Juan Luis Selma
El autor explica que la tecnología facilita el acceso a la información, pero no garantiza un conocimiento verdadero ni una comunicación auténtica, y recuerda que las máquinas "no piensan ni aman" y carecen de moral y ética.
Hoy, en el día en que Jesús sube al Cielo, celebra la Iglesia la LX Jornada de las Comunicaciones Sociales. La predicación de Jesús, Cabeza de la Iglesia, se fundamenta en la verdad. Él se manifiesta como Verdad hecha Vida, como Palabra encarnada. Su misión es revelarnos al Padre; así se lo dice a Felipe: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre". Jesús es el gran comunicador por su íntima relación con la verdad —porque es la Verdad— y por su compromiso en mostrarla.
Vivimos rodeados de innumerables inputs, destellos informativos, noticias constantes. Aparentemente, tenemos acceso a todo lo que sucede en el mundo en tiempo real. Pero surgen varias preguntas:
¿Estamos realmente informados?
¿Conocemos lo que pasa?
¿Nos comunicamos de verdad?
¿Accedemos a la verdad o solo a fragmentos?
El Evangelio nos transmite una profunda conversación de Jesús con su Padre: "He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado".
Aquí el Señor nos ofrece una verdadera lección de comunicación.
He manifestado tu nombre: en lenguaje bíblico, significa revelar lo que alguien es. El nombre expresa la esencia, el ser. Jesús comunica al Padre entero, sin ocultar nada: han conocido toda la verdad, no un matiz, no una parte.
Además, lo hace a los suyos, a quienes conoce y pueden entenderle. Les habla en su idioma, en su modo de comprender. Hay empatía, cercanía, encarnación. Y ellos reciben y conocen: la comunicación es completa.
San Josemaría lo resumía con gracia: hacen falta “buenas explicaderas y buenas entendederas”.
Es decir:
1. Buenas explicaderas
La capacidad de transmitir ideas, verdades o enseñanzas con claridad, sencillez y convicción. Supone conocimiento profundo de los hechos, dominio del lenguaje, pasión por la verdad y objetividad. Comunicar hechos y realidades, no opiniones disfrazadas; dejar al margen filias y fobias personales.
2. Buenas entendederas
La disposición interior para comprender, para abrir la mente y el corazón a la verdad, incluso cuando no coincide con lo que querríamos oír. Es dejarse interpelar, permitir que la verdad nos transforme. Apertura.
El papa León XIV, con motivo de esta Jornada, nos ofrece una espléndida reflexión sobre el uso de la inteligencia artificial y sobre cómo aprovechar los avances tecnológicos sin perder libertad ni alejarnos de la verdad. Recomiendo vivamente su lectura.
Comienza afirmando: "El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro… Custodiar rostros y voces humanas significa conservar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás".
El Papa sostiene que la comunicación debe ser humana, fruto de la libre expresión, de un conocimiento cierto y fundado, que conjugue verdad y corazón en una relación interpersonal. La tecnología no puede robarnos la cabeza ni el corazón.
Advierte también: "Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre las personas".
Por eso no podemos renunciar al pensamiento propio, al juicio personal fruto del estudio y de la reflexión. El ser humano posee un “olfato” para la verdad, una sensibilidad moral que llamamos sindéresis: capacidad natural e innata del intelecto para juzgar rectamente, distinguir el bien del mal y reconocer los primeros principios morales. Es una “chispa de la conciencia” que orienta éticamente y que ninguna máquina puede sustituir.
Las máquinas facilitan, ordenan, procesan datos, pero no piensan ni aman. No tienen moral, ética ni fe. Y los datos que manejan siempre proceden de alguien, con intereses que no siempre son transparentes.
Podemos terminar con este deseo del Papa: "Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica".
Que esta Jornada nos ayude a comunicar como Cristo: con verdad, con claridad, con corazón. Todos necesitamos comunicarnos, relacionarnos. Se suele decir que muchos de los problemas familiares son consecuencia de una mala comunicación. Esto también se puede afirmar de la mayoría de los conflictos sociales.
Fuente: eldiadecordoba.es