28 marzo 2026

La mente frente a la realidad

Manuel Ribes 

Entre lo que percibimos y lo que comprendemos.

¿Qué es realmente la realidad: lo que vemos o lo que comprendemos? A partir de la provocadora intuición de Stephen Hawking, este artículo explora la distancia —y el vínculo— entre la experiencia sensorial y las estructuras profundas que describen el universo. Desde los límites de nuestros sentidos hasta el poder revelador de las matemáticas, descubrimos que aquello que percibimos no es más que una interpretación parcial, mientras que la mente humana, capaz de abstraer y formular leyes, se convierte en el instrumento más sofisticado para acceder a una realidad que permanece, en gran medida, invisible.

Qué es la realidad

Stephen Hawking no solo fue un científico de primer orden, sino un divulgador excepcional que logró sintetizar su periplo intelectual en una frase que desafía nuestra intuición: “He pasado la vida viajando por el universo en el interior de mi mente”[1]. Resulta paradójico que una persona cuya existencia física transcurrió mayoritariamente anclada a una silla de ruedas pudiera afirmar tal ubicuidad. ¿De qué realidad nos habla Hawking? ¿Cuál es la diferencia entre las matemáticas que usamos para describir la naturaleza y la naturaleza misma? En física el concepto de realidad se aplica a algo que explica bien nuestras observaciones. No podemos ver las partículas elementales con nuestros propios ojos; sin embargo, afirmamos su existencia porque las estructuras matemáticas que las describen predicen con exactitud el comportamiento de la materia. Aquí, la distinción entre la naturaleza y las matemáticas que la describen comienza a difuminarse.


Percibimos la realidad mediante nuestros cinco sentidos

En el proceso de percepción visual, es imperativo distinguir entre ver y percibir. Mientras que el acto de ver es un proceso físico de recepción de estímulos lumínicos, percibir es la interpretación cognitiva y subjetiva de dicha información. El flujo de luz que impacta en la retina se traduce en señales eléctricas procesadas por diversas áreas cerebrales, cada una especializada en un atributo: color, orientación, contraste, movimiento y frecuencia espacial. El resultado: una pelota de tenis amarilla en movimiento, por ejemplo, es una construcción mental.

En nuestra relación con el entorno, dependemos de cinco sentidos principales: vista, oído, tacto, gusto y olfato. En todos cabe hacer la misma distinción entre el estímulo y la percepción. Unos sentidos que si los comparamos con la realidad que conocemos resultan ser bastante limitados. Nuestros ojos detectan solo una pequeña fracción del espectro electromagnético. El infrarrojo, el ultravioleta y un sinnúmero de otras longitudes de onda existen más allá de nuestra percepción, creando un mundo invisible a nuestro alrededor. Nuestros oídos captan sonidos dentro de un rango de frecuencia estrecho, pero existen vibraciones infrasónicas y ultrasónicas, más allá de lo que podemos percibir. Nuestro sentido del tacto detecta la presión, la temperatura y la textura, pero no logra captar los intercambios moleculares y energéticos más profundos que ocurren a nivel microscópico. La evolución ha adaptado nuestros sentidos para percibir lo necesario para la supervivencia y nada más.

En este marco, el lenguaje actúa como una extensión de nuestros sentidos. Noam Chomsky define el lenguaje como una facultad biológica que nos permite acceder a capas de la realidad invisibles para otros animales: la causalidad compleja, el tiempo futuro y la abstracción pura. Como sentenció Bertrand Russell: “El lenguaje no solo sirve para expresar pensamientos, sino también para posibilitar pensamientos que no podrían existir sin él”[2].

El descubrimiento de la realidad a través de las matemáticas

El avance científico nos ha revelado que lo percibido por los sentidos es apenas el barniz superficial del universo. Somos ciegos a los billones de neutrinos que atraviesan nuestro cuerpo cada segundo y nuestra intuición falla al intentar imaginar la curvatura del espacio-tiempo. Sin embargo, hemos desarrollado un “sentido” capaz de captar esta realidad ampliada: la matemática.


Mientras las ecuaciones de campo de Einstein describen la textura misma del tejido cósmico, el principio de indeterminación de Heisenberg explica las fluctuaciones energéticas del vacío. Todo lo que conocemos de lo infinitesimal y de lo inconmensurable lo debemos a estas estructuras lógicas. Así, la percepción sensorial nos ancla a la realidad inmediata y práctica, pero las matemáticas representan la verdad objetiva e inmutable de las leyes naturales.

¿Qué significa entonces que Hawking “viajara por el universo”? La afirmación de Hawking sobre sus viajes mentales no es, por tanto, una licencia poética, sino una declaración sobre la potencia de la mente humana como un órgano sensorial de orden superior. A través de las matemáticas, el pensamiento se convierte en una forma de exploración.

La percepción mental de las matemáticas

La neurociencia ha demostrado que el cerebro no ha desarrollado áreas nuevas para las matemáticas, un hito cultural demasiado reciente en la escala evolutiva, sino que ha “reciclado” circuitos neuronales diseñados originalmente para la percepción de formas y espacios físicos. Según sostiene Stanislas Dehaene, la pericia matemática de alto nivel y el sentido numérico básico comparten raíces comunes en un circuito cerebral no lingüístico[3]. Esta arquitectura sugiere que el cerebro procesa las estructuras matemáticas abstractas siguiendo exactamente el mismo protocolo que utiliza para identificar un objeto ordinario.

Desde el nacimiento, poseemos mecanismos innatos para individualizar objetos y extraer sus cantidades; para nuestro sistema nervioso, el número es una dimensión de análisis tan fundamental e intrínseca como el color o la forma. Como explica Dehaene: “Así como no podemos evitar ver objetos en color… y en ubicaciones definidas en el espacio… de la misma manera, las cantidades numéricas se nos imponen sin esfuerzo” [4]

Esta equivalencia funcional explica por qué, para percibir una jarra, el cerebro analiza simetrías, bordes y volúmenes, y por qué emplea esa misma maquinaria visuoespacial para desentrañar abstracciones complejas. El cerebro no trata la matemática como un dato intelectual, sino como un ente geométrico. De hecho, la diferencia crucial entre un neófito y un experto radica en este punto: mientras el primero intenta descodificar una ecuación de forma secuencial, como si fuera lenguaje, el experto logra “verla” y manipularla mentalmente como una estructura geométrica tangible, otorgándole a la abstracción la misma entidad física y espacial que posee un objeto del mundo sensible.


Los viajes de Hawking

En este contexto, cobra sentido afirmar que Hawking viajó repetidamente por todo el universo durante más de cuarenta años. Cruzó el horizonte de sucesos de agujeros negros invisibles y permaneció allí, en el plano de la abstracción pura, desentrañando las conexiones entre la relatividad, la termodinámica y la física cuántica. De igual forma, años antes, un jovencísimo Einstein había recurrido a una experiencia similar cuando con dieciséis años se preguntaba: ¿Qué sucede si perseguimos un rayo de luz a la velocidad de la luz? Una indagación interior que le condujo al enunciado de la relatividad especial.

La experiencia viajera de Hawking le marcó hasta el punto de querer llevarse a la tumba un recuerdo del que se sentía especialmente orgulloso. Por ello ha quedado grabada, en la piedra de su tumba en la Abadía de Westminster, la ecuación que describe la temperatura de los agujeros negros:

Esta fórmula, que relaciona las cinco constantes fundamentales de la naturaleza[5], es el mapa de su descubrimiento más célebre: los agujeros negros del universo no son completamente negros, sino que emiten un resplandor que se conoce como radiación de Hawking.

La mente como frontera final

En última instancia, el viaje de Stephen Hawking nos revela una verdad profunda sobre nuestra especie: no somos prisioneros de nuestra biología. Si bien la evolución nos dotó de sentidos limitados, los necesarios para garantizar nuestra supervivencia en la sabana, también nos legó una mente con la asombrosa capacidad de avanzar en la comprensión del cosmos.

 Instituto Ciencias de la Vida . Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

Fuente: Observatorio de Bioética UCV