25 diciembre 2020

La Natividad de Jesús

 RAFAEL MOSTEYRÍN


Celebrar la Navidad

Nosotros también adoramos a Jesús, en Navidad. Otras veces se le da un beso en la figura del Niño recién nacido, pero este año no es conveniente. En cualquier caso siempre podemos adorarle cuando le saludamos en el Sagrario, con una genuflexión en la que doblamos la rodilla derecha hasta tocar el suelo, es decir, bien hecha, despacio y diciéndole por dentro algo bonito.

¿Cómo nos podemos preparar para celebrar bien la Navidad?

-Visitando muchas veces a Jesús en el Sagrario, para felicitarle por su próximo cumpleaños.

-Asistiendo a la Santa Misa para recibirle y adorarle. Al menos cada domingo y los días 25, 1 y 6 de enero, que son de precepto, por ser de especial celebración. El 25 por ser el día de su Nacimiento, el 1 es el día dedicado a santa María, Madre de Dios. Y el 6 es la adoración de los Reyes Magos a la que nos unimos todos, pues Dios se nos manifiesta a cada uno.

-Cantándole villancicos, alrededor del Nacimiento, en las distintas reuniones familiares.

Lc 2, 5-7: “José y María hicieron un largo viaje en su borrico, desde Nazaret a Belén. Y sucedió que estando allí (en Belén) le llegó a María la hora del parto, y dio a luz a su hijo Jesús, y lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada”.

Si en tu familia nace un nuevo hermano se le recibe con impaciencia y previsión. Si nos alegramos tanto cuando nace uno como nosotros, ¡cuánto más si nace Dios! El día de Navidad todos los hombres, y más la gran familia de la Iglesia, canta llena de alegría: Un Niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

¿Y quién es ese Niño? Es el Hijo de Dios que, sin dejar de ser Dios, se ha hecho hombre naciendo de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo:

Recuerda la historia: Dios buscaba una madre. La Virgen María estaba en Nazaret. Y le envió un Ángel que le dijo ¿Quieres ser Madre de Dios?

Ella respondió: “Sí”. Lo dijo con esas palabras que rezamos en el Ángelus: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. En ese instante el Hijo de Dios se hizo hombre, en las purísimas entrañas de la Virgen María.

De esto hace nueve meses y Jesús va a nacer en Belén, el día 25 de diciembre. Como es el cumpleaños del mejor Amigo vamos a celebrarlo, con mucha alegría, y haciéndole un regalo de los  que le guste de verdad.

Le gustará mucho:

-que le pongamos el Nacimiento en casa, procurando identificarnos con alguna de las figuras allí presentes, que se acerca para verle.

-que prestemos atención a la letra de los villancicos que le cantaremos en estos días.

-como Jesús vive en el Sagrario, y le podemos recibir en cada Misa, felicitarle con nuestras visitas y recibirle, en nosotros mismos, a través de la Comunión frecuente.

Al llegar la Navidad de 1980, el Papa San Juan Pablo II se reunió con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: “¿Cómo os preparáis para la Navidad?” Con la oración, responden los chicos gritando. “Bien, con la oración, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis?” Y los millares de chicos, más fuerte todavía, responden: ¡Lo haremos! “Sí, debéis hacerlo”, les dice san Juan Pablo II. Y en voz más baja: “El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios”.

Feliz Navidad a todos.

Misa de Navidad

 Homilía del Papa


En esta noche se cumple la gran profecía de Isaías: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,5).

Un hijo se nos ha dado. A menudo se oye decir que la mayor alegría de la vida es el nacimiento de un hijo. Es algo extraordinario, que lo cambia todo, que pone en movimiento energías impensables y nos hace superar la fatiga, la incomodidad y las noches de insomnio, porque trae una felicidad indescriptible, ante la cual ya nada pesa. La Navidad es así: el nacimiento de Jesús es la novedad que cada año nos permite nacer interiormente de nuevo y encontrar en Él la fuerza para afrontar cada prueba. Sí, porque su nacimiento es para nosotros: para mí, para ti, para todos. Para cada uno. Nace para mí, nace para nosotros. Para es la palabra que se repite en esta noche santa: “Un hijo se nos ha dado para nosotros”, ha profetizado Isaías; “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, hemos repetido en el Salmo; Jesús “se entregó por y para nosotros” (cf. Tt 2,14), ha proclamado san Pablo; y el ángel en el Evangelio ha anunciado: “Ha nacido para vosotros un Salvador” (cf. Lc 2,11), para nosotros.

¿Pero qué significa este para nosotros? Que el Hijo de Dios, el bendito por naturaleza, viene a hacernos hijos bendecidos por gracia. Sí, Dios viene al mundo como hijo para hacernos hijos de Dios. ¡Qué regalo tan maravilloso! Hoy Dios nos asombra y nos dice a cada uno: “Tú eres una maravilla”. Hermana, hermano, no te desanimes. ¿Estás tentado de sentirte fuera de lugar? Dios te dice: “No, ¡tú eres mi hijo!”. ¿Tienes la sensación de no lograrlo, miedo de no estar a la altura, temor de no salir del túnel de la prueba? Dios te dice: “Ten valor, yo estoy contigo”. No te lo dice con palabras, sino haciéndose hijo como tú y por ti, para recordarte cuál es el punto de partida para que empieces de nuevo: reconocerte como hijo de Dios, como hija de Dios. Este es el punto de partido de cualquier renacer. Este es el corazón indestructible de nuestra esperanza, el núcleo candente que sostiene la existencia: más allá de nuestras cualidades y de nuestros defectos, más fuerte que las heridas y los fracasos del pasado, que los miedos y la preocupación por el futuro, se encuentra esta verdad: somos hijos amados. Y el amor de Dios por nosotros no depende y no dependerá nunca de nosotros: es amor gratuito, pura gracia (…) Esta noche, san Pablo nos ha dicho: “Ha aparecido la gracia de Dios” (Tt 2,11). Nada es más valioso.

Un hijo se nos ha dado. El Padre no nos ha dado algo, sino a su mismo Hijo unigénito, que es toda su alegría. Y, sin embargo, si miramos la ingratitud del hombre hacia Dios y la injusticia hacia tantos de nuestros hermanos, surge una duda: ¿Ha hecho bien el Señor en darnos tanto, hace bien en seguir confiando en nosotros? ¿No nos sobrevalora? Sí, nos sobrevalora, y lo hace porque nos ama hasta el extremo. No es capaz de dejarnos de amar. Él es así, tan diferente a nosotros. Siempre nos ama, más de lo que nosotros mismos seríamos capaces de amarnos. Ese es su secreto para entrar en nuestros corazones. Dios sabe que la única manera de salvarnos, de sanarnos interiormente, es amarnos. Sabe que nosotros mejoramos sólo aceptando su amor incansable, que no cambia, sino que nos cambia. Sólo el amor de Jesús transforma la vida, sana las heridas más profundas y nos libera de los círculos viciosos de la insatisfacción, de la ira y de la lamentación.

Un hijo se nos ha dado. En el pobre pesebre de un oscuro establo está, en efecto, el Hijo de Dios. Surge otra pregunta: ¿Por qué nació en la noche, sin alojamiento digno, en la pobreza y el rechazo, cuando merecía nacer como el rey más grande en el más hermoso de los palacios? ¿Por qué? Para hacernos entender hasta qué punto ama nuestra condición humana: hasta el punto de tocar con su amor concreto nuestra peor miseria. El Hijo de Dios nació descartado para decirnos que toda persona descartada es un hijo de Dios. Vino al mundo como un niño viene al mundo, débil y frágil, para que podamos acoger nuestras fragilidades con ternura. Y para descubrir algo importante: como en Belén, también con nosotros Dios quiere hacer grandes cosas a través de nuestra pobreza. Puso toda nuestra salvación en el pesebre de un establo y no tiene miedo a nuestra pobreza. ¡Dejemos que su misericordia transforme nuestras miserias!

Esto es lo que significa que un hijo ha nacido para nosotros. Pero queda todavía otro para, el que el ángel indica a los pastores: “Esta será la señal para vosotros: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Este signo, el Niño en el pesebre, es también para nosotros, para guiarnos en la vida. En Belén, que significa “Casa del Pan”, Dios está en un pesebre, recordándonos que lo necesitamos para vivir, como el pan para comer. Necesitamos dejarnos atravesar por su amor gratuito, incansable, concreto. Cuántas veces en cambio, hambrientos de entretenimiento, éxito y mundanidad, alimentamos nuestras vidas con comidas que no sacian y dejan un vacío dentro. El Señor, por boca del profeta Isaías, se lamenta de que mientras el buey y el asno conocen su pesebre, nosotros, su pueblo, no lo conocemos a Él, fuente de nuestra vida (cf. Is 1,2-3).

Es verdad: insaciables de poseer, nos lanzamos en tantos pesebres de vanidad, olvidando el pesebre de Belén. Ese pesebre, pobre en todo y rico de amor, nos enseña que el alimento de la vida es dejarse amar por Dios y amar a los demás. Jesús nos da el ejemplo: Él, el Verbo de Dios, es un infante; no habla, pero da la vida. Nosotros, en cambio, hablamos mucho, pero a menudo somos analfabetos de bondad.

Un hijo se nos ha dado. Quien tiene un niño pequeño sabe cuánto amor y paciencia se necesitan. Es necesario alimentarlo, atenderlo, limpiarlo, cuidar su fragilidad y sus necesidades, que con frecuencia son difíciles de comprender. Un niño nos hace sentir amados, pero también nos enseña a amar. Dios nació niño para alentarnos a cuidar de los demás. Su llanto tierno nos hace comprender lo inútiles que son nuestros muchos caprichos, tenemos tantos. Su amor indefenso, que nos desarma, nos recuerda que el tiempo que tenemos no es para autocompadecernos, sino para consolar las lágrimas de los que sufren. Dios viene a habitar entre nosotros, pobre y necesitado, para decirnos que sirviendo a los pobres lo amaremos. Desde esta noche, como escribió una poetisa, “la residencia de Dios está junto a mí. La decoración es el amor” (E. DICKINSON, Poems, XVII).

Un hijo se nos ha dado. Eres tú, Jesús, el Hijo que me hace hijo. Tú eres el Hijo que me hace hijo. Me amas como soy, no como yo me sueño. Al abrazarte, Niño del pesebre, abrazo de nuevo mi vida. Acogiéndote, Pan de vida, también yo quiero entregar mi vida. Tú que me salvas, enséñame a servir. Tú que no me dejas solo, ayúdame a consolar a tus hermanos, porque, tú sabes., desde esta noche todos son mis hermanos.

24 diciembre 2020

Solemnidad de la Natividad del Señor

 Fuente: opusdei.org


Evangelio (Lc 2,1-14)

En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.

Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo:

− No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace».

Comentario

El feliz anuncio a los pastores sigue resonando en nuestros oídos, año tras año, sin que lleguemos a acostumbrarnos. Nuestro corazón se llena de nuevo de alegría al escuchar el relato del nacimiento del Hijo de Dios, como si fuera la primera vez. El viaje de Nazaret a Belén, María a punto de dar a luz, José en busca de un lugar para el parto, el Niño que nace, los pañales y el pesebre, el anuncio a los pastores, y su apresurada visita. Todo parece nuevo en esta nueva Navidad.

San Lucas encuadra el nacimiento de Jesús dentro de la historia del mundo. El emperador Augusto había logrado instaurar en sus enormes dominios un largo periodo de paz, conocida como la Pax Augusta, pero fue después de muchas guerras, de muchos sometimientos, de mucha esclavitud. Por eso, aquel “primer empadronamiento” podía parecer un gesto de orgullo por parte de la autoridad, pero de ello se sirvió Dios para que se cumplieran las Escrituras, pues estaba escrito por medio del Profeta que en Belén de Judá había de nacer el Mesías (cf. Mt 2,5). El viaje de José con su esposa encinta, no exento de riesgos, era un acto de obediencia humana, pero sirvió de cauce para que María y José obedecieran a Dios, plenamente confiados en que todo saldría bien. Probablemente, José pasó por el agobio ante la dificultad para encontrar el lugar más apropiado para aquel virginal alumbramiento. Pero su fortaleza, serenidad y confianza en Dios se impusieron para que María pudiese dar a luz “a su hijo primogénito”, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8,29), en un lugar aparentemente poco apropiado para Dios, un pesebre, un rincón desconocido de una de las provincias de ese gran imperio. Pero la diligencia de José y la presencia de María convirtieron aquel pobre lugar en el más digno no solo de aquel imperio sino de toda la tierra. Hasta los animales de aquel establo participaban de aquel prodigio: “Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su dueño”, dice el profeta Isaías.

Pero de pronto, el cielo se abre, la gloria de Dios es incontenible, y se manifiesta no a los grandes de la tierra sino a unos pastores. Eran hombres quizá rudos, poco valorados en aquella sociedad, pero fueron los elegidos por Dios para ser testigos directos del gran acontecimiento. Quedaron deslumbrados y atemorizados por el anuncio que venía del ángel, y por la muchedumbre de la corte celestial que alababa a Dios. Conocerían quizá las profecías que hablaban del Mesías que había de nacer en la ciudad de David: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador en Israel” (Miqueas 5,2). Sin embargo, no podían imaginar que aquella noche, en aquellos contornos que ellos tan bien conocían por su trabajo, iba a cumplirse aquella divina promesa. Dios los miró con complacencia por su buena voluntad, por su condición humilde. Superado el temor inicial ante tan inesperada visita, se llenaron de una alegría y paz que jamás habían experimentado. Se cumplieron en ellos las palabras del profeta que escuchamos en la primera lectura de la misa de esta noche: “Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría” (Isaías 9,2).

Para poder participar del gozo del nacimiento del Salvador, necesitamos mirar a María y a José, a los pastores, y admirarnos como lo haría un niño, lleno de asombro. Iremos también nosotros a adorar al Niño y aprenderemos las lecciones de la “cátedra de Belén”, como le gustaba a San Josemaría referirse a este misterio. Quizá la lección que más hay que aprender hoy es la humildad, la de saberse pequeños delante de Dios, y así se cumplirán en nosotros las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37). Hoy el niño es Jesús, el enviado del Padre. Acojámosle.



23 diciembre 2020

¡Grita, no te calles!

 Juan Luis Selma

No puedo dormir. Escribo este grito en medio de la noche. Me duele el alma, me duele mi patria. Me doy vergüenza a mí mismo por mis silencios, por mi vida acomodada, por ser rebaño. "Clama a voz en grito, no te moderes; levanta tu voz como cuerno y denuncia a mi pueblo su rebeldía y a la casa de Jacob sus pecados" dice el profeta Isaías.

Quiero ser rebelde y defender mis convicciones. Creo en la vida, soy feliz −a pesar de mis miserias y de las de los que me rodean− estoy convencido de la bondad de la vida. Pero no me conformo con lo que hago. Si hace falta me quitaré la mascarilla para poder clamar bien alto. Invito a que hagan lo mismo los miles y miles que piensan como yo. No nos callarán. No me da miedo que me tachen de intolerante, de fanático. No lo soy, pero asumo el riesgo de que me proscriban. Mi conciencia y mi libertad están por encima de lo que puedan opinar de mí.

Podemos hacer una auténtica revolución: la de la verdad, la de la libertad y del amor. Si somos auténticos, si vivimos como pensamos, podemos ser luz, aire limpio. Un tsunami que arrase tanta tontería y falsedad. No podemos estar tan preocupados por la salud, por el bienestar. No podemos estar en vela por los contagios del covid-19 y no percibir el peligro de la actitud anti vida que se cuela por las rendijas de la sociedad. El virus del falso progreso, el de las esclavas libertades, hace más estragos que el covid-19. Está esquilmando a nuestro pueblo. Es una pandemia de muerte: millones de niños que mueren de forma violenta en el seno de su madre, miles que no tienen el calor de un hogar en el que se sientan seguros y queridos por sus padres. Enfermos y mayores que mueren solos, como pobres apestados, proscritos.

Me comentaba una amiga infectada por el coronavirus que, en su inconsciencia, pidió que la dejaran morir. Ahora, débil y recuperándose, agradece la vida y está dando amor a los suyos.

La vacuna más eficaz ante esta peste de muerte es el amor. Si mimamos a nuestros enfermos y ancianos, si se sienten queridos e importantes, nunca pedirán morir. Cuando alguien se cansa de vivir es señal de que los demás lo estamos haciendo muy mal. Falla el amor, la cercanía, la atención médica: los cuidados paliativos. Sin olvidar, que tras la cultura de la muerte hay intereses económicos. Hay gente que no le importa matar por dinero, por conservar el poder, escuchaba el otro día. ¡Clama, que no te callen! ¡Canta a la vida!


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es


Pierden más los vivos

 Enrique García-Máiquez


Con la eutanasia instauraremos dos castas de muertos como ya hay dos castas de fetos

También me espanta del aborto la diferencia que inyecta en el lenguaje. Cualquier pareja que espera se refiere con amor a su hijo como hijo y niño desde el primer predictor, con independencia de lo que piense de la ley del aborto. Salvo si va a realizar o realizó un aborto, que entonces usa apenas un pronombre demostrativo: «Eso». Que no diré qué demuestra, porque se ve.

Con la eutanasia, el lenguaje tendrá que adaptarse paralelamente a la nueva realidad. La muerte dejará de igualar a todos («democracia de ultratumba», fue para los clásicos). Instauraremos dos castas de muertos como ya hay dos castas de fetos. Unos serán los muertos amados hasta el último suspiro y más allá. Otros, no podrán ser nombrados sin una insoportable desazón en la conciencia.

La eutanasia va a cambiar radicalmente nuestra relación con los muertos; y saldremos perdiendo los vivos. Cuando murió mi madre, el mejor consejo que me dieron (el poeta José Mateos) fue que no me resignase a la distancia. Los muertos queridos están deseando sentirnos cerca y que nosotros los sintamos a ellos. A poco que uno ponga de su parte, la intimidad se mantiene intacta. «La muerte no interrumpe nada», escribió Luis Rosales, que ni imaginó la posibilidad de esa interrupción radical que sí es, en cambio, la eutanasia.

Ya veníamos empujando a la muerte fuera de nuestras vidas, como denuncia con más razón que un santo Houellebecq, gran defensor del enterramiento tradicional, y como estudió el gran Philippe Ariès en Historia de la muerte en Occidente. Se han erosionado la memoria en carne viva, las visitas al cementerio, las fotos en casa y las anécdotas de los mayores que se cuentan a los nietos para mantener encendida la llama de la sangre. La eutanasia será (si perdonan el humor negro) la puntilla. Porque no podremos mirar a esos muertos de frente cuando les hemos dado la espalda. La voluntariedad de la eutanasia, que alguno se apresurará a recordarme, no quita que la espalda sin duda se la dimos, independientemente de que la inyección letal fuese por la espalda o por gotero.

La eutanasia rompe la cadena de solidaridad, respeto, duelo y memoria que une a los muertos con los vivos, a los enfermos con los sanos, a los débiles con los fuertes y a los que estuvieron con los que vendrán. Observen, si lo dudan, los extraños tics que empezarán a aparecer en nuestro lenguaje como una subconsciente confesión de culpa.


Enrique García-Máiquez, en diariodecadiz.es


Reflexiones para “vivir mejor” la Navidad

El Papa en la Audiencia General


Catequesis sobre las fiestas litúrgicas

Imitando a los pastores, también nosotros nos movemos espiritualmente hacia Belén, donde María ha dado a luz al Niño en un establo, «porque −dice San Lucas− no había sitio para ellos en la posada» (2,7). La Navidad se ha convertido en una fiesta universal, e incluso quien no cree percibe la fascinación de esta festividad. El cristiano, sin embargo, sabe que la Navidad es un acontecimiento decisivo, un fuego perenne que Dios ha encendido en el mundo, y no puede ser confundido con las cosas efímeras. Es importante que no se reduzca a fiesta solamente sentimental o consumista. El domingo pasado llamé la atención sobre este problema, subrayando que el consumismo nos ha secuestrado la Navidad. No: la Navidad no debe reducirse a fiesta solamente sentimental o consumista, llena de regalos y de felicitaciones pero pobre en fe cristiana y también pobre en humanidad. Por tanto, es necesario frenar una cierta mentalidad mundana, incapaz de captar el núcleo incandescente de nuestra fe, que es este: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Y ese es el núcleo de la Navidad, es más: es la verdad de la Navidad; no hay otra.

La Navidad nos invita a reflexionar, por una parte, sobre lo dramático de la historia, en la que los hombres, heridos por el pecado, van incesantemente a la búsqueda de verdad, a la búsqueda de misericordia, a la búsqueda de redención; y, por otro lado, sobre la bondad de Dios, que ha venido a nuestro encuentro para comunicarnos la Verdad que salva y hacernos partícipes de su amistad y de su vida. Y es don de gracia: esto es pura gracia, sin mérito nuestro. Hay un Santo Padre que dice: “Mirad de este lado, del otro, por allí: buscad el mérito y no encontraréis otra cosa que gracia”. Todo es gracia, un don de gracia. Y este don de gracia lo recibimos a través de la sencillez y la humanidad de la Navidad, y puede quitar de nuestros corazones y de nuestras mentes el pesimismo, que hoy se ha difundido aún más por la pandemia. Podemos superar ese sentido de desconcierto inquietante, no dejarnos abrumar por las derrotas y fracasos, en la conciencia redescubierta de que ese Niño humilde y pobre, escondido e indefenso, es Dios mismo, hecho hombre por nosotros. El Concilio Vaticano II, en un célebre pasaje de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, nos dice que este evento nos concierne a cada uno: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado» (Gaudium et spes, 22). Pero Jesús nació hace dos mil años, ¿y me concierne a mí? − Sí, te concierne a ti y a mí, a cada uno de nosotros. Jesús es uno de nosotros: Dios, en Jesús, es uno de nosotros.

Esta realidad nos da tanta alegría y tanta valentía. Dios no nos ha mirado desde arriba, desde lejos, no ha pasado de largo, no ha sentido asco por nuestra miseria, no se ha revestido con un cuerpo aparente, sino que ha asumido plenamente nuestra naturaleza y nuestra condición humana. No ha dejado nada fuera, excepto el pecado: lo único que Él no tiene. Toda la humanidad está en Él. Él ha tomado todo lo que somos, tal como somos. Esto es esencial para comprender la fe cristiana. San Agustín, reflexionando sobre su camino de conversión, escribe en sus Confesiones: «Todavía no tenía tanta humildad para poseer a mi Dios, al humilde Jesús, ni conocía las enseñanzas de su debilidad» (VII, 8). ¿Y cuál es la debilidad de Jesús? ¡La “debilidad” de Jesús es una “enseñanza”! Porque nos revela el amor de Dios. La Navidad es la fiesta del Amor encarnado, del amor nacido por nosotros en Jesucristo. Jesucristo es la luz de los hombres que brilla en las tinieblas, que da sentido a la existencia humana y a toda la historia.

Queridos hermanos y hermanas, que estas breves reflexiones nos ayuden a celebrar la Navidad con mayor conciencia. Pero hay otro modo de prepararse, que quiero recordaros a vosotros y a mí, y está al alcance de todos: meditar un poco en silencio delante del pesebre. El pesebre es una catequesis de esta realidad, de lo que se ha hecho ese año, ese día, como hemos escuchado en el Evangelio. Para eso, el año pasado escribí una Carta, que nos hará bien retomar. Se titula Admirabile signum, “Signo admirable”. Tras las huellas de San Francisco de Asís, nos podemos convertir un poco en niños y contemplar la escena de la Natividad, y dejar que renazca en nosotros el asombro por la forma “maravillosa” en la que Dios quiso venir al mundo. Pidamos la gracia del asombro: que ante este misterio, esta realidad tan tierna, tan bella, tan cercana a nuestros corazones, el Señor nos dé la gracia del asombro, para encontrarlo, para acercarnos a Él, para acercarnos entre todos. Esto hará renacer en nosotros la ternura. El otro día, hablando con unos científicos, se discutía de inteligencia artificial y de los robots… Hay robots programados para todos y para todo, y eso sigue adelante. Y yo les dije: “¿qué es lo que los robots no podrán hacer nunca?”. Ellos pensaron, hicieron propuestas, y al final quedaron de acuerdo en una cosa: la ternura. Eso los robots no podrán hacerlo. Y eso es lo que nos trae Dios, hoy: una forma maravillosa en la que Dios quiso venir al mundo, y eso hace renacer en nosotros la ternura, la ternura humana que está cerca a la de Dios. ¡Y hoy necesitamos mucho la ternura, tenemos mucha necesidad de caricias humanas, ante tantas miserias! Si la pandemia nos ha obligado a estar más distantes, Jesús, en el pesebre, nos muestra el camino de la ternura para estar cerca, para ser humanos. Sigamos ese camino. ¡Feliz Navidad!

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa. Deseo a todos una feliz y santa Navidad. Que el Niño de Belén os conserve la alegría y la esperanza. ¡Dios os bendiga!

Saludo cordialmente a los fieles de lengua inglesa. En la inminencia de la Santa Navidad, invoco sobre vosotros y vuestras familias la alegría y la paz en el Señor Jesús. ¡Dios os bendiga!

Dirijo un cordial saludo navideño a los fieles de lengua alemana. Agradaremos al Niño Jesús, si en estos días de celebración no nos olvidamos de la gente solitaria, enferma y necesitada. Basta una llamada telefónica para enviarles un rayo de luz navideña. El Señor lo recompensará. Frohe Weihnachten!

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Que esta Navidad contemplemos con corazón de niños, en silencio orante, el signo hermoso del pesebre, y que el Señor nos conceda acoger con corazón puro y extasiado el modo maravilloso que Dios escogió para venir al mundo. La Virgen y San José nos alcancen del Niño Jesús la gracia de que renazca en nuestro corazón la ternura, para abrazar con amor a todos, como verdaderos hermanos y hermanas. Feliz Navidad para todos.

Queridos oyentes de lengua portuguesa, os deseo a todos una Feliz Navidad. Si la pandemia nos ha obligado a estar más distantes, Jesús, en el pesebre, nos muestra el camino de la ternura para estar cerca, para ser humanos. ¡Que os bendiga el Divino Niño para un sereno y feliz año nuevo!

Saludo a los fieles de lengua árabe. Pido a Dios que os conceda su gracia para vivir el mensaje de la Navidad, que es un mensaje de paz, alegría y vida nueva. ¡Deseo a todos Feliz Navidad!

Saludo cordialmente a todos los polacos. Queridos hermanos y hermanas, ¡que el Hijo de Dios nacido en Belén colme de paz, alegría y esperanza a todos y cada uno de vosotros y vuestras familias! Que la gloria de Dios y la paz de los hombres que Él ama habite en vuestros corazones, en vuestros hogares y en vuestra patria. Os bendigo de corazón.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua italiana. Imitando a los pastores, corred también vosotros a la santa Gruta: Jesús os espera para daros su luz y su paz. Quiere enriquecer vuestra vida con su amor y su gracia.

Finalmente, mi pensamiento se dirige, como siempre, a los ancianos, jóvenes, enfermos y recién casados. Que la completa disponibilidad de María y la pronta generosidad de José sean ejemplo para acoger al Niño Jesús en el misterio de la Navidad.

A todos deseo cordialmente una santa Navidad alegre y serena.

22 diciembre 2020

Reflexión sobre la crisis actual

El Papa al Colegio Cardenalicio y la Curia Romana


Queridos hermanos y hermanas:

  1. La Navidad es el misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret que nos recuerda que “los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”, como observa de modo tan brillante e incisivo Hanna Arendt, la filósofa hebrea que desmonta el pensamiento de su maestro Heidegger, según el cual el hombre nace para ser arrojado a la muerte. Sobre las ruinas de los totalitarismos del siglo veinte, Arendt reconoce esta verdad luminosa: “El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y ‘natural’ es en último término el hecho de la natalidad. […] Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: ‘Les ha nacido hoy un Salvador’”.
  2. Ante el Misterio de la Encarnación, junto al Niño acostado en un pesebre (cf. Lc2,16), así como frente al Misterio Pascual, en presencia del hombre crucificado, encontramos el lugar adecuado sólo si somos inermes, humildes, esenciales; sólo después de haber puesto en práctica en el ambiente en el que vivimos —incluyendo la Curia Romana— el programa de vida sugerido por san Pablo: “Desaparezca de ustedes toda amargura, ira, enojo, insulto, injurias y cualquier tipo de maldad. Sean bondadosos unos con otros, sean compasivos y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó en Cristo” (Ef4,31-32); sólo “revestidos de humildad” (cf. 1 P 5,5), imitando a Jesús “manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); sólo después de habernos colocado “en el último puesto” (Lc 14,10) y habernos hecho “siervos de todos” (cf. Mc 10,44). Y a este propósito, san Ignacio en sus Ejercicios llega hasta el punto de pedir que nos imaginemos estar en la escena del nacimiento, “haciéndome yo —escribe— un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades” (114).

Agradezco al cardenal Decano su amable saludo en esta Navidad, que ha manifestado los sentimientos de todos. Gracias, cardenal Re, gracias.

  1. Esta Navidad es la Navidad de la pandemia, de la crisis sanitaria, de la crisis socioeconómica e incluso eclesial que ha lacerado cruelmente al mundo entero. La crisis ha dejado de ser un lugar común del discurso y del establishment intelectual para transformarse en una realidad compartida por todos.

Este flagelo ha sido una prueba importante y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para convertirnos y recuperar la autenticidad.

Cuando el pasado 27 de marzo, en la Plaza de San Pedro, ante la plaza vacía pero llena de una pertenencia común que nos une con cada rincón de la tierra, cuando allí quise rezar por todos y con todos; tuve la oportunidad de decir en voz alta el significado posible de la “tempestad” (cf. Mc 4,35-41) que había golpeado al mundo: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas ‘salvadoras’, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

  1. La Providencia quiso que en este tiempo difícil haya podido escribir Fratelli tutti, la Encíclica dedicada al tema de la fraternidad y de la amistad social. Y una gran lección nos llega de los Evangelios de la infancia, donde se narra el nacimiento de Jesús, es la de una nueva complicidad —una nueva complicidad— y unión que se crea entre los protagonistas: María, José, los pastores, los magos y todos aquellos que, de un modo u otro, ofrecieron su fraternidad, su amistad para que el Verbo que se hizo carne fuera acogido en las tinieblas de la historia (cf. Jn1,14). Esto escribí al principio de esta Encíclica: “Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: ‘He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos’. Soñemos como una única humanidad, como caminantes hechos de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos” (n. 8)
  2. La crisis de la pandemia es una buena oportunidad para hacer una breve reflexión sobre el significado de la crisis, que puede ayudar a todos.

La crisis es un fenómeno que afecta a todo y a todos. Está presente en todas partes y en todos los períodos de la historia, abarca las ideologías, la política, la economía, la tecnología, la ecología, la religión. Es una etapa obligatoria en la historia personal y en la historia social. Se manifiesta como un acontecimiento extraordinario, que siempre causa una sensación de inquietud, ansiedad, desequilibrio e incertidumbre en las decisiones que se deben tomar. Como recuerda la raíz etimológica del verbo krino: la crisis es esa criba que limpia el grano de trigo después de la cosecha.

Incluso la Biblia está llena de personas que han sido “tamizadas”, de “personajes en crisis” que, sin embargo, a través de estas cumplen la historia de la salvación.

La crisis de Abrahán, que abandonó su tierra (cf. Gn 12,1-2) y tuvo que vivir la gran prueba de tener que sacrificar su único hijo a Dios (cf. Gn 22,1-19), se resolvió desde el punto de vista teológico con el nacimiento de un nuevo pueblo. Pero este nacimiento no evitó que Abrahán viviera un drama en el que la confusión y el desconcierto no prevalecieran sólo gracias a la fuerza de su fe.

La crisis de Moisés se manifestó en la desconfianza de sí mismo: “¿Quién soy yo para ir al faraón y sacar a los israelitas de Egipto?” (Ex 3,11); “yo nunca he sido un hombre con facilidad de palabra, […] pues soy torpe de boca y de lengua” (Ex 4,10); “no sé hablar” (Ex 6,12.30). Por eso trató de escapar de la misión que Dios le había confiado: “Señor, envía a otros” (cf. Ex 4,13). Pero a través de esa crisis, Dios hizo a Moisés su siervo, que guio al pueblo fuera de Egipto.

Elías, el profeta tan fuerte que era comparado con el fuego (cf. Sir 48,1), en un momento de gran crisis incluso anheló la muerte, pero luego experimentó la presencia de Dios no en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 R 19,11-12). La voz de Dios nunca está en el ruido de la crisis, sino en la voz silenciosa que nos habla dentro de la crisis misma.

A Juan el Bautista le asaltó la duda sobre la identidad mesiánica de Jesús (cf. Mt 11,2-6), porque no se presentaba como el libertador que tal vez esperaba (cf. Mt 3,11-12); sin embargo, fue precisamente el encarcelamiento de Juan el evento que llevó a Jesús a comenzar la predicación del Evangelio de Dios (cf. Mc 1,14).

Y finalmente, la crisis teológica de Pablo de Tarso: sacudido por el deslumbrante encuentro con Cristo en el camino de Damasco (cf. Hch 9,1-19; Ga 1,15-16), se vio obligado a dejar sus seguridades para seguir a Jesús (cf. Flp 3,4-10). San Pablo fue en efecto un hombre que se dejó transformar por la crisis y, por esta razón, fue el artífice de aquella crisis que llevó a la Iglesia fuera del recinto de Israel para llegar a los confines de la tierra.

Podríamos ampliar la lista de personajes bíblicos, y en ella cada uno de nosotros podría encontrar su lugar. Son muchos.

Pero la crisis más elocuente fue la de Jesús. Los Evangelios sinópticos enfatizan que Él inauguró su vida pública a través de la experiencia de la crisis vivida en las tentaciones. Aunque pareciera que el protagonista de esa situación fuera el diablo con sus falsas propuestas, en realidad el verdadero protagonista era el Espíritu Santo. De hecho, Él era quien conducía a Jesús en ese momento decisivo de su vida: “Enseguida, el Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser puesto a prueba por el Diablo” (Mt 4,1).

Los evangelistas subrayan que los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto estuvieron marcados por la experiencia del hambre y de la debilidad (cf. Mt 4,2; Lc 4,2). Y es precisamente en el trasfondo de esa hambre y debilidad donde el Maligno intentó jugar su mejor carta, aprovechándose de la humanidad cansada de Jesús. Pero, en ese hombre probado por el ayuno, el Tentador experimentó la presencia del Hijo de Dios que supo cómo vencer la tentación a través de la Palabra de Dios, no a través de la suya. Jesús nunca dialogó con el diablo, nunca; y nosotros debemos aprender esto: con el diablo nunca se dialoga. Jesús o lo expulsaba, o lo obligaba a manifestar su nombre. Pero con el diablo nunca se dialoga.

Más tarde, Jesús se enfrentó a una crisis indescriptible en Getsemaní: soledad, miedo, angustia, la traición de Judas y el abandono de los Apóstoles (cf. Mt 26,36-50). Por último, llegó la crisis extrema en la Cruz: la solidaridad con los pecadores hasta el punto de sentirse abandonado por el Padre (cf. Mt 27,46). A pesar de ello, Él, con confianza total, “entregó su espíritu en las manos del Padre” (cf. Lc 23,46). Y su abandono pleno y confiado abrió el camino a la Resurrección (cf. Hb 5,7).

  1. Hermanos y hermanas: esta reflexión sobre la crisis nos pone en guardia ante el peligro de juzgar precipitadamente a la Iglesia por las crisis que causaron los escándalos de ayer y de hoy, como lo hizo el profeta Elías que, al desahogarse con el Señor, le presentó una narración desesperanzadora de la realidad: “¡Me consumo de celo por el Señor, Dios del universo, porque los israelitas han abandonado tu Alianza, han derribado tus altares y han matado a tus profetas por la espada: he quedado yo solo y buscan también quitarme la vida!” (1 R19,14). Y con qué frecuencia incluso nuestros análisis eclesiales parecen historias sin esperanza. Una lectura desesperada de la realidad no se puede llamar realista. La esperanza da a nuestros análisis lo que nuestra mirada miope es tan a menudo incapaz de percibir. Dios responde a Elías que la realidad no es como la percibió: “Regresa por tu camino hacia el desierto de Damasco. […] He dejado en Israel siete mil personas, todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron” (1 R19,15.18). No es verdad que él estuviera solo: está en crisis.

Dios sigue haciendo germinar las semillas de su Reino entre nosotros. Aquí en la Curia hay muchos que dan testimonio con trabajo humilde, discreto, sin chismorreos, silencioso, leal, profesional y honesto. Son muchos entre ustedes, gracias. Nuestra época también tiene sus problemas, pero también tiene el testimonio vivo del hecho de que el Señor no ha abandonado a su pueblo, con la única diferencia de que los problemas aparecen inmediatamente en los periódicos —esto está al orden del día—, en cambio los signos de esperanza son noticia sólo después de mucho tiempo, y no siempre.

Quienes no miran la crisis a la luz del Evangelio, se limitan a hacer la autopsia de un cadáver: miran la crisis, pero sin la esperanza del Evangelio, sin la luz del Evangelio. La crisis nos asusta no sólo porque nos hemos olvidado de evaluarla como nos invita el Evangelio, sino porque nos hemos olvidado de que el Evangelio es el primero que nos pone en crisis. Es el Evangelio el que nos pone en crisis. Pero si volvemos a encontrar el valor y la humildad de decir en voz alta que el tiempo de crisis es un tiempo del Espíritu, entonces, incluso ante la experiencia de la oscuridad, la debilidad, la fragilidad, las contradicciones, el desconcierto, ya no nos sentiremos agobiados, sino que mantendremos constantemente una confianza íntima de que las cosas van a cambiar, que surge exclusivamente de la experiencia de una Gracia escondida en la oscuridad. “Porque el oro se purifica con el fuego, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación” (Si 2,5).

  1. Por último, quisiera exhortarlos a no confundir la crisis con el conflicto: son dos realidades diferentes. La crisis generalmente tiene un resultado positivo, mientras que el conflicto siempre crea un contraste, una rivalidad, un antagonismo aparentemente sin solución, entre sujetos divididos en amigos para amar y enemigos contra los que pelear, con la consiguiente victoria de una de las partes.

La lógica del conflicto siempre busca “culpables” a quienes estigmatizar y despreciar y “justos” a quienes justificar, para introducir la conciencia —muchas veces mágica— de que esta o aquella situación no nos pertenece. Esta pérdida del sentido de pertenencia común favorece el crecimiento o la afirmación de ciertas actitudes de carácter elitista y de “grupos cerrados” que promueven lógicas limitadoras y parciales, que empobrecen la universalidad de nuestra misión. “Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 226).

La Iglesia, entendida con las categorías de conflicto —derecha e izquierda, progresista y tradicionalista—, fragmenta, polariza, pervierte y traiciona su verdadera naturaleza. La Iglesia es un Cuerpo perpetuamente en crisis, precisamente porque está vivo, pero nunca debe convertirse en un Cuerpo en conflicto, con ganadores y perdedores. En efecto, de esta manera difundirá temor, se hará más rígida, menos sinodal, e impondrá una lógica uniforme y uniformadora, tan alejada de la riqueza y la pluralidad que el Espíritu ha dado a su Iglesia.

La novedad introducida por la crisis que desea el Espíritu no es nunca una novedad en oposición a lo antiguo, sino una novedad que brota de lo antiguo y que siempre la hace fecunda. Jesús usa una expresión que explica este pasaje de un modo sencillo y claro: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). El acto de morir de la semilla es un acto ambivalente, porque al mismo tiempo marca el final de algo y el comienzo de otro. Llamamos al mismo momento muerte-descomponerse y nacimiento-germinar porque son la misma realidad. Ante nuestros ojos vemos un final y al mismo tiempo en ese final se manifiesta un comienzo nuevo.

En este sentido, toda la resistencia que ponemos cuando entramos en crisis, a la que nos conduce el Espíritu en el momento de la prueba, nos condena a permanecer solos y estériles, al máximo en conflicto. Al defendernos de la crisis, obstruimos la obra de la Gracia de Dios que quiere manifestarse en nosotros y a través de nosotros. Por lo tanto, si un cierto realismo nos muestra nuestra historia reciente sólo como la suma de intentos fallidos, de escándalos, de caídas, de pecados, de contradicciones, de cortocircuitos en el testimonio, no debemos temer, ni negar la evidencia de todo lo que en nosotros y en nuestras comunidades está afectado por la muerte y necesita conversión. Todo lo que de mal, contradictorio, débil y frágil se manifiesta abiertamente nos recuerda aún más fuertemente la necesidad de morir a una forma de ser, de razonar y de actuar que no refleja el Evangelio. Sólo muriendo a una cierta mentalidad se logrará también dar espacio a la novedad que el Espíritu suscita constantemente en el corazón de la Iglesia. Los Padres de la Iglesia eran conscientes de esto, que llamaron “metanoia”.

  1. De cada crisis emerge siempre una adecuada necesidad de renovación: es un paso adelante. Pero si realmente queremos una renovación, debemos tener la valentía de estar dispuestos a todo; debemos dejar de pensar en la reforma de la Iglesia como un remiendo en un vestido viejo, o la simple redacción de una nueva Constitución apostólica. La reforma de la Iglesia es algo diferente.

No se trata de “remendar un vestido”, porque la Iglesia no es simplemente el “vestido” de Cristo, sino su cuerpo que abarca toda la historia (cf. 1 Co 12,27). Nosotros no estamos llamados a cambiar o reformar el Cuerpo de Cristo —“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8)—, sino que estamos llamados a vestir ese mismo Cuerpo con un vestido nuevo, para que se manifieste claramente que la Gracia que se posee no viene de nosotros sino de Dios: porque “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que quede claro que ese poder tan extraordinario proviene de Dios y no de nosotros” (2 Co 4,7). La Iglesia es siempre una vasija de barro, preciosa por lo que contiene y no por lo que a veces muestra de sí misma. Al final, tendré el gusto de darles un libro, regalo del padre Ardura, donde se muestra la vida de una vasija de barro, que ha hecho resplandecer la grandeza de Dios y las reformas de la Iglesia. Este es un momento en el que parece evidente que el barro del que estamos modelados está desportillado, agrietado, roto. Debemos esforzarnos para que nuestra fragilidad no se convierta en un obstáculo para el anuncio del Evangelio, sino en un lugar donde se manifieste el gran amor con el que Dios, rico en misericordia, nos ha amado y nos ama (cf. Ef 2,4). Si quitáramos a Dios, que es rico de misericordia, de nuestras vidas, nuestras vidas serían una mentira, una mentira.

Durante el período de la crisis, Jesús nos advierte sobre algunos intentos para salir de ella que están destinados desde el principio a ser infructuosos, como el que “corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo”; el resultado es predecible: romperás el nuevo, porque “el remiendo no quedará bien en el vestido nuevo”. Análogamente, “nadie echa vino nuevo en odres viejos. Si hace así, el vino nuevo reventará los odres viejos, el vino se derramará y los odres se echarán a perder. ¡El vino nuevo se echa en odres nuevos!” (Lc 5,36-38).

El comportamiento correcto es el del “maestro de la ley que se ha convertido en discípulo del Reino de los cielos”, que “se parece al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas” (Mt 13,52). El tesoro es la Tradición que, como recordaba Benedicto XVI, “es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes. El gran río que nos lleva al puerto de la eternidad” (Catequesis, 26 abril 2006). Me viene a la mente la frase de aquel gran músico alemán: “La tradición es la salvaguarda del futuro y no un museo, guardián de las cenizas”. Las “cosas antiguas” las constituyen la verdad y la gracia que ya poseemos. Las cosas nuevas las forman los diferentes aspectos de la verdad que vamos comprendiendo gradualmente. Aquella frase del siglo V: “Ut annis scilicet consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate”. Esta es la tradición, así crece. Ninguna forma histórica de vivir el Evangelio agota su comprensión. Si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, cada día nos acercaremos más a “toda la verdad” (Jn 16,13). Por el contrario, sin la gracia del Espíritu Santo, podemos incluso comenzar a pensar en la Iglesia de modo sinodal, pero, en lugar de hacer referencia a la comunión con la presencia del Espíritu, se la concibe como una asamblea democrática cualquiera, formada por mayorías y minorías. Como un parlamento, por ejemplo; y esta no es sinodalidad. Sólo la presencia del Espíritu Santo hace la diferencia.

  1. ¿Qué hacer durante la crisis? En primer lugar, aceptarla como un tiempo de gracia que se nos ha dado para descubrir la voluntad de Dios para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia. Es necesario entrar en la lógica aparentemente contradictoria de que “cuando soy débil, ¡entonces soy fuerte!” (2 Co12,10). Se debe recordar la garantía que dio san Pablo a los de Corinto: “Dios es fiel, y él no permitirá que sean probados por encima de sus fuerzas, sino que junto con la prueba hará que encuentren el modo de sobrellevarla” (1 Co10,13).

Es fundamental no interrumpir el diálogo con Dios, aunque sea agotador. Rezar no es fácil. No debemos cansarnos de rezar siempre (cf. Lc 21,36; 1 Ts 5,17). No conocemos otra solución a los problemas que estamos experimentando que rezar más y, al mismo tiempo, hacer todo lo que podemos con mayor confianza. La oración nos permitirá “esperar contra toda esperanza” (cf. Rm 4,18).

  1. Queridos hermanos y hermanas: Conservemos una profunda paz y serenidad, con la plena certeza de que todos nosotros, y yo en primer lugar, somos solamente “servidores a los que nada hay que agradecer” (Lc17,10), de los que el Señor ha tenido misericordia. Por eso sería bueno que dejáramos de vivir en conflicto y volviéramos en cambio a sentirnos en camino, abiertos a la crisis. El camino siempre tiene que ver con verbos de movimiento. La crisis es movimiento, es parte del camino. El conflicto, en cambio, es un camino falso, es un vagar sin objetivo ni finalidad, es quedarse en el laberinto, es sólo una pérdida de energía y una oportunidad para el mal. Y el primer mal al que nos lleva el conflicto, y del que debemos tratar de alejarnos, es propiamente la murmuración. ¡Tengamos cuidado con esto! No es una manía que tengo de hablar contra el chismorreo; es la denuncia de un mal que entra en la Curia; aquí en el Palacio hay tantas puertas y ventanas y entra, y nos acostumbramos a esto. El chismorreo, que nos encierra en la más triste, desagradable y sofocante autorreferencia, y convierte cada crisis en un conflicto. El Evangelio nos dice que los pastores creyeron en el anuncio del ángel y se pusieron en camino hacia Jesús (cf. Lc 2,15-16). Herodes, por el contrario, se cerró ante el relato de los magos y transformó su cerrazón en mentiras y violencia (cf. Mt 2,1-16).

Cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestro puesto en la Iglesia, debe preguntarse si quiere seguir a Jesús con la docilidad de los pastores o con la autoprotección de Herodes, seguirlo en la crisis o defendernos de Él en el conflicto.

Permítanme que les pida expresamente a todos los que, junto conmigo, están al servicio del Evangelio el regalo de Navidad: Su colaboración generosa y apasionada en el anuncio de la Buena Nueva, especialmente a los pobres (cf. Mt 11,5). Recordemos que conoce verdaderamente a Dios quien solamente acoge al pobre que viene de abajo con su miseria, y que en esta misma capacidad es enviado desde arriba; no podemos ver el rostro de Dios, pero podemos experimentarlo en su vuelta hacia nosotros cuando honramos el rostro de nuestro prójimo, del otro que nos compromete con sus necesidades. El rostro de los pobres. Los pobres están en el centro del Evangelio. Me viene a la mente lo que decía aquel santo obispo brasileño: “Cuando me ocupo de los pobres, dicen de mí que soy un santo; pero cuando me cuestiono y pregunto: ‘¿Por qué hay tanta pobreza?’, me dicen ‘comunista’”.

Que no haya nadie que voluntariamente obstaculice la obra que el Señor está realizando en este momento, y pidamos el don de la humildad en el servicio para que Él crezca y nosotros disminuyamos (cf. Jn 3,30).

Felicidades a todos, a cada uno de ustedes, a sus familias y a sus amigos. Y gracias, gracias por vuestro trabajo. Muchas gracias. Y, por favor, recen siempre por mí, para que tenga la valentía de permanecer en crisis. Feliz Navidad. Gracias.

[Bendición]

Olvidé decirles que les regalaré dos libros. Uno, la vida de Carlos de Foucauld, un maestro de la crisis, que nos dejó un regalo, un hermoso legado. Este es un regalo que me dio el padre Ardura: gracias. El otro se llama “Olotropía: los verbos de la familiaridad cristiana”. Son para ayudarnos a vivir nuestras vidas. Es un libro que se ha publicado en estos días, realizado por un biblista, discípulo del cardenal Martini; ha trabajado en Milán, pero es de la diócesis de Albenga-Imperia.

21 diciembre 2020

Niños y arañas, Navidad

 Enrique García-Máiquez



«No es extraño que una narración navideña se abra con esa imagen. La Navidad no es ñoña. Su trasfondo es la lucha contra el mal, que es el argumento latente de todas las grandes historias»

El arranque de Un cuento de Navidad para Le Barroux de Natalia Sanmartin Fenollera es una escena prácticamente cinematográfica. Un niño entra de puntillas muy de mañana en el cuarto donde su madre duerme. Se acerca sigilosamente a la cama y, con una manita, le tapa suavemente −una caricia− los ojos, para que no se asuste, mientras con la otra captura bruscamente en la almohada una gran araña venenosa, que aplasta entre sus dedos. La escena conjuga, una intensa ternura con una violencia inesperada. También combina el realismo cotidiano con el aleteo −el alma lo adivina− de un misterio.

No es extraño que una narración navideña se abra con esa imagen. La Navidad no es ñoña. Su trasfondo es la lucha contra el mal, que es el argumento latente de todas las grandes historias. Su novedad radica en que un Niño es quien destruye, inesperadamente, el mal. Un niño, y una madre.

Encontramos reflejos siempre que vemos a cualquier niño (o sea, la inocencia, el amor, la sencillez) aplastar o esquivar un peligro subrepticio. Y viceversa: cada vez que una araña teje su red viscosa contra la infancia o la maternidad de cualquier manera (ya sea un delito o una ley o una actitud o una cultura) estamos asistiendo a la anti-Navidad, es decir, a la oscuridad contra la que se anuncia la Navidad. Los belenes multiplicados, las postales, los adornos, las películas, los cuentos y los villancicos que hablan sobre lo que sucedió en Belén hace 2020 años nos han de servir de espejos de todos los tamaños y todos los estilos para que entendamos la multiplicación del drama (la araña) y la comedia (aplastada entre los dedos) que sucede y tiene que suceder en el mundo cotidiano de cada persona que desea «Feliz Navidad».

Otro símbolo lo alumbra: la Navidad se celebra cuando la luz de los días empieza a vencer a la más larga oscuridad del año. La luz va a más, que es otra victoria, pero empezando pequeñita, muy niña. El espíritu de la Navidad, como supo Charles Dickens, tiene muy diversas manifestaciones, y una fundamental es la defensa en todo momento de la luz. Que estamos ante una urgencia nos lo recordará, dentro de unos días la festividad de los santos Inocentes, que no pasa tan cerca de la Nochebuena por casualidad. La inercia de unas navidades fofas, blandas, sentimentales y muelles es una trampa en la que la liturgia no nos permite caer.

Cuando le contaban la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo al recién convertido rey Clodoveo I (499), exclamó conmovido: «Ay, si hubiese estado allí con un puñado de mis francos, no habría permitido que lo crucificaran». En ese momento, a la luz de ese deseo ferviente y quijotesco, nace, de las entrañas niñas del cristianismo, la Cristiandad. Yo soy muy clodovista, y creo que todavía podemos, siendo francos, salvar o intentar salvar a los inocentes, y tomar partido, aquí y ahora, por la infancia y por la vida, contra las arañas. No seríamos las primeras figuras anacrónicas que se plantan en un belén, y que hacen allí su papel tan perfectamente. Fíjense, casi no hay nacimiento en ninguna casa que no las tenga, ya sean unos voluntariosos clicks de Playmobil o unas elegantes pastoras dieciochescas y napolitanas o unas figuras flamencas del romanticismo español o incluso un cowboy de plástico con sus buenas dos pistolas al cinto o unos indios apaches en la cresta de las montañas de plástico. La movilización para el nacimiento es universal.

Como explicó J.R.R. Tolkien a C.S. Lewis una vez y a todos para siempre, el mito del niño que se enfrenta al mal se ha contado cientos de veces porque apela a un estrato muy profundo del alma humana, como sentimos todos por puro instinto moral; pero en una ocasión, además de un mito, fue verdad, el mito verdadero, y aconteció en Belén. Lo de las arañas, en cambio, por suerte para los arácnidos, es sólo una metáfora. Con todo, lo nuestro es traspasar la tela del mito y luchar, como soñó Clodoveo I, por el Niño que ha nacido en un Portal y por los santos inocentes. Poder abrigar la vida más aterida frente al frío de la muerte es nuestro regalo (épico) de Navidad.


Enrique García-Máiquez, en theobjective.com