25 noviembre 2019

“Proteger toda vida”, abrazarla y recibirla “como se presenta”

Homilía del Papa en en Tokio

El evangelio que hemos escuchado es parte del primer gran sermón de Jesús; lo conocemos como el “Sermón de la montaña” y nos describe la belleza del camino que estamos invitados a transitar. Según la Biblia, la montaña es el lugar donde Dios se manifiesta y se da a conocer: «Sube hacia mí», le dijo Dios a Moisés (cf. Ex 24,1). Una montaña donde la cima no se alcanza con voluntarismo ni “carrerismo” sino tan solo con la atenta, paciente y delicada escucha del Maestro en medio de las encrucijadas del camino. La cima se hace llanura para regalarnos una perspectiva siempre nueva de todo lo que nos rodea, centrada en la compasión del Padre. En Jesús encontramos la cima de lo que significa ser humanos y nos muestra el camino que nos conduce a la plenitud capaz de desbordar todos los cálculos conocidos; en Él encontramos una vida nueva donde experimentar la libertad de sabernos hijos amados.
Pero somos conscientes de que, en el camino, esa libertad de hijos puede verse asfixiada y debilitada cuando quedamos encerrados en el círculo vicioso de la ansiedad y de la competitividad, o cuando concentramos toda nuestra atención y mejores energías en la búsqueda sofocante y frenética de productividad y consumismo como único criterio para medir y convalidar nuestras opciones o definir quiénes somos y cuánto valemos. Una medida que poco a poco nos vuelve impermeables o insensibles a lo importante impulsando el corazón a latir con lo superfluo o pasajero. ¡Cuánto oprime y encadena al alma el afán de creer que todo puede ser producido, conquistado o controlado!
Aquí en Japón, en una sociedad con la economía altamente desarrollada, me hacían notar los jóvenes esta mañana en el encuentro que tuve con ellos, que no son pocas las personas que están socialmente aisladas, que permanecen al margen, incapaces de comprender el significado de la vida y de su propia existencia. El hogar, la escuela y la comunidad, destinados a ser lugares donde cada uno apoya y ayuda a los demás, están siendo cada vez más deteriorados por la competición excesiva en la búsqueda de la ganancia y en la búsqueda de la eficiencia. Muchas personas se sienten confundidas e intranquilas, están abrumadas por demasiadas exigencias y preocupaciones que les quitan la paz y el equilibrio.
Como bálsamo reparador suenan las palabras del Señor a no inquietarnos, a confiar. Tres veces con insistencia nos dice: No se inquieten por su vida… por el día de mañana (cf. Mt 6,25.31.34). Esto no significa una invitación a desentendernos de lo que pasa a nuestro alrededor o volvernos irresponsables de nuestras ocupaciones y responsabilidades diarias; sino, por lo contrario, es una provocación a abrir nuestras prioridades a un horizonte más amplio de sentido y generar así espacio para mirar en su misma dirección: «Busquen primero el Reino de los cielos y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33).
El Señor no nos dice que las necesidades básicas, como la comida y la ropa, no sean importantes; nos invita, más bien, a reconsiderar nuestras opciones cotidianas para no quedar atrapados o aislados en la búsqueda del éxito a cualquier costo, incluso de la propia vida. Las actitudes mundanas que buscan y persiguen solo el propio rédito o beneficio en este mundo, y el egoísmo que pretende la felicidad individual, en realidad solo nos hacen sutilmente infelices y esclavos, además de obstaculizar el desarrollo de una sociedad verdaderamente armoniosa y humana.
Lo contrario al yo aislado, encerrado y hasta sofocado solo puede ser un nosotros compartido, celebrado y comunicado (cf. Audiencia general, 13 febrero 2019). Esta invitación del Señor nos recuerda que «necesitamos “consentir jubilosamente que nuestra realidad sea dádiva, y aceptar aun nuestra libertad como gracia. Esto es lo difícil hoy en un mundo que cree tener algo por sí mismo, fruto de su propia originalidad o de su libertad”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 55). De ahí que, en la primera lectura, la Biblia nos recuerda cómo nuestro mundo, lleno de vida y belleza, es ante todo un regalo maravilloso del Creador que nos precede: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1,31); belleza y bondad ofrecida para que también podamos compartirla y ofrecérsela a los demás, no como dueños o propietarios sino como partícipes de un mismo sueño creador. «El auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás» (Carta enc. Laudato si’, 70).
Frente a esta realidad, como comunidad cristiana somos invitados a proteger toda vida y testimoniar con sabiduría y coraje un estilo marcado por la gratuidad y la compasión, la generosidad y la escucha simple, capaz de abrazar y recibir la vida como se presenta «con toda su fragilidad y pequeñez, y hasta muchas veces con toda sus contradicciones e insignificancias» (Jornada Mundial de la Juventud, Panamá, Vigilia, 26 enero 2019). Se nos invita a ser una comunidad que pueda desarrollar esa pedagogía capaz de darle la «bienvenida a todo lo que no es perfecto, a todo lo que no es puro o destilado, pero no por eso menos digno de amor. ¿Acaso alguien por ser discapacitado o frágil no es digno de amor?, ¿alguien, por ser extranjero, por haberse equivocado, por estar enfermo o en una prisión, no es digno de amor? Así lo hizo Jesús: abrazó al leproso, al ciego y al paralítico, abrazó al fariseo y al pecador. Abrazó al ladrón en la cruz e inclusive abrazó y perdonó a quienes lo estaban crucificando» (ibíd.).
El anuncio del Evangelio de la Vida nos impulsa y exige, como comunidad, que nos convirtamos en un hospital de campaña, preparado para curar las heridas y ofrecer siempre un camino de reconciliación y perdón. Porque para el cristiano la única medida posible con la cual juzgar cada persona y situación es la de la compasión del Padre por todos sus hijos.
Unidos al Señor, cooperando y dialogando siempre con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y también con los de convicciones religiosas diferentes, podemos transformarnos en levadura profética de una sociedad que proteja y se haga cargo cada vez más de toda vida.

24 noviembre 2019

“Cristo está vivo y actúa en medio nuestro”

Homilía del Papa en Nagasaki


«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42).
En este último domingo del año litúrgico unimos nuestras voces a la del malhechor que, crucificado junto con Jesús, lo reconoció y lo proclamó rey. Allí, en el momento menos triunfal y glorioso, bajo los gritos de burlas y humillación, el bandido fue capaz de alzar la voz y realizar su profesión de fe. Son las últimas palabras que Jesús escucha y, a su vez, son las últimas palabras que Él dirige antes de entregarse a su Padre: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). El pasado tortuoso del ladrón parece, por un instante, cobrar un nuevo sentido: acompañar de cerca el suplicio del Señor; y este instante no hace más que corroborar la vida del Señor: ofrecer siempre y en todas partes la salvación. El calvario, lugar de desconcierto e injusticia, donde la impotencia y la incomprensión se encuentran acompañadas por el murmullo y cuchicheo indiferente y justificador de los burlones de turno ante la muerte del inocente, se transforma, gracias a la actitud del buen ladrón, en una palabra de esperanza para toda la humanidad. Las burlas y los gritos de ¡sálvate a ti mismo! frente al inocente sufriente no serán la última palabra; es más, despertarán la voz de aquellos que se dejen tocar el corazón y se decidan por la compasión como auténtica forma para construir la historia.
Hoy aquí queremos renovar nuestra fe y nuestro compromiso; conocemos bien la historia de nuestras faltas, pecados y limitaciones, al igual que el buen ladrón, pero no queremos que eso sea lo que determine o defina nuestro presente y futuro. Sabemos que no son pocas las veces que podemos caer en la atmósfera comodona del grito fácil e indiferente del “sálvate a ti mismo”, y perder la memoria de lo que significa cargar con el sufrimiento de tantos inocentes. Estas tierras experimentaron, como pocas, la capacidad destructora a la que puede llegar el ser humano. Por eso, como el buen ladrón, queremos vivir ese instante donde poder levantar nuestras voces y profesar nuestra fe en la defensa y el servicio del Señor, el Inocente sufriente. Queremos acompañar su suplicio, sostener su soledad y abandono, y escuchar, una vez más, que la salvación es la palabra que el Padre nos quiere ofrecer a todos: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Salvación y certeza que testimoniaron valientemente con su vida san Pablo Miki y sus compañeros, así como los miles de mártires que jalonan vuestro patrimonio espiritual. Sobre sus huellas queremos caminar, sobre sus pasos queremos andar para profesar con valentía que el amor dado, entregado y celebrado por Cristo en la cruz, es capaz de vencer sobre todo tipo de odio, egoísmo, burla o evasión; es capaz de vencer sobre todo pesimismo inoperante o bienestar narcotizante, que termina por paralizar cualquier buena acción y elección. Nos lo recordaba el Concilio Vaticano II, lejos están de la verdad quienes sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello podemos descuidar nuestros deberes terrenos, no advirtiendo que, precisamente, por esa misma fe profesada estamos obligados a realizarlos de una manera tal que den cuenta y transparenten la nobleza de la vocación con la que hemos sido llamados (cf. Const. past. Gaudium et spes, 43).
Nuestra fe es en el Dios de los Vivientes. Cristo está vivo y actúa en medio nuestro, conduciéndonos a todos hacia la plenitud de vida. Él está vivo y nos quiere vivos, es nuestra esperanza (cf. Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 1). Lo imploramos cada día: venga a nosotros tu Reino, Señor. Y al hacerlo queremos también que nuestra vida y nuestras acciones se vuelvan una alabanza. Si nuestra misión como discípulos misioneros es la de ser testigos y heraldos de lo que vendrá, no podemos resignarnos ante el mal y los males, sino que nos impulsa a ser levadura de su Reino dondequiera que estemos: familia, trabajo, sociedad; ser una pequeña abertura en la que el Espíritu siga soplando esperanza entre los pueblos. El Reino de los cielos es nuestra meta común, una meta que no puede ser sólo para el mañana, sino que la imploramos y la comenzamos a vivir hoy, al lado de la indiferencia que rodea y silencia tantas veces a nuestros enfermos y discapacitados, a los ancianos y abandonados, a los refugiados y trabajadores extranjeros: todos ellos sacramento vivo de Cristo, nuestro Rey (cf. Mt 25,31-46); porque «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (S. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 49).
En el Calvario, muchas voces callaban, tantas otras se burlaban, tan sólo la del ladrón fue capaz de alzarse y defender al inocente sufriente; toda una valiente profesión de fe. Está en cada uno de nosotros la decisión de callar, burlar o profetizar. Queridos hermanos: Nagasaki lleva en su alma una herida difícil de curar, signo del sufrimiento inexplicable de tantos inocentes; víctimas atropelladas por las guerras de ayer pero que siguen sufriendo hoy en esta tercera guerra mundial a pedazos. Alcemos nuestras voces aquí en una plegaria común por todos aquellos que hoy están sufriendo en su carne este pecado que clama al cielo, y para que cada vez sean más los que, como el buen ladrón, sean capaces de no callar ni burlarse, sino con su voz profetizar un reino de verdad y justicia, de santidad y gracia, de amor y de paz1.

23 noviembre 2019

Solemnidad de Cristo Rey

Evangelio (Lc 23,35-43)

El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían:
−Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido.
Los soldados se burlaban también de él; se acercaban y ofreciéndole vinagre decían:
−Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Encima de él había una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados le injuriaba diciendo:
−¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro le reprendía:
−¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal.
Y decía:
−Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.
Y le respondió:
−En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.


Comentario

La Solemnidad de Cristo Rey cierra el año litúrgico que se había iniciado el año 2018 con el tiempo de Adviento. Y la Iglesia propone para el evangelio de la Misa la escena de la agonía de Jesús en la cruz, en medio de las burlas de los circunstantes y con la inscripción que lo declara con publicidad e ironía como rey de los judíos.
El reino de Cristo es misterioso y aparece en esta escena como oculto. El Papa Francisco comentaba que este evangelio presenta la realeza de Jesús “de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica”. Y el Papa concluía: “la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente”.
San Lucas es quizá el evangelista que más ha subrayado este amor misericordioso de Jesús durante su pasión; un amor capaz de soportarlo todo para salvarnos. Es quien recoge por ejemplo el ruego de Jesús al Padre por sus verdugos (v. 34); y narra uno de los episodios lucanos más característicos: la conversión del buen ladrón, que aparece en esta escena como la primicia de la victoria de Cristo y de su misterioso reinado.
El ladrón desarrolla en este episodio las virtudes necesarias para acoger el reino de Dios. Como explica san Gregorio Magno, “tuvo fe, porque creyó que reinaría con Dios, a quien veía morir a su lado; tuvo esperanza, porque pidió entrar en su reino, y tuvo caridad, porque reprendió con severidad a su compañero de latrocinios, que moría al mismo tiempo que él, y por la misma culpa”. Aquel hombre sufría los mismos tormentos que Jesús. Pero en vez de unirse a las burlas del resto y echarle en cara su aparente pasividad ante la injusticia, sabe reconocer en el nazareno, compañero de suplicio, al Hijo de Dios.
Por otro lado, el buen ladrón manifiesta una disposición fundamental demandada al otro ladrón: “¡ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios!” (v. 40). El temor de Dios significa aquí asumir con responsabilidad y sinceridad las consecuencias de los propios actos, sin echarle a Dios la culpa de ellos. Es lo que el ladrón le explica al otro malhechor: “Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal”. El temor de Dios mueve al buen ladrón a reconocer y confesar su culpa. Así pasa, mediante la contrición, del temor al amor: “¡Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!” (v. 43). Y recibe entonces no solo el perdón de Dios sino también la promesa del paraíso. Como explica san Ambrosio, “el Señor concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él, pero el Señor le dice lo que sigue: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso". La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su reino”. La actitud contrita del buen ladrón le mereció todo el amor de Dios y entrar en su reino. A propósito de esta escena san Josemaría comentaba: “He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: "Peto quod petivit latro pœnitens", y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido! “Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se "abrió" las puertas del Cielo”.
Fuente: opusdei.org

“No le tengan miedo al futuro ni se dejen achicar”

Homilía del Papa en la catedral de Bangkok

El evangelio que acabamos de escuchar nos invita a ponernos en movimiento y mirar al futuro para encontrarnos con lo más hermoso que nos quiere regalar: la venida definitiva de Cristo a nuestras vidas y a nuestro mundo. ¡Démosle la bienvenida en medio nuestro con inmensa alegría y amor, como sólo ustedes jóvenes lo pueden hacer! Antes que nosotros salgamos a buscarlo, sabemos que el Señor nos busca, viene a nuestro encuentro y nos llama desde la necesidad de una historia por hacer, por crear e inventar. Vamos hacia adelante con alegría porque sabemos que allí nos espera.
El Señor sabe que, por medio de ustedes, jóvenes, entra el futuro en estas tierras y en el mundo, y con ustedes cuenta para llevar adelante su misión hoy (cf. Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 174). Así como Dios tenía un plan para el pueblo elegido, también tiene un plan para cada uno de ustedes. Él es el primero en soñar con invitarnos a todos a un banquete que tenemos que preparar juntos, Él y nosotros, como comunidad: el banquete de su Reino en el que nadie podría quedar afuera.
El evangelio de hoy nos habla de diez jóvenes invitadas a mirar el futuro y formar parte de la fiesta del Señor. El problema fue que algunas de ellas no estaban preparadas para recibirlo; no porque se hayan quedado dormidas sino porque les faltó el aceite necesario, el combustible interior para mantener encendido el fuego del amor. Tenían un gran impulso y motivación, querían participar del llamado y la convocatoria del Maestro, pero con el tiempo se fueron apagando, se les fueron agotando las fuerzas y las ganas, y llegaron tarde. Una parábola de lo que nos puede suceder a todos los cristianos cuando, llenos de impulsos y de ganas, sentimos el llamado del Señor a tomar parte en su Reino y a compartir su alegría con los demás. Es frecuente que, frente a los problemas y obstáculos, –que muchas veces son tantos, como cada uno de ustedes en su corazón lo sabe muy bien–; frente al sufrimiento de personas queridas, o a la impotencia de experimentar situaciones que parecen imposibles de ser cambiadas, entonces la incredulidad y la amargura pueden ganar espacio e infiltrarse silenciosamente en nuestros sueños, haciendo que se enfríe nuestro corazón, se pierda la alegría y que lleguemos tarde.
Por eso, me gustaría preguntarles: ¿Quieren mantener vivo el fuego capaz de iluminarlos en medio de la noche y en medio de las dificultades?, ¿quieren prepararse para responder al llamado del Señor?, ¿quieren estar listos para hacer su voluntad? ¿Cómo procurarse el aceite que los va a mantener en movimiento y los impulsa a buscar al Señor en cada situación?
Ustedes son herederos de una hermosa historia de evangelización que les fue transmitida como un tesoro sagrado. Esta hermosa catedral es testigo de la fe en Jesucristo que tuvieron sus antepasados: su fidelidad, profundamente arraigada, los impulsó a hacer buenas obras, a construir ese otro templo más hermoso todavía, compuesto de piedras vivas para poder llevar el amor misericordioso de Dios a todas las personas de su tiempo. Pudieron hacer esto porque estaban convencidos de lo que el profeta Oseas proclamó en la primera lectura de hoy: Dios les había hablado con ternura, los había abrazado con firme amor para siempre (cf. Os 2,16.21).
Queridos amigos, para que el fuego del Espíritu Santo no se apague, y puedan mantener viva la mirada y el corazón, es necesario estar bien arraigados en la fe de nuestros mayores: padres, abuelos y maestros. No para quedarse presos del pasado, sino para aprender a tener ese coraje capaz de ayudarnos a responder a las nuevas situaciones históricas. La de ellos fue una vida que resistió muchas pruebas y mucho sufrimiento. Pero en el camino, descubrieron que el secreto de un corazón feliz es la seguridad que encontramos cuando estamos anclados, enraizados en Jesús: enraizados en la vida de Jesús, en sus palabras, en su muerte y resurrección.
«A veces he visto árboles jóvenes, bellos, que elevaban sus ramas al cielo buscando siempre más, y parecían un canto de esperanza. Más adelante, después de una tormenta, los encontré caídos, sin vida. Porque tenían pocas raíces, habían desplegado sus ramas sin arraigarse bien en la tierra, y así sucumbieron ante los embates de la naturaleza. Por eso me duele ver que algunos les propongan a los jóvenes construir un futuro sin raíces, como si el mundo comenzara ahora. Porque es imposible que alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra». Chicas y chicos: «Es muy fácil “volarse” cuando no hay desde donde agarrarse, de donde sujetarse» (Exhort. ap. postsin.Christus vivit, 179).
Sin este firme sentido de arraigo, podemos quedar desconcertados por las “voces” de este mundo que compiten por nuestra atención. Muchas de estas voces son atractivas, propuestas bien maquilladas que al inicio parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente terminan dejando el vacío, el cansancio, la soledad y la desgana (cf. ibíd., 277), y van apagando esa chispa de vida que el Señor encendió un día en cada uno.
Queridos jóvenes: Ustedes son una nueva generación, con nuevas esperanzas, nuevos sueños y nuevas preguntas; seguramente también con algunas dudas, pero, arraigados en Cristo, los invito a mantener viva la alegría y a no tener miedo de mirar el futuro con confianza. Arraigados en Cristo, miren con alegría y miren con confianza. Esta situación nace de saberse buscados, encontrados y amados infinitamente por el Señor. La amistad cultivada con Jesucristo es el aceite necesario para iluminar el camino, vuestro camino, pero también el de todos los que los rodean: amigos, vecinos, compañeros de estudio y de trabajo, incluso el de aquellos que están en total desacuerdo con ustedes.
¡Salgamos al encuentro de Cristo el Señor que viene! No le tengan miedo al futuro ni se dejen achicar; por el contrario, sepan que ahí en el futuro el Señor los está esperando para preparar y celebrar la fiesta de su Reino.

22 noviembre 2019

“Miembros de la familia humana”, constructores de una cultura de “valores compartidos”

El Papa a los líderes religiosos en Tailandia

Señor Cardenal,
Hermanos en el episcopado,
Distinguidos Representantes de las diferentes confesiones religiosas,
Representantes de la Comunidad Universitaria,
Queridos amigos:
Gracias por vuestra cordial bienvenida. Agradezco al Obispo Sirisut y al Dr. Bundit Eua-arporn sus amables palabras. Agradezco también la invitación a visitar esta famosa Universidad, a los estudiantes, docentes y personal que dan vida a esta casa de estudios, así como la oportunidad que me brindan de encontrarme con representantes de las diferentes Comunidades cristianas, y con los líderes de otras religiones que nos honran con su presencia. Les manifiesto mi agradecimiento por vuestra presencia aquí, y mi especial estima y reconocimiento por la valiosa herencia cultural y las tradiciones espirituales de las que son hijos y testigos.
Hace ciento veintidós años, en 1897, el rey Chulalongkorn, de quien toma el nombre esta primera universidad, visitó Roma y tuvo una audiencia con el Papa León XIII: era la primera vez que un Jefe de Estado no cristiano fue recibido en el Vaticano. El recuerdo de ese importante encuentro, así como el reinado llevado adelante por él, caracterizado entre tantas virtudes por la abolición de la esclavitud, nos cuestiona y nos anima a asumir un protagonismo tenaz en el camino del diálogo y del entendimiento mutuo. Y esto habría que hacerlo en un espíritu de compromiso fraterno que ayude a poner fin a tantas esclavitudes que persisten en nuestros días, pienso especialmente en el flagelo del tráfico y de la trata de personas.
La necesidad de reconocimiento y valoración mutua, así como la cooperación entre las religiones, es aún más apremiante para la humanidad actual; el mundo de hoy se enfrenta a problemáticas complejas, como la globalización económico-financiera y sus graves consecuencias en el desarrollo de las sociedades locales; los rápidos avances —promotores aparentemente de un mundo mejor— conviven con la trágica persistencia de conflictos civiles: migratorios, refugiados, hambrunas y bélicos; y conviven también con la degradación y destrucción de nuestra casa común. Todas estas situaciones nos alertan y recuerdan que ninguna región ni sector de nuestra familia humana puede pensarse o construirse ajena o inmune a las demás. Son todas situaciones que, a su vez, nos exigen aventurarnos a tejer nuevas formas de construir la historia presente sin necesidad de denigrar o denostar a nadie. Se acabaron las épocas donde la lógica de la insularidad podía predominar en la concepción del tiempo y del espacio, e imponerse como mecanismo válido para la resolución de los conflictos. Hoy es tiempo de atreverse a imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio. Y, de este modo, ofrecer un nuevo paradigma para la resolución de conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y salvaguardar la creación. Creo que, en este campo, las religiones, así como las universidades, sin necesidad de renunciar a las propias notas esenciales y dones particulares, tenemos mucho para aportar y ofrecer; todo lo que hagamos en este sentido es un paso significativo para garantizar a las generaciones más jóvenes su derecho al futuro, y será también un servicio a la justicia y a la paz. Sólo así les proporcionaremos las herramientas necesarias para que sean ellos los principales protagonistas en la forma de generar estilos de vida sustentables e inclusivos.
Estos tiempos nos exigen construir bases sólidas, ancladas en el respeto y reconocimiento de la dignidad de las personas, en la promoción de un humanismo integral capaz de reconocer y reclamar la defensa de nuestra casa común; en una administración responsable, que conserve la belleza y la exuberancia de la naturaleza como un derecho fundamental para la existencia. Las grandes tradiciones religiosas de nuestro mundo dan testimonio de un patrimonio espiritual, trascendente y ampliamente compartido, que puede ofrecer sólidos aportes en este sentido, si somos capaces de aventurarnos a no tener miedo de encontrarnos.
Todos nosotros estamos llamados, no sólo a prestar atención a la voz de los pobres en nuestro entorno: los marginados, los oprimidos, los pueblos indígenas y las minorías religiosas, sino también a no tener miedo de generar instancias, como ya tímidamente se vienen desarrollando, donde poder unirnos y trabajar mancomunadamente. A su vez, se nos pide abrazar el imperativo de defender la dignidad humana y respetar los derechos de conciencia y libertad religiosa, y crear espacios donde ofrecer un poco de aire fresco en la certeza de que «no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan» (Carta enc. Laudato si’, 205).
Aquí en Tailandia, país de gran belleza natural, quisiera subrayar una nota distintiva que considero crucial, y en cierta medida parte de las riquezas a “exportar” y compartir con otras regiones de nuestra familia humana. Ustedes valoran y cuidan a sus ancianos, es una gran riqueza, los respetan y les dan un lugar reverencial, que les garantizan a ustedes las raíces necesarias, para que vuestro pueblo no se marchite detrás de determinados slogans que terminan por vaciar e hipotecar el alma de las nuevas generaciones. Junto a la tendencia creciente de desacreditar los valores y las culturas locales, por imposición de un modelo único, también «vemos una tendencia a “homogeneizar” a los jóvenes, a disolver las diferencias propias de su lugar de origen, a convertirlos en seres manipulables hechos en serie. Así se produce una destrucción cultural, que es tan grave como la desaparición de especies» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 186). Continúen haciéndoles conocer a los más jóvenes el bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, a encontrarse con sus raíces haciendo memoria, a encontrarse con sus ancianos, es un verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán tomar (cf. ibíd., 187).
Toda esta perspectiva implica necesariamente el papel de instituciones educativas como esta Universidad. La investigación, el conocimiento, ayudan a abrir nuevos caminos para reducir la desigualdad entre las personas, fortalecer la justicia social, defender la dignidad humana, buscar las formas de resolución pacífica de conflictos y preservar los recursos que dan vida a nuestra tierra. Mi agradecimiento se dirige, de modo particular, a los educadores y académicos de este país que trabajan para proporcionar a las generaciones presentes y futuras las habilidades y, sobre todo, la sabiduría de raíz ancestral, que les permitirá participar en la promoción del bien común de la sociedad.
Queridos hermanos: Todos somos miembros de la familia humana y cada uno, desde el lugar que ocupa, está invitado a ser actor y gestor directo en la construcción de una cultura basada en valores compartidos, que conduzcan a la unidad, al respeto mutuo y a la convivencia armoniosa.
Una vez más, les agradezco su invitación y su atención. Ofrezco mi oración y mis mejores deseos por sus esfuerzos, que están orientados a servir el desarrollo de Tailandia en prosperidad y paz. Sobre ustedes aquí presentes, sobre sus familias y sobre aquellos a quienes sirven, invoco la bendición divina. Y también les pido que por favor lo hagan también por mí.
Muchas gracias.

21 noviembre 2019

Salir al “camino” para encontrar a madres y hermanos, regalo de Dios

Homilía del Papa en Bangkok

«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» (Mt 12,48).
Con esta pregunta, Jesús desafió a toda aquella multitud que lo escuchaba a preguntarse por algo que puede parecer tan obvio como seguro: ¿quiénes son los miembros de nuestra familia, aquellos que nos pertenecen y a quienes pertenecemos? Dejando que la pregunta hiciera eco en ellos de forma clara y novedosa responde: «Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). De esta manera rompe no sólo los determinismos religiosos y legales de la época, sino también todas las pretensiones excesivas de quienes podrían creerse con derechos o preferencias sobre Él. El Evangelio es una invitación y un derecho gratuito para todos aquellos que quieran escuchar.
Es sorprendente notar cómo el Evangelio está tejido de preguntas que buscan inquietar, despertar e invitar a los discípulos a ponerse en camino, para que descubran esa verdad capaz de dar y generar vida; preguntas que buscan abrir el corazón y el horizonte al encuentro de una novedad mucho más hermosa de lo que pueden imaginar. Las preguntas del Maestro siempre quieren renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad con una alegría sin igual (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).
Así les pasó a los primeros misioneros que se pusieron en camino y llegaron a estas tierras; escuchando la palabra del Señor, buscando responder a sus preguntas, pudieron ver que pertenecían a una familia mucho más grande que aquella que se genera por los lazos de sangre, de cultura, de región o de pertenencia a un determinado grupo. Impulsados por la fuerza del Espíritu, y cargados sus bolsos con la esperanza que nace de la buena noticia del Evangelio, se pusieron en camino para encontrar a los miembros de esa familia suya que todavía no conocían. Salieron a buscar sus rostros. Era necesario abrir el corazón a una nueva medida, capaz de superar todos los adjetivos que siempre dividen, para descubrir a tantas madres y hermanos thai que faltaban en su mesa dominical. No sólo por todo lo que podían ofrecerles sino también por todo lo que necesitaban de ellos para crecer en la fe y en la comprensión de las Escrituras (cf. CONC. VAT. II, Const. dogm. Dei Verbum, 8).
Sin ese encuentro, al cristianismo le hubiese faltado vuestro rostro; le hubiesen faltado los cantos, los bailes, que configuran la sonrisa thai tan particular de estas tierras. Así vislumbraron mejor el designio amoroso del Padre, que es mucho más grande que todos nuestros cálculos y previsiones, y que no puede reducirse a un puñado de personas o a un determinado contexto cultural. El discípulo misionero no es un mercenario de la fe ni un generador de prosélitos, sino un mendicante que reconoce que le faltan sus hermanos, hermanas y madres, con quienes celebrar y festejar el don irrevocable de la reconciliación que Jesús nos regala a todos: el banquete está preparado, salgan a buscar a todos los que encuentren por el camino (cf. Mt 22,4.9). Este envío es fuente de alegría, gratitud y felicidad plena, porque «le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 8).
Han pasado 350 años de la creación del Vicariato Apostólico de Siam (1669-2019), signo del abrazo familiar producido en estas tierras. Tan sólo dos misioneros fueron capaces de animarse a sembrar las semillas que, desde hace tanto tiempo, vienen creciendo y floreciendo en una variedad de iniciativas apostólicas, que han contribuido a la vida de la nación. Este aniversario no significa nostalgia del pasado sino fuego esperanzador para que, en el presente, también nosotros podamos responder con la misma determinación, fortaleza y confianza. Es memoria festiva y agradecida que nos ayuda a salir alegremente a compartir la vida nueva, que viene del Evangelio, con todos los miembros de nuestra familia que aún no conocemos.
Todos somos discípulos misioneros cuando nos animamos a ser parte viva de la familia del Señor y lo hacemos compartiendo como Él lo hizo: no tuvo miedo de sentarse a la mesa con los pecadores, para asegurarles que en la mesa del Padre y de la creación había también un lugar reservado para ellos; tocó a los que se consideraban impuros y, dejándose tocar por ellos, les ayudó a comprender la cercanía de Dios, es más, a comprender que ellos eran los bienaventurados (cf. S. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsin. Ecclesia in Asia, 11).
Pienso especialmente en esos niños, niñas y mujeres, expuestos a la prostitución y a la trata, desfigurados en su dignidad más auténtica; pienso en esos jóvenes esclavos de la droga y el sin sentido que termina por nublar su mirada y cauterizar sus sueños; pienso en los migrantes despojados de su hogar y familias, así como tantos otros que, como ellos, pueden sentirse olvidados, huérfanos, abandonados, «sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49). Pienso en pescadores explotados, en mendigos ignorados.
Ellos son parte de nuestra familia, son nuestras madres y nuestros hermanos, no le privemos a nuestras comunidades de sus rostros, de sus llagas, de sus sonrisas y de sus vidas; y no le privemos a sus llagas y a sus heridas de la unción misericordiosa del amor de Dios. El discípulo misionero sabe que la evangelización no es sumar membresías ni aparecer poderosos, sino abrir puertas para vivir y compartir el abrazo misericordioso y sanador de Dios Padre que nos hace familia.
Querida comunidad tailandesa: Sigamos en camino, tras las huellas de los primeros misioneros, para encontrar, descubrir y reconocer alegremente todos esos rostros de madres, padres y hermanos, que el Señor nos quiere regalar y le faltan a nuestro banquete dominical.

20 noviembre 2019

Viaje a Tailandia: El Papa llega a Bangkok

LARISSA I. LÓPEZ


Recibimiento en el aeropuerto
El Santo Padre llegó al aeropuerto de Bangkok, capital del país, en torno a las 12:05 hora local (06:05 h. en Roma). El avión A330 de Alitalia, partió desde el aeropuerto internacional de Roma-Fiumicino a las 19:16 horas de la capital italiana.
Durante el vuelo a Bangkok, al sobrevolar Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia,
Montenegro, Bulgaria, Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán, India y Myanmar, la Antigua República Yugoslava de Macedonia y sus Estados miembros, Francisco envió mensajes telegráficos a los respectivos jefes de Estado.

Bienvenida
Tras bajar del avión, Francisco fue acogido por un miembro del Consejo de la Corona que le ofreció unas flores “garland” y por sor Ana Rosa Sivori, religiosa de la Hijas de María Auxiliadora y prima del Papa, que ejercerá de intérprete en algunas reuniones en Tailandia.
Después, el Pontífice saludó a las autoridades, a los obispos tailandeses y a 11 niños vestidos con trajes tradicionales y atravesó la Guardia de Honor.
Los miembros del Consejo de la Corona acompañaron al Pontífice al coche para dirigirse a la Nunciatura Apostólica. En el aeropuerto se encontraban reunidos un grupo de fieles a los que el Papa saludó antes de partir.
 A su llegada a la nunciatura, el Obispo de Roma fue acogido por algunos seminaristas, novicios y religiosos y por algunos jóvenes de la parroquia de al lado de la Nunciatura Apostólica que realizaron una danza con trajes tradicionales.
En el día de hoy, el Obispo de Roma tiene previsto almorzar en la Nunciatura Apostólica, donde celebrará la Misa y también cenará. Todos estos eventos son de carácter privado.
Tailandia
De acuerdo a los datos proporcionados por el Gobierno de España, Tailandia es un país situado en el sureste asiático. Limita al este con Camboya y Laos, al oeste con Myanmar y el mar de Andamán, y al sur con el Golfo de Tailandia y Malasia.
La población total de la nación es de 68,10 millones. Bangkok, capital del país, es una de las ciudades más pobladas del mundo, que cuenta con 8,2 millones de habitantes según estimaciones de 2017, 15 millones incluyendo la zona metropolitana.
La segunda ciudad del país es Chiang Mai, que presenta 1,5 millones de habitantes. Otras ciudades relevantes son: Chiang Rai, Pattaya, Nakorn Ratchasima, Chantaburi, Rayong, Songkla y Phuket, aunque Francisco solo acudirá a Bangkok en esta ocasión.
Forma de Estado, lengua y religión
Tailandia es una monarquía constitucional. El jefe del Estado y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas es, desde el 1 de diciembre de 2017, el Rey Maha Vajiralongkorn Bodindradebayavarangkun, décimo rey de la dinastía Chakri.
La lengua oficial es el tailandés. En ciudades y centros turísticos se utiliza el inglés para el comercio, los negocios y los servicios, pero su conocimiento es limitado entre la población. El uso de otros idiomas occidentales, entre ellos el español, es muy escaso.
En cuanto a la religión, la más extendida es el budismo Theravada, que profesa el 94% de la población. Existe una minoría musulmana en el sur (5%) y una comunidad cristiana de un millón de personas, de los cuales unos 300.000 son católicos.
Las relaciones entre cristianos y budistas son el resultado de un diálogo que se viene manteniendo desde hace cientos de años. Hasta la fecha hay once diócesis y archidiócesis en el país.
Archidiócesis de Bangkok
La arquidiócesis de Bangkok ostenta 121.039  fieles católicos, su arzobispo es el cardenal Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij.
En ella hay 55 parroquias, dos iglesias, 148 sacerdotes regulares diocesanos, 10 seminaristas. Los institutos religiosos masculinos tienen 251 miembros y los femeninos 424. Además, existen 134 institutos de educación, 40 de beneficencia y en el último año la cifra de bautizados ha sido de 1.284 personas.
El Santo Padre llega a Tailandia para celebrar junto a los católicos el 350 aniversario del establecimiento del Vicariato Apostólico de Siam, erigido en 1669.

19 noviembre 2019

Viaje Apostólico del Papa a Tailandia y Japón


Agenda

Martes, 19 de noviembre de 2019
Roma─Bangkok
19:00 - Salida en avión desde el aeropuerto de Roma/Fiumicino hacia Bangkok.
Miércoles, 20 de noviembre de 2019
Roma─Bangkok
12:30 - Llegada al Military Air Terminal 2 de Bangkok.
Recibimiento oficial en el Military Air Terminal 2 de Bangkok.
Jueves, 21 de noviembre de 2019
Bangkok
Ceremonia de bienvenida en el patio de la Casa de Gobierno.
Encuentro con el Primer Ministro en la “Inner Ivory Room” de la Casa de Gobierno.
Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en la Sala “Inner Santi Maitri” de la Casa de Gobierno.
Visita al Patriarca Supremo Budista en el templo Wat Ratchabophit Sathit Maha Simaram.
Encuentro con el personal médico personal Médico del St. Louis Hospital.
Visita privada a los enfermos y personas discapacitadas en el St. Louis Hospital.
Almuerzo en la Nunciatura Apostólica.
Visita privada a Su Majestad el Rey Maha Vajiralongkorn “Rama X” en el Amphorn Royal Palace.
Santa Misa en el Estadio nacional.
Viernes, 22 de noviembre de 2019
Bangkok
Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, seminaristas y catequistas en la parroquia de San Pedro.
Encuentro con los obispos de Tailandia y de la FABC en el Santuario del Beato Nicolás Boonkerd Kitbamrung.
Encuentro privado con los miembros de la Compañía de Jesús en una sala adyacente al Santuario.
Almuerzo en la Nunciatura Apostólica.
Encuentro con los líderes cristianos y de otras religiones en la Chulalongkorn University.
Santa Misa con los jóvene en la Catedral de la Asunción.
Sábado, 23 de noviembre de 2019
Bangkok -Tokio
Ceremonia de despedida en el Military Air Terminal 2 de Bangkok.
09.30 - Salida en avión hacia Tokio.
17.40 - Llegada al aeropuerto de Tokio-Haneda.
Ceremonia de bienvenida en el aeropuerto de Tokyo-Haneda.
Encuentro con los obispos en la Nunciatura Apostólica.
Domingo, 24 de noviembre de 2019
Tokio─Nagasaki─Hiroshima─Tokio
07.00 - Salida en avión hacia Nagasaki.
09.20 - Llegada al aeropuerto de Nagasaki.
Mensaje sobre las armas nucleares en el Atomic Bomb Hypocenter Park.
Homenaje a los santos mártires en el Monumento de los Mártires - Nishizaka Hill.
Almuerzo en el arzobispado.
Santa Misa en el Estadio de Béisbol.
16.35 - Salida en avión hacia Hiroshima.
17.45 - Llegada al aeropuerto de Hiroshima.
Encuentro por la paz en el Memorial de la Paz.
20.25 - Salida en avión hacia Tokio.
22.10 - Llegada al aeropuerto de Tokio-Haneda.
Lunes, 25 de noviembre de 2019
Tokio
Encuentro con las víctimas de la triple catástrofe en “Bellesalle Hanzomon”.
Visita privada al Emperador Naruhito en el Palacio Imperial.
Encuentro con los jóvenes en la Catedral de Santa María.
Almuerzo con el séquito papal en la Nunciatura Apostólica.
Santa Misa en el Tokyo Dome.
Encuentro con el Primo Ministro en Kantei.
Encuentro con las autoridades y el Cuerpo Diplomático en Kantei.
Martes, 26 de noviembre de 2019
Tokio─Roma
Santa Misa privada con los miembros de la Compañía de Jesús en la capilla del Kulturzentrum de la Sophia University.
Desayuno y encuentro privado con el Colegio Máximo en la Sophia University.
Visita a los sacerdotes ancianos y enfermos en la Sophia University.
Visita a la Sophia University.
Ceremonia de despedida en el aeropuerto de Tokyo-Haneda.
11.35 - Salida en avión hacia Roma/Fiumicino.
17.15 - Llegada al aeropuerto de Roma/Fiumicino.
Huso horario
Roma: +1h UTC
Tokio +9h UTC
Bangkok: +7h UTC
Nagasaki +9h UTC
Hiroshima +9h UTC