18 febrero 2021

SANTA MISA, BENDICIÓN E IMPOSICIÓN DE LA CENIZA

Homilía de Papa, ayer


Iniciamos el camino de la cuaresma. Este se abre con las palabras del profeta Joel, que indican la dirección a seguir. Hay una invitación que nace del corazón de Dios, que con los brazos abiertos y los ojos llenos de nostalgia nos suplica: «Vuélvanse a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Vuélvanse a mí. La cuaresma es un viaje de regreso a Dios. Cuántas veces, ocupados o indiferentes, le hemos dicho: “Señor, volveré a Ti después, espera… Hoy no puedo, pero mañana empezaré a rezar y a hacer algo por los demás”. Y así un día después de otro. Ahora Dios llama a nuestro corazón. En la vida tendremos siempre cosas que hacer y tendremos excusas para dar, pero, hermanos y hermanas, hoy es el tiempo de regresar a Dios.

Vuélvanse a mí, dice, con todo el corazón. La cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, todo lo que somos. Es el tiempo para verificar las sendas que estamos recorriendo, para volver a encontrar el camino de regreso a casa, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo. La cuaresma no es hacer un ramillete espiritual, es discernir hacia dónde está orientado el corazón. Este es el centro de la cuaresma: ¿Hacia dónde está orientado mi corazón? Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido, puesto en el primer lugar y así sucesivamente? ¿Tengo un corazón “bailarín”, que da un paso hacia adelante y uno hacia atrás, ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un corazón firme en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías, o lucho por liberar el corazón de la doblez y la falsedad que lo encadenan?

El viaje de la cuaresma es un éxodo, es un éxodo de la esclavitud a la libertad. Son cuarenta días que recuerdan los cuarenta años en los que el pueblo de Dios viajó en el desierto para regresar a su tierra de origen. Pero, ¡qué difícil es dejar Egipto! Fue más difícil dejar el Egipto que estaba en el corazón del pueblo de Dios, ese Egipto que se llevaron siempre dentro, que dejar la tierra de Egipto… Es muy difícil dejar el Egipto. Siempre, durante el camino, estaba la tentación de añorar las cebollas, de volver atrás, de atarse a los recuerdos del pasado, a algún ídolo. También para nosotros es así: el viaje de regreso a Dios se dificulta por nuestros apegos malsanos, se frena por los lazos seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar, del lamento victimista que paraliza. Para caminar es necesario desenmascarar estas ilusiones.

Pero nos preguntamos: ¿cómo proceder entonces en el camino hacia Dios? Nos ayudan los viajes de regreso que nos relata la Palabra de Dios.

Miramos al hijo pródigo y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar. Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso. He dicho la confesión, por favor, los confesores, sean como el padre, no con el látigo, sino con el abrazo.

Después necesitamos volver a Jesús, hacer como aquel leproso sanado que volvió a agradecerle. Diez fueron curados, pero sólo él fue también salvado, porque volvió a Jesús (cf. Lc 17,12-19). Todos, todos tenemos enfermedades espirituales, solos no podemos curarlas; todos tenemos vicios arraigados, solos no podemos extirparlos; todos tenemos miedos que nos paralizan, solos no podemos vencerlos. Necesitamos imitar a aquel leproso, que volvió a Jesús y se postró a sus pies. Necesitamos la curación de Jesús, es necesario presentarle nuestras heridas y decirle: “Jesús, estoy aquí ante Ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico, Tú puedes liberarme. Sana mi corazón”.

Además, la Palabra de Dios nos pide que volvamos al Padre, nos pide que volvamos a Jesús, y estamos llamados a volver al Espíritu Santo. La ceniza sobre la cabeza nos recuerda que somos polvo y al polvo volveremos. Pero sobre este polvo nuestro Dios ha infundido su Espíritu de vida. Entonces, no podemos vivir persiguiendo el polvo, detrás de cosas que hoy están y mañana desaparecen. Volvamos al Espíritu, Dador de vida, volvemos al Fuego que hace resurgir nuestras cenizas, a ese Fuego que nos enseña a amar. Seremos siempre polvo, pero, como dice un himno litúrgico, polvo enamorado. Volvamos a rezar al Espíritu Santo, redescubramos el fuego de la alabanza, que hace arder las cenizas del lamento y la resignación.

Hermanos y hermanas: Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. De otro modo no habría sido posible. Antes que nosotros fuéramos hacia Él, Él descendió hacia nosotros. Nos ha precedido, ha venido a nuestro encuentro. Por nosotros descendió más abajo de cuanto podíamos imaginar: se hizo pecado, se hizo muerte. Es cuanto nos ha recordado san Pablo: «A quien no cometió pecado, Dios lo asemejó al pecado por nosotros» (2 Co 5,21). Para no dejarnos solos y acompañarnos en el camino descendió hasta nuestro pecado y nuestra muerte, ha tocado el pecado, ha tocado nuestra muerte. Nuestro viaje, entonces, consiste en dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y dulzura sobre nuestro barro.

He aquí, entonces, la súplica del Apóstol: «Déjense reconciliar con Dios» (v. 20). Déjense reconciliar: el camino no se basa en nuestras fuerzas; nadie puede reconciliarse con Dios por sus propias fuerzas, no se puede. La conversión del corazón, con los gestos y las obras que la expresan, sólo es posible si parte del primado de la acción de Dios. Lo que nos hace volver a Él no es presumir de nuestras capacidades y nuestros méritos, sino acoger su gracia. Nos salva la gracia, la salvación es pura gracia, pura gratuidad. Jesús nos lo ha dicho claramente en el Evangelio: lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre. El comienzo del regreso a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de su gracia. Este es el camino justo, el camino de la humildad. ¿Yo me siento necesitado o me siento autosuficiente?

Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños. En este camino, para no perder la dirección, pongámonos ante la cruz de Jesús: es la cátedra silenciosa de Dios. Miremos cada día sus llagas, las llagas que Él ha llevado al Cielo y muestra al Padre todos los días en su oración de intercesión. Miremos cada día sus llagas. En esos agujeros reconocemos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño. Sin embargo, precisamente allí vemos que Dios no nos señala con el dedo, sino que abre los brazos de par en par. Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Besémoslas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro. Y ahora que ha venido a nuestro encuentro, nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados.

17 febrero 2021

De cuidar la vida a administrar la muerte

 Jacinto Bátiz

Reconozco que el título que he elegido para este artículo tal vez sea muy fuerte, pero quiero reflejar en él lo que deseo compartir con quien elija leerlo. Los médicos que desde siempre nos hemos dedicado cuidar la vida de las personas, procurar su salud, evitar su muerte prematura o, en su caso, acompañar al moribundo para aliviar su sufrimiento hasta el final, a partir de ahora pasamos a tener una función más, administrar la muerte de quien la solicite. Según el texto de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia, administrar «la prestación de ayuda para morir», en sus dos modalidades, como se refleja en el art. 3 de la citada ley: «1ª) La administración directa al paciente de una sustancia por parte del profesional sanitario competente. 2ª) La prescripción o suministro al paciente por parte del profesional sanitario de una sustancia, de manera que esta se la pueda auto administrar, para causar su propia muerte».

Muchos ciudadanos celebran haber conseguido el derecho de la eutanasia, pero continuamos sin el derecho a la atención adecuada, eficaz y universal durante la etapa final de nuestras vidas.

Los médicos no podemos ignorar ni mirar hacia otro lado cuando el enfermo nos manifiesta que no desea continuar viviendo de la manera que lo está haciendo, acompañado por un sufrimiento continuo e insoportable. No es que quiera morir, lo que no quiere es sufrir. Es entonces cuando nosotros, los médicos, tenemos la obligación de evitar su sufrimiento. Pero tal vez tengamos que reflexionar sobre qué es lo que lo hace sufrir para que nos solicite morir cuanto antes.

Cuando hablamos del tema de la eutanasia, enseguida deseamos dar una respuesta al deseo del enfermo, pero la mayoría de las veces sin profundizar en qué es lo que motiva su petición. Esto les ocurre, sobre todo, a quienes no están junto a él durante el proceso de su enfermedad. Por eso desde disciplinas como el Derecho, la Filosofía, la Política o la Moral se proponen soluciones, según mi opinión, poco prácticas. Sin embargo, los que desde la Enfermería, la Medicina o la Psicología vivimos día a día junto al enfermo, contemplando su sufrimiento y escuchando sus preocupaciones, tratando de dar soluciones a sus molestias físicas, aliviando sus lastres emocionales, desculpabilizándolos del concepto de carga que en ocasiones creen que son para los demás y reforzando sus creencias espirituales, estamos solucionando unos problemas que, sumados, provocan el sufrimiento insoportable que los lleva a desear la muerte anticipada.

La decisión de morir, a diferencia de otras que se pueden tomar en la vida, lleva asociada una característica inmutable: una vez se va «mar adentro», no hay posibilidad de retornar. A veces, ¿no será que tenemos tanto miedo de ver morir a los otros que preferimos adelantarles la muerte? ¿O, tal vez, tenemos tanto miedo de no saber morir que preferimos pedir que nos la adelanten? Debiéramos comprender que la muerte tiene derecho a su justo lugar como parte de la vida y que el desahuciado tiene derecho a la ternura, al amor, a la presencia de sus allegados, a la tranquilidad y al alivio de su sufrimiento.

A veces se nos hace creer que no existe
más que una alternativa para el sufrimiento
extremo: el acto de provocar deliberadamente la muerte

Sepamos, por tanto, regalar el permiso para morir, pero teniendo claro que permitir morir no es suministrar la muerte. ¿Quiénes somos nosotros para abreviar la vida o para prolongar la agonía? En muchas ocasiones se juega con la ambigüedad de las palabras y se entretiene con la confusión que existe alrededor de las prácticas que nada tienen que ver con la eutanasia, como el cese de tratamientos fútiles o la prescripción de analgésicos o sedantes para aliviar los dolores y las angustias. Sobre todo, a veces se nos hace creer que no existe más que una alternativa para el sufrimiento extremo: el acto de provocar deliberadamente la muerte.

Sin embargo, la eutanasia revela paradójicamente el poder y la impotencia del hombre. El poder de disponer de la vida ante su impotencia frente a la muerte. El poder de dar muerte ante la impotencia de superar el dolor, la soledad y la angustia. Un poder que procede de su impotencia. Un poder que revela la profunda debilidad, incapacidad y contingencia del ser humano. Un poder, a fin de cuentas, pobre y aniquilante. Este es el poder que se nos ha concedido a los médicos con esta ley a partir de ahora, administrar la muerte a quien nos la solicite.


Jacinto Bátiz, en eldebatedehoy.es

16 febrero 2021

Lo normal, discreto y divino

Diego Zalbidea

Algunos paisanos de Jesús dudaron de que el poder de Dios pueda manifestarse en alguien "tan normal". El Señor quiere seguirnos encontrando en lo cotidiano, tejido por sencillas normas de piedad que procuramos vivir

Es sábado. Jesús está en la sinagoga de Nazaret. Quizás vienen a su mente muchos recuerdos entrañables de infancia y juventud. ¡Cuántas veces habrá escuchado allí la palabra de Dios! A sus paisanos, que le conocen desde hace mucho tiempo, les han ido llegando varias noticias sobre los milagros que ha hecho en ciudades vecinas. Y esto da lugar a algo extraño: la familiaridad con Jesús se convierte para ellos en un obstáculo. «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano?» (Mt 13,54-55), se preguntan. Les sorprende que la salvación pueda venir de alguien a quien han visto crecer día a día. No creen que el Mesías pueda haber vivido entre ellos de una manera tan discreta y desapercibida.

Como los paisanos de Jesús

Los habitantes de Nazaret creen conocer bien a Jesús. Están seguros de que las cosas que se cuentan de él no pueden ser ciertas. «¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,56). En un pueblo que no hace representaciones de Dios, que ni siquiera pronuncia su nombre, uno de sus compatriotas afirma que es el Mesías… Imposible. Es más, conocen su origen, conocen a sus padres, conocen su casa: «Era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo»[1]. No se explican cómo alguien tan similar a ellos puede hacer milagros. «La normalidad de Jesús, el trabajador de provincia, no parece tener misterio alguno. Su proveniencia lo muestra como uno igual a todos los demás»[2]. El hijo de Dios trabajaba con José en su taller; «la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna»[3]. ¿Por qué la normalidad de la vida de Jesús pudo ser un motivo para no creer en su divinidad?

Aunque puede parecernos algo muy ajeno, reservado a aquellos que convivieron con Cristo, en realidad nosotros también muchas veces sospechamos de la normalidad. Nos atrae lo especial, lo llamativo, lo extraordinario; nos encanta romper el ritmo. Suele suceder que vemos adormecida nuestra capacidad de asombro, damos por supuesto que suceden muchas cosas, nos encerramos en ciertas rutinas, pasando por alto los milagros que están detrás de lo normal. Sin ir más lejos, muchas veces nos acostumbramos incluso al mayor de todos ellos, a la presencia del Hijo de Dios en la Eucaristía. Pero lo mismo nos puede pasar con nuestro encuentro personal con Cristo en la oración, con esa serenata de jaculatorias a la Virgen que es el rezo del santo rosario o con aquellos momentos en los que queremos llenar nuestra mente y nuestros afectos con la doctrina cristiana a través de la lectura espiritual. Tal vez nos hemos habituado a tener a nuestro creador tan a la mano. El dispensador de todas las gracias, el amor que colma cualquier deseo, está encerrado en infinidad de sagrarios repartidos por todo el globo. Dios ha querido hacer presente toda su omnipotencia en los espacios que le ofrece la normalidad. Obra desde allí. Así, muchas veces sin brillo, surgen innumerables milagros a nuestro alrededor.

Entre los bastidores de lo cotidiano

Nos puede desconcertar aquella normalidad de Dios porque la contraponemos a una espontaneidad que quizá juzgamos como elemento esencial de una relación. Lo normal nos puede parecer demasiado previsible porque allí aparentemente falta la creatividad, el factor sorpresa, la pasión del amor verdadero. Quizá echamos en falta algo distintivo que haga de nuestra relación con Dios una aventura inigualable, única e irrepetible, un testimonio espectacular que pueda incluso remover a otras personas. Podemos pensar que la normalidad uniforma y desaprovecha la aportación que cada uno puede hacer. Es verdad que, ante lo que siempre es igual, la reacción comprensible es el acostumbramiento.

Sin embargo, sabemos que Dios nos invita a encontrarle en lo más ordinario, en lo de cada día. Así es también el amor humano, que crece y se profundiza no solo valiéndose de grandes momentos especiales, sino en esos silencios, cansancios e incomprensiones de las jornadas compartidas; simplemente al estar juntos. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[4] que nos encantaría descubrir. Sucede que, aunque nuestra relación con Dios ocurra en medio de la normalidad, la procesión va por dentro. Su amor apasionado se puede mover muy cómodamente entre los bastidores de la normalidad, en el hoy sin espectáculo, sin fuegos artificiales pero con brasas ardientes. La razón es que nos sabemos, en cada momento, mirados con un cariño nuevo. A Dios no le importa lo normal que sea mi vida: es mía y eso es suficiente para él. Dios, de hecho, nos ofrece la oportunidad de hacer de nuestra vida algo excepcionalmente singular y especial; él no sabe contar más que de uno en uno. Nunca hace comparaciones entre sus hijos. Nos ha llamado a cada uno desde antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,4): no hay nadie igual a mí y, por eso, soy inimitable y absolutamente amable para Dios.

Los mimos parecen monótonos

Ese espacio de normalidad en el que el Señor actúa hace posible que nuestra vida esté, como dice san Pablo, «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3); llena de días iguales en los que aparentemente no pasa nada y, sin embargo, está sucediendo lo más inaudito. «En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”»[5]. Desde fuera podría parecer que la monotonía se ha apoderado de quien busca vivir esa santidad en las cosas ordinarias. Sin embargo, para desenmascarar esa visión superficial, san Josemaría comparaba las pequeñas y constantes costumbres de piedad de esa alma con los mimos que una madre tiene con su hijo pequeño: «Plan de vida: ¿monotonía? Los mimos de la madre, ¿monótonos? ¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?»[6]. Al mismo tiempo, Dios está concentrado en nosotros y no deja de pensar en nosotros ni de amarnos en ningún instante; no importa qué tan normal es nuestra vida, sino qué tan excepcional es para él.

San Bernardo de Claraval le escribía al Papa Eugenio III, gran amigo suyo que fue beatificado después, para animarle a que no descuidara la vida de oración constante y evitar así que le absorbieran las actividades que debía cumplir en su nuevo ministerio: «Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cualquier cosa menos permitirles que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza del corazón»[7]. Sin unas costumbres de piedad concretas, diarias, el corazón tiene el peligro de cerrarse al amor de Dios y volverse duro. Sin su cariño, hasta lo más santo puede perder el sentido. Sin él a nuestro lado, enseguida nos quedamos sin fuerzas.

En mayo de 1936, san Josemaría daba una plática y propuso a los que le escuchaban que cada uno pidiera la «gracia para cumplir mi plan de vida de tal modo que aproveche bien el tiempo. ¿Por qué me acuesto y me levanto fuera de hora?»[8]. Y puede surgir en nosotros la pregunta: ¿qué tiene que ver el amor de Dios con la hora de irse a descansar? Esa es la maravilla de la normalidad de Dios. A él le importa, y mucho, nuestro sueño, nuestra salud, nuestros planes. Y, sobre todo, quiere que no nos asalte a última hora la inquietud por hacer más cosas de las que el día ha permitido, porque quien obra es siempre Dios.

Para garantizar nuestra libertad

Al comenzar su pontificado, Benedicto XVI nos alertaba ante un peligro constante y que quizá también estaba presente en aquella sinagoga de Nazaret que mencionamos al principio: «El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[9]. La normalidad nos parece también demasiado lenta, podemos pensar que llega tarde. Nosotros deseamos que las cosas buenas y santas sean realidad cuanto antes. A veces nos resulta difícil entender por qué el bien tarda tanto en llegar, por qué el Mesías se toma tanto tiempo que incluso «comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema»[10].

En realidad, bajo esa forma de presentarse, lo que Dios busca tal vez sea garantizar la libertad de los hombres, estar seguro de que nosotros también queremos estar con él, ya sea al orar unos cuantos minutos, al detener nuestra jornada para dedicar unas palabras a María o al hacer cualquier otra cosa. Si Dios se manifestase de una manera diversa, la respuesta nuestra tendría que ser indiscutible. Por eso vemos que Jesús parece feliz pasando desapercibido en las escenas del evangelio. Los magos, por ejemplo, debieron de quedar sorprendidos al ver al rey de los judíos sostenido por los brazos de una mujer joven, en un lugar tan sencillo. Dios no quiere avasallar a los hombres. La personalidad de su Hijo es tan atractiva que Dios ha elegido manifestarse en la normalidad para darnos un espacio de libertad. Quiere hijos libres, no deslumbrados. Sabe que nada nos estimula tanto como el descubrimiento personal de un tesoro escondido. Agradecer y disfrutar de esa libertad −con todas sus luces y sus sombras− nos ayuda a compartir su paciencia ante tantas cosas que, a primera vista, nos pueden parecer un obstáculo para la redención y, sin embargo, son el camino ordinario a través del cual Dios se manifiesta.

Por eso mismo, también sus mandamientos y sus normas son un don y una invitación. Se puede resumir esta realidad recurriendo a dos de los más grandes pensadores de la tradición cristiana: «En esta línea, Tomás de Aquino pudo decir: “La nueva ley es la misma gracia del Espíritu Santo”, no una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. Agustín pudo resumir al final esta experiencia espiritual de la verdadera novedad en el cristianismo en la famosa fórmula: “Da quod iubes et iube quod vis”, “dame lo que mandas y manda lo que quieras”»[11]. Entonces se entienden bien algunos párrafos encendidos del salmista que pueden servirnos para agradecer esta libertad a Dios: «Con mis labios proclamo todas las normas de tu boca. En el camino de tus preceptos me deleito más que en todas las riquezas. Quiero meditar en tus mandatos, y fijar la vista en tus senderos» (Sal 119,13-15).

En lo normal está Dios

Vivimos en una época de fenómenos de masas, con personas que tienen millones de seguidores, fotos o vídeos que se hacen virales en pocos minutos. Ante este panorama, ¿qué vigencia tiene lo que hemos dicho sobre la normalidad en la que obra el Señor? Sabemos bien que Dios es paciente y nos ha dicho que su acción es como la levadura: no es posible distinguirla de la masa y, a pesar de cualquier circunstancia, llega hasta el último rincón. Es Dios el primer interesado en salvar al mundo, mucho más que nosotros. De hecho, es él quien empuja, quien enciende y quien sostiene. Nosotros, principalmente, nos sumamos a ese movimiento de santidad: «Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico»[12].

El Papa Francisco nos invita precisamente a dejarnos invadir por la vibración apasionada de la gracia: «Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor “en brazos” (Lc 2,28). No solo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al teléfono, en la escuela, con los pobres, en todas partes. Tener al Señor en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto al devoto sentimental como al frenético factótum. Vivir el encuentro con Jesús es también el remedio para la parálisis de la normalidad, es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia»[13]. Con Cristo queremos liberarnos de la parálisis de pensar que en lo normal no está Dios.

«María santifica lo más menudo −nos hacía notar san Josemaría−, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»[14].

Diego Zalbidea

Fuente: opusdei.org

15 febrero 2021

La transgresión de Dios

 El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenos días! ¡Qué bonita está la plaza con el sol! ¡Es bella!

El Evangelio de hoy (cf. Mc 1,40-45) nos presenta el encuentro entre Jesús y un hombre enfermo de lepra. Los leprosos eran considerados impuros y, según las prescripciones de la Ley, debían permanecer fuera de los lugares habitados. Eran excluidos de toda relación humana, social y religiosa. Por ejemplo, no podían entrar en la sinagoga, no podían entrar en el Templo, también religiosamente. Jesús, en cambio, deja que se le acerque aquel hombre, se conmueve, incluso extiende la mano y lo toca. Esto era impensable en aquel tiempo. De este modo, realiza la Buena Noticia que anuncia: Dios se ha hecho cercano a nuestra vida, tiene compasión de la suerte de la humanidad herida y viene a derribar toda barrera que nos impide vivir nuestra relación con Él, con los demás y con nosotros mismos. Se hizo cercano. Cercanía. Recuérdense bien de esta palabra: cercanía, compasión. El evangelio dice que Jesús al ver al leproso “tuvo compasión de él”. Y ternura. Tres palabras que indican el estilo de Dios: cercanía, compasión, ternura. En este episodio podemos ver que se encuentran dos “transgresiones”: la transgresión del leproso que se acerca a Jesús, y no podía hacerlo, y Jesús que, movido por la compasión, se acerca y lo toca con ternura para curarlo, y no podía hacerlo. Ambos son transgresores, son dos transgresiones.

La primera transgresión es la del leproso: a pesar de las prescripciones de la Ley, sale del aislamiento y va a Jesús. Su enfermedad era considerada un castigo divino, pero en Jesús él pudo ver otro rostro de Dios: no el Dios que castiga, sino el Padre de la compasión y del amor, que nos libera del pecado y que nunca nos excluye de su misericordia. Así, aquel hombre puede salir de su aislamiento, porque en Jesús encuentra a Dios que comparte su dolor. La actitud de Jesús lo atrae, lo empuja a salir de sí mismo y a confiarle a Él su historia de dolor.

Permítanme aquí un pensamiento para tantos buenos sacerdotes, confesores, que tienen este comportamiento de atraer a la gente, a mucha gente que se siente una nada, se siente “por los suelos” por sus pecados... Pero con ternura, con compasión... Son buenos esos confesores que no están con el látigo en la mano, sino para recibir, escuchar y decir que Dios es bueno, que Dios perdona siempre, que Dios no se cansa de perdonar. Para estos confesores misericordiosos, les pido hoy, a todos ustedes, un aplauso, aquí en la plaza, todos. [aplausos]

La segunda transgresión es la de Jesús: mientras la Ley prohibía tocar a los leprosos, Él se conmueve, extiende su mano y lo toca para curarlo. Alguno podría decir: ha pecado, ha hecho lo que la Ley prohíbe, es un transgresor. Es verdad, es un transgresor. No se limita a las palabras, sino que lo toca. Y tocar con amor significa establecer una relación, entrar en comunión, implicarse en la vida del otro hasta el punto de compartir incluso sus heridas. Con este gesto, Jesús muestra que Dios, que no es indiferente, no se mantiene a una “distancia seguridad”; es más, se acerca con compasión y toca nuestra vida para sanarla con ternura. Es el estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura. La transgresión de Dios. Es un gran transgresor en este sentido.

Hermanos y hermanas, aún hoy en el mundo muchos hermanos nuestros hermanos sufren de esta enfermedad, del mal de Hansen, o de otras enfermedades y condiciones a las que, lamentablemente, se asocian prejuicios sociales: “Este es un pecador”. Piensen en aquel momento (cf. Lc 7,36-50) en que entró en el banquete aquella mujer, derramó perfume sobre los pies de Jesús. Los otros decían: “pero si este fuera profeta sería consciente, sabría quién es esta mujer: una pecadora”. El desprecio. Por el contrario, Jesús recibe, es más, agradece: “te son perdonados tus pecados”. La ternura de Jesús. El prejuicio social de alejar a la gente con la palabra “este es un impuro”, “este es un pecador”, “este es un estafador”. Sí, a veces es verdad, pero no prejuzguen. A cada uno de nosotros nos puede ocurrir experimentar heridas, fracasos, sufrimientos, egoísmos que nos cierran a Dios y a los demás, porque el pecado nos encierra en nosotros mismos, por vergüenza, por humillación, pero Dios quiere abrir el corazón. Frente a todo esto, Jesús nos anuncia que Dios no es una idea o una doctrina abstracta, sino que Dios es Aquel que se “contamina” con nuestra humanidad herida y que no teme entrar en contacto con nuestras heridas. Pero, padre, ¿qué está diciendo? ¿Que Dios se contamina? No lo digo yo, lo ha dicho san Pablo: se ha hecho pecado (cf. 2 Cor 5,21). Él que no es pecador, que no puede pecar, se ha hecho pecado. Mira cómo se ha contaminado Dios para acercarse a nosotros, para tener compasión y para hacer comprender su ternura. Cercanía, compasión y ternura.

Para respetar las reglas de la buena reputación y las costumbres sociales, a menudo silenciamos el dolor o usamos máscaras para disimularlo. Con el fin de conciliar los cálculos de nuestro egoísmo o las leyes internas de nuestros temores, no nos implicamos demasiado en los sufrimientos de los demás. Por el contrario, pidamos al Señor la gracia de vivir estas dos “transgresiones” del Evangelio de hoy. La del leproso, para que tengamos la valentía de salir de nuestro aislamiento y, en lugar de quedarnos allí a quejarnos o a llorar por nuestros fracasos, las quejas, en luhar de esto vayamos a Jesús tal como somos. Señor, yo soy así. Sentiremos ese abrazo, ese abrazo de Jesús tan hermoso. Y luego la transgresión de Jesús, que es un amor que nos hace ir más allá de las convenciones, que nos hace superar los prejuicios y el miedo a mezclarnos con la vida del otro. Aprendamos a ser “transgresores” como estos dos, como el leproso y como Jesús.

Que en este camino nos acompañe la Virgen María, a la que ahora invocamos en la oración del Ángelus.


Despúes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Siempre miro con gratitud el compromiso de aquellos que colaboran en favor de los migrantes. A todos agradezco lo que hacen por los migrantes. Hoy, en particular, me uno a los obispos de Colombia al expresar reconocimiento por la decisión de las autoridades colombianas de implementar el Estatuto de Protección Temporal para los migrantes venezolanos presentes en el país, favoreciendo la acogida, la protección y la integración. Y esto no lo hace un país riquísimo, super desarrollado, no. Lo hace un país con tantos problemas de desarrollo, de pobreza, de paz… casi 70 años de guerrilla. Pero, con estos problemas, ha tenido la valentía de mirar a estos migrantes y de hacer este Estatuto. ¡Gracias a Colombia, gracias!

Hoy en la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos, proclamados por san Juan Pablo II copatronos de Europa, saludo con afecto a todas las comunidades que viven en los territorios evangelizados por los santos hermanos. Que su intercesión ayude a encontrar nuevos caminos para comunicar el Evangelio. Estos dos no tuvieron miedo de encontrar nuevos caminos para comunicar el Evangelio. Que su intercesión aumente en las iglesias cristianas el deseo de caminar hacia la plena unidad en el respeto de las diferencias.

Hoy no puede faltar, en el día de san Valentín, dirigir un pensamiento, una felicitación a los novios, a los enamorados. Los acompaño con mi oración y los bendigo.

Ahora mi saludo va para ustedes fieles de Roma y peregrinos. También veo que hay franceses, mexicanos, españoles, polacos. ¡Bienvenidos todos, muchos saludos!

El próximo miércoles iniciaremos la Cuaresma. Será un tiempo favorable para dar un sentido de fe y esperanza a la crisis que estamos viviendo.

Y no quiero olvidar las tres palabras que nos hacen comprender el estilo de Dios, no las olviden: cercanía, compasión y ternura. ¿Lo decimos juntos? Cercanía, compasión y ternura.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto. ¡Gracias!

 

14 febrero 2021

Día de los enamorados. ¿Es mi día?

Juan Luis Selma


Es una pena que se haya diluido la palabra noviazgo. No me gusta lo de "esta es mi pareja"

Pienso que a todos nos gustaría tener a alguien a quien regalar este día de san Valentín. Es una buena ocasión para repasar cómo vamos de amores. A quién nos gustaría decirle lo mucho que le queremos y de un modo tan pensado y bonito que le sorprendamos. También nos podemos cuestionar cómo vamos de sensibilidad para captar los mensajes de amor y cariño que nos mandan. No basta con tener buenas explicaderas, hay que tener mejores entendederas, puede que seamos muy amados sin enterarnos.

Hoy nadie está excluido en esta fiesta. Los esposos pueden renovar su amor, los novios consolidarlo, los singles soñar en su media naranja, los viudos rememorar sus buenos momentos y mandar flores al cielo, los que piensan que lo han perdido intentar recuperarlo, los que hemos optado por el celibato recordar que es una elección de amor y no de soltería. Todos estamos hechos para el amor.

Pero quizás los protagonistas de hoy sean los novios. Es una pena que se haya diluido el sentido y la palabra noviazgo. No me gusta lo de “esta es mi pareja”. Me recuerda el póker y el refrán: afortunado en el juego, desgraciado en amores. Tampoco me hacen gracia las relaciones exprés: aquí te pillo, aquí nos acostamos. El amor requiere tiempo, espera, conocimiento. Es algo tan grande que no se puede trivializar. Equivocarse en el amor es jugarse la felicidad.

A Santa María encomendaba san Josemaría los amores de los jóvenes: “Quise regalar a la Universidad de Navarra una imagen de Santa María, Madre del Amor Hermoso: para que los chicos y las chicas, que frecuentan los cursos de aquellas Facultades, aprendieran de Ella la nobleza del amor, también del amor humano”. Y decía también: “El noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto y en el conocimiento mutuo. Y, como toda escuela de amor, ha de estar inspirado no por el afán de posesión, sino por espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza”.

En el Evangelio de hoy leemos: “Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: Si quieres, puedes limpiarme. Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio”. La lepra destrozaba la carne del enfermo, y como se creía muy contagiosa, éste debía confinarse, se quedaba solo. Al que la padecía se le consideraba impuro. Hoy es una enfermedad dominada, en cambio la hipersexualidad es toda una pandemia. Quiero traer a colación la sexualidad este día, y no porque se confunda el amor con el “hacer el amor”, sino por la gran relación que tiene con el amor-desamor.

Pienso que la banalización de la sexualidad es un arma de destrucción masiva, precisamente porque el sexo afecta a lo más grande e íntimo de la persona, al amor. Confundirlo con un juego turba y desasosiega, a la vez que crea dependencia y aísla. En cambio, vivido como donación de amor, es fuente de gozo y de libertad, y puede dar vida. Así el impulso sexual da paso al encuentro con la persona amada, que tiene un nombre propio, un rostro querido.

Unos novios me decían que, cuando están lejos por motivos de estudios, todas las noches se hablan por teléfono y acaban rezando tres avemarías pidiendo que su relación sea limpia y pura. Esperan a ser esposos para darse el abrazo esponsal.

Dice el Papa Francisco en su precioso escrito sobre san José: “La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz… La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida”.

Un modo muy bonito de ser libres es dar un paso en amabilidad, en hacernos querer: facilitar que nos amen retrayendo las púas. Pensar si nuestro rostro, modales, palabras y actitudes son amables, dignos de amor.

¡Qué buen regalo de san Valentín sería! Mucho más valioso que unas fragantes rosas, que una buena joya o perfume. Y, si vemos que se ha endurecido el corazón, es un buen momento para pedir un milagro y con el leproso decir: “Si quieres, puedes limpiarme”. Hoy puede ser nuestro día.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

13 febrero 2021

'Si quieres, puedes limpiarme'

Domingo 6° semana del tiempo ordinario (Ciclo B)


Evangelio (Mc 1,40-45)

Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía:

− Si quieres, puedes limpiarme.

Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo:

− Quiero, queda limpio.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio. Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo:

− Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio.

Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.


Comentario

En este pasaje del Evangelio se nos presenta una nueva curación milagrosa llevada a cabo por Jesús que, además, está cargada de un gran contenido simbólico.

Según las prescripciones del Levítico la lepra no era considerada sólo como una enfermedad, sino también como un grave tipo de impureza ritual que lleva consigo la obligación de estar aislado mientras perdurase (Lv 13,1-59). Correspondía a los sacerdotes diagnosticar a quienes presentaban los síntomas, así como certificar la curación, si es que llegaba a producirse.

Es fácil hacerse cargo de los sufrimientos que implicaba a las personas que la contraían, ya que, además de las graves molestias propias de la enfermedad, debían abandonar sus casas y sus pueblos y vagar por lugares deshabitados, lejos del contacto con otras personas. Tener lepra era como estar muerto en vida, alejado tanto de la vida civil como de la religiosa. Por eso, también su curación es como una resurrección.

Aquel hombre leproso, al ver desde lejos que Jesús pasaba con sus discípulos por algún camino de la zona en la que estaba, sentiría removerse su corazón con la esperanza de que pudiera hacer algo por él. Por eso se acerca al Maestro y, todavía lejos, arrodillado en su presencia, le habla lleno de confianza en que Jesús tenía poder para hacerlo. A la vez se dirige al Señor de modo muy respetuoso con lo que decidiera hacer finalmente: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Jesús se compadeció al instante de este hombre, se acercó a él, extendió su mano para tocarlo y le dijo: “Quiero, queda limpio”. E inmediatamente se produjo su curación. El hecho de extender la mano y tocar el cuerpo llagado del leproso, pone de manifiesto que Dios, de ordinario, se quiere servir de gestos, de signos sensibles, que por la acción divina son eficaces. El simple hecho de tocar no cura, pero el poder de Dios a través de ese gesto, sana en profundidad a aquella persona.

Es algo análogo a lo que sucede en los sacramentos, que fueron instituidos por nuestro Señor Jesucristo. Son signos sensibles que, por la acción divina que actúa en ellos, producen eficazmente la gracia que significan.

En la lepra se puede ver un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, que lleva consigo un alejamiento de Dios. A diferencia de lo que establecían las antiguas normas rituales del Levítico la enfermedad física no nos separa de Dios, sino la culpa, las manchas morales y espirituales del alma.

También en ocasiones podemos sentirnos manchados por nuestras faltas y pecados, e incapaces de salir con nuestras propias fuerzas de esa situación. Entonces es el momento de dirigirnos a Jesús con la misma fe fuerte de aquel hombre: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y, si nuestro corazón está decidido a apartarse del mal con la ayuda del Señor y acudimos al sacramento de la Reconciliación, también podremos experimentar la eficacia de sus palabras: “Quiero, queda limpio”.

Los pecados que hayamos podido cometer −aunque hayan llegado a producir la muerte del alma, como las manchas en la piel de aquel leproso lo habían hecho morir en cierto modo− quedan limpios cuando los confesamos humildemente. En este sacramento, Jesucristo, con infinita misericordia, nos renueva y reconforta por medio de sus ministros, permitiéndonos recomenzar una nueva vida llena de paz y alegría.


Fuente: opusdei.org

12 febrero 2021

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2021


«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén...» (Mt 20,18).


 Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

 

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

 

La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

 

La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

 

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

 

Francisco

 


    Hermanos que miran al padre

     Diego Zalbidea



    El Papa Francisco habla con frecuencia de la necesidad de generar una mayor unidad entre las distintas generaciones. La parábola del hijo pródigo, su hermano mayor y su padre, relatada por Jesús, nos puede ayudar a profundizar en este tema

    Aquellos últimos días, Jesús había pasado mucho tiempo entre quienes, a ojos de la sociedad, parecían estar más lejos de Dios. El evangelista san Lucas nos cuenta que «todos los publicanos y pecadores» (Lc 15,1) se acercaban a escuchar sus enseñanzas. Este movimiento de gente hizo que quienes presumían de custodiar la ley mosaica empezasen a murmuran entre sí. El maestro, entonces, decide narrar tres parábolas destinadas a purificar la imagen de Dios que ellos tenían, distorsionada muchas veces por una mentalidad legalista que pierde de vista el amor divino. El tercero de estos relatos es el famoso sobre un padre y sus dos hijos (cfr. Lc 15,11-32): el menor, que pide la herencia para malgastarla lejos de su casa, y el mayor, que permanece en el hogar pero sin sintonizar verdaderamente con el corazón de su padre.


    El olvido de ambos hijos

    Al leer la parábola, podemos suponer que los dos hermanos llevaban mucho tiempo distraídos, alejados de la gratuidad con la que su padre les amaba. El pequeño soñaba con lugares en donde suponía que iba a ser más feliz. A este la dispersión le llegó por la cabeza –tal vez menos amueblada– y por la imaginación –quizá más viva–, hasta convencerse de que podía comprar el amor: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde» (Lc 15,12). El mayor, por su parte, había adormecido su corazón porque aparentemente cumplía bien sus responsabilidades; estaba satisfecho, no daba disgustos a su padre. Sin embargo, por alguna rendija se había colado el frío en su alma. Quizá se había ido enredando en planes que, aunque parecían muy cercanos, no incluían a quien tanto le quería. Al final, ninguno de los dos concebía −aunque fuera de manera inconsciente− que era posible alcanzar una auténtica felicidad estando en familia. Mientras el pequeño la buscaba lejos, el mayor la añoraba en una fiesta con sus amigos. Ninguno de los dos imaginaba que podía alcanzar una vida plena junto a su padre.

    Aunque, como señala san Juan Pablo II, todos tenemos dentro de nosotros, a la vez, algo de ambos hermanos, quizá no sea casualidad que Jesús haya querido hacer explícita la edad de ambos. Puede que el Señor eligiera al mayor para ilustrar actitudes más frecuentes entre personas que llevan mucho tiempo buscando y tratando a Dios. Este hermano, ciertamente, había logrado cumplir con perfección sus tareas. Su padre no podría reprocharle casi nada, así que estaba tranquilo, no debía nada a nadie. Sin embargo, no era del todo feliz. El joven, por su parte, idealista y apasionado, puede representar actitudes más comunes en etapas iniciales de la vida. Tal vez era más vulnerable al atractivo de una libertad que se dirige hacia bienes que finalmente no sacian. Huir, escapar y divertirse puede ser apetecible, pero no se puede rechazar indefinidamente la propia identidad: tarde o temprano aparecen carencias que solo Dios es capaz de colmar. Él tampoco era feliz.

    Ambos hermanos vivían en medio de su realidad de manera incómoda. En esa atmósfera era difícil que creciera el amor, que echara sus raíces la ternura, que ambos alcanzaran a ver lo orgulloso que estaba su padre por la vida de ambos y lo mucho que contaba con ellos. Sus sueños estaban desenfocados. Quizá no les cegaba el egoísmo, pero es posible que hubieran cedido a una tentación sutil: preocuparse solo de lo que tenían entre manos, olvidándose de dejarse querer por quien les había dado todo. Tal vez, sin darse cuenta, habían puesto un dique a ese amor. Mientras el joven imaginaba lo que podría hacer lejos de su hogar, el mayor contabilizaba lo que ya había atesorado. Ambos pensaban que tenían un botín, pero en realidad lo estaban guardando en sacos rotos. El mayor aguantaba a la espera del premio que, según él, merecía, mientras el pequeño no quiso esperar y reclamó la herencia. Al final los dos pedían lo mismo: su recompensa.


    La alegría paterna de tenerlos cerca

    Ambos hermanos, atrapados en sus seguridades, eran incapaces de atisbar siquiera lo que ocurría a muy poca distancia, en el corazón de su padre. Quizá los dos, cada uno a su modo, habían convertido el trato diario con él en una cosa más que hacer. Quizá nos puede suceder algo parecido a nosotros. Tenemos tantas actividades cada día, la mayoría buenas, que podemos agotar nuestra energía en eso. Incluso los momentos en los que queremos dialogar con Dios pueden convertirse simplemente en una tarea más. Al pequeño posiblemente le costaba mucho esa rutina, necesitaba algo más intenso y sensible. El mayor, en cambio, lo había incorporado regularmente a su vida, pero no lo disfrutaba, así que la crisis estaba al caer y es desencadenada por el regreso del pequeño. Ese es el momento en que todos muestran sus cartas.

    Entonces, mientras el pequeño no se atreve a pedir nada más que volver como jornalero, aunque fuera el último, nos enteramos de que el mayor no se sentía bien pagado. Pero el padre tiene una jugada maestra: mientras al pequeño lo premia con una fiesta como nunca antes se había celebrado, al mayor le recuerda que a él, en realidad, le pertenece todo. El padre trata de reconciliar a sus hijos. No le duele el pecado de uno o de otro por sí mismo sino por lo que ellos sufren: «No lloréis por mí, llorad más bien (…) por vuestros hijos» (Lc 23,28). El padre los pone frente a frente para que aprendan a quererse con el amor con que él los ama.

    Romper nuestra burbuja y mirar cómo se conmueve el Señor es volver a la casa paterna; reconocer que, más que una tarea, la relación con nuestro Padre Dios es un don. Ninguno de los dos había sido capaz de apreciar ese derroche de ternura hasta que ambos comprueban el frío que hiela y la soledad que abruma. Bastó un pequeño gesto para que comprendieran cómo son amados: «Corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20); «hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Su padre se siente orgulloso de ellos aunque no le hayan dado motivos. En las palabras de cada uno que nos trae la parábola vemos solamente lo que ellos hacen, sienten o piensan. En las palabras del padre, al contrario, se plasma la alegría de tenerlos cerca.

    San Josemaría era muy consciente de este tipo de situaciones, tan comunes pero a veces ocultas; podemos ansiar el vértigo del hijo menor o estar un poco adormecidos como el hijo mayor. Sin embargo, el fundador del Opus Dei veía en ese trato diario con el padre el más tierno cariño: «Plan de vida: ¿monotonía? Los mimos de la madre, ¿monótonos? ¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman? −El que ama está en el detalle». A través de esos encuentros nos concentramos en el gozo de Dios por tenernos cerca.


    Una alianza anhelada

    «No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres, sino abrazando nuestra condición de hijos» y, por lo tanto, de hermanos. Puede que el pequeño saliera a buscar a su hermano. Quizá el mayor cedió, entró y terminó abrazando al pequeño a quien seguramente no había dejado de querer. La felicidad no sería completa si la reconciliación con su padre no implicara también el perdón por los agravios, reales o imaginarios, entre hermanos. El Papa Francisco nos ha confiado uno de sus grandes anhelos: «Últimamente llevo en el corazón un pensamiento. Siento que esto es lo que el Señor quiere que yo diga: que se haga una alianza entre jóvenes y mayores». Al menor le costaba comprender el valor de la perseverancia de su hermano: años y años cumpliendo con su obligación. Al mayor se le hacía incomprensible la insensatez del pequeño. Les pasaba exactamente lo contrario que a su padre, quien no entendía la vida sin sus hijos. Le hacían falta ambos, cada uno con su forma de ser y de querer.

    Si hubieran alcanzado a mirarse entre ellos con los ojos paternos, se habrían sentido contemplados de otra forma, porque en esa mirada no caben los juicios ni los reproches. Quizá, con el tiempo, las algarrobas de los cerdos llegarían a ser motivo de bromas familiares. Tal vez el padre organizaría poco después un banquete sorpresa para su hijo mayor y sus amigos, sin más motivo que demostrarle su cariño, e incluso el pequeño ayudaría a prepararlo. Ninguno de los dos acierta a ser feliz hasta que se encuentra con su padre y comprende a su hermano. Aprenden a dejarse querer amándose el uno al otro como son.

    Mientras el joven se había centrado en recibir amor, el mayor lo había hecho en cumplir con su parte del trabajo. Ninguna de las dos actitudes es valiosa por sí sola. Cumplir sin amor cansa y desgasta hasta que al final se rompe la cuerda. Por otra parte, querer ser amado sin corresponder es imposible, también así acaba rompiéndose la cuerda. Por eso, su padre les enseña a vivir juntos e integrar fidelidad y amor. ¡Pueden aprender tanto el uno del otro! A través del trato con su padre intuyen cómo se puede hacer las cosas por amor, libremente, porque les da la gana. Nadie como Cristo, verdadero hermano mayor de todos, ha logrado unir ambos aspectos con tanta fidelidad y felicidad. «No ha habido en la historia de la humanidad un acto tan profundamente libre como la entrega del Señor en la Cruz».

    Los dos hermanos se necesitan. Separados naufragan en la amargura y su padre sufre. Juntos lo hacen muy feliz. El joven tiene toda la fuerza y el ímpetu de sus deseos de recibir cariño; estrena el amor. «Recuerdo −decía san Josemaría− que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son». El mayor, por su parte, ha luchado muchas batallas y, aunque al principio no se alegra, su corazón no rechazará la petición de su padre. El pequeño, en el fondo, quizá agradece que su hermano mayor le haya cubierto las espaldas y no haya dejado nunca solo su hogar. Concentrarse en el amor es la solución para ambos: mirar a su padre, recibir su Espíritu, y querer a quien él ama con su misma libertad, porque les da la gana. «El amor de nuestros hermanos y hermanas nos da la seguridad que necesitamos para seguir luchando por querer más a nuestro padre Dios».


    * * *

    La fuerza para sobrepasar la mezquindad de nuestro corazón podemos obtenerla del banquete en el que aprendemos de verdad a ser hijos: «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros». En Cristo, Hijo único del Padre, ambos son capaces de portarse como hijos y, por lo tanto, como hermanos. Participando juntos en el banquete del ternero cebado, se calzan las sandalias nuevas para recorrer el mundo entero, se visten la túnica limpia que huele a casa y se ponen el anillo de la fidelidad de su padre. Entonces empieza la fiesta en la que no dejarán de cantar ya nunca alabanzas a un padre que les cuida y comprende.

    A lo mejor nos ha llamado la atención alguna vez que no aparece la madre de esta familia. No sabemos la razón, pero quizá podemos imaginar que la Virgen María, madre de Dios y madre nuestra, siempre nos ayuda a tener la mirada puesta en al amor del Padre. Para volver a casa, para concentrarnos en lo esencial, nada mejor que dejarnos llevar en el regazo de una madre que nos susurra al oído: «Mira cómo te quiere Dios».


    Fuente: opusdei.org