25 enero 2023

¡Atrévete a desear!

Carlos Pérez Laporta

Nosotros hemos hundido el cielo, hemos destronado a Dios, y nos hemos confinado en nuestro prosaísmo de hormigón

Desde Copérnico no ha vuelto a ponerse el sol, y los atardeceres son una fuente de frustración. Si nuestros ojos se encandilan cuando el astro rey cae rendido por el horizonte, nuestro cerebro acude presuroso a desilusionarnos con informaciones muy científicas y muy precisas. Y la modernidad se ha empeñado tanto en sacudir la metáfora de nuestra mirada que hemos perdido el cielo y todas las estrellas. Ya no significan nada para nosotros.

Hasta entonces la bóveda celeste fue siempre el techo humano; su inmensidad mesuraba la vida de los hombres. Todas las culturas se comparaban con el espacio sideral. Buscaban su seguridad en el curso eterno de las estrellas. Las constelaciones siempre brillaban para ensanchar el corazón por encima del mundo. Criaturas divinas y leyes mágicas salvaban distancias infinitas, y permitían a los hombres aguardar siempre algo más de lo que vivían y hacían en esta tierra. Por eso, no es extraño que la palabra deseo provenga del ámbito astrológico, y que su etimología llame a lo que nos quema por dentro «echar en falta una estrella» (de-sideris). El centro del alma no es otra cosa que el inmenso vacío dejado por un astro huidizo.

Pero nosotros hemos hundido el cielo, hemos destronado a Dios, y nos hemos confinado en nuestro prosaísmo de hormigón. Necios de nosotros, llegamos a pensar que si nos librábamos de Dios nuestro deseo quedaría liberado. Porque si Dios era el límite del hombre y dejaba de existir todo nos estaría permitido. Creímos que sin la medida divina el hombre podría vivir en la desmesura. Pero no ha sido así. Cuando el deseo no se lanza al cielo acaba por los suelos.

Desde nuestro bando católico se reprochará que nuestro mundo vive más que nunca de un deseo desenfrenado. Pero no es cierto: el deseo vive cada vez más reprimido, reducido a la inmediatez y a la facilidad. Lo máximo que nos permitimos desear cabe en vídeos que duran unos segundos en internet. Llamar a eso deseo es reírse de las posibilidades del ser humano. Que el hombre posmoderno viva de todos modos alejado de Dios no significa que el hombre aspire a gran cosa. Cuando el hombre vivía bajo la mirada de Dios, incluso cuando huía de Él, esperaba con su pecado robar algo del cielo. Pero hoy el infierno se lamenta de la poca calidad del pecado que fermenta en sus bodegas. Los grandes pecados de la humanidad han dejado paso a la miseria más barata e insulsa de la que es capaz el hombre. Para eso no le hacía falta al diablo montar semejante tinglado. Ya se prefiere la pornografía al sexo y Telecinco a las relaciones sociales. Sin Dios languidece incluso el sexo, y por eso permitimos que lleguen a ser adalides de la sexualidad los sectores más decepcionados con ella. Quien no tiene ningún deseo no tiene tampoco ningún Dios, decía Feuerbach. Y tenía razón. Pero quien no tiene a Dios tampoco puede permitirse tener ningún deseo, ni el más fácil de ellos. Hemos matado a Dios robándole el espacio, y el corazón humano se ha secado.

El otro día un chico me dijo en clase que él prefería no desear para evitarse las decepciones. El chaval no era raro. Tampoco estaba deprimido. Y salvo una compañera, el resto de la clase no le llevó la contraria. Ya no desean, porque con 15 años el deseo les parece una exageración estúpida que solo traerá problemas. Es mejor no arriesgarse, y no sufrir (tanto). Sus vidas son cada vez más pequeñas, tanto que caben ya con toda exactitud en las pantallas de sus teléfonos móviles. Aspiran a ganar dinero, pero trabajando lo menos posible. El matrimonio, los hijos… ¡menudo exceso! Son almas envejecidas, llenas de polvo. Están cansados de vivir antes de haber pisado la calle.

Y yo, que les doblo en edad, me siento un revolucionario del 68, lanzando soflamas libertarias mientras que estos ancianos de espíritu me miran con ojos de vaca. ¡Atreveos a desear! Desiderare aude! Porque no puedo hablarles de Dios si no desean. Dios no cabe en un corazón escuálido y acomplejado. Dios jamás podrá interesarle a nadie que haya decidido sacrificar su corazón en el Moloch de la seguridad posmoderna. A Dios no se llega con los pies, sino por los afectos, decía san Agustín; él fue un gran converso, un gran creyente, porque se atrevió a desearlo todo, a esperarlo todo, incluso de cada pecado. A Dios no se llega con el corazón congelado. La burguesía mató a Dios mucho antes que el comunismo. La primera labor que tiene la Iglesia en nuestro tiempo no es la de contribuir a la represión del deseo, como quizá piensen algunos, sino la de resucitar el deseo, relanzarlo hasta el infinito, hasta que duela. Porque solo el deseo ardiente, herido por su propia incapacidad de realizarse se acerca a Dios; porque solo el corazón herido por una vida que se escapa de las manos es capaz de sondear las cosas del otro lado.

Fuente: alfayomega.es/

23 enero 2023

El valor de la unidad

Juan Luis Selma

Un modo muy eficaz de desunir son los enfrentamientos, la lucha, el protestar por todo

Esopo nos enseña el valor de la unidad con la fábula de los hermanos desunidos. Un padre quiso dar una lección a sus tres hijos que no hacían más que discutir. Les mostró un haz de ramas y les pidió ayuda para partirlo, aduciendo que él no podía. Fueron intentándolo uno a uno sin éxito alguno. Al final, el anciano, desató las ramas y se las fue dando separadas a los hijos que las rompieron sin dificultad. “¿Veis? - les dijo entonces el hombre- Por separado, las ramas se parten con facilidad. Juntas, eran irrompibles. Así sois vosotros, como esas ramas”.

Podemos tener cierta prevención ante la unidad entendida como uniformidad, nos gusta más la diversidad, la variedad, la autonomía. Pero unión significa mucho más: cohesión, nexo, trabazón, amalgama, acoplamiento, fusión, articulación. Es concordia, amistad, camaradería, acuerdo, comunicación. Unión es vida y, por lo tanto, emoción, sorpresa, fecundidad. Unión es compañía, armonía; todo lo contrario, a la soledad, a la muerte.

El problema de la desunión, de la ruptura, del individualismo es tan viejo como la historia del hombre. Ya Adán y Eva quisieron independizarse de Dios y Caín, por envidia, mató a su hermano Abel. Por medio estaba “el rabo” del diablo – el que separa, desune–. Frente a este principio disgregador está el Unum, Dios, que todo lo articula. Todo lo ampara y atrae hacia sí. No es de extrañar que el mundo, cuando se aleja de su Creador, a pesar de las nuevas tecnologías que tan rápidamente nos intercomunican, pierda unidad y rompa la armonía.

“Hemos roto los lazos que nos unían al Creador, a los demás seres humanos y al resto de la creación. Necesitamos sanar estas relaciones dañadas, que son esenciales para sostenernos a nosotros mismos y a todo el entramado de la vida”, afirma el Papa.

Una definición de unidad es la siguiente: “Propiedad que tienen las cosas de no poder dividirse ni fragmentarse sin alterarse o destruirse”. Cuando el hombre rompe su unidad con Dios, su aleja de su Creador va camino de la autodestrucción. Somos libres de seguirle, de vivir como hijos suyos pero, si nos apartamos de la casa paterna, como el hijo pródigo, terminamos por perder nuestra dignidad.

Para ser humanos y edificar una sociedad humanizada hay que unir muchos juncos. Hacer una apuesta integradora del hombre con su Dios; del alma con el cuerpo; de los afectos y sentimientos con la razón. Lo propio de la persona es su relación con el otro; el mero individualismo, el ir a lo mío, anula la personalidad. Es lo contrario de lo que pensamos o, más bien, de lo que quieren que pensemos. No hay nada más reivindicativo del yo que el tú.

Esta semana la Iglesia ora por la unión de los cristianos. Llora y sangra por las heridas sufridas en su unidad. Hay una sola Iglesia, la de Cristo, la fundada y querida por Él. En Ella no hay partidos, no hay derechas ni izquierdas. Cristo, clavado en la cruz, abraza a todos, da su vida por todos, reza por todos: “que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”. Todo lo que desune, clasifica, enfrenta viene del demonio, de su hija predilecta: la soberbia.

Escribe san Pablo:” Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros”.

Un modo muy eficaz de desunir son los enfrentamientos, la lucha, el protestar por todo. Cuando estamos en guerra con nosotros mismos – no aceptamos nuestro cuerpo, sexo, historia, parentela ni cultura–; cuando la soberbia rompe la armonía familiar con sus constantes reivindicaciones; cuando los excesos nacionalistas rompen el concierto de una nación; nos olvidamos de la inmensa dignidad de toda persona, sea del color que sea, tenga la edad que tenga, piense lo que piense, crea o no crea. Cuando nos empeñamos en restar, dividir, clasificar para descalificar… estamos destruyendo la humanidad.

Pienso que recuperar la unidad psicológica: no romper con el alma, con la dimensión espiritual del homo sapiens; aceptar el propio cuerpo, reconciliarse con la sexualidad; valorar nuestra dimensión familiar; aceptarnos como criaturas queridas acabadas, bendecidas por el Creador nos ayudará a ser felices. Esto no es renunciar al progreso ni inmovilismo. Es sensatez, lógica, coherencia. Conocer quiénes somos, valorarnos y amarnos.

El Ser más único y uno es Dios. Pero el Dios de los cristianos es Uno y Trino, es Amor y Vida. De su unidad nace la variedad, las relaciones personales que le enriquecen y nos bendicen. La unidad es fecunda, integradora, es vida.

Fuente: eldiadecordoba.es

22 enero 2023

Pescadores de hombres

Domingo 3º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)


 Evangelio (Mt 4,12-23)

Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí

en el camino del mar,

al otro lado del Jordán,

la Galilea de los gentiles,

el pueblo que yacía en tinieblas

ha visto una gran luz;

para los que yacían en región

y sombra de muerte

una luz ha amanecido.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:

— Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.

Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:

— Seguidme y os haré pescadores de hombres.

Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.

Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.


Comentario

Desde los primeros momentos de su vida pública, Jesús se instaló en Cafarnaún, una población situada en zona fronteriza, junto al camino que unía Galilea con la tetrarquía gobernada por Filipo. Era un lugar lleno de actividad en donde confluían judíos y paganos, gentes de toda procedencia. Allí, en la “Galilea de los gentiles”, se comenzaba a ver “una gran luz” (vv. 15-16), ya que Jesús venía a traer la salvación a todos. En este pasaje del Evangelio, en el que Mateo nos presenta los primeros pasos del Maestro, se sintetizan tres rasgos fundamentales de su actividad.

Primero, se presenta un resumen del contenido esencial de su predicación: “Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos” (v. 17). La conversión supone un cambio de orientación. Implica un apartamiento del pecado para mirar derechamente hacia la meta a la que todos estamos llamados, que es la bienaventuranza en el reino de los Cielos. Pero también, una actitud de inconformismo en lo que se viene haciendo rutinariamente, pero se puede hacer mejor, o que rinda más frutos. Cuando se escucha a Jesús, algo comienza a cambiar en la propia vida. Así lo experimentaron Pedro y Andrés, Santiago y Juan.

En segundo lugar, con la invitación a su seguimiento de quienes serían sus primeros discípulos (vv. 18-22), pone en marcha a su Iglesia, apoyada en unos hombres sencillos y corrientes a los que constituiría en Apóstoles. De ellos y de sus sucesores se servirá para actualizar continuamente la llamada universal a la conversión y a la penitencia que abre camino al Reino de los Cielos.

Aquellos hombres estaban afanados en su faena diaria, eran pescadores, cuando Jesús les abrió unos horizontes insospechados y ellos lo siguieron con prontitud. Hasta ahora su trabajo consistía en echar las redes, lavarlas, arreglarlas para mantenerlas siempre a punto, vender el pescado… Pero el Señor les hace ver que, sin dejar su profesión, ahora les espera otra pesca. Su gran aventura comenzó con un sencillo encuentro, aparentemente casual. Desde el momento en que se abrieron a Jesús y fueron generosos para cambiar de rutinas y emprender su seguimiento, también ellos comenzaron a tener un conocimiento directo del Maestro. No los estaba llamando a ser meros anunciadores de una doctrina, sino amigos íntimos y testigos de su persona. Con ese anzuelo, en adelante serían “pescadores de hombres” (v. 19).

La escena se repite en la vida de cada uno de nosotros, si, como aquellos hombres, escuchamos su llamada y nos decidimos a seguirlo sin condiciones. También se nos abre una nueva dimensión, maravillosa, divina, que llena de contenido y sentido toda nuestra existencia. “Hijos míos -decía san Josemaría-, seguir a Cristo –‘venite post me et faciam vos fieri piscatores hominum’ (Mt 4,19) – es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con El, como los primeros Doce; tan de cerca que nos identifiquemos con El, que vivamos su Vida, hasta que llegue el momento, cuando no hemos puesto obstáculos, en el que podamos decir con San Pablo: ‘No vivo yo, sino que Cristo vive en mí’ (Ga 2,20)”.

En tercer lugar, Mateo deja claro que Jesús es algo más que un gran maestro, ya que va “curando toda enfermedad y dolencia del pueblo” (v. 23). Es redentor del hombre en todas las dimensiones de su vida, puesto que salva a la vez que enseña. “El señorío de Dios se manifiesta entonces -comentaba Benedicto XVI- en la curación integral del hombre. De este modo Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida”.

Fuente: opusdei.org


La comunión en la mano, ¿el triunfo de la desobediencia?

 Redacción de Infocatólica


Se publicó hace un par de años en Francia un libro de autores varios sobre la comunión en la mano (Jean-Pierre Maugendre y otros. Bref examen Critique de la Communion dans la main, Contretemps, 2021).

Los autores analizan en sendos capítulos aspectos históricos de esta práctica en diversas épocas y su situación jurídica en tiempos de pandemia. Todo este material ayuda a comprender diversos aspectos de este tema en un momento en el que, en muchas partes, constituye motivo de malestar entre los fieles.

Querríamos llamar la atención en especial sobre el texto de Mons. Nicola Bux con el que el libro concluye [La Communion dans la main, une désobèissance autorisée. Pp.149-164], pues en él se tratan con claridad algunos temas vinculados con la historia reciente que habitualmente son mal conocidos o se comprenden de modo errado, y a veces hasta opuesto a la verdad de los hechos. En efecto, oímos decir con frecuencia que la comunión en la mano fue autorizada por san Pablo VI por medio de un documento llamado Memoriale Domini en 1969 y que este uso fue confirmado por san Juan Pablo II y luego aceptado sin problemas por el Papa Benedicto XVI como uno de los dos modos normales de recibir la comunión. Habría así actualmente dos posibilidades ofrecidas por la Iglesia para recibir el sacramento: en la boca o en la mano, así como hay dos posturas del cuerpo igualmente posibles: de rodillas o de pie.

Sin embargo, Mons Bux, apoyado en las dos obras monográficas que se han publicado sobre el tema (el libro del obispo argentino Juan Rodolfo Laise y la tesis doctoral del sacerdote italiano don Federico Bortoli), muestra cómo Pablo VI, lejos de autorizar o introducir el uso de la comunión en la mano, confirmó formalmente su prohibición, exhortando a obispos, sacerdotes y fieles a «someterse escrupulosamente a esta ley nuevamente confirmada». Sin embargo -y aquí nos hallamos frente a uno de los mayores puntos de la confusión arriba mencionada- previendo que algunos sectores no estarían dispuestos a obedecer esta ley, decidió disponer un mecanismo jurídico que permitiera a los obispos en cuya diócesis hubiera una resistencia masiva e inflexible a la prohibición papal, indultar a los desobedientes, si así lo veían necesario su conciencia y su prudencia. Esta última posibilidad, claramente limitada, la concedió el Papa no sin gran reticiencia y aprensión, pues temía que el hecho de recibir la comunión en la mano pudiera ir debilitando la fe de los fieles en la presencia real.

Años más tarde, cercano ya al fin de su vida y ante la confirmación de estos temores, intentando detener el desmesurado uso que se estaba haciendo del indulto, mandó que se implementaran medidas para suspender la concesión de nuevos indultos y también que se dejara en claro que, aun donde el indulto había sido concedido, la práctica de la comunión en la mano debía ser desaconsejada. Sin embargo, esa orden no fue obedecida. Meses después, recién elegido papa, san Juan Pablo II confirmó la decisión de su predecesor y ordenó que no se autorizara en más países el uso de la comunión en la mano, suspensión que se mantuvo por un lustro y que le valió presiones y hasta algunas expresiones impertinentes por parte de algún obispo. Los textos que transcribe Mons. Bux sobre esta desobediencia y resistencia frontal son realmente impresionantes.

Por último, el papa Benedicto XVI dispuso que en las misas que él celebrara los fieles recibieran la comunión únicamente en la boca. Más tarde explicó así la medida: «Al hacer que la Comunión se reciba de rodillas y se administre en la boca, quise dar un signo de profundo respeto y hacer un llamado de atención acerca de la Presencia real … Quería dar una señal fuerte; esto debe quedar claro: ¡Se trata de algo especial!».

Mons Bux muestra luego cómo los colaboradores más estrechos del Papa alemán en materia litúrgica reflejaron en diversas ocasiones el pensamiento de éste sobre el modo de dar la comunión, que coincidía plenamente con el de San Pablo VI, expresando en alguna ocasión la posibilidad de que se volviese a la práctica legalmente en vigor en detrimento de la indultada.

Mons. Bux cita una serie importante de textos de estos colaboradores, testigos de la posición del papa Benedicto, pero entre éstos deberíamos añadir al propio autor del escrito; en efecto: Mons. Bux ha tenido una larga relación personal con el cardenal Ratzinger, gracias a quien fue nombrado consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y perito para los trabajos preparatorios del Sínodo mundial de los Obispos sobre la Eucaristía. Al comenzar el Sínodo, ya convertido en Papa, Benedicto XVI lo nombró adiutor secretarii specialis del mismo; más tarde lo hizo consultor de la Oficina de las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice y de la Congregación para el Culto Divino. Esta larga colaboración coloca a Mons. Bux entre los testigos privilegiados del pensamiento litúrgico de Benedicto XVI.

Todo el material por él presentado en el texto que comentamos no hace, en su conjunto, sino confirmar la conclusión a la que Mons. Laise había llegado en su libro: «Por todo esto creemos poder afirmar que la introducción y difusion por todo el mundo de la práctica de la Comunión en la mano constituye la más grave desobediencia a la autoridad papal de los últimos tiempos».

Para finalizar, permítasenos notar que resulta asombroso que este uso, que fuera impuesto por medio de una actitud de desobediencia frontal y desafiante al mandato papal en los años 60, actitud muy semejante a la que en este momento están tomando los obispos alemanes con respecto al documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe sobre la bendición a las parejas homosexuales, sea ahora impuesto a los fieles que durante más de 50 años han seguido fielmente no sólo los deseos y disposiciones de san Pablo VI, san Juan Pablo II y Benedicto XVI, sino también la reiterada confirmación de la misma posición por parte del Prefecto de Culto Divino que el papa Francisco nombró a poco de asumir el pontificado: el cardenal Robert Sarah, retirado hace pocas semanas por haber llegado al límite de edad, quien escribió: «el modo en el que la práctica de la Comunión en la mano se difundió aparece como algo que ha sido impuesto de un modo que no es según los caminos de Dios».

La paradoja hoy es que se acusa a estos fieles nada menos que de «desobediencia» justamente por no querer acogerse a un uso que no sólo ha sido desaconsejado permanentemente por los Papas, sino que no es más que tolerado por medio de un indulto que se otorgó a quienes desobedecieron de modo frontal la autoridad papal. La situación actual parecería indicar que la desobediencia finalmente ha triunfado; confirmar este triunfo con medidas draconianas adoptadas contra los que no desobedecieron transformándolos así súbitamente en «desobedientes», es el colmo de la paradoja y contiene un mensaje implícito muy peligroso: la desobediencia es el camino, con tal de que sea inflexible.

El texto de Mons. Bux que comentamos y que puede leerse entero en español aquí, había sido publicado originariamente con ocasión del primer aniversario de la muerte de Mons. Juan Rodolfo Laise, el obispo argentino que obedeció el deseo de Pablo VI de mantener la prohibición de dar la comunión en la mano.

Fuente: infocatolica.com

21 enero 2023

Elemento material, gestos humanos y palabras en el Matrimonio, Orden sacerdotal y Unción de enfermos

 Alejandro Vázquez-Dodero


Comentábamos en los dos fascículos anteriores el significado de los otros cuatro sacramentos que, junto con los tres que nos van a ocupar en estas líneas, se corresponden con todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión al camino de la fe. 

¿Cuáles son el elemento material, los gestos humanos y las palabras en el sacramento del Matrimonio?

El matrimonio es sacramento al encontrarse en él los elementos necesarios para ello: el signo sensible –contrato o alianza–, la gracia santificante y sacramental, y el hecho de haber sido instituido por Cristo.

La materia es “remota” –los mismos contrayentes– y “próxima” –entrega recíproca de los esposos, que se donan mutuamente toda la persona, todo su ser–.

El signo externo de este sacramento, como decíamos, es el contrato o alianza matrimonial, que a la vez conforman la forma. La forma es el “sí”, que significa la aceptación recíproca de esa donación personal y total.

Dicha alianza es recogida en el rito del matrimonio mediante las siguientes palabras: “Yo (nombre del contrayente) te recibo a ti (nombre del contrayente) para ser mi esposa/-o, para tenerte y protegerte de hoy en adelante, para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe”.

El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos manifestado con tales palabras –cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1626–.

Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia es preciso que exista certeza sobre él; de ahí la obligación de tener testigos; de ahí el carácter público del consentimiento, que protege el “sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él –cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1631–.

¿Cuáles son el elemento material, los gestos humanos y las palabras en el sacramento del Orden sacerdotal?

La materia del sacramento del Orden sacerdotal –u Orden sagrado– es la imposición de las manos. Se trata de un momento del rito de celebración de tal sacramento en el que el obispo, posando sus manos sobre la cabeza de los candidatos al sacerdocio, se dirige al Señor implorando su asistencia para ellos.

La forma se refiere a la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado –diaconado, presbiterado y episcopado–. En ella se pide al Espíritu Santo que confiera a los candidatos el sacramento del Orden sacerdotal en el grado correspondiente.

En la ordenación de  presbíteros la forma viene constituida por las palabras de la oración que el obispo dice después de que el ordenado ha recibido la imposición de las manos. Las esenciales son: «Te pedimos, Padre Todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida» –ritual de Ordenación–.

¿Cuáles son el elemento material, los gestos humanos y las palabras en el sacramento de la Unción de los enfermos?

La Unción de los enfermos tiene lugar en familia, en el hospital o en una iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de ellos. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Reconciliación y seguida de la Comunión, supuesto en que la liturgia habla de “viático” o paso a la vida eterna.

La celebración comienza con un acto penitencial –arrepentimiento de haber pecado ante Dios– seguido de la liturgia de la palabra –lectura de algunos pasajes de la sagrada escritura–.

El ministro –sacerdote– unge al enfermo con lo que constituye la materia del sacramento: el aceite consagrado por el obispo el Jueves Santo. La unción la realiza en la frente y en las palmas de las manos del enfermo, pronunciando a su vez las siguientes palabras: “Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”.

Finalizamos con este fascículo la breve exposición que nos proponíamos sobre la materia, los gestos y palabras en cada uno de los siete sacramentos. La intención no era otra que la de “visualizar” la celebración de cada uno de ellos en esos tres aspectos, a través de lo que la gracia sacramental actúa en el alma de quien los recibe, y le santifica.

Fuente: omnesmag.com

20 enero 2023

Y en los tatuajes divinos brilló la luz

 José Antonio García-Prieto Segura

En Los tatuajes luminosos de Dios decía que este tema requería  ulteriores explicaciones y deseaba proseguirlas. Me han confirmado en este propósito dos hechos posteriores a ese escrito. El primero ha sido leer lleno de asombro, porque fue ¡el mismo día en que lo envié para su publicación!, el grafiti que encabeza estas reflexiones: “No tengo frío. Me abrigan los tatuajes”. Firmado: “Susy”. Y el segundo, leer también -junto a numerosos correos que me expresaban pleno acuerdo con lo que decía en ese artículo-,otro que le había parecido una “tontera”; cito textualmente:“Esto es una idiotez que justifica en parte todo lo que actualmente se quiere ver como normal. Lean Levítico 19, 28”. Ahorro su búsqueda: en ese pasaje del Levítico, Dios prohíbe hacerse tatuajes. Entiendo que a ese lector le disgustara que la práctica de tatuajes se vea hoy como algo normal, y respeto su opinión; pero interpretaba el artículo como pura defensa delos tatuajes, y en absoluto era esa mi intención porque no me pronuncio sobre gustos o costumbres que no ofendan a Dios, y pienso que tal es el caso de los tatuajes.

Otros lectores, en efecto, también lo han visto así y han salido al paso del que disentía. Isabel, por ejemplo, le responde: “…creo que no ha entendido el significado de este artículo. No hace apología del tatuaje, sino del Amor de Dios por cada uno de nosotros.” Otro lector le aclara el porqué de la prohibición del Levítico: “Dios les dio este mandato a los israelitas porque no quería que fueran como los pueblos vecinos que se grababan en la piel los nombres o símbolos de sus dioses (Deuteronomio 14:2)”.Estas tres intervenciones, aparecidas en una plataforma digital, en castellano, de Estados Unidos, confirman que el tema “tatuajes” está vivo, y merece nuevos comentarios.

         Como bien señalaba esa lectora, era mi intención resaltar el Amor de Dios. En síntesis, yo venía a decir que Dios, al crear cada alma espiritual, deja impresa su imagen en todo el ser de la persona, como sellándola con “una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto” (Benedicto XVI,Audiencia11-V-2011). Es como una huella o “marca” espiritual del Creador, que cabría comparar analógicamente a los tatuajes visibles. La huella, con la imagen divina, resultó desfigurada en la naturaleza humana por el pecado original de Adán y Eva. Y de ahí pasaba a referirme al bautismo cristiano, donde la persona recupera el brillo original de la primera luz, en virtud del nuevo nacimiento en Cristo, Hijo eterno de Dios-Padre.

         Hoy deseo destacar esta maravillosa realidad de ser y saberse hijas o hijos de Dios, de un modo nuevo, gracias al agua del bautismo y a las palabras que lo acompañan. Siguiendo la analogía de los tatuajes, pero llevada al plano sobrenatural, la fe nos dice que, en ese momento, el bautizado queda “signado” con la imagen de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Galacia, y vale decir para los del mundo entero: “Todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo” (Ga 3, 26-27). No se trata de un revestimiento externo, epidérmico, sino de una interior conformación con Jesús, que endiosa y diviniza al bautizado. Benedicto XVI, al bautizar a un grupo de niños, lo expresaba así: “El agua con la que estos niños serán signados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo les sumergirá en la ‘fuente’ de vida que es Dios mismo, que les hará sus verdaderos hijos”. (Homilía Misa 13-I-2013). Dios-Padre, nos sella con la imagen de Cristo, fuente de vida, por el amor del Espíritu Santo.

         Dirigiéndose a los padres de esos niños, agregaba: “Al pedir el Bautismo para vuestros hijos manifestáis y testimoniáis vuestra fe, la alegría de ser cristianos y de pertenecer a la Iglesia. Es la alegría que brota de la conciencia de haber recibido un gran don de Dios, (…). Es la alegría de reconocernos hijos de Dios, de descubrirnos confiados a sus manos, de sentirnos acogidos en un abrazo de amor, igual que una mamá sostiene y abraza a su niño. Esta alegría, que orienta el camino de cada cristiano, se funda en una relación personal con Jesús, una relación que orienta toda la existencia humana.” Se comprende que Francisco, ya en abril de 2013, en una ocasión análoga de bautismo de niños, preguntase a los participantes si recordaban la fecha de su bautismo, porque era tan importante como saber el día en que cada uno de nosotros ha venido al mundo. Y lo ha repetido con frecuencia, pues“es algo hermoso” el “recordar la fecha de nuestro Bautismo, porque es nuestro renacimiento, el momento en el que nos convertimos en hijos de Dios con Jesús”.(Ángelus¸ Bautismo del Señor, 9-I-2022).

         Hoy deseo destacar la realidad de este tatuaje invisible o sello “espiritual” y sobrenatural en Cristo, que nos hace hijos de Dios-Padre, con una filiación nueva y luminosa, que llena de seguridad, de paz y calor de hogar. Por esto, hago plenamente mío, siempre desde una visión de fe, ese grafiti cuya foto encabeza estaslíneas. Nada más leerlo, me dije: ¡lo suscribo, ha dado en el clavo! porque, llevado al plano sobrenatural, pensé que un cristiano, hijo de Dios en Cristo, puede afirmar: “No tengo frío. Me abrigan los tatuajes”. Está claro, con lo escrito hasta aquí, a cuáles y qué tipo de “tatuajes” me refiero.

         Confieso que apenas leer el grafiti me entraron enormes ganas de echar una parrafada con “Susy”, su firmante. Le habría dicho que, de verdad, me encantaba; que me gustaría saber qué tipo de tatuajes y porqué, le abrigaban a ella. No sería un abrigo de las inclemencias del tiempo, sino más bien, de los sinsabores y dificultades de la vida… Pero los motivos y contenido de unos tatuajes así, capaces de ahuyentar los gélidos y amargos momentos de esta vida, tendrían que ser muy poderosos. Ignoro cuáles eran esos motivos para Susy, y en quién o en qué pensaba cuando escribió esa frase memorable.

         He conocido y tratado a un santo que lo tenía muy claro: la filiación divina en Cristo era para élla fuente de seguridad total, el abrigo de sinsabores, el “no va más”. Hablo de san Josemaría que, con los pies muy pegados a la tierra, combatió las batallas de esta vida, “con la fortaleza y libertad de los hijos de Dios”, como le gustaba decir. La conciencia de saberse hijo de Dios, “otro Cristo”, constituía la radical esencia de su identidad como cristiano, y la motivación de todo su ser y obrar.“No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas.” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 26).

         Que este santo vivía y transmitía vigorosamente esa realidad de la filiación divina, abrigo de fríos y tristezas existenciales, lo prueba el testimonio de un joven universitario, que será protagonista de un punto de Camino: ”Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo... ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, 'engallado' el cuerpo y soberbio por dentro... ¡hijo de Dios!"---     Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la "soberbia" (Camino, 274).

El tatuaje sobrenatural de la filiación divina, iluminado por la luz del Espíritu, brilló unos instantes en el alma de aquel muchacho y su corazón exultó con la alegría de los hijos de Dios. Ojalá todo cristiano conserve siempre limpia en su alma la imagen bautismal de Cristo. Es seguro que, fortalecido por el abrigo del amor de Dios, los fríos de esta vida no llevarán las de ganar. 

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com

19 enero 2023

Miedo al compromiso, qué es y cuáles son sus causas

Manuel Escudero

Comprometerse no es perder libertad, es utilizarla para crecer como persona

¿Cuáles son las causas del miedo al compromiso?

Consecuencias del miedo al compromisoLas experiencias de una persona, la manera de entender las relaciones o psicopatologías personales, pueden frenar a una persona a la hora de comprometerse. Estas experiencias, creencias o patología personal, pueden originar el miedo al rechazo, el temor a tomar una decisión equivocada, el miedo excesivo al abandono, frustraciones, controles demasiado rígidos, etc.

En muchas ocasiones “el miedo al compromiso” está basado en el temor de poder perder a la persona que amas y pasar por una fase de sufrimiento.

Pero esta preocupación no es algo real. La persona magnifica las consecuencias negativas de algo que no ha pasado y solo es una anticipación de aquello que podría ocurrir y del estado emocional que se produciría si tal evento llegara a pasar.

Otras razones de por qué una persona puede tener miedo al compromiso son:

1.    Una ruptura (reciente) no asumida y dolorosa.

2.    No sentirse preparado para tomar esta decisión.

3.    Tener antecedentes de relaciones difíciles y sentirse vulnerable a sufrir de nuevo.

4.    Ser soltero por convicción, pero por los valores del entorno social decide tener pareja estable.

5.    No estar con la pareja adecuada (y percibirlo de manera inconsciente).

6.    Sentirse más cómodo solo, después de mucho tiempo de soltero.

7.    Miedo a perder la libertad personal.

Miedo al compromiso en los hombres

La preocupación por tener que ser responsable de una familia, puede llegar hasta el punto, que se tenga miedo de perder la «libertad», este miedo puede originar, en algunos hombres, un fuerte rechazo al compromiso.

Posibles consecuencias del miedo al compromiso

Las conductas están condicionadas por las emociones (como, por ejemplo, el miedo). Estas emociones pueden interferir en la planificación y la toma de decisiones en la vida. Por ejemplo, a pesar de estar feliz en la relación de pareja, es posible que la sensación de presión derivada del miedo al compromiso pueda llegar a romper la relación.

En el momento de romper con la pareja, una persona con miedo al compromiso experimentara un gran alivio. Pero es posible que esta sensación de alivio sea solo de corto plazo y a medio/largo plazo pueda llegar a arrepentirse de la decisión que ha tomado.

Rasgos de una persona con miedo al compromiso

Una persona con miedo al compromiso:

·         puede tener problemas para tomar decisiones.

·         puede tener dificultades de expresar y gestionar los sentimientos.

·         genera fácilmente pensamientos negativos sobre la relación y piensa más en lo que pierde por estar con la pareja, que en lo que le aporta. Estos pensamientos de autoengaño pueden derivar en ruptura de la relación.

·         le cuesta hablar sobre planes de futuro en pareja.

·         puede tener problemas de madurez.

·         puede encontrarse inseguro a la hora de involucrarse más con su pareja y prefiere romper la relación.

·         puede ser más posesivo y controlador con su pareja, por miedo de ser abandonado.

Algunas recomendaciones que ayudan a perder el miedo al compromiso:

·         Los ritmos de cada miembro de la pareja pueden no coincidir. Siempre es importante hablar de los sentimientos para evitar malentendidos en la relación.

·         Analiza porque puedes tener miedo al compromiso y valóralo.

·         Diferenciar entre miedo al compromiso y la elección personal de rechazar un compromiso.

·         Valora lo positivo que aporta la relación y reflexiona sobre ello.

·         Piensa cómo será la vida con y sin esta persona a medio y largo plazo.

·         Evita la impulsividad que pueda originar malas consecuencias.

·         Saber que los pensamientos irracionales forman parte de tu malestar personal y no de la relación que tienes.

·         Dejar pasar el tiempo no soluciona las relaciones, es importante aprender a tomar decisiones sobre situaciones importantes.

·         Piensa cómo sería la vida al comprometerte, cómo sería si no lo haces, sin dejarte llevar por el miedo.

·         Trabaja tu autoestima.

·         Si tienes miedo al abandono es importante de dialogar con la otra persona.

·         Date la oportunidad de madurar en la relación.

Algunos errores a evitar:

·         No generar expectativas falsas y no jugar con los sentimientos de la otra persona.

·         No sentirte culpable por tener este problema.

·         Pensar que las personas cambian.

·         Ignorar la realidad y desplazar la atención a otras cosas.

·         Dejarse presionar por los padres de uno o del otro.

·         Hoy en día muchas parejas deciden no vivir juntos o vivir juntos temporalmente, pues irse a vivir juntos, a modo de prueba puede dar una idea de cómo será la relación en el futuro, ya que los problemas básicos de las parejas que viven juntas son bastante parecidos a los de una pareja casada.

·         Algunas parejas prefieren usar la terapia como forma de clarificar dudas que puedan tener o bien la pueden usar para entender por qué tienen miedo al compromiso antes de tomar la decisión de casarse.

·         En la terapia, se debe ayudar a la pareja a expresar de forma efectiva sus pensamientos y sentimientos sobre la relación, a evaluar la motivación de comprometerse y ofrecer a la pareja orientación psicológica que les proporcione conocimientos y herramientas para solucionar, de forma efectiva, los problemas y los posibles desacuerdos.

Fuente: manuelescudero.com

18 enero 2023

Catequesis. La pasión por la evangelización: el celo apostólico del creyente

El Papa en la Audiencia General


2. Jesús modelo del anuncio

Queridos hermanos y hermanas:

En el ciclo de catequesis dedicadas a la pasión por evangelizar —que comenzamos el miércoles pasado—, hoy reflexionamos sobre la persona de Jesús, que es el modelo insuperable de todo evangelizador. Jesús anunció el Reino de Dios con gestos y palabras, pero sobre todo con la propia vida. Él es el Buen Pastor que no se conforma con cuidar a las ovejas que están en el rebaño; sino que, sin medir los sacrificios, va en busca de las que están alejadas y están perdidas. También nosotros estamos llamados a imitar ese modo “pastoral” de vivir.

El primer paso para poder imitar a Jesús es rezar, es decir, tener momentos de intimidad con Dios, para que nuestro corazón se configure con el suyo y vayamos adquiriendo sus mismos sentimientos. Si somos verdaderos testigos de la alegría del Evangelio, descubriremos dos verbos propios de la tarea pastoral: sufrir y arriesgar. Sufriremos porque Dios no es conocido y amado, y tendremos que tomar decisiones arriesgadas, para que todos puedan encontrarse con Él y experimentar su amor.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Jesús, Buen Pastor, que nos conceda un corazón semejante al suyo, dispuesto a cuidar con ternura de todos los hermanos y hermanas que Él mismo nos confía, de modo especial los que se sienten perdidos o están alejados de su Presencia, que alegra y da vida. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


( 11 de Enero )

1. La llamada al apostolado (Mt 9, 9-13)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Empezamos hoy un nuevo ciclo de catequesis, dedicado a un tema urgente y decisivo para la vida cristiana: la pasión por la evangelización, es decir, el celo apostólico. Se trata de una dimensión vital para la Iglesia: la comunidad de los discípulos de Jesús de hecho nace apostólica, nace misionera, no proselitista y desde el principio debíamos distinguir esto: ser misionero, ser apostólico, evangelizar no es lo mismo que hacer proselitismo, no tiene nada que ver una cosa con la otra. Se trata de una dimensión vital para la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús nace apostólica y misionera. El Espíritu Santo la plasma en salida ―la Iglesia en salida, que sale―, para que no se repliegue en sí misma, sino que sea extrovertida, testimonio contagioso de Jesús ―también la fe se contagia―, orientada a irradiar su luz hasta los últimos confines de la tierra. Pero puede suceder que el ardor apostólico, el deseo de alcanzar a los otros con el buen anuncio del Evangelio, disminuya, se vuelva tibio. A veces parece eclipsarse, son cristianos cerrados, no piensan en los demás. Pero cuando la vida cristiana pierde de vista el horizonte de la evangelización, el horizonte del anuncio, se enferma: se cierra en sí misma, se vuelve autorreferencial, se atrofia. Sin celo apostólico, la fe se marchita. Sin embargo, la misión es el oxígeno de la vida cristiana: la tonifica y la purifica. Emprendemos, pues, un camino al descubrimiento de la pasión evangelizadora, empezando por las Escrituras y la enseñanza de la Iglesia, para obtener de las fuentes el celo apostólico. Después nos acercaremos a algunas fuentes vivas, a algunos testimonios que han encendido de nuevo en la Iglesia la pasión por el Evangelio, para que nos ayuden a reavivar el fuego que el Espíritu Santo quiere hacer arder siempre en nosotros.

 Y hoy quisiera empezar por un episodio evangélico de alguna manera emblemático, lo hemos escuchado: la llamada del apóstol Mateo, y él mismo lo cuenta en su Evangelio, en el pasaje que hemos escuchado (cfr. 9,9-13).

Todo empieza por Jesús, el cual “ve” ―dice el texto― «un hombre». Pocos veían a Mateo tal y como era: lo conocían como aquel que estaba «sentado en el despacho de impuestos» (v. 9). De hecho, era un recaudador de impuestos: es decir, uno que recaudaba tributos de parte del imperio romano que ocupaba Palestina. En otras palabras, era un colaboracionista, un traidor del pueblo. Podemos imaginar el desprecio que la gente sentía por él: era un “publicano”, así se llamaba. Pero, a los ojos de Jesús, Mateo es un hombre, con sus miserias y su grandeza. Estad atentos a esto: Jesús no se detiene en los adjetivos, Jesús busca siempre el sustantivo. “Este es un pecador, este es un tal para cual…” son adjetivos: Jesús va a la persona, al corazón, esta es una persona, este es un hombre, esta es una mujer, Jesús va a la sustancia, al sustantivo, nunca al adjetivo, olvida los adjetivos. Y mientras entre Mateo y su gente hay distancia ―porque ellos veían el adjetivo, “publicano” ―, Jesús se acerca a él, porque todo hombre es amado por Dios; “¿También este desgraciado?”. Sí, también este desgraciado, es más, Él ha venido por este desgraciado, lo dice el Evangelio: “Yo he venido por los pecadores, no por los justos”.  Esta mirada de Jesús que es hermosa, que ve al otro, sea quien sea, como un destinatario de amor, es el inicio de la pasión evangelizadora. Todo parte de esta mirada, que aprendemos de Jesús.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es nuestra mirada hacia los otros? ¡Cuántas veces vemos los defectos y no las necesidades; cuántas veces etiquetamos a las personas por lo que hacen o lo que piensan! También como cristianos nos decimos: ¿es de los nuestros o no es de los nuestros? Esta no es la mirada de Jesús: Él mira siempre a cada uno con misericordia, es más, con predilección. Y los cristianos están llamados a hacer como Cristo, mirando como Él especialmente a los llamados “alejados”. De hecho, el pasaje de la llamada de Mateo se concluye con Jesús que dice: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (v. 13). Y si cada uno de nosotros se siente justo, Jesús está lejos, Él se acerca a nuestros límites y a nuestras miserias, para sanarnos.

Por tanto, todo empieza por la mirada de Jesús “Vio a un hombre”, Mateo. A esto le sigue ―segundo paso― un movimiento. Primero la mirada, Jesús vio, después el segundo paso, el movimiento. Mateo estaba sentado en el despacho de los impuestos; Jesús le dijo: «Sígueme». Y él «se levantó y le siguió» (v. 9). Notamos que el texto subraya que “se levantó”. ¿Por qué es tan importante este detalle? Porque en esa época quien estaba sentado tenía autoridad sobre los otros, que estaban de pie delante de él para escucharlo o, como en ese caso, para pagar el tributo. Quien estaba sentado, en resumen, tenía poder. Lo primero que hace Jesús es separar a Mateo del poder: del estar sentado recibiendo a los otros le pone en movimiento hacia los otros; no recibe, no: va a los otros; le hace dejar una posición de supremacía para ponerlo a la par con los hermanos y abrirle los horizontes del servicio. Esto hace y esto es fundamental para los cristianos: nosotros discípulos de Jesús, nosotros Iglesia, ¿estamos sentados esperando que la gente venga o sabemos levantarnos, ponernos en camino con los otros, buscar a los otros? No es cristiano decir: “Pero que vengan, yo estoy aquí, que vengan”. No, ve tú a buscarlos, da tú el primer paso.

Una mirada ―Jesús vio―, un movimiento ―se levanta― y tercero, una meta. Después de haberse levantado y haber seguido a Jesús, ¿dónde irá Mateo? Podríamos imaginar que, cambiada la vida de ese hombre, el Maestro lo conduzca hacia nuevos encuentros, nuevas experiencias espirituales. No, o al menos no enseguida. En primer lugar, Jesús va a su casa; ahí Mateo le prepara «un gran banquete», en el que «había un gran número de publicanos» (Lc 5,29) es decir, gente como él. Mateo vuelve a su ambiente, pero vuelve cambiado y con Jesús. Su celo apostólico no empieza en un lugar nuevo, puro, un lugar ideal, lejano, sino ahí, empieza donde vive, con la gente que conoce. Este es el mensaje para nosotros: no debemos esperar ser perfectos y tener hecho un largo camino detrás de Jesús para testimoniarlo; nuestro anuncio empieza hoy, ahí donde vivimos. Y no empieza tratando de convencer a los otros, convencer no: sino testimoniando cada día la belleza del Amor que nos ha mirado y nos ha levantado y será esta belleza, comunicar esta belleza la que convenza a la gente, no comunicarnos nosotros, sino al mismo Señor. Nosotros somos los que anuncian al Señor, no nos anunciamos a nosotros mismos, ni anunciamos un partido político, una ideología, no: anunciamos a Jesús. Es necesario poner en contacto a Jesús con la gente, sin convencerles, sino dejar que el Señor convenza. Como de hecho nos ha enseñado el Papa Benedicto, «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por atracción» (Homilía en la misa inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo de 2007). No olvidéis esto: cuando veáis a cristianos que hacen proselitismo, que te hacen una lista de gente para que vayas… estos no son cristianos, son paganos disfrazados de cristianos, pero el corazón es pagano. La Iglesia crece no por proselitismo, crece por atracción. Una vez recuerdo que en el hospital de Buenos Aires se fueron unas monjas que trabajaban allí porque eran pocas y no podían sacar adelante el hospital y vino una comunidad de hermanas de Corea y llegaron, pongamos un lunes, por ejemplo, no recuerdo el día. Tomaron posesión de la casa de las hermanas del hospital y el martes bajaron a visitar a los enfermos del hospital, pero no hablaban una palabra de español, solamente hablaban coreano y los enfermos estaban felices, porque comentaban: “Buenas estas monjas, buenas, buenas” – Pero ¿qué te ha dicho la monja? – “Nada, pero con la mirada me ha hablado, han comunicado a Jesús”. No comunicarse a sí mismo, sino con la mirada, con los gestos, comunicar a Jesús. Esta es la atracción, lo contrario del proselitismo.

Este testimonio atractivo, este testimonio alegre es la meta a la que nos lleva Jesús con su mirada de amor y con el movimiento de salida que su Espíritu suscita en el corazón. Y nosotros podemos pensar si nuestra mirada se parece a la de Jesús para atraer a la gente, para acercar a la Iglesia. Pensemos en esto.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Veo que hay colombianos, venezolanos, uruguayos, argentinos, mejicanos, españoles. ¡Cuántas banderas! Pidamos a Dios la valentía de Mateo, para que, también nosotros, al sentir la mirada del Maestro —que nos interpela y nos descubre cómo somos— seamos capaces de alzarnos de nuestra postración y ser sus testigos en nuestra vida cotidiana. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.


 Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis comenzamos un nuevo argumento: la pasión por la evangelización o, dicho de otro modo, el celo apostólico. Una dimensión esencial de la Iglesia es ser misionera, salir a irradiar a todos la luz del mensaje evangélico. Cuando esta dimensión se pierde, la comunidad se enferma, se cierra en sí misma y se atrofia. Son los cristianos atrofiados.

Hoy reflexionamos sobre la conversión de Mateo, en particular sobre tres elementos que podemos distinguir en este relato del Evangelio. Todo comenzó cuando Jesús vio a un hombre Mateo, no lo juzgó por lo que hacía —era un publicano— sino por su realidad íntima, con sus virtudes y sus defectos.

Al llamarlo, Mateo se levantó, dejó su puesto de autoridad, dejó sus seguridades, y se puso a disposición de Jesús, en una actitud de servicio a los demás. Después de su conversión, Mateo no se fue a un lugar lejano e idílico, sino que regresó a su casa. Al volver, ya no era el mismo. El encuentro con Jesús lo había cambiado, convirtiéndolo en un auténtico testigo de la alegría del Evangelio.

Fuente: vatican.va