28 diciembre 2022

Sacrilegio en Barbastro

José Antonio García-Prieto Segura

Especialmente, quienes acostumbremos a visitarlo y recibirlo en la Eucaristía; sin duda que podremos afinar siempre más y más, empezando por los sacerdotes que, al celebrar la Misa, lo traemos diariamente sobre el altar, para renovar su muerte y resurrección en favor de toda la humanidad

Con dolor y consternación, a primerísima hora de ayer martes 27 leía, en este mismo medio, la noticia: “Maleantes profanan la Capilla del Hospital de Barbastro, tirando las Sagradas Formas”. Confieso que fue como un mazazo en el corazón. Apenas dos horas después de haberlo leído, escribía estas líneas impulsado por el deseo de desagraviar y animar a hacer lo mismo, a quienes profesen la fe cristiana. Quisiera que las consideraciones que siguen nos ayudaran en este intento.

Un sacrilegio, dice el diccionario, es la “lesión o profanación de cosa, persona o lugar sagrados”. Y señala también que la profanación, implica “deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables”. Para mayor injuria y agravio, el acto sacrílego se cometió en la Nochebuena; entonces, hace 21 siglos, los ángeles cantaron en Belén: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres en los que Él se complace” (Lc 2, 14) ¿Cabe mayor prostitución y vilipendio que asaltar en Nochebuena un Sagrario, y arrojar a Dios por el suelo, oculto en unos fragmentos de materia que fueron pan y, por amor a nosotros, todo Él ─Dios y hombre─ se hizo ahí presente, al pronunciar las palabras: Tomad y comed, esto es mi Cuerpo?” (Mt 26, 26) De modo “sacramental”, sí, pero tan real y sustancialmente presente en la Eucaristía, como lo estuvo en Belén, más tarde en Nazaret, en el Calvario y, ahora también, en el Cielo. Me ha sorprendido, en verdad, que este hecho sacrílego de la Nochebuena, no haya saltado a la prensa y redes sociales hasta hoy martes.

Después del dolor por el Dios-vilipendiado, mi pensamiento ha ido a quienes lo han injuriado de ese modo. Quiero pensar con todas mis fuerzas que, por falta de fe, ignoran la horrenda afrenta realizada. Pero sí pienso que los demonios sí lo sabían, porque ellos creen, como bien dice el apóstol Santiago (cf St 2, 19) y, a poco que se piense, han estado detrás de esta profanación indudablemente diabólica. Para mayor injuria, además, perpetrada precisamente en Nochebuena, como queriendo acallar el “Gloria a Dios en el cielo” de los Ángeles en Belén, con un eco diabólico que sonaría así: “Odio a Dios en la tierra y a todos los hombres que Él ama”, y corroborarlo con un ataque directo al mismo Dios.

Hace años leí en Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis, unas palabras que vienen hoy como anillo al dedo. Imagina Lewis una discusión entre los demonios, porque no pueden comprender que “el Enemigo” ─como ellos llaman a Dios─ nos ame a nosotros, “a los gusanos humanos”, hasta el extremo de hacerse hombre y morir en la Cruz. Este amor de Dios por nosotros, ciertamente conocido por Lucifer y sus secuaces diabólicos, supone para ellos el misterio de los misterios. Piensan ─continúa Lewis─ que debe haber algún truco, y dicen: “Lo estamos investigando desde el día en que “nuestro Padre” (así llaman a Lucifer) se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos”. Y ahora, mientras llega ese día que dicen los diablos, suscitan todo su odio contra Dios, “su Enemigo”: así lo hace pensar este episodio sacrílego de Nochebuena.

Terminamos un año en el que han estado presentes, y hoy lo continúan estando, hechos muy dolorosos. Por referirme a uno paradigmático, baste recordar la guerra de Ucrania, con tantas vidas truncadas, innumerables sufrimientos de gentes desplazadas, huérfanos, y víctimas, en fin, de todo tipo. Ante este panorama, parece como si el Señor, para mostrarnos su amor y que sigue junto a nosotros, no le hubiera bastado nacer en Belén y morir en la Cruz, sino que hubiera querido solidarizarse con tantas víctimas, permitiendo que unos desaprensivos asaltaran el Sagrario y arrojasen su Cuerpo santísimo por los suelos. Para éstos últimos, pienso que Jesús habrá vuelto a exclamar hoy, desde esas sagradas Formas vilipendiadas, lo mismo que exclamó desde la Cruz: “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Quizá desee que, al tiempo de desagraviarle, nos unamos también a su oración.

Las autoridades religiosas de Barbastro han anunciado un próximo acto de reparación. Desde una mirada y vida de fe, siempre será poco cuanto hagamos los cristianos por corresponder al infinito amor de Cristo por el mundo entero. Especialmente, quienes acostumbremos a visitarlo y recibirlo en la Eucaristía; sin duda que podremos afinar siempre más y más, empezando por los sacerdotes que, al celebrar la Misa, lo traemos diariamente sobre el altar, para renovar su muerte y resurrección en favor de toda la humanidad.

Dos consideraciones de san Josemaría cerrarán estas líneas. Son muy apropiadas porque, además de ser él un hijo ilustre de Barbastro, se refieren precisamente a su amor a Dios en la Eucaristía. La primera es de abril de 1932, cuando, en Madrid, preparaba para la Primera Comunión a las niñas del colegio de Santa Isabel. En aquel contexto eucarístico, escribe estas palabras: “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío y… no me he vuelto loco?” (Camino, n. 425). Parecen surgidas de un chispazo del Espíritu en su alma, al intuir el amor insondable de Cristo-Eucaristía. La segunda, de octubre del mismo año 1932, durante unos días de retiro espiritual, en Segovia, escribe: “Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario…─Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz. Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! (“Nuestra” Misa, Jesús…)” (Camino, n 533).

Desde el Cielo, san Josemaría se unirá a sus paisanos de Barbastro y a cuantos nos sumemos, aunque no estemos allí, al acto de reparación y desagravio, previsto para los próximos días, con la presidencia del Obispo.

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com

27 diciembre 2022

Don y Misterio: contrastes en la vocación de San Juan Pablo II

Juan Ignacio Izquierdo Hübner

La vocación cristiana es un don de Dios pero también encierra muchos misterios que uno debe descubrir. En esta obra san Juan Pablo II hace un relectura de su vida en el cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal

Juan Ignacio Izquierdo Hübner, en omnesmag.com

Además de En el año 1996, san Juan Pablo II cumplía 50 años de sacerdocio. Con motivo de ese aniversario, el Papa polaco compartió con nosotros la apasionante historia de su vocación. Lo hizo a través de un libro personal, íntimo y —algo que siempre se agradece— también corto. Se titula “Don y misterio”.

ser ya un clásico del género testimonio espiritual, este libro es para mí muy querido —perdón por el inciso personal—, pues lo he leído en dos momentos clave de mi vida: por primera vez en 2018, mientras terminaba de decidir si aparcar o no el título de abogado que había recibido poco antes y entrar en el Seminario. La segunda vez fue hace pocos meses, mientras discernía la decisión final. Como ven, el testimonio de san Juan Pablo II me ha acompañado en momentos cruciales de mi vida. Este 19 de noviembre, cuando reciba la ordenación diaconal, y en mayo del próximo año, con la ordenación sacerdotal, entre tanta gente que me ha ayudado en mi vida, me acordaré también de dar las gracias a san Juan Pablo II. 

¿Qué es el sacerdocio?

El título del libro responde a la pregunta “¿qué es el sacerdocio?” Pues, eso, el sacerdocio es un don y un misterio. Ahora bien, ¿cómo podemos saber si hemos recibido un don, cuando ese don es también un misterio? Esta vez la respuesta exige combinar el pensamiento y la vida, pues las palabras se quedan cortas. Por eso el testimonio de san Juan Pablo II es tan valioso para que podamos acercarnos a la solución de la paradoja. 

Acerquémonos al año 1942. Las fuerzas del Tercer Reich ocupan Polonia, los nazis persiguen a judíos y católicos, y un Karol Wojtyła de 22 años está entrando en el Seminario clandestino de Cracovia (es decir, la residencia del Arzobispo) para ir preparando su camino hacia el sacerdocio. Será un tiempo de crecimiento y también de cansancio, pues, en paralelo a los estudios eclesiásticos, Karol se pone a trabajar en una cantera de piedra para evitar que lo trasladen a otro campo de trabajo peor. 

La persecución y el miedo conformaban el telón de fondo de la época: en esos años espeluznantes de la Segunda Guerra Mundial murió el 20% de la población polaca y 3.000 sacerdotes polacos fueron asesinados en Dachau. En este escenario tan adverso, ¿cómo fue capaz, este joven polaco de 22 años, de entregar su vida a Dios? 

La herida familiar

Poco a poco nos vamos enterando de que Karol padeció una dolorosa preparación. Cuando tenía 9 años perdió a su madre, tiempo después perdió a su hermano mayor y, un año antes de que entrara en el Seminario, perdió también a su padre, a quien tanto quería. Sin embargo, es notable ver cómo el Papa recuerda toda su vida con gratitud, pues es capaz de ver a Dios detrás de su biografía: se fija más en las presencias que en las ausencias y asegura que su familia fue decisiva en su camino de fe. Su padre, por ejemplo, con quien creció en un clima de estrecha confianza y calidez, era militar de profesión y un hombre profundamente religioso.

Juan Pablo II lo recuerda así: “Sucedía a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí, en cierto modo, el primer seminario, una especie de seminario doméstico”. 

En medio de la debacle entre los pueblos, Karol tuvo la fuerza interior necesaria para salirse de los moldes de la historia. Mientras fuera reinaba el odio, en el interior de este joven seminarista germinaba una vocación radical al Amor: en sus años de juventud creció en intimidad con Dios, hizo amistades duraderas, ejercitó el teatro e incluso escribió poesía. “Mi sacerdocio, ya desde su nacimiento ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación”, sostiene. Cuando terminó la guerra, Karol se trasladó a la sede normal del Seminario y el 1 de noviembre de 1946 recibió la ordenación sacerdotal. 

Esperanza

En “Don y misterio” disfrutamos de un relato lleno de optimismo sobrenatural, en el que podemos vislumbrar la magnanimidad de un hombre de Dios, la finura de un sacerdote enamorado de Jesucristo; y podemos entender el atractivo que una vida como la suya ejerce en el discernimiento vocacional de una vida corriente como la mía, o en el entusiasmo que sigue despertando en mis compañeros polacos de la Facultad de Teología, o en la renovada esperanza que suscita en tantas personas de mi generación.

La vida y la vocación de san Juan Pablo II están marcadas por los contrastes. Para comprender la convivencia entre felicidad y dolor en una vida, la relación entre don y misterio en una vocación, es necesario leer tranquilamente este libro, cerrarlo de vez en cuando y meditar: efectivamente, nos decimos entonces, la vocación al sacerdocio es sobre todo un regalo maravilloso de Dios, y lo entendemos mejor cuando un santo como Juan Pablo II ha aceptado ese don, lo encarna, lo agradece y luego, generosamente, nos lo comunica, como sigue haciendo a través de estas emocionantes memorias.  

Fuente: almudi.org

26 diciembre 2022

Volver a cantar. Es Navidad

Juan Luis Selma

¿Por qué no cantamos ya? Hay que darle alegría al corazón para que cante, hay que darle esperanza, sentido para que sane Un mundo más justo

Creo que hemos perdido la buena costumbre de cantar mientras trabajamos, nos duchamos, conducimos, era muy bonito pasear por el mercado y ver al frutero cantando una coplilla o al del taller de enfrente silbar como un jilguero. ¿Por qué no cantamos ya? Podemos echarle la culpa a los móviles, que por cierto han sido prohibidos en los colegios de Italia por considerarlos peor que la cocaína y realmente lo son, a las prisas, pero pienso que el motivo es más profundo: hemos perdido la alegría del corazón y también la libertad debido a un mal entendido perfeccionismo.

Todo tiene que ser perfecto, digno de un montón de likes, nos importa demasiado lo que piensen los demás, falta libertad y sobra miedo a quedar mal, a hacer el ridículo; por lo tanto, falta espontaneidad, libertad para dejar que el alma se expansione. Además, tenemos demasiadas heridas y un corazón sangrante está triste, no canta. La modernidad es una madrastra a la que no le importan sus hijos porque son hijastros: no cree en el amor ni en la familia.

Cantan los niños. Estos días he disfrutado mucho viendo cantar villancicos a los peques del colegio y, es curioso, cuanto más pequeños, más felices y cantores. Vamos a quitarnos años, a rejuvenecer. Navidad es nacimiento, volver a nacer. Vamos a sacar del baúl de los recuerdos las letras sencillas, inocentes, ingenuas de los villancicos y a recitarlas a voz en grito. Que no importe si desafinamos, si nos sale algún gallo. Somos niños y no nos damos cuenta: “Cantemos, cantemos gloria al salvador/ Feliz nochebuena, feliz nochebuena/ Feliz nochebuena nos da el niño Dios”.

Hay que darle alegría al corazón para que cante, hay que darle esperanza, sentido para que sane. La esperanza habla del después, del luego, de los sueños. El presente, el solo ahora, el ya, la inmediatez no espera y, por lo tanto, desespera. La esperanza nos lleva al otro, nos saca de nuestros egoísmos, comparte. La verdadera esperanza está en hacer feliz al otro, al amado, que es lo que más alegría me da. En dar sin esperar nada a cambio, el don gratuito nos saca del circuito comercial y nos lleva a la puerta del amor. Las relaciones comerciales, los trapicheos, los derechos… no saben de amor.

Tolkien, en el cuento El herrero de Wootton Major, dice: “Comenzó entonces a cantar, alto y claro, con palabras extrañas que parecía saber de memoria; y en ese momento la estrella le cayó de la boca y él la recogió en la palma de la mano… Algo de su luz pasó a los ojos del muchacho, y la voz, que ya desde el momento mismo en que la estrella vino a él había empezado a embellecerse, se hacía cada vez más hermosa a medida que él crecía. A la gente le gustaba oírle, aunque solo fuesen los ‘buenos días’. Solía cantar mientras trabajaba en estas cosas, y cuando el herrero iniciaba su canto los que estaban cerca detenían la labor y acudían a la fragua a escucharlo”.

La estrella es la que marca la dirección, el norte, la que da sentido a la vida. Es la puerta de la esperanza, la que nos invita a caminar, a salir de nosotros mismos, la que orienta y da sentido. La que te dice que allí, en la lejanía, alguien te espera, que eres útil, que estás llamado al amor. Por eso invita a cantar, embellece la voz.

“No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor, y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace”. Los ángeles cantando están: gloria a Dios y en la tierra paz. Vamos a cantar con ellos.

Para tener paz y poder cantar hay que perdonar y olvidar. Hay que pedir perdón y aceptarlo. Hay que volver a comenzar, renacer. La Navidad es la gran oportunidad. Cantar la gloria de Dios, al que todo lo debemos. Mirar a los demás con los ojos de Dios, con los de la mejor Madre del mundo: María, con sus ojos misericordiosos.

También podríamos reaprender canciones de amor, de amor limpio y generoso, de amor gentil, caballeresco. Dar una serenata a la persona amada. Perder el miedo a parecer pasados de moda. Ir a lo auténtico, a lo de toda la vida. Creer en el amor.

Copio: “El canto ejerce una gran influencia en el comportamiento del hombre y actúa sobre las emociones, los sentidos y el intelecto. Subyuga naturalezas rudas e incultas, aviva el pensamiento, despierta simpatía, promueve la armonía en la acción, desvanece la melancolía, es eficaz para grabar en los corazones verdades espirituales, ayuda a combatir las tentaciones e imparte valor y energía (White, 2013)”.

Fuente: eldiadecordoba.es


25 diciembre 2022

SANTA MISA DE NOCHEBUENA

HOMILÍA DEL PAPA


¿Qué es lo que le sigue diciendo esta noche a nuestras vidas? Después de dos milenios del nacimiento de Jesús, después de muchas Navidades festejadas entre adornos y regalos, después de todo el consumismo que ha envuelto el misterio que celebramos, hay un riesgo: sabemos muchas cosas sobre la Navidad, pero nos olvidamos del significado. Y entonces, ¿cómo encontrar de nuevo el sentido de la Navidad? Y, sobre todo, ¿dónde buscarlo? El Evangelio del nacimiento de Jesús parece estar escrito precisamente para esto, para tomarnos de la mano y llevarnos allí donde Dios quiere. Sigamos el Evangelio.

De hecho, comienza con una situación parecida a la nuestra. Todos están ocupados, disponiendo la realización de un importante evento, el gran censo, que exigía muchos preparativos. En este sentido, el clima de entonces era semejante al que rodea hoy la Navidad. Pero la narración evangélica toma distancia de aquel escenario mundano; se separa de esa imagen para ir a encuadrar otra realidad, sobre la que insiste. Fija su atención en un pequeño objeto, aparentemente insignificante, que menciona tres veces y en el que convergen los protagonistas de la narración. En primer lugar, María, que coloca a Jesús «en un pesebre» (Lc 2,7); después los ángeles, que anuncian a los pastores «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (v. 12); finalmente, los pastores, que encuentran «al recién nacidoacostado en el pesebre» (v. 16). Para encontrar de nuevo el sentido de la Navidad hay que mirar allí, al pesebre. Pero, ¿por qué el pesebre es tan importante? Porque es el signo —no casual— con el que Cristo entra en la escena del mundo. Es el manifiesto con el que se presenta, el modo con el que Dios nace en la historia para hacer renacer la historia. Por lo tanto, ¿qué es lo que nos quiere decir a través del pesebre? Nos quiere decir al menos tres cosas: la cercanía, la pobreza y lo concreto.

1. La cercanía. El pesebre sirve para llevar la comida cerca de la boca y consumirla más rápido. Puede así simbolizar un aspecto de la humanidad: la voracidad en el consumir. Porque, mientras los animales en el establo consumen la comida, los hombres en el mundo, hambrientos de poder y de dinero, devoran de igual modo a sus vecinos, a sus hermanos. ¡Cuántas guerras! Y en tantos lugares, todavía hoy, la dignidad y la libertad se pisotean. Y las principales víctimas de la voracidad humana siempre son los frágiles, los débiles. En esta Navidad, como le sucedió a Jesús (cf. v. 7), una humanidad insaciable de dinero, insaciable de poder e insaciable de placer tampoco le hace sitio a los más pequeños, a tantos niños por nacer, a los pobres, a los olvidados. Pienso sobre todo en los niños devorados por las guerras, la pobreza y la injusticia. Pero Jesús llega precisamente allí, un niño en el pesebre del descarte y del rechazo. En Él, niño de Belén, está cada niño. Y está la invitación a mirar la vida, la política y la historia con los ojos de los niños.

En el pesebre del rechazo y de la incomodidad, Dios se acomoda, llega allí, porque allí está el problema de la humanidad, la indiferencia generada por la prisa voraz de poseer y consumir. Cristo nace allí y en ese pesebre lo descubrimos cercano. Llega donde se devora la comida para hacerse nuestro alimento. Dios no es un padre que devora a sus hijos, sino el Padre que en Jesús nos hace sus hijos y nos nutre de ternura. Llega para tocarnos el corazón y decirnos que la única fuerza que cambia el curso de la historia es el amor. No permanece distante, no permanece potente, sino que se hace próximo y humilde; Él, que estaba sentado en el cielo, se deja recostar en un pesebre.

Hermano, hermana, esta noche Dios se acerca a ti porque para Él eres importante. Desde el pesebre, como alimento para tu vida, te dice: “Si sientes que los acontecimientos te superan, si tu sentido de culpa y tu incapacidad te devoran, si tienes hambre de justicia, yo, Dios, estoy contigo. Sé lo que tú vives, lo he experimentado en el pesebre. Conozco tus miserias y tu historia. He nacido para decirte que estoy y estaré siempre cerca de ti”. El pesebre de la Navidad, primer mensaje de un Dios niño, nos dice que Él está con nosotros, nos ama, nos busca. Ánimo, no te dejes vencer por el miedo, por la resignación, por el desánimo. Dios nace en un pesebre para hacerte renacer precisamente allí, donde pensabas que habías tocado fondo. No hay mal, no hay pecado del que Jesús no quiera y no pueda salvarte. Navidad quiere decir que Dios es cercano. ¡Que renazca la confianza!

2. El pesebre de Belén, además de la cercanía, nos habla también de la pobreza. Alrededor del pesebre, de hecho, no hay muchas cosas: maleza y algún animal y poco más. La gente no estaba en el frío establo de una vivienda, sino resguardada en los albergues. Pero Jesús nace en el pesebre y allí nos recuerda que no tuvo a nadie alrededor, sino a aquellos que lo querían: María, José y los pastores; todos eran pobres, unidos por el afecto y el asombro; no por riquezas y grandes posibilidades. El humilde pesebre, por tanto, saca a relucir las verdaderas riquezas de la vida: no el dinero y el poder, sino las relaciones y las personas.

Y la primera persona, la primera riqueza, es precisamente Jesús. Pero, ¿queremos estar a su lado? ¿Nos acercamos a Él, amamos su pobreza, o preferimos quedarnos cómodos en nuestros intereses? Sobre todo, ¿lo visitamos donde Él se encuentra, es decir, en los pobres pesebres de nuestro mundo? Allí Él está presente. Y nosotros estamos llamados a ser una Iglesia que adora a Jesús pobre y sirve a Jesús en los pobres. Como dijo un obispo santo: «la Iglesia […] apoya y bendice los esfuerzos por transformar estas estructuras de injusticia y sólo pone una condición: que las transformaciones sociales, económicas y políticas redunden en verdadero beneficio de los pobres» (San Óscar Arnulfo Romero, «La Verdad, Fuerza de la Paz» Mensaje pastoral de Año Nuevo, 1 enero 1980). Cierto, no es fácil dejar la tibia calidez de la mundanidad para abrazar la belleza agreste de la gruta de Belén, pero recordemos que no es verdaderamente Navidad sin los pobres. Sin ellos se festeja la Navidad, pero no la de Jesús. Hermanos, hermanas, en Navidad, Dios es pobre. ¡Que renazca la caridad!

3. Llegamos así al último punto: el pesebre nos habla de lo concreto. En efecto, un niño en un pesebre representa una escena que impacta, hasta el punto de ser cruda. Nos recuerda que Dios se ha hecho verdaderamente carne. De manera que, respecto a Él, no son suficientes las teorías, los pensamientos hermosos y los sentimientos piadosos. Jesús, que nace pobre, vivirá pobre y morirá pobre; no hizo muchos discursos sobre la pobreza, sino la vivió hasta las últimas consecuencias por nosotros. Desde el pesebre hasta la cruz, su amor por nosotros fue tangible, concreto: desde su nacimiento hasta su muerte, el hijo del carpintero abrazó la aspereza del leño, la rudeza de nuestra existencia. No nos amó con palabras, no nos amó en broma.

Y, por tanto, no se conforma con apariencias. Él, que se hizo carne, no quiere sólo buenos propósitos. Él, que nació en el pesebre, busca una fe concreta, hecha de adoración y de caridad, no de palabrería y exterioridad. Él, que se pone al desnudo en el pesebre y se pondrá al desnudo en la cruz, nos pide verdad, que vayamos a la verdad desnuda de las cosas, que depositemos a los pies del pesebre las excusas, las justificaciones y las hipocresías. Él, que fue envuelto con ternura en pañales por María, quiere que nos revistamos de amor. Dios no quiere apariencia, sino cosas concretas. No dejemos pasar esta Navidad, hermanos y hermanas, sin hacer algo de bueno. Ya que es su fiesta, su cumpleaños, hagámosle a Él regalos que le agraden. En Navidad Dios es concreto, en su nombre hagamos renacer un poco de esperanza a quien la ha perdido.

Jesús, te miramos, acurrucado en el pesebre. Te vemos tan cercano, que estás junto a nosotros por siempre. Gracias, Señor. Te contemplamos pobre, enseñándonos que la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en las personas, sobre todo en los pobres. Perdónanos, si no te hemos reconocido y servido en ellos. Te vemos concreto, porque concreto es tu amor por nosotros, Jesús, ayúdanos a dar carne y vida a nuestra fe. Amén.

 Fuente: vatican.va

24 diciembre 2022

Natividad del Señor

Solemnidad de la Natividad del Señor. 

“Evangelio (Lc 2,1-14)

En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.

Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz. Y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo:

— No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace».

Comentario

El feliz anuncio a los pastores sigue resonando en nuestros oídos, año tras año, sin que lleguemos a acostumbrarnos. Nuestro corazón se llena de nuevo de alegría al escuchar el relato del nacimiento del Hijo de Dios, como si fuera la primera vez. El viaje de Nazaret a Belén, María a punto de dar a luz, José en busca de un lugar para el parto, el Niño que nace, los pañales y el pesebre, el anuncio a los pastores, y su apresurada visita. Todo parece nuevo en esta nueva Navidad.

San Lucas encuadra el nacimiento de Jesús dentro de la historia del mundo. El emperador Augusto había logrado instaurar en sus enormes dominios un largo periodo de paz, conocida como la Pax Augusta, pero fue después de muchas guerras, de muchos sometimientos, de mucha esclavitud. Por eso, aquel “primer empadronamiento” podía parecer un gesto de orgullo por parte de la autoridad, pero de ello se sirvió Dios para que se cumplieran las Escrituras, pues estaba escrito por medio del Profeta que en Belén de Judá había de nacer el Mesías (cf. Mt 2,5). El viaje de José con su esposa encinta, no exento de riesgos, era un acto de obediencia humana, pero sirvió de cauce para que María y José obedecieran a Dios, plenamente confiados en que todo saldría bien. Probablemente, José pasó por el agobio ante la dificultad para encontrar el lugar más apropiado para aquel virginal alumbramiento. Pero su fortaleza, serenidad y confianza en Dios se impusieron para que María pudiese dar a luz “a su hijo primogénito”, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8,29), en un lugar aparentemente poco apropiado para Dios, un pesebre, un rincón desconocido de una de las provincias de ese gran imperio. Pero la diligencia de José y la presencia de María convirtieron aquel pobre lugar en el más digno no solo de aquel imperio sino de toda la tierra. Hasta los animales de aquel establo participaban de aquel prodigio: “Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su dueño”, dice el profeta Isaías.

Pero de pronto, el cielo se abre, la gloria de Dios es incontenible, y se manifiesta no a los grandes de la tierra sino a unos pastores. Eran hombres quizá rudos, poco valorados en aquella sociedad, pero fueron los elegidos por Dios para ser testigos directos del gran acontecimiento. Quedaron deslumbrados y atemorizados por el anuncio que venía del ángel, y por la muchedumbre de la corte celestial que alababa a Dios. Conocerían quizá las profecías que hablaban del Mesías que había de nacer en la ciudad de David: “Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador en Israel” (Miqueas 5,2). Sin embargo, no podían imaginar que aquella noche, en aquellos contornos que ellos tan bien conocían por su trabajo, iba a cumplirse aquella divina promesa. Dios los miró con complacencia por su buena voluntad, por su condición humilde. Superado el temor inicial ante tan inesperada visita, se llenaron de una alegría y paz que jamás habían experimentado. Se cumplieron en ellos las palabras del profeta que escuchamos en la primera lectura de la misa de esta noche: “Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría” (Isaías 9,2).

Para poder participar del gozo del nacimiento del Salvador, necesitamos mirar a María y a José, a los pastores, y admirarnos como lo haría un niño, lleno de asombro. Iremos también nosotros a adorar al Niño y aprenderemos las lecciones de la “cátedra de Belén”, como le gustaba a San Josemaría referirse a este misterio. Quizá la lección que más hay que aprender hoy es la humildad, la de saberse pequeños delante de Dios, y así se cumplirán en nosotros las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37). Hoy el niño es Jesús, el enviado del Padre. Acojámosle.

Fuente: opusdei.org

Si el ego no te deja tranquilo, mándalo a comprar humildad

Valeria Sabater

“Recortas y moldeas tu cabello pero nunca te acuerdas de moldear el Ego”. Albert Einstein

Hay un tipo de ego que no ofrece tregua ni descanso: es aquel que sufre porque el mundo no está a su medida, el que se lamenta por no tener siempre la razón.

Ahora bien, hemos de tener en cuenta que no hay peor esclavitud que la de quien vive apegado al ego, porque ser feliz es del alma, porque quien es capaz de dejarlo ir con humildad, puede conectarse al mundo de nuevo desde el corazón.

Estamos sin duda ante un constructo psicológico tan complejo como curioso donde se incluyen además ciertas dosis de sufrimiento. Resulta llamativo, por ejemplo, ver como el ego suele crear un molde para sí mismo a través del cual se compara con el resto de personas. Si tenemos la suerte de ajustarnos a ese patrón nos adorará pero, si sobresalimos, seremos sin duda el foco de sus ataques y desprecios.

Si tu ego no te deja tranquilo mándalo a comprar humildad, solo entonces descubrirás la divinidad que hay en ti.

Estamos seguros de que conoces a alguien con este tipo de comportamiento, e incluso, por qué no, puede que seas consciente de que en algún momento también tú actúas con ciertas dosis de ego. Tal y como dice un proverbio chino “es más difícil cambiar el curso de un río que el carácter de una persona”.

No obstante, nunca está demás en reflexionar sobre el tema, al menos para tenerlo en cuenta y meditar sobre ello.

El ego y la mente egótica

Ekhart Tolle es un escritor conocido por traer al gran público la corriente del “aquí y ahora”. En sus trabajos identifica las fuentes de sufrimiento interno más comunes que nos impiden conectarnos con nuestro entorno para ser felices. En libros como “Un nuevo mundo: ahora” nos habla de un término tan interesante como útil: la mente egótica. Además, no duda en afirmar una de las fuentes más complejas de sufrimiento personal.

Para Tolle, las personas caracterizadas por una mente egótica “están poseídas por su propia mente”. Hay una especie de obsesión con los propios pensamientos, juicios, valores y emociones, hasta el extremo de vivir completamente “apegados” a su propia historia. No existe nada más allá de este horizonte exclusivo y personal.

La mente egótica es persistente y repetitiva, originando así un tipo de energía psíquica muy destructiva. No podemos olvidar que este tipo personalidad busca a su vez diferenciarse de otros egos y sobrepasarlos, cayendo poco a poco en un tipo de lucha tan inútil como frustrante, ya que el “combate” entre egos solo trae como consecuencia el sufrimiento psicológico.

Cómo propiciar el descanso del ego

La persona, en cuya mente reverbera la voz del ego a cada instante, buscará siempre cambiar a los demás sin esforzarse por cambiarse a sí mismo. Todo ello genera frustración. De hecho, hasta es muy posible que alguna vez hayas conocido a la típica persona que se queja de que “las relaciones son muy difíciles”, sin ver que el foco del problema es ella misma y no los demás.

“Recortas y moldeas tu cabello pero nunca te acuerdas de moldear el Ego” -Albert Einstein-

El propio Ekhart Tolle nos señala que también él tuvo que hacer esta misma transformación: la de despegarse de su ego, del “cuanto más tengo más soy” y de todo ese rumor interno que le impedía sintonizar con la vida y con el resto de personas de forma íntegra, humilde.

A pesar de que no resulte fácil, puede lograrse. Por ello, te proponemos ahora que reflexiones sobre esas cuestiones. Te enseñarán a lidiar mejor con una persona de “ego elevado” y también a desactivar algunos de los comportamientos que van en esa línea y que todos alguna vez tenemos.

Claves para desapegarnos del ego

Una de las frases más conocidas del polémico Donald Trump es la de “muéstrame a una persona sin ego y te mostraré a un don nadie”. Queda claro que el ego al que se refería el próximo aspirante a la presidencia de Estados Unidos no es exactamente el ego al que aludimos en este artículo. Así:

Para poder defendernos de esos egos disfuncionales que se hallan en nuestro entorno, lo mejor es no reaccionar ante dichos comportamientos. Ignorar es responder con sabiduría y además, es también frustrar a quien desea ser el centro de atención.

Una técnica para “apagar el ego” es encontrar la calma interna, apagar el ruido mental. El ego siempre está buscando algo: añadirse un poco más de esto o de lo otro para completarse, retarse con aquel de más allá para tener razón.

La fuente de sufrimiento asociada al ego terminará cuando nos centremos en el momento presente para buscar un fin más noble, más humilde. Como suele decirse, “nadie llega a aprender el sentido de la vida hasta que no somete a sus egos a servir a sus hermanos”.

Cuando conectamos empáticamente con los demás y entendemos que “ser no es poseer” o que “cuanto más tengo necesariamente no soy más” nos liberamos de inmediato de un sinfín de cargas. Es entonces cuando la mente egótica se apaga para encender a nuestra valiosa mente emocional.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com

23 diciembre 2022

¿Qué es el arrepentimiento?

R.C. Sproul


I.            ¿Qué es el arrepentimiento?

¿Te han preguntado alguna vez qué cosa cambiarías si pudieras vivir otra vez? A mí me sorprende cuando la gente responde que no cambiarían nada. Simplemente no concibo que alguien no tenga nada que quisiera cambiar.

¿Acaso no tenemos todos remordimientos? Por cierto, como cristianos que entendemos nuestro pecado, apreciaríamos la oportunidad de volver a vivir parte de nuestro pasado. Quizá habría palabras que querríamos guardarnos, o escenas dolorosas que nos gustaría reescribir. Estos deseos apuntan hacia nuestra necesidad de arrepentimiento.

Es de vital importancia que entendamos el concepto bíblico de arrepentimiento. Este es esencial no solo en el Nuevo Testamento, sino en toda la Escritura. El evangelio de Marcos comienza con la aparición de Juan el Bautista, quien viene del desierto anunciando el acercamiento del reino de Dios. Su mensaje para el pueblo de Israel era muy simple: lo llamó al arrepentimiento. No mucho después, Jesús comenzó su ministerio público, predicando exactamente el mismo mensaje: “Después de que Juan fue encarcelado, Jesús fue a Galilea para proclamar el evangelio del reino de Dios. Decía: ‘El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse, y crean en el evangelio!’” (Mc  1, 14-15).

Este tema es recurrente en todo el Nuevo Testamento. Cuando la gente escuchaba a Cristo o la predicación de los apóstoles, solían responder diciendo: “¿Qué deberíamos hacer?”. Las respuestas tenían una forma similar: “Crean en Cristo”, “crean y bautícense”, o “arrepiéntanse y bautícense”. Dado que el concepto del arrepentimiento es tan esencial en la predicación apostólica, es de suma importancia que lo comprendamos cabalmente.

La palabra arrepentimiento viene de la palabra griega metanoia. El prefijo meta puede significar “con”, “junto a”, o “después”. Una palabra castellana derivada es metafísica. El estudio de la física es el estudio de aquellos elementos de la naturaleza que son visibles, perceptibles, y físicos. La metafísica es un intento de llegar más allá del mundo físico al ámbito trascendente. La raíz noia es la forma verbal del sustantivo que aparece frecuentemente en la Biblia como nous. Esta es simplemente la palabra griega para “mente”. En su forma más simple, el término metanoia tiene que ver con “la mente posterior”, o lo que podríamos llamar una reconsideración. En el idioma griego, llegó a significar “un significativo cambio de mentalidad”.

Por lo tanto, en el sentido más básico, el concepto bíblico de arrepentimiento significa “cambiar de parecer”. No obstante, pronto veremos que no solo se trata del juicio intelectual, tal como cambiar nuestro enfoque después de tratar de resolver un problema. En términos generales, metanoia tiene que ver con el cambio de parecer respecto a nuestro comportamiento. Incluye la idea de compunción. La compunción significa sentir remordimiento por una acción en particular. No solo implica una evaluación intelectual, sino también una  reacción emocional o visceral. El sentimiento que con mayor frecuencia se asocia al arrepentimiento en la Escritura es el de remordimiento, contrición, y una sensación de pesar por haberse comportado de determinada forma. Por lo tanto, el arrepentimiento implica tristeza por determinada conducta previa.

El concepto de arrepentimiento está profundamente arraigado en la experiencia del Israel veterotestamentario. Cuando los estudiosos examinan la noción de arrepentimiento en el Antiguo Testamento, suelen distinguir entre  dos tipos de arrepentimiento. El primero es un arrepentimiento cultual o ritual, y el segundo es un arrepentimiento profético.

Consideremos primero el arrepentimiento cultual o ritual. En nuestro  tiempo, la palabra cultual puede ocasionar malentendidos. Cuando hablamos de un culto, pensamos en grupos de personas radicales lideradas por falsos maestros. Pero el término cultual, usado en el verdadero sentido teológico, no se refiere a grupos desviados sino a los patrones de conducta o la vida religiosa de una comunidad determinada. El culto de Israel en el Antiguo Testamento era su práctica común de observancia religiosa. El culto de Israel fue instituido por Dios. En su ley, él no solo definió cómo debía comportarse moralmente el pueblo, sino también cómo debía comportarse en el ámbito religioso. Por ejemplo, había instrucciones sobre cómo orar, cómo ofrecer sacrificios, y cómo llevar a cabo el ministerio de la adoración en el templo. Todo esto era parte de las prácticas cultuales de Israel.

Asimismo, la estructura religiosa de la vida del Antiguo Testamento incluía muchas prácticas orientadas a facilitar el arrepentimiento. La ira de Dios ardía contra su pueblo por la infiel desobediencia de este, y a consecuencia de ello, el pueblo seguía las instrucciones de Dios sobre cómo quitar de ellos su ira. Dios perdonaba los pecados de ellos, y en la comunidad se restauraba la paz con él. Los rituales de arrepentimiento del Antiguo Testamento solían incluir un llamado a ayunar durante una asamblea solemne. Cuando los israelitas estaban en el desierto, primero eran llevados ante el tabernáculo, y posteriormente al templo. El profeta anunciaba el juicio de Dios y llamaba a un ayuno general. Para desviar la ira de Dios, cada persona dejaba de comer durante un periodo de tiempo determinado como señal nacional de arrepentimiento.

Israel, el pueblo de Dios, también recibió instrucciones de usar cierto tipo de ropa que funcionaría como símbolo externo del arrepentimiento interior del corazón. Por ejemplo, leemos acerca de personas que se cubrían de “silicio y ceniza”. Muchos usaban ropas ásperas e incómodas como un tipo de medida punitiva, infligiéndose incomodidad en señal de arrepentimiento. Algunos incluso tomaban ceniza y la esparcían sobre sus ropas o sobre la frente. Este proceso ritual era una señal de abatimiento. Por ejemplo, después de que Dios le habló a Job desde el torbellino, Job dijo: “Por lo tanto, me retracto de lo dicho, y me humillo hasta el polvo y las cenizas” (Jb 42, 6).

Junto con el cambio de la ropa, se cantaba un particular tipo de canción. Era una lamentación, un canto que expresaba pesar. A veces se usaba el lamento cuando alguien moría, o cuando ocurría una catástrofe. En el Antiguo Testamento, el libro de Jeremías va seguido de un libro más breve llamado Lamentaciones, también escrito por Jeremías. En este libro, Jeremías lamenta que la ira de Dios se hubiera derramado sobre su pueblo impenitente en la destrucción de Jerusalén. Este es un magnífico ejemplo de este tipo de tristeza por el pecado. El verdadero arrepentimiento debía expresarse con el lamento, una canción de pesar, y acompañado de fuertes gritos y gemidos.

Además de esto, en el sistema religioso de Israel había oraciones específicas de arrepentimiento. El libro de los Salmos, una especie de himnario del pueblo de Dios, contiene oraciones y poesía musicalizada y cantada como parte de la liturgia de la comunidad israelita. Está compuesto de distintos géneros: salmos de lamentación, salmos de acción de gracias, y salmos reales, entre otros. Hay salmos que celebran la bondad de la ley de Dios, pero también hay salmos llamados salmos penitenciales, que eran una especie de lamento. Los salmos penitenciales incluyen un reconocimiento de pecado contra Dios, una decisión de apartarse de la mala conducta, y una humilde súplica de que Dios restaure a la persona a un estado de gracia. El más famoso de los salmos penitenciales es el Salmo 51. En este Salmo, David registra su emotiva confesión de pecado tras ser confrontado por el profeta Natán a causa de sus pecados contra Urías y Betsabé.

Una última característica de esta vida ritual eran los días específicos de arrepentimiento. Estos días eran separados no solo para festividades, celebraciones, y conmemoraciones del pasado, sino también para arrepentirse. Eran momentos fijos de reconocimiento y tristeza por el pecado en forma corporativa, y formaban parte de la vida cultual de Israel.

Las prácticas y ritos cultuales del Antiguo Testamento le permitían al pueblo de Israel expresar, verbalizar, y demostrar su tristeza por el pecado. ¿Pero cómo lo hacemos nosotros hoy en día? ¿Cómo mostramos un corazón quebrantado por haber ofendido a Dios? ¿Cómo se demuestra este quebranto en la vida de la iglesia?

En la Iglesia Católica Romana, existe todo un sistema de penitencia ligado a los sacramentos de la iglesia, pero los protestantes al parecer han perdido el camino en cuanto a contar con un método prescrito para mostrar arrepentimiento. Entre las pocas prácticas que existen para facilitar el arrepentimiento está la oración ocasional el domingo por la mañana en la que la congregación confiesa su pecado en forma corporativa y recibe certeza de perdón de parte del ministro.

Las formas específicas de arrepentimiento conllevan el peligro de la mera formalidad externa. Como veremos, se debería dar importancia prioritaria al corazón. Sin embargo, a menudo carecemos de la capacidad de demostrar nuestro arrepentimiento. En este punto, al igual que a las personas del Antiguo Testamento, a nosotros podría resultarnos provechoso contar con formas más estructuradas de demostrar este cambio del corazón.

II.         Una imagen del arrepentimiento

En mi infancia, yo formé parte del coro de niños de la iglesia. No participaba por una devoción o fervor religioso, sino porque mis padres me obligaban a hacerlo. El coro me causaba vergüenza, porque tenía que usar una túnica y una casulla blanca con un enorme cuello almidonado blanco y un corbatín negro. Los demás chicos me llamaban “el señorito”.

Cantábamos una vez cada dos meses en el servicio de adoración, pero lo más destacado del coro de niños era cuando catábamos el himno “Buscad al Señor”. En esta canción en particular, nos apoyaba el solista principal, un magnífico tenor del coro adulto. En ese entonces yo no era cristiano, pero esta canción sonaba tan majestuosa que las palabras se me quedaban grabadas. El poder de la Palabra de Dios recorría la canción entera, y mientras se cantaba, la Palabra penetraba mi alma y mi mente.

Esto ocurrió hace muchas décadas, pero todavía puedo ver a Dick Dodds parado en la tribuna del coro, cantando “Buscad al Señor mientras pueda ser hallado. Llamadlo mientras esté cercano. Que el malvado abandone sus pensamientos y el impío sus caminos. Pues él tendrá misericordia. Él tendrá misericordia. Él tendrá misericordia y abundante perdón”. Estas palabras estaban tomadas directamente de los profetas (de Isaías 55 en este caso), a quienes les preocupaba profundamente el verdadero arrepentimiento y el lugar de este en la vida del pueblo de Dios.

Ya hemos considerado los rituales judíos del Antiguo Testamento, que incluían las prácticas cultuales del ayuno, el día del arrepentimiento, el cambio  de ropa, y los cantos de lamentación. Con el tiempo, estas prácticas y rituales degeneraron y para muchos se convirtieron en una mera formalidad. Los adoradores simplemente hacían la mímica del arrepentimiento pero carecían de verdadera sinceridad. Durante los siglos VIII y VII A. C., grandes profetas tales como Amós, Jeremías, Isaías, y Oseas vinieron al pueblo a recordarle que Dios exige una tristeza genuina y piadosa que nace del corazón. La cuestión de fondo era esta: el pueblo estaba llamado a rasgar su corazón, no sus vestiduras. Cuando los profetas exhortaban al pueblo de esta forma, no se oponían a la práctica de rasgar las vestiduras, sino que estaban diciendo que no basta con romper la ropa en señal de arrepentimiento; también se debe romper el corazón. Cuando nos damos cuenta de que hemos ofendido a Dios, debemos sentir esa ruptura de nuestra alma.

Para entender mejor esta perspectiva profética del arrepentimiento, observemos el libro de Joel. Este libro se enfoca en la relación entre los rituales de arrepentimiento y la realidad que tales rituales se proponen simbolizar. En el primer capítulo, leemos acerca del llamado de Joel a una asamblea solemne para que el pueblo pueda escuchar un anuncio de parte de Dios.

La palabra del Señor vino a Joel, hijo de Petuel: “Ustedes los ancianos, ¡oigan esto! Y ustedes, los habitantes de toda la tierra, ¡escuchen! ¿Acaso sucedió algo así en sus días, o en los días de sus padres? Esto lo contarán ustedes a sus hijos, y sus hijos a sus propios hijos, y ellos a la generación siguiente. Lo que la oruga dejó se lo comió el saltón, y lo que dejó el saltón se lo comió el revoltón, y lo que el revoltón dejó se lo comió la langosta” (Jl 1, 1-4).

Un severo juicio había caído sobre el pueblo de Dios. La tierra estaba destruida a causa de la sequía y la invasión de insectos que consumían los sembrados de la gente. Para el profeta, todo esto es el juicio de la mano de Dios sobre el pueblo por su pecado. Por lo tanto, hay un llamado al pueblo a regresar, a cambiar su pensamiento, a arrepentirse.

Joel dice: “Despierten, borrachos, y lloren; y todos ustedes, los que beben vino, giman por causa del mosto, porque se les va a quitar de la boca” (v. 5).

Incluso los cultivos de las viñas habían sido destruidos, y el profeta llamaba a aquellos que deambulaban aturdidos por la borrachera a despertar y ver que incluso el placer que recibían del fruto de la vid se había secado. Joel está anunciando que ha llegado el día del arrepentimiento.

Él continúa diciendo: “Llora tú, como joven vestida de ropas ásperas por el marido de su juventud” (v. 8, RV95). Para la mayoría de las mujeres, la selección de un vestido de novia es de suma importancia. La novia será el centro de atención mientras camina al altar para casarse legítimamente con el novio que la espera. Los asistentes quedan embobados al ver a la mujer vestida con el más fino traje que usará en su vida. Aquí, el profeta Joel dice que Israel es como una novia que no está adornada con un bello vestido, sino con ropas ásperas. Imagina asistir a una boda donde la novia se presente vestida con un feo y gastado saco de arpillera. Esa es la ilustración que usa Joel para mostrar cómo se espera que se demuestre el arrepentimiento. Es una cruda imagen de lamento en lugar de regocijo.

Joel escribe: “Los sacerdotes que sirven al Señor están de luto. Los campos están asolados y de luto, porque el trigo ha sido destruido. Mosto no hay, y el aceite se ha perdido” (vv. 9b-10). En la economía de Israel en la antigüedad, el aceite de oliva era muy importante. El profeta está diciendo: “Ahora toda la economía nacional está en bancarrota. Todo se ha secado. Avergüéncense, agricultores. Laméntense, viñadores. Laméntense por el trigo y la cebada porque la cosecha en el campo se ha perdido y el gozo se ha marchitado”.

En el verso 13, vemos nuevamente las instrucciones para mostrar arrepentimiento. “Ustedes los sacerdotes, ministros del altar, ¡vístanse de luto y lloren! Vengan y duerman con el cilicio puesto, ministros de mi Dios, porque en la casa de su Dios ya no hay ofrendas ni libaciones” (v. 13). Nótese que el más enfático llamado al arrepentimiento en esta hora de calamidad nacional va dirigido a los sacerdotes. Ellos eran los que soportaban la carga de la culpa nacional. Los profetas de Israel funcionaban como la conciencia de la nación, y la tarea de los profetas de llamar a los sacerdotes al arrepentimiento era especialmente difícil. Cuando los sacerdotes se corrompían, la verdadera piedad se ocultaba del pueblo. En lugar de instruir al pueblo en la piedad, los falsos profetas y sacerdotes corruptos trataban de agradar al pueblo más bien que de ministrarlo. En lugar de exhortar al pueblo, lo adulaban. En lugar de llamar al pueblo al arrepentimiento cuando pecaba, los sacerdotes se coludían con el pueblo, y lo hacían sentir bien antes que arriesgarse a ofenderlo. Era una religión orientada a sentirse bien. Pero el profeta llega con la Palabra de Dios y dice a los ministros: “Laméntense, lloren, y póstrense con ropas ásperas y ceniza”.

El siguiente verso dice: “Proclamen ayuno, convoquen a una asamblea; congreguen en la casa del Señor su Dios a los ancianos y a todos los habitantes de la tierra, e imploren su ayuda” (v. 14). Todos estos son elementos del ritual para el arrepentimiento en el Antiguo Testamento. Más adelante, leemos: “Por eso, vuélvanse ya al Señor de todo corazón, y con ayuno, lágrimas y lamentos. — Palabra del Señor. Desgárrense el corazón, no los vestidos” (Jl 2,12-13a).

El concepto central del arrepentimiento en el Antiguo Testamento puede condensarse en una palabra: conversión. Esta palabra se escucha frecuentemente en la jerga cristiana de hoy, y es el punto focal del llamado profético al arrepentimiento. Nadie nace biológicamente cristiano. Para hacerse cristiano, tiene que ocurrir algo a través de lo cual la persona es radicalmente transformada. Esto está vinculado con el concepto bíblico de metanoia, aquel cambio de mentalidad que no es el mero ajuste intelectual de un concepto, sino el vuelco de la vida en su totalidad. Para el profeta, el arrepentimiento no es un mero ritual religioso, sino que es esencial para la conversión del alma. Significa el cambio de la totalidad de nuestro ser.

En la vida de cada persona existe un punto de inflexión, un momento crucial que define nuestra existencia. Puede ser el encuentro con cierta persona, conseguir determinado empleo, o experimentar un desastre en particular. Para la nación de Israel, ese punto fue cuando Dios la fundó. Dios le dio al pueblo su identidad como su pueblo escogido, hizo un pacto con él, y le dio ciertos preceptos que debía seguir. El pueblo prometió que seguiría a Dios, que obedecería sus mandamientos, y lo amaría de todo corazón. Pero de tanto en tanto, la nación se desviaba, y entonces los profetas venían a ella y decían: “Ustedes tienen que volverse al Señor”.

Antes de que el pecado entrara en el mundo, hubo un tiempo cuando toda la raza humana estaba incorporada a nuestro cabeza de pacto, Adán, quien nos representaba ante Dios y gozaba de obediencia delante de Dios y de una perfecta comunión con él. Milton escribió sobre esto en su obra épica El paraíso perdido. Perdimos el paraíso cuando nos alejamos de Dios y cada persona siguió su propio camino. Así que hoy en día, cuando llamamos a la gente a la conversión, todavía es apropiado pensar en ello como un “regreso a casa”, un retorno a donde estábamos originalmente, en la presencia de Dios, en comunión con Dios, y en sumisión a Dios. El llamado al arrepentimiento es un llamado al retorno, un llamado a volver a casa.

El punto de inflexión más importante de mi vida fue mi conversión; no hay otro acontecimiento en mi vida que tuviese un impacto tan radical en todo lo que vino después. Toda mi vida fue cambiada y remecida. No que me volviera perfecto o me deshiciera del pecado de la noche a la mañana. Pero en este metanoia, este cambio de mentalidad, la dirección de mi vida dio un vuelco radical. Antes del metanoia, antes del arrepentimiento de conversión, nuestra vida se va alejando de Dios. Cuanto más tiempo vivimos en la impenitencia, y más tiempo permanecemos en un estado no convertido, tanto más nos alejamos de Dios. La conversión no significa que saltemos instantáneamente del pecado a la perfección, sino que nuestra vida experimenta un retorno fundamental. Desde el momento de nuestra conversión, nuestra vida toma una dirección distinta, de regreso a Dios.

Piensa en los puntos de inflexión más decisivos de tu vida. ¿Cuáles fueron esos momentos, cuáles fueron las decisiones o los sucesos que te alejaron de Dios?

¿Cuáles fueron esos momentos en tu vida que te cambiaron para bien? Ahora hazte estas preguntas: ¿eres una persona convertida? ¿Hacia dónde te diriges?

¿Cuál es tu rumbo? ¿Necesita tu vida un retorno?

III.       Un modelo de arrepentimiento

En la obra de Shakespeare Macbeth, hay una potente metáfora para el arrepentimiento. Lady Macbeth, la ambiciosa y astuta esposa del protagonista de la obra, está deshecha por la culpa por su participación en el asesinato del Rey Duncan. Una noche, mientras camina sonámbula y alucina, recuerda sus crímenes. Angustiada, intenta lavar la sangre de sus manos. Sin embargo, no hay jabón lo bastante potente para quitar la mancha de su culpa, y ella grita: “¡Fuera, mancha maldita!”.

Esta imagen de ser limpiado es central en el concepto bíblico del arrepentimiento. Podemos vernos tentados a concebir el arrepentimiento meramente en términos de perdón, pero también se trata de limpieza. Estamos corrompidos, y debemos ser limpiados. También podemos vernos tentados a concebir el arrepentimiento como un accesorio opcional de la fe. A fin de cuentas, la justificación es solo por la fe. Pero la justificación no excluye el arrepentimiento. El arrepentimiento no es un concepto secundario en la Biblia; más bien es central en la conversión y la justificación.

Como guía para analizar estos temas tomaremos el Salmo 51. Este Salmo, uno de los salmos penitenciales, fue escrito por David después de ser confrontado por el profeta Natán. Natán declaró que David había pecado gravemente contra Dios al tomar a Betsabé como esposa y al asesinar al esposo de ella, Urías.

Es importante ver la angustia y la sincera compunción que experimenta David, pero también debemos entender que el arrepentimiento del corazón es la obra de Dios el Espíritu Santo. David se arrepiente debido a la influencia del Espíritu Santo sobre él. No solo eso, sino que al escribir esta oración, lo hace bajo la inspiración del Espíritu Santo. El Espíritu Santo demuestra en el Salmo 51 de qué forma él produce arrepentimiento en nuestro corazón. Ten esto presente a medida que miramos el pasaje.

El Salmo 51 comienza así: “Dios mío, por tu gran misericordia, ¡ten piedad de mí!; por tu infinita bondad, ¡borra mis rebeliones!” (v. 1). Aquí vemos un elemento fundamental para el arrepentimiento. Normalmente, cuando una persona se da cuenta de su pecado y se aparta de él, se entrega a la misericordia de Dios. El primer fruto del arrepentimiento auténtico es el reconocimiento de nuestra profunda necesidad de misericordia. David no le pide justicia a Dios. Él sabe que si Dios tratara con él conforme a la justicia, sería destruido de inmediato. En consecuencia, David comienza su confesión suplicando misericordia.

Cuando David le implora a Dios que borre sus rebeliones, le está pidiendo que quite la mancha de su alma, que cubra su iniquidad, y lo limpie del pecado que ahora es parte permanente de su vida. Así que él dice: “Lávame más y más de mi maldad; ¡límpiame de mi pecado!” (v. 2).

Las ideas de perdón y limpieza están relacionadas, pero no son lo mismo. En el Nuevo Testamento, el apóstol Juan escribe: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1Jn 1, 9). Con un espíritu de arrepentimiento, vamos delante de Dios y confesamos nuestros pecados, y le pedimos no solo el perdón, sino también la fuerza para abstenernos de volver a cometer ese pecado. Tal como hace David en este salmo, pedimos que nuestra inclinación al mal sea eliminada.

David continúa: “Reconozco que he sido rebelde; ¡mi pecado está siempre ante mis ojos!” (Sal 51, 3). Este no es un mero reconocimiento trivial de culpa. David es un hombre atribulado; él dice “yo sé que soy culpable”. No intenta minimizar su culpa. No intenta auto-justificarse. Nosotros, sin embargo,  a menudo somos maestros de las justificaciones y rápidos para excusarnos presentando todo tipo de razones para nuestra conducta pecaminosa. Pero en este texto, por el poder del Espíritu Santo, David es llevado al punto donde es honesto delante de Dios. Él admite su culpa, pues se da cuenta de que su pecado siempre está presente. No se puede deshacer de él, y eso lo atormenta.

Entonces David clama: “Contra ti, y sólo contra ti, he pecado; ¡ante tus propios ojos he hecho lo malo!” (v. 4a). En cierto sentido, aquí David está usando la hipérbole. Él ha cometido un terrible pecado contra Urías, la familia y los amigos de Urías, Betsabé, y toda la nación del pueblo de Dios. Pero David entiende que a fin de cuentas el pecado es una ofensa contra Dios, porque Dios es el único ser perfecto en el universo. Puesto que Dios es el juez del cielo y la tierra, todo el pecado se define como la transgresión de la ley de Dios y es una ofensa contra su santidad. David sabe que es así y lo reconoce. Él no está minimizando la realidad de su pecado contra los seres humanos, sino que reconoce que en definitiva su pecado es contra Dios.

Luego David hace una declaración que suele pasarse por alto. Está en la segunda parte del verso 4 y es una de las expresiones más potentes de verdadero arrepentimiento que encontramos en la Escritura: “Eso justifica plenamente tu sentencia, y demuestra que tu juicio es impecable” (v. 4b). En esencia, David está diciendo: “Oh Dios, tú tienes todo el derecho a juzgarme, y está claro que no merezco otra cosa que tu juicio y tu ira”. David reconoce que Dios es intachable y tiene todo el derecho a juzgarlo. No hay manera de negociar o regatear con Dios.

“¡Mírame! ¡Yo fui formado en la maldad! ¡Mi madre me concibió en pecado! ¡Mírame! Tú amas la verdad en lo íntimo; ¡haz que en lo secreto comprenda tu sabiduría!” (vv. 5-6). Dios no solo quiere de nosotros la verdad, sino que la quiere desde lo profundo de nosotros. David reconoce que ha fracasado en hacer lo que Dios ordena, y que su obediencia a menudo es una mera ceremonia externa en lugar de actos que broten del centro de su ser.

Luego David clama una vez más pidiendo ser limpiado: “¡Purifícame con hisopo, y estaré limpio! ¡Lávame, y estaré más blanco que la nieve! (v. 7). Se puede sentir el absoluto desvalimiento en la voz de David. Él no dice: “Dios, espera un momento. Antes de que continúe este diálogo en oración, tengo que limpiarme las manos. Tengo que lavarme”. David sabe que él es incapaz de quitarse la mancha de su culpa. Él no puede compensar el mal. Debemos unirnos a David y reconocer que no podemos hacer expiación por nuestros propios pecados.

Más tarde, por medio del profeta Isaías, Dios hizo esta promesa: “Vengan ahora, y pongamos las cosas en claro. Si sus pecados son como la grana, se pondrán blancos como la nieve. Si son rojos como el carmesí, se pondrán blancos como la lana” (Is 1, 18). A Dios le place limpiarnos cuando nos encuentra en el lodo.

Luego David dice: “¡Lléname de gozo y alegría!” (Sal 51, 8a). El arrepentimiento es un hecho doloroso. ¿Quién disfruta de pasar por la confesión del pecado y el reconocimiento de la culpa? La culpa es el más potente destructor del gozo que pueda haber. Aunque David no está muy feliz en este momento, le pide a Dios que restaure su alma y lo haga sentir gozo y alegría nuevamente. A esto se refiere cuando dice: “… ¡y revivirán estos huesos que has abatido!” (v. 8b). Es una frase interesante, ¿no es así? Él dice: “Dios, tú me has quebrantado. Mis huesos están abatidos; no fue Satanás ni Natán quienes abatieron mis huesos, sino que fuiste tú cuando me hiciste ver mi culpa. Así que estoy delante de ti como un hombre quebrantado, y la única manera en que puedo seguir adelante es que tú me sanes y me devuelvas el gozo y la alegría”.

A continuación, David dice: “No te fijes ya en mis pecados; más bien, borra todas mis maldades. Dios mío, ¡crea en mí un corazón limpio! ¡Renueva en mí un espíritu de rectitud!” (vv. 9-10). La única forma de tener un corazón limpio  es mediante una obra de re-creación divina. Yo soy incapaz de crear algo así en mi ser. Solo Dios puede crear un corazón limpio, y él efectivamente crea corazones limpios al borrar nuestro pecado.

Luego David clama: “¡No me despidas de tu presencia, ni quites de mí tu santo espíritu! (v. 11). David se da cuenta de que esto es lo peor que le puede ocurrir a cualquier pecador. Él sabe que Dios efectivamente nos expulsará de su presencia si permanecemos en la impenitencia. Jesús advierte que aquellos que lo rechacen serán raídos de Dios para siempre. Pero la oración de arrepentimiento es un refugio para el creyente. Es la respuesta piadosa de alguien que sabe que está en pecado. Este tipo de respuesta debería caracterizar la vida de todos los que están convertidos.

David prosigue: “¡Devuélveme el gozo de tu salvación! ¡Dame un espíritu dispuesto a obedecerte! Así instruiré a los pecadores en tus caminos; así los pecadores se volverán a ti” (vv. 12-13). A menudo escuchamos que a la gente no le gusta juntarse con los cristianos porque estos muestran una arrogante actitud de auto-justificación, o una actitud mojigata de superioridad moral. Pero no debería ser así. Los cristianos no tienen nada de qué jactarse; no somos personas justas tratando de corregir a los injustos. Como dijo un predicador: “El evangelismo no es más que un mendigo diciéndole a otro mendigo donde hallar pan”. La principal diferencia entre el creyente y el incrédulo es el perdón. Lo único que califica a una persona para ser ministro en nombre de Cristo es que esa persona haya experimentado el perdón y quiera contárselo a otros.

“Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Aún si yo te ofreciera sacrificios, no es eso lo que quieres; ¡no te agradan los holocaustos! Los sacrificios que tú quieres son el espíritu quebrantado; tú, Dios mío, no desprecias al corazón contrito y humillado” (vv. 15-17). Aquí es donde encontramos el corazón mismo del arrepentimiento profético, como vimos en el capítulo anterior. La verdadera naturaleza del arrepentimiento piadoso se encuentra en la oración “tú, Dios mío, no desprecias al corazón contrito y humillado”. David está diciendo que si él pudiera hacer expiación por sus propios pecados, la haría; pero el caso es que su única esperanza es que Dios lo acepte conforme a su misericordia.

La Biblia nos dice explícitamente y nos muestra implícitamente que Dios resiste al altivo y da gracia al humilde. David sabe que eso es cierto. En su quebrantamiento, él conoce a Dios y sabe cómo se relaciona Dios con las personas arrepentidas. Él entiende que Dios jamás detesta o desprecia un corazón contrito y quebrantado. Esto es lo que Dios desea de nosotros. Esto es lo que Jesús tenía en mente cuando dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mt 5, 4). Este texto no se refiere simplemente a la tristeza por la pérdida de un ser querido, sino también a la tristeza que experimentamos cuando nuestro pecado nos inculpa. Jesús nos asegura que cuando nos entristecemos por nuestro pecado, Dios nos consolará por medio de su Espíritu Santo.

Yo recomendaría que todos los cristianos se aprendieran el Salmo 51 de memoria. Es un modelo perfecto de piadoso arrepentimiento. Muchas veces en mi vida he venido al Señor y le he dicho: “Dios mío, ¡crea en mí un corazón limpio!”, o “¡borra mis rebeliones! Purifícame con hisopo. Lávame y límpiame”. Muchas veces he orado: “¡Devuélveme, oh Señor, el gozo de tu salvación!”, y he clamado: “Contra ti, y sólo contra ti, he pecado”. Cuando nos sentimos abrumados por la realidad de nuestra culpa, nos faltan las palabras para tratar de expresar nuestro arrepentimiento delante de Dios. En tales ocasiones, es una verdadera bendición tener en nuestros labios las palabras de la Escritura misma.

IV.        Regeneración y arrepentimiento

Hace muchos siglos, San Agustín generó cierta controversia con una simple oración. Agustín oró: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”. Pelagio, el famoso compañero de disputa teológica de Agustín, se disgustó y reaccionó en forma bastante negativa. Pelagio alegaba que si Dios nos ordena algo, la razón indicaría que nosotros somos capaces de hacer lo que él ordena sin su ayuda.

Pero Agustín reconocía lo que Pelagio se negaba a admitir: que somos criaturas caídas, y desde la caída, somos moralmente incapaces de hacer todo lo que Dios ordena. La caída nos infecta por completo hasta el nivel mismo de nuestras capacidades. Por ejemplo, Dios ordena perfecta obediencia, ¿y quién de nosotros es capaz de mostrarle ese tipo de obediencia? Dios ordena que seamos santos tal como él es santo, pero nosotros no somos santos; como criaturas caídas, no tenemos la fuerza moral para la santidad en nuestro interior. La Biblia dice que estamos bajo el poder del pecado, no solo bajo el juicio de la ley. El pecado sujeta nuestro corazón como un torno. Esto salta a la vista cuando, como cristianos, batallamos con pecados específicos una y otra vez.

Uno de los grandes temas del Nuevo Testamento es que Dios, en su gracia, nos capacita para hacer lo que él ordena. Su mandato primordial es el arrepentimiento. Este es el mensaje tanto de Juan el Bautista como de Jesús al comienzo de sus respectivos ministerios. Con todo, ¿cómo podemos arrepentirnos si estamos totalmente subyugados por el poder del pecado?

El arrepentimiento genuino es algo que obra en nosotros el Espíritu Santo. Es una actividad de la gracia de Dios. Ya hemos visto que la conversión y el arrepentimiento van inseparablemente unidos. Si miramos atentamente el concepto de fe del Nuevo Testamento, que es el supremo requisito para la redención, aprendemos que el arrepentimiento es parte esencial de la fe. Si una persona tiene fe pero no arrepentimiento, no tiene una fe auténtica. Esa persona no posee los elementos necesarios para la redención; la conversión es un resultado de la fe y del arrepentimiento.

El Nuevo Testamento nos dice que la fe es un don de Dios. La fe no es algo que produzcamos con nuestras propias fuerzas, sino que es obra del Espíritu Santo. Esto se llama “nuevo nacimiento” o “regeneración”. Si les pidiéramos a cien cristianos que respondan esta pregunta: “¿Qué es primero, la regeneración o el arrepentimiento?”, imagino que noventa de cien dirían que primero es el arrepentimiento. Sin embargo, no tiene sentido que las personas que están muertas en sus pecados y transgresiones se inclinen naturalmente al arrepentimiento. El Nuevo Testamento enseña que Dios el Espíritu Santo primero vivifica nuestra alma, dándonos vida espiritual, y el fruto de esta obra es un piadoso arrepentimiento y la fe.

Consideremos Ef 2, 1-2a: “A ustedes, él les dio vida cuando aún estaban muertos en sus delitos y pecados, los cuales en otro tiempo practicaron”. Pablo se dirige a los creyentes de Éfeso, y les recuerda lo que Dios ha hecho por ellos en su gracia. Pablo insiste en que, si uno es cristiano, Dios le ha dado vida.

¿Cuándo? Cuando lo resucitó. Él nos levantó de los muertos, no física sino espiritualmente. La persona estaba muerta en su estado de pecado. Pablo está diciendo: “Ustedes no estaban convertidos, y Dios los ha convertido. Ustedes estaban muertos, pero Dios los ha resucitado. Dios los ha vivificado para sí mismo”.

Pablo escribe: “A ustedes, él les dio vida cuando aún estaban muertos en sus delitos y pecados, los cuales en otro tiempo practicaron, pues vivían de acuerdo a la corriente de este mundo y en conformidad con el príncipe del poder del aire, que es el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (vv. 1-2). Pablo describe el estilo de vida de los no convertidos, y explica que ahí es donde se encontraban los creyentes efesios.

La mayoría de las carreras, como una maratón, tienen una ruta definida por límites fijos. Si uno corre la carrera, tiene que seguir la ruta. Pablo está diciendo que todos los que estamos convertidos solíamos andar en determinada ruta: la corriente del mundo. Éramos incapaces de correr cualquier otra carrera. Esto nos recuerda el Salmo 1:

Bienaventurado el hombre que no anda en compañía de malvados, ni se detiene a hablar con pecadores, ni se sienta a conversar con blasfemos. Que, por el contrario, se deleita en la ley del Señor, y día y noche medita en ella. Ese hombre es como un árbol plantado junto a los arroyos: llegado el momento da su fruto, y sus hojas no se marchitan. En todo lo que hace, prospera (Sal 1, 1-4).

La diferencia entre la persona bienaventurada y la impía es que la persona bienaventurada camina en conformidad con el cielo y no según la corriente de este mundo. Pablo hace hincapié en un sentimiento similar en Efesios. Existe un marcado contraste entre la vida de la persona convertida y la vida de la persona no convertida. La persona no convertida aún está espiritualmente muerta, y camina según la corriente de este mundo.

Antes de convertirnos, elegimos hacer todo lo que Satanás quiere que hagamos. Somos aliados en su reino y marchamos a sus órdenes. Caminamos según los valores y sistemas de este mundo, y somos siervos obedientes, más bien esclavos, del príncipe de la potestad del aire, o, como lo expresa Pablo, “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2b). Pablo deja claro que este fue el pasado de todos nosotros: “Entre ellos todos nosotros también vivimos en otro tiempo. Seguíamos los deseos de nuestra naturaleza humana y hacíamos lo que nuestra naturaleza y nuestros pensamientos nos llevaban a hacer. Éramos por naturaleza objetos de ira, como los demás” (v. 3). Pablo está diciendo que todos nosotros somos, por naturaleza, obedientes discípulos de Satanás. Nadie nace cristiano. Para convertirse en discípulo de Cristo, hay que tener un metanoia, un cambio de la mente que se refleja en el arrepentimiento. Debemos ser levantados de la muerte espiritual.

Sin embargo, Pablo no nos deja en el abismo de la desesperación. Las siguientes dos palabras, “pero Dios”, son dos de las palabras más gloriosas de toda la Biblia. “Pero Dios, cuya misericordia es abundante, por el gran amor con que nos amó, nos dio vida junto con Cristo” (vv. 4-5a). Este punto es clave. No es que él nos diera vida después de que nosotros nos inclinamos a él. Pablo hace referencia a la cronología según la cual Dios despierta espiritualmente a las personas muertas. Los cristianos han sido despertados por la abundante misericordia de Dios. ¿Cuándo? Mientras estábamos muertos en transgresiones. Pablo está enseñando que la conversión es una transición de la muerte espiritual a la vida espiritual. Es una obra que solo Dios puede realizar, y la realiza por nosotros cuando estamos totalmente desvalidos. Si eres una persona convertida, no te convertiste gracias a tu propia justicia inherente. Te convertiste porque Dios te convirtió.

Pablo prosigue: “Pero Dios, cuya misericordia es abundante, por el gran amor con que nos amó, nos dio vida junto con Cristo, aun cuando estábamos muertos en nuestros pecados (la gracia de Dios los ha salvado), y también junto con él nos resucitó, y asimismo nos sentó al lado de Cristo Jesús en los lugares celestiales, para mostrar en los tiempos venideros las abundantes riquezas de su gracia y su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe. Ésta no nació de ustedes, sino que es un don de Dios” (vv. 4-8). ¿Cuál es el antecedente de la palabra “esta” en la última oración de este glorioso texto? En la estructura del texto, solo hay una cosa a la que “esta” puede referirse: toda la frase anterior en el texto. La palabra “esta” no solo se refiere a la “gracia” o “los ha salvado”, sino también a la “fe”. Por gracia han sido salvados mediante la fe, y esta fe no es algo que ustedes produjeran por su cuenta, sino más bien es un don de Dios.

A continuación, Pablo dice que nuestra fe no “es resultado de las obras, para que nadie se vanaglorie” (v. 9). Jamás podemos jactarnos por la conversión, porque la conversión es plenamente la obra de Dios. Si hay alguna duda, Pablo continúa diciendo: “Nosotros somos hechura suya; hemos sido creados en Cristo Jesús para realizar buenas obras” (v. 10a). No nos hemos re-creado nosotros mismos, ni nuestras buenas obras. Somos hechura de Cristo. Cristo nos ha formado y modelado para buenas obras. Nuestras buenas obras son el fruto de la conversión.

¿Eres una persona convertida? La carrera que estás corriendo en tu vida sigue una ruta definida. ¿Cuál es? ¿Estás corriendo la carrera de Dios, o estás siguiendo la corriente de este mundo? ¿Es el deleite de tu corazón agradar a Dios? ¿Existe evidencia de que estás siendo modelado, formado y configurado por Cristo? ¿O tu corazón sigue frío hacia las cosas de Dios y alejado de Cristo? ¿Eres de las personas que dicen: “Bueno, se puede encontrar algo significativo en la religión cristiana, y puede que Cristo sea un apoyo para otros, pero yo no necesito a Cristo”? Si ese es tu parecer, lo que estás diciendo es: “No lo quiero. No hay espacio para él en mi vida. Quiero modelar mi propia alma y labrar mi propio destino”. Esas son las señales de una persona no convertida. Son las marcas de la muerte espiritual.

Pero no hay mayor bendición que ser formado, moldeado y configurado por la obra amorosa de Cristo. Es por eso que Agustín oró como lo hizo: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”. Si sabes que deberías arrepentirte, pero no puedes producir en ti sentimientos de arrepentimiento, ora para que Dios genere en ti el arrepentimiento, porque el único que puede producir arrepentimiento genuino en tu alma es Dios. Dios nos convence de pecado. Dios nos despierta a nuestra culpa. Si Dios nos abate con una tristeza piadosa, eso es un acto de pura gracia. Es su acto de misericordia para llevarnos a la fe y la conversión.

Fuente: teologiasana.com