21 junio 2023

Eucaristía: el encuentro personal con Cristo

Emilio Liaño 


Cristo está ahora presente físicamente en la Eucaristía, no sólo en la celebración de la Misa, sino más allá. Si el encuentro con Cristo persona es lo central de la fe cristiana, cabría preguntarse por qué, la mayor parte del día, las iglesias están totalmente vacías.

En este artículo nos proponemos reflexionar sobre el cristocentrismo eucarístico, en continuidad con el cristocentrismo que han defendido autores como Ratzinger, según el cual: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, n. 1).

Brevemente se puede decir que el cristocentrismo es una visión en la que se afirma el cristianismo como una religión del encuentro con una persona más que una religión del hacer o del obrar. Lo primordial del cristianismo viene a ser el encuentro personal en la fe con el Dios que se hace hombre.

No se puede decir que esta cuestión sea una novedad absoluta, ya que el acento eucarístico del planteamiento cristocéntrico va en la misma dirección de lo enseñado por la Iglesia desde siempre. En este sentido, no es muy original porque la Iglesia ha subrayado insistentemente el valor central de la Eucaristía.

Sin embargo, en la actualidad parece conveniente impulsar un nuevo esfuerzo que facilite un mayor acercamiento a Jesucristo y, especialmente, en la Eucaristía.

El punto de partida: un hecho frecuente

Primero conviene señalar que el cristocentrismo eucarístico no es el fruto de un análisis teórico. La visión puramente reflexiva de la cuestión no permite entenderlo en su verdadera dimensión. En la actualidad es una experiencia común que las iglesias estén vacías en tantos lugares, por lo menos en algunos países con más desarrollo económico y en los que ha habido una fuerte tradición católica.

No se trata de fijarse en la disminución de los fieles en la Misa, hecho que va acompañado de una asistencia regular de tantos otros que ven en la Misa el acto central de su relación con Dios, y lo cual es en sí muy positivo.

El problema no está en la Misa sino fuera de ella.

Desgraciadamente es una experiencia frecuente que en las iglesias, fuera de las celebraciones litúrgicas, no haya prácticamente nadie. Esta escasez de gente ha hecho que las iglesias no sean lugares muy seguros y que, en ocasiones, es mejor que estén cerradas para evitar males mayores.

Este hecho nos tiene que hacer pensar porque puede tener importantes consecuencias.

Si las iglesias fueran solo unos templos que conservan una serie de objetos para el culto, o artísticos, el vacío de las iglesias no tendría demasiada relevancia.

Sin embargo, en las iglesias, además de todos los objetos que en ella se puedan encontrar, también custodian la presencia de Cristo en la Eucaristía.

La Eucaristía no es una cosa más dentro de un templo como pudiera ser una estatua o una pintura. La Eucaristía es el centro del templo y su causa. Hay templos para celebrar la Eucaristía y para que la Eucaristía se reserve para el culto de los hombres.

El encuentro personal con la Eucaristía

Cuando Cristo pisó la tierra hace unos dos mil años, pidió a la gente que lo escuchara y que pusiera su confianza en Él. Si Cristo viniera hoy a la tierra como hombre, como el hombre que habitó en una parte de este mundo, tendríamos la obligación de ir a su encuentro.

Es decir, para quien tiene fe en que Cristo es Dios, su presencia terrenal debería ser una llamada imperiosa para verle en carne y hueso, con su mirada, con sus palabras, gestos, etc.

Bien, pues Cristo está ahora presente físicamente en la Eucaristía, esperándonos con tanto anhelo como cuando vivía sobre la tierra.

El cristocentrismo, por tanto, afirma la necesidad de encontrarse con el Cristo-Dios porque es esa Persona lo que define lo esencial de la religión.

Ahora, además, añadimos que el encuentro con el Cristo-Dios ha de hacerse en la Eucaristía, y no solamente en la celebración de la Misa.

En la Eucaristía tenemos la certeza de que Él se encuentra verdaderamente con su humanidad y su divinidad.

Si Cristo se ha quedado en la Eucaristía es porque quiere estar con nosotros. Por eso no debiera dejarnos indiferentes que nuestras iglesias estén vacías fuera de los actos litúrgicos; es una señal de que Cristo-Eucaristía no tiene mucho valor para nosotros. Tal vez nuestra fe se ha enfriado y solo creemos, con fe efectiva, en la presencia de Cristo en el sacrificio de la Misa, pero no lo que implica su constante presencia real en el Tabernáculo.

El acompañamiento a Jesús-Eucaristía

Hay que aclarar que cuando se habla de acompañar a Jesús en la Eucaristía no se refiere a la necesidad de tener más actos de adoración, exposiciones con el santísimo, etc., cosas que son muy buenas, pero no es a lo que se refiere en este artículo.

La soledad de los Sagrarios tampoco se resuelve por medio de unos pocos que estén siempre en las iglesias de manera que estas nunca estén vacías. La cuestión no va por esos derroteros.

Se trata, al contrario, de la necesidad de que muchos acudan a los sagrarios de sus templos porque es Jesús quien les está esperando con una paciencia sin límites. Se puede decir que la obligación es de toda la comunidad creyente. Quien se piensa excluido de este deber ya manifiesta que tiene poca fe en la Eucaristía.

Cristo se ha quedado en la Eucaristía para que vayamos a Él. Y ¿qué hemos de hacer delante de la Eucaristía? Primero, simplemente estar; segundo hablarle y tercero escucharle.

Cristo, que es un Dios de vivos no de muertos, está vivo con capacidad para escuchar y para hablarnos. ¿Podemos hablar con Jesús en todos los sitios? Por supuesto, pero hemos de hacerlo preferentemente donde Jesús lo prefiere, es decir donde se ha quedado.

Es claro que podemos hablar con una persona amada por teléfono, pero no denotaría amor quien prefiere hablar por teléfono antes que en su presencia física. Pues Cristo prefiere hablar con nosotros cara a cara, físicamente.

Y si nos preguntamos ¿cuántas veces debemos estar con Jesús-Eucaristía?, o ¿cuánto tiempo? Aquí, lógicamente, no cabe una regla fija: depende de las obligaciones familiares, sociales, etc., que el mismo Jesús quiere que cumplamos.

En cualquier caso, es conveniente acudir al Sagrario con una frecuencia diaria. ¿El tiempo? Lo que Dios inspire a cada uno y lo que su generosidad dé de sí. No hay que estar muchas horas delante de Jesús en el Sagrario. No, se trata de estar muchas veces (en muchos días), según nuestras circunstancias y fuerzas, con la finalidad de tener un diálogo con el Señor (en muchos casos, unos minutos bastan).

En el trato eucarístico hay dos dimensiones a tener en cuenta. La primera es permanente y tiene que ver con nuestra relación personal con Jesús. En esta relación es primordial entender que Jesús desea estar con cada uno de nosotros y no le da igual que nosotros nos olvidemos de Él un día y otro.

La segunda dimensión es temporal y está relacionado con el abandono masivo de Jesús en la Eucaristía. Debiera ser un acicate para nosotros tratar de consolar a Jesús en su soledad. Y aquí, aunque la aportación personal pueda parecer insignificante frente a la indiferencia de tantos, hemos de pensar que nuestro trato le alivia porque Jesús no desea el amor de muchos, sino el amor de cada uno, empezando por el nuestro.

Pensemos que los cristianos estamos enraizados en la Iglesia, habitualmente, a través de las parroquias. Pues una tarea que podríamos asumir como creyentes es mirar cómo cuidamos a Jesús-Eucaristía que está presente en el Sagrario de nuestra parroquia. Estar con Dios Eucaristía es la mejor inversión que podemos hacer de nuestro tiempo.

Aunque se ha hablado de obligación o de necesidad, en esta tarea de acompañamiento a la Eucaristía no hay más obligación que la de nuestro amor. Es el amor lo que está en juego, no el cumplimiento de un deber.


El cristocentrismo eucarístico II

El autor reflexiona y propone una serie de nociones con el objetivo de invitar a un mayor acercamiento a la Eucaristía.

Este artículo viene a continuar otro que fue publicado con el título de “Eucaristía: el encuentro personal con Cristo”. Lo cierto es que aunque el título es muy correcto, sin embargo no fue el inicialmente propuesto, el cual era “El Cristocentrismo eucarístico” tal como está titulado el presente. Por ello me propuse escribir un segundo artículo que recogiera la noción desde su título para insistir un poco más en estas ideas.

En el primer texto ya se dijo que tanto el Cristocentrismo como la Eucaristía no son temas nuevos en la Iglesia y que, incluso, han recibido ambas mucha atención por parte de teólogos y de pastores. Sin embargo, no suelen ser tratados de manera conjunta, cosa que me parece que podría ayudar a una mejor comprensión de ambos.

También quiero recordar que algo que estuvo en el origen de estos artículos ha sido la escasa presencia de cristianos en los templos fuera de las celebraciones litúrgicas o de otras prácticas pastorales comunitarias. Con ello no se quiere decir que la asistencia a estos actos sea equivocada, o que no se deban convocar, sino que, además de ellos, también hace falta un acompañamiento más regular a Dios en la Eucaristía que se ha quedado ahí para estar con nosotros.

En esta línea, se insiste nuevamente en estas dos nociones para que nos inviten a un mayor acercamiento a la Eucaristía. Las reflexiones serán breves porque no se trata de apoyar con grandes argumentos, sino solo a modo de llamadas que, en el fondo, es lo que hace Cristo cuando nos busca.

1. Cristocentrismo

El Cristocentrismo, como ya se vio en el anterior artículo, pretende poner en el centro de la religión cristiana a la persona de Cristo. Pero, ¿es que puede ser de otra manera? Por supuesto.

Una manera relativamente fácil de comprender el cristianismo es por medio de las acciones que realizan sus seguidores. Por ejemplo, el cristianismo es la religión en la que tienes que ir a Misa porque ahí se celebra la muerte del Hombre-Dios donde obtuvo la salvación de todo el género humano. A esto le podríamos añadir muchas otras más acciones que pueden tener más o menos importancia.

Otro modo de entender el cristianismo puede ser por el decálogo que obliga a los cristianos. Entonces los cristianos se identificarían por obedecer los mandatos dados por Dios. Todo esto es entendible porque cuando alguien con buena voluntad entra en contacto con el cristianismo suele preguntarse qué hay que hacer para ser cristiano. Entonces se espera una respuesta de tipo normativo.

Sin embargo, ante la pregunta sobre qué es el centro del cristianismo, buscando en el Nuevo Testamento, la respuesta más breve es la de creer en el evangelio. Y, ¿qué es lo que hay creer? Que Cristo, el hombre que dio su vida por nosotros, es Dios. El Cristocentrismo trata de poner esta realidad en el foco de nuestra religión, poniendo orden sobre otros temas que pueden tener su relevancia, pero deben estar siempre en segundo lugar respecto a esta verdad más nuclear.

La religión cristiana es la esperanza en la venida de un mesías salvador que nos trae el perdón y la alegría. La fe nos dice que ese mesías murió y resucitó para nunca más morir. Por tanto Cristo vive, y si un día dio su vida por nosotros, ahora no podemos pensar que Él sea indiferente a nuestras vidas. Cristo vive y quiere estar junto a nosotros, a nuestro lado. Ahora no hay nada que se lo impida salvo nuestra voluntad.

Desgraciadamente, nosotros podemos pensar que Cristo espera algo de nosotros, pero desconocer que lo que espera es a nosotros mismos. Cristo tiene voluntad y tiene entendimiento, y lengua para hablar, y además un corazón que desea un montón de cosas, entre ellas las nuestras. Es una falta de fe pensar que Cristo no se pueda comunicar con nosotros, y más aún pensar que no lo haga. Eso es falso porque Cristo no abandona a ninguna de sus criaturas por las que dio su sangre.

Sí que puede ser cierto que en nuestros días nos cueste más decubrir dónde está Jesús. Esta es una barrera probablemente muy extendida y que nos pueda parecer imponente, pero que no debiéramos temer lo más mínimo porque la superamos en cuanto nos ponemos delante de la presencia de Dios, dirigiéndonos directamente a Él. Pero, ¿es que no siento nada? Tal vez no haya nada que sentir. Si juzgamos nuestra relación con Dios desde el sentimiento, es muy posible que esta esté un poco deteriorada porque entenderá muchas cosas desde donde no se debe. Cristo no busca llenar nuestro sentimiento, sino llegar a nuestro corazón, o lo que es lo mismo, que nosotros lleguemos al Suyo.

Avanzar en esta dirección ayuda a rehacer nuestra relación con Dios. Para ir hacia Dios, necesitamos su gracia que significa en ella misma ser grato a los ojos de Dios. La Virgen María es la llena de gracia. Y esta gracia solo nos la puede dar Dios. Cristo no nos pide que nosotros podamos ir hacia Él, ni que tengamos fuerzas, ni siquiera que tengamos ganas. Simplemente nos pide que vayamos a Él sinceramente, desde el corazón, porque el resto lo pone Él.

Tal vez hacemos un esfuerzo un día, o varios, y luego pensamos que más tarde debe ser más fácil porque ya hemos sido generosos durante un tiempo más o menos largo. Este tipo de pensamientos acaban decayendo porque Cristo quiere que vayamos a Él una y otra vez, y que todo lo demás lo dejemos en su corazón. No digo que ir hacia el corazón de Cristo sea fácil, pero Este es un lugar abierto y acogedor siempre que nos ponemos en movimiento hacia Él. El corazón de Cristo solo se cierra cuando desistimos, y únicamente mientras le dejamos abandonado. Que este ir hacia Cristo no sea fácil también nos indica que debemos ir a Él poco a poco, según lo que den nuestras fuerzas. Cristo no tiene prisa porque tiene por delante toda nuestra vida. Solo nos pide que vayamos a Él con la intención de encontrarle personalmente, de buscar su rostro.

2. Eucarístico

El segundo término es Eucarístico. Cuando vamos descubriendo que Cristo tiene un corazón que nos ama, nos preguntamos dónde Le podemos encontrar y la respuesta es en la Eucaristía.

No podemos olvidar que a Dios lo podemos tratar en todas partes, y a Jesús también. Ciertamente, no necesitamos ninguna circunstancia especial ni tampoco un lugar determinado para dirigirnos a Dios, pero Jesús ha querido quedarse con los hombres hasta el fin de los tiempos, y esto lo ha concretado en una presencia material en la Eucaristía.

Jesús está en los sagrarios esperando a que vayamos, no para ver pasar el tiempo. Jesús en la Eucaristía desea que nos encontremos con Él. Cuando alguien entra en una iglesia, Él anhela que le miremos, que le digamos algo. Puede ocurrir que muchas veces pasemos indiferentes como si el sagrario fuese una piedra más del templo, pero esto no deja indiferente a Su corazón. Jesús, el gran amante, se ha quedado materialmente en la tierra para que nosotros palpemos su amor. Verdaderamente nadie puede decir que hoy Dios se ha olvidado de los hombres porque eso solo significa que no ha comprendido lo que es la Eucaristía.

Por otra parte, la Eucaristía es el gran remedio ante todas nuestras necesidades. Si notamos que estamos tristes, o que la vida no nos va bien, o tantas cosas que nos pueden hacer sufrir, nuestra solución es ir al Sagrario. El Sagrario viene a cumplir un gran deseo de Jesús de estar con nosotros, y también viene a resolver todas nuestras necesidades, las físicas, las morales, las personales, las familiares, las profesionales, etc. El Sagrario es el mejor sitio en el que podemos estar porque es donde Dios se nos dona de la manera más plena, según Su querer.

Tal vez podamos notar que ir al Sagrario es costoso, algo que no nos debe sorprender porque hemos ido dejando que entre cada vez más la indiferencia ante esta realidad divina. Por ello, algunas veces podemos acercarnos al Sagrario y sentir ganas de abandonar su presencia, o de estar pensando en cosas que no tienen nada que ver con Él, distrayendo nuestra mente. Al igual que dijimos antes, hemos de saber que Él solo nos pide que vayamos a su presencia y nos dirijamos a Él. El resto dejémoslo en Sus manos. Nosotros solo tenemos que perseverar en esa intención y rectificarla cuando veamos que se tuerce.

El Sagrario no debiéramos reducirlo al lugar donde vamos a rezar. Eso puede estar bien, pero es insuficiente. El Sagrario es el lugar donde vamos a dirigirnos a Dios, a invocarLe para acceder a Su Presencia. Desde el Cristocentrismo, la Eucaristía es el lugar donde podemos descubrir el rostro del Hombre-Dios. En la Eucaristía, Jesús quiere una verdadera relación de intimidad con nosotros, no simplemente que pasemos el rato rezando unas oraciones. Hay que saber que este descubrir el rostro de Jesús, o tener intimidad con Él, requiere ir una y otra vez con el ánimo de encontrarLe.

Cuando nosotros acudimos al Sagrario con el ánimo sincero de estar junto a Él, Jesús va cambiando nuestro corazón, pero eso sí, poco a poco, según Sus tiempos, no según lo que nos parece a nosotros por el esfuerzo que hemos puesto. Ya exigir a Dios algo no es una buena práctica porque es Él Quien verdaderamente sabe lo que necesitamos. Nosotros fácilmente nos dejamos engañar por tantas menudencias porque somos muy ignorantes respecto de las cosas de Dios. Al Sagrario hay que ir con la intención de dar, sin querer recibir nada a cambio, porque si no, enseguida encontramos demasiados motivos para irnos de allí, no siendo el menor el desasosiego que nos invade. Sin embargo, y esto está al alcance de cualquiera, ir al Sagrario con la sola idea de agradarLe nos cambia la vida.

3. Conclusiones

La conclusión de este artículo es sencilla. Solo se pretende animar a que no dejemos a Jesús arrinconado en las iglesias. Basta con ir lo que podamos, mejor si es todos los días, el tiempo que nos sugiera nuestra generosidad y nuestras fuerzas.

No se trata de estar un día muchas horas, sino de estar muchas veces el tiempo que podamos con quien sabemos que nos ama, y que le encanta que estemos a su lado.

Fuente: omnesmag.com


20 junio 2023

El estudio del Espíritu Santo

Juan Luis Lorda

La teología católica ha dependido mucho del reparto de tratados. Un tratado mantiene vivo y orgánico un tema en la enseñanza y en la reflexión común de la Iglesia. En gran parte, la distribución de los actuales tratados teológicos procede del reparto de la Suma Teológica en secciones. Al no existir en la Suma una sección larga y compacta sobre el Espíritu Santo, no se creó ese tratado, lo mismo que no se creó un tratado sobre la Iglesia. Esto ha provocado una cierta deficiencia de pensamiento orgánico sobre el Espíritu Santo.

Muchos temas confluyen en el estudio del Espíritu Santo. Su lugar en la Trinidad, su misión en la historia de la salvación (“que habló por los profetas”: la inspiración bíblica), su relación con la misión de Cristo (Encarnación, Bautismo, Resurrección, Reino), y su doble misión santificadora en la Iglesia (Magisterio, Liturgia, carismas) y en cada cristiano (inhabitación, gracia y dones). 

A eso hay que añadir la conciencia de que el movimiento ecuménico solo puede progresar guiado por el Espíritu Santo; un ahondamiento de la teología oriental en sus raíces patrísticas; y una floración, primero en el universo protestante y después en el católico, de los movimientos pentecostales y carismáticos. En un contexto donde el cristianismo sociológico de los viejos países cristianos parece agotarse, surgen multitud de pequeños grupos muy vivos animados por carismas cristianos. Hay que prestarles atención.

Desde el siglo XIX

La teología protestante siempre se ha fijado en el espíritu profético como justificación de su posición histórica. En contraste, la tradición católica ha destacado más el papel del Espíritu Santo en la asistencia al Magisterio.

También hay una devoción católica por el Espíritu Santo que se extiende y suscita una literatura espiritual, con implicaciones teológicas, especialmente sobre la inhabitación del Espíritu Santo en las almas y sobre los dones del Espíritu Santo. Los dos temas son bien tratados en las obras de Scheeben, Los misterios del cristianismo y Naturaleza y gracia¸ con atención a la patrística. 

En esa perspectiva, se sitúa la notable (y breve) encíclica de León XIII Divinum illud munus (1897): “Cuando nos sentimos cerca ya del fin de nuestra mortal carrera, place consagrar toda nuestra obra, cualquiera que ella haya sido, al Espíritu , queremos hablaros de la admirable presencia y poder del mismo Espíritu; es decir, sobre la acción que Él ejerce en la Iglesia y en las almas”. En esa misma encíclica, el Papa pidió que se introdujera un novenario antes de la fiesta de Pentecostés. 

Hay que decir que en 1886 el dominico M. J. Friaque publicó un largo ensayo sobre Le Saint-Esprit, sagrâce, ses figures, sesdons, sesfruits et ses beatitudes. Y Msr. Gaume un Tratado sobre el Espíritu Santo (1884), en dos gruesos volúmenes, bastante curioso. Y el cardenal Manning (todo un personaje en Inglaterra) dos obritas notables sobre la inhabitación en las almas y la asistencia del Espíritu a la Iglesia. 

En los años treinta del siglo XX, habría mucho que citar y sobre todo notar algunas obras muy eruditas, tanto de teología espiritual como patrística, sobre el papel santificador del Espíritu Santo (Galtier, Gardeil). En esos años también le presta atención la literatura protestante (Barth, Brunner). 

Después, la temática se enriqueció con varias inspiraciones. Principalmente la consideración teológica de la Iglesia como misterio, unida a la renovación de una Teología de la Liturgia; después, el movimiento ecuménico, y, finalmente, el impacto de los movimientos carismáticos. Además, se ha producido una reenfoque del tratado clásico sobre la gracia. Vamos a verlo. Empezaremos por el último punto. 

La doctrina de la gracia

Parecería que la doctrina sobre la gracia (lo mismo que sobre la Iglesia) debería haber sido un lugar privilegiado para hablar del Espíritu Santo, pero lamentablemente no ha sido así. Incluso ha producido cierto ocultamiento o sustitución del Espíritu. Frecuentemente se ha dicho que la gracia nos santifica. Pero no es la gracia quien nos santifica, sino el Espíritu Santo. La gracia no es un sujeto activo (una cosa) sino el efecto en nosotros de la acción del Espíritu. Ha habido tratados enteros de la gracia donde no se menciona al Espíritu Santo. O se hace solo al final, para preguntarse si con la gracia inhabita el Espíritu Santo. 

En realidad, es todo al revés. El tratado debería empezar con la unción del Espíritu santificador y mostrar el efecto que produce en nosotros, que la tradición católica llama gracia santificante (estado de gracia) y gracias actuales. Es mérito de Gerard Philips, aunque no solo de él, haberlo estudiado en sus hermosos libros Inhabitación trinitaria y gracia, y La unión personal con Cristo vivo. Ensayo sobre el origen y sentido de la gracia creada. Sin olvidar que el homenaje académico a Philips se llama: Ecclesia a Spiritu Sancto edocta, con muchos artículos interesantes. 

Pero si se hubiera dividido mejor la Suma, hubiera bastado. Antes que las cuestiones 109 a 114 de la Prima Secundae, donde Santo Tomás trata directamente de la necesidad y naturaleza de la gracia, habla del Espíritu Santo como “Ley nueva” puesta por Dios en los corazones. Hubiera sido un hermoso comienzo del tratado, además de enraizarlo en el gran tema bíblico de la historia de la Alianza. 

La Liturgia y la Eclesiología

El movimiento litúrgico aportó una “Teología de la Liturgia”. Se recuperó la esencia simbólica y mistérica de la liturgia como acción divina en que está interesado todo el cosmos (Gueranguer, Guardini). Y así se superó una enseñanza de la liturgia centrada en la historia y significado de las rúbricas, y de una sacramentaria ocupada solo en la ontología de los sacramentos (materia y forma). También se reforzó la conciencia de que la liturgia, en lo que tiene de misterio, es obra del Espíritu Santo. De ahí la renovada importancia de la epíclesis. 

Pero el lugar donde más se iba a aportar era, evidentemente, la Eclesiología. La renovación de este tratado, en conjunción con la renovación litúrgica, recuperó el enfoque simbólico de la teología de los Padres y el papel del Espíritu Santo. Lo mostraron, en primer lugar, los libros de De Lubac, Catolicismo y Meditación sobre la Iglesia. La recuperación de la imagen de la Iglesia como “Cuerpo de Cristo” (Mersch, MysticiCorporis), también potenció la del Espíritu como “alma de la Iglesia”. Y más tarde, con el Concilio Vaticano II, la triple imagen de Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.

Grandes libros

Pero ha sido, sobre todo, Yves Congar el gran inspirador del tratado. Esto se debe a la riqueza de sus fuentes y a su preocupación de recoger y recensionar todo lo relevante que se publicaba. Sus estudios históricos, sus múltiples artículos y su participación activa en el Concilio Vaticano II le convirtieron en un referente muy principal. De su Eclesiología nacieron muchos temas pneumatológicos que recopiló en los tres libros que formarían El Espíritu Santo (Je crois en l’Esprit Saint) (1979-1980), además de otros ensayos.  

El volumen recoge artículos, esbozos y apuntes. Tiene algo de inacabado, como es frecuente en la obra de este autor, siempre con tantos trabajos en marcha, pero se ha convertido en una fuente imprescindible. El libro tiene cierto sesgo. A lo largo de su vida, Congar, movido muy tempranamente por un espíritu ecuménico, se sentía inclinado a equilibrar un tratamiento de la Iglesia y del Espíritu Santo demasiado centrado en la función del Magisterio. En eso es un tanto recurrente. 

Motivador, interesante y algo peculiar resultó también el ensayo, y después el conjunto de la obra, de Heribert Mühlen sobre Una mística persona (1967), referido a la Iglesia. Es el título en alemán, y está inspirado en una expresión de Santo Tomás de Aquino. En castellano (y en francés) se publicó como El Espíritu Santo en la Iglesia. Mühlen, con cierta inspiración personalista, se fija en la acción unificadora del Espíritu en la Iglesia, reflejo de su papel en la Trinidad como comunión de Personas. También le interesa dar cuenta del movimiento carismático, en el que estaba involucrado. 

Louis Bouyer contribuiría con El Consolador (1980), parte de una trilogía dedicada a las Personas divinas. El ensayo comienza con el acercamiento al conjunto de las religiones, tema muy presente en la teología de Bouyer, especialmente en sus ensayos litúrgicos. También von Balthasar le dedica el tercer volumen de su Theologica. Y me gustaría mencionar a Jean Galot, Espíritu Santo, persona de comunión, entre otros muchos. 

El Magisterio

Es preciso destacar la encíclica de Juan Pablo II Dominum et vivificantem (1986), que trata ampliamente todos los temas relevantes de la pneumatología. Quedó reforzada por la catequesis que el mismo Papa dedicó al Espíritu Santo en la explicación del Credo (1989-1991), y por la preparación del Jubileo del 2000, con un año dedicado al Espíritu Santo (1998). 

Mención aparte merece el Catecismo de la Iglesia Católica. Además de tratar del Espíritu Santo en la tercera parte del Credo (693-746), le dedica amplia atención en la introducción a la celebración del misterio cristiano (1091-1112); y en la parte IV sobre la oración cristiana. Un repaso por los índices ayuda también a ver la múltiple acción santificadora del Espíritu.

La espiritualidad

El interés por la acción del Espíritu Santo siempre ha estado presente en la tradición espiritual. Se ve en algunas obras notables, como el famoso Decenario al Espíritu Santo (1932) de Francisca Javiera del Valle. Además, han surgido algunos movimientos religiosos orientados por la devoción al Espíritu Santo, como los espiritanos que inspiraron las Fraternités du Saint Esprit. Alexis Riaud, autor de varias obras de espiritualidad sobre el Espíritu Santo, fue director de estas fraternidades. Los espiritanos promovieron también unos conocidos “encuentros de Chambery”.

Más tarde en la Iglesia católica se recibió la influencia de los movimientos pentecostales protestantes americanos y, en una segunda oleada, de los movimientos carismáticos. Han suscitado mucha literatura. Destacan los trabajos de Rainiero Cantalamessa, como El Espíritu Santo en la vida de Jesús: el misterio del Bautismo de Cristo (1994), y Ven, espíritu creador: meditaciones sobre el ‘VeniCreator’ (2003).

Escrúpulos exegéticos

Como en todos los campos de la teología, también en éste un mejor estudio de la Escritura aportó muchas cosas. Primero, sobre el uso de la palabra “Espíritu”. 

Pero es muy distinto si el acercamiento es puramente filológico o teológico. Todavía se puede leer en algún diccionario, e incluso en manuales de Pneumatología, que el Antiguo Testamento apenas tiene una doctrina sobre el Espíritu Santo. Sin embargo, si la Escritura Santa se lee con un criterio teológico, es decir sobre la base de la historia de la salvación o historia de la Alianza, la unción con el Espíritu Santo entronca con el argumento central de la Biblia: el Reino de Dios se espera a través del Mesías, ungido con el Espíritu Santo, y con una Nueva Alianza y un nuevo pueblo, ungido con el Espíritu de Dios. Es decir, no solo es “un” tema del Antiguo Testamento, sino que es “el” tema del Antiguo Testamento, y lo que hace que sea “Testamento” o Alianza.

Un escrúpulo exegético ha hecho también que desaparezca de muchos diccionarios teológicos, de moral y de espiritualidad, el tema de los siete “Dones del Espíritu Santo”. Es sabido que hay un error al contar siete. El texto de Is 11,3 (la unción mesiánica), de donde procede, solo menciona seis (sabiduría, inteligencia, consejo, ciencia, fortaleza, piedad o veneración) y que el último (veneración), que aparece repetido, al traducirlo al griego de los LXX se desdobló en piedad y temor de Dios.

Pero es una exégesis espiritual legítima y venerable, que ya está en Orígenes, en el siglo II. Atraviesa toda la teología (santo Tomás, san Buenaventura, Juan de Santo Tomás, entre otros) y llega hasta el Papa Francisco. Y tiene un fundamento teológico muy sólido. Todo cristiano está llamado a participar de la plenitud de la unción mesiánica de Cristo, como se expresa, por ejemplo, en el bautismo. Por eso, recibe dones carismáticos del Espíritu. 

El número 7 expresa la plenitud del Espíritu que Cristo tiene y es un eco de los siete candeleros y siete ángeles del Apocalipsis. Además, el contenido que la tradición espiritual ve en cada don no se ha obtenido del estudio del término en la Biblia, sino de la rica experiencia de la vida de los santos. Ese es su valor y su justificación.

Fuente:  omnesmag.com

19 junio 2023

Dar razón de nuestra esperanza

Juan Luis Selma

Cuando consideramos que algo es importante lo valoramos y procuramos trasmitirlo. Hace poco hablaba con unos padres jóvenes, estaban encantados con su hija y les salía de modo espontáneo los planes que tenían con ella. En concreto, el padre, que es gran deportista, decía que enseguida la iban a llevar a la piscina, para que supiera nadar, cosa fundamental para su seguridad; y también a artes marciales para que pudiera defenderse. Eso sí, cuando fuera mayor, ya decidiría ella si seguía con estos deportes o no.

Por mucho respeto que tengamos a la libertad de los demás, si los queremos, procuramos darles lo mejor, lo que pensamos que más les puede servir. Cuando experimentamos algo verdaderamente bueno: una película, un restaurante, un libro, lo compartirlo. Diría muy poco de una persona que se guardará para sí lo bueno.

La mejor propaganda de algo es la que pueden hacer los que lo prueban: lectores, pacientes, consumidores, etc. El bien, lo bueno, siempre es apetecible. Atrae. Pero, en muchos casos, hay que presentarlo, ofrecerlo, para que se conozca. Nadie desea lo que desconoce. Cuántas veces hemos probado algún plato nuevo que nos ha gustado o hemos disfrutado de la compañía de alguien que pensábamos que era un pesado. La ignorancia y los prejuicios son obstáculos que nos impiden disfrutar de amistades o de cosas buenas.

Vemos en el ambiente a mucha gente desorientada, infeliz, vacía. En el ámbito laboral se piensa que lo único importante es ganar dinero, medrar en la empresa, lograr la aprobación de los jefes; tener una buena posición para poder gastar. Así piensa que será feliz. Pero este ritmo de vida es un espejismo, no hay tiempo para disfrutar de la familia, para respirar. Se intenta compensar este vacío con largos viajes, con diversiones espectaculares. Pero en lo diario estamos vacíos, sin paz.

Se cree que el amor es sexo, que la felicidad está en relación directa con las con las convulsiones logradas, que lo que llena es mi disfrute. Esto nos encierra en el egoísmo, en la autocomplacencia, olvidando que la sexualidad es fuente de disfrute complaciendo a la persona amada, que además es fuente de vida.

Son tendencia las relaciones efímeras, el “amor” temporal, pasajero. Se considera el compromiso como obstáculo, en vez de verlo como seguro de felicidad. Esto lleva a no luchar por el amor, a no cuidarlo ni defenderlo. Actitud que lleva a la soledad del que no sabe amar.

Leemos en el Evangelio: “En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. Ahora también lo vemos. Basta fijarse en quien está sentado enfrente en el autobús o cercanías. Caras taciturnas, somnolientas, malhumoradas. Colas en la consulta del psicólogo o psiquiatra. Gente deprimida. Familias rotas. Niños que se suicidan. Jóvenes marchitos, apagados, con miedo a la vida. Ancianos solos.

Sigue el Evangelio: “Entonces dice a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia”. Hoy también son muy necesarios los apóstoles. Todo aquel que ha encontrado la felicidad en Cristo, que se ha topado con “el Camino, la Verdad y la Vida”, está llamado a compartirlo.

Hacen falta apóstoles, profetas no de desgracias sino de venturas. El discípulo de Cristo del siglo XXI está obligado a dar esperanza, alegría, paz. No puede ser un “maestrillo” que repite la lección bien aprendida, sino alguien que se sabe afortunado, querido, privilegiado. Alguien al que le ha tocado “el gordo” de la lotería y está feliz, radiante. Uno que ha experimentado en carne propia la misericordia, el perdón, la luz. Quien puede decir que es feliz a pesar de sus limitaciones, defectos y contrariedades. Un testigo de lo bonita que puede ser la vida con Dios, desde Dios.

Los padres que quieren que sus hijos se sientan seguros, que quieren transmitirles ganas de vivir, sentido a sus vidas, si son creyentes, han de transmitirles la fe, el sentido cristiano de la vida. Y, para que su enseñanza sea eficaz, lo han de hacer con su vida, no solamente con su palabra o llevándolos a colegios católicos o a catequesis. Ellos son los mejores maestros si procuran vivir lo que creen.

“Cuando se ve esta coherencia de vida con aquello que decimos, siempre surge la curiosidad: pero, ¿por qué este vive así? ¿Por qué lleva una vida de servicio a los demás?. Y esa curiosidad es la semilla que recoge el Espíritu Santo y la lleva adelante. Y la transmisión de la fe nos hace justos, nos justifica. La fe nos justifica y en su transmisión damos justicia verdadera a los demás” dice el Papa.

Fuente: eldiadecordoba.es

18 junio 2023

El Señor, está ahí, contigo.

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Deseo expresar mi gratitud a cuantos, en los días de mi ingreso en el Policlínico Gemelli, me han manifestado afecto, preocupación y amistad, y me han asegurado el apoyo de la oración. Esta cercanía humana y espiritual ha sido para mí de gran ayuda y consuelo. ¡Gracias a todos, gracias a vosotros, gracias de corazón!

Hoy, en el Evangelio, Jesús llama por nombre – llama por nombre -  y envía a los doce Apóstoles. Al enviarles, les pide que anuncien una sola cosa: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 10,7). Es el mismo anuncio con el que Jesús inició su predicación: el reino de Dios, es decir su señorío de amor, se ha hecho cercano, viene en medio de nosotros. Y esta no es una noticia entre las otras, sino la realidad fundamental de la vida: la cercanía de Dios, la cercanía de Jesús.

De hecho, si el Dios de los cielos está cerca, nosotros no estamos solos en la tierra y en las dificultades tampoco perdemos la fe. Esto es lo primero que hay que decir a la gente: Dios no es distante, sino que es Padre. Dios no es distante, es Padre, te conoce y te ama; quiere tomarte de la mano, también cuando vas por senderos empinados y difíciles, también cuando caes y te cuesta levantarte y retomar el camino; Él, el Señor, está ahí, contigo. Es más, a menudo en los momentos en los que eres más débil puedes sentir más fuerte su presencia. ¡Él conoce el camino, Él está contigo, Él es tu Padre! ¡Él es mi Padre! ¡Él es nuestro Padre!

Nos quedamos en esta imagen, porque anunciar a Dios cercano es invitar a imaginarse como un niño, que camina de la mano del padre: todo le parece diferente. El mundo, grande y misterioso, se vuelve familiar y seguro, porque el niño sabe que está protegido. No tiene miedo y aprende a abrirse: encuentra otras personas, encuentra nuevos amigos, aprende con alegría cosas que no sabía y después vuelve a casa y cuenta a todos lo que ha visto, mientras crece en él el deseo de hacerse mayor y hacer las cosas que ha visto hacer al padre. Es por esto que Jesús parte de aquí, porque la cercanía de Dios es el primer anuncio: estando cerca de Dios vencemos el miedo, nos abrimos al amor, crecemos en el bien y sentimos la necesidad y la alegría de anunciar.

Si queremos ser buenos apóstoles, debemos ser como los niños: sentarnos “en las rodillas de Dios” y desde ahí mirar el mundo con confianza y amor, para testimoniar que Dios es Padre, que Él solo transforma nuestros corazones y nos da esa alegría y esa paz que nosotros mismos no podemos alcanzar.

Anunciar que Dios está cerca. ¿Pero cómo hacerlo? En el Evangelio Jesús aconseja no decir muchas palabras, sino realizar muchos gestos de amor y de esperanza en el nombre del Señor; no decir muchas palabras, sino realizar gestos: «Curad enfermos – dice - resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis: dadlo gratis» (Mt 10,8). Este es el corazón del anuncio: el testimonio gratuito, el servicio. Os digo una cosa: a mí  me dejan siempre perplejos los “parlanchines”, con su mucho hablar y no hacer nada.

Llegados a este punto, hagámonos algunas preguntas: nosotros, que creemos en el Dios cercano, ¿confiamos en Él? ¿Sabemos mirar adelante con confianza, como un niño que sabe que es llevado en brazos del padre? ¿Sabemos sentarnos en las rodillas del Padre con la oración, con la escucha de la Palabra, acercándonos a los Sacramentos? Y, finalmente, cerca de Él, ¿sabemos infundir valentía a los otros, hacernos cercanos a quien sufre y está solo, a quién está lejos y también a quien nos es hostil? Esta es la concreción de la fe, esto es lo que cuenta.

Y ahora rezamos a María, que nos ayude a sentirnos amados y a transmitirnos cercanía y confianza.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

el próximo martes, 20 de junio, se celebra el Día Mundial del Refugiado, promovido por las Naciones Unidas: con gran tristeza y mucho dolor pienso en las víctimas del gravísimo naufragio que tuvo lugar los días pasados cerca de la costa de Grecia. Y parece que el mar estaba calmado. Renuevo mi oración por los que han perdido la vida e imploro que siempre se haga todo lo posible para prevenir tragedias similares.

Y rezo también por los jóvenes estudiantes, víctimas del brutal ataque contra una escuela en el oeste de Uganda. Esta lucha, esta guerra por todos lados… ¡rezamos por la paz!

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos procedentes de Italia y de muchos otros países, en particular a los fieles de Florida y de Múnich. Saludo a las Escuelas “San Juan Pablo II” de Opole (Polonia) y “San Felipe Neri” de Londres.

Saludo además a los grupos de Zogno, Guardiagrele y Poggiomarino, como también la Escuela “Rosario Scardigno” de Molfetta. Y saludo también a las hermanas de María Niña que están viendo el Ángelus.

Perseveremos en la oración por la población de la martirizada Ucrania - ¡no la olvidemos! – que sufre tanto.

Os deseo a todos un feliz domingo y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!.

Fuente: vatican.va


17 junio 2023

La mies es abundante

 

11.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 9, 36 - 10,8)

Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.

Entonces les dijo a sus discípulos:

—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.

Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:

—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.


Comentario

El Evangelio de hoy comienza con la compasión de Jesús. Al ver a aquellos hombres, quiere lo mejor para ellos y, al comprobar que van sin rumbo, les ofrece lo mejor que tiene: Dios mismo. Esa compasión le mueve a actuar en favor de las personas que tiene delante.

Jesús toma la iniciativa y elige a los apóstoles para llevar a Dios al mundo entero. Pide orar para que Dios envíe obreros a su mies. Con esta enseñanza de Jesús, nos queda claro que el protagonista de la salvación es Él, no nosotros; que los medios más importantes para llevar a los corazones la fe no son los medios humanos, sino los sobrenaturales. Lo primero no es poner en marcha actividades apostólicas, hablar, escribir, moverse de un lado a otro del mundo. Lo primero es orar. San Josemaría, siguiendo esta enseñanza de Jesús, escribía “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción”. El apostolado solo será eficaz si se fundamenta en la oración, en la unión de amor con Dios. ¿Y quiénes son esos obreros que tanta falta hacen? Todos los cristianos: laicos, sacerdotes, religiosos... Todos estamos llamados por Dios a llevar al mundo entero la buena noticia de la salvación.

Jesús hace partícipes a los doce de su misión. Cuando los escoge les llama “apóstoles” que significa enviados, pues los envía a realizar lo que él mismo hizo desde el inicio de su vida pública: curar enfermos, resucitar muertos, sanar leprosos, expulsar demonios. Eran tareas que sobrepasaban con mucho las posibilidades humanas de aquellos doce hombres, la mayoría de ellos pescadores, sin una especial preparación.

¿y cuál es el contenido del mensaje que Jesús da a los discípulos? El Reino de Dios. Dios cree tanto en la instauración del Reino de los cielos y en la redención de los corazones humanos, que “se atreve”, por decirlo así, a contar con los apóstoles para llevarla a cabo. Al igual que los apóstoles, tu y yo también estamos involucrados en esta misión. Dios espera nuestra libre respuesta y cooperación para que el Reino sea una realidad.

Jesús también cuenta con nosotros, hoy, ahora, sin esperar a un momento más propicio, en el que nos sintamos más preparados y mejor dispuestos, cosa que nunca sucederá, porque nunca seremos dignos embajadores de su mensaje de salvación. Hemos de decir que sí, ya, ahora, cuando Él pasa y nos lo pide: y sobre nuestra generosidad, ya sabe Dios formar a un apóstol, eficaz y fiel.

Fuente: opusdei.org


Inmaculado Corazón de María

Teresa Vallés



La devoción al Inmaculado Corazón de María, junto con la del Sagrado Corazón de Jesús, fue promovida por San Juan Eudes en el siglo 17.

El Papa Pío VII y Pío IX sugirieron su celebración como Purísimo Corazón de María.
En 1944, el Papa Pío extendió esta devoción a toda la Iglesia fijando la celebración del Inmaculado Corazón de María el 22 de agosto, ocho días después de la Asunción.

Con la renovación litúrgica, se le restó importancia a esta fiesta para dársela a las principales fiestas marianas y, se cambió la fecha para un día después de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

San Juan Eudes, decía que el Corazón de María es la fuente y el principio de todas las grandezas y excelencias que la adornan y que la hacen estar por encima de todas las creaturas; por ser hija predilecta de Dios Padre, madre muy amada de Jesús y esposa fiel del Espíritu Santo.
Y que ese santísimo Corazón de María es fuente de todas las virtudes que practicó.

También San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, profesó un inmenso amor a esta advocación.
Quiso que sus misioneros, salieran por todo el mundo extendiendo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Fue un profeta de Fátima, porque en Fátima la Virgen personalmente nos manifestó que Dios quería salvar al mundo, por medio de su Inmaculado Corazón.

La fiesta del Inmaculado Corazón de María sigue a la del Sagrado Corazón de Jesús. El corazón expresa y es símbolo de la intimidad de la persona. La primera vez que se menciona en el Evangelio el Corazón de María es para expresar toda la riqueza de esa vida interior de la Virgen: “María conservaba estas cosas en su corazón”

El corazón de María conservaba como un tesoro el anuncio del Ángel sobre su Maternidad divina; guardó para siempre todas las cosas que tuvieron lugar en la noche de Belén, o la adoración de los pastores ante el pesebre, y la presencia, un poco más tarde, de los Magos con sus dones,... y la profecía del anciano Simeón, y las preocupaciones del viaje a Egipto.

Más tarde, el corazón de María sufrió por la pérdida de Jesús en Jerusalén a los doce años de edad, según lo relata San Lucas en el evangelio de hoy.
Pero María conservaba todas estas cosas en el corazón....
Jamás olvidaría los acontecimientos que rodearon a la muerte de su Hijo en la Cruz, ni las palabras que le oyó decir: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Y al mirar a Juan ella nos vio a todos nosotros. Vio a todos los hombres. Desde aquel momento nos amó con su Corazón de madre, con el mismo Corazón que amó a Jesús.

Pero María ejerció su maternidad desde antes que se consumase la redención en el Calvario, pues Ella es madre nuestra desde que prestó su colaboración a la salvación de los hombres en la Anunciación.

En el relato de las bodas de Cana, San Juan nos revela un rasgo verdaderamente maternal del Corazón de María: su atenta disposición a las necesidades de los demás. Un corazón maternal es siempre un corazón atento, vigilante.

La devoción al Corazón de María no es una devoción más. Nos lleva a aprender a tratar a nuestra Madre con más confianza, con la sencillez de los niños pequeños que acuden a sus madres en todo momento: no sólo se dirigen a ellas cuando están en gravísimas necesidades, sino también en los pequeños apuros que le salen al paso. Las madres les ayudan a resolver los problemas más insignificantes. Y ellas – las madres – lo han aprendido de nuestra Madre del Cielo.

Hoy queremos encontrarnos con María, con nuestra madre. Si recurrimos confiados a ella, ella nos va a decir qué debemos hacer y sentiremos su amor por nosotros. Ese mismo amor que Jesús tiene por cada uno de nosotros. y ella nos dirá que nos quiere, que nos quiere con toda su alma.

Pidamos a Dios que preparó en el Corazón de María, una morada digna al Espíritu Santo, que haga que nosotros, por intercesión de la Santísima Virgen lleguemos a ser templos dignos de su gloria.

Consagración al Sagrado Corazón de María

Oh Corazón Inmaculado de María, por tu perfecta comunión de amor con el Corazón de Jesús, eres la escuela viviente de total consagración y dedicación a Su Corazón.

En tu Corazón, Oh Madre, queremos vivir para aprender a amar, sin divisiones, al Corazón de Jesús; a obedecerle con diligencia y exactitud; servirle con generosidad y a cooperar activa y responsablemente en los designios de Su Corazón.

Deseamos consagrarnos totalmente a tu Corazón Inmaculado y Doloroso que es el camino perfecto y seguro de llegar al Corazón de Jesús. Tu Corazón, es también refugio seguro de gracia y santidad, donde nos vamos liberando y sanando de todas nuestras oscuridades y miserias.

Deseamos pertenecer a tu Corazón, Oh Virgen Santísima, sin reservas y en total disponibilidad de amor a la voluntad de Dios, que se nos manifestará a través de tu mediación maternal.

En virtud de esta consagración, Oh Inmaculado Corazón, te pedimos que nos guardes y protejas de todo peligro espiritual y físico. Qué nuestros corazones ardan con el fuego del Espíritu como arde tu Corazón.

Qué unidos a ti, que eres la portadora por excelencia de Cristo para el mundo, y ungidos por el poder del Espíritu Santo, seamos instrumentos para dar a un mundo tan árido y frío, el amor, la alegría y la paz del Corazón de Jesús.

Fuente: Catholic.net

16 junio 2023

Define mujer

Carolina Porras

Quien no sepa ver que en la sexualización como moneda de cambio hay una interpretación objetal de la mujer, es que está ciego.

Esta frase me la podrían haber dicho a mí como a otras tropecientas mujeres que alguna vez hayan trabajado en algún departamento de ventas: “Hola guapa, grábate bien a fuego que si quieres firmar contratos jugosos debes bajarte el escote y acortarte la falda”. Claro está; ante tan sensatas recomendaciones laborales la mujer cree que tiene dos opciones: tragar y pasar por el aro para que el dinero empiece a fluir, o rechazar la propuesta y ser la persona más desafortunada del mundo. Sin embargo, la única y verdadera opción es recoger tu dignidad y marcharte a otra parte. Y mientras tanto, no ceder ante tamaño despropósito porque cuánta razón tenías, Señor, no saben lo que hacen. Pero a la vista del paso del tiempo una ya se desespera porque, a ver si aprenden de una vez.

Respiraríamos aliviados si consiguiéramos salir del asombro y dejáramos de observar con terror en manos de quién estamos. No contentos con ver la insatisfacción reflejada en el carro de la compra de la Secretaria de Estado de Igualdad, tenemos que aguantar críticas y reflexiones que son realmente un peligro social: «Es escandaloso ese 75% de niñas y jóvenes en nuestro país que dicen: ‘prefiero la penetración antes que la auto-estimulación’” espetaba Rodríguez Pam durante un charla. Lo que es escandaloso es que se hable de niñas, ¡niñas!, y su deseo sexual. ¿Hasta dónde va a llegar esta locura? Porque si ya tuvimos las tripas revueltas con la ida por dos veces de Montero sobre las relaciones sexuales consentidas de “todes les niñes” con quienes quisieran, ahora llega que las niñas prefieren no sé qué de relaciones sexuales. La adicción al sexo por parte de nuestros gobernantes es absolutamente preocupante. Y más aún que sigamos permitiendo que aleccionen a los niños en estos temas, sexualizando la etapa más bonita, inocente y fundamental de la vida humana.

Lanzaba RTVE por el 8-M una herramienta para conocer el grado de machismo que había durante tu adolescencia. He de reconocer que me parece muy útil y buena para todas esas personas que no encontraron en su familia un tope a la toxicidad que ha supuesto la revolución sexual. Porque quien no sepa ver que en la sexualización como moneda de cambio hay una interpretación objetal de la mujer, es que está ciego. Por eso, es un error seguir insistiendo en hablar tanto de sexo, que lo poco huele, y lo mucho apesta.

Ahora veamos qué otro feminismo nos gobierna. A cuál peor. Estaba en casa, con los suyos y muy a gusto. Le habían llovido los “guapo” y los “te quiero” desde la puerta hasta el atril. Le habían comido a besos, aplausos y halagos. Más hinchado que un globo nuevo. Y así, de pronto, va y anuncia que el Consejo de Ministros aprobará de forma inminente una ley de paridad que obligue a las empresas a contar con como mínimo un 40 por ciento de mujeres en puestos de decisión. Lo anuncia en acto electoral, pero que no te líen. Es una orden europea. Ese ente supranacional que mueve los hilos y pretende acabar con nuestra identidad. Con la forma de pensar que revolucionó el mundo. Con esos pilares que fundamenta toda civilización, y con el pensamiento basado en el análisis de la naturaleza, de la vida y del sentido común aplicado a la búsqueda del bien.

Por tanto, esta parida de la ley de paridad no es iniciativa propia sino imposición de Bruselas. Porque, ¿cómo sino el único gran presidente de España que será recordado por lo siglos de los siglos tendría en su gabinete tan solo una mujer y ocho hombres? Aunque claro, igual con esa otra ley en la que si mañana Pepe se siente Pepa, ya lo tenemos todo resuelto.

Contestaba al tuit de amado líder con el anuncio de dicha ley, que no dichosa, una usuaria con tanto tino como sentido común: Define mujer.

La mujer es fuerza y sensibilidad, hogar e independencia, tormenta y calma, locura y sensatez. La mujer es un torbellino capaz de albergar y formar vida, y no necesariamente en su vientre.

Pero ya no hay definición que valga. Porque quieren que seamos nosotras las que nos autodestruyamos como los mensajes cifrados de los espías de las películas de acción. La clave está en devolver a la mujer el lugar que le pertenece. Pero ese lugar no va de cuotas, ni de anuncios, ni de pancartas o pechos al aire. La mujer es fuerza y sensibilidad, hogar e independencia, tormenta y calma, locura y sensatez. La mujer es un torbellino capaz de albergar y formar vida, y no necesariamente en su vientre. Pero siempre y cuando cuente con la ayuda del otro. La mujer es con el hombre como el hombre es con la mujer. Sin remordimientos, culpas ni reproches. Y sin porcentajes que calcular, que como decía el hijo de un buen amigo: “Matemáticas, estoy harto de tener que solucionar tus problemas”.

Fuente: womanessentia.com

15 junio 2023

Lágrimas en el Monte del Gozo

José Antonio García-Prieto Segura

Parece que el secularismo se ha hecho dueño de las políticas y nada importa, solo lo que ellas se proponen

Hace muy pocos días el Monte del Gozo ha vuelto a ser noticia en diversas publicaciones y redes sociales. Medio mundo sabe dónde está y qué significa ese Monte, porque desde hace siglos, millones de peregrinos llegados a Santiago de Compostela, han podido contemplar desde la altura del Monte y llenos de gozo, las torres de la Catedral donde podrían rezar ante la tumba del apóstol Santiago, meta de su largo caminar.

Allí, el 19 de agosto de 1989 un peregrino excepcional, el Papa Juan Pablo II, en víspera de la Jornada Mundial de la Juventud, se dirigía a los cientos de miles de jóvenes -peregrinos como él- llegados desde los cinco continentes. En recuerdo de aquella visita las instituciones ciudadanas decidieron erigir un monumento conmemorativo. En la persona del Papa santo, sintetizaban la figura de los incontables peregrinos que desde mediados del siglo IX hicieron el Camino. Este monumento ha sido la manzana de la discordia y el motivo por el que el Monte del Gozo ha saltado de nuevo a los medios informativos.

El paso del tiempo fue deteriorando los materiales del simbólico monumento y la Xunta de Galicia, informó en enero de 2020 sobre su intención de intervenir. Fuentes de la administración autonómica dijeron que “la estructura interna era irrecuperable”, y habría que “reordenar el espacio y mejorar el mirador”.

En marzo de 2021 se iniciaron los trabajos y pocos meses después el monumento había desaparecido, incluyendo la cruz que lo coronaba, con una concha de vieira en el centro y dos figuras de peregrinos bajo sus brazos. En el suelo solo yacían las cuatro grandes planchas metálicas, representativas de la peregrinación de Juan Pablo II.

El deseo de restaurar un monumento simbólico no debería ser, en principio, motivo de discordia sino más bien de aplauso y agradecimiento. ¿Entonces…? En este caso, las numerosas voces de discordia suscitadas, no lo han sido lógicamente por el hecho de restaurarlo, sino por intuir que tras esa propuesta latía el intento de hacerlo desaparecer por completo, pretextando la “reordenación del espacio” y la creación de “un espacio simbólico”, según dijeron las autoridades, pero sin especificar más el contenido de esas expresiones.

Por esto, la Asociación Española de Abogados Cristianos en agosto pasado pidió a la Xunta que se repusiera el monumento y mencionó la posibilidad de iniciar un procedimiento contencioso. Transcurridos tres meses para que la administración diera una respuesta, la mencionada Asociación ha hecho efectiva su avanzada posibilidad del contencioso y esto es lo que ha vuelto a dar actualidad al Monte del Gozo.                                            

Los usuarios de las redes han manifestado numerosas opiniones al respecto. He leído las suficientes como para comprobar que las hay de todos los gustos y colores. Entre las más serenas y abiertas me ha parecido que una intuía bien el meollo del tema; la formulaba una mujer, Ana María, y decía así: “Vivo en Argentina, pero me siento absolutamente identificada con el pesar que esto significa. Por aquí sucede lo mismo con los símbolos cristianos y nuestras raíces y costumbres. Parece que el secularismo se ha hecho dueño de las políticas y nada importa, solo lo que ellas se proponen.”

En su escueta formulación, pienso que esta mujer ponía el dedo en la llaga, apuntando al principio de la “libertad religiosa”: un derecho que, por parte de la autoridad civil, debe dejar amplios espacios de expresión a los sentimientos y opciones de toda persona, sean cuales fueren sus creencias, siempre que estas respeten los diferentes modos de pensar de otros, la dignidad de la persona, el bien común y el orden social.

No se trata, en consecuencia, de suprimir sin más ni más esas mediaciones monumentales, artísticas, o del tipo que fueren, siguiendo la actual moda de la “cancelación” de símbolos, efigies, sucesos históricos, etc. El hecho de que no gusten o se piense de modo contrario a lo que esas realidades suponen o representan para otros, no es razón para hacerlas desaparecer.

La libertad religiosa pide respetarlas y, en su caso, argumentar serena y razonadamente por qué no se comparte ese modo de pensar y, eventualmente recurrir a otros símbolos y manifestaciones externas conformes al propio juicio. Pero siempre, sin enfrentamientos destructivos del modo de pensar o expresarse del oponente, por el hecho de no ver la realidad como él la ve y expone según su personal consideración.

En un artículo reciente me he referido a un caso similar, de una propuesta nacida en Bruselas para suprimir la palabra “Navidad” en las felicitaciones de las pasadas fiestas. En esta ocasión hasta el papa Francisco se pronunció abiertamente contrario, razonando con claridad su rechazo y divergencia.

Es cierto que palabras, monumentos, efigies…, son símbolos y por eso mismo debemos ir más allá: hasta las realidades que representan o rememoran. Estas últimas son las que tocan el corazón de la persona y, según el trato dado a las mediaciones simbólicas, los sentimientos más íntimos de quienes las proponen y defienden serán respetados o, por el contrario, quedarán heridos.

Volviendo al peregrino Juan Pablo II, borrar el recuerdo de su presencia en el Monte del Gozo -si se consumara la desaparición del monumento-, no sería suficiente para justificar el título de este artículo, porque quizá no se llegaría a las lágrimas. Pero sí supondría muy dolorosa infamia para multitud de creyentes y también para muchas personas de buena voluntad que, sin ser cristianos, valoran el testimonio de hombre íntegro y universal del Papa polaco.

Más aún: considero que no sólo sería motivo de propio pesar, sino que muchos también lo sentirían -me incluyo entre ellos- por aquellas personas que, quizá sin valorar bien las realidades que están en juego, hubieran contribuido con su granito de arena, por su propuesta o voto decisivo, a la desaparición de esa memoria, minando así una manifestación más del derecho a la libertad religiosa. A la postre, sería un obstáculo más para la serena convivencia social, en un ambiente de armonía y respeto, que siempre debe primar a pesar de las humanas y lógicas divergencias.  

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com