Juan Luis Selma
- Como los árboles que sobreviven al temporal, la fe verdadera necesita raíces profundas y flexibilidad: ni la rigidez ni la superficialidad llevan a Cristo.
Hace poco estuve en la ceremonia de los votos perpetuos de un amigo. Comentando lo bien que lo había pasado y lo feliz que le veía junto a todos sus jóvenes hermanos, me preguntaron qué caracterizaba a esos frailes. Me salió del corazón decir que su fidelidad y entrega, unidas a una gran alegría. Uno podría pensar que seguir a Jesús es un poco “rollo”, pero la realidad es justo la contraria.
Mientras esperaba, escuché a un chico hablar por teléfono con un amigo. Estaban planeando salir, y el otro le dijo que antes quedarían en su casa para beber, así gastaban menos y se “entonaban” mejor. Por una parte, bien por la economía; pero no deja de ser triste que unos jóvenes necesiten beber para alegrarse.
El salmo de la misa de hoy dice: "Venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo". Cuando uno se encuentra con Dios, la vida cambia: es pasar de las tinieblas a la luz, del blanco y negro al color. Como decía Benedicto XVI, Dios no quita nada y lo da todo. La tónica general de los conversos, de quienes han visto la luz, es siempre la alegría y el agradecimiento.
¿Qué caracteriza el seguimiento de Cristo? Hace poco escuché en Diez minutos con Jesús una poesía de Madeleine Delbrêl que lo expresa magistralmente:
"Señor, haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez
donde todo está calculado;
no como un partido donde todo es difícil;
no como un teorema que nos rompe la cabeza.
Sino como una fiesta sin fin
donde se renueva tu encuentro,
como un baile, como una danza,
entre los brazos de tu Gracia,
con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos".
Seguir a Cristo no es cumplir normas por cumplir, ni hacer cálculos para ver qué ganamos, ni un “más difícil todavía”. Es un deslumbramiento, un enamoramiento que da alas, que renueva la energía, que eleva. Es un baile en manos de la gracia: no una danza reglada, medida paso a paso, sino pura espontaneidad, dejar que la melodía interior —el Espíritu— marque el ritmo.
Por eso entristecen tanto las rigideces que a veces acompañan un mal seguimiento de Cristo, igual que entristece la superficialidad de quedarse solo en los sentimientos. Hace poco pude ver los daños del último temporal en el campo: muchos pinos arrancados —algunos casi centenarios—. Junto a ellos, altas palmeras y otros árboles seguían en pie: los que tenían raíces profundas y, a la vez, flexibilidad.
"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos", dice Jesús. No se trata de cumplir por cumplir, sino de amar a una Persona, a alguien concreto: a Él. Cuando nos cansamos de ir a misa, cuando los mandamientos nos parecen pesados, cuando pensamos que la Iglesia está anticuada… quizá es señal de que aún no hemos descubierto quién es Cristo.
A veces tenemos una imagen prefabricada de Dios, muchos prejuicios y bastante ignorancia. Como dice la canción: "Es imposible conocerte y no amarte; es imposible amarte y no seguirte. Me has seducido, Señor". Un paso necesario es formarnos bien: estudiar la Palabra de Dios, la doctrina de la Iglesia, el sentido de la liturgia, la moral católica. ¿Qué nota sacaríamos si nos examinaran de estas cuestiones?
Hoy corremos el riesgo de la superficialidad, de conocer las cosas de oídas. La ignorancia es uno de los mayores enemigos de la fe. Dicen que los pinos son vulnerables a las tormentas porque tienen raíces superficiales. El conocimiento profundo, el estudio, no están reñidos con la fe: la teología es, precisamente, la fe que busca comprender.
La rigidez y la cosificación de la vida cristiana, igual que el sentimentalismo o el interés, nos apartan de la Verdad, que es Jesús.
Decía san Juan Pablo II: "En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis en la felicidad; es Él quien os espera cuando nada de lo que encontráis os satisface; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar por el conformismo; es Él quien os empuja a quitaros las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar".
Fuente: eldiadecordoba.es