Juan Luis Selma
- La familia, pilar más valorado por los españoles, vive una creciente erosión institucional.
Según las estadísticas, la familia sigue siendo uno de los pilares más valorados por los españoles. En ella buscamos cercanía, cariño y apoyo mutuo. Es el ámbito del sostén emocional, el espacio donde uno se siente seguro y acompañado. Sin embargo, también es cierto que la institución familiar se encuentra cada vez más erosionada y poco respaldada por algunas estructuras sociales.
Los jóvenes retrasan la formación de una familia por dificultades económicas y, en ocasiones, por falta de compromiso. A esto se suman las malas experiencias que algunos han vivido en su entorno: no son pocos los que han crecido sin un hogar estable, sin el calor de unos padres o la compañía de unos hermanos. Estas carencias dejan heridas y generan consecuencias comprensibles.
Duele ver a quienes no han conocido un entorno familiar adecuado, quienes no han disfrutado de la seguridad y la ternura de un hogar. Porque es en la familia donde se aprende a amar, precisamente experimentando el amor. Con todo, hay muchas personas que pueden ejercer esta función de modo vicario: quienes han recibido amor pueden ofrecerlo. Esta es una gran misión de los cristianos: somos amados por Dios, hemos recibido mucho y estamos llamados a darlo a manos llenas.
Hoy la Iglesia celebra al Dios Uno y Trino, Familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dios Amor. No todas las religiones son iguales ni creen en el mismo dios. Que el Dios revelado por Jesucristo sea un Padre amoroso tiene implicaciones inmensas. La primera es su amor eterno al Hijo, la relación paterno-filial que engendra al Espíritu Santo, Amor increado y eterno. Dios, por ser Amor, no es un ser solitario, sino comunión familiar.
San Pablo concluye su saludo a los corintios con estas palabras: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”. Es un precioso resumen de la intimidad —revelada por Cristo— del Dios en quien creemos.
En esta Familia divina todo es paz y armonía, todo es amor. A su imagen y semejanza estamos llamados a edificar las nuestras. Pero, lamentablemente, no siempre es así. Esto nos compromete a trabajar constantemente en nuestras relaciones, a pedir perdón y a perdonar: el amor es un don y también una tarea. Y, para conservarlo, debe ser alimentado cada día. Benedicto XVI recordaba que el amor debe pasar la prueba de la duración: el amor verdadero sabe renacer, recomponerse, revivir.
El Prelado del Opus Dei expresaba así su sueño para el próximo centenario de la Obra: “Y desde esa renovación interior —que implica también reconocer los errores y rectificar— podamos servir mejor a Dios, a la Iglesia y a todas las personas, inspirando la transformación del mundo según el corazón de Cristo. Que haya personas del Opus Dei detrás de esas familias unidas porque han sabido pedirse perdón. Que haya periodistas que dicen la verdad; docentes comprometidos con enseñar con humildad y valentía; ancianos alegres y jóvenes solidarios; matrimonios que inspiran a sus hijos en la fe; enfermos que llevan sus dolores con serenidad; médicos que tratan con humanidad a sus pacientes; e ingenieros que ponen su talento al servicio de los más vulnerables, aunque no sea lo más rentable”.
¿Por qué es necesario el perdón? Lo preguntaba a unos niños y uno respondió: “porque no somos perfectos”. Todos experimentamos cuánto duelen las heridas: incomprensiones, faltas de educación, injusticias… Hay personas que sufren malos tratos, persecuciones, y no solo en las cárceles: también en el ámbito cotidiano. Lo que más duele es recibir daño por quienes deberían amarnos. Pero si reaccionamos de modo espontáneo y devolvemos mal por mal, los que más vamos a sufrir somos nosotros. Es el efecto bumerán, la guerra total.
Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Hay personas que logran distinguir el mal sufrido de la persona que lo ha causado: no ven solamente la culpa. Saben que en el otro hay algo más grande que su error. Tienen paciencia, comprenden e incluso disculpan. Luego se puede hablar, razonar, reconstruir. También es bueno tener presentes nuestros propios errores y límites.
El mejor negocio que podemos hacer es cuidar nuestra familia, invertir en ella. Hacer de ella una escuela de amor, como lo es la Trinidad. Y, conscientes de nuestra fragilidad, acudir cada día al perdón: darlo y recibirlo.
Fuente: eldiadecordoba.es