Mons. Fernando Ocáriz
A propósito de su viaje a Guatemala, Honduras, El Salvador y Uruguay, el prelado del Opus Dei invita a reflexionar sobre la unión y la variedad dentro de la Obra, a la luz de la caridad.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Para comenzar este breve mensaje, deseo daros las gracias por vuestra oración por mis intenciones y, en este momento, por acompañarme en el viaje a Centroamérica y a Uruguay.
La oración de unos por otros, dentro de la unidad de la Iglesia, nos acerca al impresionante nivel de unidad que el Señor quiere para todos nosotros: el de la misma unidad de Dios, «que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti» (Jn 17, 21).
La unidad de fe, de espíritu, de afán apostólico, se entrelaza muy bien con la gran diversidad de caracteres, de aficiones, de opiniones. Análogamente a como la unidad en Dios es el Amor personal infinito –el Espíritu Santo–, todas las diversas expresiones de unidad y diversidad están llamadas a ser vivificadas por la caridad, por el amor. Solo así, aun los opuestos puntos de vista, aficiones, etc., y los defectos y limitaciones personales dejan de ser motivos de separación.
No me detengo más en estas consideraciones, que todos podríamos ampliar mucho. Deseo solo añadir unas palabras de san Josemaría bien conocidas; os sugiero que las volvamos a meditar para ver cómo aplicarlas mejor en nuestra vida ordinaria: «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”» (Camino, n. 463). Caridad, amor, que nos llevará a descubrir, ante todo, las cualidades y virtudes de los demás, de modo que al ver también los defectos que todos tenemos, los veremos con afecto, con deseo de ayudar.
Con todo cariño,os bendice vuestro Padre