22 julio 2016

Cambia el prefacio para la fiesta de santa María Magdalena


Por deseo del Santo Padre Francisco, la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha elevado la memoria de santa María Magdalena a la categoría de fiesta en el Calendario Romano General que se celebra el 22 de julio.
La decisión –explica monseñor Arthur Roche, secretario del Dicasterio– se enmarca en el actual contexto eclesial, que pide reflexionar más profundamente sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina.
En la misa y en el oficio divino que se celebrarán a partir de ahora dicho día, se utilizarán los textos habituales utilizados en el Misal Romano y en la Liturgia de las Horas, pero la celebración de la Misa contará con un prefacio propio titulado de apostolorum apostola (Apóstol de los apóstoles), que la Conferencia Episcopal Española ha dado a conocer en su Web.
Prefacio
22 de julio SANTA MARÍA MAGDALENA
Fiesta
APÓSTOL DE LOS APÓSTOLES V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu. V/. Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor. V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, aclamarte siempre, Padre todopoderoso, de quien la misericordia no es menor que el poder, por Cristo, Señor nuestro.
El cual se apareció visiblemente en el huerto a María Magdalena, pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo.
Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:
Santo, Santo, Santo…

20 julio 2016

Programa del viaje del papa Francisco a la JMJ de Cracovia

Visitará también Czestochowa y Auschwitz

Miércoles 27 de julio:
14:00 – El Papa parte del aeropuerto de Roma Fiumicino para aterrizar dos horas después en Cracovia en el aeropuerto Juan Pablo II.
17:00 – Está previsto un encuentro con autoridades, sociedad civil y cuerpo diplomático en el patio de honor de Wawel el lugar simbólico de la historia del país. Sucesivamente es la visita de cortesía al presidente de la República en la Sala de los pájaros del Castillo de Wawel y el discurso del Papa.
18:00 – La jornada terminará con un encuentro con los obispos polacos en la catedral, ubicada a pocos pasos de allí. Por la noche saludará a los jóvenes desde el Palacio arzobispal, como en las dos próximas noches.

Jueves 28 de julio:
De camino al aeropuerto de Balice-Kraków, el Pontífice se detendrá en el Convento de las Hermanas de la Presentación, cercano al arzobispado, para después tomar el helicóptero hacia el santuario Częstochowa, donde visitará el Monasterio de Jasna Gora y se detendrá para rezar en la Capilla de la Virgen Negra.
10:00 – El Papa presidirá la misa por el 1050° aniversario del Bautismo de Polonia.  Participarán varios cientos de miles de personas.
17:30 –  Regreso en helicóptero a Cracovia. Francisco participa en la ceremonia de los jóvenes en los prados del Parque Jordán en Błonia a donde llega en un tranvía acompañado por jóvenes discapacitados, y en papamóvil circula entre los jóvenes para saludarlos. Se estima la presencia de unos 600 mil jóvenes. El Evangelio será en polaco y paleoeslavo para hacer referencia a occidente y oriente. El Papa dirigirá un discurso a los jóvenes. Por la noche en el arzobispado el Papa saludará a los presentes y a un grupo de recién casados.

Viernes 29 de julio:
Por la mañana, Francisco celebra la misa en privado.
9.30 –  El Papa visita al campo de concentración de Auschwitz y Birkenau. Se calcula que solo allí, fueron asesinados 1,1 millón de personas. Entre ellos san Maximiliano Kolbe y santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein). Francisco rezará silenciosamente también en la Plaza del Llamado. Encontrará al primer ministro y a diez sobrevivientes. Encenderá una lámpara y la regalará. Visitará la celda de Kolbe y escribirá en el libro de los huéspedes de honor.
De allí pasa a Brikenau o Auschwitz II, donde encuentra a ‘veinticinco justos de las naciones’, con el canto del salmo 130, el De Profundis, recitado por un rabino en hebreo. Y después lo cantará un párroco polaco procedente de un pueblo en donde asesinaron a una familia por encubrir a un judío.
13:00 – El Santo Padre regresa a Cracovia.
16:00 – Francisco irá al hospital pediátrico universitario. Allí estará el primer ministro y el Papa dirigirá unas palabras.
18:00 –  El Santo Padre participará en el Vía Crucis con los jóvenes en el Parque Jordán en Błonia. Por la noche el Papa saludará desde el Palacio arzobispal, en particular a los ‘sin techo’ y marginados.

Sábado 30 de julio:
8:30 – El santo Padre va a Lagiewniki, visita la casa de santa Faustina y después el Santuario de la Divina Misericordia, donde dará un discurso. Allí entra por la Puerta Santa. Después el Papa confesará a cinco jóvenes.
10:15 – Una vez en el santuario dedicado a san Juan Pablo II, presidirá la misa con sacerdotes, religiosas, religiosos, consagrados y seminaristas polacos del santuario, y hará la homilía.
13:00 –  El Papa almorzará con 12 jóvenes en el arzobispado.
19:00 – En el Campus Misericordiae, Francisco dará un vuelta con el papamóvil, y atravesará la Puerta Santa con cinco jóvenes y comenzará la vigilia. El tema es ‘Jesús manantial de Misericordia’, y se contará con el testimonio de tres jóvenes.
21:00 – El Papa va al arzobispado. No está previsto un saludo de Francisco.

Domingo 31 de julio:
El Papa inicia su programa bendiciendo  dos casas construidas por la Cáritas polaca.
Reunido con los jóvenes en el parque, el Santo Padre les saludará desde el papamóvil.
10:00 –  El Pontífice celebrará la misa solemne para la Jornada Mundial de la Juventud, a la que le seguirá la oración del ángelus.
13:00 – Almuerzo en el arzobispado.
17:00 – Encuentro con unos 20 mil voluntarios, con el Comité Organizador y los benefactores.
18.30 – Regresará a Roma para aterrizar en el aeropuerto de Roma Ciampino a las 20.25.

Décimo séptimo domingo del tiempo ordinario

P. ANTONIO RIVERO L.C.

Ciclo C – Textos: Gn 18, 20-21.23-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13
Idea principal: Nuestra línea telefónica y nuestro whatsapp con Dios es la oración, que debe ser confiada, perseverante, humilde e intercesora. El Wi-Fi de Dios está siempre conectado.
Síntesis del mensaje: Lucas, que nos acompaña en este ciclo C, es el evangelista que más veces hace alusión a Jesús orante, tanto en comunidad como en solitario, en momentos de alegría o de crisis. El domingo pasado nos invitaba Jesús, en la casa de Marta y María, a escuchar la Palabra y a dar prioridad a la oración antes que a la acción. Hoy nos ayuda a entender la importancia de la oración en nuestra vida, enseñándonos el Padrenuestro y también indicándonos las cualidades que debe tener nuestra oración. La oración no es una cuestión de técnicas; una oración buena es la que nos hace encontrar a Dios y poco a poco nos transforma interiormente.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, veamos la oración de Abrahán. Es una oración porfiada de intercesión, a favor de los habitantes de Sodoma y Gomorra, a pesar de su gran pecado. Es entrañable –y típico oriental- el “regateo” de Abrahán ante Dios. Le pide con confianza “rebajas”, aunque conocía el gran pecado de aquella ciudad. Y Dios le escucha, aunque no haya encontrado ni siquiera esos diez justos que le sugería Abrahán. Aprendamos de Abrahán a pedir por nuestras naciones, por los enfermos, por los jóvenes, por los que sufren, por los pecadores, por las familias, por la paz del mundo, por los gobernantes. Oración de intercesión.
En segundo lugar, veamos la oración de Jesús. Jesús ora con frecuencia y largamente; algunas veces, como nos recuerdan los evangelistas, pasa incluso toda la noche en oración (cf. Lc 6, 12). Jesús ora antes de tomar cualquier decisión importante: por ejemplo, antes de escoger a sus apóstoles; antes de salir para Jerusalén; antes de enviar a los discípulos en misión. Jesús ora en la soledad. A veces se levanta muy pronto por la mañana, para poder orar tranquilamente, aunque el día anterior haya tenido que ocuparse durante mucho tiempo de los enfermos (cf. Mc 1, 32.35). ¿Por qué ora? Porque siente un intenso deseo de vivir en unión con su Padre del cielo. Su ejemplo suscita en los discípulos el deseo de ser instruidos en la oración. Por eso le piden: “Señor, enséñanos a orar”. Y nos enseña la más sublime oración, el Padrenuestro: la primera parte dirigida a Dios (sea alabado y santificado su Nombre, implorado su Reino, cumplida su Voluntad). La segunda es para nosotros: le pedimos el pan material y espiritual; perdón de nuestras ofensas, nos aparte de la tentación y nos libre del mal.
Finalmente, analicemos nuestra oración. Tengamos nuestrowhatsapp con Dios actualizado. ¿Qué es la oración? “Para mí, laoración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría” (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit C,25r). “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 68). Y para san Agustín, la oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. Y el Catecismo dice en el número 2564: “La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre”. ¿A qué vamos a la oración? A alabar y adorar a Dios, a darle gracias, a pedirle perdón e implorarle por nuestras necesidades. ¿Cómo debemos rezar? Con sencillez y humildad, con atención y confianza, con perseverancia. ¿Qué obstáculos encontramos en nuestro día a día para rezar bien? El miedo al silencio, a la soledad y a encontrarnos con nosotros mismos, las distracciones, el pensar sólo en las cosas materiales, el peso de nuestros pecados, la tibieza y la mundanidad, de la que tanto habla el papa Francisco. ¿Y los frutos de la oración? Frutos tanto individuales como para la comunidad. Estos frutos son lo que nos permiten decir que la oración no es algo puramente psicológico, porque tiene consecuencias. Si permanecemos fieles a la oración, poco a poco nos volvemos más apacibles, más delicados, más atentos a los demás: comunicamos la paz de Dios. Luego están los santos, que gracias a la oración han logrado hacer grandes obras de amor impensables en un principio. Gracias a la oración uno puede llegar a sentir –a percibir sensiblemente- la presencia de Dios, su ternura y su alegría. De lo que se trata es que cada vez sea menos una oración de pensamiento, de cabeza, y cada vez más una oración de corazón, que se abra a Dios, en una apertura y abandono que hace que la oración sea profunda.
Para reflexionar: ¿Reservo unos diez o quince minutos diariamente en mi whatsapp espiritual para encontrarme con Dios y consagrar ese momento a Él? ¿Estoy conectado al Wi-Fi de Dios todo el día? ¿He reflexionado que las actitudes esenciales para orar y relacionarnos con Dios son tres: un acto de fe, de esperanza y de amor, y no tanto, la sensibilidad ni la inteligencia? ¿Todo lo espero de Dios o también pongo mi parte? ¿Grito al Señor día y noche? ¿Rezo por los demás como Abraham por Sodoma y Gomorra?
Para rezar: “Señor, estoy ante ti como un pobre, veo todos mis pecados y mi fragilidad, pero no es un problema porque Tú eres mi esperanza. Es de ti que espero mi salvación, Señor; es de ti que espero la gracia que podrá curarme, purificarme y transformarme…Señor, no siento gran cosa y me gustaría comprenderlo todo, pero creo aún así con todo mi corazón que estás aquí”.

Claves para la vida feliz

P. Arnaldo Alvarado 


¿Qué es la felicidad? ¿Cómo ser feliz? ¿Dónde encontrarla? ¿Cuánto tiempo dura? Saberlo es una tarea apasionante y la clave está en acertar
Todo el mundo quiere ser feliz. Veamos un indicador. Si vamos ahora mismo al buscador Google la voz feliz aparece doscientos diez mil millones de veces. Mientras que lo contrario a la felicidad, esto es, la tristeza son apenas treinta y un millones cien mil veces.  Una vez más notamos que todos queremos la felicidad.
En efecto todo vale la pena si nos hace felices. Nada tiene sentido si deja de lado la felicidad. Pero ¿qué es la felicidad? ¿Cómo ser feliz? ¿Dónde encontrarla? ¿Cuánto tiempo dura? Saberlo es una tarea apasionante y la clave está en acertar.
Podríamos quedarnos con tres ideas ejes y son: sé tú mismo, sé libre y ama. Veamos una por una.
Sé tú mismo. Significa conocerte quien eres y cuáles son tus potencialidades. Tu luz es la verdad y tú verdad. Es importante valorarte como alguien, no como algo. Lo has recibido todo. Tu condición es de administrar diversos aspectos: bienes, talentos, personas, tradiciones. Tu clima debe ser las cosas como son, no ocultes ni dejes nada que pueda obstaculizar tu crecimiento personal. Esto nada tiene que ver con el conformismo o la indiferencia o el todo da lo mismo.
Sé libre. Has las cosas porque son buenas para ti, pero la mediada es la realidad misma que te hacen buena persona. En cuanto te decidas a enriquecer tu propia condición de persona por el bien que elijas en tus actos serás más feliz. Pero ¿qué es el bien? Aquello que te hace crecer, es conveniente y te acerca al fin último.
Ama. Amar es un verbo que significa actividad, salida de sí mismo para encontrar un amor más grande que lo humano, esto es, el amor divino. Acude a la fuente del Amor y que tu recipiente cuánto más grande sea mejor será, porque quieres amar mucho. Fortalece tu capacidad de donación con lo que más te cueste y no te suponga simple utilidad. Dice el dicho “más vale dar que recibir”. Si quieres ser feliz comienza ya con: sé tú mismo, sé libre y ama.

18 julio 2016

Los Girasoles: manifestación de lo divino

Víctor Fernández de Moya Gámez

Catequesis para toda la familia

Los artistas, los verdaderos artistas, aquellos que son honestos con su arte, siempre dejan reflejos de su alma en sus obras. Sin duda este es el caso de Vincent Van Gogh.
Si tuviera que elegir una pintura que fuera fiel reflejo de su alma escogería Los Girasoles. En esta obra, a poco que profundicemos en ella y en la vida de su autor, podemos percibir claramente la manifestación de lo divino.
Van Gogh, hijo de un humilde pastor protestante, fue un fiel devoto. Si bien mucha gente conoce el episodio de la oreja, no tantos saben que, debido a su gran fervor religioso, en su juventud estudió teología y llegó a ser misionero en la región de Mons, en Bélgica, conocida por sus minas, la gran dureza a la que eran expuestos los trabajadores y la enorme miseria en que vivían.
“Tú sabes bien que una de las raíces o verdades fundamentales no solamente del Evangelio, sino de toda la Biblia, es: “La luz que brilla en las tinieblas”. Por las tinieblas hacia la luz. Ahora, ¿quiénes son los que tienen necesidad de ello, quiénes son los que sabrán escuchar? La experiencia ha mostrado que los que trabajan en las tinieblas, en el corazón de la tierra, como los mineros en las minas de carbón, quedan fuertemente impresionados por la palabra del Evangelio y le prestan fe”. (Extracto de una de sus cartas a su hermano Theo)
Van Gogh vivió estos años en absoluta pobreza, repartiendo lo poco que tenía entre los más necesitados, hasta el punto de poner en peligro su vida y su salud. En esos años de misión, la manera impetuosa y vehemente de sufrir con los que sufren, compartiendo hasta el extremo sus vidas, puede servirnos como muestra de lo que implica la verdadera misericordia. La palabra misericordia proviene etimológicamente del latín mísere (miseria, necesidad), cor-cordis (corazón) e ia (hacía los demás); es decir, dolerse de corazón con aquellos que sufren o padecen necesidad, sentir en el propio corazón la miseria ajena. A pesar de los errores que pudiera cometer en el enfoque de su apostolado, es obvio que en estos años realizó intensamente algunas obras de misericordia, tales como dar de comer al hambriento, dar bebida al sediento y consolar al triste.
Las condiciones de vida tan duras a las que se sometió causaron verdaderos estragos en la salud de Van Gogh, quien, siguiendo los consejos de su hermano Theo, terminó por abandonar la misión que tanto le afectaba física y psicológicamente. Tras un periodo de tristeza por no haber logrado sus aspiraciones de seguir al Señor siendo pastor ni misionero, con 27 años descubrió que su nueva misión sería llevar la misericordia de Dios, colaborar en la redención de la humanidad, a través del arte.
Ahora que ya hemos vislumbrado la profundidad del alma de Van Gogh, podemos preguntarnos ¿Qué tienen que ver en ello Los Girasoles? Todos sabemos que es habitual, desde la pintura cristiana primitiva, representar a los santos y figuras sagradas con un halo o aureola alrededor de su cabeza. Este halo representa a los santos iluminados por la luz esplendorosa que proviene de Dios, y a su vez siendo luminarias para el mundo. El propio Jesucristo dijo: “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará entre tinieblas”. Por tanto no debe sorprendernos que la luz y el sol sean unas constantes en sus pinturas. Esta luz, representada a través del color amarillo, es una señal de identidad de sus cuadros: su serie sobre los trigales, la casa amarilla, la habitación de Arlés y, obviamente, sus girasoles.
¿Por qué su obsesión con los girasoles? Era costumbre en los religiosos holandeses tener láminas y libros con dibujos simbólicos que se referían a pasajes de la Biblia. Era bien conocida la simbología del girasol. Una flor que según avanza el día va buscando siempre la dirección del sol, para así absorber plenamente sus rayos. ¡Qué mejor simbolismo del ideal de la vida cristiana! El hombre que busca constantemente mirar a Dios, tal y como hizo el mismo Van Gogh a lo largo de su existencia.

‘En la hospitalidad real, el invitado debe sentirse escuchado’

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de hoy el Evangelista Lucas cuenta que Jesús, mientras iba de camino hacia Jerusalén, entra en un pueblo y es acogido en la casa de dos hermanas: Marta y María (cfr Lc 10,38- 42). Ambas acogen al Señor, pero lo hacen de forma diferente. María se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra (cfr v. 39), sin embargo, Marta está muy ocupada preparando las cosas; y en un determinado momento dice a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano” (v. 40). Y Jesús le responde: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán” (vv. 41-42).
En su ocuparse y hacer cosas, Marta corre el riesgo de olvidar, y este es el problema, corre el riesgo de olvidar lo más importante, es decir, la presencia del invitado, que era Jesús en este caso. Se olvida la presencia del invitado. El invitado no tiene que ser solamente servido, alimentado, cuidado en todos los sentidos. Sobre todo es necesario que sea escuchado, recordar bien esta palabra, escuchar. Que el invitado sea acogido como persona, con su historia, su corazón rico de sentimientos y de pensamientos, para que pueda sentirse realmente en familia. Pero si tú acoges un invitado en tu casa, y sigues haciendo las cosas, y haces que se siente y está callado, callado tú, como si fuera de piedra, el invitado de piedra. No. El invitado tiene que ser escuchado. Ciertamente, la respuesta que Jesús da a Marta –cuando le dice que solamente necesita una cosa— encuentra su pleno significado en referencia a la escucha de la palabra de Jesús mismo, esa palabra que ilumina y sostiene todo lo que somos y hacemos. Si vamos a rezar, por ejemplo, delante del crucifijo, y hablamos, hablamos, hablamos y después nos vamos, no escuchamos a Jesús, no dejamos que Él hable a nuestro corazón. Escuchar, esa palabra es clave. No la olvidéis. No tenemos que olvidar que la palabra de Jesús nos ilumina, nos sostiene y sostiene todo lo que somos y hacemos.
No tenemos que  olvidar que también en la casa de Marta y María, Jesús, antes de ser Señor y Maestro, es peregrino e invitado. Por tanto, su respuesta tiene este primer y más inmediato significado: “Marta, Marta, ¿por qué te preocupas tanto del invitado hasta el punto de olvidar su presencia?” El invitado de piedra. Para acogerlo no son necesarias muchas cosas; es más, es necesaria una sola: escucharle, la palabra, escucharle, demostrarle una actitud fraterna, de forma que sienta que está en familia, y no en un refugio temporal.

Entendida así, la hospitalidad, que es una de las obras de misericordia, se presenta realmente como una virtud humana y cristiana, una virtud que en el mundo de hoy corre el peligro de ser descuidada. De hecho, se multiplican las casas de acogida y los albergues, pero no siempre en estos ambientes se practica una hospitalidad real. Se da vida a varias instituciones que asisten muchas formas de enfermedad, soledad, marginación, pero disminuye la probabilidad para quien es extranjero, marginado, excluido, de encontrar a alguien dispuesto a escucharlo. El extranjero, refugiado, migrante, escuchar esa historia dolorosa. Incluso en la propia casa, entre los propios familiares, se pueden encontrar más fácilmente servicios y cuidados de distinto tipo que escucha y acogida.  Hoy estamos tan ocupados y con prisas, por tantos problemas, algunos no importantes, que faltamos a la capacidad de escucha. Estamos ocupados continuamente y así no tenemos tiempo para escuchar. Yo quisiera preguntarnos, que cada uno responsa en su corazón. Tú, marido, ¿tienes tiempo para escuchar a tu mujer? Tú, mujer, ¿tienes tiempo para escuchar a tu marido? Vosotros, padres, ¿tenéis tiempo, tiempo para perder para escuchar a vuestros hijos, o vuestro abuelos, los ancianos? ‘Los abuelos siempre dicen las cosas, son aburridos’. Pero necesitan ser escuchados. Escuchar. Os pido aprender a escuchar y dedicar más tiempo, en la capacidad de escucha está la raíz de la paz.
La Virgen María, Madre de la escucha y del servicio atento, nos enseñe a ser acogedores y hospitalarios con nuestros hermanos y hermanas.

Maternidad y paternidad: aventura y riesgo

FAMILIA Y VIDA


Ante la noticia de un embarazo, se unen sentimientos de alegría y momentos de dudas o de miedo
Ser madre es hermoso aunque no faltan dificultades. Ante la noticia de un embarazo, se unen sentimientos de alegría y momentos de dudas o de miedo. Inician semanas y meses llenos de esperanzas, de preguntas y, en ocasiones, de zozobras y de angustia.
Ser madre, además, es una aventura compartida: si hay una mamá es obvio que hay un papá. La maternidad no puede ser vista como un asunto exclusivo de la mujer, como algo que ella debe “gestionar” autónomamente. Necesita el apoyo del esposo que también inicia una experiencia maravillosa: la paternidad
Empezar a ser madre y ser padre supone emprender una aventura que abre a futuros inciertos. Mientras en el noviazgo la pareja puede conocerse y aceptarse con mayor o menor conciencia, en una decisión de tanta fuerza que lleva a ese compromiso de amor que se llama matrimonio, ocurre algo distinto cuando nace un niño, con todos los misterios que le rodean.
Las preguntas surgen continuamente. ¿Cómo viene, cómo nacerá? ¿Corresponderá a los sueños y esperanzas que se tienen sobre él? ¿Tendrá los ojos negros o azules? ¿Estará sano o enfermo? ¿Llorará por las noches o será un bebé modelo?
Ante tanto riesgo y aventura, hay quienes se sienten tentados a la renuncia: mejor no tener hijos (o los menos posibles) para así no estar continuamente en vilo; mejor la seguridad del ser solamente esposos que el viaje a lo desconocido de cada nuevo embarazo.
Existe la posibilidad de pensar así, y hay quienes así piensan de hecho. Pero, ¿es que el mismo vivir no es un riesgo continuo? ¿O será que, a base de miedos, los esposos pierden ocasiones irrepetibles para amar y para dar?
Las personas empiezan a ser mejores cuando se abren y acogen con generosidad y amor el misterio de cada nueva vida. Los hijos que hoy nacen desde padres generosos y “arriesgados” serán mañana quienes continuarán en el mundo la aventura de la existencia humana.
Otros, nuestros padres, un día se abrieron a nosotros. Ahora toca a cada nueva generación compartir esa experiencia maravillosa como señal de gratitud hacia los propios padres, y como esperanza que se ofrece a cada nuevo hijo para que inicie a caminar en este mundo y hacia lo que inicia a cada uno tras la muerte.

¿Candil de la calle? - XVI Domingo Ordinario

ENRIQUE DÍAZ DÍAZ


Génesis 18, 1-10: “Señor, no pases junto a mí sin detenerte”
Salmo 14: “¿Quién será grato a tus ojos, Señor?
Colosenses 1, 24-28: Un designio secreto que Dios ha mantenido oculto y que ahora ha revelado a su pueblo santo”.
San Lucas 10, 38-42; “Marta lo recibió en su casa – María escogió la mejor parte”

“No hay peor dolor que perder lo que más quieres cuando lo tenías por muy seguro. Yo estaba angustiado por perder mi trabajo o por quedar bien en mi apostolado, sintiéndome muy responsable. Estaba contento. Nunca me di cuenta que se estaba perdiendo a mi hijo”. Son palabras de reproche, de frustración y de desesperación de Bernardino. Siendo un catequista ejemplar y un trabajador cumplido, nadie esperaba, y mucho menos él, que en su casa se derrumbaran las cosas. Si bien procuraba que su familia tuviera lo necesario, sus actividades laborales, eclesiales y sociales, le dejaban muy poco tiempo para el diálogo íntimo y para el tiempo gastado en sus hijos. De repente, y cuando parece que ya es demasiado tarde, se encontró con un hijo drogadicto, resentido y alejado de la religión que él tanto ama. “No quiero a ese Dios que me ha quitado a mis papás y que me ha dejado solo como si fuera huérfano”. El adolescente lanza, como un insulto, el reclamo a la cara de sus padres. “Candil de la calle y oscuridad de mi casa”, continúa rumiando Bernardino.
El Papa cuando previene a la Curia Romana sobre las posibles enfermedades que atrofian su misión, inventa un nuevo término: “Martalismo”, tomado del pasaje evangélico que hoy escuchamos y lo explica “como una excesiva laboriosidad: es decir de aquellos que se sumergen en el trabajo descuidando, inevitablemente, ‘la parte mejor’: sentarse al pie de Jesús. Por esto Jesús ha llamado a sus discípulos a ‘descansar un poco’, porque descuidar el necesario reposo lleva al estrés y a la agitación”. Sí, la mejor parte es la intimidad, el compartir, el encuentro. La intimidad requiere el espacio, el “regalo del tiempo” para la familia, para la pareja y para Dios. En un mundo de excentricidades, de miles de amigos virtuales, de ensordecedor ruido, hemos perdido la intimidad, el diálogo, el “estar para el otro”. Corremos el riesgo de “pasar junto al otro sin detenerse”, como le dice Abraham al Señor. Las actitudes de Marta y María nos exigen buscar el necesario equilibrio entre trabajo e intimidad, en un mundo que nos arroja fuera de la casa y fuera de nuestro interior, pero nos deja vacíos de amor y vacíos de Dios.
La exterioridad nos engaña haciéndonos creer que lo relumbrante tendría más valor. Nos cansamos de ver grandes espectaculares anunciando obras rimbombantes, y las comunidades siguen con sus mismos problemas. Se anuncian programas fantásticos y reformas que sacarían al país de su atraso y que darían empleo a todos y todas, y vemos deambular por las calles a nuestros jóvenes en busca de míseros empleos, pagados ridículamente. Se cacarean los logros y avances, mientras las enfermedades de la pobreza y los terribles embates de la miseria atacan nuestras comunidades. No es el mucho hacer sin ton ni son, es el hilillo de agua constante lo que da vida. No son las obras espectaculares que cambian el mundo, sino las más sencillas, las más necesarias: el agua, la educación, la salud, el trabajo, el amor y la comprensión.
A nivel de relaciones interpersonales y a nivel familiar pasa lo mismo: no se puede comprar la felicidad de los hijos, se construye con el cariño diario, con atención constante, con la palabra oportuna. Hacemos mucho ruido, pero damos poco espacio para la intimidad, para el diálogo, para construir el amor en la familia y en la sociedad. Dejamos lo más importante por lo más urgente o por lo más popular. ¿Cuánto tiempo dedicamos a “estar” con la familia, con los hijos, con los papás? Pero verdaderamente estar presente en cuerpo, espíritu y sentimientos.
El Evangelio de este día se ha utilizado con frecuencia para contraponer la vida activa o apostólica con la vida contemplativa o la vida de oración. Nada más equivocado que hacer estas disyuntivas. Lo que Jesús le dice a Martha no es que esté equivocada al hacer sus quehaceres, sino en la forma de hacerlos y en querer que María también se ponga en actividad frenética. El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por San Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. El Maestro no aprueba el afán, la agitación, la dispersión, el andar en mil direcciones “del ama de casa”. ¿Cuál es, pues, el error de Marta? El no entender que la llegada de Cristo significa, principalmente, la gran ocasión que no hay que perder y, por consiguiente, la necesidad de sacrificar lo urgente frente a lo importante. Marta se precipita a “hacer” y este “hacer” no parte de una escucha atenta de la Palabra de Dios y, consiguientemente, se pone en peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío. Marta se limita, a pesar de todas sus buenas intenciones, a acoger a Jesús en casa. María lo acoge “en su interior”, se hace recipiente suyo. Le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior, secreto, que ha sido dispuesto por Él, y que está reservado para Él. Marta ofrece a Jesús cosas, María se ofrece a sí misma.
Nosotros hoy nos enfrentamos a un ritmo de vida más agitado que el de épocas anteriores. Los modernos medios para ahorrar tiempo acaban ahogándonos en un activismo inútil. El exceso de preocupaciones nos lleva a olvidarnos de lo fundamental. ¿Cuánto tiempo hace que no le dedicamos un espacio con calma, sin más preocupaciones que atender “la Palabra de Jesús”? Así, a pie descalzo, despojados de todo lo que tenemos, sin máscaras, con sencillez, poniéndonos en manos de quien nos ama tanto. Escuchar su Palabra entrando en lo desconocido, experimentando su ternura, con el corazón desnudo. No temamos, es escuchar la Palabra, sin caer en un intimismo que nos aísle de la realidad o nos torne indiferentes ante los problemas del prójimo. Está demasiado cercana la narración del buen samaritano como para que este pasaje nos hiciera olvidar que el amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo. Pero atención, nuestro corazón debe tener una fuente, si no, se seca. ¿Cuánto tiempo le damos a Dios? ¿Cuánto tiempo le damos a verdaderas relaciones familiares?
Padre Nuestro, ayúdanos a encontrar como Jesús, la síntesis armoniosa entre la oración y la acción, entre contemplarte y obedecerte, entre servirte a Ti y servir a los hermanos. Amén.