20 octubre 2023

Israel. Etnia y religión, un tema complejo. ( I y II )

 A través de dos completos artículos, Gerardo Ferrara, escritor, historiador y experto en historia, política y cultura de Oriente Próximo, acerca la realidad, complicada, de la diversidad religiosa en Israel y Palestina. Esta primera parte se centra en Israel.

Este primer artículo se centra en la diversidad religiosa en lo que hoy conocemos como Israel.

En esta tierra, de mayoría judía, la presencia religiosa cristiana está representada en diversas confesiones y junto a ellos, comunidades musulmanes.

Antes de la creación del Estado

A finales del siglo XIX y principios del XX, la inmensa mayoría (algo menos del 80%) de la población de la región palestina era musulmana. Sin embargo, los cristianos eran una minoría considerable (alrededor del 16%) y estaban presentes sobre todo en Belén, Jerusalén y Nazaret, donde constituían más de la mitad (si no la mayoría, como en Belén y Nazaret) de los habitantes.

Antes del comienzo de la emigración masiva desde Europa, con el advenimiento del sionismo (hemos hablado de ello en otros artículos) los judíos eran en cambio sólo el 4,8% de los ciudadanos, concentrados en Jerusalén, Tiberíades, Safed, y había una presencia drusa aún menor.

Hasta el final de la Primera Guerra Mundial, la región de Palestina era una provincia del Imperio Otomano, un Estado fundado sobre una base religiosa y no étnica: el Sultán era también “príncipe de los creyentes”, por tanto califa de los musulmanes de cualquier etnia (árabes, turcos, kurdos, etc.), que eran considerados ciudadanos de primera clase, mientras que los cristianos de las distintas confesiones (ortodoxos griegos, armenios, católicos y otros) y los judíos estaban sujetos a un régimen especial, el del millet que preveía que toda comunidad religiosa no musulmana fuera reconocida como “nación” dentro del imperio, pero con un estatus de inferioridad jurídica (según el principio islámico del dhimma). Cristianos y judíos, por tanto, no participaban en el gobierno de la ciudad, pagaban exención del servicio militar mediante un impuesto de capitación (jizya) y otro sobre la tierra (kharaj), y el jefe de cada comunidad era su líder religioso. Los obispos y patriarcas, por ejemplo, eran por tanto funcionarios civiles sometidos inmediatamente al sultán.

La creación del Estado (1948): Israel como democracia étnica

El sociólogo israelí Sammy Smooha, en un artículo titulado “El modelo de democracia étnica: Israel como Estado judío y democrático” (en Nations and Nationalism, 2002) denomina a Israel “democracia étnica”.

Se trata de un concepto que hace referencia a una forma democrática de gobierno, en la que un grupo étnico-religioso (los judíos son, de hecho, un grupo étnico-religioso) predomina sobre los demás, aunque todos los ciudadanos disfrutan de plenos derechos civiles y políticos, independientemente de su afiliación étnica y religiosa, y pueden participar en la vida política y en el proceso legislativo.

En esto, una democracia étnica se diferencia de una etnocracia o una “democracia Herrenvolk”, en la que, en cambio, sólo un grupo étnico goza de plenos derechos políticos (por ejemplo, Sudáfrica bajo el régimen del apartheid, razón por la cual no es correcto hablar de apartheid en la sociedad israelí, ya que la separación entre grupos étnicos no viene impuesta por la ley, sino que suele ser una elección de cada grupo étnico y religioso).

Sammy Smooha identifica ocho pasos necesarios para la formación de una democracia étnica:

1. La identificación de los valores fundacionales del Estado con los del grupo étnico predominante.

2. La identificación del grupo étnico con la ciudadanía por parte del Estado.

3. El Estado está controlado por el grupo étnico predominante.

4. El Estado es una de las principales fuerzas movilizadoras del grupo étnico.

5. Existe dificultad, o imposibilidad, para que aquellos que no forman parte del grupo étnico predominante obtengan y disfruten de plenos derechos civiles.

6. El Estado permite a los grupos étnicos minoritarios formar organizaciones parlamentarias y extraparlamentarias que llegan a ser muy activas.

7. El Estado percibe a estos grupos como amenazas.

8. El Estado impone formas de control a estos grupos.

En la misma obra, Smooha también identifica diez condiciones que pueden conducir a la fundación de una democracia étnica:

– El grupo étnico predominante constituye una sólida mayoría numérica.

– El grupo étnico predominante es el grupo étnico numéricamente más numeroso, aunque no mayoritario.

– El grupo étnico predominante tiene fuertes vínculos con la democracia (por ejemplo, es el grupo que la fundó).

– El grupo étnico predominante es un grupo indígena.

– Las minorías étnicas son alóctonas.

– Los grupos étnicos minoritarios están fragmentados en muchos grupos.

– El grupo étnico predominante ha sufrido un fenómeno de diáspora.

– Existe algún tipo de implicación por parte de los países de origen de los grupos étnicos.

– Existe interés internacional por el asunto.

– Hubo una transición de un régimen no democrático.

Presencia de las religiones en Israel

Estas condiciones se dan casi en su totalidad en el Estado de Israel, donde los judíos, el grupo étnico dominante, constituyen el 73,6% de la población (aunque el 65% de los judíos se describen a sí mismos como no religiosos y el 8% como ateos, lo que lo convierte en el octavo país menos religioso del mundo).

Los árabes israelíes (descendientes de palestinos que en 1948 decidieron quedarse en su tierra y vivir en el recién fundado Estado judío) son el 21,1% y el 5,3% pertenece a otros grupos étnicos.

Los árabes que viven en Jerusalén Este y los Altos del Golán, a diferencia de los que viven en el resto del país, son residentes permanentes (no tienen la ciudadanía israelí, pero pueden solicitarla). Aunque de iure está plenamente integrada en el tejido democrático del Estado, la minoría árabe sufre diversas penurias sociales y económicas.

El estatuto personal de los ciudadanos sigue rigiéndose por el sistema de millet otomano, según el cual la jurisdicción sobre ciertas disciplinas, especialmente el matrimonio y el divorcio, corresponde a la confesión religiosa respectiva (todo israelí debe declarar a qué confesión/etnia pertenece y, hasta 2005, esta información figuraba en el documento de identidad). En Israel, por ejemplo, no hay matrimonios civiles y el Estado reconoce los matrimonios oficiados por autoridades religiosas reconocidas (judías, musulmanas, cristianas y drusas).

Los judíos israelíes no son un bloque monolítico; al contrario, existe una gran diversidad dentro de la comunidad. Los musulmanes, por su parte, representan alrededor del 19% de la población y son casi todos suníes.

Además de los drusos (grupo etnorreligioso cuya doctrina es una derivación del islam chií y está fuertemente integrado en la sociedad israelí, hasta el punto de que sus ciudadanos realizan el servicio militar, del que están excluidos los musulmanes y cristianos que no lo solicitan), el 2,1% de los israelíes (161.000 personas) son cristianos.

Cristianos en Israel

Los cristianos de Israel son en su mayoría greco-católicos (melquitas) y greco-ortodoxos, pero también hay una minoría considerable de cristianos de rito romano (unas 20.000 personas). En menor número están los maronitas, siriacos, coptos y armenios.

Aunque hay unos 127.000 árabes cristianos (presentes sobre todo en Nazaret, Haifa, varios pueblos y ciudades de Galilea y Jerusalén), también hay una minoría de 25.000 cristianos eslavos (también ortodoxos) y varios miles de judíos mesiánicos (judíos que se han convertido al cristianismo pero siguen profesándose judíos), pertenecientes sobre todo a la realidad pentecostal, pero de los que hay también un pequeño número de conversos a la Iglesia católica, para los que, además de los numerosos inmigrantes católicos en el país, el Patriarcado latino de Jerusalén ha creado el Vicariato de Santiago para los católicos de lengua hebrea y el de los emigrantes y solicitantes de asilo.

La Iglesia católica romana en Israel, en particular, está administrada por el Patriarcado latino de Jerusalén, que también tiene jurisdicción en la Autoridad Nacional Palestina, Jordania y Chipre, y que tiene bajo su custodia, además de la basílica del Santo Sepulcro (compartida con los armenios, coptos, sirios y griegos ortodoxos), la concatedral del Santísimo Nombre de Jesús, en Jerusalén, las basílicas de la Dormición de María, Santa Ana y San Esteban en Jerusalén, la basílica de Stella Maris en el Monte Carmelo en Haifa, la basílica de Emaús en el Monte Carmelo en Haifa, y la basílica del Santo Sepulcro en el Monte Carmelo en Jerusalén. Anna y San Esteban en Jerusalén, la basílica Stella Maris en el Monte Carmelo en Haifa, y la basílica de Emaús.

Tradicionalmente, y mucho antes de la restauración del Patriarcado Latino en Tierra Santa (1847), la presencia católica ha estado salvaguardada por la Custodia Franciscana de Tierra Santa, que ha supervisado y administrado la mayoría de los lugares santos cristianos católicos de Tierra Santa desde 1217.

Algunos datos sobre el cristianismo en Israel

Según los datos que arroja el Pew Research Center la población en Israel se reparte de la siguiente manera:

1. La mayoría de los israelíes cristianos son étnicamente árabes.

2. Desde un punto de vista político, los israelíes cristianos comparten con los musulmanes la opinión de que Israel no puede ser una verdadera democracia y un Estado judío al mismo tiempo, y están en contra de los asentamientos judíos en Cisjordania y de la excesiva cercanía de Israel a Estados Unidos.

3. Los cristianos israelíes tienden a ser menos observantes que los musulmanes pero, en términos porcentuales, lo son más que los judíos.

4. Los israelíes cristianos tienden a vivir separados, y con pocas relaciones, con árabes de otras religiones y con judíos (desaprueban los matrimonios mixtos).

5. Como factor de identidad, ciertas prácticas son muy comunes entre los israelíes de confesión cristiana, como el bautismo, la presencia de imágenes u objetos sagrados en el hogar o para vestir, el ayuno de Cuaresma, etc.

Los cristianos en Israel y la educación

Los cristianos de Israel, según el diario Maariv y datos de la Oficina Central de Estadística israelí, constituyen “los que más éxito tienen en el sistema educativo del país”.

Si se tienen en cuenta, de hecho, los datos registrados a lo largo de los años, los árabes cristianos son los que mejores resultados han obtenido, en el ámbito de la educación, en comparación con cualquier otro grupo de Israel, y no sólo porque sean los creadores y gestores de excelentes escuelas primarias y secundarias, universidades y centros especiales de tratamiento y acompañamiento de menores desfavorecidos y en condiciones problemáticas (famoso es el de Nazaret).

En materia de educación, de hecho, el número de estudiantes árabes que han obtenido el título de bachillerato en los últimos años es del 64%, frente al 48% de los musulmanes, el 55% de los drusos y el 59% de los judíos.

Si luego nos fijamos en los títulos universitarios, el 56% de los árabes cristianos obtienen un título, frente al 50% de los estudiantes judíos, el 36% de los drusos y el 34% de los musulmanes.

En general, los cristianos están bien considerados por los judíos y constituyen una especie de pegamento nacional, aunque cada vez se encuentran más apretujados entre dos grupos más amplios (judíos y musulmanes), en franca decadencia y víctimas, en los últimos años, de numerosos actos de vandalismo y discriminación por parte de franjas del judaísmo ultraortodoxo, galvanizadas por figuras discutibles, a nivel político, como Itamar Ben Gvir, del partido Otzmah Yehudit, a menudo acusado, por sus posiciones extremistas y kahanistas, de incitar al odio contra los árabes.

En el actual contexto de dramática inestabilidad, pues, los cristianos árabes, concentrados sobre todo en el norte del país, corren mayores riesgos si se considera el frente septentrional (Líbano y Hezbolá: hay que decir que los misiles procedentes del sur del Líbano alcanzan no pocas veces pueblos con población árabe-musulmana y árabe-cristiana, cobrándose víctimas en el seno de estos grupos religiosos).

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Este segundo artículo explica la configuración religiosa en Palestina.

Palestina (Estado de Palestina o Autoridad Nacional Palestina, ANP) es un Estado con reconocimiento limitado, en gran parte bajo ocupación israelí. Sus territorios reclamados son Cisjordania y la parte oriental de Jerusalén (incluida la Ciudad Vieja), ambos conquistados por Jordania en 1948, con la fundación de Israel, y la Franja de Gaza, ocupada por Egipto. Durante la Guerra de los Seis Días (1967), Israel tomó entonces todas estas zonas, a cuya soberanía renunciaron posteriormente tanto Jordania como Egipto en favor de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina).

La población de toda Palestina asciende a más de 5 millones de habitantes, de los cuales unos 3 millones viven en Cisjordania y el resto en la Franja de Gaza (donde la mayoría de la población está formada por refugiados de toda la Palestina histórica).

El jefe de Estado es de iure el presidente Mahmud Abbas, conocido como Abu Mazen, pero las fuertes y sangrientas divisiones entre el movimiento paramilitar Al Fatah, que preside junto con la OLP (exponente del nacionalismo árabe de base laica) y Hamás, en el poder en Gaza tras las elecciones de 2007, dos años después de la retirada israelí de la Franja, han provocado una división de facto no sólo geográfica, sino también política, económica y social entre los dos territorios palestinos.

Las zonas donde el control palestino es efectivo en Cisjordania se denominan A (control de seguridad por los palestinos) y B (control civil) y abarcan la mayor parte de la zona occidental, aunque están atravesadas e interrumpidas en su continuidad territorial por asentamientos judíos, por carreteras bajo control total israelí. Un muro de separación divide Cisjordania de Israel, mientras que este último tiene el control total en la zona C, al este, hacia el Mar Muerto y la frontera jordana. La zona A constituye el 18% de la región, la B el 22% y la C el 60%. Más del 99% de la zona C está vedada a los palestinos. Unos 330.000 israelíes viven en esta zona en asentamientos considerados ilegales por la ONU y la mayoría de los países extranjeros. 

La ciudad de Jerusalén está totalmente controlada por Israel, aunque en la parte oriental de la ciudad, el 60% de la población es palestina (residentes permanentes y no ciudadanos de Israel). 

En cambio, toda la Franja de Gaza está bajo el control de Hamás.

A este estatus se llegó tras los Acuerdos de Oslo de 1993 entre el Primer Ministro israelí, Isaac Rabin, y el líder de la OLP, Yaser Arafat, con la mediación de los Estados Unidos de Bill Clinton.

Estos acuerdos estipulaban, por parte palestina, el “rechazo de toda violencia y terrorismo” y el reconocimiento del Estado de Israel dentro de las fronteras de 1967, mientras que, por parte israelí, el reconocimiento de la OLP como “representante del pueblo palestino”.

Los Acuerdos de Oslo preveían un periodo transitorio de cinco años para la transferencia de determinadas competencias y responsabilidades de Israel a la ANP, que culminó en nuevas negociaciones finales interrumpidas por el estallido de la segunda Intifada en 2000.

De 2003 a 2005, el gobierno israelí inició y completó una retirada unilateral de Gaza que suscitó considerables tensiones en Israel (dado el desmantelamiento de varios asentamientos y el traslado de colonos allí) pero también en el seno de la ANP, debido al conflicto que estalló entre Al Fatah y Hamás (movimiento fundamentalista islámico que no acepta los Acuerdos de Oslo y pretende la destrucción de Israel y el establecimiento de un Estado islámico regido por la sharia en toda Tierra Santa). Como resultado de este conflicto, desde 2007 Hamás controla la Franja de Gaza (donde obtuvo la mayoría de los votos en las elecciones legislativas de 2006) y Al Fatah Cisjordania.

La Franja de Gaza, por su parte, aunque controlada internamente por Hamás, está sometida desde 2006 a un bloqueo naval (aunque se permite la pesca), terrestre y aéreo parcial. El tránsito de mercancías por tierra está regulado en los pasos fronterizos (tanto del lado israelí como del egipcio) y es Israel quien suministra agua y electricidad (y puede interrumpir el suministro).

Etnia y religión en Palestina

La gran mayoría de la población de Palestina (93%) es musulmana suní. Aunque existe una fuerte minoría cristiana (6% de la población), la libertad de culto, especialmente en Gaza bajo el gobierno de Hamás, es limitada.

Los cristianos forman parte del Patriarcado Latino de Jerusalén (los católicos), al Patriarcado Ortodoxo Griego de Jerusalén (la mayoría), al Patriarcado Armenio de Jerusalén y a varias otras Iglesias orientales católicas (como la maronita) y ortodoxas, o a Iglesias protestantes.

Además de los drusos, también presentes en Palestina, existe cerca de Naplusa (antigua Sichem) una comunidad de samaritanos (secta judía ya famosa en los Evangelios por ser odiada por la comunidad judeo-rabínica más amplia) que tiene su centro de culto en el monte Garizim, a las afueras de la ciudad.

Cristianos en Gaza

En el mundo, los cristianos de origen palestino superan el millón, pero en la Franja de Gaza sólo son 3.000 (antes de 2006 eran al menos el doble), es decir, el 0,7% de la población. Alrededor del 90% pertenecen a la Iglesia greco-ortodoxa, con minorías católicas (sólo hay una parroquia católica en la Franja, la Iglesia de la Sagrada Familia, en el barrio de al-Zaytoun de la ciudad de Gaza) y bautistas.

Con el ascenso de Hamás, la situación se ha vuelto crítica para los cristianos locales, tanto porque la pequeña comunidad no está protegida de los ataques de los musulmanes fundamentalistas como por la escalada, especialmente desde 2008, del conflicto con Israel y el cierre de la Franja por el Estado judío, que ha aumentado la influencia de los movimientos fundamentalistas en los jóvenes ciudadanos de Gaza.

No obstante, todas las Iglesias cristianas están en primera línea para ayudar a la población, mayoritariamente musulmana, en las dificultades cotidianas causadas por el bloqueo israelí, que se traducen en pobreza generalizada y malnutrición infantil, daños causados por los bombardeos y una asistencia sanitaria ineficaz.

El número de cristianos en la Franja disminuye constantemente, en primer lugar por el bloqueo israelí que impide la importación y exportación de la mayoría de los bienes (salvo a través de los túneles construidos y controlados por Hamás que pasan bajo la frontera con Egipto y se utilizan para el contrabando de mercancías y armas, como desgraciadamente hemos podido comprobar últimamente), sino también por la dificultad de profesar libremente la propia fe.

En Cisjordania

En Cisjordania, el 8% de la población es cristiana. Esta cifra incluye Jerusalén Este, que, sin embargo, fue anexionada unilateralmente por Israel con una ley aprobada por la Knesset en 1980.

La vida de los cristianos en Cisjordania es sin duda mucho más sencilla que en Gaza: aquí les es posible tener sus propios lugares de culto, a menudo claramente visibles y parte del paisaje palestino, y celebrar libremente sus fiestas religiosas.

Hay barrios y ciudades enteras con un alto porcentaje de población cristiana (por ejemplo, Belén, donde el alcalde es también cristiano), pueblos de mayoría cristiana (Beit-Sahour, cerca de Belén) o incluso totalmente cristianos: es el caso de Taybeh, un pueblo de 1.000 habitantes. Es el caso de Taybeh, un pueblecito de 1.500 habitantes no lejos de Jerusalén y Ramala (es la antigua Efraín mencionada en los Evangelios, donde se dice que Jesús pasó unos días antes de ir a Jerusalén para la última Pascua), famoso por la producción de la cerveza palestina más vendida, llamada Taybeh.

Los cristianos palestinos están muy bien integrados en el tejido social local. La mayoría de ellos, de hecho, se consideran primero palestinos o árabes, y sólo después cristianos.

Aunque se producen actos de discriminación o violencia, son bastante aislados y, en cualquier caso, estigmatizados por los políticos y gran parte de la población musulmana.

Los cristianos ya no desempeñan un papel destacado en los movimientos de resistencia palestinos (lo habían hecho en el pasado, sin embargo, como se mencionó en artículos anteriores sobre el auge del nacionalismo árabe), pero siguen teniendo un gran poder económico y ejercen una considerable influencia social y política. También en Palestina, como en Israel, el papel de los cristianos es predominante en la educación y la investigación, con más de 70 escuelas cristianas, en su mayoría católicas, a las que asisten sobre todo estudiantes musulmanes. Los cristianos también tienen un nivel de educación superior a la media nacional en Palestina, así como una tasa de empleo muy superior.

Cristianos en Tierra Santa: una presencia en peligro

Últimamente, la profunda brecha entre la presencia cristiana en Cisjordania y la de Gaza se ha ampliado considerablemente, aunque ciertamente no se puede decir que los cristianos de Cisjordania no sean una minoría en peligro.

De hecho, en las últimas décadas se ha producido una emigración masiva de cristianos de los territorios palestinos, y no sólo por la vulnerabilidad de la comunidad ante la creciente hostilidad de algunas franjas musulmanas fundamentalistas. 

De hecho, el conflicto palestino-israelí y el muro de separación entre Israel y Cisjordania han agravado una crisis económica que la pandemia y la consiguiente ausencia de peregrinos, fuente de sustento para un porcentaje considerable de la población cristiana palestina, han empeorado aún más. Muchos cristianos sufren también falta de libertad y seguridad, en parte debido a la corrupción de las instituciones palestinas y a la inestabilidad política.

La mayoría opta por emigrar a Jordania, los Estados del Golfo, Estados Unidos, Canadá y algunos países europeos.

También hay que decir que la tasa de emigración entre los cristianos es superior a la de la población islámica, ya que los cristianos pertenecen generalmente a la clase media urbana, que también tiene más posibilidades de emigrar debido a su mayor nivel de educación y conocimientos lingüísticos. Las organizaciones cristianas internacionales también ofrecen ayuda para abandonar Palestina.

Todo ello, unido a la tasa de natalidad significativamente inferior de los cristianos en comparación con sus conciudadanos musulmanes, hace que la presencia cristiana en Tierra Santa (tanto en la ANP como en Israel) corra peligro en el presente y, sobre todo, en el futuro. De hecho, los datos demográficos muestran que la población cristiana ya estaba disminuyendo durante el periodo del Mandato Británico, pero con el conflicto palestino-israelí esta tendencia se ha intensificado aún más.

En los últimos años, la escalada del conflicto y, sobre todo, el hecho de que las autoridades políticas de ambos bandos se hayan centrado en la narrativa del conflicto desde un punto de vista religioso, ha empeorado la situación, convirtiendo a los cristianos en víctimas del resentimiento, la discriminación y el vandalismo, tanto por motivos judíos como islámicos, y agravando de hecho una situación que ya era difícil de afrontar.

Para que mejore la situación de los cristianos, pero también la de todos los pueblos de toda Tierra Santa, hay que poner fin cuanto antes al fundamentalismo religioso judío y musulmán, perjudicial para todas las partes implicadas.

Fuente: omnesmag.com

19 octubre 2023

Elogio de la amabilidad

Alfonso Crespo

Vale la pena dedicar unos momentos de reflexión para entender el verdadero significado de esta actitud, que se convierte en virtud para el creyente, ya que la amabilidad es una forma de expresar la caridad

Es un privilegio tener amigos que te recomienden la lectura de un libro. Si además te regalan un ejemplar, su lectura es una muestra de gratitud. Así sucedió con «El poder oculto de la amabilidad», de L. Lovasik. La amistad que se expresa en intercambio de libros, da calidad al diálogo y llena de sabiduría los silencios.

El título me hizo reflexionar sobre esta palabra, amabilidad,  que parece en desuso en la escritura y ausente en las actitudes que envuelven las relaciones. Cuando no hemos conseguido algo que pretendíamos, pero nos hemos sentido acogidos y escuchados, solemos decir: ¡ha sido muy amable! Y espontáneamente, surge un ¡gracias! sonriente.  Vale la pena dedicar unos momentos de reflexión para entender el verdadero significado de esta actitud, que se convierte en virtud para el creyente, ya que la amabilidad es una forma de expresar la caridad.

¿Cómo adquirir una actitud amable? ¿Cómo cultivar esta virtud?  La amabilidad es una actitud, una virtud que brota del amor y la caridad, el primer mandamiento para el cristiano: «amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo». Quien ama, termina pareciéndose a la persona amada. Si amamos a Dios y nos dejamos amar por Él, nos terminamos pareciendo… Dios nos ha demostrado su amor desbordante entregándonos a su Hijo Jesucristo, hombre como nosotros. Y nosotros, le devolvemos amor siguiendo su mensaje y asimilando su forma de ser. Y una de las notas del ser de Jesucristo es la amabilidad: el intento de parecernos a él es ya una fuente de dulzura y de amabilidad. Mirar a Jesús invita a erradicar de nuestra vida la aspereza, el rencor y el sarcasmo, barreras que impiden mostrar la amabilidad, que llena de fragancia el resto de las virtudes. Dar a alguien algo mío, un simple consejo, si se hace envuelto en amabilidad hace que la persona que lo recibe lo goce doblemente: por el regalo en sí y por la envoltura que lo enriquece.

La amabilidad puede abrir corazones que parecen enroscados y obstinado en su cerrazón.  Cuando alguien recibe un gesto de amabilidad, sin merecerlo, suele ablandar el corazón y le estimula a abrirse de nuevo a las relaciones creativas: con Dios y con el prójimo. Abren más puertas la amabilidad y la sonrisa que la fuerza de una patada o un insulto… Siendo amable, alientas los esfuerzos del otro en su búsqueda del bien. La amabilidad combate el desaliento de los más débiles. Hasta un «no», dicho con amabilidad, crea relación.

La amabilidad es contagiosa.  Las acciones amables no acaban en sí mismas: unas llevan a otras. Un gesto amable predispone a quien lo recibe a la escucha del mensaje de quien se lo ha ofrecido: el gesto amable de Jesús, hablando con la samaritana en el brocal del pozo, predispuso a aquella mujer sedienta del goce material a reconocer en Jesús al Mesías, que le ofrece otra agua que calma la sed de eternidad; el gesto amable de Jesús invitándose a la casa del avaro Zaqueo, predispuso al avaro pecador a la conversión y a dar la mitad de sus bienes a los pobres… La amabilidad del creyente se convierte en signo misionero y evangelizador; la aspereza y la distancia crea un caparazón impermeable al Evangelio. La amabilidad purifica y ennoblece cuanto toca, porque detiene el torrente de la ira, elimina el resquemor del fracaso y enciende la ambición positiva de la superación.

La amabilidad es cortés.  La cortesía es una expresión educada de respeto hacia el otro: no se queda en lo secreto del corazón, sino que se manifiesta externamente, tratando a los demás con deferencia y respeto porque están hechos, como yo, a imagen y semejanza de Dios. En la cortesía van implícitos los buenos modales, la paciencia, la solicitud, el espíritu de servicio… la amabilidad. El desprecio hace daño: una palabra ácida, un insulto o una burla duelen tanto como una bofetada. La cortesía es una finura de corazón que nada tiene que ver con la debilidad, sino que expresa la fortaleza de un carácter controlado y propenso a la generosidad y el bien del otro.

La amabilidad se expresa en círculos concéntricos de los más cercanos a los más alejados.  A veces, somos más educados y atentos con las personas que no viven bajo el mismo techo o con las que no esperamos volver a coincidir que con la misma familia, los amigos más cercanos o los miembros de nuestra comunidad. Si no eres amable con los de casa, tu amabilidad con los de fuera puede ser simple afectación hipócrita. La amabilidad con los cercanos, expresada en pequeños detalles, es un perfume que ambienta la propia casa, que elude la rutina y evita la mala educación. La cortesía familiar la resumía el papa Francisco en tres palabras «amables», imprescindibles para la convivencia y que deben ser frecuentes en nuestro vocabulario: «por favor, gracias, perdón».

La amabilidad enriquece nuestra conversación:  decir el nombre del otro, crea cercanía; dejarle hablar y escucharle, genera confianza; confundir u olvidar su nombre, muestra poco aprecio; hablar solo yo, bloquea al otro y lo recluye en la indiferencia. Para una persona, su nombre es el sonido más importante del idioma; sentirse escuchado, estimula su autoestima y demuestra nuestro interés por él. Un diálogo «amable» es un regalo, y, tener con quien establecerlo, un tesoro.

La amabilidad se muestra en pequeños detalles:  ser puntual es decirle al otro, sin palabras: tú eres importante para mí; mantener una cita, sin cambios de última hora sin causa justificada, es expresarle al otro mi aprecio. El mensaje evangélico: «donde está tu tesoro allí está tu corazón», se puede traducir hoy: «donde está tu tiempo, allí está tu corazón», porque, hoy, el tiempo es oro. Adelantarte a saludar al otro con una sonrisa, predispone a un buen encuentro.

La amabilidad alimenta la alegría y general el buen humor.  La alegría que brota del corazón sereno suele ir acompañada de un buen humor discreto, que no exige el chiste fácil, sino que genera sintonía y confianza. El buen humor nos lleva, incluso, a descubrir y aceptar las incoherencias de la propia vida y a concentrar nuestro esfuerzo no en el lamento inútil del fracaso sino en el deseo de superación. El buen humor y la sonrisa amable es una fuente de felicidad gratuita para los demás; una sonrisa cuesta poco y hace mucho: es descanso para el fatigado, luz para el abatido, un rayo de sol para el triste y el mejor remedio contra las preocupaciones.

¿Por qué no trabajar especialmente este curso la virtud de la amabilidad? Hacer un entorno más amable acrecienta las ganas de vivir. Y todos las necesitamos. Es una tarea ardua, a la vez que sencilla. Está al alcance de todos. Hazte miembro de la fraternidad de la amabilidad. Apuntarse a esta Cofradía.

Fuente: womanessentia.com

La pasión por la evangelización: el celo apostólico del creyente

El Papa ayer en la Audiencia General


 Catequesis 23. San Carlos de Foucauld, corazón palpitante de caridad en la vida oculta.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Proseguimos nuestro encuentro con algunos cristianos testigos, ricos de celo en el anuncio del Evangelio. El celo apostólico, el celo por el anuncio: nosotros estamos repasando algunos cristianos que han sido ejemplo de este celo apostólico. Hoy quisiera hablaros de un hombre que ha hecho de Jesús y de los hermanos más pobres la pasión de su vida. Me refiero a san Carlos de Foucauld el cual, «desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos» (Cart. enc. Fratelli tutti, 286).

¿Y cuál ha sido el “secreto” de Carlos de Foucauld, de su vida? Él, después de haber vivido una juventud alejada de Dios, sin creer en nada si no en la búsqueda desordenada del placer, lo confía a un amigo no creyente, al que, después de haberse convertido acogiendo la gracia del perdón de Dios en la Confesión, revela la razón de su vivir. Escribe: «He perdido mi corazón por Jesús de Nazaret»[1]. El hermano Carlos nos recuerda así que el primer paso para evangelizar es tener a Jesús dentro del corazón, es “perder la cabeza” por Él. Si esto no sucede, difícilmente logramos mostrarlo con la vida. Más bien corremos el riesgo de hablar de nosotros mismos, de nuestro grupo de pertenencia, de una moral o, peor todavía, de un conjunto de reglas, pero no de Jesús, de su amor, de su misericordia. Esto yo lo veo en algún movimiento nuevo que está surgiendo: hablan de su visión de la humanidad, hablan de su espiritualidad y ellos se sienten un camino nuevo… ¿Pero por qué no habláis de Jesús? Hablan de muchas cosas, de organización, de caminos espirituales, pero no saben hablar de Jesús. Creo que hoy sería bonito que cada uno de nosotros se pregunte: Yo, ¿tengo a Jesús en el centro del corazón? ¿He perdido un poco la cabeza por Jesús?

Carlos sí, hasta el punto que pasa de la atracción por Jesús a la imitación de Jesús. Aconsejado por su confesor, va a Tierra Santa para visitar los lugares en los que el Señor ha vivido y para caminar donde el Maestro ha caminado. En particular es en Nazaret que comprende que tiene que formarse en la escuela de Cristo. Vive una relación intensa con el Señor, pasa largas horas leyendo los Evangelios y se siente su hermano pequeño. Y conociendo a Jesús, nace en él el deseo de darlo a conocer. Siempre sucede así: cuando cada uno de nosotros conoce más a Jesús, nace el deseo de darlo a conocer, de compartir este tesoro. Al comentar el pasaje de la visita de la Virgen a santa Isabel, le hace decir: «Me he donado al mundo… llevadme al mundo». Sí, pero ¿cómo? Como María en el misterio de la Visitación: «en silencio, con el ejemplo, con la vida»[2]. Con la vida, porque «toda nuestra existencia – escribe el hermano Carlos – debe gritar el Evangelio»[3]. Y muchas veces nuestra existencia grita mundanidad, grita muchas cosas estúpidas, cosas extrañas y él dice: “No, toda nuestra existencia debe gritar el Evangelio”.

Entonces decide establecerse en regiones lejanas para gritar el Evangelio en el silencio, viviendo en el espíritu de Nazaret, en pobreza y en lo escondido. Va al desierto del Sahara, entre los no cristianos, y allí llega como amigo y hermano, llevando la mansedumbre de Jesús- Eucaristía. Carlos deja que sea Jesús quien actúe silenciosamente, convencido de que la “vida eucarística” evangeliza. De hecho, cree que es Cristo el primer evangelizador. Así está en oración a los pies de Jesús, delante del tabernáculo, durante unas diez horas al día, seguro de que la fuerza evangelizadora está ahí y sintiendo que es Jesús quien le lleva cerca de tantos hermanos alejados. Y nosotros, me pregunto, ¿creemos en la fuerza de la Eucaristía? Nuestro ir hacia los otros, nuestro servicio, ¿encuentra ahí, en la adoración, su inicio y su cumplimiento?

Estoy convencido de que nosotros hemos perdido el sentido de la adoración; debemos retomarlo, empezando por nosotros los consagrados, los obispos, los sacerdotes, las monjas y todos los consagrados. “Perder” tiempo delante del tabernáculo, retomar el sentido de la adoración.

Carlos de Foucauld escribe: «Todo cristiano es apóstol»[4]; y recuerda a un amigo que «cerca de los sacerdotes hacen falta laicos que vean lo que el sacerdote no ve, que evangelizan con una cercanía de caridad, con una bondad para todos, con un afecto siempre preparado para donarse»[5]. Los laicos santos, no los que trepan. Y esos laicos, ese laico, esa laica que están enamorados de Jesús hacen entender al sacerdote que él no es un funcionario, que él es un mediador, un sacerdote. Nosotros sacerdotes necesitamos mucho tener a nuestro lado a estos laicos que creen de verdad y con su testimonio nos enseñan el camino. Carlos de Foucauld con esta experiencia anticipa los tiempos del Concilio Vaticano II, intuye la importancia de los laicos y comprende que el anuncio del Evangelio pertenece a todo el pueblo de Dios. Pero ¿cómo podemos aumentar esta participación? Como hizo Carlos de Foucauld: poniéndonos de rodillas y acogiendo la acción del Espíritu, que siempre suscita formas nuevas para involucrar, encontrar, escuchar y dialogar, siempre en la colaboración y en la confianza, siempre en comunión con la Iglesia y con los pastores.

San Carlos de Foucauld, figura que es profecía para nuestro tiempo, ha testimoniado la belleza de comunicar el Evangelio a través del apostolado de la mansedumbre: él, que se sentía “hermano universal” y acogía a todos, nos muestra la fuerza evangelizadora de la mansedumbre, de la ternura. No olvidemos que el estilo de Dios está en tres palabras: cercanía, compasión y ternura. Dios está siempre cerca, siempre es compasivo, siempre es tierno. Y el testimonio cristiano debe ir por este camino: de cercanía, de compasión, de ternura. Y él era así, manso y tierno. Deseaba que quien lo encontrara viera, a través de su bondad, la bondad de Jesús. Decía que era, de hecho, «servidor de uno que es mucho más bueno que yo»[6]. Vivir la bondad de Jesús lo llevaba a estrechar vínculos fraternos y de amistad con los pobres, con los Tuareg, con los más alejados de su mentalidad. Poco a poco estos vínculos generaban fraternidad, inclusión, valorización de la cultura del otro. La bondad es sencilla y pide ser personas sencillas, que no tengan miedo de donar una sonrisa. Y con la sonrisa, con su sencillez, hermano Carlos testimoniaba el Evangelio. Nunca proselitismo, nunca: testimonio. La evangelización no se hace por proselitismo, sino por testimonio, por atracción.

Preguntémonos entonces finalmente si llevamos en nosotros y a los otros la alegría cristiana, la mansedumbre cristiana, la ternura cristiana, la compasión cristiana, la cercanía cristiana. Gracias.

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[1] Lettres à un ami de lycée. Correspondance avec Gabriel Tourdes (1874-1915), Paris 2010, 161.

[2] Crier l’Evangile, Montrouge 2004, 49.

[3] M/314 in C. de Foucauld, La bonté de Dieu. Méditations sur les Saints Evangiles (1), Montrouge 2002, 285.

[4] Carta a Joseph Hours, in Correspondances lyonnaises (1904-1916), Paris 2005, 92.

[5] Ivi, 90.

[6] Carnets de Tamanrasset (1905-1916), Paris 1986, 188.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. El próximo domingo celebraremos la Jornada Mundial de las Misiones. Pidamos al Señor que nos ayude a anunciar la Buena Nueva con alegría, con sencillez de corazón, al estilo de san Carlos de Foucauld. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa, Reina de las misiones, los cuide. Muchas gracias.

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LLAMAMIENTO

También hoy el pensamiento va a Israel y Palestina. Las víctimas aumentan y la situación en Gaza es desesperada. ¡Se haga, por favor, todo lo posible para evitar una catástrofe humanitaria!

Preocupa la posible prolongación del conflicto, mientras en el mundo ya hay muchos frentes de guerra abiertos. ¡Callen las armas! ¡Se escuche el grito de paz de los pueblos, de la gente, de los niños! Hermanos y hermanas, la guerra no resuelve ningún problema, solo siembra muerte y destrucción, aumenta el odio y multiplica la venganza. La guerra cancela el futuro. Exhorto a los creyentes a tomar en este conflicto una sola parte: la de la paz; pero no de palabra, con la oración, con la dedicación total.

Pensando en esto, he decidido convocar, el viernes 27 de octubre, una jornada de ayuno y oración, de penitencia, a la cual invito a unirse, de la forma que consideren oportuno, a las hermanas y los hermanos de las varias confesiones cristianas, los pertenecientes a otras religiones y a cuantos tienen en el corazón la causa de la paz en el mundo. Esa tarde a las 18.00 en San Pedro viviremos, en espíritu de penitencia, una hora de oración para implorar sobre nuestros días la paz, la paz en este mundo. Pido a todas las Iglesias particulares que participen, preparando iniciativas similares que involucren al Pueblo de Dios.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis sobre el celo apostólico compartimos el testimonio de san Carlos de Foucauld. Carlos vivió una juventud alejada de Dios, hasta que conoció a Jesús de Nazaret. Experimentando una conversión, pasó de ser atraído por Jesús al deseo de imitarlo, sintiéndose su “hermano pequeño”. Aconsejado por su confesor fue a Tierra Santa y, recorriendo los Santos Lugares, descubrió la llamada a vivir en el espíritu de Nazaret, pobre y oculto, manso y humilde de corazón.

Carlos dedicaba mucho tiempo a meditar el Evangelio, pero esto no lo hacía encerrarse en sí mismo, al contrario, lo impulsaba a anunciarlo a los demás. Para él, la vida eucarística era el punto de partida para la misión, por eso rezaba durante horas ante el sagrario, y encontraba la fuerza evangelizadora para ir al encuentro de las personas que no conocían a Jesús. Como “hermano universal” acogía a todos, estrechando lazos de amistad y reflejando la bondad de Jesús con gestos sencillos, gestos que transmitían paz y alegría a cuantos se encontraban con él.

Fuente: vatican.va

18 octubre 2023

‘SoundofFreedom’ | Los hijos de Dios no están en venta

Gloria Isabel Quintana

Tibieza, miedo y complejos no caben en el mensaje acusador de una propuesta cinematográfica que ve la luz ante la oscuridad que se cierne sobre una sociedad en profunda crisis de valores

Nuestro tiempo y nuestro mundo andan escasos de héroes, de protectores que, comprometidos con el prójimo, no tengan reparo en desenvainar la espada para la defensa de nobles causas por las que clama una humanidad errante y confundida por la acción del Mal y sus variopintos disfraces.

Sin embargo, aún hay esperanza y no hemos de tener miedo a implorarla para hacer buen uso de ella cuando vienen mal dadas. Hoy, con la tan cercana celebración de la onomástica de San Miguel, hemos de buscar referentes cuyos actos y comportamientos sean capaces de afrontar esa sobredosis de perversión que nos asola y de la que, acomplejados y con temores, somos incapaces de combatir con garantías de éxito. El miedo sabe sacar provecho de sociedades en decadencia y, ahí, es imparable cuando encuentra tanta debilidad y tan escasa oposición del individuo.

Y, en esa incesante búsqueda de iconos ante los que hay que quitarse el sombrero, ha aparecido un tal Tim Ballard, protagonista de la película SoundofFreedom («Sonido de libertad») cuya irrupción en las taquillas americanas hace unos meses no ha hecho más que hacer tambalear los pilares de aquellos que tienen como religión las directrices ordenadas por los nuevos amos del mundo, esos que, a velocidad vertiginosa, desprecian el sentido democrático y la opinión de otros porque su exclusivo pensamiento único es tan obtuso y cerrado que no permite introducir llaves como las de los valores tradicionales del pensamiento occidental. A día de hoy, lamentablemente, son escasos los valientes que, en infinidad de frentes, aparecen en una minoritaria vanguardia que reclama a gritos su inestimable y urgente ayuda.

Así, en este choque frontal de trenes –con la Iglesia hemos topado–, la cinta de Alejandro G. Monteverde se ha atrevido a «rescatar» a Jim Caviezel y, contra viento y marea, erigirle en ese arcángel ejecutor de la salvaguarda infantil, de esos pequeños hijos de Dios que no están en venta excepto para los que, con la infamia e indignidad como estandarte, pretenden aprovecharse de su inocencia para, primero, lucrarse del vil negocio de la trata de menores y, segundo, alimentar los cada vez más elevados números de casos de niños desaparecidos ante la impotencia de sus padres y la pasiva acción de gobiernos anclados en el bienestar y poder de deshonrosas poltronas.

SoundofFreedom es prueba fehaciente de que hay hombres y mujeres sujetos a la puesta en práctica de valores y virtudes que, para los nuevos «reyes del mambo» –de ese cotarro mundial meneado por planes y agendas– no tienen razón de ser. Tal vez, alguna faceta de su vida no es ajena a la denuncia de la película, cuyo estreno en España está anunciado para el próximo 11 de octubre.

Y si Tim, un antiguo agente de la CIA, muestra su humilde bravura como san Timoteo, el alumno de Pablo de Tarso, hizo respecto a los requerimientos de obispos y diáconos –no estaría de más que alguno los recordase–; Katherine, su esposa, cumple no sólo con el papel de madre de familia numerosa, sino con el de instigadora de la peligrosa decisión de su marido a sabiendas del riesgo que conlleva el rescate de Rocío Aguilar, la menor raptada junto a su hermano Miguel y, en consecuencia, arrancada del núcleo familiar hondureño en el que vivía por la sibilina serpiente de los amigos de la pederastia.

Es cuestión de fe, de no abandonar, de no rendirse, de caerse y levantarse para, con mayores bríos y fuerza, seguir en la lucha, como se han dignado a hacer los gestores de una película que ya ha recaudado 200 millones de dólares en un par de meses a pesar del ínfimo presupuesto de 15 millones y de las trabas de mundos tan separados como el de la política y otros no tan alejados como el de medios, evidentemente vociferantes con el dinero de los amos, que han claudicado ante la fuerza y propósito del largometraje: crear una conciencia social sobre un problema que algunos no quieren ver o, por sus dudosas inclinaciones o turbios intereses, no quieren dejar de ver.

Al final, tibieza, miedo y complejos no caben en el mensaje acusador de una propuesta cinematográfica que, tras haber estado a buen recaudo en los archivos de algún estudio, ve la luz ante la oscuridad que se cierne sobre una sociedad en profunda crisis de valores.

Fuente: cinemanet.info


Iglesia sinodal y primeros cristianos

 José Antonio García-Prieto Segura


Ya los primeros cristianos “hicieron sínodo” sobre todo por el diario “caminar juntos” en la común fe recibida, porque esto significa como es sabido el término “sínodo”; así fueron “Iglesia sinodal”

La Iglesia lleva caminando veintiún siglos y el actual Sínodo de Roma solo es un momento más de su multisecular peregrinación. Una “Iglesia en salida” ha sido expresión favorita del papa Francisco, apenas elegido sucesor de Pedro. Con esa referencia ha recordado que la Iglesia debe seguir siendo lo que ya fue desde el primer instante, con el “pistoletazo” de salida en Pentecostés, y las lenguas de fuego sobre la primitiva comunidad cristiana: varones y mujeres, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, en torno a María, Madre de Dios y de la Iglesia, para lanzarse ya al mundo entero. Allí comenzó la Iglesia “en salida” y, mal que bien, lo ha continuado siendo a lo largo de los siglos; de lo contrario hoy no habría un Sínodo romano, ni yo estaría escribiendo estas líneas.

El Sínodo llega ahora al ecuador de su camino y, entre tantos posibles comentarios, solo deseo recordar cómo todos los cristianos somos copartícipes de su andadura, porque tambiénlo somos de un más amplio y permanente camino sinodal de la Iglesia, que no se reduce a un sínodo concreto y, de suyo, pasajero. Ya los primeros cristianos “hicieron sínodo” sobre todo por el diario “caminar juntos” en la común fe recibida, porque esto significa como es sabido el término “sínodo”; así fueron “Iglesia sinodal”, y no tanto por el hecho de reunirse a debatir cuestiones como sucede estos días en Roma. También esto es necesario, y ha servido para ahondar en muchos aspectos de las verdades de fe y vivir mejor lo esencial del cristianismo: amar a Cristo y darlo a conocer con la propia vida. Esta será siempre la referencia clave de la misión de la Iglesia.De ahí que ahora estemos, o no, en las aulas del Sínodo romano, debemos ser copartícipes, porque antes, ahora y después, hemos sido y seguiremos siendo peregrinos del incesante caminar de la Iglesia, que comprende este y cuantos sínodos y concilios ha habido, desde el siglo I en Jerusalén.

Los primeros cristianos “hicieron sínodo” caminando estrechamente unidos por la fe del bautismo: todos juntos, pero no revueltos; y cada uno en y desde su sitio, donde Dios los llamó para seguir a Cristo, sin confusión ni mutuas envidias entre los dones recibidos por unos y otros, como discípulos del Señor. Todos gozosos por el sacerdocio real compartido universalmente en razón del Bautismo; otros, además, por el sacerdocio ministerial solo propio de ellos en virtud del sacramento del Orden, para constituir la jerarquía sagrada querida expresamente por Cristo, Cabeza y Fundador de su Iglesia. Todos los bautizados se sabían “Iglesia”, Familia de Dios, formando así el “Cristo total” como escribió san Agustín y recuerda el número 795 del Catecismo.

El “camino sinodal” en el sentido indicado -el de todos los bautizados, sin más distinción-, se inició ya antes del primer sínodo, que reunió en Jerusalén a los apóstoles y presbíteros para estudiar y decidir las obligaciones de los judíos convertidos al cristianismo. Antes, pues, de aquel primer concilio, en el que solo participaron “presencialmente” apóstoles y presbíteros, ya había “camino sinodal” en su más genuina esencia: el que recorrían a diario todos los bautizados, como lo prueban los Hechos de los Apóstoles, donde leemos: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús” (Hechos 1, 14). “Perseveraban unánimes en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. (…) Todos los creyentes estaban unidos” (Hechos 2, 42.44).

Muy pronto surgieron las persecuciones contra la Iglesia: primero, por parte de las autoridades religiosas judías, que detienen a Pedro y a Juan metiéndolos en la cárcel para ser juzgados por el Sanedrín; y después, por parte de la autoridad civil en la persona de Herodes. Entonces, el “camino sinodal” de los primeros cristianos brilló en su más pura esencia: la unidad de todos en la oración hace que el Sanedrín ponga en libertad a los apóstoles (cf. Hechos, 4, 21).

En el caso de Herodes, se repitió la historia, y vemos en acción al “camino sinodal”: “El rey Herodes prendió a algunos de la Iglesia para maltratarlos (..) Y al ver que esto agradaba a los judíos decidió también prender a Pedro (Hechos, 12, 1.3).Pero los fieles no se quedaron de brazos cruzados: “Así pues, Pedro estaba encerrado en la cárcel, mientras la Iglesia rogaba incesantemente por él” (Hechos 12, 5). De nuevo, la unidad y la fuerza de la oración hicieron que Pedro fuese liberado -como él mismo reconoció- por mano de un ángel del Señor: “Ahora comprendo realmente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío” (Hechos 12, 11).    

Esos testimonios prueban que la fuerza rompedora del “camino sinodal” de aquella primitiva “Iglesia en salida”, residía en la unión vital de todos los cristianos en el Señor, por medio de la comunión de su Cuerpo eucarístico y por la oración común y a la vez personal, en torno a Pedro, Vicario de Cristo. Esto debe seguir siendo lo permanente. Los “sínodos” sea cual fuere el tipo y modalidad que adopten, siempre serán momentos puntuales en la vida de la Iglesia. El “camino sinodal” en el sentido señalado, siempre deberá ser algo vivo y permanente. Por eso, concretamente, ahora en el Sínodo de Roma, todos los cristianos debemos participar, estemos allí o a cinco mil kilómetros de distancia, como sucedió en el mencionado Sínodo de Jerusalén, aunque entonces la mayoría de los fieles estuviese prácticamente al lado.      Para contribuir a las luces del Espíritu Santo y al parecer definitivo de aquel primer Concilio, las oraciones de miles de cristianos estuvieron presentes. Y solo Dios sabe quién aportó más, al margen de su presencial, o no, participación. Como ocurrió, valga la analogía entre temas distintos, con la pequeña ofrenda de la viuda en el Templo de Jerusalén. El Señor mismo lo dejó claro, más allá de las apariencias externas: “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos” (Luc 21, 3).

Estas palabras de Jesús siempre serán un reto para todos en nuestro “camino sinodal”, y motivo de examen, en especial cuando llegue un Sínodo como el de ahora. Porque quién sabe si de todas las aportaciones, no será mayor y más efectiva la de unos desconocidos “santos de la puerta de al lado” que nunca pisaron Roma, que la de otros que quizá hablaron mucho y salieron en los medios.

Fuente:  religion.elconfidencialdigital.com

16 octubre 2023

Signo de identidad cristiana: la misa del domingo

Juan Luis Selma

Sin electricidad no se puede vivir, sin agua tampoco, y sin la Eucaristía, sin la misa, tampoco

Hoy, al llegar a casa a mediodía, he visto que nada funcionaba: el timbre, el portero automático, el ascensor, la cocina, el microondas, el frigorífico…. Entonces he pensado, pues me pongo a trabajar con el ordenador, pero tampoco arrancaba. Sin electricidad ya no podemos vivir. Hemos comentado la serie Apagón, un poco apocalíptica, pero que hace ver nuestra dependencia, casi absoluta de la energía eléctrica.

Hay algunas realidades que determinan nuestra vida, realidades sine qua non, sin las que no podemos vivir: el aire, el agua, el sol. Empédocles hablaba de los cuatro elementos que configuran la naturaleza: aire, agua, fuego y tierra; estos, combinados, explicaban toda la realidad. Ahora estamos muy preocupados por el agua, pensábamos que era infinita, sobreabundante y cada vez somos más conscientes, en su carestía, de lo necesaria que nos es, del cuidado que tenemos que poner en aprovecharla.

Sin electricidad no se puede vivir, sin agua tampoco, y sin la Eucaristía, sin la misa, tampoco. La última carta encíclica de san Juan Pablo II se titula Ecclesia de Eucharistia, la Iglesia se hace en la Eucaristía, vive de ella, en ella se entiende. Desgraciadamente, vemos la escasa asistencia a la misa del domingo de los cristianos que se declaran creyentes. De la poca importancia que damos al domingo cristiano. La vemos como una obligación, como un rito externo que en nada afecta a nuestra vida, y no es así.

Los mártires de Abitina, ante la amenaza bajo pena de muerte por asistir a la misa, contestaron al gobernador: sin la Eucaristía no podemos vivir, nuestra vida no tendría sentido, preferimos el martirio. Seguramente pensamos que eran unos fanáticos, unos pobres locos idealistas y muy poco prácticos. Lo importante es vivir bien, disfrutar.

Igual el problema radica en qué es vivir bien. ¿Qué entiendo por bienestar? No es la ausencia de problemas, de preocupaciones, el estar tranquilo. La vida no es eso, es movimiento, inestabilidad, sobresaltos, conquista. El único lugar tranquilo, sin vecinos que molesten, sin imprevistos, es el ataúd. La buena vida supone inconformismo, es incómoda, es lucha por alcanzar la excelencia, por sacar lo mejor de nosotros y de los nuestros. Es complicación. Solo así vamos alcanzando lo bueno, el bien, el verdadero amor.

El camino de la vida cristiana, que es el de la vida más humana, supone esfuerzo, exigencia, superar los retos de nuestras miserias. Lo recorremos mejor en compañía, la del esposo/a, hermanos, amigos. También teniendo clara la meta, con un buen GPS que, en este caso, es el acompañante espiritual. Pero hay que ir bien alimentados, cuántas “pájaras”: bajadas de glucosa, han hecho estragos en los deportistas.

La Eucaristía no es solo nuestro alimento, el sustento espiritual, es nuestra vida porque es Cristo. Un cristiano sin Cristo no es nada. Nos alienta en la mesa de la palabra y en la eucarística. Los discípulos de Emaús escucharon largamente a Jesús, le contaron sus inquietudes, estaban a gusto con él, tanto que le invitaron a cenar en su casa. Allí le reconocieron al partir el pan. La Eucaristía es la mayor muestra de amor: “toma y cómeme”, amor que se entrega, que da su propia vida. No podemos entender la grandeza a la que estamos llamados, la maravilla de la vida en Dios, al margen de ese amor entregado.

“El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero estos no querían acudir”. Vivir en Cristo es estar en una fiesta continua. Es ganancia, es un enamoramiento que nada tiene que ver con normas y preceptos. Es llenar la vida de alegría, de paz. Es recibir muchísimo y dar un poco de lo recibido.

“En la Misa, el Señor Jesús, haciéndose pan partido por amor a nosotros, se nos da y nos comunica toda su misericordia y su amor, renovando nuestro corazón, nuestra vida y nuestras relaciones con él y con los hermanos” dice el Papa y, continúa “para el cristiano es vital participar en la Eucaristía, especialmente el domingo, puesto que nos permite unirnos a Cristo, tomando parte de su victoria sobre la muerte y gozar de los bienes de la resurrección”.

Si es lo que nos da nuestra identidad, la participación en la misa del domingo tiene que ganar muchos puntos. Es una reunión familiar, ¡qué bonito es ver la familia al completo camino de la iglesia! Es una fiesta por el modo de vestir, por algún extraordinario en la mesa, por los cantos…Si lográramos transmitir este gozo a los nuestros, seríamos unos grandes misioneros.

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?”. Para participar en la misa, en la comunión, hay que estar preparados. Hay que limpiar nuestra alma en la confesión sacramental, llevar el traje de boda.

Fuente: eldiadecordoba.es


15 octubre 2023

Él invita, pero nos deja libres

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos habla de un rey que prepara un banquete de bodas para su hijo (cf. Mt 22,1-14). Es un hombre poderoso, pero sobre todo es un padre generoso, que nos invita a compartir su alegría. En particular, revela la bondad de su corazón en el hecho de que no obliga a nadie, sino que invita a todos, aunque esta manera de actuar lo exponga a la posibilidad de ser rechazado. Fijémonos: prepara un banquete, ofreciendo gratuitamente una ocasión para encontrarse, para celebrar. Esto es lo que Dios prepara para nosotros: un banquete, para estar en comunión con Él y entre nosotros. Y nosotros, todos nosotros, somos por tanto los invitados de Dios. Pero un banquete de bodas requiere de nuestra parte tiempo e involucrarse: requiere un "sí": acudir, acudir a la invitación del Señor, Él invita, pero nos deja libres.

Este es el tipo de relación que nos ofrece el Padre: nos llama a estar con Él, dejándonos la posibilidad de aceptar o de no aceptar No nos ofrece una relación de sometimiento, sino de paternidad y filiación, que está necesariamente condicionada por nuestro libre asentimiento. Dios es muy respetuoso de la libertad, muy respetuoso. San Agustín utiliza una expresión muy bella al respecto, diciendo: "Dios, que te creó sin ti, no puede salvarte sin ti" (Sermo CLXIX, 13). Y ciertamente no porque no tenga capacidad -¡es omnipotente! - sino porque, siendo amor, respeta al máximo nuestra libertad. Dios se propone, no se impone, nunca.

Así, volvamos a la parábola: el rey -dice el texto- "envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron venir" (v. 3). He aquí el drama de la historia: el "no" a Dios. Pero, ¿por qué rechazan los hombres su invitación? ¿Acaso era una invitación desagradable? No, y sin embargo -dice el Evangelio- "no les importó, y se fueron unos a su campo y otros a sus negocios" (v. 5). No les importa, porque piensan en sus propios asuntos. Y aquel rey, que es padre, Dios, ¿qué hace? No se da por vencido, sigue invitando, es más, amplía la invitación, hasta que encuentra quien la acepte, entre los pobres. Entre ellos, que saben que disponen de poco, acuden muchos, hasta llenar la sala (cf. vv. 8-10).

Hermanos y hermanas, ¡cuántas veces no atendemos a la invitación de Dios porque estamos ocupados pensando en nuestras cosas! A menudo luchamos por tener nuestro tiempo libre, pero hoy Jesús nos invita a encontrar el tiempo que libera: aquel tiempo para dedicar a Dios, que nos alivia y sana el corazón, que aumenta en nosotros la paz, la confianza y la alegría, que nos salva del mal, de la soledad y de la pérdida de sentido. Vale la pena, porque es bueno estar con el Señor, hacerle un espacio. ¿Dónde? En la Misa, en la escucha de la Palabra, en la oración y también en la caridad, porque ayudando a quien es débil o pobre, haciendo compañía a quien está solo, escuchando a quien pide atención, consolando a quien sufre, se está con el Señor, que está presente en quien padece necesidades. Muchos, sin embargo, piensan que estas cosas son "pérdida de tiempo", y por eso se encierran en su mundo privado; y eso es triste. Y esto produce tristeza. ¡Tantos corazones tristes por esto, por estar cerrados!

Preguntémonos, entonces: ¿cómo respondo yo a las invitaciones de Dios? ¿Qué espacio le doy en mis jornadas? ¿La calidad de mi vida depende de mis negocios y de mi tiempo libre, o más bien de mi amor al Señor y a mis hermanos, especialmente a los más necesitados?

Que María, que con un "sí" hizo espacio a Dios, nos ayude a no ser sordos a sus invitaciones.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con mucho dolor lo que sucede en Israel y Palestina. Pienso en tantos..., especialmente en los pequeños y en los ancianos. Renuevo mi llamado para la liberación de los rehenes y pido con fuerza que los niños, los enfermos, los ancianos, las mujeres y todos los civiles no sean víctimas del conflicto. Que se respete el derecho humanitario, especialmente en Gaza, donde es urgente y necesario garantizar corredores humanitarios y socorrer a toda la población. Hermanos y hermanas, ya han muerto muchísimos. Por favor, ¡que no se derrame más sangre inocente, ni en Tierra Santa, ni en Ucrania, ni en ningún otro lugar! ¡Basta ya! ¡Las guerras son siempre una derrota, siempre!

La oración es la fuerza suave y santa para oponerse a la fuerza diabólica del odio, del terrorismo y de la guerra. Invito a todos los creyentes a unirse a la Iglesia en Tierra Santa y a dedicar el próximo martes, 17 de octubre, a la oración y al ayuno. Y ahora recemos a la Virgen.

[Ave María]

Mi preocupación por la crisis de Nagorno-Karabaj no ha disminuido. Además de la situación humanitaria de los desplazados -que es grave-, quisiera hacer un llamado especial a la protección de los monasterios y lugares de culto de la región. Espero que, empezando por las Autoridades y todos los habitantes, puedan ser respetados y protegidos como parte de la cultura local, expresiones de la fe y signo de una fraternidad que hace posible convivir en la diferencia.

Hoy se publica una Exhortación apostólica sobre Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, titulada "C'est la confiance": en efecto, como dio testimonio esta gran santa y Doctora de la Iglesia, es la confianza en el amor misericordioso de Dios el camino que nos conduce al corazón del Señor y de su Evangelio.

Expreso mi cercanía a la comunidad judía de Roma, que mañana conmemora el 80º aniversario de la redada nazi.

Los saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos de Italia y de muchas partes del mundo, especialmente a la Archicofradía del Gonfalone de Subiaco y al Club “Fiat 500” de Roma.

Saludo a los más de 400 jóvenes misioneros de “Nuovi Orizzonti” y de otras asociaciones y comunidades, que desde ayer y hasta el próximo domingo están comprometidos en la “Misión de calle” aquí en Roma, yendo a los lugares de encuentro de los jóvenes, a las escuelas, a los hospitales, a las cárceles y a las calles para anunciar la alegría del Evangelio. ¡Qué listos son ellos! Los apoyamos con la oración en su compromiso de escuchar el grito de tantos jóvenes y de tantas personas necesitadas de amor. Miro las banderas de Ucrania… no olvidemos a la atormentada Ucrania.

Les deseo a todos un buen domingo. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!.

Fuente: vatican.va