23 abril 2017

La Cruz ante la banalidad del mal

Con el testimonio coherente podremos vencer la banalidad del mal y la noche tenebrosa de nuestra cobardía, para actuar con esperanza
Anne-Marie Pelletier −autora de los textos del Via crucis que se han leído en 2017 en presencia del Papa− ha señalado en diversas entrevistas que la Cruz no puede ser un objeto decorativo a la moda. Ni menos puede ser, como por desgracia ha sucedido algunas veces durante la historia, un estandarte levantado para la exclusión o la persecución.
La Cruz, prosigue explicando A.-M. Pelletier, no es tampoco un reflejo −con expresión de Hanna Arendt− de la “banalidad del mal”, ante la que parece que estamos acostumbrados.
Estas palabras manifiestan bastante bien la situación de nuestra cultura occidental: junto a indudables logros en lo científico y tecnológico, estamos sumergidos en una especie de ceguera moral, producida por un sol de tinieblas (Bernanos) que hace que nos parezcan casi normales las innumerables víctimas de la historia y el abismo sin fondo de la crueldad humana, y que miremos todo eso con indiferencia.

Banalidad del mal y victoria de la Cruz

Así lo escribe A.-M. Pelletier y lo propone a nuestra consideración ante la Cruz:
“Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia” (Via crucis, 2017, meditación ante la IV estación).
Y continúa su meditación sobre el significado de la Cruz. La Cruz no es una exaltación malsana del sufrimiento, sino la superación del sufrimiento, por medio de la muerte y resurrección de Jesús, que nos ha liberado del máximo mal: el pecado.
La Cruz, afirma esta teóloga y biblista, madre de familia, es el signo de la victoria del amor, pues solo el Amor es más fuerte que la muerte.
¿Cuál es la verdad de la Cruz?, se pregunta. La Cruz es el testimonio de la victoria de la Vida sobre la muerte. Jesús no vino simplemente a morir sino a vivir y darnos la Vida. La cruz significa la acogida del otro, aunque sea un enemigo. Ese es el mensaje cristiano.

Pascua, paso del amor

No se trata en absoluto de la insoportable idea de la venganza del Padre que pide la sangre de su Hijo, ante la complicidad de todos en el mal. Se trata del misterio del amor de Dios en Jesús, del misterio pascual (pascua, paso del amor) revelado en las Escrituras y accesible mediante la fe: el amor de Dios que llega hasta lo más bajo de las miserias humanas −el mal, el odio, el sinsentido−, “allí donde Dios no debería estar”, con el fin de curarlas y librarnos de ellas para siempre. La Cruz se entiende desde la resurrección. No es fracaso sino victoria, triunfo del amor.
Anne-Marie Pelletier evoca la figura de Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida: “Nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: Voy a tratar de ayudarte, le dice. ¡Qué audacia tan femenina y tan divina!”
En efecto, como tantas mujeres que no le han fallado a Jesús (en circunstancias heroicas de persecución, tortura y martirio o en el heroísmo de una existencia ordinaria vivida para Dios y los demás, en la familia y en el trabajo), Etty fue un icono de la verdad, una Verónica de nuestro tiempo. Una mujer invadida y conquistada por el Espíritu consolador y sanador de Dios.

El testimonio coherente de los cristianos

En cambio, los respetos humanos y la vergüenza nos retraen tantas veces de ese testimonio coherente, que puede curar la ceguera propia y ajena ante el mal y dejarnos sellar por la victoria amable de la Cruz. Es así como podremos vencer la banalidad del mal y la noche tenebrosa de nuestra cobardía, para actuar con esperanza. Lo desarrolla el Papa en su oración, que concluye con estas palabras:
“O Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos nunca de tu Cruz, a no instrumentalizarla sino a honrarla y adorarla, porque con ella Tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y el poder de tu misericordia”.

22 abril 2017

La Iglesia es Iglesia, si es Iglesia de mártires

 El Papa en la basílica de San Bartolomé con la Comunidad de San Egidio


Hemos venido como peregrinos a esta basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina, donde la historia antigua del martirio se une a la memoria de los nuevos mártires, de tantos cristianos asesinados por las absurdas ideologías del siglo pasado y asesinados también hoy porque eran discípulos de Jesús.
El recuerdo de estos heroicos testimonios antiguos y recientes nos confirma en la conciencia de que la Iglesia es Iglesia si es Iglesia de mártires. Y los mártires son aquellos que como nos recordó el Libro del Apocalipsis, “vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestidos, volviéndolos cándidos en la sangre del cordero”.
Ellos tuvieron la gracia de confesar a Jesús hasta el final, hasta la muerte. Ellos sufren, ellos dan la vida, y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio. Y existen también tantos mártires escondidos, esos hombres y esas mujeres fieles a la fuerza humilde del amor, a la voz del Espíritu Santo, que en la vida de cada día buscan ayudar a los hermanos y de amar a Dios sin reservas.
Si miramos bien, la causa de toda persecución es el odio del príncipe de este mundo hacia cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y con su resurrección.
En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (Cfr. Jn 15,12-19) Jesús usa una palabra fuerte y escandalosa: la palabra “odio”. Él, que es el maestro del amor, a quien gustaba mucho hablar de amor, habla de odio. Pero Él quería siempre llamar las cosas por su nombre. Y nos dice: “No se asusten. El mundo los odiará; pero sepan que antes de ustedes, me ha odiado a mí”.
“Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado, por un don gratuito de su amor. Con su muerte y resurrección nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. Y el origen del odio es este: porque nosotros hemos sido salvados por Jesús, y el príncipe de este mundo esto no lo quiere, él nos odia y suscita la persecución, que desde los tiempos de Jesús y de la Iglesia naciente continúa hasta nuestros días. Cuántas comunidades cristianas hoy son objeto de persecución! ¿Por qué? A causa del odio del espíritu del mundo”.
Cuántas comunidades cristianas hoy son objeto de persecución. ¿Por qué? A causa del odio del espíritu del mundo. Cuántas veces en momentos difíciles de la historia se ha escuchado decir: ‘Hoy la patria necesita héroes’. El mártir puede ser pensado como un héroe, pero la cosa fundamental del mártir es que fue un ‘agraciado’: es la gracia de Dios, no el coraje lo que nos hace mártires.
Hoy del mismo modo se puede interrogar: ‘¿Qué cosa necesita hoy la Iglesia?’. Mártires, testimonios, es decir, Santos, aquellos de la vida ordinaria, porque son los Santos los que llevan adelante a la Iglesia. ¡Los Santos!, sin ellos la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita de los Santos de todos los días llevada adelante con coherencia; pero también de aquellos que tienen la valentía de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte.
Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia; aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don”.
Yo quisiera, hoy, añadir un ícono más, en esta iglesia. Una mujer, no se su nombre pero ella nos mira desde el cielo. Estaba en Lesbos, saludaba a los refugiados y encontré un hombre de 30 años con tres niños que me ha dicho: “Padre yo soy musulmán, pero mi esposa era cristiana. A nuestro país han venido los terroristas, nos han visto y nos han preguntado cuál era la religión que practicábamos. Han visto el crucifijo, y nos han pedido tirarlo al piso. Mi mujer no lo hizo y la han degollado delante de mí. Nos amábamos mucho.
Este es el ícono que hoy les traigo como regalo aquí. No sé si este hombre está todavía en Lesbos o ha logrado ir a otra parte. No sé si ha sido capaz de huir de ese campo de concentración porque los campos de refugiados, muchos de ellos son campos de concentración, debido a la cantidad de gente que es abandonada allí.
Y los pueblos generosos que los acogen, que tienen que llevar adelante este peso, porque los acuerdos internacionales parecen ser más importantes que los derechos humanos. Y este hombre no tenía rencor. Él era musulmán y tenía esta cruz de dolor llevada sin rencor. Se refugiaba en el amor hacia su mujer, agraciada con el martirio.
Recordar estos testimonios de la fe y orar en este lugar es un gran don. Es un don para la Comunidad de San Egidio, para la Iglesia de Roma, para todas las comunidades cristianas de esta ciudad, y para tantos peregrinos. La herencia viva de los mártires nos dona hoy a nosotros paz y unidad.
Ellos nos enseñan que, con la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la prepotencia, la violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz. Y entonces podemos orar así: «Oh Señor, haznos dignos testimonios del Evangelio y de tu amor; infunde tu misericordia sobre la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos perseguidos, concede pronto la paz al mundo entero. A ti Señor la Gloria y a nosotros la vergüenza.



21 abril 2017

Llagas que dan vida - II Domingo de Pascua



Hechos 2, 42-27: “Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común”
Salmo 117: “La misericordia del Señor es eterna. Aleluya”
I San Pedro: “La resurrección de Cristo nos da la esperanza de una vida nueva”
San Juan 20, 19-31: “Ocho días después se les apareció Jesús”


Fueron muchos años de trabajar como jornalero en las pesadas tareas en el campo de los Estados Unidos, sin poder venir por falta de “papeles”. Ahora que regresa sus hijos han crecido y apenas lo reconocen: mucho más viejo, con canas y con muchas cicatrices, callos y ampollas por el trabajo realizado. Él feliz al contemplarlos, sobre todo a su hijo Ricardo que ahora es todo un médico. Cuando Ricardo saluda a su papá y lo abraza, no puede contener las lágrimas por el estado en que se encuentra: sus cicatrices, sus llagas, su cansancio, han sido la fuente para que el pudiera llegar a ser doctor. Su título ha costado sangre y sudor y apenas ahora lo comprende. Llagas que dan vida.
En nuestro mundo no creemos más que aquello que experimentamos, que tocamos y que probamos personalmente. Tomás encajaría perfectamente en nuestro ambiente: duda cuestiona, exige pruebas. Este segundo domingo de Pascua parece a propósito para convencernos de que hay señales objetivas de la resurrección de Jesús tanto las ofrecidas por Él mismo a sus apóstoles, como las pruebas vivas que presenta la primitiva comunidad en los Hechos de los Apóstoles. Jesús presenta los argumentos irrefutables de un cuerpo desgarrado, amoroso, entregado por amor a los hermanos; la comunidad ofrece las consecuencias claras de ese amor: una palabra que se hace vida constante , el amor expresado en el partir y compartir lo que se tiene, una oración que al mismo tiempo eleva y compromete, y una Eucaristía que es expresión de la más grande unión con el Resucitado y con los hermanos. Signos de vida evidentes frente a los que no se tiene más opción que expresar como Santo Tomás: “¡Señor mío, Dios mío!”. El evangelio de este día nos presenta un drástico cambio a partir de la Resurrección de Jesús. Se inicia presentándonos una comunidad entrando a las penumbras de un anochecer, con las puertas cerradas a piedra y lodo, con el miedo aflorando en sus rostros y con un temor angustioso a las autoridades judías. Poco a poco se va dando paso a la esperanza y disipando las tinieblas, hasta terminar con la presentación de los discípulos arrebatados por el soplo del Espíritu para constituirse testigos de Jesús e invitando a “que ustedes crean que Jesús es el Mesías, y para que creyendo, tengan vida en su nombre”
Nuestra fe aparece con frecuencia demasiado convencional y vacía, solamente de tradiciones y costumbres religiosas, formalismos externos que fácilmente caen cuando enfrentan a un cuestionamiento serio. Cristianos de nombre, de papel y aburridos. Para los primeros cristianos el encuentro con el Resucitado fue un vendaval que los sacudió en su interior y una experiencia que trastocó toda su vida, sus costumbres y sus creencias. De los tonos oscuros que amenazaban con terminar con aquella comunidad adormecida y asustada, se pasa a la explosión radiante de luces y esperanzas fincadas en la victoria de quien ha dado la vida por nosotros y que al final ha vencido a la muerte. El encuentro con Jesús vivo y resucitado transforma a sus discípulos en personas nuevas, reanimadas, llenas de alegría y de paz. Al liberarlos del miedo y la cobardía, les abre nuevos horizontes y los impulsa a proclamar la Buena Nueva y dar testimonio, a todo el que lo quiera escuchar, del Cristo vivo y resucitado. Pareciera que el soplo de Jesús sobre ellos y sus palabras: “Reciban al Espíritu Santo”, produjera un doble movimiento que es fuerza en su corazón y que es impulso que los arrebata para manifestarse hacia los hermanos. Tan poderosa es la experiencia de la resurrección que quien la cree y la experimenta se compromete en una vida más humana, más plena y más feliz.
Los clavos en los pies y en las manos y la herida del costado, son signo de su amor y de su sufrimiento en su entrega por los otros y al mismo tiempo, huellas de su presencia en medio de nosotros. Son las señales del amor. No se puede experimentar a Jesús resucitado si no es a través de las llagas que ha dejado en su cuerpo: la marginación, el dolor y el sufrimiento de los pequeños y excluidos, de los denigrados e ignorados, de los desposeídos y sobreexplotados. ¿Cómo se mira el mundo a través del hueco de las heridas de Jesús? Intentemos mirarlo y descubriremos, sorprendentemente, que es imposible ocultar o disfrazar la miseria y el dolor de la humanidad pues aparecen nítidamente, pero percibidos con amor, con esperanza y con una entrega plena. No se puede mirar a través del hueco de sus llagas con egoísmo e indiferencia, pero tampoco con rencores y venganzas. Mirar a través de las llagas de Jesús es mirar con la certeza de que este mundo tiene el sentido que le da el inconmensurable amor de Jesús; es mirar con la esperanza de que su resurrección sigue obrando en medio de nosotros; y es vivir con el dinamismo de la nueva vida que su sangre derramada, sigue haciendo brotar. Este es el centro de la experiencia pascual: el encuentro con Alguien vivo, capaz de liberarnos del fatalismo y la negación, y de abrirnos un camino nuevo hacia la paz, la paz verdadera. Mirar a través de las llagas de Jesús es sumergirnos en su Pascua: muerte y resurrección. Las llagas son las señales de su Misericordia.
Las primeras comunidades han intuido todo lo que significa la resurrección de su Señor y por eso son capaces de iniciar un tiempo nuevo, con el domingo como día del Señor, con la escucha y reflexión de la palabra, con una mesa puesta a disposición de todos, donde el que necesita puede tomar, donde al que le sobra puede aportar, para hacer la mesa común. No se manifestará la resurrección de Jesús en medio de nosotros si no pasa por el compartir. La Eucaristía, el Cordero hecho pan para dar vida, se hace evidente cuando “nadie pasa necesidad”, cuando nadie es excluido y cuando la Palabra se comparte. Contemplemos hoy las llagas de Jesús que gritan resurrección, contemplemos también las señales de las primeras comunidades que tenían un solo corazón y una sola alma, y que se reunían diariamente en el templo y en las casas, compartían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón. ¿Qué señales estamos dando nosotros de resurrección? ¿Hacía a dónde nos lleva nuestra experiencia de Jesús vivo? ¿Dónde descubrimos y mostramos las llagas gloriosas? ¿Cómo es nuestra vida en comunidad y qué tan dispuestos estamos a compartir?
Señor mío y Dios mío, que pueda descubrirte en las llagas y heridas de mis hermanos para que, amándolos y compartiendo con ellos, pueda encontrar la verdadera paz que tú me ofreces. Amén

20 abril 2017

Trinidad, familia y pueblos originarios

Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas



VER
Nos hemos reunido en Quito, Ecuador, los integrantes el equipo asesor del CELAM sobre un asunto fronterizo, la teología india, para preparar el VI Simposio, que versará sobre el misterio de la Santísima Trinidad y su vivencia en los pueblos indígenas. Este evento, programado por el mismo CELAM en su plan de trabajo, se llevará a cabo en Asunción, Paraguay, en septiembre próximo. Su objetivo general será proseguir el camino de profundización de los contenidos doctrinales de la Teología India, para avanzar en su clarificación a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia. Son cuatro sus objetivos específicos: Profundizar en la fe católica sobre el misterio de la Trinidad en sus diversas expresiones a través de los tiempos y las culturas. Conocer, compartir y dialogar sobre el modo cómo viven los pueblos originarios el misterio de la Trinidad y la familia. Ofrecer elementos teológicos para acompañar pastoralmente a las familias originarias en los procesos de cambio que están viviendo. Celebrar la fe trinitaria con expresiones propias de las familias originarias. Nos importa mucho el tema de la familia, por todos los cambios culturales que está experimentando, aún en los lugares más apartados de las montañas y las selvas, convencidos de que tenemos una gran riqueza en la Revelación, que les ofrecemos, para ayudar a salvar la familia.
En los Simposios anteriores se han abordado temas muy importantes: El primero fue en Bogotá, en 1997, para empezar a desbrozar los prolegómenos. El segundo fue en Cochabamba, en 2002, para profundizar algunos contenidos introductorios. El tercero fue en Guatemala, den 2006, sobre Cristo en los pueblos indígenas. El cuarto fue en Lima, Perú, en 2011, sobre la teología de la creación en la fe católica y en los mitos, ritos y símbolos de los pueblos originarios cristianos en América Latina. El quinto fue en San Cristóbal de Las Casas, en 2014, sobre la Revelación de Dios y los pueblos originarios. Todos ellos se han hecho de común acuerdo y con participación de la Congregación para la Doctrina de la fe, pues desde que era su Prefecto el Cardenal Joseph Ratzinger, nos insistió en la importancia de realizar estos diálogos en comunión eclesial, participando los obispos designados por las Conferencias Episcopales para los temas indígenas, junto con teólogos que están elaborando y viviendo esta teología en los pueblos originarios. Se ha avanzado bastante, en un clima de discusión y apertura eclesial. Queremos mantenernos fieles y firmes en nuestra fe católica, pero con el corazón y la mente cercanos a las experiencias religiosas de los indígenas, en los cuales también actúa el Espíritu de Dios.

PENSAR
El Papa Francisco ha dicho: “Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia. El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo. Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce gozosamente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia. No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador” (EG 117).
“La teología, en diálogo con otras ciencias y experiencias humanas, tiene gran importancia para pensar cómo hacer llegar la propuesta del Evangelio a la diversidad de contextos culturales y de destinatarios. La Iglesia, empeñada en la evangelización, aprecia y alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de las ciencias. Convoco a los teólogos a cumplir este servicio como parte de la misión salvífica de la Iglesia. Pero es necesario que, para tal propósito, lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten con una teología de escritorio” (EG 133).

ACTUAR
El Espíritu de Dios, a través de los tiempos y las culturas, se expresa de diversas formas. Escuchémoslo en las vivencias religiosas de los pueblos indígenas, y ofrezcámosles siempre la plenitud de la Revelación que Jesucristo nos ha traído.

19 abril 2017

“Mirar constantemente a quien venció la muerte”

 El Papa en la Audiencia General


 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Nos encontramos hoy, en la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Cfr. cap. 15).
El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto estaba en el centro de las discusiones. La resurrección es el último tema afrontado en la Carta, pero probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se apoya en este presupuesto.
Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es el resultado de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús.
Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce (Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano.
Anunciando este hecho, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, que Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte, en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe, ¡No!, ha muerto, pero ha resucitado.
Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo ha muerto, y ha muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de Pascua.
Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se les aparece (Cfr. vv. 5-7). Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir, Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago. El último de la lista –como el menos digno de todos– es él mismo, Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).
Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero él no era un monaguillo, ¿no? Él era un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto –todo era perfecto en Pablo, sabía todo– en este cuadro perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco.
Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol, ¿Por qué? ¡Porque yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.
¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda en relación a Dios –una búsqueda, en verdad, casi incierta– sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para no dejarnos más.
El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender que cosa es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.
Y entonces, también si somos pecadores –pero todos lo somos– si nuestros propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos.
En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado. Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poco dentro. Ir ahí, y ver como Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más bellas en medio a las piedras más áridas.
Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande de la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más oscura de las noches.
Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55). En estos días de Pascua, llevemos este grito en el corazón. Y si nos dirán del porqué de nuestra sonrisa donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.

Segundo domingo de Pascua - Ciclo A



P. Antonio Rivero, L.C.


Textos: Hechos 2, 42-47; 1 Pe 1, 3-9; Jn 20, 19-31

Idea principal: Regalos de Cristo resucitado: paz, el sacramento del perdón y la última bienaventuranza.

Resumen del mensaje: A este día san Juan Pablo II llamó el domingo de la Misericordia, porque del corazón de Jesús lleno de ternura brotaron estos dones como rayos y reflejos de su Resurrección: la paz, los sacramentos y la última bienaventuranza donde Cristo nos confirma la fe en quienes creemos en Él (segunda lectura) y en quienes sufren las dudas del apóstol Tomás (evangelio). Con la celebración del presente domingo de la Misericordia concluimos la Octava de Pascua, es decir, de esta semana que la Iglesia nos invitó a considerar como un solo Día: “el Día en el cual actuó el Señor”. El evangelio de hoy nos relata la aparición de Jesús Misericordioso a sus discípulos, el día mismo de su resurrección, en que les derramó y confió el tesoro de su Paz y de sus Sacramentos, y confirmó nuestra fe y la fe de todos los “Tomases” del mundo que están llenos de dudas y con ansias de certezas (evangelio). Esa paz nos llevará después a vivir mejor la Eucaristía, a rezar con más fervor y practicar la caridad con nuestros hermanos (primera lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Cristo Misericordioso y Resucitado nos da su Paz, en hebrero Shalom ( שלום ), que significa un deseo de salud, armonía, paz interior, calma y tranquilidad para aquel o aquellos a quienes está dirigido el saludo. Paz como bienestar entre las personas, las naciones, y entre Dios y el hombre. Los apóstoles la habían perdido, después de la muerte de Cristo en el Calvario. Estaban realmente con la paz, la fe y la esperanza quebradas. Esa oscura turbación de los discípulos se ve disipada por la luz de la victoria del Señor, que llena sus corazones de serenidad y de alegría. San Agustín definía la paz como “la tranquilidad del orden”. Y puesto que hay un doble orden, el imperfecto de la tierra y el acabado del cielo, hay también una doble paz: la de la peregrinación y la de la patria. La insistencia de esta palabra “paz” en el Canon Romano de la misa es clara: la Iglesia ha recibido la misión de extender hasta los confines del mundo la paz de Cristo Resucitado y Misericordioso.

En segundo lugar, Cristo ya nos había regalado el Jueves Santo el sacramento de la Eucaristía. Ahora, de su corazón misericordioso saca este otro tesoro: el sacramento de la Reconciliación. Cristo envía a sus apóstoles con la misión de prolongar la suya propia: perdonar los pecados. La paz con Dios y con nuestros hermanos, don primero que comentamos, se perdió por culpa del pecado. Con el sacramento de la Reconciliación recuperamos esa paz que rompimos con el pecado. La Iglesia, después de la Resurrección de Cristo, es el instrumento mediante el cual el Señor va reduciendo todo bajo la soberanía de su reinado, el instrumento por el que se comunica la gracia divina, cuyo cauce ordinario son los sacramentos, ordenados a la reconciliación de los hombres con Dios, mediante la conversión.

Finalmente, otro de los regalos de la Resurrección de Jesús fue la confirmación de nuestra fe. La fe en la resurrección de Cristo es la verdad fundamental de nuestra salvación. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe…Todavía estáis en vuestros pecados”, dirá san Pablo. A la luz de la Resurrección cobran luminosidad todos los misterios que Dios nos ha revelado y confiado. Las dudas existenciales de Tomás tocaron el corazón de Jesús, hasta el punto que en su misericordia nos regaló la última bienaventuranza que nos atañe a todos los que no tuvimos la dicha de conocer al Cristo histórico de Palestina: “Bienaventurados los que creen sin haber visto”.

Para reflexionar: ¿experimentamos con frecuencia la paz de Dios a través de la Reconciliación sacramental? ¿Por qué dudamos con frecuencia de Dios y de su amor misericordioso? ¿Está firme nuestra fe en Cristo Resucitado o continuamente nos carcomen las dudas de fe?

Para rezar: Señor resucitado, dame tu perdón, y con tu perdón, la paz. Aumenta mi fe, para que viva sereno y confiado en mi vida cristiana. Tú eres fiel a tus promesas. Amén.

18 abril 2017

Sobre cómo tratamos a los inmigrantes


Tim Harford sigue los argumentos de los políticos, los expertos o los medios de comunicación, y se pregunta: ¿y si me aplicasen a mí esos principios… qué opinaría yo?

Me gustó encontrar en el Financial Times de hace unos días los comentarios de un economista, Tim Harford, sobre los argumentos que usamos para tratar de la cuestión de los inmigrantes, a partir de un principio ético tan claro como “trata a los demás como tú querrías que te tratasen a ti”. Harford sigue los argumentos de los políticos, los expertos o los medios de comunicación, y se pregunta: ¿y si me aplicasen a mí esos principios… qué opinaría yo?
Por ejemplo: hay que aplicar un sistema de “puntos”, que recoja los méritos de los inmigrantes potenciales para ser admitidos en el país, a partir de sus conocimientos, sus antecedentes, los idiomas que hablan, su experiencia profesional. Bien, dice Harford: ¿y si te dicen que no puedes cambiar de residencia de tu ciudad a otra porque “te faltan méritos”?
Otro ejemplo: las autoridades deberían elaborar un método para determinar si hacen falta personas con determinadas capacidades en un lugar. Aparte de que sería un sistema muy caro, lleno de burocracia y sometido a todo tipo de problemas de manipulación, corrupción y favoritismo, ¿qué diríamos si dijesen que no hacen falta los ingenieros que ella dice que necesita?
¡Ah!, está también el argumento de la “fuga de cerebros”, que aconseja que los más listos se queden en sus países de origen. O sea, si nos dicen que no podemos trasladarnos a otra ciudad, porque donde estamos ahora necesitan nuestros conocimientos…
Bueno, pues apliquemos un análisis coste-beneficio, para ver si conviene que vengan o no inmigrantes a nuestro países. Claro que esos análisis no suelen incluir los beneficios y costes de los propios inmigrantes, que, al fin y al cabo, son los más interesados en el caso.
Harford concluye que “debemos estar muy agradecidos a los que tienen la valentía y la energía de dejar sus casas y buscarse la vida en otro lugar”. Claro que esto supone una manera de ver los problemas que no suele ser la que aplicamos a los demás (aunque sí a nosotros mismos): poner a las personas por delante de las cosas, poner a los demás al menos a la misma altura que nosotros y responder más frecuentemente a la regla de oro: “trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti”. O sea: ¿me gustaría que me tratasen a mí del modo como yo trato a otros? Sí, ya lo sé, nosotros somos más guapos, más listos, tenemos un derecho adquirido y ya estamos aquí, de modo que… a ver si nos respetan. Vale. ¿Y si algún día tenemos que salir de nuestra comodidad? La ética es importante, sobre todo, porque habla de cómo cambio yo cuando tomo decisiones, no de qué efectos tienen mis decisiones sobre los demás.

Antonio Argandoña, en blog.iese.edu.

17 abril 2017

La resurrección de Jesús, ¿hecho o mito?


¿Cómo se explica? ¿Qué pruebas existen de que Jesús realmente resucitó? ¿Pudo ser robado el cuerpo de Cristo?

La Pascua es la fiesta central de la cristiandad. No hay otra celebración más importante dentro del calendario litúrgico. La palabra «Pascua» viene del idioma hebreo (pesáh) y del griego (pascha) y significa justamente «paso»; el «paso» de Jesús de la muerte a la vida.
Ese hecho «sucedido en la historia y al mismo tiempo un misterio de fe» es el centro de la vida cristiana. Así lo explica el profesor César Izquierdo, vicedecano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, en una entrevista concedida a ABC para aclarar qué hay de mito y realidad en la resurrección de Jesús.

La resurrección de Jesús, ¿es un hecho o un mito?

La resurrección de Jesús es un hecho acaecido en la historia y en nuestro mundo. No es, por tanto, un mito que solo tiene una relación simbólica con la existencia humana, como afirmó Bultmann el siglo pasado, y siguen afirmando, con matices distintos, autores contemporáneos. Pero la resurrección de Jesús no fue una vuelta a su anterior existencia humana, como había sucedido con Lázaro que, resucitado por Jesucristo, volvió a la vida y posteriormente moriría definitivamente. Jesús resucitó con su cuerpo pero a una vida no ya de este mundo, sino en Dios. Así realizó en él lo que sucederá al final del tiempo a todos los hombres.

¿Qué pruebas hay de que Jesús realmente resucitó?

La resurrección es un hecho sucedido en la historia y al mismo tiempo es un misterio de fe. Las «pruebas» de la resurrección son, en primer lugar, el valiente testimonio de los testigos, avalado por el sepulcro vacío en el que ya no estaba el cadáver de Jesús, y por las apariciones del Resucitado. Los testigos que afirmaban haberse encontrado verdaderamente con Jesús resucitado eran los mismos que lo habían abandonado por miedo durante la pasión. Como dice Benedicto XVI en su obra Jesús de Nazaret, «algo debió pasar» para que los apóstoles, que habían huido cobardemente de Jerusalén durante la pasión de Jesús, volvieran a los pocos días llenos de ardor a predicar que Cristo había resucitado; lo que pasó fue que el que había muerto en la cruz, resucitó. El testimonio de los apóstoles y de las mujeres que permanecieron fieles durante la pasión es coherente con el sepulcro vacío, sin el cual la resurrección carecería de objeto. A su vez las apariciones dan a conocer lo que había sucedido con el cuerpo de Jesús. El sepulcro vacío y las apariciones se implican mutuamente, y muestran que el testimonio apostólico, que afirma que Jesucristo resucitó verdaderamente, cuenta con un fundamento sólido.

¿Qué ocurre después de que Jesús dejase la sepultura?

Después de resucitado, Jesús no está sometido a las leyes del espacio y tiempo como durante su vida mortal. Está cercano a los hombres, como lo muestran las apariciones a los discípulos (en una ocasión «a más de quinientos hermanos» afirma san Pablo), pero no está disponible en un «aquí» determinado. Hasta la Ascensión, el Señor hace notar que está cerca de los discípulos, pero se muestra cuando y donde lo desea para fortalecer su fe.

La resurrección de Jesús coincide cronológicamente con la celebración de la Pascua. Es decir, ¿era domingo cuando se produjo la resurrección?

Jesús resucitó al tercer día, como afirman las Escrituras. Es decir, murió el día anterior al sábado de la Pascua judía, estuvo en el sepulcro ese sábado y resucitó al día siguiente. Entonces ese día no se llamaba domingo, sino el primer día después del sábado.
Precisamente la palabra «domingo» viene del modo en que los primeros cristianos lo llamaron: el dies Domini, es decir, el día del Señor, el día de la resurrección de Jesús. La Pascua judía generalmente coincide con el plenilunio de primavera, que puede caer cualquier día de la semana. Los cristianos, en cambio, siempre celebran la Pascua el domingo siguiente al plenilunio después de primavera (por tanto, después del 21 de marzo).

¿Creen los cristianos realmente que Jesús resucitó de entre los muertos?

La fe en la resurrección de Cristo es el centro de la fe cristiana. Subraya además un aspecto clave de esa fe que consiste en tomar en serio la encarnación. Cristo no es una idea o prototipo espiritual que sirve de inspiración para las diversas experiencias humanas; también es eso, pero sobre todo es el Hijo de Dios hecho hombre, el Mediador entre Dios y los hombres. Del mismo modo, la resurrección de Jesús no es una simple imagen aceptable para un espiritualismo desencarnado, sino un hecho que afecta esencialmente al cuerpo de Jesús que vence a la muerte y vive en la unidad personal de Jesucristo, muerto y resucitado. Porque Cristo ha resucitado, nuestra fe es firme y aparece atestiguada por el mismo Dios. La resurrección del Señor es lo que garantiza que su enseñanza, su vida, su infinito amor a los hombres, su entrega amorosa en la Pasión no era algo simplemente humano, por muy ejemplar y heroico que se pudiera considerar, sino que respondía a la presencia misma de Dios entre los hombres. Con su resurrección, Jesucristo manifiesta de modo pleno y confirma que es el Hijo de Dios hecho hombre. San Pablo dejó escrito algo que los cristianos comprendemos muy bien: si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de los hombres.

¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?

La resurrección de Jesús no tiene una explicación natural, sino que es un puro don, una gracia radical. Así como los acontecimientos humanos se preparan con lo que ocurre antes, y se puede saber más o menos lo que va a suceder, no pasa lo mismo con la resurrección del Señor. Humanamente, todo terminó con la muerte de Jesús en la Cruz. La resurrección es un hecho completamente nuevo, impredecible para los hombres aunque Cristo lo había anunciado, junto con su pasión. Mirando las cosas con atención, se ve sin embargo que, aunque nosotros no podemos explicar la resurrección porque es como una nueva creación, en cambio la resurrección lo explica todo: la vida, la muerte, el dolor, el perdón y la misericordia de Dios, la libertad y la responsabilidad humanas, la fidelidad a Dios y la entrega a los hermanos… Por la resurrección de Cristo, el cristiano solo puede mirar a la vida y a la muerte con optimismo y esperanza. Todos estamos llamados a unirnos a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado.

¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?

Del robo del cuerpo de Jesús ya se habla en el evangelio de san Mateo, cuando los jefes del pueblo aconsejaron a los soldados que habían sido testigos de los signos de la resurrección que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. Así que esa posibilidad es vieja, aunque algunos la han seguido renovando en relatos fantasiosos sobre la vida de Cristo. Nadie puede pensar seriamente que un engaño de ese tipo hubiera podido perdurar. En todo caso, las apariciones del Señor muestran que el cuerpo de Jesús no podía estar en ningún otro lugar que donde estaba él mismo. Finalmente, no es pensable que los discípulos de Cristo estuvieran dispuestos a dar su vida, y la dieran de hecho, por un engaño fabricado por ellos mismos. Si la dieron es porque sabían que verdaderamente Jesús de Nazaret, que había entregado su vida voluntariamente por amor a los hombres, había resucitado y seguía siendo el Señor.

Entrevista de Laura Daniele, en abc.es.