24 marzo 2021

Gobernar la capacidad de atender

Rafael Lacorte Tierz   y

José Manuel Mañú Noáin


Todos debemos mejorar la capacidad de espera; vivimos en una sociedad diseñada para el ‘yo-ya’; pero es preciso educar para esperar el momento idóneo. La puerta del aprendizaje es la atención

Atender es necesario para comprender. Hace años se publicó un método para enseñar inglés, el título fue Aprender inglés sin esfuerzo; todos los que lo usamos supimos que no era así. Ahora encontramos que cuesta más prestar atención, por exceso de inputs. Para captar nuestro interés se opta por los anuncios llamativos: por el volumen, los colores, o el enfoque del contenido. Estamos sometidos a un bombardeo informativo con diversos fines: desde la publicidad a la reiteración de datos, como hemos visto con el COVID 19. También muchos logran cierta inmunidad ante los mensajes; sólo quien atrae nuestro interés logra que atendamos. Según algunos autores, cada día recibimos en torno a 6.000 inputs; prestamos atención de forma consciente sólo a algunos.


Disminución de la capacidad de atención

Es frecuente descubrir que tenemos más dificultad que hace unos años, para leer textos largos o mantener la atención en una conferencia. Los festivales musicales usan un volumen alto de sonido y un frecuente y llamativo juego de colores de luz. Esa tendencia va en aumento; ahora no es solo el volumen, las luces y colores, etc. Para mantener el ritmo de la marcha, algunos recurren a estimulantes, como las drogas de diseño, que permiten llevar durante unas horas un ritmo frenético. Las consecuencias de su uso, las ven algunos psiquiatras en sus consultas. Ni todas las personas acuden a ese método ni todas van al psiquiatra; pero ahora las cosas deben ser más breves y atractivas; de lo contrario, se abandonan o ni se comienzan. Si vemos en el Wasap un vídeo que pasa de los tres minutos, salvo que tengamos mucho interés, lo omitimos. Un cierto estrés, bajo control, ayuda a poner más atención; si se pasa de lo razonable, se cae en la ansiedad. Cada vez conocemos mejor el funcionamiento del cerebro y cómo actúa para mantener la atención. Nuestro cuerpo humano contiene tres sustancias: serotonina, dopamina y norepinefrina; cada una tiene una misión, como lograr más flexibilidad mental. Para la mayoría, hacer deporte y dormir lo necesario es una buena ayuda para una vida más sana. Un ritmo de trabajo por encima de nuestras posibilidades puede generar un estrés que vaya minando nuestra salud.

Los niños pequeños que se despiertan durante la noche con pesadillas, suelen verse arrastrados por el pánico; necesitan, antes de decirles nada, que se calmen y serenen. Si no recuperan el control de sí mismos no atenderán a los argumentos; ni lo oyen; solo ven los gestos del adulto. En muchos casos no es fácil saber dónde está el origen; pueden ser unos dibujos animados vistos, un relato escuchado, etc. Si se repiten con frecuencia, los padres agotan los recursos para ayudarles y necesitan pedir ayuda, al pediatra por ejemplo, para salir de esa dinámica.


Cómo se recupera atención

Lo primero es querer. La motivación es como una pértiga que facilita superar algunos obstáculos, que no se podían lograr hasta poner más interés. El adulto debe saber si a lo que aspira es proporcionado a su capacidad y circunstancias. Todos debemos mejorar la capacidad de espera; vivimos en una sociedad diseñada para el yo-ya; pero es preciso educar para esperar el momento idóneo. La puerta del aprendizaje es la atención. Es deseable que no todo el aprendizaje sea con lecciones magistrales; entre otros motivos, porque no abundan los buenos oradores y porque hay otras formas de aprender. Debemos saber esperar si la traducción simultánea no funciona, no agobiarnos si un semáforo tarda en ponerse en verde, persistir en el esfuerzo necesario para pasar de entender a aprender. Luis Blázquez en el libro que se aconseja, hace un detallado análisis sobre estos y otros aspectos. De los factores en juego para enfocar y sostener la atención hay uno que depende de nosotros: la educación del carácter. Se puede ser más o menos impulsivo, paciente, nervioso, etc., pero salvo situaciones enfermizas, entre el input y la respuesta debe mediar el espacio en donde interviene la libertad, para tomar la decisión idónea. Ejercitar la prudencia pasa por unos cauces que, si los usamos, ayuda a decidir bien y a veces rápido.

No faltan situaciones en las que las decisiones deben ser rápidas. En la película “Sully” se ve cómo el piloto de un avión puede pasar de ser considerado un héroe, a perder un juicio y ser condenado por imprudencia temeraria. Vale la pena ver la película, porque responde a un caso real. Una máquina puede ser más rápida que un ser humano al realizar una acción, pero no lo es si se requiere ejercer la libertad entre varias opciones o si cambian las circunstancias.

Algunos pierden la capacidad de mantener la atención, de escuchar con paciencia a un niño o un anciano que busca las palabras adecuadas para decir algo. Los niños y los ancianos buscan personas afectuosas, pacientes, que atienden con una sonrisa la vigésima vez que escuchan la misma pregunta. Aficionarse a juegos que exigen paciencia es una forma de ejercitarla.

Ir a lo esencial y gobernar en lo posible la propia vida.

En educación los hábitos forman parte de la tarea diaria. Una actuación heroica tiene valor, pero más lo tiene la constancia en hacer algo valioso y ligeramente costoso, día a día, año a año. Estar atentos en una asignatura que nos gusta es más sencillo que hacerlo en la que nos cuesta más. Los niños que comienzan Primaria disfrutan con las sumas y restas: son sencillas y el resultado es rápido. Como les gusta repetir lo que saben hacer puede pedir que se les pregunte una y otra vez. Si ese alumno tiene dificultades en los problemas de matemáticas, pueden ser tres las causas:

a) Posible falta de comprensión lectora. Si no comprende el texto, está perdido.

b) Quizá lo entiende, pero no sabe qué hacer; necesita razonamiento matemático;

c) No cometer errores al operar, por prisa, porque no domina las tablas de multiplicar, etc. La ayuda de un adulto es útil para saber dónde está la dificultad y cómo resolverla.

¿Le gusta la lectura? ¿Es devorador de argumentos?, ¿acierta con el ritmo preciso para cada libro? A todos nos ha ocurrido alguna vez que el ritmo de lectura con el que hemos acometido un texto no ha sido el adecuado; se precisa volver a empezar y avanzar con el ritmo propio de esa lectura. La poesía no se lee corriendo; tampoco la contemplación de una obra de arte o de un atardecer. Saber que cada actividad tiene un ritmo adecuado y vivirlo así permite disfrutar. La serenidad ayuda a prestar la debida atención y percibir detalles o sensaciones que sin esa calma no se hubieran captado.


Algunas conclusiones

● Pensar cuántas veces escuchamos o leemos las noticias cada día, suele ser suficiente con una o dos, salvo mejor consejo.

● Controlar el impulso al notar una vibración en el teléfono móvil. Puede ser oportuno mirar, pero casi siempre se puede esperar a terminar lo que se está haciendo. Quien ante cada input interrumpe lo que hace, perderá la capacidad de concentrarse.

● Escuchar con atención a quien nos habla, sin interrumpirle con preguntas innecesarias o dar muestras de impaciencia. La conversación requiere atención, escucha, diálogo.

● Evitar las multitareas; es posible atender el teléfono y mirar a la vez la pantalla del ordenador para ver los correos electrónicos que nos han entrado. Si nos jugáramos un millón de euros por esa conversación, tendríamos los cinco sentidos en ella.


Para leer: Blázquez, Luis: Enfocar la atención. 2018. Ed. Eiunsa-Tenconté.

Para ver: Sully. 2016. Dirigida por Clint Eastwood. Distribuye Warner.

22 marzo 2021

«Queremos ver a Jesús»

El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La liturgia de este quinto domingo de Cuaresma proclama el Evangelio en el que san Juan relata un episodio que ocurrió en los últimos días de vida de Cristo, poco antes de la Pasión (cf. Jn 12,20-33). Mientras Jesús estaba en Jerusalén para la fiesta de pascua, algunos griegos, llenos de curiosidad por lo que estaba haciendo, expresaron su deseo de verlo. Se acercaron al apóstol Felipe y le dijeron: «Queremos ver a Jesús» (v.21). «Queremos ver a Jesús», recordemos este deseo: «Queremos ver a Jesús». Felipe se lo dice a Andrés y luego juntos van a decírselo al Maestro. En la petición de aquellos griegos podemos ver la súplica que muchos hombres y mujeres,  en todo lugar y tiempo, dirigen a la Iglesia y también a cada uno de nosotros: “Queremos ver a Jesús”.

¿Cómo responde Jesús a esta petición? De un modo que lleva a reflexionar. Dice así: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre […] Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (vv. 23.24). Estas palabras no parecen responder a la petición que habían hecho aquellos griegos. En realidad, van más allá. De hecho, Jesús revela que Él, para todo hombre que quiera buscarlo, es la semilla escondida dispuesta a morir para dar mucho fruto.  Como diciendo: si queréis conocerme, si queréis comprenderme, mirad el grano de trigo que muere en la tierra, es decir, mirad la cruz

Cabe pensar en el signo de la cruz, que a lo largo de los siglos se ha convertido en el emblema por excelencia de los cristianos. Quien también hoy quiere “ver a Jesús”, tal vez proveniente de países y culturas donde el cristianismo es poco conocido, ¿qué ve en primer lugar? ¿Cuál es el signo más común que encuentra? El crucifijo, la cruz. En las iglesias, en los hogares de los cristianos, incluso colgado en el pecho. Lo importante es que el signo sea coherente con el Evangelio: la cruz no puede sino expresar amor, servicio, entrega sin reservas: sólo así es verdaderamente el “árbol de la vida”, de la vida sobreabundante.

También hoy mucha gente, a menudo sin decirlo implícitamente, quisiera “ver a Jesús”, encontrarlo, conocerlo. Esto nos hace comprender la gran responsabilidad de los cristianos y de nuestras comunidades. Nosotros también debemos responder con el testimonio de una vida que se entrega en el servicio, de una vida que toma sobre sí el estilo de Dios —cercanía, compasión y ternura— y se entrega en el servicio. Se trata de sembrar semillas de amor no con palabras que se lleva el viento, sino con ejemplos concretos, sencillos y valientes, no con condenas teóricas, sino con gestos de amor. Entonces el Señor, con su gracia, nos hace fructificar, incluso cuando el terreno es árido por incomprensiones, dificultades o persecuciones, o pretensiones de legalismos o moralismos clericales. Esto es terreno árido. Precisamente entonces, en la prueba y en la soledad, mientras muere la semilla, es el momento en que brota la vida, para dar fruto maduro en su momento. Es en esta trama de muerte y de vida que podemos experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del amor, que siempre, repito, se da en el estilo de Dios: cercanía, compasión, ternura.

Que la Virgen María nos ayude a seguir a Jesús, a caminar fuertes y felices por el camino del servicio, para que el amor de Cristo brille en todas nuestras actitudes y se convierta cada vez más en el estilo de nuestra vida diaria.


 

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy en Italia se celebra la Jornada de la memoria y el compromiso en recuerdo de las víctimas inocentes de las mafias. Las mafias están presentes en varias partes del mundo y, aprovechando la pandemia, se están enriqueciendo con la corrupción. San Juan Pablo II denunció su “cultura de la muerte” y Benedicto XVI las condenó como “caminos de muerte”. Estas estructuras de pecado, estructuras mafiosas, contrarias al Evangelio de Cristo, cambian la fe por la idolatría. Hoy recordamos a todas las víctimas y renovamos nuestro compromiso contra las mafias.

Mañana es el Día Mundial del Agua, que nos invita a reflexionar sobre el valor de este maravilloso e insustituible regalo de Dios. Para nosotros los creyentes, "hermana agua" no es una mercancía: es un símbolo universal y una fuente de vida y salud. ¡Demasiados hermanos, muchos, muchos hermanos y hermanas tienen acceso a poca agua y quizás contaminada! Es necesario garantizar el agua potable y el saneamiento para todos. Agradezco y animo a quienes, con diferentes competencias y responsabilidades profesionales, trabajan por este objetivo tan importante. Pienso, por ejemplo, en la Universidad del Agua, en mi patria, en quienes trabajan para sacarla adelante y hacer que la gente comprenda la importancia del agua. Muchas gracias a los argentinos que trabajan en esta Universidad del Agua.

Os saludo a todos los que estáis conectados a través de los medios de comunicación, con un recuerdo especial para los enfermos y las personas solas. Deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

21 marzo 2021

¿Por qué morir a uno mismo?

Juan Luis Selma

Vemos el empeño de algunos por quitar las cruces de las calles. Hay deseos de secularización

Me llamó la atención ver hace poco una nave industrial de un pueblo cercano transformada en un gimnasio. La industria del cuerpo sano está en auge. Se ve que el sacrificio, el esfuerzo, el sudor hasta el agotamiento que tonifica el cuerpo está valorado. Tampoco son escasos los anuncios ofreciendo operaciones para reducir peso, estirar la piel, implantar cabello, incluso para arreglar una nariz, dietas… vemos positivo el esfuerzo físico y económico para tener un cuerpo sano y atractivo.  

Por otra parte, no gusta oír hablar de cruz, de sacrificio. Vemos el empeño de algunos por quitar las cruces de las calles y edificios. Hay deseos de secularización, de concebir la vida al margen de Dios y sobre todo de la religión, de la Iglesia Católica. Pero también es incomprendida la cruz por muchos creyentes. Concebimos la vida color rosa, nos parece que el esfuerzo, la contrariedad, los reveses son frustrantes, no nos los merecemos y, por lo tanto, huimos de ellos. Nos gusta la vida de cuento: bella y tranquila

Por las noticias que recibimos nos damos cuenta de que se va diluyendo la imagen del hombre, de la especie humana. Corremos el peligro de perder nuestra identidad y, perdido el hombre se pierde la sociedad. En el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma unos griegos le dicen a Felipe que quieren ver a Jesús. Pocos días después Pilatos dirá: “¡He aquí el Hombre!”, mostrando al Cristo desfigurado por el maltrato. Jesús es el hombre perfecto, el modelo, quien nos enseña lo que somos. Él nos salva y restaura desde la Cruz. 

Si queremos entender al hombre, si queremos verle como el que ama y es amado, no podemos prescindir de la cruz. “En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna”. Entretejer los juncos de nuestra vida, capacitarnos para el ejercicio del amor, ponernos en función “amor” exige lucha, entrenamiento, purificación de tantos egoísmos que son como espinas que ahuyentan a los demás. Necesitamos una buena poda.

¿Por qué morir a uno mismo? Para ser fecundo, para dar fruto. Si el grano de trigo se resiste a ser enterrado, a germinar y dar vida, se puede conservar intacto, pero solo; y con el peligro de que se lo coman los pájaros. Morir a nuestros egoísmos, a nuestra comodidad, podar las espinas que pinchan nos acerca a los demás. Hace factible la convivencia. Nos hace amables, queridos. No podemos ir por la vida flotando con nuestros sueños de grandeza, dando pábulo a nuestras quimeras: que si soy más listo, más trabajador, mejor… Tampoco yendo de víctima: recordando las heridas recibidas, pasando factura por nuestros servicios, lo bien que nos hemos portado y, en cambio…

“Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. Jesús atrae, hace nuevas todas las cosas subido a la Cruz. Su muerte genera vida. Es fácil decir a los demás lo que tienen que hacer, renegar de nuestra mala suerte. Echar en cara a la esposa/o, padre o madre sus defectos. Pero esto es estéril, no sirve de nada. Lo eficaz y honrado es ver cómo podemos mejorar nosotros, qué más podemos hacer. Pisotear nuestro orgullo y reconocer que lo podemos hacer mejor. Esto es morir a nuestro ego, a nuestra imagen. Así nos elevamos y atraemos a los demás. Así se arreglan los conflictos, comenzando por uno mismo. 

Decía Benedicto XVI: “Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz que Jesús indica a todos sus discípulos. En diversas ocasiones dijo: “Si alguno me quiere servir, sígame”. No hay alternativa para el cristiano que quiera realizar su vocación. Es la “ley” de la cruz descrita con la imagen del grano de trigo que muere para germinar a una nueva vida; es la “lógica” de la cruz de la que nos habla también el pasaje evangélico de hoy. “Odiar” la propia vida es una expresión semítica fuerte y encierra una paradoja; subraya muy bien la totalidad radical que debe caracterizar a quien sigue a Cristo y, por su amor, se pone al servicio de los hermanos: pierde la vida y así la encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, entregarse, perderse para encontrarse”. También en el gimnasio perdemos para ganar, en el trabajo nos esforzamos para servir. 


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

Atraeré a todos hacia mí

5° domingo de Cuaresma (Ciclo B)


Evangelio (Jn 12,20-33)

Entre los que subieron a adorar a Dios en la fiesta había algunos griegos; éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y comenzaron a rogarle:

−Señor, queremos ver a Jesús.

Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús. Jesús les contestó:

−Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará.

»Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: «¿Padre, líbrame de esta hora?» ¡Pero si para esto he venido a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!

Entonces vino una voz del cielo:

−Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.

La multitud que estaba presente y la oyó, decía que había sido un trueno. Otros decían:

−Le ha hablado un ángel.

Jesús respondió:

−Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.

Decía esto señalando de qué muerte iba a morir.


Comentario

Poco antes de la pasión de Jesús, unos griegos desean ver al Maestro con una diferente petición realizada a través de Felipe. Este gesto por parte de quienes representaban en cierto modo a los gentiles suscitó un discurso del Señor cargado de profundas revelaciones.

Parece como si aquellos gentiles reavivaran en Jesús la conciencia de la inminente hora de su sacrificio supremo por toda la humanidad. El Señor se turba y menciona la posibilidad de pedir al Padre ser librado de esa hora. Pero con la imagen del grano de trigo que muere en la tierra, anuncia por contraste la gran fecundidad que producirá el sacrificio del Calvario, que se actualiza en cada santa Misa y que llega a todas partes.

A propósito del “mucho fruto” que produce, decía el Santo Cura de Ars con audacia que cada santa Misa “alegra a toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que todas las penitencias de todos los ascetas, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos”.

Jesús pronuncia también un vaticinio acerca de este sacrificio que iba a realizar: “cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (v. 32). En la cruz, Jesús arrebata al demonio el pliego de cargos que nos era adverso (cfr. Col 2,14) y obtiene para el mundo el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. El Señor podrá vivir su infinita misericordia con los hombres, en plena armonía con su infinita justicia. Por eso todas las almas y todas las cosas están afectadas por esta atracción del amor de Dios.

Sobre este misterio de la exaltación de la cruz, san Josemaría recibió luces particulares que implicaban a todos los cristianos corrientes en medio del mundo. Como él decía, “Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas”.

En esta escena podemos contemplar también el infinito afán de almas que arde en el corazón sacerdotal de Jesús. Es tanta el ansia que bulle en su interior por salvar y santificar a la humanidad, que ahoga la inquietud ante la muerte con la petición dirigida al Padre celestial: “¡glorifica tu nombre!”, que anticipa la larga oración de Jesús en Getsemaní y que provoca una respuesta amorosa del Padre que todos oyeron.

Los cristianos hemos de parecernos a Cristo, tener los mismos sentimientos que anidaban en su corazón misericordioso (cfr. Flp 2,5) y desear lo mismo que Él, con entrega generosa. Y “con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, −escribió en una ocasión san Josemaría− debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar”. Porque en la santa Misa, actualización del sacrificio del Calvario, transformamos nuestra vida en una ofrenda como la de Cristo, llena de eficacia sobrenatural y de servicio a los demás.


Fuente: opusdei.org

20 marzo 2021

San José: El sueño de la vocación

 Mensaje del Papa para la 58ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones


Queridos hermanos y hermanas: el pasado 8 de diciembre, con motivo del 150º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él (cfr. Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8-XII-2020). Por mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no llamaba la atención, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso ni se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.

Dios ve el corazón (cfr. 1Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a eso: a generar y regenerar vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en consolar la angustia y firmes en fortalecer la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo en el futuro y en el sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte ejemplo puede orientarnos en el camino.

San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es bueno que tengamos grandes expectativas, metas altas en vez de objetivos efímeros −como el éxito, el dinero y la diversión−, que no son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee de verdad si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don.

Los Evangelios narran cuatro sueños (cfr. Mt 1,20; 2,13.19.22). Eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los planes misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado a Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le bastaba una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se une a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa una imagen ejemplar de la acogida de los planes de Dios. Pero su acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Patris corde, 4). Que él ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona.

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración» (ibíd., 7).

Para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida ordinaria. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su familia con el fruto de su trabajo, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con ese espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, es modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.

Me gusta pensar entonces en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras ambiciones ni nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José.

Además de la llamada de Dios −que cumple nuestros sueños más grandes− y de nuestra respuesta −que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento−, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cfr. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos ni vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de carpintero (cfr. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida diaria de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

¿Cómo se alimenta esa fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.

Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría diaria y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para vosotros, hermanos y hermanas que generosamente habéis hecho de Dios el sueño de vuestras vidas, para servirlo en los hermanos y hermanas que os han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, os acompañe con corazón de padre.

Roma, San Juan de Letrán, 19 de marzo de 2021, Solemnidad de San José.

Francisco


Fuente: vatican.va

19 marzo 2021

Mensaje del Prelado del Opus Dei


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hoy empieza el año convocado por el Papa Francisco para poner más en primer plano el amor familiar, promoviendo nuevas maneras de acompañar a las familias en su camino hacia la santidad. Esta iniciativa coincidirá, durante algunos meses, con el Año de san José, que comenzó en diciembre pasado. Esta coincidencia puede ser una ocasión para acudir especialmente a la intercesión del santo Patriarca, para que cuide nuestras familias y las de todo el mundo, y también para que muchos jóvenes descubran la belleza de emprender la vida matrimonial, conscientes además de la misión evangelizadora de la familia cristiana.

Durante los meses pasados, por las medidas adoptadas en diversos países durante la pandemia, quizá muchos de nuestros días se han debido desarrollar dentro de la casa, en medio de los ritmos y tareas del hogar. El esfuerzo por vivir en unión con el Señor nos habrá facilitado también afrontar con fe y esperanza situaciones dolorosas: el propio sufrimiento y el de muchos familiares, fallecimientos de seres queridos, situaciones de soledad, enfermedades o tensiones. Habremos intentado acompañar aquellos momentos con nuestra oración, cercanía y cariño.

Estas circunstancias han sido también una ocasión para cuidar más a cada persona −especialmente a los pequeños y a los mayores− y de servir a los demás en las distintas tareas del hogar. Una familia cristiana, a imagen del hogar de Nazaret, requiere la implicación de todos sus miembros en las necesidades de educación, cuidado, descanso, etc. Cada uno aporta un valor necesario e insustituible, aunque la distribución concreta de tareas puede adquirir diversas formas. En este sentido, nos puede servir imaginar la armonía entre José y María, ayudados también por Jesús conforme crecía y podía dar una mano en la casa.

Este año puede ser también una posibilidad de cuidar especialmente el sentido y ambiente de familia en los centros de la Obra y en las casas de todos mis hijos e hijas. A la vez, os animo a buscar maneras de preocuparnos de otras familias, de las personas necesitadas y de los pobres. Estoy seguro de que la iniciativa de cada familia encontrará modos creativos para ser, como deseaba san Josemaría, «sembradores de paz y de alegría» (Es Cristo que pasa, n. 30).

A las familias que no habéis podido tener hijos también se os abre un panorama de apostolado familiar amplísimo: tanto en la llamada a ser, con vuestro amor mutuo, un hogar luminoso para quienes os rodean, como en compartirlo con vuestros amigos, familiares o conocidos, cooperando también así a transformar nuestro mundo en un mejor hogar.

El próximo Encuentro Mundial de las Familias con el Santo Padre, tiene como lema «El amor familiar: vocación y camino de santidad», que nos recuerda muy directamente la predicación de san Josemaría. Tendrá lugar precisamente el 26 de junio de 2022. Encomendemos especialmente a san José los frutos de este año dedicado a la familia, pidiendo al santo Patriarca que nos conceda «la gracia de las gracias: nuestra conversión» (Francisco, Carta Ap. Patris Corde, oración final); y también para poder ser, cada uno, mejores testimonios del amor de Dios en el propio ambiente, especialmente en la familia.

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre

Fernando

Roma, 19 de marzo de 2021

Fuente: opusdei.org

José, vida de fe en el día a día

 Solemnidad de San José

Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.

La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

−José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado.


Comentario

La solemnidad de hoy nos introduce de un modo especialmente entrañable en los designios eternos de Dios. Aunque el protagonista de los versículos escogidos como evangelio de la misa es José, Mateo nos está hablando, en realidad, del origen de Jesús, de su concepción virginal. Al hacerlo, nos revela también la identidad de José, que es a través del que le viene a Jesús, por vía de paternidad legal, su descendencia davídica. El pasaje nos invita a considerar hasta qué punto Dios cuenta con los hombres: con José, como celebramos hoy, y también con nosotros mismos.

José ha de asumir la paternidad legal de aquel que va a salvar al pueblo de Dios de sus pecados. Antes de oír estas palabras de boca del ángel del Señor, el santo patriarca intuía que se encontraba participando de un misterio para el que se sentía indigno. A más cercanía de Dios, a más cercanía con Dios, más patente se hace nuestra pequeñez y más vértigo sentimos. Pero lo inmediato que quizá nos sale, que es pensar que Dios es como nosotros, que tan a menudo ponemos distancia con los que nos parecen imperfectos, se revela falso. Dios no es así.

Dios ni se “asusta” de nuestra pequeñez ni se aleja de ella. Él sabe mejor que nosotros a qué nos ha llamado, de qué nos quiere hacer capaces. Conocemos muy poco de la vida de José, pero nos podemos imaginar que no le fueron ahorrados sacrificios y desvelos de todo tipo. Lo vemos en el otro posible evangelio para la solemnidad de hoy, el del niño Jesús perdido y hallado en el templo (Lucas 2,41-51a). La angustia de José no fue solo por no encontrar a Jesús, sino también por esta respuesta enigmática a la pregunta de María: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”. ¡Participar de misterios tan grandes y no saber tantas cosas!

Dios confió a José lo más preciado, a Jesús y a María, porque sabía muy bien lo que había en su corazón. La Iglesia se ha confiado a él de un modo muy particular. Descubrimos en José un corazón enamorado, justo, esforzado, capaz de sufrir, dócil. Todo un programa para alguien a quien se confían cosas grandes. Ciertamente, como dice San Pablo, es Dios mismo “quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito” (Filipenses 2,13). Pero Dios necesita de las disposiciones adecuadas. Y José las tenía.

Tanto la primera lectura de la misa (2 Samuel 7,4-5a.12-14a.16) como la segunda (Rm 4,13.16-18.22) nos ayudan a considerar un aspecto central de la vida de José y que nos afecta a todos. La profecía del segundo libro de Samuel dice: “Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino”. Aquí se está hablando del Mesías. Pero también se está hablando de descendencia. Y el texto de Romanos dice: “La promesa de ser heredero del mundo no se hizo a Abrahán o a su descendencia por medio de la Ley, sino por medio de la justicia de la fe (…). [Abrahán], esperando contra toda esperanza, creyó que llegaría a ser padre de muchos pueblos conforme está dicho: Así será tu descendencia”. ¿Qué tiene todo esto que ver con José?

Dios ofreció a Abrahán una descendencia innumerable: el camino fue la fe. Y son los creyentes los que han hecho a Abrahán padre, los que han certificado su paternidad. Así razona Pablo. La paternidad de Abrahán es un completo don se mire por donde se mire: Isaac es don; su paternidad universal respecto a los creyentes es don. Dios quiere que consideremos que cuenta con nosotros para ser padres, concretamente, a través de nuestra fe, una fe que obre por la caridad. Esto hemos visto en José, del que también podemos decir que creyó ante lo incomprensible. Hoy somos invitados de un modo muy especial a confiar en Dios en el día a día, con la seguridad de que muchos están llamados a acercarse a Dios gracias a nuestra fe hecha vida en el día a día.


Fuente: opusdei.org

17 marzo 2021

‘La oración y la Trinidad’

El Papa en la Audiencia General

Hoy completamos la catequesis sobre la oración como relación con la Santísima Trinidad, en particular con el Espíritu Santo. El primer don de toda existencia cristiana es el Espíritu Santo. No es uno de tantos dones, sino el Don fundamental. El Espíritu es el don que Jesús había prometido enviarnos. Sin el Espíritu no hay relación con Cristo y con el Padre. Porque el Espíritu abre nuestro corazón a la presencia de Dios y lo atrae a ese “torbellino” de amor que es el mismo corazón de Dios. No somos solo huéspedes y peregrinos en el camino de esta tierra, somos también huéspedes y peregrinos en el misterio de la Trinidad. Somos como Abrahán, que un día, recibiendo en su tienda a tres viajeros, encontró a Dios. Si podemos de verdad invocar a Dios llamándolo “Abbà - Papá”, es porque en nosotros habita el Espíritu Santo; es Él quien nos transforma a fondo y nos hace experimentar la alegría conmovedora de ser amados por Dios como verdaderos hijos. Todo el trabajo espiritual dentro de nosotros hacia Dios lo hace el Espíritu Santo, ese don. Trabaja en nosotros para sacar adelante nuestra vida cristiana hacia el Padre, con Jesús.

El Catecismo, al respecto, dice: «Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al camino de la oración. Puesto que Él nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante» (n. 2670). Esa es la obra del Espíritu en nosotros. Él nos “recuerda” a Jesús y lo hace presente en nosotros —podemos decir que es nuestra memoria trinitaria, es la memoria de Dios en nosotros— y lo hace presente en Jesús, para que no se reduzca a un personaje del pasado: es decir, el Espíritu trae al presente a Jesús en nuestra conciencia. Si Cristo fuera tan solo lejano en el tiempo, estaríamos solos y perdidos en el mundo. Sí, recordaríamos a Jesús, allá, lejos, pero el Espíritu lo trae hoy, ahora, en este momento a nuestro corazón. Pero en el Espíritu todo es vivificado: a los cristianos de todo tiempo y lugar se les abre la posibilidad de encontrar a Cristo. Está abierta la posibilidad de encontrar a Cristo no solo como un personaje histórico. No: Él atrae a Cristo a nuestros corazones, es el Espíritu quien nos hace encontrarnos con Cristo. No está distante, el Espíritu está con nosotros: Jesús todavía educa a sus discípulos transformando su corazón, como hizo con Pedro, con Pablo, con María Magdalena, con todos los apóstoles. ¿Pero por qué está presente Jesús? Porque el Espíritu lo trae a nosotros.

Es la experiencia que han vivido muchos orantes: hombres y mujeres que el Espíritu Santo ha formado a la “medida” de Cristo, en la misericordia, en el servicio, en la oración, en la catequesis… Es una gracia poder encontrar personas así: nos damos cuenta que en ellos late una vida distinta, su mirada ve “más allá”. No pensemos solo en los monjes, en los eremitas; se encuentran también entre la gente común, gente que ha tejido una larga vida de diálogo con Dios, a veces de lucha interior, que purifica la fe. Esos testigos humildes han buscado a Dios en el Evangelio, en la Eucaristía recibida y adorada, en el rostro del hermano en dificultad, y custodian su presencia como un fuego secreto.

La primera tarea de los cristianos es precisamente mantener vivo ese fuego, que Jesús trajo a la tierra (cfr. Lc 12,49), ¿y cuál es este fuego? Es el amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Sin el fuego del Espíritu las profecías se apagan, la tristeza suplanta la alegría, la rutina sustituye al amor, el servicio se transforma en esclavitud. Viene a la mente la imagen de la lámpara encendida junto al sagrario donde se reserva la Eucaristía. También cuando la iglesia se vacía y cae la noche, también cuando la iglesia está cerrada, esa lámpara sigue encendida, continúa ardiendo: no la ve nadie, pero arde ante el Señor. Así es el Espíritu en nuestro corazón, está siempre presente como esa lámpara.

Encontramos también escrito en el Catecismo: «El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos. En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia» (n. 2672). Muchas veces sucede que no rezamos, no tenemos ganas de rezar o tantas veces rezamos como loros con la boca pero el corazón está lejos. Ese es el momento de decir al Espíritu: “Ven, ven Espíritu Santo, enciende mi corazón. Ven y enséñame a rezar, enséñame a mirar al Padre, a mirar al Hijo. Enséñame cómo es el camino de la fe. Enséñame cómo amar y sobre todo enséñame a tener una actitud de esperanza”. Se trata de llamar al Espíritu continuamente para que esté presente en nuestras vidas.

Es pues el Espíritu quien escribe la historia de la Iglesia y del mundo. Nosotros somos páginas abiertas, disponibles a recibir su caligrafía. Y en cada uno el Espíritu compone obras originales, porque no habrá nunca un cristiano completamente idéntico a otro. En el infinito campo de la santidad, el único Dios, Trinidad de Amor, hace florecer la variedad de los testigos: todos iguales por dignidad, pero también únicos en la belleza que el Espíritu ha querido que irradiase en cada uno de aquellos que la misericordia de Dios ha hecho sus hijos. No lo olvidemos, el Espíritu está presente, está presente en nosotros. Escuchemos al Espíritu, llamemos al Espíritu −es el don, el regalo que Dios nos ha hecho− y digámosle: “Espíritu Santo, yo no sé cómo es tu rostro —no lo conocemos— pero sé que eres la fuerza, que eres la luz, que eres capaz de hacerme ir adelante y de enseñarme cómo rezar. Ven Espíritu Santo”. Una bonita oración esta: “Ven, Espíritu Santo”.


Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa. Hermanos y hermanas, aprendamos en este tiempo de Cuaresma a dejarnos formar por el Espíritu Santo, para que nuestra oración se convierta en un testimonio vivo de la ternura de Dios para cada persona en dificultad. ¡Dios os bendiga!

Saludo cordialmente a los fieles de lengua inglesa. Deseo a todos que el camino cuaresmal nos lleve a la alegría de la Pascua con corazones purificados y renovados por la gracia del Espíritu Santo. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de Cristo. ¡Dios os bendiga!

¡Queridos hermanos y hermanas de lengua alemana! Pidamos cada día al Espíritu Santo, don de Dios, que nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo, y nos ayuda a pensar, que hablemos y actuemos según los planes divinos. Os deseo una buena continuación del camino cuaresmal.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor que inflame con el fuego del Espíritu Santo nuestros corazones. Que nuestra vida sea como la lámpara encendida junto al sagrario, que se consuma en la alabanza a Dios y el servicio a los hermanos, siendo testigos alegres de su presencia en medio del mundo. Que el Señor los bendiga.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua portuguesa. Queridos hermanos, pidamos al Señor que infunda en nosotros la abundancia de los dones de su Espíritu, cada vez más unidos a Cristo en la oración, para que podamos ser testigos de Jesús hasta los confines de la tierra. Dios os bendiga.

Saludo a los fieles de lengua árabe. La oración es un diálogo con Dios al que podemos decir todo lo que llevamos en el corazón. Pero el coloquio debe ser sincero, confiado, lleno de amor, de esperanza y gratitud. ¡El Señor os bendiga a todos y os proteja ‎siempre de todo mal‎‎‎‏!

Saludo cordialmente a los polacos. Mañana, con el especial Llamamiento mariano y con la Eucaristía celebrada en Jasna Gòra el día de la solemnidad de San José, comenzaréis los festejos del Año de la Familia Amoris Laetitia. Que María, Reina de Polonia obtenga para las familias la evangélica visión del matrimonio, con mutua comprensión y respeto por la vida humana. Os bendigo de corazón a todos y a cuantos participen en las iniciativas con ocasión de las celebraciones del citado Año.

Dirijo un cordial saludo a los fieles de lengua italiana. Pasado mañana celebraremos la Solemnidad de San José. Me complace especialmente señalaros el ejemplo de este gran Santo y encomendarle vuestra existencia. Sed sabios como él, preparados para entender y poner en práctica el evangelio

Mi pensamiento va finalmente, como de costumbre, a los ancianos, jóvenes, enfermos y recién casados. En la vida, en el trabajo, en la familia, en los momentos de alegría y de dolor San José buscó y amó constantemente al Señor, mereciendo el elogio de la Escritura como hombre justo y sabio. Invocadlo siempre, especialmente en los momentos difíciles que podáis encontrar. ¡A todos mi bendición!


Llamamientos

Durante esta semana me han preocupado las noticias que llegan desde Paraguay. Por intercesión de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, pido al Señor Jesús, Príncipe de la Paz, que se pueda encontrar un camino de diálogo sincero para hallar soluciones adecuadas a las actuales dificultades, y así construir juntos la paz tan añorada. Recordemos que la violencia siempre es autodestructiva. Con ella no se gana nada, sino que se pierde mucho y a veces todo.

Una vez más y con mucha tristeza siento la urgencia de recordar la dramática situación en Myanmar, donde muchas personas, sobre todo jóvenes, están perdiendo la vida para ofrecer esperanza a su país. También yo me arrodillo en las calles de Myanmar y digo: ¡que cese la violencia! También yo extiendo mis brazos y digo: ¡que prevalezca el diálogo! La sangre no resuelve nada. Prevalezca el diálogo.


Fuente: vatican.va / romereports.com