18 febrero 2017

Texto del discurso del Papa que no leyó ayer en la universidad ‘Roma Tre’


Prefirió improvisar y entregó el discurso escrito para que después lo lean


 
“Señor Rector. Ilustres profesores, queridos estudiantes y miembros del personal:
Les doy las gracias por haberme invitado a visitar esta Universidad, la más joven de Roma, y les dirijo a todos mi cordial saludo. Doy las gracias al rector, Mario Panizza por sus palabras de bienvenida y deseo todo lo mejor para el trabajo y la misión de este Ateneo. La instrucción  y la formación académica de las nuevas generaciones son un requisito básico para la vida y el desarrollo de la sociedad. He escuchado vuestras preguntas y les agradezco. Las había leído antes e intentaré responder tomando en cuenta mi experiencia.
Nuestra sociedad está llena de buenas acciones, de solidaridad y  amor hacia los demás: muchas personas y muchos jóvenes, seguramente también entre ustedes, participan en el voluntariado y en actividades al servicio de los necesitados. Y este es uno de los valores más grandes del hay que estar agradecidos y orgullosos. Sin embargo, si miramos a nuestro alrededor, vemos que en el mundo hay tantos, demasiados signos de hostilidad y violencia. Como bien ha observado Giulia hay muchas señales de un “actuar  violento”.
Agradezco tu pregunta, Giulia, porque  precisamente en este año el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz propone la no violencia como forma de vida y de acción política. De hecho, estamos viviendo en una guerra mundial en pedazos:   Hay conflictos en muchas regiones del planeta, que ponen en peligro el futuro de generaciones enteras. ¿Por qué la comunidad internacional y sus organizaciones, no son capaces de prevenirlos o detenerlos? ¿Los intereses económicos y estratégicos tienen más peso que el interés común en la paz? Sin duda, estas son preguntas que encuentran espacio en las aulas universitarias y resuenan, en primer lugar, en nuestras conciencias. La universidad es un lugar privilegiado en el que se forman las conciencias, en una estrecha confrontación  entre las exigencias del bien, de la verdad y la belleza, y la realidad con sus contradicciones. ¿Un ejemplo concreto? La industria de las armas.
Durante décadas se está hablando de desarme,  también se  han puesto en marcha procesos importantes en este sentido, pero, por desgracia, en la actualidad, a pesar de todas las conversaciones y compromisos, muchos países están aumentando el gasto en armas. Y esto, en un mundo que todavía lucha contra el hambre y las enfermedades, es una contradicción escandalosa”.
Ante esta dramática realidad uno se pregunta con razón, cuál debería ser nuestra respuesta. Desde luego, no una actitud de desánimo y desconfianza. En particular ustedes los jóvenes, no se pueden permitir vivir sin esperanza, la esperanza forma parte de vosotros. Cuando  falta la esperanza, falta  la vida; y entonces  algunos van en busca de una existencia engañosa ofrecida por los mercaderes de la nada que venden cosas que dan una felicidad temporal y aparente, pero en realidad desembocan en callejones sin salida, sin futuro, en auténticos laberintos existenciales.
Las bombas destruyen los cuerpos, las adicciones destruyen las mentes, las almas, e incluso los cuerpos. Y en esto doy otro ejemplo concreto de la contradicción actual: la industria de los juegos de azar. Las universidades pueden aportar una valiosa contribución a los estudios para prevenir y combatir la adicción a los juegos de azar, que causan graves daños a las personas y a las familias y altos costos sociales”.
Una respuesta que me gustaría sugerir – y tengo presente la pregunta de  Niccoló – es que se comprometan también como universidades en  proyectos de condivisión y de servicio a los últimos, para fomentar en nuestra ciudad, Roma, el sentido de pertenencia a una “patria común “.
Nos interpelan tantas urgencias sociales y tantas situaciones de penuria y de pobreza: pensemos en las personas que viven en la calle, en los emigrantes, en los necesitados no sólo de alimentos y ropa, sino de un lugar en la sociedad, como los que salen de la cárcel . Saliendo al encuentro de estas pobrezas  sociales, nos convertimos en protagonistas de  acciones constructivas que se oponen a las destructivas de los conflictos violentos y también a la cultura del hedonismo y del descarte, basada en los ídolos del dinero, del placer, del aparentar…En cambio, trabajando con proyectos, incluso pequeños, que favorecen el encuentro y la solidaridad,  recuperamos juntos un sentido de confianza en la vida.
En cualquier entorno, especialmente en el universitario, es importante leer y enfrentar este cambio de época con reflexión y  discernimiento, es decir sin prejuicios ideológicos, sin miedos o fugas. Cualquier cambio, incluso el actual, es un pasaje que trae consigo dificultades, penurias y sufrimientos, pero también nuevos horizontes para el bien. Los grandes cambios exigen un replanteamiento de nuestros modelos económicos, culturales y sociales, para recuperar el valor central de la persona humana.
Riccardo en la tercera pregunta se refería a “las informaciones que en un mundo globalizado son vehiculadas sobre todo por las redes sociales”. En este ámbito tan complejo, creo que es necesario operar un sano discenimiento, basado en criterios éticos y espirituales.  Hace falta interrogarse sobre lo que es bueno, teniendo como punto de referencia los valores propios de una visión del hombre y del mundo, una visión de la persona en todas sus dimensiones, sobre todo la trascendente.
Y hablando de trascendencia, quiero hablar de persona a persona y dar testimonio de quien soy. Me profeso cristiano y la trascendencia a la que me abro y a la que miro tiene un nombre: Jesús.  Estoy convencido de que su Evangelio es una fuerza de  verdadera renovación personal y social.
Hablando así,  no les propongo  ilusiones o teorías filosóficas o ideológicas, ni tampoco quiero hacer proselitismo.  Les hablo de una Persona que me salió al encuentro, cuando tenía más o menos vuestra edad, abrió mis horizontes y cambió mi vida. Esta Persona puede llenar nuestro corazón de alegría y nuestra vida de significado. Es mi compañero de viaje; Él no defrauda y no traiciona. Está siempre con nosotros. Se coloca, con respeto y discreción  a lo largo del camino de nuestra vida, nos sostiene especialmente en la hora de la pérdida y la derrota, en el momento de la debilidad y del pecado, para volvernos a situar siempre en el camino. Este es el testimonio personal de mi vida.
Non tengan miedo de abrirse a los horizontes del espíritu, y si reciben el don de la fe –porque la fe es un don– no tengan miedo de abrirse al encuentro con Cristo y de profundizar la relación con él. La  fe nunca limita el ámbito de la razón, sino que lo abre a una visión integral del hombre y de la realidad, defendiendo del peligro de reducir la persona a “material humano”.
Con  Jesús no desaparecen las dificultades, pero se enfrentan  de una manera diferente, sin miedo, sin mentirse a sí mismos y a los demás; se enfrentan con la luz y la fuerza que viene de Él. Y podemos llegar a ser, como decía  Riccardo, “operadores de la caridad intelectual”, a partir de la misma Universidad, para que sea  un lugar de formación a la “sabiduría” en el sentido más amplio del término, de educación integral de la persona. En esta perspectiva, la Universidad ofrece su contribución peculiar y esencial para la renovación de la sociedad.
Y la Universidad también puede ser el lugar donde se elabora la cultura del encuentro y de la acogida  de las personas de diferentes tradiciones culturales y religiosas. Nour, que viene de Siria,  ha hecho referencia  al “miedo” del occidental ante el extranjero, ya que podría “poner en peligro la cultura cristiana de Europa”.
Aparte del hecho de que la primera amenaza a la cultura cristiana de Europa está precisamente dentro de Europa, el encerrarse en uno mismo o en su propia cultura nunca es el camino  para devolver la esperanza y operar una renovación social y cultural.
Una cultura se consolida en la apertura y en la confrontación con otras culturas, siempre que tenga una conciencia clara y madura de sus principios y valores. Por tanto, animo a los profesores y a los estudiantes a que vivan la Universidad como un ambiente de diálogo auténtico, que no homologa la diversidad ni tampoco la exaspera, sino que abre a una confrontación constructiva. Estamos llamados a comprender y apreciar los valores del otro, superando las tentaciones de la indiferencia y del temor. Nunca tengan miedo del encuentro, del diálogo, de la confrontación.
Mientras prosigue vuestra trayectoria  de enseñanza y de estudios universitarios, prueben a preguntarse: ¿Mi forma mentis se está haciendo más individualista o más solidaria? Si es más solidaria es una buena señal porque van contra corriente, pero en la única dirección que tiene un futuro y que da futuro. La solidaridad, no proclamada con palabras, sino vivida concretamente, crea paz y esperanza para cada país y para el mundo entero. Y ustedes, por el hecho de trabajar y estudiar en  la universidad, tiene la responsabilidad de dejar una huella buena en la historia.
Les agradezco de todo corazón por este encuentro y por vuestra atención. Que la esperanza sea la luz que ilumine siempre vuestro estudio y vuestro compromiso. Sobre cada uno de vosotros y sobre vuestras familias invoco la bendición del Señor”.

17 febrero 2017

Más allá de la violencia


VII Domingo Ordinario
Levítico: “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo” Salmo 102: “El Señor es compasivo y misericordioso”
Corintios 3, 16-23: “Ustedes son templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en ustedes”
San Mateo 5, 38-48: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”

¿Quién no se ha estremecido con las imágenes aterradoras que nos llegan desde los países en conflicto? ¿Un niño ensangrentado y mutilado? ¿Quién no se llena de indignación cuando escuchamos los horrores de las guerras? Muchos temen que una pequeña chispa desencadene una gran conflicto mundial y no son pocos los que hablan ya, de la posibilidad cercana de la Tercera Guerra Mundial. Nos escandalizamos de la irracionalidad de los conflictos y nos parece absurdo que de la nada surjan terribles masacres. El Papa Francisco hace constantes llamados a dejar a un lado los conflictos y la venganza. “Los esfuerzos realizados en Colombia para construir puentes de paz y reconciliación pueden inspirar a todas las comunidades a superar las hostilidades y las divisiones.. Cuando las víctimas de la violencia son capaces de resistir a la tentación de la venganza, se convierten en promotores más creíbles de la no violencia y de la construcción de la paz”, afirma y pide que la no violencia “se pueda convertir en el estilo característico de nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras acciones, de la políticas en todas sus formas”. ¿Lo hemos pensado para nuestras relaciones diarias en casa, en trabajo, en la sociedad?
Como cañonazos explosivos sonarán las frases que provienen desde la montaña y nos parecerá casi imposible hacerlas cercanas a este mundo tan saturado de violencia, de odios, y de dudas. El Levítico nos trae la exigencia que Dios le hace a Moisés: “Sean santos porque yo, el Señor, soy santo”. No es una afirmación ambigua, ni pretende una santidad estereotipada que nos aleja del mundo. Se traduce en actitudes muy concretas: “No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón… no te vengues ni guardes rencor… ama a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Está claro en qué consiste la santidad? Si reconocemos que tenemos un Dios que es bueno como el pan que a todos alimenta, que para todos se reparte, y si se nos invita a parecernos a Él, la santidad no quedará en aislamientos ni indiferencias. La santidad será como el sol que cada día, con una terca insistencia, pretende iluminar y dar calor a todos los humanos, sin hacer distinción de razas, de colores o de estados de ánimo. Así es nuestro Dios y así nos invita a vivir.
La segunda frase proviene de San Pablo: “¿No saben ustedes que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”. ¿Cómo podemos vivir con apatía e indiferencia? No somos poca cosa. Dios no hace basura y nos ha formado con gran dignidad. Valemos mucho como personas. Sin embargo se han incrementado los suicidios en forma alarmante disque por decepciones amorosas, por problemas económicos o por soledad y alcoholismo. ¿Razones suficientes para acabar con la propia vida? Si no nos amamos nosotros, ¿cómo vamos a amar a los demás? El amor al prójimo está basado en el amor a nosotros mismos, pero necesitamos reconocer la propia dignidad. Y no se trata de falsos orgullos, sino de poner los cimientos de nuestro verdadero valor a tal grado que San Pablo dice: “Ustedes son de Cristo”. Necesitamos vivir con esa dignidad reconociéndonos templos llenos de la presencia de Dios. Nunca lo debemos olvidar y no podremos vivir de una manera negativa porque nosotros somos ese templo de Dios.
Cristo, desde la montaña, también se une a estas exigencias: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Invita a sus discípulos a romper la escalada que inicia con la violencia, que continúa con las venganzas y que finaliza dejando el corazón lleno de odios y resentimientos. La antigua ley buscaba proteger al más desvalido y exigía cobrar ojo por ojo y diente por diente, pero no solucionaba de fondo la violencia porque el corazón lleno de rencor no permite encontrar la paz. Quien se pudre por dentro para que no lo trague el prójimo, queda vacunado contra el hermano pero acaba podrido para toda la vida. El otro no puede ser “enemigo”, es un ser humano, alguien que sufre y goza, que busca y espera. Sí, ya sé que en la mente de muchos de nosotros se harán presentes esas personas molestas y fastidiosas que nos cuesta mucho tratar diariamente con cariño, o estaremos pensando en los grandes asesinos o en los narcotraficantes y corruptos. ¿Cómo amar o aceptar a tales personas? Mi pregunta siempre será: ¿cómo los ama Dios? ¿Cómo da la vida Jesús también por ellos? La violencia nunca se solucionará con violencia. ¿No tendremos también nosotros otra propuesta?
A Cristo lo llamaron loco, pero sus propuestas son las únicas que de verdad pueden solucionar la violencia. Y Cristo nos invita a realizar cosas “extraordinarias”. La vocación del cristiano es una vocación a la locura y también a lo extraordinario. No está llamado a ser mediocre y conformista, sino a realizar grandes proezas: parecerse a Dios Santo, vivir como templo de Dios y ser perfecto como el Padre celestial. La Palabra de Dios no es letra muerta, sino viva y palpitante y deja inquietos. Estamos llamados a realizar cosas extraordinarias, como es extraordinario el perdón, el amor sin condiciones, y la apertura a los diferentes. No se trata de utilizar palabras dulzonas ni de hacer ostentación de sentimientos, sino el comportamiento solícito por el otro. El amor cristiano nace de lo profundo de la persona, de saberse amado de Dios y quiere ser reflejo y expresión de ese amor del Padre que nos abraza a todos. Amar al prójimo significa hacerle bien pero también exige aceptarlo, respetarlo y descubrir lo que hay en él de presencia de Dios. El mal, a pesar de las apariencias, siempre será débil. El odio brota del miedo y de sentirse amenazado. La ofensa necesita de la venganza. En cambio el amor es la única fuerza capaz de cortar de raíz la violencia. Es urgente un “¡ya basta!” a la violencia y aceptar “la no violencia” que Cristo nos propone. El cristiano es vencedor no cuando logra posesionarse de las armas del enemigo, sino cuando dejando las propias armas, lo convierte en amigo. La debilidad del amor es la única fuerza capaz de desarmar el mal.
La invitación hoy será a tomar en serio las palabras que nos ofrece “La Palabra”, reconocernos como personas valiosas, amadas por Dios. Dejarnos cuidar, abrazar y querer por Dios Padre para así lanzarnos en pos del gran ideal, que nos parece extraordinario: amar, perdonar, ser santos y vivir como templos del Espíritu.
Señor Jesús, que nos propones a Papá Dios como único modelo de amor y de paz, concédenos que, dejando las armas de la venganza y la violencia, nos arriesguemos a acompañarte en tu aventura de construir un mundo sin odios, un mundo de hermanos, un reino de paz. Amén.

16 febrero 2017

Proteger la paz

El Papa en Santa Marta


La paloma, el arco iris y la alianza. Tres imágenes de la primera Lectura del Libro del Génesis (9,1-13), donde se narra cuando Noé liberó la paloma después del diluvio. Esa paloma, que vuelve con el ramo de olivo, es la señal de lo que Dios quería tras el diluvio: la paz, que todos los hombres estuvieran en paz. La paloma y el arco iris son frágiles. El arco iris es bonito tras la tormenta, pero luego viene una nube y desaparece. También la paloma es frágil. Recuerdo que, hace dos años, en el Ángelus del domingo, un gavilán mató a las dos palomas que solté junto a dos niños desde la ventana del Palacio Apostólico.
La alianza que Dios hace es fuerte, pero nosotros la recibimos y la aceptamos también con debilidad. Dios hace la paz con nosotros, pero no es fácil conservar la paz. Es una labor de todos los días, porque dentro de nosotros todavía está esa semilla, aquel pecado original, el espíritu de Caín que, por envidia, celos, codicia y querer de dominación, hace la guerra. Hablando de la alianza entre Dios y los hombres, se hace referencia a la sangre. De vuestra sangre –se lee en la primera lectura– yo os pediré cuentas; “pediré cuentas de vuestra sangre, que es vuestra vida; se las pediré a cualquier animal. Y al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano”. Somos protectores de nuestros hermanos, y cuando hay derramamiento de sangre hay pecado y Dios nos pedirá cuentas. Hoy en el mundo hay derramamiento de sangre. Hoy el mundo está en guerra. Tantos hermanos y hermanas mueren, incluso inocentes, porque los grandes, los poderosos, quieren un trozo más de tierra, un poco más de poder o quieren ganar un poco más con el tráfico de armas. Y la Palabra del Señor es clara: “Pediré cuentas de vuestra sangre, que es vuestra vida; se las pediré a cualquier animal. Y al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano”. También a nosotros, que parece que estamos aquí en paz, el Señor pedirá cuentas de la sangre de nuestros hermanos y hermanas que sufren la guerra.
¿Cómo protejo yo la paloma? ¿Qué hago para que el arco iris sea siempre una guía? ¿Qué hago para que no se derrame más sangre en el mundo? Todos estamos implicados en esto. La oración por la paz no es una formalidad, el trabajo por la paz no es una formalidad. La guerra comienza en el corazón del hombre, comienza en casa, en las familias, entre amigos, y luego va más allá, a todo el mundo. ¿Qué hago cuando siento que viene a mi corazón algo que quiere destruir la paz? La guerra comienza aquí (se señala el corazón) y acaba allá (señala a lo lejos). Las noticias las vemos en los periódicos, en la televisión. Hoy tanta gente muere, y esa semilla de guerra que hace la envidia, los celos, la codicia en mi corazón, es la misma —crecida, hecha árbol— que la bomba que cae en un hospital, en una escuela, y mata niños. Es lo mismo. La declaración de guerra comienza aquí, en cada uno. Por eso la pregunta: ¿Cómo protejo yo la paz en mi corazón, en mi interior, en mi familia? Proteger la paz, no solo conservarla: hacerla con las manos, artesanalmente, todos los días. Y así lograremos hacerla en el mundo entero.
La sangre de Cristo es lo que hace la paz, pero no la sangre que yo hago con mi hermano o que hacen los traficantes de armas o los poderosos de la tierra en las grandes guerras. Recuerdo que, siendo niño, comenzó a sonar la alarma de los bomberos, y luego salió en los periódicos y en toda la ciudad. Se hacía para llamar la atención sobre un hecho o una tragedia u otra cosa. Y en seguida oí a la vecina de casa que llamaba a mi madre: “¡Señora Regina, venga, venga, venga!”. Y mi madre salió un poco asustada: “¿Qué ha pasado?”. Y aquella mujer, desde la otra parte del jardín, le decía: “¡Ha terminado la guerra!”, y lloraba. Todavía me acuerdo del abrazo entre las dos mujeres, el llanto y la alegría porque la guerra había acabado.
Que el Señor nos dé la gracia de poder decir, llorando: “Ha terminado la guerra. Ha terminado la guerra en mi corazón, ha terminado la guerra en mi familia, ha terminado la guerra en mi barrio, ha terminado la guerra en el puesto de trabajo, ha terminado la guerra en el mundo”. Así será más fuerte la paloma, el arco iris y la alianza.

15 febrero 2017

‘La esperanza no defrauda porque está fundada en el amor que Dios nos tiene’

El Papa en la Audiencia General


“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! desde pequeños nos enseñan que no está bien jactarse. En mi país a quienes se enorgullecen les llamamos ‘pavos’. Y es justo que sea así porque, además de algo de soberbia, también delata una falta de respeto hacia los demás, sobre todo de los que son menos afortunados”.
En este paso de la Carta a los Romanos, entretanto el apóstol Pablo nos sorprende, porque en dos oportunidades nos invita a gloriarse. Entonces, ¿de que es justo gloriarse? ¿Y cómo se puede hacer sin ofender, sin excluir a nadie, sin excluir a nadie?
En el primer caso estamos invitados a gloriarnos en la abundancia de la gracia de la cual somos penetrados en Jesucristo, por medio de la fe.
Pablo quiere hacernos entender que si aprendemos a leer cada cosa con la luz del Espíritu Santo, nos daremos cuenta de que todo es gracia, todo es don.
Si prestamos atención, de hecho, tanto en la historia como en nuestras vidas, no actuamos solamente nosotros, sino sobre todo Dios. Él es el protagonista absoluto que crea cada cosa como un don de amor, que teje la trama de su designo de salvación y lo lleva a cumplimiento por nosotros mediante su hijo Jesús.
A nosotros se nos pide que nos demos cuenta de todo ello, que lo aceptemos con gratitud y lo convirtamos en motivo de alabanza, de bendición y alegría. Si lo hacemos, estamos en paz con Dios y experimentamos la libertad. Y esa paz se extiende después a todas las áreas y todas las relaciones de nuestras vidas: estamos en paz con nosotros mismos, estamos en paz con la familia, en nuestra comunidad, en el trabajo y con las personas que encontramos todos los días en nuestro camino.
Pero Pablo insta a gloriarse también en las tribulaciones. Esto no es fácil de entender. Esto nos resulta más difícil y puede parecer que no tenga relación alguna con la condición apenas descrita. En cambio, es el presupuesto más auténtico, más verdadero.
De hecho la paz que el Señor nos brinda y nos garantiza no significa ausencia de preocupaciones, decepciones, faltas, o motivos de sufrimientos.
De ser así, en el caso de que consiguiéramos estar en paz, ese momento terminaría pronto y caeríamos inevitablemente en el desconsuelo. La paz que viene de la fe es un regalo: es la gracia de experimentar que Dios nos ama y que está siempre a nuestro lado, que no nos deja solos ni siquiera un momento en nuestra vida.
Y esto, como dice el Apóstol, genera paciencia, porque sabemos que incluso en los momentos más duros y turbulentos, la misericordia y la bondad del Señor son más grandes que cualquier otra cosa y nada nos arrancará de las manos y de la comunión con Él. Este es el motivo por el cual la esperanza cristiana es sólida, por eso no defrauda. No se basa en lo que hagamos o seamos, ni tampoco en lo que creamos.
Su fundamento, es decir el fundamento de la esperanza cristiana, es lo más fiel y seguro que hay: el amor que Dios nutre por cada uno de nosotros. Es fácil decir: Dios nos ama; todos lo decimos. Pero piensen un poco: ¿Cada uno de nosotros es capaz de decir: Estoy seguro de que Dios me ama? No es tan fácil decirlo, pero es la verdad. Es un buen ejercicio éste de decirse a uno mismo: Dios me ama. Esta es la raíz de nuestra seguridad, la raíz de la esperanza.
Y el Señor ha derramado en nuestro corazón el Espíritu, que es el amor de Dios, para que como artífice y garante, pueda alimentar en nosotros la fe y mantenga viva esa esperanza y esa seguridad: Dios me ama.
— ¿Pero en este momento horrible? Dios me ama.
— ¿A mí que he hecho esto y aquello? Dios me ama.
Esa seguridad no nos la quita nadie. Y tenemos que repetirlo como una oración: Dios me ama. Estoy seguro de que Dios me ama. Estoy segura de que Dios me ama”.
Ahora entendemos por qué el apóstol Pablo nos exhorta a gloriarnos siempre de todo esto. “Yo me glorio del amor de Dios, porque me ama. La esperanza que se nos ha dado no nos separa de los demás, ni mucho menos nos lleva a desacreditarlos o a marginarlos. Se trata, en cambio, de un don extraordinario del que estamos llamados a ser ‘canales’, con humildad y sencillez, para todos.
Por lo tanto nuestro mayor orgullo es tener a Dios como un Padre que no tiene favoritos, que no excluye a nadie, sino que abre su casa a todos los seres humanos, empezando por los últimos y, los alejados, para que, como hijos suyos aprendamos a consolarnos y a apoyarnos los unos a los otros. Y no se olviden: la esperanza no defrauda”.

Comunicar la Palabra de Dios

El Papa ayer en Santa Marta


Hacen falta sembradores de la Palabra, misioneros, verdaderos heraldos para formar al pueblo de Dios, como lo fueron Cirilo y Metodio, valientes heraldos, hermanos intrépidos y testigos de Dios, que hicieron más fuerte Europa, de la que son Patrones. Tres son las características de la personalidad de un enviado que proclama la Palabra de Dios. Lo cuenta la primera Lectura de hoy (Hch 13,46-49), con las figuras de Pablo e Bernabé, y el Evangelio de Lucas (10,1-9), con los 72 discípulos enviados por el Señor de dos en dos.
El primer rasgo del enviado es la franqueza, que incluye fuerza y coraje. La Palabra de Dios no se puede llevar como una propuesta –“si te gusta…”– o como una buena idea filosófica o moral –“tú puedes vivir así…”–. No. Es otra cosa. Necesita ser propuesta con franqueza, con fuerza, para que la Palabra penetre, como dice el mismo Pablo, hasta los huesos. La Palabra de Dios debe ser anunciada con franqueza, con fuerza, con coraje. La persona que no tiene coraje –coraje espiritual, valentía en el corazón, que está enamorada de Jesús, ¡y de ahí viene el valor!– dirá algo interesante, algo moral, algo que hará bien, un bien filantrópico, pero no es la Palabra de Dios. Y esa palabra es incapaz de formar al pueblo de Dios. Solo la Palabra de Dios proclamada con esa franqueza, con ese coraje, es capaz de formar al pueblo de Dios.
Del Evangelio de Lucas, capítulo 10, sacamos las otras dos características propias de un heraldo de la Palabra de Dios. Es un Evangelio lleno de elementos acerca del anuncio. La mies es abundante, pero son pocos los obreros. Rogad pues al Señor de la mies para que mande obreros a su mies. Así pues, después del coraje, a los misioneros les hace falta la oración. La Palabra de Dios se proclama también con oración. Siempre. Sin oración puedes dar una bonita conferencia, una buena charla: ¡buena, buena! Pero no es la Palabra de Dios. Solo de un corazón en oración puede salir la Palabra de Dios. Oración para que el Señor acompañe esa siembra de la Palabra, para que el Señor riegue la semilla y germine la Palabra. La Palabra de Dios debe proclamarse con oración: la oración del que anuncia la Palabra de Dios.
También en el Evangelio se describe un tercer rasgo interesante. El Señor envía a los discípulos como corderos en medio de lobos. El verdadero predicador es el que se sabe débil, sabe que no puede defenderse a sí mismo. ‘Tú ve como cordero entre lobos’ – ‘Pero, Señor, ¿para que me coman?’ – ‘¡Tú ve! Ese es el camino’. Y creo que es el Crisóstomo quien hace una reflexión muy profunda, cuando dice: ‘Pero si no vas como cordero, sino que vas como lobo entre lobos, el Señor no te protege: defiéndete solo’. Cuando el predicador se cree demasiado inteligente o cuando quien tiene la responsabilidad de llevar adelante la Palabra de Dios quiere hacerse el listillo –‘¡Sí yo puedo con esta gente!’–, así acabará mal. O regateará la Palabra de Dios: a los poderosos, a los soberbios.
Se cuenta de uno que alardeaba de predicar muy bien la Palabra de Dios y se sentía lobo. Y tras una bonita prédica, fue al confesionario y le cayó un pez gordo, un gran pecador, y lloraba, quería pedir perdón. Y el confesor comenzó a inflarse de vanidad y la curiosidad le hizo preguntarle qué palabras de las que había dicho le habían movido hasta tal punto de empujarle a arrepentirse. “Fue cuando usted dijo: pasemos a otro tema”. No sé si es verdad, pero lo seguro es que se acaba mal si se lleva la Palabra de Dios sintiéndose seguros de sí y no como un cordero a quien el Señor defenderá.
Así que esa es la misión de la Iglesia y así son los grandes heraldos que han sembrado y ayudado a crecer a las Iglesias en el mundo: han sido hombres valientes, de oración y humildes. Que nos ayuden los Santos Cirilo y Metodio a proclamar la Palabra de Dios según esos criterios, como lo hicieron ellos.

14 febrero 2017

La caridad es el distintivo, signo, señal y seña del seguidor de Cristo

P. Antonio Rivero, L.C.

Domingo VII del Tiempo Ordinario  - Ciclo A

Textos: Levítico 19, 1-2.17-18; 1 Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48


Idea principal: La caridad es el distintivo, signo, señal y seña del seguidor de Cristo.

Resumen del mensaje: El único y nuevo mandamiento que Cristo nos dejó fue la caridad. En esto nos jugamos la santidad y la perfección (primera lectura y evangelio). En el Antiguo Testamento el amor al prójimo tenía una medida: “como a ti mismo”. La motivación profunda de nuestro amor al prójimo es porque el Espíritu de Dios habita en el hermano (segunda lectura), redimido por Cristo. Para Cristo este mandamiento de la caridad va más allá de la justicia humana equilibrada o ley del talión, hasta la paradoja de “presentar la otra mejilla, amar al enemigo y rezar por los que nos persiguen” (evangelio). Cristo es el espejo en donde mirarnos para vivir la caridad.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, para poder vivir esta caridad tenemos que mirar el primer modelo, el Dios lleno de misericordia, encarnado en Cristo, que entregó nada menos que su vida como muestra de su amor. Dios en Cristo amó a todos, sin distinción de razas, lengua y color. Dios ya desde el Antiguo Testamento es un Dios paciente y misericordioso con su pueblo infiel a la alianza, idólatra. Y en el Nuevo Testamento ese Dios se hizo hombre en Cristo, para revestirse de nuestra carne y así podamos nosotros “tocar su carne” en la persona del pobre y necesitado, como dice el Papa Francisco. Esa caridad fue infundida por Dios el día del bautismo, como semilla que debemos regar, abonar y hacer fructificar.

En segundo lugar, viviendo esta caridad imitamos en cierto sentido la santidad de Dios (primera lectura). Viviendo la caridad, construimos la comunidad que es un templo de Dios, como nos dice san Pablo en la segunda lectura, unidos en Cristo. Viviendo esta caridad sabremos también corregir fraternalmente al hermano cuando quiera ir por malos caminos (primera lectura) y ofrecerle una palabra oportuna, no desde la agresividad, sino desde el amor. Amar no significa cruzarse de brazos.

Finalmente, esa caridad comienza por casa, con los más cercanos, que son los que más motivos y ocasiones nos dan de practicarla: en la familia, en el equipo de trabajo, en la comunidad religiosa y en la parroquial. No dar importancia a pequeñeces, sobre las que discutimos a veces perdiendo el humor y la paz. Esa caridad no con palabras bonitas o con teorías, sino con gestos concretos (evangelio). También caridad con los pobres, los débiles, los pecadores, los que están en las periferias, como tantas veces nos dice el Papa Francisco. Y el culmen, caridad para perdonar a los enemigos y a los que nos maltratan, poniendo la otra mejilla. El cristiano saluda a los adversarios, presta gratuitamente, no responde con contraataques, está pronto a la reconciliación sin albergar sentimientos de represalia y cortando las escaladas del rencor en nuestro trato con los demás.

Para reflexionar: ¿Utopía? ¿Asignatura pendiente en algunos cristianos? ¿Entendimos el mensaje difícil de Jesús? ¿Lo practicamos? En esto nos jugamos nuestro nombre de cristianos.

Para rezar: Señor, dilata mi corazón para que pueda vivir la caridad. Pon en mi pecho tu corazón, de lo contrario jamás podré perdonar las ofensas que me han hecho mis hermanos. En mi oración hazme una diálisis de mi sangre espiritual. Consciente de que mis hermanos son tu carne doliente y sagrada, quiero amarte a Ti en ellos. Quiero cuidar tu carne, sanarla, limpiarla, y nunca dañarla.

13 febrero 2017

El vínculo de la fraternidad

 El Papa en Santa Marta



La lectura del Génesis nos habla de Caín y Abel (4,1-15.25). Por primera vez en la Biblia se dice la palabra hermano. Es la historia de una fraternidad que debería crecer y ser hermosa, pero que acaba destruida. Una historia que comienza con pequeños celos. Caín está molesto porque su sacrificio no agrada a Dios y empieza a cultivar ese enfado por dentro. Podría controlarlo, pero no lo hace. Caín prefirió el instinto, prefirió cocinar dentro de sí ese sentimiento, agrandarlo, dejarlo crecer. El pecado que cometerá después, ya está agazapado detrás de ese sentimiento. Y crece, crece. Así crecen las enemistades entre nosotros: comienzan con una cosa pequeña, unos celos, una envidia, pero luego crece y vemos la vida solo desde ese punto y aquella mota se convierte para nosotros en una viga, ¡pero la viga la tenemos nosotros! Y nuestra vida gira en torno a eso, y acaba destruyendo el vínculo de fraternidad.

Poco a poco nos vamos obsesionando, nos acosa ese mal, que crece cada vez más. Crece y crece la enemistad, y acaba mal. Siempre. Me distancio de mi hermano: ese ya no es mi hermano, es un enemigo, hay que destruirlo, expulsarlo…, y así las enemistades destruyen a la gente, destruyen familias, pueblos, todo. Ese “comerse el coco”, siempre obsesionado con eso. Esto le pasó a Caín, y al final eliminó a su hermano. No: ya no hay hermano: solo yo. No hay fraternidad: solo yo. Esto que pasó al comienzo, nos puede pasar a todos; por eso, el proceso hay que parado en seguida, al principio, a la primera amargura. La amargura no es cristiana. El dolor sí, la amargura no. El resentimiento no es cristiano. El dolor sí, el resentimiento no. Cuántas enemistades, cuántas divisiones. También en nuestros presbiterios, en nuestros colegios episcopales, ¡cuántas divisiones comienzan así! Pero, ¿por qué a ese le han dado esa sede y no a mí? ¿Y por qué a ese?… Cosas pequeñas, divisiones que destruyen la fraternidad.

Dios pregunta: “¿Dóndes está Abel, tu hermano?”. La respuesta de Caín es irónica: “No sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. ¡Sí, tú eres el guardián de tu hermano! Y el Señor le dice: “La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”. Cada uno –yo también– puede decir que nunca ha matado a nadie. Pero si tienes un sentimiento malo hacia tu hermano, ¡ya lo has matado!; si insultas a tu hermano, ¡lo has matado en tu corazón! Matar es un proceso que empieza con lo pequeño. Cuántos poderosos de la Tierra pueden decir: A mí me interesa ese territorio, me interesa ese trozo de tierra, este otro…; si la bomba cae y mata a 200 niños, pues no es culpa mía: es culpa de la bomba. A mí me interesa el territorio… Todo empieza con ese sentimiento que te lleva a distanciarte, a decir al otro: Ese es fulano, ese es así, pero no es hermano…, y acaba en la guerra que mata. ¡Pero tú ya mataste al principio! Es el proceso de la sangre, y hoy la sangre de tanta gente del mundo grita a Dios desde el suelo. Y todo está unido: esa sangre –quizá una gotita de sangre–, con mi envidia, mis celos, yo la he hecho salir, cuando destruí la fraternidad.

Que el Señor nos ayude hoy a repetir estas palabras suyas: ¿Dónde está tu hermano? Que nos ayude a pensar en los que destruimos con la lengua y en todos los que en el mundo son tratados como cosas y no como hermanos, porque parece más importante un trozo de tierra que el vínculo de la fraternidad.

12 febrero 2017

Explica tres mandamientos: homicidio, adulterio y el juramento

El Papa en el Ángelus.


 “Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
La liturgia de hoy nos presenta otra página del Discurso de la Montaña, que encontramos en el evangelio de Mateo. En este paso Jesús quiere ayudar a sus oyentes a realizar una nueva lectura de la ley mosaica.
Aquello que fue dicho en la Antigua alianza no rea todo: Jesús vino para cumplir y promulgar de manera definitiva la ley de Dios. Él manifiesta la finalidad originaria y cumple los aspectos auténticos, y hace todo esto con su predicación y más aún ofreciéndose a sí mismo en la cruz.
Así Jesús enseña como hacer plenamente la voluntad de Dios y usa esta palabra: “justicia superior” respecto alos escribas y fariseos. Una Justicia animada por el amor, la caridad, la misericordia y por lo tanto capaz de realizar la sustancia de los mandamientos, evitando el riesgo del formalismo. El formalismo: esto puedo, esto no puedo; hasta aquí puedo, hasta aquí no puedo… No: mucho más, en particular en el Evangelio de hoy Jesús toma en consideración tres aspectos: el homicidio, el adulterio y el juramento.
Sobre el mandamiento “no matar”, Él afirma que se viola no solamente con el homicidio efectivo, sino también con comportamientos que ofenden la dignidad de la persona humana, incluidas las palabras injuriosas. Seguramente estas no tienen la misma gravedad y culpa del asesinato, pero se poene en la misma línea, porque tiene las mismas premisas y revelan la misma maldad.
Jesús nos invita a no establecer una lista que evalúa las ofensas, sino considerarlas a todas dañosas, porque movidas por el deseo de hacer mal al prójimo. Y Jesús da el ejemplo. Insultar: nosotros estamos acostumbrados a insultar, es como decir “buenos días”. Y esto está en la misma línea del asesinato. Quien insulta a un hermano, asesina en el propio corazón al hermano. ¡Por favor nunca insultar! No ganamos nada…
Otro cumplimento aporta a la ley matrimonial. El adulterio era considerado una violación del derecho de propiedad del hombre sobre la mujer. Jesús en cambio va a la raíz del mal. Así como se llega al homicidio a través de las injurias y las ofensas, así se llega al adulterio a través de las intenciones de poseer a una mujer diversa de la propia esposa.
El adulterio, como el hurto, la corrupción y todos los pecados, son antes concebidos en nuestra intimidad, y una vez tomada en el corazón la decisión equivocada, se transforman en comportamiento concreto. Y Jesús dice: quien mira a una mujer que no es la propia con ánimo de posesión es un adúltero en su corazón, ha iniciado el camino hacia el adulterio. Pensemos un poco sobre esto: sobre los malos pensamientos que vienen en esta línea.
Jesús después, dice a sus discípulos que no juren, porque el juramento es signo de la inseguridad y de la doble cara con que se realizan las relaciones humanas. Se instrumentaliza la autoridad de Dios para dar garantías a nuestros asuntos humanos.
Más bien estamos llamados a instaurar entre nosotros, en nuestras familias y en nuestras comunidades un clima de limpidez y de confianza recíproca, para que podamos ser considerados sinceros sin recurrir a intervenciones superiores para ser creídos.
!La desconfianza y la sospecha recíproca amenazan siempre la serenidad¡ La Virgen María, mujer que escuchaba con docilidad y obedecía con alegría, nos ayude a acercarnos siempre más al evangelio, para ser cristianos no de fachada, sino de sustancia. Y esto es posible con la gracia del Espíritu Santo, que nos permite hacer todo con amor, y así cumplir plenamente la voluntad de Dios”.

Después de la oración del ángelus el Papa dirigió algunos saludos

“Queridos hermanos y hermanas, saludo a todos los peregrinos aquí presentes, a las familias, a los grupos parroquiales, a las asociaciones. En particular a los alumnos del Instituto “Carolina Coronado” de Almendralejo y a los fieles de Tarragona, en España. También a los grupos de Caltanissetta, Valgoglio, Ancona, Pesaro, Turín y Pisa.
A todos les deseo un buen domingo. No nos olvidemos, no insultar, no mirar con malos ojos, con ojos de poseer a la mujer del prójimo, y no jurar. Es tan simple.
Y por favor no se olviden de rezar por mi. ‘¡Buon pranzo‘ y ‘arrivederci!'”.