27 septiembre 2021

El santo de lo ordinario y el de la puerta de al lado

Juan Luis Selma

Glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros

Recuerdo un paseo con san Josemaría cuando yo era un estudiante de primero de carrera en Valencia. Era el otoño de 1972, estaba de gira catequética por España y Portugal y venía de Jerez. Un comentario mío le hizo recordar a un hijo suyo sacerdote, enfermo terminal, ahora en proceso de canonización, y le vi llorar de pena ante esa enfermedad. También me asombró verle preguntar poco después si habíamos merendado. Un santo con corazón. Un hombre que sabe amar.

El día 26 de junio celebra la Iglesia la fiesta de san Josemaría, "el santo de lo ordinario" como le llamó San Juan Pablo II en su canonización. Ahora el Papa Francisco nos invita a la santidad en su carta Gaudete et exultate, nos recuerda que tenemos que buscar la santidad en la vida de cada día: "Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante".

Decía san Josemaría: "decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente -y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales". Este mensaje en los años 30 era profético y para más de uno herético. Ahora es enseñanza común de la Iglesia. Que en el documento sobre "el santo de la puerta de al lado" no se mencione al Fundador del Opus Dei es coherente con su espíritu, él estaba convencido de ser un pobre instrumento en las manos de Dios, siempre buscó ocultarse y desaparecer. Ahora sigue desapareciendo escondido tras la grandeza de Dios y de su Iglesia. ¡Qué sólo Dios se luzca!

El día del Sagrado Corazón de Jesús la Santa Sede aprobó el milagro que llevará a lo altares a Guadalupe Ortiz de Landázuri, hija espiritual del santo de lo ordinario, química, que buscó la santidad ejerciendo su docencia e investigación y en el cuidado de sus hermanas. Procuró hacer suyo este pensamiento: "Con frecuencia, siento ganas de gritar al oído de tantas y de tantos que, en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por la vida interior y por la Comunión de los Santos, han de ser portadores de Dios en todos los ambientes, según aquella enseñanza del Apóstol: 'glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros'( Forja 945).

El milagro consiste en la curación instantánea de Antonio Jesús Sedano de un tumor maligno de piel junto al ojo derecho, en el año 2002. Una noche, cuando faltaban sólo unos días para la intervención quirúrgica en la que le extirparían el cáncer, Antonio acudió con fe a la intercesión de Guadalupe, pidiéndole que no fuera necesario someterse a la operación. A la mañana siguiente, el tumor había desaparecido por completo. En sucesivas revisiones médicas, la curación fue confirmada.

Pero "milagros" tenemos que hacer todos en el día a día de nuestra existencia: poner amor en el trabajo, bien hecho, acabado; desvivirnos por los nuestros en el hogar sonriendo, moderando el carácter, perdonando, escuchando; tratar con delicadeza a los amigos y compañeros de trabajo, interesarse por sus cosas; aportar esperanza, iniciativa, "sembrando paz y alegría" en nuestro entorno.

"Todo aquello en que intervenimos los pobrecitos hombres -hasta la santidad- es un tejido de pequeñas menudencias, que -según la rectitud de intención- pueden formar un tapiz espléndido de heroísmo o de bajeza, de virtudes o de pecados. Las gestas relatan siempre aventuras gigantescas, pero mezcladas con detalles caseros del héroe. -Ojalá tengas siempre en mucho -¡línea recta! - las cosas pequeñas". (Camino 826).

Estar en los detalles, no por perfeccionismo, por amor. Ahí tenemos el camino de la santidad. Así seremos sal y luz en este mundo. Ver a Dios en todo lo que nos sucede, saberle cercano, interesado por lo nuestro. Apoyarse en la fuerza de la oración que nos hace poderosísimos. Seguir a Jesucristo 'Camino, Verdad y Vida' viviendo en la verdad de lo cotidiano.

"Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos". San Josemaría nos recuerda en su libro 'Camino' que los santos son los que arreglan el mundo. Amemos al mundo y démosle lo que necesita, la santidad en lo ordinario, pongamos el Amor de Dios en todo lo que hagamos.


Fuente: diariodecadiz.es/ 

Frente al odio, diálogo y perdón

 Juan Luis Selma


Fomentar la comunicación y la comprensión deben ser tareas de esfuerzo cotidiano

Hay que superar muchas inquinas y rencores y todo el mundo es digno de respeto, pero si de verdad buscamos una convivencia pacífica, no es conveniente azuzar a unos contra otros; se corre el peligro de que las mesas contra el odio fomenten más fobias.

Se podría clasificar a las personas según su corazón: la gente de bien y los llamados “malajes”. De entrada, todos nos apuntamos al primer equipo, pero antes debemos superar la prueba, hacer una pequeña encuesta para asegurarlo. No “todo el mundo es bueno”. Lo ideal sería tener facilidad para empatizar con todos, para comprender y respetar las diferencias y los diversos puntos de vista, pero no es tan fácil. Hay contextos que ayudan, que promueven el diálogo, la comprensión y el perdón; otros fomentan la reivindicación y la confrontación.

El próximo 16 de octubre serán beatificados en la Catedral de Córdoba 127 mártires asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa de 1936. Es conmovedor su testimonio de perdón y, como recomiendan a su parentela, no guardar rencor y perdonar. El seguimiento de Cristo y su gracia son lo que hace posible este comportamiento heroico y ejemplar.

Veamos algunos ejemplos. Francisco Herruzo escribe a su hijo poco antes morir: “Te ruego encarecidamente que nunca tomes venganza sobre mis enemigos. ¡Perdónalos! Y Dios te lo premiará”. Antonio Cabrera, sacerdote, dijo al ser fusilado: “Pido a Dios que sea mi sangre la última que se derrame en Pedroche” y murió diciendo: “Pobre pueblo, Señor, perdónalos”. Todos murieron perdonando, al igual que su Maestro, que no solo perdonó, sino que disculpó.

Leemos en el Evangelio de hoy que Juan le dice al Señor: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros”. Es significativa esta reacción de los discípulos, expresa esa deformación tan extendida de estar a la defensiva: el que no está conmigo está contra mí. Un engreimiento, un orgullo, una ofuscación que nos encierra como una ostra en nuestras conchas y caparazones, que pronto saca las púas en defensa propia. Que solo ve potenciales enemigos en los demás, en aquellos que no son de los míos, de mi familia, de mis ideas.

Los nacionalismos, las ideologías, los movimientos excluyentes difícilmente ven lo bueno de los otros, no saben sumar, solamente restar y dividir. Esto lleva al autoritarismo que ejercen cuando tienen poder. Los demás son considerados parias, ciudadanos de segunda clase, no aptos o incluso enemigos. Es un reflejo de la lucha de clases que se ha extendido a diversos signos políticos y sociales. La intolerancia hacia lo que no es “políticamente correcto”, la falta de entendimiento entre los partidos políticos, la estigmatización de los creyentes −especialmente de los católicos−, la fácil ruptura de las familias son un elenco de la polarización de la sociedad.

San Juan Pablo II animaba a la Iglesia cara al nuevo milenio a vivir en comunión. Nos decía: “Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber dar espacio al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias”. Lo que hace frente al odio es la comprensión, el perdón, la comunión.

Fomentar el diálogo, la comunicación y la comprensión deben ser tareas de esfuerzo cotidiano. En el entorno familiar viene bien saber expresar nuestros sentimientos y estado de ánimo, no quedarnos en responder un “bien” como respuesta al “cómo estás”. Comentar que estamos cansados, o que nos duele la cabeza, o que hemos tenido un mal día puede ayudar al cónyuge a situarse y mostrarse especialmente cariñoso o comprensivo. Si hay algo que nos molesta especialmente, lo debemos decir. También ayuda fijarnos en algunas manifestaciones que reflejan el estado interior del otro para tener cuidado de “no ir pisando callos”.

Es el amor el antídoto del odio. Amor que hemos recibido gratuitamente de Dios y de los nuestros. Amor que tiene más fuerza que la lava incandescente de un volcán. Amor que debemos dar de un modo desinteresado, ya que no es objeto de compraventa. Amor verdadero que busca hacer feliz y, en el caso de los cristianos, que es extensible al molesto o al enemigo. A veces nos podemos plantear que esto es de tontos, que no lleva a ninguna parte, que es dar pábulo a los “malajes”; pero tenemos que tener claro que responder con la misma moneda no arregla nada: las mesas del odio lo alimentan y hacen infelices a los que se sientan en ellas.


Fuente: eldiadecordoba.es

26 septiembre 2021

En vez de juzgar todo y a todos, ¡estemos atentos a nosotros mismos!

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de la Liturgia de hoy nos cuenta un breve diálogo entre Jesús y el apóstol Juan, que habla en nombre de todo el grupo de discípulos. Habían visto un hombre que expulsaba demonios en nombre del Señor, pero se lo impidieron porque no formaba parte de su grupo. Jesús, a este punto, les invita a no obstaculizar a quien trabaja por el bien, porque contribuye a realizar el proyecto de Dios (cfr. Mc 9,38-41). Luego advierte: en lugar de dividir a las personas en buenos y malos, todos estamos llamados a vigilar nuestro corazón, para no sucumbir al mal y dar escándalo a los demás (cfr. vv. 42-45.47-48).

Las palabras de Jesús desvelan una tentación y ofrecen una exhortación. La tentación es la de la cerrazón. Los discípulos querían impedir una obra de bien solo porque quien la realizaba no pertenecía a su grupo. Piensan que tienen “la exclusiva sobre Jesús” y que son los únicos autorizados a trabajar por el Reino de Dios. Pero así terminan por sentirse predilectos y consideran a los otros como extraños, hasta convertirse en hostiles con ellos. Hermanos y hermanas, cada cerrazón, de hecho, hace tener a distancia a quien no piensa como nosotros, y esto —lo sabemos— es la raíz de muchos males de la historia: del absolutismo que a menudo ha generado dictaduras y de muchas violencias hacia quien es diferente.

Pero es necesario también velar sobre la cerrazón en la Iglesia. Porque el diablo, que es el divisor —esto significa la palabra “diablo”, que causa la división— siempre insinúa sospechas para dividir y excluir a la gente. Tienta con astucia, y puede suceder como a esos discípulos, ¡que llegan a excluir incluso a quien había expulsado al mismo diablo! A veces también nosotros, en vez de ser comunidad humilde y abierta, podemos dar la impresión de ser “los primeros de la clase” y tener a los otros a distancia; en vez de tratar de caminar con todos, podemos exhibir nuestro “carné de creyentes”: “yo soy creyente”, “yo soy católico”, “yo soy católica”, “yo pertenezco a esta asociación, a la otra…”; y los otros pobrecitos no. Esto es un pecado. Mostrar el “carné de creyentes” para juzgar y excluir. Pidamos la gracia de superar la tentación de juzgar y de catalogar, y que Dios nos preserve de la mentalidad del “nido”, la de custodiarnos celosamente en el pequeño grupo de quien se considera bueno: el sacerdote con sus fieles, los trabajadores pastorales cerrados entre ellos para que nadie se infiltre, los movimientos y las asociaciones en el propio carisma particular, etc. Cerrados. Todo esto corre el riesgo de hacer de las comunidades cristianas lugares de separación y no de comunión. El Espíritu Santo no quiere cierres; quiere apertura, comunidades acogedoras donde haya sitio para todos.

Y después en el Evangelio está la exhortación de Jesús: en vez de juzgar todo y a todos, ¡estemos atentos a nosotros mismos! De  hecho, el riesgo es el de ser inflexibles hacia los otros e indulgentes hacia nosotros mismos. Y Jesús nos exhorta a no pactar con el mal con imágenes que impactan: “Si hay algo en ti que es motivo de escándalo, córtatelo!” (cfr. vv. 43-48). Si algo te hace mal, ¡córtalo! No dice: “Si algo es motivo de escándalo, piensa sobre ello, mejora un poco…”. No: “¡Córtatelo! ¡Enseguida!”. Jesús es radical en esto, exigente, pero por nuestro bien, como un buen médico. Cada corte, cada poda, es para crecer mejor y llevar fruto en el amor. Preguntémonos entonces: ¿Qué hay en mí que contrasta con el Evangelio? ¿Qué quiere Jesús, en concreto, que corte en mi vida?

Recemos a la Virgen Inmaculada, para que nos ayude a ser acogedores hacia los otros y vigilantes sobre nosotros mismos.

 

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que este año tiene por tema “Hacia un nosotros cada vez más grande”. Es necesario caminar juntos, sin prejuicios y sin miedos, poniéndose junto a quien es más vulnerable: migrantes, refugiados, desplazados, víctimas de la trata y abandonados. Estamos llamados a construir un mundo cada vez más inclusivo, que no excluya a nadie.

Me uno a quienes, en las distintas partes del mundo, están celebrando esta Jornada; saludo a los fieles reunidos en Loreto por la iniciativa de la Conferencia Episcopal Italiana a favor de los migrantes y de los refugiados. Saludo y doy las gracias a las diferentes comunidades étnicas presentes aquí en la plaza con sus banderas; saludo a los representantes del proyecto “APRI” de la Caritas Italiana; como también a la Oficina Migrantes de la Diócesis de Roma y el Centro Astalli. ¡Gracias a todos por vuestro compromiso generoso!

Y antes de dejar la plaza, os invito a acercaos a ese monumento allí —donde está el cardenal Czerny—: la barca con los inmigrantes, y a deteneos sobre la mirada de esas personas y a acoger en esa mirada la esperanza que hoy tiene cada inmigrante de empezar de nuevo a vivir. Id allí, ved ese monumento. No cerremos las puertas a su esperanza.

Expreso cercanía y solidaridad a aquellos que han sido golpeados por la erupción del volcán en la Isla La Palma, en Canarias. Pienso especialmente en los que se han visto obligados a dejar sus casas. Por estas personas tan probadas y por los que están trabajando en las tareas de socorro rezamos a la Virgen, venerada en esa Isla como Nuestra Señora de las Nieves.

Hoy, en Bolonia, será beatificado don Giovanni Fornasini, sacerdote y mártir. Párroco celante en la caridad, no abandonó el rebaño en el trágico periodo de la segunda guerra mundial, sino que lo defendió hasta el derramamiento de la sangre. Su testimonio heroico nos ayude a afrontar con fortaleza las pruebas de la vida. ¡Un aplauso para el nuevo beato!

Y os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países. En particular, saludo al Movimiento laical de la Obra Don Orione y la representación de padres y jóvenes asociados en la lucha contra los tumores.

Os deseo a todos vosotros un feliz domingo. Y por favor, por favor no os olv

Plenaria C.C.E.E.

Homilía del Papa


El pueblo, en definitiva, tenía cuanto quería, y no era feliz. ¿Qué le faltaba?

 Hay tres verbos que hoy nos ofrece la Palabra de Dios y que nos interpelan como cristianos y pastores en Europa: pensar, reconstruir, ver.

Pensar es lo que el Señor invita ante todo a hacer por medio del profeta Ageo: «Pensad bien en vuestra situación». Dos veces lo dice al pueblo (Ag 1, 5.7). ¿En qué aspectos de su situación debía pensar el pueblo de Dios? Escuchemos qué dice el Señor: « ¿Es momento de vivir en casas lujosas, mientras que el templo es una ruina?» (v. 4). El pueblo, vuelto del exilio, se había preocupado de arreglar sus

casas. Y ahora se contenta con estar cómodo y tranquilo en casa, mientras el templo de Dios está en ruinas y nadie lo reedifica. Esta invitación a pensar nos interpela: pues también hoy en Europa los cristianos tenemos la tentación de estar cómodos en nuestras estructuras, en nuestras casas y en nuestras iglesias, en nuestras seguridades dadas por las tradiciones, en la satisfacción de un cierto consentimiento, mientras todos los templos a nuestro alrededor se vacían y Jesús es cada vez más olvidado.

Pensemos: ¡cuántas personas ya no tienen hambre ni sed de Dios! No porque sean malas, no, sino porque falta quienes les haga tener el apetito de la fe y vuelva a encender esa sed que hay en el corazón del hombre: «la sed perpetua con el alma creada» de la que habla Dante (Paraíso, II,19) y que la dictadura del consumismo, dictadura ligera pero sofocante, tratar de extinguir. Muchos se dejan llevar solo por sentir necesidades materiales, no la falta de Dios. Y ciertamente nos preocupa, pero ¿cuánto nos importa realmente? Es fácil juzgar a quien no cree, es cómodo enumerar los motivos de la secularización, del relativismo y de tantos otros ismos, pero en el fondo es estéril. La Palabra de Dios nos lleva a pensar en nosotros: ¿sentimos afecto y compasión por los que no han tenido la alegría de encontrar a Jesús o la han perdido? ¿Estamos tranquilos porque, en el fondo, no nos falta nada para vivir, o estamos inquietos al ver a tantos hermanos y hermanas lejos de la alegría de Jesús?

Por el profeta Ageo, el Señor pide a su pueblo que piense en otra cosa. Dice así: «Coméis y no os llenáis; bebéis y seguís con sed; os vestís y no entráis en calor» (v. 6). El pueblo, en definitiva, tenía cuanto quería, y no era feliz. ¿Qué le faltaba? Nos lo sugiere Jesús, con palabras que perecen calcadas de las de Ageo: «Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, […] estaba desnudo y no me vestisteis» (Mt 25, 42-43). La falta de caridad causa la infelicidad, porque solo el amor sacia el corazón. Solo el amor sacia el corazón. Encerrados en el interés por sus cosas, los habitantes de Jerusalén habían perdido el sabor de la gratuidad. Puede ser también nuestro problema: concentrarse en las diversas posiciones de la Iglesia, en debates, agendas y estrategias, y perder de vista el verdadero programa, el del Evangelio: el impulso de la caridad, el ardor de la gratuidad. La vía de salida de los problemas y de los encierres es siempre la del don gratuito. No hay otra. Pensémoslo.

Y después de haber pensado, está el segundo pasaje: reconstruir. «Reconstruid el templo», pide Dios a través del profeta (Ag 1, 8). Y el pueblo reconstruye el templo. Deja de contentarse con un presente tranquilo y trabaja por el futuro. Y como había gente que era contraria a eso, nos dice el Libro de las Crónicas que con una mano trabajaban las piedras, para construir, y con la otra mano la espada, para defender ese proceso de reconstrucción. No fue fácil reconstruir el templo. De eso necesita la construcción de la casa común europea: dejar las conveniencias de lo inmediato para volver a la visión de futuro de los padres fundadores, una visión –osaría decir– profética y de conjunto, porque no buscaban los consensos del momento, sino que soñaban el futuro de todos. Así se construyeron los muros de la casa europea y solo así se podrán reforzar. Esto vale también para la Iglesia, casa de Dios. Para hacerla bonita y hospitalaria, hay que mirar juntos al futuro, no restaurar el pasado. Desgraciadamente está de moda ese “restauracionismo” del pasado que nos mata, nos mata a todos. Ciertamente, debemos partir de los cimientos, de las raíces –eso sí, es verdad–, porque de ahí se reconstruye: de la tradición viva de la Iglesia, que nos funda en lo esencial, en el buen anuncio, en la cercanía y en el testimonio. De ahí se reconstruye, desde los fundamentos de la Iglesia de los orígenes y de siempre, de la adoración a Dios y del amor al prójimo, no de los gustos particulares, ni de los pactos y negociaciones que podamos hacer ahora, digamos, para defender la Iglesia o defender la cristiandad.

Queridos Hermanos, quisiera agradeceros este no fácil trabajo de reconstrucción, que lleváis adelante con la gracia de Dios. Gracias por estos primeros 50 años al servicio de la Iglesia y de Europa. Animémonos, sin ceder jamás al desánimo ni a la resignación: el Señor nos llama a una labor espléndida, a trabajar para que su casa sea cada vez más acogedora, para que cada uno pueda entrar y vivir, para que la Iglesia tenga las puertas abiertas a todos y nadie tenga la tentación de concentrarse solo en mirar y cambiar la cerradura. Las pequeñas cosas exquisitas… Y somos tentados. No, el cambio va por otra parte, viene de las raíces. La reconstrucción va por otra parte.

El pueblo de Israel reconstruyó el templo con sus propias manos. Los grandes reconstructores de la fe del continente hicieron lo mismo; pensemos en los Patronos. Pusieron en juego su pequeñez, confiando en Dios. Pienso en los Santos, como Martín, Francisco, Domingo, Pío al que recordamos hoy; en los patronos como Benito, Cirilo y Metodio, Brígida, Catalina de Siena, Teresa Benedicta de la Cruz. Empezaron por ellos mismos, por cambiar su vida acogiendo la gracia de Dios. No se preocuparon de los tiempos oscuros, de las adversidades y de algunas divisiones que siempre hay. No perdieron tiempo criticando y culpando. Vivieron el Evangelio, independientemente de la relevancia y la política. Así, con la fuerza mansa del amor de Dios, encarnaron su estilo de cercanía, de compasión y de ternura –el estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura–; y construyeron monasterios, ganaron tierras, devolvieron alma a personas y países: ningún programa “social”, entre comillas, solo el Evangelio. Y con el Evangelio fueron adelante.

Reconstruid mi casa. El verbo está conjugado en plural. Toda reconstrucción se hace juntos, en el signo de la unidad. Con los demás. Puede haber visiones diversas, pero siempre debe preservarse la unidad. Porque, si custodiamos la gracia del conjunto, el Señor construye incluso allí donde nosotros no llegamos. La gracia del conjunto. Es nuestra llamada: ser Iglesia, un Cuerpo solo entre nosotros. Es nuestra vocación, en cuanto Pastores: reunir el rebaño, no dispersarlo ni preservarlo en agradables recintos cerrados. Eso es matarlo. Reconstruir significa hacerse artesanos de comunión, tejedores de unidad a todo nivel: no por estrategia, sino por Evangelio.

Si reconstruimos así, daremos la posibilidad a nuestros hermanos y hermanas de ver. Es el tercer verbo, con el cual se concluye el Evangelio de hoy, con Herodes que quería “ver a Jesús” (cfr. Lc 9, 9). Hoy como entonces se habla mucho de Jesús. En aquellos tiempos se decía: «Juan ha resucitado de entre los muertos […] Ha aparecido Elías […] Ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas» (Lc 9, 7-8). Todos apreciaban a Jesús, pero no comprendían su novedad y lo encerraban en esquemas ya vistos: Juan, Elías, los profetas... Pero Jesús no se puede encasillar en los esquemas de lo “escuchado” o de lo “ya visto”. Jesús siempre es novedad, siempre. El encuentro con Jesús te asombra, y si tú en el encuentro con Jesús no sientes asombro, no has encontrado a Jesús.

Muchos en Europa piensan que la fe es algo ya visto, que pertenece al pasado. ¿Porqué? Porque no han visto a Jesús obrar en sus vidas. Y a menudo no lo han visto porque nosotros con nuestra vida no lo hemos mostrado lo suficiente. Porque a Dios se le ve en los rostros y gestos de hombres y mujeres transformados por su presencia. Y si los cristianos, en vez de irradiar la alegría contagiosa del Evangelio, vuelven a proponer esquemas religiosos desgastados, intelectualistas y moralistas, la gente no ve al Buen Pastor. No reconoce a Aquel que, enamorado de cada una de sus ovejas, la llama por su nombre y la busca para ponérsela sobre los hombros. No ve a Aquel cuya increíble Pasión predicamos, precisamente porque Él solo tiene una pasión: el hombre. Ese amor divino, misericordioso e impactante es la perenne novedad del Evangelio. Y nos pide, queridos Hermanos, decisiones sabias y audaces, hechas en nombre de la loca ternura con la que Cristo nos salvó. No nos pide que demostremos, nos pide que mostremos a Dios, como hicieron los santos: no con palabras, sino con la vida. Pide oración y pobreza, pide creatividad y gratuidad. Ayudemos a la Europa de hoy, enferma de cansancio –esa es la enfermedad de la Europa de hoy–, a recuperar el rostro siempre joven de Jesús y de su esposa. Solo podemos darlo todo para ver esa belleza eterna.


Fuente: exaudi.org/

24 septiembre 2021

Desear la santidad de los demás

26° domingo del tiempo ordinario (Ciclo B)

Evangelio (Mc 9,38-43.45.47-48)

Juan le dijo:

—Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.

Jesús contestó:

—No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, con nosotros está. Y cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ajustaran al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y fuera arrojado al mar. Y si tu mano te escandaliza, córtatela. Más te vale entrar manco en la Vida que con las dos manos acabar en el infierno, en el fuego inextinguible. Y si tu pie te escandaliza, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la Vida que con los dos pies ser arrojado al infierno. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.


Comentario

El evangelio de hoy nos recuerda diversas enseñanzas de Jesús sobre la vida cristiana. La descripción de Marcos es sobria, pero las palabras, lapidarias, llegan al fondo del alma con gran facilidad. La primera podría glosarse así: Dios da sus dones como considera oportuno, y ojalá fuera siempre motivo de alegría para nosotros ver cómo otras personas los acogen con generosidad y los ponen al servicio del evangelio. Se nos viene a la cabeza la gran variedad y riqueza que hay dentro de la Iglesia y, también, la posibilidad de que nuestro corazón, —que lucha cada día por salir de sí mismo y ser un poco más grande— mire con desconfianza e incluso con cierto rechazo a algunos de los que trabajan junto a nosotros en la viña del Señor. Las palabras de Jesús son nítidas: “no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, con nosotros está”. Ciertamente, solo Dios puede escrutar los corazones y discernir las intenciones. Nosotros debemos guiarnos por indicios externos; por ejemplo: “por sus frutos los conoceréis”. Aunque no del todo, porque no podemos ver los frutos ocultos hasta que salgan a la luz, si es que sabemos verlos.

Jesús nos anima a considerar que él trabaja de una forma oculta en los corazones y a través de los corazones. Que esa acción es única en cada persona. Y que no podemos saber hasta qué punto las obras de otras personas son respuesta dócil, aunque quizá dubitativa, a una inspiración interior del Espíritu Santo. Lo que esas respuestas de amor producen en el alma y en el mundo se nos escapa, no podemos percibirlo, pero Dios sí puede. Por eso se nos recuerda que hay un valor de eternidad en cada acto de verdadero amor, y que ese acto, por el mismo hecho de ser amor, siempre lleva anejo un “salario”, que no es una recompensa sino la consecuencia misma de que haya un poco de “amor nuevo” en el mundo. Oímos, así, las palabras de Jesús como una invitación a valorar la rica acción del Espíritu Santo en las almas y a estrechar los vínculos de comunión con todos, especialmente con los bautizados, rezando unos por otros y aprendiendo de su forma concreta de buscar y llevar a Cristo a las almas.

Las palabras sobre el escándalo son otra cara de lo que Jesús ha dicho antes: deseamos la santidad de los demás con todo nuestro corazón y, por tanto, hacemos todo lo posible por evitar que nuestro ejemplo les desconcierte o les aleje de Dios. Es una invitación a ser custodios los unos de los otros, a velar los unos por los otros en nuestro camino diario. No somos islas, no somos personas indiferentes a lo que nuestra forma de hablar y actuar produce en los demás. Ciertamente, no podemos pedir a todos su consejo antes de dar un paso. Pero el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones, y eso nos permite pensar y obrar participando de la sabiduría divina. No hacemos las cosas simplemente porque a nosotros nos parecen bien y ya está. Esto no quiere decir que nos dejemos llevar por lo que piensan los demás, y eso nos haga ocultar nuestra condición cristiana. Es otra cosa.

Dar importancia al escándalo es vivir con la conciencia de que nuestras obras no se quedan nunca solo en nosotros mismos. Tenemos debilidades, pero, al mismo tiempo que nos esforzamos con ilusión por gobernarlas, intentamos no herir, con lo que ven en nosotros, ni a los “fuertes” ni a los “débiles”. Es más, Jesús nos recuerda que hay personas especialmente débiles y frágiles. Entre ellas se encuentran los niños, a los que les ayuda tanto tener buenos modelos a los que les puede hacer tanto daño el no tenerlos o el tenerlos malos. También podríamos poner ahí a los que están dando sus primeros pasos en la fe, a las personas que se amparan en nosotros, etc.

Del caminar de tantos que nos han precedido aprendemos mucho: de su esfuerzo por conocer lo mejor posible las propias fragilidades, de la ilusión por llegar a sus raíces para poder sanar lo enfermo, de la ayuda a la que acudieron o aceptaron. Porque este camino no se puede recorrer solos: ¡cuánto necesitamos un buen acompañamiento espiritual!, ¡cuánto bien nos hace desear, lo más que podamos, que los que nos rodean avancen con alegría y esperanza en el camino de la santidad! Eso, en parte, Dios lo ha puesto en nuestras manos.

Fuente: opusdei.org


La familia: dar y recibir amor

José Manuel Mañú Noain

Un bebé, desde el vientre materno recibe las consecuencias del comportamiento de su madre no sólo desde el punto de vista físico: hábitos saludables, ausencia de factores muy estresantes durante el embarazo, etc. También, de una forma u otra, el ser aceptado y querido configurará su personalidad. No todo bebé concebido es esperado con ilusión; hay casos en los que la concepción ha tenido lugar en un momento no esperado ni deseado; puede haber un sentimiento inicial de rechazo a aceptar el embarazo; esa situación no tiene mayor trascendencia si pasa a ser aceptado y progresivamente querido.

Aceptar al nuevo hijo o hermano

De hecho, al nacer un niño con síndrome Down, si no era esperado así, la primera reacción de sus padres puede ser de disgusto, lo que es comprensible. Es el momento de ayudarles, social y personalmente, para afrontar las nuevas circunstancias. Que un bebé sea esperado con ilusión por sus padres y hermanos es lo deseable, pero no es la única posibilidad. A veces pasa tiempo antes de que ese hijo inesperado pase a ser tan querido o más que sus hermanos.

Dice Bonete que la familia es la primera y fundamental escuela de socializar; como comunicación de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y la hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunicación y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.

Ser querido y aprender a querer

El bebé nace muy limitado; sus manifestaciones afectivas se reducen a sonreír, como señal de satisfacción, y a llorar en señal de malestar o en petición de ayuda. Todos somos conscientes de la importancia de recibir afecto desde el principio de la vida; rodear de afecto al bebé fortalecerá una personalidad sana. Muchos padres de niños de 0 a 6 años se plantean dudas sobre cómo actuar en diversas y variadas circunstancias de la vida; especialmente cuando es el primer hijo, cada experiencia es nueva y no siempre están preparados para responder. Es indudable que participar con intensidad en la vida del recién nacido es una buena forma de apuntalar la familia y de emplear el tiempo. Entre llegar habitualmente a casa cuando el bebé está dormido, a estar en el baño vespertino, cena, juego, acompañarle a la cuna o a la cama, estar con él unos momentos, hay una notable diferencia.

Un bebé adquiere la conciencia del amor fundamentalmente por su experiencia personal de ser querido; su componente instintivo al comportarse es alto; desarrollará una capacidad de captar la atención que puede llegar a ser absorbente; es casi seguro que habrá que decirle NO en muchas ocasiones, desde sus intentos por ir a la cama de sus padres a su empeño por tomar objetos que le puede perjudicar o que por su valor no debe tener en sus manos. Querer no es decir siempre y a todo que sí; ahora abundan las madres buenas, cariñosas; pero el niño necesita tener una buena madre, que le da no lo que pide sino lo que necesita: mucho cariño y algunas negativas firmes.  

La creciente implicación paterna

Cada vez más los varones se implican en las tareas de la casa; faltar un día, uno de los dos, no es relevante si el motivo es importante. Faltar de forma sistemática puede llevar a lo sucedido en el siguiente relato: Cuando nació mi hijo yo estaba en una fase laboral en la que tenía que aprovechar las oportunidades para ascender. Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba. Comenzó a hablar cuando yo no estaba. A medida que crecía, me decía: `Papá, algún día seré como tú ¿Cuándo regresas a casa, papá?´. `No lo sé, hijo mío, pero cuando regrese jugaremos juntos..., ya lo verás`. Mi hijo cumplió diez años y me decía: `Gracias por la pelota, papá. ¿Quieres jugar conmigo?´ `Hoy no, hijo mío, que tengo mucho que hacer.´ `Está bien papá, otro día será`, y se fue sonriendo. Pasaron los años y mi hijo regresó de la universidad, hecho todo un hombre. Hijo, estoy muy orgulloso de ti. Siéntate y hablemos un poco.’ Hoy no, papá, tengo compromisos...; por favor, préstame el coche para ir a visitar a unos amigos.´ Ahora me he jubilado y mi hijo vive en un barrio cercano. Hoy le he llamado: `Hola, hijo mío, quiero verte.´ `Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo...; tú sabes, el trabajo, los niños...; pero gracias por llamar, fue estupendo hablar contigo.´ Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo había cumplido su deseo, era exactamente como yo.

El cariño, idioma universal

En cualquier país que se visita, las personas con las que es más sencillo conectar son los niños, porque entienden ese idioma universal que entendemos todos. Los niños con síndrome Down escolarizados se acercan las personas más cariñosas, tienen un detector de cariño que les lleva a equivocarse raras veces. Una experiencia para no repetir es la que cuentan que hizo el emperador Federico II: quiso saber cuál era la primera lengua del mundo y viendo que cada niño hablaba la de su región de origen, pensó seleccionar a unos niños recién nacidos para criarlos aparte. De este modo, según el emperador, si nadie les hablaba no podrían aprender la lengua de sus cuidadoras y el idioma original brotaría de sus labios de manera espontánea. Así se hizo. Las personas encargadas de esa tarea los cuidaban, los bañaban, pero tenían prohibido hablarles o cantarles. El resultado fue que, al poco tiempo, todos los niños se fueron muriendo de uno en uno. ¿La razón? La ausencia de las manifestaciones que habitualmente acompañan al cariño. Esa historia muestra la necesidad vital de recibir afecto.

Es importante repetir a cada hijo que se le quiere de forma gratuita, siempre. Es cierto que no da lo mismo que se porten mejor o peor, que estudien o no, pero no deben llegar a pensar el amor de sus padres depende de su comportamiento o de los resultados escolares. Conocer a cada hijo bien lleva a saber cuándo hay que darle una palmada de cariño o ponerse serio con él. Quererles no es estar todo el día dándoles besos; depende de muchas circunstancias, como la cultura en la que se vive, el carácter de cada uno; en la cultura occidental a la madre se le admiten unas manifestaciones de cariño más tiernas que al padre. Varían las formas, pero no el contenido, mostrar a pre-adolescente un cariño muy efusivo delante de sus amigos no suele ser el método más acertado.

Dar cariño sin caer en el chantaje emocional

El niño pronto aprende a desenvolverse en la vida y, salvo los que tienen más dificultad para captar emociones o expresarlas, buscan el modo de conseguir lo que desean. Sabemos que un niño puede ser zalamero para conseguir un juguete, permiso para algo, etc. Algunos niños llevan balón al colegio porque consideran que es la forma de asegurarse que jugarán a fútbol, lo que no deja de ser indicador de que algo falla en su proceso de socialización; una niña que lleva golosinas para todas las amigas como forma de ganar su aprecio, trata de comprar la aceptación del grupo. La forma frecuente de aprendizaje de los niños es imitar y usar el sistema de acierto-error; no hay que sorprenderse porque comentan errores, lo importante es que aprendan de ellos; para eso necesitan que se les enseñe.

Con frecuencia son los padres los que animan al niño a dar un beso a un pariente, a unos amigos de los padres, etc. Un niño rodeado de cariño crece más seguro que si no lo está; pero el afecto esencial es el de los padres y en segundo lugar de sus hermanos, si los tiene. Entre hermanos es más peligrosa la envidia para sus relaciones futuras, que una pelea entre ellos por querer a la vez el mismo objeto. Parte de la educación es enseñarles a amar mucho y bien a los demás y a saber cuáles son las muestras de cariño adecuadas en situación: no es lo mismo la forma de tratar a sus abuelos que a un amigo. Muchos lo captan intuitivamente; a otros hay que decírselo de forma explícita.

Facilitar la vida familiar

El niño aprende de sus padres los aspectos básicos y, lógicamente, también a querer a su familia; el niño necesita cuidados constantes de sus padres. El niño ansía la armonía familiar y llora si ve reñir a sus padres. Pero él no puede defender ese derecho si lo ha perdido; el derecho del niño a estar con sus padres debe ser protegido antes de que se produzca el eventual daño causado por su carencia. El niño necesita a su padre y a su madre; cada uno aporta una dimensión afectiva y educativa difícilmente sustituible. Es cierto que, en los casos de muerte de un cónyuge, el otro habrá de asumir ambos roles; el que eso ocurra es inevitable en muchas ocasiones, pues ni siquiera aunque se volviera a casar, su cónyuge actual sería el padre de los hijos anteriores.

Es un logro social el incorporar al padre a las tareas del hogar; de ellas la más importante la educación de los hijos. Es anacrónico dejar la educación de los hijos en manos de la madre y desatender esa tarea para volcarse en exceso en el trabajo u otras labores. Cada hijo necesita a su padre y a su madre. Del padre aprende el modelo de varón y de la madre el de mujer. Del cariño y la presencia de ambos recibe seguridad y así, cuando el padre o la madre faltan del hogar varios días por motivos laborales, un viaje al extranjero, etc. a su llegada a casa es recibida por los hijos con alborozo. La sociedad obliga a las familias a buscar alternativas para conjugar los apretados horarios profesionales, las dificultades para conciliar la vida profesional y laboral, etc. Comienzan a verse empresas valoradas por organizaciones de familias, por el cuidado en facilitar a sus empleados compaginar las tareas familiares y laborales: horarios flexibles, trabajo desde el hogar, etc.

Pero son pocas todavía. No es fácil armonizar los intereses, pero la dificultad no exime del esfuerzo por intentarlo; la empresa no es la prioridad máxima para muchas personas, sino que lo es su familia. Una empresa que, por sistema, penaliza la maternidad negando reducir la jornada, haciendo cambios de destino que obligan a no poder hacer uso, de hecho, de las horas de lactancia reconocidas, etc. provoca una reacción de rechazo en las mujeres que trabajan en ella y que desearían compaginar ambas tareas. Mujeres con gran preparación profesional, encuentran trabas para incorporarse a un mundo laboral rígido, que se resiste a ganar en flexibilidad por no encontrar un beneficio económico directo en la adaptación; esa política de empresa, además de corta de miras, no ayudará a lograr una cultura de compromiso entre sus empleados.

Otras, sí valoran la satisfacción de sus empleados y ponen los medios para facilitar, a quien lo desee, armonizar familia y trabajo. Así, se facilita que sean los padres quienes enseñen al bebé facetas básicas, que de no ser así quedan en manos de otras personas: cuidadoras, guarderías para niños recién nacidos, etc. que pueden ser profesionales excelentes pero que nunca lo harán con el cariño de los padres. No hay soluciones sencillas para la conciliación, como tampoco las hay para otras áreas; igual que se ha ganado en sensibilidad para usar bien los residuos familiares, sociales, etc., se puede generar una cultura en la que haya una decisión no sólo de tener una sociedad más ecológica, sino también más acogedora.

Armonizar vida laboral y familiar

Hay dudas razonables de que escolarizar a todos los niños de 0 a 3 años sea lo mejor para un país; otra cosa es facilitarlo, para que nadie se quede sin la posibilidad de este servicio si lo requiere. Aprender de labios de los padres las primeras palabras, recibir durante horas el cariño de uno u otro cónyuge, aporta una seguridad en la formación de la persona que no tiene precio. Son muchos adultos los que hubieran deseado tener un trato más intenso con sus padres; en ocasiones era el trabajo, en otras las costumbres sociales u otras razones. No emitimos juicios sobre la generación anterior; quizá nadie les enseñó a hacer compatible trabajar y ser padre, o tuvieron que trabajar tantas horas que apenas les quedó tiempo para sus hijos. Ahora, es frecuente ver familias completas disfrutando juntos de actividades en fin de semana; eso es un logro que se debe procurar mantener.  

Resolver la atención de los hijos en vacaciones escolares

Por desgracia, es común ver en vacaciones cómo los padres con niños pequeños tienen que hacer equilibrios para atender a sus hijos; a veces en perjuicio de la convivencia de toda la familia unida. Las vacaciones se tienen que programar para cuidar a los hijos durante el largo verano. No hay soluciones fáciles a los problemas de la sociedad actual, pero una parte depende del empeño puesto en resolverlos, lo que guarda relación directa con la importancia que se les dan.

Un ejemplo puede servir para entenderlo; a finales de la década de 1950, los rusos iban por delante en la delantera en la carrera espacial con Estados Unidos; eran los años de la Guerra Fría y el prestigio de cada potencia estaba en juego. Al comenzar la década de 1960 el reciente presidente Kennedy anunció que, antes de acabar la década, un norteamericano habría puesto los pies en la luna. Sus colaboradores se echaron a temblar; estaban muy lejos de lograr ese reto. Se creó la NASA, se seleccionaron astronautas entre los pilotos de aviación, se contrataron miles de ingenieros, se proyectaron varias misiones Apolo con éxito diverso... El 21 de julio de 1969 millones de espectadores vieron como Neil Armstrong daba unos pasos por la luna. No fue un simple deseo lo que hizo posible ese hecho, fue un empeño en lograr una meta a la que dieron prioridad.


Fuente: almudi.org


23 septiembre 2021

¿Qué es la dignidad humana?

 ¿Qué es la dignidad?, esta es la gran pregunta. Una palabra que está en todas las Declaraciones Universales de las Constituciones Democráticos y que raramente se define. Y embargo tanto en la Declaración sobre los Derechos del Hombre como en nuestra Constitución se reconoce que todo ser humano está dotado de una dignidad inherente. Merece la pena pensar qué significa dignidad inherente.

Significar reconocer que todo ser humano más allá de sus capacidades, características, más allá de su edad, mas allá de su enfermedad o de su salud, debe ser respetado por el mero hecho de ser persona. Eso es lo que llamamos dignidad inherente; no por lo que ha hecho, lo que deja de hacer, los títulos que tiene, el dinero que tiene, la inteligencia que tiene, sino por el mero hecho de ser persona tiene que ser respetado, apreciado, cuidado protegido, preservado.

Esto es lo que llamamos dignidad inherente. En un lenguaje más filosófico es dignidad intrínseca o dignidad ontológica, y que ningún ser humano pierde, aunque no siempre es consciente de ella. Un niño recién nacido tiene esta dignidad, sin embargo, todavía no es consciente de este valor que tiene como ser humano. Y una persona que sufre una demencia senil, una enfermedad tan grave como el Alzheimer tiene esta dignidad, pero ella no es consciente ya del valor que tiene.

También lo podemos decir de otra manera; decir que un ser humano es digno, significa reconocer que es sujeto de derechos, que no es un objeto, que no es una cosa, que no es una mercancía, que no es un bien útil como puede ser un coche, una moto o como puede ser un ordenador, sino que es un sujeto de derechos; y que –por tanto- se le tienen que reconocer y respetar esos derechos a lo largo de toda su vida desde su nacimiento hasta su muerte natural.

Eso es reconocer la dignidad en un ser humano o -para decirlo finamente de otro modo más moderno- significa entenderlo como un fin en sí mismo. La expresión que tiene un origen muy en la filosofía de Immanuel Kant. Decir que un ser humano es digno significar que hay que tratarle como un fin en sí mismo y no como un instrumento, como una cosa para conseguir otros fines. Significa que la ciencia, la tecnología, las instituciones, los sistemas políticos están al servicio de la persona y no al revés. Cuando se produce el giro entonces la persona es instrumentalizada al servicio de la ciencia o de la técnica, o de un régimen político, y se vulnera su dignidad. Por lo tanto es una palabra clave, no la podemos vaciar de contenido, le tenemos que reconocer ese valor y defender especialmente la dignidad de quienes por sí mismo ya no pueden defenderlas, o por su fragilidad constitutiva o porque están una etapa de final de vida y tenemos que reconocer esa dignidad y defenderla, especialmente la de los más vulnerables.

Fuente: bioeticaweb.com

22 septiembre 2021

Viaje apostólico a Budapest y Eslovaquia

El Papa en la Audiencia General


Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera hablaros del viaje apostólico que realicé a Budapest y Eslovaquia, y que terminó precisamente hace una semana, el miércoles pasado. Lo resumiría así: ha sido una peregrinación de oración, una peregrinación a las raíces, una peregrinación de esperanza. Oración, raíces y esperanza.

1. La primera etapa fue a Budapest, para la Santa Misa conclusiva del Congreso Eucarístico Internacional, aplazada exactamente un año debido a la pandemia. Fue grande la participación en esta celebración. El pueblo santo de Dios, en el día del Señor, se ha reunido ante el misterio de la Eucaristía, del cual continuamente es generado y regenerado. Era abrazado por la Cruz que sobresalía sobre el altar, mostrando la misma dirección indicada por la Eucaristía, es decir la vía del amor humilde y desinteresado, del amor generoso y respetuoso hacia todos, del camino de la fe que purifica de la mundanidad y conduce a la esencialidad. Esta fe nos purifica siempre y nos aleja de la mundanidad que nos arruina a todos: es un parásito que nos arruina desde dentro.

Y la peregrinación de escucha concluyó en Eslovaquia en la Fiesta de María Dolorosa. También allí, en Šaštín, ante el Santuario de la Virgen de los Siete Dolores, un gran pueblo de hijos llegó para la fiesta de la Madre, que es también la fiesta religiosa nacional. Así mi peregrinación fue de oración en el corazón de Europa, iniciado con la adoración y concluido con la piedad popular. Rezar, porque a esto es a lo que sobre todo está llamado el Pueblo de Dios: adorar, rezar, caminar, peregrinar, hacer penitencia, y en todo esto sentir la paz y la alegría que nos da el Señor. Nuestra vida debe ser así: adorar, rezar, caminar, peregrinar, hacer penitencia. Y esto tiene una particular importancia en el continente europeo, donde la presencia de Dios se diluye —lo vemos todos los días: la presencia de Dios se diluye— por el consumismo y los “vapores” de un pensamiento único —una cosa rara pero real— fruto de la mezcla de viejas y nuevas ideologías. Y esto nos aleja de la familiaridad con el Señor, de la familiaridad con Dios. También en tal contexto, la respuesta que sana viene de la oración, del testimonio y del amor humilde. El amor humilde que sirve. Retomemos esta idea: el cristiano está para servir.

Es lo que vi en el encuentro con el pueblo santo de Dios. ¿Qué vi? Un pueblo fiel, que sufrió la persecución ateísta. Lo vi también en los rostros de nuestros hermanos y hermanas judíos, con los cuales recordamos la Shoah. Porque no hay oración sin memoria. No hay oración sin memoria. ¿Qué quiere decir esto? Que nosotros, cuando rezamos, debemos hacer memoria de nuestra vida, de la vida de nuestro pueblo, de la vida de tanta gente que nos acompaña en la ciudad, teniendo en cuenta cuál ha sido su historia. Uno de los obispos eslovacos, ya anciano, al saludarme me dijo: “Yo fui conductor de tranvía para esconderme de los comunistas”. Es bueno este obispo: en la dictadura, en la persecución él era un conductor de tranvía, después a escondidas hacía su “trabajo” de obispo y nadie lo sabía. Así es en la persecución. No hay oración sin memoria. La oración, la memoria de la propia vida, de la vida del propio pueblo, de la propia historia: hacer memoria y recordar. Esto hace bien y ayuda a rezar.

2. Segundo aspecto: este viaje ha sido una peregrinación a las raíces. Encontrando a los hermanos obispos, tanto en Budapest como en Bratislava, pude tocar con la mano el recuerdo agradecido de estas raíces de fe y de vida cristiana, vívido en el ejemplo luminoso de testigos de la fe, como el cardenal Mindszenty y el cardenal Korec, como el beato obispo Pavel Peter Gojdič. Raíces que descienden en profundidad hasta el siglo IX, hasta la obra evangelizadora de los santos hermanos Cirilo y Metodio, que han acompañado este viaje como una presencia constante. Percibí la fuerza de estas raíces en la celebración de la Divina Liturgia en rito bizantino, en Prešov, en la fiesta de la Santa Cruz. En los cantos sentí vibrar el corazón del santo pueblo fiel, forjado por muchos sufrimientos padecidos por la fe.

En más de una ocasión insistí en el hecho de que estas raíces están siempre vivas, llenas de la savia vital que es el Espíritu Santo, y que como tales deben ser custodiadas: no como exposiciones de museo, no ideologizadas e instrumentalizadas por intereses de prestigio y de poder, para consolidar una identidad cerrada. No. ¡Esto significaría traicionarlas y esterilizarlas! Cirilo y Metodio no son para nosotros personajes para conmemorar, sino modelos a imitar, maestros de los que aprender siempre el espíritu y el método de la evangelización, como también el compromiso civil —durante este viaje en el corazón de Europa pensé a menudo en los padres de la Unión Europea, cómo la soñaron no como una agencia para distribuir las colonizaciones ideológicas de moda, no, cómo la soñaron ellos—. Así entendidas y vividas, las raíces son garantía de futuro: de ellas brotan gruesas ramas de esperanza. También nosotros tenemos raíces: cada uno de nosotros tiene las propias raíces. ¿Recordamos nuestras raíces? ¿De los padres, de los abuelos? ¿Y estamos unidos a los abuelos que son un tesoro? “Pero, son viejos…”. No, no: ellos te dan la savia, tú debes ir donde ellos y tomar para crecer e ir adelante. Nosotros no decimos: “Ve, y refúgiate en las raíces”: no, no. “Ve a las raíces, toma de ahí la savia y ve adelante. Ve a tu lugar”. No os olvidéis de esto. Y os repito lo que he dicho muchas veces, ese verso tan bonito: “Todo lo que el árbol tiene de florecido le viene de lo que tiene enterrado”. Tú puedes crecer en la medida en la que estás unido a las raíces: te viene la fuerza de ahí. Si tú cortas las raíces, todo nuevo, ideologías nuevas, esto no te lleva a nada, no te hace crecer: terminarás mal.

3. El tercer aspecto de este viaje ha sido una peregrinación de esperanza. Oración, raíces y esperanza, los tres rasgos. He visto mucha esperanza en los ojos de los jóvenes, en el inolvidable encuentro en el estadio de Košice. Esto también me dio esperanza, ver tantas, tantas parejas jóvenes y tantos niños. Y pensé en el invierno demográfico que nosotros estamos viviendo, y esos países florecen de parejas jóvenes y de niños: un signo de esperanza. Especialmente en tiempo de pandemia, este momento de fiesta fue un signo fuerte y alentador, también gracias a la presencia de numerosas parejas jóvenes, con sus hijos. Como fuerte y profético es el testimonio de la beata Anna Kolesárová, joven eslovaca que a costa de su vida defendió la propia virginidad contra la violencia: un testimonio más actual que nunca, lamentablemente, porque la violencia sobre las mujeres es una llaga abierta por todos lados.   

He visto esperanza en muchas personas que, silenciosamente, se ocupan y se preocupan del prójimo. Pienso en las Hermanas Misioneras de la Caridad del Centro Belén, en Bratislava, buenas hermanas, que reciben a los descartados de la sociedad: rezan y sirven, rezan y ayudan. Y rezan tanto y ayudan tanto, sin pretensiones. Son los héroes de esta civilización. Yo quisiera que todos nosotros hiciéramos un reconocimiento a Madre Teresa y a estas hermanas: ¡todos juntos un aplauso a estas hermanas buenas! Estas hermanas acogen a personas sin hogar. Pienso en la comunidad gitana y en los que se comprometen con ellos por un camino de fraternidad y de inclusión. Fue conmovedor compartir la fiesta de la comunidad gitana: una fiesta sencilla, que sabía a Evangelio. Los gitanos son nuestros hermanos: debemos acogerles, debemos estar cerca como hacen los padres salesianos allí en Bratislava, muy cercanos a los gitanos.

Queridos hermanos y hermanas, esta esperanza, esta esperanza de Evangelio que he podido ver en el viaje, se realiza, se hace concreta solo si se declina con otra palabra: juntos. La esperanza no decepciona nunca, la esperanza nunca va sola, sino juntos. En Budapest y en Eslovaquia nos hemos encontrado juntos con los diferentes ritos de la Iglesia católica, juntos con los hermanos de otras confesiones cristianas, juntos con los hermanos judíos, juntos con los creyentes de otras religiones, juntos con los más débiles. Este es el camino, porque el futuro será de esperanza si será juntos, no solos: esto es importante.

Y después de este viaje, en mi corazón hay un gran “gracias”. Gracias a los obispos, y gracias a las autoridades civiles, gracias al presidente de Hungría y a la presidenta de Eslovaquia; gracias a todos los colaboradores en la organización; gracias a los muchos voluntarios; gracias a cada uno de los que han rezado. Por favor, añadid aún una oración, para que las semillas esparcidas durante el viaje den buenos frutos. Recemos por esto.

 


Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta Audiencia, en particular a la comunidad del Colegio Mexicano. Doy gracias al Señor y a todos los que han hecho posible este Viaje, y también a ustedes que me acompañan diariamente con laoración, y les pido que sigan rezando para que las semillas esparcidas durante estos días den buenos frutos. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado regresé del Viaje Apostólico a Budapest y Eslovaquia. Fue una peregrinación de oración, un tiempo de gracia para ir a las raíces de la vida cristiana y una ocasión para renovar la esperanza. La oración comenzó en Budapest, en la Misa de clausura del Congreso Eucarístico Internacional, con la adoración a Jesús Sacramentado, y se concluyó con la Fiesta de la Virgen Dolorosa en Šaštin, Eslovaquia.

El agradecimiento por nuestras raíces cristianas estuvo acompañado del ejemplo de los santos Cirilo y Metodio, y otros testigos de la fe, que son un modelo para imitar en nuestra misión evangelizadora. Además, durante este Viaje he visto esperanza en los rostros de tantos jóvenes y de tantas familias; en la mirada de muchos consagrados que se comprometen en favor de los más necesitados; y en los encuentros con los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones. Este es el camino de la fraternidad, construir juntos el futuro con esperanza.