Juan Luis Selma
La incoherencia no es solo contradicción: es desunión, falta de enlace, ruptura entre partes que deberían sostenerse mutuamente.
El Domingo de Ramos abre la Semana Santa con la lectura de dos Evangelios muy cercanos temporal y localmente: ambos suceden en Jerusalén y dentro de la misma semana. En la entrada triunfal de Jesús en la Ciudad Santa, el Mesías es aclamado: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!". Cinco días después, ante el gobernador Poncio Pilato, los mismos gritarán: "¡Crucifícalo, crucifícalo!", "¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!".
Quizá estemos muy acostumbrados a las incoherencias y pasemos ante ellas de puntillas, sin darles importancia. Pero una incoherencia hace daño: es una ruptura, una brecha en la muralla de las convicciones y de la vida, que puede llegar a destrozarla. La incoherencia aparece cuando lo que decimos, pensamos, sentimos o hacemos no encajan entre sí.
Etimológicamente proviene de in, prefijo privativo o negativo que significa “no”, “sin”, “falta de”, y de cohaerēre: “estar unido”, “estar conectado”, “estar pegado”. Por tanto, señala “lo que no está unido”, “lo que no se mantiene junto”, “lo que no enlaza”. La incoherencia no es solo contradicción: es desunión, falta de enlace, ruptura entre partes que deberían sostenerse mutuamente. Señala una fractura en la continuidad del pensamiento o de la acción.
Por ejemplo, un directivo puede afirmar que “el respeto al tiempo de los demás es fundamental en la empresa, lo mismo que la puntualidad”, pero llega siempre tarde a las reuniones que convoca. Los empleados se quedarán con lo que hace, no con lo que dice. O unos padres pueden advertir a sus hijos de lo peligrosa que es la adicción al móvil mientras ellos mismos están enganchados: poco les llegará el mensaje.
A menudo la falta de coherencia no es maldad, sino falta de autoconciencia, de no valorarla; no vemos desde fuera nuestras rupturas. Pero, aunque no lo notemos, el barco terminará hundiéndose.
La coherencia es un pegamento invisible que hace que las cosas tengan sentido; habla de la verdad, de lo que es. No es solo “decir la verdad”, sino que lo que decimos, pensamos y hacemos vaya en la misma dirección.
La coherencia personal es un equilibrio entre nuestros valores y nuestras acciones. Es ese sentimiento de paz cuando lo que piensas, lo que sientes y lo que terminas haciendo son la misma cosa. En el campo religioso se manifiesta en procurar hacer vida propia las enseñanzas de Jesús.
Ya que entramos en la querida Semana Santa, podemos traer a colación el posible conflicto entre religiosidad popular y vida religiosa institucional. Es de sobra conocida la tensión entre cofradías y párrocos. En buena lógica no debería darse: son en sí complementarias, ya que lo estético, lo sensible y lo popular se desprenden de la verdad; todo tiene su origen en el único Creador.
La verdad de las imágenes, de los titulares, proviene de lo que representan. El cristianismo es una fe encarnada —el Verbo se hizo carne y habita entre nosotros—. María Santísima es la Madre de Dios porque es la Madre de Jesús. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es un hecho histórico, situado en un tiempo y lugar concretos y, a la vez, un hecho salvífico: su Pasión, Muerte y Resurrección nos han salvado.
Belleza, emoción, identidad, tradición, comunidad y memoria afectiva pueden ser un camino hacia el misterio de Cristo, como de hecho lo son para la mayoría. El reto es transformar el sentimiento estético en vida: llenarlo de coherencia. Ser conscientes de la realidad del misterio, como decía un joven costalero: "Tengo pasión y además creo mucho en Dios. Eso para mí va por encima de todo. Ese entusiasmo y esa pasión son necesarios para añadir a la fuerza".
Cuando lo estético, lo sensible y lo popular se separan de la verdad del culto, la hermandad corre el riesgo de quedarse con la cáscara y perder el fruto. Pero cuando se integran bien, pueden ser una de las formas más hermosas y profundas de evangelización que existen. Ayuda a vivir el auténtico sentido una buena formación y una práctica de los sacramentos junto a la caridad.
Que, cuando veamos pasar los cortejos procesionales o participemos en ellos, seamos coherentes: escuchemos no solo la voz de la emoción y del sentimiento, sino también la de la razón y la de la fe. La clave no es renunciar a la belleza —sería absurdo—, sino reconectar la belleza con el misterio que la inspira.
Fuente: eldiadecordoba.es