22 junio 2025

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO - Santa Misa, Procesión y Bendición Eucarística

Homilía del Papa

Queridos hermanos y hermanas, es hermoso estar con Jesús. El Evangelio que acabamos de escuchar lo atestigua, narrando que las multitudes permanecían horas y horas con Él, que hablaba del Reino de Dios y curaba a los enfermos (cf. Lc 9,11). La compasión de Jesús por quienes sufren manifiesta la amorosa cercanía de Dios, que viene al mundo para salvarnos. Cuando Dios reina, el hombre es liberado de todo mal. Sin embargo, incluso para aquellos que reciben la buena nueva de Jesús, llega la hora de la prueba. En aquel lugar desierto, donde las multitudes han escuchado al Maestro, cae la tarde y no hay nada para comer (cf. v. 12). El hambre del pueblo y la puesta del sol son signos de un límite que se cierne sobre el mundo, sobre cada criatura: el día termina, al igual que la vida de los hombres. Es en esta hora, en el tiempo de la indigencia y de las sombras, cuando Jesús permanece entre nosotros.

Justo cuando el sol se pone y el hambre crece, mientras los propios apóstoles piden despedir a la gente, Cristo nos sorprende con su misericordia. Él tiene compasión del pueblo hambriento e invita a sus discípulos a que se ocupen de él, porque el hambre no es una necesidad que no tenga que ver con el anuncio del Reino y el testimonio de la salvación. Al contrario, esta hambre está vinculada con nuestra relación con Dios. Sin embargo, cinco panes y dos peces no parecen suficientes para alimentar al pueblo, porque los cálculos de los discípulos, aparentemente razonables revelan, en cambio, su poca fe. Ya que, en realidad, con Jesús contamos con todo lo necesario para dar fuerza y sentido a nuestra vida.

En efecto, a la urgencia del hambre, Él responde con el signo del compartir: levanta los ojos, pronuncia la bendición, parte el pan y da de comer a todos los presentes (cf. v. 16). Los gestos del Señor no inauguran un complejo ritual mágico, sino que manifiestan con sencillez el agradecimiento hacia el Padre, la oración filial de Cristo y la comunión fraterna que sostiene el Espíritu Santo. Para multiplicar los panes y los peces, Jesús divide los que hay: sólo así hay suficiente para todos, es más, sobran. Después de haber comido ―hasta saciarse―, con lo que sobró, llenaron doce canastos (cf. v. 17).

Esta es la lógica que salva al pueblo hambriento: Jesús actúa según el estilo de Dios, enseñando a hacer lo mismo. Hoy, en lugar de las multitudes que aparecen en el Evangelio, hay pueblos enteros, humillados por la codicia ajena aún más que por el hambre misma. Ante la miseria de muchos, la acumulación de unos pocos es signo de una soberbia indiferente, que produce dolor e injusticia. En lugar de compartir, la opulencia desperdicia los frutos de la tierra y del trabajo del hombre. Especialmente en este año jubilar, el ejemplo del Señor sigue siendo para nosotros un criterio urgente de acción y servicio: compartir el pan, para multiplicar la esperanza, proclama la venida del Reino de Dios.

Al salvar del hambre a las multitudes, Jesús anuncia que salvará a todos de la muerte. Este es el misterio de la fe, que celebramos en el sacramento de la Eucaristía. Así como el hambre es señal de nuestra radical indigencia vital, así también el partir el pan es signo del don divino de la salvación.

Queridos amigos, Cristo es la respuesta de Dios al hambre del hombre, porque su cuerpo es el pan de la vida eterna: ¡tomen y coman todos de él! La invitación de Jesús abarca nuestra experiencia cotidiana: para vivir, necesitamos alimentarnos de la vida, quitándosela a las plantas y a los animales. Sin embargo, comer algo exánime nos recuerda que también nosotros, por mucho que comamos, moriremos. En cambio, cuando nos alimentamos de Jesús, pan vivo y verdadero, vivimos para Él. Ofreciéndose sin reservas, el Crucificado Resucitado se entrega a nosotros, y de este modo descubrimos que hemos sido hechos para nutrirnos de Dios. Nuestra naturaleza hambrienta lleva la marca de una indigencia que es saciada por la gracia de la Eucaristía. Como escribe san Agustín, Cristo es, de verdad, «panis qui reficit, et non deficit; panis qui sumi potest, consumi non potest» (Sermo 130, 2), es decir, un pan que nutre y nunca falta; un pan que se puede comer pero que nunca se agota. La Eucaristía, en efecto, es la presencia verdadera, real y sustancial del Salvador (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1413), que transforma el pan en sí mismo, para transformarnos en Él. Vivo y vivificante, el Corpus Domini hace de nosotros, o sea, de la Iglesia misma, el cuerpo del Señor.

Por eso, según las palabras del apóstol Pablo (cf. 1 Cor 10,17), el Concilio Vaticano II enseña que «la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico […]. Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos» (Const. dogm. Lumen gentium, 3). La procesión que comenzaremos dentro de poco es un signo de ese camino. Juntos, pastores y rebaño, nos alimentamos del Santísimo Sacramento, lo adoramos y lo llevamos por las calles. Al hacerlo, lo ofrecemos a la mirada, a la conciencia y al corazón de la gente. Al corazón de quien cree, para que crea más firmemente, y al corazón de quien no cree, para que se cuestione sobre el hambre que tenemos en el alma y sobre el pan que puede saciarla.

Fortalecidos por el alimento que Dios nos da, llevemos a Jesús al corazón de todos, porque Jesús incluye a todos en la obra de la salvación, invitando a cada uno a participar en su mesa. ¡Dichosos los invitados, que se convierten en testigos de este amor!

Fuente: vatican.va


21 junio 2025

Corpus Christi

Domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (ciclo C)

Evangelio (Lc 9,11b-17)

En aquel tiempo, Jesús acogió a la gente, les hablaba del Reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad.

Empezaba a declinar el día, y se acercaron los doce para decirle:

—Despide a la muchedumbre, para que se vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto.

Él les dijo:

—Dadles vosotros de comer.

Pero ellos dijeron:

—No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros y compremos comida para todo este gentío —había unos cinco mil hombres.

Entonces les dijo a sus discípulos:

—Hacedlos sentar en grupos de cincuenta.

Así lo hicieron, y acomodaron a todos.

Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición sobre ellos, los partió y empezó a dárselos a sus discípulos, para que los distribuyeran entre la muchedumbre. Comieron hasta que todos quedaron satisfechos. Y de lo que sobró recogieron doce cestos de trozos.

Comentario al Evangelio

Los evangelios retratan con frecuencia a Jesús llevado de su inmenso amor por la gente, acogiendo a todos, predicando el Reino de Dios con paciencia y curando a los enfermos que le presentaban. En el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, Jesús también se preocupa de su indigencia material. Como explica el Papa Francisco, “su compasión no es un vago sentimiento; muestra en cambio toda la fuerza de su voluntad de estar cerca de nosotros y de salvarnos. Jesús nos ama mucho, y quiere estar con nosotros. Según llega la tarde, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y cuida de cuantos le siguen.

El milagro de la multiplicación, que todos los evangelistas quisieron consignar, fue un preludio del derroche de amor de Jesús en la Eucaristía. De hecho, la escena está cargada de significado eucarístico. Por un lado, Jesús alimentó a la muchedumbre en un lugar desierto. Con este acto de bondad rememoraba y actualizaba el amor providente de Dios narrado en el Éxodo, cuando alimentó a Israel con el misterioso maná que bajaba del cielo cada día (cfr. Ex 16,1ss.) como preludio del verdadero pan del cielo de la Eucaristía (cfr. Jn 6,30ss.).

Por otro lado, los gestos de Jesús sobre los panes −“levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición sobre ellos, los partió y empezó a dárselos” (v. 16)−, recordaban los gestos que hacía el cabeza de familia en las casas de Israel y prefiguraban los gestos de la institución de la Eucaristía en la última cena (cfr. 1Co 11, 23-26; Mc 14,12-26; Mt 26,17-20 y Lc 22,7-39). Eran los mismos gestos de la fracción del pan que haría el resucitado, a la mesa, con los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,30). Los mismos gestos, en definitiva, que repiten los sacerdotes en cada Misa. El amor de Jesús mostrado aquella tarde de la multiplicación se extendería así en el espacio y el tiempo. En este sentido, Santa Teresita del Niño Jesús explicaba de modo sorprendente que “Dios no baja del cielo todos los días para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen, y Templo vivo de la adorable Trinidad”.

Con el milagro de la multiplicación, cerca de cinco mil personas quedaron saciadas e incluso sobró mucho: “doce cestos de trozos”. Este hecho, seguramente previsto por Jesús, además de reflejar el cuidado del Maestro por las cosas pequeñas, simbolizaba también la gran abundancia de los tiempos mesiánicos que anunciaron los profetas (cfr. Is 25,6; Sal 78,19-20), y anticipaba el sobreabundante amor de Jesús por los hombres, cumplido en el sacrificio de la cruz y perpetuado en la Eucaristía.

Por último, Jesús quiso hacer partícipes a los discípulos de su amor servicial por las muchedumbres. Por eso cuando ellos pretenden despedir a la gente, Jesús le dice: “dadles vosotros de comer”. Porque como dice el Papa Francisco “el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el de compartir, el del don, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla. (…) Así que preguntémonos al adorar a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor, que se da a mí, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de dar, de compartir, de amarle a Él y a los demás?”.

Fuente: opusdei.org

La importancia de saber querer

José María Contreras Luzón

La felicidad humana depende, en gran parte, de la elección de la persona con la que vamos a compartir la vida. De lo cual se deduce la importancia que tiene el conocimiento de esa persona. Gran parte del mismo tiene que hacerse en el noviazgo.

Toda decisión está relacionada con dos parámetros: información y riesgo. Cuanta mayor sea la información menor será el riesgo. En el caso del noviazgo, la información es el conocimiento del otro.

Actualmente, la palabra amor es una palabra equivoca o, si se quiere análoga, lo cual es un gran peligro en una relación donde el amor es lo fundamental.

Es muy importante que las dos personas tengan el mismo concepto de lo que es el amor y que ese concepto se atenga a la realidad, es decir, a lo que realmente es el amor.

Actualmente muchas parejas fundamentan su noviazgo, y muchas veces su próximo matrimonio, en algo que no tiene nada que ver con el amor, por ejemplo, en el sentimiento. En el sentimentalismo quiero decir. Y así cuando se ven emocionados creen que pueden con todo y cuando esa sensación decae o desaparece creen que el amor ha desaparecido. Esto es frecuentísimo y es causa de muchas roturas matrimoniales.

En los medios de comunicación rara vez se relaciona el amor con la inteligencia ni con la voluntad. A veces ni con el sentimiento. Solo con el deseo. Mucho de lo que aparece en las relaciones que nos muestran los medios de comunicación es sentimentalismo caduco y blando.

El amor es un trípode formado por inteligencia, sentimiento y voluntad. Cuando el sentimiento funciona todo es más fácil, cuando desaparece hay que echar mano de la inteligencia y la voluntad. La inteligencia para saber qué es lo que hay que hacer para seguir queriendo y la voluntad para hacer lo que hay que hacer para seguir queriendo, si no se hace esto es que uno no sabe querer.

Lo cual es frecuente y peligrosísimo, porque cuando uno establece una relación basada en el amor, como es un noviazgo y no digamos un matrimonio, con alguien que no sabe lo que es el amor, se expone a un fracaso rápido.

Para resumir lo que quiero decir es que los novios deberían tener muy claro que piensa el otro de lo que es el amor. Del papel que tienen los sentimientos en el amor, de lo negativo que es el sentimentalismo para una relación amorosa y del papel de la inteligencia y la voluntad tienen en el amor.

Cuando digo que piensa el otro no me refiero a lo que opina de lo que es amor. Me refiero a lo que cree que es el amor. Ya sabemos que una opinión es lo que yo sostengo, una creencia es lo que me sostiene a mí. La diferencia es abismal. La opinión cambia en función del estado de ánimo o las circunstancias. Una creencia, si se alimenta, es estable.

Por tanto, tener una visión solidad y verdadera de lo que es el amor es fundamental para que un noviazgo vaya a más y termine en un matrimonio seguro.

Nadie empezaría un negocio con alguien que no supiera lo que es el dinero. Con más motivo no se debe ir al matrimonio con alguien que no sepa lo que es el amor.

Las personas ya casadas tendrían que seguir formándose, adquirir conocimientos, buscar ayuda en personas que realmente puedan ayudarlos. Muchas veces se va a quien no puede ayudar.

Querer muchas veces no es fácil y mantener el amor tampoco. Por eso todos necesitamos formación y en muchas ocasiones ayuda.

Fuente: eldebate.com

20 junio 2025

Mala época para las intrigas vaticanas

Teo Peñarroja

Dicen que decía Borges que un buen político es el que no se hace notar. «¿Alguien sabe quién es el presidente de Suiza?», demostraba el ciego bonaerense. Pues, mutatis mutandis, podríamos preguntarnos si alguien sabe qué ha estado haciendo León XIV este mes. No es que el Papa sea o tenga que actuar como un político, pero me parece digna de reseñarse la discreción con la que trabaja. Y, desde luego, no está de brazos cruzados. El primer líder mundial al que recibió fue Zelenski, pero también ha hablado por teléfono con Putin durante una hora, en lo que fuentes vaticanas han asegurado que no fue una mera llamada protocolaria. Se ha visto con Matarella, Milei, J. D. Vance, Boluarte, con agustinas de Castellón, con fieles de su antigua diócesis de Chiclayo, con el prelado del Opus Dei, con el cardenal Ghirlanda, con el Cuerpo Diplomático, con periodistas, con los nuevos embajadores de Australia y República Dominicana, con prefectos de varios dicasterios. No se puede decir que haya estado quieto. Pero no ha dado grandes gestos.

En algunos de los más de 40 discursos e intervenciones que ha pronunciado en un mes (¡guau!) ha hablado con contundencia de cuestiones controvertidas —la familia tradicional o la situación de Gaza, por ejemplo— pero no ha levantado grandes reacciones. También ha citado una y otra vez, con contundente coherencia, a san Agustín y a León XIII. Desde un punto de vista algorítmico es un Pontífice aburrido, lo que parece excelente para un mundo (y una Iglesia) hiperconectados, deseosos de una novedad a cada minuto. 

En lo que se refiere a las intrigas vaticanas, que es lo que más nos gusta a los medios y a Paolo Sorrentino, no ha dado mucho de qué hablar. Todavía no sabemos si efectivamente volverá a vivir en el Palacio Apostólico ni si pasará el verano en Castel Gandolfo, como era costumbre entre los Papas. No ha nombrado a su propio sucesor al frente del Dicasterio de los Obispos y no se ha visto ningún cambio reseñable en la Curia. 

El Papa Prevost no venía con un programa bajo el brazo; así que, de momento, se dedica a escuchar a todo el mundo. Así se lo dijo a los trabajadores de la Santa Sede el 24 de mayo: «Este primer encuentro no es momento para pronunciar discursos programáticos, sino para expresarles mi agradecimiento por el trabajo que llevan adelante». Por lo que cuentan quienes le conocen, no es una estrategia, sino un talante. Que, además, confirma las primeras impresiones de la tarde inolvidable del 8 de mayo: un Papa que busca ante todo la unidad de la Iglesia. In Illo uno unum. De momento solo ha realizado un nombramiento importante dentro del Vaticano: Tiziana Merletti como secretaria del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. Pero ni hablar, de momento, de un secretario de Estado.

El lunes participó en el Jubileo de la Santa Sede, en la fiesta de Santa María, Madre de la Iglesia. Aquí lo vemos entrando en la basílica de San Pedro con la cruz de los peregrinos de la esperanza, encabezando a los miembros de la Curia y a los trabajadores del Vaticano. Con ellos y delante de ellos, León XIV no se está portando como un nuevo jefe, sino como un padre prudente.

Fuente: alfayomega.es


19 junio 2025

Robert Francis Prevost: un constructor de puentes con «alma de león»

Ulrich L. Lehner

El Apocalipsis es un libro de esperanza para tiempos oscuros como los que, sin ir más lejos, nos toca vivir. «El león de la tribu de Judá, la raíz de David, ¡ha vencido!», dice un versículo bíblico. En términos parecidos, Robert Francis Prevost, ya el papa León XIV, ha transmitido esperanza al orbe: «Dios nos ama, a todos nosotros, el mal no prevalecerá». El león del que hablan las Escrituras es Cristo, y la victoria es la resurrección: el triunfo definitivo sobre el mal y la muerte.

En sus primeros momentos como papa, Robert Francis Prevost hizo lo que se espera del sucesor de Pedro: confesó a Cristo resucitado y prometió ser un constructor de puentes —de ahí la palabra pontífice— porque «el mundo necesita su luz». Y ha entroncado en su primera aparición pública con Juan Pablo II y Benedicto XVI, porque llevaba, como ellos, la tradicional muceta. Y con Francisco, sobre todo, al afirmar: «Queremos ser una Iglesia sinodal, caminando y buscando siempre la paz, la caridad y la cercanía, especialmente con los que sufren». Como pueblo peregrino de Dios, la Iglesia es siempre sinodal —la voz griega sínodo se compone de los términos syn (juntos) y hodos (camino)—. En este sentido, la Iglesia es también misionera, esto es, testigo en todos los países y latitudes del amor que redimió al mundo. «¿Y qué mejor encarnación de la sinodalidad, de caminar con el Señor desde el nacimiento hasta el Gólgota y la Pascua, que María?». Por eso, el nuevo papa guió a la multitud que se congregó ayer en la plaza de San Pedro o que le seguía a través de la televisión en el rezo del Ave María. La verdadera sinodalidad que fortalece la fe en todos los cristianos es «siempre fruto del amor y la oración, no del sentimentalismo ni del activismo», subraya Ulrich Lehner.

No es casual la elección del nombre de León por Robert Francis Prevost. El primer pontífice que se llamó así era León I Magno (390-461), al que Benedicto XVI calificó como uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. Decisiva fue su huella doctrinal, «frente a un mar de confusión y heterodoxia», al rechazar en el Concilio de Calcedonia la herejía eutiquiana que negaba la verdadera naturaleza humana de Cristo, y al confirmar la unión hipostática de sus dos naturalezas (Dios y hombre). «Pedro ha hablado por boca de León», comentaron los obispos. Y «alma de león» demostraría aquel papa al enfrentarse con Atila, según cuenta la leyenda, y convencerlo de que no marchara sobre Roma. Se trata de una referencia oportuna en este comienzo del siglo XXI en que la paz está amenazada. Como también lo está la dignidad de la persona. Ahora que «el Estado de Nueva York ha dado los primeros pasos para legalizar el suicidio asistido», deberían resonar en nuestros oídos las palabras de León Magno: «Cristiano, reconoce tu dignidad […]. Recuerda que fuiste rescatado del poder de las tinieblas y llevado a la luz y al reino de Dios».

León XIII (1810 – 1903) es la otra gran referencia homónima del nuevo pontífice. Nadie esperaba que en 1891, cuando era un anciano de 81 años de voz suave, aquel papa promulgara la encíclica Rerum Novarum (subtitulada Sobre la situación de los obreros). «En pocas páginas, desafió a los poderosos a respetar la dignidad del trabajador, la familia y las necesidades humanas básicas. Su rugido es tan fuerte hoy como lo fue entonces, ya que este texto sigue sentando las bases de la doctrina social de la Iglesia».

León XIII también «aportó claridad en una época de confusión teológica», promulgando la encíclica Aeterni Patris (1879), en la que reivindicaba la filosofía tomista para hacer frente a determinados errores. Quizás veamos «el renacimiento de un papado más teológico». Las matemáticas —carrera que estudió Prevost— exigen una atención completa, a menudo comparada con el enfoque amoroso que los místicos tienen por Dios, como escribió Pascal. Y el derecho canónico —en el que León XIV se doctoró— no es únicamente una disciplina jurídica sino «teológica», fundada en la misión y la autoridad otorgadas a los apóstoles para guiar y santificar al pueblo de Dios. Este enfoque en el amor fue encarnado por Benedicto XVI, otro papa notablemente influido por san Agustín, «quien legó a la Iglesia algunos de sus escritos más bellos sobre la caridad, la esperanza y la fe».

Por todas estas razones, las sandalias del pescador le vendrán bien a Robert Francis Prevost, un «un alma de león» e hijo de san Agustín y de su amor inquebrantable, quien proclamó: «En Él somos uno».

Fuente: nuevarevista.net

Avance elaborado por Nueva Revista a partir del artículo This Pope will roar, publicado por Ulrich L. Lehner el 9 de mayo de 2025 en First Things.


Tomás Moro

Daniel Tirapu Martínez

Hombre respetado por su prestigio, dotes de gobierno, prudencia, inteligencia; al mismo tiempo, cristiano ejemplar, usaba una camisa como cilicio, piadoso, fiel al Papa en los duros tiempos del cisma inglés, hombre de oración que escribió la agonía de Cristo siguiendo la Pasión de Jesús.

Para mí ha sido guía de importantes decisiones. Leí su biografía de Vázquez de Prada, y he visto la película Un hombre para la eternidad más de diez veces, hay diálogos que recuerdo de memoria. Dimitió de Lord canciller, por su oposición al matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena y por el sometimiento al que se veía forzada la Iglesia en Inglaterra.

Pero era discreto, no quiso dar sus motivos, fue procesado en la torre de Londres, juzgado y condenado a morir decapitado por especial privilegio del Rey.

Citaré dos episodios, en el primero el típico trepas le pide un puesto político, un favor, una ayuda, Moro es consciente de que ese hombre no tardaría más de 24 horas en vender su conciencia y le recomienda que se haga maestro de filosofía, le dice " es un buen puesto tus testigos serán Dios y tus alumnos". A él le encomiendo mis alumnos y mi tarea universitaria.

El otro es un diálogo con el Duque de Norfolk, hombre duro, buen amigo de Tomás pero que no entiende por qué Moro no cede a las presiones cuando la mayor parte de la nobleza inglesa ha cedido. Moro le dice:" ah vosotros la nobleza inglesa, os habríais dormido en el sermón de la montaña, mientras pasáis toda una noche discutiendo sobre el pedigree de un perro".

Murió, mártir, tranquilo, diciendo que había procurado servir a su Rey como el más leal súbdito, pero que Dios está por encima de él y a Él se le ha servir antes. Moro tenía un fino sentido del humor inglés. Juan Pablo II lo nombró patrono de los políticos, ojalá cundiera el ejemplo, de personajes públicos que pongan su conciencia nobleza y honradez muy por encima de sus intereses de partido, estrategias y chanchullos. Mi homenaje para vos, Sir Moro.


Fuente: elconfidencialdigital.com

18 junio 2025

Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza.

El Papa en la Audiencia General

Ciclo de catequesis - II. La vida de Jesús. Las parábolas. 10. Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6) 

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy nos detenemos en el relato del paralítico de la piscina de Betsata que nos revela a Jesús como Aquel que sana. La actitud de este hombre, paralizado desde hacía 38 años, nos hace pensar cómo, a veces, también nosotros nos resignamos, perdemos la esperanza y dejamos de luchar. A su parálisis física se agregaba una peor: la parálisis de la desesperanza. El Señor va a Jerusalén, pero su primer destino no es el templo, sino que se dirige a los excluidos que yacen cerca de la puerta. Y, al notar la situación de ese hombre, le hace una pregunta que, a simple vista, podría parecer superflua, pero con la cual busca hacerlo volver a su deseo más profundo y verdadero: «¿Quieres curarte?». El enfermo responde culpando a otros y mostrando una visión fatalista: «Señor, no tengo a nadie que me sumerja, […] mientras yo voy, otro desciende antes». Jesús lo ayuda a descubrir que el presente está en sus manos. Lo invita a levantarse, a tomar su camilla —símbolo de su pasado— y a caminar. Así, el pasado ya no lo detiene y su presente se transforma porque ahora camina junto al mismo Dios que vino a su encuentro.

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España, México, Honduras, Chile y Argentina. Jesús nos pregunta también a nosotros: «¿Quieres curarte?». No tengamos miedo de reconocer nuestras parálisis interiores, ni de presentar al Señor nuestros desánimos. Pidamos a María Santísima que nos ayude a responder con fe al llamado de Jesús, que nos invita a levantarnos y caminar con esperanza hacia la vida nueva que Él nos ofrece. Muchas gracias.

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Llamamiento del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

El corazón de la Iglesia está desgarrado por los gritos que se elevan desde los lugares en guerra, en particular desde Ucrania, Irán, Israel y Gaza. ¡No debemos acostumbrarnos a la guerra! Al contrario, hay que rechazar como una tentación el encanto de las armas poderosas y sofisticadas. En realidad, ya que en la guerra actual «al emplear en la guerra armas científicas de todo género, su crueldad intrínseca amenaza llevar a los que luchan a tal barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados» (Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 79). Por tanto, en nombre de la dignidad humana y del derecho internacional, repito a los responsables lo que solía decir el papa Francisco: ¡la guerra es siempre una derrota! Y con Pío XII: «Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra».

Fuente: vatican.va

 

17 junio 2025

La apuesta por la vida de Hannah Arendt

Pablo Casado Muriel

Los alumnos madrileños que se han examinado de la PAU estos días no olvidarán nunca a Hannah Arendt. Ella era la autora de uno de los dos fragmentos a analizar en la prueba de Historia de la Filosofía y esa es una de esas cosas que se recuerda con el paso de los años. La otra opción, por cierto, era de san Agustín, un filósofo de moda tras la llegada de León XIV al Vaticano.

La pensadora de origen alemán es especialmente recordada por su análisis de los totalitarismos del siglo XX y por el desarrollo del concepto de la banalidad del mal durante el juicio al gerifalte nazi Adolf Eichmann. Sin embargo, su filosofía también establece interesantes postulados en el terreno antropológico y sobre ellos versaba el texto propuesto en selectividad.

En su obra La condición humana, Arendt profundiza en «las condiciones bajo las que se ha dado la vida al hombre» y rechaza que estas puedan igualarse a una «naturaleza» ya que, según sus postulados, «nada nos da derecho a dar por sentado que el hombre tiene una naturaleza o esencia en el mismo sentido que otras cosas». Se denota aquí la influencia existencialista de su maestro Martin Heidegger, aunque veremos cómo su planteamiento difiere mucho del de su mentor.

Arendt pone el foco en la pluralidad, en el hecho de que «los hombres, no el Hombre, vivan en la Tierra y habiten en el mundo». Por eso mismo, defiende el valor de cada nacimiento porque «nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá». Ofrece de este modo un potente argumento en contra del aborto sin necesidad de recurrir a aspectos religiosos o morales.

La filósofa recuerda que la natalidad siempre trae de la mano un comienzo porque «el recién llegado posee la capacidad de empezar algo nuevo» y eso es lo más propio de lo que ella entiende por acción, la capacidad humana de abrirse plenamente al mundo y a los otros libremente para aportar una novedad desde la propia identidad.

«Ser-para-la-vida»

Arendt relaciona la acción con la actividad política, entendida esta como la relación libre entre los hombres para construir el mundo. En consecuencia, apunta que «la natalidad, y no la mortalidad, puede ser la categoría central del pensamiento político, diferenciado del metafísico». En cada alumbramiento surge alguien único llamado a sumarse a esa pluralidad que todos deben proteger y preparar.

Además de ser un alegato en favor de la vida, el planteamiento de la autora de Eichmann en Jerusalén o Los orígenes del totalitarismo supone una ruptura con los de su maestro Heidegger. El que fuera su profesor en la universidad de Marburgo sacudió el estudio filosófico con sus estudios sobre el ser y su análisis del Dasein (el Ser-ahí).

Cuando el hombre se pregunta por su propio ser descubre que lo más evidente es que es un constante «poder-ser». Heidegger rechaza así una esencia humana y se abre al existencialismo al considerar que esa existencia es lo que define primeramente al ser humano. Así, la vida se convierte en una sucesión de posibilidades de ser y, para el filósofo, la más cierta e indeterminada de todas es la muerte.

Construye sobre esta base su «Ser-para-la muerte», la conciencia de la propia finitud que marca de manera fundamental la existencia; no como horizonte sino como una especie de hilo conductor que permite asumir el resto de posibilidades dentro de un proyecto propio de «ser-ahí».

Fuente: eldebate.com