realizan al menos de modo parcial y análogo”. La Iglesia por lo tanto “no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que no corresponden todavía o ya no corresponden más a su enseñanza sobre el matrimonio”.
En relación al “discernimiento” acerca de las situaciones “irregulares” el Papa observa que “hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y es necesario estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición” . Y continua: “Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia “inmerecida, incondicional y gratuita”. Todavía: “Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral”.
En esta línea, acogiendo las observaciones de muchos Padres sinodales, el Papa afirma que “los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo”. “Su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales (…) Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia (…) Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes”.
Más en general el Papa hace una afirmación extremamente importante para comprender la orientación y el sentido de la Exhortación: “Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas (…) puede comprenderse que no debería esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos”, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas”. El Papa desarrolla de modo profundo exigencias y características del camino de acompañamiento y discernimiento en diálogo profundo entre fieles y pastores. A este fin llama a la reflexión de la Iglesia “sobre los condicionamientos y circunstancias atenuantes” en lo que reguarda a la imputabilidad y la responsabilidad de las acciones y, apoyándose en Santo Tomas de Aquino, se detiene sobre la relación entre “las normas y el discernimiento” afirmando: “Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma” .
En la última sección del capítulo: “la lógica de la misericordia pastoral”, Papa Francisco, para evitar equívocos, reafirma con fuerza: “Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas”. Pero el sentido general del capítulo y del espíritu que el Papa quiere imprimir a la pastoral de la Iglesia está bien resumido en las palabras finales: “Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal. E invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia”. Sobre la “lógica de la misericordia pastoral” Papa Francisco afirma con fuerza:“A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios. Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio” .

Capítulo noveno: “Espiritualidad conyugal y familiar”
El noveno capítulo está dedicado a la espiritualidad conyugal y familiar, “hecha de miles de gestos reales y concretos”. Con claridad se dice que “quienes tienen hondos deseos espirituales no deben sentir que la familia los aleja del crecimiento en la vida del Espíritu, sino que es un camino que el Señor utiliza para llevarles a las cumbres de la unión mística” . Todo, “los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección” . Se habla entonces de la oración a la luz de la Pascua, de la espiritualidad del amor exclusivo y libre en el desafío y el anhelo de envejecer y gastarse juntos, reflejando la fidelidad de Dios ). Y, en fin, de la espiritualidad “del cuidado, de la consolación y el estímulo”. “Toda la vida de la familia es un “pastoreo” misericordioso. Cada uno, con cuidado, pinta y escribe en la vida del otro”, escribe el Papa. Es una honda “experiencia espiritual contemplar a cada ser querido con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él” .
En el párrafo conclusivo el Papa afirma: “ninguna familia es una realidad perfecta y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar (...). Todos estamos llamados a mantener viva la tensión hacia un más allá de nosotros mismos y de nuestros límites, y cada familia debe vivir en ese estímulo constante. ¡Caminemos familias, sigamos caminando! (…) No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido” .
La Exhortación apostólica se concluye con una Oración a la Sagrada Familia .
* * *
Como es posible comprender con un rápido examen de sus contenidos, la Exhortación apostólica Amoris laetitia quiere confirmar con fuerza no el “ideal” de la familia, sino su realidad rica y compleja. Hay en sus páginas una mirada abierta, profundamente positiva, que se nutre no de abstracciones o proyecciones ideales, sino de una atención pastoral a la realidad. El documento es una lectura densa de sugerencias espirituales y de sabiduría práctica, útil a cada pareja humana o a personas que desean construir una familia. Se ve sobretodo que es fruto de una experiencia concreta con personas que saben por experiencia qué es la familia y el vivir juntos por muchos años. La Exhortación habla de hecho el lenguaje de la experiencia.