12 enero 2026

Trotter: todo es don, todo es misterio

Enrique García-Máiquez

La buena poesía es escasísima, advertía Josep Pla; y por eso, cuando la encontramos hemos de celebrarla talmente como un regalo de Navidad. El primer libro de Juan Ramón Trotter (Madrid, 1976), titulado Reino de estrellas (Númenor, 2025) tiene condición de obsequio. Con este barbero ya escrito, he ido a repasar el perspicaz prólogo de Ana Rodríguez de Agüero y ahí se constata lo mismo: «Este puñado de poemas es, sencillamente, un espléndido regalo».

Trotter no ha corrido para estrenarse como poeta, y se le nota en la serenidad de unos versos y una mirada que van a lo esencial. El primer poema del libro, con sutileza, lo avisa cuando dice de los árboles: «Son ángeles que vuelan lentamente / a la velocidad de crecimiento / de los pinos longevos de Montana». Este libro está escrito en tempo lento y en voz baja pero con los ojos elevados a las estrellas, en un vuelo de siglos.

El manejo de la rima asonante de Juan Ramón Trotter es magnético. Funciona como rima, con toda su belleza hipnótica, pero sin sonsonete ninguno. La asonancia, bien usada, es un justo medio aristotélico. También sabe jugar con las diversas estrofas y versos. Logra un libro de gran variedad formal que no resulta disperso gracias a una voz propia inconfundible. A cada poema le encuentra su sitio, pero en los dos sentidos: el del poema, el del poeta.

Otra prudencia aristotélica, la de sus referencias literarias. Este libro viene cuajado de citas como un cielo de invierno lo está de estrellas. Algunas ostentan el nombre del autor, pero otras no, como en una Vía Láctea. La obra permitiría unas notas a pie de página del propio poeta, al modo de T. S. Eliot en La tierra baldía, desentrañando todas las referencias. Pero no hace falta, porque así, brillando ocultas, funcionan de maravilla. Del mismo modo se compaginan la poesía popular y la culta. Y en los géneros el himno, la elegía y hasta el epigrama. En la visión se aúna la claridad y misterio, como en las estrellas.

Los astros son la clave de bóveda de este libro. Y no sólo por su anhelo de altura y luz en la noche, sino por su vocación de marcar un rumbo. Leyendo Reino de estrellas de Trotter se viene a la cabeza el sello o símbolo del programa de humanidades de John Senior en la Universidad de Kansas. En él, la constelación de la Osa Mayor marcaba la dirección de la Polar, queriendo representar cómo los libros y la cultura nos dicen, correctamente alineados, dónde está el Norte, esto es, el sentido. Trotter lo tiene claro y así lo señala: lo bueno de los libros es, nos dice, «que nos enseñen a querer ser buenos». Los homenajes literarios y artísticos no son jamás poses culturalistas, sino piezas esenciales de nuestro destino: «Llevan sus aguas ecos de otras aguas. / Así como en el Duero se oye al Tormes, / en ti palpitan otros corazones, / y es tu destino afluir en otras aguas».

No hay peligro de que tanta resonancia enturbie la música de estos versos ni que nos aleje de lo cotidiano. Es al contrario: «Si sigues el camino de la Estrella, / cada rincón del mundo esconde huellas». O sea, mirar hacia lo alto nos lleva a admirar con ojos limpios y lúcidos lo de abajo.

Y, a la vez, estas estrellas nos llevan —o nos proyectan— hacia la Estrella que da sentido a todo. ¿A la Polar? Sí, a la auténtica, que es la estrella sobre el Portal de Belén. Por eso este libro de exquisita cultura clásica, que arrancó con ecos homéricos, acaba de rodillas ante el pesebre, a veces, como no podía ser de otro modo, a través de un cuadro, como en la magnífica glosa a La adoración de los Reyes Magos de Tiziano. La última sección, dedicada a poemas navideños, no es una inclusión ocasional ni siquiera un homenaje a la tradición hispánica (Gil Vicente, Lope de Vega, etc.) que ha escrito siempre villancicos cultos. Se trata del corolario natural a un libro que es una aventura en busca del Grial del sentido, y que lo encuentra en el Niño que nace, siguiendo —como los Reyes Magos— los astros y las constelaciones de lo mejor que se ha escrito, dicho, pintado y pensado. Reino de estrellas es, como decíamos, un regalo de Navidad.

Hay milagros que ocurren lentamente.
*
El alma resplandece insobornable.
*
REINO DE ESTRELLAS
Te ha sido dado contemplar la luna
que brilló sobre el túmulo de Anquises.
Te ha sido dado contemplar el cielo
que Eneas vio a través de las columnas
del templo inacabado de Segesta.
Te ha sido dado el Mar Mediterráneo,
el hondo anhelo que impulsó a Virgilio,
el hondo anhelo que impulsó a los dárdanos.
Te ha sido dada el alma para ver.
Te ha sido dado ser Reino de Estrellas.
*
—Un anhelo profundo de nobleza
eleva nuestros ojos hacia el cielo—
dicen que hablamos una misma lengua,
dicen que tú eres uno de los nuestros.
*
ESTO PERPETUA!

Dios quiere que en la bóveda celeste
brille la luz de todas las estrellas.
¡Brillemos, caballeros, igualmente
los ortodoxos de las dos botellas!

Como Dante Alighieri en el exilio
bajo la cándida bandera güelfa
y como Tomás Moro en el presidio
de Londres a la luz de su conciencia.

Brillemos, y brindemos, como Chesterton.
A falta de jerez, vale cerveza.
Brindemos, al morir, en nuestros féretros,

por el bien, la verdad y la belleza.
Y en el Cielo digamos sin rebozo:
«Esto perpetua!», como Samuel Johnson.
*
Has de aprender la lengua más antigua.
Has de elevar el alma para ver.
*
Ha sido un don también la soledad.
*
SEGUIDILLA
Tú me has dado el silencio,
la soledad
y el ritmo lento de las
olas del mar.
*
LUNA
«Nunca vulgar ante la belleza»
Marco Aurelio
La luna es un emblema
aristocrático.
Es el escudo de armas
de un reaccionario.
«Belleza obliga»,
proclama cada noche
por las cornisas.
*
[…]
En el Portal de Belén
todo es don, todo es misterio,
el caballo de Tiziano,
su bocado, sus arreos,

la espada del rey Melchor,
los jinetes a lo lejos,
las libreas de los pajes,
la arqueta con el incienso.
[…]
*
Detrás de los pastores
y de los Reyes,
yo también me arrodillo
ante el pesebre.

Fuente: eldebate.com