21 junio 2016

DÉCIMO TERCER DOMINGO TIEMPO ORDINARIO Ciclo C

ANTONIO RIVERO L.C.

Textos: 1 Re 19, 16b.19-21; Gal 5, 1.13-18; Lc 9, 51-62

Idea principal: Dios pide radicalidad.
Síntesis del mensaje: Si el domingo pasado Cristo anunciaba su Pasión e invitaba a sus seguidores a cargar también ellos con su cruz cada día, ahora se acerca la hora de la verdad y se encamina con decisión hacia Jerusalén, dando por terminada su predicación en tierras de Galilea. A Eliseo le costó seguir a Elías, despedirse de sus padres y sacrificar su yunta de bueyes, que era lo que tenía (1ª lectura). Este desprendimiento radical y seguimiento de Cristo tiene que ser en la libertad y desde la libertad (2ª lectura).
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, Dios pidió radicalidad a los profetas. Abramos la Biblia. Hoy mismo en la primera lectura. Elías por el campo, vio a Eliseo en la arada tras los bueyes, se quitó el manto y se lo echó a los hombros. “Déjame decir adiós a mis padres”, le pidió. “Vete y vuelve”, le dijo Elías. Cuando volvió, sacrificó sus dos bueyes, los asó al fuego de los aperos de labranza, celebró con sus trabajadores la cena del adiós y se fue de profeta (cf. 1 Re 19, 16-21). El permiso que pide para despedir a sus padres no tiene como finalidad dar largas a su decisión, sino que servirá precisamente para mostrar su radicalidad. A Abraham le mandó salir de su tierra e ir a otra que Dios le indicaría. A Moisés le ordenó ir ante el faraón y echarle un discurso que nada tenía de blandengue. Y otro tanto a Isaías, a quien un querubín le purificó los labios con un ascua del altar (cf. Is 6, 6-7); a Jeremías el mismo Dios le tocó los labios (cf. Jer 1, 9); a Ezequiel le dio a comer un libro enrollado que le supo a mieles (cf. Ez 3, 1-3); a Jonás, que le mandó pregonar un duro mensaje de conversión al pueblo de Nínive. Dios fue radical con los profetas. Nadie lo puede negar. Él es el Señor, el Creador. Nosotros, sus creaturas y sus siervos. Sí, también será Padre. Pero tuvo que venir Cristo a revelarlo.
En segundo lugar, Cristo pidió radicalidad a los apóstoles. Porque cristiano es más que profeta. El evangelio es más exigente que el Antiguo Testamento. Abramos el evangelio de hoy. Jesús, a uno que le pedía el mismo permiso del adiós a sus padres que Eliseo hizo a Elías, le respondió que “el que pone su mano en el arado y sigue mirando hacia atrás, no sirve para el reino de Dios”. ¿Es o no exigente y radical, este Jesús? Y al fan que quiso seguirle: sábete que si la zorra tiene madriguera y nido el ave, tú no tendrás almohada siquiera. A otro no le acepta la excusa dilatoria de que tiene que enterrar a su padre: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Otra vez radicalidad, porque hay mucho trabajo y no nos podemos entretener en cosas secundarias. En el primer caso, se nos dice que no por ser buenos cristianos, o por seguir la vocación religiosa o ministerial, se nos prometen ventajas temporales. Con la segunda respuesta, Jesús no desautoriza ciertamente la buena obra de enterrar a los muertos. Lo que nos dice es que no podemos dar largas a nuestro seguimiento y a nuestro trabajo por el Reino. Hay que renunciar a los lazos de la familia si lo pide la misión evangelizadora, como hacen tantos cristianos cuando se sienten llamado a la vocación religiosa o ministerial., y tantos misioneros, también laicos, que deciden trabajar por Cristo dejando todo lo demás. No podemos hacer una cierta cirugía estética al evangelio por respeto al Respetable. Estos del evangelio de hoy, ¿siguieron a Jesús ante tanta radicalidad, o “tomaron las de Villadiego”, es decir, se fugaron y no volvieron a saber más de Jesús?
Finalmente, Cristo nos pide y nos pedirá radicalidad a todos nosotros, eso está claro. Por tanto, ante el evangelio hay que elegir: radicalidad o frivolidad; radicalidad o evangelio a mi bolsillo y con edición reducida; radicalidad o evangelio light. ¡Pues sí que está el hombre de hoy para radicalismos religiosos! ¡Buena está la religión y la Iglesia para exigirlos! El radicalismo que pide el evangelio es la fe o aceptación radical de Jesús como Hijo de Dios, la esperanza o confianza radical en Jesús como salvador del mundo y la caridad o entrega radical a la voluntad de Dios. La radicalidad el evangelio está en pensar como Jesús pensaba, tasar y valorar las cosas como Él lo hacía, trabajar como Él trabajó y amar como Él amó, adorar como adoraba Él, llorar y perdonar como Él lo hacía, morir como Él moría para resucitar. La radicalidad evangélica es triple: la disponibilidad sin condiciones a Dios; la entrega Dios sin contemplaciones, y la vida consecuente y sin excepciones. Es la exigencia de Jesús a los suyos, los cristianos. Esta radicalidad se concreta en la vivencia de los mandamientos, en la moral matrimonial, en la moral sexual y en la doctrina social de la Iglesia. Quien no entienda esta radicalidad, siempre estará poniendo “cojines” a las exigencias de Cristo e intentará aguar la radicalidad evangélica. Quien se entrega a esta radicalidad, será libre en su interior, sobre todo será libre del egoísmo y vivirá según el Espíritu (2ª lectura).
Para reflexionar: ¿Aceptamos o no esta radicalidad de Jesús? ¿Por qué? ¿Por miedo al infierno o por amor y santo temor de Dios? ¿Trato de vivir esta radicalidad en mi matrimonio, en mi familia? Los apóstoles dejaron sus barcas y sus redes; Eliseo, sus bueyes y su familia…¿qué soy capaz de sacrificar yo para ser fiel a mi vocación cristiana en medio de un mundo que tiene otro estilo de vida?
Para rezar: Recemos con san Ignacio de Loyola.
Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad;
todo mi haber y mi poseer.
Vos me disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro:
disponed de ello
según Vuestra Voluntad.
Dadme Vuestro Amor y Gracia,
que éstas me bastan.
Amén.

20 junio 2016

Hay que mirarse al espejo antes de juzgar


E Papa en Santa Marta



El juicio pertenece solo a Dios. Por eso, si no queremos ser juzgados, tampoco nosotros debemos juzgar a los demás. Es la enseñanza del Evangelio de hoy (Mt 7,1-5). Todos queremos que en el día del juicio el Señor nos mire con benevolencia, que se olvide de tantas cosas feas como hemos hecho en la vida.
Por eso, si juzgas continuamente a los demás, con la misma medida serás juzgado. El Señor nos pide que nos miremos al espejo. Mírate al espejo, pero no para maquillarte y que no se vean las arrugas. ¡No, no, no, ese no es el consejo! Mírate al espejo para verte como eres. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Déjame que te saque la mota del ojo", teniendo una viga en el tuyo? ¿Cómo nos califica el Señor cuando hacemos eso? Con una sola palabra: Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.
Parece que el Señor se enfada un poco, y nos llama hipócritas cuando nos ponemos en su sitio. Es lo que la serpiente sugirió a Adán y Eva: Si coméis de esto, seréis como Él (cfr. Gn 3,5). Querían ponerse en el sitio de Dios. ¡Por eso es tan feo juzgar! El juicio solo para Dios, solo Él. A nosotros nos toca el amor, la comprensión, rezar por los demás cuando vemos cosas que no son buenas, y también decírselo: Mira, oye, yo veo esto; a lo mejor…Pero nunca juzgar. ¡Jamás! Si juzgamos nosotros sería hipocresía.
Cuando juzgamos nos ponemos en el puesto de Dios, y nuestro juicio es un pobre juicio, que nunca puede ser verdadero juicio. ¿Por qué el nuestro no puede ser como el de Dios? ¿Porque Dios es Omnipotente y nosotros no? ¡No! Porque a nuestro juicio le falta la misericordia. Y cuando Dios juzga, lo hace con misericordia.
Pensemos hoy en todo lo que el Señor nos dice aquí: no juzgar, para no ser juzgado; el modo, la medida con la que juzguemos será la misma que usarán con nosotros; y, tercero, mirémonos al espejo antes de juzgar. Pues esa hace esto… y aquel lo otro…¡Espera un momento! Me miro al espejo y luego pienso. Al contrario seré un hipócrita, porque me pongo en el puesto de Dios y mi juicio es un pobre juicio: le falta algo muy importante que tiene el juicio de Dios, le falta la misericordia. Que el Señor nos haga entender bien estas cosas.

19 junio 2016

‘El mundo más que nunca necesita de Cristo’

El Papa en el Ángelus


« Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El párrafo del Evangelio de este domingo, (Lc 9,18-24) nos llama una vez más a confrontarnos por así decir, cara a cara, con Jesús. En uno de los raros momentos de tranquilidad, cuando se encontraba con sus discípulos, Él les pide a ellos: ‘¿Las multitudes, quien dicen que yo sea?’. Y ellos responden: ‘Juan Bautista; otros dicen Elías; otros, uno de los antiguos profetas que ha resucitado’.
Por lo tanto la gente tenía estima de Jesús y lo consideraba un gran profeta, pero no tenían aún la conciencia de su verdadera identidad, o sea que Él era el Mesías, el Hijo de Dios enviado por el Padre para la salvación de todos.
Jesús entonces se dirige directamente a los apóstoles –porque es esto lo que más  le interesa– y les pregunta: ‘Pero ustedes quien dicen que yo sea?’.
Inmediatamente, en el nombre de todos, Pedro responde: ‘El Cristo de Dios’. Vale adecir: Tu eres el Mesías, el consagrado de Dios, enviado por Él a salvar a su pueblo según la Alianza y la promesa. Así Jesús se da cuenta que los doce, en particular Pedro, han recibido del Padre el don de la fe; y por ello inicia a hablarles abiertamente de lo que le espera en Jerusalén: ‘El Hijo del hombre –dice– tiene que sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y de los escribas, ser asesinado y resucitar el tercer día’.
Estas mismas preguntas se proponen nuevamente a cada uno de nosotros: “¿Quién es Jesús para la gente de nuestro tiempo? ¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros?”. Estamos llamados a hacer de la respuesta de Pedro nuestra respuesta, profesando con alegría que Jesús es el Hijo del Dios, la Palabra eterna del Padre que se ha hecho hombre para redimir a la humanidad, volcando sobre ella la abundancia de la misericordia divina.
El mundo más que nunca necesita de Cristo, de su salvación, de su amor misericordioso. Muchas personas advierten un vacío en torno a sí y dentro de sí; otras viven en la inquietud y en la inseguridad debida a la precariedad y de los conflictos. Todos necesitamos respuestas adecuadas a nuestras interrogaciones existenciales. En Cristo, solamente en Él es posible encontrar la verdadera paz y el cumplimiento de cada aspiración humana. Jesús conoce el corazón del hombre como ningún otro. Por ello lo puede sanar, dándole vida y consolación.
Después de haber concluido el diálogo con los apóstoles, Jesús se dirige a todos diciendo: ‘Si alguien quiere venir detrás de mi, renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga’.
No se trata de una cruz ornamental o ideológica, pero es la cruz del propio deber, del sacrificarse por los otros con amor, de la disponibilidad de ser solidarios con los pobres, a empeñarse por la justicia y la paz.
Al asumir estas actitudes, no tenemos nunca que olvidarnos que ‘Quien pierde la propia vida por Cristo la salvará’.
Por lo tanto abandonémonos con confianza en Él, Jesús nuestro hermano, amigo y salvador. Él mediante el Espíritu Santo, nos da la fuerza de ir adelante en el camino de la fe y del testimonio. Y en este camino siempre está cerca de nosotros la Virgen: dejémos que Ella nos tome de la mano, cuando cruzamos los momentos oscuros y difíciles.

18 junio 2016

Para convertirnos debemos abrir nuestro corazón a Jesús

El Papa en la Audiencia del Jubileo
«Queridos hermanos y hermanas.
Jesús después de la Resurrección se apareció diversas veces a los discípulos antes de subir a la gloria del Padre. El párrafo del Evangelio que hemos recién escuchado narra una de estas apariciones en las cuales el Señor indica el contenido fundamental de la predicación que los apóstoles deberán ofrecer al mundo. Podemos sintetizarla en dos palabras: ‘conversión’ y ‘perdón de los pecados’. Son dos aspectos que califican la misericordia de Dios que, con amor nos cuida. Hoy tomamos en consideración la conversión.

¿Qué es la conversión? Ella está presente en toda la Biblia, y de manera particular en la predicación de los profetas, que invitan continuamente al pueblo al ‘regresar al Señor’, pidiéndole perdón y cambiando estilo de vida. Convertirse para los profetas significa cambiar de dirección de marcha y dirigirse de nuevo al Señor, teniendo la seguridad que Él nos ama y su amor es siempre fiel. ¡Volver al Señor!
Jesús hizo de la conversión la primera palabra de su predicación: ‘Conviértanse y crean en el Evangelio’. (Mc 1,15). O sea, miren hacia y vuelvan atrás, esto es convertirse. Es con este anuncio que Él se presenta al pueblo, pidiéndole de recibir su palabra como la última y definitiva que el Padre dirige a la humanidad. (cfr Mc 12,1-11).
Sobre la predicación de los profetas, Jesús insiste aún más en la dimensión interior de la conversión. En ella de hecho toda la persona está involucrada, corazón y mente, para volverse una criatura nueva, una persona nueva. Cambiar el corazón y que uno se renueve.
Cuando Jesús llama a la conversión no se erige juez de las personas, sino lo que lo hace a partir de la cercanía, del hecho de compartir la condición humana, y por lo tanto de la calle, de la casa, del comedor… La misericordia hacia quienes tenían necesidad de cambiar de vida se realiza con su presencia amable, para involucrar a cada uno en su historia de salvación. Y Jesús persuadía a la gente con amabilidad, con amor.
Y con este comportamiento Jesús tocaba la profundidad de los corazones de las personas y estos se sentían atraídos por el amor de Dios y empujados a cambiar vida. Por ejemplo, las conversiones de Mateo (cfr Mt 9,9-13) y de Zaqueo (cfr Lc 19,1-10) se realizaron justamente de esta manera, porque se habían sentidos amados por Jesús, y a través de Él, por el Padre.
La verdadera conversión se realiza cuando recibimos el don de la gracia y un claro señal de su autenticidad es que nos damos cuenta de las necesidades de los hermanos y estamos listos a ir a su encuentro.
Queridos hermanos y hermanas, cuántas veces también nosotros sentimos la exigencia de un cambio que tome a nuestra persona por entero. Pero cuántas veces nos decimos a nosotros mismos: tengo que cambiar no puedo seguir así. Mi vida en este camino no dará frutos, será una vida inútil y no seré feliz. Cuántas veces nos vienen estos pensamientos, cuántas veces…
Jesús con la mano extendida nos dice ven, ven a mi, que el trabajo lo hago yo. Yo te cambiaré el corazón, te cambiaré la vida, te haré feliz.
Pero creemos esto o no, ¿qué piensan, creen en esto o no? (aplausos…) Menos aplausos y más voz, ¿cree o no creen?(respuesta coral, Sí). Es así, es Jesús que está con nosotros y nos invita a cambiar de vida. Y es él con el Espíritu Santo que siembra esta inquietud que nos invita a cambiar vida y ser un poco mejor.
Sigamos por lo tanto esta invitación del Señor y no opongamos resistencias, porque solamente si nos abrimos a su misericordia, encontraremos la verdadera vida y la verdadera alegría. Solamente hay que abrir bien la puerta y él hace el resto, Él hace todo. Pero hay que abrir el corazón para que nos pueda curar y llevarnos hacia adelante. Y les aseguro que seremos más felices. Gracias».

17 junio 2016

Rezar al Padre: infancia espiritual

El Papa ayer en Santa Marta



Ni malgastar palabras como los paganos, ni pensar que las oraciones son palabras mágicas. Es lo que nos dice el Evangelio de hoy (Mt 6,7-15) en el que Jesús enseña el Padrenuestro a sus discípulos. ¡Qué importante es rezar al Padre en la vida del cristiano! Jesús indica el espacio de la oración en una palabra: Padre. Ese Padre que sabe qué cosas necesitamos antes de que se las pidamos. Un Padre que nos escucha escondido, en lo secreto, como Jesús aconseja rezar: en lo secreto. Ese Padre que nos da precisamente la identidad de hijos. Cuando digo Padre llego a las raíces de mi identidad: mi identidad cristiana es ser hijo y esa es una gracia del Espíritu. Nadie puede decir Padre sin la gracia del Espíritu (cfr. 1Co 13,3). Padrees la palabra que Jesús usaba en los momentos más fuertes: cuando estaba lleno de alegría, de emoción: Padre, te doy gracias porque has revelado estas cosas a las gente sencilla(Mt 11,25); o llorando ante la tumba de su amigo Lázaro: Padre, te doy gracias porque me has escuchado (Jn 11,41); o luego, en los momentos finales de su vida, al final (cfr. Lc 23,46). En los momentos más fuertes Jesús dice Padre; es la palabra que más usa. Habla con el Padre. Es el camino de la oración y, por eso me permito decir que es el espacio de oración. Sin sentir que somos hijos, sin sentirse hijo, sin decir Padre, nuestra oración es pagana, es una oración de palabrería.
Claro que se puede rezar a la Virgen, a los Ángeles y a los Santos. Pero la piedra de toque de la oración es Padre. Si no somos capaces de iniciar la oración con esa palabra, la oración no irá bien. Padre. Es sentir la mirada del Padre sobre mí, sentir que esa palabra Padre no es perder el tiempo, como las palabras de las oraciones de los paganos: es una llamada al que me dio la identidad de hijo. Ese es el espacio de la oración cristiana –Padre–, y luego ya podemos rezar a todos los Santos, a los Ángeles, y también hacer procesiones, peregrinaciones… Todo eso es hermoso, pero siempre comenzando con Padre y conscientes de que somos hijos y que tenemos un Padre que nos ama y que conoce todas nuestras necesidades. Ese es el espacio.
Pero en la oración del Padrenuestro, Jesús también habla del perdón al prójimo como Dios nos perdona a nosotros. Si el espacio de la oración es decir Padre, la atmósfera de la oración es decir nuestro: somos hermanos, somos familia. Recordemos lo que le pasó a Caín que odió al hijo del Padre, odió a su hermano. El Padre nos da la identidad y la familia. Por eso es tan importante la capacidad de perdón, de olvidar las ofensas, esa sana costumbre de decir: bueno, déjalo estar… que sea lo que Dios quiera, y no tener rencor, resentimiento ni ganas de venganza.
Rezar al Padre perdonando a todos, olvidando las ofensas, es la mejor oración que puedes hacer. Es bueno que algunas veces hagamos examen de conciencia sobre esto. ¿Para mí, Dios es Padre, lo siento Padre? Y si no lo siento así, pues se lo pido al Espíritu Santo, para que me enseñe a sentirlo así. ¿Soy capaz de olvidar las ofensas, de perdonar, de dejar las cosas, y si no, de pedir al Padre: bueno, también son tus hijos, y, aunque me han hecho una cosa fea, ayúdame a perdonar?. Hagamos ese examen de conciencia y nos sentará bien, bien, bien. Padre y nuestro: nos da la identidad de hijos y nos da una familia para ir juntos por la vida. 

Toma su mano

ENRIQUE DÍAZ DÍAZ

X Domingo Ordinario
I Reyes 17, 17-24: “Tu hijo está vivo”
Salmo 29: “Te alabaré, Señor, eternamente”
Gálatas 1, 11-19: “Dios quiso revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara a los paganos”
San Lucas 7, 11-17: “Joven, Yo te lo mando: Levántate”


¿Dónde está nuestra juventud? ¿A dónde va? Se encuentra en graves dificultades y por caminos oscuros. Ellos mismos en diferentes oportunidades se lo expresaban al Papa: “Santo Padre, me duele compartir con Usted que en diferentes puntos del país faltan oportunidades de trabajo y de estudio. Algunos jóvenes somos atrapados por la desesperación y nos dejamos llevar por la codicia, la corrupción y las promesas de una vida intensa y fácil, pero al margen de la legalidad. Aumentan entre nosotros las víctimas del narcotráfico, la violencia, las adicciones y la explotación de personas. Muchas familias sólo han podido llorar la pérdida de sus hijos, porque la impunidad ha dado alas a quienes estafan, secuestran y matan. En medio de todo esto la paz es un don que seguimos anhelando. Santo Padre, queremos ser constructores de la paz, ¿cómo lograrlo?… En nuestro corazón constantemente surgen unas preguntas, ¿Y quién nos da esperanza a nosotros? ¿De dónde agarrarnos para tener esperanza?”
A pesar de que escuchamos que los jóvenes son la esperanza del país y el futuro de la humanidad, se percibe un ambiente de desencanto y desconfianza hacia la juventud actual. Tienen los jóvenes que enfrentar un mundo difícil, hostil y con pocas armas para vencerlo. De las comunidades más remotas, salen grandes grupos que emigran a las ciudades o a los Estados Unidos, solamente protegidos por sus sueños, su inocencia y su deseo de aventura. Quedarse en los pequeños poblados parece resignarse a una vida sin futuro, de acuerdo a los valores que van recibiendo. Las opciones de trabajo son escasas o nulas. Los porcentajes de quienes estudian son bajísimos y quienes logran trabajar una vez terminados sus estudios, son menos aún. Entonces para qué estudiar si no sirven los títulos, para qué prepararse si no se puede ejercer lo que se ha aprendido.
Por otra parte, están jaloneados por un mundo fácil, de artificio, de ruido y de placer. Los modelos a seguir son de oropel: un día suben a la cima y al día siguiente caen desmoronados, y surgen –o hacen surgir– nuevos ídolos que caerán mañana. ¿De dónde asirse quienes comienzan la vida? ¿Qué seguridades pueden tener? Da la impresión de que participamos en el cortejo fúnebre que nos presenta el Evangelio. Hoy también muchas madres y pueblos pobres acompañan la muerte, física o moral, de sus hijos jóvenes maltratados por el hambre, por la falta de trabajo y oportunidades, o porque sucumbieron desesperados ante la droga y los caminos violentos, se dejaron llevar por el placer y despertaron hastiados y vacíos. Hay jóvenes que se encuentran paralizados, como muertos, ante la inseguridad de su futuro y la falta de lugar para ellos en la sociedad, sin que tengan oportunidad de hablar y ni ser escuchados. Por desgracia, lo mismo nos acontece frecuentemente en nuestras iglesias.
Contemplemos la escena del Evangelio: un cortejo lleno de muerte, saliendo de la ciudad y otro cortejo lleno de vida encaminándose a la ciudad. Jesús, sin que nadie se lo pida, se acerca al joven muerto y lo toca. Al oír las palabras fuertes y con autoridad de Jesús que exclama: “Joven, Yo te lo mando: levántate”, aquel joven, antes cadáver, se levanta y comienza a hablar. Es el camino para acercarse al joven y es el camino del joven para levantarse de su oscuridad. Es la misma respuesta del Papa a los jóvenes: “La base de todo se llama Jesucristo… Solamente déjate agarrar la mano y agárrate a esa mano y la riqueza que tienes adentro sucia, embarrada, dada por perdida va a empezar a través de la esperanza a dar su fruto pero siempre de la mano de Jesucristo, ese es el camino… No se permitan permanecer caídos, nunca. Nunca se suelten de la mano de Jesucristo, por favor, nunca se aparten de Él y si se apartan se levantan y siguen adelante. Él comprende lo que son estas cosas… Porque de la mano de Jesucristo es posible vivir a fondo, de su mano es posible creer que en la vida vale la pena dar lo mejor de sí, ser fermento, ser sal, ser luz en medio de sus amigos, de sus barrios, de su comunidad, en medio de la familia”.
La escena nos presenta dos cortejos que reflejan la situación actual de la juventud y que nos obligan a hacer comparación de jóvenes, hombres y mujeres, unos que se encaminan y luchan por la vida; y otros, vencidos antes de tiempo, cadáveres vivientes. A todos se acerca Cristo y ofrece la vida. El mensaje más esperanzador de la fe cristiana es que Nuestro Dios es el Dios de la vida y no de la muerte. Jesús no se reserva su vida para Sí solo, sino que la comparte generosamente con los hombres, y quiere contagiar de su vida, de su amor, a todos, pero en especial a los jóvenes.
Hoy Jesús, igual que ayer, está diciendo a cada uno de los jóvenes: “Joven, Yo te lo mando: levántate”, pero hoy lo quiere decir a través de nosotros. Tomemos la iniciativa como cristianos, sin esperar la petición de quien está necesitado. Cada uno de nosotros debe “acercarse” a las situaciones difíciles de muerte y de olvido que enfrentan los jóvenes.
Hoy también a cada una de las familias llega la palabra consoladora de Jesús: “No llores”, pero también a cada una de las familias llega la pregunta cuestionadora sobre lo que estamos haciendo por los jóvenes y cómo los estamos educando para la vida. Los jóvenes no son el futuro de la sociedad o de la Iglesia. Son el presente, y si están muertos, olvidados o callados, se convierten en lastre cuando deben ser la energía, la alegría y la fortaleza que impulse a la creación de una nueva sociedad.
Hoy también a cada uno de los jóvenes, por más desalentados que estén, por más adormilados que parezcan, por más olvidados que se encuentren, les habla Jesús. Pido al Señor que muchos jóvenes escuchen con fuerza en su corazón: “Joven, Yo te lo mando: levántate”, se agarren fuertemente de su mano y se levanten.
Señor Jesús, que ante la muerte das vida y resurrección, acompáñanos en la búsqueda de caminos de esperanza, libertad y alegría para nuestra juventud. Amén.

16 junio 2016

Nunca seáis jóvenes cristianos de vitrina

Carta semanal del arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro. 


Esta semana quiero dirigirme especialmente a los jóvenes. Cuando los que trabajáis estáis planificando vuestras vacaciones; cuando los que estudiáis ya estáis terminando vuestros exámenes y pensáis en dedicar algún tiempo a los demás; cuando muchos preparáis el viaje a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Cracovia; cuando otros padecéis la dificultad de encontrar trabajo, os quiero hablar al corazón. Nunca seáis jóvenes de vitrina. Entrad en el mundo, construid la historia con la novedad del discípulo de Cristo. Retirad lo viejo. Mostrad lo nuevo, que llega a la existencia humana cuando dejamos que Cristo protagonice nuestra vida.
A muchos de vosotros os veo los primeros viernes de mes en la catedral, para contemplar al Señor en el Misterio de la Eucaristía y para escuchar su Palabra, a otros os encuentro en las comunidades parroquiales… Todos sois una propuesta de esperanza para este mundo. Esta humanidad se enriquece con los dones que el Señor ha puesto en vosotros. Gracias de corazón, pues a pesar de las dificultades que en muchas ocasiones tenéis para encontrar salidas justas, que dignifiquen vuestras vidas, y así poder vivir derechos fundamentales para todo ser humano, a vuestro lado siento una alegría especial. ¿De dónde me viene? De Jesucristo, fuente de la alegría y de la esperanza. De ver cómo nada ni nadie os quita de vuestro corazón esa propuesta de vivir en la esperanza alcanzada por quienes os fiais de Nuestro Señor. Y ello lo manifestáis en el compromiso de vivir como miembros vivos de la Iglesia.
Gracias por ser esos jóvenes que sabéis muy bien que a este mundo, que se ha convertido en una aldea muy pequeña, le hace falta un cambio en lo esencial que solamente puede dar Jesucristo. Os agradezco que evangelicéis a otros jóvenes, tanto con palabras como con obras. Es apasionante dar la noticia de que Jesucristo Nuestro Señor es Quien, con su Resurrección, ha triunfado sobre todas las cosas y ha dado claridad, firmeza y fuerza al ser humano y a la historia que hacemos los hombres. ¡Qué bien lo habéis entendido y contemplado los jóvenes en ese pasaje del Evangelio donde Marta, la hermana de Lázaro, le dice al Señor: «Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»! Los que habéis conocido al Señor queréis y deseáis que Él esté en vuestra vida y sabéis que va delante de nosotros y nos acompaña.
Quiero haceros una propuesta clara: nunca tengáis la tentación de ser cristianos de vitrina. De esos que no quieren contagiarse con nada ni nadie y se guardan a sí mismos. Haced que vuestra vida sea este canto que hace el salmista: «A ti, Señor, levanto mi alma» (Sal 24). Sí, «a ti levanto mi alma». Cuando el Papa san Juan Pablo II proclamaba este salmo explicaba que, con ello, decimos que nos queremos poner en la vida a la altura de Dios, a su alcance, en las medidas que Él nos da. Es una propuesta a vivir en la esperanza. Con vuestra vida, con vuestro compromiso en vuestras comunidades cristianas, en las parroquias, asociaciones y movimientos, viviendo con ese ritmo y con ese canto, sois ya una propuesta de esperanza. ¡Qué alegría saber que sois lo que siempre quiso el Señor: «Sal y luz de la tierra». Y lo sois cuando, al percibir la ternura, la misericordia y la bondad de Dios, se hace vida en nosotros los que dice el Evangelio: Tu ternura, tu misericordia son eternas. Tu bondad es eterna, nos la has hecho experimentar a todos nosotros en tu Resurrección.
Sois propuesta para vivir en la esperanza cuando tenéis ese corazón que palpita al unísono del de Cristo y vivís con la pasión de un corazón grande, con capacidad para superar las tribulaciones que puedan llegar a nuestra vida con la gracia y con la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la creatividad que da tener ese corazón. Con esa capacidad para saber vivir la vida recibiendo el perdón del Señor y regalando lo que hemos recibido a todos los que nos encontremos en el camino. ¡Sed jóvenes propuesta de esperanza! ¡Sed jóvenes valientes que salís al mundo y a todas las situaciones que viven los hombres para hacer un cambio! Pero con la certeza de que no queréis hacerlo con la fuerza de los hombres, sino con esa que viene de haber acogido en vuestra vida el amor de Dios. Y que, cuando vean lo que hacéis y cómo os comportáis, podáis decir aquellas palabras del apóstol san Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Expresad sin miedos lo que os da el Señor: ensancha nuestro corazón, pone en él las medidas del suyo, nos da una manera de existir y de vivir que hace ver a los demás que lo viejo ha pasado y lo nuevo ha comenzado. Sed novedad, la que da Jesucristo. Como decía el Papa san Juan Pablo II, poneos a la altura de Dios y siempre a su alcance.
Tened el atrevimiento de sacar a los jóvenes de las tumbas, como lo hizo el Señor con Lázaro. Hoy muchos están muertos, están vendados y tienen la corrupción en sí mismos. Y necesitan de otros que los acompañen, les muestren la vida de Cristo, que es la Resurrección, y les quiten las vendas que no les permiten moverse ni ver. Sois necesarios, pero siempre siendo discípulos misioneros, que acompañan y buscan a quienes están en las tumbas. No consintáis que este mundo se convierta en un cementerio. Ya veis lo que hizo el Señor con Lázaro, que llevaba ya cuatro días enterrado. Haced ver que hay solamente una persona que da la vida al hombre: Jesucristo. Dejaos interpelar por Él como Marta después de reprocharle que su hermano no habría muerto si hubiese estado ahí. Qué fuerza tiene lo que le dijo el Señor: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. ¿Crees esto?». ¿Lo creemos nosotros? ¿Tenemos la valentía y la convicción, que nacen de la fe, para decírselo nosotros a los que nos encontramos por el camino que están en la tumba, muertos, vendados? «Él es la Resurrección y la Vida. Él está vivo, da la vida. Él entrega la resurrección, saca de las tumbas. Él quita las vendas. Él quita la corrupción que pueda existir en nuestra existencia. Él te entrega una novedad que nadie puede dar». Cuando nos pregunta si lo creemos, ¿decimos como Marta: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo»? Creemos que solamente Jesucristo saca de las tumbas a los hombres. Solo Él tiene capacidad para eliminar la crisis verdadera, la real, no las manifestaciones que pueda tener la crisis como las que nosotros percibimos y padecen los hombres. Hay una más profunda cuando el ser humano vive sin conocer a Dios. La ocultación de Dios, relegarlo en nuestra vida y no ponerlo en el centro de nuestra existencia, nos incapacita para quitar vendas a los demás y para sacar de las tumbas a los hombres. Por eso, tiene más trascendencia de lo que parece vivir desconociendo a Jesucristo, que es Quien nos ha revelado quién es Dios y quién es el hombre.
Comprometámonos a ser una propuesta para vivir en la esperanza en y desde la Iglesia, que es la nueva Jerusalén, que sabe que desciende del cielo, que es obra de Dios, que se embellece con la vida del Señor y que se adorna con su vida. Una Iglesia que regala el rostro de Dios a los hombres, sin miedo a hacérselo presente ni a decirles que este Señor que nosotros anunciamos es el único que da presente y futuro al hombre y a la humanidad. Una Iglesia que puede decir en medio de esta historia: Ya no habrá muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha pasado, pues por el Bautismo hemos nacido a la vida eterna, tenemos la vida de Dios. Y esta vida eterna es la que anunciamos, es la vida que regala Dios a través de la Iglesia, es la vida que predica a los hombres como algo absolutamente nuevo. La Iglesia que es consciente de que Cristo, como nos decía el Libro del Apocalipsis, es Alfa y Omega. Sed jóvenes de propuesta de esperanza para este mundo.
Con gran afecto, os bendice, + Carlos, arzobispo de Madrid

15 junio 2016

‘Jesús no es indiferente al grito del ciego’

El Papa en la Audiencia General

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de devolver la vista a un ciego que mendigaba por la calle (cfr Lc 18,35-43). Hoy queremos recoger el significado de este signo porque nos toca también directamente. El evangelista Lucas dice que el ciego estaba sentado en el borde del camino para mendigar (cfr v. 35). Un ciego en aquella época –pero también hasta hace poco tiempo– solo podía vivir de la limosna. La figura de este ciego representa a muchas personas que, también hoy, se encuentran marginadas por culpa de una desventaja física o de otro tipo. Y separado de la multitud, está allí sentado mientras la gente pasa ocupada en sus pensamientos; y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él sin embargo es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa y él está solo.
Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, el espléndido y glorioso oasis en el desierto. Sabemos que precisamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al terminar el largo éxodo desde Egipto: esa ciudad representa la puerta de ingreso a la tierra prometida.
Recordamos las palabras que Moisés pronuncia en esa circunstancia, decía así: “Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Ábrele tu mano y préstale lo que necesite para remediar su indigencia. No abrigues en tu corazón estos perversos pensamientos: «Ya está cerca el séptimo año, el año de la remisión», mirando por eso con malos ojos a tu hermano pobre, para no darle nada. Porque él apelaría al Señor y tú te harías culpable de un pecado. Cuando le des algo, lo harás de buena gana. Así el Señor te bendecirá en todas tus obras y en todas las empresas que realices. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra”.
Es estridente el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita por el Evangelio: mientras que el ciego grita, este tenía buena voz, invocando a Jesús, la gente lo regaña para hacer callar. Como si no tuviera derecho de hablar. No tienen compasión por él, es más, les molestan sus gritos.
Cuántas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en el camino, gente necesitada, enferma, que no tiene para comer, nos molesta. Cuántas veces nosotros cuando nos encontramos delante de tantos refugiados nos molesta. Es una tentación, todos tenemos esto, también yo, todos. Y por eso la palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad. Y esta indiferencia y hostilidad se convierte en agresión y también insulto: ‘echad a todos estos, ponedlos en otra parte’. Esta agresión, es lo que hacía la gente cuando el ciego gritaba: ‘vete, no hables’.
Notamos una particularidad interesante. El Evangelista dice que alguno de la multitud explicó al ciego el motivo de toda esa gente diciendo: “¡Pasa Jesús, el Nazareno!” (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el que el libro del Éxodo nos habla del paso del ángel exterminador que salva a los israelitas en tierra de Egipto (cfr Ex 12,23). Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación.
Cuando pasa Jesús siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego por tanto es como si le fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces a Jesús reconociéndole como el Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (cfr Is 35,5).
A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a esta su súplica tiene una poderosa eficacia. De hecho, al oírlo, “Jesús se paró y ordenó que lo llevaran a él” (v. 40). Así Jesús quitó al ciego de la orilla del camino y lo puso en el centro de la atención de sus discípulos y de la multitud. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles también en situaciones de pecado, como ha sido Jesús el que nos ha tomado de la mano y nos ha quitado del borde del camino.  
Se realiza así un doble paso. Primero: la gente había anunciado una buena noticia al ciego, pero no querían tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia de que el buen anuncio implica poner en el centro del propio camino a aquel que estaba excluido.
Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino de la salvación, y él se encuentra en medio de los que habían salido a la calle para ver a Jesús. El paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos entorno a Él para permitir reconocer a quien está necesitado de ayuda y consuelo.

También en nuestra vida Jesús pasa. Y cuando pasa Jesús y me doy cuenta, es una invitación a acercarme a él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano y seguir a Jesús. Jesús se dirige al ciego y le pregunta: “Qué quieres que haga por ti?” (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un siervo humilde. Él, Jesús, Dios, ¿qué quieres que haga? ¿cómo quieres que te sirva? Dios se hace siervo del hombre pecador.
Y el ciego responde a Jesús no solo llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde el principio aplica a Jesús Resucitado. El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: “Recupera la vista, tu fe te ha salvado” (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo encontrarle absolutamente, y esto le ha llevado como regalo la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús. Por esto el pasaje termina señalando que el ciego “ siguió a Jesús, glorificando a Dios” (v. 43).
Se hace discípulo, de mendigo a discípulo, también este es nuestro camino. Todos somos mendigos, todos, siempre necesitamos salvación. Y todos nosotros, todos los días tenemos que hacer este paso, de mendigo a discípulo. El ciego  poniéndose en camino detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel al que querían hacer callar, ahora da testimonio en voz alta de su encuentro con Jesús de Nazaret, y “al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios” (v. 43).
Sucede un segundo milagro: lo que ha sucedido al ciego hace que también la gente vea finalmente. La misma luz ilumina a todos reuniéndoles en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: les llama, les hace ir con Él, les reúne, les sana y les ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso. Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, sanar por Jesús, perdonar por Jesús y vamos detrás de Él alabando a Dios. Así sea”.