22 diciembre 2023

Dr. Leal: “Es más barato acabar con la vida de un paciente que acompañarle”

Francisco Otamendi

El déficit de cuidados paliativos en bastantes países “se debe a un desinterés por parte de las administraciones públicas”


Una gestión que, bajo una concepción materialista del ser humano, prioriza los números sobre las personas”, señala a Omnes el Dr. Francisco Leal (Hagen, Alemania), director de la Unidad de Dolor en Clínica Universidad de Navarra en Madrid, que interviene en unas Jornadas sobre “Nociones de medicina para sacerdotes”.


El tema del Dr. Francisco Leal en las Jornadas sobre “Nociones de medicina para sacerdotes” es el dolor y el sufrimiento, y qué soluciones aporta la Medicina. Aunque precisa que “el dolor en principio es beneficioso”, porque “se produce por un estado de alarma cuando se detecta un daño o un peligro, y nos protege, nos hace reaccionar ante el daño”.

El doctor no duda de la eficacia de los cuidados paliativos. “En España tenemos de los mejores profesionales del mundo y desgraciadamente, muy poco apoyo administrativo y político”. Reconoce la crudeza de lo que afirma, pero considera que, siguiendo “un sesgo ideológico que viene de instancias supranacionales y que no considera el valor de la vida”, hay quienes piensan que “es más barato acabar con la vida de un  paciente que acompañarle como se merece”.

Las Jornadas sobre “Nociones de medicina para sacerdotes” tienen lugar los sábados 21 de octubre, 11 de noviembre (encarnizamiento terapéutico) y 2 de diciembre (patologías que pueden condicionar la vida conyugal) en la Clínica Universidad de Navarra en Madrid.

El Dr. Leal es especialista en Anestesiología, Reanimación y Tratamiento del Dolor. Ha recibido formación en neurociencia por la Universidad de Harvard y en TRD (terapia de reprocesamiento del dolor). Actualmente es también profesor en las Universidades de Cádiz y de Navarra. 

Sufrimiento y dolor. ¿Qué son, cómo se producen? ¿Se pueden evitar o paliar bastante?

–Son dos experiencias a menudo muy relacionadas. Una puede llevar a la otra y viceversa. El dolor es una experiencia sensorial y emocional asociada (o similar a la asociada) con un daño real o potencial. El sufrimiento es una respuesta emocional y mental al dolor o vivencias. Además de un componente emocional, puede añadirse el espiritual. 

El dolor en principio es beneficioso. Se produce por un estado de alarma cuando se detecta un daño o un peligro. Nos protege, nos hace reaccionar ante el daño. El problema es cuando esa alarma no se apaga y el dolor se convierte en crónico.

Siempre procuramos paliar el dolor; incluso el dolor crónico. En determinados casos, ya podemos atrevernos a decir que lo podemos curar, gracias a las recientes Terapias de Reprocesamiento del Dolor que están dando resultados muy prometedores.

La Medicina ofrece a los pacientes curar. ¿Y si no se puede curar?

–Hasta hace poco en el caso del dolor crónico solo podíamos aspirar a paliar. Por primera vez, como decía antes, estamos empezando a curar este tipo de dolor en muchos pacientes. En cualquier caso, siempre intentamos aplicar la famosa sentencia de E.M.Achard: “Curar a veces, mejorar con frecuencia, consolar siempre”.

Tenemos miedo a la anestesia, ¿o no?

–Sí. Eso es una herencia del pasado cuando tanto la anestesia como la cirugía eran muy rudimentarias y ha quedado en la memoria de la gente. Hoy en día la anestesiología es la especialidad médica que ha conseguido mayores estándares de seguridad, aprendiendo de la experiencia de los pilotos y de la construcción de aviones. Parte de nuestro trabajo es escuchar sus dudas y explicar estas cosas a los pacientes y que entren tranquilos a quirófano.

¿Son eficaces los cuidados paliativos? ¿Deberían ser un derecho de todos? ¿O es que su coste es alto?

–No hay duda de la eficacia de los Cuidados Paliativos. En España tenemos de los mejores profesionales del mundo y desgraciadamente, muy poco apoyo administrativo y político. Es más barato, y eficaz, tener un buen equipo de paliativos que atienda al paciente en su domicilio que hacerlo en un hospital. Desgraciadamente hay gestores que, bajo un sesgo ideológico y utilitarista, consideran que es aún más barato acabar con la vida del paciente.

España y tantos países tienen déficit en cuidados paliativos. ¿Por qué sucede esto? ¿Tenemos profesionales formados?

–La formación y la calidad profesional y humana de nuestros profesionales es envidiable. Es una especialidad tan exigente que se observa un fenómeno de autoselección de los mejores para ese trabajo tan duro y humano.

El déficit de cuidados paliativos no se debe ni a formación ni a vocaciones profesionales sino a un desinterés por parte de las administraciones públicas. Se debe a una gestión, que, bajo una concepción materialista del ser humano, prioriza los números sobre las personas. En el fondo es un tema ideológico que viene de instancias supranacionales y que no considera el valor de la vida. Como decía antes, no sin cierta crudeza, es más barato acabar con la vida de un  paciente que acompañarle como se merece.

Fuente: omnesmag.com

21 diciembre 2023

La liturgia y las bendiciones de parejas de mismo sexo

Rafael Díaz Dorronsoro

El autor, profesor de Teología Sacramental en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, reflexiona sobre la reciente Declaración Fiducia supplicans y apunta a la necesaria exclusión de las bendiciones no litúrgicas de entre los sacramentales para evitar la confusión.

El Dicasterio de la Doctrina de la Fe acaba de publicar la Declaración Fiducia supplicans «sobre el sentido pastoral de las bendiciones», aprobada por el Sumo Pontífice Francisco. El objetivo del documento es responder a las preguntas «sobre la posibilidad de bendecir parejas del mismo sexo y sobre la posibilidad de ofrecer nuevas precisiones, a la luz de la actitud paterna y pastoral del Papa Francisco, sobre el Responsum ad dubium formulado por la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe y publicado el 22 de febrero de 2021» (Presentación).

En este Responsum se afirma que no es lícito impartir una bendición litúrgica a las uniones que implican una praxis sexual fuera del matrimonio, a la vez que se subraya que «la presencia en tales relaciones de elementos positivos, que en sí mismos son de apreciar y de valorar, con todo no es capaz de justificarlas y hacerlas objeto lícito de una bendición eclesial, porque tales elementos se encuentran al servicio de una unión no ordenada al designio de Dios».

Al ser una Declaración, el documento reafirma la doctrina de la fe católica enseñada por el Magisterio precedente. Por ello se afirma que «la presente Declaración se mantiene firme en la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el matrimonio, no permitiendo ningún tipo de rito litúrgico o bendición similar a un rito litúrgico que pueda causar confusión» (Presentación).

Tras presentar brevemente el sentido de la bendición del sacramento del matrimonio (nn. 4-5), el documento reflexiona sobre el sentido de las distintas bendiciones, todas ellas pertenecientes al género de los sacramentales (nn. 9-13). Lo más significativo es la distinción establecida entre bendiciones litúrgicas o rituales y bendiciones no litúrgicas o sin forma ritual.

En la Presentación se subraya que, al individuar esta segunda especie de bendición, el documento ofrece «una contribución específica e innovadora al significado pastoral de las bendiciones, que permite ampliar y enriquecer la comprensión clásica de las bendiciones estrechamente vinculada a una perspectiva litúrgica. Tal reflexión teológica, basada en la visión pastoral del Papa Francisco, implica un verdadero desarrollo de lo que se ha dicho sobre las bendiciones en el Magisterio y en los textos oficiales de la Iglesia». 

Precisamente, conforme a la naturaleza de las bendiciones no litúrgicas, la Declaración autoriza impartirlas por un sacerdote ordenado a las parejas en situaciones irregulares y a parejas del mismo sexo que mantienen relaciones sexuales. Esta apertura se considera que no contradice las enseñanzas del magisterio precedente puesto que no consideraba este tipo de bendiciones. Y la Declaración reafirma que los ritos de bendición requieren «que aquello que se bendice sea conforme a la voluntad de Dios manifestada en las enseñanzas de la Iglesia» (n. 9). Puesto «que la Iglesia siempre ha considerado moralmente lícitas sólo las relaciones sexuales que se viven dentro del matrimonio, no tiene potestad para conferir su bendición litúrgica cuando ésta, de alguna manera, puede ofrecer una forma de legitimidad moral a una unión que presume de ser un matrimonio o a una práctica sexual extramatrimonial» (n. 11).

Las bendiciones no litúrgicas

¿Cuál es la naturaleza de las bendiciones no litúrgicas que pueden ser impartidas a las parejas en situaciones irregulares y a parejas del mismo sexo? Tras exponer la naturaleza de las bendiciones en la Sagrada Escritura (nn. 14-15) se concluye con una comprensión general teológico-pastoral que da cabida a las bendiciones no rituales. Son las bendiciones que las personas piden de modo espontáneo al sacerdote, y que son valoradas, desde el punto de vista de la pastoral popular, «como actos de devoción que “encuentran su lugar propio fuera de la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos […]. El lenguaje, el ritmo, el desarrollo y los acentos teológicos de la piedad popular se diferencian de los correspondientes de las acciones litúrgicas”. Por ésa misma razón “hay que evitar añadir modos propios de la celebración litúrgica a los ejercicios de piedad, que deben conservar su estilo, su simplicidad y su lenguaje característico” (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2002, n. 13)» (n. 24).

Como en todas las bendiciones, también en ésta se encuentra una dimensión ascendente porque «cuando se toma conciencia de los dones del Señor y de su amor incondicional, incluso en situaciones de pecado, sobre todo cuando se escucha una oración, el corazón creyente eleva su alabanza y bendición a Dios» (n. 29).

Y junto a la dimensión ascendente se da la descendente, porque su petición muestra que se encuentra «necesitado de la acción salvífica de Dios en su historia» y que reconoce a la Iglesia «como sacramento de la salvación que Dios ofrece» (n. 20). Cuando «se pide una bendición se está expresando un pedido de auxilio a Dios, un ruego para poder vivir mejor, una confianza en un Padre que puede ayudarnos a vivir mejor» (n. 21, citando Francisco, Respuestas del Santo Padre a los Dubia propuestos por dos Cardenales, ad dubium 2, e).

Para estas formas de bendición, continúa la Declaración, no hace falta habilitar siempre y de modo oficial procedimientos o ritos (cfr. n. 30). La «prudencia y la sabiduría pastoral pueden sugerir que, evitando formas graves de escándalo o confusión entre los fieles, el ministro ordenado se una a la oración de aquellas personas que, aunque estén en una unión que en modo alguno puede parangonarse al matrimonio, desean encomendarse al Señor y a su misericordia, invocar su ayuda, dejarse guiar hacia una mayor comprensión de su designio de amor y de vida» (n. 30).

Podemos concluir que las bendiciones no rituales, según la Declaración, no se consideran propiamente litúrgicas, sino una oración personal del fiel a la que se une el sacerdote por petición del propio fiel para que interceda como ministro ordenado de la Iglesia ante Dios. Oración encaminada a obtener la gracia de Dios para vivir conforme a su voluntad con la eficacia propria de los sacramentales (cfr. n. 32).

Petición de ayuda, no legitimación

Tras exponer la naturaleza de las bendiciones no litúrgicas se afronta la posibilidad de que las parejas en situaciones irregulares y las parejas del mismo sexo reciban una bendición no ritual.

La respuesta es afirmativa y, en continuidad con la exposición doctrinal presentada, se afirma que en «estos casos, se imparte una bendición que no sólo tiene un valor ascendente, sino que es también la invocación de una bendición descendente del mismo Dios sobre aquellos que, reconociéndose desamparados y necesitados de su ayuda, no pretenden la legitimidad de su propio status, sino que ruegan que todo lo que hay de verdadero, bueno y humanamente válido en sus vidas y relaciones, sea investido, santificado y elevado por la presencia del Espíritu Santo. Estas formas de bendición expresan una súplica a Dios para que conceda aquellas ayudas que provienen de los impulsos de su Espíritu — que la teología clásica llama “gracias actuales” — para que las relaciones humanas puedan madurar y crecer en la fidelidad al mensaje del Evangelio, liberarse de sus imperfecciones y fragilidades y expresarse en la dimensión siempre más grande del amor divino» (n. 31).

A la vez se insiste en que su «forma no debe encontrar ninguna fijación ritual por parte de las autoridades eclesiásticas, para no producir confusión con la bendición propia del sacramento del matrimonio» (n. 31).

Y se precisa todavía que «para evitar cualquier forma de confusión o de escándalo, cuando la oración de bendición la solicite una pareja en situación irregular, aunque se confiera al margen de los ritos previstos por los libros litúrgicos, esta bendición nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos. Ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio» (n. 39).

El sacerdote, llamado espontáneamente por la pareja para bendecirla, no puede pretender «sancionar o legitimar nada» (n. 36). Y en «la oración breve que puede preceder esta bendición espontánea, el ministro ordenado podría pedir para ellos la paz, la salud, un espíritu de paciencia, diálogo y ayuda mutuos, pero también la luz y la fuerza de Dios para poder cumplir plenamente su voluntad» (n. 38).

Podemos concluir que autorizando la bendición a las parejas en una situación no conforme a las enseñanzas de Jesucristo y de la Iglesia, el Dicasterio de la Doctrina de la Fe no legitima la situación de estas personas, sino que autoriza al sacerdote ordenado a unirse a la oración de estos fieles para implorar a Dios su gracia y vivir conforme al designio divino.

Reflexión sobre las bendiciones como sacramentales

Por último se podría señalar que la exposición teológico-pastoral de la Declaración, al considerar que tanto las bendiciones litúrgicas como las no litúrgicas son sacramentales (entendiendo como sacramentales lo que enseña el Catecismo De la Iglesia Católica, entre los números 1667 y 1676), podría dar lugar a un tipo de confusión que la Declaración quiere ciertamente evitar: que se perciba la bendición no litúrgica como una legitimación de la unión irregular.

La Declaración subraya que las bendiciones rituales son litúrgicas, mientras las bendiciones no rituales son consideradas como actos de devoción que expresan una súplica a Dios. Esta distinción permite concluir que las bendiciones no rituales se diferencian objetivamente de la liturgia (cfr. el texto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2002, citado en el n. 13 de la Declaración), y justificar la distinción específica entre ambos tipos de bendiciones.

Sin embargo, la doctrina de la Iglesia enseña que los sacramentales son celebraciones litúrgicas. Doctrina recogida por el Catecismo de la Iglesia Católica al tratar los sacramentales en el capítulo titulado «Otras celebraciones litúrgicas» del Misterio cristiano distintas de los sacramentos.

Pero si aceptamos que ambas especies de bendiciones son litúrgicas, se debilita la razón para establecer la diferencia específica entre ellas, que parece reducirse a la forma de celebración: ritual o no ritual. Parece difícil entonces encontrar una razón para que no se puedan «añadir modos propios de la celebración litúrgica» a las bendiciones no litúrgicas. Ello posibilitaría concluir que la ritualización de estas bendiciones no violentaría su naturaleza propia, y justificar dar la bendición litúrgica a las uniones irregulares. De este modo la bendición no litúrgica se podría percibir como un modo de legitimar las uniones irregulares.

Para evitar este peligro, me parece que se deberían excluir las bendiciones no litúrgicas de entre los sacramentales. Ello permitiría mantener que tales bendiciones verdaderamente no son litúrgicas, tal y como sostiene el documento, porque el sacerdote se uniría a la oración de la pareja de modo personal y no ministerial. Y ello ayudaría también a disminuir el peligro de su ritualización.

Fuente: omnesmag.com

20 diciembre 2023

El belén de Greccio, escuela de sobriedad y de alegria

 El Papa en la Audiencia General


Catequesis:

Queridos hermanos y hermanas:

En esta Navidad de 2023 se cumplen 800 años del pesebre viviente que san Francisco de Asís realizó en la localidad italiana de Greccio. Su intención fue representar la escena del nacimiento de Jesús, pudiendo revivir así, por medio de los sentidos, la sencillez evangélica, la pobreza y la humildad de la Sagrada Familia en la gruta de Belén. Y aquí nacieron los pesebres vivientes.

Durante estos días, cercanos a las fiestas navideñas, podemos correr el riesgo de descuidar lo esencial, distraídos por las numerosas ofertas del consumismo y el bienestar mundano. En este contexto, los personajes del belén nos muestran cómo celebrar verdaderamente la Navidad: con sobriedad y alegría evangélica. Contemplemos el pesebre, y eso, hagámoslo en familia, en comunidad, esto nos ayuda a centrarnos en lo más importante de nuestra vida: la relación con Dios, con los demás y con la creación; y así, cultivemos en nuestros ambientes un clima de armonía, de gozo y de paz.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En estos últimos días del Adviento, los invito a prepararse para recibir al Niño Jesús con alegría y sencillez de corazón, por medio de la oración, la participación en los sacramentos y las obras de caridad. Que Dios los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va


19 diciembre 2023

Fiducia supplicans

 Declaración sobre el sentido pastoral de las bendiciones

Presentación

La presente Declaración ha tomado en consideración varias cuestiones que han llegado a este Dicasterio tanto en años pasados como más recientemente. Para su redacción, como es práctica habitual, se consultó a expertos, se llevó a cabo un amplio proceso de elaboración y el borrador se debatió en el Congreso de la Sección Doctrinal del Dicasterio. Durante este tiempo de elaboración del documento, no faltaron las conversaciones con el Santo Padre. Finalmente, la Declaración fue presentada al Santo Padre, que la aprobó con su firma.

Durante el estudio de la materia objeto de este documento, se dio a conocer la respuesta del Santo Padre a los Dubia de algunos Cardenales, que aportó importantes precisiones para la reflexión que ahora se ofrece aquí, y que representa un elemento decisivo para el trabajo del Dicasterio. Dado que «la Curia Romana es, en primer lugar, un instrumento de servicio para el sucesor de Pedro» (Const. Ap. Praedicate Evangelium, II, 1), nuestro trabajo debe favorecer, junto a la comprensión de la doctrina perenne de la Iglesia, la recepción de la enseñanza del Santo Padre.

Como en la ya citada respuesta del Santo Padre a los Dubia de dos Cardenales, la presente Declaración se mantiene firme en la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el matrimonio, no permitiendo ningún tipo de rito litúrgico o bendición similar a un rito litúrgico que pueda causar confusión. No obstante, el valor de este documento es ofrecer una contribución específica e innovadora al significado pastoral de las bendiciones, que permite ampliar y enriquecer la comprensión clásica de las bendiciones estrechamente vinculada a una perspectiva litúrgica. Tal reflexión teológica, basada en la visión pastoral del Papa Francisco, implica un verdadero desarrollo de lo que se ha dicho sobre las bendiciones en el Magisterio y en los textos oficiales de la Iglesia. Esto explica que el texto haya adoptado la forma de una “Declaración”.

Y es precisamente en este contexto en el que se puede entender la posibilidad de bendecir a las parejas en situaciones irregulares y a las parejas del mismo sexo, sin convalidar oficialmente su status ni alterar en modo alguno la enseñanza perenne de la Iglesia sobre el Matrimonio.

La presente Declaración quiere ser también un homenaje al Pueblo fiel de Dios, que adora al Señor con tantos gestos de profunda confianza en su misericordia y que, con esta actitud, viene constantemente a pedir a la madre Iglesia una bendición.

Víctor Manuel Card. FERNÁNDEZ

Prefecto

Introducción

1. La confianza suplicante del Pueblo fiel de Dios recibe el don de la bendición que brota del corazón de Cristo a través de su Iglesia. Como recuerda puntualmente el Papa Francisco, «la gran bendición de Dios es Jesucristo, es el gran don de Dios, su Hijo. Es una bendición para toda la humanidad, es una bendición que nos ha salvado a todos. Él es la Palabra eterna con la que el Padre nos ha bendecido “siendo nosotros todavía pecadores” (Rm 5,8) dice san Pablo: Palabra hecha carne y ofrecida por nosotros en la cruz».[1]

2. Sostenido por una verdad tan grande y consoladora, este Dicasterio ha tomado en consideración algunas preguntas, tanto formales como informales, sobre la posibilidad de bendecir parejas del mismo sexo y sobre la posibilidad de ofrecer nuevas precisiones, a la luz de la actitud paterna y pastoral del Papa Francisco, sobre el Responsum ad dubium [2] formulado por la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe y publicado el 22 de febrero de 2021.

3. Dicho Responsum ha suscitado no pocas y diferentes reacciones: algunos han acogido con beneplácito la claridad de este documento y su coherencia con la constante enseñanza de la Iglesia; otros no han compartido la respuesta negativa a la pregunta o no la han considerado suficientemente clara en su formulación o en las motivaciones expuestas en la Nota explicativa adjunta. Para salir al encuentro, con caridad fraterna, a estos últimos, parece oportuno retomar el tema y ofrecer una visión que componga con coherencia los aspectos doctrinales con aquellos pastorales, porque «todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio».[3]

I. La bendición en el sacramento del matrimonio

4. La reciente respuesta del Santo Padre Francisco a la segunda de las cinco preguntas propuestas por dos Cardenales[4] ofrece la posibilidad de profundizar más en el tema, sobre todo en sus consecuencias de orden pastoral. Se trata de evitar que «se reconoce como matrimonio algo que no lo es».[5] Por lo tanto son inadmisibles ritos y oraciones que puedan crear confusión entre lo que es constitutivo del matrimonio, como «unión exclusiva, estable e indisoluble entre un varón y una mujer, naturalmente abierta a engendrar hijos»,[6] y lo que lo contradice. Esta convicción está fundada sobre la perenne doctrina católica del matrimonio. Solo en este contexto las relaciones sexuales encuentran su sentido natural, adecuado y plenamente humano. La doctrina de la Iglesia sobre este punto se mantiene firme.

5. Esta es también la comprensión del matrimonio ofrecida por el Evangelio. Por este motivo, a propósito de las bendiciones, la Iglesia tiene el derecho y el deber de evitar cualquier tipo de rito que pueda contradecir esta convicción o llevar a cualquier confusión. Tal es también el sentido del Responsum de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe donde se afirma que la Iglesia no tiene el poder de impartir la bendición a uniones entre personas del mismo sexo.

6. Hay que subrayar que, precisamente en el caso del rito del sacramento del matrimonio, no se trata de una bendición cualquiera, sino del gesto reservado al ministro ordenado. En este caso, la bendición del ministro ordenado está directamente conectada a la unión específica de un hombre y de una mujer que, con su consentimiento establecen una alianza exclusiva e indisoluble. Esto nos permite evidenciar mejor el riesgo de confundir una bendición, dada a cualquier otra unión, con el rito propio del sacramento del matrimonio.

II. El sentido de las distintas bendiciones

7. Por otra parte, la respuesta del Santo Padre, anteriormente mencionada, nos invita a hacer el esfuerzo de ampliar y enriquecer el sentido de las bendiciones.

8. Las bendiciones pueden considerarse entre los sacramentales más difundidos y en continua evolución. Ellas, de hecho, nos llevan a captar la presencia de Dios en todos los acontecimientos de la vida y recuerdan que, incluso cuando utiliza las cosas creadas, el ser humano está invitado a buscar a Dios, a amarle y a servirle fielmente.[7] Por este motivo, las bendiciones tienen por destinatarios las personas, los objetos de culto y de devoción, las imágenes sagradas, los lugares de vida, de trabajo y de sufrimiento, los frutos de la tierra y del trabajo humano, y todas las realidades creadas que remiten al Creador y que, con su belleza, lo alaban y bendicen.

El sentido litúrgico de los ritos de bendición

9. Desde un punto de vista estrictamente litúrgico, la bendición requiere que aquello que se bendice sea conforme a la voluntad de Dios manifestada en las enseñanzas de la Iglesia.

10. Las bendiciones se celebran, de hecho, en virtud de la fe y se ordenan a la alabanza de Dios y al provecho espiritual de su pueblo. Como explica el Ritual Romano, «para que esto se vea más claro, las fórmulas de bendición, según la antigua tradición, tienden como objetivo principal a glorificar a Dios por sus dones, impetrar sus beneficios y alejar del mundo el poder del maligno».[8] Por ello, se invita a quienes invocan la bendición de Dios a través de la Iglesia a intensificar «sus disposiciones internas en aquella fe para la cual nada hay imposible» y a confiar en «aquella caridad que apremia a guardar los mandamientos de Dios». [9] Por eso, mientras que por un lado «siempre y en todo lugar se nos ofrece la ocasión de alabar a Dios por Cristo en el Espíritu Santo, de invocarlo y darle gracias», por otra parte la preocupación es «que se trate de cosas, lugares o circunstancias que no contradigan la norma o el espíritu del Evangelio».[10] Esta es una comprensión litúrgica de las bendiciones, en cuanto se convierten en ritos propuestos oficialmente por la Iglesia.

11. Basándose en estas consideraciones, la Nota explicativa del citado Responsum de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda que cuando, con un rito litúrgico adecuado, se invoca una bendición sobre algunas relaciones humanas, lo que se bendice debe poder corresponder a los designios de Dios inscritos en la Creación y plenamente revelados por Cristo el Señor. Por ello, dado que la Iglesia siempre ha considerado moralmente lícitas sólo las relaciones sexuales que se viven dentro del matrimonio, no tiene potestad para conferir su bendición litúrgica cuando ésta, de alguna manera, puede ofrecer una forma de legitimidad moral a una unión que presume de ser un matrimonio o a una práctica sexual extramatrimonial. La sustancia de este pronunciamiento fue reiterada por el Santo Padre en su Respuestas a los Dubia de dos Cardenales.

12. Se debe también evitar el riesgo de reducir el sentido de las bendiciones solo a este punto de vista, porque nos llevaría a pretender, para una simple bendición, las mismas condiciones morales que se piden para la recepción de los sacramentos. Este riesgo exige que se amplíe más esta perspectiva. De hecho, existe el peligro que un gesto pastoral, tan querido y difundido, se someta a demasiados requisitos morales previos que, bajo la pretensión de control, podrían eclipsar la fuerza incondicional del amor de Dios en la que se basa el gesto de la bendición.

13. Precisamente a este respecto, el Papa Francisco nos instó a no «perder la caridad pastoral, que debe atravesar todas nuestras decisiones y actitudes» y a evitar ser «jueces que sólo niegan, rechazan, excluyen».[11] A continuación respondemos a su propuesta desarrollando una comprensión más amplia de las bendiciones.

Las bendiciones en la Sagrada Escritura

14. Para reflexionar sobre las bendiciones, recogiendo distintos puntos de vista, necesitamos dejarnos iluminar ante todo por la voz de la Sagrada Escritura.

15. «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6, 24-26). Esta “bendición sacerdotal” que encontramos en el Antiguo Testamento, precisamente en el libro de los Números, tiene un carácter “descendente” porque representa la invocación de la bendición que desde Dios desciende sobre el hombre: esta constituye uno de los textos más antiguos de bendición divina. Existe además un segundo tipo de bendición que encontramos en las páginas bíblicas, aquella que “sube” desde la tierra al cielo, hacia Dios. Bendecir equivale a alabar, celebrar, agradecer a Dios por su misericordia y fidelidad, por las maravillas que ha creado y por todo aquello que sucedió por su voluntad: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 103, 1).

16. A Dios que bendice, también nosotros respondemos bendiciendo. Melquisedec, rey de Salem, bendice a Abrán (cfr. Gen 14, 19); Rebecca es bendecida por sus familiares, poco antes de convertirse en la esposa de Isaac (cfr. Gen 24, 60), el cuál, a su vez, bendice su hijo Jacob (cfr. Gen 27, 27). Jacob bendice al faraón (cfr. Gen 47, 10), a sus nietos Efraín y Manasés (cfr. Gen 48, 20) y a todos sus doce hijos (cfr. Gen 49, 28). Moisés y Aarón bendicen a la comunidad (cfr. Ex 39, 43; Lev 9, 22). Los cabeza de familia bendicen los hijos con ocasión de los matrimonios, antes de emprender un viaje, en la cercanía de la muerte. Estas bendiciones aparecen como un don sobreabundante e incondicionado.

17. La bendición presente en el Nuevo Testamento conserva, sustancialmente, el mismo significado veterotestamentario. Encontramos el don divino que “desciende”, el agradecimiento del hombre que “asciende” y la bendición impartida del hombre que “se extiende” hacia sus iguales. Zacarías, tras haber recuperado el uso de la palabra, bendice al Señor por sus admirables obras (cfr. Lc 1, 64). El anciano Simeón, mientras tiene entre los brazos a Jesús recién nacido, bendice a Dios por haberle concedido la gracia de contemplar al Mesías salvador y luego bendice a sus padres María y José (cfr. Lc 2, 34). Jesús bendice al Padre, en el celebre himno de alabanza y de júbilo a Él dirigido: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11, 25).

18. En continuidad con el Antiguo Testamento, la bendición en Jesús no es solo ascendente, en referencia al Padre, sino también descendente, vertida sobre los otros como gesto de gracia, protección y bondad. El propio Jesús llevó a cabo y promovió esta práctica. Por ejemplo, bendice a los niños: «Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos» (Mc 10, 16). Y la historia terrenal de Jesús terminará precisamente con una bendición final reservada a los Once, poco antes de subir al Padre: «y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo». La última imagen de Jesús en la tierra son sus manos alzadas, en el acto de bendecir.

19. En su misterio de amor, a través de Cristo, Dios comunica a su Iglesia el poder de bendecir. Concedida por Dios al ser humano y otorgada por estos al prójimo, la bendición se transforma en inclusión, solidaridad y pacificación. Es un mensaje positivo de consuelo, atención y aliento. La bendición expresa el abrazo misericordioso de Dios y la maternidad de la Iglesia que invita al fiel a tener los mismos sentimientos de Dios hacia sus propios hermanos y hermanas.

Una comprensión teológico-pastoral de las bendiciones

20. Quien pide una bendición se muestra necesitado de la presencia salvífica de Dios en su historia, y quien pide una bendición a la Iglesia reconoce a esta última como sacramento de la salvación que Dios ofrece. Buscar la bendición en la Iglesia es admitir que la vida eclesial brota de las entrañas de la misericordia de Dios y nos ayuda a seguir adelante, a vivir mejor, a responder a la voluntad del Señor.

21. Para ayudarnos a comprender el valor de un enfoque mayormente pastoral de las bendiciones, el Papa Francisco nos instó a contemplar, con actitud de fe y paternal misericordia, el hecho que «cuando se pide una bendición se está expresando un pedido de auxilio a Dios, un ruego para poder vivir mejor, una confianza en un Padre que puede ayudarnos a vivir mejor».[12] Esta petición debe ser, en todos los sentidos, valorada, acompañada y recibida con gratitud. Las personas que vienen espontáneamente a pedir una bendición muestran con esta petición su sincera apertura a la trascendencia, la confianza de su corazón que no se fía solo de sus propias fuerzas, su necesidad de Dios y el deseo de salir de las estrechas medidas de este mundo encerrado en sus límites.

22. Como nos enseña santa Teresa del Niño Jesús, más allá de esta confianza «no hay otro camino por donde podamos ser conducidos al Amor que todo lo da. Con la confianza, el manantial de la gracia desborda en nuestras vidas […]. La actitud más adecuada es depositar la confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de un Dios que ama sin límites […]. El pecado del mundo es inmenso, pero no es infinito. En cambio, el amor misericordioso del Redentor, este sí es infinito».[13]

23. Cuando estas expresiones de fe vienen consideradas fuera de un marco litúrgico, uno se encuentra en un ámbito de mayor espontaneidad y libertad, pero «la libertad frente a los ejercicios de piedad, no debe significar, por lo tanto, escasa consideración ni desprecio de los mismos. La vía a seguir es la de valorar correcta y sabiamente las no escasas riquezas de la piedad popular, las potencialidades que encierra».[14] Las bendiciones se convierten así en un recurso pastoral a valorar en lugar de un riesgo o un problema.

24. Consideradas desde el punto de vista de la pastoral popular, las bendiciones son valoradas como actos de devoción que «encuentran su lugar propio fuera de la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos […]. El lenguaje, el ritmo, el desarrollo y los acentos teológicos de la piedad popular se diferencian de los correspondientes de las acciones litúrgicas». Por ésa misma razón «hay que evitar añadir modos propios de la “celebración litúrgica” a los ejercicios de piedad, que deben conservar su estilo, su simplicidad y su lenguaje característico».[15]

25. La Iglesia, también, debe evitar el apoyar su praxis pastoral en la rigidez de algunos esquemas doctrinales o disciplinares, sobre todo cuando dan «lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar».[16] Por lo tanto, cuando las personas invocan una bendición no se debería someter a un análisis moral exhaustivo como condición previa para poderla conferir. No se les debe pedir una perfección moral previa.

26. En esta perspectiva, la Respuestas del Santo Padre ayudan a profundizar mejor, desde el punto de vista pastoral, el pronunciamiento formulado por la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe en el 2021, porqué invitan de hecho a un discernimiento en relación con la posibilidad de «formas de bendición, solicitadas por una o por varias personas, que no transmitan una concepción equivocada del matrimonio»[17] y que también tengan en cuenta el hecho que en situaciones moralmente inaceptables desde un punto de vista objetivo, «la misma caridad pastoral nos exige no tratar sin más de “pecadores” a otras personas cuya culpabilidad o responsabilidad pueden estar atenuadas por diversos factores que influyen en la imputabilidad subjetiva».[18]

27. En la catequesis citada al inicio de esta Declaración, el Papa Francisco propuso una descripción de este tipo de bendiciones que se ofrecen a todos, sin pedir nada. Vale la pena leer con corazón abierto estas palabras que nos ayudan a acoger el sentido pastoral de las bendiciones ofrecidas sin condiciones: «Es Dios que bendice. En las primeras páginas de la Biblia es un continuo repetirse de bendiciones. Dios bendice, pero también los hombres bendicen, y pronto se descubre que la bendición posee una fuerza especial, que acompaña para toda la vida a quien la recibe, y dispone el corazón del hombre a dejarse cambiar por Dios […]. Así nosotros para Dios somos más importantes que todos los pecados que nosotros podamos hacer, porque Él es padre, es madre, es amor puro, Él nos ha bendecido para siempre. Y no dejará nunca de bendecirnos. Una experiencia intensa es la de leer estos textos bíblicos de bendición en una prisión, o en un centro de desintoxicación. Hacer sentir a esas personas que permanecen bendecidas no obstante sus graves errores, que el Padre celeste sigue queriendo su bien y esperando que se abran finalmente al bien. Si incluso sus parientes más cercanos les han abandonado, porque ya les juzgan como irrecuperables, para Dios son siempre hijos».[19]

28. Existen diversas ocasiones en las cuales las personas se acercan espontáneamente a pedir una bendición, tanto en las peregrinaciones, en los santuarios y también en la calle cuando se encuentran con un sacerdote. Como ejemplo, podemos recurrir al libro litúrgico De Benedictionibus que prevé una serie de ritos de bendición para las personas: ancianos, enfermos, participantes en la catequesis o en un encuentro de oración, peregrinos, aquellos que inician un camino, grupos y asociaciones de voluntarios, etc. Tales bendiciones se dirigen a todos, ninguno puede ser excluido. En los preámbulos del Rito de bendición de los ancianos, por ejemplo, se afirma que el objetivo de esta bendición es «que los ancianos reciban de los hermanos un testimonio de respeto y de agradecimiento. Al mismo tiempo nosotros, junto con ellos, damos gracias a Dios por los beneficios que de él han recibido y por las buenas obras que han realizado con su ayuda».[20] En este caso, el objeto de la bendición es la persona del anciano, por quien y con quien se da gracias a Dios por el bien por él realizado y por los beneficios recibidos. A ninguno se puede impedir esta acción de gracias y cada uno, incluso si vive en situaciones no ordenadas al designio del Creador, posee elementos positivos por los cuales alabar al Señor.

29. Desde la perspectiva de la dimensión ascendente, cuando se toma conciencia de los dones del Señor y de su amor incondicional, incluso en situaciones de pecado, sobre todo cuando se escucha una oración, el corazón creyente eleva su alabanza y bendición a Dios. Esta forma de bendición no se impide a nadie. Todos – individualmente o en unión con otros – pueden elevar a Dios su alabanza y su gratitud.

30. Pero el sentido popular de las bendiciones incluye también el valor de la bendición descendente. Si «no es conveniente que una Diócesis, una Conferencia Episcopal o cualquier otra estructura eclesial habiliten constantemente y de modo oficial procedimientos o ritos para todo tipo de asuntos»,[21] la prudencia y la sabiduría pastoral pueden sugerir que, evitando formas graves de escándalo o confusión entre los fieles, el ministro ordenado se una a la oración de aquellas personas que, aunque estén en una unión que en modo alguno puede parangonarse al matrimonio, desean encomendarse al Señor y a su misericordia, invocar su ayuda, dejarse guiar hacia una mayor comprensión de su designio de amor y de vida.

III. Las bendiciones de parejas en situaciones irregulares y de parejas del mismo sexo

31. En el horizonte aquí delineado se coloca la posibilidad de bendiciones de parejas en situaciones irregulares y de parejas del mismo sexo, cuya forma no debe encontrar ninguna fijación ritual por parte de las autoridades eclesiásticas, para no producir confusión con la bendición propia del sacramento del matrimonio. En estos casos, se imparte una bendición que no sólo tiene un valor ascendente, sino que es también la invocación de una bendición descendente del mismo Dios sobre aquellos que, reconociéndose desamparados y necesitados de su ayuda, no pretenden la legitimidad de su propio status, sino que ruegan que todo lo que hay de verdadero, bueno y humanamente válido en sus vidas y relaciones, sea investido, santificado y elevado por la presencia del Espíritu Santo. Estas formas de bendición expresan una súplica a Dios para que conceda aquellas ayudas que provienen de los impulsos de su Espíritu – que la teología clásica llama “gracias actuales” – para que las relaciones humanas puedan madurar y crecer en la fidelidad al mensaje del Evangelio, liberarse de sus imperfecciones y fragilidades y expresarse en la dimensión siempre más grande del amor divino.

32. La gracia de Dios, de hecho, actúa en la vida de aquellos que no se consideran justos, sino que se reconocen humildemente pecadores como todos. Es capaz de dirigirlo todo según los designios misteriosos e imprevisibles de Dios. Por eso, con incansable sabiduría y maternidad, la Iglesia acoge a todos los que se acercan a Dios con corazón humilde, acompañándolos con aquellos auxilios espirituales que permiten a todos comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su existencia.[22]

33. Es esta una bendición que, aunque no se incluya en un rito litúrgico,[23] une la oración de intercesión a la invocación de ayuda de Dios de aquellos que se dirigen humildemente a Él. ¡Dios no aleja nunca al que se acerca a Él! Al fin y al cabo, la bendición ofrece a las personas un medio para acrecentar su confianza en Dios. La petición de una bendición expresa y alimenta la apertura a la trascendencia, la piedad y la cercanía a Dios en mil circunstancias concretas de la vida, y esto no es poca cosa en el mundo en el que vivimos. Es una semilla del Espíritu Santo que hay que cuidar, no obstaculizar.

34. La misma liturgia de la Iglesia nos invita a esta actitud confiada, también en medio de nuestros pecados, falta de méritos, debilidades y confusiones como da testimonio esta bellísima oración colecta tomada del Misal Romano: «Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir» (XXVII Domingo del Tiempo Ordinario). Cuantas veces, de hecho, a través de una simple bendición del pastor, que en este gesto no pretende sancionar ni legitimar nada, las personas pueden experimentar la cercanía del Padre que desborda “los méritos y deseos”.

35. Por lo tanto, la sensibilidad pastoral de los ministros ordenados debería educarse, también, para realizar espontáneamente bendiciones que no se encuentran en el Bendicional.

36. En este sentido, es esencial acoger la preocupación del Papa, para que estas bendiciones no ritualizadas no dejen de ser un simple gesto que proporciona un medio eficaz para hacer crecer la confianza en Dios en las personas que la piden, evitando que se conviertan en un acto litúrgico o semi-litúrgico, semejante a un sacramento. Esto constituiría un grave empobrecimiento, porque sometería un gesto de gran valor en la piedad popular a un control excesivo, que privaría a los ministros de libertad y espontaneidad en el acompañamiento de la vida de las personas.

37. A este respecto, vienen a la mente las siguientes palabras, en parte ya citadas, del Santo Padre: «Las decisiones que, en determinadas circunstancias, pueden formar parte de la prudencia pastoral, no necesariamente deben convertirse en una norma. Es decir, no es conveniente que una Diócesis, una Conferencia Episcopal o cualquier otra estructura eclesial habiliten constantemente y de modo oficial procedimientos o ritos para todo tipo de asuntos […] El Derecho Canónico no debe ni puede abarcarlo todo, y tampoco deben pretenderlo las Conferencias Episcopales con sus documentos y protocolos variados, porque la vida de la Iglesia corre por muchos cauces además de los normativos».[24] Así el Papa Francisco ha recordado que «todo aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma», porque esto «daría lugar a una casuística insoportable».[25]

38. Por esta razón, no se debe ni promover ni prever un ritual para las bendiciones de parejas en una situación irregular, pero no se debe tampoco impedir o prohibir la cercanía de la Iglesia a cada situación en la que se pida la ayuda de Dios a través de una simple bendición. En la oración breve que puede preceder esta bendición espontanea, el ministro ordenado podría pedir para ellos la paz, la salud, un espíritu de paciencia, diálogo y ayuda mutuos, pero también la luz y la fuerza de Dios para poder cumplir plenamente su voluntad.

39. De todos modos, precisamente para evitar cualquier forma de confusión o de escándalo, cuando la oración de bendición la solicite una pareja en situación irregular, aunque se confiera al margen de los ritos previstos por los libros litúrgicos, esta bendición nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos. Ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio. Esto mismo se aplica cuando la bendición es solicitada por una pareja del mismo sexo.

40. En cambio, tal bendición puede encontrar su lugar en otros contextos, como la visita a un santuario, el encuentro con un sacerdote, la oración recitada en un grupo o durante una peregrinación. De hecho, mediante estas bendiciones, que se imparten no a través de las formas rituales propias de la liturgia, sino como expresión del corazón materno de la Iglesia, análogas a las que emanan del fondo de las entrañas de la piedad popular, no se pretende legitimar nada, sino sólo abrir la propia vida a Dios, pedir su ayuda para vivir mejor e invocar también al Espíritu Santo para que se vivan con mayor fidelidad los valores del Evangelio.

41. Lo que se ha dicho en la presente Declaración sobre las bendiciones de parejas del mismo sexo, es suficiente para orientar el discernimiento prudente y paterno de los ministros ordenados a este respecto. Por tanto, además de las indicaciones anteriores, no cabe esperar otras respuestas sobre cómo regular los detalles o los aspectos prácticos relativos a este tipo de bendiciones.[26]

IV. La Iglesia es el sacramento del amor infinito de Dios

42. La Iglesia continúa elevando aquellas oraciones y suplicas que Cristo mismo, con grandes gritos y lágrimas, ofreció en los días de su vida terrena (cfr. Heb 5, 7) y que por esto mismo gozan de una eficacia particular. De este modo, «la comunidad eclesial ejerce su verdadera función de conducir las almas a Cristo no sólo con la caridad, el ejemplo y los actos de penitencia, sino también con la oración».[27]

43. Así, la Iglesia es el sacramento del amor infinito de Dios. Por eso, cuando la relación con Dios está enturbiada por el pecado, siempre se puede pedir una bendición, acudiendo a Él, como hizo Pedro en la tormenta cuando clamó a Jesús: «Señor, sálvame» (Mt 14, 30). En algunas situaciones, desear y recibir una bendición puede ser el bien posible. El Papa Francisco nos recuerda que «un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades».[28] De este modo, «lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado».[29]

44. Toda bendición será la ocasión para un renovado anuncio del kerygma, una invitación a acercarse siempre más al amor de Cristo. El Papa Benedicto XVI enseñaba: «La Iglesia, al igual que María, es mediadora de la bendición de Dios para el mundo: la recibe acogiendo a Jesús y la transmite llevando a Jesús. Él es la misericordia y la paz que el mundo por sí mismo no se puede dar y que necesita tanto o más que el pan».[30]

45. Teniendo en cuenta todo lo afirmado anteriormente, siguiendo la enseñanza autorizada del Santo Padre Francisco, este Dicasterio quiere finalmente recordar que «esta es la raíz de la mansedumbre cristiana, la capacidad de sentirse bendecidos y la capacidad de bendecir […]. Este mundo necesita bendición y nosotros podemos dar la bendición y recibir la bendición. El Padre nos ama. Y a nosotros nos queda tan solo la alegría de bendecirlo y la alegría de darle gracias, y de aprender de Él a no maldecir, sino bendecir».[31] De este modo, cada hermano y hermana podrán sentirse en la Iglesia siempre peregrinos, siempre suplicantes, siempre amados y, a pesar de todo, siempre bendecidos.

Víctor Manuel Card. FERNÁNDEZ

Prefecto

Mons. Armando MATTEO

Secretario para la Sección Doctrinal

Ex Audientia Die 18 diciembre 2023

Francisco

___________________

[1] Francisco, Catequesis sobre la oración: la bendición (2 diciembre 2020), L’Osservatore Romano, 2 diciembre 2020, p. 8.

[2] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, «Responsum» ad «dubium» de benedictione unionem personarum eiusdem sexus et Nota esplicativa, AAS 113 (2021), 431-434.

[3] Francisco, Exhort. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), n. 42, AAS 105 (2013), 1037-1038.

[4] Cfr. Francisco, Respuestas del Santo Padre a los Dubia propuestos por dos Cardenales (11 julio 2023).

[5] Ibidem, ad dubium 2, c.

[6] Ibidem, ad dubium 2, a.

[7] Cfr. Rituale Romanum ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum auctoritate Ioannis Pauli PP. II promulgatum, De benedictionibus, Editio typica, Praenotanda, Typis Polyglottis Vatianis, Civitate Vaticana 1985, n. 12; en la edición española de la Comisión Episcopal de Liturgia, Bendicional, Coeditores litúrgicos, Barcelona 1986, n. 12.

[8] Ibidem, n. 11: “Quo autem clarius hoc pateat, antiqua ex traditione, formulae benedictionum eo spectant ut imprimis Deum pro eius donis glorificent eiusque impetrent beneficia atque maligni potestatem in mundo compescant.”

[9] Ibidem, n. 15: “Quare illi qui benedictionem Dei per Ecclesiam expostulant, dispositiones suas ea fide confirment, cui omnia sunt possibilia; spe innitantur, quae non confundit; caritate praesertim vivificentur, quae mandata Dei servanda urget.”

[10] Ibidem, n. 13: “Semper ergo et ubique occasio praebetur Deum per Christum in Spiritu Sancto laudandi, invocandi eique gratias reddendi, dummodo agatur de rebus, locis, vel adiunctis quae normae vel spiritui Evangelii non contradicant.”

[11] Francisco, Respuestas del Santo Padre a los Dubia propuestos por dos Cardenales, ad dubium 2, d.

[12] Ibidem, ad dubium 2, e.

[13] Francisco, Exhort. Ap. C’est la confiance (15 octubre 2023), nn. 2, 20, 29.

[14] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2002, n. 12.

[15] Ibidem, n. 13.

[16] Francisco, Exhort. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), n. 94, AAS 105 (2013), 1060.

[17] Francisco, Respuestas del Santo Padre a los Dubia propuestos por dos Cardenales, ad dubium 2, e.

[18] Ibidem, ad dubium 2, f.

[19] Francisco, Catequesis sobre la oración: la bendición (2 diciembre 2020), L’Osservatore Romano, 2 diciembre 2020, p. 8.

[20] De Benedictionibus, n. 258: “Haec benedictio ad hoc tendit ut ipsi senes a fratribus testimonium accipiant reverentiae grataeque mentis, dum simul cum ipsis Domino gratias reddimus pro beneficiis ab eo acceptis et pro bonis operibus eo adiuvante peractis.”; en la edición española de la Comisión Episcopal de Liturgia, Bendicional, Coeditores litúrgicos, Barcelona 1986, n. 260.

[21] Francisco, Respuestas del Santo Padre a los Dubia propuestos por dos Cardenales, ad dubium 2, g.

[22] Cfr. Francisco, Exhort. Ap. Post-sinodal Amoris laetitia (19 marzo 2016), n. 250, AAS 108 (2016), 412-413.

[23] Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 13: «La diferencia objetiva entre los ejercicios de piedad y las prácticas de devoción respecto de la Liturgia debe hacerse visible en las expresiones cultuales […] los actos de piedad y de devoción encuentran su lugar propio fuera de la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos».

[24] Francisco, Respuestas del Santo Padre a los Dubia propuestos por dos Cardenales, ad dubium 2, g.

[25] Francisco, Exhort. Ap. Post-sinodal Amoris laetitia (19 marzo 2016), n. 304, AAS 108 (2016), 436.

[26] Cfr. ibidem.

[27] Oficio Divino reformado según los decretos del Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado por su santidad el Papa Pablo VI, Liturgia de las Horas según el Rito Romano, Principios y normas para la Liturgia de las Horas, Conferencia Episcopal Española, Coeditores Litúrgicos, Barcelona 1979, n. 17.

[28] Francesco, Exhort. Ap. Evangelii Gaudium (24 novembre 2013), n. 44, AAS 105 (2013), 1038-1039.

[29] Ibidem, n. 36, AAS 105 (2013), 1035.

[30] Benedicto XVII, Homilía de la Santa Misa en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. XLV Jornada Mundial de la Paz, Basílica Vaticana (1 enero 2012), Insegnamenti VIII, 1 (2012), 3.

[31] Francisco, Catequesis sobre la oración: la bendición (2 diciembre 2020), L’Osservatore Romano, 2 diciembre 2020, p. 8.

[01963-ES.01] [Texto original: Español]

[B0901-XX.01]

Fuente: press.vatican.va

18 diciembre 2023

La alegría de dar

 Juan Luis Selma


La vida, el mundo actual nos quiere llevar por otros derroteros. Nos incitan a pensar en nosotros, a buscar lo mío, a regalarme a mí mismo

Todos conocemos personas que están siempre alegres, contentas. Esto nos puede llamar la atención y cuestionarnos a qué es debido. Lo fácil es achacarlo a su carácter o, incluso, pensar que se trata de una persona un poco simple. Pero lo cierto es que esa alegría no nos deja indiferentes. La vemos en los niños y, también, en los santos. La contemplamos en las personas generosas y brilla por su ausencia en aquellos que van de importantes por la vida.

Si examinamos nuestro interior, veremos que el éxito profesional, el salirnos con la nuestra, el disfrute de los mejores placeres no siempre nos llena, ni nos da la buena alegría. No hace mucho hice un viaje en el AVE; en los asientos de mi izquierda iban dos jóvenes a una despedida de solteros. No pararon de beber cervezas, que llevaban de casa, para que les salieran más baratas. Querían alegrarse para llegar a la fiesta entonados. Como si el ir a una celebración no fuera ya motivo de gozo.

La liturgia de este domingo, que tiene nombre propio, Gaudete, nos invita a alegrarnos. “Hermanos: estad siempre alegres”, nos anima san Pablo. También nos recuerda la Sagrada Escritura, que "hay mayor alegría en dar que en recibir". El motivo de tanto gozo es la cercanía de El Salvador. En Belén, el Padre Eterno nos da a su Hijo. La Navidad es un misterio de entrega, de generosidad sin límites. Allí, Dios nos hace el mejor regalo, su Hijo, y por eso todos le llevan presentes.

El cántico de los ángeles, del cosmos, es de alegría. Si queremos, también nosotros podemos unirnos a ese gozo celestial siendo generosos, dando, regalando. La lógica de la alegría, de la felicidad, es la generosidad: la de dar. La vida, el mundo actual nos quiere llevar por otros derroteros. Nos incitan a pensar en nosotros, a buscar lo mío, a regalarme a mí mismo. Pensamos que esto es lo mejor y, sin darnos cuenta, nos encerramos en una espiral de egoísmo, idolatramos el yo y nunca tenemos bastante. El ego es insaciable, cada vez pide más y está más insatisfecho con lo que tiene.

Canta la poetisa Isabel Reyes: “Ah, si tú conocieras la alegría de dar! Mira, es la forma más hermosa de amar, que reciben los otros. Ser la fuente generosa para que todos puedan beber. Reconocerse agua y darse sin pensar, / Pues las almas son como las plantas, a las que hay que regar. Benditos y felices los que logran decir: Hoy me he dado”. Darse es Navidad, por eso es tan alegre.

Me comentaba una madre que estaba organizando la comida de Navidad. Les decía a los hijos que no se preocuparan, que ella lo pondría todo. Quería que estuvieran todos juntos y en armonía. Contrasta con otros comentarios que se escuchan entre hermanos o cuñadas…: pullitas sobre el táper, sobre lo que han llevado los otros, comparaciones… No estropeemos las fiestas, no rompamos la armonía. Al Portal cada uno lleva lo que puede y todo es bienvenido.

Vamos a plantear estos días desde la generosidad, intentemos ser un regalo para los otros. Vamos a pensar qué podemos llevar al Niño que va a nacer. Recorramos la lógica divina de la entrega y seamos parcos, sobrios con nosotros mismos. Regalémosle a Dios parte de nuestro tiempo asistiendo a la misa el día de Navidad. Dejemos a sus pies nuestros pecados en la confesión. Seamos una figurita más del Nacimiento que lleva humildes presentes. Lo podemos hacer regalando a los pobres.

Compartamos nuestro tiempo con los mayores o enfermos. Que nuestras visitas no sean de cortesía: rápidas, fugaces. Acompañemos a los que están solos. Planteemos nuestro descanso procurando que lo hagan nuestros seres queridos.

Vamos a fomentar este modo de ver la vida. Me comentaban de un niño, educado en esta escuela, que, al enterarse del papel de los padres en los regalos de Reyes, rebajó sustancialmente sus peticiones a los Magos de Oriente. Otros piden regalos para los niños pobres, para sus hermanos. Educar en la sobriedad, en la cultura de pensar en los otros, en la alegría de compartir, es ayudar a que los nuestros sean más felices. Todos hemos experimentado la verdad de esta actitud; lo felices que somos cuando pensamos en los demás, cuando somos generosos, cuando, por agradar, nos olvidamos de nosotros mismos.

Escribe Santa Teresa en el Libro de las Fundaciones: "Esta fuerza tiene el amor, si es perfecto: olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos".

La Navidad es un misterio de amor, del amor que Dios nos tiene queriendo ser uno como nosotros; del amor del Padre, que nos da a su Hijo. Dios está contento dando, regalando. Aprendamos nosotros. Salgamos de la tela de araña del egoísmo descubriendo las necesidades de nuestro prójimo. Experimentemos la alegría de dar.

Fuente: eldiadecordoba.es

17 diciembre 2023

Testimonio de la luz

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, tercer domingo de Adviento, el Evangelio nos habla de la misión de Juan Bautista (cf. Jn 1,6-8.19-28), indicándolo como profeta enviado por Dios para "dar testimonio de la luz" (v. 8). Reflexionemos sobre esto: dar testimonio de la luz.

El testimonio. El Bautista es ciertamente un hombre extraordinario. La gente acude a escucharle atraída por su forma de ser, coherente y sincera (cf. vv. 6-7). Su testimonio llega a través de la franqueza de su lenguaje, la honestidad de su comportamiento, la austeridad de su vida. Tres cosas: la franqueza de lenguaje, honestad de comportamiento, austeridad de vida. Todo ello le diferencia de otros personajes famosos y poderosos de la época, que invertían mucho en la apariencia. Personas como él, rectas, libres y valientes, son figuras luminosas, fascinantes: nos inspiran a salir de la mediocridad y a ser a su vez modelos de buena vida para los demás. El Señor envía hombres y mujeres así en todas las épocas. ¿Sabemos reconocerlos? ¿Intentamos aprender de su testimonio, cuestionándonos incluso a nosotros mismos? ¿O nos dejamos encantar por personajes de moda? Y entramos en actitudes superficiales…

Juan por contra, es luminoso porque da testimonio de la luz. Pero, ¿cuál es su luz? Él mismo nos responde, cuando dice claramente a la multitud, que se ha congregado para escucharle, que él no es la luz, que él no es el Mesías (cf. vv. 19-20). La luz es Jesús, el Cordero de Dios, "Dios que salva". Sólo Él redime, libera, cura e ilumina. Por eso Juan es una "voz" que acompaña a los hermanos a la Palabra; sirve, sin buscar honores ni protagonismo: es una lámpara, mientras que la luz es Cristo vivo (cf. vv. 26-27; Jn 5,35).

Hermanos y hermanas, el ejemplo de Juan Bautista nos enseña al menos dos cosas. En primer lugar, que nosotros, solos, no podemos salvarnos: sólo en Dios encontramos la luz de la vida. Y, en segundo lugar, que cada uno de nosotros, con el servicio, la coherencia, la humildad, con el testimonio de vida -y siempre con la gracia de Dios- puede ser una lámpara que brilla y ayudar a los demás a encontrar el camino para encontrarse con Jesús.

Por eso nos preguntamos: ¿cómo puedo yo, en los ambientes en los que vivo, no un día lejano, sino ya ahora, en esta Navidad, ser un testigo de luz, un testigo de Cristo?

Que María, espejo de santidad, nos ayude a ser hombres y mujeres que reflejen a Jesús, la luz que viene al mundo.

Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Ayer, en el Santuario de Nuestra Señora de Luján, en Argentina, ha sido beatificado el Cardenal Eduardo Pironio, pastor humilde y celoso, testimonio de esperanza, defensor de los pobres. Colaboró con San Juan Pablo II en la promoción del laicado y en las Jornadas Mundiales de la Juventud. Que su ejemplo nos ayude a ser una iglesia en salida, que se hace compañera de todos, especialmente de los más débiles. ¡Un aplauso para el nuevo Beato!

Hoy deseo recordar a los miles de migrantes que intentan cruzar la selva del Darién entre Colombia y Panamá. A menudo son familias con niños que se aventuran por caminos peligrosos, engañados por quienes les prometen falsamente una ruta corta y segura, maltratados y robados. No pocos pierden la vida en esa selva.

Necesitamos el esfuerzo conjunto de los países más directamente afectados y de la comunidad internacional para evitar que. Esta trágica realidad pase en silencio y dar juntos una respuesta humanitaria.

Y no olvidemos a nuestros hermanos y hermanas que sufren a causa de la guerra, en Ucrania, Palestina e Israel y otras zonas de conflicto. Que la proximidad de la Navidad fortalezca nuestro compromiso de abrir caminos de paz. Sigo recibiendo noticias muy graves y dolorosas de Gaza. Civiles desarmados están siendo bombardeados y tiroteados. Y esto ha ocurrido hasta dentro del recinto parroquial de la Sagrada Familia, donde no hay terroristas, sino familias, niños, enfermos y discapacitados, monjas.

Una madre y su hija, la Sra. Nahida Khalil Anton y su hija Samar Kamal Anton, fueron asesinadas y otras personas fueron heridas por francotiradores cuando iban al baño. La casa de las Hermanas de la Madre Teresa resultó dañada y su generador fue alcanzado. Algunos dicen: "Es el terrorismo, es la guerra". Sí, es guerra, es terrorismo. Por eso dice la Escritura que "Dios pone fin a las guerras... rompe los arcos y quiebra las lanzas" (cf. Sal 46,9). Roguemos al Señor por la paz.

Saludos

Saludo a todos vosotros, familias, grupos parroquiales y asociaciones, venidos de Roma, de Italia y de tantas partes del mundo. En particular, saludo a los peregrinos de los Estados Unidos de América y de Polonia; a los fieles de Mormanno, Acilia y Viterbo.

Y ahora saludo a vosotros, queridos niños y jóvenes de los oratorios y escuelas de Roma, que han traído las estatuillas del Niño Jesús para ser bendecidas. Yo los bendigo [hace el gesto]. Y al bendecir vuestros "Niños", les pido que recen ante el pesebre por los niños que vivirán una Navidad difícil, en lugares de guerra, en campos de refugiados, en situaciones de gran miseria. Gracias por esto, y ¡Feliz Navidad a vosotros y a vuestras familias!¡un aplauso a los niños!

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta luego!.

Fuente: vatican.va

16 diciembre 2023

No soy digno de desatarle la correa

Domingo de la 3° semana de Adviento (Ciclo B).

Evangelio (Jn 1,6-8. 19-28)

Hubo un hombre enviado por Dios,que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.

No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Entonces él confesó la verdad y no la negó, y declaró:

—Yo no soy el Cristo.

Y le preguntaron:

—¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?

Y dijo:

—No lo soy.

—¿Eres tú el Profeta?

—No, respondió.

Por último le dijeron:

—¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?

Contestó:

—Yo soyla voz del que clama en el desierto:

«Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.

Los enviados eran de los fariseos. Le preguntaron:

—¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?

Juan les respondió:

—Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.

Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Comentario

El evangelio del tercer domingo de Adviento nos narra el testimonio que dio Juan Bautista a los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén. En tiempos de Jesús latía una fuerte expectación mesiánica generalizada, hasta el punto de que, como describe el historiador Flavio Josefo, bastantes personajes se proclamaban a sí mismos el mesías prometido por Dios para liberar al pueblo. Debía ser tan grande la fama de santidad del Bautista, que las autoridades religiosas quisieron preguntarle directamente por su identidad y actividad.

El evangelista ya nos ha aclarado en su prólogo quién es Juan para que entendamos la escena de su testimonio: era “un hombre enviado por Dios” que “vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran”. Detrás de las preguntas que las autoridades le hacen a Juan —“¿tú quién eres?”; “¿eres tú Elías?”; “¿eres tú el Profeta?”—, se entrevén algunas corrientes religiosas de entonces, entre las cuales estaba la creencia de que Elías llegaría justo antes del advenimiento del mesías, así como se creía en la llegada de otro profeta precursor y de identidad indeterminada. Jesús aclarará más tarde a sus discípulos que en realidad Juan podía ser identificado con Elías (cfr. Mt 17,12).

En cualquier caso, y a pesar de su prestigio, san Juan ataja inmediatamente cualquier intento de ensalzar su persona o cualquier sombra de protagonismo. El Bautista predicaba así con su ejemplo la humilde disposición interior que exigía a las gentes y que sigue siendo un reclamo actual para nosotros. Como expresaba san Josemaría, “hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya”.

A propósito de este tiempo de Adviento y del evangelio de hoy cabe mencionar la antigua costumbre de los emperadores de Roma de realizar advientos, es decir, llegadas triunfales a la urbe, con todo un séquito de sirvientes, el ejército e incluso un desfile de enemigos derrotados. La llegada del emperador se convertía en símbolo de victoria y grandeza. En cambio, el adviento del Señor en Belén fue discreto y sencillo, como lo fue cuando apareció a orillas del Jordán, o a lomos de un burro en Jerusalén.

Esa misma llegada discreta se produce ahora en la eucaristía, en nuestro quehacer diario y en las necesidades de los demás. Ante esos sucesivos advientos del Señor, corremos el riesgo de engrandecernos nosotros, sin dejarle espacio en nuestros horarios e intereses. Y el tiempo litúrgico del Adviento nos invita, por medio de la voz de Juan que clama en el desierto, a una nueva conversión y una exigente preparación para la venida del Señor.

Al mismo tiempo, la liturgia nos recuerda que ese dejar crecer a Cristo no nos apoca ni entristece, sino todo lo contrario, al igual que le sucedió al Bautista, que se llenó de alegría cuando vio llegar al Mesías. Como recordaba Benedicto XVI, “la liturgia de este domingo, llamado Gaudete, nos invita a la alegría, a una vigilancia no triste, sino gozosa. (…) La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se logra con el propio esfuerzo, sino que es un don, nace del encuentro con la persona viva de Jesús, de hacerle espacio en nosotros, de acoger al Espíritu Santo que guía nuestra vida. (…) En este tiempo de Adviento reforcemos la certeza de que el Señor ha venido en medio de nosotros y continuamente renueva su presencia de consolación, de amor y de alegría. Encomendemos nuestro camino a la Virgen Inmaculada, cuyo espíritu se llenó de alegría en Dios Salvador. Que ella guíe nuestro corazón en la espera gozosa de la venida de Jesús, una espera llena de oración y de buenas obras”

Fuente: opusdei.org