04 noviembre 2011

PRIMER ANIVERSARIO DE LA VISITA DEL PAPA A BARCELONA


Cardenal Lluís Martínez Sistach

La ciudad de Barcelona vivió con gozo la visita apostólica del papa Benedicto XVI los días 6 y 7 de noviembre de 2010, para dedicar la basílica de la Sagrada Familia y visitar la obra benéfico-social diocesana del Nen Déu. Fue un auténtico don de Dios. El papa visitó nuestra Iglesia diocesana y nos manifestó su afecto y su solicitud pastoral. Al pie del avión que lo retornaba a Roma, me dijo que se llevaba un recuerdo inolvidable de esta visita. También nosotros conservamos un gran recuerdo de ella.
Estos días se cumple el primer aniversario de aquellos acontecimientos. La liturgia de la Iglesia acostumbra a remarcar la dedicación de un templo celebrando el aniversario de su dedicación. Eso hará hoy la archidiócesis con una celebración de la eucaristía en la misma basílica de la Sagrada Familia. Es una buena ocasión para dar gracias a Dios por la visita apostólica de nuestro estimado Santo Padre, para renovar nuestros sentimientos de comunión y afecto hacia él, y para recordar y poner en práctica los mensajes que nos dejó durante su estancia entre nosotros.
Esta celebración es también una ocasión para dar gracias a Dios por el don del sacerdocio ministerial dado por Jesucristo a su Iglesia. Toda ordenación sacerdotal es una muy buena ocasión para agradecer este don del Señor, como lo fue el pasado 23 de octubre cuando, en la misma basílica de la Sagrada Familia, tuve el gozo de ordenar a seis nuevos presbíteros.
En la celebración de hoy recordaremos especialmente una ordenación que tuvo lugar hace ahora cincuenta años en la iglesia parroquial de Santa María de Cornellà. El arzobispo Gregorio Modrego Casaus imponía sus manos de apóstol sobre treinta y seis diáconos de Barcelona, entre los que estaba el que hoy tiene confiada la misión de servir como arzobispo a la comunidad católica de Barcelona.
Han pasado cincuenta años durante los cuales nos hemos esforzado en servir a la Iglesia en el lugar y en los ministerios que han configurado el camino personal de cada uno de aquellos nuevos presbíteros ordenados por el recordado doctor Modrego. Aceptamos la llamada del Señor y nos hemos esforzado en serle fieles. Día tras día, hemos ido repitiendo con alegría más madura aquel sí inicial a Jesucristo. Porque día tras día hemos oído el eco de aquella misma llamada en la Palabra, en la Iglesia y en el mundo.
Al celebrar las bodas de oro sacerdotales, nos preocupa que en el futuro en nuestras comunidades cristianas falten los presbíteros. Por ello, la celebración de hoy tiene una clara intención de invitar a los jóvenes que se puedan sentir llamados al sacerdocio a dar su sí al Señor. De este modo, la celebración de hoy unirá el recuerdo de la visita y la dedicación por el papa de la nueva basílica a la acción de gracias por el don del sacerdocio y la oración por las vocaciones sacerdotales. Y también incluirá un signo de solidaridad con las personas que sufren las consecuencias de la crisis actual. Agradezco a las personas que nos acompañen con su afecto y con su plegaria. Y también agradezco las aportaciones que hagan al proyecto destinado a los jóvenes sin trabajo que gestionará nuestra Caritas Diocesana.

03 noviembre 2011

Vivir un amor que supera las fuerzas humanas

Demetrio Fernández, obispo de Córdoba


El domingo 6 de noviembre la Iglesia católica celebra la memoria de los mártires de la persecución religiosa en España en la década de los años 30. Se cumple en este año el 75 aniversario del cruento martirio de miles y miles de españoles que dieron su vida por Jesucristo, confesando abiertamente su fe y rubricándola con su sangre. No hay amor más grande. En torno a un millar ya han sido beatificados y varios miles de ellos están en proceso de ser declarados mártires de Cristo. La Iglesia sigue con cada uno de ellos un minucioso proceso de análisis de su muerte, de los motivos de su muerte y de cómo afrontaron ellos ese trance supremo.
Los mártires no son simplemente caídos de uno o de otro bando. Los mártires están por encima de esas banderías o partidismos. Los mártires no cayeron en el frente, en la línea de batalla, donde las balas se entrecruzan, sino que fueron buscados en sus casas, fueron arrestados y llevados a la cárcel y fueron ejecutados simplemente por ser cristianos, por ser curas o monjas, por ser de Acción Católica o de la Iglesia. Fueron ejecutados por odio de la fe. Esa rabia y ese odio contra Dios y contra la fe católica se convirtió en una ocasión de expresar un amor más grande, un amor que muere perdonando a los verdugos, un amor que muere cantando lo más bonito del corazón humano. Una vez más, el odio no es la última palabra. La última palabra es el amor, porque Dios es amor.
La Iglesia no celebra la crueldad de las torturas, ni trae a la memoria la impiedad de los verdugos, y menos aún la ideología que sustenta ese odio. La Iglesia celebra el amor más grande que cada uno de sus hijos ha sido capaz de expresar. “Ellos vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron y no amaron tanto su vida que temieran la muerte; por eso, estad alegres cielos y los que allí habitáis” (Ap 12,11). En cada uno de ellos se ha cumplido el contraste del odio de quienes les mataron con el amor que había en su corazón, y ha vencido el amor. La Iglesia celebra ese amor, que sólo puede habitar en el corazón humano como un regalo de Dios, que los ha fortalecido en el momento supremo.
En nuestra diócesis de Córdoba, en la Iglesia santa que camina en nuestra tierra, ha brotado ese amor con abundantes frutos. Nuestra diócesis es una diócesis de mártires, también en el siglo XX. Muchos de ellos ya han sido beatificados, ya han sido propuestos por la Iglesia como ejemplo de amor y de entrega. Baste recordar al beato Bartolomé Blanco, de Pozoblanco, patrono de la juventud católica de nuestra diócesis. Otros muchos (sacerdotes, religiosos/as y seglares) están en proceso de ser declarados un día mártires de Cristo. A todos los recordamos llenos de gratitud y de emoción. A los ya beatificados, con el culto solemne que la Iglesia tributa a sus santos. A los que están todavía en proceso, con el culto privado y la certeza contenida hasta que la Iglesia los declare mártires. A todos, los miramos con admiración y nos sentimos impulsados por su valentía y entrega a vivir cada uno de nosotros nuestra vida cristiana en esa estela de amor en la que han vivido tantísimos santos a lo largo de la historia.
Los santos son nuestros hermanos mayores, los que van delante de nosotros y nos ayudan a recorrer el camino de la vida. Ellos nos dicen que sólo el amor vencerá, el amor que disipa todo egoísmo, el amor que nos lleva a entregarnos y a gastar nuestra vida en el servicio de Dios y del prójimo, el amor que nos hará crecer hasta llegar a la plenitud de la santidad que Dios nos tiene preparada a la medida de Cristo. Los santos son los que han cambiado el rumbo de la historia. Los santos son los mejores hijos de la Iglesia y de la humanidad.
La memoria de nuestros mártires –tantísimos mártires de nuestro tiempo– es un nuevo estímulo para seguir a Jesucristo en nuestros días. También hoy encontramos dificultades internas y externas, también hoy topamos con el odio a la fe y el desprecio de Dios. Por eso, también hoy –y más que nunca– estamos llamados a vivir un amor que supera las fuerzas humanas y que nos viene de Dios como les vino a los mártires a quienes hoy recordamos.
Recibid mi afecto y mi bendición:


EL HOMBRE ENCUENTRA SU SENTIDO MÁS PROFUNDO SÓLO SI EXISTE DIOS


El Papa ayer en la Audiencia General

¡Queridos hermanos y hermanas!
Después de haber celebrado la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia hoy nos invita a conmemorar a todos los fieles difuntos, a dirigir nuestra mirada a tantos rostros que nos han precedido y han concluido su camino terrenal. En la Audiencia de este día, por tanto, quisiera proponeros algunos pensamientos sencillos sobre la realidad de la muerte, que para nosotros los cristianos está iluminada por la Resurrección de Cristo, y para renovar nuestra fe en la vida eterna.
Como ya dije ayer en el Angelus, en estos días vamos al cementerio para rezar por las personas queridas que nos han dejado, casi una visita para expresar, una vez más, nuestro afecto, para sentirlos cercanos, recordando también, de este modo, un artículo del Credo: en la comunión de los santos hay un vínculo estrecho entre los que caminamos todavía en esta tierra y los muchos hermanos y hermanas que ya han alcanzado la eternidad.
Desde siempre, el hombre se ha preocupado por sus muertos y ha intentado darles una especie de segunda vida a través de la atención, el cuidado, el afecto. En un cierto sentido, se quiere conservar su experiencia de vida; y, paradójicamente, el modo en que vivieron, lo que amaron, lo que temieron, lo que esperaron y lo que detestaron, lo descubrimos precisamente por sus tumbas, ante las cuales se agolpan los recuerdos. Son casi como un espejo de su mundo.
¿Por qué es así? Porque, a pesar de que la muerte sea un tema casi prohibido en nuestra sociedad, y se pretenda continuamente quitar de nuestra mente el solo pensamiento de la muerte, ésta nos afecta a cada uno de nosotros, afecta al hombre de todo tiempo y de todo lugar. Y ante este misterio todos, incluso inconscientemente, buscamos algo que nos invite a esperar, una señal que nos dé consuelo, que se abra algún horizonte, que ofrezca aún un futuro. El camino de la muerte, en realidad, es un camino de esperanza, y recorrer nuestros cementerios, como también leer las inscripciones sobre las tumbas, es llevar a cabo un camino marcado por la esperanza de eternidad.
Pero nos preguntamos, ¿por qué tememos la muerte? ¿Por qué la humanidad, en su mayoría, nunca se ha resignado a creer que más allá de ella no haya simplemente nada? Diría que las respuestas son muchas: tememos la muerte porque tenemos miedo de la nada, de este partir hacia algo que no conocemos, que nos es desconocido. Y entonces hay en nosotros un sentimiento de rechazo porque no podemos aceptar que todo lo que de bello y de grande ha sido realizado durante toda una existencia sea eliminado de repente, caiga en el abismo de la nada. Sobre todo, sentimos que el amor reclama y pide eternidad, y no es posible que sea destruido por la muerte en un solo momento.
También tenemos temor ante la muerte porque, cuando nos encontramos al final de la existencia, existe la percepción de que hay un juicio sobre nuestras acciones, sobre cómo hemos llevado nuestra vida, sobre todo en esos puntos sombríos que, con habilidad, sabemos a menudo quitar o intentamos quitar de nuestra conciencia. Diría que precisamente la cuestión del juicio está a menudo implícita en el cuidado del hombre de todos los tiempos por los difuntos, en la atención hacia las personas que fueron significativas para él y que ya no están junto a él en el camino de la vida terrena. En un cierto sentido, los gestos de afecto, de amor que rodean al difunto, son una forma de protegerlo en la convicción de que no quedarán sin efecto en el juicio. Esto lo podemos captar en la mayor parte de las culturas que caracterizan la historia del hombre.
Hoy el mundo se ha convertido, al menos aparentemente, en mucho más racional, o mejor, se ha difundido la tendencia a pensar que toda realidad debe ser afrontada con los criterios de la ciencia experimental, y que también la cuestión de la muerte se debe responder, no tanto desde la fe, sino partiendo de conocimientos experimentales, empíricos. No nos damos suficientemente cuenta que, de este modo, caemos en formas de espiritismo, en la pretensión de tener algún contacto con el mundo más allá de la muerte, casi imaginando que haya una realidad, que finalmente, sería una copia de la presente.
Queridos amigos, la solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos nos dicen que solamente quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza. Si reducimos al hombre exclusivamente a su dimensión horizontal, a lo que se puede percibir empíricamente, la propia vida pierde su sentido profundo. El hombre necesita de la eternidad, y cualquier otra esperanza para él es demasiado breve, demasiado limitada. El hombre puede explicarse sólo si existe un Amor que supera todo aislamiento, también el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo. El hombre se puede explicar, encuentra su sentido más profundo, sólo si existe Dios. Y nosotros sabemos que Dios ha salido de su lejanía y se ha hecho cercano, ha entrado en nuestra vida y nos dice: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás’ (Jn 11,25-26)”.
Pensemos un momento en la escena del Calvario y volvamos a escuchar las palabras de Jesús, desde los alto de la Cruz, dirigidas al malhechor crucificado a su derecha: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Pensemos en los dos discípulos camino de Emaús, cuando después de haber recorrido un tramo con Jesús Resucitado, lo reconocen y parten sin dudar hacia Jerusalén, para anunciar la Resurrección del Señor (cfr Lc 24,13-35). Nos vuelven a la mente las palabras del Maestro con renovada claridad: “No se turbe vuestro corazón, tened fe en Dios y tened fe en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no, no os habría dicho: 'Voy a prepararos un sitio'” (Jn 14, 1-2). Dios se ha mostrado verdaderamente, se ha hecho accesible, ha amado tanto al mundo que “nos ha dado a su hijo Unigénito, para que quien cree en Él no se pierda sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16), y en el supremo acto de amor de la cruz, sumergiéndose en el abismo de la muerte, la ha vencido, ha resucitado y nos ha abierto también a nosotros las puertas de la eternidad. Cristo nos sostiene a través de la noche de la muerte que Él mismo ha atravesado; es el buen Pastor, bajo cuya guía nos podemos confiar sin temor, ya que Él conoce bien el camino, ha atravesado también la oscuridad.
Cada domingo, recitando el Credo, reafirmamos esta verdad. Y al acudir a los cementerios para rezar con afecto y con amor por nuestros difuntos, se nos invita, una vez más, a renovar con valor y con fuerza nuestra fe en la vida eterna, es más, a vivir con esta gran esperanza y a dar testimonio de ella al mundo: después del presente no está la nada. Y precisamente, la fe en la vida eterna da al cristiano el valor para amar aún más intensamente esta tierra nuestra y trabajar para construirle un futuro, para darle una esperanza verdadera y segura.

02 noviembre 2011

DERECHO Y VIDA HUMANA


Rafael Navarro-Valls

La cuestión del aborto es hoy la “encrucijada sangrienta” de la política y del derecho. Una cuestión donde se entrelazan posiciones enfrentadas sobre la liberación judicial, la liberación sexual, la liberalización de la conciencia humana y la liberación de la mujer. 
Después de una etapa de reivindicación de un supuesto derecho al aborto --vagamente  entrevisto, dicen, “en la penumbra de la constituciones”-  la izquierda americana comenzó a distanciarse de un cierto “racismo cromosómico” de algunos de sus colegas europeos. Esto se explica por el hecho de que Estados Unidos lanzó durante más de doscientos años una ofensiva sin precedentes a favor de los más débiles: liberó a los esclavos, potenció los derechos civiles y desarrolló un sistema único de atención a los discapacitados y de discriminación positiva a favor de los más necesitados. La brutal liberalización del aborto de 1973, realizada por el Tribunal Supremo de EE.UU. con la sentencia Ros versus Wade era contradictoria, con un pasado jurídicamente volcado hacia la vida humana. Tal vez por eso, el Tribunal Supremo comenzó a partir de los 90 a distanciarse de Roe, tutelando el derecho de los estados a restringir el aborto legal.
Cuatro sentencias más o menos recientes muestran un cierto acercamiento entre la jurisprudencia americana y la europea, es decir, una tendencia marcada hacia la tutela de la vida humana, tanto en USA como en Europa.  
Tribunal de Justicia de la Unión Europea
La primera es la dictada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (18 octubre 2011) prohibiendo patentar células y líneas celulares obtenidas de embriones humanos. Viene a recoger, en sus líneas generales, los criterios defendidos por el abogado general del tribunal:las células en primer estadio de un cuerpo humano en desarrollo deben clasificarse como embriones y por lo tanto no patentables; tal definición se refiere tanto a ovocitos en los que se trasplante un núcleo de célula madura (clonación) como a células obtenidas de ovocitos por estimulación (partenogénesis); el estadio de blastocito también debe ser clasificado como embrión.
De este modo, el principio de la dignidad humana de la directiva 98/44 de la UE, que “prohíbe el uso de embriones humanos con fines comerciales e industriales” es un principio que hay que aplicar no sólo en una persona humana adulta y en un neonato, sino también en el cuerpo humano desde su primer estadio de desarrollo.
Se entiende así, que toda la materia  biomédica y genética sea un campo especialmente propicio para la proliferación de las objeciones de conciencia, precisamente por el conjunto de importantes valores que en él confluyen, así como la pluralidad de perspectivas éticas desde las que es susceptible.
Tribunal Europeo de Derechos Humanos y Corte Suprema de Mexico
El segundo pronunciamiento que aborda el problema de las prácticas abortivas y el derecho a la vida es la Sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (16 diciembre 2010). Los antecedentes son: Tres mujeres irlandesas (con identidad oculta bajo las letras A, B y C) deciden trasladarse al Reino Unido para abortar, a la vista de las restricciones de la ley. Con posterioridad, demandan a Irlanda ante el TEDH, aduciendo que con las restricciones de su país se violaba ”su derecho a la vida privada”. El Tribunal, desde luego reconociendo un amplio campo a la privacyde las mujeres, no incluye en él estrictamente un “derecho al aborto”, entre otras razones porque el derecho de la mujer ha de ser ponderado teniendo en cuenta la existencia de otros derechos y libertades en juego, en particular, los del concebido y no nacido, también protegido por el artículo 2 de la Convención Europea de Derechos Humanos.
En otras palabras, puede permitirse el aborto en determinados casos, pero ello no supone un derecho a abortar. Por decirlo en palabras de la sentencia: “no toda regulación de la interrupción del embarazo constituye una injerencia en el derecho al respeto de la vida privada de la madre”.
De algún modo, una reciente resolución de la Corte Suprema de México (29 septiembre 2011), transita por los mismos senderos de la que acabamos de resumir. En México 18 estados (Chiapas, Veracruz, Querétaro, Chihuahua, Campeche, Colima, Puebla, Durango, Jalisco, Nayarit, Quintana Roo, Guanajuato, Yucatán, Sonora, Morelos, Oaxaca, Baja California y San Luis Potosí) han blindado sus constituciones estableciendo una vigorosa protección jurídica de la vida. No se olvide que México está constituido por 31 estados y un Distrito Federal, y que cada estado posee su propio código penal. En 2007 el Distrito Federal legalizó el aborto hasta los tres meses de embarazo, a pesar que en México la mayoría del pueblo es contraria al aborto. Esta reforma fue declarada constitucional por la sentencia de 29 agosto de 2008 de la Corte Suprema de México.
Basándose en esta última sentencia, fue planteada ante la Corte Suprema la posible inconstitucionalidad de la ley de Baja California, que protege al ser humano desde su concepción. La Corte, sin embargo, avaló la reforma provida del estado de Baja California, ya que los magistrados (ministros, en la terminología mexicana) que querían anularla no alcanzaron la mayoría cualificada necesaria. Como ha dicho el profesor Soberanes al comentar estas últimas sentencias “la complejidad de los casos en que entran en conflicto los derechos no puede resolverse de la forma simplista, consistente en negar el carácter de derecho a uno de esos (el derecho a la vida) o en eliminarlo simple y llanamente. Anular un derecho para todos los supuestos por el simple hecho de que interfiere con otro, en un supuesto en concreto, es generalizar. Y toda generalización es una reducción”.
Tribunal Supremo de Alabama
La cuarta sentencia a la que deseo referirme, es la de la Corte Suprema de Alabama (9 septiembre 2011), que amplió la protección legal para el embrión y/o el feto, al determinar que la Ley de Alabama sobre homicidio culposo se puede  aplicar a un niño no nacido en cualquier etapa de desarrollo. El supuesto de hecho es el siguiente. April Mack tenía 12 semanas de embarazo en septiembre de 2007, cuando ella y su novio tuvieron un accidente automovilístico que más tarde le provocó un aborto involuntario de su hijo por nacer. April demandó a los culpables del accidente por los daños que le provocó el incidente, pero también por el homicidio culposo de su hijo por nacer. Un juez del condado de Jefferson desestimó el caso del bebé Mack, y determinó que el feto no gozaba de la protección jurídica de la ley de homicidio culposo, ya que no podría sobrevivir fuera del útero. El caso llegó hasta la Corte Suprema de Alabama, donde los jueces por unanimidad revocaron la sentencia de primera instancia. El Tribunal sostuvo que la ley se aplica por homicidio culposo para el feto en cualquier etapa de desarrollo
Con esta decisión Alabama se convierte en el décimo estado americano que castiga el homicidio culposo de una persona no nacida, independientemente de su viabilidad fuera del útero materno.
“Esta es mi vida eterna”
Lo que vienen implícitamente a reconocer las  sentencias reseñadas es que la vida humana tiene una extraordinaria seriedad, especialmente en la sociedad secularizada, precisamente porque es la única vida que cuenta para muchos. Al haberse oscurecido la fe en otra vida ultraterrena (“ésta de aquí es mi vida eterna”, dicen los no creyentes), el avance de legislaciones que la hieren en su inicio o en su ocaso es una paradoja que, como ha observado D´Agostino, contradice la propia imagen que el hombre de la postmodernidad ha construido de sí mismo. Tal vez por eso están apareciendo cada vez con más frecuencia los “nuevos herejes de la izquierda”: pacifistas, ecologistas, feministas, “agnósticos de toda la vida”, que, consternados por la matanza de unos 40 millones de niños al año, de pronto, se convierten en pro-vida. La particular odisea de Norma MCCorvey (alias Jean Roe, la heroína  prochoiceamericana) fue todo un ejemplo. A los 49 años, después de ser una activista incansable pro aborto, decidió que había sido manipulada durante 25 años: hoy es una pro-vida de primera línea.
Poco a poco parece que los Tribunales –en uno y otro lado del Atlántico-  van contemplando las relaciones entre el derecho y la vida humana con mayor rigor y equilibrio, sin los simplistas planteamientos que conducían a “desequilibrar” la balanza de los derechos a favor de la mujer y contra el no nacido.
 
Esperanza en la noche oscura


Ramiro Pellitero


La memoria de la bondad de Dios en la historia general, más concretamente en la historia de Israel, y todavía más en la historia de la Iglesia, "se convierte también en fuerza de esperanza" para cada uno en su historia personal
      A veces lo más difícil no es perdonar a otro, sino perdonarse a sí mismo (esto es más fácil, y definitivo, si se cuenta con Dios). La película Camino a la libertad (Peter Weir, The way back, 2010) (ver trailer), ambientada en 1940, relata cómo unos fugados de un gulag en Siberia recorren 6000 kilómetros hasta la India. Un camino por un valle oscuro, guiados por la esperanza.   
      El líder del grupo, el polaco Janusz, anhela encontrarse con su esposa, para evitar que siga culpándose a sí misma, por haberle delatado bajo tortura. Los otros tienen también, cada uno, que perdonarse algo, con sus historias y sus esperanzas. La oración de todos, cuando alguno se va quedando en el camino, va jalonando esa aventura y drama que simboliza también nuestra existencia.
      El director de la película manifestaba en el New York Times (7-I-2011): «Siempre me han fascinado las historias de supervivencia». Y explica: «Incluso en circunstancias que no son tan extremas, la pregunta sobre qué hace que alguien siga adelante, siempre es intrigante. ¿Para qué vivir? Quiero decir que todo ser humano puede desfallecer. Puedes echarte y morir. Hay algo dentro de nosotros que nos empuja, sea lo que sea».
Salmo 136: "Porque es eterna su misericordia"
      La Revelación bíblica subraya el papel de la oración, en el creyente que reconoce el amor y la misericordia de Dios, que perdona y libera siempre. Botón de muestra es el salmo 136, que se identifica como, al menos, una parte del Gran Hallelcantado por los israelitas en la cena pascual hebrea. Probablemente Jesús lo cantó con sus discípulos antes de salir para el Huerto de los Olivos (cf. Mt 26,30; Mc 14,26).
      En él, Israel hace memoria de la presencia salvífica y de los prodigios, las grandes maravillas que el Dios vivo ha obrado por su Pueblo. Y esta memoria consoladora se expresa al ir repitiendo: “porque su amor es para siempre” (o, según otras traducciones, “porque es eterna su misericordia”).
      Ante todo, se rememora la creación del mundo. Luego, la liberación de la esclavitud de Egipto (el Éxodo). Más tarde, su guía durante el largo camino por el desierto. Por último, la posesión de la tierra prometida y la protección contra los enemigos, la tentación de los ídolos y la autosuficiencia que llevaría al olvido de los dones divinos…
Acordarnos de los dones de Dios
      En su audiencia del 19 de octubre se preguntaba Benedicto XVI cómo podemos aprovechar este salmo, actualizándolo en nuestra vida. Lo fundamental es acordarnos de la bondad de Dios con nosotros, no sólo los cristianos sino todos los hombres, que como el Pueblo de Israel, pasamos también por valles oscuros o momentos de dificultades.
      La bondad de Dios con todos se ha manifestado primero en la creación. En segundo lugar, la historia de Israel es un memorial para nosotros, porque nos recuerda que Dios ha creado un pueblo (como preparación y prefiguración de la Iglesia).«Después Dios se ha hecho hombre, uno de nosotros: ha vivido con nosotros, ha sufrido con nosotros, ha muerto por nosotros». Y más aún, sigue presente entre nosotros en este Cuerpo de humanidad, la Iglesia, que él ha querido para salvar al mundo: «Permanece con nosotros en el Sacramento y en la Palabra».
      Se detiene el Papa para subrayarlo: «También en estos dos mil años de historia de la Iglesia está siempre la bondad del Señor». Y lo testimonia con su propia experiencia: «Después del periodo oscuro de la persecución nazi y comunista, Dios nos ha liberado, ha mostrado que es bueno, que tiene fuerza, que su misericordia vale para siempre».
Memoria, oración y esperanza
      He ahí lo importante: que la memoria de la bondad de Dios en la historia general, más concretamente en la historia de Israel, y todavía más en la historia de la Iglesia, «se convierte también en fuerza de esperanza» para cada uno en su historia personal:
      «Cada uno tiene su historia personal de salvación, y debemos hacer un tesoro de esta historia, tener siempre presentes en la memoria las grandes cosas que Dios ha hecho en mi vida, para tener confianza: su misericordia es eterna. Y si hoy estoy en la noche oscura, mañana Él me libera porque su misericordia es eterna».
      Esta “noche oscura” personal, a la que se refiere Benedicto XVI, puede interpretarse de diversos modos. Puede entenderse como la “noche oscura del alma”, que han experimentado muchos santos. Para la mayoría de los creyentes esto puede referirse más bien a un dejar de sentir, por un tiempo más o menos largo, el calor de la presencia de Dios y la luz de la fe, ante acontecimientos de nuestra vida que no acabamos de comprender, que nos cuesta aceptar, o que, de repente, un día se nos muestran como privados de sentido. No por eso hemos de concluir que Dios no existe o que nos ha retirado su protección. Hemos de acudir entonces a nuestra experiencia, a nuestra reflexión y a la tradición cristiana, para redescubrir cuántos bienes nos ha dado Dios. Y haciendo nuestra esa “memoria” de su amor y misericordia, seguir esperando en Él y agradecerle sus dones, incluso los que no conocemos.
      El salmo termina volviendo al agradecimiento por la misericordia de Dios, que «da alimento a todo viviente» (v. 25). Y en este punto observa Benedicto XVI: «El invisible poder del Creador y Señor, cantado en el Salmo, se revela en la pequeña visibilidad del pan que nos da, con el que nos hace vivir. Y así este pan cotidiano simboliza y sintetiza el amor de Dios como Padre, y nos abre al cumplimiento del Nuevo Testamento, a aquel ‘pan de la vida’, la Eucaristía, que nos acompaña en nuestra existencia de creyentes, anticipando la alegría definitiva del banquete mesiánico en el Cielo».
      En efecto, Dios nos ha escogido en Cristo antes de la constitución del mundo para que seamos santos (cf. Ef 1, 4), es decir, hijos de Dios en Cristo (cf. 1 Jn, 3, 1). Para eso Cristo fundó la Iglesia que vive y crece a diario con su presencia y alimento en la Eucaristía. Para extender el mensaje de la santidad a otros, nos ha escogido a los cristianos, como recuerda la constitución Lumen gentium, del Concilio Vaticano II.
      En conclusión, como señala el Papa, el misterio pascual de Cristo (su muerte y su resurrección, consumada con la venida del Espíritu Santo) y su continuación en la Iglesia, son confirmación de la misericordia de Dios y de su amor eterno para la humanidad y para cada uno de nosotros. Sabernos hijos de Dios nos ayuda a caminar con esperanza, también por los “valles oscuros”, mientras extendemos su familia por el mundo. Y en todo esto la oración ocupa un lugar central.

01 noviembre 2011

LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS


Cardenal Lluís Martínez Sistach

En nuestra cultura y en nuestras tradiciones están muy presentes dos fiestas cristianas que celebramos muy unidas. Se trata de Todos los Santos y los Difuntos. Son dos solemnidades riquísimas de contenido teológico y espiritual. Se trata de la Iglesia de los santos y de la Iglesia que se purifica, respectivamente.
La solemnidad de Todos los Santos da el tono de entrada a todas las demás fiestas. Es la solemnidad de la asamblea celestial. Martimort, experto en liturgia, decía que la Iglesia no tiene una edad de oro histórica, como por ejemplo en las literaturas, a la cual sea normal referirse como clásica. La edad de oro de la Iglesia es celestial. En cualquier época de la historia, la Iglesia terrenal lleva en ella la presencia del Reino de Dios.
Desde el siglo V se hace memoria de los santos en las plegarias eucarísticas y su culto se desarrolla de forma progresiva. Comenzó haciendo memoria de los mártires de cada iglesia diocesana y de los mártires más famosos de las otras diócesis. Una fiesta de Todos los Santos ya es conocida en el siglo V en unas cuantas Iglesias de Oriente, desde donde pasó a Roma. El 13 de marzo de 610, el Papa Bonifacio IV transformó en iglesia el Panteón romano y lo dedicó a María y a los mártires, e hizo de este día la fiesta de Todos los Santos, que el año 835 el papa Gregorio IV pasó al día 1 de noviembre.
La fiesta de Todos los Santos pone de relieve la vocación universal de los cristianos a la santidad. Esta es la primera y fundamental vocación de los bautizados y es expresión de su gran dignidad.
La plegaria por los difuntos es una de las prácticas cristianas que nos viene desde los mismos orígenes, y de alguna manera podemos decir que es una práctica con unas raíces religiosas profundas, aunque en la fe cristiana adquiera una nueva dimensión totalmente propia. El sentido cristiano de esta plegaria por los difuntos se fundamenta en la comunión con los que han muerto y en la experiencia de la condición pecadora que nos corresponde. Con esta plegaria encomendamos a los difuntos a la misericordia de Dios. El fundamento de esta plegaria de intercesión es la fe y la comunión cristianas en la fuerza de la muerte y de la resurrección de Cristo.
La comunión de los santos consiste en que entre todos los cristianos que integran la Iglesia en cualquiera de sus tres etapas -peregrina, purgante y triunfante- existe una verdadera comunicación espiritual de bienes, como consecuencia de la unión de todos los creyentes con Jesús y en la Iglesia, que es su Cuerpo. Los cristianos gozamos de un patrimonio común formado por los méritos de Cristo y las buenas obras y la plegaria de la Virgen Santísima y de los santos.
Nuestra fe cristiana es culto a la Vida y proclamación de que la muerte no tiene la última palabra en la historia humana, porque nuestro Dios es un Dios de vivos y, por el Espíritu Santo, nos da la Vida en Jesucristo resucitado. Estas fiestas dan su sentido auténtico a la muerte, una realidad profundamente humana. Resulta evidente lo que afirma el Concilio Vaticano II cuando dice que la muerte "es el mayor enigma de la vida humana". Sin embargo, Jesús ilumina este enigma con sus palabras: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá." La muerte, para un creyente en Cristo, es ciertamente el punto final de la vida terrenal, pero es también la aurora de una vida nueva y feliz en la posesión de Dios por toda la eternidad.

IGLESIA EN PROCESO DE CONVERSIÓN


Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

VER
En el encuentro que tuvimos sacerdotes, religiosas y laicos de nuestra diócesis para analizar los cambios que viven los pueblos y los retos que plantean a la pastoral, subrayamos lo siguiente, que compartimos porque puede servir en otras latitudes:
Chiapas ha disminuido un poco su pobreza extrema, pero seguimos en los últimos lugares en desarrollo, educación, vivienda, salud y seguridad social. Los jóvenes han cambiado mucho y no los atendemos adecuadamente. Hay otros modelos de familia, distintos al tradicional. Sigue decreciendo el número de católicos, fenómeno que se repite en toda la nación y el continente. Muchas personas se sienten atraídas por ofertas religiosas, también católicas, distintas a las nuestras, lo que genera divisiones y desgastes internos dolorosos. Nos sentimos rebasados, interpelados, dispersos, cuestionados, pequeños, ante cambios que amenazan con arrollarnos. Hemos idealizado algunas cosas y necesitamos ser autocríticos.
Sin embargo, vivimos un momento de gracia, porque Dios permite que reconozcamos tanto nuestras limitaciones como nuestras riquezas que nos animan. Experimentamos paz, porque hay mucha vida y muchos laicos comprometidos. Percibimos que surgirá una nueva semilla y nos sentimos muy motivados a trabajar en esperanza, pues hay directrices diocesanas claras.
JUZGAR
Alguien podrá pensar que, al analizar la realidad actual y esforzarnos, desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, por responder a los retos que plantea, nos estamos saliendo de nuestra identidad y misión. Como una persona de Saltillo que envió una carta anónima a todos los Obispos del país y a la Congregación para los Obispos en Roma, en que, desinformado y malinterpretando lo que hacemos o decimos, acusa a varios de nosotros de diversas cosas. ¡Lo que tenemos que soportar! Todo sea por el Reino de Dios y su justicia.
Ante estas situaciones, decimos en Aparecida: “Nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos. Esto requiere una evangelización mucho más misionera” (DA 13).
“Las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen el proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida. El Reino de vida que Cristo vino a traer es incompatible con esas situaciones inhumanas. Si pretendemos cerrar los ojos ante estas realidades no somos defensores de la vida del Reino y nos situamos en el camino de la muerte: ‘Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte’ (1 Jn 3,14)”. (DA 358).
ACTUAR
¿Qué hacer? Nos propusimos: Salir al encuentro de las personas, acompañarlas. Conocer la realidad. No sólo ver la paja en el otro sino la viga que llevamos. Abrirnos con creatividad y lenguaje nuevo a la gente que no llega a la Iglesia. Confiar en que somos luz y levadura; algo pequeño, pero eficaz. Desinstalarnos para llevar la buena nueva de Jesús; romper la inercia y la monotonía pastoral. Necesitamos conversión personal y pastoral. Es tiempo de despojarnos, para dejarnos conducir por el Espíritu. Renovar nuestra espiritualidad. Volver a las fuentes. Ser testimonio vivo y creíble. Tener espíritu misionero y un trato amable con todos, dentro y fuera; tolerancia. Ser hombres y mujeres de fe; animarnos unos a otros y ser agentes de esperanza.
Fortalecer el trabajo con los niños. Atención a los jóvenes, desde la adolescencia. Elaborar un plan de pastoral familiar. Incrementar la pastoral penitenciaria. Consolidar la pastoral de migrantes. Apoyar de manera más decidida la participación de las mujeres. Pastoral de la comunicación. Prepararnos para manejar la violencia y hacer procesos de reconciliación. Que nos dejemos ayudar por los laicos y darles más responsabilidad. Formar servidores que impulsen la labor evangelizadora. Permanecer fieles como María.

CENTENARES DE MILES DE MILLONES, EMPEÑADOS EN PROMOVER LA JUSTICIA Y LA PAZ


Audiencia del Papa a las delegaciones participantes en el encuentro de Asís

Distinguidos huéspedes, queridos amigos:
Os doy la bienvenida al Palacio Apostólico y os agradezco una vez más vuestra voluntad de tomar parte en el día de reflexión, diálogo y oración por la justicia y la paz en el mundo mantenida ayer en Asís, veinticinco años después de la reunión histórica.
En cierto sentido, esta reunión representa a centenares de miles de millones de hombres y de mujeres a través de nuestro mundo que están comprometidos activamente con la promoción de la justicia y de la paz. Es, también, un signo de amistad y de fraternidad que ha florecido como fruto de los esfuerzos de muchos pioneros en este tipo de diálogo. Que esta amistad continúe creciendo entre los seguidores de las religiones del mundo y con los hombres y mujeres de buena voluntad de todas las partes del mundo.
Quiero agradecer a mis hermanos y hermanas cristianas por su presencia fraternal, quiero agradecer también a los representantes del pueblo judío, que están especialmente cercanos a nosotros, y a todos vosotros, distinguidos representantes de las religiones del mundo. Soy consciente de que muchos habéis venido de lejos y habéis realizado un largo y arduo viaje. Expreso mi gratitud también a aquellos que representan a las personas de buena voluntad que no siguen ninguna tradición religiosa pero que están comprometidas con la búsqueda de la verdad. Están dispuestas a compartir esta peregrinación con nosotros como signo de su deseo de trabajar juntos y de construir un mundo mejor.
Mirando hacia atrás, podemos apreciar la visión del último papa Juan Pablo II en la convocatoria de la primera reunión de Asís, y en la necesidad continua de hombres y mujeres de distintas religiones de testificar juntos que el viaje del espíritu es siempre un viaje de paz.
Reuniones de este tipo son necesariamente excepcionales y poco frecuentes, sin embargo son una vívida expresión del hecho de que cada día, a través de nuestro mundo, personas de diferentes tradiciones religiosas viven y trabajan juntas en armonía. Es ciertamente importante para la causa de la paz que muchos hombres y mujeres, inspirados por sus profundas convicciones, estén comprometidas con el trabajo por el bien de la familia humana.
En este sentido, estoy seguro de que la reunión de ayer nos dió el sentido de cuán genuino es nuestro deseo de contribuir al bien de nuestros semejantes y de cuánto tenemos para compartir con el otro.
A medida que vamos por caminos separados, extraigamos de esta experiencia las fuerzas y, donde quiera que estemos, continuemos renovando este viaje que nos conduce a la verdad, la peregrinación que conduce a la paz. ¡Os doy las gracias de todo corazón!