24 julio 2025

El sentido del cristianismo

Rafael Domingo Oslé


«Para renovarse, el cristianismo debe secularizarse y des-clericalizarse, volver la vista a los primeros cristianos».

Avance

El 9 de abril de 2025 vio la luz en La Esfera de los Libros mi ensayo titulado El sentido del cristianismo. En él pretendo ofrecer una reflexión fresca y serena sobre la pertinencia y el significado del mensaje cristiano en la sociedad actual, especialmente en Occidente. Esta se caracteriza por un proceso acelerado de secularización, una crisis de valores generalizada y una creciente polarización ideológica. Mi objetivo principal es fomentar un diálogo abierto y constructivo entre creyentes y no creyentes, buscando puntos de encuentro y colaboración para construir una sociedad más justa, solidaria y comprometida con la búsqueda de sentido y el desarrollo.

La idea de escribir este ensayo surgió en 2023, poco antes de mi regreso a España tras doce años en Estados Unidos. Un influyente abogado neoyorquino me invitó a almorzar. Nuestra conversación tomó un giro inesperado al abordar el futuro del cristianismo. Su perspectiva era pesimista. Preveía una disminución de la importancia de todas las religiones a nivel global, especialmente del cristianismo. Me argumentó que su influencia en la vida pública estaba decayendo y que su pérdida de atractivo era evidente entre las generaciones más jóvenes. Mencionó la baja proporción de creyentes en instituciones científicas influyentes y el declive de la relevancia cristiana en la cultura y la educación de Occidente, contrastándolo con su persistente relevancia en África y América Latina.

Para él, los éxitos pasados del cristianismo, su papel en la configuración de la civilización occidental (universidades y catedrales), habían desembocado desgraciadamente en postulados actuales poco inspiradores para los intelectuales modernos. Consideraba que la Iglesia necesitaba reinventarse o enfrentarse a la irrelevancia en Occidente, y me señaló los escándalos y las enseñanzas anticuadas como factores contribuyentes a este declive.

Su punto de vista me desafió, incitándome a una investigación más profunda sobre el estado actual del cristianismo a nivel mundial. El ensayo analiza sus argumentos, confrontándolos con mi propio análisis del panorama religioso global y, particularmente, el contexto español, para ofrecer una visión más completa y matizada.

Artículo

Las preguntas esenciales que guían mi ensayo son: ¿Puede el cristianismo aportar algo significativo a la construcción de una sociedad más justa y solidaria? ¿Cómo debe responder el cristianismo a los desafíos planteados por el laicismo, el materialismo, y el nihilismo? Y una todavía más personal: ¿Qué sentido tiene ser cristiano en la actualidad?

Mi respuesta es optimista tanto para quienes profesan la fe cristiana como para aquellos que no lo hacen. El cristianismo sigue teniendo vitalidad; no es, de ninguna manera, como algunos afirman, una causa perdida. Ser cristiano hoy en día, en nuestra agotada sociedad consumista, tiene su valor y es beneficioso para todos, tanto para creyentes como para no creyentes. Si el ser humano del siglo XXI desea reivindicarse, debe considerar seriamente el cristianismo. Para hacerlo, es esencial regresar a la contemplación, a la mística, a la estética y a la liturgia.

Para seguir iluminando nuestro entorno, el cristianismo necesita pasar por un intenso proceso de renovación espiritual, volver a sus raíces, a una constante contemplación de Cristo. Paradójicamente, para renovarse, el cristianismo debe secularizarse y desclericalizarse, volver la vista a los primeros cristianos, a aquellos que vivieron antes de que se estableciera la alianza entre religión y política, altar y trono, en el siglo IV.

El respeto: un principio ético fundamental

A lo largo del ensayo, analizo algunos principios y valores en lo que el cristianismo tiene todavía mucho que decir. No son necesariamente cristianos, sino humanos, pero el cristianismo aporta luces nuevas que sin duda los enriquecen. Comienzo con la noción de respeto, no como una simple convención social, sino como un principio ético espiritual fundamental, inseparablemente ligado al amor. Respeto es el amor más básico e imprescindible necesario para que una sociedad no se fragmente.

En el ensayo, he analizado distintos enfoques filosóficos y jurídicos sobre el respeto, y recurrido a ejemplos concretos de la vida pública, como el debate sobre el crucifijo en el despacho del presidente de las Cortes Constituyentes de 1977 o el caso Lautsi en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. He subrayado también la compleja relación entre respeto y libertad de expresión. Argumento que un respeto genuino exige una tolerancia amplia, pero que esta no puede llegar hasta el punto de aceptar la incitación al odio o la discriminación. Finalmente, apuesto por una educación en valores para fomentar una cultura del respeto en todos los ámbitos de la sociedad. Dedico una especial atención al concepto del «autorrespeto», como fundamento de una auténtica ética del respeto. Sin una base sólida de respeto a uno mismo, es difícil respetar a los demás.

La tolerancia: un desafío permanente

La historia de la tolerancia en Occidente, desde la época romana hasta la actualidad, es un tema fascinante y contradictorio. Si bien el cristianismo ha conocido momentos de intolerancia, también ha contribuido significativamente al desarrollo de la tolerancia como valor social. En este capítulo, reviso momentos claves de esta historia, desde el Edicto de Tolerancia de Galerio hasta las guerras europeas de religión. También recorro la evolución del concepto de tolerancia y las diferencias entre tolerancia, indiferencia y relativismo moral. Analizo el movimiento woke, con sus contradicciones e incluso excesos, como ejemplo de cómo la intolerancia puede disfrazarse de tolerancia y generar nuevas formas de opresión.

Secularización, trascendencia y diálogo

En el ensayo, abordo el proceso de secularización no como un fenómeno negativo o destructor, sino como un proceso de maduración tanto de la religión como de la sociedad. La secularización constituye una oportunidad para que el cristianismo reconfigure su mensaje y se exprese de forma más relevante para la sociedad contemporánea. Analizo las diferentes interpretaciones de la secularización, desde autores clásicos (Gentili, Grocio) hasta pensadores contemporáneos (Habermas, Ratzinger). Destaco la importancia de distinguir entre una secularización abierta a la trascendencia y una secularización laicista que busca expulsar la religión de la esfera pública. Defiendo la necesidad de un diálogo constructivo entre la fe y la razón, buscando puntos de encuentro y complementariedad en lugar de confrontación.

Concluyo esta parte argumentando que una sociedad que atraviesa un proceso de secularización sin la guía del cristianismo corre el riesgo de caer en un punto muerto, sumergiéndose en el individualismo extremo, la falta de propósito en la existencia y una profunda tristeza existencial. En resumen: en la decadencia. Por lo tanto, mi postura es clara: secularicemos el cristianismo y abramos el proceso de secularización a la trascendencia. Colaboremos entre creyentes y no creyentes, fomentemos el diálogo, y terminemos con los prejuicios ideológicos y la polarización dañina que ha surgido a raíz de la cultura woke.

Una sociedad con un Dios-Amor como realidad fundante

Una sana secularización abierta a la trascendencia no excluye a Dios. Por eso, en este ensayo confronto las tesis del ateísmo moderno con las experiencias místicas de tantas personas a lo largo de los siglos. Argumento que la fe cristiana no se basa únicamente en evidencias racionales, sino en la experiencia personal y la revelación divina. También insisto en la importancia de la fe como elemento fundamental para comprender el pleno significado de la existencia humana y para construir una sociedad más justa y compasiva.

Por último, presento el misterio de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) como un modelo paradigmático para la construcción de una sociedad democrática diversa pero unida. La estructura trinitaria ─amor, comunión, don─ ilumina principios como la dignidad humana, la igualdad, la libertad, la solidaridad, y la subsidiariedad. Analizo la doctrina de la imagen trinitaria de Dios y su importancia en la construcción de una sociedad pluralista, inclusiva, y respetuosa con los derechos de todos los seres humanos. También me detengo en las implicaciones de la doctrina trinitaria en diferentes ámbitos de la vida humana, como la familia, la empresa, y la política.

El perdón: un acto de amor radical y libre

El perdón constituye un tema central en este ensayo, y se analiza desde perspectivas psicológicas, morales, sociales, y políticas, como lo hicieron grandes autores como Fiódor Dostoyevski, Hannah Arendt, y Desmond Tutu. En este capítulo, confronto la perspectiva cristiana, donde el perdón es un don ilimitado, con las visiones secularizadas, que a menudo establecen límites al perdón. Defiendo la necesidad de una justicia restaurativa que priorice la reparación del daño y la reconciliación entre víctimas y perpetradores. También analizo extensamente lo que denomino la multidimensionalidad del perdón (emocional, racional, social, moral, espiritual), y su impacto en la construcción de una cultura de la reconciliación.

Hacia una economía del amor

Presento este capítulo como una llamada a una revolución contra visiones reduccionistas de la pobreza, y abogo por una comprensión integral y holística. El compartir, como acto fundamental del cristianismo, implica un compromiso con la justicia social y la construcción de una sociedad más justa y equitativa. Analizo la complejidad de la relación entre pedir y compartir, en el ámbito personal, social, y económico, y reviso importantes conceptos como el de bien común, la responsabilidad social, y la sostenibilidad. La figura de la Madre Teresa de Calcuta, con su ejemplo de vida dedicada a los más pobres, ilustra este ideal de compartir desinteresadamente, basándose en el amor y la compasión.

Conclusión: cristianismo consciente

Finalizo el libro con un llamamiento a la construcción de una cultura del amor, basada en los valores centrales del cristianismo, una sociedad que acoja la diversidad, promueva el diálogo, y esté abierta a la trascendencia. Para mí, el cristianismo, lejos de ser una amenaza para la sociedad moderna, puede ser una fuente de inspiración para construir un mundo más humano, justo, y solidario. Destaco la importancia de la contemplación como medio para alcanzar la plenitud de la experiencia humana y para conectar con la realidad última de las cosas. Por último, presento la esperanza de un futuro donde el mensaje de amor y justicia pueda transformar profundamente a la sociedad y guiarla hacia una vida más plena y significativa.

Nuestra sociedad puede progresar más rápidamente y encontrar un equilibrio más eficiente, si se vuelve a la vez más secular (y menos clerical) y más trascendente. Debe ser, a la vez, más técnica y más humana, más activa y también más reflexiva. En definitiva, más feliz.

¿Cristianismo en la era secular? Sí, por favor. Pero sin añadidos ni edulcorantes. Tampoco un cristianismo agotado y que se victimiza. Y aún menos un cristianismo diluido, confuso y sin rumbo. Nuestra sociedad secular reclama un cristianismo vibrante, pleno de vida, fresco, audaz y renovador, que merezca el aplauso entusiasta desde la eternidad, del mismísimo Jesucristo.

Fuente: eldebate.com

23 julio 2025

Recuperar la hospitalidad

Juan Luis Selma


Cada vez proliferan más los planes individuales; así nadie me molesta y hago lo que me apetece

Cuenta el libro del Génesis que, en lo más duro del verano, a la hora de la canícula, Abrahán estaba sentado a la puerta de su tienda, procurando refrescarse un poco. Aparecieron tres peregrinos, a quienes acogió con gran hospitalidad. En aquellas circunstancias, una buena acogida era prácticamente cosa de vida o muerte. Abrahán fue generoso: mandó lavarles los pies, les dio de comer, los alojó en su tienda. Vio a Dios en aquellos hombres.

Recuerdo una anécdota familiar de mi infancia. Una mañana, durante las fiestas de las Fallas, en una Valencia atiborrada de turistas, al levantarnos los hermanos vimos a unos extraños acogidos en casa. Era una familia que no encontraba hotel. Se acercaron a pedir ayuda a mis padres y, ante la imposibilidad de conseguir alojamiento, los llevaron a casa. A partir de ese día surgió una gran amistad.

Ya sé que ahora no están los tiempos como para abrir las puertas de casa a cualquiera, pero quizás nos hemos vuelto demasiado desconfiados, individualistas. Ayer, en una visita, vi un cartel en el ascensor que advertía sobre una banda de ladrones que rondaba el edificio. Se recomendaba extremar las medidas de seguridad y avisar a la policía ante cualquier sospecha. Es una pena lo que está ocurriendo, pero no puede ser excusa para encerrarnos en nosotros mismos.

Ante el verano, algunos procuran ir lo suficientemente lejos para no encontrarse con ningún pariente molesto; otros aprovechan para reunir a toda la familia. En caso de que haya muchos primos y hermanos, es toda una fiesta para la chavalería. Sin embargo, cada vez proliferan más los planes individuales; así nadie me molesta y hago lo que me apetece.

El Evangelio de hoy relata esta bonita escena: “En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios”

El Señor fue acogido en la casa de Lázaro, Marta y María; allí, en Betania, se sentía a gusto, descansaba de sus largas correrías, encontraba un poco de paz. ¡Qué hermoso es hospedar al mismo Dios en nuestro hogar!

Me comentaron la historia de un matrimonio cristiano que llevaba una buena temporada en el hospital: la esposa cuidaba a su marido. En ese ínterin, ocupó la otra cama un joven nórdico que no sabía nada de español. Al verlo solo, la buena mujer lo atendió como si fuera su hijo. Poco a poco creció la amistad, y aunque apenas se entendían, al marcharse recuperado, el chico les dejó un papelito escrito con ayuda del móvil: “Gracias, amor, Dios”.

Cuando damos amor, atención y cuidado, todos lo aprecian, y aunque sean distintos -no creyentes, extranjeros- ven a Dios en esos detalles.

¿Qué podemos hacer ante estas circunstancias tan corrosivas que nos rodean? ¿Cómo podemos cambiar el mundo? Recordando al buen samaritano: poniendo atención, cuidado e interés en el prójimo. No basta con hacer favores, procurar que se atiendan las necesidades o que todo esté regulado y asegurado. Hay que pararse, sentarse a los pies y escuchar; admirar, como lo hizo María.

La hospitalidad es una virtud que nos lleva a acoger a quien es diferente por raza, cultura, nacionalidad, religión… La acogida se dirige al centro de la persona, no a lo anecdótico. Como toda virtud, lleva tiempo y esfuerzo adquirirla. Forjar esta actitud hacia los demás requiere fortaleza, constancia y paciencia. El tiempo irá moldeando, si lo permitimos, una actitud abierta, libre de prejuicios.

“Quien a vosotros acoge, a mí me acoge”, dice el Señor. Debemos acostumbrarnos a ver a Dios en los demás, a hijos suyos queridos. Una hospitalidad que no se limita a servicios materiales: también exige dedicar tiempo al otro, escucharlo, mirarlo a los ojos, para que el Señor no nos diga: “Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.

Fuente: eldiadecordoba.es

O género o Dios

Benigno Blanco Rodríguez

La editorial Rialp acaba de publicar (en 2024) La génesis del género. Una teoría cristiana (274 págs), de Abigail Favale, una norteamericana, profesora de la Universidad de Notre Dame, experta en feminismo, cuya vida personal, académica y religiosa están muy imbricadas en el estudio de la ideología de género como relata en esta obra que resulta de interés tanto por su análisis del moderno feminismo como por la trayectoria personal de la autora.

Se trata de un libro sobre la ideología de género que puede ser muy útil a cualquier interesado en formarse en esta materia, pues de la mano de la autora se hace un repaso de la génesis de esta filosofía y del pensamiento de los autores que más han influido en su formulación. Desde esta perspectiva, esta obra es un buen manual introductorio para comprender la antropología de género, su relación con el feminismo y cómo esta concepción del ser humano se ha expandido por las universidades y, desde ellas, a todas las esferas de la vida social de nuestra época. Sólo por esta razón merece la pena leer este libro de Abigail Favale. Pero no solo por esta razón.

El libro de la profesora Favale no es solo una buena exégesis académica sobre la ideología de género, sino que es también una autobiografía intelectual y religiosa, pues la autora logra explicar con mucha claridad, contándonos su vida, la radical incompatibilidad entre la ideología de género y la fe cristiana (o, ampliando su perspectiva, con toda concepción del ser humano como criatura). “Una forma de contar mi historia es decir que el feminismo me alejó del cristianismo… Mis principios fundamentales, las premisas sobre las que descansaba mi visión del mundo, ahora eran posmodernas, en lugar de cristianas” (pág. 27) y “el posmodernismo descansa, aunque irónicamente, en la premisa de que ninguna premisa de cosmovisión es verdadera” (ibidem).

Favale era una joven evangélica que se introdujo en los estudios feministas y al hacer suya la cosmovisión subyacente al feminismo de género se encontró con que “El paradigma de género afirma una visión radicalmente constructivista de la realidad, luego la cosifica como verdad, exigiendo que otros asientan su veracidad y adopten su lenguaje. De acuerdo con el paradigma de género no hay creador, somos libres de crearnos a nosotros mismos. El cuerpo es un objeto sin significado intrínseco, le damos el significado que queramos, utilizando la tecnología para deshacer lo que es percibido como natural. (…) Mujer y varón son identidades basadas en el lenguaje, que pueden ser habitadas por cualquiera. Debido a que la verdad es solo una historia que nos contamos a nosotros mismos, todas las historias contadas por nosotros son verdaderas” (pág. 33).

La autora resalta con acierto el dato de que para la ideología de género el lenguaje es performativo, creador de la realidad, algo que nos resulta muy desconcertante a los que anclamos nuestra cosmovisión en el viejo y natural realismo. En la pág. 181 nos dice: “El concepto actual de identidad de género, sin embargo, no se basa en la realidad material. Un varón que dice ser una mujer, es una mujer solo en el lenguaje. Para el posmodernismo eso es suficiente, porque toda la realidad, todo lo que consideramos verdadero, está lingüísticamente construido”. Favele define la cosmovisión feminista en la que ella misma se vio envuelta de la siguiente forma (pág. 93): “Estas corrientes tomadas en conjunto, crean una cosmovisión de facto, un sistema de suposiciones rectoras sobre la realidad, la persona humana y cómo se ve la verdadera libertad. Esta cosmovisión implícita es lo que yo llamo el paradigma de género. En primer lugar, este paradigma es ateo; esto se da por sentado. La realidad, el género, el sexo, incluso la verdad, se construye socialmente. Una negación de Dios conduce a una negación de la naturaleza (…) La libertad ya no significa ser libre para vivir en armonía con nuestra naturaleza y realizar nuestro potencial inherente. La libertad es simplemente la búsqueda de una elección sin restricciones, rompiendo los límites y normas del pasado. Esto lleva a otra consecuencia: la denigración del cuerpo, porque el propio cuerpo es un límite”.

Nuestra autora evolucionó, se convirtió al catolicismo, formó una familia y ha encontrado en la teología del cuerpo de Juan Pablo II la solución plena a las insuficiencias de la ideología de género. Esta es la aventura intelectual y vital que relata en este libro que permite al lector profundizar tanto en la antropología de género como en la alternativa cristiana basada en la teología de la creación: “Considerarse uno mismo como un ser creado mueve la discusión de la identidad a un nuevo terreno (…) Ser una criatura, más que un accidente, establece la persona humana como un ser en relación con lo divino” (pág. 255).

Fuente:  religionenlibertad.com

El Papa también necesita ayuda

Juan Luis Selma

Es voluntad del Señor que sea el Papa, sucesor de san Pedro, quien lleve el timón de la Iglesia. Pero ningún patrón navega solo. Necesita marineros.

Con el paso del tiempo -se nota que me voy haciendo mayor- he empezado a ver al Papa como un padre mayor. Me parecía normal, como ocurre con los nuestros, que asumiera la responsabilidad, que se entregara y se sacrificara por la Iglesia. Pero esta vez, con León XIV, me ha dado un poco de pena. Es algo más joven que yo, pero ya en la edad en la que, en la vida civil, uno estaría jubilado. Me sorprendió su disponibilidad para aceptar el cargo -o mejor dicho, la carga- con prontitud, su actitud de subirse a la cruz y volver a Roma, como Pedro, para dar la vida.

Algo similar me ha ocurrido con el nuevo obispo de Córdoba, don Jesús, que tiene la misma edad que el Papa. Con lo bien que estaba en su tierra natal… Y ahora, casi a los setenta, comenzar de nuevo: conocer la capital y los pueblos, los sacerdotes, religiosas y religiosos, toda la vida diocesana. ¡Un jaleo! Por eso es importante saber que nos necesitan; que tenemos el deber, la responsabilidad -y también el gusto- de ayudarles. Todos formamos parte de la Iglesia. Como decía san Agustín: “Si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros”.

Los sacerdotes no caen del cielo. En la Biblia, concretamente en Hebreos 5,1, se nos recuerda que el sumo sacerdote es “tomado de entre los hombres”. Esto significa que, aunque investido de un cargo sagrado, sigue siendo humano, con sus propias limitaciones y fragilidades. No pertenece a una casta superior ni es distinto: comparte la misma naturaleza y las mismas debilidades que cualquiera. Eso lo hace cercano, empático: nos comprende perfectamente. Tiene luchas similares, se cansa como todos y necesita cariño y ayuda como cualquier persona.

¿Te has planteado que el Papa te necesita? ¿Has pensado en cómo puedes ayudarle a tirar del carro de la Iglesia y de la humanidad? El 29 de junio celebramos la fiesta de san Pedro: es el día del Papa. Un día para valorar y agradecer su servicio, su tarea de presidirnos en la caridad, de custodiar, profundizar y explicar la fe, de hacerla accesible y comprensible. Le agradecemos que vele por la unidad, que logre que todos los católicos, dispersos por miles de rincones del mundo, se sepan queridos y acompañados.

Las prioridades de León XIV, según ha manifestado en sus primeras intervenciones, se centran en la unidad de la Iglesia, en una evangelización alegre, en la promoción de la paz y el diálogo internacional, y en el cuidado de la creación. También ha mostrado un fuerte interés por la dignidad humana, especialmente en lo que respecta al trabajo y la justicia social, así como por la búsqueda de la comunión plena entre los cristianos. Estas prioridades deben ser también las nuestras.

Leemos en el Evangelio estas palabras: “Jesús le respondió: -Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos”.

Es voluntad del Señor que sea el Papa, sucesor de san Pedro, quien lleve el timón de la Iglesia. Pero ningún patrón navega solo. Necesita marineros. Pensemos en cómo mostrarle nuestra cercanía y colaboración. Podemos rezar cada día por él, aunque sea con un simple Ave María. Leer sus escritos y homilías para formarnos. Defenderlo y no criticarle jamás.

En el siglo VIII, los anglosajones, tras convertirse al cristianismo, decidieron enviar una contribución anual al Papa. Con el tiempo, esta práctica se extendió por Europa y fue formalizada por el papa Pío IX en 1871 con el nombre de Óbolo de san Pedro. En este domingo, las colectas de las parroquias se destinan a las necesidades del Papa, al mantenimiento del Vaticano y a las obras de caridad. Si somos generosos, el Papa podrá ayudar a muchos.

Fuente: eldiadecordoba.es


21 julio 2025

Mensaje del Prelado (21 julio 2025)


Mons. Fernando Ocariz

 Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La memoria litúrgica de los padres de la Santísima Virgen –san Joaquín y santa Ana–, que celebraremos el próximo día 26, me lleva a dar gracias al Señor por la realidad de que la Obra es verdadera familia. Como escribía san Josemaría: «Todos los que pertenecemos al Opus Dei, hijos míos, formamos un solo hogar: la razón de que constituyamos una sola familia no se basa en la materialidad de convivir bajo un mismo techo. Como los primeros cristianos, somos cor unum et anima una (Hch 4,32) y nadie en la Obra podrá sentir jamás la amargura de la indiferencia» (Carta 11, n. 23).

Gracias a Dios, no queremos que nadie en el Opus Dei sienta esa amargura de la indiferencia. Por eso procuramos evitar que la diversidad de caracteres, de horarios de trabajo o las muy diversas circunstancias de la vida ordinaria puedan llevar, en alguna ocasión, a una cierta indiferencia práctica hacia los demás. Para que todos vivamos con un solo corazón y una sola alma, es esencial que cualquier cosa de nuestros hermanos sea, de verdad, muy nuestra. No dudemos en acudir al Señor para que nos dé un corazón como el suyo, capaz de ensancharse «en un crescendo de cariño que supera todas las barreras» (Via Crucis, VIII Estación, n. 5). Al meditar cómo Cristo murió por nosotros, reconocemos un amor que no entiende de condicionales y que lleva a dar también la propia vida por nuestros hermanos. Como recordaba el Papa León XIV recientemente: «Jesús es la revelación del verdadero amor hacia Dios y hacia el hombre. Amor que se da y no posee, amor que perdona y no exige, amor que socorre y nunca abandona» (León XIV, Ángelus, 13-VII-2025).

En los próximos días comenzará en Roma el Jubileo de los jóvenes. Recemos para que esos días supongan un momento fuerte en la vida de los participantes, un verdadero encuentro con Cristo vivo: él es la esperanza que no defrauda (cfr. Rm 5,5), el único capaz de saciar nuestros anhelos de felicidad.

Sigamos rezando también por el trabajo de los Estatutos, que –como os anuncié– están siendo revisados por la Santa Sede.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre

Pamplona, 21 de julio de 2025

19 julio 2025

Sube de nivel… Sé el amante que estás llamado a ser

 

Andres Mauricio Cano

Cuando hablamos de ser buenos amantes, surge inevitablemente la pregunta:

¿Cómo se logra eso?

Y la respuesta puede incomodar: no basta con desearlo.

Ser un buen amante requiere algo más profundo que la intención…

Requiere esfuerzo, consciencia y transformación.

Como comparto en la introducción de mi libro “Libérate del rol de víctima… para ser un buen amante”, esta identidad ha sido distorsionada por factores internos y externos. Por eso, hoy más que nunca, es urgente replantearnos el compromiso de ser amantes auténticos.

Un momento revelador…

Hace unos años, celebrando con Cata otro aniversario de nuestro matrimonio, sentados junto a una piscina, comenzamos a conversar sobre la identidad del amante. Ya veníamos acompañando a parejas de novios y percibíamos con claridad una realidad: formar un matrimonio sólido requiere más que buenas intenciones.

Fue entonces cuando nació nuestro modelo de los niveles para ser un buen amante, una guía clara para que cada persona y pareja reconozca su punto de partida y su camino de crecimiento.

Los 4 niveles del camino del amante

Este modelo, probado en cientos de parejas, identifica 4 niveles de evolución en el amor:

1. Nivel de “amor” líquido

Donde lo que se vive como amor, no lo es del todo. Prima el sentimiento automático, la satisfacción inmediata. Pero eventualmente… algo falta.

2. Nivel del deseo de amar

Aquí nace la inquietud: “Quiero algo más profundo”. La persona comienza a buscar, a preguntarse, a abrirse al aprendizaje sobre el amor verdadero.

3. Nivel del amor en proceso

Con mayor claridad y formación, se asumen actos de amor reales. Aquí aparecen los desafíos, las crisis, las decisiones incómodas… pero también las primeras victorias auténticas del amor.

4. Nivel del buen amante

No es perfección, pero sí madurez. Se disfruta amar. Se es capaz de entregarse desde la libertad, y con alegría. Aquí, el amor comienza a florecer con fuerza y propósito.

⚠

 Importante: no siempre se avanza linealmente. A veces se retrocede. Lo esencial es tener consciencia del proceso y apoyo para sostener el camino.

Y tú, ¿en qué nivel estás?

¿Te reconoces en alguno de estos niveles?

¿Sientes que es momento de dar un siguiente paso en tu camino de ser amante?

Haz tu movimiento. No te quedes en el mismo nivel.

Ser un buen amante no es solo un destino, es una forma de vivir.

Una elección que transforma tu relación… y tu vida.

¿Te animas a subir de nivel?

Fuente: exaudi.org

“La piedra me llevó a la Sagrada Familia, la Sagrada Familia a Gaudí y Gaudí a Dios”

Maria José Atienza·

El jefe de escultores de la Sagrada Familia de Barcelona, el japonés Etsuro Sotoo, conversa con Omnes sobre su camino de encuentro con la fe cristiana a través del trabajo.

Hablar con el escultor japonés Etsuro Sotoo es entrar en otra dimensión, más pausada y menos material, de la vida. Sotoo, jefe de escultores de la Sagrada Familia de Barcelona. Allí llegó “a picar piedra” y, a través de esta piedra, y de la figura y la obra de Antoni Gaudí se convirtió al cristianismo. 

El pasado 26 de junio, Etsuro Sotoo fue el encargado de inaugurar la primera edición de la Noche de Santo Tomás Moro, una velada dedicada a reflexionar sobre el papel de la cultura en el mundo contemporáneo desde la inspiración cristiana, impulsada por la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria. 

Poco antes de este encuentro, Omnes pudo entrevistar al autor de la fachada del Nacimiento del templo catalán y hablar con él de esa “puerta de atrás” por la que entró a la fe. 

Usted abre la primera edición de la Noche de Santo Tomás Moro. Otro Tomás, el Aquinate, habló de la vía de la belleza para llegar al conocimiento de Dios. La belleza, ¿es el principio o la meta?

­– Es una buena pregunta. Hasta ahora nadie me ha preguntado esto. La belleza es inicio y final. Esta es la respuesta correcta. Porque desde el inicio del mundo está presente el arte y creo que, en el futuro todo mundo será artista. Es el último oficio. 

Todo está avanzando, es muy claro en la tecnología. La vida cambia. Pero el oficio de artista no sólo no se perderá sino que todo el mundo será artista. 

El último oficio de la humanidad es el arte. Todo el mundo disfruta del arte. Eso será nuestro futuro. 

Este arte, esta belleza, ¿es entonces la vía “última”, la que todo el mundo puede tener, para llegar a Dios?

– Gracias a Dios no somos iguales. No todo el mundo comparte la misma causa por la que encontramos a Dios. Goethe dijo aquello de que “quien no posee ciencia y arte, qué tenga religión”, a través de la religión, encontrarás esa ciencia y arte. Si tienes estudios, encontrarás Dios en la religión. Al final todos llegamos al mismo sitio: los que tienen estudios y los que no, los ricos y los pobres… 

En mi caso, soy japonés y yo llegué a través del trabajo. Trabajando. Dios me puso esta manera de conocerle. Yo quería hacer bien de mi trabajo, construir, hacer las esculturas de la Iglesia con todo su simbolismo. Allí me puso Dios “mi zanahoria”. Si quería hacer bien esa tarea en la Sagrada Familia tenía que estar en el mismo punto que Gaudí y, ¿dónde está Gaudí? En el mundo de Dios. Yo tenía que estar allí. Al inicio mi motivo no era espiritual, era simplemente “hacerlo bien”, el punto débil de los japoneses (ríe). 

Mi entrada a la fe fue un tanto peculiar, casi me da vergüenza de confesarlo, pero llegamos al mismo sitio. Dios calcula bien. El principio fue conocerlo bien, para hacer bien mi trabajo; era una “puerta de atrás”, y entré. Luego el camino católico es ancho, todos caben: hay gente que empieza a correr, gente que va en zigzag, … Yo, como buen japonés fui pasito a pasito. 

¿Podríamos decir que se encontró a Dios entre las piedras?

– ¿Por qué empecé a picar piedra? ¿Por qué me enamoré de la piedra? Porque, desde pequeño, yo tenía una pregunta. Ni siquiera era consciente de cuál era o el significado de esa inquietud que tenía. Entonces descubrí la piedra. 

Empecé a picar piedra, casi de manera irracional. Era una fuerza que me llevaba ahí para encontrar respuesta. “Para responder a esa pregunta que tengo en mi interior hay que picar piedra”. No sé por qué pensé así; pero para saber cuál era la pregunta y encontrar la respuesta a esta inquietud interior necesitaba sudar, necesitaba, incluso, sangrar, para encontrar, formar mi pregunta y encontrar respuesta de esta pregunta de mi vida. 

Me ayudó mucho; porque la piedra me ha llevado a la Sagrada Familia, la Sagrada Familia me ha presentado a Gaudí, y Gaudí me ha presentado al Gran Maestro, a Dios. Se ve que el camino no era erróneo, sino al revés, era correctísimo. 

Entre las obras en las que usted trabaja, una de las más importantes es la de la Sagrada Familia de Barcelona. ¿Cómo es la tarea de terminar lo que Gaudí imaginó para este templo?

– Gaudí no dejó nada escrito sobre la Sagrada Familia. Por eso necesitaba ver de manera diferente su proyecto. Ustedes han nacido en una sociedad cristiana, muchas veces, han sido bautizados casi sin darse cuenta…

Mi caso no es así, -aunque acudí a un parvulario católico-. Podía ver o fijarme en cosas en las que muchos católicos de siempre, no se fijan. Lo que para los católicos de siempre es normal para mí era una joya.

Muchas veces soy como un bebé descubriendo una hoja y es un regalo que he recibido. He aprendido cosas muy hermosas y buenas, a través de unos ojos extranjeros. 

La Sagrada Familia lleva más de un siglo construyéndose. En una época en la que prima la rapidez y “lo efímero”, ¿qué podemos sacar de esta realidad? ¿Merece la pena?

– La sociedad quiere todo rápido y fácil. Nos hemos olvidado de “sudar”, del sacrificio. Y el camino rápido no lleva al Gran Maestro. Sin sacrificio no encontraremos nada, no lo hemos encontrado así en toda la historia de la humanidad y esto no va a cambiar el futuro. 

Si una madre, al criar a su bebé sólo piensa en “ahorrar”: dinero, tiempo, energía, amor…, el niño quizás crecerá físicamente, como una planta, pero no estará formado. Claro que aquí hay un secreto: este sacrificio se transforma por el amor. 

Las madres se sacrifican con amor, con gusto. Este es el secreto que hemos olvidado intentando ahorrar. Todos, al final, sufrimos, nos sacrificamos, pero lo tenemos que hacer de manera correcta, necesitamos maestros y necesitamos al Maestro. 

Fuente: omnesmag.com

Marta y María

16.º domingo del tiempo ordinario (Ciclo C). 

Evangelio (Lc 10,38-42)

Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo:

—Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Pero el Señor le respondió:

—Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.

Comentario

Cuenta san Lucas que una mujer llamada Marta recibió a Jesús en su casa. “Lo acogió como suele recibirse a los peregrinos —comenta san Agustín—. Aunque en realidad, la sierva recibió a su Señor, la enferma a su Salvador, la criatura a su Creador”[1]. Nos dice el relato que esta mujer tenía una hermana llamada María. Pero Marta es nombrada en primer lugar, probablemente porque sería la dueña de la casa. En cualquier caso, pronto Marta se verá sobrecargada e inquieta con la preparación de todo lo que le parece necesario para servir a Jesús. Mientras tanto, María disfruta de la conversación “no solo sentada cerca de Jesús —señala san Juan Crisóstomo— sino junto a sus pies; para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor”[2]. Al final, molesta por lo que considera una insolidaridad de su hermana y quizá cierta indiferencia de Jesús, Marta increpa al Señor con toda confianza para que sea Él quien pida a María que colabore. No sabemos si al final María e incluso el propio Jesús se levantaron a ayudar. El evangelista recoge más bien una lección fundamental del Maestro: “Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.

A lo largo de la historia de la Iglesia esta escena ha sido muy meditada e interpretada por los Padres y los santos. Con frecuencia se ha visto a Marta como símbolo de la acción y del trabajo en este mundo, así como a María un símbolo de la contemplación y de lo que será la visión beatífica de Dios. Entonces, “¿qué quiere decir Jesús? —se preguntaba el papa Francisco— ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante comprender que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial solo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que hacer. En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto Marta es reprendida”[3].

Jesús da a entender que la escucha atenta a sus pies hay que preferirla y anteponerla para cumplir de verdad su mandamiento de amor. San Josemaría explicaba así esta realidad: “María escogió la mejor parte, se lee en el Santo Evangelio. –Allí está ella, bebiendo las palabras del Maestro. En aparente inactividad, ora y ama. –Después, acompaña a Jesús en sus predicaciones por ciudades y aldeas. Sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!”[4]. Por eso Jesús afirma también que “la mejor parte” de María no le será arrebatada, aludiendo al hecho de que la parte de Marta sí se puede perder. Es decir, sin la contemplación, que da sentido y eficacia a la labor que se hace por Dios, antes o después se terminaría también abandonando esta. San Josemaría ataja este problema admirablemente cuando exhorta en otro lugar: “Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra mejor arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración”[5]. Porque cuando se cuida la oración, antes o después todo se convierte en lugar de encuentro con Dios, de diálogo amoroso con Él.

Fuente: opusdei.org