22 enero 2017

‘Estoy cerca con mi oración de las víctimas del alud en Abruzzo’

  El Papa en el Ángelus



“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy (cf. Mt 4.12 a 23) narra el inicio de la predicación de Jesús en Galilea. Él deja Nazaret, un pueblo en las montañas, y se establece en Cafarnaúm, un centro importante en las orillas del lago, habitado en su mayoría por paganos, punto de cruce entre el Mediterráneo y el interior mesopotámico.
Esta opción indica que los destinatarios de su predicación no son sólo sus compatriotas, sino cuantos arriban a la cosmopolita «Galilea de los gentiles» (v 15; cf. Is 8,23): así se llamaba.
Vista desde la capital Jerusalén, aquella tierra es geográficamente periférica y religiosamente impura, porque estaba llena de paganos, debido a la mescolanza con los que no pertenecían a Israel.
De Galilea no se esperaban desde luego grandes cosas para la historia de la salvación. Sin embargo, precisamente desde allí – justo desde allí- se difunde aquella “luz” sobre la que hemos meditado en los domingos pasados: la luz de Cristo. Se difunde precisamente desde la periferia.
El mensaje de Jesús reproduce el del Bautista, proclamando el «Reino de los Cielos» (v. 17). Este Reino no implica el establecimiento de un nuevo poder político, sino el cumplimiento de la alianza entre Dios y su pueblo, que inaugurará una temporada de paz y de justicia.
Para estrechar este pacto de alianza con Dios, cada uno está llamado a convertirse, transformando su propio modo de pensar y de vivir. Esto es importante: convertirse no es solamente cambiar la manera de vivir, sino también el modo de pensar. Es una transformación del pensamiento. No se trata de cambiar los vestidos, sino las costumbres.
Lo que diferencia a Jesús de Juan el Bautista es el estilo y el método. Jesús elige ser un profeta itinerante. No se queda esperando a la gente, sino que se mueve hacia ella. Jesús está siempre por la calle.
Sus primeras salidas misioneras se producen a lo largo del lago de Galilea, en contacto con la multitud, en particular con los pescadores. Allí Jesús no sólo proclama la venida del reino de Dios, sino que busca compañeros que se asocien a su misión de salvación.
En este mismo lugar encuentra a dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan; los llama diciendo: «Síganme y los haré pescadores de hombres» (v. 19). La llamada les llega en medio de sus actividades cotidianas: el Señor se revela a nosotros no en modo extraordinario o enseguecedor, sino en la cotidianidad de nuestra vida.
Ahí debemos encontrar al Señor; y ahí Él se revela, hace sentir su amor a nuestro corazón; y allí – con este diálogo con Él en la cotidianeidad de nuestra vida – cambia nuestro corazón.
La respuesta de los cuatro pescadores es inmediata y rápida: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» (v. 20). Sabemos, de hecho, que eran discípulos de Juan el Bautista y que, gracias a su testimonio, ya habían empezado a creer en Jesús como el Mesías (cf. Jn 1,35-42).
Nosotros los cristianos de hoy en día, tenemos la alegría de anunciar y de dar testimonio de nuestra fe, porque existió ese primer anuncio, porque existieron esos hombres humildes y valientes que respondieron generosamente a la llamada de Jesús. En las orillas del lago, en una tierra impensable, nació la primera comunidad de discípulos de Cristo.
Que la conciencia de estos inicios inspire en nosotros el deseo de llevar la palabra, el amor y la ternura de Jesús a cada contexto, inclusive a aquel más inaccesible y resistente. ¡Llevar la Palabra a todas las periferias! Todos los espacios del vivir humano son terreno en el que arrojar las semillas del Evangelio, para que dé frutos de salvación.
Que la Virgen María nos ayude con su maternal intercesión a responder con alegría a la llamada de Jesús y a ponernos al servicio del Reino de Dios”. El Papa reza la oración del ángelus y después dice las siguientes palabras:
“Queridos hermanos y hermanas,
Estamos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Este año tiene como tema una expresión de San Pablo, que nos indica el camino a seguir. Y dice así: “El amor de Cristo nos empuja a la reconciliación” (cfr 2 Cor 5,14).
El próximo miércoles concluirá la Semana de Oración con la celebración de las Vísperas en la basílica de San Pablo Extramuros, en la que participarán los hermanos y las hermanas de otras Iglesias y Comunidades cristianas presentes en Roma.
Les invito a perseverar en la oración, con el fin de cumplir el deseo de Jesús: “Que todos sean uno” (Jn 17,21).
En los últimos días, el terremoto y las fuertes nevadas han puesto de nuevo a dura prueba a muchos de nuestros hermanos y hermanas en el centro de Italia, especialmente en Abruzzi, Marche y Lazio. Estoy cerca con la oración y el afecto a las familias que han tenido víctimas entre sus seres queridos.
Animo a todos los que se dedican con gran generosidad en los esfuerzos de ayuda y de asistencia; así como las Iglesias locales, que están trabajando para aliviar el sufrimiento y las dificultades. Muchas gracias por esta cercanía, por vuestro trabajo y la ayuda concreta que aportan. ¡Gracias! Y les invito a rezar junto a la Virgen por las víctimas y también por los que con gran generosidad se comprometen en las operaciones de socorro.
(Reza un Ave María)
En el lejano Oriente y en varias partes del mundo, millones de hombres y mujeres se preparan para celebrar la conclusión del Año lunar el 28 de enero. Que mi cordial saludo llegue a todas sus familias, con el deseo de que se conviertan cada vez más en una escuela donde se aprende a respetar al otro, a comunicar y a cuidar los unos de los otros de un modo desinteresado. Que la alegría del amor pueda propagarse dentro de las familias y que se irradie a toda la sociedad.
Saludo a todos los fieles de Roma y peregrinos de varios países, en especial al grupo de chicas de Panamá y a los estudiantes del Instituto “Diego Sánchez” de Talavera la la Reina en España.
Saludo a los miembros de la Unión Católica, maestros, directivos, educadores y formadores, que terminaron el 25 ° Congreso Nacional, y espero para ellos un trabajo educativo fructífero en colaboración con las familias. ¡Siempre en colaboración con las familias!
Y a todos les deseo un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buon pranzo e arrivederci!”.

21 enero 2017

La Nueva Alianza

El Papa ayer en Santa Marta


Dios renueva todo desde las raíces, no solo en la apariencia. Es lo que dice la Primera Lectura de la Carta a los Hebreos (8,6-13), sobre la recreación que Dios hace en Jesucristo.
Esta nueva alianza tiene sus características. Primero, la ley del Señor no es un modo de obrar externo, sino que entra en el corazón y nos cambia la mentalidad. En la nueva alianza hay un cambio de mentalidad, hay un cambio de corazón, un cambio de sentir, de modo de actuar, un modo distinto de ver las cosas. Es como la obra que un arquitecto puede mirar de modo frío, con envidia, o bien con actitud de alegría y benevolencia. La nueva alianza nos cambia el corazón y nos hace ver la ley del Señor con ese nuevo corazón, con esa nueva mente. Pensemos en los doctores de la ley que perseguían a Jesús. Hacían todo, todo lo que estaba prescrito en la ley, tenían el derecho en la mano, todo, todo, todo. Pero su mentalidad era una mentalidad alejada de Dios. Era una mentalidad egoísta, centrada en sí mismos: su corazón era un corazón que condenaba, siempre condenando. La nueva alianza nos cambia el corazón y nos cambia la mente. Hay un cambio de mentalidad.
El Señor sigue adelante y nos asegura que perdonará las iniquidades y no se acordará más de nuestros pecados (cfr. Hb 8,12). Y a veces me gusta pensar, bromeando un poco con el Señor: ¡Tú no tienes buena memoria! Es la debilidad de Dios: cuando nos perdona, olvida. Olvida porque perdona. Ante un corazón arrepentido, perdona y olvida: pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados. Pero también es una invitación a no hacer recordar al Señor los pecados, o sea, a no pecar más: Tú me has perdonado, has olvidado, pero yo tengo que cambiar. Un cambio de vida: la nueva alianza me renueva y me hace cambiar de vida, no solo de mentalidad y de corazón, sino de vida. Vivir así: sin pecado, lejos del pecado. Esa es la recreación. Así el Señor nos recrea a todos.
Finalmente, el tercer rasgo, el cambio de pertenencia. Nosotros pertenecemos a Dios, los otros dioses no existen, son estupideces. Cambio de mentalidad, pues, cambio de corazón, cambio de vida y cambio de pertenencia. Y esta es la recreación que el Señor hace más maravillosamente que la primera creación. Pidamos al Señor que sigamos adelante con esta alianza de ser fieles. El sello de esta alianza, de esta fidelidad, ser fiel a esa labor que el Señor hace para cambiarnos la mentalidad, para cambiarnos el corazón. Los profetas decían: El Señor cambiará tu corazón de piedra en corazón de carne (cfr. Ez 11,19). Cambiar el corazón, cambiar la vida, no pecar más o no hacer recordar al Señor lo que ha olvidado con nuestros pecados de hoy, y cambiar la pertenencia: jamás pertenecer a la mundanidad, al espíritu del mundo, a las estupideces del mundo, solo al Señor.

20 enero 2017

La intención de Lutero era renovar la Iglesia, no dividirla

Rocío Lancho García


El Papa recibe a una delegación ecuménica de la Iglesia luterana de Finlandia que ha viajado a Roma para celebrar la fiesta de san Enrique, patrón de país
Así, durante el discurso que les ha dirigido, ha asegurado que es una “bonita costumbre” desde hace treinta años que esta peregrinación coincida con la Semana de oración por la unidad de los cristianos. El verdadero ecumenismo — ha asegurado el Papa– se basa en la conversión común a Jesucristo como nuestro Señor y Redentor. Al mismo tiempo, el Santo Padre ha dicho que si nos acercamos junto a Él, “nos acercamos también los unos a los otros”. Por eso, el Papa ha recordado que en estos días invocamos más intensamente el Espíritu Santo para que “suscite en nosotros esta conversión que hace posible la reconciliación”.
Haciendo referencia a la conmemoración del camino ecuménico que se celebró el pasado 31 de octubre en Lund, Suecia, en la que participó el Papa, ha indicado que “tuvo un significado importante en el plano humano y teológico-espiritual”. Después de cincuenta años de diálogo ecuménico, “hemos logrado exponer claramente las perspectivas sobre las que hoy podemos decir que estamos de acuerdo”.
Por otro lado ha reconocido que “al mismo tiempo tenemos vivo en el corazón el arrepentimiento sincero por nuestras culpas”. Y en este espíritu, en Lund se recordó que la intención de Martin Lutero, hace cincuenta años, “era la de renovar la Iglesia, no de dividirla”. Este encuentro, ha asegurado el Papa, ha dado la valentía y la fuerza para mirar adelante, en nuestro Señor Jesucristo, en el camino ecuménico que estamos llamados a recorrer juntos.
Preparando la conmemoración común de la Reforma, ha precisado Francisco, católicos y luteranos han tomado más conciencia también del hecho de que el diálogo teológico permanece esencial para la reconciliación y va llevado adelante con compromiso constante. Así, “en esa comunión concorde que permite al Espíritu Santo actuar”, el Santo Padre ha afirmado que “podremos llegar a ulteriores convergencias sobre contenidos de la doctrina y de la enseñanza moral de la Iglesia y podremos acercarnos cada vez más a la unidad plena y visible”.
El año 2017, año conmemorativo de la Reforma, según el Papa “representa para católicos y luteranos una ocasión privilegiada para vivir de forma más auténtica la fe, para redescubrir juntos el Evangelio” y para “buscar y testimoniar a Cristo con impulso renovado”.
Finalmente, el Santo Padre ha recordado que este año Finlandia cumple cien años como Estado independiente. Por eso ha deseado que este aniversario pueda animar a todos los cristianos de este país a “profesar la fe en el Señor Jesucristo testimoniando hoy delante del mundo y traduciéndose también en gestos concretos de servicio, de fraternidad, de compartir”. 



La vida cristiana es una lucha

El Papa ayer en Santa Marta



Jesús y la gente. El Evangelio de hoy narra la muchedumbre que seguía a Jesús con entusiasmo y que venía de todas partes. ¿Por qué venía esa gente? El Evangelio cuenta que había enfermos que querían curarse. Pero también había personas a las que les gustaba escuchar a Jesús, porque hablaba no como sus doctores, sino con autoridad, y eso tocaba el corazón. Esa gente venía espontáneamente, no la llevaban en autobuses, como hemos visto tantas veces cuando se organizan manifestaciones y muchos tienen que ir para demostrar su presencia, y no perder luego el puesto de trabajo.
Esa gente iba porque sentía algo, hasta el punto de que Jesús tuvo que pedir una barca y alejarse un poco de la orilla. ¿Esa muchedumbre iba a Jesús? ¡Sí! ¿Tenía necesidad? ¡Sí! Algunos eran curiosos, pero esos eran los ascéticos, la minoría… Iba porque a esa gente la atraía el Padre: era el Padre quien atraía a la gente a Jesús. Y Jesús no se queda indiferente, como un maestro estático que decía sus palabras y luego se lavaba las manos. ¡No! Esa muchedumbre tocaba el corazón de Jesús. El mismo Evangelio nos dice que Jesús se conmovió, porque veía a esa gente como ovejas sin pastor. Y el Padre, a través del Espíritu Santo, atrae a la gente a Jesús. No son los argumentos apologéticos los que mueven a las personas. No, es necesario que sea el Padre quien atraiga a Jesús.
Por otro lado, es curioso que este pasaje del Evangelio de Marcos en el que se habla de Jesús, se habla de la muchedumbre, del entusiasmo y del amor del Señor, acabe con los espíritus impuros que, cuando lo veían, gritaban: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Esa es la verdad; eso es lo que cada uno siente cuando se acerca Jesús. Los espíritus impuros intentan impedirlo, nos hacen la guerra. Pero, Padre, yo soy muy católico; voy siempre a Misa… Nunca jamás tengo esas tentaciones. ¡Gracias a Dios, no! ¡Pues reza, porque estás en una senda equivocada! Una vida cristiana sin tentaciones no es cristiana: es ideológica, es gnóstica, pero no es cristiana. ¡Cuando el Padre atrae a la gente a Jesús, hay otro que tira en sentido contrario y te hace la guerra por dentro! Por eso Pablo habla de la vida cristiana como de una lucha: la lucha de todos los días. Una lucha para vencer, para destruir el imperio de satanás, el imperio del mal. Y para eso vino Jesús, ¡para destruir a satanás!, para destruir su influjo sobre nuestros corazones. El Padre atrae a la gente a Jesús, mientras el espíritu del mal intenta destruir, siempre.
La vida cristiana es una lucha: o te dejas atraer por Jesús por medio del Padre o puedes decir me quedo tranquilo, en paz. ¡Si quieres avanzar tienes que luchar! Sentir el corazón que lucha, para que venza Jesús. Pensemos cómo es nuestro corazón: ¿siento esa lucha en mi corazón? Entre la comodidad o el servicio a los demás, entre divertirme un poco o hacer oración y adorar al Padre, entre una cosa y la otra, ¿siento la lucha, las ganas de hacer el bien, o algo me para, me vuelve ascético? ¿Creo que mi vida conmueve el corazón de Jesús? Si no lo creo, tengo que rezar mucho para creerlo, para que se me sé esa gracia. Cada uno que busque en su corazón cómo va la situación ahí. Pidamos al Señor ser cristianos que sepan discernir qué pasa en su corazón y elegir bien la senda por la que el Padre nos atrae a Jesús.

19 enero 2017

Sostener a los cristianos que sufren injustas persecuciones en el mundo


 Los cristianos son víctima de muchas batallas: la injusticia clama al cielo, porque son combatientes de paz, no de violencia… 

Existe una especie de muro de silencio respecto de los mártires cristianos del siglo XXI, apenas roto por los mensajes del obispo de Roma o por informes anuales de ONG que no siempre alcanzan la debida difusión.
Por eso, siento la necesidad de hacer eco al último que he leído: apenas seis líneas en Le Monde, pero varios densos párrafos en Avvenire de Milán. Coincide con las noticias más amplias que llegan de Iraq, con la recuperación de ciudades como Mosul, ocupadas por el llamado Estado Islámico: en apenas dos años ha causado más destrucción que un terremoto.
Mientras prosigue la reconquista de Mosul y la plana de Nínive, se publica un informe sobre los crímenes perpetrados contra la población civil por el sedicente Califato en esos dos años y medio de ocupación. Aparte de la violencia contra mujeres y niños, y otras barbaridades, ha destruido casi un centenar de templos. Antes de la invasión de los terroristas islámicos vivían pacíficamente en la zona cientos de familias cristianas: muchas enlazaban con los frutos de la primera evangelización histórica, seis siglos antes de Mahoma.
Un portavoz del Ministerio de asuntos religiosos de la región autónoma del Kurdistán iraquí, ha anticipado el contenido de un informe que será publicado por la Comisión de los crímenes cometidos por los milicianos radicales en esa zona: subrayó que la mayoría de los lugares de culto destruidos o dañados son iglesias cristianas, además de algunos templos yazidíes o pertenecientes a otras minorías religiosas.
La violencia de las milicias del Estado islámico es la más radical. Pero, en conjunto, según los datos publicados por una ONG cristiana, Open Doors (Puertas abiertas), crece la persecución contra los cristianos en todo el mundo: alcanza a unos 215 millones de creyentes, oprimidos por motivos religiosos en 50 países.
Se confirma la fuente principal de esa radical negación de la libertad: ante todo, el extremismo islamista, en sus diversas denominaciones según las regiones: Boko Haram, en Nigeria, Níger, Chad y Camerún; Al Shabaab, en Somalia, Kenia y Uganda;  o el Estado islámico ya referido (Daesh). Pero, además, en 35 de los 50 países con vigencia jurídica del Islam, crece exponencialmente la intolerancia respecto de las minorías, especialmente las cristianas. Basta pensar en las noticias casi diarias que llegan de Pakistán, donde la llamada “ley de la blasfemia” hace estragos.
Sin contar la peculiar situación de China, peligra y mucho la libertad religiosa en otras naciones asiáticas por influencias ideológicas o nacionalistas, como Laos, Bangladesh, Vietnam y Bután. En el ranking, la India aparece en el puesto 15, como consecuencia del nacionalismo hindú. También se deteriora la condición de los cristianos allí donde prospera el nacionalismo budista, tan distinto de su imagen idílica en Occidente; de modo especialmente intenso, en Sri Lanka.
En primer plano, “la paranoia dictatorial”, que alimenta el odio contra los cristianos en la Corea del norte de Kim Jong-un: es quizá para los cristianos el país más negativo del mundo −más incluso que Arabia Saudita−: la mera posesión de una Biblia puede llevar a la tortura, a la cárcel, incluso, a la pena de muerte. Pero los dirigentes occidentales callan.
La agencia Fides había publicado hace unas semanas los datos anuales de sacerdotes, religiosos o agentes de pastoral asesinados por motivo de su oficio. Pero Open Doors ofrece una información más amplia sobre la realidad del martirio: un total de 1.207 cristianos fueron asesinados en 2016 por motivos religiosos, y 1.329 iglesias sufrieron ataques diversos. Las cifras son inferiores a las de 2015, en parte por las victorias militares de los ejércitos de Nigeria o Iraq.
Como afirma el director de la ONG, “en la época de la imagen recibe más eco un asesinato fotografiado con el móvil, que un millón de personas tratadas como animales. Un cristiano de cada tres sufre una grave forma de persecución en los 50 estados de nuestra investigación. Es más aún que las muertes y atentados a las iglesias: en el fondo, estamos hablando de millones de vidas vejadas y oprimidas a causa de una opción de fe”.
En tantos conflictos regionales, los cristianos son víctima de muchas batallas: la injusticia clama al cielo, porque son combatientes de paz, no de violencia, y menos aún de esa venganza tan oriental del ojo por ojo y diente por diente. Esperando contra toda esperanza, preciso es confiar en la nueva etapa de la ONU abierta por el mandato de António Guterres como secretario general.

La esperanza, delante del peligro y de la muerte, se expresa en oración


El Papa ayer en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, despunta una figura un poco anómala, un profeta que intenta evadirse de la llamada del Señor rechazando ponerse al servicio del plan divino de salvación. Se trata del profeta Jonás, de quién se narra la historia en un pequeño libro de solo cuatro capítulos, una especie de parábola portadora de una gran enseñanza, la de la misericordia de Dios que perdona.
Jonás es un profeta “en salida”, también en fuga, que Dios envía “a la periferia”, a Nínive, para convertir a los habitantes de esa gran ciudad. Pero Nínive, para un israelita como Jonás, representa una realidad que amenaza, el enemigo que ponía en peligro la misma Jerusalén, y por tanto para destruir, no para salvar. Por eso, cuando Dios manda a Jonás a predicar en esa ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, trata de escapar de su tarea y huye.
Durante su huida, el profeta entra en contacto con los paganos, los marineros de la nave sobre la que se embarca para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos porque Nínive estaba en la zona de Irak y él huye a España. Pero huye de verdad. Y es precisamente el comportamiento de estos hombres, como después será el de los habitantes de Nínive, que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, delante del peligro y de la muerte, se expresa en oración.
De hecho, durante la travesía en el mar, estalla una gran tormenta, y Jonás baja en la bodega del barco y se duerme. Los marineros sin embargo, viéndose perdidos, «invocaron cada uno al propio dios» (Jon 1,5). Eran paganos. El capitán del barco despierta a Jonás diciéndole: «Qué haces aquí dormido? Levántate e invoca a tu dios. Tal vez ese dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos» (Jon 1,6).
Las reacciones de estos “paganos” es la reacción justa delante de la muerte; porque es entonces que el hombre hace experiencia completa de la propia fragilidad y de la propia necesidad de salvación. El horror instintivo de morir desvela la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «Quizá Dios se acuerde de nosotros y no pereceremos»: son las palabras de la esperanza que se convierten en oración, esa súplica llena de angustia que sale de los labios del hombre delante a un inminente peligro de muerte.
Demasiado fácilmente diseñamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuera solo una oración interesada, y por eso imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre responde benevolente.
Cuando Jonás, reconociendo la propia responsabilidad, se hace echar al mar para salvar a sus compañeros de viaje, la tempestad se calma. La muerte inminente ha llevado a esos hombres paganos a la oración, ha hecho que el profeta, a pesar de todo, viviera la propia vocación al servicio de los otros aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los supervivientes al reconocimiento del verdadero Señor y a la alabanza. Los marineros, que habían rezado con miedo dirigiéndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del Señor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios y hacen promesas. La esperanza, que les había llevado a rezar para no morir, se revela aún más poderoso y obra una realidad que va también más allá de lo que ellos esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino que se abren al reconocimiento del verdadero y único Señor del cielo y de la tierra.
Sucesivamente, también los habitantes de Nínive, delante de la perspectiva de ser destruidos, rezan, empujados por la esperanza en el perdón de Dios. Harán penitencia, invocarán al Señor y se convertirán a Él, empezando por el rey, que, como el capitán de la nave, da voz a la esperanza diciendo: «Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta … de manera que no perezcamos» (Jon 3,9). También para ellos, como para la tripulación en la tormenta, haber afrontado la muerte y haber resultado salvados les ha llevado a la verdad. Así, bajo la misericordia divina, y aún más a la luz del misterio pascual, la muerte se puede convertir, como ha sido para san Francisco de Asís, en “nuestra hermana muerte” y representar, para cada hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión de conocer la esperanza y de encontrar al Señor. Que el Señor nos haga entender esto: la unión entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante a la esperanza.  Y cuando las cosas se vuelven oscuras, más oración y habrá más esperanza.

18 enero 2017

Domingo III del Tiempo Ordinario

Ciclo A – Textos: Isaías 8, 23 – 9, 3; 1 Co 1, 10-13.17; Mateo 4, 12-23.


Idea principal: la misión salvadora de Cristo es universal, es decir, vino para salvar a todos.

Resumen del mensaje: Ese Hijo de Dios, Jesús, que tiene su carnet de identidad de Siervo (domingo pasado), necesita colaboradores para llevar adelante la misión universal de salvación encomendada por el Padre (evangelio), que es de luz (primera lectura) y amor y unión (segunda lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Jesús comienza su misión salvadora universal no en la Jerusalén sagrada y religiosa, ni en la más pacífica Judea, sino en Galilea, la de los gentiles, donde había una mezcla de razas y lugar de paso de civilizaciones, mezcla de judíos y de paganos. Galilea estaba “en la frontera” y allí se daban desmanes, desvaríos y descreencias. La elección de este escenario ya da a entender que Jesús va a ofrecer una salvación universal. Jesús se presenta como luz (primera lectura), como amor y como salvación para todos. Nadie está excluido.

En segundo lugar, como esta misión salvadora universal de Jesús es ardua, quiere la colaboración libre y amorosa de hombres que le echen una mano. Por eso, los llama con amor y confianza. Ellos responden libremente dejando todo y siguiéndolo. Y tienen que ir a evangelizar como nos dice el Papa Francisco en su exhortación, no a lugares fáciles, sino a lugares “incómodos”, y esto “sin demoras, sin asco y sin miedo” (Evangelii gaudium, 23), “primereando” en el amor (id. 24) y llevando la consigna de la conversión a Jesús (evangelio) y la unión mutua que rompe todo partidismo eclesial (segunda lectura).

Finalmente, a esta misión salvadora universal Jesús nos ha invitado a cada uno de nosotros bautizados para que seamos sus colaboradores. Cristo pasa por los colegios, por las fábricas, por las legislaturas, por los caminos, e invita a todos a seguirlo y difundir su evangelio, cada uno según sus posibilidades y de acuerdo a su peculiar vocación. A algunos como laicos –la mayoría-, a otros como religiosos y a unos cuantos como sacerdotes. Como bautizados estamos llamados a apoyar esta misión universal salvadora de Cristo, siendo profetas que anuncian a Cristo y su Palabra y denuncian, desde el evangelio, cuanto hiere a Dios y al hermano; sacerdotes que saben ofrecer sus penas y alegrías; y reyes para servir a todos y luchar contra el pecado en sus corazones y en el corazón de los demás. Para ello tenemos que dejar nuestra barca, nuestras redes, tal vez nuestros padres y posibilidades lícitas y buenas (evangelio)

Para reflexionar: si Cristo me llamara hoy a comprometerme más seriamente en su misión universal salvadora, ¿le diría “sí”, o “no”? ¿Qué cosas me atan a mi barca y a mis redes? ¿Estoy revestido de la luz y el amor de Jesús para transmitirlo?

Para rezar: Señor, cuenta conmigo en tu gran tarea de la salvación de la humanidad. Ya he quemado las redes de mi egoísmo y de mis miedos. Confío en Ti.

17 enero 2017

Los cristianos perezosos

El Papa en Santa Marta


Vida valiente es la del cristiano. El celo del que habla la primera lectura de hoy (Hb 6,10-20), el valor para seguir adelante, debe ser nuestra actitud ante la vida, como los que se entrenan en el estadio para ganar. Pero la Lectura habla también de la pereza que es lo contrario al valor. Vivir en la nevera, para que todo se quede igual. Los cristianos perezosos, los cristianos que no tienen ganas de ir adelante, los cristianos que no luchan para hacer que las cosas cambien, cosas nuevas, las cosas que nos harían bien a todos, si esas cosas cambiasen. Son los perezosos, los cristianos aparcados: han encontrado en la Iglesia un buen aparcamiento. Y cuando digo cristianos, digo laicos, curas, obispos… Todos. ¡Hay cristianos aparcados! Para ellos la Iglesia es un aparcamiento que protege su vida y van con todos los seguros posibles. Pero esos cristianos quietos, me hacen pensar una cosa que de niño nos decían los abuelos: Ten cuidado, porque el agua quieta, estancada, es la primera que se pudre.
Lo que hace a los cristianos valientes es la esperanza, mientras que los cristianos perezosos no tienen esperanza, son pensionistas. Está bien jubilarse después de muchos años de trabajo, ¡pero pasar toda tu vida jubilado es feo! La esperanza es, en cambio, el ancla a la que agarrase para luchar incluso en los momentos difíciles. Este es el mensaje de hoy: la esperanza, esa esperanza que no defrauda, que va más allá. Y una esperanza que es ancla del alma, segura y firme. La esperanza es el ancla: la hemos echado y estamos agarrados a la cuerda. Esa es nuestra esperanza. No hay que pensar: Sí, pero, está el cielo, qué bonito, yo me quedo… ¡No! La esperanza es luchar, agarrado a la cuerda, para llegar allá. En la lucha de todos los días, la esperanza es una virtud de horizonte, ¡no de encierro! Quizá sea la virtud que menos se entiende, pero es la más fuerte. La esperanza: vivir en esperanza, vivir de esperanza, siempre mirando adelante con valentía. Sí, padre —alguno podrá decirme—, pero hay momentos feos, donde todo parece oscuro, ¿qué debo hacer? Agárrate a la cuerda y aguanta.
A nadie se le regala nada en la vida, por el contrario, hay que tener valor para ir adelante y aguantar. Cristianos valientes, que muchas veces se equivocan, pero ¡todos nos equivocamos! Se equivoca el que va adelante, mientras que el que está quieto parece no equivocarse. Y cuando no se puede caminar porque todo está oscuro, todo está cerrado, hay que aguantar, tener constancia. Preguntémonos si somos cristianos encerrados o de horizonte, y si en los momentos feos somos capaces de aguantar conscientes de que la esperanza no defrauda, porque sé que Dios no defrauda. Hagámonos la pregunta: ¿cómo soy yo? ¿Cómo es mi vida de fe? ¿Es una vida de horizontes, de esperanza, de valentía, de ir adelante, o es una vida tibia que ni siquiera sabe aguantar los momentos feos? Que el Señor nos dé la gracia, como hemos pedido en la oración colecta, de negarnos a nosotros mismos, de superar nuestro egoísmo, porque los cristianos aparcados, los cristianos quietos, son egoístas. Sólo se miran a sí mismos, no saben alzar la cabeza para mirarle a Él. Que el Señor nos dé esa gracia.