30 junio 2026

Gaudí y Mañara, Venerables para nuestro tiempo

Antonio Schlatter Navarro

La reciente visita del Santo Padre León XIV a la Basílica de la Sagrada Familia, con la espectacular puesta en escena que asombró al mundo y pudieron contemplar millones de personas, ha supuesto un impulso enorme para el insoslayable conocimiento de este genio que la Iglesia ha nombrado Venerable hace muy pocas fechas. Dentro de pocos meses celebraremos también el cuarto centenario del nacimiento de Miguel Mañara, otro personaje indispensable de nuestra Historia, tanto por sus obras como por su santidad (fue San Juan Pablo II quien lo nombró Venerable hace apenas cuatro décadas). A modo de pinceladas, nos proponemos descubrir y describir ciertos paralelismos entre ambas figuras egregias. Son rasgos que podrían animarnos a crecer en amistad con ellos y a acudir a su intercesión, a la espera de esos milagros que los eleven definitivamente a los altares.

          Como nos recordaba con frecuencia el Papa Francisco no nos encontramos tanto en una época de cambios como en un cambio de época. La santidad de vida de Antonio Gaudí y Miguel Mañara, junto con las obras que dejaron en el mundo (la Sagrada Familia y el Hospital de la Caridad), contempladas y meditadas en el marco de los aniversarios de su fallecimiento y nacimiento respectivamente, pueden ayudar a superar el hastío espiritual de nuestra época y a llenar el hambre de sentido que descubrimos en nuestros días, corolario lógico de ese cansancio de la Fe. A pesar de la distancia en el tiempo, en cierto sentido son almas gemelas que nos orientan con su luz en estos tiempos tan superficiales.

          Fueron personas dotadas de grandes cualidades intelectuales y que recibieron en su infancia y juventud una formación muy buena para su tiempo, tanto en el ámbito familiar como en el plano profesional e intelectual. Tras una primera fase de sus vidas acomodada y normal para su tiempo y situación (hay que rechazar definitivamente esa idea de la juventud licenciosa de Mañara que han sembrado quienes ni le conocen ni le quieren bien), y aunque siempre fueron personas de un corazón bueno ambos tuvieron un momento de conversión, de gracia extraordinaria si bien por cauces ordinarios. En concreto -aunque siempre exista un proceso más largo e interior-, a Gaudí su “conversión dentro de la Fe” le llegó gracias a un riguroso ayuno que vivió en una Cuaresma; a Mañara a raíz del fallecimiento de su esposa Jerónima. Desde entonces tomaron conciencia de que Dios tenía para ellos una misión. Descubrieron su vocación, el sentido de su vida: la construcción de la Sagrada Familia, y la labor social del Hospital de la Caridad, respectivamente. Y se dedicaron a ello por entero.

Ambos comprendieron desde aquel momento de gracia que su misión no podría ser hermética, limitada, autorreferencial… sino abierta por arriba a la eternidad, y horizontalmente al mundo entero. Las raíces de ambos las encontraron y echaron en el Cielo (Simone Weil), pero sin rechazar jamás el envite del mundo que les tocó vivir y que siempre les interpeló. En este sentido ambos tuvieron un sentido del tiempo muy parecido y que cabría denominar litúrgico (de lo eterno del presente; de la presencia de lo eterno).

Su humildad les llevó a no sentirse autores de sus obras, sino cuidadores de una obra que Dios empujaba y sacaría en el tiempo que fuera necesario. De unas obras que, por ser de Dios, no debían medirse por el cronos, sino por el Kairós. “Mi cliente no tiene prisa”, le gustaba repetir a Gaudí; mientras que Mañara recordaba constantemente el paso del tiempo para valorar sólo lo que dejamos en la eternidad (sólo leer el comienzo de su impresionante Discurso de la Verdad hace remover todos los cimientos de cualquier persona demasiado segura de sí). “No habitamos una obra inacabada sino un templo en construcción”, recordaba hace unos días el Papa en la Sagrada Familia… Ellos vivieron desprendidos de lo que podían ver como resultado, pero prendidos de lo que pensaban y sabían que les pedía Dios en cada momento. “Esto quiere Dios y esto debemos hacer”, repetía don Miguel.

          Tanto sus vidas como sus obras son fruto de una fe que no es jamás ni impostada ni meramente estética o formal. Y así, todo lo que fueron e hicieron resulta incomprensible para quienes les miren directamente a ellos como si fueran el origen y fin de sus propias vidas, y no sean capaces de tomar algo de distancia y “mirar donde ellos miraban” (Etsuro Sotoo). Y sus miradas se proyectaban en una doble dirección. En primer lugar hacia Dios, pues el mensaje cristiano y el deseo de que las almas se acercaran a Dios fueron lo que inspiró constantemente sus vidas. Pero sobre todo no dejaron por ello de mirar al mundo, en concreto a los más necesitados: pobres, pecadores, marginados, niños… fueron el motivo y motor de sus actos, lo que animaba sus obras desde dentro –no desde fuera- del mundo. Gaudí y Mañara son la prueba evidente de que una obra transforma al que la hace más que a quién se dirige; y las obras que nos han dejado, siendo de inspiración eminentemente cristiana, acercan a Cristo a quienes han participado y siguen participando en ellas.

          Además, tanto el templo expiatorio de la Sagrada Familia como el Hospital de la Caridad (con su Hospicio, Enfermería e iglesia de san Jorge), no son obras que se levantan sobre abstracciones o ideales, sino sobre rostros concretos, sobre personas que recuerdan el rostro de Cristo en los más vulnerables (enfermos del alma y del cuerpo). También esto es un rasgo común a ambos como católicos. Ellos escribieron dos páginas perennes sobre la Misericordia de Dios con nosotros. No desean sustituir la justicia social, pero sí desean –y logran- cambiar los corazones de quienes pueden aliviar los sufrimientos del prójimo. Para ellos el Cristianismo no es una ética, sino antes que nada es un encuentro con la carne doliente, con el cuerpo necesitado. Un encuentro con Cristo vulnerable.

          Por más que resulte obvio, no debemos dejar de valorar y destacar que lo esencial, lo que más les unía, fue su Amor a Cristo. Por encima de todo fueron personas de gran vida interior y de un trato con Dios continuo, un trato asiduo y real que marcaba el orden fundamental de su horario, día a día: la Misa diaria, su Rosario diario, su oración diaria… Y aunque debería resultar también superfluo decirlo, sus prácticas de devoción no sólo no les alejaron de quienes les rodeaban sino que les llevaron a abrirse más y más a ese mundo. Y no sólo la oración, sino algo hoy día más difícil de comprender para nuestros contemporáneos: la mortificación. En ambos casos el dolor vivido por amor a Dios jugó un papel fundamental: ambos se entregaron a generosas obras de penitencia y sacrificio, vivieron una vida muy austera y de pobreza. De este modo se abrazaron a la Cruz de Cristo, esa que remata la Sagrada Familia o el escudo del Hospital de la Caridad.

En ese sentido, es muy importante desterrar especialmente esa visión que aún algunos mantienen de que fueran personajes casi ermitaños, de vida cuasi conventual. Esa imagen que se pretende dar de sus vidas tiene cómo no un punto de verdad en cuanto que ambos con los años fueron centrándose en lo más esencial de su misión y desprendiéndose de lo que pudiera distraerles para esos fines. Pero no deja de ser una visión miope y que parecen mostrarlos como seres casi asociales. Algo muy lejos de la realidad… Tanto los estudios que recientemente ya se han hecho del verdadero Miguel Mañara, como lo que conocemos de Gaudí [1], nos hablan de dos personas con muchos amigos y conocidos, con gran capacidad de empatizar y que con la autoridad de sus testimonios y de sus vidas arrastraron delicadamente a muchas personas a dar y darse a los demás. Mañara logró que los hermanos de la Caridad pasaran en pocos años de cien a más de quinientos, salidos de las clases más pudientes de Sevilla; mientras que Gaudí creó una red enorme de personas que se vincularon con el proyecto de la Sagrada Familia y la sentían como suya.

Así pues, cabría decir que lo que marcó la vida de Mañara y Gaudí fueron las relaciones. Tanto ese sentido de relación primaria con Dios, como la conciencia de saberse formando parte de una familia universal, católica, conscientes de esa amistad social tan propia de un cristiano. Resulta significativo cómo en su encuentro con Unamuno, Gaudí acaba haciéndole ver al famoso filósofo, que lo mira desde arriba y pretende enredarle con sus eruditas y vacías elucubraciones, que lo único que Gaudí sabe es que es hijo de Dios. Unamuno, el mismo que escribiera un bello poema al Cristo de Velázquez… (¡2.500 versos de un precioso soliloquio!) recibió ese día una de las grandes lecciones de su vida. Y es que Gaudí, como Mañara, dialogó siempre con Dios. Ambos comprendieron la religión como una relectura del mundo con la mirada de Dios y como un religare con Él y con quienes nos rodean. Nunca como soliloquio o ejercicio de introspección. Diálogo, apertura, relación.

Tanto Gaudí como Mañara fueron conscientes de los tiempos tumultuosos que les tocó vivir. Ni se arredraron, ni se pusieron de perfil, ni se excusaron. Vivieron en y para su tiempo, pero sin perder jamás ese sentido de Esperanza cristiana. Y mostraron esa confianza en la Providencia de Dios con el ejemplo de sus vidas y con uno de los ropajes más adecuados, si no el que más: el de la belleza. Tanto la Sagrada Familia como la iconografía de la iglesia de san Jorge (con las obras de Valdés Leal, Murillo y Pedro Roldán; una obra milagrosa para su tiempo), son dos formas de decir a los hombres de todos los tiempos: Dios está entre nosotros. Ambas construcciones nos hablan del poder de la Misericordia divina, de la necesidad de la Expiación por nuestros pecados, de nuestra historia del mundo dentro de la Historia de la Salvación… del verdadero Temor y Amor de Dios…

La vida y las obras de Mañara y Gaudí nos recuerdan constantemente la pregunta que el Santo Padre León XIV dejaba en el aire en su encuentro en Madrid con el mundo de la cultura y que –como él mismo señalaba- sigue siendo la cuestión decisiva de nuestra época: “¿Qué significa ser verdaderamente humanos?” Ambos quisieron despertar a Sevilla y Barcelona, a su época como a la nuestra, de la locura de vivir para la tierra y para el ahora. Nos enseñan a ser más humanos mirando nuestra vida como don y misión, mirando la realidad como Creación y tarea, viviendo el tiempo como liturgia y a los más necesitados como referencia, construyendo edificios exteriores para servir y catequizar a los demás y, para ello, bien cimentados en una profunda vida de trato con Dios y piedad sacramental.

En la distancia de sus épocas, Gaudí y Mañara son santos laicos, que como santos atraviesan el tiempo y que como laicos se mueven en ese espacio sin límite que es el mundo. Por eso fueron personas que se hicieron santos sobre todo con su trabajo. No sólo es que fueran grandes trabajadores ellos mismos, y acabaran agotados (¡y felices!) trabajando hasta el último día de sus vidas. Es que supieron crear ese tipo de redes que el Papa León nos ha animado a hacer a nuestro alrededor: generaron un movimiento de personas que, gracias a la autoridad y el buen hacer que veían en estos personajes santos, pusieron todas sus capacidades en sacar adelante obras que parecían imposibles pero que sabían (sin ver nada) que valían la pena. Empezaron apoyando obras de los hombres para Dios, y luego fueron descubriendo que en realidad eran obras de Dios para los hombres; para ellos mismos. Así actúan los santos. Generan dinamismos, priorizan el tiempo al espacio.

Gaudí y Mañara, Mañara y Gaudí, son hoy día modelos esos santos que España especialmente requiere en nuestros días, del tipo de santidad que hoy más necesita la Iglesia, como nos recordaba San Juan Pablo II: “Hacen falta heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre, que tomen parte en sus alegrías y esperanzas, en sus angustias y tristezas, y sean al mismo tiempo contemplativos enamorados de Dios. Por eso hacen falta nuevos santos. (…) Debemos pedir al Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos envíe nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy” [2]. Acudamos pues a su intercesión para que no falten cristianos que sigan la estela de estos santos que aceptaron y tomaron en serio la invitación que nos repitió una vez más el Papa León (Cristo en la Tierra), en la reciente vigilia con jóvenes en Madrid: “¡Vosotros podéis cambiar la historia!¡Hacedlo con el amor!”.

Fuente: almudi.org