José Luis Velayos
- Creer en la dignidad de la vida humana es esencial. No hay argumentos ni razones suficientes que justifiquen el aborto o la eutanasia.
Vivir es lo que materialmente se puede considerar como lo más positivo que tenemos. Con el tiempo, se produce una progresiva disminución de la vitalidad orgánica, que desemboca en la muerte. Es la realidad, no es una consideración pesimista. Siempre, en todo momento, desde la concepción, desde la fusión del espermio paterno y el óvulo materno hasta la muerte, durante el tiempo biológico propio de cada individuo, se trata de una vida humana, de la vida de un ser humano.
Creer en la dignidad de la vida humana es esencial. No hay argumentos ni razones suficientes que justifiquen el aborto o la eutanasia. Quizá la justificación que algunos esgrimen sea producto de una “anestesia” de la solidaridad, o más bien de la conciencia; y, muchas veces, debido a la ausencia de una concepción cristiana de la vida, aunque la defensa de la vida no es un asunto primariamente de tipo religioso; hay, en efecto, defensores de la vida que se confiesan ateos.
¿Cómo se produce el envejecimiento?
El sistema óseo es el primero en envejecer; y cada sistema orgánico tiene su ritmo propio, e influenciándose, interactuando entre sí los distintos componentes corporales y mentales.
El envejecimiento del sistema nervioso (es el sistema que envejece más tarde) se manifiesta principalmente, e inicialmente, en las alteraciones de la memoria (sobre todo por afectación del hipocampo, entre otras estructuras). Se produce una alteración de las funciones intelectivas (como consecuencia de la afectación de las cortezas asociativas). Hay una disminución de la capacidad de previsión (especialmente por afectación del cortex prefrontal, corteza muy desarrollada en la especie humana), Hay además alteraciones del ritmo vigilia-sueño (el anciano generalmente duerme poco, y a menudo a deshora).
Al mismo tiempo, van envejeciendo los órganos de los sentidos, por lo que a los síntomas y signos señalados, acompaña una insuficiente captación de la realidad tanto externa como interna.
Con el tiempo se producen olvidos y tergiversación de los recuerdos. Hay hechos que quedan grabados profundamente en la mente, engramas que parecen permanecer en la memoria; pero también se producen modificaciones en el recuerdo, debido a que en la persona mayor las estructuras cerebrales están peor irrigadas que en el joven; y desaparecen conexiones, al mismo tiempo que se marcan más algunas de ellas. A la larga, en mayor o menor medida, se afecta la memoria.
Se recuerdan mejor que lo reciente los hechos del pasado, sobre todo si los tales se marcaron con un tinte emocional: la Primera Comunión, el matrimonio, el nacimiento del primer hijo, la obtención de un título especial, anécdotas especialmente emotivas, la vivencia de una catástrofe, etc., etc.
Y al mismo tiempo, con la edad, hay modificaciones en la esfera emocional, por afectación del sistema límbico: la persona mayor se emociona más fácilmente, e incluso algunos lloran más que cuando eran jóvenes. Es muy positivo que la persona mayor sea consciente de estos avatares; el conocimiento es una buena defensa.
Una buena profilaxis frente al envejecimiento es que el mayor no deje la actividad intelectual, y que siga estudiando, leyendo, escribiendo, rezando, interesándose por la actualidad, pensar menos en sí mismo, relacionarse con los demás, pasear, hacer ejercicio, comer lo preciso, no abusar del alcohol ni de los estimulantes, etc. Son medidas de sentido común, que el individuo ha de practicar siempre, no solo cuando siente que va envejeciendo. Es importante no abandonarse; y por otra parte, no es bueno que el mayor tenga “complejo de anciano”.
No es peyorativa la palabra “viejo”. Quizás sea mejor hablar más de “viejos” que de “ancianos”. Y es que los vinos viejos pueden competir con los vinos jóvenes.
Actualmente, como consecuencia de las formidables medidas higiénicas y los espectaculares avances médicos, unido a un descenso de la natalidad, el número de personas mayores va creciendo considerablemente. Se calcula que pronto la media de la edad de fallecimiento será de 85 años.
Y es un hecho que el viejo puede seguir siendo útil. Precisamente, bastantes personas de edad avanzada llegan al culmen de su productividad artística, política, cultural, y hasta deportiva. En este sentido, hay muchos ejemplos de hombres y mujeres provectos que han sido (y son) faros luminosos para su entorno y para la sociedad. La Historia está llena de tales ejemplos.
El ser humano, cualquiera que sea la edad, es falible, pero si nos arrepentimos (y confesamos) de nuestros pecados, Dios, que no es viejo, que es siempre joven y generoso, olvida y perdona. Dios nunca dirá: “perdono, pero no olvido”.
Fuente: almudi.org