25 diciembre 2021

MENSAJE URBI ET ORBI

EL PAPA en la NAVIDAD 2021


Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad!

La Palabra de Dios, que ha creado el mundo y da sentido a la historia y al camino del hombre, se hizo carne y vino a habitar entre nosotros. Apareció como un susurro, como el murmullo de una brisa ligera, para colmar de asombro el corazón de todo hombre y mujer que se abre al misterio.

El Verbo se hizo carne para dialogar con nosotros. Dios no quiere tener un monólogo, sino un diálogo. Porque Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es diálogo, eterna e infinita comunión de amor y de vida.

Dios nos mostró el camino del encuentro y del diálogo al venir al mundo en la Persona del Verbo encarnado. Es más, Él mismo encarnó en sí mismo este camino, para que nosotros pudiéramos conocerlo y recorrerlo con confianza y esperanza.

Hermanas, hermanos, «qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades» (Carta enc. Fratelli tutti, 198). En este tiempo de pandemia nos damos cuenta de esto todavía más. Se pone a prueba nuestra capacidad de relaciones sociales, se refuerza la tendencia a cerrarse, a valerse por uno mismo, a renunciar a salir, a encontrarse, a colaborar. También en el ámbito internacional existe el riesgo de no querer dialogar, el riesgo de que la complejidad de la crisis induzca a elegir atajos, en vez de los caminos más lentos del diálogo; pero son estos, en realidad, los únicos que conducen a la solución de los conflictos y a beneficios compartidos y duraderos.

En efecto, mientras el anuncio del nacimiento del Salvador, fuente de la verdadera paz, resuena a nuestro alrededor y en el mundo entero, vemos todavía muchos conflictos, crisis y contradicciones. Parece que no terminan nunca y casi pasan desapercibidos. Nos hemos habituado de tal manera que inmensas tragedias ya se pasan por alto; corremos el riesgo de no escuchar los gritos de dolor y desesperación de muchos de nuestros hermanos y hermanas.

Pensemos en el pueblo sirio, que desde hace más de un decenio vive una guerra que ha provocado muchas víctimas y un número incalculable de refugiados. Miremos a Irak, que después de un largo conflicto todavía tiene dificultad para levantarse. Escuchemos el grito de los niños que se alza desde Yemen, donde una enorme tragedia, olvidada por todos, se está perpetrando en silencio desde hace años, provocando muertos cada día.

Recordemos las continuas tensiones entre israelíes y palestinos que se prolongan sin solución, con consecuencias sociales y políticas cada vez mayores. No nos olvidemos de Belén, el lugar en el que Jesús vio la luz, que vive tiempos difíciles, también a causa de las dificultades económicas provocadas por la pandemia, que impide a los peregrinos llegar a Tierra Santa, con efectos negativos en la vida de la población. Pensemos en el Líbano, que sufre una crisis sin precedentes con condiciones económicas y sociales muy preocupantes.

Pero he aquí, en medio de la noche, el signo de esperanza. Hoy «el amor que mueve el sol y las otras estrellas» (Paraíso, XXXIII, 145), como dice Dante, se hizo carne. Vino en forma humana, compartió nuestros dramas y rompió el muro de nuestra indiferencia. En el frío de la noche extiende sus pequeños brazos hacia nosotros, está necesitado de todo, pero viene a darnos todo. A Él pidámosle la fuerza de abrirnos al diálogo. En este día de fiesta le imploramos que suscite en nuestros corazones anhelos de reconciliación y de fraternidad. A Él dirijamos nuestra súplica.

Niño Jesús, concede paz y concordia a Oriente Medio y al mundo entero. Sostén a todos los que están comprometidos en la asistencia humanitaria a las poblaciones que se ven forzadas a huir de su patria; consuela al pueblo afgano, que desde hace más de cuarenta años es duramente probado por conflictos que obligan a muchos a dejar el país.

Rey de las naciones, ayuda a las autoridades políticas a pacificar las sociedades devastadas por tensiones y conflictos. Sostén al pueblo de Myanmar, donde la intolerancia y la violencia también golpean frecuentemente a la comunidad cristiana y los lugares de culto, y opacan el rostro pacífico de sus gentes.

Sé luz y sostén para quienes creen y trabajan en favor del encuentro y del diálogo, yendo incluso contra corriente, y no permitas que se propaguen en Ucrania las metástasis de un conflicto gangrenoso.

Príncipe de la Paz, asiste a Etiopía para que vuelva a encontrar el camino de la reconciliación y la paz a través de un debate sincero, que ponga las exigencias de la población en primer lugar. Escucha el grito de los pueblos de la región del Sáhel, que padecen la violencia del terrorismo internacional. Dirige tu mirada a los pueblos de los países del Norte de África que sufren a causa de las divisiones, el desempleo y la desigualdad económica, y alivia los sufrimientos de muchos hermanos y hermanas que sufren por los conflictos internos de Sudán y Sudán del Sur.

Haz que en los corazones de los pueblos del continente americano prevalezcan los valores de la solidaridad, la reconciliación y la pacífica convivencia, a través del diálogo, el respeto recíproco y el reconocimiento de los derechos y los valores culturales de todos los seres humanos.

Hijo de Dios, conforta a las víctimas de la violencia contra las mujeres que se difunde en este tiempo de pandemia. Ofrece esperanza a los niños y a los adolescentes víctimas de intimidación y de abusos. Da consuelo y afecto a los ancianos, sobre todo a los que se encuentran más solos. Concede serenidad y unidad a las familias, lugar primordial para la educación y base del tejido social.

Dios con nosotros, concede salud a los enfermos e inspira a todas las personas de buena voluntad para que encuentren las soluciones más adecuadas que ayuden a superar la crisis sanitaria y sus consecuencias. Haz que los corazones sean generosos, para hacer llegar la asistencia necesaria, especialmente las vacunas, a las poblaciones más pobres. Recompensa a todos los que demuestran responsabilidad y entrega al hacerse cargo de sus familiares, de los enfermos y de los más débiles.

Niño de Belén, permite que los prisioneros de guerra, civiles y militares, de los conflictos recientes, y quienes están encarcelados por razones políticas puedan volver pronto a sus hogares. No nos dejes indiferentes ante el drama de los emigrantes, de los desplazados y de los refugiados. «Sus ojos nos piden que no miremos a otra parte, que no reneguemos de la humanidad que nos une, que hagamos nuestras sus historias y no olvidemos sus dramas».

Verbo eterno que te has hecho carne, haznos diligentes hacia nuestra casa común, que también sufre por la negligencia con la que frecuentemente la tratamos, y motiva a las autoridades políticas a llegar a acuerdos eficaces para que las próximas generaciones puedan vivir en un ambiente respetuoso para la vida.

Queridos hermanos y hermanas:

Muchas son las dificultades de nuestro tiempo, pero más fuerte es la esperanza, porque «un niño nos ha nacido» (Is 9,5). Él es la Palabra de Dios y se ha hecho un infante, sólo capaz de llorar y necesitado de todo. Ha querido aprender a hablar, como cada niño, para que aprendiésemos a escuchar a Dios, nuestro Padre, a escucharnos entre nosotros y a dialogar como hermanos y hermanas. Oh Cristo, nacido por nosotros, enséñanos a caminar contigo por los senderos de la paz.

¡Feliz Navidad a todos!

Fuente: vatican.va


SANTA MISA DE NOCHEBUENA

HOMILÍA DEL PAPA en la NATIVIDAD DEL SEÑOR



En la noche resplandece una luz. Un ángel aparece, la gloria del Señor envuelve a los pastores y finalmente llega el anuncio esperado durante siglos: «Hoy […] les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Pero lo que agrega el ángel es sorprendente. Indica a los pastores cómo encontrar a Dios que ha venido a la tierra: «Y esta será la señal para ustedes: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (v. 12). Este es el signo: un niño. Eso es todo: un niño en la dura pobreza de un pesebre. No hay más luces, ni resplandores, ni coros de ángeles. Sólo un niño. Nada más, como había preanunciado Isaías: «Un niño nos ha nacido» (Is 9,5).

El Evangelio insiste en este contraste. Narra el nacimiento de Jesús a partir de César Augusto, que ordenó realizar un censo del mundo entero. Muestra al primer emperador en su grandeza. Pero, inmediatamente después, nos lleva a Belén, donde no hay nada grande, sólo un niño pobre envuelto en pañales, con unos pastores a su alrededor. Y allí está Dios, en la pequeñez. Y este es el mensaje: Dios no cabalga en la grandeza, sino que desciende en la pequeñez. La pequeñez es el camino que eligió para llegar a nosotros, para tocarnos el corazón, para salvarnos y reconducirnos hacia lo que es realmente importante.

Hermanos, y hermanas, deteniéndonos ante el belén miremos el centro; vayamos más allá de las luces y los adornos, que son hermosos, y contemplemos al Niño. En su pequeñez es Dios. Reconozcámoslo: “Niño, Tú eres Dios, Dios-niño”. Dejémonos atravesar por este asombro escandaloso. Aquel que abraza al universo necesita que lo sostengan en brazos. Él, que ha hecho el sol, necesita ser arropado. La ternura en persona necesita ser mimada. El amor infinito tiene un corazón minúsculo, que emite ligeros latidos. La Palabra eterna es infante, es decir, incapaz de hablar. El Pan de vida debe ser alimentado. El creador del mundo no tiene hogar. Hoy todo se invierte: Dios viene al mundo pequeño. Su grandeza se ofrece en la pequeñez.

Y nosotros, preguntémonos, ¿sabemos acoger este camino de Dios? Es el desafío de Navidad: Dios se revela, pero los hombres no lo entienden. Él se hace pequeño a los ojos del mundo y nosotros seguimos buscando la grandeza según el mundo, quizá incluso en nombre suyo. Dios se abaja y nosotros queremos subir al pedestal. El Altísimo indica la humildad y nosotros pretendemos brillar. Dios va en busca de los pastores, de los invisibles; nosotros buscamos visibilidad, hacernos notar. Jesús nace para servir y nosotros pasamos los años persiguiendo el éxito. Dios no busca fuerza y poder, pide ternura y pequeñez interior.

Esto es lo que podemos pedir a Jesús para Navidad: la gracia de la pequeñez. “Señor, enséñanos a amar la pequeñez. Ayúdanos a comprender que es el camino para la verdadera grandeza”. Pero, ¿qué quiere decir, concretamente, acoger la pequeñez? En primer lugar, quiere decir creer que Dios quiere venir en las pequeñas cosas de nuestra vida, quiere habitar las realidades cotidianas, los gestos sencillos que realizamos en casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo. Quiere realizar, en nuestra vida ordinaria, cosas extraordinarias. Es un mensaje de gran esperanza: Jesús nos invita a valorar y redescubrir las pequeñas cosas de la vida. Si Él está ahí con nosotros, ¿qué nos falta? Entonces, dejemos atrás los lamentos por la grandeza que no tenemos. Renunciemos a las quejas y a las caras largas, a la ambición que deja insatisfechos. La pequeñez, el asombro por aquel niño pequeño: este es el mensaje.

Pero aún hay más. Jesús no quiere venir sólo a las cosas pequeñas de nuestra vida, sino también a nuestra pequeñez: cuando nos sentimos débiles, frágiles, incapaces, incluso fracasados. Hermana, y hermano, si, como en Belén, la oscuridad de la noche te rodea, si adviertes a tu alrededor una fría indiferencia, si las heridas que llevas dentro te gritan: “Cuentas poco, no vales nada, nunca serás amado como anhelas”, esta noche, si percibes esto, Dios responde y te dice: “Te amo tal como eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño por ti. Para ser tu Dios me convertí en tu hermano. Hermano amado, hermana amada, no me tengas miedo, vuelve a encontrar tu grandeza en mí. Estoy aquí para ti y sólo te pido que confíes en mí y me abras el corazón”.

Acoger la pequeñez también significa abrazar a Jesús en los pequeños de hoy; es decir, amarlo en los últimos, servirlo en los pobres. Ellos son los que más se parecen a Jesús, que nació pobre. Es en ellos que Él quiere ser honrado. Que en esta noche de amor nos invada un único temor: herir el amor de Dios, herirlo despreciando a los pobres con nuestra indiferencia. Son los predilectos de Jesús, que nos recibirán un día en el cielo. Una poetisa escribió: «Quien no ha encontrado el Cielo aquí abajo, difícilmente lo encontrará allá arriba» (E. Dickinson, Poemas, XVII). No perdamos de vista el Cielo, cuidemos a Jesús ahora, acariciándolo en los necesitados, porque se identificó en ellos.

Miremos otra vez más el nacimiento y observemos que Jesús al nacer está rodeado precisamente de los pequeños, de los pobres. Son los pastores. Eran los más humildes y fueron los que estuvieron más cerca del Señor. Lo encontraron porque «pasaban la noche en el campo cuidando sus rebaños y vigilando por turnos» (Lc 2,8). Estaban allí para trabajar, porque eran pobres y su vida no tenía horarios, sino que dependía de los rebaños. No podían vivir como y donde querían, sino que se regían en base a las exigencias de las ovejas que cuidaban. Y Jesús nace allí, cerca de ellos, cerca de los olvidados de las periferias. Viene donde la dignidad del hombre es puesta a prueba. Viene a ennoblecer a los excluidos y se revela sobre todo a ellos; no a personajes cultos e importantes, sino a gente pobre que trabajaba. Esta noche, Dios viene a colmar de dignidad la dureza del trabajo. Nos recuerda qué importante es dar dignidad al hombre con el trabajo, pero también dar dignidad al trabajo del hombre, porque el hombre es señor y no esclavo del trabajo. En el día de la Vida repitamos: ¡No más muertes en el trabajo! Y esforcémonos por lograrlo.

Contemplemos una vez más el pesebre, dirigiendo la mirada hacia donde se divisan los magos, que peregrinan para adorar al Señor. Miremos y comprendamos que en torno a Jesús todo vuelve a la unidad: no están sólo los últimos, los pastores, sino también los eruditos y los ricos, los magos. En Belén están juntos pobres y ricos; los que adoran, como los magos, y los que trabajan, como los pastores. Todo se recompone cuando en el centro está Jesús; no nuestras ideas sobre Jesús, sino Él, el Viviente. Entonces, queridos hermanos y hermanas, volvamos a Belén, volvamos a los orígenes: a lo esencial de la fe, al primer amor, a la adoración y a la caridad. Contemplemos a los magos que peregrinan y como Iglesia sinodal, en camino, vayamos a Belén, donde Dios está en el hombre y el hombre en Dios; donde el Señor está al centro y es adorado; donde los últimos ocupan el lugar más cercano a Él; donde los pastores y los magos están juntos en una fraternidad más fuerte que cualquier clasificación. Que Dios nos conceda ser una Iglesia adoradora, pobre y fraterna. Esto es lo esencial. Volvamos a Belén.

Nos hace bien ir allí, dóciles al Evangelio de Navidad que presenta a la Sagrada Familia, a los pastores y a los magos: toda gente en camino. Hermanos, y hermanas, pongámonos en camino, porque la vida es una peregrinación. Levantémonos, volvamos a despertar porque en esta noche ha brillado una luz. Es una luz amable y nos recuerda que en nuestra pequeñez somos hijos amados, hijos de la luz (cf. 1 Ts 5,5). Hermanos y hermanas, alegrémonos juntos, porque nadie podrá apagar nunca esta luz, la luz de Jesús, que desde esta noche resplandece en el mundo.

Fuente: vatican.va

24 diciembre 2021

Solemnidad de la Natividad del Señor

25 de diciembre: Natividad del Señor

Evangelio (Lc 2,1-14)

En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.

Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo:

— No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace».

Comentario

El feliz anuncio a los pastores sigue resonando en nuestros oídos, año tras año, sin que lleguemos a acostumbrarnos. Nuestro corazón se llena de nuevo de alegría al escuchar el relato del nacimiento del Hijo de Dios, como si fuera la primera vez. El viaje de Nazaret a Belén, María a punto de dar a luz, José en busca de un lugar para el parto, el Niño que nace, los pañales y el pesebre, el anuncio a los pastores, y su apresurada visita. Todo parece nuevo en esta nueva Navidad.

San Lucas encuadra el nacimiento de Jesús dentro de la historia del mundo. El emperador Augusto había logrado instaurar en sus enormes dominios un largo periodo de paz, conocida como la Pax Augusta, pero fue después de muchas guerras, de muchos sometimientos, de mucha esclavitud. Por eso, aquel “primer empadronamiento” podía parecer un gesto de orgullo por parte de la autoridad, pero de ello se sirvió Dios para que se cumplieran las Escrituras, pues estaba escrito por medio del Profeta que en Belén de Judá había de nacer el Mesías (cf. Mt 2,5). El viaje de José con su esposa encinta, no exento de riesgos, era un acto de obediencia humana, pero sirvió de cauce para que María y José obedecieran a Dios, plenamente confiados en que todo saldría bien. Probablemente, José pasó por el agobio ante la dificultad para encontrar el lugar más apropiado para aquel virginal alumbramiento. Pero su fortaleza, serenidad y confianza en Dios se impusieron para que María pudiese dar a luz “a su hijo primogénito”, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8,29), en un lugar aparentemente poco apropiado para Dios, un pesebre, un rincón desconocido de una de las provincias de ese gran imperio. Pero la diligencia de José y la presencia de María convirtieron aquel pobre lugar en el más digno no solo de aquel imperio sino de toda la tierra. Hasta los animales de aquel establo participaban de aquel prodigio: “Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su dueño”, dice el profeta Isaías.

Pero de pronto, el cielo se abre, la gloria de Dios es incontenible, y se manifiesta no a los grandes de la tierra sino a unos pastores. Eran hombres quizá rudos, poco valorados en aquella sociedad, pero fueron los elegidos por Dios para ser testigos directos del gran acontecimiento. Quedaron deslumbrados y atemorizados por el anuncio que venía del ángel, y por la muchedumbre de la corte celestial que alababa a Dios. Conocerían quizá las profecías que hablaban del Mesías que había de nacer en la ciudad de David: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador en Israel” (Miqueas 5,2). Sin embargo, no podían imaginar que aquella noche, en aquellos contornos que ellos tan bien conocían por su trabajo, iba a cumplirse aquella divina promesa. Dios los miró con complacencia por su buena voluntad, por su condición humilde. Superado el temor inicial ante tan inesperada visita, se llenaron de una alegría y paz que jamás habían experimentado. Se cumplieron en ellos las palabras del profeta que escuchamos en la primera lectura de la misa de esta noche: “Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría” (Isaías 9,2).

Para poder participar del gozo del nacimiento del Salvador, necesitamos mirar a María y a José, a los pastores, y admirarnos como lo haría un niño, lleno de asombro. Iremos también nosotros a adorar al Niño y aprenderemos las lecciones de la “cátedra de Belén”, como le gustaba a San Josemaría referirse a este misterio. Quizá la lección que más hay que aprender hoy es la humildad, la de saberse pequeños delante de Dios, y así se cumplirán en nosotros las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37). Hoy el niño es Jesús, el enviado del Padre. Acojámosle.

Fuente: opusdei.org

Navidad, sin Belenes en el mar

José Antonio García-Prieto Segura


“La Unión Europea -señaló- debe asumir los ideales de los padres fundadores, que eran ideales de unidad, de grandeza, y tener cuidado de no dar paso a las colonizaciones ideológicas.” (Vatican News)

 Una asociación de ideas, con base histórica en dos acontecimientos, me ha inspirado el título de este artículo. Asistimos desde hace tiempo y más concretamente en Europa, a un intento de cancelar del espacio público símbolos religiosos de carácter específicamente cristiano. En noviembre pasado, la Comisaría para la Igualdad de la Unión Europea, preparó un Documento llamado ‘Directrices para la comunicación inclusiva’. Contrariamente a lo que parecía sugerir ese título -abrir los brazos para incluir a todos-, resultaba más bien lo contrario porque proponía para felicitar estas fiestas y no herir sensibilidades, cancelar justamente la palabra “Navidad” -de raigambre multisecular en referencia al Nacimiento de Cristo-, y hablar simplemente de fiestas, sin más. La lógica conclusión sería: excluyamos a unos para incluir a otros. El Documento, de carácter interno según sus autores pero ampliamente conocido, fue al fin retirado.

Así, una vez más la historia se ha repetido: hace poco más de dos siglos, durante la Revolución francesa se intentó oscurecer por completo la presencia cristiana en la sociedad. El giro revolucionario alcanzó su clímax en noviembre de 1793 cuando en la Catedral de Nôtre Dame, se entronizó a la “Diosa Razón” y se suprimió todo culto cristiano. Ese mismo año un pintor francés Louis Deveau, ilustraba la situación histórica con un óleo titulado “Una Misa en el mar”; se conserva en el Museo de Bellas Artes de Rennes, y representa la celebración en alta mar, del Sacrificio redentor del Calvario. Quería mostrar así la extrema dificultad de los sacerdotes refractarios al gobierno revolucionario, para celebrar en tierra firme la Eucaristía.

Si unimos ahora las dos referencias históricas y, volvemos a la de nuestros días, ya se ve por dónde va eso de celebrar la Navidad “sin Belenes en el mar”. Gracias a Dios, no hemos llegado a ese extremo. Pero en nuestro país, a juzgar por lo visto en este año 2021, a más de uno no le hubiera importado que la palabra Navidad desapareciese de la circulación y los Belenes de tierra firme. No lo escribo gratuitamente porque es de dominio público, por ejemplo, el montón de cruces que, so capa de tener tal símbolo extrañas ¿contaminaciones políticas?, según dijeron los promotores de su desaparición, fueron derruidas y algunas abandonadas en un estercolero. La suave ola de Bruselas, de suprimir la palabra “Navidad”, ha llegado aquí cuando ya íbamos por delante con la fuerte marejada de las cruces.                                                                                          

En Twitter y otros medios, numerosas personas y también entidades e instituciones públicas han salido al paso de ese conato de cancelar esa palabra-símbolo del espacio social. Las voces más autorizadas, por decirlo así, relativas al documento de Bruselas, llegaron desde la cúpula romana. El Papa Francisco, en el vuelo de regreso a Roma, el pasado día 6, al responder a la pregunta de un periodista sobre el particular, calificó de “anacronismo” semejante tentativa. “La Unión Europea -señaló- debe asumir los ideales de los padres fundadores, que eran ideales de unidad, de grandeza, y tener cuidado de no dar paso a las colonizaciones ideológicas.” (Vatican News)

Por su parte, el Secretario de Estado, Pietro Parolin, se había expresado así: «Sabemos que Europa debe su existencia y su identidad a muchos aportes, pero no podemos olvidar que uno de los principales, si no el principal, es precisamente el cristianismo. Destruir la diferencia y destruir las raíces significa destruir a la persona». Bien está, pues, la presencia de símbolos religiosos, no sólo cristianos -añadiría- sino del tipo que fueren, siempre que respeten el natural orden social. La diversidad de creyentes solo hace confirmar su elemento común: la íntima naturaleza religiosa de la persona. Sin este lazo quedaría como suspendida en el vacío, sin entenderse a sí misma, porque su más radical identidad conecta con Dios, como el dedo de Adán con su Creador, según inmortalizó gráficamente Miguel Ángel en la Capilla Sixina.

Con todo, como los símbolos cristianos -Belenes, cruces, imágenes…- son trasunto de la realidad que representan, aportarían flaco servicio a la vida de fe si sus raíces, que apuntan a la comunión del hombre con Dios, estuvieran secas.  Poca diferencia habría entonces entre un agnóstico que celebrara estas fiestas y un cristiano que también dijese celebrarlas, pero se quedara solo en lo externo y superficial. Sería una penosa incongruencia, menos comprensible aún que la descrita por André Frossard, al contar cómo celebraba la Navidad, cuando aún no era creyente. En su libro “Dios existe, yo me lo encontré”, rememora así aquellos días:                                          

“En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (...) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados. Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia más habladora. La comida, más rica que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta de nadie”.

 Los cristianos sabemos por la fe que Navidad es la fiesta del nacimiento, en Belén, del Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María Virgen. Y que ha nacido para cada uno de nosotros -seamos o no creyentes- porque Él no excluye a ninguno y a todos espera. Ojalá, y así lo deseo para los no creyentes, que un día puedan decir como Frossard: verdaderamente “Dios existe, yo me lo encontré”.

Y para los que tenemos la alegría de creer, que esta nueva Navidad suponga reavivar nuestra fe; nos pueden servir unas palabras de san Josemaría, siempre de vivísima actualidad: “No me aparto de la verdad más rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón. Hemos de pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por nuestra ingratitud. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestras almas.” (Es Cristo que pasa, n. 19).

Como la gracia de Dios no faltará, solo resta que la personal libertad de cada uno nos lleve a acogerle de verdad en nuestra vida. Y para no desdecirme de lo escrito hasta aquí, a todos deseo de corazón: ¡Feliz Navidad!


Fuente: religion.elconfidencialdigital.com/


23 diciembre 2021

Los belenes: una costumbre antigua, piadosa, fascinante y repleta de teología

José María Sánchez Galera

Comprender la celebración de la Navidad y la costumbre del belén es indispensable para conocer con detalle en qué consiste el cristianismo

Suele repetirse que el inventor del belén —recreaciones populares navideñas del «portal» donde nació Jesús y, además, si acaso, de todo el entorno local— es san Francisco de Asís, el fraile que inspiró su nombre pontificio al actual papa. Sin embargo, se incide menos en otro aspecto: el poverello estaba, en realidad, profundizando en una costumbre casi tan vieja como la Iglesia. Porque uno de los frescos más antiguos del arte cristiano es precisamente una escena navideña.

En las catacumbas de Priscila (Roma) aparece un dintel con una representación de tres magos que se acercan a María y el Niño. Cada mago va vestido de un color propio –blanco, rojo, azul–, si bien el paso del tiempo ha emborronado los tonos. En otra pintura de esta misma catacumba, se ve una estrella encima de María, que da el pecho al Niño. A fin de cuentas, estas imágenes no hacían sino plasmar una profusión de textos que, siguiendo las narraciones de Mateo y de Lucas en sendos evangelios, proliferaron desde finales del siglo I. De hecho, los evangelios apócrifos cristianos –es decir, aquellos que no cuentan con autoría fidedigna, pero que tampoco se apartan de las enseñanzas apostólicas, al contrario que los gnósticos, más tardíos y plenamente heréticos– se suelen centrar en la infancia de María, el nacimiento en Belén, y la infancia de Jesús.

Los Inocentes de Belén

Comprender la celebración de la Navidad, y la costumbre del belén, es indispensable, para conocer con detalle en qué consiste el cristianismo. Porque la religión fundada por Jesús de Nazareth es predicación, es muerte en la Cruz y es Resurrección, pero también es Encarnación y Natividad. No se pueden separar unos elementos de otros. En eso consiste, a fin de cuentas, el concepto cristiano de que Jesús es «perfecto Dios y perfecto hombre». Según san Ireneo de Lyon (s. II), Cristo, al asumir cada edad del hombre, ha santificado cada una de ellas; se ha hecho bebé, para santificar a los bebés, y niño pequeño, para santificar a los niños pequeños. Hay que recordar que san Jerónimo pasó la segunda parte de su vida en Belén entregado al estudio de la Biblia –cuyo fruto es la Vulgata– y al ascetismo. En sus cartas, habla con enorme ternura de los niños, y algunas de sus epístolas las dedica enteramente a niñas, como Pacátula, preocupado por su educación y deseando hacerle carantoñas.

La referencia a los niños es copiosa en otros muchos autores cristianos de la Antigüedad tardía, como Prudencio o san Paulino de Nola, que compuso un poema tan largo como un canto de la Odisea o la Eneida a Celso, sobrino suyo muerto con pocos años. Un poema en que recuerda también a su propio hijo –que igualmente se llamaba Celso y que falleció a la semana de nacer– y en que dice que los niños gozan de la gloria de Dios en el Cielo e interceden por sus padres, pecadores. En una de sus abundantes poesías dedicadas a niños santos, Prudencio asegura que Dios ha «concedido triunfos a los mismísimos vagidos», de modo que, a partir de los Inocentes de Belén, son los niños los primeros en el Cielo y son ellos ejemplo de santidad, inocencia y pureza en el martirio.

Entre la Caída de los primeros padres y la salvación operada en el Gólgota, la literatura y teología han encontrado en Belén conexiones de toda índole

La variedad de escenas, tanto en los evangelios canónicos como en los apócrifos cristianos, constituye un compendio de simbolismo y teología, abierto a la emoción popular y a la imaginación. Los apócrifos, con su fantasía y su recalcada devoción mariana, aportan al cristianismo un toque festivo y también declaran de forma explícita –e incluso plástica– ciertos dogmas, como la perpetua virginidad de María. Este incipiente folclore cristiano une, por tanto, dos aspectos cruciales que, en cierto modo, resuenan en algunos de los puntos en que más inciden Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco: la anhelada unidad entre Oriente y Occidente –con mutuo respecto a cada idiosincrasia–, y entre la solidez doctrinal y la piedad sencilla. En la literatura de corte navideño, desde finales del siglo I, se aprecia cómo el Nacimiento en Belén supone la irrupción de la Redención, a tenor de la cantidad de concomitancias con el Génesis. Por eso, en las visiones de Anna Katharina Emmerick se procura buscar una acendrada continuidad entre la «gruta» de Belén y el lugar de nacimiento de uno de los hijos de Adán y Eva. Entre la Caída de los primeros padres –y su consiguiente expulsión del Edén– y la salvación operada en el Gólgota, la literatura y teología cristianas han encontrado en Belén conexiones de toda índole.

Por eso, en el relato de Mateo los magos traen al Niño «oro, incienso y mirra». El oro evidencia el carácter regio del Niño Dios: Cristo es Rey, y como tal gobernará la Nueva Jerusalén, tras los postreros días, según sostiene Juan en su Apocalipsis, «mi reino no es de este mundo», dice a Pilatos. Y el último día del año litúrgico católico se celebra, precisamente, la fiesta de Cristo Rey. El incienso se debe a la naturaleza divina del Niño; la mirra indica su naturaleza humana, y, por tanto, doliente. A su muerte, cuando entierren al Nazareno, lo ungirán con mirra y áloe, sustancias adecuadas para la piel que todavía hoy usamos por sus óptimas propiedades.

El texto apócrifo de Pseudo Mateo (s. IV) describe la entrega de presentes de forma que, implícitamente, entendemos que eran tres los magos. Otro apócrifo no gnóstico, el llamado Evangelio Armenio de la Infancia (s. VI), da la primera referencia de los nombres: Melkon (persa), Balthasar (indio) y Gaspar (árabe). La explicación que aporta interesa, porque constituye un desarrollo libre, pero más o menos fiel a la inspiración teológica. A saber: que Melkon conserva una carta escrita por el propio Dios a Adán tras la expulsión del Edén. En ese documento, el Creador promete que enviará a su Redentor al cabo de 6.000 años. Puesto que los magos son expertos en todos los saberes, calculan con precisión el momento en que nacerá Cristo. Y aquí estriba parte de la gran relevancia de la Epifanía: «hablar delante de» Dios, que se expresa con claridad. Los magos, dentro del cristianismo, son una primicia de la entera humanidad. El hombre, con su razón, con su capacidad de indagar el mundo creado, puede acercarse a Dios. Desde que Jesús es niño de pecho ya se manifiesta a los gentiles. Con el tiempo, los tres magos representarán las tres zonas en que se dividía el mundo antiguo y medieval, Europa, Oriente (Asia) y África.

Tres triologías

Por otra parte, la trilogía del oro, el incienso y la mirra refleja la trilogía del Cielo (Padre, Hijo, Espíritu Santo) y la trilogía de la tierra (María, José, el Niño). E incluso se barrunta otra trilogía: la de los tres Herodes (el Grande, Antipas, Agripa), presentes en tres momentos esenciales del Nuevo Testamento. Con el Grande, tenemos a un Herodes en el nacimiento de Jesús y en el asesinato de los Inocentes, protomártires y también suceso que anticipa o preludia la pasión tras la Última Cena. Cena que, por cierto, se celebró en un katályma «albergue, posada, hostería» (Lc 22:11), que sí hubo disponible en Jerusalén para Cristo y sus Apóstoles, pero que tres décadas y media antes no había libre para José y María, cuando ella estaba a punto de dar a luz (Lc 2:7). El segundo Herodes es el que condena al Bautista, pariente del Nazareno, otro coetáneo como los Inocentes, y participará en el proceso judicial que acarreó la condena de Jesús. El tercer Herodes apresará a los Apóstoles, dando a la Iglesia naciente su carácter específico a imitación del Maestro.

Otro detalle relevante de los Magos es la fecha escogida, desde la Antigüedad, para celebrar la Navidad: el 25 de diciembre. En los últimos años se ha extendido una teoría de escaso fundamento histórico, y según la cual este día fue elegido por la Iglesia para eclipsar –nunca mejor dicho– una celebración pagana, la del Sol Invicto. Aparte de que las fuentes históricas que podrían sostener esta teoría son inexistentes, se da otra circunstancia, y es el recelo que el cristianismo tuvo desde sus inicios hacia toda forma de sincretismo. Lo que no quiere decir que no hubiera fenómenos de esta índole. Sin embargo, como decimos, los Magos nos sitúan sobre una pista que Mario Righetti desarrolló hace más de medio siglo. Si realmente Cristo era perfecto hombre, entonces, según la mentalidad antigua –compartida por gentiles, cristianos y judíos–, su encarnación y su muerte debían haber sucedido en el mismo día del calendario; es decir, su vida sería un ciclo perfecto según los números y la astrología. En ello eran expertos los Magos, que dedujeron con exactitud el día y el lugar del Nacimiento. De esta forma, si –como creían los antiguos– Jesús había muerto un 25 de marzo, debía haberse encarnado en el mismo día, y, en consecuencia, haber nacido nueves meses después: un 25 de diciembre.

En resumen, san Francisco de Asís retomó y afianzó una devoción que venía de lejos. Su viaje a Belén es, en cierto modo, el de Helena (la madre del emperador Constantino) a Jerusalén en busca de la Santa Cruz; el de la Santa Cuna –reliquia que hoy se sigue custodiando y que se cree era la de Jesús– que san Sofronio envió a Roma, para donarla al papa Teodoro a mediados del siglo VII. También es el viaje de Carlos, para dejar de ser rey en Nápoles y sentarse en el trono español, trayéndose belenes italianos, ministros y eruditos. El mismo rey que inauguró las excavaciones de Pompeya –testimonio directo de la vida cotidiana en Roma– fue el que extendió en España y América la piadosa costumbre del belén. Una costumbre que ha sabido incorporar siempre elementos cercanos: por eso, los belenes incurren en todo tipo de anacronismos –como piaras– e incluso incluyen aspectos que, según no pocos, resultan zafios, como el catalán caganer. Sea como fuere, es una celebración de la perfecta humanidad asumida por el Perfecto Dios. Por eso, Críspulo, el niño gamberrete –pero de gran corazón e inocencia– de La gran familia (1962) saca sus petardos y cohetes escondidos bajo el belén hogareño, y escribe en uno: «Gracias, Dios» para mandarlo al Cielo: su hermanito ha vuelto a casa. Se ha obrado el Milagro.


Fuente: eldebate.com

22 diciembre 2021

Jesús, el mejor amigo

Eusebio Gómez Navarro

Hay una leyenda en la que se cuenta que un hombre cayó en un pozo. Pasó Buda y le dijo: “Si hubieras cumplido lo que yo enseño, no te habría sucedido eso”. Pasó Confucio, y le dijo: “Cuando salgas, vente conmigo y te enseñaré a no caer más en el pozo”. Pasó Jesús, vio a aquel hombre desesperado, y bajó al pozo para ayudarlo a salir.

Jesús es el amigo que ha dado la vida por los amigos y enemigos.

Jesús, se hizo uno de nosotros por amor y toda su vida fue una total entrega de amor. Veamos algunos rasgos: Así trata Jesús al joven desconocido que se acerca a él buscando orientación: “Fijando en él su mirada, le amó” (Mc 20,21); a la mujer pecadora que llora a sus pies: Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado. Vete en paz (Lc 7,48-50); a su discípulo Pedro: Fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” (Jn 1,42). Encontramos también en Jesús el afecto, incluso emocionado, hacia las personas, que no es signo de debilidad sino revelación de un sentimiento hondo de amor y de amistad. Así reacciona ante unos ciegos que le piden su curación: “Jesús se conmovió, tocó sus ojos, y al momento recobraron la vista y le siguieron” (Mt 20,34).

Es conocida la escena de Betania; al acercarse a María, desconsolada por la muerte de su hermano Lázaro, Jesús, “viéndola llorar… se conmovió profundamente y se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Miren cuánto lo quería!” (Jn 11, 33-35). El mismo afecto emocionado manifiesta Jesús ante la ciudad de Jerusalén: “Al acercarse y ver la ciudad, se le saltaron las lágrimas por ella y dijo: ¡Si también tú comprendieras lo que conduce a la paz! Pero no, no tienes ojos para verlo” (Lc 19, 41). Así es Jesús. Basta una palabra, una situación humana, un sufrimiento, para que brote su afecto lleno de ternura.

Amistad significa también benevolencia, es decir, un afecto que quiere y busca el bien de las personas; así lo hace Jesús. Al desembarcar, vio una gran multitud; se conmovió porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6, 33). Esta amistad se manifiesta de forma más entrañable con las personas por las que siente predilección especial; así sucede con la familia de Marta. El evangelista señala que “Jesús quería a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn 11, 5). Pero también con el discípulo que lo ha negado: “El Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor” (Lc 22, 61).

La amistad se convierte en compasión cuando las personas queridas sufren o se encuentran mal; el amigo se acerca al sufrimiento del otro, lo acoge, se identifica con su dolor y sus problemas, sufre, acompaña, ayuda. En cierta ocasión se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Conmovido, Jesús extendió la mano, lo tocó y dijo: “Quiero, queda limpio” (Mc 1, 40-41). En Naím, al ver a una viuda llorando la muerte de su hijo único, Jesús se acerca. “Al verla el Señor se conmovió y le dijo: No llores” (Lc 7, 13).

Amistad significa entrega, donación al otro. El amigo sabe dar gratuitamente, regalar su tiempo, su compañía, sus fuerzas, su vida entera. Los evangelistas describen a Jesús “desviviéndose” por los demás, entregando lo mejor de sí mismo a todos. No busca su éxito, su prestigio o bienestar; es el amor lo que anima su vida entera. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45). Su crucifixión no es sino la culminación de esa entrega. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Jesús ofrece su amistad a todos, incluso a aquellos que son excluidos de la convivencia social (leprosos) o separados de una relaciones amistosas (publicanos, prostitutas); se acerca a ellos, se sienta a su mesa, los acoge y la gente lo llama amigo de publicanos y pecadores. Los evangelistas destacan la amistad particularmente honda y entrañable que Jesús vive y cultiva con sus discípulos; Jesús les va revelando sus secretos más íntimos en una atmósfera de comunicación amistosa. No los llama ya siervos porque un siervo no conoce lo que hace su señor, a ellos los llama amigos, y les da a conocer lo que ha oído del Padre (Jn 15, 15).

De esta forma se establece entre Jesús y sus discípulos una comunión de afecto y amistad. Jesús llegará a decir que quien escucha a los otros, a él le escucha (Lc 10, 16). Incluso, el discípulo traidor viene llamado “amigo” hasta el final (Mt 26, 50). Jesús les muestra hasta qué extremo llega su amistad. “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Su muerte será un don: “Nadie me quita la vida".


Si quieres curar tus heridas, él es médico.

Si estás ardiendo de fiebre, él es manantial.

Si estás oprimido por la iniquidad, él es justicia.

Si tienes necesidad de ayuda, él es fuerza.

Si temes la muerte, él es vida.

Si deseas el cielo, él es el camino.

Si refugio de las tinieblas, él es luz

Si buscas manjar, él es alimento”.


Fuente: es.catholic.net

21 diciembre 2021

El fin justifica los medios: el retorno de la tiranía

Gilberto A. Gamboa

 El avance científico no deja de sorprender y los sueños en el terreno de la biotecnología cada vez se están realizando más aceleradamente. La misma sociedad se ha encargado muchas veces de empujar a los científicos a resolver problemas antiguos, nuevos, e incluso supuestos o inexistentes –para el caso da casi igual–. Los avances que se incluyen en las grandes obras de ciencia ficción, cada vez con mayor celeridad dejan de ser tales, pues entran en obsolescencia o se constituyen en temores anticipatorios de tecnoutopías cada vez más próximas, con sus correspondientes tiránicos paradigmas.

Dos hechos recientes han alertado a la opinión pública mundial sobre las posibilidades, pero también sobre los límites, de la aplicación de la biotecnología. Su relación con la Bioética es patente pues en cada caso la dignidad de la persona humana está en juego.

Treinta años después de Louise Brown, la primera “niña probeta”, las técnicas de reproducción asistida (TRA) han mostrado unos avances paradójicos: a pesar de los miles de nacimientos que esta técnica ha hecho posibles, los porcentajes de éxito no han aumentado como se esperaba, y las pérdidas de vidas humanas tampoco parece que hayan disminuido, pues generalmente no se tienen en cuenta, ni hacen parte de las estadísticas de los centros dedicados a estas lucrativas técnicas.

Es llamativo que en el último año en solo España hayan nacido cerca de siete mil niños con la utilización de las TRA, y sin embargo, esta técnica que se está posicionando como un recurso frecuente, no pueda ofrecer porcentajes de éxito superiores al 20 ó 30%, cuando en el mundo médico una técnica que no se sitúe por encima del 70% sencillamente no se realiza.

Uno de los refinamientos de las TRA es el recurso a los “bebés medicamento”. En octubre de este año, científicos de Sevilla (España) dieron la noticia del primero de ellos que logra nacer. Javier fue “querido” con la finalidad de servir de tratamiento para la enfermedad congénita que padece su hermano de 6 años, una anemia talasémica mayor.

Los medios de comunicación no dicen nada de los hermanos de Javier que no llegaron a nacer, bien porque fueron diagnosticados como portadores de la misma u otra enfermedad, y como consecuencia de la selección genética no fueron implantados en el útero de la madre, o bien porque sencillamente su desarrollo no fue satisfactorio y se “perdieron” en el intento.

Este procedimiento, que ya se ha venido empleando en países distintos de España, ha sido posible por la permisión que en 2006 hizo la Ley de Reproducción Humana Asistida en ese país; pero la difusión mediática no había alcanzado cotas globales como ha ocurrido en el caso de Javier.

También en días pasados, con gran despliegue la prensa inglesa comunicó al mundo la noticia sobre el desarrollo de una nueva técnica, la “karyomapping”, para ayudar a los padres en riesgo de engendrar hijos con algún defecto genético (en teoría casi todos), al diagnosticar algún problema potencial en el embrión; de esta manera, mediante diagnóstico preimplantatorio será posible implantar sólo los embriones sanos.

La técnica ha sido desarrollada por el equipo del Centro Bridge de Fertilidad en Londres, quienes afirman que con ella están en capacidad de detectar casi todos los 15.000 trastornos hereditarios conocidos.

“La técnica básicamente consiste en el análisis de cualquier diferencia individual en la estructura del ADN de los padres y los embriones”, explicó el profesor Alan Handyside, a la BBC.

“Esto nos permite trazar un mapa de los cromosomas de los padres y los abuelos para poder rastrear genes defectuosos e identificar embriones que serán afectados por enfermedades como fibrosis quística o distrofia muscular de Duchenne”.

Sin embargo, las noticias tampoco hablan del destino de aquellos otros embriones diagnosticados con esas enfermedades o aquellos otros que con la aplicación de la técnica dejan de existir, simplemente se deduce que no se implantan.

Estos dos casos son ejemplos inobjetables de la aplicación de una técnica que no se pregunta por su dimensión ética, ni en el diseño ni en el desarrollo, ni en los efectos, mostrando un severo divorcio que lleva consigo efectos deseables para unos, pero a costa de la lesión de otros, generalmente los más indefensos y débiles.

Una de esas convicciones erróneas o injustificadas que se pueden encontrar en la decisión de acometer estos procedimientos es no tener en cuenta la diferencia –y la relación mutua– que existe entre el fin y los medios para alcanzarlo. Esta omisión –culpable o no– clausura la entrada a lo real, y ocasiona necesariamente una vital injusticia.

Parecería que en un razonamiento técnico el fin sí justifica los medios, pues para garantizar la eficacia no haría falta considerar la moralidad del medio. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el sabio precepto “El fin no justifica los medios” no se puede dejar de lado cuando se realiza la valoración de cualquier acto humano. Este aforismo está presente en la filosofía clásica cuando ella intenta salvar las evidencias más generales del sentido común. Cinco siglos después lo utilizará Pablo de Tarso para enseñar una de las pautas que es necesario tener en cuenta para que las acciones realizadas con conocimiento y voluntad, los actos humanos, puedan hacer parte de un obrar verdaderamente humano.

Un desarrollo biotecnológico que ignore esta sencilla orientación, antes o después se convierte en un ejemplo paradigmático de la tiranía que la ciencia puede ejercer sobre la persona humana. Cada vez con mayor celeridad la sociedad de consumo va demandando una serie de servicios que en lugar de servirla la degradan y la ponen en peligro. Con Lipovetsky habría que afirmar que la biotecnología como bien de consumo convierte a la vida en una cascada de frustradas expectativas que amenazan con destruir o, al menos, transformar a la sociedad misma. Ese sería parte del precio de dar vía libre a una ciencia sin norte, sin más sentido que el que le imprime el imperativo consumista.

Los dos ejemplos comentados inicialmente, en lugar de mostrar que la razón humana avanza, parecería que reflejan una somnolencia o una hipnosis que el título de un aguafuerte de Goya retrata: “El sueño de la razón produce monstruos”. Cuando la razón humana se oscurece se cierran las posibilidades de la libertad, de alcanzar la verdad, de recorrer con plenitud el itinerario existencial. Las consecuencias de estas claudicaciones están acompañadas de prejuicios que obturan el acceso a la realidad de manera objetiva.

El “sueño de la razón” tiene una aproximación explicativa en el artículo “Relativismo y dogmatismo”, donde se comentan varias de sus causas y consecuencias; sobre todo se ofrece el realismo como antídoto al esbozar algunas condiciones para conocer la realidad, y algunas actitudes que lo favorecen. Y aunque para algunos “La estupidez humana es una constante matemática y la historia de cada lugar es el desarrollo en el tiempo de esta lamentable ecuación”, la razón de la persona, su racionalidad, volverá a ejercer la tarea de liberar al hombre del pesado lastre que el cientificismo le ha impuesto. Esto será posible si esa capacidad de razonar está bien orientada; de lo contrario se podría sostener, con C. S. Lewis, que “la razón humana va a convertirse en tecnociencia”.

En el tercer tomo de la Trilogía de Ramson, escrita en 1945, se encuentra un magistral diálogo entre Mark Studdock y lord Feverstone cuando éste trata de convencer a aquel de sumarse a su causa (dominar el mundo a través de la ciencia), que refleja el falso mesianismo de una razón miope:

–        El tercer problema es el propio hombre.

–        Sigue. Eso me interesa mucho.

–        El hombre tiene que hacerse cargo del hombre. Recuerda que eso significa que algunos hombres tienen que hacerse cargo del resto: otra razón para enfrentarse a ello en cuanto se pueda. Tú y yo queremos ser la gente que se haga cargo, no de las personas de las que se hagan cargo.

–        ¿Qué tienes en mente?

–      Cosas muy simples y obvias al principio: esterilización de los incapaces, exterminación de las razas atrasadas (no queremos pesos muertos), reproducción selectiva… Después verdadera educación, incluyendo educación prenatal. Por verdadera educación quiero decir una que no incluya el sinsentido de “tómalo o déjalo”. Una verdadera educación transforma al que la experimenta en lo que ella quiere infaliblemente, sea lo que fuere lo que los padres o el paciente traten de hacer al respecto. Por supuesto, tendrá que ser sobre todo psicológica al principio. Pero a la larga llegaremos al condicionamiento bioquímico y a la manipulación directa del cerebro.

El artículo del doctor Antonio Pardo C. contiene un interesante análisis del acto humano que, en buena medida, puede ayudar a dar claridad sobre la necesaria valoración que todo ser humano ha de realizar sobre su propio actuar y para darle una aplicación práctica ofrece una propuesta a manera de pautas para realizar una valoración ética de una acción humana.

Para ayudar a mantener en la práctica biomédica ese precepto según el cual los medios han de ordenarse al fin y no al contrario, se ofrecen cuatro temas que reflejan muy bien –cada uno en su ámbito y muchas veces sin mencionarlo apenas, pues se da por supuesto– la importancia de tener en cuenta en cada actuación el bien del paciente y su irrenunciable dignidad.

Buena parte de la experiencia del doctor Ramón Córdoba P. se vierte en su artículo “Génesis y esencia de la medicina” con el que se busca reforzar lo más propio y originario de la tarea que los médicos –y por extensión, los profesionales de la salud– están llamados a realizar sin desvirtuar con sus acciones su “ethos profesional”.

Aunque también se habrían podido mencionar como ejemplos para la introducción de estas líneas las situaciones puntuales que en el momento actual se presentan en Inglaterra.

Buena parte de la experiencia del doctor Ramón Córdoba P. se vierte en su artículo “Génesis y esencia de la medicina” con el que se busca reforzar lo más propio y originario de la tarea que los médicos –y por extensión, los profesionales de la salud– están llamados a realizar sin desvirtuar con sus acciones su “ethos profesional”.

Aunque también se habrían podido mencionar como ejemplos para la Inglaterra, Italia y España sobre el recrudecimiento de la polémica relacionada con la eutanasia, el artículo del doctor Luis Fernando Giraldo C. brinda algunos elementos que ponen en contexto esa realidad humana de la muerte y muestra la importancia de los cuidados paliativos como un recurso que deja sin piso las pretensiones de humanizar la muerte a través de medios ajenos a la profesión médica.

El tratamiento de todas estas temáticas conduce a una de las tareas más importantes y apasionantes en la Bioética: su enseñanza. La experiencia de un grupo de profesionales, encabezados por el doctor Pablo González B., que en el Brasil está trabajando en este campo con estudiantes de medicina, es compartida a través del artículo “Una nueva metodología docente en Bioética”, donde se muestra el recurso del “portafolio” que permite ir integrando el aprendizaje de esta disciplina con las prácticas clínicas donde el estudiante es el principal protagonista del proceso al darse cuenta de situaciones donde se presentan problemas bioéticos que luego discute tanto con su tutor como con un consultor de Bioética.

La buena acogida que ha recibido la sección Jóvenes Investigadores, que en esta ocasión trae un interesante estudio sobre la influencia del estado civil en las adolescentes embarazadas, nos ha animado a poner en marcha otra iniciativa que es –hasta cierto punto– corriente en publicaciones que tratan temas éticos y huma- nos: llevará por nombre “Bioética en Práctica”, y utilizará la narrativa como vehículo para comunicar y transmitir con fuerza pensamientos, virtudes y valores. Esperamos contar con la experiencia y colaboración de nuestros lectores, que se pueden constituir en autores, al redactar y enviar narraciones de las que se puedan desprender enseñanzas para mejorar el quehacer ético.

Los relatos y los testimonios han demostrado gran utilidad en la laboriosa tarea de contribuir a formar actitudes bioéticas, y se constituyen en poderosos aliados de la fundamentación teórica que muchas veces –por su misma naturaleza– muestra limitaciones para “aterrizar” en la práctica.

Esta nueva sección de la revista Persona y Bioética pretende ser una herramienta cognitiva que permita explicar la acción humana, mostrándola coherente y plausible: las imágenes ayudan a entender e interpretar el porqué y el cómo se llega a la solución de problemas, procurando siempre que predomine el discurso pedagógico. Este recurso está pensado –más que para resolver problemas– para sensibilizar, para añadir conocimiento y experiencia vividos, para intentar comprender sentidos de la vida no accesibles de otros modos. Se utiliza la interacción texto-lector, aprovechando la capacidad mimética del actuar humano y el gran paralelismo entre narrativa e historia personal


Fuente: scielo.org.co


20 diciembre 2021

Contemplar, pararse para mirar

Juan Luis Selma

Hay momentos en los que nos ofuscamos, solo vemos problemas, enemigos, contrariedades

 El sábado por la tarde acompañé a un grupo de jóvenes en Las Ermitas. Dedicamos un buen rato a la oración para preparar la Navidad: meditación, examen, adoración. Luego celebramos la Eucaristía junto a los Amigos de las Ermitas y asistimos a un hermoso acto que conmemora el tránsito a la casa del padre de San Juan de la Cruz. Me conmovió el modo cómo el santo llevó sus últimos días en la tierra.

Este recuerdo fue acompañado por un sentido recital de algunos poemas a cargo de Javier Villegas: “En una noche oscura/con ansias en amores inflamada/ ¡oh dichosa ventura! /salí sin ser notada/estando ya mi casa sosegada”. Al finalizar, los buenos Carmelitas, nos obsequiaron con un reparador chocolate.

Un parón para alimentar el alma, para meternos en el misterio de la Navidad. Ayer por la tarde tuve la suerte de detenerme a contemplar el ocaso del sol. ¡Qué riqueza de colorido! Impresionante el tono rojizo que tiñe el horizonte. Pensaba que, por falta de atención, de sosiego, no me doy cuenta de tanta belleza que me rodea. Si no llenamos nuestra vida del esplendor de lo bello, de la verdad, iremos deshumanizándonos, nos convertiremos en robots, en meros animalitos satisfechos.

El contacto con el Pulchrum, la contemplación de la verdad, gozar de ella, nos transforma, nos eleva y sublima. Hoy se lee el relato del encuentro de dos futuras mamás, una muy joven y otra no tanto, María e Isabel. “Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”.

Más conmovedor que el encuentro entre las dos mujeres es el de los niños que portan en su seno. Juan salta de gozo ante la cercanía del Salvador. Esa Divina presencia lo santifica, lo llena de alegría, tanta que hace una pirueta dentro de su madre. El Místico nos lo puede explicar: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, /aunque es de noche! /Aquella eterna fonte está ascondida. / ¡Que bien sé yo do tiene su manida /aunque es de noche!”.

Si sabemos buscar entre las oscuridades de la vida encontraremos el sentido escondido de las incomprensiones o circunstancias adversas que nos desazonan. Hay momentos en los que nos ofuscamos, solo vemos problemas, enemigos, contrariedades. Quizás el dolor o la rabia nos ciegan todavía más impidiendo ver una salida. En otras ocasiones es el mero acostumbramiento, la rutina, la falta de perspectiva, lo que nos aprisiona. Podemos estar sumergidos en coyunturas lamentables y sentirnos a gusto. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice el refranero, por eso es conveniente estudiar cómo estamos, examinar nuestra conducta, mirar al horizonte, ampliar las miras, no vaya a ser que nos estemos equivocando.

Este parón nos puede ayudar a recomponer las relaciones conyugales o familiares, a dar sentido trascendente a nuestra vida, en vez de estar inmersos en el egoísmo o perdidos en laberintos por la ceguera del corazón. Hay salida, hay esperanza, hay otros modos de enfocar las cosas. San José María hablaba de un quid divinum –algo divino– que podemos descubrir a nuestro alrededor y en las cosas que hacemos. Entonces, se nos abre una nueva dimensión en la que compartimos todo con Dios.

Recuerdo el comentario de un adolescente que, dando un paseo por el lugar que veraneaba y viéndolo todo negro, preocupado por su situación, de pronto vio abrirse el cielo encapotado y brillar un rayo de sol. Esto le animó a resolver su problema. Siempre hay luz, si miramos al cielo, ahí sentiremos la cercanía de Dios, su mirada que todo lo alcanza, su mano todopoderosa que desata todos los nudos. No estamos solos.

Una buena conversación con el esposo/a, con un amigo, un rato de reflexión, una mirada a Dios presente en el sagrario de la iglesia cercana, nos puede dar mucha luz, ser fuente de paz. Pero, para que esto suceda, hace falta poner atención, mirar a los ojos de la persona que tenemos delante. El modo como utilizamos los móviles, mientras trabajamos, hablamos, o incluso conducimos, nos hacen pensar que es compatible mantener una conversación a la vez que tenemos la cabeza en otras cosas.

La mirada profunda, serena, de fe no nos aleja de la realidad, al contrario, descubre la cuarta dimensión, el algo divino, que hay en todas las situaciones. La sola visión humana es la que desfigura los pormenores; al achatarlos, los falsea.


Fuente: eldiadecordoba.es/