21 febrero 2025

Solo el amor vence al odio

7.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C).

Evangelio (Lc 6, 27-38)

Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos.

Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes les aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.

No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá.

Comentario al Evangelio

Una vez que Jesús ha presentado las bienaventuranzas, las claves que descubren dónde está la felicidad (cf. Lc 6,20-26), ahora señala el camino para alcanzarla, un sendero duro y espinoso, pero que vale la pena recorrer. Sus palabras son exigentes.

“Amad a vuestros enemigos”. ¿No es esto algo que excede la capacidad humana? Es, ciertamente, costoso pero necesario. Basta abrir los ojos para ver que, en las relaciones profesionales, en el debate político y social, e incluso, a veces, entre amigos y miembros de la propia familia, se hace daño, se comenten injusticias, y no faltan humillaciones, rencores o venganzas. Pero cuando la respuesta a esos atropellos es violenta, las consecuencias son todavía peores. Es necesario encontrar una salida a los conflictos desde otra perspectiva. La propuesta de Jesús es creativa y eficaz: solo el amor es capaz de desarmar el odio.

“Haced bien a los que os odian”. ¿Es justo exigir hacer el bien a quien nos guarda rencor o nos ha hecho algún mal? “Jesús no pretende alterar el curso de la justicia humana, no obstante, recuerda a los discípulos -observa el Papa Francisco- que para tener relaciones fraternales es necesario suspender los juicios y las condenas. (…) ¡El cristiano debe perdonar! Pero ¿Por qué? Porque ha sido perdonado”. Jesús entregó su vida en la Cruz para traer la salvación al mundo entero, también a sus perseguidores.

“Bendecid a los que os maldicen”. ¡Cuánto destrozan los insultos, las calumnias, las difamaciones, las habladurías, y con qué facilidad nos justificamos cuando nos sumamos al coro de los chismosos! Todos debemos permanecer vigilantes, porque como dice Santiago: “la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento” (St 3,6). La maledicencia no cabe en el perfil del discípulo de Cristo, sino todo lo contrario. Quien ama, habla bien incluso de quienes lo maldicen, y les desea lo mejor, que Dios los bendiga. Reza hasta por aquellos que lo están fastidiando: “rogad por los que os calumnian”.

“Lejos de nuestra conducta, por tanto –señala San Josemaría–, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido –por injustas, inciviles y toscas que hayan sido–, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios. No podemos olvidar el ejemplo de Cristo”. El camino cristiano no es fácil, requiere afrontar pruebas arduas en las que es inevitable padecer, como Jesús sufrió en la Cruz, pero es un sendero de paz, alegría y amor, que conduce a la felicidad. Solo quienes perdonan se comportan como buenos hijos de Dios Padre misericordioso y serán bienaventurados.

“Con razón, esta página evangélica se considera la carta magna de la no violencia cristiana -comentaba Benedicto XVI-, que no consiste en rendirse ante el mal -según una falsa interpretación de “presentar la otra mejilla” (cf. Lc 6,29)-, sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12,17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. (…). El amor a los enemigos constituye el núcleo de la “revolución cristiana”, revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático (…) sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido”

Fuente: opusdei.org

En la cátedra de la felicidad

José Antonio García-Prieto Segura


“Hay que recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: ’Mayor felicidad hay en dar que en recibir’” (Hch 20, 35).

Ignoro qué habrá pensado el lector ante el título de este artículo: ¿en la tribuna de un maestro de donde fluiría, sin más, la felicidad?; ¿en la persona del catedrático que imparte sus enseñanzas para ser felices?, En mi actual peregrinación a Tierra Santa acabo de visitar esa cátedra, llamada el “Monte de las Bienaventuranzas”, conozco algo al Maestro que la ocupó y también sus sapientísimas enseñanzas. Muchos lectores también las conocerán, aunque no hayan estado quizás en aquella tribuna, y aunque unos y otros no terminemos de ponerlas en práctica para ser felices. Vayamos al tema y hagámoslo por partes.

Si entramos hoy en internet y escribimos algo similar a “caminos de felicidad”, “cómo ser feliz”, o frases análogas, encontraremos múltiples fuentes y plataformas al respecto: estudios de investigadores en la Universidad de Harvard trabajando en equipo, argumentos de concienzudos filósofos en entrevistas televisivas, escritores que desde su pequeña tribuna -pienso ahora que tal sería mi caso -, todos tratando de aportar nuestro granito de arena para desvelar el secreto de la felicidad. He leído y conozco bastantes estudios, y considero que lo mejor que he encontrado puede integrarse perfectamente en las enseñanzas del divino Maestro.

 Jesucristo, desde aquella cátedra al aire libre y abierta a los cuatro vientos, nos habló de cómo ser felices porque de eso tratan sus “Bienaventuranzas”. Ahora justamente, en este 6º Domingo del año litúrgico, el pasaje evangélico recoge aquella enseñanza y comienza así: “Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte, se sentó y (…) abriendo su boca les enseñaba diciendo: - Bienaventurados los pobres de espíritu, porque (…) – Bienaventurados los que lloran, porque (…)” (Mt 5, 1 ss.) “Bienaventurados”, es decir, “Felices”, “Felices”, …: así, hasta ocho veces, nada menos.

Antes de proseguir, considero urgente devolver a las palabras “bienaventuranza” y “bienaventurados” sus reales y atrayentes significados que son, respectivamente: “Felicidad” y “felices”. Así lo entendieron quienes escucharon directamente a Jesús, pero hoy no sucede lo mismo porque a bastantes personas -no digamos nada si además no son creyentes-, al oír hablar de “bienaventuranza” y “bienaventurados” les puede sonar a lenguaje pasado de moda, “medieval”, o a “enseñanzas de curas” y de “sacristía”, pero no a lo que realmente importa aquí y ahora, y es, seamos claros: dónde encontrar la felicidad y ser felices en medio de tantos retos y dificultades como nos presenta la vida.

Pues justamente de eso nos habla Jesús quien, por ser Dios y hombre, sabe muy bien de qué va el tema, aunque solo fuese, y lo es todo, por haber creado junto con su Padre y el Espíritu, unos seres como nosotros que, si en algo estamos universalmente de acuerdo -y ya es milagro-, es en el ansia insaciable de felicidad. Y ¿quién sino el inventor de un algo nuevo puede saber a la perfección el funcionamiento y finalidad de esa realidad por él ideada? Por eso, Jesús, desde su cátedra del Monte, nos indica los ocho caminos que conducen a la felicidad. Todos son importantes, cada uno tiene su propio sentido, pero requiere del concurso de los otros siete, porque forman un conjunto armónico y la falta de uno solo supondría un obstáculo para la plena felicidad.

Antes de adentrarnos en esos consejos y sendas divinas, ¿tenemos los humanos algo que decir al respecto y aportaría algo a lo que Dios nos enseña?; porque, a fin de cuentas, hablamos de “ser felices”, un deseo que palpita con fuerza en lo más íntimo de nuestro ser. Sí, tenemos algo que decir, y como señalé antes, puede integrarse en las “Bienaventuranzas” que ya cuentan en su base con todo cuanto hoy nos puedan decir los mejores filósofos y pensadores. Pero Jesús fue más allá porque, a las bases humanas de la felicidad les dio toda la razón y fuerza trascendente que entrañan, al situar su culmen en la posesión y goce de un Amor infinito: el de las tres personas divinas.

Comparto muchas razones humanas de filósofos e investigadores; las he repensado despacio y las expongo ahora señalando cuatro aspectos. Primero, acordar qué entendemos por felicidad; cabe comprenderla como un estado interior de satisfacción no solo física y orgánica, sino principalmente anímica, psicológica, espiritual, de paz e íntima plenitud de todo nuestro ser. Por tanto, nada exterior a la persona, algo así como si la misma felicidad fuese el fruto de un árbol del que me pudiera apropiar para gozosamente consumirlo; es más bien un fruto interior que madura y germina cuando yo, con mi vida, respondo a las exigencias más genuinas y radicales de mi naturaleza humana: las que me llenan y dan verdadera plenitud.

Un segundo aspecto o pilar del “edificio felicidad” es, paradójicamente, la necesidad de un “algo” y “alguien” distintos de mí, que sin ser “la felicidad” -como el fruto que decíamos-, sin embargo, la hacen posible en mí. Ese “algo” reside en el inmenso horizonte de bienes que me atraen y despiertan en mí el amor y deseo de poseerlos y disfrutarlos; son tales: el bien y gozo de buenas amistades y convivencias, de sanas aficiones, de trabajos ilusionantes, de tentadoras y limpias metas profesionales, etc.. En torno a ese amor interior y los deseos que suscita, aparecen y se configuran sus diversos objetivos, empezando no ya por un “algo” de cosas, sino por un “alguien” de personas que amamos y con quienes trabamos relaciones más o menos sólidas e íntimas. Todo eso es necesario para ser feliz, porque nadie se basta a sí mismo, y de ahí que los estados de aislamiento y soledad sean sinónimos de tristeza y desolación.

El tercer pilar relacionado con los dos primeros, es conseguir una personalidad bien formada, que exige que “cabeza y corazón”, es decir, “verdad” y “sentimientos” se den la mano, de cara a un proyecto de vida bien estructurado, que responda a la verdad y al bien de la persona y, por tanto, a una existencia en la que, al vivir los amores en los mencionados ámbitos de la familia, profesión, convivencia social, descanso, etc., no traicionemos las genuinas exigencias del amor verdadero, único capaz de hacernos felices, y que es el poner por delante el bien de los otros antes que el mío propio.

Un cuarto elemento a tener en cuenta en la conformación de la felicidad -aunque esta vez de carácter negativo- lo muestra otra experiencia universal: es el enemigo que todos llevamos dentro que, por soberbia, comodidad, egoísmo, pereza…, en una palabra, por amor propio, busca primero la felicidad personal antes que la ajena. La experiencia nos dice igualmente que cuando miramos más por el bien de los otros antes que por el nuestro, y actuamos según este principio, en nuestro corazón fluye una íntima y serena alegría que llena de paz.

La felicidad es una realidad apasionante y compleja que, como todo lo humano, tiene raíces trascendentes y su temática no se despacha en cuatro líneas. Por eso, sus hondas raíces que conectan con las ocho bienaventuranzas, requieren un nuevo artículo; como broche de oro que enlace con él, nada mejor que esta enseñanza del Señor, transmitida por san Pablo hablando a los primeros cristianos de Éfeso: “hay que recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: ’Mayor felicidad hay en dar que en recibir’” (Hch 20, 35). Vale la pena meditarlo.      

 Solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar.       

Volvemos a la cátedra del Monte de las Bienaventuranzas, desde donde el Señor impartió su lección sobre los caminos de la felicidad. Habíamos sentado en el artículo anterior sus bases humanas, y referíamos cuatro “pilares” para su construcción: primero, precisábamos lo que entendemos e implica vivencialmente el concepto mismo de felicidad, sin confundirla con el mero placer. Después, el amor de los verdaderos bienes de la naturaleza humana, con cuya posesión la persona encuentra momentos de felicidad. En tercer lugar, la necesidad de desplegar un proyecto de vida con metas que no se opusieran a esos verdaderos bienes. Y finalmente, un cuarto elemento: “el enemigo uno” de la felicidad que es el amor propio, con sus diversas manifestaciones.

          Hoy comentaré las enseñanzas de Jesús sobre la felicidad y, desde la trascendencia que Cristo nos muestra y que otorga a todo lo humano, iluminar en profundidad esos “pilares” o presupuestos que la conforman.

          Nada nuevo descubro diciendo que la realidad central y estelar de nuestra vida es el amor, y que en torno a él nos lo jugamos absolutamente todo, empezando por momentos de felicidad temporal y terminando por la finalidad eterna después de la resurrección. Lo grita la propia experiencia: según sean y vivamos nuestros amores -desde los que atañen a las personas, al trabajo, aficiones, etc., hasta el que podamos tener, si se quiere, por las hormiguitas-, así serán también nuestros momentos e instantes de felicidad.  El deseo de amar y de ser amados está como inscrito a fuego en el corazón de toda persona, y es el germen de la felicidad. Es la realidad nuclear de nuestra vida y no hace falta tener fe para aceptarlo. Pero el creyente sabe mucho más, y esto le reafirma gozosamente en lo que le dice su razón.

          En efecto, es tan nuclear y acuciante esa vivencia de amor y felicidad, que en la primera línea del número 1 del Catecismo de la Iglesia -y tiene casi tres mil-, se nos habla ya de que Dios es infinitamente feliz y nos llama a cada uno a compartir su felicidad. Para ser precisos: en lugar de “feliz”, el Catecismo escribe, con mayúscula “Bienaventurado”. Literalmente, el comienzo de ese primer número dice así: “Dios infinitamente Perfecto y Bienaventurado (Feliz) en sí mismo, en un designio de pura bondad(amor) ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada”. Imposible mejor tarjeta de presentación por parte del Creador.

          Con todo, pocos puntos después, en su número 27 desvela la raíz y el término de ese anhelo de felicidad: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no deja de atraer al hombre hacia sí, y solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”. En otras palabras: fuera de Dios y de los amores no opuestos al suyo, nadie jamás encontrará la verdadera felicidad; lo expresó espléndidamente san Agustín: “Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, Lib, 1, 1)

En perfecta armonía con lo que acabamos de decir y con las enseñanzas de Jesús, el Catecismo señala: “Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer” (n. 1718). Y como si fuera un eco del ya mencionado número 1, en el 1719 leemos: “Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza (felicidad). Esta vocación se dirige a cada uno personalmente…”.

Todos y cada uno de los ocho caminos de felicidad propuestos en las bienaventuranzas, tienen como referente “la felicidad”; y al decirnos que son felices “los pobres de espíritu”, “los que lloran”, los misericordiosos”, “los pacíficos”,…, nos está indicando los verdaderos amores que viven esas personas y que ya, desde ahora, les hacen pregustar la felicidad eterna del amor divino en el Cielo.

Sin embargo, en el lenguaje de las bienaventuranzas hay algo que choca y llama la atención porque parece ir contracorriente de nuestros anhelos más íntimos: de nuestros deseos de reír en lugar de llorar; de disponer de medios de fortuna en lugar de ser pobres; de vivir en paz, en lugar de ser perseguidos… Con razón dice también el Catecismo que las bienaventuranzas “son promesas paradójicas” y, efectivamente, esos contrastes piden una aclaración.

Nos ayudará a entenderlo si además de “paradójicas”, decimos: “promesas contracorriente”. Porque, en efecto, es eso lo que sucede; cada bienaventuranza nos promete una felicidad que solo es posible yendo contracorriente y plantando cara al atractivo que nos ofrecen amores engañosos, adulterados por incentivos espurios incapaces de llenar el corazón. Son, por ejemplo, el placer inmoderado de riquezas porque fijamos en ellas nuestra seguridad, en lugar de confiar en la providencia divina, que es a lo que invita la pobreza de espíritu de la primera bienaventuranza. O cedemos al agridulce placer rastrero de venganza, respondiendo a quien nos ha injuriado según el principio del “ojo por ojo y diente por diente”, en lugar de dar paso al perdón y a la misericordia, como pide el Señor en otra bienaventuranza.

O, frente a la felicidad pura de ver a Dios, prometida a los limpios de corazón, nos dejamos llevar de placeres sensuales -piénsese: drogas, pornografía y derivados- que lejos de alegrar el corazón, lo ensucian y degradan por ser contrarios al verdadero amor. Jesús nos pide que custodiemos los amores limpios del corazón, que son como perlas preciosas, frente a los sucios deseos de cuantos desamores los degradan: “No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos” (Mt 7, 6); son “perlas” santas, por ejemplo, tantas miradas de amor como las de unos padres a sus hijos, las del artista contemplando el paisaje que plasmará en su lienzo, etc. Todo lo contrario de aquellas otras miradas que denuncia Jesús con palabras fuertes: “Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón” (Mt 5, 28) El corazón de unos ojos limpios goza y admira la belleza que, en sus múltiples formas, siempre será reflejo de la Belleza divina.

Dos últimas consideraciones, como síntesis. Primera: la felicidad brota de los amores limpios porque matan el egoísmo y unen recíprocamente; son los señalados en las bienaventuranzas, y en cuantos amores se asemejan a ellas. Por el contrario, los desamores desunen y entristecen porque encierran a la persona en la fría soledad de su “yo”. Se entiende que el primer número del Catecismo, al hablarnos de la felicidad para la que Dios nos ha creado, señale también su gran enemigo, que se llama “pecado”, como   leemos en ese número: “Convoca (Dios) a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador”. Nos muestra, por tanto, la meta, que es la felicidad del mismo Dios; su enemigo, que es el pecado; y el camino seguro para alcanzarla: Cristo, que ha ido por delante, enseña lo que vive y desea que lo compartamos.

La consideración final la tomamos también del Catecismo, en su número 1717. En perfecta concordancia con lo escrito hasta aquí, leemos: “Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos”. 

Fuente: elconfidencialdigital.com


20 febrero 2025

Opus Dei

Montserrat Nebrera

Una plataforma audiovisual ha estrenado el documental “El minuto heroico”, dirigido por Mònica Terribas. En él, doce mujeres dan testimonio de su paso por el Opus Dei y la manera traumática en que dejaron la organización después de muchos años de lo que consideran abusos psicológicos y laborales, trabajos extenuantes y sacrificios inadmisibles.

Vaya por delante que no soy del Opus Dei; sería difícil que alguien como yo, a quien de tanto en tanto ataca la pereza, más que a menudo la envidia y la ira y, por encima de todas las cosas y todos los pecados, casi a cada instante la soberbia, se pudiera plantear, ni en ese lugar ni en ninguna parte, un camino de perfección y de obediencia, aunque ciertamente Dios escribe la historia de la humanidad con renglones torcidos. Un camino de perfección es lo que se persigue en cualquier organización religiosa; yo siempre he pensado que el Opus Dei, en el fondo, se recrea en el mensaje de Santa Teresa, quien decía que Jesús se encuentra entre los pucheros, pues el mensaje del hoy ya canonizado San Josemaría Escrivá era que debe buscarse la santidad en el trabajo, un poco como hace el protestantismo, pero bajo el amparo de la Virgen María. Porque el éxito profesional, si está hecho con buen fin y buenos modos, nos puede acercar a Dios. 

¿Qué hay en todo eso de malo?

Con la bondad de los fines hay, sin embargo, que confrontar la irregularidad e incluso la eventual maldad o desviación de los procesos o de sus agentes. Cumplir los objetivos marcados no es fácil, cualquiera que sea la organización que se lo proponga, desde Médicos sin fronteras hasta Cáritas, desde Habitat3 hasta Open Arms, desde cualquier orden religiosa hasta el Opus Dei, fundamentalmente por una razón que sirve también para enjuiciar el resto de organizaciones humanas, y es que está formada por seres esencialmente falibles. Tan falibles somos, que hoy abunda la idea de que por ser humanos tenemos derecho a equivocarnos, confundiendo una comprensible condición con una inexistente prerrogativa. ¿Cómo, si no, esa dicotomía entre persona y personaje a la que aludía Errejón y el hecho de que pertenezca justamente al partido político que ha hecho bandera de la persecución de personas como él? Hemos sabido que una trans era racista, machista y homófoba (¡pleno al quince!), que actores y directores sublimes y productores cuyo legado cinematográfico es inmenso y ejemplarizante han tenido conductas delictivas; el yerno de un rey ha ido a prisión para atajar la cadena que enlazaba directamente con Zarzuela, y no hay ya formación política que pueda alzar sus manos alegando que está limpia, porque en todas ellas de vez en cuando se ha pactado con el diablo. En fin, las piedras y la adúltera, que ya todo está dicho desde antes.

La visión de Terribas en el documental es laica, incluso diría que laicista. ¿Cómo entender el sacrificio, la renuncia, el servicio, la abstinencia o la obediencia, si no se comprende y comparte la altísima finalidad a la que tales acciones se consagran? Menos todavía en el mundo actual, en que el “progresa adecuadamente”, “a la escuela se va a ser felices”, “ya aprenderá cuando pueda”, “porque yo lo valgo” o “ya está bien con lo de exigirnos ser superwoman” se imponen en anuncios, redes sociales y programas de televisión. Sin la ascesis, el desprendimiento o la austeridad como formas de vida, es comprensible la velada crítica a ese minuto heroico del que se habla en los primeros capítulos del documental y que consiste en levantarse por la mañana la primera vez que suena el despertador sin posponerlo y prometerse a una misma que ese día también será de servicio, en este caso, a la comunidad en la que trabaja.

En nuestro mundo actual, no se concibe otro sacrificio que el dolor de levantar pesas en un gimnasio o el de someterse a una operación estética, y el mensaje es que nadie haga algo a cambio de nada

Dejemos a un lado las mortificaciones que puedan darse en la comunidad, tanto a nivel corporal como mental. Es como si quisiéramos entender por qué hay ayuno en el rito católico. Creo que no merece mayor consideración, sobre todo si aceptamos que no hay nadie que se someta a ello si no quiere. Otra cosa sería denunciar al Opus Dei o a las monjas de la caridad, de ser una secta. Más importante me parece ahondar en la descripción que se hace del trabajo de esas mujeres en el seno de la comunidad. Una comunidad como tantas otras, en las que, hasta que Hacienda se metió definitivamente en las casas de todos, quienes servían no cobraban más que simbólicamente, de modo que tampoco tributaban. No lo hacían las monjas, ni los curas, de hecho, ni siquiera la mayor parte de los vecinos de mi escalera cuando yo iba al colegio y bastante tiempo después. Como hoy aún no lo hacen, y eso sí debería ser casus belli global, las mujeres que por la razón que sea, deciden que la gerencia de su hogar y el cuidado de su familia es su trabajo. Como si fuera menos o menos honorable que atender la caja de un supermercado. Ni a las que decidieron un día dejar el Opus Dei y lo hicieron traumáticamente, ni a las amas de casa que se han dedicado a su familia las amparaba, en principio, ningún derecho, pero hoy ya empiezan a tenerlos. Viven en un entorno que les dice que ninguna familia, ni pareja, es para siempre, que el compromiso no existe y que por si acaso las dejan (o ellas dejan) en la estacada, deben tener modo y manera de ser autónomas económicamente. El modelo social ha cambiado tanto, que muchas cosas ya resultan incomprensibles y no se pueden mirar las del pasado con los ojos del presente. Aunque hay que estar atentos a las reacciones sociológicas, porque si no, no se entiende el movimiento, que bajo la sombra del trumpismo, se extiende por Estados Unidos y que habla de nuevo de “mujeres tradicionales”, femeninas, consagradas al cuidado del hogar… ¿Les suena? En ese mismo sentido, se está haciendo de oro la tiktoker Rorro, y su dedicación plena (es un decir, viendo los beneficios que le reporta publicitarlo) a su novio. ¿Decidirá Pedro Sánchez cerrar su cuenta por difundir un mensaje letal para la emancipación femenina?

En nuestro mundo actual, no se concibe otro sacrificio que el dolor de levantar pesas en un gimnasio o el de someterse a una operación estética para “mejorar mi autoestima”, y el mensaje es que nadie haga algo a cambio de nada. Han sido tantos los abusos a la buena fe, que casi la hemos borrado de nuestro campo de visión. Pues bien, existen otros modos de sufrir y de ser más altruistas: un mártir de cualquier revolución sería bien visto; algunos de los que lo hacen en el seno de la Iglesia cada día de manera anónima se han visto eclipsados por otros, y en algún caso han sido incluso desmitificados, porque meterse con la Iglesia es gratis; a nadie se le va a ocurrir cortar el cuello del crítico. Puede que en algún caso lo merezcan, y está bien que se sepa, pero en el contexto de las casi 100.000 personas que ahora mismo conforman el Opus Dei, con resultados ejemplares en investigación, docencia a todo nivel y servicio a la sociedad, encontrar la mácula es corroborar la grandeza de la misión.

Fuente: elnacional.cat/es

19 febrero 2025

En torno a la ideología de género

 Benigno Blanco

Para explicar qué es la ideología de género, me parece que es necesario empezar por distinguir claramente entre feminismo e ideología de género.

El feminismo es un movimiento histórico que, con sus aciertos y sus errores, sus estrategias —con fines positivos y, en ocasiones, negativos—, pretendía algo que, en principio, es justo: lograr la igualdad de la mujer con el varón en la vida social, superando tantos prejuicios históricos que habían llevado a excluir a la mujer de la cultura, de la vida profesional, económica, etc.

La ideología de género es algo distinto, aunque surja en el seno del movimiento feminista. Es una ideología, es decir una cosmovisión que pretende dar razón de la historia y la sociedad y sus problemas, especialmente los de la mujer, sobre la base de unos principios elementales que permitirían diagnosticar la raíz de todos los conflictos y, en consecuencia, proponer la solución a todos ellos. Una ideología es siempre un reduccionismo intelectual asociado a una fe ciega en sus diagnósticos y que lleva consigo una agenda política de transformación de la sociedad. Toda ideología –y, por tanto, también la de género- supone una gran soberbia intelectual: la de quien cree que conoce toda la realidad y es capaz en consecuencia de dar con la clave última de todo lo malo que sucede y se siente legitimado para proponer “la” solución a nuestros problemas. El ideólogo se siente un dios omnisciente capaz de recrear el mundo feliz que el Dios verdadero no consiguió hacer. Por eso las ideologías son tan peligrosas y engendran tanto violencia y destrucción como nos enseña la historia del siglo XX.

En concreto, empieza a hablarse de género a finales de los años sesenta, en el ambiente intelectual que marcó el Mayo del 68 francés, que es un contexto de revuelta, que pone en duda todo lo pasado, de exaltación de la sexualidad y de un cierto anarquismo que se siente capaz de recrear las estructuras sociales sobre nuevas bases.. En este marco, una serie de feministas muy influidas por los planteamientos de la francesa Simone de Beauvoir —que había sostenido la teoría, mítica dentro del movimiento feminista, de que la mujer no nace, sino que se hace, es decir, es un producto cultural— empezaron a rebelarse contra el feminismo anterior, argumentando que este se había equivocado de objetivo al plantearse como meta la igualación en derechos entre el varón y la mujer. Para esas nuevas feministas, que ya no hablan de sexo sino de género, la liberación de la mujer solo se alcanzará el día en que desaparezca de la vida social la propia distinción entre hombre y mujer; ya no se trata, en consecuencia, de conseguir para la mujer las cuotas de presencia social, política o económica que tienen los varones, sino de hacer desaparecer la distinción entre hombre y mujer.

La ideología de género, en sus iniciales planteamientos intelectuales, surge –como se ha dicho- a finales de los años sesenta en Estados Unidos, con una carga ideológica procedente de las universidades alemanas y francesas, y se va extendiendo desde el ámbito anglosajón al resto del mundo. Estamos en el contexto de la crisis moral del mundo como consecuencia del conflicto de identidad de la Iglesia católica en el postconcilio Vaticano II, es el tiempo de la comercialización de la píldora anticonceptiva, la época de la revolución sexual, de las primeras revueltas —Praga, Varsovia— contra el régimen comunista en el bloque soviético, etc. Se diría que de repente todo Occidente entra en crisis, todas las seguridades tradicionales se ponen en duda. Para algunos —los niños ricos de Occidente— parece que se puede reconstruir un mundo sobre otras bases; es el Mayo del 68 francés: «Haz el amor y no la guerra», la revolución hippie, ...

En ese clima intelectual que traduce la crisis de toda una civilización, las nuevas ideólogas de género sostienen que el planteamiento tradicional del feminismo no ha conseguido nada, porque la esclavitud histórica de la mujer es algo más profundo que una privación de derechos, y hacen el siguiente análisis: toda la historia de la humanidad ha sido la historia de una lucha de clases. Hay que tener en cuenta que en aquellos años el marxismo era el virus intelectual de todo Occidente y estaba de moda analizar la historia de la humanidad en clave de lucha de clases: entre ricos y pobres. Las feministas de género trasladan este enfoque a la lucha entre sexos que, según ellas, subyace al conflicto planteado en términos económicos, entre la clase opresora que son los varones y la clase oprimida que son las mujeres. Toda la historia de la humanidad —nos vienen a decir— está transida por un conflicto estructural en las relaciones más íntimas entre los seres humanos. Donde la historia ha visto amor y ternura, en el matrimonio, ellas, estas nuevas feministas, ven lucha de clases, estructuras de poder y opresión. Se empieza así a politizar la familia, pues es en la familia, según este planteamiento ideológico, donde surge la primera opresión, el primer conflicto social, el que enfrenta a hombres y mujeres.

Para superar esa situación, el análisis de la vida sexual que hace la nueva ideología subraya que en materia de sexualidad no hay nada que sea natural: todo es una construcción cultural e histórica y, por tanto, cambiable a voluntad. Es más, la dualidad hombre-mujer es fruto de esa estructuración social de clases; los hombres hemos inventado lo femenino para oprimir —para poner a nuestro servicio lo que llaman la «función reproductiva»— a la mitad de la humanidad, esclavizamos a la mujer inventando lo femenino para tener hijos. Igual que Marx decía que para superar la lucha de clases económica no bastaba con dar derechos a los proletarios sino que era imprescindible suprimir las clases sociales —el comunismo como objetivo—, las feministas de género dicen que para liberar a la mujer no basta con darles derechos, hay que suprimir esas dos clases sociales: tienen que desaparecer los hombres  y las mujeres, hay que articular una sociedad en la cual lo femenino y lo masculino no tengan relevancia, donde no haya hombres y mujeres sino libertad sexual, diversidad afectivo- sexual desvinculada de los dos sexos clásicos.

Estos son los planteamientos de Simone de Beauvoir en Francia, de algunas de las primeras feministas que más han influido en la concepción de género, como Sulamith Firestone, Alison Jagger o Germaine Greer, y, llevados a extremos radicales, son también los de Judith Butler, una de las feministas de género hoy de moda. Judith Butler dice lo siguiente sobre la condición femenina y el fin del feminismo:

Comprender el género como una categoría histórica es aceptar que el género, entendido como una forma cultural de configurar el cuerpo, está abierto a su continua reforma, y que la «anatomía» y el «sexo» no existen sin un marco cultural. Términos como masculino y femenino son notoriamente intercambiables; los términos para designar el género nunca se establecen de una vez por todas, sino que están siempre en el proceso de estar siendo rehechos.

Por tanto, ni hay masculino ni hay femenino, sino que nos encontramos ante un producto cultural que va cambiando continuamente. Otra frase de esta última feminista que he citado, Judith Butler, es aquella repetida tantas veces de que se puede ser mujer con un cuerpo de hombre o con un cuerpo femenino y se puede ser hombre con un cuerpo de mujer o con un cuerpo masculino: es indiferente porque cada uno se construye su orientación afectivo- sexual sin que haya ninguna base natural ni ética previa.

¿Qué pretende el feminismo de género? Fundamentalmente, acabar con lo femenino a través de la supresión de la distinción entre hombre y mujer en todos los órdenes de la vida: en el lenguaje, en la moral, en el Derecho, en las relaciones familiares, etc. Ya no hay hombres y mujeres, hay —sin más— géneros, orientaciones afectivo-sexuales que uno va creando libremente como le apetece y que puede cambiar a lo largo de su vida. Y para acabar con la diferencia entre hombre y mujer, es imprescindible acabar con el matrimonio y la familia configuradas tradicionalmente como estructuras de opresión de la mujer según esta ideología. Así la vida privada, familiar, se politiza, pasa a ser el centro de la estrategia política de la nueva ideología. ¿Por qué no puede haber un matrimonio como institución específica para la unión entre el hombre y la mujer? Porque no existen el hombre y la mujer, y por eso el matrimonio debe pasar a ser una institución para la unión de cualesquiera dos adultos, sea cual sea su orientación afectivo-sexual. Ya no hay diferencia: puede ser la unión de un hombre y una mujer, de dos hombres o de dos mujeres. Este es el significado, por ejemplo, de la reciente reforma hecha en España en materia de matrimonio, que, como es conocido, ha suprimido el matrimonio al equipararlo a la unión de dos personas del mismo sexo.

Así se pretende —en la terminología del feminismo de género— alcanzar una sociedad sin clases de sexo. El feminismo de género procede de idéntica manera que el marxismo, cuyo objetivo final era llegar a una sociedad liberada, tras la desaparición de las clases sociales. En el caso del feminismo de género, no se sabe cómo se va a concretar esa aspiración de alcanzar una sociedad en la cual desaparezcan los hombres y las mujeres, sustituidos por una única humanidad con las orientaciones afectivo-sexuales que cada uno se quiera construir, pero donde nada distinga al hombre de la mujer.

Para conseguir esta finalidad, por inconcreta que sea, el feminismo de género se afana en una labor que las propias representantes de esta tendencia denominan «deconstrucción»: se trata de cambiar el significado del lenguaje, de reescribir la historia, de rehacer la ética y el Derecho y, por supuesto, de rehacer la sexualidad. Con estos argumentos como base, se empieza a interpretar la historia como la crónica de la lucha entre los hombres y las mujeres. Se ataca a la familia como si fuese una institución esencial y conceptualmente represora y, de manera específica, al matrimonio monógamo propio de la tradición cristiana y occidental. Se intenta deconstruir la educación para transformarla en un instrumento al servicio del cambio de mentalidad, para rehacer la conciencia de los chicos y las chicas desde jóvenes, con la intención de que piensen de acuerdo a las categorías propias de la ideología de género. Y se reformula la sexualidad humana como algo ajeno a la dualidad hombre-mujer y desvinculado de la reproducción.

Como ejemplo de esta pretensión de deconstruir el lenguaje y alterar el significado de las palabras se propone el cambio del término «matrimonio», al que antes me refería, para que deje de hacer alusión a la unión entre el hombre y la mujer. Incluso se observa el intento de deconstruir la religión y se hacen, por ejemplo, ediciones de la Biblia de cuyo texto se elimina toda terminología que indique que Dios es masculino; se emplean siempre términos neutros, para evitar que la forma de hablar histórica de los hombres genere la sensación de que Dios pueda ser masculino «únicamente».

¿Cuál es el final al que se aspira desde el punto de vista de la agenda política de la ideología de género? La verdad es que se desconoce. Tal como ocurre con el marxismo, que nunca definió de manera concreta la teórica sociedad sin clases que resultaría de la revolución proletaria, el feminismo de género tampoco dibuja con rasgos precisos el modelo de sociedad al que quiere llegar; únicamente intenta atacar una serie de realidades positivas que considera impedimentos para alcanzar esa utópica sociedad sin clases de sexos, sin hombres ni mujeres, y que no se sabe muy bien en qué consiste. Esta es, por ejemplo, una definición de esa futura sociedad que hace una de las feministas de género de la primera hornada, Alison Jagger:

El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal; en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma institución de las relaciones sexuales, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría por fin revertir a su sexualidad polimorfamente perversa natural.

No se sabe muy bien lo que quiere decir, pero lo que está claro es que ya no hay ni categorías morales, ni físicas, ni éticas; cada uno se irá construyendo sexualmente a sí mismo para que todos seamos supuestamente felices en ese teórico paraíso que algún día llegará.

Quizá la mejor valoración cultural acerca de qué significa hoy día, en los comienzos del siglo XXI, la ideología de género proceda de la pluma del entonces Cardenal Ratzinger cuando todavía no había sido designado Papa. Primero en La sal de la Tierra, y luego en una conferencia, la definió como la última rebelión de la criatura contra su condición de tal: la última rebelión de la criatura contra su condición de criatura. Y explicaba el Cardenal que el hombre moderno, con su materialismo, rechaza su dimensión espiritual y lo que ésta puede exigir; que el hombre moderno, con su ateísmo, rechaza la existencia de una instancia externa a sí mismo, Dios, que pueda significar un condicionamiento para su propia libertad o pueda decirle algo sobre su propia verdad; y ahora —concluía el cardenal Ratzinger— el hombre moderno, con la ideología de género, pretende liberarse de su propio cuerpo. Ya sin alma, sin Dios y sin cuerpo, el hombre moderno es una voluntad que se auto-crea, es Dios para sí mismo.

Y en el fondo, esa es la idea última de la ideología de género: ya no hay nada que nos condicione, nuestra libertad ya no tiene el soporte de una naturaleza que nos impulse hacia una determinada forma de vivir y de ser; nuestra voluntad, nuestro querer, sin ninguna referencia a la realidad, crea nuestra propia personalidad, crea la ética, los valores, las relaciones humanas, etc.

En definitiva, como todas las ideologías del mundo moderno, la ideología de género es un reduccionismo. El nazismo quiso reducir la historia y la explicación de la sociedad a un enfrentamiento entre razas, olvidando el resto de variables; el marxismo quiso reducir la historia y la clave de explicación de la sociedad a un solo parámetro: la lucha de clases entre ricos y pobres. Ahora, la ideología de género, con el mismo simplismo e idéntico carácter limitador, quiere reducir la explicación del hombre y de la historia a un solo parámetro: el teórico enfrentamiento entre hombres y mujeres. Es una simplificación, pero como toda simplificación tiene gran eficacia pedagógica. Las ideologías, a diferencia de los sistemas filosóficos, son realidades cerradas en sí mismas basadas en unos pocos principios muy sencillos, como la lucha de clases, la superioridad de los arios frente a los semitas o — ahora— el enfrentamiento entre hombres y mujeres; y sobre esos pequeños principios se intenta explicar todo. Por eso, cuando una persona se imbuye de una ideología, en este caso de la ideología de género, se hace inmune a cualquier reflexión, a los datos de la realidad como contraste, a las razones históricas que no dan fundamento a lo que dice. Da igual: rechaza la realidad, los datos y la experiencia porque la ideología lo explica todo y está por encima de cualquier discrepancia. Ese es el peligro de las ideologías.

La terminología de género

Creo que es interesante, aunque ya han ido saliendo a lo largo de esta exposición, que paremos mientes un momento en algunos de los términos más usados por la ideología de género, para que veamos qué significan.

En primer lugar, tomemos el propio término «género». La ideología habla de «género» y no de «sexo» porque el sexo nos ata a realidades morfológicas y genéticas: hombre y mujer. En cambio, el género, que es un término que procede de la lingüística, tiene más variedades. Para empezar, en el campo de la gramática ya hay tres géneros: masculino, femenino y neutro; por tanto, género indica la construcción cultural y personal de la propia sexualidad. No es indiferente sustituir el término «sexo» por el término «género»; hoy día, este último arrastra consciente o inconscientemente todo ese mundo cultural e ideológico que estamos analizando.

Es evidente, sin embargo, que también la palabra «género» es susceptible de un uso — digamos— sensato y correcto, pues con esta palabra se puede querer aludir exclusivamente a aquella parte de los estereotipos acerca de qué es hombre o qué es mujer que históricamente han creado las diversas culturas: por ejemplo, si los hombres son más fuertes y las mujeres más débiles, si ellos visten de una manera y ellas de otra, si unos llevan el pelo corto y otras lo llevan largo, si tales trabajos son propios de hombres o propios de mujeres... Son cosas accesorias, culturales, que van cambiando; por tanto, cabría —teóricamente— un uso del término «género» que sería correcto y no ideológico. Pero la realidad es que, de manera habitual —y así sucede desde luego en el debate político, en los medios de comunicación, etc.— el término género implica todo lo que hemos dicho antes: es ideología de género, no se utiliza de esta manera pacífica a la que acabo de hacer referencia.

Veamos otro lugar común —al que también me he referido— en la terminología de la ideología de género: la «orientación afectivo-sexual». En la actualidad, vemos cómo, por ejemplo en las leyes europeas, aparece continuamente esta expresión como uno de los elementos de discriminación que debe ser evitado, equiparándose a la discriminación por razones de raza, ideas, religión, etc. Orientación afectivo-sexual es una categoría de la ideología de género que sustituye el sexo como dato por esta consideración subjetiva de la configuración de la propia sexualidad. Cada vez que alguien habla de orientación afectivo- sexual parece dividir a la humanidad en homosexuales, heterosexuales y transexuales, en vez de dividirla en hombres y mujeres. Como resultado del empleo de la expresión, se nos trasmite la idea de que en nuestra sociedad hay una inmensa diversidad afectivo-sexual, pues existen muchas orientaciones afectivo-sexuales y debemos respetar ese pluralismo y valorarlo positivamente.

Un término también específico de la ideología de género —al que también he hecho referencia anteriormente— es «homofobia», que conlleva gran peligro, porque los defensores de la ideología de género tildan de homófobo a todo aquel que no comparte sus planteamientos sobre la sexualidad, la familia y el matrimonio, cuando en realidad el adjetivo implica una forma de intentar limitar la libertad de expresión de quienes pensamos de manera distinta. Homofobia no significa en esta ideología miedo al hombre sino miedo a la igualdad pues el prefijo “homo” no procede del latín donde significa “hombre”, sino del griego, lengua en la que significa “igual”. Es importante estar alerta y evitar el sometimiento a la dictadura de tal calificación de homofobia que, en definitiva, pretende impedir que hablemos con libertad los que discrepamos de la ideología de género, los que no pensamos que en materia de sexualidad todo es “igual” de valioso.

«Homoparental»; he aquí otra palabra muy propia de la ideología de género, utilizada para designar a aquellas “familias” que están constituidas por dos padres o dos madres. Así, se da por supuesta la existencia de matrimonios que son homoparentales y de realidades familiares de paternidad y filiación que son homoparentales.

El término «hegemónico» se utiliza mucho en el contexto de la ideología de género para calificar todo lo que hasta ahora la humanidad había denominado «natural». Si uno habla de que el matrimonio es una institución propia entre hombres y mujeres, que lo natural es que un niño tenga un padre y una madre, los ideólogos de género dirán que no; que eso solo ha sido lo hegemónico históricamente, pero que puede y debe ser cambiado. Era solo una realidad de poder, de hegemonía; no era lo natural.

En cuanto a la expresión «derechos reproductivos», su uso está relacionado con un elemento al que aludí anteriormente: la ideología de género está caracterizada por la fobia a la maternidad y a la vida, razón por la que ha ido creando toda una categoría de presuntos derechos —llamados derechos reproductivos— que en el fondo no son más que el derecho de la mujer a liberarse de la maternidad, el derecho al aborto y a la anticoncepción; es decir, la absoluta libertad de la mujer para evitar ser madre, incluso cuando ya está embarazada. Esas palabras han ido penetrando en la legislación actual de muchos países, en los documentos de Naciones Unidas, y cada vez se usan más. Es necesario tener siempre en cuenta que la expresión conlleva un ataque sistemático a la vida, amparado en una liberación de la mujer de esa teórica esclavitud que sería la maternidad.

El término «patriarcado» la ideología de género lo utiliza para referirse a toda esa parte de la historia de la humanidad durante la cual, teóricamente, los hombres han oprimido a las mujeres. Precisamente ahora, la liberación que promueve el feminismo de género tiende a superar ese patriarcado y “patriarcales” como el matrimonio y la familia y haciendo desaparecer la distinción entre hombre y mujer.

«Sexualidad polimorfa» es una expresión tomada de Freud, que indica que cualquier tipo de práctica sexual es igualmente valiosa. Para esta ideología existe un gran pluralismo de prácticas sexuales y nadie puede hacer ningún juicio sobre si son mejores o peores, buenas, malas, convenientes o inconvenientes.

Estos son algunos de los términos que oímos habitualmente en el debate político, que comienzan a aparecer en las leyes y que arrastran consigo —querámoslo o no— esta visión tan específica de la ideología de género, que tiene también su agenda política específica, una expresión también —«agenda política»— a la que recurren con frecuencia los ideólogos de esta orientación feminista.

La agenda política del género

He aquí otra cita de la mencionada Judith Butler, que en su libro Deshacer el género afirma lo siguiente: «La tarea de la política internacional de gays y lesbianas es nada menos que rehacer la realidad, reconstituir lo humano y negociar los términos de lo que se considera vital y lo que no». En el fondo, como decía el cardenal Ratzinger, nos enfrentamos a una verdadera rebeldía ante lo humano: hay que rehacerlo, reconstruirlo, y para eso se utiliza la política y los cambios legislativos.

Todos hemos oído ya hablar de la ideología de género, al menos a partir del año 1994, cuando Naciones Unidas organizó una cumbre sobre población que se celebró en El Cairo, y al año siguiente otra en Pekín, esta vez sobre la mujer. El Papa Juan Pablo II desplegó una intensa actividad para movilizar a los cristianos de todo el mundo e intentó convencer a los Gobiernos de la necesidad de evitar que en los documentos oficiales de Naciones Unidas aprobados en esas cumbres apareciese la terminología específica y la agenda política de la ideología de género. En aquellos momentos, cuando en la documentación oficial de estas cumbres se empezó a hablar de derechos reproductivos, género, homoparentalidad, orientación afectivo-sexual, diversidad afectivo-sexual, etc., el Papa Juan Pablo II, consciente de la carga cultural e ideológica que estaba detrás, intentó movilizar la conciencia de la gente de bien para evitar que este planteamiento penetrase en la doctrina oficial de Naciones Unidas. Lo consiguió solo en parte. Desde entonces, año 1995, los planteamientos y la terminología de la ideología de género han ido penetrando cada vez más en el lenguaje de las instituciones internacionales, hasta la última cumbre del milenio y la recientemente celebrada cumbre del “milenio más diez”, donde la asunción de los postulados de género por NNUU es ya una evidencia absoluta. Esta es precisamente una de las fuentes de difusión de ideología de género —la doctrina de Naciones Unidas— hoy día más importante.

Con frecuencia, la ideología de género aparece unida a un cierto ecologismo. El ecologismo, como ocurre con el feminismo, tiene mucho de bueno, de científico y de sano, pero existe cierta corriente ecologista anti-humanista que pretende transmitir el mensaje de que para salvar este planeta el peligro es el hombre, que es el gran depredador. Al final más que ante un ecologismo, estamos ante un anti-humanismo. Ese ecologismo anti-humanista que preside ciertos planteamientos de Naciones Unidas, negativo para el hombre, también va muy unido al feminismo, en concreto en las políticas demográficas que desarrolla este organismo internacional: a través del Fondo para la Población, de la Organización Mundial de la Salud y de la UNESCO, entre otras agencias, promueve desde hace muchos años el control de la natalidad en el Tercer Mundo, y hoy, desde esas agencias de Naciones Unidas, se utiliza también la ideología de género con esta finalidad. Efectivamente, si hay fobia a la maternidad y al matrimonio, si hay una extensión de la homosexualidad, obviamente habrá menos niños y por eso hay muchas agencias de Naciones Unidas que están utilizando la ideología de género prácticamente como un método anticonceptivo más. Como indicaba hace años una directiva del Fondo de Población de Naciones Unidas, para ser efectivos en el largo plazo, los programas de control de la población deben buscar no solo reducir la fertilidad dentro de los roles de género tradicionales, sino más bien cambiar los roles de género tradicionales para controlar la población.

Si desaparece la distinción entre hombre y mujer, si tenemos miedo a la maternidad, efectivamente la fertilidad se reducirá. Por eso la extensión de las políticas de control demográfico va muy unida, especialmente en los países que reciben ayudas de las agencias de Naciones Unidas, a una promoción cada vez más expresa de la ideología de género. Quienes más contribuyen, junto con las agencias de Naciones Unidas, a difundir la ideología de género son los representantes de un cierto feminismo radical muy activo sobre todo en Estados Unidos y en Europa, y el lobby gay, que existe a nivel internacional y que ve en los planteamientos de esta corriente surgida en el seno del feminismo —no del mundo gay— una forma de normalizar las prácticas homosexuales y la propia homosexualidad en la conciencia colectiva; de ahí la gran actividad de las asociaciones de gays en la defensa de los planteamientos de género.

La ideología de género no es una formulación de un Gobierno ni de un partido ni de una persona en un país concreto — en cada país, alguien puede encarnar estas ideas con más o menos ilusión, con más o menos sectarismo y más allá de la tradicional división en derechas e izquierdas—, sino que estamos ante un tema cultural de fondo, que caracteriza estos comienzos del siglo XXI.

El panorama geográfico actual es que donde nació, en Estados Unidos, la ideología de género ya está quedando anticuada. Ha sido el lugar donde, quizá, más influencia intelectual tuvo, pero se ha ido quedando atrás aunque conserve mucha fuerza política en el partido demócrata como acredita la presidencia de Obama, entregado a la causa de género . En la mayor parte de los países occidentales de nuestra Europa está muy de moda, integrada en «lo políticamente correcto». Es habitual en los planteamientos y la terminología del Consejo de Europa, del Parlamento Europeo, etc., y solo se ha encarnado de forma sistemática en la agenda política de una mayoría gubernamental en el caso de España durante los gobiernos de Rodríguez Zapatero. En el resto de los países, hay gente que defiende estos planteamientos con más o menos éxito político, circunstancialmente, pero solo en España ha pasado a constituir la línea política directriz de una mayoría circunstancial en los años de gobierno de ZP. Tanto en América Latina como en África y el mundo musulmán y asiático, la ideología de género está intentando penetrar de forma forzada a impulsos de las agendas políticas de las agencias de Naciones Unidas. El gran difusor mundial hoy día de la ideología de género es Naciones Unidas.

Las acciones de Naciones Unidas en el mundo occidental rico, en Europa por ejemplo, son poco evidentes, porque aquí NNUU no financia políticas públicas; su influencia es, como mucho, cultural, pero en los países del Tercer Mundo con mucha frecuencia las agencias de Naciones Unidas manejan más dinero que los presupuestos de los propios Estados y, por tanto, las líneas políticas que imponen tienen una inmensa trascendencia. Por eso hoy día estamos viendo, por ejemplo en América Latina, una campaña sistemática, financiada e impulsada desde Nueva York, a lomos de las políticas sociales auspiciadas por las agencias de Naciones Unidas, para introducir la agenda de El Cairo y de Pekín: aborto, anticoncepción, “matrimonio homosexual”, Educación para la ciudadanía —aunque sea con otros nombres—. Estamos viendo también una gran reacción de la gente buena y sana en todos esos países de América Latina; en unos casos perdemos, en otros ganamos. Por ejemplo, en México D.F. se acaba de aprobar el aborto; como reacción, ya son una veintena los estados federados de la República mexicana que, a través de un procedimiento de iniciativa legislativa popular, han logrado modificar sus Constituciones para defender la vida desde el momento de la concepción. Y lo mismo sucede en África y en los países asiáticos; las agencias de Naciones Unidas están empeñadas en difundir allí el virus de la ideología de género. En el África subsahariana la ideología de género está encontrando mucha resistencia por el tradicional aprecio a la feminidad y a la familia y al matrimonio, pero influye mucho y sus principios se intentan imponer a través de presuntas políticas sanitarias de lucha contra el SIDA y su expansión. En los países musulmanes los planteamientos de género encuentran ciertos frenos, pero aun así el aborto y la planificación familiar también están avanzando. Y en los países asiáticos sucede igual: hay muchas campañas de planificación familiar y políticas públicas con perspectiva de género donde impera la visión de la sexualidad asociada a los programas educativos y sanitarios que difunden las Naciones Unidas.

¿Qué propone como agenda política la ideología de género? Podemos ver encarnada esta agenda política en el proceso legislativo español a partir de 2004.

Ley de violencia de género: la primera que se aprueba en la legislatura 2004-2008. ¿Por qué «violencia de género» y no «violencia doméstica» o «del hogar»? Porque se inspira —y así se explicó con detalle durante la tramitación parlamentaria de la ley— en la idea de que la relación de pareja hombre-mujer es una estructura clasista de opresión con el varón en la posición de supremacía. ¿Por qué se habla tanto hoy día de la violencia de género? Porque es la argucia metodológica para transmitir la idea, sobre la base de un fenómeno real y absolutamente rechazable como es que existe violencia machista en el hogar, de que este ámbito es una estructura de clases que genera violencia porque sí. Es decir, lo que la tradición ha visto como la fuente del amor, de la entrega, de la confianza, aunque a veces falle, pasa, en el esquema mental de la ideología de género, a ser el núcleo esencial y más expresivo de la última y más fundamental de las relaciones violentas de poder y de clase que existe en la sociedad, que es la relación hombre-mujer.

La siguiente ley en materia de familia, aprobada en julio de 2005, es la ley que suprimió el matrimonio para equipararlo a las uniones de personas del mismo sexo; es la ley llamada popularmente Ley del matrimonio homosexual, que no es eso, sino una ley que suprime el matrimonio. ¿Por qué suprimir el concepto legal del matrimonio, la referencia dual al hombre y la mujer? Porque para la ideología de género no existen el hombre y la mujer, y el suponer que existen es clasista y opresor para la mujer, por tanto, no puede haber en las leyes una institución específica entre hombre y mujer. Por eso el matrimonio debe pasar a ser, como ya sucede en la ley española, un contrato que regule la unión de cualesquiera dos adultos sea cual sea su orientación afectivo-sexual. Y eso es lo que es ahora el matrimonio en el código civil español: pura ideología de género. Nada tiene que ver con los derechos de los homosexuales; los homosexuales ya podían casarse con la ley de siempre. Otra cosa es que no quisieran hacerlo por razones fácilmente comprensibles, pero la ley no los discriminaba. Como a los curas... Los curas no se casan, pero no están discriminados por la ley del matrimonio; es que ellos eligen un estilo de vida que no implica el matrimonio —¡bendita libertad!—.

La siguiente ley es la Ley del «divorcio exprés», que se aprobó también en 2005. Ley que convierte a todo matrimonio en «divorciable» a partir del tercer mes de la boda a petición unilateral de cualquiera de los cónyuges, sin necesidad de alegar causa ninguna o acreditar motivo ninguno ante los jueces. Responde a los planteamientos de la ideología de género: la relación sexual que subyace al matrimonio es pura afectividad espontánea. Por tanto, el matrimonio dura lo que dura esa afectividad. No tiene sentido que la ley establezca ningún marco de protección jurídica más allá de la espontaneidad afectiva de la relación basada en la orientación afectivo-sexual de cada uno.

En los años inmediatamente siguientes se aprueban la nueva Ley de técnicas de reproducción asistida y la Ley de investigación biomédica, que convierten a España en el paraíso mundial —al margen de Singapur y algún paraíso tecnológico del sudeste asiático— de las técnicas de reproducción asistida. Somos uno de los países del mundo donde menos trabas éticas y jurídicas hay a la investigación y experimentación con embriones en el entorno de las técnicas de reproducción asistida. Evidentemente, no es la ideología de género quien ha inventado las técnicas de reproducción asistida, pero en el caldo de cultivo ideológico de la ideología de género estas técnicas se exaltan, se ven como un bien, no como un medio para resolver la infertilidad sino como algo que nos puede liberar de la maternidad. Sería liberador el que algún día haya tecnología disponible que nos pueda eximir definitivamente de la obligación de parir —el último resabio de esclavitud de la mujer— para que no se acabe la humanidad. Si algún día la tecnología nos resuelve eso, quedaríamos liberados de verdad de la atadura a la maternidad y de la vinculación de la sexualidad con la reproducción.

Un año más tarde se aprueba una ley que vulgarmente se conoció como Ley reguladora de la transexualidad, que reforma el Registro civil para sustituir en él el concepto de sexo por el de género. El registro civil es la institución donde estamos retratados a efectos jurídicos todos los españoles; en cuanto nacemos se nos inscribe, y se inscriben nuestras características esenciales: quién es nuestro papá, quién es nuestra mamá, qué día nacemos y qué sexo tenemos. Y la inscripción como varón o mujer se hace con el mero criterio de la observación morfológica de nuestros genitales. Con esta nueva ley uno puede cambiar su inscripción como varón o mujer a petición;, por decirlo de una manera clara: sin tener que operarse previamente. Existe una enfermedad, la conocida como disforia de género en términos médicos, popularmente transexualidad, que padecen algunas personas —muy poquitas; en España, según los datos de la sociedad española de endocrinología, que es la especialidad médica que trata este tipo de enfermedades, hay unos cinco mil transexuales, unos cinco mil sujetos diagnosticados de disforia de género--. Y en algunos casos los médicos aconsejan operarse, y se hacen las llamadas intervenciones de cambio de sexo, que no lo son en realidad —porque todas las células del cuerpo humano son sexuales, de un sexo o del otro, y por tanto no podemos dejar de ser hombres o mujeres—. Lo que se puede hacer es cambiar la configuración externa de los genitales desde un punto de vista morfológico. La apariencia externa genital del cuerpo sí puede pasar de ser masculina a femenina o de femenina a masculina; eso es lo que suele llamarse cambio de sexo. Pues bien, cuando hay operaciones de cambio de sexo los tribunales ya admiten desde hace muchísimos años que uno pueda cambiar su inscripción en el Registro civil para tener un DNI que refleje la sexualidad asociada a la apariencia externa genital de nuestro cuerpo.

Así pues, el problema de los transexuales desde el punto de vista médico y jurídico estaba resuelto mucho tiempo atrás; lo que hace la nueva ley es permitir que uno cambie su inscripción en el Registro sin hacerse esa operación. Es decir, la morfología ya no identifica a la persona; se trata de género, de cómo me defino yo sexualmente. Viene a ser lo mismo que decir «yo no tengo sexualidad, sino que yo creo mi dimensión sexual y, además, a través del registro civil, los demás me lo reconocéis como tal, tenéis que admitir que soy lo que yo digo». Ya no estamos hablando del sexo como algo dado, sino del género como algo construido.

Y en la misma línea, hay que aludir a los once primeros artículos de la Ley del Aborto de 2010. Dicha ley solo habla del aborto a partir de su artículo 12: Los once primeros los dedica a introducir con carácter coactivo los planteamientos ideológicos en materia de salud sexual y reproductiva —ya la terminología es propia de la ideología de género— de esta corriente, tanto en el sistema educativo como en el sistema sanitario. Tendremos ya obligatoriamente una visión de la sexualidad que la contempla como una autodeterminación genital abocada al placer y donde no hay nada malo, siempre que se haga en libertad, salvo la posibilidad de quedarse embarazada. Todo eso consagra el llamado «derecho a la salud sexual y reproductiva», que es el derecho a la anticoncepción, a la esterilización y al aborto gratuitos como prestaciones estatales, puesto que en esta visión de las cosas este derecho a esa llamada salud sexual y reproductiva forma parte del derecho a la salud y a la vida constitucionalmente garantizado para la mujer.

Y una vez que esos nuevos valores, esa nueva antropología de la sexualidad y de la familia configuran la legislación sobre la familia, el siguiente paso es traspasarlo al sistema educativo. Eso es, en parte, la LOE, la Educación para la Ciudadanía. En eso consisten estos nuevos artículos de la Ley del Aborto dedicados a la introducción en el sistema educativo de los planteamientos de salud sexual y reproductiva. El proceso es muy lógico: primero cambio los valores en las leyes, luego digo que los valores de las leyes son los democráticos y obligatorios y a continuación los enseño como tales en la escuela.

Esta es, a grandes rasgos, la agenda política de revolución cultural y axiológica de la ideología de género que se está aplicando a nuestro alrededor. Esos planteamientos teóricos que suenan tan raros, tan extraños, tan ajenos a nuestra experiencia más inmediata cuando uno describe en abstracto los contenidos conceptuales de la ideología de género, los vemos ya hechos realidad en la legislación aprobada en nuestro país y en la forma de hablar a nuestro alrededor.

La ideología de género es un fenómeno de nuestro tiempo, como el nazismo y la eugenesia lo fueron en los años veinte y treinta o el comunismo y la visión marxista de la vida lo fueron en los años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta del siglo XX. No es para escandalizarse; es un fenómeno de nuestro tiempo. Lo bueno es saberlo, porque la ideología de género es muy desconocida. A pesar de ser omnipresente es muy desconocida.

Los que tenemos cierta edad y hemos vivido la experiencia del siglo XX estamos muy acostumbrados a la forma de manifestarse que tenían las ideologías entonces. En el siglo XX se encarnaban en partidos políticos y en Estados. Por tanto, hoy tendemos a identificar una ideología con algo que se hace partido y, si el partido lo logra, se hace Estado —comunista, nazi, etc.—. Pero la ideología de género ni hace eso ni lo pretende. La ideología de género quiere llevar la lucha revolucionaria política a la intimidad del hogar y de la persona. No aspira a ser un partido político, y por eso no hay ningún partido político de género; es un virus intelectual que va influyendo en la forma de hablar y de decir, en el debate político, en el intelectual, en la prensa, en la educación, en los medios de comunicación. Pero nunca ha sido ni será un partido político. Por eso a veces nos despistamos y no nos damos cuenta de a qué nos enfrentamos: a una cosmovisión, a una ideología como lo fueron el marxismo o el nazismo.

Hoy día en el mundo existe una confrontación ideológica a escala planetaria como la que representó la lucha entre la libertad y el marxismo en el siglo XX, entre Moscú y Washington. Lo que pasa es que no se encarna en dos Estados, en dos partidos, sino en las cabezas y en los corazones de nuestros contemporáneos: es la lucha entre la antropología de género en clave laicista y la visión del ser humano propia de la tradición cultural occidental recibida de forma más o menos coherente. Y esa lucha hoy día pasa por la cabeza y el corazón de nuestros contemporáneos. Y es muy bueno saberlo para, 1: no dejarse engañar; y 2: identificar al enemigo si uno decide hacer algo para evitarlo.

La ideología de género, hoy, cursa como enfermedad vírica muy unida al laicismo porque, en la frase que nos regaló el actual Papa cuando todavía no había accedido al pontificado y que más arriba recordábamos, la ideología de género es como la última rebelión de la criatura contra su condición de tal, de criatura. Si la ideología de género es la última rebelión del hombre contra su condición de criatura, es razonable que vea como enemigo a quien le recuerda que el hombre es una criatura, es decir, a la religión. Y por eso, los planteamientos políticos de género hoy día van muy unidos a los planteamientos laicistas, como vemos también en España, porque hay una concomitancia estratégica y finalista entre la antropología de género y el laicismo militante.

Cómo luchar contra la ideología de género

Yo creo que es bueno trabajar para que la ideología de género desaparezca. Y es bueno, no porque a mí me preocupe que haya algún riesgo de que llegue a triunfar políticamente; es imposible, acabaría la humanidad y eso no es planteable. De hecho, tiene muy poco recorrido. Pero me preocupa este poco recorrido porque lo que está en juego es la felicidad de las personas. Quienes articulan su vida de forma práctica conforme a los parámetros antropológicos de la ideología de género actúan contra la propia naturaleza humana y se alejan de un proyecto de persona feliz. Considero que la difusión de este virus entre nuestros jóvenes es la difusión de un inmenso riesgo de que no puedan ser felices y buenos. Como creo que nos debe preocupar la felicidad de la gente que queremos, tenemos que acabar con este mal cuanto antes, para evitar que haga daño a la gente.

La mejor forma de luchar contra la ideología de género es que hablemos muy bien de la sexualidad. Los que defienden el género no quieren hablar de sexo porque el sexo indica algo dado, existente, físico, genético, por eso hablan de una categoría cultural que es el género. Nosotros no somos animales sexuados, somos mucho más; la sexualidad nos constituye, somos hombres y mujeres. Todas y cada una de las células de nuestro cuerpo son femeninas o masculinas según seamos mujeres u hombres. Por tanto, para nosotros la sexualidad es algo muy importante. A veces hay quien cree equivocadamente que a los católicos nos da miedo el sexo: al revés. Lo valoramos tanto y lo queremos tanto que lo respetamos profundamente y no jugamos con él. Lo valoramos muchísimo más que los que frivolizan sobre la sexualidad.

Tenemos que ayudar a la gente que nos rodea y a nosotros mismos a descubrir el inmenso valor de la sexualidad y, por eso, a respetarla profundamente. Y, en consecuencia, hay que hacer toda una labor pedagógica sexual, especialmente en la educación de los más jóvenes.

Tenemos que prepararnos para hablar bien de la vida, que es la función natural de nuestra complementariedad sexual. En una sociedad que le tiene miedo a la vida, que no la entiende, donde muchas mujeres, cuando se quedan embarazadas, no reciben la enhorabuena sino el pésame —«¿Qué te ha fallado?... Pobrecita... Te has quedado embarazada»—, tenemos que hacer toda una pedagogía sistemática de la inmensa bondad y alegría asociadas a la vida, al matrimonio, al compromiso. Y para eso tenemos que usar ese que es el principal poder de los seres humanos: el poder de la palabra. Hay que usar esa facultad para hablar bien de las cosas buenas, para hablar bien de la sexualidad y de la vida. Porque eso es lo que necesita nuestra época. La gente no forma sus convicciones últimas escuchando la tele, ni asistiendo a un debate parlamentario; la gente forma sus convicciones últimas en la apertura confiada en el roce existencial en lo más ordinario de la vida y ahí es donde estamos nosotros.

Debemos ser hombres muy hombres y mujeres muy mujeres —y no me refiero al pelo largo o al pelo corto, a la falda o a los pantalones...—, y debemos relacionarnos unos con otros como hombres y como mujeres con un profundo respeto y complementariedad. E igualmente estamos obligados a dar razón de lo felices que nos hacen el matrimonio, dar vida, la paternidad..., para que eso resulte ilusionante para los que nos escuchan, porque ese es el principal antídoto frente a los planteamientos de género.

A aquellos a quienes no podamos influir con la palabra, hablando bien de las cosas buenas, tenemos que llegar a través de los ojos. Son los que no razonan, esos que te dicen: «Tú lo ves así; yo lo veo así», que son muchos. Ante estos, como la palabra es un poder inoperante, se puede influir por la vista, por el testimonio. Porque llega un momento en la vida en el que todos nos preguntamos: «¿Por qué esta persona lo consigue y yo no? ¿Por qué es feliz y yo no?», o al revés: «¿Por qué yo soy tan feliz y este, mi hermano, mi amigo de la juventud, mi compañero de colegio, es un desastre?». Y es el momento, cuando surge esa pregunta, en que el testimonio de vidas plenas y felices puede ser una inmensa llamada a la reconversión interior de las personas que se han equivocado.

Por tanto, es muy importante que dejemos que las personas que nos rodean nos vean felices, que sepan las condiciones últimas que nos permiten ser felices: lo que llevamos en el corazón. Si estamos casados y nos ilusionan nuestro hogar y nuestros hijos, que nuestros amigos lo sepan. Por tanto, tenemos que exhibir nuestra intimidad en la medida en que es gozosa y plena, para que los demás puedan ver ahí un modelo de vida atractivo y atrayente, para que se puedan replantear, en su caso, su modo de vida no atractivo ni atrayente y apuntarse al nuestro. Hay que perder el pudor a exhibirnos como somos, con nuestras convicciones y nuestras relaciones familiares. Al revés; hay una obligación de mostrar esa alegría, para que la gente que nos rodea y no sabe cómo estar alegre o ser feliz nos pueda comprar ese producto.

En tercer lugar, para luchar contra la ideología de género hay que ayudar de forma asociativa a que nuestra sociedad despierte. Vivimos en un entorno plural donde uno solo puede hacer pocas cosas, dos juntos pueden hacer más y muchos juntos pueden hacer mucho más. Como el virus de la ideología de género es planetario, es un virus de nuestra época, tenemos que aumentar nuestra eficacia para luchar contra él. Y para eso, lo mejor es que quienes compartimos la preocupación por acabar con esta enfermedad nos echemos una mano unos a otros para ir despertando a nuestra sociedad, para ser más eficaces en la lucha contra la imposición de la ideología de género en la escuela, para ser más eficaces en la lucha para evitar que haya abortos, para ser más eficaces en lo que toque en cada momento. Hay muchas y muy buenas asociaciones familiares, y yo animo a todos a que echen una mano a algunas de la que trabajan en este ámbito porque así, entre todos, podremos ser un poco más eficaces.

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Como conclusión, yo diría que hay muchos motivos para ser optimistas. Nunca como hoy se está teorizando tan en positivo acerca de qué es el matrimonio y la familia. Contamos, por ejemplo, con todo el magisterio de Juan Pablo II, que ha escrito y ha hablado más de la familia que todos los papas anteriores juntos. Tenemos cada vez más doctrina, más antropología sobre las claves de la familia y el matrimonio. Ante todos estos ataques de los totalitarismos y de las ideologías del siglo XX y de comienzos del XXI tenemos a la familia tan activa en la vida social como siempre; sigue siendo la institución social y cuantitativamente más presente en la vida de la gente. Y continúa siendo la que más satisfacción genera.

Las sociedades modernas están descubriendo de nuevo a la familia; saben que los problemas de la crisis demográfica, del individualismo, de la soledad de tantas personas solo se resuelven con esa solidaridad primaria que genera la familia, que es la verdadera trabazón de los seres humanos. Por tanto, hay muchos motivos para ser optimistas. Pero hay que trabajar en la defensa de la familia, y una de las formas de hacerlo es tener ideas claras para identificar los ataques sistemáticos contra ella, como los que provienen de la ideología de género. Necesitamos ideas claras para defenderla en positivo. Si es así, como siempre, la familia, la visión sensata de la sexualidad, primará, porque es la única que tiene futuro. Solo genera futuro quien se abre a la vida; solo genera felicidad y estabilidad personal quien sitúa la sexualidad en su lugar, sin considerarla como el único parámetro posible para explicar la vida personal y social. En definitiva, las razones para la esperanza están ahí, son claras. Pero igualmente hay razones hoy día para que todos nos responsabilicemos de aportar nuestro pequeño granito de arena en la tarea de dar criterio, dar ejemplo y utilizar la palabra para defender las cosas buenas de la sexualidad y la familia.

Fuente: forofamilia.org