Juan Luis Selma
- El ser humano es capaz de encontrar múltiples formas y expresiones de belleza. La belleza de lo creado remite a su fuente, al Creador.
La frase “eres el más bello de los hombres” procede del Salmo 45, un salmo real que la tradición cristiana ha leído siempre como profecía mesiánica. Aplicado a Cristo, adquiere una profundidad teológica preciosa.
Leemos en el Evangelio: “En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (…) Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.
Cuando los primeros apóstoles comenzaron a seguir al Señor, todavía no sabían quién era realmente. En esos momentos, no habrían sabido dar la respuesta de Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios, el Dios vivo”. Quizá, fascinados por su personalidad, por su figura y sus modos, por su atractivo humano, habrían podido repetir la expresión del Salmo 45: “Eres el más bello de los hombres”.
Recuerdo el comentario de una abuela primeriza cuando me dijo que esperaba un nieto. Le aseguré que rezaría por él y ella respondió espontáneamente: “Rece para que sea guapo. Yo ya me encargo de que sea santo”. Aquella contestación me hizo pensar. Manifiesta lo mucho que valoramos la imagen y la belleza corporal. En un primer momento, me pareció exagerado, pero reflexionando comprendí que, en el fondo, estaba hablando de santidad con otro lenguaje: el de la belleza.
Cuando la Iglesia aplica a Cristo este salmo, no hace una apología de la mera apariencia. Se refiere a la belleza del Corazón de Cristo: su misericordia y bondad, su entrega, su mansedumbre y su verdad, su amor sin límites. Y esto no excluye su aspecto externo, que -por ser hombre perfecto- habría sido luminoso. Siempre he pensado que la paz interior, la bondad y la gracia repercuten en la expresión y en la presencia, y que la figura del Señor sería profundamente amable.
Hace poco, después de escuchar una canción preciosa y de contenido profundo, un joven comentó que estaba agradecido a su autor por “elevarle al cielo” con la letra y la música. La belleza, como la bondad, nos conduce a Dios.
La famosa frase “la belleza salvará al mundo”, de Fiódor Dostoievski en El idiota, tiene sentido. No en vano, el demonio -en su rechazo a Dios- propaga lo feo, lo vulgar, lo zafio. No le gusta la armonía, las buenas maneras, lo noble y lo bello. La sabiduría popular, para recalcar esta idea, dice: “es más feo que un pecado”.
Comentaba el Papa el día de la Asunción de la Virgen: “La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin… Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo”.
Nos animaba a descubrir la belleza que nos rodea, esa que proviene del amor: “Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo. El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y eleva; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida”.
El encanto es una gran vía para llegar a Dios, para descubrir su huella en el mundo y en nuestras vidas. La via pulchritudinis exige atención y contemplación. Es mucho más profunda que el deslumbramiento de los anuncios o la estética del gimnasio.
El ser humano -a diferencia de los animales y de las máquinas- es capaz de encontrar múltiples formas y expresiones de belleza. La belleza de lo creado remite a su fuente, al Creador. Uno no puede imaginar lo que llega a disfrutar ante una obra de arte, en la contemplación de Dios y de su creación.
La belleza de Cristo -su humanidad y santidad, sus hechos y palabras- enamora y hace que del corazón brote la exclamación del salmo: “Eres el más bello de los hombres”.
Fuente: eldiadecordoba.es